- XXXIV - El ídolo purísimo que adoro, deidad al mundo y en el cielo diosa, ya condolida de la dolorosa vida que paso, de continuo lloro; el ébano, marfil, nieve, astro, oro, la púrpura, coral, jacinto y rosa, pasando por mi vida deseosa, de envidia mata del Olimpo el coro. Yo, que de la visión divina y rara, cual nunca vieron ojos soberanos, a no dudar de su deidad aprendo, si yerro en adorar su lumbre clara desengáñame amor, que con humanos ojos por bien mi solo engaño atiendo.