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				<title ref="viaf:194763311">El Señor de Bembibre : edición ELTeC</title>
				<author ref="viaf:27087132">Gil y Carrasco, Enrique (1815-1846)</author>
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					<publisher> Establecimiento Tipográfico de D. Francisco de P. Mellado</publisher>
					<pubPlace>Madrid</pubPlace>
					<date>1844</date>
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					<publisher>Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Saavedra</publisher>
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						<resp>Corrección del texto, anotación TEI, supervisión y edición Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes</resp>
						<name>Alex Bia</name>
						<name>Ana López Díaz</name>
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					<publisher>Ediciones Cátedra</publisher>
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						<name>Rubio Cremades, Enrique</name>
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					<pubPlace>Madrid</pubPlace>
					<date when="1986"/>
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			<change when="2018-12-17">Anotación formato ELTeC y revisión del texto: Borja Navarro Colorado</change>
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	<text>
		<front>
			<div type="titlepage">
				<p>El señor de Bembibre,</p>
				<p>Novela original</p>
				<p>por D. Enrique Gil y Carrasco</p>
				<p>Madrid; 1844.</p>
				<p>Establecimiento tipográfico, de D. Francisco de P. Mellado</p>
			</div>
			<div type="liminal"> 
				<p>Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Establecimiento tipográfico de Francisco de Paula y Mellado, 1844 y cotejada con la edición crítica de Enrique Rubio Cremades, Madrid, Cátedra, 1986.</p>
			</div>
		</front>
		<body>
			<div type="chapter" n="SPA1001001">
				<head>Capítulo I</head>
				<p>En una tarde de mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos tres, al parecer, criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada, y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.</p>
			<p>Frisaba el segundo en los treinta y seis años, y era el reverso de la medalla, pues a una fisonomía abultada y de poquísima expresión, reunía un cuerpo macizo y pesado, cuyos contornos de suyo poco airosos, comenzaba a borrar la obesidad. El aire de presunción con que manejaba un soberbio potro
andaluz en que iba caballero, y la precisión con que le obligaba a todo género de movimientos, le daban a conocer como picador o palafrenero, y el tercero, por último, que montaba un buen caballo de guerra e iba un poco más lujosamente ataviado, era un mozo de presencia muy agradable, de gran soltura y despejo, de fisonomía un
tanto maliciosa y en la flor de sus años. Cualquiera le hubiera señalado sin dudar porque era el escudero o paje de lanza de algún señor principal. </p>
			<p>Llevaban los tres conversación muy tirada, y como era natural, hablaban de las cosas de sus respectivos amos, elogiándolos a menudo y entreverando las alabanzas con su capa correspondiente de murmuración.</p>
			<p>-Dígote Nuño -decía el palafrenero-, que nuestro amo obra como un hombre, porque eso de dar la hija única y heredera de la casa de Arganza a un hidalguillo de tres al cuarto, pudiendo casarla con un señor tan poderoso, como el conde de Lemus, sería peor que asar la manteca. ¡Miren que era acomodo un señor de Bembibre!</p>
			<p>-Pero hombre -replicó el escudero con sorna, aunque no fuesen encaminadas a él las palabras del palafrenero-, ¿qué culpa tiene mi dueño de que la doncella de tu joven señora me ponga mejor cara que a ti para que le trates como a real de enemigo? Hubiérasle pedido a Dios que te diese algo más de entendimiento y te dejase un poco menos de carne, que entonces Martina te miraría con otros ojos, y no vendría a pagar el amo los pecados del mozo.</p>    
			<p>Encendióse en ira la espaciosa cara del buen palafrenero que, revolviendo el potro, se puso a mirar de hito en hito al escudero. Éste por su parte le pagaba en la misma moneda, y además se le reía en las barbas, de manera que, sin la mediación del montero Nuño, no sabemos en qué hubiera venido a parar aquel coloquio en mal hora comenzado.</p>
    

    <p>
     -Mendo -le dijo al picador-, has
andado poco comedido al hablar del señor de Bembibre, que es un
caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el
país por su nobleza y valor, y te has expuesto a las burlas algo
demasiadamente pesadas de Millán, que, sin duda, cuida más de la
honra de su señor que de la caridad a que estamos obligados los
cristianos.</p>

	<p>-Lo que yo digo es que nuestro amo hace muy bien en no dar su hija a don Álvaro Yáñez, y en que <foreign xml:lang="LAT">velis nolis</foreign> venga a ser condesa de Lemus y señora de media Galicia.</p>

    <p>
     -No hace bien tal -repuso el juicioso
montero-, porque, sobre no tener doña Beatriz en más estima al tal
conde que yo a un halcón viejo y ciego, si algo le lleva de ventaja
al señor de Bembibre en lo tocante a bienes, también se le queda
muy atrás en virtudes y buenas prendas, y sobre todo en la voluntad
de nuestra joven señora que, por cierto, ha mostrado en la elección
algo más discernimiento que tú.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Arganza, nuestro dueño, a
nada se ha obligado -replicó Mendo-, y así que don Álvaro se vuelva
por donde ha venido y toque soleta en busca de su madre
gallega.
    </p>
    

    <p>
     -Cierto es que nuestro amo no ha
empeñado palabra ni soltado prenda, a lo que tengo, entendido; pero
en ese caso, mal ha hecho en recibir a don Álvaro del mismo modo
que si hubiese de ser su yerno, y en permitir que su hija tratase a
una persona que a todo el mundo cautiva con su trato y gallardía, y
de quien por fuerza se había de enamorar una doncella de tanta
discreción y hermosura, como doña Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     -Pues si se enamoró, que se desenamore
-contestó el terco palafrenero-; además, que no dejará de hacerlo
en cuanto su padre levante la voz, porque ella es humilde como la
tierra, y cariñosa como un ángel, la cuitada.
    </p>
    

    <p>
     -Muy descaminado vas en tus juicios
-respondió el montero-, yo la conozco mejor que tú porque la he
visto nacer; y aunque por bien dará la vida, si la violentan y
tratan mal, sólo Dios puede con ella.
    </p>
    

    <p>
     -Pero hablando ahora sin pasión y sin
enojo -dijo Millán metiendo baza-, ¿qué te ha hecho mi amo, Mendo,
que tan enemigo suyo te muestras? Nadie, que yo sepa, habla así de
él en esta tierra, sino tú.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no le tengo tan mala voluntad
-contestó Mendo-, y si no hubiera parecido por acá el de Lemus, lo
hubiera visto con gusto hacerse dueño del cotarro en nuestra casa,
pero ¿qué quieres, amigo? Cada uno arrima el ascua a su sardina, y
conde por señor nadie lo trueca.
    </p>
    

    <p>
     -Pero mi amo, aunque no sea conde, es
noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los
templarios y aliado de la orden.
    </p>
    

    <p>
     -Valientes herejes y hechiceros
exclamó entre dientes Mendo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quieres callar, desventurado? -le
dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira-. Si te lo
llegasen a oír, serían capaces de asparte como a San Andrés.
    </p>
    

    <p>
     -No hay cuidado -replicó Millán, a
cuyo listo oído no se había escapado una sola palabra, aunque
dichas en voz baja-. Los criados de don Álvaro nunca fueron espías,
ni mal intencionados, a Dios gracias; que, al cabo, los que andan
alrededor de los caballeros siempre procuran parecérseles.
    </p>
    

    <p>
     -Caballero es también el de Lemus, y
más de una buena acción ha hecho.
    </p>
    

    <p>
     -Sí -respondió Millán-, con tal que
haya ido delante de gente para que la pregonen enseguida. ¿Pero
sería capaz tu ponderado conde, de hacer por su mismo padre lo que
don Álvaro hizo por mí?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué fue ello? -preguntaron a la vez
los dos compañeros.
    </p>
    

    <p>
     -Una cosa que no se me caerá a dos
tirones de la memoria. Pasábamos el puente viejo de Ponferrada, que
como sabéis, no tiene barandillas, con una tempestad deshecha, y el
río iba de monte a monte bramando como el mar; de repente revienta
una nube, pasa una centella por delante de mi palafrén; encabrítase
éste, ciego con el resplandor, y sin saber cómo, ni cómo no, ¡paf!,
ambos vamos al río de cabeza. ¿Qué os figuráis que hizo don Álvaro?
Pues señor, sin encomendarse a Dios ni al diablo, metió las
espuelas a su caballo y se tiró al río tras de mí. En poco estuvo
que los dos no nos ahogamos. Por fin mi jaco se fue por el río
abajo, y yo, medio atolondrado, salí a la orilla, porque él tuvo
buen cuidado de llevarme agarrado de los pelos. Cuando me recobré,
a la verdad no sabía cómo darle las gracias, porque se me puso un
nudo en la garganta y no podía hablar; pero él que lo conoció se
sonrió y me dijo: vamos hombre, bien está; todo ello no vale nada;
sosiégate, y calla lo que ha pasado, porque si no, puede que te
tengan por mal jinete.
    </p>
    

    <p>
     -Gallardo lance, por vida mía -exclamó
Mendo con un entusiasmo que apenas podía esperarse de sus
anteriores prevenciones, y de su linfático temperamento-, ¡y sin
perder los estribos!, ¡ah buen caballero! ¡Lléveme el diablo, si
una acción como ésta no vale casi tanto como el mejor condado de
España! Pero a bien -continuó como reportándose, que si no hubiera
sido por su soberbio Almanzor, Dios sabe lo que le hubiera
sucedido... ¡Son muchos animales! -continuó, acariciando el cuello
de su potro con una satisfacción casi paternal-: y di, Millán, ¿qué
fue del tuyo, por último? ¿Se ahogó el pobrecillo?
    </p>
    

    <p>
     -No -respondió Millán-, fue a salir un
buen trecho más abajo, y allí le cogió un esclavo moro del Temple
que había ido a Pajariel por leña, pero el pobre animal había dado
tantos golpes y, encontrones que en más de tres meses no fue
bueno.
    </p>
    

    <p>
     Con éstas y otras llegaron al pueblo
de Arganza, y se apearon en la casa solariega de su señor, el
ilustre don Alonso Ossorio.</p>
	</div>

	<div type="chapter" n="SPA1001002">
				<head>Capítulo II</head>
				<p>Algo habrán columbrado ya nuestros
lectores de la situación en que a la sazón se encontraba la familia
de Arganza y el señor de Bembibre, merced a la locuacidad de sus
respectivos criados. Sin embargo, por más que las noticias que les
deben no se aparten en el fondo de la verdad, son tan incompletas,
que nos obligan a entrar en nuevos pormenores esenciales, en
nuestro entender, para explicar los sucesos de esta lamentable
historia.
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso Ossorio, señor de Arganza,
había tenido dos hijos y una hija; pero de los primeros murió uno
antes de salir de la infancia, y el otro murió peleando como bueno
en su primer campaña contra los moros de Andalucía. Así, pues,
todas sus esperanzas habían venido a cifrarse en su hija doña
Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero que ya prometía tanta
belleza como talento y generosa índole. Había en su carácter una
mezcla de la energía que distinguía a su padre y de la dulzura y
melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa señora cuya
vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad, de
resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana
de sus dos hijos su complexión, harto delicada por desgracia, se
había arruinado enteramente, no fue esto obstáculo para que en la
crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en
aquella época, y fecundase las felices disposiciones de que la
había dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que
aquella criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su
ternura, todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir.
Así crecía doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor
del cariño maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y
cercada por todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que
contemplaban en ella una medianera segura para aliviar sus males y
una constante dispensadora de beneficios.
    </p>
    

    <p>
     Los años en tanto pasaban rápidos como
suelen, y con ellos voló la infancia de aquella joven tan noble,
agraciada y rica, a quien por lo mismo pensó buscar su padre un
esposo digno de su clase y elevadas prendas. En el Bierzo entonces
no había más que dos casas cuyos estados y vasallos estuviesen al
nivel: una la de Arganza, otra la de la antigua familia de los
Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil ribera de Bembibre y la
mayor parte de las montañas comarcanas. Este linaje había dado dos
maestres al orden del Temple y era muy honrado y acatado en el
país. Por una rara coincidencia a la manera que el apellido Ossorio
pendía de la frágil existencia de una mujer, el de Yáñez estaba
vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y deleznable en
aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro Yáñez y su
tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los dos
únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa;
rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el
otro, lleno de savia y lozanía, que prometía larga vida y sazonados
frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a
la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un
caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados
sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho su
primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso Pérez
de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida,
principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al
infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la
opinión en que, según nuestros conocidos del capítulo anterior, le
tenía el país, el rasgo contado por su escudero, darán a conocer
mejor que nuestras palabras su carácter caballeresco y
generoso.
    </p>
    

    <p>
     El influjo superior de los astros
parecía por todas estas razones confundir el destino de estos dos
jóvenes, y, sin embargo, debemos confesar que don Alonso tuvo que
vencer una poderosa repugnancia para entrar en semejante plan. La
estrecha alianza que los Yáñez tuvieron siempre asentada con la
orden del Temple estuvo mil veces para desbaratar este proyecto de
que iba a resultar el engrandecimiento de dos casas esclarecidas y
la felicidad de dos personas universalmente estimadas.
    </p>
    

    <p>
     Los templarios habían llegado a su
periodo de riqueza y decadencia, y su orgullo era verdaderamente
insoportable a la mayor parte de los señores independientes. De
Arganza lo había experimentado más de una vez y devorado su cólera
en silencio, porque la orden dueña de los castillos del país podía
burlarse de todos, pero su despecho se había convertido en odio
hacia aquella milicia tan valerosa como sin ventura.
Afortunadamente, ascendió a maestre provincial de Castilla don
Rodrigo Yáñez, y su carácter templado y prudente enfrenó las
demasías de varios caballeros y logró conciliarse la amistad de
muchos señores vecinos descontentos. De este número fue el primero
don Alonso, que no pudo resistirse a la cortés y delicada conducta
del maestre, y sin reconciliarse por entero con la orden, acabó por
trabar con él sincera amistad. En ella se cimentó el proyecto de
entronque de ambas casas, si bien el señor de Arganza no pudo
acallar el desasosiego que le causaba la idea de que algún día sus
deberes de vasallo podrían obligarle a pelear contra una orden,
objeto ya de celos y de envidia, pero de cuya alianza no permitía
apartarse el honor a su futuro yerno. Comoquiera, el poder de los
templarios y la poca fortaleza de la corona, parecían alejar
indefinidamente semejante contingencia, y no parecía cordura
sacrificar a estos temores la honra de su casa y la ventura de su
hija.
    </p>
    

    <p>
     Bien hubiera deseado don Alonso, y,
aun el maestre, que semejante enlace se hubiese llevado a cabo
prontamente, pero doña Blanca, cuyo corazón era todo ternura y
bondad, no quería abandonar a su hija única en brazos de un hombre
desconocido, hasta cierto punto, para ella; porque creía, y con
harta razón, que el conocimiento recíproco de los caracteres y la
consonancia de los sentimientos son fiadores más seguros de la paz
y dicha doméstica que la razón de estado y los cálculos de la
conveniencia. Doña Blanca había penado mucho con el carácter duro y
violento de su esposo, y deseaba ardientemente excusar a su hija
los pesares que habían acibarado su vida. Así pues, tanto importunó
y rogó, que al fin hubo de recabar de su noble esposo que ambos
jóvenes se tratasen y conociesen sin saber el destino que les
guardaban. ¡Solicitud funesta, que tan amargas horas preparaba para
todos!
    </p>
    

    <p>
     Este fue el principio de aquellos
amores cuya espléndida aurora debía muy en breve convertirse en un
día de duelo y de tinieblas. Al poco tiempo comenzó a formarse en
Francia aquella tempestad, en medio de la cual desapareció, por
último, la famosa caballería del Temple. Iguales nubarrones
asomaron en el horizonte de España, y entonces los temores del
señor de Arganza se despertaron con increíble ansiedad, pues harto
conocía que don Álvaro era incapaz de abandonar en la desgracia a
los que habían sido sus amigos en la fortuna, y según el giro que
parecía tomar aquel ruidoso proceso, no era imposible que su
familia llegase a presentar el doloroso espectáculo que siempre
afea las luchas civiles. A este motivo, que en el fondo no estaba
desnudo de razón ni de cordura, se había agregado otro, por
desgracia más poderoso, pero de todo punto contrario a la nobleza
que hasta allí no había dejado de resplandecer en las menores
acciones de don Alonso. El conde de Lemus había solicitado la mano
de doña Beatriz, por medio del infante don Juan, tío del rey don
Fernando el IV, con quien unían a don Alonso relaciones de
obligación y amistad desde su efímero reinado en León; y atento
sólo a la ambición de entroncar su linaje con uno tan rico y
poderoso, olvidó sus pactos con el maestre del Temple, y, no vaciló
en el propósito de violentar a su hija, si necesario fuese, para el
logro de sus deseos.
    </p>
    

    <p>
     Tal era el estado de las cosas en la
tarde que los criados de don Alonso y el escudero de don Álvaro
volvían de la feria de Cacabelos. El señor de Bembibre y doña
Beatriz, en tanto, estaban sentados en el hueco de una ventana de
forma apuntada, abierta por lo delicioso del tiempo, que alumbraba
a un aposento espléndidamente amueblado y alhajado. Era ella de
estatura aventajada, de proporciones esbeltas y regulares, blanca
de color, con ojos y cabello negros y un perfil griego de
extraordinaria pureza. La expresión habitual de su fisonomía
manifestaba una dulzura angelical, pero en su boca y en su frente
cualquier observador mediano hubiera podido descubrir indicios de
un carácter apasionado y enérgico. Aunque sentada, se conocía que
en su andar y movimientos debían reinar a la vez el garbo, la
majestad y el decoro, y el rico vestido, bordado de flores con
colores muy vivos, que la cubría realzaba su presencia llena de
naturales atractivos.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro era alto, gallardo y
vigoroso, de un moreno claro, ojos y cabello castaños, de fisonomía
abierta y noble, y sus facciones de una regularidad admirable.
Tenía la mirada penetrante, y en sus modales se notaba gran despejo
y dignidad al mismo tiempo. Traía calzadas unas grandes espuelas de
oro, espada de rica empuñadura y pendiente del cuello un cuerno de
caza primorosamente embutido de plata, que resaltaba sobre su
exquisita ropilla oscura, guarnecida de finas pieles. En una
palabra, era uno de aquellos hombres que en todo descubren las
altas prendas que los adornan, y que involuntariamente cautivan la
atención y simpatía de quien los mira.
    </p>
    

    <p>
     Estaba poniéndose el sol detrás de las
montañas que parten términos entre el Bierzo y Galicia, y las
revestía de una especie de aureola luminosa que contrastaba
peregrinamente con sus puntos oscuros. Algunas nubes de formas
caprichosas y mudables sembradas acá y acullá por un cielo hermoso
y purísimo, se teñían de diversos colores según las herían los
rayos del sol. En los sotos y huertas de la casa estaban floridos
todos los rosales y la mayor parte de los frutales, y el viento que
los movía mansamente venía como embriagado de perfumes. Una porción
de ruiseñores y jilguerillos cantaban melodiosamente, y era difícil
imaginar una tarde más deliciosa. Nadie pudiera creer, en verdad,
que en semejante teatro iba a representarse una escena tan
dolorosa.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz clavaba sus ojos errantes
y empañados de lágrimas ora en los celajes del ocaso, ora en los
árboles del soto, ora en el suelo; y, don Álvaro, fijos los suyos
en ella de hito en hito, seguía con ansia todos sus movimientos.
Ambos jóvenes estaban en un embarazo doloroso sin atreverse a
romper el silencio. Se amaban con toda la profundidad de un
sentimiento nuevo, generoso y delicado, pero nunca se lo habían
confesado. Los afectos verdaderos tienen un pudor y reserva
característicos, como si el lenguaje hubiera de quitarles su brillo
y limpieza. Esto, cabalmente, es lo que había sucedido con don
Álvaro y doña Beatriz, que, embebecidos en su dicha, jamás habían
pensado en darle nombre, ni habían pronunciado la palabra amor. Y
sin embargo, esta dicha parecía irse con el sol que se ocultaba
detrás del horizonte, y era preciso apartar de delante de los ojos
aquel prisma falaz que hasta entonces les había presentado la vida
como un delicioso jardín.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, como era natural, fue el primero que habló.
    </p>
    

    <p>
     -¿No me diréis, señora -preguntó con
voz grave y melancólica-, qué da a entender el retraimiento de
vuestro padre y mi señor para conmigo? ¿Será verdad lo que mi
corazón me está presagiando desde que han empezado a correr ciertos
ponzoñosos rumores sobre el conde de Lemus? ¿De cierto, de cierto
pensarían en apartarme de vos? -continuó, poniéndose en pie con un
movimiento muy rápido.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz bajó los ojos y no
respondió.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿conque es verdad? -continuó el
apesarado caballero-; ¿y lo será también -añadió con voz trémula-
que han elegido vuestra mano para descargarme el golpe?
    </p>
    

    <p>
     Hubo entonces otro momento de
silencio, al cabo del cual doña Beatriz levantó sus hermosos ojos
bañados en lágrimas, y dijo con una voz tan dulce como
dolorida:
    </p>
    

    <p>
     -También es cierto.
    </p>
    

    <p>
     -Escuchadme, doña Beatriz -repuso él,
procurando serenarse. Vos no sabéis todavía cómo os amo, ni hasta
qué punto sojuzgáis y avasalláis mi alma. Nunca hasta ahora os lo
había dicho... ¿para qué había de hacer una declaración que el tono
de mi voz, mis ojos y el menor de mis ademanes estaban revelando
sin cesar? Yo he vivido en el mundo solo y sin familia, y este
corazón impetuoso no ha conocido las caricias de una madre ni las
dulzuras del hogar doméstico. Como un peregrino he cruzado hasta
aquí el desierto de mi vida; pero cuando he visto que vos erais el
santuario adonde se dirigían mis pasos inciertos, hubiera deseado
que mis penalidades fuesen mil veces mayores para llegar a vos
purificado y lleno de merecimientos. Era en mí demasiada soberbia
querer subir hasta vos, que sois un ángel de luz, ahora lo veo;
¿pero quién, quién, Beatriz, os amará en el mundo más que yo?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ninguno, ninguno -exclamó doña
Beatriz, retorciéndose las manos y con un acento que partía las
entrañas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y sin embargo, me apartan de vos!
-continuó don Álvaro-. Yo respetaré siempre a quien es vuestro
padre; nadie daría más honra a su casa que yo, porque desde que os
amo se han desenvuelto nuevas fuerzas en mi alma, y toda la gloria,
todo el poder de la tierra me parece poco para ponerlo a vuestros
pies. ¡Oh Beatriz, Beatriz!, ¡cuando volvía de Andalucía, honrado y
alabado de los más nobles caballeros, yo amaba la gloria porque una
voz secreta parecía decirme que algún día os adornaríais con sus
rayos, pero sin vos, que sois la luz de mi camino, me despeñaré en
el abismo de la desesperación y me volveré contra el mismo
cielo!
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, Dios mío! -murmuró doña
Beatriz-, ¿en esto habían de venir a parar tantos sueños de ventura
y tan dulces alegrías?
    </p>
    

    <p>
     -Beatriz exclamó don Álvaro-, si me
amáis, si por vuestro reposo mismo miráis, es imposible que os
conforméis en llevar una cadena que sería mi perdición y acaso la
vuestra.
    </p>
    

    <p>
     -Tenéis razón -contestó ella haciendo
esfuerzos para serenarse. No seré yo quien arrastre esa cadena,
pero ahora que por vuestra ventura os hablo por la última vez y que
Dios lee en mi corazón, yo os revelaré su secreto. Si no os doy el
nombre de esposo al pie de los altares y delante de mi padre,
moriré con el velo de las vírgenes; pero nunca se dirá que la única
hija de la casa de Arganza mancha con una desobediencia el nombre
que ha heredado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y si vuestro padre os obligase a
darle la mano?
    </p>
    

    <p>
     -Mal le conocéis; mi padre nunca ha
usado conmigo de violencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Alma pura y candorosa, que no
conocéis hasta dónde lleva a los hombres la ambición! ¿Y si vuestro
padre os hiciese violencia, qué resistencia le opondríais?
    </p>
    

    <p>
     -Delante del mundo entero diría:
¡no!
    </p>
    

    <p>
     -¿Y tendríais valor para resistir la
idea del escándalo y el bochorno de vuestra familia?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz rodeó la cámara con unos
ojos vagarosos y terribles, como si padeciese una violenta
convulsión, pero luego se recobró casi repentinamente, y
respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Entonces pediría auxilio al
Todopoderoso, y él me daría fuerzas; pero, lo repito, o vuestra o
suya.
    </p>
    

    <p>
     El acento con que fueron pronunciadas
aquellas cortas palabras descubría una resolución que no había
fuerzas humanas para torcer. Quedóse don Álvaro contemplándola como
arrobado algunos instantes, al cabo de los cuales le dijo con
profunda emoción:
    </p>
    

    <p>
     -Siempre os he reverenciado y adorado,
señora, como a una criatura sobrehumana, pero hasta hoy no había
conocido el tesoro celestial que en vos se encierra. Perderos ahora
sería como caer del cielo para arrastrarse entre las miserias de
los hombres. La fe y la confianza que en vos pongo es ciega y sin
límites, como la que ponemos en Dios en la hora de la desdicha.
    </p>
    

    <p>
     -Mirad -respondió ella señalando el
ocaso-, el sol se ha puesto, y es hora ya de que nos despidamos. Id
en paz y seguro, noble don Álvaro, que si pueden alejaros de mi
vista, no les será tan llano avasallar mi albedrío.
    </p>
    

    <p>
     Con esto el caballero se inclinó, le
besó la mano con mudo ademán, y salió de la cámara a paso lento. Al
llegar a la puerta volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con
los de doña Beatriz, para trocar una larga y dolorosa mirada, que
no parecía sino que había de ser la última. Enseguida se encaminó
aceleradamente al patio donde su fiel Millán tenía del diestro al
famoso Almanzor, y subiendo sobre él salió como un rayo de aquella
casa, donde ya solo pensaba en él una desdichada doncella, que en
aquel momento, a pesar de su esfuerzo, se deshacía en lágrimas
amargas.
    </p>
			</div>
			<div type="chapter" n="SPA1001003">
				<head>Capítulo III</head>
				<p>Cuando don Álvaro dejó el palacio de
Arganza, entre el tumulto de sentimientos que se disputaban su
alma, había uno que cuadraba muy bien con su despecho y amargura y
que, de consiguiente, a todos se sobreponía. Era éste retar a
combate mortal al conde Lemus, y apartar de este modo el obstáculo
más poderoso de cuantos mediaban entre él y doña Beatriz a la
sazón. Aquel mismo día le había dejado en Cacabelos, con ánimo al
parecer de pasar allí la noche, y, de consiguiente, este fue el
camino que tomó; pero su escudero que, en lo inflamado de sus ojos,
en sus ademanes prontos y violentos y en su habla dura y
precipitada, conocía cuál podía ser su determinación después de la
anterior entrevista, cuyo sentido no se ocultaba a su penetración,
le dijo en voz bastante alta:
    </p>
    

    <p>
     -Señor, el conde no está ya en
Cacabelos, porque esta tarde, antes de salir yo, llegó un correo
del rey y le entregó un pliego que le determinó a emprender con la
mayor diligencia la vuelta de Lemus.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, en medio de la agitación
en que se encontraba, no pudo ver sin enojo que el buen Millán se
entrometiese de aquella suerte en sus secretos pensamientos; así es
que le dijo con rostro torcido:
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién le mete al señor villano en el
ánimo de su señor?
    </p>
    

    <p>
     Millán aguantó la descarga, y don
Álvaro, como hablando consigo propio, continuó:
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, un correo de la corte... y
salir después con tanta priesa para Galicia... Sin duda, camina
adelante la trama infernal... Millán -dijo enseguida, con un tono
de voz enteramente distinto del primero-, acércate y camina a mi
lado. Ya nada tengo que hacer en Cacabelos, y esta noche la
pasaremos en el castillo de Ponferrada -dijo torciendo el caballo y
mudando de camino-, pero mientras que allí llegamos quiero que me
digas qué rumores han corrido por la feria acerca de los caballeros
templarios.
    </p>
    

    <p>
     -¡Extraños, por vida mía, señor! -le
replicó el escudero-, dicen que hacen cosas terribles y ceremonias
de gentiles, y que el Papa los ha descomulgado allá en Francia, y
que los tienen presos y piensan castigarles-, y en verdad que, si
es cierto lo que cuentan, sería muy bien hecho, porque más son
proezas de judíos y gentiles que de caballeros cristianos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero qué cosas y qué proezas son
esas?
    </p>
    

    <p>
     -Dicen que adoran un gato y le rinden
culto como a Dios, que reniegan de Cristo, que cometen mil
torpezas, y que por pacto que tienen con el diablo hacen oro, con
lo cual están muy ricos; pero todo esto lo dicen mirando a los
lados y muy callandito, porque todos tienen más miedo al Temple que
al enemigo malo.
    </p>
    

    <p>
     Tras de esto, el buen escudero comenzó
a ensartar todas las groseras calumnias que en aquella época de
credulidad y de ignorancia se inventaban para minar el poder del
Temple, y que ya habían comenzado a producir en Francia tan
tremendos y atroces resultados. Don Álvaro que pensando descubrir
algo de nuevo en tan espinoso asunto había escuchado al principio
con viva atención, cayó al cabo de poco tiempo en las cavilaciones
propias de su situación y dejó charlar a Millán, que no por su
agudeza y rico ingenio estaba exento de la común ignorancia y
superstición. Sólo si al llegar al puente sobre el Sil, que por las
muchas barras de hierro que tenía dio a la villa el nombre de
Ponsferrata con que en las antiguas escrituras se la distingue, le
advirtió severamente que en adelante no sólo hablase con más
comedimiento, sino que pensase mejor de una orden con quien tenía
asentadas alianza y amistad y no acogiese las hablillas de un vulgo
necio y malicioso. El escudero se apresuró a decir que él contaba
lo que había oído, pero que nada de ello creía, en lo cual no daba
por cierto un testimonio muy relevante de veracidad; y en esto
llegaron a la barbacana del castillo. Tocó allí don Álvaro su
cuerno, y después de las formalidades de costumbre, porque en la
milicia del Temple se hacía el servicio con la más rigorosa
disciplina, se abrió la puerta, cayó enseguida el puente levadizo,
y amo y, escudero entraron en la plaza de armas.
    </p>
    

    <p>
     Todavía se conserva esta hermosa
fortaleza, aunque en el día sólo sea ya el cadáver de su grandeza
antigua. Su estructura tiene poco de regular porque a un fuerte
antiguo de formas macizas y pesadas se añadió por los templarios un
cuerpo de fortificaciones más moderno, en que la solidez y la
gallardía corrían parejas, con lo cual quedó privada de armonía,
pero su conjunto todavía ofrece una masa atrevida y pintoresca.
Está situado sobre un hermoso altozano desde el cual se registra
todo el Bierzo bajo, con la infinita variedad de sus accidentes, y,
el Sil que corre a sus pies para juntarse con el Boeza un poco más
abajo, parece rendirle homenaje.
    </p>
    

    <p>
     Ahora ya no queda más del poderío de
los templarios, que algunos versículos sagrados inscritos en
lápidas, tal cual símbolo de sus ritos y ceremonias y la cruz
famosa, terror de los infieles; sembrado todo aquí y acullá en
aquellas fortísimas murallas; pero en la época de que hablamos era
este castillo una buena muestra del poder de sus poseedores. Don
Álvaro dejó su caballo en manos de unos esclavos africanos y,
acompañado de dos aspirantes, subió a la sala maestral, habitación
magnífica con el techo y paredes escaqueados de encarnado y oro,
con ventanas arabescas, entapizada de alfombras orientales y toda
ella como pieza de aparato, adornada con todo el esplendor
correspondiente al jefe temporal y espiritual de una orden tan
famosa y opulenta. Los aspirantes dejaron al caballero a la puerta,
después del acostumbrado <foreign xml:lang="LAT">benedicite</foreign>, y uno que hacía la guardia en la
antecámara le introdujo al aposento de su tío. Era este un anciano
venerable, alto y flaco de cuerpo, con barba y cabellos blancos, y
una expresión ascética y recogida, si bien templada por una
benignidad grandísima. Comenzaba a encorvarse bajo el peso de los
años, pero bien se echaba de ver que el vigor no había abandonado
aún aquellos miembros acostumbrados a las fatigas de la guerra y
endurecidos en los ayunos y vigilias. Vestía el hábito blanco de la
orden y exteriormente apenas se distinguía de un simple caballero.
El golpe que parecía amagar al Temple, y por otra parte los
disgustos que, según de algún tiempo atrás iba viendo claramente,
debían abrumar a aquel sobrino querido, último retoño de su linaje,
esparcían en su frente una nube de tristeza y daban a su fisonomía
un aspecto todavía más grave.
    </p>
    

    <p>
     El maestre que había salido al
encuentro de don Álvaro, después de haberle abrazado con un poco
más de emoción de la acostumbrada, le llevó a una especie de celda
en que de ordinario estaba y cuyos muebles y atavíos revelaban
aquella primitiva severidad y pobreza en cuyos brazos habían dejado
a la orden Hugo de Paganis y sus compañeros y de que eran elocuente
emblema los dos caballeros montados en un mismo caballo. Don
Rodrigo, así por el puesto que ocupaba como por la austeridad
peculiar a un carácter, quería dar este ejemplo de humildad y
modestia. Sentáronse entrambos, en taburetes de madera, a una tosca
mesa de nogal, sobre la cual ardía una lámpara enorme de cobre, y
don Álvaro hizo al anciano una prolija relación de todo lo
acaecido, que éste escuchó con la mayor atención.
    </p>
    

    <p>
     -En todo eso -respondió por último-
estoy viendo la mano del que degolló al niño Guzmán delante de los
adarves de Tarifa, y, a la vista de su padre. El conde de Lemus
está ligado con él y, otros señores que sueñan con la ruina del
Temple para adornarse con sus despojos, y temiendo que tu enlace
con una señora tan poderosa en tierras y vasallos aumentaría
nuestras fuerzas harto temibles ya para ellos en este país, han
adulado la ambición de don Alonso, y puesto en ejecución todas sus
malas artes para separarnos. ¡Pobre doña Beatriz! -añadió con
melancolía-, ¿quién le dijera a su piadosa madre cuando con tanto
afán y, solicitud la criaba, que su hija había de ser el premio de
una cábala tan ruin?
    </p>
    

    <p>
     -Pero señor -repuso don Álvaro-,
¿creéis que el señor de Arganza se hará sordo a la voz del honor y
de la naturaleza?
    </p>
    

    <p>
     -A todo, hijo mío -contestó el
templario-. La vanidad y la ambición secan las fuentes del alma, y
con ellas se aparta el hombre de Dios, de quien viene la virtud y
la verdadera nobleza.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero no hay entre vos y él algún pacto formal?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno. Menguado fue tu sino desde
la cuna, don Álvaro, pues de otra suerte no sucedería que doña
Blanca, que en tan alta estima te tiene, fuese causa ahora de tu
pesar. Ella se opuso al principio a vuestra unión porque quiso que
su hija te conociese antes de darte su mano, y don Alonso,
doblegando por la primera vez su carácter altanero, cedió a las
solicitudes de su esposa. Así pues, aunque su conciencia le
condene, a nada podemos obligarle por nuestra parte.
    </p>
    

    <p>
     -Conque, es decir -exclamó don
Álvaro-, que no me queda más camino que el que la desesperación me
señale.
    </p>
    

    <p>
     -Te queda la confianza en Dios y en tu
propio honor, de que a nadie le es dado despojarte -respondió el
maestre con voz grave entre severa y cariñosa-. Además -continuó
con más sosiego-, todavía hay medios humanos que tal vez sean
poderosos a desviar a don Alonso de la senda de perdición por donde
quiere llevar a su hija. Yo no le hablaré sino como postrer
recurso, porque, a pesar de mi prudencia, tal vez se enconaría el
odio de que nuestra noble orden va siendo objeto, pero mañana irás
a Carracedo, y entregarás una carta al abad de mi parte. Su
carácter espiritual podrá darle alguna influencia sobre el
orgulloso señor de Arganza, y espero que, si se lo pido, no se lo
negará a un hermano suyo. Su orden y la mía nacieron en el seno de
San Bernardo, y de la santidad de su corazón recibieron sus
primeros preceptos. Dichosos tiempos en que seguíamos la bandera
del capitán invisible en demanda de un reino que no era de este
mundo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, al oírle, se abochornó un
poco, viendo que en el egoísmo de su dolor se había olvidado de los
pesares y zozobras que como una corona de espinas rodeaban aquella
cana y respetable cabeza. Comenzó entonces a hablarle de los
rumores que circulaban, y, el anciano, apoyándose en su hombro,
bajó la escalera y le llevó al extremo de la gran plaza de armas
cuyos muros dan al río.
    </p>
    

    <p>
     La noche estaba sosegada y la luna
brillaba en mitad de los cielos azules y transparentes. Las armas
de los centinelas vislumbraban a sus rayos despidiendo vivos
reflejos al moverse, y el río, semejante a una franja de plata,
corría al pie de la colina con un rumor apagado y sordo. Los
bosques y montañas estaban revestidos de aquellas formas vagas y
suaves con que suele envolver la luna semejantes objetos, y todo
concurría a desenvolver aquel germen de melancolía que las almas
generosas encuentran siempre en el fondo de sus sentimientos. El
maestre se sentó en un asiento de piedra que había a cada lado de
las almenas y su sobrino ocupó el de enfrente.
    </p>
    

    <p>
     -Tú creerás tal vez, hijo mío -le
dijo-, que el poder de los templarios, que en Castilla poseen más
de veinticuatro encomiendas, sin contar otros muchos fuertes de
menos importancia; en Aragón ciudades enteras, y en toda la Europa
más de nueve mil casas y castillos, es incontrastable, y que harto
tiene la orden en que fundar el orgullo y altanería con que
generalmente se le da en rostro.
    </p>
    

    <p>
     -Así lo creo -respondió su
sobrino.
    </p>
    

    <p>
     -Así lo creen los más de los nuestros
-contestó el maestre, y por eso el orgullo se ha apoderado de
nosotros, el orgullo que perdió al primer hombre y perderá a tantos
de sus hijos. En Palestina hemos respondido con el desdén y la
soberbia a las quejas y envidia de los demás, y el resultado ha
sido perder la Palestina, nuestra patria, nuestra única y verdadera
patria. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén!, ciudad de perfecto decoro,
¡alegría de toda la tierra! -exclamó con voz solemne, ¡en ti se
quedó la fuerza de nuestros brazos, y al dejar a San Juan de Acre,
exhalamos el último suspiro! Desde entonces, peregrinos en Europa,
rodeados de rivales poderosos que codician nuestros bienes,
corrompidas nuestras humildes y modestas costumbres primitivas, el
mundo todo se va concitando en daño nuestro, y hasta la tiara que
siempre nos ha servido de escudo parece inclinarse del lado de
nuestros enemigos. Nuestros hermanos gimen ya en Francia en los
calabozos de Felipe, y Dios sabe el fin que les espera, pero ¡que
se guarden! -exclamó con voz de trueno-, allí nos han sorprendido,
pero aquí y en otras partes aprestados nos encontrarán a la pelea.
El Papa podrá disolver nuestra hermandad y esparcirnos por la haz
de la tierra, como el pueblo de Israel; pero para condenarnos nos
tendrá que oír, y el Temple no irá al suplicio bajo la vara de
ninguna potestad temporal como un rebaño de carneros.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del maestre parecían lanzar
relámpagos, y su fisonomía estaba animada de un fuego y, energía
que nadie hubiera creído compatible con sus cansados años.
    </p>
    

    <p>
     El Temple tenía un imán irresistible
para todas las imaginaciones ardientes por su misteriosa
organización, y por el espíritu vigoroso y compacto que vigorizaba
a un tiempo el cuerpo y los miembros de por sí. Tras de aquella
hermandad, tan poderosa y unida, difícil era, y sobre todo a la
inexperiencia de la juventud, divisar más que robustez y fortaleza
indestructible, porque en semejante edad nada se cree negado al
valor y a la energía de la voluntad; así es que don Álvaro no pudo
menos de replicar.
    </p>
    

    <p>
     -Tío y señor, ¿ese creéis que sea el
premio reservado por el Altísimo a la batalla de dos siglos que
habéis sostenido por el honor de su nombre? ¿Tan apartado le
imagináis de vuestra casa?
    </p>
    

    <p>
     -Nosotros somos -contestó el anciano-
los que nos hemos desviado de él, y por eso nos vamos convirtiendo
en la piedra de escándalo y de reprobación. ¡Y yo -continuó con la
mayor amargura- moriré lejos de los míos, sin ampararlos con el
escudo de mi autoridad, y la corona de mis cansados días será la
soledad y el destierro! Hágase la voluntad de Dios, pero cualquiera
que sea el destino reservado a los templarios, morirán como han
vivido, fieles al valor y ajenos a toda indigna flaqueza.
    </p>
    

    <p>
     A esta sazón la campana del castillo
anunció la hora del recogimiento, con lúgubres y melancólicos
tañidos que, derramándose por aquellas soledades y quebrándose
entre los peñascos del río, morían a lo lejos mezclados a su
murmullo con un rumor prolongado y extraño.
    </p>
    

    <p>
     -La hora de la última oración y del
silencio -dijo el maestre, vete a recoger, hijo mío, y prepárate
para el viaje de mañana. Acaso te he dejado ver demasiado las
flaquezas que abriga este anciano corazón, pero el Señor también
estuvo triste hasta la muerte y dijo: «Padre, si puede ser, pase de
mí este cáliz.» Por lo demás, no en vano soy el maestre y padre del
Temple en Castilla, y en la hora de la prueba, nada en el mundo
debilitará mi ánimo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro acompañó a su tío hasta su
aposento, y después de haberle besado la mano se encaminó al suyo,
donde al cabo de mucho desasosiego se rindió al sueño postrado con
las extrañas escenas y sensaciones de aquel día.</p>
		</div>

		<div type="chapter" n="SPA1001004">
				<head>Capítulo IV</head>
				<p>La caballería del templo de Salomón
había nacido en el mayor fervor de las cruzadas, y los sacrificios
y austeridades que les imponía su regla, dictada por el entusiasmo
y celo ardiente de San Bernardo, les habían granjeado el respeto y
aplauso universal. Los templarios, en efecto, eran el símbolo vivo
y eterno de aquella generosa idea que convertía hacia el sepulcro
de Cristo los ojos y el corazón de toda la cristiandad. En su
guerra con los infieles nunca daban ni admitían tregua, ni les era
lícito volver las espaldas aun delante de un número de enemigos
conocidamente superiores; así es que eran infinitos los caballeros
que morían en los campos de batalla. Al desembarcar en el Asia, los
peregrinos y guerreros bisoños encontraban la bandera del Temple, a
cuya sombra llegaban a Jerusalén sin experimentar ninguna de las
zozobras de aquel peligroso viaje. El descanso del monje y la
gloria y pompa mundana del soldado les estaban igualmente vedados,
y su vida entera era un tejido de fatigas y abnegación. La Europa
se había apresurado, como era natural, a galardonar una orden que
contaba en su principio tantos héroes como soldados, y las honras,
privilegios y riquezas que sobre ella comenzaron a llover la
hicieron en poco tiempo temible y poderosa, en términos de poseer,
como decía don Rodrigo, nueve mil casas y los correspondientes
soldados y hombres de armas.
    </p>
    

    <p>
     Como quiera, el tiempo que todo lo
mina, la riqueza que ensoberbece aun a los humildes, la fragilidad
de la naturaleza humana que al cabo se cansa de los esfuerzos
sobrenaturales y sobre todo la exasperación causada en los
templarios por los desastres de la Tierra Santa, y las rencillas y
desavenencias con los hospitalarios de San Juan, llegaron a manchar
las páginas de la historia del Temple, limpias y resplandecientes
al principio. Desde la altura a que los habían encumbrado sus
hazañas y virtudes, su caída fue grande y lastimosa. Por fin,
perdieron a San Juan de Acre, y apagado ya el fuego de las cruzadas
a cuyo calor habían crecido y prosperado, su estrella comenzó a
amortiguarse, y la memoria de sus faltas, la envidia que
ocasionaban sus riquezas, y los recelos que inspiraba su poder, fue
lo único que trajeron de Palestina, su patria de adopción y de
gloria, a la antigua Europa, verdadero campo de soledad y destierro
para unos espíritus acostumbrados al estruendo de la guerra y a la
incesante actividad de los campamentos.
    </p>
    

    <p>
     A decir verdad, los temores de los
monarcas no dejaban de tener su fundamento, porque los caballeros
teutónicos acababan de arrojarse sobre la Prusia con fuerzas
menores y más escaso poder que los templarios, fundando un estado
cuyo esplendor y fuerza han ido aumentándose hasta nuestros días.
Su número era indudablemente reducido, pero su espíritu altivo y
resuelto, su organización fuerte y compacta, su experiencia en las
armas y su temible caballería, contrabalanceaban ventajosamente las
fuerzas inertes y pesadas que podía oponerles en aquella época la
Europa feudal.
    </p>
    

    <p>
     Para conjurar todos estos riesgos,
imaginó Felipe el Hermoso, rey de Francia, la medida política, sin
duda, de aspirar al maestrazgo general de la orden que todavía
llevaba el nombre de ultramarino; pero el desaire que recibió,
junto con la codicia que le inspiró la vista del tesoro del Temple
en los días que le dieron amparo contra una conmoción popular,
acabó de determinar su alma vengativa a aquella atroz persecución
que tiznará eternamente su memoria. El Papa, que como único juez de
una corporación eclesiástica debía oponerse a las ilegales
invasiones de un poder temporal, no se atrevía a contrariar al rey
de Francia, temeroso de ver sujeta a la residencia de un concilio
general la vida y memoria de su antecesor Bonifacio, como Felipe
con toda vehemencia pretendía. De aquí resultaba que muchas gentes,
y en especial los eclesiásticos, que veían la tibieza con que
defendía la cabeza de la Iglesia la causa de los templarios, se
inclinaban a lo peor; como generalmente sucede, y, de este modo las
viles y monstruosas calumnias de Felipe, cada día adquirían más
popularidad y consistencia entre una plebe supersticiosa y
feroz.
    </p>
    

    <p>
     Aunque entre los templarios españoles
la continua guerra con los sarracenos conservaba costumbres más
puras y, acendradas y daba a su existencia un noble y glorioso
objeto de que estaban privados en Francia, también es cierto que
los vicios consiguientes a la constitución de la orden no dejaban
de notarse en nuestra patria. Por otra parte, el Temple, en último
resultado, era una orden extranjera cuya cabeza residía en lejanos
climas, al paso que a su lado crecían en nombre y reputación las de
Calatrava, Alcántara y Santiago, plantas indígenas y espontáneas en
el suelo de la caballería española y capaces de llenar el vacío que
dejaran sus hermanos en los escuadrones cristianos. Toda
comparación, pues, entre unas órdenes y la otra debía perjudicar a
la larga a los caballeros del Temple, y por otra parte, conociendo
los estrechos vínculos de su hermandad, difícil era separarlos de
la responsabilidad de las acusaciones de la corte de Francia. De
manera que los templarios españoles, algo más respetados y un poco
menos aborrecidos que los de otros países, no por eso dejaban de
ser objeto de la envidia y codicia para los grandes y de aversión
para los pequeños, perdiendo sus fuerzas y prestigio en medio de la
especie de pestilencia moral que consumía sus entrañas.
    </p>
    

    <p>
     Estas reflexiones que, a riesgo de
cansar a nuestros lectores, hemos querido hacer para explicar la
rápida grandeza y súbita ruina de la orden del Temple, se habían
presentado muchas veces al carácter meditabundo y grave del maestre
de Castilla, y sido causa de la melancolía y abstraimiento que en
él se notaba de mucho tiempo atrás; pero la mayor parte de sus
súbditos lo achacaban a la piedad, un poco austera, que había
distinguido siempre su vida. Don Álvaro, como ya hemos indicado,
más ardiente y, menos reflexivo, no acertaba a explicarse el
desaliento de una persona tan valerosa y cuerda como su tío, y así
es que al día siguiente caminaba la vuelta de Carracedo, algo más
divertido en sus propias tristezas y zozobras que no preocupado de
los riesgos que amenazaban a sus nobles aliados. De la plática que
iba a tener con el abad de Carracedo pendían tal vez las más dulces
esperanzas de su vida, porque aquel prelado, como confesor de la
familia de Arganza, ejercía grande influjo en el ánimo de su jefe.
Por otra parte, su poder temporal le daba no poca consideración y
preponderancia, porque después de la bailía de Ponferrada, nadie
gozaba de más riquezas ni regía mayor número de vasallos que aquel
famoso monasterio.
    </p>
    

    <p>
     Don Rodrigo caminaba, pues, combatido
de mil opuestos sentimientos, silencioso y recogido; sin hacer
caso, ora por esto, ora por la poca novedad que a sus ojos tenía,
del risueño paisaje que se desplegaba alrededor a los primeros
rayos del sol de mayo. A su espalda quedaba la fortaleza de
Ponferrada; por la derecha se extendía la dehesa de Fuentes Nuevas
con sus hermosos collados plantados de viñas que se empinaban por
detrás de sus robles; por la izquierda corría el río entre los
sotos, pueblos y praderas que esmaltan su bendecida orilla y
adornan la falda de las sierras de la Aguiana, y al frente
descollaba por entre castaños y, nogales casi cubierta con sus
copas y en vergel perpetuo de verdura, la majestuosa mole del
monasterio fundado, a la margen del Cúa, por don Bernardo el Gotoso
y reedificado y ensanchado por la piedad de don Alonso el
emperador, y de su hermana doña Sancha. Cantaban los pájaros
alegremente, y el aire fresco de la mañana venía cargado de aromas
con las muchas flores silvestres que se abrían para recibir las
primeras miradas del padre del día.
    </p>
    

    <p>
     ¡Delicioso espectáculo, en que un alma
descargada de pesares no hubiese dejado de hallar goces secretos y
vivos!
    </p>
    

    <p>
     Gracias a la velocidad de Almanzor,
que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro
principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento.
Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por
custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje
correspondiente a su alcurnia, y tirando uno de ellos del cordel de
una campana avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se
apeó en el patio, y acompañado de dos monjes que bajaron a su
encuentro y de los cuales el más entrado en años le dio el ósculo
de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se
encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los
forasteros de distinción. Era ésta la misma donde la infanta doña
Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado
justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios
los tesoros de su corazón misericordioso, gracioso aposento con
ligeras columnas y arcos arabescos con un techo de primorosos
embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de
un frágil pasamano. Una reducida, pero elegante galería, le daba
entrada y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos
calados rosetones, todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero
severos, que la decoraban le daban aspecto majestuoso y grave.
    </p>
    

    <p>
     Los religiosos dejaron en esta sala a
don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales
entró el abad. Era este un monje como de cincuenta años, calvo, de
facciones muy marcadas, pero en que se descubría más austeridad y
rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y
penitencias, pero vigoroso aun en sus movimientos. Se conocía a
primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y
sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que
no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A
pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad, y, aun pudiéramos
decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran
estima; y después de los indispensables comedimientos, se puso a
leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban
amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada; tristes
presagios para don Álvaro; hasta que, concluida por último, le dijo
con su voz enérgica y sonora:
    </p>
    

    <p>
     -Siempre he estimado a vuestra casa;
vuestro padre fue uno de los pocos amigos que Dios me concedió en
mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le
cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios
mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar
un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra
para su linaje?
    </p>
    

    <p>
     -Pero, padre mío -contestó don
Álvaro-, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la
tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta
comarca, son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y, del
sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña
Beatriz encuentra gran ventura en brazos del conde?
    </p>
    

    <p>
     -Pobre paloma sin mancilla -repuso el
abad con una voz casi enternecida-; su alma es pura como el cristal
del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo
todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará
por enturbiar y. amargar esta agua limpia y serena.
    </p>
    

    <p>
     Quedáronse entrambos callados por un
buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución
inmutable, le elijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Seríais capaz de cualquier empresa
por lograr a doña Beatriz?
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso dudáis, padre? -contestó el
caballero-; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus
ojos.
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces -añadió el abad-, yo
haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una
condición, y es que os habéis de apartar de la alianza de los
templarios.
    </p>
    

    <p>
     El rostro de don Álvaro se encendió en
ira, y enseguida perdió el color hasta quedarse como un difunto, en
cuanto oyó semejante proposición. Pudo, sin embargo, contenerse, y
se contentó con responder, aunque en voz algo trémula y
cortada.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro corazón está ciego, pues no
ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala
cuenta daba de su honra; la dicha siempre es menos que el honor.
¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a
sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!
    </p>
    

    <p>
     -Nunca estuvo la honra -respondió el
abad con vehemencia- en contribuir a la obra de tinieblas, ni en
hacer causa común con los inicuos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y sois vos -le preguntó el caballero
con sentido acento-, un hijo de San Bernardo, el que habla en esos
términos de sus hermanos? ¿Vos oscurecéis de esta manera la cruz
que resplandeció en la Palestina con tan gloriosos rayos, y que ha
menguado en España las lunas sarracenas? ¿Vos humilláis vuestra
sabiduría hasta recoger las hablillas de un vulgo fiero y
maldiciente?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -repuso el monje con el mismo
calor, aunque con un acento doloroso-; ¡pluguiera al cielo que sólo
en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple!, pero el Papa
ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos
de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría sus hijos, no ha mucho
tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado
antes? El jefe de la Iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta
ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es
de su corazón benigno y paternal. ¡Oh dolor! -añadió levantando las
manos y, los ojos al cielo-. ¡Oh vanidad de las grandezas humanas!
¿Por qué han seguido los caminos de la perdición y, de la soberbia
desviándose de la senda humilde y segura que les señaló nuestro
padre común? Por su desenfreno, acabamos de perder la Tierra Santa,
y ya será preciso pasar el arado sobre aquel alcázar a cuyo abrigo
descansaba alegre la cristiandad entera, pero se ha convertido ya
en templo de abominación.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro no pudo menos de sonreírse
con algo de desdén, y, dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Mucho será que a tanto alcancen
vuestras máquinas de guerra.
    </p>
    

    <p>
     El abad le miró severamente, y sin
hablar palabra le asió del brazo y le llevó a una ventana. Desde
ella se divisaba una colina muy hermosa, sombreadas sus faldas de
viñedo al pie de la cual corría el Cúa, y, cuya cumbre remataba, no
en punta, sino en una hermosa explanada con el azul del cielo por
fondo. Un montón confuso de ruinas la adornaba; algunas columnas
estaban en pie, aunque las más sin capiteles; en otras partes se
alcanzaba a descubrir algún lienzo grande de edificio cubierto de
yedra, y todo el recinto estaba rodeado aún de una muralla por
donde trepaban las vides y zarzas. Aquel «campo de soledad mustio
collado» había sido el 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Berdigum
     </foreign>
     romano.
    </p>
    

    <p>
     Bien lo sabía don Álvaro, pero el
ademán del abad y la ocasión en que le ponía delante aquel ejemplo
de las humanas vanidades y soberbias le dejó confuso y
silencioso.
    </p>
    

    <p>
     -Miradlo bien -le dijo el monje-,
mirad bien uno de los grandes y muchos sepulcros que encierran los
esqueletos de aquel pueblo de gigantes. También ellos en su orgullo
e injusticia se volvieron contra Dios como vuestros templarios. Id
pues, id como yo he ido en medio del silencio de la noche, y
preguntad a aquellas ruinas por la grandeza de sus señores; id, que
no dejarán de daros respuesta los silbidos del viento y el aullido
del lobo.
    </p>
    

    <p>
     El señor de Bembibre, antes confuso,
quedó ahora como anonadado y sin contestar palabra.
    </p>
    

    <p>
     -Hijo mío -añadió el monje, pensadlo
bien y apartaos, que aún es tiempo, apartaos de esos desventurados
sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de
Gomorra.
    </p>
    

    <p>
     -Cuando vea lo que me decís -respondió
don Álvaro con reposada firmeza-, entonces tomaré vuestros
consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados,
pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos
responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará
limpia como el sol. Pero, en suma, padre mío, vos, que veis la
hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi
alma y, por doña Beatriz a quien tanto amáis?
    </p>
    

    <p>
     -Nada -contestó el monje-, yo no
contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.
    </p>
    

    <p>
     El caballero se levantó entonces y le
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Vos sois testigo de que me cerráis
todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara
alguna vez!
    </p>
    

    <p>
     -El cielo os guarde, buen caballero
-contestó el abad-, y os abra los ojos del alma.
    </p>
    

    <p>
     Enseguida le fue acompañando hasta el
patio del monasterio, y después de despedirlo se volvió a su celda
donde se entregó a tristes reflexiones.
    </p>
    

			</div>
			<div type="chapter" n="SPA1001005">
				<head>Capítulo V</head>
				<p>Aunque don Álvaro no fundase grandes
esperanzas en su entrevista con el abad, todavía le causó sorpresa
el resultado; flaqueza irremediable del pobre corazón humano que
sólo a vista de la realidad inexorable y fría acierta a separarse
del talismán que hermosea y dulcifica la vida: la esperanza. El
maestre, por su parte, conocía harto bien el fondo de fanatismo que
en el alma del abad de Carracedo sofocaba un sinfín de nobles
cualidades para no prever el éxito; pero, así para consuelo de su
sobrino como por obedecer a aquel generoso impulso que en las almas
elevadas inclina siempre a la conciliación y a la dulzura, había
dado aquel paso. Iguales motivos le determinaron a visitar al señor
de Arganza, aunque la crítica situación en que se encontraba la
orden por una parte, y por otra la conocida ambición de don Alonso
parecían deber retraerle de este nuevo esfuerzo; pero la ternura de
aquel buen anciano por el único pariente que le quedaba rayaba en
debilidad, aunque exteriormente la dejaba asomar rara vez.
    </p>
    

    <p>
     Así pues, un día de los inmediatos al
suceso que acabamos de contar, salió de la encomienda de Ponferrada
con el séquito acostumbrado y se encaminó a Arganza. La visita tuvo
mucho de embarazosa y violenta, porque don Alonso, deseoso de
ahorrarse una explicación cordial y sincera sobre un asunto que su
conciencia era la primera a condenarle, se encerró en el coto de
una cortesía fría y estudiada, y el maestre por su parte,
convencido de que su resolución era irrevocable, y harto celoso del
honor de su orden y de la dignidad de su persona para abatirse a
súplicas inútiles, se despidió para siempre de aquellos umbrales
que tantas veces había atravesado con el ánimo ocupado en dulces
proyectos.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, el señor de Arganza, un
tanto alarmado con la intención que parecía descubrir el afecto de
don Álvaro hacia su hija, resolvió acelerar lo posible su ajustado
enlace a fin de cortar de raíz todo género de zozobras. Poco temía
de la resistencia de su esposa, acostumbrado como estaba a verla
ceder de continuo a su voluntad; pero el carácter de la joven, que
había heredado no poco de su propia firmeza, le causaba alguna
inquietud. Sin embargo, como hombre de discreción, a par que de
energía, contaba a un tiempo con el prestigio filial y con la
fuerza de su autoridad para el logro de su propósito. Así pues, una
tarde que doña Beatriz, sentada cerca de su madre, trabajaba en
bordar un paño de iglesia que pensaba regalar al monasterio de
Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón, entró su padre
en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de un asunto de
suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle con la
mayor modestia y compostura. Caíanla por ambos lados numerosos
rizos negros como el ébano, la zozobra que apenas podía reprimir la
hacía más interesante. Don Alonso no pudo abstenerse de un cierto
movimiento de orgullo al verla tan hermosa, en tanto que a doña
Blanca, por lo contrario, se le arrasaron los ojos de lágrimas
pensando que tanta hermosura y riqueza serían tal vez la causa de
su desventura eterna.
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía -la dijo don Alonso-, ya
sabes que Dios nos privó de tus hermanos y que tú eres la esperanza
única y postrera de nuestra casa.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señor -respondió ella con su voz
dulce y melodiosa.
    </p>
    

    <p>
     -Tu posición, por consiguiente
-continuó su padre-, te obliga a mirar por la honra de tu
linaje.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, padre mío, y bien sabe Dios que
ni por un instante he abrigado un pensamiento que no se aviniese
con el honor de vuestras canas y con el sosiego de mi madre.
    </p>
    

    <p>
     -No esperaba yo menos de la sangre que
corre por tus venas. Quería decirte, pues, que ha llegado el caso
de que vea logrado el fruto de mis afanes y coronados mis más
ardientes deseos. El conde de Lemus, señor el más noble y poderoso
de Galicia, favorecido del rey y muy especialmente del infante don
Juan, ha solicitado tu mano y yo se la he concedido.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es ese conde el mismo -repuso
doña Beatriz- que, después de lograr de la noble reina doña María
el lugar de Monforte en Galicia, abandonó sus banderas para unirse
a las del infante don Juan?
    </p>
    

