- XXIII - A Celia hallándole dormido Así duermen las almas; no solía entre sombras de olvido porfiado estar tan soñoliento tu cuidado, cuando con mi desvelo competía. Toda mi fe, Lifardo, desconfía, que un pecho en el incendio sosegado, o a la impresión del fuego está negado, o persuade a que la llama enfría. Pero mi pensamiento temeroso, con esta suspensión de tu fineza, halla en la pena la mayor ventura. Que cuando está de tu atención quejoso, si olvido le amenaza tu tibieza, tu sosiego de celos le asegura.