- XLVII - A Dios Nuestro Señor ¿Cómo esperaré yo que de mi pena tibias las quejas toquen en tu oído, si con la lengua libertad te pido, y el corazón se goza en la cadena? Tú, Señor uno, ves cuánto esté ajena la voz, que te importuna, del sentido; y así, en bandos injustos dividido, ¿ver placada tu faz podré serena? Tal es; haber piedad de un quebrantado corazón aun es obra que en un crudo pecho mortal halló tal vez entrada; mas tirar del infierno a un obstinado mal grado suyo, en ti, Uno, caber pudo árbitro de la muerte y de la vida.