    <p>
     -El mismo -contestó don Alonso, poco
satisfecho de la pregunta de su hija-, ¿y qué tenéis que decir
dél?
    </p>
    

    <p>
     -Que es imposible que mi padre me dé
por esposo un hombre a quien no podría amar, ni respetar tan
siquiera.
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía -contestó don Alonso con
moderación, porque conocía el enemigo con quien se las iba a haber
y no quería usar de violencia sino en el último extremo-, en tiempo
de discordias civiles no es fácil caminar sin caer alguna vez,
porque el camino está lleno de escollos y barrancos.
    </p>
    

    <p>
     -Sí -replicó ella-, el camino de la
ambición está sembrado de dificultades y tropiezos, pero la senda
del honor y la caballería es lisa y apacible como una pradera. El
conde de Lemus sin duda es poderoso, pero aunque sé de muchos que
le temen y odian, no he oído hablar de uno que le venere y
estime.
    </p>
    

    <p>
     Aquel tiro, dirigido a la desalmada
ambición del de Lemus, que sin saberlo su hija venía a herir a su
padre de rechazo, excitó su cólera en tales términos que se olvidó
de su anterior propósito y contestó con la mayor dureza:
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro deber es obedecer y callar, y
recibir el esposo que vuestro padre os destine.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra es mi vida -dijo doña
Beatriz-, y si me lo mandáis, mañana mismo tomaré el velo en un
convento; pero no puedo ser esposa del conde de Lemus.
    </p>
    

    <p>
     -Alguna pasión tenéis en el pecho,
doña Beatriz -contestó su padre dirigiéndola escrutadoras miradas-.
¿Amáis al señor de Bembibre? -le preguntó de repente.
    </p>
    

    <p>
     -Si, padre mío -respondió ella con el
mayor candor.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no os dije que le
despidierais?
    </p>
    

    <p>
     -Y ya le despedí.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y cómo no despedisteis también de
vuestro corazón esa pasión insensata? Preciso será que la ahoguéis
entonces.
    </p>
    

    <p>
     -Si tal es vuestra voluntad, yo la
ahogaré al pie de los altares; yo trocaré por el amor del esposo
celeste el amor de don Álvaro, que por su fe y su pureza era más
digno de Dios, que no de mí, desdichada mujer. Yo renunciaré a
todos mis sueños de ventura, pero no lo olvidaré en brazos de
ningún hombre.
    </p>
    

    <p>
     -Al claustro iréis -respondió don
Alonso, fuera de sí de despecho-, no a cumplir vuestros locos
antojos, no a tomar el velo de que os hace indigna vuestro carácter
rebelde, sino a aprender en la soledad, lejos de mi vista y de la
de vuestra madre, la obediencia y el respeto que me debéis.
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto salió del aposento
airado, y cerrando tras sí la puerta con enojo dejó solas a madre y
a hija que, por un impulso natural y espontáneo, se precipitaron
una en brazos de la otra; doña Blanca deshecha en lágrimas, y doña
Beatriz comprimiendo las suyas con trabajo, pero llena
interiormente de valor. En las almas generosas despierta la
injusticia fuerzas cuya existencia se ignoraba, y la doncella lo
sentía entonces. Había tenido bastante desprendimiento y respeto
para no representar a su padre que si amaba a don Álvaro era porque
todo en un principio parecía indicarle que era el esposo escogido
por su familia; pero este silencio mismo contribuía a hacerle
sentir más vivamente su agravio. Lo que quebrantaba su valor era el
desconsuelo de su madre, que no cesaba un punto en sus sollozos
teniéndola estrechamente abrazada.
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía, hija mía -dijo, por fin, en
cuanto su congoja le dejó hablar-, ¿cómo te has atrevido a
irritarle de esa manera, cuando nadie tiene valor para resistir sus
miradas?
    </p>
    

    <p>
     -En eso verá que soy su hija y que
heredo el esfuerzo de su ánimo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y yo, miserable mujer -exclamó doña
Blanca haciendo los mayores extremos de dolor-, que con mi necia
prudencia te he alejado del puerto de la dicha pudiendo ahora
gozarte segura en la ribera!
    </p>
    

    <p>
     -Madre mía -dijo la joven enjugando
los ojos de su madre-, vos habéis sido toda bondad y carino para
mí, y el día de mañana sólo está en la mano de Dios, sosegaos,
pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos dará fuerzas para
sobrellevar una separación, a mí sobre todo que soy joven y
robusta.
    </p>
    

    <p>
     La idea de la falta de su hija, que ni
un solo día se había apartado de su lado y, que había desaparecido
por un momento, hizo volver a la triste madre a todos sus extremos
de amargura, en términos que doña Beatriz hubo de emplear todos los
recursos de su corazón y de su ingenio en apaciguarla. La anciana,
que por su carácter suave y bondadoso estaba acostumbrada a ceder
en todas ocasiones y cuyo matrimonio había comenzado por un
sacrificio algo semejante, aunque infinitamente menor que el que
exigían de su hija, bien quisiera indicarla algo, pero no se
atrevía. Por último, al despedirse le dijo.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, hija de mi vida, ¿no sería
mejor ceder?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz hizo un gesto muy
expresivo, pero no respondió a su madre sino abrazándola y
deseándole buen sueño.
    </p>
    

   </div>
			<div type="chapter" n="SPA1001006">
				<head>Capítulo VI</head>
				<p>La escena que acabamos de describir
causó mucho desasosiego en el ánimo del señor de Arganza, porque
harto claro veía ahora cuán hondas raíces había echado en el ánimo
de su hija aquella malhadada pasión que así trastornaba todos sus
planes de engrandecimiento. Poco acostumbrado a la contradicción, y
mucho menos de parte de aquella hija, dechado hasta entonces de
sumisión y, respeto, su orgullo se irritó sobremanera, si bien en
el fondo, y como a despecho suyo, parecía a veces alegrarse de
encontrar en una persona que tan de cerca le tocaba aquel valor
noble y sereno y aquella elevación de sentimientos. Sin embargo,
atento antes que todo a conservar ilesa su autoridad paternal,
resolvió al cabo de dos días llevar a doña Beatriz al convento de
Villabuena, donde esperaba que el recogimiento del lugar, el
ejemplo vivo de obediencia que a cada paso presenciaría, y sobre
todo el ejemplo de su piadosa tía, contribuirían a mudar las
disposiciones de su ánimo.
    </p>
    

    <p>
     Por secreto que procuró tener don
Alonso el motivo de su determinación, se traslució sobradamente en
su familia y aún en el lugar, y como todos adoraban a aquella
criatura tan llena de gracias y de bondad, el día de su partida fue
uno de llanto y de consternación generales. El mismo Mendo, el
palafrenero que tan inclinado se mostraba a favorecer los proyectos
de su amo y a llevar las armas de un conde, apenas podía contener
las lágrimas. Don Alonso daba a entender con la mayor serenidad
posible, en medio del pesar que experimentaba, que era ausencia de
pocos días y. no llevaba más objeto que satisfacer el deseo que
siempre había manifestado la abadesa de Villabuena de tener unos
días en su compañía a su sobrina. A todo el mundo decía lo
contrario su corazón, y era trabajo en balde el que el anciano
señor se tomaba.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz se despidió de su madre a
solas y, en los aposentos más escondidos de la casa, y por esta vez
ya no pudo sostenerla su aliento; así fue que rompió en ayes y en
gemidos tanto más violentos cuanto más comprimidos habían estado
hasta entonces. El corazón de una madre suele tener en las
ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien lo mostró doña Blanca, que
entonces fue la consoladora de su hija y la que supo prestarle
ánimo. Por fin, doña Beatriz se desprendió de sus brazos, y
enjugándose las lágrimas bajó al patio donde casi todos los
vasallos de su padre la aguardaban; sus hermosos ojos humedecidos
todavía despedían unos rayos semejantes a los del sol cuando
después de una tormenta atraviesan las mojadas ramas de los
árboles, y su talla majestuosa y elevada, realzada por un vestido
oscuro, la presentaba en todo el esplendor de su belleza. La mayor
parte de aquellas pobres gentes a quienes doña Beatriz había
asistido en sus enfermedades y socorrido en sus miserias, que
siempre la habían visto aparecer en sus hogares como un ángel de
consuelo y de paz, se precipitaron a su encuentro con voces y
alaridos lamentables besándole unos las manos y otros la falda de
su vestido. La doncella como pudo se desasió suavemente de ellos y
subiendo en su hacanea blanca con ayuda del enternecido Mendo,
salió del palacio extendiendo las manos hacia sus vasallos y sin
hablar palabra, porque desde el principio se le había puesto un
nudo en la garganta.
    </p>
    

    <p>
     El aire del campo y su natural valor
le restituyeron, por fin, un poco de serenidad. Componían la
comitiva su padre, que caminaba un poco delante como en muestra de
su enojo, aunque realmente por ocultar su emoción, el viejo Nuño,
caballero en su haca de caza, pero sin halcón ni perro, el rollizo
Mendo que aquel día andaba desalentado, y su criada Martina, joven
aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules y, de semblante
risueño y lleno de agudeza. Como, con gran placer suyo, iba
destinada a servir y acompañar a su señora durante su reclusión, no
sabemos decir a punto fijo si era esto lo que más influía en el mal
humor del caballerizo, que a pesar de los celos y disgustos que le
daba con Millán, el paje de don Álvaro, tenía la debilidad de
quererla. Viendo, pues, doña Beatriz, que habían entrado en
conversación, dijo al montero, que por respeto caminaba un poco
detrás.
    </p>
    

    <p>
     -Acércate, buen Nuño, porque tengo que
hablarte. Tú eres el criado más antiguo de nuestra casa, y como a
tal sabes cuanto te he apreciado siempre.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señora -contestó él con voz no
muy segura-; ¿quién me dijera a mí cuando os llevaba a jugar con
mis halcones y perros que habían de venir días como estos?
    </p>
    

    <p>
     -Otros peores vendrán, pobre Nuño, si
los que me quieren bien no me ayudan. Ya sabes de lo que se trata,
y mucho me temo que la indiscreta ternura de mi padre no me fuerce
a tomar por esposo un hombre de todos detestado. Si yo tuviera
parientes a quienes dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo;
pero, por desgracia, soy la última de mi linaje. Preciso será,
pues, que él me proteja, me entiendes. ¿Te atreverías a llevarle
una carta mía?
    </p>
    

    <p>
     Nuño calló.
    </p>
    

    <p>
     -Piensa -añadió doña Beatriz- que se
trata de mi felicidad en esta vida y quizá en la otra. ¿También tú
serías capaz de abandonarme?
    </p>
    

    <p>
     -No, señora -respondió el criado con
resolución-, venga la carta, que yo se la llevaré, aunque hubiera
que atravesar por medio toda la morería. Si el amo lo llega a saber
me mandará azotar y poner en la picota y me echará de casa que es
lo peor; pero don Álvaro, que es el mismo pundonor y la misma
bondad, no me negará un nicho en su castillo para cuidar de sus
halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea lo que Dios quiera, que yo
a buen hacer lo hago y él bien lo ve.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, enternecida, le entregó
la carta, y casi no tuvo tiempo para darle las gracias, porque
Mendo y Martina se le incorporaron en aquel punto. Así, pues,
continuaron en silencio su camino por las orillas del Cúa, en las
cuales estaba situado el convento de monjas de San Bernardo,
hermano en su fundación del de Carracedo y en el cual habían sido
religiosas dos princesas de sangre real. El convento ha
desaparecido, pero el pueblo de Villabuena, junto al cual estaba,
todavía subsiste y ocupa una alegre y risueña situación al pie de
unas colinas plantadas de viñedo. Rodéanlo praderas y huertas
llenas las más de higueras y toda clase de frutales y las otras
cercadas de frescos chopos y álamos blancos. El río le proporciona
riego abundante y fertiliza aquella tierra en que la naturaleza
parece haber derramado una de sus más dulces sonrisas.
    </p>
    

    <p>
     Al cabo de un viaje de hora y media,
se apeó la cabalgata delante del monasterio, a cuya portería salió
la abadesa, acompañada de la mayor parte de la comunidad, a recibir
a su sobrina. Las religiosas todas la acogieron con gran amor,
prendadas de su modestia y hermosura, y don Alonso, después de una
larga conversación con su cuñada, se partió a escondidas de su
hija, desconfiando de su energía y resolución, harto quebrantada
con las escenas de aquel día. Nuño y Mendo se despidieron de su
joven ama con más enternecimiento del que pudiera esperarse de su
sexo y educación. Aquellos fieles criados, acostumbrados a la
presencia de doña Beatriz que como una luz de alegría y contento
parecía iluminar todos los rincones más oscuros de la casa,
conocían que, con su ausencia, la tristeza y el desabrimiento iban
a asentar en ella sus reales. Conocían que don Alonso se entregaría
más frecuentemente a los accesos de su mal humor sin el suave
contrapeso y mediación de su hija; y por otra parte, no se les
ocultaba que los achaques, ya habituales de doña Blanca agravados
con el nuevo golpe, acabarían de oscurecer el horizonte doméstico.
Así pues, entrambos caminaron sin hablar palabra detrás de su amo
no menos adusto y silencioso que ellos, y al llegar a Arganza,
Mendo se fue a las caballerizas con el caballo de su señor y el
suyo, y Nuño, después de piensar su jaca y cenar, salió cerca de
media noche con pretexto de aguardar una liebre en un sitio algo
lejano, y de amaestrar un galgo nuevo de excelente traza, pero en
realidad para llegar a Bembibre a deshora y entregar con el mayor
recato la carta de doña Beatriz que poco más o menos decía así:
    </p>
    

    <p>
     Mi padre me destierra de su presencia por vuestro amor, y yo
sufro contenta este destierro; pero ni vos ni yo debemos olvidar
que es mi padre y, por lo tanto, si en algo tenéis mi cariño y
alguna fe ponéis en mis promesas, espero que no adoptareis ninguna
determinación violenta. El primer domingo después del inmediato
procurad quedaros de noche en la iglesia del convento, y os diré lo
que ahora no puedo deciros. Dios os guarde, y os dé fuerzas para
sufrir.
    </p>
    

    <p>
     Nuño desempeñó con tanto tino como
felicidad su delicado mensaje, y sólo pudo hacerle aceptar don
Álvaro una cadena de plata de colgar el cuerno de caza en los días
de lujo para memoria suya. Por lo demás, el buen montero todavía
tuvo tiempo para volver a su aguardo y coger la liebre, que trajo
triunfante a casa muy temprano deshaciéndose en elogios de su
galgo.
    </p>
    

			</div>
			<div type="chapter" n="SPA1001007">
				<head>Capítulo VII</head>
				<p>El medio de que el señor de Arganza se
había valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan
firmes raíces había echado no era, a la verdad, el más a propósito.
Aquella alma pura y generosa, pero altiva, mal podía regirse con el
freno del temor, ni del castigo. Tal vez la templanza y la dulzura
hubieran recabado de ella cuanto la ambición de su padre podía
apetecer, porque la idea del sacrificio suele ser instintiva en
semejantes caracteres, y con más gusto la acogen a medida que se
presenta con más atavíos de dolor y de grandeza, pero doña Beatriz,
que según la exacta comparación del abad de Carracedo, se asemejaba
a las aguas quietas y trasparentes del lago azul y sosegado de
Carucedo, fácilmente se embravecía cuando la azotaba su superficie
el viento de la injusticia y dureza. La idea sola de pertenecer a
un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el juguete de
una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse a
cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.
    </p>
    

    <p>
     Por otra parte, la soledad, la
ausencia y la contrariedad, que bastan para apagar inclinaciones
pasajeras, o culpables afectos, sólo sirven de alimento y vida a
las pasiones profundas y verdaderas. Un amor inocente y puro
acrisola el alma que le recibe, y por su abnegación insensiblemente
llega a eslabonarse con aquellos sublimes sentimientos religiosos,
que en su esencia no son sino amor limpio del polvo y fragilidades
de la tierra. Si por casualidad viene la persecución a adornarle
con la aureola del martirio, entonces el dolor mismo lo graba
profundamente en el pecho, y aquella idea querida llega a ser
inseparable de todos los pensamientos, a la manera que una madre
suele mostrar predilección decidida al hijo doliente y enfermo que
no la dejó ni un instante de reposo.
    </p>
    

    <p>
     Esto era cabalmente lo que sucedía con
doña Beatriz. En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y
sonora la voz de su corazón, y cuando su pensamiento volaba al que
tiene en su mano la voluntad de todos y escudriña con su vista lo
más oscuro de la conciencia, sus labios murmuraban sin saber aquel
nombre querido. Tal vez pensaba que sus oraciones se encontraban
con las suyas en el cielo, mientras sus corazones volaban uno en
busca de otro en esta tierra de desventuras, y entonces su
imaginación se exaltaba hasta mirar sus lágrimas y tribulaciones
como otras tantas coronas que la adornarían a los ojos de su
amado.
    </p>
    

    <p>
     Su tía, que también había amado y
visto deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte,
respetaba los sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle
llevadero su cautiverio, dándole la posible libertad y tratándola
con el más extremado cariño, porque su femenil agudeza le daba a
entender claramente que sólo este proceder podía emplearse con
aquella naturaleza, a un tiempo de león y, de paloma. La prudente
señora quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de
arriesgar ninguna otra tentativa.
    </p>
    

    <p>
     El día que doña Beatriz había señalado
a don Álvaro en su carta estaba elegido con gran discreción, porque
en él se celebraban después de las vísperas los funerales de los
regios patrones de aquella santa casa, que comúnmente solían atraer
numeroso concurso, a causa de la limosna que se repartía, y de
ordinario duraban hasta de noche. Fácil le fue, por lo tanto, al
caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por entre el
gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo,
mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor
atención. En las iglesias de aquel país había, y hay aún en
algunas, confesonarios cerrados por delante, con unas puertas de
celosía, y más de una vez han sucedido ocultaciones semejantes a la
de nuestro caballero. Por fin, después de acabados los oficios, la
iglesia se fue desocupando, las monjas rezaron sus últimas
oraciones, el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia
cerrando las puertas con sus enormes llaves.
    </p>
    

    <p>
     Quedóse el templo en un silencio
sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y
oscilante más que aclaraba los objetos, los confundía. Algunas
cabezas de animales y hombres que adornaban los capiteles de las
columnas lombardas parecían hacer extraños gestos y visajes, y las
figuras doradas de los santos de los altares, en cuyos ojos
reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz mortuoria,
parecían lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido que traía a
la mansión de la religión y de la paz otros cuidados que los del
cielo. El coro estaba oscuro y tenebroso, y el ruido del viento
entre los árboles, y el murmullo de los arroyos que venían de
fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas, tenían un
eco particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro no era superior a su siglo,
y en cualquiera otra ocasión, semejantes circunstancias no hubiesen
dejado de hacer impresión profunda en su ánimo; pero los peligros
reales que le cercaban si era descubierto, el riesgo que corría en
igual caso doña Beatriz, el deseo de aclarar el enigma oscuro de su
suerte, y sobre todo la esperanza de oír aquella voz tan dulce, se
sobreponían a toda clase de temores imaginarios. Oyó por fin la
campana interior del claustro, que tocaba a recogerse, luego voces
lejanas como de gentes que se despedían, pasos por aquí y acullá,
abrir y cerrar puertas, hasta que al último todo quedó en un
silencio tan profundo como el que le envolvía.
    </p>
    

    <p>
     Salió entonces del confesonario y se
acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible
ansiedad y engañándose a cada instante creyendo percibir el leve
sonido de los pasos y el crujido de los vestidos de doña Beatriz.
Por fin, una forma blanca y ligera apareció en el fondo oscuro del
coro, y adelantándose rápida y silenciosamente presentó a los ojos
de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los contornos
puros y airosos de la hija de Ossorio.
    </p>
    

    <p>
     Más fácil le fue a ella distinguirle,
porque el bulto de su cuerpo se dibujaba claramente en medio de los
rayos desmayados de la lámpara que por detrás le herían.
Adelantóse, pues, hasta llegar a la verja, con el dedo en los
labios como una estatua del silencio que hubiese cobrado vida de
repente, y volviendo la cabeza, como para dirigir una postrera
mirada al coro, preguntó con voz trémula:
    </p>
    

    <p>
     -¿Sois vos don Álvaro?
    </p>
    

    <p>
     -¿Y quién sino yo -respondió él-
vendría a buscar vuestra mirada en medio del silencio de los
sepulcros? Me han dicho que habéis sufrido mucho con la separación
de vuestra madre, y aunque en esta oscuridad no distingo bien
vuestro semblante, me parece ver en él la huella del insomnio y de
las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?
    </p>
    

    <p>
     -No, a Dios gracias -respondió ella
casi con alegría-, porque como penaba por vos, el cielo me ha dado
fuerzas. No sé si el llanto habrá enturbiado mis ojos, ni si el
pesar habrá robado el color de mis mejillas, pero mi corazón
siempre es el mismo. Pero somos unos locos -añadió como
recobrándose- en gastar así estos pocos momentos que la suerte nos
concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no volverán en
mucho tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo llamado de
esta suerte?
    </p>
    

    <p>
     -He imaginado -respondió él- que
leíais en mi alma, que con vuestra piedad divina os compadezcíais
de mí.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no habéis meditado algún proyecto
temerario y violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con
vuestras manos atropellando por todo?
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro no respondió y doña Beatriz
continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:
    </p>
    

    <p>
     -Ya veis que vuestro corazón no os
engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto, pero sabed
que no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis
noblemente. No quiero que os volváis contra el cielo, cuya
autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía
mi nombre con una desobediencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, Beatriz! -contestó don Álvaro
con precipitación-, no me condenéis sin oírme. Vos no sabéis lo que
es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre
todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que
yo, miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles
fin. Cuando os veía dichosa en vuestra casa, de todos acatada y
querida, el mundo entero no me parecía sino una fiesta sin término,
una alegre romería a donde todos iban a rendir gracias a Dios por
el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros cantaban por la
tarde, sólo de vos me hablaban con su música, la voz del torrente
me deleitaba porque vuestra voz era la que escuchaba en ella; y la
soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para
escuchar de mis labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza
entera se ha oscurecido, las gentes pasan junto a mí silenciosas y
tristes, en mis ensueños os veo pasar por un claustro tenebroso con
el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el cabello
tendido, y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre
sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis?, La desesperación
me ha hecho acordar entonces de que era noble, de que penabais por
mí, de que tenía una espada y de que con ella cortaría vuestras
ligaduras.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias, don Álvaro -respondió ella
enternecida-, veo que me amáis demasiado, pero es preciso que me
juréis aquí delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin
consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama,
pero ya os lo he dicho, yo no desobedeceré a mi padre.
    </p>
    

    <p>
     -No puedo jurároslo, señora -respondió
el caballero-, porque ya lo estáis viendo; la persecución y la
violencia han empezado por otra parte y tal vez sólo las armas
podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y
allí arrancaros vuestro consentimiento.
    </p>
    

    <p>
     -No creáis a mi padre capaz de tamaña
villanía.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro padre -replicó don Álvaro con
cólera- tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree
honraros a vos y a su casa.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces yo solicitaré una entrevista
con el conde y le descubriré mi pecho y cederá.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién, él?, ¿ceder él?-contestó don
Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia-, ¡ceder
cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi
padre, señora, que sin duda estáis loca!
    </p>
    

    <p>
     La doncella se sobrepuso al susto que
aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con
resolución.
    </p>
    

    <p>
     -En ese caso yo os avisaré, pero hasta
entonces juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca
seré suya.
    </p>
    

    <p>
     -¡Doña Beatriz! -exclamó de repente
una voz detrás de ella.
    </p>
    

    <p>
     -Jesús mil veces -exclamó acercándose
involuntariamente a la reja mientras don Álvaro maquinalmente
echaba mano a su puñal-. Ah, ¿eres tú, Martina? -añadió
reconociendo a su fiel criada que había quedado de acecho, pero de
la cual se había olvidado por entero.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señora -respondió la muchacha-, y
venía a deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy, pronto,
porque ya está amaneciendo.
    </p>
    

    <p>
     -Preciso será, pues, que nos separemos
-dijo doña Beatriz con un suspiro-; pero nos separaremos para
siempre, si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.
    </p>
    

    <p>
     -Por mi honor lo juro -respondió don
Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -Id, pues, con Dios, noble caballero,
yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca
maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.
    </p>
    

    <p>
     Ama y criada se apartaron entonces con
precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los
ojos, se escondió de nuevo. Al poco rato las campanas del
monasterio tocaron a la oración matutina con regocijados sonidos, y
el sacristán abrió las puertas de la iglesia dirigiéndose a la
sacristía, de manera que don Álvaro pudo salir sin ser visto.
Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había
pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y
veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001008">
    

    <head>
     Capítulo VIII
    </head>
    

    <p>
     Los días que siguieron al encierro de
doña Beatriz fueron, efectivamente, para el señor de Bembibre todo
lo penosos y desabridos que le hemos oído decir, y aún algo más.
Sin embargo, su natural violento e impetuoso mal podía avenirse con
un pesar desmayado y apático, y día y noche había estado trazando
proyectos a cual más desesperados. Unas veces pensaba en forzar a
mano armada el asilo pacífico de Villabuena al frente de sus
hombres de armas en mitad del día y con la enseña de su casa
desplegada. Otras resolvía enviar un cartel al conde de Lemus. Ya
imaginaba pedir auxilio a algunos caballeros templarios y sobre
todo al comendador Saldaña, alcaide de Cornatel, que sin duda se
hubieran prestado en odio del enemigo común, y ya, finalmente,
aunque como relámpago fugaz, parto de la tempestad que estremecía
su alma, llegó a aparecérsele la idea de una alianza con un jefe de
bandidos y, proscritos llamado el Herrero, que de cuando en cuando
se presentaba en aquellas montañas a la cabeza de una cuadrilla de
gentes, restos de las disensiones domésticas que habían agitado
hasta entonces la corona de Castilla.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, a cada una de estas
quimeras salía al paso prontamente ya la noble figura de doña
Beatriz indignada de su audacia; ya el venerable semblante de su
tío el maestre que le daba en rostro con los peligros que acarreaba
a la orden, ya, finalmente, la voz inexorable de su propio honor
que le vedaba otros caminos; y entonces el caballero volvía a su
lucha y a sus angustias, temblando por su única esperanza y
entregado a todos los vaivenes de la incertidumbre. En tal estado
sucedió la escena de que hemos dado cuenta a nuestros lectores, y
don Álvaro hubo de ceder en sus desmandados propósitos, por ventura
avergonzado de que la elevación de ánimo de una sola y desamparada
doncella así aleccionase su impaciencia. De todas maneras, aquella
conversación, que había descorrido enteramente el velo y
manifestado el corazón de su amante en el lleno de su virtud y
belleza, contribuyó no poco a sosegar su espíritu rodeado hasta
allí de sombras y espantos.
    </p>
    

    <p>
     Así se pasó algún tiempo sin que don
Álvaro hostigase a su hija, siguiendo en esto los consejos de su
mujer y de la piadosa abadesa, y doña Beatriz, por su parte, sin
quejarse de su situación y convertida en un objeto de simpatía y de
ternura para aquellas buenas religiosas, que se hacían lenguas de
su hermosura y apacible condición. Gozaba, como hemos dicho, de
bastante libertad y paseaba por las huertas y sotos que encerraba
la cerca del monasterio, y su corazón llagado se entregaba con
inefable placer a aquellos indefinibles goces del espíritu que
ofrece el espectáculo de una naturaleza frondosa y apacible. Su
alma se fortificaba en la soledad y aquella pasión pura en su
esencia se purificaba y acendraba más y más en el crisol del
sufrimiento ahondando sus raíces a manera de un árbol místico en el
campo del destierro, y levantando sus ramas marchitas en busca del
rocío bienhechor de los cielos.
    </p>
    

    <p>
     Esta calma, sin embargo, duró muy
poco. El conde de Lemus volvió a presentarse reclamando sus
derechos, y don Alonso entonces intimó a su hija su última e
irrevocable resolución. Como este era un suceso que forzosamente
había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni disgusto alguno
y se contentó con rogar a su padre que le dejase hablar a solas con
el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.
    </p>
    

    <p>
     Como nuestros lectores habrán de
tratar un poco más de cerca a este personaje en el curso de esta
historia, no llevarán a mal que les demos una ligera idea de él.
Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemus, y señor el más
poderoso de toda Galicia, era un hombre a quien venía por juro de
heredad la turbulencia, el desasosiego y la rebelión, pues sus
antecesores, a trueque de engrandecer su casa, no habían
desperdiciado ocasión, entre las muchas que se les presentaron,
cuando el trono glorioso de San Fernando se deslustró en manos de
su hijo y de su nieto con la sangre de las revueltas intestinas.
Don Pedro, por su parte, como venido al mundo en época más
acomodada a estos designios, pues alcanzó la minoría turbulenta de
don Fernando, el Emplazado, aumentó copiosamente sus haciendas y
vasallos, con la ayuda del infante don Juan, que entonces estaba
apoderado del reino de León, sin escrupulizar en ninguna clase de
medios. Por aquel tiempo fue cuando, con amenaza de pasarse al
usurpador, arrancó a la reina doña María la dádiva del rico lugar
de Monforte con todos sus términos, abandonándola enseguida y
engrosando las filas de su enemigo. Esta ruindad que, por su
carácter público y ruidoso, de todos era conocida, tal vez no
equivalía a los desafueros de que eran teatro entonces sus
extendidos dominios. Frío de corazón, como la mayor parte de los
ambiciosos, sediento de poder y riquezas con que allanar el camino
de sus deseos; de muchos temido, de algunos solicitado y odiado del
mayor número, su nombre había llegado a ser un objeto de
repugnancia para todas las gentes dotadas de algún pundonor y
bondad. A vueltas de tantos y tan capitales vicios no dejaba de
poseer cualidades de brillo: su orgullo desmedido se convertía en
valor siempre que la ocasión lo requería; sus modales eran nobles y
desembarazados, y no faltaba a los deberes de la liberalidad en
muchas circunstancias, aunque la vanidad y el cálculo fuesen el
móvil secreto de sus acciones.
    </p>
    

    <p>
     Este era el hombre con quien debía
unir su suerte doña Beatriz. Cuando llegó el día de la entrevista,
se adornó uno de los locutorios del convento con esmero para
recibir a un señor tan poderoso, y presunto esposo de una parienta
inmediata de la superiora. La comitiva del conde, con don Alonso y
algún otro hidalguillo del país, ocupaban una pieza algo apartada,
mientras él, sentado en un sillón a la orilla de la reja, aguardaba
con cierta impaciencia y aun zozobra la aparición de doña
Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     Llegó, por fin, ésta acompañada de su
tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera
reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en
la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder
al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró
dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto, observó con cuidado el
aire y facciones de aquel hombre que tantos disgustos le había
acarreado y que tantos otros podía acarrearle todavía. Pasaba de
treinta años y su estatura era mediana; su semblante, de cierta
regularidad, carecía, sin embargo, de atractivo o, por mejor decir,
repulsaba, por la expresión de ironía que había en sus labios
delgados revestidos de cierto gesto sardónico; por el fuego
incierto y vagaroso de sus miradas en que no asomaba ningún
vislumbre de franqueza y lealtad, y finalmente por su frente
altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones
interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares.
Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de
una cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y
con los ojos fijos en aquella hermosa aparición, que sin duda
encontraba superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña
Beatriz le hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.
    </p>
    

    <p>
     -No haré tal, hermosa señora
-respondió él cortésmente, porque vuestro vasallo nunca querría
igualarse con vos, que en todos los torneos del mundo seríais la
reina de la hermosura. ¡Ojalá fuerais igualmente la de los
amores!
    </p>
    

    <p>
     -Galán sois -respondió doña Beatriz-,
y no esperaba yo menos de un caballero tal; pero ya sabéis que las
reinas gustamos de ser obedecidas, y así espero que os sentéis.
Tengo además que deciros cosas en que a entrambos nos va mucho
-añadió con la mayor seriedad.
    </p>
    

    <p>
     El conde se sentó no poco cuidadoso,
viendo el rumbo que parecía tomar la conversación, y doña Beatriz
continuó:
    </p>
    

    <p>
     -Excusado es que yo os hable de los
deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin
reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto, y sin
averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor,
me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo
pagaros. Vos no me conocéis, y por lo mismo no me amáis.
    </p>
    

    <p>
     -Por esta vez habéis de perdonar
-repuso el conde-. Cierto es que no habían visto mis ojos el
milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a
ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son
el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz disgustada de encontrar
la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo
apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y
decoro:
    </p>
    

    <p>
     -Pero yo no os amo, señor conde, y
creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el
alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y por qué no?, doña Beatriz -repuso
él con su fría y resuelta urbanidad-; cuando os llaméis mi esposa
comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis
esta solicitud tal vez harto viva con que pretendo ganar la dicha
de nombraros mía, y acabaréis sin duda por amar a un hombre cuya
vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes
deleites y regocijos y que encontrará sobradamente pagados sus
afanes con una sola mirada de esos ojos.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz comparaba en su interior
este lenguaje artificioso en que no vibraba ni un sólo acento del
alma, con la apasionada sencillez y arrebato de las palabras de su
don Álvaro. Conoció que su suerte estaba echada irrevocablemente, y
entonces, con una resolución digna de su noble energía,
respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Yo nunca podré amaros, porque mi
corazón ya no es mío.
    </p>
    

    <p>
     Tal era en aquel tiempo el rigor de la
disciplina doméstica, y tal la sumisión de las hijas a la voluntad
de los padres, que el conde se pasmó al ver lo profundo de aquel
sentimiento, que así traspasaba los límites del uso en una doncella
tan compuesta y recatada. Algo sabía de los desdichados amores que
ahora empezaban a servir de estorbo en su ambiciosa carrera, pero
acostumbrado a ver ceder todas las voluntades delante de la suya,
se sorprendía de hallar un enemigo tan poderoso en una mujer tan
suave y delicada en la apariencia. Con todo, su perseverancia nunca
había retrocedido delante de ningún género de obstáculos; así es
que, recobrándose prontamente, respondió no sin un ligero acento
sardónico que toda su disimulación no fue capaz de ocultar.
    </p>
    

    <p>
     -Algo había oído decir de esa extraña
inclinación hacia un hidalgo de esta tierra; pero nunca pude creer
que no cediese a la voz de vuestro padre y a los deberes de vuestro
nacimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Ese a quien llamáis con tanto énfasis
hidalgo -respondió doña Beatriz sin inmutarse es un señor no menos
ilustre que vos. La nobleza de su estirpe sólo tiene por igual la
de sus acciones, y si mi padre juzga que tan reprensible es mi
comportamiento, no creo que os haya delegado a vos su autoridad que
sólo en él acato.
    </p>
    

    <p>
     Quedóse pensativo el conde un rato
como si en su alma luchasen encontrados afectos, hasta que, en fin,
sobreponiéndose a todo, según suele suceder, la pasión dominante,
respondió con templanza y con un acento de fingido pesar.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho me pesa, señora, de no haber
conocido más a fondo el estado de vuestro corazón, pero bien veis
que, habiendo llevado tan adelante este empeño, no fuera honra de
vuestro padre ni mía exponernos a las malicias del vulgo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quiere decir -replicó doña Beatriz
con amargura- que yo habré de sacrificarme a vuestro orgullo? ¿De
ese modo amparáis a una dama afligida y menesterosa? ¿Para eso
traéis pendiente del cuello ese símbolo de la caballería española?
Pues sabed -añadió con una mirada propia de una reina ofendida- que
no es así como se gana mi corazón. Id con Dios, y que el cielo os
guarde, porque jamás nos volveremos a ver.
    </p>
    

    <p>
     El conde quiso replicar, pero le
despidió con un ademán altivo que le cerró los labios, y
levantándose se retiró paso a paso y como desconcertado, más que
con el justo arranque de doña Beatriz con la voz de su propia
conciencia. Sin embargo, la presencia de don Alonso y de los demás
caballeros restituyó bien presto su espíritu a sus habituales
disposiciones, y declaró que, por su parte, ningún género de
obstáculo se oponía a la dicha que se imaginaba entre los brazos de
una señora, dechado de discreción y de hermosura. El señor de
Arganza al oírlo, y creyendo tal vez que las disposiciones de su
hija hubiesen variado, entró en el locutorio apresuradamente.
    </p>
    

    <p>
     Estaba la joven todavía al lado de la
reja con el semblante encendido y palpitante de cólera, pero al ver
entrar a su padre, que a pesar de sus rigores era en todo extremo
querido a su corazón, tan terribles disposiciones se trocaron en un
enternecimiento increíble, y con toda la violencia de semejantes
transiciones, se precipitó de rodillas delante de él, y extendiendo
las manos por entre las barras de la reja, y vertiendo un diluvio
de lágrimas, le dijo con la mayor angustia:
    </p>
    

    <p>
     -¡Padre mío, padre mío!, ¡no me
entreguéis a ese hombre indigno!, ¡no me arrojéis en brazos de la
desesperación y del infierno! ¡Mirad que seréis responsable delante
de Dios de mi vida y de la salvación de mi alma!
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso, cuyo natural franco y sin
doblez, no comprendía el disimulo del conde, llegó a pensar que su
discreción y tino cortesano habían dado la última mano a la
conversación de su hija, y aunque no se atrevía a creerlo,
semejante idea se había apoderado de su espíritu mucho más de lo
que podía esperarse de tan corto tiempo. Así, pues, fue muy
desagradable su sorpresa viendo el llanto y desolación de doña
Beatriz. Sin embargo, le dijo con dulzura:
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía, ya es imposible volver
atrás; si este es un sacrificio para vos, coronadlo con el valor
propio de vuestra sangre, y resignaos. Dentro de tres días os
casaréis en la capilla de nuestra casa con toda la pompa
necesaria.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme
más tiempo tan siquiera!...
    </p>
    

    <p>
     Pensado está -respondió don Alonso-, y
el término es suficiente para que cumpláis las órdenes de vuestro
padre.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz se levantó entonces, y
apartándose los cabellos con ambas manos de aquel rostro divino,
clavó en su padre una mirada de extraordinaria intención, le dijo
con voz ronca:
    </p>
    

    <p>
     -Yo no puedo obedeceros en eso, y diré
«no» al pie de los altares.
    </p>
    

    <p>
     -¡Atrévete, hija vil! -respondió el
señor de Arganza fuera de sí de cólera y de despecho-, y mi
maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y te consumirá como fuego
del cielo. Tú saldrás del techo paterno bajo su peso, y andarás
como Caín, errante por la tierra.
    </p>
    

    <p>
     Al acabar estas tremendas palabras se
salió del locutorio, sin volver la vista atrás, y doña Beatriz
después de dar dos o tres vueltas como una loca, vino al suelo con
un profundo gemido. Su tía y las demás monjas acudieron muy
azoradas al ruido, y ayudadas de su fiel criada la transportaron a
su celda.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001009">
    

    <head>
     Capítulo IX
    </head>
    

    <p>
     El parasismo de la infeliz señora fue
largo, y dio mucho cuidado a sus diligentes enfermeras, pero al
cabo cedió a los remedios y sobre todo a su robusta naturaleza. Un
rato estuvo mirando alrededor con ojos espantados, hasta que poco a
poco, y a costa de un grande esfuerzo, manifestó la necesaria
serenidad para rogar que la dejasen sola con su criada, por si algo
se la ofrecía. La abadesa, que conocía muy bien la índole de su
sobrina, enemiga de mostrar ninguna clase de flaqueza a los ojos de
los demás, se apresuró a complacerla, diciéndole algunas palabras
de consuelo y abrazándola con ternura.
    </p>
    

    <p>
     A poco de haber salido las monjas,
doña Beatriz se levantó de la cama en que la habían reclinado, con
la agilidad de un corzo y cerrando la puerta por dentro, se volvió
a su asombrada doncella, y la dijo atropelladamente:
    </p>
    

    <p>
     -¡Quieren llevarme arrastrando al
templo de Dios, a que mienta delante de él y de los hombres!, ¿no
lo sabes, Martina? ¡Y mi padre me ha amenazado con su maldición si
me resisto!..., ¡todos, todos me abandonan! ¡Oyes!, ¡es menester
salir!, es menester que él lo sepa, y ojalá que él me abandone
también, y así Dios sólo me amparará en su gloria.
    </p>
    

    <p>
     -Sosegaos, por Dios, señora -respondió
la doncella consternada-, ¿cómo queréis salir con tantas rejas y
murallas?
    </p>
    

    <p>
     -No, yo no -respondió doña Beatriz-,
porque me buscarían y me cogerían, pero tú puedes salir y decirle a
qué estado me reducen. Inventa un recurso cualquiera..., aunque sea
mentira, porque, ya lo estás viendo, los hombres se burlan de la
justicia y de la verdad. ¿Qué haces? -añadió con la mayor
impaciencia, viendo que Martina seguía callada-, ¿dónde están tu
viveza y tu ingenio? Tú no tienes motivos para volverte loca como
yo.
    </p>
    

    <p>
     En tanto que esto decía, medía la
estancia con pasos desatentados y murmurando otras palabras que
apenas se le entendían. Por fin, el semblante de la muchacha se
animó como con alguna idea nueva, y le dijo alborazada:
    </p>
    

    <p>
     -¡Albricias, señora!, que en esta
misma noche estaré fuera del convento y todo se remediará; pero,
por Dios y la Virgen de la Encina-, que os soseguéis, porque si de
ese modo os echáis a morir, a fe que vamos a hacer un pan como unas
hostias.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿qué es lo que intentas?
-preguntó su ama, admirada no menos de aquella súbita mudanza que
del aire de seguridad de la muchacha.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora es -respondió ésta- cuando la
madre tornera va a preparar la lámpara del claustro; yo me quedaré
un poco de tiempo en su lugar, y lo demás corre de mi cuenta; pero
contad con no asustaros, aunque me oigáis gritar y hacer
locuras.
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto, salió de la celda
brincando como un cabrito, no sin dar antes un buen apretón de
manos a su señora. La prevención que le dejaba hecha no era
ciertamente ociosa, porque al poco tiempo comenzaron a oírse por
aquellos claustros tales y tan descompasados gritos y lamentos, que
todas las monjas se alborotaron y salieron a ver quién fuese la
causadora de tal ruido. Era, ni más ni menos, que nuestra Martina,
que con gestos y ademanes, propios de una consumada actriz, iba
gritando a voz en cuello:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay, padre de mi alma!, ¡pobrecita de
mí que me voy a quedar sin padre! ¿Dónde está la madre abadesa que
me dé licencia para ir a ver a mi padre antes de que se muera?
    </p>
    

    <p>
     La pobre tornera seguía detrás como
atortolada de ver la tormenta que se había formado no bien se había
apartado del torno.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, muchacha -le dijo, por fin-,
¿quién ha sido el corredor de esa mala nueva?, que cuando yo volví,
ya no oí la voz de nadie detrás del torno, ni pude verle.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién había de ser -respondió ella
con la mayor congoja-, sino Tirso, el pastor de mi cuñado?, que iba
el pobre sin aliento a Carracedo a ver si el padre boticario le
daba algún remedio. ¡Buen lugar tenía él de pararse! ¿Pero dónde
está la madre abadesa?
    </p>
    

    <p>
     -Aquí -respondió ésta, que había
acudido al alboroto-, ¿pero a estas horas te quieres ir, cuando se
va a poner el sol?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señora, a estas horas -replicó
ella siempre con el mismo apuro-, porque mañana ya será tarde.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y dejando a tu señora en este
estado? -repuso la abadesa.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, que también estaba allí,
contestó con los ojos bajos y con el rostro encendido por la
primera mentira de toda su vida.
    </p>
    

    <p>
     -Dejadla ir, señora tía, porque amas
puede Dios depararle muchas y padre no le ha dado sino uno.
    </p>
    

    <p>
     La abadesa accedió entonces, pero en
vista de la hora insistió en que la acompañase el cobrador de las
rentas del convento. Martina bien hubiera querido librarse de un
testigo de vista importuno, pero conoció con su claro
discernimiento que el empeñarse en ir sola sería dar que pensar, y
exponerse a perder la última áncora de salvación que quedaba a su
señora. Así, pues, dio las gracias a la prelada, y mientras avisaba
al cobrador, se retiró con su señora a su celda como para
prepararse a su impensada partida. Doña Beatriz trazó
atropelladamente estos renglones.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro: dentro de tres días me casan si vos o Dios no lo
impedís. Ved lo que cumple a vuestra honra y a la mía, pues ese día
será para mí el de la muerte.
    </p>
    

    <p>
     No bien acababa de cerrar aquella
carta cuando vinieron a decir que el escudero de Martina estaba ya
aguardando, porque como los criados del monasterio vivían en casas
pegadas a la fábrica, siempre se les encontraba a mano y prontos.
Doña Beatriz dio algunas monedas de oro y plata a su criada y sólo
la encargó la pronta vuelta, porque si podía acomodarse al arbitrio
inventado, su noble alma era incapaz de contribuir gustosa a ningún
género de farsa ni engaño. La muchacha, que ciertamente tenía más
de malicia y travesura que no de escrúpulo, salió del convento
fingiendo la misma prisa y pesadumbre que antes, oyendo las buenas
razones y consuelos del cobrador, como si realmente las hubiese
menester. El lugar a donde se dirigían era Valtuille, muy poco
distante del monasterio, porque de allí era Martina y allí tenía su
familia; pero, sin embargo, ya comenzaba a anochecer cuando
llegaron a las eras. Allí se volvió Martina al cobrador y dándole
una moneda de plata, le despidió socolor de no necesitarle ya, y de
sacar de cuidado a las buenas madres. Dio él por muy valederas las
razones en vista del agasajo y repitiéndole alguno de sus más
sesudos consejos, dio la vuelta más que de paso a Villabuena.
Ocurriósele por el camino que las monjas le preguntarían por el
estado del supuesto enfermo, y aún estuvo por deshacer lo andado
para informarse, en cuyo caso toda la maraña se desenredaba y el
embuste venía al suelo con su propio peso; pero, afortunadamente,
se echó la cuenta de que con cuatro palabras, algún gesto
significativo y, tal cual meneo de cabeza, salía del paso
airosamente y se ahorraba además tiempo y trabajo, y de
consiguiente se atuvo a tan cuerda determinación.
    </p>
    

    <p>
     Martina por su parte, queriendo
recatarse de todo el mundo, fue rodeando las huertas del lugar, y
saltando la cerca de la de su cuñado se entró en la casa cuando
menos la esperaban. Tanto su hermana como su marido la acogieron
con toda la cordialidad que nuestros lectores pueden suponer y que
sin duda se merecía por su carácter alegre y bondadoso. Pasados los
primeros agasajos y cariños, Martina preguntó a su cuñado si tenía
en casa la yegua torda.
    </p>
    

    <p>
     -En casa está -respondió Bruno, así se
llamaba el aldeano-; por cierto, que como ha sido año de pastos,
parece una panera de gorda. Capaz está de llevarse encima el mismo
pilón de la fuente de Carracedo.
    </p>
    

    <p>
     -No está de sobra -replicó Martina-,
porque esta noche tiene que llevarnos a los dos a Bembibre.
    </p>
    

    <p>
     -¿A Bembibre? -repuso el aldeano-, ¡tú
estás loca, muchacha!
    </p>
    

    <p>
     -No, sino en mi cabal juicio -contestó
ella-; y enseguida, como estaba segura de la discreción de sus
hermanos, se puso a contarles los sucesos de aquel día. Marido y
mujer escuchaban la relación con el mayor interés, porque siendo
renteros hereditarios de la casa de Arganza, y teniendo además a su
servicio una persona tan allegada, parecían en cierto modo de la
familia. No faltó en medio del relato aquello de: ¡pobre señora!,
¡maldita vanidad!, ¡despreciar a un hombre como don Álvaro!,
¡pícaro conde! y otras por el estilo, con que aquellas gentes
sencillas, y poco dueñas, por lo tanto, de los primeros
movimientos, significaban su afición a doña Beatriz, y al señor de
Bembibre, cosa en que tantos compañeros tenían. Por fin, concluido
el relato, la hermana de Martina se quedó como pensativa, y dijo a
su marido con aire muy desalentado:
    </p>
    

    <p>
     -¿Sabes que una hazaña como esa puede
muy bien costarnos los prados y tierras que llevamos en renta, y a
más de esto, a más la malquerencia de un gran señor?
    </p>
    

    <p>
     -Mujer -respondió el intrépido Bruno-;
¿qué estás ahí diciendo de tierras, y de prados? ¡No parece sino
que doña Beatriz es ahí una extraña, o una cualquiera! Y sobre
todo, más fincas hay que las del señor de Arganza, y no es cosa de
tantas cavilaciones eso de hacer el bien. Conque así, muchacha
-añadió dando un pellizco a Martina-, voy ahora mismo a aparejar la
torda, y ya verás qué paso llevamos los dos por esos caminos.
    </p>
    

    <p>
     -Anda, que no te pesará -respondió la
sutil doncella, moviendo el bolsillo que le había dado su ama-; que
doña Beatriz no tiene pizca de desagradecida. Hay aquí más
maravedís de oro que los que ganas en todo el año con el arado.
    </p>
    

    <p>
     -Pues por ahora -respondió el
labriego- tu ama habrá de perdonar, que alguna vez han de poder
hacer los pobres el bien sin codicia, y sólo por el gusto de
hacerlo. Con que sea madrina del primer hijo que nos dé Dios, me
doy por pagado y contento.
    </p>
    

    <p>
     Dicho esto, se encaminó a la cuadra
silbando una tonada del país, y se puso a enalbardar la yegua con
toda diligencia, en tanto que la mujer, contagiada enteramente de
la resolución de su marido, decía a su hermana con cierto aire de
vanidad:
    </p>
    

    <p>
     -¡Es mucho hombre este Bruno! Por
hacer bien, se echaría a volar desde el pico de la Aguiana.
    </p>
    

    <p>
     En esto ya volvía él con la yegua
aderezada y sacándola por la puerta trasera de la huerta para meter
menos ruido, montó en ella poniendo a Martina delante, y después de
decir a su mujer que antes de amanecer estarían va de vuelta, se
alejaron a paso acelerado. Era la torda animal muy valiente; y así
es que, a pesar de la carga, tardaron poco en verse en la fértil
ribera de Bembibre, bañada entonces por los rayos melancólicos de
la luna que rielaba en las aguas del Boeza, y en los muchos arroyos
que, como otras tantas venas suyas, derraman la fertilidad y
alegría por el llano. Como la noche estaba ya adelantada, por no
despertar a la ya recogida gente del pueblo, torcieron a la
izquierda y por las afueras se encaminaron al castillo, sito en una
pequeña eminencia y cuyos destruidos paredones y murallas tienen
todavía una apariencia pintoresca en medio del fresco paisaje que
enseñorean. A la sazón, todo parecía en él muerto y silencioso;
pero los pasos del centinela en la plataforma del puente levadizo,
una luz que alumbraba un aposento de la torre de en medio y
esmaltaba sus vidrieras de colores y una sombra que de cuando en
cuando se pintaba en ellos, daban a entender que el sueño no había
cerrado los ojos de todos. Aquella luz era la del aposento de don
Álvaro, y su sombra la que aparecía de cuando en cuando en la
vidriera. El pobre caballero hacía días que apenas podía conciliar
el sueño a menos de haberse entregado a violentas fatigas en la
caza.
    </p>
    

    <p>
     Llegaron nuestros aventureros al foso
y llamando al centinela dijeron que tenían que dar a don Álvaro un
mensaje importante. El comandante de la guardia, viendo que sólo
era un hombre y una mujer, mandó bajar el puente y dar parte al
señor de la visita. Millán, que como paje andaba más cerca de su
amo, bajó al punto a recibir a los huéspedes a quienes no conoció
hasta que Martina le dio un buen pellizco diciéndole:
    </p>
    

    <p>
     -¡Hola, señor bribón!, ¡cómo se conoce
que piensa su merced poco en las pobres reclusas y que al que se
muere le entierran!
    </p>
    

    <p>
     -Enterrada tengo yo el alma en los
ojuelos de esa cara, reina mía -contestó él, con un tono entre
chancero y apasionado-, ¿pero qué diablos te trae a estas horas por
esta tierra?
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, señor burlón -respondió ella-,
enséñenos el camino y no quiera dar a su amo las sobras de su
curiosidad.
    </p>
    

    <p>
     No fue menor la sorpresa de don Álvaro
que la de su escudero, aunque su corazón présago y leal le dio un
vuelco terrible. Cabalmente, el día antes había recibido nuevas de
la guerra civil que amagaba en Castilla y de la cual mal podía
excusarse; y la idea de una ausencia en aquella ocasión agravaba no
poco sus angustias. Martina le entregó silenciosamente el papel de
su señora que leyó con una palidez mortal. Sin embargo, como hemos
dicho más de una vez, no era de los que en las ocasiones de obrar
se dejan abrumar por el infortunio. Repúsose, pues, lo mejor que
pudo y empezó por preguntar a Martina si creía que hubiese algún
medio de penetrar en el convento.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señor -respondió ella-, porque
como más de una vez me ha ocurrido que con un señor tan testarudo
como mi amo algún día tendríamos que hacer nuestra voluntad y no la
suya, me he puesto a mirar todos los agujeros y resquicios, y he
encontrado que los barrotes de la reja por dónde sale el agua de la
huerta están casi podridos, y que con un mediano esfuerzo podrían
romperse.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, pero si tu señora ha de estarse
encerrada en el monasterio mientras tanto, nada adelantamos con
eso.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué!, no señor -repuso la astuta
aldeana-, porque como mi ama gusta de pasearse por la huerta hasta
después de anochecer, muchas veces cojo yo la llave y se la llevo a
la hortelana, pero como siempre me manda colgarla de un clavo,
cualquier día puedo dejar otra en su lugar y quedarme con ella para
salir a la huerta a la hora que nos acomode.
    </p>
    

    <p>
     -En ese caso -repuso don Álvaro-, di a
tu señora que mañana a media noche me aguarde junto a la reja del
agua. Tiempo es ya de salir de este infierno en que vivimos.
    </p>
    

    <p>
     -Dios lo haga -respondió la muchacha
con un acento tal de sinceridad, que se conocía la gran parte que
le alcanzaba en las penas de su señora, y un poco además del tedio
de la clausura.
    </p>
    

    <p>
     Despidióse enseguida, porque ningún
tiempo le sobraba para estar al amanecer en Villabuena, según lo
reclamaba así su plan, como la urgencia del recado que llevaba de
don Álvaro. Así que volvió a subir en la torda con el honrado
Bruno, pero en brazos de Millán, y volvieron a correr por aquellos
desiertos campos hasta que, al rayar el alba, se encontraron en las
frescas orillas del Cúa. Cabalmente, tocaban entonces a las
primeras oraciones, de consiguiente no pudo llegar más a tiempo. Al
punto la rodearon las monjas preguntándole con su natural
curiosidad qué era lo que había ocurrido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué había de ser, pecadora de mí
-respondió ella con el mayor enojo-, sino una sandez de las muchas
de Tirso? Vio caer a mi padre con el accidente que le da de tarde
en tarde, y sin más ni más vino a alborotarnos aquí y hasta a
Carracedo fue sin que nadie se lo mandase. No, pues si otra vez no
escogen mejor mensajero, a buen seguro que yo me mueva, aunque de
cierto se muera todo el mundo.
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto se dirigió a la celda de
su señora dejando a las buenas monjas entregadas a sus reflexiones
sobre la torpeza del pastor y lo pesado del chasco. El remiendo de
Martina, aunque del mismo paño, como suele decirse, no estaba tan
curiosamente echado que al cabo de algún tiempo no pudiesen verse
las puntadas; pero contaba con que tanto ella como su señora
estuviesen ya por entonces al abrigo de los resultados.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001010">
    

    <head>
     Capítulo X
    </head>
    

    <p>
     Don Álvaro salió de su castillo muy
poco después de Martina, y encaminándose a Ponferrada subió el
monte de Arenas, torció a la izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar
en la bailía tomó la vuelta de Cornatel. Caminaba orillas del Sil,
ya entonces junto con el Boeza, y con la pura luz del alba, e iba
cruzando aquellos pueblos y valles que el viajero no se cansa de
mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de
infinitas aves. Ora atravesaba un soto de castaños y nogales, ora
un linar cuyas azuladas flores semejaban la superficie de una
laguna, ora praderas fresquísimas y de un verde delicioso, y de
cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino cubierto a
manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda subían,
en un declive manso a veces y a veces rápido, las montañas que
forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de
viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y
alamedas de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de
palomas torcaces con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las
pomposas oropéndolas y los vistosos gayos revoloteaban entre los
árboles, y pintados jilgueros y desvergonzados gorriones se
columpiaban en las zarzas de los setos. Los ganados salían con sus
cencerros, y un pastor jovencillo iba tocando en una flauta de
corteza de castaño una tonada apacible y suave.
    </p>
    

    <p>
     Si don Álvaro llevase el ánimo
desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo
atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje
que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días
más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al
castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su
alcaide.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, torciendo a la izquierda y
entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo
corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la
mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los
precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de
vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas
despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede
imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero
entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es
áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan
sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los
enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le
dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se
han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo
todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que
entonces ofrecía visto de lejos.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a
trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después
de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras
exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y
esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las
numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en
aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida.
Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de
todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío
no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y
esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo
de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que
meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca
y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y
espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las
cosas de aquella orden.
    </p>
    

    <p>
     El comendador que, según su inveterada
costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que
subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a
recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado
entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en
aquella tierra. Era don Gutierre de Saldaña hombre ya entrado en
días; de regular estatura, pelo y barba como de plata; pero ágil y
fuerte en sus movimientos como un mancebo. Su semblante hubiera
infundido sólo veneración a no ser por la inquietud y desasosiego
de alma que privaba a aquel noble busto romano del reposo y calma
que tan naturales adornos son de la ancianidad. Eran sus ojos vivos
y rasgados de increíble fuerza, y en su frente, elevada y
espaciosa, se pintaban como en un fiel espejo pensamientos
semejantes a las nubes tormentosas que coronan las montañas, que
unas veces se disipan azotadas del viento y otras veces descargan
sobre la atemorizada llanura. Cualquiera al verle hubiera dicho que
las pasiones habían ejecutado su estrago en aquel natural poderoso
y enérgico, pero de cuantas habían agitado su juventud, para todos
desconocida y enigmática, sólo una había quedado por señora de
aquel alma profunda e insondable como un abismo. Esta pasión era el
amor a su orden y el deseo de acrecentar su honra y su opulencia,
término cuyo logro no encontraba en él diferencia en los caminos.
Su vida se había pasado en la Tierra Santa en continuas batallas
con los infieles y en medio de los odios de los caballeros de San
Juan y de los príncipes que tan fieros golpes dieron al poder de
los cristianos en la Siria, y por último, había asistido a la ruina
de San Juan de Acre o Tolemaida, postrer baluarte de la cruz en
aquellas regiones apartadas. Entonces dio la vuelta a España, su
patria, herida su alma altiva y rebelde en lo más vivo, pensando en
la Tierra Santa que perdían para siempre sus hermanos, y cargado,
en fin, con todos los vicios que legítimamente podían atribuirse a
la milicia del Temple. Parecióle que, en vista de la tibieza con
que la Europa comenzaba a mirar la conquista de ultramar, sólo para
los templarios estaba guardada tamaña empresa, y en el desvarío de
su despecho y de su orgullo llegó a imaginar la Europa entera
convertida en una monarquía regida por el gran maestre, y que al
son de las trompetas de la orden y alrededor del Balza se movía de
nuevo y como animada de una sola voluntad en demanda del Santo
Sepulcro. El ejemplo de los caballeros teutónicos en Alemania acabó
de encender su fantasía volcánica, y vueltos sus ojos a Jerusalén,
trabajando sin cesar por el engrandecimiento de su hermandad y
codiciando para ella alianzas y apoyos en todas partes, sus amigos
se habían convertido para él en hijos queridos y sus contrarios en
criaturas odiosas, como si el mismo infierno las vomitara. Aquel
alma sombría y tremenda, exacerbada con la desgracia y lejos de la
abnegación y la humildad, fuentes puras de la institución, se había
amargado con las aguas del orgullo y de la venganza, móvil entonces
el más poderoso de sus acciones. Comoquiera, la fe iluminaba
todavía aquel abismo, si bien su luz hacía resaltar más sus
tinieblas.
    </p>
    

    <p>
     Este hombre extraordinario quería a
don Álvaro con pasión, no sólo a causa de su confedración con la
orden, sino por sus prendas hidalgas y elevado ingenio. No parecía
sino que un reflejo de sus días juveniles se pintaba en aquella
figura de tan noble y varonil belleza. Hasta le habían oído hablar
con una mal disimulada emoción de la desdichada pasión del noble
mancebo, cosa extraña en su austeridad y adusto carácter. Los
recientes sucesos de Francia acababan de dar la última mano a sus
extraños proyectos, porque una vez arrojado el guante por los
príncipes, la poderosa orden del Temple tendría que presentar la
gran batalla, de la cual, en su entender, debía resultar la total
sumisión de la Europa y tras de ella la reconquista de Jerusalén.
Sin embargo, por muchas que fueran las tinieblas con que el orgullo
y el error cegaban su entendimiento, de cuando en cuando la verdad
le mostraba algún vislumbre que si no bastaba para disiparlas,
sobraba para introducir en su alma la inquietud y el recelo. Con
esto se había llegado a hacer más ceñudo y menos tratable que de
costumbre, y fuese por respeto a sus meditaciones o por motivo
menos piadoso, los caballeros y aspirantes esquivaban su
conversación.
    </p>
    

