Soneto En rota nave, sin timón ni antena, el ancho golfo del amor navego, en cuyo mar las olas son de fuego, y en pechos se quebrantan, no en arena. Aquí lloro, amarrado en la cadena de un pensamiento, para el bien tan ciego, que pretende hallar algún sosiego: donde fuego dan voces, fuego suena. En este mar de mi derrota incierto, tiendo los ojos, de llorar cansados, y muy lejos el puerto se me ofrece. Y apenas con placer saludo al puerto, cuando grande tormenta de cuidados atrás me vuelve, y él desaparece.