- XLIV - Las peligrosas bravas ondas de oro donde perdió mi navecilla el cielo, el resplandor del soberano velo, que esconde la deidad del alto coro; el estrellado y celestial tesoro del florecido, aljofarado suelo; la pertinacia y el dañado celo del alma idolatrada que yo adoro; las iris de mi cielo sosegado; la mansedumbre y el semblante humano de quien ahora libremente triunfo; el altivo desdén del pecho helado, armas fueron del crudo amor tirano y ahora son trofeos de mi triunfo.