    <p>
     Paseábase, pues, solo en uno de los
torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de
águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias
en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su
paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que
conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a
recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también
con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo
mancebo.
    </p>
    

    <p>
     -¿De dónde bueno tan temprano? -le
dijo abrazándole estrechamente.
    </p>
    

    <p>
     -De mi castillo de Bembibre -respondió
el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -¡De Bembibre! -contestó el comendador
como admirado-. Quiere decir que habéis andado de noche y que
vuestra prisa debe ser muy grande y ejecutiva.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro hizo una señal de
afirmación con la cabeza, y el anciano, después de examinarle
atentamente, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el
mismo semblante que teníamos los templarios el día que nos
embarcamos para Europa! ¿Qué os ha pasado en este mes en que no
hemos podido echaros la vista encima?
    </p>
    

    <p>
     -Ni yo mismo sabría decíroslo
-respondió don Álvaro-, y sobre todo aquí -añadió echando una
mirada alrededor.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, tenéis razón -contestó
Saldaña, y asiéndose de su brazo subió con él al mismo torreón en
que antes estaba.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es lo que pasa? -preguntó de
nuevo el comendador.
    </p>
    

    <p>
     El joven por única respuesta sacó del
seno la carta de doña Beatriz y se la entregó. Como era tan breve,
el comendador la recorrió de una sola ojeada, y dijo, frunciendo el
entrecejo, de una manera casi feroz, aunque en voz baja:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ira de Dios, señores villanos!,
¿conque queréis acorralarnos y destrozar además el pecho de gentes
que valen algo más que vosotros? ¿Y qué habéis pensado? -repuso
volviéndose a don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -He pensado arrancarla de su convento
aunque hubiese de romper por medio de todas las lanzas de Castilla;
pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y
venía a pediros ayuda y consejo.
    </p>
    

    <p>
     -Ni uno ni otro os faltarán. Habéis
obrado como discreto, porque si a vuestro castillo os la llevaseis
o tendríais que abrir de grado sus puertas a quien fuese a
buscarla, o se encendería al punto la guerra, cosa que daría gran
pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por ahora.
    </p>
    

    <p>
     -Si yo pudiera esconderla en las
cercanías -repuso don Álvaro- hasta que pasase el primer alboroto,
la pondría después en un convento de la Puebla de Sanabria, donde
es abadesa una pariente mía.
    </p>
    

    <p>
     -Pues, en ese caso -replicó Saldaña-,
traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la
encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas al lado de una
cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis
introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie de
consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta, mucha diligencia
habéis menester para impedir un suceso que ha de quedar concluido
pasado mañana.
    </p>
    

    <p>
     -Y tanta -respondió don Álvaro-, que
esta misma noche pienso dar cima a la empresa -y enseguida le contó
la visita de Martina y la traza concertada que al comendador le
pareció muy bien.
    </p>
    

    <p>
     Quedáronse entonces entrambos en
silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de
vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que
semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte
de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos
horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar
don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo
gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana
ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se
extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y
dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y
feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables
arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de
la cordillera, besando la falda del antiguo 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Berdigum
     </foreign>
     , y bañando el monasterio de
Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y
transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día,
parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a
los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde
mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas
a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos
como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños
robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de
lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo
espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de
la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los
encarnados picachos de las Médulas.
    </p>
    

    <p>
     Saldaña tenía clavados los ojos en el
lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del
Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena oculto
por un recodo de los montes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dichosas orillas del mar Muerto!
-prorrumpió, por fin, con un suspiro el anciano comendador-.
¡Cuánto más agradables y benditas eran para mí sus arenas que la
frescura y lozanía que engalana aquellas orillas!
    </p>
    

    <p>
     Aquella repentina exclamación que
revelaba el sentido de sus largas meditaciones, arrancó de su
distracción a don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     Acercóse entonces al templario, y le
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿No confiáis en que los caballos del
Temple vuelvan a beber las aguas del Cedrón?
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué sino confío! -exclamó el
caballero con una voz semejante a la de una trompeta-. ¿Y quién
sino esta confianza mantiene la hoguera de mi juventud bajo la
nieve de estas canas? ¿Por qué conservo a mi lado esta espada, sino
es por la esperanza de lavarla en el Jordán del orín de la mengua y
del vencimiento?
    </p>
    

    <p>
     -Os confieso -contestó don Álvaro-
que, al ver la tormenta que parece formarse contra vuestra orden,
algunas veces he llegado a dudar de vuestras glorias futuras y
hasta de vuestra existencia.
    </p>
    

    <p>
     -Sí -replicó el templario con
amargura-, ese es el premio que da Felipe en Francia a los que le
salvaron de las garras de un populacho amotinado. Ese sin duda el
que nos prepara el rey don Jaime por haber criado en nuestro nido
el águila que con un vuelo glorioso fue a posarse en las mezquitas
de Valencia y las montañas de Mallorca. Ese tal vez el que don
Fernando el IV guarda a los únicos caballeros que entre los lobos
hambrientos de Castilla no han embestido su mal guardado rebaño.
Pero nosotros saldremos de las sombras de la calumnia como el sol
de las tinieblas de la noche; nosotros abatiremos a los soberbios y
levantaremos a los humildes; nosotros reuniremos el mundo al pie
del Calvario, y allí comenzará para él la era nueva.
    </p>
    

    <p>
     -¿Habéis oído alguna vez las
reflexiones de mi tío?
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro tío es una estrella limpia y
sin mancha en el cielo de nuestra orden -replicó el comendador-, y
tal vez dice verdad; pero vuestro tío se olvida -añadió con
orgulloso entusiasmo- que el primer don del cielo es el valor que
todavía habita en el corazón de los templarios como en su
tabernáculo sagrado. Acaso es cierto que el orgullo nos ha
corrompido; ¿pero quién ha vertido más sangre por la causa de Dios?
¿Dónde estaban para nosotros el cariñoso calor del hogar doméstico,
el noble ardor de la ciencia y el reposo del claustro? ¿Qué nos
quedaba sino el poder y la gloria? Cualquiera que sea nuestra
culpa, con nuestra sangre la volveremos a lavar, y con nuestras
lágrimas en las ruinas del palacio de David. Pero ¿quiénes son esos
gusanos viles que han dejado el sepulcro de Cristo en poder de los
perros de Mahoma para juzgarnos a nosotros, a quien todo el poder
del cielo y del infierno apenas fue bastante a arrojar de aquellas
riberas?
    </p>
    

    <p>
     Calló entonces por un rato, y después,
tomando la mano de su compañero, le dijo con un acento casi
enternecido.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro, vuestra alma es noble y
no hay cosa que no comprenda, pero vos no sabéis lo que es haber
sido dueños de aquella tierra milagrosa y haberla perdido. Vos no
podéis imaginaros a Jerusalén en medio de su gloria y majestad. Y
ahora -continuó con los ojos casi bañados de lágrimas-, ahora está
sentada en la soledad llorando, hilo a hilo en la noche, y sus
lágrimas en sus mejillas. El laúd de los trovadores ha callado como
las arpas de los profetas, y ambos gimen al son del viento colgados
de los sauces de Babilonia. Pero nosotros volveremos del destierro
-añadió con un tono casi triunfante y levantaremos otra vez sus
murallas con la espada en una mano y la llana en la otra, y
entonaremos en sus muros el cántico de Moisés al pie de la cruz en
que murió el Hijo del Hombre.
    </p>
    

    <p>
     Aquel rostro surcado por los años se
había encendido, y su noble figura, animada por el fuego que
inspiran todas las pasiones verdaderas y vestida con aquel hermoso
ropaje blanco que tan bien decía con su edad, asomada a los
precipicios de Cornatel que por su hondura y oscuridad pudieran
compararse al valle de la muerte, parecía el profeta Ezequiel
evocando los muertos de sus sepulcros para el juicio final. Don
Álvaro, que tan fácilmente se dejaba subyugar por todas las
emociones generosas, apretó fuertemente la mano del anciano y le
dijo conmovido:
    </p>
    

    <p>
     -Dichoso el que pudiera contribuir a
la santa obra. No será mi brazo el que os falte.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho podéis hacer -contestó
Saldaña-. ¡Quiera Dios coronar nuestros nobles intentos!
    </p>
    

    <p>
     Bajaron entonces a los aposentos del
comendador, que eran unas cuantas cámaras de tosca estructura, una
de las cuales tenía una escalera que descendía a la mina. Saldaña
entregó a don Álvaro la llave de la puerta o trampa exterior, y
bajando con él le hizo notar todos los ánditos y pasadizos
subterráneos. Volvieron otra vez a los aposentos donde hicieron una
frugal comida, y al caer el sol salió de nuevo don Álvaro con su
escudero. Habíale ofrecido Saldaña algunas buenas lanzas por si
quería escolta con que mejor asegurar su intento, pero el joven la
rehusó prudentemente, haciéndole ver que el golpe era de astucia y
no de fuerza, y que cuanto pudiese llamar la atención perjudicaría
su éxito. Encaminóse, pues, solo con su escudero a la orilla del
Sil, que cruzó por la barca de Villadepalos. Después se internó en
la dehesa que ocupaba entonces la mayor parte del fondo del Bierzo,
y dando un gran rodeo para evitar el paso por Carracedo tomó, ya
muy entrada la noche, la vuelta de Villabuena.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001011">
    

    <head>
     Capítulo XI
    </head>
    

    <p>
     Tiempo es ya de que volvamos a doña
Beatriz, cuya situación era sin duda la más violenta y terrible de
todas. La agitación nerviosa y calenturienta que le había causado
la terrible escena con su padre, y la inminencia del riesgo, le
habían dado fuerzas para arrojarse a cualquier extremo a trueque de
huir de los peligros que la amagaban, pero cuando Martina
desapareció para llevar su mensaje y aquella violenta agitación se
fue calmando para venir a parar, por último, en una especie de
postración, comenzó a ver su conducta bajo diverso aspecto, a
temblar por lo que iba a suceder como había temblado por lo pasado,
y a encontrar mil dudas y tropiezos, donde su pasión sólo había
visto antes resolución y caminos llanos. Ningún empacho había
tenido el día de su encierro en solicitar la entrevista de la
iglesia, porque semejante paso sólo iba encaminado a contener a su
amante en los límites del deber, e inclinarle al respeto en todo lo
que emanase de su padre. La paz de aquella tierra y la propia
opinión la habían determinado a semejante paso; pero ahora, tal vez
para encender esta guerra, para confiarse a la protección de su
amante, para arrojarse a las playas de lo futuro sin el apoyo de su
padre, sin las bendiciones de su madre, era para lo que llamaba a
don Álvaro. Aquel era su primer acto de rebelión, aquel el primer
paso fuera del sendero trillado y hasta allí fácil de sus deberes,
y la propensión al sacrificio que descansa en el fondo de todas las
almas generosas no dejó también de levantarse para echarle en cara
que, atenta únicamente a su ventura, no pensaba en la soledad y
aflicción que envenenarían los últimos días de sus ancianos padres.
Su pobre madre en particular, tan enferma y lastimada, se le
representaba, sucumbiendo bajo el peso de su falta y extendiendo
sus brazos a su hija que no estaba allí para cerrarle los ojos y
recoger su último suspiro.
    </p>
    

    <p>
     Si tales reflexiones se hubieran
representado solas a su imaginación, claro es que hubiesen dado en
el suelo con todos sus propósitos; pero el vivo resentimiento que
la violencia de su padre le causaba, y la frialdad de alma del
conde, cuyos ruines propósitos ni aun bajo el velo de la cortesía
habían llegado a encubrirse, le restituían toda la presencia de
ánimo que era menester en tan apurado trance. Y como entonces no
dejaba de aparecerse a su imaginación la noble y dolorida figura de
don Álvaro, que venía a pedirle cuenta de sus juramentos y a
preguntarle con risa sardónica qué había hecho de su pasión, de
aquella adoración profunda, culto verdadero con que siempre la
había acatado, sus anteriores sentimientos al punto cedían a los
que más fácil y natural cabida habían hallado en su corazón. De
esta manera, dudas, temores, resolución y arrepentimientos se
disputaban aquel combatido y atribulado espíritu.
    </p>
    

    <p>
     La vuelta de Martina, que con tanta
prontitud como ingenio había desempeñado su ardua comisión, la
asustó más que la alegró, porque era señal de que aquella tremenda
crisis tocaba a su término. Contóle con alegría y viveza la
muchacha todas las menudencias de su correría, y concluyó con la
noticia de que aquella misma noche, a las doce, don Álvaro entraría
por la reja del agua en la huerta, y que entrambas se marcharían a
donde Dios se la deparase con sus amantes, porque, como decía el
señor de Bembibre, era aquel demasiado infierno para tres personas
solas.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, que había estado
paseando a pasos desiguales por la habitación, cruzando las manos
sobre el pecho de cuando en cuando, y levantando los ojos al cielo,
se volvió entonces a Martina y le dijo con ceño:
    </p>
    

    <p>
     -¿Y cómo, loca, aturdida, le sugeriste
semejante traza? ¿Te parece a ti que son estos juegos de niño?
    </p>
    

    <p>
     -A mí no -contestó con despejo la
aldeana-, a quien se lo parece es al testarudo de vuestro padre y
al otro danzante de Galicia. Esos sí que miran como juego de niños
echaros el lazo al pescuezo y llevaros arrastrando por ahí
adelante. ¡Miren que aliño de casa estaría, la mujer llorando por
los rincones y el marido por ahí urdiéndolas y luego regañando si
le salen mal!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, al oír esta pintura tan
viva como exacta de la suerte que le destinaban, levantó los ojos
al cielo retorciéndose las manos, y Martina entre enternecida y
enojada le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Vamos, vamos, que ese caso no
llegará Dios mediante! ¡Con tantos pesares ya habéis perdido el
color, ni más ni menos que el otro, que parece que le han
desenterrado! Esta noche salimos de penas y veréis qué corrida
damos por esos campos de Dios. Una libra de cera he ofrecido a la
Virgen de la Encina si salimos con bien.
    </p>
    

    <p>
     Todas estas cosas, que a manera de
torbellino salían de la rosada boca de aquella muchacha, no
bastaron a sacar a doña Beatriz de su distracción inquieta y
dolorida. Llegó, por fin, la tarde, y como no se dispusiese a salir
de la celda, su criada le hizo advertir que mal podían ejecutar su
intento si no iban a la huerta. Entonces, la señora se levantó como
si un resorte la hubiera movido, y como para desechar toda
reflexión inoportuna, se encaminó precipitadamente al sitio de sus
acostumbrados paseos.
    </p>
    

    <p>
     Era la tarde purísima y templada, y la
brisa que discurría perezosamente entre los árboles apenas
arrancaba un leve susurro de sus hojas. El sol se acercaba al ocaso
por entre nubes de variados matices, y bañaba las colinas cercanas,
las copas de los árboles y la severa fábrica del monasterio de una
luz cuyas tintas variaban, pero de un tono general siempre suave y
apacible. Las tórtolas arrullaban entre los castaños, y el murmullo
del Cúa tenía un no sé qué de vago y adormecido que inclinaba el
alma a la meditación. Difícil era mirar sin enternecimiento aquella
escena sosegada y melancólica, y el alma de doña Beatriz tan
predispuesta de continuo a esta clase de emociones, se entregaba a
ellas con toda el ansia que sienten los corazones llagados.
    </p>
    

    <p>
     Cierto era que con pocas alegrías
podía señalar los días que había pasado en aquel asilo de paz, pero
al cabo el cariño con que había sido acogida y el encanto que
derramaba en su pecho la santa calma del claustro, tenían natural
atractivo a sus ojos. ¿Quién sabe lo que le aguardaba el porvenir
en sus regiones apartadas?... Doña Beatriz se sentó al pie de un
álamo, y desde allí, como por despedida, tendía dolorosas miradas a
todos aquellos sitios, testigos y compañeros de sus pesares, a las
flores que había cuidado con su mano, a los pájaros para quienes
había traído cebo más de una vez, y a los arroyos, en fin, que tan
dulce y sonoramente murmuraban. Embebecida en estos tristes
pensamientos no echó de ver que el sol se había puesto y callado
las tórtolas y pajarillos, hasta que la campana del convento tocó a
las oraciones. Aquel son que se prolongaba por las soledades y se
perdía entre las sombras del crepúsculo, asustó a doña Beatriz, que
lo escuchó como si recibiera un aviso del cielo, y volviéndose a su
criada le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Lo oyes, Martina? Esa es la voz de
Dios que me dice: «Obedece a tu padre.» ¿Cómo he podido abrigar la
loca idea de apelar a la ayuda de don Álvaro?
    </p>
    

    <p>
     -¿Sabéis lo que yo oigo? -replicó la
muchacha con algo de enfado-; pues es ni más ni menos que un aviso
para que os recojáis a vuestra celda y tengáis más juicio y
resolución, procurando dormir un poco.
    </p>
    

    <p>
     -Te digo -la interrumpió doña Beatriz-
que no huiré con don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -Bien está, bien está -repuso la
doncella-, pero andad y decídselo vos, porque al que le vaya con la
nueva, buenas albricias le mando. Lo que yo siento es haberme dado
semejante prisa por esos caminos, que no hay hueso que bien me
quiera, y a mí me parece que tengo calentura. ¡Trabajo de provecho,
así Dios me salve!
    </p>
    

    <p>
     En esto entraron en el convento, y
Martina se fue a la celda de la hortelana donde, contra las órdenes
de su ama, hizo el trueque de llaves proyectado.
    </p>
    

    <p>
     Las noches postreras de mayo duran
poco, y así no tardaron en oír las doce en el reloj del convento.
Ya antes que dieran, había hecho su reconocimiento por los
tenebrosos claustros la diligente Martina, y entonces, volviéndose
a su ama, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, señora, porque estoy segura de
que ya ha limado o quebrado los barrotes, y nos aguarda como los
padres del Limbo el santo advenimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no tengo fuerzas, Martina -replicó
doña Beatriz acongojada-, mejor es que vayas tú sola y le digas mi
determinación.
    </p>
    

    <p>
     -¿Yo, eh? -respondió ella con
malicia-. ¡Pues no era mala embajada! Mujer soy y él un caballero
de los más cumplidos, pero mucho sería que no me arrancase la
lengua. Vamos, señora -añadió con impaciencia-; poco conocéis el
león con quien jugáis. Si tardáis, es capaz de venir a vuestra
misma celda y atropellarlo todo. ¡Sin duda, queréis perdernos a los
tres!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, no menos atemorizada que
subyugada por su pasión, salió apoyada en su doncella y entrambas
llegaron a tientas a la puerta del jardín. Abriéronla con mucho
cuidado, y volviendo a cerrarla de nuevo se encaminaron
apresuradamente hacia el sitio de la cerca por donde salía el agua
del riego. Como la reja, contemporánea de don Bernardo el Gotoso,
estaba toda carcomida de orín, no había sido difícil a un hombre
vigoroso como don Álvaro arrancar las barras necesarias para
facilitar el paso desahogado a una persona, de manera que cuando
llegaron ya el caballero estaba de la parte de adentro. Tomó
silenciosamente la mano de doña Beatriz, que parecía de hielo y la
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Todo está dispuesto, señora; no en
vano habéis puesto en mí vuestra confianza.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz no contestó, y don Álvaro
repuso con impaciencia:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué hacéis? ¿Tanto tiempo os parece
que nos sobra?
    </p>
    

    <p>
     -Pero, don Álvaro -preguntó ella-, con
sólo la mira de ganar tiempo ¿a dónde queréis llevarme?
    </p>
    

    <p>
     El caballero le explicó entonces
rápida, pero claramente, todo su plan, tan juicioso como bien
concertado, y al acabar su relación doña Beatriz volvió a guardar
silencio. Entonces la zozobra y la angustia comenzaron a apoderarse
del corazón de don Álvaro que también se mantuvo un rato sin hablar
palabra, fijos los ojos en os de doña Beatriz que no se alzaban del
suelo. Por fin, acallando en lo posible sus recelos, le dijo con
voz algo trémula:
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz, habladme con vuestra
sinceridad acostumbrada. ¿Habéis mudado por ventura de
resolución?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, don Álvaro -contestó ella con
acento apagado y sin atreverse a alzar la vista-, yo no puedo huir
con vos sin deshonrar a mi padre.
    </p>
    

    <p>
     Soltó él entonces la mano, como si de
repente se hubiera convertido entre las suyas en una víbora
ponzoñosa y clavando en ella una mirada casi feroz, le dijo con
tono duro y casi sardónico:
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué quiere decir entonces vuestro
dolorido y extraño mensaje?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -contestó ella con voz dulce y
sentida-, ¿de ese modo me dais en el rostro con mi flaqueza?
    </p>
    

    <p>
     -Perdonadme -respondió él-, porque
cuando pienso que puedo perderos, mi razón se extravía y el dolor
llega a hacerme olvidar hasta de la generosidad. Pero decidme,
¡ah!, decidme -continuó arrojándose a sus pies- que vuestros labios
han mentido cuando así queríais apartarme de vos. ¿No vais con
vuestro esposo, con el esposo de vuestro corazón? Esto no puede ser
más que una fascinación pasajera.
    </p>
    

    <p>
     -No es sino verdadera resolución.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero lo habéis pensado bien? -repuso
don Álvaro-. ¿No sabéis que mañana vendrán por vos para llevaros a
la iglesia y arrancaros la palabra fatal?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz se retorció las manos
lanzando sordos gemidos, y dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Yo no obedeceré a mi padre.
    </p>
    

    <p>
     -Y vuestro padre os maldecirá, ¿no lo
oísteis ayer de su misma boca?
    </p>
    

    <p>
     -¡Es verdad, es verdad! -exclamó ella
espantada y revolviendo los ojos-, él mismo lo dijo. ¡Ah! -añadió
enseguida con el mayor abatimiento-, hágase entonces la voluntad de
Dios y la suya.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro al oírla se levantó del
suelo, donde todavía estaba arrodillado, como si se hubiese
convertido en una barra de hierro ardiendo y se plantó en pie
delante de ella con un ademán salvaje y sombrío, midiéndola de alto
a bajo con sus fulminantes miradas. Ambas mujeres se sintieron
sobrecogidas de terror, y Martina no pudo menos de decir a su ama
casi al oído:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué habéis hecho, señora?
    </p>
    

    <p>
     Por fin don Álvaro hizo uno de
aquellos esfuerzos que sólo a las naturalezas extremadamente
enérgicas y altivas son permitidos, y dijo con una frialdad irónica
y desdeñosa que atravesaba como una espada el corazón de la
infeliz:
    </p>
    

    <p>
     -En ese caso, sólo me resta pediros
perdón de las muchas molestias que con mis importunidades os he
causado, y rendir aquí un respetuoso y cortés homenaje a la ilustre
condesa de Lemus, cuya vida colme el cielo de prosperidad.
    </p>
    

    <p>
     Y con una profunda reverencia se
dispuso a volver las espaldas, pero doña Beatriz, asiéndole del
brazo con desesperada violencia, le dijo con voz ronca:
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!, ¡no así, no así, don Álvaro!
¡Cosedme a puñaladas si queréis, que aquí estamos solos y nadie os
imputará mi muerte, pero no me tratéis de esa manera, mil veces
peor que todos los tormentos del infierno!
    </p>
    

    <p>
     -¿Doña Beatriz, queréis confiaros a
mí?
    </p>
    

    <p>
     -Oídme don Álvaro, yo os amo, yo os
amo más que a mi alma, jamás seré del conde... pero, escuchadme no
me lancéis esas miradas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Queréis confiaros a mí y ser mi
esposa, la esposa de un hombre que no encontrará en el mundo más
mujer que vos?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -contestó ella congojosamente y
como sin sentido-; sí, con vos, con vos hasta la muerte entonces
cayo desmayada entre los brazos de Martina y del caballero.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué haremos ahora? -preguntó
éste.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué hemos de hacer? -contestó la
criada- sino acomodarla delante de vos en vuestro caballo y
marcharnos lo más aprisa que podamos. Vamos, vamos, ¿no habéis oído
sus últimas palabras? Algo más suelta tenéis la lengua que mañosas
las manos.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro juzgó lo más prudente
seguir los consejos de Martina, y acomodándola en su caballo con
ayuda de Martina y Millán salió a galope por aquellas solitarias
campiñas, mientras escudero y criada hacían lo propio. El generoso
Almanzor, como si conociese el valor de su carga, parece que había
doblado sus fuerzas y corría orgulloso y engreído, dando de cuando
en cuando gozosos relinchos. En minutos llegaron como un torbellino
al puente del Cúa y, atravesándolo, comenzaron a correr por la
opuesta orilla con la misma velocidad.
    </p>
    

    <p>
     El viento fresco de la noche y la
impetuosidad de la carrera habían comenzado a desvanecer el desmayo
de doña Beatriz, que asida por aquel brazo a un tiempo cariñoso y
fuerte, parecía trasportada a otras regiones. Sus cabellos sueltos
por la agitación y el movimiento ondeaban alrededor de la cabeza de
don Álvaro como una nube perfumada, y de cuando en cuando rozaban
su semblante. Como su vestido blanco y ligero resaltaba a la luz de
la luna más que la oscura armadura de don Álvaro, y semejante a una
exhalación celeste entre nubes, parecía y desaparecía
instantáneamente entre los árboles, se asemejaba a una sílfide
cabalgando en el hipógrifo de un encantador. Don Álvaro, embebido
en su dicha, no reparaba que estaban cerca del monasterio de
Carracedo, cuando de repente una sombra blanca y negra se atravesó
rápidamente en medio del camino y con una voz imperiosa y terrible
gritó:
    </p>
    

    <p>
     -¿A dónde vas, robador de
doncellas?
    </p>
    

    <p>
     El caballo, a pesar de su valentía, se
paró, y doña Beatriz y su criada, por un común impulso, restituida
la primera al uso de sus sentidos por aquel terrible grito, y la
segunda casi perdido el de los suyos de puro miedo, se tiraron
inmediatamente al suelo. Don Álvaro bramando de ira, metió mano a
la espada, y picando con entrambas espuelas, se lanzó contra el
fantasma en quien reconoció con gran sorpresa suya al abad de
Carracedo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo así -le dijo en tono áspero-,
un señor de Bembibre trocado en salteador nocturno!
    </p>
    

    <p>
     -Padre -le interrumpió don Álvaro-, ya
sabéis que os respeto a vos y a vuestro santo hábito, pero, por
amor de Dios y de la paz, dejadnos ir nuestro camino. No queráis
que manche mi alma con la sangre de un sacerdote del Altísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Mozo atropellado -respondió el monje,
que no respetas ni la santidad de la casa del Señor; ¿cómo pudiste
creer que yo no temería tus desafueros y procuraría salirte al
paso?
    </p>
    

    <p>
     -Pues habéis hecho mal -replicó don
Álvaro rechinando los dientes-. ¿Qué derecho tenéis vos sobre esa
dama ni sobre mí?
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -respondió el abad con
reposo- estaba en una casa en que ejerzo autoridad legítima y de
donde fraudulentamente la habéis arrancado. En cuanto a vos, esta
cabeza calva os dirá más que mis palabras.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro entonces se apeó y
envainando su espada y procurando serenarse le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Ya veis, padre abad, que todos los
caminos de conciliación y buena avenencia estaban cerrados. Nadie
mejor que vos puede juzgar de mis intenciones, pues que no ha
muchos días os descubrí mi alma como si os hablara en el tribunal
de la penitencia, así pues, sed generoso, amparad al afligido y
socorred al fugitivo y no apartéis del sendero de la virtud y la
esperanza dos almas a quienes sin duda en la patria común unió un
mismo sentimiento antes de llegar a la patria del destierro.
    </p>
    

    <p>
     -Vos habéis arrebatado con violencia a
una principal doncella del asilo que la guardaba, y este es un feo
borrón a los ojos de Dios y de los hombres.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, entonces, se adelantó
con su acostumbrada y hechicera modestia y le dijo con su dulce
voz:
    </p>
    

    <p>
     -No, padre mío, yo he solicitado su
ayuda, yo he acudido a su valor, yo me he arrojado en sus brazos y
heme aquí.
    </p>
    

    <p>
     Entonces le contó rápidamente y en
medio del arrebato de la pasión las escenas del locutorio, su
desesperación, sus dudas y combates, y exaltándose con la
narración, concluyó asiendo el escapulario del monje con el mayor
extremo del desconsuelo y exclamando:
    </p>
    

    <p>
     -Oh, padre mío, libradme de mi padre,
libradme de este desgraciado a quien he robado su sosiego, y sobre
todo, libradme de mí misma porque mi razón está rodeada de
tinieblas y mi alma se extravía en los despeñaderos de la angustia
que hace tanto tiempo me cercan.
    </p>
    

    <p>
     Quedóse todo entonces en un profundo
silencio que el abad interrumpió por fin con su voz bronca y
desapacible, pero trémulo a causa del involuntario enternecimiento
que sentía:
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -dijo-, doña Beatriz se
quedará conmigo para volver a su convento y vos tornaréis a
Bembibre.
    </p>
    

    <p>
     -Ya que tratáis de arrancarla de mis
manos, debierais antes arrancarme la vida. Dejadnos ir nuestro
camino, y ya que no queréis contribuir a la obra de amor, no
provoquéis la cólera de quien os ha respetado aun en vuestras
injusticias. Apartaos os digo; o por quien soy, que todo lo
atropello, aun la santidad misma de vuestra persona.
    </p>
    

    <p>
     -¡Infeliz! -contestó el anciano-, los
ojos de tu alma están ciegos con tu loca idolatría por esta
criatura. Hiéreme y mi sangre irá en pos de ti gritando venganza
como la de Abel.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, fuera de sí de enojo, se
acercó para arrancar a doña Beatriz de manos del abad, usando si
preciso fuese de la última violencia, cuando ésta se interpuso y le
dijo con calma:
    </p>
    

    <p>
     -Deteneos, don Álvaro, todo esto no ha
sido más que un sueño de que despierto ahora, y yo quiero volverme
a Villabuena, de donde nunca debí salir.
    </p>
    

    <p>
     Quedóse don Álvaro yerto de espanto y
como petrificado en medio de su colérico arranque y, sólo acertó a
replicar con voz sorda:
    </p>
    

    <p>
     -¿A tanto os resolvéis?
    </p>
    

    <p>
     -A tanto me resuelvo -contestó
ella.
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -exclamó don Álvaro con
una voz que parecía querer significar a un tiempo las mil ideas que
se cruzaban y chocaban en su espíritu, pero como si desconfiase de
sus fuerzas se contentó con decir-: ¡Doña Beatriz... adiós!
    </p>
    

    <p>
     Y se dirigió a donde estaba su caballo
con precipitados pasos.
    </p>
    

    <p>
     La desdichada señora rompió en llanto
y sollozos amarguísimos, como si el único eslabón que la unía a la
dicha se acabase de romper en aquel instante. El abad, entonces,
penetrado de misericordia, se acercó rápidamente a don Álvaro y,
asiéndole del brazo, le trajo como a pesar suyo delante de doña
Beatriz:
    </p>
    

    <p>
     -No os partiréis de ese modo -le dijo
entonces-, no quiero que salgáis de aquí con el corazón lleno de
odio. ¿No tenéis confianza ni en mis canas ni en la fe de vuestra
dama?
    </p>
    

    <p>
     -Yo sólo tengo confianza en las lanzas
moras y en que Dios me concederá una muerte de cristiano y de
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Escuchadme, hijo mío -añadió el monje
con más ternura de la que podía esperarse en su carácter adusto y
desabrido-; tú eres digno de suerte más dichosa y sólo Dios sabe
cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta darán a su justicia los
que así destruyen su obra; yo, que soy su delegado aquí y ejerzo
jurisdicción espiritual, no consentiré en ese malhadado consorcio,
manantial de vuestra desventura. He visto qué premio dan a tu
hidalguía y en mí encontrarás siempre un amparo. Tú eres la oveja
sola y extraviada, pero yo te pondré sobre mis hombros y te traeré
al redil del consuelo.
    </p>
    

    <p>
     -Y yo -repuso doña Beatriz- renuevo
aquí, delante de un ministro del altar, el juramento que tengo ya
hecho y de que no me hará perjurar ni la maldición misma de mi
padre. ¡Oh, don Álvaro!, ¿por qué queréis separaros de mí en medio
de vuestra cólera? ¿Nada os merecen las persecuciones que he
sufrido y sufro por vuestro amor? ¿Es esa la confianza que ponéis
en mi ternura? ¿Cómo no veis que si mi resolución parece vacilar es
que mis fuerzas flaquean y mi cabeza se turba en medio de la agonía
que sufro sin cesar, yo, desdichada mujer, abandonada de los míos,
sin más amparo que el de Dios y el vuestro?
    </p>
    

    <p>
     El despecho de don Álvaro se convirtió
en enternecimiento, cuando vio que el descubrimiento del abad y el
inesperado cambio de doña Beatriz se trocaban en bondad paternal y
en tiernas protestas. Su índole natural era dulce y templada, y
aquella propensión a la cólera y a la dureza que en él se notaba
hacía algún tiempo provenía de las contrariedades y sinsabores que
por todas partes le cercaban.
    </p>
    

    <p>
     -Bien veis, venerable señor -dijo al
abad-, que mi corazón no se ha salido del sendero de la sumisión,
sino cuando la iniquidad de los hombres me ha lanzado de él. Han
querido arrebatármela y eso es imposible, pero si vos queréis
mediar y me ofrecéis que no se llevará a cabo ese casamiento
abominable, yo me apartaré de aquí como si hubiera oído la palabra
del mismo Dios.
    </p>
    

    <p>
     -Toca esta mano a que todos los días
baja la majestad del cielo -replicó el monje, y vete seguro de que
mientras vivas y doña Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no
pasará a los brazos de nadie, ni aunque fueran los de un rey.
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -dijo acercándose a ella
y haciendo lo posible por dominar su emoción-; yo he sido injusto
con vos y os ruego que me perdonéis. No dudo de vos, ni he dudado
jamás; pero la desdicha amarga y trueca las índoles mejores. Nada
tengo ya que deciros, porque ni las lágrimas, ni los lamentos, ni
las palabras os revelarían lo que está pasando en mi pecho. Dentro
de pocos días partiré a la guerra que vuelve a encenderse en
Castilla. A Dios, pues, os quedad, y rogadle que nos conceda días
más felices.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas
que le quedaban para tan doloroso momento, y acercándose al
caballero se quitó del dedo una sortija y la puso en el suyo
diciéndole:
    </p>
    

    <p>
     -Tomad ese anillo, prenda y símbolo de
mi fe pura y acendrada como el oro -y enseguida, cogiendo el puñal
de don Álvaro, se cortó una trenza de sus negros y largos cabellos
que todavía caían desechos por sus hombros y cuello y se la dio
igualmente. Don Álvaro besó entrambas cosas y la dijo:
    </p>
    

    <p>
     -La trenza la pondré dentro de la
coraza al lado del corazón, y el anillo no se apartará de mi dedo;
pero si mi escudero os devolviese algún día entrambas cosas, rogad
por mi eterno descanso.
    </p>
    

    <p>
     -Aunque así fuera, os aguardaré un
año, y pasado él me retiraré a un convento.
    </p>
    

    <p>
     -Acepto vuestra promesa, porque si vos
murieseis igualmente, ninguna mujer se llamaría mi esposa.
    </p>
    

    <p>
     -El cielo os guarde, noble don Álvaro;
pero no os entreguéis a la amargura. Cuidad que la esperanza es una
virtud divina.
    </p>
    

    <p>
     Estas parece que debían ser sus
últimas palabras; pero, lejos de moverse, parecían clavados en la
tierra, y sujetos por su recíproca y dolorosa mirada, hasta que por
fin, movidos de un irresistible impulso, se arrojaron uno en brazos
de otro, diciendo doña Beatriz en medio de un torrente de
lágrimas:
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, en mis brazos, aquí, junto a
mi corazón..., qué importa que este santo hombre lo vea..., antes
ha visto Dios la pureza de nuestro amor.
    </p>
    

    <p>
     Así estuvieron algunos instantes, como
dos puros y cristalinos ríos que mezclan sus aguas, al cabo de los
cuales se separaron, y don Álvaro montando a caballo, después de
recibir un abrazo del abad, se alejó lentamente volviendo la cabeza
atrás hasta que los árboles lo ocultaron. Millán se quedó, por
disposición de su amo, para acompañar a doña Beatriz y a su criada
a Villabuena. El anciano entonces dio un corto silbido, y un monje
lego, que estaba escondido tras de unas tapias, se presentó al
momento. Díjole algunas palabras en voz baja, y al cabo de poco
tiempo se volvió con la litera del convento, conducida por dos
poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada; retiróse el lego;
asió Millán de la mula delantera, montó el abad en su caballo, y
emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena, a donde
llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron a
entrar las fugitivas, y Martina casi en brazos condujo a su señora
a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a Carracedo
más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había remediado
sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del término de
su aventura nocturna.
    </p>
    

    <p>
     Al día siguiente, cuando los criados
del conde y del señor de Arganza fueron al convento llevando los
presentes de boda, encontraron a doña Beatriz atacada de una
calentura abrasadora, perdido el conocimiento, en medio de un
delirio espantoso.
    </p>
    </div>
   <div type="chapter" n="SPA1001012">
    

    <head>
     Capítulo XII
    </head>
    

    <p>
     Extraño parecerá tal vez a nuestros
lectores que tan a punto estuviese el abad de Carracedo para
destruir los planes de felicidad de don Álvaro y doña Beatriz, por
quien suponemos que no habrá dejado de interesarse un poco su buen
corazón, y sin embargo es una cosa natural. Cuando el señor de
Bembibre se despidió de él en su primera entrevista, su resolución
y sus mismas palabras le dieron a entender que su energía natural
estimulada por la violenta pasión que le dominaba, no retrocedería
delante de ningún obstáculo, ni se cansaría de inventar planes y
ardides. Era doña Beatriz su hija de confesión, y todas las cosas a
ella pertenecientes excitaban su cuidado y solicitud; pero desde su
ida a Villabuena por honor de una casa de su orden y que estaba
bajo su autoridad, su vigilancia se había redoblado y no sin fruto.
Un criado de Carracedo había visto un aldeano montar en un soberbio
caballo en uno de los montes cercanos a Villabuena y salir con uno
al parecer escudero, por trochas y veredas, como apartándose de
poblado. Lo extraño del caso le movió a contárselo al abad, y éste,
por las señas y la dirección que llevaba, conoció que don Álvaro
rondaba los alrededores, y que en vista de la insistencia del conde
de Lemus, trataría tal vez de robar a su amante. Comunicó, pues,
sus órdenes a todos los guardabosques del monasterio, y al barquero
de Villadepalos (pues la barca era del monasterio) también para que
acechasen todo con vigilancia, y le diesen parte inmediatamente de
cuanto observasen. La escapatoria de la discreta y aguda Martina,
sin embargo, no llegó a sus oídos; pero la venida de don Álvaro de
Cornatel, el estudiado rodeo que le vieron tomar los guardas para
apartarse del convento, y sobre todo la idea de que al siguiente
día expiraba el plazo señalado a doña Beatriz, fueron otros tantos
rayos de luz que le indicaron aquella noche como la señalada para
la ejecución del atrevido plan. Suponiendo con razón que Cornatel
fuese el punto destinado para la fuga, hizo retirar la barca al
otro lado y como el Sil iba crecido con las nieves de las montañas
que se derretían, y no se podía vadear, desde luego se aseguró que
su plan no saldría fallido. Cierto es que don Álvaro podía llevarse
a doña Beatriz a Bembibre, o cruzar el río por el puente de
Ponferrada, en cuyo caso burlaría sus afanes; pero ambas cosas
ofrecían tales inconvenientes que sin duda debían arredrar a don
Álvaro. El puente estaba fortificado, y sin orden del maestre nadie
hubiera pasado por él a hora tan desusada, cosa que nuestro
caballero deseaba sobre todo evitar. Así pues, las redes del
prelado estaban bien tendidas, y el resultado de la tentativa de
don Álvaro fue el que, por su desdicha, debiera de ser
necesariamente.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera no creía el buen religioso
que la pasión de doña Beatriz hubiese echado en su alma tan hondas
raíces, ni que a tales extremos la impeliese el deseo de huir un
matrimonio aborrecido. Acostumbrado a ver doblegarse a todas las
doncellas de alto y bajo nacimiento delante de la autoridad
paterna, imaginaba que sólo una fascinación pasajera podía mover a
doña Beatriz a semejante resolución, y cabalmente las consecuencias
de esta falta fueron las que se propuso atajar. Pero cuando por sus
ojos vio la violencia de aquel contrariado afecto y el manantial de
desdichas que podía abrir la obstinación del señor de Arganza,
determinó oponerse resueltamente a sus miras. Su corazón, aunque
arrebatado de fanático celo, no había desechado, sin embargo,
ninguno de aquellos generosos impulsos, propios de su clase y
estado, y además quería a doña Beatriz con ternura casi paternal.
En el secreto de la penitencia, aquella alma pura y sin mancha se
le había presentado en su divina desnudez y cautivado su cariño,
como era inevitable. Por otra parte, bien veía que don Álvaro,
caballero y pundonoroso, si en aquella época los había, sólo
acosado por la desesperación y la injusticia, se lanzaba a tan
violentos partidos. Así pues, al día siguiente muy temprano salió a
poner en ejecución su noble propósito, cosa de que con gran
pesadumbre suya le excusó la enfermedad de doña Beatriz, que todo
lo retardó por sí sola. No le pareció justo entonces amargar la
zozobra del señor de Arganza, que ya empezaba a recoger el fruto de
sus injusticias, pero no cejó ni un punto de lo que tenía
determinado.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, por su parte, desde
Carracedo se fue en derechura a Ponferrada, donde llegó antes de
amanecer, pero no queriendo alborotar a nadie a hora tan
intempestiva, y con el objeto de recobrarse antes de presentarse a
su tío, estuvo vagando por las orillas del río hasta que los
primeros albores del día trocaron en su natural color las pálidas
tintas de que revestía la luna las almenas y torreones de aquella
majestuosa fortaleza. Entró entonces en ella, y con la franqueza
propia de su carácter, aunque exigiéndole antes su palabra de
caballero de guardar su declaración en el secreto de su pecho y no
tomar sobre lo que iba a saber providencia alguna, contó a su tío
todos los sucesos del día anterior. Escuchóle el anciano con vivo
interés, y al acabar le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Buen valedor has encontrado en el
abad de Carracedo, y la desgracia te ha traído al mismo punto en
que yo quise ponerte cuando aún no se había desencadenado esta
tormenta. Yo conozco al abad, y por mucha que sea la enemiga y el
rencor con que mira a nuestra caballería, su alma es recta y no se
apartará de la senda de la verdad. Pero ¡Saldaña!... -añadió con
pesadumbre-, uno de los ancianos de nuestro pueblo, encanecido en
los combates, prestar su ayuda, ¡y lo que es más, el castillo que
gobierna a semejantes propósitos! ¡Consentir que atravesase una
mujer los umbrales del Temple, cuando hasta el beso de nuestras
madres y hermanas nos está vedado!
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro intentó disculparle.
    </p>
    

    <p>
     -No, hijo mío -contestó el maestre-,
esto que contigo ha hecho por el cariño que te tiene, hubiera él
hecho igualmente por un desconocido, con tal que de ello resultase
crecimiento a nuestro poder y menoscabo al de nuestros enemigos.
Harto conocido le tengo; su alma iracunda y soberbia se ha
exasperado con nuestras desdichas, y sólo sueña en propósitos de
ambición y en medios puramente humanos para restaurar nuestro
decoro. En sus ojos todos son buenos si conducen a este fin. ¡En él
se ofrece viva y de manifiesto la decadencia de nuestra orden!
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro dijo entonces a su tío que
pensaba partir al punto a Castilla, y el anciano se lo aprobó, no
sólo porque como señor mesnadero estaba obligado a servir al rey en
la ocasión que se ofrecía, sino también con el deseo de que los
peligros y azares de la guerra, que tan bien cuadraban a su
carácter, le divirtiesen de sus sinsabores y pesares. Por esta vez
su bandera, compañera inseparable de la del Temple, tenía que ir
sola en busca del enemigo; pues los caballeros, recelosos con
sobrado fundamento de la potestad real, y pendientes del giro que
tomasen en el vecino reino de Francia los atropellos cometidos en
la persona de su maestre ultramarino y demás caballeros, juzgaron
prudente mantenerse neutrales en la guerra intestina de que iba a
ser teatro la desventurada Castilla.
    </p>
    

    <p>
     Al día siguiente salió don Álvaro de
Bembibre camino de Carrión con parte de su mesnada, dejando el
cuidado de conducir la otra parte a Melchor Robledo, uno de sus
oficiales; y su castillo, en manos de los caballeros templarios de
Ponferrada. En tanto que allá llega y, se junta la hueste del rey
don Fernando IV, forzoso será que demos a nuestros lectores alguna
idea de las nuevas turbulencias que en diversos sentidos llamaban a
los pueblos y a los ricos hombres a las armas.
    </p>
    

    <p>
     La familia de los Laras, poderosísima
en Castilla, tenía vinculados en su casa la turbulencia y el
desasosiego, no menos que la nobleza y la opulencia. El jefe actual
de este linaje, don Juan Núñez de Lara, había estado largo tiempo
desnaturalizado de Castilla, y entrado en ella a mano armada cuando
la gloriosa reina doña María tenía las riendas del gobierno; pero
desbaratado su escuadrón por don Juan de Haro, cayó en poder de la
reina prisionero. Despojáronle entonces de todos sus castillos y
heredades, pero poco tardaron en volvérselas, y para sellar más
fuertemente esta avenencia le hicieron mayordomo del rey, puesto el
más aventajado y codiciado de su casa. Corrían, empero, los tiempos
tan turbios y alterados, y el carácter del Nuñez de Lara era tan
enojadizo y revoltoso, que todas estas mercedes no fueron bastantes
a corregir sus malas propensiones. El infante don Juan, que tan
funesto nombre ha dejado en nuestra historia para servir de sombra
y de contraste a la resplandeciente figura de Guzmán el Bueno, mal
hallado con la pérdida de su soñado reino de León, tardó poco en
trabar con él amistad y alianza, deseoso de fundar en ella sus
pretensiones al señorío de Vizcaya, que pertenecía a su mujer doña
María Díaz de Haro, como heredera de su padre, el conde don Lope,
pero que, sin embargo, no había salido de las manos de don Diego,
su tío, poseedor de él a la sazón. Era este pleito, muy ajeno y
difícil de componer y pocos señores además lo deseaban
sinceramente, porque con semejantes bandos y desavenencias el poder
de la corona se enflaquecía al compás de sus usurpaciones y
desafueros, y no llegaba el caso de poner coto a este germen de
debilidad que atacaba el corazón del estado. Las revueltas de la
menor edad del rey habían enseñado a los señores el camino de la
rebelión, y así el brazo como el discurso del rey eran ambos flojos
en demasía para atajar tan grave daño.
    </p>
    

    <p>
     A pesar de todo, por la discreción y
habilidad de la reina doña María llegó a sosegarse la diferencia de
don Diego de Haro, y del infante don Juan, entregando aquél el
señorío de Vizcaya a su sobrina doña María Díaz, y recibiendo éste
en trueque las villas de Villalba y Miranda; pero el rey, cuyo
natural ligero y poco asentado fue causa gran número de veces de
que se desgraciasen muy sabias combinaciones políticas, excluyó de
esta avenencia y concierto, en que mediaron los principales señores
de su corona, a su mayordomo don Juan Núñez de Lara con quien
comenzaba a disgustarse y desabrirse. Según era de esperar de sus
fueros y altanería, mirólo Lara como un ultraje sangriento, y
despidiéndose del rey con palabras ásperas y descomedidas fuese a
encerrar en Tordehumos, lugar fuerte. Repartió su gente por Iscar,
Montejo y otros lugares, y proveyéndose de armas, víveres y
pertrechos, se preparó a arrostrar la cólera del rey.
    </p>
    

    <p>
     Eacute;ste, por su parte, no menos
resentido de las demasías de don Juan Núñez, después de tener
consejo con los suyos, envió a requerirle con un caballero que pues
tan mal sabía agradecer sus mercedes, saliese al punto de la tierra
y le entregase las villas de Moya y Cañete en que le haredara poco
antes. Contestóle don Juan Núñez con su acostumbrada insolencia que
no saldría de una tierra donde era tan natural como el más natural
de ella y que, en cuanto a las villas, harto bien ganadas las
tenía. Con esto el rey juntó sus tropas y se preparó a cercarle en
Tordehumos.
    </p>
    

    <p>
     A pesar de estas disensiones, tanto el
monarca como los señores del partido de Lara estaban acordes en un
punto: el odio a los templarios, y sobre todo en el deseo de
repartirse sus despojos. Cierto es que el rey no había recibido
daño de la orden en las pasadas turbulencias y que los caballeros
se habían mantenido neutrales cuando menos durante aquella época
azarosa, pero no lo es menos que un miembro de ella, el comendador
Martín Martínez, había entregado al infante don Juan el castillo y
plaza del puente de Alcántara. El rey, sin embargo, tuvo más en
cuenta este hecho aislado que el comportamiento decoroso de toda la
orden y, por otra parte, el deseo de reparar con sus bienes los
descalabros de la corona, y de acallar con ellos la codicia de sus
ricos hombres acabaron de inclinar la balanza de su ánimo en contra
de tan ilustre milicia. No obstante, como el papa Clemente V no
acababa de fulminar sus anatemas, ni se atrevía a tomar bajo su
protección a aquella tan perseguida caballería, estaban los ánimos
en suspenso y con la espada a medio sacar de la vaina. De todas
maneras, no se cesaba un punto de minar en la opinión los cimientos
del Temple y de urdir sordas cábalas para el día en que hubiesen de
romperse las hostilidades. El infante don Juan, centro de todas
ellas, no reposaba un momento, y como dejamos ya indicado, los
proyectos del conde de Lemus y las amarguras de doña Beatriz y de
don Álvaro eran obra de aquellas manos, que así asesinaban en la
cuna los niños inocentes, como las esperanzas más santas y
legítimas. Los templarios eran dueños de las entradas de Galicia
por la parte del puerto de Piedrafita, Valdeorras, como los
castillos de Cornatel y del Valcarce. Las fortalezas de Corullón,
Ponferrada, Bembibre dominaban las llanuras más pingües del país y,
por otra parte, si las casas de Yáñez y Ossorio llegaban a
enlazarse, sus numerosos vasallos montañeses de las fuentes del
Boeza y del Burbia cerrarían gran porción de entradas y
desfiladeros y harían casi inexpugnable la posición de la orden en
aquella comarcas. Harto claro veían esto el infante y los suyos, y
de ahí nacían las persecuciones del conde que, lejos de venir a la
jornada de Tordehumos, se quedó en los confines de Galicia y en el
Bierzo, así para llevar adelante su particular propósito como para
juntar fuerzas contra los templarios con quienes parecía inevitable
un rompimiento.
    </p>
    

    <p>
     Encontróse, pues, solo don Álvaro en
medio de la hueste de Castilla, o por mejor decir, acompañado de la
natural ojeriza y recelo que inspiraba su alianza estrecha y
sincera con el Temple, su valor, su destreza en las armas, y la
nombradía que había sabido alcanzarse de antemano. Por fin, junto
el ejército real y completa ya la gente del señor de Bembibre, que
con el segundo tercio acaudillado por Robledo se le había
incorporado, moviéronse de Carrión y fueron a ponerse sobre
Tordehumos con grandes aprestos, bagajes y máquinas de guerra.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001013">
    

    <head>
     Capítulo XIII
    </head>
    

    <p>
     Justamente el señor de Bembibre se
alejaba del Bierzo cuando la fiebre se cebaba en doña Beatriz con
terrible saña; y la infeliz le llamaba a gritos en medio de su
delirio. ¡Quién le dijera a él cuando en lo más alto de la sierra
que divide al Bierzo de los llanos de Castilla volvió su caballo
para mirar otra vez aquella tierra cuyos recuerdos llenaban su
corazón! ¡quién le dijera que aquella doncella angelical, su único
amor y su única esperanza para el porvenir, yacía en el lecho del
dolor mirando con ojos encendidos y extraviados a cuantos la
rodeaban y consumidos sus delicados miembros por el ardor de la
calentura! Tal era, sin embargo, la tremenda realidad, y mientras
la cuchilla de la muerte amagaba a la una, corría el otro por su
parte a innumerables riesgos y peligros. Así de dos hojas nacidas
en el mismo ramo y mecidas por el mismo viento cae la una al pie
del árbol paterno, en tanto que la compañera vuela con las ráfagas
del otoño a un campo desconocido y lejano.
    </p>
    

    <p>
     Figúrense nuestros lectores la
consternación que causaría en Arganza la triste noticia de la
enfermedad de su única heredera. Doña Blanca, por la primera vez de
su vida, soltó la compresa a su dolor y a sus quejas, y se desató
en reproches e invectivas contra la obstinación de su esposo y
contra los planes que así amenazaban aquella criatura tan querida,
en términos que aun al conde, a pesar de la hospitalidad, le
alcanzó parte de su cólera. Inmediatamente declaró su resolución de
ir a Villabuena a pesar de sus dolencias, y de asistir a su hija; y
don Alonso, temeroso de causar una nueva desgracia contrariándola
en medio de su agitación, ordenó que en una especie de silla de
manos la trasladasen al monasterio. En cuanto llegó, sus miembros
casi paralíticos parecieron desatarse, y sus dolores habituales
cesaron, por manera que todos estaban maravillados de verlo.
¡Admirable energía la del amor maternal, santo destello del amor
divino, que para todo encuentra fuerzas y jamas se cansa de los
sacrificios y fatigas más insoportables!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz no conoció ya a su madre,
aunque sus miradas se clavaban incesantemente en ella y parecía
poner atención a todas las palabras de ternura que de sus labios
salían, pero era aquella especie de atención a un tiempo intensa y
distraída que se advierte en los locos. Su delirio tenía fases muy
raras y diversas: a veces era tranquilo y melancólico y otras lleno
de convulsiones y de angustias. El nombre de su padre y el de su
amante eran los que más frecuentemente se le escapaban, y aunque el
del conde se le escuchaba alguna vez, siempre era tapándose la cara
con las sábanas o haciendo algún gesto de repugnancia.
    </p>
    

    <p>
     Un monje anciano de Carracedo, muy
versado en la física y que conocía casi todas las plantas
medicinales que se crían por aquellos montes, estaba constantemente
a su cabecera observando los progresos del mal, y había ya
propinado a la enferma varias bebidas y cordiales; pero el mal,
lejos de ceder, parecía complicarse y acercarse a una crisis
temible. Una noche en que su tía, su madre y el buen religioso
estaban sentados alrededor de su lecho, se incorporó, y mirando a
todas partes con atención, se fijó en la escasa luz de una lámpara
que en lo más apartado de la pieza lanzaba trémulos y desiguales
resplandores. Estuvo un rato contemplándola y luego preguntó con
una voz débil, pero que nada había perdido de su armonioso
metal:
    </p>
    

    <p>
     -¿Es la luz de la luna?... Pero yo no
la veo en las ondas del río... ¡tampoco la dicha baja del cielo
para regocijar nuestros corazones! -aquí dio un profundo suspiro y
luego exclamó vivamente: ¡No importa, no importa! desde el
firmamento nos alumbrará... ¡sí, sí, venga tu caballo moro!...
¡ay!, me parece que he perdido la vida y que un espíritu me lleva
por el aire, ¡pero los latidos de tu corazón han despertado el
mío!, voy a perder el juicio de alegría, déjame cantar el salmo del
contento. «Al salir Israel de Egipto»..., pero mi madre, mi pobre
madre -exclamó con pesadumbre, ¡ah!, ¡yo la escribiré y cuando sepa
que soy feliz se alegrará también!
    </p>
    

    <p>
     Sonrióse entonces melancólicamente,
pero cambiando al punto de ideas gritó desaforadamente con espanto,
y arrojándose fuera de la cama con una violencia tal, que la
abadesa y su madre apenas podían sujetarla.
    </p>
    

    <p>
     -¡La sombra!, ¡la sombra!, ¡ay! ¡yo he
caído del cielo!... ¿quién me levantará?..., ¡adiós!..., no vuelvas
la cabeza atrás para mirarme, que me partes el corazón. ¡Ya se ha
perdido entre los árboles!..., ahora es cuando debo morirme...,
¡alma cristiana, prepara tu ropa de boda y ve a encontrar tu
celestial esposo!
    </p>
    

    <p>
     Entonces, fatigada, cayó otra vez
sobre las almohadas en medio de las lágrimas de las dos señoras, y
comenzó a respirar con mucha congoja y anhelo. El monje le tomó
entonces el pulso y mirándole a los ojos con mucha atención, se fue
a sentar a un extremo de la celda con aire abatido y meneando la
cabeza. Doña Blanca que lo vio se arrojó de rodillas en un
reclinatorio que allí había, y asiendo un crucifijo que sobre él
estaba y abrazándolo estrechamente exclamaba con una voz ronca y
ahogada:
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, Dios mío; no a ella, no a ella,
sino a mí! ¡Es mi hija única! ¡Yo no tengo otra hija! ¡Vedla,
Señor, tan joven, tan buena y tan hermosa! ¡Tomad mi vida! Ved que
no son mis lágrimas las solas que correrán por ella, porque es un
vaso de bendición en quien se paran los ojos de todos. ¡Oh, Señor!
¡Oh, señor, misericordia!
    </p>
    

    <p>
     La abadesa, que a pesar de que más
necesidad tenía de consuelos que poder para darlos, acudió a
sosegar a su hermana diciéndole que si así se abandonaba a su
dolor, mal podía aprovechar las pocas fuerzas que le quedaban para
asistir a su hija. Surtió este consejo el efecto deseado, pues doña
Blanca con esta idea se serenó muy pronto, tal era el miedo que
tenía a verse separada de su hija.
    </p>
    

    <p>
     En tal estado se pasaron algunos días,
durante los cuales no cesaron las monjas de rogar a Dios por la
salud de doña Beatriz. Hubo que establecer una especie de turno
para la asistencia, pues todas a la vez querían quedarse para
velarla y asistirla. El luto parecía haber entrado en aquella casa
sin aguardar a que la muerte le abriese camino. Sin embargo,
después de doña Blanca, nadie estaba tan atribulada como Martina,
de cuyo lindo y alegre semblante habían desaparecido los colores
tan frescos y animados que eran la ponderación de todos. Por lo que
hace al señor de Arganza, que a pesar de sus rigores amaba con
verdadera pasión a su hija, oprimido por el doble peso del pesar y
del remordimiento, apenas se atrevía a presentarse por Villabuena,
pero pasaba días y noches sin gozar un instante de verdadero reposo
y a cada paso estaba enviando expresos que volvían siempre con
nuevas algo peores.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, el médico declaró que su
ciencia estaba agotada y que sólo el Celestial podría curar a doña
Beatriz. Entonces se le administró la extremaunción, porque, como
no había recobrado el conocimiento, no pudo dársele el viático. La
comunidad, toda deshecha en lágrimas, acudió a la ceremonia, y cada
una se despidió en su interior de aquella tan cariñosa y dulce
compañera, que en medio de los sinsabores que la habían cercado de
continuo, mientras había vivido en el convento, no había dado a
nadie el más leve disgusto.
    </p>
    

    <p>
     No hubo fuerzas humanas que arrancasen
a doña Blanca del lado de su hija la noche que debía morir; así
pues, hubieron de consentir en que presenciase el doloroso trance.
Hacia media noche, sin embargo, doña Beatriz pareció volver en sí
del letargo que había sucedido a la agitación del delirio, y
clavando los ojos en su fiel criada le dijo en voz casi
imperceptible:
    </p>
    

    <p>
     -¿Eres tú, pobre Martina? ¿Dónde está
mi madre?¡Me pareció oír su voz entre sueños!
    </p>
    

    <p>
     -Bien os parecía, señora -replicó la
muchacha reprimiéndose por no dejar traslucir la alegría tal vez
infundada y loca que con aquellas palabras había recibido-, mirad
al otro lado, que ahí la tenéis.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz volvió entonces la
cabeza, sacando ambos brazos, tan puros y bien formados no hacía
mucho y entonces tan descarnados y flacos, se los echó al cuello y
apretándola contra su pecho con más fuerza de la que podía
suponerse, exclamó prorrumpiendo en llanto:
    </p>
    

