Soneto Veo, señora, al son de mi instrumento, cuando entona mi voz tu nombre santo, parar los ríos a escuchar mi canto, correr los montes, y callar el viento: y luego si suplico mi tormento, huir los ríos con temor y espanto, y ser los montes sordos a mi llanto, y el viento murmurar del triste acento. Y es porque hacer sus arenas de oro, traes a los montes un verano eterno, y das olor al viento que te toca. Yo deshago, llorando, su tesoro, traigo a los montes un helado invierno y doy al viento el fuego de mi boca.