Soneto Dafne, suelto el cabello por la espalda, cuyas hebras tremola el fresco viento, huye ligera más que el pensamiento, que aun no huella la hierba de esmeralda. Tiñe la cara de color de gualda cuando oye cerca el enemigo aliento del dios que forma celos del contento que goza el viento alzándole la falda. Viendo que corre y vuela, y no la alcanza, le grita: «Ninfa hermosa, pues te adoro, detente, aguarda, mira el bien que pierdes.» Mas sécasele el verde a su esperanza cuando mira las crespas hebras de oro de un laurel trasformarse en hojas verdes.