    <p>
     -¡Madre mía de mi alma! ¡Madre
querida!
    </p>
    

    <p>
     Doña Blanca, fuera de sí de gozo, pero
procurando reprimirse, le respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Sí, hija de mi vida, aquí estoy; pero
serénate que todavía estás muy mala, y eso puede hacerte daño.
    </p>
    

    <p>
     -No lo creáis -replicó ella-, no
sabéis cuánto me alivian estas lágrimas, únicas dulces que he
vertido hace tanto tiempo. Pero vos estáis más flaca que nunca...,
¡ah!, ¡sí, es verdad!, todos hemos sufrido tanto. ¡Y vos también,
tía mía! ¿Y mi padre dónde está?
    </p>
    

    <p>
     -Pronto vendrá -replicó doña Blanca-,
pero vamos, sosiégate, amor mío, y procura descansar.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, sin embargo, siguió
llorando y sollozando largo rato; tantas eran las lágrimas que se
habían helado en sus ojos y oprimían su pecho. Por fin, rendida del
todo, cayó en un sueño profundo y sosegado, durante el cual rompió
en un abundante sudor. El anciano se acercó entonces a ella, y
reconociendo cuidadosamente su respiración igual y sosegada y su
pulso, levantó los ojos y las manos al cielo, y dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Gracias te sean dadas a ti, Señor,
que has suplido la ignorancia de tu siervo y la has salvado.
    </p>
    

    <p>
     Y cogiendo a doña Blanca, atónita y
turbada, de la mano, la llevó delante de una imagen de la Virgen, y
arrodillándose con ella, empezó a rezar la Salve en voz baja, pero
con el mayor fervor. La abadesa y Martina imitaron su ejemplo, y
cuando acabaron, entrambas hermanas se arrojaron una en los abrazos
de otra, y doña Blanca pudo también desahogar su corazón
oprimido.
    </p>
    

    <p>
     El sueño de la enferma duró hasta muy
entrada la mañana siguiente, y en cuanto se despertó y el médico
volvió a asegurar que ya había pasado el peligro, las campanas del
convento comenzaron a tocar a vuelo y en el monasterio fue un día
de gran fiesta. Don Alonso volvió a ver a su hija, pero aunque no
había renunciado a su plan tanto por la palabra empeñada, cuanto
por lo mucho que lisonjeaba su ambición, resolvió no violentar su
voluntad siguiendo en esto los impulsos de su propio corazón y los
consejos del prelado de Carracedo. El conde, por su parte, aunque
momentáneamente, se alejó del país, y de todas maneras doña Beatriz
no experimentó al salir de la enfermedad ningún género de
contrariedad ni persecución. Sin embargo, la convalecencia parecía
ir larga, y como el monasterio podía traerle a la imaginación más
fácilmente las desagradables escenas de que había sido teatro, por
orden del monje de Carracedo, que con tan paternal solicitud la
había asistido, la trasladaron a Arganza, donde todos los recuerdos
eran más apacibles y consoladores. El pueblo entero, que la había
contado por muerta, la recibió como nuestros lectores pueden
figurarse, con fiestas, bailoteos y algazaras que la esplendidez
del señor hacía más alegres y animados. Hubo su danza y loa
correspondiente, un mayo más alto que una torre, y por añadidura
una especie de farsa medio guerrera, medio venatoria, dispuesta y
acaudillada por nuestro amigo Nuño, el montero, que aquel día
parecía haberse quitado veinte años de encima. Por lo que toca al
rollizo Mendo, se alegró tanto de la vuelta de Martina, que no
parecía sino que la taimada aldeana le correspondía decididamente.
Muchos fueron los tragos y tajadas con que la celebró, pero si
hubiera tenido noticia de sus escapatorias nocturnas, y sobre todo
de la última, probablemente no se libra de una indigestión. De
todas maneras, la ignorancia le hacía dichoso como a tantos otros,
y como él se convertía en sustancia todas las burlas y aun bufidos
de la linda doncella, estaba que no cabía en su pellejo, harto
estirado ya por su gordura. Añádase a esto que la mala sombra de
Millán andaba lejos rompiéndose la crisma contra las murallas de
Tordehumos, y que Martina volvía más interesante con la ligera
palidez que le habían causado sus vigilias y congojas, y tendremos
completamente explicado el regocijo del buen palafrenero.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001014">
    

    <head>
     Capítulo XIV
    </head>
    

    <p>
     Volvamos ahora a don Álvaro, que bien
ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la
hueste del rey. Este pueblo, que don Juan Núñez había provisto y
reparado con la mayor diligencia, está en la pendiente de una
colina dominada por un castillo, y no lejos pasa el río llamado
Rioseco. La posición es buena; las murallas estaban entonces en el
mejor estado; la guarnición era valerosa y suficiente y su jefe
diestro, experimentado y valiente. Ya en otro tiempo le había
sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a despecho de su
cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle desde
Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además la
fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta el
extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y
valimiento de que fiaba, no menos que de su valor, el éxito de la
empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su
sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad
que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde
pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de
aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y
algunos otros principales señores también estaban en el plan, si
bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de
celo hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el
infante don Juan. Así es que el cerco, emprendido con gran calor,
iba aflojándose y entibiándose de día en día con gran pesadumbre
del rey, que no tardó mucho en caer en la cuenta de su daño.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, los caballeros más afectos
a su persona, o más leales, no dejaban de pelear con ardor en las
frecuentes salidas que hacían los sitiados, y don Álvaro, que por
su aislamiento ignoraba parte de estas tramas, y que por la
rectitud de sus sentimientos era incapaz de entrar en ellas, andaba
entre los que más se distinguían. Sucedió, pues, que una noche,
saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre
el real enemigo cuya mayor parte estaba descuidado, cayendo con más
furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles
al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y
vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su
prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso
inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el
ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada
intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no
llegase. La noche estaba muy oscura, los enemigos se aumentaban sin
cesar, los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con
las órdenes de los cabos; las armas y escudos despedían chispas en
la oscuridad con el incesante martilleo, y la escena llegó a
hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos
empezaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado
escuadrón, y don Álvaro estrechado entonces, comenzó a retirarse
ordenadamente resistiendo con su acostumbrado valor el empuje
contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don
Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza,
con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo que, herido
también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para
ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del
caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos
para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos
era ya tan grande y el aliento que recibían de don Juan Núñez, que
mandaba en persona esta encamisada, tal que por último,
ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huida dejándolo en sus
manos. Lara que lo reconoció y que ya de antemano le estimaba, hizo
vendar sus heridas y trasportarle con gran cuidado a su castillo.
Por último, como los refuerzos del rey iban llegando, él mismo se
retiró en buen orden sin experimentar daño ni escarmiento. Sus
soldados, alegres con el botín recogido, dieron también la vuelta
muy animosos, formando vivo contraste con las tropas del rey,
mustios y descontentos de lo que había pasado.
    </p>
    

    <p>
     El fiel Millán, que había peleado como
correspondía al lado de su amo en aquella noche fatal, separado de
él por el tropel de los fugitivos en el momento crítico, por la
mañana muy temprano se presentó a las puertas de Tordehumos,
pidiendo que le tomasen por prisionero con su amo, de quien venía a
cuidar durante sus heridas. Lara mandó recibirle al punto, y
llamándole a su presencia le alabó mucho su fidelidad y le regaló
una cadena de plata encargándole encarecidamente la asistencia de
un caballero tan cumplido como su amo. Por lo que hace a la mesnada
de éste, reducida casi a la mitad por la tremenda refriega de la
noche, y heridos la mayor parte de los que sobrevivieron, se
reunieron bajo el mando de Melchor Robledo y se pusieron a
retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo posible.
    </p>
    

    <p>
     El rey, por su parte, aunque don
Álvaro no fuese muy de su devoción por su alianza con los
templarios, no por eso dejó de sentir su prisión y heridas, porque
sobrado conocía que una lanza tan buena y un corazón tan noble le
hacían infinita falta en medio de las voluntades, cuando menos
tibias, que le rodeaban.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro tardó bastantes horas en
volver a su conocimiento por el aturdimiento de su caída y por la
mucha sangre que con sus heridas había perdido. Lo primero que
vieron sus ojos al abrirse fue a su fiel Millán que, de pie al lado
de su cama, estaba observando con particular solicitud todos sus
movimientos. A los pies estaba también en pie un caballero de
aspecto noble, aunque algo ceñudo habitualmente, cubierto con una
rica armadura azul, llena de perfiles y dibujos de oro de exquisito
trabajo. Finalmente, a la cabecera se descubría un personaje de
ruin aspecto, con ropa talar oscura y una especie de turbante o
tocado blanco en la cabeza. El caballero era don Juan Núñez de
Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su físico, hombre muy
versado en los secretos de las ciencias naturales y a quien el
vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y hechicero.
Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco era a
propósito para granjearse el cariño de nadie.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro extendió sus miradas
alrededor, y encontrando las paredes de un aposento en lugar de los
lienzos y colgaduras de su tienda, y aquellas personas para él
desconocidas, comprendió cuál era su suerte y no pudo reprimir un
suspiro. Lara se acercó entonces a él y tomándole la mano le
aseguró que no estaba sino en poder de un caballero que admiraba su
valor y sus prendas; que se sosegase y cobrase ánimo para sanar en
breve de sus heridas que, aunque graves, daban esperanza de
curación no muy lejana.
    </p>
    

    <p>
     -Finalmente -añadió apretándole la
mano-, no veáis en don Juan Núñez de Lara vuestro carcelero, sino
vuestro enfermero, servidor y amigo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro quiso responder, pero Ben
Simuel se opuso encargándole mucho el silencio y el reposo, y
haciéndole beber una poción calmante, se salió con don Juan de la
habitación dejando al herido caballero en compañía de Millán. En
cuanto se fueron, don Álvaro le preguntó con voz muy débil:
    </p>
    

    <p>
     -¿Me oyes, Millán?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señor -respondió éste, ¿qué me
queréis?
    </p>
    

    <p>
     -Si muero, toma de mi dedo él anillo,
y del lado izquierdo de mi coraza la trenza que me dio doña Beatriz
aquella noche fatal, y se la llevarás de mi parte diciéndola... no,
nada le digas.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien, señor, si Dios os llama
así se hará como decís, pero por ahora sosegaos y mirad por
vos.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro procuró descansar, pero a
pesar de la medicina sólo logró algún reposo interrumpido y
desigual; tales eran los dolores que sus heridas le causaban.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001015">
    

    <head>
     Capítulo XV
    </head>
    

    <p>
     A los pocos días de haber caído don
Álvaro prisionero ocurrió, por fin, una novedad que todos esperaban
con ansia grandísima en el campamento del rey. Vinieron cartas del
papa Clemente V con la orden de proceder al arresto y
enjuiciamiento de todos los templarios de Europa y secuestro de sus
bienes, y con ellas noticias de los horribles suplicios de algunos
caballeros de la orden en Francia. Aquel pontífice débil y cobarde
había consentido que los sacasen de su fuero, entregándolos en
manos de una comisión especial, que equivalió a ponerlos en las del
verdugo. Clemente temblaba de que Felipe el Hermoso quisiese poner
en juicio la majestad del pontificado en la persona, o por mejor
decir, en la memoria de su antecesor Bonifacio, y a trueque de
evitarlo, le dejaba bañarse en la sangre de los templarios y
cebarse en sus bienes. En Francia, sin embargo, la audacia del rey
y el desconcierto de lo imprevisto del golpe y la desatinada
conducta del maestre general ultramarino Jacobo de Molay había
allanado el camino de una empresa tan escabrosa y difícil; pero en
España donde la orden estaba sobre sí y donde era quizá más
poderosa que en ninguna otra nación, menester era emplear infinita
destreza y valor. Cierto es que ni en Portugal, ni en Aragón, ni en
Castilla se les desaforaba, antes se les sujetaba a concilios
provinciales, pero después de lo que había pasado en el reino
vecino, parecía natural que desconfiasen de la potestad civil y que
no quisiesen soltar las armas. Por otra parte, nada tenía de
extraño que quisiesen vengar las afrentas de su orden, por cuyo
honor y crecimiento estaban obligados a sacrificar hasta su propia
vida. Preciso era desconcertar su acción en lo posible, y
apercibirse al combate al mismo tiempo.
    </p>
    

    <p>
     El rey don Fernando, a pesar de suceso
de tanto bulto, para el cual parecía necesitar el auxilio de todos
sus ricos hombres, no por eso desistía de su saña contra don Juan
Núñez de Lara, resuelto sin duda a volver a su corona el brillo,
que en las pasadas revueltas había perdido. El infante don Juan
mediaba entre el rey y su rebelde vasallo, y como este carácter le
daba facilidad para pasar muchas veces a Tordehumos, poco tardó en
concertar con su dueño el plan que hacía tanto tiempo estaba
madurando. Don Álvaro era el apoyo más firme de los templarios en
el reino de León, y el más ardiente y poderoso de sus aliados.
Aunque su castillo de Bembibre estaba guarnecido por soldados de la
orden, claro estaba que si moría su dueño habrían de desocuparlo, y
de todos modos los vasallos de la casa de Yáñez no tardarían en
apartarse de sus banderas. No era el infante hombre que delante de
la sangre retrocediese; el rival de su valido estaba en manos de
don Juan Núñez de Lara, con él venía al suelo una de las
principales barreras que apartaban la rica herencia del Temple de
sus manos codiciosas, ¿qué más podía desear?
    </p>
    

    <p>
     No bien llegaron las bulas del papa
Clemente, al punto pasó a Tordehumos allí, subiendo con su
castellano a una torre solitaria del castillo, comenzaron una
plática muy viva y acalorada.
    </p>
    

    <p>
     Con gran sorpresa y aun susto de los
que desde abajo les miraban, don Juan Núñez con ademanes
descompuestos echó mano a la espada, como si de su huésped
recibiese alguna ofensa; pero sin duda se hubo de arrepentir,
porque a poco rato volvió el acero a la vaina con muestras de gran
cortesía, y entrambos caballeros se dieron las manos. El infante
bajó poco después y tomó el camino real con muestras de gran
satisfacción y contento.
    </p>
    

    <p>
     La sangre perdida y la gravedad de sus
heridas habían reducido a don Álvaro a una postración grandísima;
pero la ciencia de Ben Simuel y los cuidados de Millán, junto con
las atenciones de don Juan Núñez, habían logrado arrancarlo de la
jurisdicción de la muerte y volverle, aunque con pasos muy
perezosos, al camino de la vida. La calentura había ido cediendo y
los dolores eran mucho menos vivos, de manera que sin los cuidados
que acibaraban su pensamiento, fácil era calcular que su
convalecencia hubiera sido más rápida.
    </p>
    

    <p>
     Una tarde entró don Juan de Lara en su
aposento y tomando asiento a su cabecera mientras Millán los dejaba
solos para que hablasen con más libertad, le preguntó asiéndole de
la mano:
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo os sentís, noble don Álvaro?
¿Estáis contento de mi carcelería?
    </p>
    

    <p>
     -Me encuentro ya muy aliviado, señor
don Juan -respondió el herido-, gracias a vuestros obsequios y
atenciones que casi me harían dar gracias al cielo de mi
prisión.
    </p>
    

    <p>
     -Según eso, bien podréis escucharme
una cosa de gran cuantía que tengo que deciros.
    </p>
    

    <p>
     -Podéis comenzar, si gustáis.
    </p>
    

    <p>
     Don Juan, entonces, principió a
contarle por extenso las noticias recibidas de Francia y la
prisión, embargo de bienes y encausamiento de los templarios
ordenados en las cartas del papa Clemente, recibidas poco había en
los reales de Castilla.
    </p>
    

    <p>
     -Bien conozco -concluyó diciendo- que
en la hidalguía de vuestra alma no cabe abandonar una alianza que
hubieseis asentado con caballeros como vos, pero ya veis que
asistir a los templarios abandonados del vicario de Jesucristo y
cargados con el grave peso de una acusación fundada en la criminal
demanda que acaso van a intentar, sería hacer traición a un mismo
tiempo a vuestros deberes de cristiano y bien nacido. Si en algo
estimáis, pues, la fina voluntad que de asistiros y serviros he
mostrado, ruégoos que desde ahora rompáis la confederación que
tenéis con esa orden, objeto del odio universal, y no os apartéis
de vuestros amigos y aliados naturales.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, que estaba íntimamente
convencido de la iniquidad de la acusación dirigida contra el
Temple y que nunca hubiera creído en el jefe supremo de la Iglesia
tan culpable debilidad, escuchó la relación de don Juan con una
emoción violenta y profunda, cambiando muchas veces de color y
apretando involuntariamente los puños y los dientes con muestras de
dolor y de cólera. Por fin, enfrenando como mejor pudo los
tumultuosos movimientos de su espíritu, respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Los templarios se sujetarán al juicio
que les abren, en justa obediencia de mandato del sumo pontífice,
única autoridad de ellos reconocida, aunque tan ruinmente se postra
delante del rey de Francia; pero ni dejarán las armas ni se darán a
prisión, ni soltarán sus bienes y castillos sino caso de ser a ello
sentenciados por los concilios. Por lo que a mí toca, don Juan de
Lara, os perdono el juicio que de mí habéis formado, en gracia de
tantos obsequios y cuidados como os debo; pero os suplico que
aprendáis a conocerme mejor.
    </p>
    

    <p>
     La legítima humillación que don Juan
sufría despertó su ira y despecho, pero deseoso de que la cuestión
mejorase de terreno, y al mismo tiempo de apurar todos los medios
de conciliación y templanza, replicó:
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero qué?, ¿no teméis manchar la
limpieza de vuestra fama, ligándoos con un cuerpo agangrenado con
tantas infamias y abominaciones, a quien toda la cristiandad
rechaza como a un leproso?
    </p>
    

    <p>
     -Señor don Juan, os matáis en balde,
queriendo persuadirme a mí lo que tal vez vos mismo no creéis. Por
lo demás, no toda la cristiandad rechaza el Temple, pues no se os
esconde que el sabio rey de Portugal ha enviado sus embajadores al
Papa para protestar de las tropelías y maldades de que está siendo
objeto esta ilustre milicia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal aconsejado rey! -dijo el de
Lara.
    </p>
    

    <p>
     -El mal aconsejado sois vos -repuso
don Álvaro con impaciencia-, en menguar así vuestro propio decoro.
Id con Dios, que ni mi corazón ni mi brazo faltarán nunca a esos
perseguidos caballeros.
    </p>
    

    <p>
     Lara frunció el ceño y le preguntó con
voz altanera:
    </p>
    

    <p>
     -¿Olvidáis que sois mi prisionero?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, a fe que lo había olvidado,
porque vos me habéis dicho que erais mi amigo y no mi carcelero;
pero ya que volvéis a vuestro natural papel, sabed que aunque me
tengáis a vuestra merced, mi corazón y mi espíritu se ríen de
vuestras amenazas.
    </p>
    

    <p>
     Don Juan se mordió los labios y guardó
silencio por un buen rato, durante el cual, sin duda, su alma,
naturalmente noble y recta, le estuvo haciendo sangrientos
reproches por su proceder; pero con su genial obstinación se aferró
más y más en el partido adoptado. Por fin, levantándose, dijo a su
prisionero.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro, ya conocéis de oídas mi
índole arrebatada y violenta; los primeros movimientos no están en
nuestra mano. Olvidad cuanto os he dicho, y no me juzguéis sino
como hasta aquí me habéis juzgado.
    </p>
    

    <p>
     Dicho esto se salió de la cámara, y
don Álvaro, con el descuido propio de los hombres esforzados,
cuando sólo de su vida se trata, se entregó a sus habituales
reflexiones. El de Lara estuvo paseando en la plataforma de uno de
los torreones el resto de la tarde con pasos desiguales, hablando
consigo propio en ocasiones, gesticulando con vehemencia, y
sentándose de cuando en cuando arrobado en profundas distracciones.
Por fin, largo rato después de puesto el sol, cuando los áridos
campos circunvecinos iban desapareciendo entre los velos de la
noche, bajó por la angosta escalera de caracol, y encaminándose a
la sala principal del castillo, mandó a llamar por un paje a su
físico Ben Simuel. Poco tardó en asomar por la puerta la cara de
zorro del astuto judío, y sentándose al lado de su señor entablaron
en voz muy baja una viva conversación, de que el paje no pudo
percibir nada, sin embargo de estar en la puerta, hasta que por fin
Ben Simuel, levantándose, y después de escuchar las últimas
palabras de don Juan que las acompañó con un gesto muy expresivo y
semblante casi amenazador, se salió de la sala con bastante
diligencia.
    </p>
    

    <p>
     Cerca de las diez de la noche serían
cuando el mismo judío se presentó en el encierro de don Álvaro con
una copa en una salvilla, y después de reconocer sus vendajes le
hizo tomar aquella poción con que le dijo que reconciliaría el
sueño. Despidióse enseguida y don Álvaro comenzó a sentir cierta
pesadez que después de tantos insomnios parecía pronóstico de un
sueño sosegado. Apenas tuvo tiempo de decir a Millán que le dejase
solo, y que cerrase la puerta por fuera sin entrar hasta que
llamase, y al punto se quedó profundamente adormecido. El buen
escudero, no menos necesitado de descanso que su amo, hizo cuanto
se le mandaba, y echando la llave y guardándosela en el bolsillo,
se tendió cuán largo era en una cama que para él habían puesto en
un caramanchón vecino, y no despertó hasta el día siguiente, cuando
ya el sol estaba bastante alto. Acercóse entonces a la puerta por
ver si su señor se rebullía o quejaba; pero nada oyó. «Vamos, dijo
para sí, de esta vez sus melancolías han podido menos que el sueño,
y cuando despierte, Dios mediante, se ha de encontrar otro.»
Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a
inquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a su
señor; pero pasada una hora y media ya no pudo contener su
impaciencia, y metiendo la llave en la cerradura y dándole vueltas
con mucho tiento, entró de puntillas hasta la cama de don Álvaro, y
después de vacilar todavía un poco, por fin se decidió a llamarle
meneándole suavemente al mismo tiempo. Don Álvaro ni se movió ni
dio respuesta alguna, y Millán, de veras asustado, acudió a abrir
una ventana; pero cual no debió de ser su asombro y consternación
cuando vio el cuerpo de su señor inanimado y frío, apartados los
vendajes, desgarradas las heridas y toda la cama inundada en
sangre.
    </p>
    

    <p>
     Al principio se quedó como de una
pieza, agarrotado por el espanto, la sorpresa y el dolor; pero en
cuanto pudo moverse salió dando gritos y con los cabellos erizados
todavía por los corredores del castillo. Al ruido, acudieron
algunos hombres de armas y criados y, por último, el mismo Lara
seguido de Ben Simuel. Millán, ahogado por los sollozos que por fin
habían podido abrirse paso por medio de su estupor y asombro, les
conduce hasta el lecho de su malogrado amo, y cayó sobre él
abrazándole estrechamente. Don Juan no pudo contener una mirada
errante y tremenda que dirigió a su médico; pero recobrándose al
punto y revolviendo fieramente alrededor, y fijándola
alternativamente en sus soldados y en Millán, mandó a éste con voz
imperiosa que contase lo que había sucedido. Así lo hizo con toda
la sencillez e ingenuidad de su dolor, hasta que llegando a decir
como había dejado sólo a don Álvaro, el judío, que había estado
registrando el cuerpo, se volvió a él con ojos airados s le
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Mira, desgraciado!, ¡mira tu obra!
Tu amo en un ensueño o en un acceso de delirio ha roto sus vendajes
y se ha desangrado. ¡Cómo dejar sólo a un caballero tan mal
herido!
    </p>
    

    <p>
     El desdichado escudero empezó a
mesarse los cabellos hasta que empleando Lara su autoridad logró
que acabase su relación y entonces, condolido de su pena, le
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Tú no has hecho sino obedecer a tu
señor y en nada eres culpable. Además, todos nos hemos engañado.
¿Quién no creía a este noble mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios
ha querido afligirme permitiendo que un castillo mío fuese testigo
de semejante desgracia! Mañana se dará sepultura a este ilustre
caballero en el panteón de este castillo.
    </p>
    

    <p>
     -No ha de ser así, por vida vuestra,
señor -le interrumpió Millán-, antes entregádmelo a mí para que lo
lleve a Bembibre y lo entierre con sus mayores. ¡Válgame Dios!
-exclamó en voz imperceptible ¿y qué responderé a su tío el
maestre, y a doña Beatriz cuando me pregunten por él?
    </p>
    

    <p>
     -El cuerpo de don Álvaro -replicó don
Juan- descansará en este castillo hasta que, restablecida la paz y
acabadas estas funestas disensiones, pueda yo mismo con todos los
caballeros de mi casa y mis aliados trasladarlo al panteón de su
familia, con la pompa correspondiente a su estirpe y alto
valor.
    </p>
    

    <p>
     Como esto parecía redundar en honra de
su malogrado señor, y por otra parte, como sabía que don Juan Núñez
era absoluto en sus voluntades, hubo de conformarse con lo
dispuesto. El cuerpo de don Álvaro estuvo todo aquel día de
manifiesto en la capilla del castillo, acompañado del inconsolable
escudero, y escoltado por cuatro hombres de armas que de cuando en
cuando se relevaban. El capellán extendió la fe de muerto
correspondiente, y aquella misma noche depositó en la bóveda del
castillo, en un sepulcro nuevo, los restos de aquel joven
desdichado.
    </p>
    

    <p>
     Al día siguiente, Millán se presentó a
don Juan para que le diese permiso de volver al Bierzo, y después
de alabar mucho su fidelidad, se lo otorgó, acompañándolo de un
bolsillo lleno de oro.
    </p>
    

    <p>
     -Muchas gracias, noble señor
-respondió él rehusándolo-. Don Álvaro dejó hecho su testamento al
venir a esta desventurada guerra, y estoy seguro de que habrá
mirado por su pobre escudero de cuya fidelidad estaba él bien
seguro.
    </p>
    

    <p>
     -Eso no importa -replicó don Juan
haciéndole tomar la bolsa-, tú eres un buen muchacho y, además, el
único placer de que disfrutamos los poderosos es él de dar.
    </p>
    

    <p>
     Millán salió entonces del castillo, y
yendo a encontrarse con Robledo, le contó la tragedia acaecida. La
noticia, que al instante corrió por el campo, llenó de disgusto a
todos, porque si bien no miraban a don Álvaro con cariño, no por
eso dejaban de estimar su brillante valor de que tan fresca memoria
dejaba. La mesnada volvió a sus prados y montañas nativas llena de
luto y de tristeza por la muerte de su señor, verdadero padre de
sus vasallos; y por la de tantos otros hermanos de armas cuyos
huesos blanqueaban ya a la luna en los áridos campos de Castilla.
Millán los dejó atrás y se adelantó a llevar a Arganza a Ponferrada
la fatal nueva.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001016">
    

    <head>
     Capítulo XVI
    </head>
    

    <p>
     Doña Beatriz, como dejamos dicho,
volvió a la casa paterna en medio del regocijo de los suyos que
tantas razones tenían para estimarla. Su padre como deseoso de
borrar las pasadas violencias, o bien convencido de que poco valían
para sojuzgar un ánimo tan esforzado, la trataba con la antigua
bondad, sin mentarle siquiera sus proyectos favoritos. El conde de
Lemus, que frecuentemente era huésped de la casa, penetrado sin
duda de los mismos sentimientos o, por mejor decir, convencido de
que otro era el camino que llevaba al logro de sus afanes,
escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado sus
importunidades en un respeto profundo y en una deferencia siempre
cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la profunda
simulación de su carácter, acostumbrado a los más tortuosos
caminos, le ayudaron eficazmente en la difícil tarea de cambiar la
opinión que acerca de su persona y sentimientos había formado doña
Blanca. Doña Beatriz, sin embargo, nunca podía acallar la voz que
repetía en su memoria las frías y altaneras palabras de aquel
hombre en el locutorio de Villabuena. Harto bien lo conocía él, y
por eso todos sus conatos se dirigían a lavar esta mancha que sin
duda le afeaba a los ojos de la joven. Y por último, fuerza es
confesarlo, a pesar de la dureza y frialdad de aquel alma, el
candor y la belleza de doña Beatriz habían llegado a penetrar en
ella por intervalos y con un vislumbre nuevo desconocido, que a
veces suavizaba su natural aspereza.
    </p>
    

    <p>
     Como suele acontecer a personas
arrastradas por una pasión, la señora de Arganza se había sostenido
con particular entereza, a pesar de sus achaques, mientras duró la
enfermedad y convalecencia de su hija. El dolor y la alegría
sucesivamente le habían dado fuerzas, y sólo cuando ambos extremos
fueron cediendo, la naturaleza recobró su curso con todo el ímpetu
consiguiente a tan larga compresión. Así pues, cuando doña Beatriz
volvió no ya a su natural robustez, porque esto no llegó a suceder,
sino en sí; su madre comenzó a flaquear y al poco tiempo se postró
enteramente al rigor de sus dolencias. De esta suerte, el vivo rayo
de contento que había iluminado aquella noble familia, tardó poco
en oscurecerse del todo, y de nuevo comenzaron las torturas y
congojas de la incertidumbre.
    </p>
    

    <p>
     Tenían los males de doña Blanca
intervalos frecuentes y lúcidos en que su razón se despejaba; pero
entonces una melancolía profunda se derramaba en todos sus
discursos y pensamientos. Su alma, apasionada y tierna, pero
humilde y apacible, no había conocido más camino que la
resignación, ni más norte que la obediencia. Habíase inclinado
vivamente a don Álvaro mientras su voluntad había caminado de
acuerdo con la de su noble esposo, y aún le conservaba una afición
involuntaria a pesar de las desavenencias ocurridas; pero
últimamente la fuerza que toda su vida había preponderado en su
espíritu acabó de ladearla hacia la voluntad manifiesta de su
esposo. En un carácter tímido y sosegado como el suyo, la idea de
nuevas discordias entre el padre y la hija era una especie de
pesadilla que continuamente la estaba oprimiendo. También en su
juventud habían violentado su inclinación, y al cabo los cuidados
domésticos, la conformidad religiosa y el amor de sus hijos le
habían proporcionado momentos de reposo y aun de felicidad. ¿Quién
puede adivinar lo que pasa en el corazón, ni quien sería bastante
audaz para asegurar que apagadas las terribles llamaradas de
juventud, su hija no acabase por agradecer la solicitud de su
padre, consolándose como ella se había consolado y regocijándose,
por último, de dejar a sus descendientes un nombre ilustre y las
riquezas que siempre lo realzan? El mal concepto que en un
principio había formado del conde se había ido desvaneciendo,
gracias a la perseverancia, artificio y destreza de su conducta, y
la buena señora juzgaba que lo mismo debería acontecer a su
hija.
    </p>
    

    <p>
     Por desgracia, todos estos argumentos
que tanto peso tenían en una índole como la suya nada tenían que
ver con la elevación de sentimientos y energía de resolución que
distinguía a su hija. Doña Beatriz jamás se hubiera contentado con
obedecer a su esposo, porque necesitaba respetarle y estimarle y,
por otra parte, su condición era de aquellas que nunca aciertan a
transigir con la injusticia y luchan sin tregua hasta el último
momento. Los bienes de la tierra, los incentivos de la vanidad
nunca habían fascinado sus ojos; pero estas disposiciones se habían
fortificado en la soledad del claustro y en medio de su atmósfera
religiosa, donde todos los impulsos de aquel alma generosa habían
recibido un muy subido y frío temple. No parecía sino que en el
borde de la eternidad, al cual estuvo asomada, su alma se había
iniciado en los misterios de la nada que forma las entrañas de las
cosas terrenas, y se había adherido con más ahínco a la pasión que
la llenaba, fiel trasunto del amor celeste por su pureza y
sinceridad. Sin embargo, la mudanza de ideas y el nuevo giro que al
parecer tomaban los pensamientos de aquella madre tan cariñosa y
con tanto extremo querida, afectaban su corazón, no atreviéndose a
contradecirla en medio de sus padecimientos y no cabiendo en su
memoria, por otra parte, más imagen que la del ausente don Álvaro.
Este enemigo de nueva especie, con quien tenía que combatir, era
ciertamente harto más temible que los atropellos y desafueros
anteriormente empleados.
    </p>
    

    <p>
     Tal era la situación de la familia de
Arganza, cuando una tarde de verano estaban sentadas entrambas
señoras en la misma sala, y a la misma ventana en que vimos por la
primera vez a don Álvaro despedirse de la señora de sus
pensamientos, doña Blanca parecía sumida en la dolorosa distracción
que experimentaba después de sus accesos, recostada sin fuerzas en
un gran sillón de brazos. Su hija acababa de dejar y tenía a un
lado el arpa con que había procurado divertir sus pesares, y sus
ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse, que había alumbrado
la salida de don Álvaro de aquellos umbrales y que todavía no había
traído el día del consuelo. Sus pensamientos, naturalmente, volaban
a los tendidos llanos de Castilla en busca de aquel joven digno de
más benigno destino, cuando de repente el galope de un caballo que
pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus meditaciones. Doña
Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero jinete y caballo
doblaban la esquina en busca de la puerta principal, y sólo pudo
percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria una figura
conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio, y las
pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera poco distante
del aposento. Al poco rato entró Martina precipitada, y con el
semblante de un difunto dijo, como sin saber lo que decía:
    </p>
    

    <p>
     -Señora, es Millán...
    </p>
    

    <p>
     La misma palidez de la criada se
difundió instantáneamente por las facciones de su ama que, sin
embargo, respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Ya sé lo que me trae; mi corazón me
lo acaba de decir; que entre al instante.
    </p>
    

    <p>
     La doncella salió y al poco rato entró
Millán por la puerta en que doña Beatriz tenía clavados los ojos
que parecían saltársele de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada,
se levantó, aunque con mucho trabajo y fue a ponerse al lado de su
hija, y Martina se quedó a la puerta enjugándose los ojos con una
punta de su delantal, mientras Millán se adelantaba con pasos
inciertos y turbados hasta ponerse delante de doña Beatriz. Allí
quiso hablar, pero se le anudó la voz en la garganta y así alargó
sin decir una palabra anillo y trenza. Toda explicación era inútil,
porque ambas prendas venían manchadas de sangre. Martina entonces
rompió en sollozos, y Millán tardó poco en acompañarla. Doña
Beatriz tenía fija la misma mirada desencajada y terrible en el
anillo y en la trenza, hasta que, por último, bajando los ojos y
exhalando un suspiro histérico, dijo con voz casi tranquila:
    </p>
    

    <p>
     -Dios me lo dio, Dios me lo quitó, sea
por siempre bendito.
    </p>
    

    <p>
     Doña Blanca entonces se colgó del
cuello de su hija y deshecha en lagrimas le decía:
    </p>
    

    <p>
     -No, hija querida, no manifiestes esa
tranquilidad que me asusta más que tu misma muerte. ¡Llora, llora
en los brazos de tu madre! ¡Grande es tu pérdida! ¡Mira, yo también
lloro, porque yo también le amaba! ¡Ay!, ¡quién no amaba aquel alma
divina encerrada en tan hermoso cuerpo!
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, tenéis razón exclamó ella
apartándola-; pero dejadme. ¿Y cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te
digo?
    </p>
    

    <p>
     -Murió desangrado en su cama,
abandonado de todos aun de mí -respondió el escudero con una voz
apenas articulada.
    </p>
    

    <p>
     Entonces fue cuando los miembros de
doña Beatriz comenzaron a temblar con una convulsión dolorosa que,
por último, la privó del sentido. Largo rato tardó en volver en sí,
pero los sacudimientos de su naturaleza, ya quebrantada por la
anterior enfermedad, fueron menos violentos. Por fin, cuando volvió
en sí, los muchos lamentos que su madre empleaba adrede para
excitar sus lágrimas, y sobre todo los consuelos religiosos del
abad de Carracedo que acababa de llegar, desataron el manantial de
su llanto. Esta crisis, sin embargo, no fue menos violenta que la
otra, porque eran tales su congoja y sus sollozos que muchas veces
creyeron que se ahogaba. En este fatal estado pasó la noche entera
y la mañana siguiente, hasta que por la tarde se levantó, por fin,
una voraz calentura. Comoquiera, a los pocos días sintió mejoría y
pudo ya levantarse. Su semblante, sin embargo, comenzó a perder su
frescura y a notarse en su mirada un no sé qué de encendido e
inquieto. Su carácter se hizo asimismo pensativo y recogido más que
nunca, su devoción tomó un giro más ardiente y apasionado, sus
palabras salían bañadas de un tono particular de unción y
melancolía y, aunque las escaseaba en gran manera, eran más dulces,
cariñosas y consoladoras que nunca. Jamás se oía en sus labios el
nombre de aquel amante adorado ni se quejaba de su desdicha; sólo
Martina creía percibirle entre sueños y en el movimiento de sus
labios cuando rezaba. Por lo demás, cuidaba y asistía a los
enfermos del pueblo con sin igual solicitud y esmero, hacía
limosnas continuas y su caridad era verdaderamente inagotable.
Finalmente, la aureola que le rodeaba a los ojos de aquellas gentes
sencillas pareció santificarse e iluminarse más vivamente, y su
hermosura misma, aunque ajada por la mano del dolor, parecía
desprenderse de sus atractivos terrenos para adornarse con galas
puramente místicas y espirituales.
    </p>
    

    <p>
     El conde de Lemus, con su natural
discreción y tino, se ausentó de Arganza en aquella época a
Galicia, donde le llamaban sus cábalas y manejos, y cuando volvió
al cabo de algún tiempo, su conducta fue más reservada,
circunspecta y decorosa que nunca.
    </p>
    

    <p>
     Cualquiera puede figurarse la acogida
triste y sentida que haría el anciano maestre al escudero de su
sobrino, portador de aquella dolorosísima nueva. Acababa de recibir
las terribles noticias de Francia tras de las cuales veía venir
irremediablemente la ruina de su gloriosa orden, cuando
introdujeron a Millán en su aposento. Este golpe acabó con su valor
porque, como noble, era amante de la gloria de su linaje extinguido
ya a la sazón por la muerte de aquel joven que sus manos y consejos
habían formado, hasta convertirle en un dechado de nobleza y en un
espejo de caballería. Aquel venerable viejo, encanecido en la
guerra, y famoso en la orden por su valor y austeridad, se abandonó
a los mismos extremos que pudiera una mujer, y sólo al cabo de un
largo rato y como avergonzado de su debilidad recobró su
superioridad sobre sí propio.
    </p>
    

    <p>
     Millán, continuando en su amarga
peregrinación, subió por fin al castillo de Cornatel y dio parte al
comendador Saldaña de lo ocurrido. El caballero recibió la noticia
con valor, pero sintió en su corazón una pena agudísima. Don Álvaro
era la única persona que había logrado insinuarse hacía mucho
tiempo en aquel corazón de todo punto ocupado por el celo de su
orden y los planes de su engrandecimiento. Descansaban, además, en
aquel mancebo bizarro y generoso gran número de sus más floridas
esperanzas, y tanto en su pecho como en su entendimiento dejaba un
grandísimo vacío. Quedáse pensativo por algún tiempo y, por fin,
como herido de una idea súbita, dijo a Millán:
    </p>
    

    <p>
     -¿No has traído el cuerpo de tu señor?
-Millán le contó entonces las razones y pretextos de don Juan de
Lara, a los cuales no hizo Saldaña sino mover la cabeza, y por
último dijo-: aquí hay algún misterio.
    </p>
    

    <p>
     El escudero, que atentamente le
escuchaba le dijo entonces:
    </p>
    

    <p>
     -Cómo, señor, ¿pensaríais que no fuese
cierto?
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo!, ¡cómo! -repuso el comendador,
recobrándose; y luego añadió con tristeza-: Y tan cierto como es,
¡pobre mozo!
    </p>
    

    <p>
     Millán, que había querido entreveer
una esperanza en las palabras del comendador, se convenció entonces
de su locura y despidiéndose del caballero se volvió a Bembibre. A
los pocos días hizo abrir judicialmente el testamento de su señor
en que se encontró heredado en pingues tierras, viñas y prados, y
asegurada su fortuna. El resto de sus bienes debía pasar a la orden
del Temple, después de infinitas mandas y limosnas.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001017">
    

    <head>
     Capítulo XVII
    </head>
    

    <p>
     Algunos meses se pasaron en este
estado, hasta que una mañana al volver de la capilla donde largo
tiempo habían estado orando, declaró doña Beatriz a su madre con
voz muy serena y entera su voluntad de tomar el velo de las esposas
del Señor en Villabuena:
    </p>
    

    <p>
     -Ya veis, madre mía -le dijo-, que no
es esto una determinación tomada en el arrebato de un justo dolor.
Adrede he dejado pasar tantos días, durante los cuales se ha
arraigado más y más en mi alma esta resolución, que por lo
invariable parece venida de otro mundo mejor, ajeno a las
vicisitudes y miserias del nuestro. La soledad del claustro es lo
único que podrá responder a la profunda soledad que rodea mi
corazón, y la inmensidad del amor divino lo único que puede llenar
el vacío incomensurable de mi alma.
    </p>
    

    <p>
     Doña Blanca se quedó como herida de un
rayo con una declaración que nunca había previsto, aunque no era
sino muy natural, y que así daba en tierra con todas las esperanzas
de su esposo y aun con las suyas propias. No obstante, disipado en
parte su asombro, tuvo fuerzas bastantes para responder:
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía, los días de mi vida están
contados, y no creo pienses en privarme de tus cuidados, único
bálsamo que los alarga. Después de mi muerte tú consultarás con tu
conciencia, y si tienes valor para acabar así con tu linaje, y
dejar morir en la soledad a tu anciano padre, el Señor te perdone y
bendiga como te perdono y bendigo yo.
    </p>
    

    <p>
     El alma de doña Beatriz, naturalmente
generosa y desprendida, y a fuer de tal tanto más inclinada al
sacrificio cuanto más doloroso se le presentaba, se conmovió
profundamente con estas palabras a un mismo tiempo cariñosas y
sentidas. No era fácil cambiar un propósito en tantas razones
fundado, pero la idea de los pesares de su madre, que en ningún
tiempo había tenido para ella sino consuelo y ternura, socavaba los
cimientos de su enérgica voluntad. Poco trabajo, de consiguiente,
costó a doña Blanca arrancarle la promesa de que nunca durante su
vida volvería a mentarle semejante resolución; no atreviéndose a
pedirle que desistiese de ella absolutamente, tanto porque fiaba
del tiempo y de sus esfuerzos sucesivos, cuanto porque bien se le
alcanzaban los miramientos y pulso que necesitaba el carácter de su
hija.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, a poco se había obligado
ésta, porque tan tasados estaban ciertamente los días de la enferma
y postrada doña Blanca, que inmediatamente cayó en cama,
convertidas sus habituales dolencias en una agudísima y ejecutiva.
La edad, su complexión no muy robusta, la pérdida de sus hijos y
sobre todo la enfermedad y pesares de doña Beatriz junto con la
incertidumbre fatal en que la tenía sumida su anunciada vocación,
habían concurrido a cortar los últimos hilos de su vida. La joven,
en el extravío de su dolor, no pudo menos de atribuirse gran parte
de la culpa de aquel desdichado suceso, y por primera vez comenzó a
atormentar su alma el torcedor del remordimiento. Hasta el dolor de
su padre parecía oprimirla con su peso; cargos desacertados sin
duda, pues el término de aquella vida estaba irrevocablemente
marcado, y sólo la exaltación de su sensibilidad podía pintarle
como reprensible una conducta tan desinteresada y amante como la
suya.
    </p>
    

    <p>
     Doña Blanca durante su enfermedad no
cesaba de dirigir a su hija miradas muy significativas y
penetrantes y de estrechar su mano. No parecía sino que, deseosa de
declararle su pensamiento, se contenía por no hacer más amarga la
hora de la separación, de suyo tan amarga y lastimosa. Por fin,
llegando el mal a su extremidad, el abad de Carracedo, que como
amigo y confesor de la familia no se había apartado de su cabecera,
le administró todos los auxilios y consuelos de la religión.
    </p>
    

    <p>
     Con ellos pareció cobrar ánimos la
enferma y salió, por fin, de la noche en que todos creyeron recoger
su postrer suspiro; pero su ansiedad parecía mayor. El alba de un
día lluvioso y triste comenzaba va a colorear los vidrios de
colores de las ventanas, cuando doña Blanca, asiendo la mano de su
hija, le dijo con voz apagada:
    </p>
    

    <p>
     -Hace muchos días que está pesando
sobre mí una idea de la cual podrías tú librarme, y darme una
muerte descansada y dulce.
    </p>
    

    <p>
     -¡Madre mía! -respondió con efusión
doña Beatriz-, mi vida, mi alma entera son vuestras. ¿Qué no haré
yo porque lleguéis al trono del Eterno contento de vuestra
hija?
    </p>
    

    <p>
     -Ya sabes -continuó la enferma- que
nunca he querido violentar tus inclinaciones... ¿cómo había de
intentarlo en esta hora suprema, en que la terrible eternidad me
abre sus puertas? Tu voluntad es libre, libre como la de los
pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos que llevo al
sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro
linaje...
    </p>
    

    <p>
     -Acabad, señora -contestó doña Beatriz
con dolorosa resignación-, que a todo estoy dispuesta.
    </p>
    

    <p>
     -Sí -respondió la madre, pero de tu
pleno y entero consentimiento... Sin embargo, si el noble conde de
Lemus no fuese ya tan desagradable a tus ojos, si hubiese desarmado
tu severidad, como ha desarmado la mía... El cielo sabe que mi fin
sería muy sosegado y dichoso.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz arrancó entonces un
doloroso suspiro de lo íntimo de sus entrañas y dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Venga el conde ahora mismo, y le
daré mi mano en el instante, delante de vos!
    </p>
    

    <p>
     -¡No, no! -exclamaron a un tiempo,
aunque con distintos acentos, la enferma y el abad de Carracedo que
estaba sentado al otro lado de la cama-. ¡Eso no puede ser!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz sosegó a entrambos con un
gesto lleno de dignidad y enseguida replicó con calma y
tranquilidad:
    </p>
    

    <p>
     -Así será, porque tal es la voluntad
de mis padres, en un tono acorde con la mía propia. ¿Dónde está el
conde?
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso hizo seña a un paje que
inmediatamente trajo al noble huésped. El abad, mientras tanto,
había estado hablando vivamente y con enérgicos ademanes al señor
de Arganza, y por los de éste se podía venir en conocimiento de que
se excusaba con el enardecido monje. El conde de Lemus se llegó
mesuradamente a la presencia de doña Beatriz y de su madre.
    </p>
    

    <p>
     -Una palabra, señor caballero -dijo la
joven, apartándole a un extremo del aposento donde habló con él un
breve instante, al cabo del cual el conde se inclinó profundamente
puesta la mano en el pecho, como en señal de asentimiento. Entonces
volvieron delante del lecho de doña Blanca, y la doncella,
dirigiéndose al abad, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué dudáis, padre mío?, mi voluntad
es invariable, y sólo nos falta que pronunciéis las sagradas
palabras.
    </p>
    

    <p>
     El abad oyendo esto, aunque con
repugnancia y con el corazón traspasado de amargura a vista de
aquel tremendo sacrificio, pronunció con voz ronca la fórmula del
sacramento y ambos esposos quedaron ligados con aquel tremendo
vínculo que sólo desata la mano de la muerte.
    </p>
    

    <p>
     Tales fueron las bodas de doña Beatriz
en que sirvió de altar un lecho mortuorio, y de antorchas nupciales
los blandones de los supulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella
misma tarde, de manera que las lágrimas, los lamentos y los
cánticos funerales venían a ser los himnos de regocijo de aquel
día. ¡Raro y discordante contraste en cualquier otra ocasión
semejante, consonancia íntima y perfecta de aquel desposorio, cuyos
frutos de amargura y desdicha debían de ser!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz en cuanto expiró su madre
se aferró a su cuerpo con tan estrecho y convulsivo abrazo, que
hubo necesidad de emplear la fuerza para separarla de aquel sitio
de dolor. El abad y don Alonso se quedaron solos por un momento
delante del cadáver todavía caliente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre y angelical señora!, tu ciega
solicitud y extremada ternura han labrado la desdicha de tu hija
única. ¡La paz sea sobre tus restos! Pero vos -añadió, volviéndose
al señor de Arganza con el ademán de un profeta-, ¡vos habéis
herido el árbol en la raíz! y sus ramas no abrigarán vuestra casa,
ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y
verdeguear en vuestros campos. La soledad os cercará en la hora de
la muerte, y los sueños que ahora os fascinan serán vuestro más
doloroso torcedor.
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto, se salió de la sala
dejando como aniquilado a don Alonso que cayó sobre un sitial,
hasta que el de Lemus, echándole de menos, vino a sacarle de su
abatimiento. Llevóselo enseguida y dos o tres doncellas y un
sacerdote entraron a velar el cadáver de aquella cuya grandeza y
riquezas cabían en la estrechez y miseria del sepulcro.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001018">
    

    <head>
     Capítulo XVIII
    </head>
    

    <p>
     Por tan extraños caminos el alma
generosa y esforzada de doña Beatriz vino a sucumbir bajo el peso
de su misma abnegación y a sacrificar el corto reposo que le
brindaba el porvenir a una expiación soñada. Con tan raro concierto
y eslabonamiento de circunstancias, a cual más desdichadas, uno por
uno se disiparon tantos sueños de ventura como habían mecido su
florida primavera, y al despertar se encontró la esposa de un
hombre cuya perversidad y vileza todavía estaban por manifestarse
en su infernal desnudez. Los días de su gloria habían pasado y la
corona se había caído de su cabeza, pero todavía le quedaba un
consuelo en medio de tantos males, y era la esperanza de bajar
temprano al sepulcro a reunirse con el verdadero esposo que había
elegido en su juventud y cuyos recuerdos por donde quiera la
acompañaban, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas
por el desierto en mitad de la noche. Nadie mejor que ella sabía
que las fuentes de la vida comenzaban a cegarse en su pecho con las
arenas de la soledad y del desconsuelo, y que aquel alma impetuosa
y ardiente, que sin cesar luchaba por romper su cárcel, acabaría no
muy tarde por levantar el vuelo desde ella. Sus noches desde la
enfermedad de Villabuena eran inquietas, y los sucesos posteriores
habían aumentado su ansiedad y desasosiego. La muerte de su madre
acababa de cerrar el círculo de soledad y desamparo en que empezaba
a verse aprisionada, y estremecida su complexión con tantos golpes
y trastornos, su respiración comenzaba a ser anhelosa; palpitaba a
veces con violencia su corazón y sólo un torrente de lágrimas podía
hacer cesar la opresión que sentía en aquellos momentos; otras
veces sentía correr un fuego abrasador por sus venas y latir con
violencia y por largo tiempo el pulso, exaltándose al propio tiempo
su imaginación, o cayendo en una especie de estupor que duraba a
menudo muchas horas. Aquel cuerpo noble y bien formado, dechado de
tantas gracias y cifra de tantas perfecciones, hacía tiempo que iba
perdiendo la morbidez de sus formas y las alegres tintas de la
salud. Las facciones se adelgazaban insensiblemente; el color
pálido de la cara se hacía más notable por el subido carmín que
coloreaba una pequeña parte de las mejillas; los ojos aumentaban en
aquella clase de brillantez que pinta, aun a los menos conocedores,
que padecen el cuerpo y el espíritu a un tiempo mismo; y a estas
señales físicas de un profundo padecimiento interior se agregaba
aquel paso rápido de la exaltación en las ideas y sentimientos, al
desaliento y la melancolía, que indica tan claramente la unión
íntima del cuerpo y del espíritu.
    </p>
    

    <p>
     El otoño había sucedido a las galas de
la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de
diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del
Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles, las
golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas, y
las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que
habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo
estaba cubierto de nubes pardas y delgadas por medio de las cuales
se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y
descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían
caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que
adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de
los peñascos y por la cresta de las montañas, figuraban otros
tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en
medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e
hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus
trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los
prados recién despojados de su yerba balando ronca y tristemente.
La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y
prepararse para los largos y oscuros lutos del invierno.
    </p>
    

    <p>
     Las tres de la tarde serían cuando en
uno de estos días dos caballeros armados de punta en blanco
descendían del puerto de Manzanal y entraban en la ribera frondosa
de Bembibre. Llevaban calada entrambos la celada y sólo les seguía
un escudero de facciones atezadas y cabello ensortijado. El uno de
ellos, que parecía el más joven, llevaba una armadura negra, el
escudo sin divisa y casco negro también coronado de un penacho muy
hermoso del mismo color, cuyas plumas tremolaban airosamente a
merced del viento. Mucho debía importarle que no le conociesen,
cuando bajo semejante disfraz se encubría. El otro, que por su
cuerpo ligeramente encorvado y por la menor soltura de sus
movimientos, parecía un poco más anciano, era sin duda un
templario, pues llevaba la cruz encarnada en el manto blanco y en
el escudo los dos caballeros montados en un mismo caballo, que eran
las armas de la orden. A bastante distancia de estos dos personajes
caminaban como hasta quince o veinte hombre de armas también con
las divisas del Temple.
    </p>
    

    <p>
     Era aquel día el que la Iglesia
destina para la conmemoración de los difuntos, y las campanas de
todos los pueblos llamaban a vísperas a sus moradores para orar por
las almas de los suyos. Las mujeres acudían a la iglesia cubiertas
con sus mantillas de bayeta negra, llevando cada una en su canasto
de mimbres la acostumbrada ofrenda del pan y las velas de cera
amarilla. Los hombres, envueltos en sendas y cumplidas capas,
acudían también silenciosos y graves a la religiosa ceremonia.
    </p>
    

    <p>
     Como en el Bierzo está y estuvo
siempre muy diseminada la población, la proximidad de las aldeas
hace que sus campanas se oigan distintamente de unas a otras. La
hora de la oración, que sorprende al cazador en algún pico elevado
y solitario, tiene un encanto y solemnidad indefinible, porque los
diversos sonidos, cercanos y vivos los unos, confusos y apagados
los otros, imperceptibles y vagos los más remotos, derramándose por
entre las sombras del crepúsculo y por el silencio de los valles,
recorren un diapasón infinito y melancólico y llenan el alma de
emociones desconocidas.
    </p>
    

    <p>
     Caminaban nuestros dos viajeros de día
muy claro y de consiguiente, carecía el paisaje y la música de las
campanas de aquel misterio que la proximidad de la noche comunica a
toda clase de escenas y sensaciones, pero según el profundo
silencio que guardaban, no parecía sino que aquellos lentos y
agudos tañidos, que semejantes a una sinfonía fúnebre y general por
la ruina del mundo, venían de todos los collados de las llanuras y
de los precipicios, embargaban profundamente su alma. ¿Quién sabe
de donde venían aquellos dos forasteros y si eran nativos de
aquella tierra? ¿Quién sabe si aquellas voces de metal, que ahora
sólo hablaban de la muerte, habían entonado un himno de alegría el
día de su nacimiento, les habían despertado en los días de fiesta
con sus repiques, y les traían entonces al pensamiento mil pasadas
historias y recuerdos? Tal vez eran estas las ideas que en ellos se
despertaban, pero no se las comunicaban uno a otro; y callados y
absortos en sus meditaciones caminaban a largo y tendido paso sin
reparar en las miradas de aquellos sencillos campesinos. Por fin,
doblaron la cuesta de Congosto y siguieron el camino del Bierzo
abajo.
    </p>
    

    <p>
     Aquella misma tarde doña Beatriz,
acompañada de todos sus criados y vasallos del pueblo de Arganza,
había acudido a las exequias comunes de la gran familia de Cristo,
y orado fervorosamente sobre la sepultura apenas cerrada de aquella
madre que tanto había querido, y quería aún. También había rogado
al Ser Supremo por el eterno descanso de aquel que la adoraba con
fe tan profunda y cuyos huesos descansaban en tierra extraña lejos
de los de sus padres y hermanos. En aquel día de común tristeza se
representaban como en un animado panorama las cortas alegrías de su
vida, las escenas de dolor que las habían seguido, el sepulcro que
había devorado silenciosamente sus esperanzas terrenas, y la
prisión de sus fatales lazos que sin cesar elevaban sus
pensamientos en alas de la religión hacia las regiones de lo
futuro. Con semejantes impresiones, su corazón se había oprimido
más que de costumbre, y acabados los oficios, había sentido la
necesidad de respirar el aire libre, necesidad que, por su
violencia, probaba muy bien el trastorno que su constitución iba
sufriendo. Echó, pues, con su fiel Martina por una calle de árboles
de las muchas que cruzaban el soto y huertas de la antigua y noble
casa, y fatigada de su corto paseo, sentóse al pie de un nogal
frondoso y acopado, por cuyo pie corría un arroyuelo manso y
limpio, con sus orillas coronadas de trébol y yerbabuena. Allí, con
el codo en las rodillas y la mejilla apoyada en la mano, seguían
sus ojos aquellas diáfanas aguas con el aire abatido y desmayado
que de continuo solía seguir a sus accesos más vivos. La fiel y
cariñosa doncella, única tal vez que conocía a fondo los pesares de
su señora y concebía serios temores sobre el fin de aquella fatal
melancolía, se había apartado un poco, acostumbrada a respetar
estos momentos de distracción y abandono que, en medio de la sorda
e interna agitación de doña Beatriz, podían pasar por un verdadero
descanso. La pobre muchacha no había querido separarse de su ama en
la hora de la amargura, porque habiéndose criado en la casa tenía
por ella toda la ternura de una hermana junto con el respeto y
sumisión completa, propios de su estado. Millán, establecido ya y
deseoso de coronar con el matrimonio sus sinceros amores, siempre
había encontrado aplazamientos y dificultades que si bien no eran
muy de su gusto, siempre encontraban, sin embargo, disculpa a sus
ojos, porque se hacía cargo de que si su amo viviese y hubiese
menester su ayuda o compañía, bien podían esperar todas las
Martinas del mundo hasta el día mismo del juicio. Sólo una cosa le
afligía, y era ver que el alegre y vivo natural de la aldeana se
había trocado un poco con tantos sustos y tristezas, y que las
rosas mismas de sus mejillas habían perdido sus vivos matices.
Comoquiera, todavía conservaba su gracia y donaire, y sobre todo
aquel excelente corazón con que de todos se daba a querer.
    </p>
    

    <p>
     «Por fin, hoy, decía para sí,
contemplando a su ama, estará un poco más a sus anchas la
pobrecilla, porque el viejo y el otro pájaro andan por las montañas
en no sé qué manejos. Dios me perdone, va es mi amo y me ha
regalado las arracadas y cadena que guardo en mi cofre, y sin
embargo, ni con esas me pasa de los dientes para adentro. Es verdad
que el que conoció a don Álvaro, por maldito que fuese su genio en
ocasiones, bien creerá que este señor, con todo su condado y su
fachenda, no le llega a la suela del zapato. Así me hubiera yo
casado con él, como volar. No sé que mal espíritu le metió a
nuestra santa ama semejante terquedad en la cabeza en la horade la
muerte. ¡Dios la tenga en su gloria!, pero lo que es el amo que no
se moría y tenía el uso cabal de sus sentidos y potencias, no sé yo
que bien le salgan sus soberbias y fantasías. Bien oí yo lo que le
dijo el abad de Carracedo, que, por cierto, no ha vuelto a poner
aquí los pies desde entonces. En verdad, en verdad, que muchas
veces he pensado en aquellas palabras, y que cuando veo cómo pasa
las noches en claro mi señora y las congojas que le dan, no sé qué
me da a mí también el corazón. ¡Válgame Dios, y tan contentos como
hubiéramos podido estar todos! No se lo demanden a quien tiene la
culpa en el día del juicio.»
    </p>
    

    <p>
     Aquí llegaba la buena Martina en sus
reflexiones, cuando sintiendo pasos detrás de sí volvió la cabeza y
vio la abultada persona de Mendo que, echando los bofes por andar
de prisa, venía hacia ella con toda la idea de una novedad muy
grande pintada en su espacioso y saludable semblante.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ocurre, Mendo? -preguntó la
muchacha, que nunca desaprovechaba la ocasión de dispararle alguna
pulla-; ¿qué traéis con esa cara de palomino asustado, que no
parece sino que veis la mala visión de siempre?
    </p>
    

    <p>
     Esta alusión a la inquietud y comezón
que le causaban las visitas un poco frecuentes de Millán, no fue
muy del agrado del buen palafrenero, que de seguro hubiera
respondido si se le hubiera ocurrido algo de pronto, pero como no
era la prontitud del ingenio la cualidad que más campaba en él, y
como, por otra parte, el recado que traía era urgente, se contentó
con responder:
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a la visión, puede que la
espante yo haciéndole la señal de la cruz en los lomos; pero no es
ese el caso. Has de saber que al meter yo el caballo Reduán por la
reja del cercado, de repente se me acercaron dos caballeros, el uno
de esos nigrománticos de templarios y el otro no, y preguntándome
por doña Beatriz, dijeron que querían hablarla dos palabras. Por
cierto, que el caballo del uno me parece que le conozco.
    </p>
    

