- LXXI - Ninfas, de los Arabios y Sabeos olores de jazmín, acanto y nardos, cuajad los aires y cubrir los cardos de estos lugares de sepulcros feos. Después que derribaron mis trofeos las prestas Parcas y los hados tardos, no parecen los cielos, de mil pardos turbios velos que cuajan mis deseos. Quiera la majestad del que gobierna la divina y humana pesadumbre, que adorne su beldad tu simulacro. Dijo Damón, y oyó su endecha tierna Júpiter, y, tronando en la alta cumbre, Iris resplandeció y el cielo sacro.