- LXXVI - Ahora que de nubes la cabeza o, Rey de montes, tienes coronada, la frente yerta y de turbada helada destilando del Tajo la braveza, cuya vejez temprana, la belleza del rostro de la tierra despojada, encaneciendo con tu faz nevada, todo mi bien conviertes en tristeza, hiela mi pecho, y enmudece mi alma; no consuman agravios una vida con tanto riesgo de perderse amando. Y el triunfo rico de corona y palma, que lleva una belleza encruelecida, consagraré al lugar que estás bañando.