    <p>
     -Más valía que conocieses al jinete;
dime, ¿qué señas tiene?
    </p>
    

    <p>
     -Ambos traen baja la visera, y el que
no es templario, viene con armas negras, que parece el mismo
enemigo malo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sabes, hombre, que me da en qué
pensar la tal visita, y no sé si decírselo al ama?
    </p>
    

    <p>
     -Decírselo, eso sí, porque yo tengo
que volver con el recado, y aunque ellos me lo dijeron con mucha
aquella y buen modo, si no les llevo la respuesta... Dios sabe lo
que vendrá, porque ni uno ni otro me han dado buena espina.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, que había oído las
últimas palabras de la conversación, les ahorró sus dudas y
escrúpulos preguntándoles de qué se trataba, a lo cual Mendo
repuso, contestando palabra por palabra, como a Martina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un caballero del Temple! -dijo ella
como hablando entre sí-. ¡Ah! tal vez querrán proponer a mi padre o
al conde algún partido honroso para la guerra que amenaza, y me
elegirán a mí por medianera. Que vengan al punto -dijo a Mendo-.
¡También la hora de la desgracia ha llegado para esta noble orden!
¡Quiera Dios que no sea el maestre!
    </p>
    

    <p>
     -Pero, señora, ¿aquí en este sitio y
sola los queréis recibir?
    </p>
    

    <p>
     -Necio eres, Mendo -repuso doña
Beatriz-, ¿qué temores puede causar a una dama la presencia de dos
caballeros? Anda y que no tengan motivo para quejarse de nuestra
cortesía.
    </p>
    

    <p>
     «El diablo es esta nuestra ama, iba
diciendo entre dientes el caballerizo, ¡ella no tiene miedo ni
aunque sea a un vestiglo! ¡Cuidado con fiarse de los templarios que
son unos brujos declarados y serán capaces de convertirla en rata!
No, pues yo en cuanto les dé el recado, por sí o por no voy a
avisar a la gente de casa por lo que pueda suceder.»
    </p>
    

    <p>
     Los encubiertos caballeros en cuanto
recibieron el permiso se entraron a caballo en el cercado y se
encaminaron por las señas que les dio el palafrenero hacia donde
quedaba su señora.
    </p>
    

    <p>
     «Pues, dijo éste, poco satisfecho de
semejante llaneza; ¡como si fuera por su casa se meten! No, pues
como se salgan un punto de lo regular, yo les prometo que les pese
de la burla.» Y diciendo esto se encaminó a la casa.
    </p>
    

    <p>
     Echaron pie a tierra los desconocidos
poco antes de llegar a doña Beatriz, y el caballero de las armas
negras, con un paso no muy, seguro, se fue acercando a ella seguido
del templario. La señora, con ojos espantados y clavados en él,
seguía con ademán atónito todos sus movimientos, como colgada de un
suceso extraordinario y sobrenatural. Si el sepulcro rompiese
alguna vez sus cadenas, sin duda creería que la sombra de don
Álvaro era lo que así se le aparecía. El caballero se alzó
lentamente la celada y dijo con una voz sepulcral:
    </p>
    

    <p>
     -¡Soy, yo, doña Beatriz!
    </p>
    

    <p>
     Martina dio entonces un tremendo grito
y cayó al suelo sin fuerzas, cerrando los ojos por no ver el
espectro de don Álvaro, pues por tal le descubrían la palidez de
sus facciones y su voz trémula y hueca. Su ama, al contrario,
aunque sujeta a la misma engañosa ilusión, lejos de temer la imagen
de su amante, se arrojó hacia ella con los brazos abiertos temiendo
que entre ellos se le deshiciese, y exclamando con un acento que
salía de lo más hondo del corazón:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿eres tú, sombra querida, eres
tú? ¿Quién te envía otra vez a este valle de lágrimas y delitos que
no te merecía? Mis ojos desde tu muerte no han hecho más que seguir
el rastro de luz que tu alma dejó en los aires al encumbrarse al
empíreo, no he abrigado más deseo sino el de juntarme contigo.
    </p>
    

    <p>
     -Temed, doña Beatriz -repuso el
caballero (porque como presumirán nuestros lectores menos
preocupados que aquella desventurada mujer, él mismo y no su
espíritu era el que se aparecía)-, porque todavía no sé si debo
bendecir o maldecir este instante que nos reúne.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -replicó doña Beatriz sin poner
atención en lo que le decía, y palpando sus manos y sus armados
brazos-, ¿pero eres tú?, ¿pero estás vivo?
    </p>
    

    <p>
     -Vivo, sí -respondió él-, aunque bien
puede decirse que acabo de salir de la huesa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Justicia divina! -exclamó ella con
el acento de la desesperación, cuando ya no le cupo ninguna duda-;
¡es él, el mismo! ¡Miserable de mí! ¿Qué es lo que he hecho?
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto, se retiró unos cuantos
pasos hasta apoyarse en el tronco de un árbol, retorciéndose los
brazos.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro echó una ojeada al
templario que también había levantado su visera y no era otro sino
el comendador Saldaña, el que parecía pedirle perdón. Enseguida se
acercó a doña Beatriz y le dijo con un acento al parecer respetuoso
y sosegado, pero en realidad iracundo y fiero.
    </p>
    

    <p>
     -Señora, el comendador que veis ahí
presente me ha asegurado que sois la esposa del conde de Lemus, y
aun cuando no ha mucho que le debí la libertad y la vida, y sus
años le aseguran el respeto de todos, no sé en qué estuvo que no le
arrancase la lengua con que me lo dijo y el corazón por las
espaldas. Voy viendo que no mintió, pero aún me quedan tantas dudas
que si vos no me las desvanecéis, nunca llegaré a creerlo.
    </p>
    

    <p>
     -Cuanto os ha dicho es la pura verdad
-respondió doña Beatriz-; id con Dios, y abreviad esta conversación
que sin duda será la postrera.
    </p>
    

    <p>
     -La postrera será sin duda alguna
-repuso él con el mismo acento-, pero fuerza será que me oigáis.
¿Que es verdad decís? Lo siento por vos más que por mí, porque
habéis caído de un modo lamentable, y me habéis engañado ruin y
bajamente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¡no! exclamó doña Beatriz
juntando las manos-, nunca...
    </p>
    

    <p>
     -Escuchadme todavía -dijo don Álvaro
interrumpiéndola con un gesto duro e imperioso-. Vos no sabéis
todavía hasta dónde ha llegado el amor que os he tenido. Yo no
había conocido familia ni más padre que mi buen tío, y vos lo erais
todo para mí en la tierra, y en vos se posaban todas mis esperanzas
a la manera que las águilas cansadas de volar se posan en las
torres de los templos. ¡Ah!, templo, y muy santo, era para mí
vuestra alma, y cuando la dicha me abrió sus puertas, procuré
despojarme antes de entrar en él de todas las fragilidades y
pobrezas humanas. Con vos mi vida cambió enteramente; los arrebatos
de la imaginación, las ilusiones del deseo, los sueños de gloria,
los instintos del valor, todo tenía un blanco, porque todo iba a
parar a vos. Mis pensamientos se purificaban con vuestra memoria;
en todas partes veía vuestra imagen como un reflejo de la de Dios,
procuraba ennoblecerme a mis propios ojos para realzarme a los
vuestros, y os adoraba, en fin, como pudiera haber adorado un ángel
caído que pensase subir otra vez al cielo por la escala mística del
amor. Tenía por divina la fortuna de encontrar gracia en vuestros
ojos, e imaginándoos una criatura más perfecta que las de la
tierra, sin cesar trabajaba mi espíritu para asemejarme a vos.
Saben los cielos, sin embargo, que una sola sonrisa vuestra, la
ventura de llegar mis labios a vuestra mano eran galardón sobrado
de todos mis afanes.
    </p>
    

    <p>
     La voz varonil de don Álvaro,
destemplada en un principio por la cólera, a despecho de sus
esfuerzos, se había ido enterneciendo poco a poco hasta que, por
último, se asemejaba al arrullo de una tórtola. Doña Beatriz,
dominada desde el principio por una profunda emoción, había estado
con los ojos bajos, hasta que, al fin, dos hilos copiosos de
lágrimas comenzaron a correr por su semblante marchito ya, pero
siempre hermoso. Al escuchar las últimas palabras de don Álvaro se
redobló su pena, y dirigiéndole una tristísima mirada le dijo con
voz interrumpida por los sollozos:
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡Hubiéramos
sido demasiado felices! No cabía tanta ventura en este angosto
valle de lágrimas.
    </p>
    

    <p>
     -Ni en vos cabía la sublimidad de que
en mi ilusión os adornaba -respondió el sentido caballero-. ¿Os
acordáis de la noche de Carracedo?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, me acuerdo -respondió ella.
    </p>
    

    <p>
     -¿Os acordáis de vuestra promesa?
    </p>
    

    <p>
     -Presente está en mi memoria, como si
acabase de salir de mis labios.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, aquí me tenéis, que vengo
a reclamar vuestra palabra, porque aún no se ha pasado un año; y a
pediros cuenta del amor que en vos puse y de mi confianza sin
límites. ¿Qué habéis hecho de vuestra fe? ¿No me respondéis y
bajáis los ojos? Respondedme..., ved que soy yo quien os pregunta;
ved que os lo mando en nombre de mis esperanzas destruidas, ¡de mi
desdicha presente y de la soledad y la amargura que habéis
amontonado en mi porvenir!
    </p>
    

    <p>
     -Todo está por demás entre nosotros
-replicó ella-. El comendador os ha dicho la verdad; soy la esposa
del conde de Lemus.
    </p>
    

    <p>
     -Beatriz -exclamó el caballero-, por
vos, por mí mismo, explicaos. En esto hay algún misterio infernal,
sin duda alguna. ¡Mirad, yo no quisiera despreciaros!, yo quiero
que os disculpéis, que os justifiquéis; ya que os pierdo, no
quisiera maldecir vuestra memoria. Decidme que os arrastraron al
altar, decidme que os amedrentaron con la muerte, que perturbaron
vuestra razón con maquinaciones infernales; decidme, en fin, algo
que os restituya la luz que veo en vos oscurecida y que ha llenado
mi pecho de hiel y de tinieblas.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz volvía a su silencio,
cuando Martina, recobrada ya de su susto y viendo que era el señor
de Bembibre, no un espíritu sino en cuerpo y alma el que tenía
delante, no pudo menos de responder por su ama:
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señor, sí que la violentó su
madre, y del peor modo posible, porque ella quiso, desde luego,
irse al convento y esperaros allí, aunque todos decían que estabais
en el otro mundo y enseguida quedarse monja tan profesa como la
abadesa su tía. Por más señas que...
    </p>
    

    <p>
     -Silencio, Martina -replicó su señora
con energía-, y vos, don Álvaro, nada creáis, porque he dispuesto
de mi mano libre y voluntariamente delante del abad de Carracedo,
que me dio la bendición nupcial. Ya veis, pues, que ninguna
violencia pudo haber.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conque, según eso, vos sola os
habéis apartado del camino de la verdad? Por vos lo siento. Otra
vez vuelvo a decíroslo, porque envilecéis mi amor que era la llama
más pura de mi vida. ¡Quién me dijera algún día que os había de
tener por más vil y despreciable que el polvo de los caminos!
    </p>
    

    <p>
     -¡Don Álvaro! -le interrumpió el
templario-; ¿cómo os olvidáis así de vos mismo y ultrajáis a una
dama?
    </p>
    

    <p>
     -Dejadle, noble anciano -repuso doña
Beatriz-; razón tiene para enojarse y aun para maldecir el día en
que me vio por vez primera. Don Álvaro -prosiguió dirigiéndose a
él-; Dios juzgará en su día entre los dos, porque él es el único
que tiene la llave de mi pecho, y a sus ojos no más están patentes
sus arcanos. Sólo os ruego que me perdonéis, porque mi vida, sin
duda, será breve, y no quisiera morir con el peso de vuestro odio
encima de mi corazón. Adiós, pues; idos pronto, porque vuestra vida
y tal vez mi honra están peligrando en este punto en que nos
despedimos para siempre, y en que de nuevo os ruego que me
perdonéis, y os olvidéis de quien tan mal premio supo dar a vuestra
acendrada hidalguía.
    </p>
    

    <p>
     Estas palabras pronunciadas con tanta
modestia y dulzura, pero en que vibraba una entonación particular,
parecían revelar a don Álvaro en medio de su pesadumbre y su cólera
el inmenso sacrificio que aquella dulce y celestial criatura se
imponía. El metal de su voz tenía a un mismo tiempo algo de sonoro
y desmayado, como si su música fuese un eco del alma que en vano se
esforzaban por repetir en toda su pureza los órganos ya cansados.
Don Álvaro notó también el estrago que los sinsabores y los males
habían hecho en aquel semblante modelo de gracia noble y a la par
lozana y florida. Su ira y despecho se trocó de nuevo en un
enternecimiento involuntario, y acercándose más a ella, con toda la
efusión de su corazón, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Beatriz, por Dios santo, por cuanto
pueda ser de algún precio para vos en esta vida o en la otra,
descifradme este lúgubre enigma que me oprime y embarga como un
manto de hielo. Disipad mis dudas...
    </p>
    

    <p>
     -¿Os parece -le contestó ella
interrumpiéndole con el mismo tono patético y grave que hemos
bebido poco del cáliz de aflición, que tan hidrópica sed os aqueja
de nuevos pesares?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay, señora de mi alma! -exclamó
Martina acongojada-, ¿qué es lo que veo por la calle grande de
árboles? ¡Desdichadas de nosotras!, ¡es mi señor y el conde y todos
los criados de la casa! ¿Qué va a suceder, Dios mío?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz entonces pasó de su
resignada calma a la más tremenda agitación, y agarrando a don
Álvaro por el brazo con una mano y señalándole con la otra un
sendero encubierto entre los árboles, le decía con los ojos
desencajados y con una voz ronca y atropellada:
    </p>
    

    <p>
     -¡Por aquí!, ¡por aquí, desventurado!
Este sendero conduce a la reja del cercado y llegaréis antes que
ellos. ¡Oh, Dios mío!, ¿para esto lo habéis traído otra vez delante
de mis ojos?... ¿Pero qué hacéis? ¡Mirad que vienen!...
    </p>
    

    <p>
     -Dejadlos que vengan -dijo don Álvaro,
cuyos ojos al sólo nombre del conde habían brillado con singular
expresión.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cielo Santo!, ¿estáis en vos? ¿No
veis que estáis solos y ellos son muchos y vienen armados? ¡Oh, no
os sonriáis desdeñosamente!; ¡yo soy una pobre mujer que no sé lo
que me digo! Bien sé que vuestro valor triunfará de todo, ¡pero
pensad en mi honra que vais a arrastrar por el suelo y no me
sacrifiquéis a vuestro orgullo! ¡Ah!, ¡por Dios, noble comendador,
lleváosle, lleváosle, porque le matarán y yo quedaré
amancillada!
    </p>
    

    <p>
     -Sosegaos, señora -contestó el
anciano-, la fuga nos deshonraría mucho más a todos, y en cuanto a
vuestra honra, nadie durará de ella cuando ponga por garante estas
canas.
    </p>
    

    <p>
     El ruido se oía más cerca, y las
muchas voces y acalorada conversación parecían indicar alguna
resolución enérgica y decidida.
    </p>
    

    <p>
     -Bien veis que ya es tarde -dijo
entonces don Álvaro-, pero sosegaos -añadió con sonrisa irónica-,
que no es este el lugar y mucho menos la ocasión de la sangre.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, viendo la inutilidad de
sus esfuerzos, rendida y sin ánimo, se había dejado caer al pie del
nogal que sombreaba el arroyo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001019">
    

    <head>
     Capítulo XIX
    </head>
    

    <p>
     Como presumirán nuestros lectores, el
necio apuro del caballerizo era la causa de este desagradable
accidente, pues en cuanto se despidió de los forasteros, echó a
correr a la casa, esparciendo una alarma que ninguna clase de
fundamento tenía. Por casualidad, el conde y su suegro, a quienes
no se esperaba aquel día, habían dado la vuelta impensadamente y
encontrando sus gentes un poco azoradas y en disposición de acudir
al soñado riesgo de su señora, se encaminaron allá con ellos, un
poco recelosos por su parte, pues la guerra implacable y poco
generosa que hacían a los templarios en la opinión, y los
preparativos de todo género en que no cesaban un punto, les daban a
temer cualquier venganza o represalias.
    </p>
    

    <p>
     Cuando don Álvaro y el comendador
sintieron ya cerca el tropel, como de común acuerdo se calaron la
celada, y como dos estatuas de bronce aguardaron la llegada. El
primero que asomó su ancha carota y su cuerpo de costal fue el buen
Mendo que, muy pagado de su papel, no quería ceder a nadie la
delantera. Venía todo sofocado y sin aliento, y sudando por cada
pelo una gota.
    </p>
    

    <p>
     -¡Martina! ¡Martina! -dijo en cuanto
llegó-; ¿y el ama qué han hecho de ella?...
    </p>
    

    <p>
     La muchacha le señaló a doña Beatriz
con el dedo y le dijo en voz baja con cólera:
    </p>
    

    <p>
     -¡Desgraciado y necio de ti!, ¿qué es
lo que has hecho?
    </p>
    

    <p>
     En tanto llegaron todos, y mientras
don Alonso y su yerno se encaraban con los forasteros, sus criados
se fueron extendiendo en corro alrededor de ellos, contenidos y
enfrentados por su actitud imponente y reposada. Adelantóse el
conde entonces con su altanera cortesía, y dirigiéndose al de las
armas negras, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Me perdonaréis, caballero, que os
pregunte el motivo de tan extraña visita y os ruegue que me
descubráis vuestro nombre y semblante?
    </p>
    

    <p>
     -Soy -respondió él levantando la
visera- don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, y venía a reclamar a
doña Beatriz Ossorio el cumplimiento de una palabra ya hace algún
tiempo empeñada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Don Álvaro! -exclamaron a un tiempo
los dos, aunque con distinto acento y expresión, porque la
exclamación del de Arganza revelaba el candor y la sinceridad de su
asombro, al paso que la del conde manifestaba a un tiempo despecho,
asombro, vergüenza y humillación. Había dado dos pasos atrás, y
desconcertado y trémulo añadió-: ¡Vos aquí!
    </p>
    

    <p>
     -¿Os sobrecoge mi venida? -contestó
don Álvaro con sarcasmo-, no me maravilla, a fe; vos contabais con
que la muerte, o la vejez por lo menos, me cogiese en el calabozo
que me dispuso vuestra solicitud y la de vuestro amigo el generoso
infante don Juan, ¿no es verdad?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, don Juan Núñez! -murmuró el
conde en voz baja, víctima todavía de su sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Todavía os quejáis de él?-contestó
don Álvaro con el mismo tono irónico-. Ingrato sois, por vida mía,
porque en los seis meses que ha durado mi sepultura, me han dicho
que habíais alcanzado el logro de vuestros afanes y casádoos con
doña Beatriz; de manera que siendo ya tan poderoso, y destruidos
los templarios, casi podíais coronaros por rey de Galicia. Sin
embargo, si he llegado antes de tiempo y en ello os doy pesar, me
volveré a mi deleitoso palacio hasta que para salir me vaya orden
vuestra. ¿Qué no haré yo por grangearme la voluntad de un caballero
tan cumplido con los caídos, tan generoso con los fuertes, tan
franco y tan leal?
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso y su hija, como si
asistiesen a un espectáculo del otro mundo, estaban escuchando
mudos y turbados estas palabras con que comenzaban a distinguir el
cúmulo de horrores y perfidias que formaban el nudo de aquel
lamentable drama. Por fin, don Alonso, dando treguas al tumulto de
sensaciones que se levantaba en su pecho, dijo al conde:
    </p>
    

    <p>
     -¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro?
Porque no os habéis asustado al verle, sino de verle aquí; ¿es
cierto que yo, mi hija, y todos nosotros somos juguetes de una
trama infernal?
    </p>
    

    <p>
     El conde irritado ya con la ironía de
don Álvaro, sintió renacer su orgullo y altanería, viéndose de esta
suerte interrogado:
    </p>
    

    <p>
     -De mis acciones a nadie tengo que
responder en este mundo -contestó con ceño el señor de Arganza-. En
cuanto a vos, señor de Bembibre, declaro que mentís como villano y
mal nacido que sois. ¿Quién sale garante de vuestras mal urdidas
calumnias?
    </p>
    

    <p>
     -En este sitio yo -respondió el
comendador descubriendo su venerable y arrugado rostro-; en
Castilla don Juan de Lara, y en todas partes y delante de los
tribunales del rey estos papeles -añadió, mostrando unos que se
encerraban en una cartera.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, traidor! -exclamó el conde
desenvainando la espada y yéndose para don Álvaro-; aquí mismo voy
a lavar mi afrenta con tu sangre. Defiéndete.
    </p>
    

    <p>
     -Deteneos, conde -le replicó don
Alonso metiéndose por medio-, estos caballeros están en mi casa y
bajo el fuero de la hospitalidad. Además, no es esta injuria que se
lave con un reto oscuro, sino que debéis pedir campo al rey en
presencia de todos los ricos hombres de Castilla y limpiar vuestra
honra harto oscurecida, por desgracia.
    </p>
    

    <p>
     -Debéis pensar también -replicó
gravemente don Álvaro- que el presente es caso de menos valer, y
que habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero,
ni sois ya mi igual ni puedo medirme con vos.
    </p>
    

    <p>
     -Esta bien -replicó el conde, conozco
vuestro ardid, pero eso no os valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos!
-continuó, volviéndose al grupo-, atadme al punto a esos embaidores
como rebeldes y traidores al rey don Fernando de Castilla; señor de
Bembibre, comendador Saldaña, presos sois en nombre de su
autoridad.
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno de los míos se mueva -repuso
don Alonso-, o le mandaré ahorcar del árbol más alto del soto.
    </p>
    

    <p>
     Pero era el caso que entre todos los
circunstantes solo tres o cuatro eran criados del señor de Arganza;
los demás pertenecían a la hueste del conde, y avezados a cumplir
puntualmente toda clase de órdenes, se preparaban a obedecer
también la que ahora recibían. Aunque no pasaban de una docena,
parecían gente resuelta y estaban medianamente armados, de manera
que, guiados y acaudillados por una persona de valor como su señor,
no era difícil que diesen en tierra con dos solos caballeros,
anciano el uno, y el otro, aunque joven, escaso de fuerzas a juzgar
por su semblante. Estaban, además, en medio de un coto cercado de
paredes y a pie, con lo cual toda huida parecía imposible, pero no
por eso se mostraban dispuestos a rendirse, sino a emprender una
vigorosa defensa. Don Alonso, viendo la inutilidad de sus
protestas, se había puesto al lado de los recién venidos con ánimo
al parecer de ayudarles, pero desarmado como estaba fácil hubiera
sido a las gentes de su yerno apartarlo a viva fuerza del lugar del
combate.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz entonces se levantó, y
poniéndose por medio de los encarnizados enemigos, dijo al conde
con tranquila severidad:
    </p>
    

    <p>
     -Esos caballeros son iguales a vos y
ninguna autoridad podéis ejercer sobre ellos. Además, las leyes de
la caballería prohíben hacer uso de la fuerza entre personas cuyos
agravios tienen a Dios y a los hombres por jueces. Sed noble y
confesad que un arrebato de cólera os ha sacado del camino de la
cortesía.
    </p>
    

    <p>
     -El rey ha mandado prender a todos los
caballeros del Temple y a cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer
de vasallo, sólo estoy obligado a obedecerle.
    </p>
    

    <p>
     -Como obedecisteis a su noble madre
cuando el asunto de Monforte -exclamó el templario con
amargura.
    </p>
    

    <p>
     -Además, señora -prosiguió el conde
como si no hubiese sentido el tiro-; sin duda se os olvida que no
estáis en vuestro lugar rogando por vuestro amante, con quien os
encuentro sola y en sitios desusados.
    </p>
    

    <p>
     -No es a mí a quien deshonran esas
sospechas -respondió ella con dulzura-, porque sabe el cielo que ni
con el pensamiento os he ofendido, sino al pecho ruin que las da
calor y origen. De todas maneras, os perdono, sólo con que no
hostiguéis a esos nobles caballeros.
    </p>
    

    <p>
     -No os dé pena de nosotros, generosa
doña Beatriz -respondió el comendador-; este debate se acabará sin
sangre, y nosotros seremos los dueños de ese ruin y mal
caballero.
    </p>
    

    <p>
     Al acabar estas palabras hizo una
señal al paje o esclavo que le acompañaba, y él, asiendo un cuerno
de caza que a la espalda traía pendiente de una bordada bandolera,
lo aplicó a los labios y sacó de él tres puntos agudos y sonoros
que retumbaron a lo lejos. Al instante mismo, y semejante a un
cercano temblor de tierra, se oyó el galope desbocado de varios
caballos de guerra, y no tardó en aparecer la guardia que vimos
atravesar la ribera de Bembibre detrás de nuestros caballeros.
Habíanse quedado cubiertos con unos árboles y setos cerca de la
reja del cercado, con orden de impedir que la cerrasen y de acudir
a la primera señal. Mendo, en medio de su prisa, no pensó en
atajarles la entrada y, por consiguiente, ninguno de los
circunstantes podía prever semejante suceso. Los hombres de armas
del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus
enemigos y montados además en arrogantes caballos, se mostraron a
los ojos de aquellas gentes tan de súbito que no se les figuró sino
que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la
tierra los había vomitado, y una legión de espíritus malignos venía
detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque
con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción;
en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le
amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que
acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la
fuga. Quedáse, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos,
como si los papeles estuviesen trocados.
    </p>
    

    <p>
     -Y ahora, don villano -le dijo Saldaña
con ira-, ¿qué merced esperáis de nosotros, si no es que con una
cuerda bien recia os ahorquemos de una escarpia del castillo de
Ponferrada, para que aprendan los que os asemejan a respetar las
leyes de la caballería?
    </p>
    

    <p>
     -Eso hubiera hecho yo con vosotros de
haberos tenido entre mis manos -respondió él, con frialdad-; no me
quejaré de que me paguéis en mi moneda.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra moneda no pasa entre los
nobles; id en paz, que en algo nos habemos de diferenciar -dijo don
Álvaro-; pero tened entendido que si como caballero y señor
independiente no he aceptado vuestro reto, me encontraréis en la
demanda del Temple, porque desde mañana seré templario.
    </p>
    

    <p>
     Un relámpago de feroz alegría brilló
en las siniestras facciones del conde, que respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Allí nos encontraremos, y vive Dios
que no os escaparéis de entre mis garras como os escapáis ahora, y
que los candados que os echaré no se abrirán tan pronto como los de
Tordehumos y su traidor castellano.
    </p>
    

    <p>
     Con estas palabras se alejó
dirigiéndoles una mirada de despecho y sin encontrar con las de su
suegro, ni su esposa, que no fue poca fortuna, porque sin duda
aquel alma vil se hubiera gozado en la especie de estupor que le
causó la terrible declaración de don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es un sueño lo que acabo de
escuchar? -repuso la desdichada mirándole con ojos extraviados y
con el color de la muerte en las mejillas-. ¿Vos?, ¿vos
templario?
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso dudáis? -contestó él-. ¿No os lo
había dicho vuestro corazón?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿y vuestra noble casa -repuso
doña Beatriz-, vuestro linaje esclarecido que en vos se
extingue?
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no habéis visto extinguirse otras
cosas aún más nobles, más esclarecidas y más santas? ¿No habéis
visto la estatua de la fe volcada de su pedestal, apagarse las
estrellas y caer despeñadas del cielo, y quedarse el universo en
medio de una noche profunda? Tal vez vuestros ojos no hayan sido
testigos de estas escenas, pero yo las he presenciado con los de mi
alma y no las puedo apartar de ellos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!, sí -replicó doña Beatriz-,
despreciadme, escarnecerme, decid que os he engañado traidoramente,
arrastradme por el suelo, pero no toméis el hábito del Temple.
¿Sabéis vos las tragedias de Francia? ¿Sabéis el odio que se ha
encendido contra ellos en toda la cristiandad?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué queréis? Eso, cabalmente, me ha
determinado a seguir su bandera. ¿Pensáis que soy yo de los que
abandonan a los desgraciados?
    </p>
    

    <p>
     -¡Está bien, heridme, heridme en el
corazón con los filos de vuestras palabras; yo no me defenderé;
pero sed hombre, luchad con vuestro dolor y no estanquéis la sangre
ilustre que corre por vuestras venas!
    </p>
    

    <p>
     -Os cansáis en vano, señora; tengo
empeñada mi palabra al comendador.
    </p>
    

    <p>
     -Verdad es -repuso el anciano
conmovido-, pero recordad que yo no la acepté, porque la disteis en
un arrebato de dolor.
    </p>
    

    <p>
     -Pues ahora la ratifico. ¿Qué poder
tienen para apartarme de mi propósito tan especiosos argumentos, ni
qué interés puede tomarse en mi destino la poderosa condesa de
Lemus?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, abrumada por tan
terribles golpes, no respondió ya sino con sordos y ahogados
gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado se movía al impulso de
encontradas pasiones como el mar al soplo de contrarios vientos,
exclamó entonces fuera de sí con la expresión del dolor más
profundo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Beatriz! ¡Beatriz! ¡Justificaos,
decidme que no me habéis vendido; mi corazón me está gritando que
no habéis menester mi perdón! Corred ese velo que os presenta a mis
ojos con las tintas de la maldad y la bajeza.
    </p>
    

    <p>
     Adelantóse entonces el señor de
Arganza con continente grave y dolorido y preguntó a don
Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -¿No sabéis nada de las circunstancias
que acompañaron las bodas de mi hija?
    </p>
    

    <p>
     -No, a fe de caballero -respondió
él.
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso se volvió entonces a su
hija y mirándole con una mezcla inexplicable de tristeza y de
ternura, dijo a don Álvaro:
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo vais a saber.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!, ¡no, padre mío!, ¡dejadme con
sus juicios temerarios; tal vez se curen con el cauterio del
orgullo las llagas de su alma; pensad que vais a hacerle más
infeliz!
    </p>
    

    <p>
     -¡El orgullo, doña Beatriz! -replicó
el contristado caballero-; mi orgullo erais vos y mi humillación
vuestra caída.
    </p>
    

    <p>
     -No, hija mía -repuso don Alonso-,
bien me lo predijo el santo abad de Carracedo, pero la venda no
había caído hasta hoy de mis ojos. ¿Qué importa que me cubras con
el manto de tu piedad, si no has de acallar por eso la voz de mi
conciencia?
    </p>
    

    <p>
     Entonces contó por menor a don Álvaro,
y pintándose con negros colores, todas las circunstancias del
sacrificio de doña Beatriz y las amenazas del abad de Carracedo que
tan tristemente comenzaban a cumplirse aquel día. La conducta del
anciano había sido realmente culpable, pero el oro, la gloria y el
poder del mundo juntos no le hubieran movido a entregar su hija
única en los brazos de un hombre tan manchado. El noble proceder de
la joven, su desinterés en cargar con tan grave culpa como la que
su amante le imputaba sólo para que más fácilmente pudiera
consolarse de la pérdida de su amor creyéndola indigna de él,
aquella abnegación imponderable, decimos, había acabado de
desgarrar las entrañas del anciano que terminó su relación entre
lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse todos en un
profundo silencio que duró un gran espacio, hasta que don Álvaro
dijo con un profundo suspiro:
    </p>
    

    <p>
     -Razón teníais, doña Beatriz, en decir
que semejante declaración me haría más desdichado. Dos veces os he
amado, y dos os pierdo. ¡Dura es la prueba a que la providencia me
sujeta! Sin embargo, el cielo sabe cuán inefable es el consuelo que
recibo en veros pura y resplandeciente como el sol en mitad de su
carrera. No nos volveremos a ver, pero detrás de las murallas del
Temple me acordaré de vos...
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz rompió otra vez en amargo
llanto viéndole persistir tan tenazmente en su resolución, y él
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -No lloréis, porque mi intento se me
logrará sin duda. Dicen que amenaza a esta milicia inminente
destrucción. No lo creo, pero, si así fuese, ¿cómo podéis extrañar
que yo sepulte las ruinas de mi esperanza bajo estas grandes y
soberbias ruinas? Y luego, ¿no sois vos harto más desgraciada que
yo? Pensad en vuestros dolores, no en los míos... Adiós, no os pido
que me deis a besar vuestra mano, porque es de otro dueño, pero
vuestro recuerdo vivirá en mi memoria a la manera de aquellas
flores misteriosas que sólo abren sus cálices por la noche sin
dejar de ser por eso puras y fragantes. Adiós...
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso le hizo una señal con la
mano para que acortase tan dolorosa escena.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, tenéis razón. Adiós para
siempre porque jamás, ¡oh!, ¡jamás volveremos a encontrarnos!
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí -respondió ella con religiosa
exaltación levantando los ojos y las manos al cielo-; ¡allí nos
reuniremos sin duda!
    </p>
    

    <p>
     Al acabar estas palabras se arrojó en
los brazos de su padre, y don Álvaro, sin detenerse a más, montó de
un brinco en su caballo y metiéndole los acicates desapareció como
un relámpago, seguido del comendador y su escasa tropa. Cuando ya
se desvaneció el ruido que hacían, doña Beatriz se enjugó los ojos,
y apartándose suavemente de los brazos de su padre, se puso a mirar
el semblante alterado del anciano que, clavados los ojos en el
suelo y pálido como la muerte, parecía haber comprendido de una vez
el horror de su obra. Conociólo su generosa hija, y acercándose a
él, con semblante apacible y casi risueño, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, señor, sosegaos. ¿Quién no ha
pasado en el mundo penalidades y trabajos? ¿No sabéis que es tierra
de paso y campo de destierro? El tiempo trae muchas cosas buenas
consigo, y Dios nos ve sin cesar desde su trono.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ojalá que no me viera a mí! -repuso
el anciano, meneando la cabeza-; ¡ojalá que ni sus ojos ni los míos
penetrasen en las tinieblas de mi conciencia! ¡Hija mía!, ¡hija de
mi dolor! ¿Y soy yo el que te he entregado a ti, ángel de luz, en
los brazos de un malvado? Sí, tú puedes estar serena, porque tu
sacrificio te ensalzará a tus ojos y te dará fuerzas para todo;
pero yo, miserable de mí, ¿con qué me consolaré? Yo, parricida de
mi única hija, ¿cómo encontraré perdón en el tribunal del
Altísimo?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué queréis? -le dijo doña Beatriz-;
vos buscabais mi felicidad, y no la habéis encontrado; ¡os
engañaron como a mí!...¡resignémonos con nuestra suerte, porque
Dios es quien nos la envía!
    </p>
    

    <p>
     -No, hija mía, no te esfuerces en
consolarme, pero tú no serás de ese indigno, yo iré al rey, yo iré
a Roma a pie con el bordón de peregrino en la mano, yo me arrojaré
a las plantas del pontífice y le pediré que te vuelva tu libertad,
que deshaga este nudo abominable...
    </p>
    

    <p>
     -Guardaos bien de poner vuestra honra
en lenguas del vulgo -repuso doña Beatriz con seriedad-. ¿Además,
padre mío, de que me serviría ya la libertad? ¿No habéis oído que
pasado mañana será ya templario?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ese peso más sobre mi conciencia
culpable! -exclamó el señor de Arganza, tapándose la cara con ambas
manos-. ¿También se perderá por mí un caballero tan cumplido? ¡Ay!,
¡todas las aguas del Jordán no me lavarían de mi culpa!
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz apuró en vano por un rato
todos los recursos de su ingenio y todo el tesoro de su ternura
para distraer a su padre de su pesar. Por fin, ya obscurecido,
volvieron los dos a casa seguidos de la pensativa Martina que con
las escenas de aquella tarde andaba muy confusa y pesarosa. Al
llegar, se encontraron a varios criados que venían en su busca-,
pues, aunque el conde las había dicho que los caballeros venían de
paz, y que su cólera había sido injusta, añadiéndoles además que no
perturbasen la plática de su amo, con la tardanza comenzaban a
impacientarse y no quisieron aguardar a más.
    </p>
    

    <p>
     El conde, por su parte, deseoso de
evitar las desagradables escenas que no hubieran dejado de ocurrir
con su suegro y su esposa, salió precipitadamente para Galicia,
dejando al tiempo y a su hipocresía el cuidado de soldar aquella
quiebra, determinación que, como presumirán nuestros lectores, no
dejó de servir de infinito descanso a padre y a hija en la angustia
suma que les cercaba. ¡Triste consuelo el que consiste en la
ausencia de aquellas personas que debiendo sernos caras por los
lazos de la naturaleza llegan a convertirse a nuestros ojos, por un
juego cruel del destino, en objetos de desvío y de odio!
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001020">
    

    <head>
     Capítulo XX
    </head>
    

    <p>
     Nuestros lectores nos perdonarán si
les obligamos a deshacer un poco de camino para que se enteren del
modo con que se prepararon y acontecieron los extraños sucesos a
que acaban de asistir. Muévenos a ello no sólo el deseo de darles a
conocer esta verdadera historia, sino el justo desagravio de un
caballero que, sin duda, les merecerá mala opinión, y que, sin
embargo, no estaba tan desnudo de todo buen sentimiento, como tal
vez se figuran. Este caballero era don Juan Núñez de Lara.
    </p>
    

    <p>
     Quienquiera que vea su propensión a la
rebelión y desasosiego, su amistad con el infante don Juan, y su
desagradecimiento a los favores y mercedes del rey, fácilmente se
inclinará a creer que semejantes cualidades serían bastantes para
sofocar cuantos buenos gérmenes pudiesen abrigarse en su alma, sin
embargo, no era así don Juan Núñez: revoltoso, tenaz y
desasosegado, no había faltado, a pesar de todo, a las leyes
sagradas del honor y de la caballería. Así fue que cuando don
Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con que comenzó a
tratarle y el agasajo con que fue recibido en su castillo de
Tordehumos; sobrevinieron a poco las pláticas con el infante, sobre
las bulas de Bonifacio, a propósito del enjuiciamiento de los
templarios, y allí determinó el pérfido y antiguo maquinador a don
Juan Núñez a separar de una manera o de otra a don Álvaro de la
alianza de los caballeros, bien persuadidos ambos de que su causa
recibiría un doloroso golpe, especialmente en el Bierzo. Bien
hubiera querido el infante que el tósigo o el puñal le
desembarazasen de tan terrible enemigo; pero su ligera indicación
encontró tal acogida que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada
para dar la respuesta. Por lo tanto, hubo de recoger velas con su
astucia acostumbrada, y aun así lo único que alcanzó fue que diesen
al señor de Bembibre un narcótico con el cual pasase por muerto, y
que entonces lo aprisionasen estrecha y cautelosamente hasta que,
roto y vencido el enemigo común, pudiese volver a la luz un
caballero tan valeroso y afamado.
    </p>
    

    <p>
     Buen cuidado tuvo el pérfido don Juan
de ocultarle la segunda parte de su trama infernal, pues sobrado
conocía que si Lara llegaba a columbrar que se trataba de hacer
violencia a una dama como doña Beatriz, al momento mismo y sin
ningún género de rescate hubiera soltado a don Álvaro para que con
su espada cortase los hilos de tan vil intriga. Así pues, con el
color del público bien se decidió don Juan Núñez a una acción que
tan amargos resultados debía producirle más adelante; pero, sin
embargo, no se resolvió del todo, sin intentar antes los medios de
la persuasión, más por satisfacerse a sí propio que con la
esperanza de coger fruto. El resultado de sus esfuerzos fue el que
vimos; y en la misma noche Ben Simuel preparó un filtro con que
todas las funciones vitales de don Álvaro se paralizaron
completamente. En tal estado entró por una puerta falsa, y
desgarrando los vendajes de don Álvaro y regando la cama con sangre
preparada al intento, facilitó la escena que ya presenciamos y que
tanto afligió al buen Millán, desasosegando también al principio al
mismo Lara con la tremenda semejanza de la muerte. Nada, pues, más
natural que su resistencia a soltar el supuesto cadáver que en la
noche después de sus exequias fue trasladado por don Juan y su
físico a un calabozo muy hondo que caía bajo uno de los torreones
angulares, el menos frecuentado del castillo. Allí le sujetaron
fuertemente y le dejaron sólo para que al recobrar el uso de sus
sentidos no recibiese más impresiones que las que menos daño le
trajesen en medio de la debilidad producida por un tan largo
parasismo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro volvió en sí muy
lentamente, y tardó largo espacio de tiempo en conocer el estado a
que le habían reducido. Vio la oscuridad que le rodeaba, pero pensó
que sería de noche, pero luego, al hacer un movimiento, sintió los
grillos y esposas que le sujetaban pies y manos, y al punto cayó en
la cuenta de su situación. Sin embargo, con la ayuda de un rayo de
luz que penetraba por un angosto y altísimo respiradero abierto
oblicuamente en la pared, vio que su cama era muy rica y blanda, y
algunos taburetes y sitiales que había por allí esparcidos
contrastaban extrañamente con la desnudez de las paredes y la
lobreguez del sitio. Sus heridas estaban vendadas con el mayor
cuidado, y en un poyo cerca de la cama había preparada una copa de
plata con una bebida aromática. La estrechez a que lo reducían,
junto con unas atenciones tan prolijas, era una especie de
contradicción propia para desconcertar una imaginación más entera y
reposada que la suya.
    </p>
    

    <p>
     Entonces un ruido de pasos que se
sentía cerca y que parecían bajar una empinada escalera de caracol
vino a sacarle de sus desvaríos. Abrieron una cerradura,
descorrieron dos o tres cerrojos, y por fin entraron por la puerta
dos personas, en quienes, a pesar de su debilidad, reconoció al
instante a Lara y al rabino, su físico. Traía el primero en la mano
una lámpara y un manojo de llaves; y el segundo una salvilla con
bebidas, refrescos y algunas conservas. Don Juan entonces se acercó
al prisionero con visible empacho y le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro, sin duda os maravillará
cuanto por vos está pasando; pero la salud de Castilla lo exige así
y no me ha sido dable obrar de otra manera. Sin embargo, una sola
palabra vuestra os volverá la libertad; renunciad a la alianza del
Temple y sois dueño de vuestra persona. De otra suerte, no saldréis
de aquí, porque sabed que estáis muerto para todo el mundo, menos
para Ben Simuel y para mí.
    </p>
    

    <p>
     Como don Álvaro había perdido la
memoria del día anterior a causa de su debilidad, no dejó de
recibir sorpresa al ver entrar a Lara y a su físico; pero entonces
todo lo percibió de una sola ojeada, y con aquel sacudimiento
recobró parte de su energía y fortaleza. Así pues, respondió a don
Juan:
    </p>
    

    <p>
     -No es este el modo de tratar a los
caballeros como yo, que en todo son vuestros iguales, menos en la
ventura, y mucho menos el de arrancarme un consentimiento que me
deshonraría. De todo ello, don Juan Núñez, me daréis cuenta, a pie
o a caballo, en cuanto mi prisión se acabe.
    </p>
    

    <p>
     -En eso no hay que dudar -respondió
Lara con sosiego-; pero mientras tanto quisiera proceder como quien
soy con vos y haceros más llevaderos los males de esta prisión, que
sólo la fuerza de las circunstancias me obligan a imponeros. Dadme,
pues, vuestra palabra de caballero de que no intentaréis salir de
este encierro, mientras yo no os diere libertad o mientras a viva
fuerza o por capitulación mía, no tomasen este castillo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro se quedó pensativo un rato
al cabo del cual respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Os la doy.
    </p>
    

    <p>
     Lara entonces le soltó grillos y
esposas y además le entregó las llaves del calabozo diciéndole:
    </p>
    

    <p>
     -En caso de asalto, tal vez no podría
yo librar vuestra vida de los horrores del incendio y del pillaje;
por eso pongo vuestra seguridad en vuestras manos. Por lo demás,
quisiera saber si algo necesitáis para complaceros al punto.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro le dio las gracias
repitiendo, no obstante, su reto.
    </p>
    

    <p>
     A la visita siguiente Lara trajo sus
armas al preso diciéndole que el cerco se iba estrechando, y que,
si llegaban a dar el asalto, allí le dejaba con qué defenderse de
los desmanes enemigos. Esta nueva prueba de confianza dejó muy
obligado a don Álvaro que, por otra parte, se veía regalado y
agasajado de mil modos, restablecido ya de sus heridas.
    </p>
    

    <p>
     Cuando se obligó a no intentar su
evasión por ningún camino hízole titubear un poco la memoria de
doña Beatriz que a tantos peligros y maquinaciones dejaba expuesta;
pero la fe ciega que en ella tenía depositada disipó todos sus
recelos. En cuanto a la ayuda que pudiera proporcionar a su tío el
maestre y a sus caballeros, la tenía él en su modestia por de poco
valer, y como, por otra parte, los había dejado dueños de su
castillo, no le afligía tanto por este lado el verse aherrojado de
aquella suerte. Últimamente, como don Juan había incluido en las
condiciones su única esperanza racional, que era la de que el res,
echase de Tordehumos a su castellano de grado o por fuerza, no
encontró reparo en ligarse de tan solemne manera.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, por más que tuviese a
menos la queja y se desdeñase de pedir merced, no por eso dejaba de
suspirar en el hondo de su pecho por los collados del Boeza y las
cordilleras de Noceda, donde tan a menudo solía fatigar al
colmilludo jabalí, al terrible oso y al corzo volador. Acostumbrado
al aire puro de sus nativas praderas y montañas, inclinado por
índole natural a vagar sin objeto los días enteros a la orilla de
los precipicios, en los valles más escondidos y en las cimas más
enriscadas, a ver salir el sol, asomar la luna y amortiguarse con
el alba las estrellas, el aire de la prisión se le hacía
insoportable y fétido, y su juventud se marchitaba como una planta
roída por un gusano oculto. Por la noche veía correr en sueños
todos los ríos frescos y murmuradores de su pintoresco país,
coronados de fresnos, chopos y mimbreras que se mecían
graciosamente al soplo de los vientos apacibles, y allá, a lo
lejos, una mujer vestida de blanco, unas veces radiante como un
meteoro, pálida y triste otras como el crepúsculo de un día
lluvioso, cruzaba por entre las arboledas que rodeaban un solitario
monasterio. Aquella mujer, joven y hermosa siempre, tenía la
semejanza y el suave contorno de doña Beatriz, pero nunca acertaba
a distinguir claramente sus facciones. Entonces solía arrojarse de
la cama para seguirla, y al tropezar con las paredes de su calabozo
todas sus apariciones de gloria se trocaban en la amarga realidad
que le cercaba.
    </p>
    

    <p>
     Con semejante lucha, que su altivez le
obligaba a ocultar y, que por lo mismo se hacía cada vez más
penosa, su semblante había ya perdido el vivo colorido de la salud,
y Ben Simuel, que conocía la insuficiencia de toda su habilidad
para curar esta clase de dolencias, sólo se limitaba a consejos y
proverbios sacados de la Escritura que no dejaban de hacer
impresión en el ánimo de don Álvaro, naturalmente dado a la
contemplación. Don Juan Núñez no parecía sino que empeñado mal su
grado en tan odiosa demanda, quería borrar su conducta a fuerza de
atenciones y de obsequios, tales por lo menos como eran compatibles
con tan violento estado de cosas.
    </p>
    

    <p>
     Continuaba el sitio, entre tanto, con
bastante apremio de los sitiados, pues el rey no pensaba en cejar
de su empeño hasta reducir a su rebelde vasallo. A no pocos señores
deudos y aliados de Lara pesábales de tanto tesón, y en los demás
el miedo de ver crecer la autoridad real a costa de sus fueros y
regalías entibiaba de todo punto la voluntad; pero de todos modos,
nadie hasta entonces había desamparado los reales.
    </p>
    

    <p>
     Un día, poco antes de amanecer,
despertaron a don Álvaro el galope y relincho de los caballos, el
clamoreo de trompetas y tambores, la gritería de la guarnición y de
la gente de afuera, el crujir de las cadenas de los puentes
levadizos, los pasos y carreras de los hombres de armas y
ballesteros y, finalmente, un tumulto grandísimo dentro y fuera del
castillo. Por último, las voces, la confusión y estruendo se oyeron
en los patios interiores de la fortaleza, y don Álvaro, que
creyendo trabado el combate iba ya a echar mano a sus armas, se
mantuvo a raya no poco sorprendido de no oír el martilleo de las
armas, los lamentos e imprecaciones del combate y aquella clase de
desorden temeroso y terrible que nunca deja de introducirse en un
puesto ganado por asalto. Las voces, por el contrario, parecían ser
de concordia y alegría, y al poco rato ya no se oyó más que aquel
sordo murmullo que nunca deja de desprenderse de un gran gentío. De
todo esto coligió don Álvaro que sin duda don Juan había hecho con
el rey algún concierto honroso, y que sus huestes habían entrado
amigablemente y de paz en la fortaleza. Causóle gran alegría
semejante idea y con viva impaciencia se puso a aguardar la visita
de cualquiera de sus dos alcaides paseándose por su calabozo
apresuradamente. Poco tardó en satisfacerse su anhelo, porque en
cuanto fue de día claro, entró don Juan Núñez en la prisión con el
rostro radiante de júbilo y orgullo, y el continente de un hombre
que triunfa de las dificultades, a fuerza de perseverancia s,
arrojo.
    </p>
    

    <p>
     -No, no es el linaje de los Laras el
que sucumbirá delante de un rey, de Castilla; no está ya en su mano
apretarme en Tordehumos, ni aun parar delante de sus murallas
dentro de algún tiempo. Ahora aprenderá a su costa ese rey mozo y
mal aconsejado a no despreciar sus ricos hombres, que valen tanto
como él.
    </p>
    

    <p>
     Estas fueron las primeras palabras que
se virtieron de la plenitud de aquel corazón soberbio, y que al
punto dieron en tierra con los vanos pensamientos y esperanzas de
don Álvaro. Lara, vuelto en sí de aquel arrebato de gozo y viendo
nublarse la frente de su prisionero, se arrepintió de su ligereza,
y le dio mil excusas delicadas y corteses de haberle anunciado de
aquella manera una nueva que naturalmente debía contristarle.
    </p>
    

    <p>
     Rogóle entonces don Álvaro que le
contase el fundamento de su orgullosa alegría, que era el haberse
pasado a sus banderas don Pedro Ponce de León, y don Hernán Ruiz de
Saldaña, no menos solicitados de la amistad que tenían con él
asentada que enojados de lo largo del sitio y de la pertinacia del
rey. Con esta deserción quedaba tan enflaquecido el ejército real y
tan pujante don Juan Núñez, que por fuerza tendría que avenirse el
monarca al rigor de las circunstancias y aceptar las condiciones de
su afortunado vasallo. Don Juan contó también a su prisionero la
mala voluntad y encono que en toda España se iba concitando contra
los templarios, y que sólo esperaba el rey a salir de aquella
empresa para despojarles de todas sus haciendas y castillos, que
todavía no habían querido entregar.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y es posible -exclamó el último- que
un caballero como vos se aparte así de sus hermanos sólo por
defender una causa de todos desahuciada?
    </p>
    

    <p>
     -Ya os lo dije otra vez -respondió don
Álvaro con enojo-, el mundo entero no me apartará del sendero del
honor; pero vos, os lo repito, encontraréis tal vez algún día en la
punta de mi lanza el premio de esta prisión inicua e injusta que me
hacéis sufrir.
    </p>
    

    <p>
     -Si muero a vuestras manos -contestó
Lara con templanza-, no me deshonrará muerte semejante; pero por
extraña que os parezca mi conducta, harto más negra se mostraría a
mis ojos si no atara ese brazo que tanto había de sostener esa casa
de indignidad y reprobación.
    </p>
    

    <p>
     Diciendo esto cerró la puerta y
desapareció. ¿Estaba realmente convencido de la culpabilidad de los
templarios, o no eran sus palabras sino el fruto de la ambición y
de la política? Ambas cosas se disputaban el dominio de su
entendimiento, pues aunque su ambición era grande y su educación no
le permitía acoger las groseras creencias del vulgo, al cabo
tampoco sabía elevarse sobre el nivel de una época ignorante y
grosera, que acogía las calumnias levantadas al Temple con tanta
mayor facilidad cuanto más torpes y monstruosas se presentaban.
    </p>
    

    <p>
     Puede decirse que entonces fue cuando,
deshecha su última esperanza, empezó don Álvaro a sentir todos los
rigores de su prisión. El conflicto en que según todas las
apariencias iba a verse don Rodrigo, su tío, espoleaba los
ardientes deseos que de acudir en su socorro siempre tuvo, y
últimamente llegó a pensar con cuidado en las asechanzas que
durante su incomunicación absoluta con el mundo de afuera pudieran
armarse a doña Beatriz. En su mano estaban las llaves de su
prisión, colgadas en la pared su armadura y espada, pero harto más
le custodiaban y aprisionaban que con todos los cerrojos y
guardianes del mundo. Sin embargo, más de una vez maldijo la
ligereza con que había empeñado su fe, pues a no ser por ella, aún
sujeto y aherrojado, tal vez hubiera podido hacer en provecho de su
libertad lo que ahora ni siquiera de lejos se ocurría a su alma
pura y caballerosa. Con tantas contrariedades y sinsabores, sus
fuerzas cada vez iban a menos, en términos que Ben Simuel llegó a
concebir serios temores, caso que aquella reclusión se dilatase por
algún tiempo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001021">
    

    <head>
     Capítulo XXI
    </head>
    

    <p>
     Bien ajeno se hallaba, por cierto, el
desdichado cautivo de que lejos de Tordehumos y en los montes de su
país había un hombre cuyo leal corazón, desechando por un
involuntario instinto, la idea de su muerte, sólo pensaba en
descorrer el velo que semejante suceso encubría, y para ello
trabajaba sin cesar. Este hombre era el comendador Saldaña, a quien
una voz, sin duda venida del cielo, inspiró desde luego varias
dudas sobre la verdadera suerte de don Álvaro. Parecíale, y con
razón, extraño el empeño de don Juan Núñez en guardar el cadáver;
cuando ningún deudo tenía con el señor de Bembibre, faltando en
esto a la establecida práctica de entregar los muertos a los amigos
o parientes, sin dilatarles la honra de la sepultura en los lugares
de su postrer descanso. Por otra parte, las circunstancias que
precedieron a la tragedia tenían en sí un viso de misterio que le
hacía insistir en su idea, porque nunca pudo tiznar a Lara con la
sospecha de un asesinato deliberado y frío. Sin embargo, como la fe
y declaración que trajo Millán a todo el mundo habían convencido y
satisfecho, y como sus barruntos más tenían de presentimiento que
de racional fundamento, apenas se atrevía a comprometer la gravedad
de sus años y consejo, dando a conocer un género de pensamiento que
sin duda todos calificarían de desvarío y flaqueza senil.
    </p>
    

    <p>
     Así y todo, semejante idea se
arraigaba en él un día y otro; hasta que, cansado de luchar con
ella aun durante el sueño, escribió una carta al maestre en que le
pedía licencia en tono resuelto para partirse a Castilla y
averiguar el paredero de su sobrino. El abad le contestó
manifestando gran extrañeza de su incertidumbre y negándole el
permiso que demandaba, porque no parecía cordura abandonar la
guarda de un puesto tan importante por correr detrás de una quimera
impalpable. El implacable conde de Lemus juntaba ya gentes por la
parte de Valdeorras, y no era cosa de que faltase su brazo y su
experiencia en ocasión de tanto empeño como la que se
preparaba.
    </p>
    

    <p>
     La contradicción no hizo más que
fortalecer su extraño juicio y dar nuevo estímulo a sus deseos,
cosa natural en los caracteres vehementes como el de Saldaña, y
cuyas fuerzas y arrojo crecen siempre en proporción de los
obstáculos. En la tregua que daban al Temple el rey y los ricos
hombres de Castilla, empeñados en la demanda de Tordehumos,
aconteció que se metieron dentro de sus muros como ya dejamos
contado, don Pedro Ponce y don Hernán Ruiz de Saldaña. Ligaban a
este caballero y al anciano comendador vínculos muy estrechos de
parentesco y, de consiguiente, ninguna más propicia ocasión para
apurar todos sus recelos e imaginaciones. Cabalmente, por aquellos
días visitó el maestre el fuerte de Cornatel para enterarse de sus
aprestos y fortalezas, y tantos fueron entonces los ruegos y
encarecimientos, que al cabo hubo de darle una especie de mandado
para el campo del rey, y desde allí, con un salvoconducto que le
envió su deudo, se introdujo en la plaza.
    </p>
    

    <p>
     Portador de tan aciagas nuevas era,
que más de una vez se le ocurrió el deseo de hallar a don Álvaro en
brazos del eterno sueño; tan cierto estaba de la profunda herida
que iba a abrir en su corazón el malhadado fin de aquel amor, cuya
índole, a un tiempo pura y volcánica, no desconocía el comendador.
Combatido de semejantes pensamientos, llegó a Tordehumos, donde fue
acogido por su pariente con cordialidad cariñosa, por don Juan y
los demás caballeros con la cortesía y respeto que les merecía si
no su hábito, sí su edad y su valor tan conocido desde la guerra de
la Palestina. Los templarios excitaban sin duda gran odio y
adversión; pero su denuedo, única de sus primitivas virtudes de que
no habían decaído, su poder, los misterios mismos de su asociación,
los escudaban de todo desmán y menosprecio. El comendador pidió una
plática secreta a don Juan Núñez, con su pariente por testigo, si
no tenía reparo en hacerle partícipe de sus secretos. Otorgósela al
punto, diciéndole que don Hernando no sólo era su amigo, sino que
la gran merced que acababa de hacerle exigía de él una obligación
sin límites. Fuéronse los tres entonces a una cámara más apartada,
y allí, tomando asiento al lado de una ventana, Saldaña dirigió su
voz a Lara en estos términos:
    </p>
    

    <p>
     -Siempre os tuve, don Juan de Lara,
por uno de los más cumplidos caballeros de Castilla, no sólo por
vuestra alcurnia, sino por vuestra hidalguía; siempre os he
defendido contra vuestros enemigos, viendo que no degenerabais de
tan ilustre sangre.
    </p>
    

    <p>
     -Excusad las alabanzas que no tengo
merecidas -le dijo don Juan, atajándole, por más precio que las de
ver que salen de vuestra boca.
    </p>
    

    <p>
     -Pocas han salido en verdad de ella
-respondió Saldaña-, pero sinceras todas como las que acabáis de
oírme. ¡Cuál no ha debido ser por lo mismo mi sorpresa al veros
servir de instrumento a inicuos planes, deteniendo a don Álvaro en
las entrañas de la tierra, cual si le cubriera la losa del
sepulcro!
    </p>
    

    <p>
     Todo podía esperarlo Lara menos cargo
tan súbito y severo; así fue que, sin poderlo remediar, se turbó.
Advirtiólo el comendador y entonces ya se acabaron sus dudas y
recelos, porque estaba seguro de que don Juan soltaría a su
prisionero no bien hubiese escuchado la negra historia que iba a
contarle. Recobróse, no obstante, Lara, y respondió con rostro
torcido:
    </p>
    

    <p>
     -Por vida de mi padre, que si no os
amparasen vuestras canas no me agraviaríais de esta suerte. Si don
Álvaro murió, culpa es de su desdicha, que no mi mala voluntad.
Cuando se acabe este sitio, yo os le entregaré a la puerta de su
castillo con todo el honor correspondiente, si su tío, el maestre,
os comisiona para recibirlo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, don Juan Núñez! -repuso el
comendador-, ¡y que mal se os acomodan esos postizos embustes,
hijos de un discurso dañado y de todo punto olvidado de las leyes
del honor! Os lo repito; vos habéis servido de escalón para los
pies de un malvado, y por vos ha quedado atropellada una principal
señora. Por vos, Lara, que calzáis espuela de oro; por vos, que
nacisteis obligado a proteger a todos los desvalidos; por vos, en
fin, se ha perdido ya para siempre una doncella de las más nobles,
discretas y hermosas del reino del León.
    </p>
    

    <p>
     Entonces contó viva y rápidamente los
desposorios de doña Beatriz, verdadero objeto de las maquinaciones
del infante don Juan, que por este camino llegaba a engrandecer un
privado, en el cual contaba asegurar cumplida ayuda para todos sus
propósitos y esperanzas. Saldaña, con aquel razonar inflexible y
sólido que se funda en la enseñanza de los años y en el
conocimiento del mundo, le puso de manifiesto el deslucido papel a
que la astuta y redomada perfidia del infante y del conde le habían
reducido para mejor asegurar el logro de sus ruines intentos.
Durante este razonamiento don Juan Núñez iba manifestando la cólera
y el resentimiento que poco a poco se apoderaban de su corazón,
hasta que, por fin, tan intensa y terrible se hizo su expresión,
que se le trabó la lengua durante un rato, agitado por un temblor
convulsivo y con los ojos vueltos en sangre. Tres veces probó a
levantarse de su taburete y otras tantas sus vacilantes rodillas se
negaron a sostenerle. El comendador, conociendo lo que pasaba
dentro de su alma, abrió una ventana para que respirase aire más
puro, y procuró dar salida a su coraje con palabras acomodadas a su
intento, hasta que, por fin, pasado el primer arrebato de rabia,
rompió don Juan en quejas e imprecaciones contra el infante y el de
Lemus.
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí! -decía rechinando los dientes
y despidiendo relámpagos por los ojos-, ¡a mí tan traidora y
perversa cábala! ¡A un Núñez de Lara convertirle así en asesino de
damas hermosas, mientras se empozan los caballeros! ¡Ah, infante
don Juan! ¡Ah, don Pedro de Castro, y cómo habéis de lavar con
vuestra sangre esta banda de bastardía con que habéis cruzado el
escudo de mis armas! Sí, sí, noble Saldaña, don Álvaro está en mi
poder, ¿pero cómo presentarme a su vista con el feo borrón de mi
conducta? ¿Cómo decirle, yo soy quien os ha robado la dicha? ¡Ah!,
¡no importa; yo quiero confesarle mi crimen, quiero presentarle mi
cuello! Pluguiera al cielo que semejante paso me humillara, ¡pues
eso sería buena prueba de que no estaba mi conciencia tan
oscurecida y turbia! ¡Venid, venid! -dijo levantándose con tremenda
resolución-; en sus manos voy a poner mi castigo.
    </p>
    

