- II - A Flora Tus ojos, bella Flora, soberanos, y la bruñida plata de tu cuello, y ese, envidia del oro, tu cabello, y el marfil torneado de tus manos, no fueron, no, los que de tan ufanos cuanto unos pensamientos pueden sello, hicieron a los míos, sin querello, tan a su gusto victorioso llanos. Tu alma fue la que venció a la mía, que, expirando con fuerza aventajada por ese corporal apto instrumento, se lanzó dentro en mí, donde no había quien resistiese al vencedor la entrada, porque tuve por gloria el vencimiento.