- III - Noche, que en tu amoroso y dulce olvido escondes y entretienes los cuidados del enemigo día; y los pasados trabajos recompensas al sentido. Tú, que de mi dolor me ha conducido a contemplarte, y contemplar mis hados, enemigos ahora conjurados contra un hombre del cielo perseguido: así las claras lámparas del cielo siempre te alumbren, y tu amiga frente de beleño y ciprés tengas ceñida. Que no advierta su luz en este suelo el claro Sol mientras me quejo, ausente, de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.