    <p>
     -No, don Juan -respondió el
comendador, asiéndole del brazo-, vos no conocéis la índole
generosa, pero terrible y apasionada de don Álvaro, y a despecho de
toda su hidalguía, tal vez os arranque la vida.
    </p>
    

    <p>
     -Arránquemela en buen hora -repuso
Lara desconcertado y fuera de sí-, si no me ha de arrancar del
corazón este arpón aguzado del remordimiento y de la vergüenza.
Vamos al punto a su calabozo -y diciendo y haciendo, se llevó a los
dos precipitadamente.
    </p>
    

    <p>
     Estaba don Álvaro sentado tristemente
en un sitial, fijos los ojos en aquel rayo de luz que entraba por
la reja, y entregado a reflexiones amargas sobre el remoto término
de su encierro, cuando en la guerra con el Temple, que tan
inminente le había pintado don Juan, su tío, y aun la misma Beatriz
pudieran haber menester su brazo. Oyó entonces ruido de pasos muy
presurosos en la escalera y el crujir de las armas contra los
escalones y paredes, cosa que no poco le maravilló, acostumbrado al
cauteloso andar de Lara y al imperceptible tiento del judío.
Abrióse entonces la puerta con gran ímpetu y entraron tres
caballeros, uno de los cuales exclamó al momento:
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde estáis, don Álvaro, que con
esta luz tan escasa apenas os veo?
    </p>
    

    <p>
     ¡Figúrense nuestros lectores cuánta
sorpresa causaría al desgraciado y noble preso semejante aparición!
Si no le hubiera visto acompañado de Lara, sin duda lo hubiera
tenido por cosa de hechicería, pero pasado aquel pasmo
involuntario, se colgó de un brinco al cuello del comendador que,
por su parte, le apretaba contra su pecho entre sus nervudos brazos
como si fuese un hijo milagrosamente resucitado. Enternecido Lara
con aquella escena en que la alegría de don Álvaro hacía tan
doloroso contraste con la melancólica efusión de Saldaña, procuró
descargarse del terrible peso que le abrumaba y se apresuró a decir
a su cautivo:
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro, libre estáis desde ahora;
¡dichoso yo mil veces si mis ojos se hubiesen abierto más a
tiempo!, pero antes de ausentaros, fuerza será que me perdonéis o
que pierda la vida a los filos de vuestro puñal, para lo cual aquí
tenéis mi pecho descubierto. Sabe el cielo, gallardo joven, que mi
intento al guardaros tan rigorosamente no era más que el que ya
conocéis, pero mi necio candor y las tramas de los perversos, junto
con vuestro sino malhadado, os han hecho perder a doña Beatriz. El
comendador, que veis presente, ha descorrido el velo y yo vengo a
reparar, en cuanto alcance, mi culpa, ya con mi vida, ya haciendo
voto de desafiar al conde y al infante don Juan en desagravio de mi
afrenta.
    </p>
    

    <p>
     Acerbo era el golpe que don Juan Núñez
descargaba sobre don Álvaro; así fue que perdió el color y estuvo
para caer; pero recobrándose prontamente, respondió con
comedimiento:
    </p>
    

    <p>
     -Señor don Juan, aunque tenía
determinado demandaros cuenta de tan injusto encierro, al cabo me
soltáis cuando estoy en vuestras manos, y vos más poderoso que
nunca; acción sin duda muy digna de vos. En cuanto a lo que de doña
Beatriz os han contado, bien se echa de ver que no la conocéis,
pues de otra manera no daríais crédito a vulgares habladurías.
Cierto es que me tendrá por muerto, porque a estas fechas ya la
habrá entregado mi escudero las prendas que recibí de su amor, pero
me prometió aguardarme un año, y me aguardará. Por lo demás, si
queréis desengañaros, bien cerca tenéis quien ponga la verdad en su
punto, pues viene de aquel país. ¿No es verdad, venerable Saldaña,
que semejante nueva es absolutamente falsa?... ¿No respondéis?
Disipad, os suplicó, las dudas de nuestro huésped, porque las mías
no darán que hacer a nadie.
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -respondió Saldaña- ha
dado su mano al conde de Lemus, y esta es la verdad.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mentís vos! -gritó don Álvaro, con
una voz sofocada por la cólera-; ¡no sé cómo no os arranco la
lengua para escarmiento de impostores! ¿Sabéis a quién estáis
ultrajando? Vos no sois digno de poner los labios en la huella que
deja su pie en la arena... ¿quién sois, quién sois para
vilipendiarla así?
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -exclamó Lara
interponiéndose, ¿es este el pago que dais a quien ha venido a
quitarme la venda de los ojos y a arrancaros a vos de las tinieblas
de vuestra mazmorra?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¡perdonad, perdonadme, noble
don Gutierre! -repuso don Álvaro con voz dulce y templada, llevando
a sus labios la arrugada mano del anciano-; pero ¿cómo conservar la
calma y el respeto cuando oigo en vuestros labios esas calumnias,
hijas de algún pecho traidor y fementido? ¿Asististeis vos a estos
desposorios? ¿Lo visteis por vuestros propios ojos?
    </p>
    

    <p>
     -No -contestó Saldaña con acento antes
apesarado que iracundo, porque sin duda de la cólera y apasionado
afecto de aquel desgraciado joven esperaba cualquier arrebato-; no
fui yo testigo de ellos, pero todo el país lo sabe y...
    </p>
    

    <p>
     -Y todo el país miente -replicó don
Álvaro sin dejarle concluir la frase. Decidme que dude del sol, de
la naturaleza entera, de mi corazón mismo, pero no empañéis con
sospechas ni con el hálito de mentirosos rumores aquel espejo de
valor de inocencia y de ternura.
    </p>
    

    <p>
     Entonces se puso a pasear delante de
los asombrados caballeros, que no se atrevían a socavar más en su
corazón para arrancar aquella planta tan profundamente arraigada,
diciendo en voz baja:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿quién sabe si cansada de
persecuciones y sacrificios le habrá parecido muy enojoso el
convento y sobrado largo el plazo de un año que me concedió para
aguardarme? Por otra parte, ¿cuándo me ha mecido la buena suerte
para esperar ahora su benéfico influjo?
    </p>
    

    <p>
     Siguió así paseando un corto espacio y
murmurando palabras confusas hasta que, volviéndose de repente a
don Juan de Lara, le dijo con acento alterado:
    </p>
    

    <p>
     -¿No decíais que estaba libre hace un
momento? ¡Venga, pues un caballo!, ¡un caballo al punto!... ¡Antes
morir que vivir en tan espantosa agonía! ¿No hay quien me ayude a
darme las hebillas de mi coraza?
    </p>
    

    <p>
     El comendador le ayudó a armarse con
gran presteza, mientras don Juan le respondía:
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro caballo mismo, a quien hice
curar por saber la mucha estima en que lo teníais, os está
esperando en el patio enjaezado; pero, don Álvaro, pensad en lo que
hace poco os he pedido. Tal vez he podido haceros un daño
gravísimo, pero si tuve noticia de la ruindad y vileza de que
entrambos somos víctimas, no me asista el perdón de Dios en la hora
del juicio.
    </p>
    

    <p>
     -Don Juan -respondió él-, veo que
vuestro corazón no está corrompido ni sordo a la voz del honor;
pero si vuestros temores son legítimos y me precipitáis así en un
abismo de dolores que jamás alcanzaréis a sondear, algo más duro se
os hará conseguir el perdón de Dios que el mío, sinceramente
otorgado en presencia de estos dos nobles testigos, junto con mi
gratitud por la hospitalidad que os he merecido.
    </p>
    

    <p>
     Con esto, subieron inmediatamente a la
plaza de armas del castillo, donde el gallardo Almanzor soltó un
largo y sonoro relincho en cuanto conoció a su dueño. Subió éste
sobre él después de despedirse de todos los caballeros, y salió del
castillo con el comendador y sus hombres de armas, dejando en el
pecho de Lara un disgusto que sólo se podía igualar a la cólera que
habían despertado en él la negra traición del conde y del infante.
Por si algo pudiera valer, había entregado al comendador la
correspondencia de entrambos personajes, en que su trama estaba de
manifiesto, pero no consiguió por esto dar treguas a su pesar.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro y su compañero pasaron
fácilmente los atrincheramientos de los sitiadores a favor del
carácter de que iba revestido el templario, y emprendieron con gran
diligencia el camino del Bierzo. Dos leguas llevarían andadas
cuando don Álvaro paró de repente su caballo y dijo a Saldaña con
voz profunda:
    </p>
    

    <p>
     -Si fuese cierto...
    </p>
    

    <p>
     Don Gutierre no pudo menos de menear
tristemente la cabeza, y el joven añadió con impaciencia:
    </p>
    

    <p>
     -Bien está, pero no me interrumpáis ni
me desesperéis cuando tan cerca tenemos el desengaño. Oídme lo que
quería deciros. Si fuese cierto, no tardaré más en pedir el hábito
del Temple que lo que tarde en llegar a Ponferrada. Os doy mi
palabra de caballero.
    </p>
    

    <p>
     -No os la acepto -replicó Saldaña-,
porque...
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro le hizo una señal de
impaciencia para que no se cansase en balde, precepto que él guardó
muy de grado por no irritarle más, y así, sin hablar apenas más
palabra, llegaron al término de su viaje, no muy dichoso por
cierto, según hemos visto ya.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001022">
    

    <head>
     Capítulo XXII
    </head>
    

    <p>
     Un natural menos ardiente, un alma
menos impetuosa que la del señor de Bembibre no hubiera adoptado
probablemente tan temeraria determinación como era la de entrar en
el Temple, cuando cielo y Tierra parecían conjurados en su daño;
pero el vacío insondable que había dejado en su corazón el
naufragio de su más dulce y lisonjera esperanza, la necesidad de
emplear en alguna empresa de crédito la fogosidad y energía de su
carácter y más que todo quizá el deseo de venganza, fueron móviles
bastantes poderosos para allanar toda clase de embarazos. La
ocasión no podía brindarse más favorable, porque el triste drama de
aquella milicia, religiosa y guerrera a un tiempo, tocaba ya a su
desenlace. Todos los ánimos, sin embargo, estaban suspensos y como
colgados de aquel extraño acontecimiento, porque la caballería del
Temple contaba en España más elementos de resistencia que en nación
alguna, y estos sucesos la encontraban no sólo aprestada, sino
sañuda y encendida en deseo de venganza. Centro y corazón de
semejantes disposiciones era el rey don Dionís de Portugal,
príncipe el más sabio y prudente que entonces había en la Península
y que bien penetrado de la persecución injusta de semejante
religión, no sólo había mandado sus embajadores al Papa para
quejarse y protestar de los atropellos y desmanes cometidos, sino
que, resuelto a sostenerla en España y Portugal, se había entendido
para el caso con el maestre de Castilla y con el teniente de Aragón
y concertado con ellos los medios de conservar ilesa su existencia,
y sobre todo su opinión. Apoyados, pues, en el rey de Portugal,
seguros de su inocencia, seguros todavía más de su esfuerzo y
pundonor, y ansiosos los unos de venganza y los otros entregados a
quiméricos planes, bien podían tener en balanzas la suerte de la
España y hacer vacilar a los monarcas de Castilla y Aragón antes de
comenzar la lucha. Sin embargo, las huestes por todas partes se
iban juntando, y de ambas partes parecían resueltos a poner este
gran duelo al trance de una batalla, justamente recelosos y
desconfiados los unos para entregarse inermes y desvalidos en manos
de sus enemigos declarados, y apoyados los otros en las bulas del
Papa y en los peligros que podían sobrevenir al Estado conservando
armados y encastillados unos hombres de tan graves delitos
acusados.
    </p>
    

    <p>
     Don Rodrigo Yáñez, menos preocupado
que sus hermanos, y convencido íntimamente de que aquella venerable
institución había caducado a las destructoras manos del tiempo, no
parecía dispuesto a resistir las órdenes del Sumo Pontífice, ni
menos recelaba sujetarse a la jurisdicción y juicio de los prelados
españoles, dechado entonces de ciencia y evangélicas virtudes. De
sentir enteramente opuesto era el capítulo general de los
caballeros, exacerbados con tantas iniquidades y malos juicios como
personas mal intencionadas derramaban en la plebe, y con los
asesinatos jurídicos de Francia. Tanto, pues, por no abandonar su
familia de adopción y de gloria, como por no producir con su
oposición un cisma y desunión lastimosa que diese en tierra con el
poco prestigio que la milicia conservaba a los ojos del vulgo, se
conformó con la opinión general. Por otra parte, sus demandas nada
tenían de exorbitantes, pues no declinaban la jurisdicción de la
Santa Sede, y protestaban de no guardar sus castillos y vasallos
sino por vía de legítima defensa. Así pues, nada podía impedir al
parecer un rompimiento terrible y desastroso en que a nadie se
podía dar la ventaja, porque si de un lado estaban el número, la
opinión y la fuerza de las cosas, militaban en el otro el valor, el
pundonor caballeresco, el agravio y la fuerza de voluntad sobre
todo que triunfa de los obstáculos y señala su curso a los
sucesos.
    </p>
    

    <p>
     Tal era el estado de las cosas, cuando
don Álvaro, con el corazón traspasado y partido, salió para no
volver de Arganza y de aquellos sitios, dulces y halagüeños cuando
Dios quería, tristes ya y poblados de amargos recuerdos. Fiel a su
promesa, encaminóse a Ponferrada al punto, firmemente resuelto a no
salir de sus murallas, sino con la cruz encarnada en el pecho.
Antes de llegar concertó con el comendador que se adelantase a
prevenir a su tío de su ida, medida muy, prudente, sin duda, porque
tales extremos de dolor había hecho el anciano con la noticia de su
muerte que la súbita alegría que recibiese con su presencia pudiera
muy bien comprometer su salud. Tomó, por lo tanto, el comendador el
camino que mejor la pareció, y cuando, por fin, llegó a darle la
nueva en toda su verdad, ya don Álvaro cruzaba el puente levadizo.
Como si la alegría le hubiese descargado del peso de los años, bajó
la escalera con la rapidez de un mancebo, y al pie de ella encontró
a su sobrino rodeado de muchos caballeros, que con muestras de
infinita satisfacción le acogían y saludaban. Abrazáronse allí en
medio de la emoción que a don Álvaro causaba el encuentro de su tío
en momentos de tanta amargura para él, y de la no menor que al
anciano dominaba, no sabiendo cómo agradecer a Dios este consuelo
que en sus cansados días le enviaba. Por fin, pasados los primeros
transportes y satisfecha la curiosidad de aquel respetable viejo
sobre su prisión, sus penas y su libertad, naturalmente vinieron a
caer en el desabrido arenal de lo presente, a la manera que un
aguilucho que antes de tiempo se arroja del nido materno, después
de un corto y alborozado vuelo, para finalmente caer en el fondo de
un precipicio. Don Álvaro le contó entonces la dolorosa entrevista
que acababa de tener y el término que había resuelto poner a sus
afanes en las filas de sus hermanos de armas. Don Rodrigo, atónito
y turbado, apenas supo qué responder en un principio a una
declaración en la cual a un tiempo se cifraban la ruina de su
prosapia, el riesgo de una vida para él tan preciosa, y el sinfín
de males con que estaba amagando el porvenir a la institución.
Cuando al cabo de su gran agitación se recobró un poco, dijo a su
sobrino con voz sentida:
    </p>
    

    <p>
     -¿Conque no sólo derramas el divino
licor de la esperanza, sino que quieres arrojar la copa al abismo?
¿No te basta el muro terrible que te separa de ella, que aún
quieres poner entre los dos otro mayor? De la vida de un hombre,
tan frágil en estos tiempos de discordias, pende ahora tu fortuna,
¿cómo quieres atajarla con un tropiezo que sólo le mueve la mano la
muerte?
    </p>
    

    <p>
     -Tío y señor -respondió el joven con
amargura-, ¿y qué es la esperanza? Ya sabéis que yo la recibí en mi
corazón como un huésped noble, hermoso bien venido a quien festejé
con todo mi poder y carino; pero el huésped me asesinó y puso fuego
a mi casa. ¿Que ha quedado en lugar suyo y de su dueño?, ¡unas
gotas de sangre y un montón de cenizas!... ¡Frágil llamáis la vida
de ese hombre! La frágil, deleznable caduca es la nuestra, que no
se ha desviado de la senda estrecha del honor, ¡mas no la suya,
tejido de reprobación y de iniquidad! ¡Largos días le aguardan, tal
vez de poder y de ambición en este miserable país!... ¡Muévale Dios
contra el Temple, ahora que no soy más que un soldado suyo nos
encontraremos!
    </p>
    

    <p>
     Don Rodrigo comprendió la mortal
herida que el desengaño acababa de abrir en el alma de su sobrino,
y varió de rumbo tratando de presentarle otra clase de
obstáculos.
    </p>
    

    <p>
     -Hijo mío -le dijo con aparente
tranquilidad-, tu dolor es justo, y natural tu determinación; pero
no alcanza mi poder a coronarla. Nuestra orden está citada a
juicio, suspensos nuestros derechos y sin facultades, por
consiguiente, para admitirte en su seno.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, con su claro ingenio,
comprendió al punto los intentos de su tío y respondió
resueltamente:
    </p>
    

    <p>
     -Tío y señor, si tal es vuestro
escrúpulo, y supuesto que el caso es de todo punto nuevo, convocad
capítulo y él resolverá. Por lo demás, si el Temple me cierra sus
puertas, me pasaré a la isla de Rodas y me alistaré entre vuestros
enemigos los caballeros de San Juan. Pensad que mi resolución es
invariable y que todo el poder del mundo conjurado contra ella no
la haría retroceder ni un solo paso.
    </p>
    

    <p>
     Don Rodrigo acabó de convencerse de la
inutilidad de sus esfuerzos, pero a pesar de ello, juntó capítulo
de los caballeros allí presentes para significarles sus dudas. La
respuesta le dio a conocer que su negativa no haría sino irritar
aquellos ánimos encendidos y comprometer su autoridad, y así se
propuso dar el hábito a su sobrino en cuanto estuviese preparado
debidamente para ello. Corrió la noticia al punto por la bailía y
los caballeros la recibieron con alborozo extremado, considerando
el poderoso brazo que se consagraba a sostener su poder ya
vacilante. Saldaña, que por motivos de delicadeza y rigorosa
justicia se había negado a aceptar la palabra de don Álvaro,
viéndole ahora persistir en su propósito, no cabía en sí de gozo.
Su alma sombría y ambiciosa, más y más exaltada con los riesgos que
cercaban a su religión, se regocijaba no sólo por los triunfos que
le predecía la entrada de un campeón tan valeroso como leal, sino
porque en su pasión por aquel joven tan noble y sinventura se había
propuesto colocarle en un trono de gloria y hacerle olvidar, si
posible fuera, sus pasados sinsabores a fuerza de triunfos, honores
y respetos. Aunque es verdad que el deseo de vengarse era uno de
los más poderosos motivos que excitaban a don Álvaro para su
determinación, el comendador sabía muy bien que los aplausos de la
fama, las generosas emociones del valor y los trances de los
combates eran la única ilusión que no había abandonado aquel pecho
lastimado desierto.
    </p>
    

    <p>
     Algunos ritos que se observan en las
modernas sociedades secretas, sobre todo en la admisión de socios,
se dicen derivados de los templarios. Cualquiera que pueda ser su
verdadero carácter y procedencia, lo que no admite duda es que
aquellos caballeros practicaban algunas ceremonias cuyo sentido
simbólico y misterioso era hijo de una época más poética y
entusiasta que la que en sus postreras décadas alcanzaban. En el
castillo de Ponferrada se conservan todavía entallados encima de
una puerta, dos cuadrados perfectos que se intersecan en ángulos
absolutamente iguales, y al lado derecho tienen una especie de sol
con una estrella a la izquierda. La existencia de tan extrañas
figuras, de todo punto desusadas en la heráldica, basta para probar
que la opinión que en su tiempo se tenía de sus prácticas
misteriosas y tremendas no carecía absolutamente de fundamento. Una
entre todas era particularmente chocante, a saber: las injurias que
se hacían al crucifijo y cuya significación no era otra sino la
rehabilitación del pecador, a partir de la impiedad y del crimen
para subir por los escalones de la purificación y del sacrificio a
las santificadas regiones de la gracia; rito fatal que sin
diferenciarse en la esencia de la 

     <emph rend="italic">
      fiesta de los locos
     </emph>
     , y algunos otros usos de
la antigua Iglesia, fue causa principal de la ruina del Temple,
cuando su sentido místico se había perdido ya entre las nieblas de
una generación más sensual y grosera. A explicar, por lo tanto, a
su sobrino semejantes enigmas, vedados a los ojos del vulgo, se
encaminaron los esfuerzos del maestre en los días que precedieron a
su profesión.
    </p>
    

    <p>
     Llegó por fin el momento en que aquel
ilustre mancebo se despidiese de un mundo que si alguna vez
esparció flores por su camino fue para trocárselas al punto en
abrojos. Las profesiones en todas las demás órdenes religiosas se
hacían a la luz del sol y públicamente, pero los templarios, sin
duda para dar más solemnidad a la suya, la hacían de noche y a
puertas cerradas. Cuando ya la oscuridad se derramó por la tierra,
el comendador Saldaña y otro caballero muy, anciano vinieron a
buscar a don Álvaro que les aguardaba armado con una riquísima
armadura negra, con veros de oro, un casco adornado de un hermoso
penacho de plumas encarnadas, en la cinta una espada y puñal con
puño de pedrería y calzadas unas grandes espuelas de oro. El que
aspiraba a entrar en el Temple se ataviaba con todas las galas del
siglo para dejarlas al pie de los altares. Condujeron, pues, a don
Álvaro ambos caballeros a la hermosa capilla del castillo, a cuya
puerta se pararon un momento llamando enseguida con golpes
mesurados y acompasados.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién llama a la puerta del templo?
-preguntó desde dentro una voz hueca.
    </p>
    

    <p>
     -El que viene poseído de celo hacia su
gloria, de humildad y de desengaño -respondió Saldaña como primer
padrino.
    </p>
    

    <p>
     Entonces abrieron las puertas de par
en par y se presentó a su vista la iglesia tendida de negro con un
número muy escaso de blandones de cera amarilla y verde encendidos
en el altar. En sus gradas estaba el maestre sentado en una especie
de trono rodeado de los comendadores de la orden, y más abajo, en
una especie de semicírculo, se extendían los caballeros profesos,
únicos que a esta ceremonia se admitían, y que envueltos en sus
mantos blancos parecían otros tantos fantasmas lúgubres y
silenciosos. Don Álvaro, en cuya imaginación ardiente y exaltada
hacía gran impresión este aparato, atravesó por medio de ellos
acompañado de sus dos ancianos padrinos y fue a arrodillarse ante
las gradas del trono del maestre. Extendió éste su cetro hacia él y
le preguntó sus deseos. Don Álvaro respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Considerando que el Salvador dijo:
«el que quiera ser de mi grey tome su cruz y sígame», yo, aunque
indigno y pecador, he aspirado a tomar la del Templo de Salomón
para seguirle.
    </p>
    

    <p>
     -Grave es la carga para vuestros
hombros jóvenes -respondió el maestre con voz reposada y
sonora.
    </p>
    

    <p>
     -El Señor me dará fuerzas para
llevarla, como me ha dado resolución y valor para pedirla a pesar
de mis culpas -respondió el neófito.
    </p>
    

    <p>
     -¿Habéis pensado -repuso el maestre-
que el mundo acaba en estos umbrales silenciosos y austeros?
    </p>
    

    <p>
     -Yo me he despojado a la puerta del
hombre viejo para revestirme del hombre nuevo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Hay alguno entre todos los hermanos
presentes que pueda notar al aspirante de alguna acción ruin por la
que merezca ser degradado de la dignidad de caballero?
    </p>
    

    <p>
     Todos guardaron un silencio sepulcral.
El comendador pidió entonces que se comenzase el rito, y dos
caballeros trajeron un crucifijo de gran altura y toscamente
labrado, pero de expresión muy dolorosa en el semblante, y lo
tendieron en el suelo. Don Álvaro, conforme a la ceremonia, lo
escupió y holló, y luego, alzándolo en el aire los dos caballeros,
le dirigió las sacrílegas palabras de los judíos:
    </p>
    

    <p>
     -¿Si eres rey, cómo no bajas de esa
cruz?
    </p>
    

    <p>
     Cubriéronlo al punto con un velo negro
y lo retiraron, tras de lo cual dijo el maestre:
    </p>
    

    <p>
     -Tu crimen es negro como el infierno y
tu caída como la de los ángeles rebeldes; pero tu Dios te
perdonará, y tu sangre correrá en desagravio de su tremenda cólera
y justicia.
    </p>
    

    <p>
     Arrodillóse entonces don Álvaro sobre
un cojín de terciopelo negro con flecos y borlas de oro y
desarrollando un gran pergamino que tenía por cabeza la cruz del
Temple en campo de oro, y a la luz de una bujía con que alumbraba
Saldaña, leyó su profesión concebida en estos términos:
    </p>
    

    <p>
     -Yo, don Salvador Yáñez, señor de
Bembibre y de las montañas del Boeza, prometo obediencia ciega al
maestre de la orden del Templo de Salomón y a todos los caballeros
constituidos en dignidad; castidad perpetua y pobreza absoluta.
Prometo, además, guardar riguroso secreto sobre todos los usos,
ritos y costumbres de esta religión; procurar su honra y
crecimiento por todos los medios que no estén reñidos con la ley de
Dios, y sobre todo, trabajar sin tregua en la conquista de la
Jerusalén terrena, escalón seguro y senda de luz para la Jerusalén
celestial. Prémieme Dios en proporción de mis obras, y vosotros
como delegados suyos.
    </p>
    

    <p>
     Entonces los padrinos comenzaron a
desarmarle y los circunstantes a cantar el salmo 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Nunc dimitis servum tuum, domine
     </foreign>
     , con voces
vigorosas y solemnes. Calzáronle espuelas de acero, y de acero
bruñido también fueron las grevas, peto, espaldar y manoplas con
que sustituyeron su armadura; por último, le ciñeron una espada de
Damasco y le pusieron en la cinta un puñal buido de fino temple,
pero sin ningún género de adorno. Echáronle, por fin, el manto
blanco de la orden y entonces le vendaron los ojos, enseguida de lo
cual se postró en el suelo, mientras la congregación cantaba los
salmos penitenciales con que los cristianos se despiden de sus
muertos. Acabóse por fin el cántico, cuyas últimas notas quedaron
vibrando en las bóvedas de la iglesia en medio del profundo
silencio que reinaba en sus ámbitos, y entonces sus padrinos
acudieron a levantarle y le destaparon los ojos, que al punto
volvió a cerrar, porque, acostumbrados a las tinieblas, no pudieron
sufrir la vivísima luz que como una celeste aureola iluminaba aquel
templo, momentos antes tan adusto y sombrío. Las colgaduras negras
estaban recogidas y los altares todos resplandecían con infinitas
antorchas; el aire estaba embalsamado con delicado incienso que en
vagos e inciertos festones se perdía entre los arcos y columnas, y
los caballeros todos tenían en las manos velas blanquísimas de cera
encendidas. En cuanto descubrieron a don Álvaro, entonaron todos en
voces regocijadas y altísimas el salmo 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Magnificat anima mea Dominum
     </foreign>
     , durante el
cual, conducido por sus padrinos, fue abrazando a todos sus
hermanos y recibiendo de ellos el ósculo de paz y de fraternidad.
Concluido este acto, aproximaron todos en orden sus sitiales al
trono del maestre, dejando en medio a don Álvaro, que de pie y con
los brazos cruzados oyó la plática que el maestre o su inmediato
dignatario solían dirigir al profeso. En tiempos más dichosos
versaba sobre las glorias y prosperidad de la orden, la
consideración de que gozaba en toda la cristiandad, y por último,
sobre los deberes rigurosos y terribles del nuevo caballero; pero
entonces, que la hora de la prueba había llegado y aquel astro
luminoso padecía tan terrible eclipse, las palabras de don Rodrigo
tuvieron aquel carácter religioso, profundo y melancólico propio de
todas aquellas catástrofes que pasman y sobrecogen al mundo. Por
último, vino a recaer el razonamiento sobre los serios y terribles
deberes que el soldado de Dios se imponía al entrar en aquella
milicia, y entonces, levantándose de su trono, alzando el cetro y
enderezando su talla majestuosa, concluyó diciendo con acento
severo y grave:
    </p>
    

    <p>
     -¡Pero si Dios te deja de su mano para
permitir que faltes a tus juramentos, tu vida se apagará al punto
como estas candelas, y unas tinieblas más densas todavía cercarán
tu alma por toda una eternidad!
    </p>
    

    <p>
     Al decir esto, todos los caballeros
mataron sus luces por un movimiento unánime, y en el mismo instante
bajaron los negros y tupidos velos de los altares dejando la
iglesia en una oscuridad pavorosa. Los caballeros entonces
murmuraron en voz baja algunos versículos del libro de Job sobre la
brevedad de la vida y la vanidad de las alegrías del crimen; y a la
luz de los blandones fúnebres que todavía ardían en el altar mayor
fueron dirigiéndose a la puerta en lenta y solemne procesión. Allí
se pararon de nuevo, y el maestre se adelantó para rociar con agua
bendita la cabeza de su sobrino, como para lavarle y purificarle
aún de las heces y vestigios de la culpa, y desde allí todos se
dispersaron encaminándose a sus cámaras respectivas.
    </p>
    

    <p>
     A don Álvaro le dejaron también en la
suya, y la luz del nuevo día que no tardó en teñir los celajes del
oriente, le encontró mudado en otro hombre y ligado con votos que
sólo al poder de la muerte le parecía dable desatar. ¡Dichoso él si
con su poder, su libertad y sus dulces esperanzas hubiese podido
poner de lado su antigua y devoradora pasión!, pero sólo el tiempo
y la ayuda del Todopoderoso eran capaces de limpiar su corazón de
sus amargas heces, y borrar de su memoria aquellas imágenes
escritas con caracteres de fuego.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, a su valor y energía se le
presentaba el ancho campo de la guerra y el noble empeño de
defender una causa justa, pero ¿qué consuelo podía buscarse en el
mundo para doña Beatriz, que no tenía más compañía que la soledad,
la aflicción y la presencia de un padre ya anciano, lleno de
pesares y penetrado de un arrepentimiento tardío? ¡Tristes
contradicciones y debilidades las del pobre corazón humano! La
heredera de Arganza tenía por esposo un hombre joven todavía, lleno
de vigor y robustez; su salud, por otra parte, de día en día se
quebrantaba; el cielo y la tierra de consuno parecían apartarla de
su primer amor, que según todas las apariencias no podía estar más
perdido para ella y sin embargo, la nueva de aquellos votos le
causo profundísimo dolor. ¿Qué podía esperar? ¿Qué podían descubrir
sus ojos en el nebuloso horizonte del porvenir, sino soledad y
pesares sin término y sin cuento? ¡Extraño misterio! La esperanza
es una planta que brota en el corazón, y que si no florece cuando
el dolor ha trocado su campo en arenal, todavía conserva su tronco
enhiesto como una columna fúnebre, y aun regado por la fuente de
las lágrimas brota tal vez alguna hoja marchita y amarillenta. Doña
Beatriz se había visto separada de su amante por escaso arroyo, su
matrimonio desgraciado lo había convertido en río profundo y
caudaloso, ahora la profesión de don Álvaro acababa de trocarle en
mar inmenso, y la desventurada, sentada en la orilla, veía
desaparecer a lo lejos el bajel desarbolado y roto en que, para no
volver, se partían sus ilusiones más dulces.
    </p>
    

   </div>

   <div type="chapter" n="SPA1001023">
    

    <head>
     Capítulo XXIII
    </head>
    

    <p>
     A los tres días de los sucesos que
acabamos de referir, pareció el buen Millán por Arganza a dar
cuenta a Martina del arreglo que iba poniendo en las haciendas que
su amo le había legado. Venía entonces de las montañas muy
satisfecho de sus tierras, y de algunas reses que había comprado,
con las cuales pensaba beneficiar sus praderas y juntar un caudal
que ofrecer a su futura en cambio de su blanca mano y de su cara de
pascua. Algo desasosegado le traían los rumores de guerra que
comenzaban a correr a propósito de los templarios, pero contaba con
el favor de Dios y sobre todo se echaba la cuenta de tantos otros
que, acometiendo empresas descabelladas, creen responder a todo con
el refrán de que «el que no se arriesga no pasa la mar». Así pues,
no es maravilla que se presentase contento y alegre en una casa de
donde se había huido la poca alegría que quedaba.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay, Millán de mi alma! -exclamó
Martina, saliéndole al encuentro apresurada-, ¡y qué cosas han
pasado desde que te fuiste! ¡Vamos!, aún no se me ha quitado el
temblor del cuerpo, ni he dormido una hora de seguido. Y doña
Beatriz, ¡la cuitada! ¡No sé qué me da en el corazón cuando pienso
en ella!
    </p>
    

    <p>
     -Pero, mujer, ¿qué es lo que ha
sucedido? -preguntó el mozo un poco azorado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahí es nada! -contestó ella, no poco
satisfecha, en medio de sus recuerdos de pavor, de contar un cuento
tan maravilloso-; tu amo ha aparecido por aquí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Jesucristo! ¡Virgen santísima de la
Encina! -exclamó el escudero santiguándose ¿ha venido a pedir
algunas misas y sufragios? Pues mira, según lo bueno que era no
creí yo que fuese al Purgatorio, sino al Cielo en derechura.
    </p>
    

    <p>
     -¿A pedir sufragios y oraciones, eh?
-contestó la aldeana-. ¡Que si quieres!, ha venido en cuerpo y alma
a reclamar la mano y palabra de doña Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     -Martina -contestó el escudero,
mirándola de hito en hito-, ¿qué te pasa, muchacha? ¿Te han dado
algún bebedizo y estás endiablada? ¿En cuerpo y alma, dices, y lo
dejé yo enterrado en Tordehumos? Por cierto, que me hubiera traído
su cuerpo si no fuese por aquel testarudo de don Juan Núñez; vaya,
vaya, que si me lo dijera Mendo, al instante le preguntara, si
venía de la bodega.
    </p>
    

    <p>
     -Eso no va conmigo, señor galán
-respondió la muchacha un poco amostazada-, porque no lo cato.
    </p>
    

    <p>
     -No, mujer; ¿quién había de decirlo de
ti? -repuso Millán cortésmente-; la lengua le cortaría yo al que lo
dijese.
    </p>
    

    <p>
     -Sea como quiera -contestó ella-; lo
que te digo es que yo y Mendo, y mi amo, y el alhaja del conde y
todos en fin, hemos visto y oído a don Álvaro junto al nogal del
arroyo; por más señas, que venía con el comendador Saldaña, el
alcaide de Cornatel.
    </p>
    

    <p>
     -¡Virgen purísima! -exclamó Millán
cruzando las manos y mirando al cielo-, ¡conque vive mi señor; el
mejor de los amos, el caballero más bizarro de España! ¿Dónde está,
Martina? ¿Dónde está?, ¡que aunque sea al cabo del mundo iré en
busca suya!
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues! -repuso la muchacha
tristemente; y siendo como eres un señor, vamos al decir, te vas a
quedar como antes, y nuestra boda ¡Dios sabe para cuándo será!
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que tienes razón -contestó
él en el mismo tono-; ¡y yo que había arrendado tan bien el prado
de Ygüeña al tío Manolón u había comprado unas vacas que daba gusto
verlas! Pero ¿qué le hemos de hacer? -añadió después de un rato de
silencio-, ¿no me he de alegrar yo por eso de la vuelta de mi amo?
Váyanse muy enhoramala todos los prados del Bierzo y todas las
vacas del mundo, y viva mi don Álvaro que es primero. Martina -le
dijo después con seriedad-; ya sabes que primero es la obligación
que la devoción, y por eso yo, aunque me corría priesa, bien lo
sabe Dios nunca quise que dejaras a doña Beatriz... Pero ¡válgame
Dios! -exclamó como sorprendido-, ¡y yo que no me había acordado de
ella! ¿Y qué ha dicho la infeliz? ¿Qué es de ella?
    </p>
    

    <p>
     Martina entonces le contó llorosa todo
lo acaecido, narración que dejó confuso y turbado al pobre Millán
con la perfidia del conde y lo negro de la trama en que su amo se
había visto envuelto.
    </p>
    

    <p>
     -Y ahora -concluyó diciendo la
muchacha- el viejo anda por los rincones llora que llora y zumba
que zumba, y la señora, como es natural, más afligida que nunca;
pero como ni uno ni otro quieren darse a entender su sentimiento,
andan los dos por ver quién engaña a quien, sin lograrlo ninguno;
porque a lo mejor, cuando se encuentran sus miradas, echan a llorar
como dos perdidos. Si te he de decir la verdad, no sé quien me
causa más lástima.
    </p>
    

    <p>
     -¡Vaya por Dios! -respondió Millán con
un suspiro-, pero, y mi amo ¿dónde para?, porque yo no he oído nada
por el camino.
    </p>
    

    <p>
     Martina, que sabía muy bien lo poco
devoto que su amante era del Temple, gracias a la superstición
común, había esquivado en la narración el punto de la determinación
de don Álvaro pero como ya no era posible ocultarlo, tuvo que
decírselo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios de mi alma! -exclamó el mozo
consternado-, ¿no valía más que de veras hubiera muerto, que no
guardarle para la hoguera con todos esos desdichados descomulgados
por el Papa? No, pues en eso perdóneme; si él quiere perder su alma
yo estoy bien avenido con la mía, y no será el hijo de mi madre
quien se quede a servirle para qué después le tengan a uno por
nigromante y hechicero.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sabes lo que digo, Millán? -repuso
la muchacha-, es que debe haber mucha mentira en eso de los
templarios, porque cuando se ha entrado en la orden un señor tan
cristiano y principal como tu amo, se me hace muy cuesta arriba
creer esas cosas de magia y de herejía que dicen.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué sabes tú? -respondió él con un
poco de aspereza-; don Álvaro está desconocido desde sus malhadados
amores y es capaz de hacer cualquiera cosa de desesperado. En fin,
yo allá voy, porque a eso estoy obligado, pero quedarme con él
mucho lo dificulto. ¡Ojalá que no le hubiera comido el pan ni me
hubiese sacado medio ahogado del Boeza!... ¡Mal haya tu venta!
-añadió mirando con ceño a su futura-; que por tus cosas no estamos
ya casados en paz y en gracia de Dios y libres de semejantes
aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que será de nosotros.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, hombre -repuso ella con
dulzura-, ¿qué querías que hiciera estando doña Beatriz así?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí -contestó él como distraído-;
no me hagas caso, porque no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de
hombre!, ¡haberse metido templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy,
y sea lo que Dios quiera! Adiós, Martina.
    </p>
    

    <p>
     Y dándola un abrazo bajó presuroso la
escalera sin aguardar a más, montó en su jaco y tan deprisa cabalgó
que en poco más de una hora estaba en Ponferrada. La resolución que
tan terminantemente anunció en el principio, y durante su enfado de
no servir a don Álvaro, según hemos visto, se iba debilitando poco
a poco, y a medida que se acercaba a la bailía se iba deshaciendo
como la nieve de las sierras al sol de mayo. El buen Millán era de
una índole excelente, y luego los hábitos de amor y de fidelidad
hacia don Álvaro se confundían en su imaginación con los recuerdos
de sus primeros años, porque se había criado en su castillo y sido
el compañero de su infancia. Las hidalgas prendas de don Álvaro, la
largueza con que en su testamento había atendido a su suerte y las
desdichas que habían formado el tejido de sus jóvenes años eran
otros tantos eslabones que le unían a él. Así fue que cuando llegó
al castillo, su determinación se la había llevado el viento y sólo
pensó en asistir y servir a su antiguo dueño mientras durasen
aquellos tiempos revueltos, a despecho de supersticiones, recelos y
antipatías de toda clase. Muy de estimar era este sacrificio en un
hombre preocupado con las groseras creencias de la época, y que, de
consiguiente, sólo a costa de un terrible esfuerzo podía
determinarse a saltar por todo.
    </p>
    

    <p>
     Por mucha que fuese su prisa, se
dirigió antes a la celda del maestre que le recibió con su bondad
acostumbrada y que deseoso de proporcionar a su sobrino una
sorpresa con que pudiese dar vado en cierto modo a sus sentimientos
oprimidos, le condujo inmediatamente a su aposento.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí traigo, sobrino, un conocido
antiguo -le dijo al entrar-, con cuya vista presumo que os
alegraréis.
    </p>
    

    <p>
     -Ese será mi fiel Millán -repuso al
punto don Álvaro-, ¿qué otra persona se había de acordar de mí en
el mundo?
    </p>
    

    <p>
     Millán entonces, sin poderse contener,
salió de detrás del maestre que ocupaba la puerta, y corrió
desalado a arrojarse a los pies de su señor, abrazándole sus
rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos que no le dejaban
articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces, y don Álvaro,
enternecido, pero reprimiéndose sin embargo, porque no acostumbraba
a mostrar delante de sus criados ningún género de transporte, le
dijo levantándole:
    </p>
    

    <p>
     -No así, pobre Millán, sino en mis
brazos, vamos, abrázame, hombre..., en cuanto vine pregunté por ti,
¿qué es de tu persona?, ¿por dónde andabas?
    </p>
    

    <p>
     -Pero, señor, ¿es posible exclamó el
escudero- que después de lloraros por muerto os encuentro ahora en
ese hábito?
    </p>
    

    <p>
     -Nunca le tuvieste gran afición
-contestó el caballero procurando sonreírse, pero ahora que le
visto yo, fuerza será que le mires con mejores ojos, siquiera por
amor del que fue tu amo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo es eso del que fue mi amo? -le
interrumpió el escudero como con enojo-; mi amo sois ahora como
antes, y lo seréis mientras yo viva.
    </p>
    

    <p>
     -No, Millán -respondió don Álvaro con
reposo-, yo ya no tengo voluntad, sino la del maestre, mi tío, y
sus delegados. Los bienes que te dejaba en mi testamento como
galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en rigor por haber
salido falsa mi muerte, pero yo intercederé con mi tío para que te
los dejen, porque, en realidad, yo estoy muerto para el mundo, y
quiero regalarte esa memoria.
    </p>
    

    <p>
     -Señor -contestó el escudero sin
dejarle pasar más adelante-, yo para nada necesito esos bienes
estando con vos, pero si por vos mismo no podéis admitirme a
vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas al maestre vuestro
tío, no me levantaré hasta que me lo conceda.
    </p>
    

    <p>
     -No, Millán -respondió don Álvaro-, yo
sé que tú tienes otras esperanzas mejores que la de venir a servir
a un templario en medio de los peligros que cercan esta noble
orden. Todavía tienes una madre anciana, y a más Martina, con lo
cual sin duda vivirás tranquilo y con toda aquella ventura que
puedes juiciosamente apetecer en esta vida.
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a mi madre -replicó el
escudero-, bastaba el que os abandonase para granjearme su
maldición, pero por lo que hace a Martina, que tenga paciencia y me
espere, que yo también la he esperado a ella. Además, que no creáis
que por eso se enoje, porque la pobrecilla os quiere bien y...
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, temblando que no añadiese
alguna otra cosa que no deseaba oír, se apresuró a atajarle
diciéndole que su resolución estaba tomada y que no quería envolver
a nadie en las desgracias que pudieran sobrevenirle. Con esto se
entabló una disputa de generosidad entre amo y mozo, firme aquél en
su propósito y éste no menos aferrado en su voluntad; disputa que
dirimió el maestre haciendo ver a su sobrino la poca cordura que
había en desechar un corazón tan generoso en circunstancias como
aquellas. Con esto quedó Millán instalado en sus antiguas
funciones, y don Rodrigo, así por recompensar su lealtad como por
complacer a su sobrino, confirmó la donación hecha en el testamento
para que no tuviera que arrepentirse nunca el buen Millán de su
desprendimiento.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001024">
    

    <head>
     Capítulo XXIV
    </head>
    

    <p>
     Las diferencias del rey con don Juan
Núñez de Lara se compusieron por fin, más a placer de aquel
orgulloso rico hombre que a medida del decoro real, porque el poder
de don Fernando, quebrantado con lo largo del sitio de Tordehumos y
enflaquecido además con la defección de varios señores y la
retirada de otros, no era bastante ya a postrar aquel soberbio
vasallo. Asentáronse, pues, las condiciones y tratos dictados por
la ocasión, volvió don Juan de Lara a isla mayordomazgo, conservó a
Moya y Cañete y demás pueblos que tenía, y el rey hubo de
restituirle su gracia. ¡Notable mengua la de la corona!, pero que,
sin embargo, no dejaba de tener sus ventajas, porque además de ser
prudente transigir con la necesidad, al cabo le quedaban al rey las
manos sueltas y desembarazado el ánimo para dar cima al negocio de
los templarios que, según se veía, no podía allanarse sino por la
fuerza de las armas. Sin duda los cimientos de la orden estaban
minados y vacilantes en la opinión, pero aquel cuerpo robusto se
sostenía así y todo por la enérgica cohesión de sus partes, por sus
recuerdos de gloria y por el miedo que a todos inspiraba su poder,
única verdadera causa de su ruina.
    </p>
    

    <p>
     No se negaban los caballeros a
comparecer en juicio delante de los prelados españoles, ni menos
declinaban su jurisdicción, pero alegando las torpes calumnias que
contra ellos se derramaban entre el vulgo, los asesinatos de
Francia y toda aquella inaudita persecución, protestaban que no se
entregarían indefensos en manos de sus enemigos, y que en sus
castillos y conventos aguardarían la sentencia de los obispos, y la
definitiva resolución del Papa. Por lo demás, blasonaban de leales
y obedientes, aseguraban con el mayor empeño que sólo su defensa
les movía, y con su conducta firme y prudente parecían poner de
manifiesto a los ojos de la muchedumbre la falsedad de los cargos,
junto con su firme resolución de defender su honor y su existencia
hasta el último trance.
    </p>
    

    <p>
     De toda la gente que con tanta
flojedad y desvío sirvió a don Fernando en la demanda de Tordehumos
no encontró a nadie remiso ni desmayado, tal era la codicia que en
todos los corazones despertaban los opimos despojos del Temple.
Fácil le fue, por lo tanto, juntar una hueste numerosa y lucida,
aunque no sobrada, ciertamente, para trance tan difícil; y de nuevo
comenzó el estruendo de la guerra a resonar por toda la España,
porque como el empeño era igual en Aragón, por ambas partes, a
donde quiera, alcanzaban los aprestos y disposiciones. Sólo el rey
de Portugal permanecía en lo exterior frío espectador de la
contienda, si bien en su ánimo estaba inclinadísimo a la religión
del Temple, y aun empleaba buenos oficios con el Sumo Pontífice
para apartar de su cabeza la tormenta fatal que desde los más
remotos ángulos de Europa venía a amontonarse sobre ella. Este rey
sabio, más de lo que parecía consentir aquella época ignorante y
ruda para desconocer la grosera trama en que estribaba la
persecución de la orden, y no menos caballero que discreto, sentía
que tal fuese el premio de tantas glorias, honores y triunfos,
cuando aquellos brazos invencibles tenían aún en la Península
enemigos en quien continuar la gloriosa cruzada española de siete
siglos. Así pues, tanto en Aragón como en Castilla, estaban
pendientes los ánimos de aquella lucha fatal, cuyo término y
desastres no era fácil prever, porque si de una parte peleaba el
número y la fuerza, militaban en la otra la inteligencia de la
guerra, la disciplina y la clase de los combatientes, cualidades de
gran precio en medio del desbarajuste de la época.
    </p>
    

    <p>
     El señor de Arganza, como Merino Mayor
que era del Bierzo, recibió la orden de alistar inmediatamente los
ballesteros y gente de armas que pudiese e ir a juntarse en los
confines de Galicia con los escuadrones de su yerno el de Lemus.
Honra era esta de que con gusto infinito se hubiera excusado a no
mediar su hidalguía, porque merced a los desengaños y pesares que
sufría, semejante empresa iba presentándose a sus ojos con sus
verdaderas formas y colores. Su enemistad con el Temple, falta de
pábulo hacía algún tiempo, se había, amortiguado poco a poco, y la
conducta de Saldaña y de don Álvaro en los sotos de su palacio,
junto con el decoro y caballerosidad que no había dejado de guardar
con él el maestre don Rodrigo a pesar de sus desvíos, habían
acabado de debilitarla. Sus sueños de ambición, por otra parte,
iban revistiéndose de tristísimos colores delante de la realidad
inexorable que de bulto le mostraba la perfidia negra del conde, la
triste cuanto abundante cosecha de tribulaciones y angustias que
había sembrado para su hija única. Y por colmo de desventura, ahora
le llamaba la suerte a pelear con el único hombre que había
conquistado y merecido aquel corazón de ángel, y cuya imagen
probablemente estaba esculpida en él a despecho de todo.
Aquejábanle, además, embarazos domésticos, pues conocida la ruindad
del conde, que desde su ausencia ni por cortesanía había enviado
satisfacción, mensaje ni escrito alguno, no le parecía justo
llevarle su esposa, y por otra parte, no era decoroso ni prudente
dejar a doña Beatriz expuesta a los azares y contratiempos de una
guerra que con tales visos de sangrienta y dudosa se mostraba.
Perplejo y confuso en medio de tantos inconvenientes, hubo de
consultar con doña Beatriz que, como prevenida por su discreción y
tristeza, manifestó poca sorpresa y menos dudas ni tropiezos.
    </p>
    

    <p>
     -Padre mío -le respondió-, no os
inquietéis por mí, pues ya sabéis que es patrimonio de la desdicha
estar segura y defendida en todas partes. Guárdense los dichosos en
buen hora, que a mí me guarda mi estrella. Sin embargo, como en
tales ocasiones no hay sagrado sino al pie de los altares, me
encerraré en Villabuena mientras dure la guerra entre nosotros.
    </p>
    

    <p>
     -¿En Villabuena, Beatriz? -respondió
el viejo-, ¿y podrás resistir las memorias que aquellos lugares
despertarán en tu corazón?
    </p>
    

    <p>
     Sonrióse ella melancólicamente y
contestó a su padre con dulzura:
    </p>
    

    <p>
     -No fueron los peores de mi vida los
días que pasé a la sombra de sus claustros y arboledas. ¡Ojalá que
mudando de lugares se mudase también de pensamientos!, pero
entonces el hombre sería dueño de sus penas y el cielo no le
probaría en la escuela de la adversidad. Llevadme, pues, a
Villabuena donde ya sabéis que me quieren bien, y caminad a la
guerra sin zozobras y sin cuidados, pues allí quedo tranquila y
segura. Una cosa, sin embargo, quisiera encomendaros -añadió con
una inflexión de voz que revelaba con harta claridad lo que en su
interior estaba pasando-. Ya sabéis que entre los que vais a
combatir como enemigos hay una persona a quien hemos hecho mucho
mal. También sabéis que la serpiente de la calumnia lo está
envolviendo en sus anillos ponzoñosos... Mirad por él y procurad,
si no remediar, aliviar por lo menos los dolores qué por nuestra
culpa sufre.
    </p>
    

    <p>
     -No por la tuya, ángel de Dios
-replicó el anciano-, sino por la mía. ¡Quiera el cielo perdonarme!
Siempre le había agradecido la cuna ilustre en que nací y las
riquezas de que me rodeó desde la niñez, pero ahora, con el pie
dentro del sepulcro, reconozco lo funesto del don, y muchas veces
me he dicho en mis desvelos nocturnos: «¡cuánto más dichosa hubiera
sido mi hija con nacer en una cabaña de estos valles!...» En fin,
hija mía, tus deseos serán cumplidos y yo procederé como quien soy;
¡ojalá que mis ojos hubieran estado siempre tan abiertos como
ahora!
    </p>
    

    <p>
     Después de esta breve conversación
quedó determinado el viaje a Villabuena, que se verificó a los dos
o tres días. No hacía muchos meses que el rigor paternal había
conducido allí a doña Beatriz. Su madre quedaba sumida en el
llanto; ella se veía desterrada de la casa paterna y apartada de
don Álvaro, pero la esperanza la alentaba, el valor la sostenía, un
germen de vida y de hermosura, el parecer inagotable, realzaban las
gracias de su cuerpo, y por último, una primavera llena de pompa y
lozanía parecía acompañar con su verdor el verdor y frescura de sus
sentimientos y presagiarle una existencia próspera y floreciente.
¡Miserable inestabilidad la de las cosas humanas! En tan corto
espacio de tiempo aquella madre cariñosa había pasado a las
regiones de la eternidad, su valor no había alcanzado a defenderla
contra la mano de hierro del destino, su libertad había caído en
holocausto de su generosidad delante de un hombre manchado de
delitos, su salud se había consumido, disipándose su hermosura; don
Álvaro había salido del sepulcro sólo para morir de nuevo y para
siempre a los ojos de su esperanza, y por último, en vez de
aquellas arboledas frondosas, de tantos trinos de pajarillos y de
las auras suaves de mayo, los vientos del invierno silbaban
tristemente entre los desnudos ramos de los árboles, los arroyos
estaban aprisionados con cadenas de hielo y sólo algunas aves
acuáticas pasaban silenciosas sobre sus cabezas o graznando
ásperamente a descomunal altura. ¡Dolorosa consonancia de una
naturaleza amortecida y yerta con un corazón desnudo de alegría y
vacío del perfume de la esperanza!
    </p>
    

    <p>
     La cabalgata se componía de las mismas
personas que la otra vez, pero ya fuese que la disposición de ánimo
de los señores se pegase a los criados, ya que lo pantanoso del
camino y lo frío y destemplado de la estación les hiciese atender a
sus cabalgaduras y les quitase todo deseo de hablar, el resultado
fue que durante el viaje apenas se les oyó una palabra. El mismo
Mendo, cuyos instintos torpes y groseros solían alejarle de ciertas
emociones, propias tan sólo de organizaciones más delicadas,
parecía mustio y apesadumbrado en aquella ocasión. Sin duda, el
pobre palafrenero iba cayendo en la cuenta de que por muy conde y
muy señor que fuese el de Lemus, no llegaba a juntar otras cosas
que no hacen menos falta, como la hombría de bien y la bondad del
carácter. Acostumbrado a ver en sus amos entrambas cualidades y aún
muchas más, el cuitado Mendo las creía anejas a toda nobleza y
poderío, y ahora, desengañado ya en fuerza de reflexiones y
evidencias, se le oyó exclamar más de una vez desde la aventura del
soto, provocada por su imprudencia. «¡Qué demonio de hombre!...,
¡tan señor y tan pícaro! ¡Quién lo hubiera creído con tanto oro y
unos vestidos tan ricos!... ¡Vaya una grandeza bien empleada!... ¡Y
yo, necio de mí, que lo prefería al valeroso don Álvaro! ¡Vamos,
vamos! ¡No me lo pida Dios en cuenta, que no hará sin duda, porque
está visto que soy un podenco y sólo sirvo para tratar con
caballos!...» Con semejantes desahogos probaba el buen caballerizo,
si no su agudeza, por lo menos su buen corazón y sin duda todos
ellos sonaban entre sus dientes cuando tan mohíno caminaba para
Villabuena. En cuanto a Nuño y Martina, sobrado enterados estaban
de los incidentes de aquel terrible drama para no tomarse en él un
vivísimo interés.
    </p>
    

    <p>
     Al cabo de dos o tres horas de
caminar, llegaron por fin al monasterio, donde las religiosas, ya
prevenidas, estaban esperando en comunidad a una tan principal
señora, que, por otra parte, para todas había sido una hermana en
su poco distante hospedaje en aquella santa casa. Todo estaba en el
mismo orden y animado por el mismo espíritu de pureza y de
modestia: igual expresión en los semblantes, igual tranquilidad en
las miradas, igual serenidad y compostura en los modales; sólo en
doña Beatriz había mudanza. Las monjas, que habían esperado
encontrarla restituida a su primera robustez y lozanía, de todo
punto recobrada de los pasados males y llena de contento con su
ilustre esposo, se pasmaron de ver su extenuación, sus miradas a un
tiempo lánguidas y penetrantes, la flacura de su cuerpo y al
escuchar sobre todo el metal de su voz en que vibraba un no sé qué
de profundo y melancólico que las penetraba como de angustia.
Ajenas la mayor parte de aquellas cándidas mujeres a las
tempestades del corazón y a las amargas experiencias del mundo, se
perdían en conjeturas sobre las causas de aquel súbito y lastimoso
cambio en una persona a quien la suerte había mirado desde el nacer
con ojos en su entender benignos. Como doña Beatriz no había
exhalado una queja durante su reclusión en el monasterio, creían
que su amor a la soledad y sus frecuentes distracciones provenían
de la natural tendencia de su carácter y de su sensibilidad
delicada, pero no de su alma profundamente ulcerada. Sólo la
abadesa, algo más versada en los dolores del corazón y en los
desengaños de la vida, conoció el estado de aquella criatura que
tan de cerca le tocaba. El encuentro de tía y sobrina fue triste y
aflictivo, como era de suponer, pues con él se renovó la memoria de
la reciente pérdida de doña Blanca; pero doña Beatriz virtió, sin
embargo, pocas lágrimas. Aquel noble carácter cada día se
reconcentraba un poco más, semejante a las flores que al
aproximarse la noche cierran su cáliz y recogen sus hojas. Eran,
además, sus males de los que sólo la mano de la religión puede
sanar, y con aquella noble altivez y pudor que sienten siempre las
almas elevadas, procuraba retirarlos de los ojos del vulgo y
presentarlos solamente a la vista del dispensador del bien.
Comoquiera, este sosiego aparente acababa de devanar el seso de las
pobres monjas que no acertaban a componer con él las visibles
huellas del pesar que en su semblante se descubrían.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz se aposentó en su antigua
celda desechando otra mejor y más desahogada que le tenían
dispuesta, dando por razón el apego que con la costumbre había
cobrado a su primer vivienda. Las hermanas lo atribuyeron a
modestia y humildad cristianas, en lo cual tenían alguna razón,
porque siempre fueron prendas que resaltaron en ella, pero la
verdadera causa de su indiferencia y fácil contentamiento era otra.
¿Qué podían importarle vanas atenciones, ni respetos, cuando sus
pensamientos pertenecían a otro mundo y sólo para descansar alguna
vez de su incesante vuelo se posaban por instantes en la
tierra?...
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso partió de Villabuena en la
misma tarde a cumplir, como bien nacido, los mandatos de su rey y a
dar calor a los preparativos de guerra que por todas partes se
hacían. La presencia de aquellos lugares se le hacía cada vez más
penosa y por eso se apresuró a dejarlos. Encomendó, pues, su hija
al cuidado de la abadesa con particular encarecimiento, y se
encaminó a las montañas del Burbia a levantar gente y ordenar su
mesnada. La suerte le destinaba a pelear con el que, por un influjo
más benigno, destinaba en otro tiempo para su yerno, y no era esta
la menor de sus pesadumbres, pues sobrado conocía la ansiedad que
produciría en el ánimo de doña Beatriz aquella lucha fatal entre su
padre y el hombre que, aunque perdido para ella, no se borraba de
su memoria. Sus sentimientos personales, además, habían sufrido
grande alteración, y el árbol de su ambición comenzaba a dar tan
amargos y desabridos frutos, que a costa de su vida hubiera querido
arrancarlo; pero sus raíces se habían ahondado en el corazón de su
hija y sólo arrancándolo con ellas pudiera lograr su objeto. La
obligación de juntarse con el conde y concertar con él todo lo
perteneciente a la guerra era muy penosa para su pundonoroso
carácter, una vez descorrido el velo que tanta ruindad y
perversidad había encubierto, de manera que su camino por donde
quiera estaba sembrado de abrojos y sinsabores.
    </p>
    

