- LXIII - Solo, y callado, y triste, y pensativo, huyo la gente, con los ojos llenos de dolor y de llanto, los serenos ojos huyendo que me tienen vivo. Allá queda mi espíritu cautivo penando su pasión; y ello, ajenos de su primer amor, los bellos senos humedecen, llorando su hado esquivo. Yo, que aguarde la luz de su belleza, dentro del alma lleva el golpe fiero, y allí me sigue donde voy su ira. Gran bien quito a mis ojos; y el primero, por quien llora mi alma su dureza, es ver la pena que en su rostro mira.