- LXXVI - A la memoria amorosa de Celia en una ausencia Oye, Celia, que muero, oye que muero; ya tu nombre en tu voz suena imperfeto, oye como te invoca mi respeto entre las ansias del dolor postrero. Lo demás que te ofrece el verdadero y último ejemplar del amor perfeto, quede oculto, señora, en mi secreto. No lastimarte, prevenirte quiero, resto verás que el sacro Manzanares envuelve mi ceniza en las arenas más veneradas del sagrado río. Si alguna vez sus márgenes pisaras, en tanto que te adoran sus sirenas, vuelve los ojos al sepulcro frío.