    <p>
     El abad de Carracedo, que desde las
bodas de doña Beatriz y la muerte de su madre se había extrañado de
Arganza por entero, movido entonces del amor a la paz, y deseoso de
atajar el torrente de males que de nuevo amargaban a la trabajada
Castilla y sobre todo al Bierzo, medió entonces con eficacia entre
el conde de Lemus, el señor de Arganza y el maestre don Rodrigo.
Aunque su carácter era duro y austero en demasía y su rencor contra
el Temple bastante vivo, fundábase éste en su deferencia ciega a la
Sede romana, y no estaba aquél, como vimos ya en otra ocasión,
sordo a los sentimientos afectuosos y puros. Ahora que las mayores
catástrofes y miserias estaban pendientes sobre aquella orden, que
como la suya se había cobijado al nacer bajo el manto de San
Bernardo, su caridad se despertó vivamente y su antigua amistad con
el maestre recobró sus derechos. Todo su celo y diligencia hubieron
de naufragar, sin embargo, porque la corona estaba decidida a
borrar aquella caballería de la tierra de España, y los templarios,
por su parte prontos a presentarse en juicio y sumisos a la
autoridad del Papa, se negaban justamente a despojarse de sus
medios naturales de defensa, recelosos, y con harto fundamento, de
que se renovasen en ellos las desaforadas crueldades de Francia.
Así pues, viendo frustrarse una tras de otra todas sus tentativas,
hubo de juntar su corta hueste a la del señor de Arganza y obedecer
como sacerdote católico y fiel vasallo las órdenes del rey y del
Papa.
    </p>
    

    <p>
     Los aprestos bélicos siguieron, por lo
tanto, con la mayor actividad por parte de las tropas de Castilla,
pues los templarios, de antemano prevenidos y aprovechándose de las
enormes ventajas que sus riquezas, su subordinación y disciplina
les daban sobre sus contrarios, no hicieron más sino estarse a la
defensiva, según lo tenían determinado, y aguardar el trance del
combate. Los peligros de semejante empresa se ocultaban a su
orgulloso y altivo valor, y cansados de la paz con los moros a que
los habían obligado las alianzas de Castilla con los reyes de
Granada y sus discordias intestinas, codiciaban nuevos laureles
ganados en defensa de su honor y de su existencia. Don Rodrigo
mismo, a pesar de sus tristes previsiones y de sus años, parecía
animado de un ardor juvenil cuando se vio cerca de dar su vida por
el honor de su orden; bien como un caballo envejecido en las
batallas relincha y se estremece, a pesar de su debilidad, al oír
la trompeta guerrera.
    </p>
    

    <p>
     Cualquiera que fuese el entusiasmo con
que por ambas partes pudiera emprenderse esta lucha, había en cada
bando un hombre que saludaba su sangrienta aurora con particular
júbilo y esperanza. Estos dos hombres eran el conde de Lemus y el
señor de Bembibre. Los pesares del corazón y los desengaños de la
vida en el uno, la ambición y codicia desapoderada en el otro, y en
entrambos el odio y el valor, les mostraban los trances venideros
bajo los colores de sus deseos. Don Álvaro, para mayor humillación
del conde, se había negado a hacer campo con él por la desigualdad
que con su ruin comportamiento había introducido entre los dos;
pero en aquella ocasión, desnudo ya de voluntad propia, como lo
estaba de sus antiguos derechos de señor independiente, podía
completar su venganza y lavar con sangre su ofensa. El conde, de
cuya memoria no se apartaba aquel ultraje y a quien su proceder no
podía menos de avergonzar, anhelaba ardientemente cerrar para
siempre la boca de aquel testigo inexorable y terrible, y
desagraviar con su muerte su orgullo ofendido. Así pues, ambos
aguardaban la ocasión de medir sus fuerzas con ansiedad indecible,
bien ajenos de la suerte que su sino fatal les preparaba.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001025"> 
    

    <head>
     Capítulo XXV
    </head>
    

    <p>
     La posición militar de los templarios
en el Bierzo, según ya dejamos dicho en otro lugar, no podía ser
más aventajada. Por el lado de Castilla nada tenían que temer,
porque las encomiendas y fortalezas que allí poseían darían
demasiado que hacer a las huestes del rey, y en el país los
vasallos de don Álvaro, que por su profesión habían pasado al poder
del Temple, eran contrapeso sobrado a las fuerzas del abad de
Carracedo y del señor de Arganza. Las suyas propias eran más que
bastantes para conservar la posesión de la tierra y cerrar ambas
entradas de Galicia con los fuertes de Cornatel y del
Valcárcel.
    </p>
    

    <p>
     Sin embargo, las gentes que de toda
Galicia juntaba el conde de Lemus en Monforte iban componiendo ya
una hueste poderosa formada en su mayor parte de montañeses ágiles,
robustos y alentados, acostumbrados a los ejercicios de la caza
diestrísimos ballesteros en general. El conde era además capitán
muy hábil, y aunque odiado en el país, su liberalidad y
desprendimiento siempre que la ocasión lo requería, le granjeaban
la voluntad de la gente de guerra. Su astucia, además, había sabido
aprovecharse de la crédula superstición de los montañeses, pintando
a los templarios con los más negros colores, y atizando más y más
aquel horror secreto con que miraban las artes diabólicas y
maravillosas y los ritos impíos a que suponían entregados a los
caballeros de la orden. Con semejantes voces y estímulos no parecía
sino que iban a emprender una cruzada contra infieles, según el
tropel de soldados que corrían a ponerse debajo de sus banderas,
deseosos algunos de servir al rey, codiciosos otros de botín y
ganancias, y todos aguijados del deseo de poner pronto fin a un mal
que tan grande les pintaban. Juntó, por fin, un tercio y comenzaron
a moverse por la encañada del Sil, como una nube amenazadora que
iba a descargar sobre Cornatel, acaudillados por el conde en
persona.
    </p>
    

    <p>
     Este era el peligro de más bulto a que
había que acudir; así el comendador Saldaña, que para servir de
padrino a don Álvaro se había quedado durante algunos días en
Ponferrada, volvió prontamente a su antigua alcaidía. Don Álvaro
solicitó licencia de su tío para acompañarle y la consiguió al
punto, con lo cual nada quedó que desear al anciano caballero, más
poseído que nunca de sus extraños pensamientos de gloria y de
conquista. La idea de ser el primero en pelear por el honor de su
cuerpo y tener por contrario el enemigo más encarnizado que contaba
en Castilla, le envanecía y alegraba extraordinariamente, porque si
en los motivos se diferenciaba algo, no era menor ni menos profundo
que el de don Álvaro el rencor que abrigaba contra el conde. La
afición que había cobrado a su ahijado, violenta como todos sus
afectos, había avivado esta hoguera con todos los pesares que la
perfidia del rico-hombre gallego había derramado sobre aquel alma
generosa y llena de bondad, y el deseo de llenarla con las
emociones de la gloria y de asentar su fama sobre la ruina del
enemigo comunicaba energía nueva a todos sus movimientos y
disposiciones, y al parecer le quitaba de delante de los ojos las
hondas heridas que su causa recibía en lo restante de Europa.
Pronto se sintió su presencia en el castillo, pues tanto su brazo
como su ingenio infundían por todas partes el valor y la confianza,
y sus antiguos compañeros y soldados le acogieron con
extraordinaria alegría. Desde aquella enriscada altura extendió su
mirada tranquila y satisfecha por los precipicios que la rodeaban,
por el lago de Carucedo, entonces crecido con las aguas y
corrientes del invierno y por las llanuras del Bierzo que desde
allí se descubrían, y tendiendo la mano a don Álvaro y
apretándosela fuertemente, le dijo con los ojos alzados al cielo y
con acento religioso y recogido: 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Dominus mihi custos et ego disperdam inimicos
meos
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro sólo le respondió
apretándole también la mano fuertemente y poniéndola enseguida
sobre su corazón con un gesto vehemente y expresivo. El comendador
recorrió enseguida el castillo con el mayor cuidado, examinando muy
prolijamente sus murallas, y convenciéndose de su buen estado, se
recogió a su cámara sosegado y confiado en sus gentes y en sus
medios de defensa. Verdaderamente él es tal aun ahora, que sus
obras avanzadas han desaparecido y está cegado el foso de todo
punto, que no es de extrañar la confianza de su alcaide en aquella
época.
    </p>
    

    <p>
     Cualquiera que ella fuese, los
enemigos tardaron poco en llenar aquellos contornos con el ruido de
sus armas. A los dos o tres días los puestos de soldados de la
guarnición, que llegaban hasta las Médulas, se fueron retirando
sucesivamente y dejaron al conde dueño del campo con sus bandas, no
muy veteranas ni disciplinadas, pero en cambio pintorescas y
vistosas en sumo grado. Sus lanzas y hombres de armas venían
equipados con cierta regularidad, y aun sus caballos traían las
defensas de costumbre, pero los peones variaban
extraordinariamente. Los gallegos de Valdeorras y de otros valles y
pueblos que componen la mayor parte de la provincia de Orense
venían armados de cueras de pellejo de buey bien adobadas, y traían
además en la cabeza unas monteras que casi por entero la cubrían.
Las piernas las traían hasta las rodillas con unos greguescos muy
anchos de lienzo blanco y lo demás desnudo menos el pie, que cubría
un enorme zueco de becerro y de madera. Las armas en unos eran
picas y en los otros unas porras de gran peso y guarnecidas de
puntas de hierro, cuyo golpe debía de ser fatal en aquellos brazos
robustos y fornidos. Todos ellos se distinguían por su corpulencia,
por su fuerza y por la pesadez de sus movimientos.
    </p>
    

    <p>
     Los de las montañas de la Cabrera
traían todos gorros de pieles de cordero, coleto muy largo de piel
de rebezo destazada y de color rojizo, calzones ajustados de paño
oscuro y unas pellejas rodeadas a las pantorrillas y sujetas con
las ligaduras y correas de la abarca. La traza de estos serranos
era viva, ágil y suelta: su cuerpo enjuto, su fisonomía atezada y
seca, porque su vida dura de cazadores y pastores les sujetaba a
todas las asperezas e inclemencia de su clima; y las armas que
usaban eran un gran cuchillo de monte a la cinta y su ballesta, en
la cual eran muy certeros y temibles. Pudiérase decir de los unos
que componían la infantería de línea de aquel pequeño ejército, y
de los otros que eran los flanqueadores y tropas ligeras a quienes
por lo fragoso del país debería caber la mayor gloria y peligro de
la demanda, que no dejaba de ofrecerlo grave.
    </p>
    

    <p>
     Toda esta gente acampó a la falda del
antiguo monte 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Meduleum
     </foreign>
     , tan celebrado por su extraordinaria
abundancia de criaderos de oro durante la dominación romana en la
Península Ibérica. Esta montaña, horadada y minada por mil partes,
ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos
desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido formando
con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la
acción de las aguas invernizas y que la cruzan en direcciones
inciertas y tortuosas. Está vestida de castaños bravos y matas de
roble, y coronada aquí y allá de picachos rojizos de un tono
bastante crudo, que dice muy bien con lo extravagante y caprichoso
de sus figuras. Su extraordinaria elevación y los infinitos
montones de cantos negruzcos y musgosos que se extienden a su pie,
residuo de las inmensas excavaciones romanas, acaba de revestir
aquel paisaje de un aire particular de grandeza y extrañeza que
causa en el ánimo una emoción misteriosa. De las galerías se
conservan enteros muchos trozos que asoman sus botas negras en la
mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y dan a la última
pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de la naturaleza y
el poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia
humana y sobre la vanidad de sus recuerdos. Al pie de la montaña
está fundada la aldea de las 

     <emph rend="italic">
      Médulas
     </emph>
     , poco considerable en el día, pero
que en la época de que hablamos era mucho más pobre y ruin todavía.
Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más florido y
mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las pocas
chozas que allí había se repartió por las minas y cuevas para
buscar un abrigo contra la intemperie de la estación. La caballería
se ladeó hacia la izquierda y se extendió por las orillas del lago
de Carucedo que le brindaban abundosos pastos y forrajes. De esta
suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de diciembre, y
estableciendo sus guardias y precaviéndose como lo pedía la
vecindad de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus
hogueras la venida del nuevo día.
    </p>
    

    <p>
     Amaneció éste, y al punto los
clarines, gaitas y tamboriles saludaron sus primeros resplandores.
Los relinchos de los caballos a la orilla del lago, los ecos de los
groseros instrumentos, las voces de mando y los romances guerreros
de aquellas alegres animadas tropas resonaban con extraordinario
ruido entre aquellas breñas y precipicios, y los corzos y jabalíes
huían asustados por las laderas con terribles saltos y bufidos.
Semejante estruendo y algarabía formaba raro contraste con el
reposo y silencio del castillo, cuyos caballeros, inmóviles como
estatuas, reflejaban en sus bruñidas armaduras los tempranos rayos
del sol. El ronco murmullo que se oyó entre ellos fue el de los
salmos y oraciones matutinas que entonaron a media voz, de
rodillas, con la cabeza descubierta, las lanzas y espadas
inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente. Concluido
este acto religioso, tornaron a su silencio y recogimiento
ordinario, aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo, que
de momento a momento se acercaba, a juzgar por la distinción y
claridad con que se oían sus instrumentos músicos. Don Álvaro pidió
licencia para batir y registrar el campo, pero el comendador no se
la otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y cólera, a no romper
el primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre los
templarios españoles, y temeroso, por otra parte, de que don
Álvaro, sin escuchar más voz que la de su resentimiento, no se
empeñase temerariamente. Otro caballero de más edad salió a la
descubierta, y después de reconocer bien al enemigo y haber
escaramuzado ligeramente con sus corredores, se volvió a dar cuenta
a Saldaña de su expedición.
    </p>
    

    <p>
     Mientras tanto las cejas de los montes
vecinos se fueron coronando de montañeses que no cesaban en sus
rústicas tonadas. Los gallegos se extendieron por la ladera más
suave que se extiende hacia Bermés; y la caballería, a quien por la
naturaleza del terreno y la clase del ataque no podía caberle gran
parte de peligro ni gloria, se estacionó en la reducida llanura que
corona la cuesta de Río Ferreiros, ocupando el camino único de
Cornatel y cortando toda comunicación con Ponferrada. El conde
apareció poco después, seguido de los hidalgos de su casa, montado
en un soberbio caballo castaño de guerra, con riendas y arreos de
seda azul cuajados de plata, que el fogoso animal salpicaba de
espuma a cada movimiento de cabeza. La armadura era del mismo color
y adornos con una banda encarnada que la atravesaba, y el casco
dorado remataba con hermoso penacho de plumas bancas y tendidas que
se movían al leve soplo del viento. Venía, en suma, gallardamente
ataviado en medio de su lúcido cortejo, y su hueste entera le
saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas más expresivas
que melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él también
graciosamente con su espada, volviéndose hacia todas partes, y
enseguida se puso a reconocer la posición con aquel ojo militar y
certero que en muchas guerras le había granjeado fama de diestro y
experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta de Río
Ferreiros, cruzó el riachuelo, entonces hinchado por las lluvias, y
presto se convenció de que por aquella parte el castillo era
inexpugnable, porque la naturaleza se había empeñado en
fortificarle con horrorosos precipicios. Para mayor seguridad, sin
embargo, situó un destacamento de caballería en el vecino pueblo de
Santalla, con lo cual aseguraba de todo punto el camino de
Ponferrada. Subió enseguida de nuevo el recuesto, entonces decidió
hacer su embestida por el lado de poniente y mediodía, donde la
fortaleza presenta dos frentes regulares, pero defendidos entonces
cuidadosamente con una fortísima muralla y un foso muy hondo.
    </p>
    

    <p>
     Por respeto a los usos de la guerra,
envió antes de comenzar el ataque un pliego a los sitiados
comunicándoles las órdenes que tenía del rey e intimándoles la
rendición con amenazas y arrogancias empleadas adrede para
exacerbarlos y empeorar su causa con la resistencia. Saldaña
contestó, según era de esperar, que ninguna autoridad reconocía en
el monarca de Castilla, como miembros que eran de una orden
religiosa sólo dependiente del Papa; que de las órdenes de Su
Santidad sólo obedecían la que les mandaba comparecer en juicio,
pero no la que les desposeía de sus bienes y medios de defensa
antes de juzgarlos, pues claro estaba que la había arrancado la
violencia del rey de Francia y finalmente, que no habiéndose
purgado el conde de la ruindad de Tordehumos, cometida en la
persona de don Álvaro Yáñez, le advertía que no tratarían con él de
igual a igual, y que a cuantos mensajeros enviase los recibiría
como a espías de un capitán de bandoleros, y los ahorcaría de la
almena más alta. Aunque el conde se esperaba semejante respuesta,
los términos de menosprecio y denuesto en que estaba concebida le
hicieron rechinar los dientes de ira y le robaron el color de la
cara. Lo peor del caso era que su conciencia le repetía punto por
punto las injurias del comendador, y que con enemigo tan implacable
y fiero no valían desdenes ni altanerías.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, pasado el primer impulso,
volvieron sus ordinarias y habituales disposiciones a su natural
corriente, y por último, se alegró ferozmente de aquel desafío a
muerte, en que la superioridad numérica de sus tropas y el apoyo
del rey del pontífice y de toda la cristiandad parecían prometerle
que llevaría lo mejor. Había recibido con siniestra alegría la
nueva de la profesión de don Álvaro, porque de esta suerte él mismo
se prendía en las redes que acabarían por perderle. Así, pues,
gozoso de contar como por suyos a dos tan aborrecidos enemigos, se
apresuró a trazar aquel mismo día las trincheras y señalar los
puestos y cuerpos de guardia con gran tino y habilidad, para
apretar aquel baluarte en que tan grandes esperanzas tenía puestas
la orden. En realidad, para cercar un castillo por su misma
situación aislado, pocas fuerzas eran necesarias; para apoderarse
de él era para lo que ocurrían inmensas dificultades.
    </p>
    

    <p>
     Los gallegos comenzaron al punto a
abrir las trincheras, y los montañeses de Cabrera, bajando de las
crestas de la montaña que cae al mediodía del castillo, y
amparándose de los matorrales y peñascos, protegían sus trabajos
con una nube de flechas dirigidas con gran puntería. Acaudillábalos
un hidalgo de aquel país, llamado Cosme Andrade, arquero y
ballestero muy afamado, y la distribución y colocación que les dio
fue muy atinada, pues apenas asomaba un sitiado le alcanzaba al
punto una flecha. De ellos, algunos peor armados, cayeron pasados
en claro y otros malheridos, pero los caballeros, con sus armaduras
damasquinas, de finísima forja, nada tenían que temer de aquellas
armas lanzadas a cierta distancia, y sobre todo mal templadas para
atravesar sus petos y espaldares. En cambio, los ballesteros del
castillo, cuando alguno de los enemigos se descubría, al punto lo
convertían en blanco, y como no siempre los matorrales y retamas
los escondían del todo, y por otra parte sus enormes coletos de
destazado no los reguardaban bien, venía a resultar, como era
natural, que recibían más daño. De todas maneras sus disparos
incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a su sombra
seguían las obras del cerco.
    </p>
    

    <p>
     Todo aquel día corrió de este modo,
sin que los caballeros hiciesen salidas ni ningún género de
demostración hostil, y entrambos bandos pasaron la noche en sus
respectivos puestos. Cornatel, envuelto en el silencio y las
tinieblas, formaba vivo contraste con el campo del de Lemus,
resplandeciente, con un sinnúmero de hogueras en que asaban cuartos
de vaca y trozos de venado como en los tiempos de Homero, y poblado
de un murmullo semejante al de una inmensa colmena. El conde
descansó poco en toda aquella noche y continuamente se le veía
pasar de un corro a otro, como animando y prometiendo recompensas a
sus gentes. Brillaban sus armas a la luz de las hogueras, y su
penacho blanco se revestía de un color rojizo mientras, agitado por
un viento recio que se había levantado, flotaba semejante a un
fuego fatuo en la cimera de su yelmo. Por lo demás, tantas lumbres
encendidas por la ladera del monte arriba y cuyas llamas, ora vivas
y resplandecientes, ora turbias y oscuras según la humedad o
sequedad del combustible, oscilaban a merced del viento con mil
formas caprichosas, llenando el aire con los fantásticos festones
del humo que desprendían, formaban un espectáculo sumamente vistoso
y sorprendente. La principal ardía delante de la tienda del conde,
sobre la cual estaba enarbolada la bandera de los Castros, que
también azotaban las ráfagas nocturnas, silbando por entre las
rocas y árboles. Una porción de mujeres que habían seguido a sus
padres, maridos, amantes o hermanos a aquella expedición, vestidas
las unas con una saya blanca, un dengue encarnado al pecho y un
pañuelo blanco a la cabeza o con rodados oscuros, dengues y jubones
del mismo color y un tocado de pieles negras, según eran de Galicia
o de Cabrera, y una gran parte de ellas jóvenes y agraciadas,
acababan de completar aquel cuadro bullendo y agitándose por todas
partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo movimiento, si no es
el de los centinelas que se paseaban cerca del fuego, y un ruido
acompasado como de martillazos con que algo se clavaba.
    </p>
    

    <p>
     Saldaña, que con su vista de águila
había seguido todo aquel día los pasos del enemigo, adivinando sus
intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en
uno de los más altos torreones del castillo acompañado del señor de
Bembibre, no menos ocupado que él en observarlo todo
atentamente.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -dijo por fin con mal
disimulado regocijo-, mañana vienen.
    </p>
    

    <p>
     -Ya lo sé -respondió el joven-; oíd
cómo clavan o las escalas o el puente de vigas con que piensan
suplir el levadizo para atacar la puerta cuando nos hayan ganado la
barbacana.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobres montañeses! -repuso Saldaña,
con una sonrisa y un acento en que se notaba tanto menosprecio como
lástima-; piensan que nos van a cazar como a los osos y jabalíes de
sus montes, y sin duda despertarán muy tarde de su sueño.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me perdonaréis si os pregunto lo que
pensáis hacer? -le preguntó el mancebo respetuosamente.
    </p>
    

    <p>
     -No todo os diré ahora -contestó el
comendador-, sólo sí que a vos reservo la parte más honrosa y
brillante de la jornada. Antes de romper el día bajaréis con todos
los caballos que hay en el castillo por la escalera secreta que ya
sabéis y va a dar a la orilla misma de ese riachuelo, y siguiendo
su orilla tomaréis la vuelta a la caballería del conde que
creyéndonos de todo punto aislados, sin duda estará desprevenida y
la desbarataréis; pero para esto preciso será que aguardéis
emboscado en el monte hasta que la campana del castillo os dé la
señal tañendo a rebato.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, señor -repuso don Álvaro-, ¿y
podrán bajar los caballos por aquella escalera de piedra tan larga
y pendiente?
    </p>
    

    <p>
     -Todo está previsto -respondió el
anciano-, la escalera está llena de tierra para que no resbalen.
Además, ya sabéis que los caballos del Temple son de las mejores
castas de la Siria y de Andalucía, aquí y en toda Europa, y
nuestros esclavos infieles los enseñan y acostumbran a todo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y habéis tenido en cuenta -insistió
don Álvaro- el cuerpo avanzado que tienen en Santalla?
    </p>
    

    <p>
     -Eso es lo que los pierde cabalmente
-replicó el comendador-; porque como sólo atienden al camino de
Ponferrada, podéis pasar por medio de entrambos y cogerlos de
improviso. ¡Ah!, don Álvaro -añadió tristemente-, yo he peleado con
los árabes y mamelucos, ¿y queréis que no se me alcance algo de
estratagemas y ardides?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, ya veo que todo lo tenéis
previsto; pero ¿Y querrán los caballeros más antiguos que yo pelear
bajo mi mando?
    </p>
    

    <p>
     -Todos os estiman y respetan por
vuestra alcurnia, carácter y valor -contestó Saldaña-, y todos os
obedecerán gustosos; pero ¿qué tenéis, que no habéis hecho sino
ponerme reparos y dificultades en lugar de agradecerme la
preferencia que os doy?
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro permaneció callado y como
indeciso unos breves instantes, al cabo de los cuales volvió a
preguntar a Saldaña:
    </p>
    

    <p>
     -¿Y pensáis que el conde esté mañana
con sus lanzas?
    </p>
    

    <p>
     -No, por cierto -contestó él-, porque
ya sabéis que nuestro enemigo no abandona los sitios del riesgo.
Nuestro odio mismo nos obliga a hacerle justicia.
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces -repuso don Álvaro-,
más os agradeciera que me dejarais en la barbacana del
castillo.
    </p>
    

    <p>
     Saldaña levantó entonces la cabeza y
le dirigió una terrible mirada que don Álvaro no vio por la
oscuridad de la noche, pero su ademán le hizo bajar los ojos.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -le dijo el anciano con
severidad-, hace muchos años que a ningún mortal se ha acercado mi
corazón tanto como a vos; por lo mismo, no os advertiré que vuestro
único deber es la obediencia; pero no dejaré de deciros que el
desprendimiento personal es lo que más ensalza al hombre. Para esta
empresa os necesito, id y cumplidla, y prescindid por hoy de
vuestro odio por más legítimo que sea, y esperad a mañana, que tal
vez la suerte lo ponga en vuestras manos. De todos modos, si me lo
entrega a mi albedrío, tal vez le irá peor.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro, un tanto avergonzado de
haber querido anteponer el interés de su venganza a la gloria de
aquella milicia que con tanto amor le había recibido en sus filas,
dio sus disculpas al comendador, que las recibió con su señalada
benevolencia y se dispuso a su empresa que no dejaba de ofrecer
riesgos. El comendador se separó de él para dar las últimas órdenes
y acabar los preparativos, ya de antemano dispuestos, con que
pensaba recibir a los sitiadores en el asalto del día
siguiente.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001026">
    

    <head>
     Capítulo XXVI
    </head>
    

    <p>
     Buen rato antes de que asomase por
entre las nieblas del oriente la aurora pálida y descolorida de
aquel día en que debían suceder tantos casos lastimosos, don
Álvaro, seguido de una gran tropa de caballeros, bajó por aquella
escalera que sola otra vez y con tan distintas esperanzas había
pisado. Los caballos llegaron también sin trabajo a la orilla del
torrente, que entonces corría con tremendo estrépito, muy a
propósito para ocultar su marcha. Emprendiéndola callados y atentos
al inminente riesgo que les cercaba, porque caminaban por una
ladera gredosa y escurridiza y por una senda estrecha y tortuosa al
borde mismo de los enormes barrancos que excava aquel regato poco
antes de entrar en el Sil. Desfilaban uno por uno con gran peligro
de ir a parar al fondo al menor resbalón y con otro no menor de ser
descubiertos en tan apretado trance por el relincho de un caballo;
pero estos generosos animales, como si conociesen la importancia de
la ocasión, no sólo anduvieron el difícil camino sin dar un paso en
falso, sino que apenas soltaban tal cual corto resoplido. Por fin
salieron de aquellas angosturas, y antes de que amaneciese ya
estaban emboscados en el monte de acebuches que linda con el pueblo
de San Juan de Paluezas, y llegaba muy cerca del campamento de la
caballería del conde de Lemus. Allí, cuidadosamente escondidos,
aguardaron la convenida señal.
    </p>
    

    <p>
     Poco tardaron en colorearse débilmente
los húmedos celajes del oriente, y los clarines, gaitas y
tamboriles de los sitiadores despertaron a los que todavía dormían
al amor de la lumbre. Levantáronse todos ellos alborozados y, dando
terribles gritos, se formaron al punto bajo sus enseñas. El conde
Lemus salió de su tienda y en un caballo blanco, donde el terreno
lo permitía, y a pie en los riscos más difíciles, corrió las filas
y pelotones haciendo distribuirles dinero, raciones y aguardiente,
y alentándoles con su natural y astuta elocuencia contra aquellos
idólatras impíos que adoraban un gato y que, dejados de la mano de
Dios, poco tardarían en caer bajo las suyas. Semejantes razones
subyugaban y exaltaban a aquellas gentes crédulas y sencillas, y
doblaban su brío; así es que el clamoreo y alharaca ensordecía y
atronaba el aire. Los templarios, por su parte, después de haber
hecho su acostumbrada oración, conservaron su natural gravedad, y
el comendador, que pensaba haberles arengado, después de haber
observado el denuedo de sus miradas y semblantes, conoció la
inutilidad de exhortar a unas gentes en cuyos pechos ardía la llama
del valor como en su propio altar y se contentó con repetirles, con
aquel majestuoso ademán que tan bien cuadraba, el versículo que
días antes había dicho a don Álvaro al tomar por segunda vez el
mando del castillo: 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Dominus mihi custos, et ego disperdam inimicos
meos
     </foreign>
     . Los caballeros, aspirantes y hombres de armas lo
repitieron en voz baja y cada uno quedó en su sitio sin hablar más
palabra.
    </p>
    

    <p>
     Los momentos que siguieron fueron de
aquellos zozobrosos llenos de ansiedad que preceden generalmente a
todos los combates, y en que el temor, la esperanza, el deseo de
gloria, los recuerdos y lazos en otras partes pueden atar el
corazón, un tropel, en fin, de encontradas sensaciones batallan en
el interior de cada uno. Por fin, las trompetas de los sitiadores
dieron la última señal, a la cual los añafiles y clarines de los
templarios respondieron con agudas resonantes notas como de reto, y
los cuerpos destinados al asalto se pusieron en movimiento
rápidamente, precedidos de un cordón de ballesteros que despedían
una nube de saetas, y sostenidos por otros muchos que desde las
quiebras y malezas los ayudaban poderosamente. Encamináronse, como
era natural, contra la barbacana del castillo, sólo dividida de
éste por el foso y enlazada con él por el puente levadizo,
asestando sus tiros contra los caballeros que la defendían y que,
por su parte, recibieron a los sitiadores con descargas en que
maltrataron e hirieron a muchos. Sin embargo, su defensa fue menos
tenaz de lo que el conde aguardaba, así es que dieron lugar a los
mas atrevidos a acercarse a la puerta, sobre la cual empezaron a
descargar al punto redoblados hachazos. Los caballeros, viendo sin
duda lo poco que podían resistir aquellas débiles tablas a
semejante empuje y sacudidas, atravesaron enseguida el puente
levadizo que se alzo al punto, justamente cuando, forzada la
puerta, cabreireses y gallegos se precipitaban en tropel en la
barbacana. Pasmado todos, y el de Lemus en especial, de tan floja
defensa, creyeron que la hora del Temple había llegado, cuando así
se amortiguaba de repente la estrella rutilante de su valor.
Comenzaron, pues, a denostarlos con injuriosas palabras, a las
cuales no respondían sino disparando de cuando en cuando alguna
flecha o piedra, amparándose, sin embargo, cuidadosamente en las
almenas. La caballería, que desde su puesto veía el triunfo de los
suyos y tremolar la bandera del conde en la barbacana, prorrumpió
en una estrepitosa y alegre gritería vitoreando y agitando sus
lanzas desde abajo. Estaban pie a tierra y con los caballos del
diestro descansando enteramente en la avanzada apostada en el
camino de Ponferrada, y tenían puestos los ojos y el alma en el
drama que más arriba se representaba, y del cual, con gran enojo
suyo, sólo venían a ser fríos espectadores.
    </p>
    

    <p>
     Los de la barbacana trajeron al
instante el puente de vigas que habían estado clavando y aderezando
a prevención en la noche anterior, y que no habían conducido, desde
luego, contando con que el primer ataque sería más largo y reñido.
Desmentido con gran gusto suyo este pronóstico, asomaron
inmediatamente con su informe pero sólida armazón por la puerta
interior de la barbacana para echarlo sobre el foso. Los sitiadores
entonces parecieron reanimarse y se presentaron en la plataforma
que dominaba la puerta arrojando piedras y venablos, pero la
granizada de flechas de los montañeses los hizo retirar al punto.
La afluencia de estos desgraciados era tal que la barbacana estaba
atestada de gentes a cual más deseosas de abalanzarse a la puerta
del castillo, y echándola al suelo, entrar a saco a degüello
aquellos cobardes guerreros. Por fin, con harto trabajo se asentó
el puente y un sinnúmero de montañeses y valdeorranos se agolparon
a herir con sus hachas las herradas puertas del castillo.
    </p>
    

    <p>
     No bien habían descargado los primeros
golpes, cuando un grito de horror resonó entre aquellos infelices,
de los cuales una gran parte cayeron en el foso y otros en el mismo
puente lanzando espantosos aullidos y revolcándose
desesperadamente. Los que les seguían, empujados por la inmensa
muchedumbre de atrás, aunque horrorizados porque apenas sabían a
qué atribuir aquel repentino accidente, corrieron también contra la
puerta. Entonces se vio claro lo que tales gritos arrancaba y tan
grandes estragos hacía. Aquellos desdichados mal armados morían
abrasados bajo una lluvia de plomo derretido, aceite y pez
hirviendo que venía de la plataforma y de la cual salían también
muchísimas flechas rodeadas de estopas alquitranadas y encendidas
que no podían desprenderse ni arrancarse sin quemarse las manos.
Algunos quisieron retroceder, pero el extraordinario empuje que
venía de afuera no sólo se lo estorbaba, sino que vomitaba sin
cesar sobre el puente nuevas víctimas. Los que estaban debajo de la
arcada de la puerta, conociendo su peligro y creyéndose a cubierto
por algunos instantes, menudeaban los golpes deseosos de terminar
aquella horrenda escena, pero cuando más descuidados estaban, por
unos agujeros, sin duda practicados de intento en las piedras,
comenzó a llover sobre ellos aquel rocío infernal, y al querer
retirarse, las piedras que caían por los matacaspas acabaron de
estropearlos. Entonces comenzó a sonar a rebato la campana del
castillo como si doblase por los que morían en los fosos y al pie
de sus murallas, los muros y la plataforma se coronaron de
caballeros que, cubiertos de acero de pies a cabeza y con el manto
blanco a las espaldas y la cruz encarnada al lado, se mostraron
como otras tantas visiones del otro mundo a los ojos de aquella
espantada muchedumbre. Unos cuantos esclavos negros, que desde la
plataforma derramaban y esparcían aquel fuego voraz, asomaron
entonces sus aplastados semblantes de azabache animados por una
diabólica sonrisa, y aquellas acobardadas gentes, creyendo que el
infierno todo peleaba en su daño, comenzaron a arrojar sus armas
consternados y tomando la huida.
    </p>
    

    <p>
     El conde que, embarazado con tanto
ahogo y apretura, se había visto embarazado en la barbacana, pudo
desprenderse en aquel momento crítico, y arrojándose al puente para
reanimar a los fugitivos y pasando por encima de los muertos y
heridos sin hacer caso de las lluvias, piedras y aceite hirviendo
que caían sobre su impenetrable armadura, llegó hasta la puerta con
un cercano deudo suyo muy bien armado. Asieron allí las hachas de
manos de dos muertos y comenzaron a descargar tan recios golpes que
de arriba abajo se estremecía el portón a pesar de sus chapas de
hierro. Entonces una enorme bola de granito, bajando por uno de los
matacaspas, cayó a plomo sobre la cabeza de su pariente que al
punto vino al suelo muerto, con el cuello y el cráneo rotos, viendo
lo cual otros hidalgos de su casa, que se habían quedado a la
puerta de la barbacana, atravesaron el puente desalados, y a viva
fuerza arrancaron de allí a su jefe.
    </p>
    

    <p>
     La caballería entretanto, como hemos
dicho, seguía con envidiosos ojos la pelea de sus compañeros,
cuando oyó tocar a rebato la campana del castillo. Entonces
creyeron que ya era el conde dueño de él, y con loca presunción
comenzaban a darse el parabién de tan feliz jornada, cuando de
repente les estremeció sus espaldas una trompeta que sonó en sus
oídos como la del último día, volviendo los asombrados ojos vieron
el corto pero lucido escuadrón de don Álvaro, que lanza en ristre y
a todo escape les acometía. Muchos caballos espantados, no menos
que sus jinetes, rompieron la brida y dieron a correr por las
cuestas dejando a pie a sus dueños que fueron los primeros que
cayeron al hierro de las lanzas enemigas. Los restantes que
pudieron ocupar las sillas en medio del tumulto, arremolinados y
envueltos en sí propios, sólo hicieron una cortísima resistencia,
durante la cual mordieron muchos, sin embargo, la tierra, y al
punto se dispersaron bajando algunos a reunirse con el destacamento
que tenían en el camino de Ponferrada, corriendo otros por la
ladera del monte a reunirse con las bandas de peones, y echando los
demás con desbocada carrera por el camino de las Médulas. Don
Álvaro entonces, deseoso de dar alcance a los que iban a
incorporarse con el grueso de la hueste del conde, picó en pos de
ellos por la ladera, con el firme intento no sólo de ahuyentarlos,
sino de coger a los enemigos por la espalda.
    </p>
    

    <p>
     Saldaña, bien informado del éxito de
esta arriesgada empresa, bajó entonces seguido de sus más escogidos
caballeros, echando el puente levadizo, porque el otro estaba ya
medio consumido por el fuego, embistió denodadamente la barbacana
con un hacha de armas en las manos, cada golpe de la cual cortaba
un hilo en aquella gente todavía apiñada y comprimida. En medio de
aquel tumulto y matanza acertó a ver al conde que forcejeaba con
sus hidalgos y deudos para volver al Puente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Conde traidor! -le gritó el
comendador-, ¿cómo tan lejos del peligro?
    </p>
    

    <p>
     -Allá voy, hechicero infernal, ligado
con Satanás -le respondió él con la boca llena de espuma y
rechinando los dientes; y dando un furioso empellón se fue para el
templario determinado y ciego.
    </p>
    

    <p>
     Llegó a él y con el mayor coraje le
tiró una soberbia estocada que el comendador supo esquivar; y
alzando el hacha con ambas manos iba a descargarla sobre él cuando
uno de sus deudos se interpuso. Bajó el arma como un rayo y
dividiendo el escudo cual si fuera de cera y hendiendo el capacete,
se entró en el cráneo de aquel malhadado mozo que cayó al suelo con
un profundísimo gemido. Trabóse entonces una reñidísima contienda,
porque cuando los del conde vieron que se las habían con hombres
como ellos y no con vestiglos ni espíritus infernales cobraron
ánimo, pero peor armados y menos diestros que sus enemigos,
naturalmente llevaban lo peor. En esto un jinete con el caballo
blanco de espuma y sin aliento se presentó a la puerta de la
barbacana y dijo con alta voz:
    </p>
    

    <p>
     -¡Conde de Lemus!, vuestra caballería
ha sido desbaratada por un escuadrón de estos perros templarios,
que no tardará seis minutos en llegar.
    </p>
    

    <p>
     -¿Hay más desventuras, cielos
despiadados? -exclamó él, levantando al cielo su espada que
apretaba convulsivamente.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, todavía hay más -le dijo Saldaña
con voz de truene-, porque ese que con un puñado de caballeros ha
destrozado tus numerosas lanzas, ¡ese es el señor de Bembibre, tu
enemigo!
    </p>
    

    <p>
     Lanzó el conde un rugido como un
tigre, y de nuevo quiso embestir al comendador; pero los suyos se
lo impidieron arrancándole de aquel sitio, porque los gritos y
galope de los caballeros que iban al mando de don Álvaro se oían ya
muy cerca. Saldaña no juzgó prudente acometer fuera de su castillo
con la poca gente que lo guarnecía y a un enemigo todavía
respetable por su número, y que acababa de dar tan repetidas
muestras de valor. Los caballeros que le acompañaban habían cerrado
la puerta con sus cuerpos, y dejado acorralados un gran número de
montañeses que, aunque no acometían, no parecían dispuestos a
rendirse sin pelear de nuevo.
    </p>
    

    <p>
     -Y vosotros, infelices -les dijo el
comendador-, ¿qué suerte creéis que va a ser la vuestra después de
acometernos tan sin razón?
    </p>
    

    <p>
     -Nos sacrificaréis a vuestro ídolo
-Contestó uno que parecía el capitán-, y le pondréis nuestras
pieles, que es lo que dicen que hacéis, pero aún os ha de costar
caro. En cuanto a venir a haceros guerra, el rey y el conde de
Lemus, nuestros naturales señores, lo han dispuesto, y como es
servicio a que estamos obligados, por eso hemos venido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y quién eres tú que con ese
desenfado me hablas, cuando tan cerca tienes tu última hora? ¿Cuál
es tu nombre?
    </p>
    

    <p>
     -Cosme Andrade -replicó él con
firmeza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿conque eres tú, el arquero
celebrado en toda Cabrera?
    </p>
    

    <p>
     -Más celebrado hubiera sido hoy
-respondió él-, porque a no ser por el maleficio de vuestra
armadura, os hubiera atravesado lo menos cinco veces.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué hubieras hecho conmigo si
hubiese caído en tus manos?
    </p>
    

    <p>
     -Yo no era el que mandaba, y de
consiguiente nada os hubiera hecho por mí; pero si el conde os
hubiera quemado vivo, como dice que han hecho allá muy lejos con
los vuestros, yo hubiera atizado el fuego.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quiere decir que no te agraviarás si
te mando ahorcar, porque aún es tratarte mucho mejor?
    </p>
    

    <p>
     -De manera, señor -respondió el
montañés-, que a nadie le gusta morir cuando como yo puede matar
todavía muchos osos y, rebezos y venados; pero cuando vine a la
guerra, me eché la cuenta de que con semejante oficio no es fácil
morir en la cama con el cura al lado y asistido por su mujer. Así
pues, señor caballero, haced lo que gustéis de nosotros, pero no
extrañéis que nos defendamos, porque eso lo hacen todos los
animales cuando los acosan.
    </p>
    

    <p>
     -No es necesario -contestó Saldaña-,
porque tu valor os libra a todos del cautiverio y del castigo.
Caballero Carvajal -dijo a uno de los suyos-, que se den cien
doblas al valeroso Andrade para que aprenda a tratar a sus
enemigos, y acompañadle vos hasta encontrar con don Álvaro, no sea
que le suceda algún trabajo.
    </p>
    

    <p>
     El montañés se quitó su gorro de
pieles que había tenido encasquetado hasta entonces, y dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Agradezco el dinero y la vida, porque
me los daréis, a lo que se me alcanza, sin perjuicio de la
fidelidad que debo a mi rey, y al conde mi señor -el comendador le
hizo una señal afirmativa con la cabeza-. Pues entonces -añadió el
montañés-, Dios os lo pague, y si algún día vos o alguno de los
vuestros os veis perseguidos, idos a Cabrera, que allí está
Andrade, y al que intente dañaros le quitará el modo de andar.
    </p>
    

    <p>
     Con esto se salió muy contento seguido
de los suyos, y acompañado del caballero Carvajal y diciendo entre
dientes: -No, pues ahora excusa el conde de venir con que son
mágicos o no lo son, porque por estrecho pacto que tengan con el
diablo, ¡ni el diablo ni él les quitarán de ser caballeros de toda
ley! ¡Así quiera Dios darme ocasión de hacer algo por ellos!
    </p>
    

    <p>
     La precaución de Saldaña no podía ser
más cuerda, pues a los pocos pasos encontraron los caballeros de
don Álvaro, que al ver los rojizos coletos de los montañeses, al
punto enristraron las lanzas. Carvajal se adelantó entonces, y los
dejaron pasar sanos y salvos, sin más pesar que el recuerdo de los
compañeros que dejaban sin vida delante de aquel terrible
castillo.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro no sólo cumplió el objeto
de su salida, sino que antes de volver a Cornatel quemó las
empalizadas y chozas de los sitiadores, se apoderó de sus víveres y
pertrechos y trajo arrastrando la bandera enemiga. Todo esto pasaba
a la vista del conde que, trepando por la agria pendiente de los
montes y desesperado de vencer el terror pánico de los suyos, y
llevarlos a las obras que había trazado, veía aquel rival
aborrecido talarlo y destruirlo todo, mientras él huía en medio de
los suyos, qué en aquel momento parecían una manada de corzos
acosada por los cazadores.
    </p>
    

    <p>
     Así pues, reunió su gente como pudo, y
aquella misma noche volvió a las Médulas, de donde dos días antes
había salido con tan diferentes pensamientos. Allí escogió una
posición fuerte y aventajada en la que se reparó con el mayor
cuidado y adonde poco a poco se le fueron allegando los dispersos.
Aquella noche se pasó entre las voces de los que se llamaban unos a
otros según iban llegando, entre los lamentos de los heridos y los
llantos de las mujeres que habían perdido alguna persona querida;
los más valientes habían perecido en la refriega, y cuando los
respectivos jefes pronunciaban sus nombres, sólo les respondía el
silencio o algún amargo gemido. El conde mismo había perdido dos
deudos muy cercanos y veía retrasada por lo menos, durante mucho
tiempo, una empresa de que tanta honra y mercedes pensaba sacar.
Todas estas desdichas exacerbaron su orgullo ofendido, y avivaron
su odio a los templarios y en especial a don Álvaro, de manera que
todo se propuso intentarlo a fin de vengarse.
    </p>
    

    <p>
     Por lo que hace al señor de Bembibre,
que tantos laureles había cogido en aquella jornada, fue recibido
con tales muestras de estimación y con tanto aplauso, que su
entrada en Cornatel fue un verdadero triunfo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001027">
    

    <head>
     Capítulo XXVII
    </head>
    

    <p>
     Después de la malograda empresa que
acabamos de describir, el conde mandó a pedir refuerzos a sus
estados de Galicia, firme en su propósito de lavar con la toma de
Cornatel la afrenta recibida. Antes de que llegasen, sin embargo,
las mesnadas de Arganza y Carracedo cruzaron el Sil al mando de don
Alonso Ossorio, y fueron a engrosar sus diezmadas filas, socorro
oportunísimo en aquellas circunstancias poco favorables, no sólo
por el número y calidad de sus guerreros, sino por el prestigio que
el señor de Arganza disfrutaba en el país, y sobre todo por el
sello de religión que parecía poner en la demanda la intervención
del abad de Carracedo, justamente respetado por sus austeras
virtudes. La confianza volvió a renacer con esto en su pequeño
ejército, y como a pocos días de Cabrera comenzaron a venir nuevas
bandas otra vez florecieron en el conde sus antiguas y risueñas
esperanzas.
    </p>
    

    <p>
     La entrevista de suegro y yerno fue,
como pueden figurarse nuestros lectores, muy ceremoniosa, porque
delante de sus respectivos vasallos debían dar el ejemplo de unión
y concierto de voluntades, que tanto provecho podría traer a la
causa que defendían.
    </p>
    

    <p>
     No era la menor de las contrariedades
que sufría impaciente don Alonso, la de servir debajo del mando de
un hombre que unido a él por los lazos del parentesco más
inmediato, distaba infinito de su corazón por las fealdades que le
manchaban. El conde, conociendo harto bien la dificultad de
purgarse de sus culpas a los ojos de su suegro, y por otra parte
viendo bajo sus banderas los vasallos de Arganza, que era uno de
los blancos a que se encaminaba desde muy atrás su calculada
perfidia, se encastilló en su altanería, y no quiso entrar con su
suegro en ningún género de explicaciones. Éste, por su lado, guardó
una conducta en todo parecida, y aunque delante de los suyos y en
todos los actos públicos le trataba con deferencia y aun con
cordialidad, cuando la casualidad les juntaba a solas acostumbraban
a hablar únicamente de los asuntos militares propios de la empresa
que habían acometido, situación para entrambos penosa, pero sobre
todo para don Alonso, cuyo carácter franco y noble, se avenía mal
con semejantes falsías y dobleces. Comoquiera, el deseo de ocultar
a los ojos del vulgo los pesares y desabrimientos de su familia, le
obligaba a devorar en silencio su amargura, por desgracia demasiado
tardía, y que hacía más insufrible todavía la comparación que a
cada punto se le presentaba de la suerte de su hija, con la que
otra elección más acertada pudiera haberle proporcionado.
    </p>
    

    <p>
     Algo más tardaron en llegar los
refuerzos de Galicia, tanto por la mayor distancia cuanto porque el
conde, escarmentado con el pasado suceso y convencido de que
Cornatel no era para ganado de una embestida, había hecho traer
trabucos y otras máquinas de guerra que embarazaron no poco la
marcha de las tropas. Durante este tiempo sobrevinieron graves
sucesos que aceleraron el desenlace de aquel drama enmarañado y
terrible. Los templarios de Aragón, abandonados de todos sus
aliados y en lucha con un trono más afianzado y poderoso que el de
Castilla, a duras penas podían resistir, encerrados en Monzón y en
algún otro de sus castillos, las armas de toda aquella tierra
concitadas en contra suya, y andaban ya en tratos para rendirse. El
rey de Portugal, por su parte, a pesar del apego con que miraba
aquella noble orden, conociendo la dificultad de calmar la opinión
general y temeroso, por otra parte, de los rayos del Vaticano,
había cedido en su propósito más generoso que político, y
aconsejado a don Rodrigo Yáñez y al lugarteniente de Aragón que,
aceptando su mediación y confiándose a la justificación de los
concilios provinciales, entregasen desde luego sus castillos y
bienes, en obediencia de las bulas pontificias. Tal había sido la
opinión del maestre de Castilla en un principio, pero los ultrajes
hechos a la orden por una parte, la conmoción difícil de calmar
introducida entre sus caballeros por otra, y por último la
imprudencia del rey Fernando el Cuarto, en elegir para capitán de
aquella facción al enemigo más encarnizado del Temple en el reino
de León, le habían retraído de ponerla en planta. De todos modos,
ahora la inexorable mano del destino parecía indicarle esta senda,
y por lo mismo envió cartas a Saldaña, noticiándole lo que pasaba,
y exhortándole a que, atajando la efusión de sangre, entrase en
capitulaciones honrosas con el conde. El anciano comendador dio por
respuesta que el encono y rencor implacable del de Lemus
imposibilitaban todo término justo y decoroso de avenencia, pues
sólo soñaba y respiraba venganza del revés que había experimentado
delante de sus murallas; que con semejante hombre, ajeno de toda
hidalguía, no podía responder de las vidas de sus caballeros; y
finalmente, que si el rey traspasaba a otro cualquiera de sus ricos
hombres el cargo y autoridad por él ejercida, desde luego
entablaría las pláticas necesarias.
    </p>
    

    <p>
     De estas noticias las más esenciales
se derramaron brevemente por el campo sitiador, y el conde no dejó
de aprovecharlas para sus intentos de odio y de venganza. Don
Alonso no pudo menos de recordarle cuán ajeno era de la ley de la
caballería negar todo acomodo honroso a unas gentes que tan ilustre
nombre dejaban, sobre todo cuando tantos daños podían venir a la
desventurada Castilla de la prolongación de una lucha fratricida;
pero el conde le respondió que sus órdenes eran terminantes y su
único papel la obediencia. Separáronse, pues, más desabridos que
nunca, y el señor de Arganza le amenazó con que pondría de
manifiesto ante los ojos del rey la preferencia que daba a sus
rencillas e intereses particulares sobre el procomún de la tierra y
de la corona. El conde, que en el fondo no desconocía la justicia y
prudencia de semejantes reclamaciones, temió con razón que la corte
accediese a ellas, y como por otra parte sus tropas estaban ya
provistas y reforzadas se decidió a dar la última embestida a
Cornatel.
    </p>
    

    <p>
     Poco tardó en averiguar que los
jinetes que habían destrozado su caballería habían salido del
castillo y no venido de Ponferrada, como en un principio se figuró.
Así pues, procuró conocer la misteriosa puerta que sin duda daba al
precipicio, deseoso de herir a un contrario por los mismos filos.
Mandó llamar para esto al intrépido Andrade que, gracias a su
serenidad y a los hábitos de cazador, podía andar por sitios
inaccesibles a la mayor parte de las gentes, y al mismo tiempo
poseía gran astucia y sagacidad.
    </p>
    

    <p>
     -Cosme -le dijo en cuanto le vio en su
presencia-, ¿te parece que podremos entrar en ese infernal castillo
por el lado del derrumbadero?
    </p>
    

    <p>
     -Por muy difícil lo tengo, señor
-respondió el montañés dando vueltas entre las manos a su gorro de
pieles-, a menos que no nos den las alas de las perdices y milanos;
¿pero hay más que verlo, señor?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, pero en eso está el peligro,
porque con esa peña que echen a rodar de arriba pueden aplastaros
en semejantes angosturas.
    </p>
    

    <p>
     -De manera es que no hay atajo sin
trabajo -respondió el animado Andrade, y no estaré mucho peor que
en aquel maldito puente que parecía el del infierno.
    </p>
    

    <p>
     Frunció el conde el ceño con este
importuno recuerdo de su derrota, pero conteniéndose como pudo,
explicó sus deseos al montañés que, con la agudeza propia de
aquellas gentes, los comprendió al momento.
    </p>
    

    <p>
     -Así, y con ayuda de Dios -concluyó el
caudillo-, presto daremos cuenta de esos ruines hechiceros que sólo
con sus malas artes se defienden.
    </p>
    

    <p>
     -En eso habéis de perdonar, señor
-replicó el sincero montañés-, porque si el diablo los asiste, no
se ayudan ellos menos con sus brazos, que a fe que no son de pluma.
Y sobre todo, mágicos o no, en sus manos me tuvieron con una
porción de los míos, y pudiendo colgarnos al sol para que nos
comieran los cuervos, nos dejaron ir en paz y nos regalaron sobre
esto.
    </p>
    

    <p>
     Y enseguida contó el conde la escena
de la poterna y la largueza del comendador. Mordióse el conde los
labios de despecho al ver que en todo le vencían y sobrepujaban
aquellos soberbios enemigos, y deseoso de borrar su liberalidad,
dijo al cazador:
    </p>
    

    <p>
     -Doscientas doblas te daré yo, si
encuentras modo de que entremos en el castillo.
    </p>
    

    <p>
     -Eso haré yo sin las doscientas doblas
-respondió Andrade, porque las ciento que me dio Saldaña todas las
he repartido entre los heridos y viudas de los pobres que murieron
aquel día. A mí, Dios sea bendito, nada me hace falta, mientras
tenga mi ballesta y haya osos y jabalíes por Cabrera.
    </p>
    

    <p>
     Con esto, y después de recibir las
instrucciones del conde, se salió de su tienda, y juntando una
docena de los más esforzados de los suyos, bajó por detrás de
Villavieja hasta el riachuelo y se acercó a la raíz misma de las
asperezas que por allí defienden el castillo. Con sus ojos,
acostumbrados a los acechos nocturnos, comenzaron a registrar las
matas y peñascos, y entre una quiebra formada por dos de ellos y
medio cubierta por los arbustos, tardaron poco en divisar los
barrotes de hierro de la reja; pero no bien se habían acercado
cuando una flecha salió silbando de la oscuridad e hirió de soslayo
a uno de ellos en un brazo. Apartáronse al punto conociendo que era
imposible toda sorpresa con hombres tan vigilantes, y que una
embestida a viva fuerza por la misma sería tan temeraria como
inútil. Comenzaron, por lo tanto, a retirarse, pero al pasar por
debajo del ángulo oriental del castillo paróse Andrade y comenzó a
mirar atentamente las grietas y matorrales de aquel escarpado
declive. Por lo visto hubo de satisfacerle su reconocimiento, pues
comenzó a trepar por aquella escabrosidad asiéndose a cualquier
arbusto y asentando el pie en la menor prominencia del peñasco,
hasta que llegó, con asombro de los mismos suyos, a una especie de
plataforma poco distante ya del torreón. Allí se puso a escuchar
con gran ahínco por ver si sentía los pasos del centinela, y
después de observar cuidadosamente durante otro rato todos los
accidentes, formas y proyecciones del terreno, se volvió a bajar
del mismo modo que había subido, aunque con mayor trabajo. En
cuanto llegó a la margen del arroyo encomendó el silencio a sus
compañeros, y apretando el paso poco tardaron en llegar a los
barrancos de las Médulas. Dormía el conde a la sazón, pero en
cuanto se presentó Andrade a la entrada de la tienda al punto le
despertó un paje y no tardó en introducir al montañés. Hízole
sentar el conde y después de ofrecerle una copa de vino, que sin
ceremonia trasegó a su estómago, le pidió cuenta de su
expedición.
    </p>
    

    <p>
     -Hemos dado con la puerta -contestó
Andrade, pero está defendida y por allí no hay que pensar en
meterles el diente.
    </p>
    

    <p>
     -Bien debí presumirlo -respondió el
conde, pero la impaciencia me ciega y me consume.
    </p>
    

    <p>
     -No os dé pena por eso, señor
-respondió el montañés-, porque he descubierto otro boquete algo
mejor y más seguro.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y cuál? -preguntó el conde con
ansiedad.
    </p>
    

    <p>
     -El torreón del lado del naciente
-respondió el cazador muy ufano.
    </p>
    

    <p>
     El conde miró con ceño y le dijo
ásperamente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Estás loco, Andrade?, ¡ni los corzos
y rebezos de tus montañas son capaces de trepar por allí!
    </p>
    

    <p>
     -Pero lo somos nosotros -replicó él
con un poco de vanidad mal reprimida-, ¿loco eh? en verdad que para
vos y los vuestros debe de ser locura llegar por aquel lado a pocas
varas de la muralla.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pues no decías que eran menester las
alas de las perdices para eso?
    </p>
    

    <p>
     -Es que si entonces dije eso, ahora
digo otra cosa, que como decía mi abuela, de sabios es mudar de
consejo y, además, no soy yo el río Sil para no poder volverme
atrás de mis juicios, cuando van descaminados. Os digo que de allí
al castillo no hay más que una mediana escala o unas brazas de
cuerda con un garfio a la punta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero crees tú que no tendrán allí
escuchas ni centinelas? Cuenta con que dos hombres solos podrían
desbaratarnos desde aquel sitio.
    </p>
    

    <p>
     -Más de una hora estuve escuchando
-repuso el montañés, que ya comenzaba a impacientarse con tantas
objeciones- y no oí ni cantar, ni rezar, ni silbar, ni ruido de
armas o de pasos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -respondió el conde poniéndose
en pie con júbilo feroz-, míos son, y de esta vez no se me
escaparán. Pídeme lo que más estimes de mi casa y de mis tierras,
buen Andrade, que por quien soy, te lo daré al instante.
    </p>
    

    <p>
     -No es eso lo que tengo que
demandaros, señor -replicó el cabreirés-, sino la vida del
comendador en especial y de todos los demás caballeros que
prendamos. A mí y a los míos nos conservaron la que nos sustenta, y
como sabéis sin duda mejor que yo, el que no es agradecido, no es
bien nacido.
    </p>
    

    <p>
     Quedóse como turbado el conde con tan
extraña petición, pero recobrando sus naturales e iracundas
disposiciones, le dijo rechinando los dientes y apretando los
puños:
    </p>
    

    <p>
     -¡La vida de ese perro de Saldaña! ¡Ni
el cielo ni el infierno me lo arrancarían de entre las manos!
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces -replicó resueltamente
el montañés ya veremos cómo vuestros gallegos, que tienen la misma
agilidad que los sapos, se encaraman por aquellos caminos
carreteros, porque yo y los míos mañana mismo nos volveremos a
nuestros valles.
    </p>
    

    <p>
     -Quizá no volváis -respondió el conde
con una voz ahogada por la rabia-, porque quizá yo os mande amarrar
a un árbol y despedazaros las carnes a azotes hasta que muráis.
Vuestra obligación es servirme como vasallos míos que sois.
    </p>
    

    <p>
     El montañés le respondió con templanza
pero valientemente:
    </p>
    

    <p>
     -Durante la temporada del invierno,
que es la de nuestras batidas y cacerías, ya sabéis que según
costumbre inmemorial y fuero de vuestros mayores, no estamos
obligados a serviros. Lo que ahora hacemos es porque no se diga que
el peligro nos arredra. En cuanto a eso que decís de atarme a un
árbol y mandarme azotar -añadió mirándole de hito en hito-, os
libraréis muy bien de hacerlo, porque es castigo de pecheros y yo
soy hidalgo como vos, y tengo una ejecutoria más antigua que la
vuestra y un arco y un cuchillo de monte con que sostenerla.
    </p>
    

    <p>
     El conde, aunque trémulo de despecho,
por uno de aquellos esfuerzos propios de la doblez y simulación de
su alma, conociendo la necesidad que tenía de Andrade y de los
suyos, cambió de tono al cabo de un rato y le dijo
amigablemente:
    </p>
    

    <p>
     -Andrade, os otorgo la vida de esos
hombres que caigan vivos en vuestro poder, pero no extrañéis mi
cólera porque me han agraviado mucho.
    </p>
    

    <p>
     -Los rendidos nunca agravian
-respondió Cosme-; ahora nos tenéis a vuestra devoción hasta
morir.
    </p>
    

    <p>
     -Anda con Dios -le dijo el conde, y
dispón todo lo necesario para pasado mañana al amanecer.
    </p>
    

    <p>
     Salió el montañés enseguida y el conde
exclamó entonces con irónica sonrisa:
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre necio!, ¿y cuando yo los tenga
entre mis garras serás tú quien me los arranque de ellas?
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001028">
    

