-XXXIII- Mario, el ingrato amor como testigo de mi fe pura y de mi gran firmeza, mostrando en mí su vil naturaleza, que es hacer más ofensa al más amigo; teniendo miedo que si escribo o digo su condición, abato su grandeza, no bastando su fuerza a mi crudeza ha esforzado la mano a mi enemigo. Y así, en la parte que la diestra mano gobierna, y en aquella que declara el concepto del alma, fui herido. Mas yo haré que aquesta ofensa, cara le cueste al ofensor, ya que estoy sano, libre, desesperado y ofendido.