- IV - No sólo envidia al suelo, no envidiada sólo en tu altiva frente de una estrella, era ¡oh, gallarda torre, cuan bella temida, y cuan temida respetada! Ya ¿qué no allana el tiempo?, derribada, creces llanto a Sagunto; niega vella la hiedra, huésped que se abraza en ella, o ella se esconde en ella, de afrentada. No le prestó su fe su fortaleza. Mas ¿qué homenaje deja el tiempo duro que en brazos de sus alas no dé al viento? No hay bronce que a su fuerza esté seguro. Tú, triste, eternidad, valor, firmeza buscas, no a bronce o torre: a un pensamiento.