- LXXII - Al asomar del Sol por el Oriente de oro su frente y de cristal ornada, al pie de un verde mirto, que colgada tiene un alira inútil aún ausente, Tirsis rompió el silencio, la doliente voz desligando al alma encadenada de los revueltos Áspides, que atada tiene la fuerza de su pecho ardiente. Cielo, dice, si es fuerza que yo muera, como a muchos han muerto sus intentos atrevidos, sin nombre y engañados, un hombre triste soy como cualquiera; pero los de tan altos pensamientos siempre han sido del cielo derribados.