-II- En fin, a vuestras manos he venido do sé que he de morir tan apretado, que aun aliviar con quejas mi cuidado, como remedio, me es ya defendido. Mi vida no sé en qué se ha sostenido, si no es en haber sido yo guardado para que solo en mí fuese probado cuánto corta una espada en un rendido. Mis lágrimas han sido derramadas donde la sequedad y la aspereza dieron mal fruto de ellas y mi suerte. Basten las que por vos tengo lloradas. No os venguéis más de mí con mi flaqueza; allá os vengad, señora, con mi muerte.