Soneto Si el sol se pone, yo a la muerte llego. ¿Quién detenerlo, por vivir, pudiera? Detén, dorado Apolo, el carro, espera; mas el sol no se para a nuestro ruego. ¡Oh tú, Señora, por quien vivo ciego! Alza los claros ojos a la esfera, y dile al sol que pare su carrera, o no le prestarás la luz y el fuego. Que por sólo mirar tu hermosura, parará los caballos, admirado, y no vendrá la noche de mi muerte. Mas ¡ay, triste de mí! ¿quién me asegura que de ver lo que excedes, afrentado, no les de rienda, y huya por no verte?