- XXXI - Arde la llama, y a la oscura y fría noche el festivo incendio vence, y cuanto de estruendo y fuego horror fue ya en Lepanto sirve el gusto brevísimo de un día. Sola una tú lo atiendes, alma mía, de placer no alterada ni de espanto, siendo en tan nueva luz y en fuego tanto la admiración común y la alegría. Arde ¿quién duda? en tu más noble parte más fiera llama y más también luciente. ¿Qué te podrá alegrar o qué admirarte? Así, presente el sol, no hay luz hermosa ni grande; así ningún pincel valiente, presente la verdad, parecer osa.