- L - A una dama que decía que, cuando fuese posible admitir algún pensamiento amoroso, no bastaría ninguna fuerza de la pasión a que la confesase Déjate idolatrar, no agradecida, ni aun agradable, bella indiferente, del Ciego Dios el sacrificio ardiente, ni le admita tu fe, ni le despida. Que si alguna Centella desasida de su sagrado incendio felizmente, no por actividad, por accidente, emprendiere el sosiego de tu vida; no importará que en el retiro estrecho del corazón presumas ignorante ocultad la quietud de tus enojos. Que la descubrirán a tu despecho, las elocuentes voces del semblante, los eficaces ecos de los ojos.