- III - A la memoria amorosa de una dama, en una ausencia Oye, Filis, que muero, oye que muero; ya tu nombre en tu voz suena imperfeto, oye como te invoca mi respeto entre las ansias del dolor postrero. Lo demás que te ofrece el verdadero y último ejemplar de amor perfeto, quede oculto, señora, en mi secreto. No lastimarte, prevenirte quiero, resto verás que el sacro Manzanares envuelve mi ceniza en las arenas más veneradas del sagrado río. Si alguna vez sus márgenes pisares, en tanto que te adoran sus sirenas, vuelve los ojos al sepulcro frío.