- XXIV - Después que consintió mi dura suerte, que yo fuese del ciego amor herido, la muerte a largo paso me ha huido, como si viera en mí otra nueva muerte. Si la llamo a mi voz, jamás advierte, y con tapar el uno y otro oído, gasto en llamarla tiempo mal perdido, y en mi nunca se gasta el dolor fuerte. Por ninguna ocasión pienso que huye con paso presuroso mi presencia, y a mi ruego jamás no se convierte. Sino porque del mal que me destruye, teme que si le da la pestilencia, ella se ha de morir, y yo ser muerte.