- XXXVI - Otra vez, Amarili, el proceloso invierno ensaña el mar y ciega el día; otra vez flaca y rota nave mía el cielo experimenta envidioso. Él se ostenta en tu daño poderoso y ¿un cielo santo irás tamañas cría? ¡oh, cómo no te basta la osadía! piloto has menester sabio, y no ocioso. ¿Tememos? No, Amarili, aunque veamos o embestir el bajel en los más yertos escollos o sorberlo ya el abismo. ¿Qué temeré, si juntos así estamos? Que una ola misma nos sepulte muertos, o salvos nos dé al templo un voto mismo.