    <head>
     Capítulo XXVIII
    </head>
    

    <p>
     De tan inminente peligro estaban
amenazados los templarios de Cornatel, porque como no había memoria
de que persona humana hubiese puesto la planta sobre el abismo que
dominaba el ángulo oriental del castillo, ni parecía empresa
asequible a la destreza humana; aquel lado no se guardaba. Lo más
que solía hacerse en tiempos de peligro era visitar de cuando en
cuando el torreón, más para registrar el campo desde allí que para
precaver ningún ataque. Una vez dueños de él los enemigos, como
ningún género de obstáculo interior habían de encontrar, claro
estaba que la ventaja del número había de ser decisiva. Atacados a
un tiempo por el frente y flanco, y desconcertados de aquella
manera impensada y súbita, era segura la muerte o la prisión de
todos los caballeros. Sólo una rara casualidad hizo abortar aquel
plan tan ingenioso como naturalmente concebido.
    </p>
    

    <p>
     Saldaña, como experimentado capitán,
no se descuidaba en averiguar por todos los medios imaginables
cuanto pasaba en el real enemigo, y sus espías, bajo mil estudiados
disfraces, sin cesar le estaban trayendo noticias muy preciosas.
Aconteció, pues, que una noche se brindó a salir de descubridor
nuestro antiguo conocido Millán, y disfrazándose con los atavíos de
un montañés, muerto en el castillo de resultas de la pasada
refriega, se dirigió por la noche a las Médulas, acompañado de otro
criado del Temple, natural del país, que conocía todas las trochas
y veredas como los rincones de su casa. La vista que ofrecía el
campamento del conde en medio de aquellas profundísimas cárcavas,
cuyo color rojizo resaltaba más y más con el trémulo resplandor de
las hogueras, era sumamente pintoresca. La mayor parte de los
soldados estaban resguardados del frío en las cuevas y restos que
quedaban de las antiguas galerías subterráneas; pero los que
velaban para impedir todo rebato, encaramados en aquellos últimos
mogotes, visibles unas veces e invisibles otras, según las llamas
de los fuegos lanzaban reflejos más vivos o apagados, pero siempre
inciertos y confusos, parecían danzar como otras tantas sombras
fantásticas en aquellas escarpadas eminencias. La forma misma de
aquellos picachos, caprichosa y extraña y la oscuridad de los
matorrales, imprimían en toda la escena un sello indefinible de
vaguedad enigmática y misteriosa.
    </p>
    

    <p>
     Para el que conoce todos los ramales
de las antiguas minas, fácil cosa es, aun ahora, sustraerse a las
más exquisitas indagaciones por entre su revuelto laberinto. Así es
que el compañero de Millán le guió por medio de la más tremenda
oscuridad hasta un puesto de cabreireses en que se hablaba con
mucho calor. Estaban juntos alrededor de una gran hoguera, y uno de
ellos, sentado en un tronco, estaba diciendo en voz alta a sus
compañeros:
    </p>
    

    <p>
     -Pues, amigos, él se ha empeñado en
venir, por más que le he dicho que se va a desnucar por aquellos
andurriales. Dios nos la depare buena, porque si tras de esto no
llegamos a entrar en el castillo, medrados quedamos.
    </p>
    

    <p>
     Como el montañés estaba de lado no
podía Millán distinguir sus facciones, pero en el metal de la voz
conoció al punto al intrépido Andrade, y puso la mayor atención en
escuchar aquel coloquio que tanto debía interesarle.
    </p>
    

    <p>
     -Lo que es por falta de cuerdas y
ganchos no quedará -contestó otro-, porque tenemos un buen manojo,
¿pero el conde quiere ser de los primeros?
    </p>
    

    <p>
     -El primero quiere ser -contestó
Andrade, pero, Dios mediante, entraremos juntos.
    </p>
    

    <p>
     -Al cabo -dijo otro-, yo no sé bien
por dónde hemos de subir todavía.
    </p>
    

    <p>
     Andrade se lo explicó claramente,
mientras que Millán, sin atreverse a respirar, estaba hecho todo
oídos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y es mañana? -preguntó uno.
    </p>
    

    <p>
     -No; mañana nos acercaremos todos al
castillo por donde la otra vez, con todos los pertrechos y avíos
como si fuéramos a poner cerco de veras, y pasado mañana, mientras
del lado de acá levantan gran grita y alharaca, en guisa de asaltar
las murallas, nosotros nos colamos por el lado de allí como zorros
en un gallinero. Como vosotros sois los destinados a la empresa, lo
mismo será que lo sepáis un poco antes o después, pero cuenta con
el pico.
    </p>
    

    <p>
     Todos se pusieron el dedo en los
labios haciendo gestos muy expresivos, y enseguida comenzaron a
cenar sendos tasajos de cecina, acompañados de numerosos tragos.
Millán entonces, dando gracias al cielo por el descubrimiento que
acababa de hacer, salió apresuradamente de su escondite, y se
volvió a Cornatel con su compañero. Al salir de la mina echó una
ojeada hacia las hondonadas de aquellos extraños valles y advirtió
muchas gentes que iban y venían, unos con hachones de paja
encendidos y otros cargados con diferentes bultos. Veíanse también
cruzar en una misma dirección muchas acémilas, y en todo el real se
notaba gran movimiento, con lo cual acabó de persuadirse el buen
Millán de la exactitud de las noticias que por tan raro modo había
recibido. Volvióse, pues, al castillo con gran priesa y, en cuanto
entró, se fue a ver a su amo y a contarle muy menudamente cuanto
sabía. Hizo don Álvaro un movimiento tal de alegría al escucharle y
de tal manera se barrió repentinamente de su semblante la nube de
disgusto que casi siempre lo empañaba, que el escudero no pudo
menos de maravillarse. Cogióle entonces del brazo y mirándole de
hito en hito, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Millán, ¿quieres hacer lo que yo te
mande?
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso dudáis, señor? -respondió el
escudero-, ¿pues a mí qué me toca sino obedecer?
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces no digas nada al
comendador sino del ataque manifiesto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero y si nos entran como
intentan?
    </p>
    

    <p>
     -Tú y yo solos bastamos para
escarmentarlos. ¿No quieres acompañarme?
    </p>
    

    <p>
     -Con el alma y la vida -contestó el
ufano escudero-, y ojalá que mi brazo fuese el de Bernardo del
Carpio en Roncesvalles.
    </p>
    

    <p>
     -Tal como es -le contestó don Álvaro
sonriéndose nos será de mucho provecho. Anda y despierta al
comendador, y dile todo menos el ataque del torreón.
    </p>
    

    <p>
     «¡Ah!, ¡conque él mismo viene a caer
bajo mi espada!» -dijo hablando entre sí, no bien salió Millán-.
«¡Cielos divinos!, ¡dejadle llegar sano y salvo hasta mí! Dadle si
es menester las alas del águila y la ligereza del gamo.»
    </p>
    

    <p>
     A la mañana siguiente volvieron los
enemigos a ocupar sus antiguas posiciones, y comenzaron los
trabajos de sitio que con tanta sangre habían regado no hacía mucho
tiempo. En esto pasaron todo el día con grande indiferencia de los
templarios que veían todavía lejano el momento decisivo. Al otro
día, sin embargo, muy temprano comenzó a sentirse grande agitación
en el campo sitiador, y a oírse el tañido de gaitas, trompetas y
tamboriles. En todo el Bierzo son las nieblas bastante frecuentes
por la proximidad de las montañas y la abundancia de los ríos, y la
que aquel día envolvía los precipicios y laderas de Cornatel era
densísima. Así pues, hasta que los sitiadores se acercaron a los
adarves no pudo distinguir Saldaña el buen orden con que venían
adelantándose contra el castillo y que no dejó de inspirarle
algunos temores. La misma nube de tiradores que en el anterior
asalto poblaba el aire de flechas; pero al mismo tiempo buen número
de soldados mejor armados, con una especie de muralla portátil de
tablones, revestida de cueros mojados para evitar el fuego de la
vez pasada avanzaba lentamente hacia el foso. Detrás de aquel
ingenioso resguardo venían, amén de los que lo conducían, otra
porción de soldados con azadones y palas; y por encima de él se
veían asomar las extremidades de una porción de escalas cargadas en
hombros de otros. Saldaña comprendió al punto cuál podía ser el
intento de los enemigos, que sin duda, al abrigo de aquella
máquina, imaginaban cegar el foso, aplicando las escalas enseguida
por varias partes a un tiempo, y prevaliéndose de su número, dar
tantas embestidas a la vez que, dividiendo las fuerzas de los
sitiados, hiciesen imposible una defensa simultánea y vigorosa.
Contra una acometida imaginada con tanta habilidad, sólo un recurso
se le ocurrió al anciano comendador, una salida repentina y
terrible que pudiese desconcertar a los sitiadores.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está don Álvaro? -preguntó
mirando en derredor suyo.
    </p>
    

    <p>
     -En la barbacana me parece haberle
visto entrar -respondió el caballero Carvajal.
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces id y decidle que tenga
toda la gente a punto para salir contra el enemigo, y que la señal
se le dará como la otra vez, con la campana del castillo.
    </p>
    

    <p>
     Carvajal salió a dar las órdenes del
comendador, pero como pueden suponer nuestros lectores, don Álvaro
no estaba allí, sino como un águila encaramada en un risco,
acechando la llegada de los enemigos, y muy especialmente la del
conde.
    </p>
    

    <p>
     La extraña configuración del terreno a
que desde luego tuvo que sujetarse la fortificación imposibilitada
de dominarla, prolonga extraordinariamente el castillo de ocaso a
naciente. La niebla que tanto favorecía los pensamientos y
propósitos del de Lemus, encubriendo su peligroso asalto, no
favorecía menos a don Álvaro, que en aquel ángulo tan apartado
desaparecía bajo su velo de las miradas de los suyos. El torreón,
edificado en un peñasco saliente, forma una especie de rombo de
pocos pies cuadrados, y comunica con el resto de la fortaleza por
una estrecha garganta franqueada por dos terribles despeñaderos. En
este tan reducido espacio, sin embargo, iba a decidirse la suerte
de dos personas igualmente ilustres por su prosapia, sus riquezas y
su valor, pero de todo punto diferentes a más no poder por prendas
morales y sentimientos caballerescos.
    </p>
    

    <p>
     Aunque lo opaco de la niebla robaba a
don Álvaro y a su fiel escudero de la vista de sus enemigos, con
todo, para mejor asegurar el golpe, ambos se tendieron en el suelo
a raíz de las almenas. Reinaba gran calma en la atmósfera y los
pesados vapores que la llenaban transmitían fielmente todos los
sonidos, de modo que Millán y su amo iban oyendo el ruido de los
ganchos de hierro que los enemigos más delanteros iban fijando en
las peñas para facilitar la subida de los demás con cuerdas, y las
instrucciones que a media voz y con recato les iban dando a medida
que trepaban. La voz sonora de Andrade, por mucho cuidado que en
apagarla ponía, sobresalía entre todas, y como era el que abría
aquella marcha singular y atrevida, por ella calculaba don Álvaro
la distancia que todavía los separaba de los enemigos. Por fin la
voz se oyó muy cerca, y como enseguida calló y no se percibió más
ruido que uno como de gente que después de subir trabajosamente
llega a un terreno en que puede ponerse en pie, el señor de
Bembibre conjeturó, fundadamente, que el conde y Cosme Andrade con
sus montañeses estaban ya en la pequeña explanada que forma la peña
misma de la muralla, poco elevada en aquel sitio. El momento
decisivo había llegado ya.
    </p>
    

    <p>
     Al cabo de breves minutos dos ganchos
de hierro atados en el extremo de una escala de cuerda cada uno
cayeron dentro de la plataforma en que estaba don Álvaro y se
agarraron fuertemente a las almenas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Está seguro? -preguntó desde abajo
una voz que hizo estremecer a don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     -Seguro como si fuera la escalera
principal de vuestro castillo de Monforte -replicó Andrade-, bien
podéis subir sin cuidado.
    </p>
    

    <p>
     No bien habían dejado de oírse estas
palabras cuando aparecieron sobre las almenas de un lado el
determinado Andrade, y por el otro el conde. Millán entonces se
levantó del suelo con un rápido salto y dando un empellón al
descuidado montañés le derribó de las murallas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Virgen santísima, váleme! -dijo el
infeliz cayendo por el tremendo derrumbadero, mientras los suyos
acompañaban su caída con un grito de horror.
    </p>
    

    <p>
     Millán, bien prevenido de antemano,
desenganchó las cuerdas y las recogió en un abrir y cerrar de ojos.
El conde, temeroso de sufrir la misma suerte que Andrade, se
apresuró a saltar dentro del torreón, y Millán entonces recogió su
escala del mismo modo y con igual presteza. Enseguida comenzó a
tirar a plomo sobre los montañeses, poseídos de terror con la caída
de su jefe, enormes piedras de que no podían defenderse apiñados en
aquel reducido espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual todos
tomaron la fuga dando espantosos alaridos y despeñándose algunos
con la precipitación.
    </p>
    

    <p>
     Quedáronse, por lo tanto, solos
aquellos dos hombres poseídos de un resentimiento mortal y
recíproco. Por uno de aquellos accidentes atmosféricos frecuentes
en los terrenos montañosos, una ráfaga terrible de viento que se
desgajó de las rocas negruzcas de Ferradillo, comenzó a barrer
aceleradamente la niebla, y algunos rayos pálidos del sol empezaron
a iluminar la explanada del torreón. Como don Álvaro y su escudero
tenían cubiertos los rostros con las viseras, el conde les miraba
atentamente, como queriendo descubrir sus facciones.
    </p>
    

    <p>
     -Soy yo, conde de Lemus -le dijo don
Álvaro sosegadamente descubriéndose.
    </p>
    

    <p>
     La ira y el despecho de verse así
cogido en su propio lazo colorearon vivamente el semblante del
conde, que mirando al señor de Bembibre con ojos encendidos le
respondió:
    </p>
    

    <p>
     -El corazón me lo decía y me alegro de
que no se desmienta su voz. Sois dos contra mí solo y probablemente
otros acudirán a vuestra señal; la hazaña es digna de vos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Nunca acabaréis de medir la
distancia que separa la ruindad de la hidalguía? -le contestó don
Álvaro con una sonrisa en que el desdén y desprecio eran tales que
rayaban en compasión-. Millán, vuélvete allá dentro.
    </p>
    

    <p>
     El escudero comenzó a mirar al conde
fieramente, y no mostraba gran prisa por obedecer.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo así, villano! -le dijo don
Álvaro encendido de cólera-, parte de aquí al punto y cuenta conque
te arrancaré la lengua si una sola palabra se te escapa.
    </p>
    

    <p>
     El pobre Millán, aunque muy mohíno y
volviendo la cabeza hacia atrás, no tuvo más remedio que apartarse
de allí. Este nuevo alarde de generosidad que tanto humillaba al
conde sólo sirvió para encandecer más y más su altanería y
soberbia. Sobrado claro veía que su vida había estado a merced de
su caballeroso enemigo al poner el pie en aquel recinto fatal, y
por de pronto en bizarría y nobleza ya estaba vencido. Corrido
pues, tanto como sañudo, dijo a don Álvaro desenvainando la
espada:
    </p>
    

    <p>
     -Tiempo es ya de que ventilemos
nuestra querella, que sólo con la muerte de uno de los dos podrá
acallarse.
    </p>
    

    <p>
     -No diréis que os he estorbado el paso
-contestó él ahora que no soy sino soldado del Temple y he
renunciado a mis derechos de señor independiente, no me abochorna
el igualarme con vos en esta singular batalla.
    </p>
    

    <p>
     El de Lemus, sin aguardar a más y
rugiendo como un león, arremetió a don Álvaro que le recibió con
aquella serenidad y reposado valor que viene de un corazón hidalgo
y de una conciencia satisfecha. Estaba el conde armado a la ligera,
como convenía a la expedición que acababa de emprender, pero esto
mismo le daba sobre su contrario la ventaja de la prontitud y
rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de punta en blanco,
no podía acosarle con el ahínco necesario, pero como el campo era
tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde un tajo en la
cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque fino capacete
de acero que la cubría, y que de consiguiente dio con él en tierra.
Don Álvaro se arrojó sobre él al punto y le dirigió la espada a la
garganta.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah traidor! -dijo el conde con la
voz ahogada por la rabia-, peleas mejorado en las armas y por eso
me vences.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro apartó al punto su espada y
desenlazando el yelmo, y arrojando el escudo, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Razón tenéis; ahora estamos
iguales.
    </p>
    

    <p>
     El conde, más aturdido que herido, se
levantó al punto y de nuevo comenzó la batalla
encarnizadamente.
    </p>
    

    <p>
     Todo esto sucedía mientras el grueso
de las fuerzas sitiadoras se acercaban al castillo en los términos
que dijimos, y el comendador enviaba sus órdenes a don Álvaro con
el caballero Carvajal. Poco tardó el caballero en volver diciendo
que don Álvaro no había parecido por la barbacana. El comendador
estaba notando con extrañeza la flojedad con que los enemigos
continuaban en su bien comenzado ataque, cuando recibió esta
inesperada respuesta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está, pues? -exclamó con
ansiedad.
    </p>
    

    <p>
     Entonces se presentó como un relámpago
a su imaginación la idea de que la arremetida conocidamente falsa
de los enemigos podría tener relación con la impensada ausencia de
su ahijado. La última ráfaga de viento arrebató en aquel instante
los vapores que todavía quedaban hacia la parte oriental del
castillo, y la plataforma quedó iluminada con los rayos
resplandecientes y purísimos del sol. Apenas la divisó el cuerpo
sitiador, cuando un grito de consternación se levantó de sus filas,
porque en lugar de verla coronada con sus montañeses, sólo
alcanzaron a ver a su caudillo en poder de los enemigos y peleando
con uno de ellos. Al grito volvió el comendador la cabeza y lo
primero que hirió sus ojos fue el resplandor movible y continuo que
despedían las armas heridas por el sol. Comprendió al punto lo que
podía ser, y dijo en voz alta:
    </p>
    

    <p>
     -Síganme doce caballeros y los demás
quédense en la muralla -y con una celeridad increíble en sus años,
corrió al sitio del combate acompañado de los doce.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -le gritó desde la
estrecha garganta que separaba el torreón del castillo-; detenéos
en nombre de la obediencia que me debéis.
    </p>
    

    <p>
     El joven volvió la cabeza como un
tigre a quien arrebatan su presa, pero sin embargo se detuvo.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -le dijo de nuevo Saldaña
en cuanto llegó-, este asunto no es vuestro, sino de la orden, y yo
que la represento aquí, lo tomo a mi cargo. Conde de Lemus,
defendeos.
    </p>
    

    <p>
     -Yo también soy templario -repuso don
Álvaro que apenas acertaba a reprimir la cólera-. Yo he comenzado
esta batalla y yo la acabaré a despecho del mundo entero.
    </p>
    

    <p>
     El comendador, conociendo que la
cólera le sacaba de quicio, hizo una seña; echándose sobre él seis
caballeros, le sujetaron y lo apartaron de allí en medio de sus
esfuerzos, amenazas y denuestos.
    </p>
    

    <p>
     -Por fin sois nuestro, mal caballero
-dijo al conde-, veremos si ahora os valen vuestras cábalas y
calumnias.
    </p>
    

    <p>
     -Todavía no lo soy -respondió él
desdeñosamente-. Cara os ha de costar mi vida, porque no quiero
rendirme.
    </p>
    

    <p>
     -De nada os serviría -replicó el
comendador con torcido rostro-. Sin embargo, conmigo sólo habéis de
pelear, y si la victoria os corona, estos caballeros respetarán
vuestra persona.
    </p>
    

    <p>
     Algunos de ellos quisieron
interrumpirle, pero el anciano los acalló al punto.
    </p>
    

    <p>
     -Nada quiero de vosotros -replicó el
conde con arrogancia-, mientras me dure el aliento no cesará mi
brazo de moverse en vuestro daño. Sólo me duele pelear con un vicio
cuitado.
    </p>
    

    <p>
     -No hace mucho que huisteis de él -le
dijo el comendador.
    </p>
    

    <p>
     -Mentís -contestó el conde con una voz
ronca y con ojos como ascuas, y sin más palabras comenzó de nuevo
el combate.
    </p>
    

    <p>
     Los sitiadores, llenos de ansiedad por
la suerte del conde, se habían corrido por su derecha, y divididos
del lugar de la pelea por el despeñadero asistían como espectadores
ociosos al desenlace de aquel terrible drama. Don Alonso, que en la
ausencia de su yerno mandaba aquellas fuerzas, encaramado sobre una
roca, parecía tener el alma pendiente de un hilo.
    </p>
    

    <p>
     Por grande que fuese el poder del
brazo de Saldaña, como el conde le sobrepujaba en agilidad y
soltura, apenas le alcanzaban sus golpes. Encontrando, sin embargo,
una vez al anciano mal reparado le tiró un furioso revés que, a no
haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin al encuentro; pero
así, la espada del conde fue a dar en la muralla y allí saltó hecha
pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan apurado trance
no le quedó más recurso que arrojarse al comendador antes de que se
recobrase, y trabar con él una lucha brazo a brazo, para ver de
arrojarle al suelo y allí rematarle con su puñal. Este expediente,
sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa, porque el
viejo era mucho más robusto y fornido. Así fue, que sin
desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo
que casi le quitó el aliento, y alzándole enseguida entre sus
brazos, dio con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la
cabeza en una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces
por el cinto el inexorable viejo, y subiéndose sobre una almena y
levantando su voz que parecía el eco de un torrente en medio del
terrorífico silencio que reinaba, dijo a los sitiadores:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado
señor!
    </p>
    

    <p>
     Y diciendo esto lo lanzó como pudiera
un pequeño canto en el abismo que debajo de sus pies se extendía.
El desgraciado se detuvo un poco en su caída, porque su ropilla se
prendió momentáneamente en un matorral de encina, pero doblado
éste, continuó rodando cada vez con más celeridad, hasta que, por
fin, ensangrentado, horriblemente mutilado y casi sin figura humana
fue a parar en el riachuelo del fondo.
    </p>
    

    <p>
     Un alarido espantoso se levantó entre
sus vasallos helados de terror a vista de tan trágico suceso. Todos
siguieron con los cabellos erizados y desencajados los ojos el
cuerpo de su señor en sus horribles tumbos, hasta que lo vieron
parar en lo más profundo del derrumbadero. Entonces los que más
obligados tenía con sus beneficios y larguezas, rompieron unos en
lamentos, y otros profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron
ir contra el castillo y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a
despecho de todas sus quejas y sinsabores, había visto con
grandísimo dolor el fin de aquel poderoso de la tierra, no por eso
olvidó sus deberes de capitán. Recogiendo pues, su gente con buen
orden y levantando el sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió
al campo atrincherado de las Médulas resuelto a entablar medios
puramente pacíficos y templados con aquellos guerreros altivos y
valerosos que no se hubieran avenido en tiempo alguno a las
injustas pretensiones del conde. Por violenta que le pareciese la
conducta del comendador, no dejaba de conocer los atroces agravios
que la orden había sufrido del difunto y los ruines medios de que
había echado mano para dañarla y socavar su crédito. Así pues,
envió un mensaje al comendador, comedido y caballeroso,
manifestándole su deseo de que amigablemente se arreglasen aquellas
lastimosas diferencias, y al punto recibió una respuesta cortés y
cordial, en que Saldaña le encarecía el gran consuelo que era para
ellos tenerle por mediador en la desgracia que les amenazaba.
Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo, donde sería
recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter y
nobleza.
    </p>
    

    <p>
     Comenzados los tratos que podían dar
una solución honrosa a tan inútil contienda, don Alonso envió los
restos mortales de su yerno al panteón de sus mayores en Galicia.
Los cabreireses que habían bajado de su peligrosa expedición,
recogieron su cadáver a la orilla del riachuelo, y en unas andas
hechas de ramas le subieron con gran llanto al real. Desde allí se
volvieron a Cabrera con el valiente Cosme Andrade que no había
muerto, como presumirán nuestros lectores, de su caída, porque unas
matas protectoras le tuvieron colgado sobre el abismo de donde a
sus gritos le echaron unas cuerdas los del castillo con las que se
ató y pudieron subirle. Así y todo, no salió sin señales, porque se
rompió un brazo y sacó bastantes contusiones y arañazos. Hecha,
pues, la primera cura, se partió con los suyos más agradecido que
nunca de los templarios, y deseoso de probárselo en la primera
ocasión.
    </p>
    

    <p>
     El pecho del buen cabreirés era
terreno excelente para quien quisiera sembrar en él beneficios y
finezas.
    </p>
    

    <p>
     Por lo que hace al conde, poco tardó
también en partir su cadáver depositado en un ataúd cubierto con
paños de tartarí negro con franjas de oro. Sus deudos y vasallos le
acompañaban con las picas vueltas y los pendoncillos arrastrando.
Así atravesaron parte de sus estados, donde lejos de ser sentida su
muerte, sólo el temor detenía la alegría que generalmente se
asomaba a los semblantes.
    </p>
    

    <p>
     Tal fue el fin de aquel hombre notable
por su ingenio, su valor y su grandeza, pero que, por desgracia,
convirtió todos estos dones en daño de su fama, y sólo usó de su
poder para hacerle aborrecible, contrariando así su más noble y
natural destino.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001029">
    

    <head>
     Capítulo XXIX
    </head>
    

    <p>
     El estruendo y trances diversos de
esta guerra han apartado de nuestros ojos una persona, en cuya
suerte tomarán nuestros lectores tal vez el mismo interés que
entonces inspiraba a cuantos la conocían. Claro está que hablamos
de doña Beatriz, a quien dejamos a la sombra del claustro de
Villabuena sola con sus pesares y dolores, porque la compañía de su
fiel Martina poco podía contribuir a sanar un corazón tan
profundamente ulcerado. Los gérmenes de una enfermedad larga y
temible habían comenzado, según dejamos dicho, a desenvolverse
fuerte y rápidamente en aquel cuerpo, que si bien hermoso y
robusto, mal podía sufrir los continuos embates de las pasiones
que, como otras tantas ráfagas tempestuosas en el mar, sin cesar
azotaban aquel espíritu a quien servía de morada. Las últimas
amarguísimas escenas que habían precedido su segunda entrada en
aquel puerto sosegado habían rasgado el velo con que la religión
por un lado y por el otro el contento de su padre y la noble
satisfacción que siempre resulta de un sacrificio, habían
encubierto a sus ojos el desolado y yermo campo de la realidad.
Llorar a don Álvaro y prepararse por medio del dolor y de la virtud
a las místicas bodas que sin duda le disponía en la celestial
morada, llevaba consigo aquella especie de melancólico placer que
siempre dejan en el alma las creencias de otro mundo mejor, más
cercano a la fuente de la justicia y bondad divina; pero recobrarle
sólo para perderle tan horriblemente, y verle caminar a orillas del
abismo que amenazaba tragar a la orden del Temple, sin más báculo y
apoyo que su lanza ya cascada, era un manantial continuo de
zozobras, dudas y vaivenes. Por otra parte, ¡cuánta humillación no
encontraba su alma generosa y elevada en pertenecer a un hombre en
quien las cualidades y prendas del carácter sólo servían para poner
más de manifiesto su degradación lastimosa! Hasta entonces la
máscara de la cortesanía había bastado a cubrir aquella sima de
corrupción y bajeza, y como doña Beatriz no podía dar amor, tampoco
lo pedía; de manera que la natural delicadeza de su alma ninguna
herida recibía; pero deshecho el encanto y apartados los disfraces,
la ignominia que sobre ella derramaba la ruindad de su esposo, se
convirtió en un torcedor fiero y penoso que alteraba sus naturales
sentimientos de honor y rectitud, y echaba una fea mancha en el
escudo hasta allí limpio y resplandeciente de su casa. ¡Desdicha
tremenda que no aciertan a sobrellevar las almas bien nacidas, y
que uno de nuestros antiguos poetas expresó con imponderable
felicidad cuando dijo:
    </p>
    

    <quote>
	<l>¡Oh honor!, fiero basilisco,</l>
	<l>Que si a ti mismo te miras,</l>
	<l>¡Te das la muerte a ti mismo!</l>
   </quote>
    

    <p>
     Por tan raros modos el soplo del
infortunio había disipado en el cielo de sus pensamientos los
postreros y tornasolados celajes que en él quedaban después de
puesto el sol de su ventura, y para colmo de tristeza, todos los
sitios que recorrían sus ojos estaban llenos de recuerdos mejores y
poblados de voces que continuamente traían a sus oídos palabras
desnudas ya de sentido, como está desnudo de lozanía el árbol que
ha tendido en el suelo el hacha del leñador. De esta suerte perdida
su alma y errante por el vacío inconmensurable del mundo, levantaba
su vuelo con más ansia hacia las celestes regiones, pero tantos
combates y tan incesante anhelo acababan con las pocas fuerzas que
quedaban en aquella lastimada señora. El aire puro y oloroso de la
primavera tal vez hubiera reanimado aquel pecho que comenzaba a
oprimirse y devuelto a su cuerpo algo de su perdida lozanía, pero
el invierno reinaba despiadadamente en aquellos campos yertos y
desnudos, y el sol mismo escaseaba sus vivificantes resplandores.
Desde las ventanas y celosías del monasterio veía correr el Cúa
turbio y atropellado, arrastrando en su creciente troncos de
árboles y sinnúmero de plantas silvestres; los viñedos, plantados
al pie de la colina donde todavía se divisaban las ruinas de la
romana 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Berdigum
     </foreign>
     , despojados de sus verdes pámpanos,
dejaban descubierta del todo la tierra rojiza y ensangrentada que
los alimenta, y en las montañas lejanas una triste corona de
vapores y nublados oscilaba en giros vagos y caprichosos al son del
viento, cruzando unas veces rápidamente la atmósfera en masas
apiñadas y descargando recios aguaceros, y entreabriéndose otras a
los rayos del sol para envolverle prontamente en su pálida y húmeda
mortaja. No faltaban accidentes pintorescos en aquel cuadro, pero
todos participaban abundantemente de la tristeza de la estación,
del mismo modo que los pensamientos de doña Beatriz, bien que
varios en sus formas, todos tenían el mismo fondo de pesar.
    </p>
    

    <p>
     Como frecuentemente acontece, en el
estado a que la habían conducido la profunda agitación de espíritu
unida a la debilidad de su cuerpo, al paso que esta iba poco a poco
aumentándose, cada día iba también en aumento la exaltación de su
espíritu.
    </p>
    

    <p>
     El arpa en sus manos tenía vibraciones
y armonías inefables, y las religiosas, que muchas veces la oían,
se deshacían en lágrimas de que no acertaban a darse cuenta. Su voz
había adquirido un metal profundo y lleno de sentimiento, y en sus
canciones parecía que las palabras adquirían nueva significación,
como si viniesen de una región misteriosa y desconocida, y saliesen
de los labios de seres de distinta naturaleza. A veces tomaba la
pluma y de ella fluía un raudal de poesía apasionada y dolorida,
pero benéfica y suave como su carácter, ora en versos llenos de
candor y de gracia, ora en trozos de prosa armoniosa también y
delicada. Todos estos destellos de su fantasía, todos estos ayes de
su corazón, los recogía en una especie de libro de memoria, forrado
de seda verde que cuidadosamente guardaba, sin duda porque algún
rasgo de amargura, vecino a la desesperación, se había deslizado
alguna vez entre aquellas páginas llenas de angélica resignación. A
vueltas de sus propios pensamientos, había pasajes y versículos de
la Sagrada Escritura que desde que volvió al monasterio era su
libro más apreciado y que de continuo leía; y aquellas memorias
suyas comenzaban con un versículo en que hasta allí parecía
encerrarse su vida, y que tal vez era una profecía para lo
venidero: 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in
tecto.
     </foreign>
    </p>
    

    <p>
     Tal era el estado de doña Beatriz
cuando una mañana le pasaron recado de que el abad de Carracedo
quería verla. Desde su aciago desposorio no había aparecido en
Arganza, y luego sus mediaciones pacíficas, y más tarde los
preparativos que como señor de vasallos había tenido que hacer,
bien a pesar suyo, le habían traído algún tiempo fuera de la tierra
y constantemente apartado de los ojos de doña Beatriz. Duraba el
sitio de Cornatel y ya la derrota primera del conde de Lemus, la
gloriosa defensa de los templarios y las proezas de don Álvaro
habían llegado a aquel pacífico asilo. Unos y otros, sin embargo,
llevaban adelante su empeño con vigor y no era la menor de las
zozobras de doña Beatriz ver comprometidas en semejante demanda
personas que tan de cerca le tocaban.
    </p>
    

    <p>
     -¡Válgame Dios!, ¿qué será? -dijo para
sí, después que salieron a avisar al religioso-. ¡Cuánto hace que
no veo a este santo hombre, que tal vez sólo a mí ha dañado en el
mundo con su virtud! ¡Cómo se han mudado los tiempos desde
entonces! ¡Dios me dé fuerzas para resistir su vista sin
turbarme!
    </p>
    

    <p>
     Razón tenía doña Beatriz para recelar
que con esta entrevista se renovasen todas sus memorias, pero, sin
embargo, al ver abrirse la puerta y aparecer el anciano, se disipó
su turbación, y con su señorío acostumbrado le salió al encuentro
para besarle la mano. No fue tan dueño de sí el abad, pero la
sorpresa de ver tanta hermosura y lozanía reducida a tal estado
pudo tanto en él que, sin poderlo remediar, dio dos pasos atrás
asombrado, como si la sombra de la heredera de Arganza fuese la que
delante tenía.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sois vos, doña Beatriz? -exclamó con
el acento de la sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tan mudada estoy? -respondió ella,
con melancólica sonrisa y besándole la mano-. No os maraville, pues
ya sabéis que el hombre es un compendio de miserias que nace y
muere como la flor, y nunca persevera en el mismo estado. Pero
decidme -añadió clavando en él su mirada intensa y brillante, ¿qué
noticias traéis de Cornatel? ¿Qué es de mi noble padre y de...? del
conde, quise decir.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestro padre disfruta salud
-respondió el abad-, pero vuestro noble esposo ha muerto ayer.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha muerto? -contestó doña Beatriz
asombrada-. Pero, decidme, ¿ha muerto en los brazos de la religión
y reconciliado con el cielo?
    </p>
    

    <p>
     -Ha muerto como había vivido -exclamó
el abad sin poder enfrenar su natural adustez-, lleno de cólera y
rencor, y apartado de toda idea de caridad y de templanza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, desgraciado, infeliz de él!
exclamó doña Beatriz, juntando las manos y con doloroso acento-, ¿y
cuál habrá sido su acogida en el tribunal de la justicia
eterna?
    </p>
    

    <p>
     Al escuchar el tono de verdadera
aflicción con que fueron pronunciadas estas palabras, el abad no
fue dueño de su sorpresa. El conde había traído males sin cuento
sobre aquella bondadosa criatura; su porvenir se había disipado
como un humo en manos de aquel hombre, sus negras tramas habían
robado la libertad y hasta la esperanza de la dicha al desventurado
don Álvaro, y sin embargo, a la idea de su infortunio perdurable,
su corazón se estremecía. Doña Beatriz no le amaba, porque no cabía
en su altivez poner su afecto en quien así se olvidaba de sí propio
y de su nacimiento; ni menos renunciar a la única ilusión que de
tiempos mejores le quedaba, bien que enlutada y marchita, pero los
ímpetus del resentimiento y del odio no podían avenirse largo
tiempo con la irresistible propensión a perdonar que dormía en el
fondo de su pecho, y delante de las tinieblas de la eternidad, que
más de una vez se habían ofrecido a sus ojos, bien conocía la
pequeñez de las pasiones humanas.
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía -respondió el abad conmovido
a vista de tan noble desprendimiento y tomándole la mano-, ¿cómo
desconfiáis así de la misericordia de Dios? Sus crímenes eran
grandes, y la paz y la justicia han huido siempre al ruido de sus
pasos, pero su juez está en el cielo, y a su clemencia sin límites
nada hay vedado. Pensad que el buen ladrón se convirtió en la hora
postrimera y que la fe es la más santa de las virtudes.
    </p>
    

    <p>
     -Válgale, pues, esa adorable clemencia
-contestó doña Beatriz sosegándose, y el Señor le perdone.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo vos le perdonáis?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, como yo le perdono -respondió
ella con acento firme, levantando los ojos al cielo y poniendo la
mano sobre el corazón-. ¡Ojalá que todas las palabras que arranque
la noticia de su desastroso fin no sean más duras que las mías!
    </p>
    

    <p>
     Quedáronse entrambos por un rato en un
profundo silencio, durante el cual el abad, mirándola de hito en
hito, parecía observar con asombro y alarma las huellas que la
enfermedad y las pasiones habían dejado en aquel cuerpo y
semblante, cifra no mucho había de perfecciones y lozanía. El
pensamiento que semejante espectáculo suscitó en su alma llegó a
ser tan doloroso que sin alcanzar a contenerse, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz, sabe el cielo que en mi
vida entera vuestro bien y contento han sido blanco constante de
mis deseos. Yo he visto vuestra alma desnuda y sin disfraces en el
tribunal de la penitencia... ¿cómo no amaros cuanto se puede amar a
la virtud y a la pureza? Y sin embargo, la austeridad de mis
deberes se ha convertido contra vos, y nadie en el mundo os ha
hecho tanto daño como este anciano, que siempre hubiera dado
gustoso por vos la última gota de su sangre. ¿No es verdad?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz sólo dio por respuesta un
largo suspiro arrancado de lo más íntimo de su corazón.
    </p>
    

    <p>
     -Harto me decís con eso -continuó el
religioso con un tono de voz apesarado-, pero escuchadme y veréis
que aún puedo tal vez enmendar mi obra. Vuestra dicha sería la
gloria de mis postreros años y aunque nada me echa en cara mi
conciencia, con ella se descargaría mi corazón del peso con que
vuestra desdicha le abruma. Yo no sé si los usos del mundo me
permiten hablaros de una esperanza que tal vez me sea más halagüeña
que a vos misma, pero vuestro infortunio y mi carácter poco tienen
que ver con las hipócritas formas y exterioridades de los hombres.
Doña Beatriz, en la actualidad sois libre.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué me importa la libertad?
-contestó ella con más presteza de la que podía esperarse de su
abatido acento-. Alguna vez he oído decir a caballeros que han
padecido cautividad en tierra de moros, que los príncipes y señores
de aquella tierra conceden la libertad a las mancebas de sus
serrallos cuando la vejez les ha robado fuerza, vigor y hermosura.
Ahí tenéis una libertad muy semejante a la mía.
    </p>
    

    <p>
     -No, hija mía -respondió el
religioso-, no es tan menguado el don que el cielo te concede;
escúchame. Cuando don Álvaro entró en el Temple, aconsejado más de
su dolor que de su prudencia, la orden estaba ya suspensa de todas
sus prerrogativas y derechos, emplazada ante el concilio de los
obispos, secuestrados sus bienes y sin poder admitir en su milicia
un solo soldado, ligado con sus solemnes y terribles votos. Si don
Álvaro hizo su profesión, si su tío el maestre le vistió el hábito
de Hugo de Paganis y de Guillén de Mouredón fue porque los
caballeros todos querían tener por suya una lanza tan afamada, y
porque su sobrino le amenazó con pasarse a Rodas y tomar el hábito
de San Juan de Jerusalén. El recelo de perderle por un lado, y el
miedo de introducir la desunión entre los suyos, cuando la
presencia del riesgo hacía más necesaria la concordia y concierto
de voluntades, le obligaron a atropellar por sus propios
escrúpulos. Mal pudo don Álvaro, de consiguiente, renunciar a su
libertad, y su profesión no dudo que será dada por nula en el
concilio que dentro de poco se juntará en Salamanca, y al cual se
espera que se presentarán los templarios de Castilla, sin alargar
una lucha en que la cristiandad los abandona. Yo me presentaré
también ante los padres y espero que mi voz sea escuchada y que el
Señor os traiga a entrambos horas más felices.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, que desde que escuchó el
nombre de su amante había estado colgada de las palabras del abad,
fijos en él sus ojos que de suyo hermosos y animados, recibían
nuevo brillo de la enfermedad, le dijo con ansiedad:
    </p>
    

    <p>
     -¿Conque, según eso, aún puede
amanecer para nosotros un día de claridad y de consuelo?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, hija mía -contestó el monje, y
por la misericordia de Dios así confío que sucederá.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, ya es tarde, ya es tarde!
-exclamó ella con un acento que partía el corazón.
    </p>
    

    <p>
     -Nunca es tarde para la misericordia
divina -contestó el anciano que ya, sobresaltado por su aspecto, se
sentía espantado con esta súbita exclamación.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, ya es tarde, os digo -replicó
ella con la mayor amargura-, yo veré amanecer ese día, pero mis
ojos se cerrarán, en cuanto su sol me alumbre con sus rayos. Sí,
sí, no os asombréis; el sueño ha huido de mis párpados, mi corazón
se ahoga dentro del pecho, mi pulso y mis sienes no dejan de latir
un instante. Cuando llego a descansar un momento en brazos del
sueño, oigo una voz que me llama y veo mi sombra que cruza los
aires con un ramo de azucenas en la mano y una corona de rosas
blancas en la cabeza; y luego otra sombra vestida, una túnica
rutilante como el hábito del Temple y un casco guerrero en la
cabeza, me sale al encuentro y alzándose la visera como en la tarde
del soto me dice de nuevo pero con un acento dulcísimo. «¡Soy yo
doña Beatriz!» ¡y esta sombra es la suya! Entonces despierto bañada
en sudor, palpitando mi corazón como si quisiera salirse del pecho,
y un diluvio de lágrimas corre por mis mejillas. Mi antiguo valor
me ha abandonado, mis días de gloria se han desvanecido, las flores
de mi juventud se han marchitado, y la única almohada en que
pretendo reclinar ya mi cabeza es la tierra de mi sepultura. ¡Ah!
-exclamó retorciéndose las manos desesperadamente, ¡ya es tarde, ya
es tarde!
    </p>
    

    <p>
     Quedóse el abad como de hielo al
escuchar aquella temible declaración que, ahogada hasta entonces y
comprimida, reventaba al fin con inaudita violencia. El semblante
de doña Beatriz, la flacura de su cuerpo, la brillantez de su
mirada, el metal de su voz habían llenado su imaginación de zozobra
y de recelo; pero ahora se había trocado en una fatal certidumbre
de que apenas sería dado a la ciencia y al poder humano lavar aquel
alma de las heces que el dolor había dejado en su fondo y curar
aquel cuerpo de su terrible dolencia. Sin embargo, cobrando fuerzas
y saliendo de su estupor, le dijo con acento suave y
persuasivo:
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz, para Dios nunca es
tarde, ni en su poder puede poner tasa el orgullo o la
desesperación humana. Acordaos de que sacó vivo del sepulcro a
Lázaro, y no arrojéis de vuestro seno la esperanza que, como vos
misma decíais en una solemne ocasión, es una virtud divina.
    </p>
    

    <p>
     -Tenéis razón, padre mío -repuso ella
como avergonzada de aquel ímpetu que no había podido sojuzgar, y
secándose las lágrimas-, hágase su voluntad y mírenos con ojos de
misericordia, porque en él sólo espero.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué así, hija mía? -replicó el
monje, todavía sois joven y quizá contaréis muchos días de
felicidad.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay, no! -contestó ella-, mi prueba
ha sido muy dura y yo me he quebrado en ella como frágil vasija de
barro, pero nunca me levantaré contra el alfarero que me formó.
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz, dadme vuestro permiso
para retirarme -dijo el religioso poniéndose en pie, advierto que
con este coloquio os habéis agitado en demasía, pero os dejo muy
encomendada la memoria de mis consejos. Probablemente no tardaré en
ausentarme, porque los caballeros del Temple al cabo se sujetarán
de grado al concilio de Salamanca, y a mí, que he sido el causador
de vuestros males, aunque inocente, me toca repararlos.
    </p>
    

    <p>
     La señora le besó la mano y la
despidió, pero no pudo honrarle hasta la puerta por la debilidad
que sentía después de tan agitada escena. Desde allí le acompañaron
la abadesa y las más ancianas de la comunidad hasta la portería del
monasterio, en tanto que doña Beatriz quedaba entregada al nuevo
tumulto que con aquella imprevista esperanza se había despertado en
su corazón. Lástima grande que sus ojos, nublados por las lágrimas
y acostumbrados a las tinieblas del dolor, se sintiesen más
ofendidos que halagados con aquella luz tan viva y
resplandeciente.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001030">
    

    <head>
     Capítulo XXX
    </head>
    

    <p>
     En tanto que esto pasaba en Villabuena
seguían los tratos en Cornatel entre Saldaña y el señor de Arganza,
con esperanzas cada día mayores de un amigable y caballeroso
arreglo. Las noticias, que desde antes de la muerte del conde de
Lemus sin interrupción se sucedían, iban dando en tierra poco a
poco con el aéreo castillo de las esperanzas de aquel viejo
entusiasta y valeroso. Al cabo de tantos sueños de gloria y de
grandeza, la mano de la realidad le mostraba en perspectiva no muy
lejana, la ruina inevitable de su orden que el cielo abandonaba en
sus altos juicios, después de haberla adornado como a un rápido
meteoro de rayos y resplandores semejantes a los del sol.
    </p>
    

    <p>
     No bien se habían retirado los
enemigos después de la muerte de su capitán, pasó Saldaña al
aposento donde por orden suya habían cerrado a don Álvaro.
Conociendo su carácter impetuoso y violento, entró decidido a
sufrir todas las injusticias de su cólera, exacerbada entonces
hasta el último grado por la injuria que creía recibida. Estaba
sentado en un rincón con los codos en las rodillas y la cara entre
las manos, y aunque oyó descorrer los cerrojos y abrir la puerta,
no salió de sus sombrías cavilaciones, pero no bien escuchó la voz
del comendador saltó como un tigre de su asiento y plantándose
delante de él comenzó a mirarle de hito en hito. El comendador le
miraba también, pero con gran sosiego y con toda la dulzura que
cabía en su carácter violento, con lo cual se doblaba la cólera del
agraviado caballero. Por fin, frenando su ira como pudo, le dijo
con voz cortada y ronca:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que si los enemigos de
nuestra orden logran sus ruines deseos, y quedamos ambos sueltos de
los lazos que nos atan, os tengo de arrancar la vida o dejar la mía
en vuestras manos.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí la tenéis -contestó el
comendador con tono templado-, poco me arrancan con ella, cuando ya
no puedo emplearla en servicio de nuestra santa orden. Harto mejor
fuera morir a vuestras manos que en la soledad y el destierro, pero
como quiera que sea el haber arrancado al conde de vuestras manos,
es la única merced y prueba de cariño que habéis recibido de mí en
vuestra vida.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro se quedó estático con esta
respuesta, pues conociendo el respetable carácter de Saldaña no
podía figurarse que en su mayor baldón se cifrara un servicio tan
eminente. Embrollada su mente en tan opuestas ideas, permaneció
callado por un buen rato.
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro -le dijo de nuevo el
anciano-, ¿creéis que doña Beatriz pudiera dar su mano a quien
estuviese manchado con la sangre de quien al cabo era su
esposo?
    </p>
    

    <p>
     -Tal vez no -contestó don Álvaro, en
quien aquel nombre había producido un estremecimiento
involuntario.
    </p>
    

    <p>
     -Pues ahí tenéis el servicio que me
debéis. A un mismo tiempo he vengado a mi orden y os he acercado a
doña Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué estáis ahí diciendo? -repuso don
Álvaro cada vez más confuso y aturdido-, ¿qué puede haber de común
entre doña Beatriz y yo, si no es la igualdad de la desventura?
    </p>
    

    <p>
     -Dentro de poco probablemente
recobraréis vuestra libertad, y entonces...
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo echáis en el olvido que mis
votos sólo se rompen con la muerte? -le replicó el joven
amargamente.
    </p>
    

    <p>
     -Ni vos pudisteis pronunciarlos, ni
nosotros recibirlos. Nuestra orden estaba ya emplazada delante del
concilio, y cuando en él comparezcamos yo me acusaré de que el
maestre, vuestro tío, sólo os recibió por nuestra violencia.
    </p>
    

    <p>
     -Pero yo diré lo que mi corazón
sentía, y que por mi parte fueron y son de todas veras sinceros. Mi
suerte, además, será la vuestra, porque nuestro crimen es el mismo.
Pero decidme -añadió olvidando su resentimiento y acercándose al
comendador con interés-, ¿cómo vamos a presentarnos al
concilio?
    </p>
    

    <p>
     -Como reos y a la merced de nuestros
enemigos -respondió Saldaña procurando reprimir algunas lágrimas de
coraje que se asomaban a sus ojos. La Europa entera se levanta
contra nosotros y Dios nos ha dejado en medio del mar que
atravesábamos a pie enjuto como al ejército de Faraón. De hoy más,
Jerusalén -continuó volviéndose al oriente con las manos extendidas
y soltando la rienda al llanto y a los sollozos-, de hoy más,
compra tu pan y granjéate tu agua con dinero, como en los tiempos
del profeta, porque el Señor ha tendido sus redes y no aparta su
mano de tu perdición. Todos tus amados te han desamparado, y la
esterilidad y la viudez vendrán juntas sobre ti.
    </p>
    

    <p>
     Entonces, y después de dar vado a su
intenso dolor, contó a don Álvaro el desaliento que cundía entre
los templarios de Aragón y de Castilla, que ya habían entregado
algunas de sus fortalezas, y finalmente el desamparo y aislamiento
total a que la calumnia y codicia por un lado, y la superstición
por otro, les habían reducido. Últimamente le mostró una carta que
había recibido de don Rodrigo poco antes de la embestida en que
acabó tan miserablemente el conde de Lemus, en que le mandaba tan
funestas nuevas, insistiendo en la necesidad de dar pronto término
a tan aciaga lucha, sin menoscabo del honor en todo caso.
Advertíale asimismo de lo conveniente que sería a su fama acudir
prontamente al concilio de Salamanca, sobre todo después que
algunos de los obispos que debían componerle le habían asegurado
por escrito, contestando a sus cartas, que en aquel importante
juicio entraban limpios de toda prevención y ojeriza, y que jamás
consentirían en que se atropellasen sus fueros de caballeros y
miembros de la Iglesia. El comendador no había querido dar a
conocer estas cartas a ninguno de los suyos porque la enemiga del
de Lemus cerraba la puerta a todo trato honroso, y por otra parte,
semejantes nuevas podían enfriar una resolución que de ningún modo
sobraba delante de contrario tan sañudo. Apartado, por fin, este
obstáculo y entabladas las negociaciones bajo distinto pie por el
señor de Arganza, manifestó a don Álvaro que pronto asentarían sus
capitulaciones y pondrían la fortaleza de Cornatel, y aun la de
Ponferrada quizá, en poder de don Alonso.
    </p>
    

    <p>
     -Hijo mío -le dijo por último-, la
venda ha caído de mis ojos, y mis sueños de gloria y de conquista
se han desvanecido, porque el Balza no volverá a desafiar al viento
en nuestras torres.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, tú eres joven y la
felicidad aún puede mostrarte su rostro en los albores de tu
primavera. El único obstáculo invencible que había lo he
quebrantado yo en pedazos contra las rocas y precipicios de este
castillo. Por lo que hace a mí, si Dios conserva a pesar de tan
fieros golpes esta vida ya cascada, no residiré ya más en esta
Europa ruin y cobarde que así abandona el sepulcro del Salvador, y
sólo guerrea contra los que han dado su vida y su sangre por Él.
¿Todavía me guardas ahora rencor por lo pasado? -preguntó a don
Álvaro, asiéndole de la mano y trayéndole hacia sí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, noble Saldaña! -exclamó el
joven, precipitándose en sus brazos y estrechándole fuertemente.
¿Qué habéis encontrado en mí para tanta bondad y cariño como me
prodigáis a manos llenas? ¿Quién puede tachar de seco vuestro noble
corazón?
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad, don Álvaro
-contestó el anciano-, y con eso no me ultrajan. Mis pensamientos
me han servido como las alas al águila para levantarme de la morada
de los hombres; pero, como ella, he tenido que vivir en las
quiebras de los peñascos donde silban los vientos. ¿Que por qué te
he querido?, porque sólo tú eras digno de morar conmigo en la
altura, como mi polluelo, para mirar al sol y acechar el llano.
Ahora la montaña se ha hundido, y cuando mis alas ya no me
sostengan iré a caer en un arenal apartado para morir en él. ¡Ojalá
que entonces pueda verte posado con tu compañera a la orilla de una
fuente en el valle florido, de donde sólo te ha apartado la
iniquidad y la desdicha!
    </p>
    

    <p>
     Con tan melancólicas palabras se acabó
aquella conversación que interrumpió la llegada del señor de
Arganza. La entrevista con entrambos caballeros, testigos de la
terrible escena del cercado de Arganza, no pudo menos de traer un
sinfín de memorias tristes a don Alonso que en la cortés acogida
que hizo a don Álvaro, y en los grandes y delicados elogios que
tributó a sus recientes hazañas, le dio claramente a entender cuán
mudado estaba su espíritu y cuántos pesares le había acarreado su
anterior conducta.
    </p>
    

    <p>
     Las bases y condiciones de aquel
tratado se ajustaron prontamente a gusto de los templarios, y a los
pocos días desocuparon aquel castillo que con tanto valor habían
guardado. Saldaña, antes de salir, indicó al señor de Arganza el
mismo pensamiento que a don Álvaro, y por la alegre sorpresa con
que fue recibido pudo conocer que sus deseos se cumplirían. Don
Alonso acompañó a los templarios a Ponferrada, y para colmo de
cortesía, el pendón de la orden no dejó de ondear por mandado suyo
en la torre de Cornatel, en tanto que sus moradores pudieran
divisar al volverse aquellas enriscadas almenas que ya no volverían
a defender.
    </p>
    

    <p>
     En la hermosa bailía de Ponferrada se
fueron juntando todos los templarios del país dejando las
fortalezas de Corrullón, Valcarce y Bembibre en poder de las tropas
del señor de Arganza y de algún tercio que había mandado el marqués
de Astorga. Todos iban llegando silenciosos y sombríos montados en
sus soberbios caballos de guerra, y seguidos de sus pajes y
esclavos africanos que traían otros palafrenes del diestro. El
espectáculo de aquellos guerreros indomables y jurados enemigos de
los infieles que entonces se rendían sin pelear y por sola la
fuerza de las circunstancias, era tan doloroso que el abad de
Carracedo y don Alonso, que lo presenciaban, apenas podían
disimular sus lágrimas. El mismo tesón con que aquellos altivos
soldados encubrían sus propios sentimientos, y la igualdad de ánimo
que aparentaban, no hacían sino encapotar más y más aquel cuadro de
suyo lóbrego y negro.
    </p>
    

    <p>
     Cualidad de las almas bien nacidas es
trocar el odio en afición y respeto cuando llega la hora de la
desgracia para sus enemigos, y esto cabalmente fue lo que sucedió
con el abad y el señor de Arganza, que entonces renovaron los
vínculos de antigua amistad con el maestre don Rodrigo. El monje
determinó, desde luego, acompañarlos al solemne juicio que iba a
abrirse en Salamanca, para dar personal testimonio de la virtud del
maestre y de algunos caballeros, y especialmente para cumplir a
doña Beatriz la palabra que le había empeñado de volverle la
felicidad que en su juventud se había imaginado. Don Alonso, que no
podía salir del país, cuya custodia le estaba encomendada por su
rey, apuró todos los recursos de su hidalguía por hacer menos dura
su suerte a aquellos desgraciados.
    </p>
    

    <p>
     Por grande que fuese el deseo de los
templarios de salir de aquel trance incierto y penoso a que se
veían expuestos, los preparativos de su marcha y las formalidades
necesarias para la entrega de sus bienes se llevaron algún tiempo.
Una mañana, pues, que Saldaña se paseaba por los adarves que miran
al poniente y veía correr el Sil a sus pies con sordo murmullo,
vino un aspirante a decirle que un montañés solicitaba hablarle.
Mandóle al punto que lo condujese a su presencia, y a los pocos
minutos se encontró delante a un conocido nuestro, que quitándose
la gorra de pieles con tanto respeto como llaneza, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Dios os guarde, señor comendador. Acá
estamos todos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Eres tú, Andrade? -respondió el
comendador sorprendido-. ¿Pues qué te trae por esta tierra?
    </p>
    

    <p>
     -Yo os lo diré, señor, en dos
palabras. El otro día vino mi primo Damián a Ponferrada a vender
unas pellejas de corzo y de rebeco, y llevó allá una porción de
noticias, diciendo que ya no teníais más castillo que éste, que os
iban a llevar a Salamanca, y allí qué sé yo qué cosas dijo que iban
a hacer con vosotros. En fin, ellas no son para contadas, ni
importa un caracol que las sepáis. Pues señor, como iba diciendo,
yo siempre me he echado la cuenta de mi padre, de que el que no es
agradecido no es bien nacido, y como allá en Cornatel me disteis la
vida dos veces y además aquel puñado de doblas, que en mi vida vi
más juntas, vengo a deciros que si el diablo lo enreda, os venís
allá a mi casa y Cristo con todos. Ello no estaréis muy bien,
porque allá aun los ricos somos pobres, pero lo que es a buena
voluntad no nos gana ningún rey, y mi mujer, en cuanto se lo dije,
se puso más contenta que unas castañuelas, y al punto comenzó a
pensar en las gallinas, pichones y cabritos que estaban más gordos
para regalaros con ellos. Conque ya lo sabéis, si os venís conmigo,
lo que es allí no han de ir a buscaros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, se me olvidaba deciros que os
llevéis también al señor de Bembibre, porque sé que le queréis
tanto como su tío, y bien me acuerdo de lo cortés que estuvo con
nosotros en Cornatel.
    </p>
    

    <p>
     El comendador, que no esperaba
semejante visita, ni mucho menos que tuviese semejante objeto,
cuando el universo entero abandonaba a los templarios, se vio tan
dulcemente sorprendido que la emoción le atajó la palabra por un
rato. Por fin, dominándola con su acostumbrada energía, se llegó al
montañés y apretándole la mano vivamente le contestó:
    </p>
    

    <p>
     -Andrade, lo que contigo hice lo mismo
hubiera hecho con cualquiera; pero tú eres el primero que tales
muestras de afición me da. Anda con Dios, buen Cosme, y que su
bondad te prospere a ti y a los tuyos, como yo se lo pediré
siempre. Ningún riesgo nos amenaza, porque ya sabes que son obispos
los que nos van a juzgar, y en cuanto al rey y sus ricos hombres
-añadió con amargura-, cuando se hayan hartado con nuestra
abundancia, se cansarán de ladrar y de morder.
    </p>
    

    <p>
     -No, pues lo que es con eso no me
sosiego yo -repuso Andrade, porque, según me dijo el cura el otro
día, los jueces de Francia también eran sacerdotes, y así y
todo...
    </p>
    

    <p>
     -Nada hay que temer, buen Andrade,
vuélvete a tu montaña y cree que me dejas muy obligado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conque, a lo que veo -insistió el
montañés-, estáis en ir a Salamanca y sufrir el juicio?
    </p>
    

    <p>
     El comendador le hizo señal de que así
era.
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces, yo quiero ir allá para
servir de testigo. Señor comendador, a la paz de Dios, que dentro
de tres días o cuatro aquí estoy -y sin atender a las razones del
anciano, tomó el camino de Cabrera de donde volvió al tiempo
señalado.
    </p>
    

    <p>
     Llegó, por fin, la hora de que los
templarios reunidos en Ponferrada abandonasen aquel último baluarte
de su poder y grandeza. Por inevitable que sea la desgracia, la
hora en que llega siempre es dolorosa, sin duda porque con ella se
rompe el último hilo de la esperanza invisible a los ojos, mas no
por eso desprendido del corazón. Aquellos guerreros que
sucesivamente habían dejado los demás castillos del país, mientras
se vieron al abrigo de aquellas murallas todavía respiraban el aire
de su grandeza, pero al desampararlas con la imaginación llena de
funestos presentimientos los ánimos más fuertes flaqueaban.
    </p>
    

    <p>
     El día señalado, muy de madrugada,
juntáronse en la anchurosa plaza de armas del castillo caballeros,
aspirantes, pajes y esclavos.
    </p>
    

    <p>
     Reinaba un silencio funeral y todos
tendían los ojos por aquel hermoso paisaje que, aunque desnudo de
hojas y azotado por el soplo del invierno, todavía parecía
agraciado y pintoresco a causa de los variados términos de su
perspectiva y la suave degradación de sus montañas. Por fin, se
presentó el maestre y, después de dichas las oraciones de la
mañana, montaron a caballo y al son de una marcha guerrera
comenzaron a moverse hacia el puente levadizo.
    </p>
    

    <p>
     Antes de llegar a éste, y encima del
arco del rastrillo, existe todavía un gran escudo de armas cuyos
cuarteles están de todo punto carcomidos menos la cruz que se
conserva entera y distinta, y las tres primeras palabras de un
versículo de los salmos que todavía se leen. Estas eran las armas
del Temple, que desde entonces iban a quedar sin dueño y
abandonadas por lo tanto, y sin honra, después de haber sido
símbolo de tanta gloria y cifra de tanto poder.
    </p>
    

    <p>
     Este pensamiento ocupaba, sin duda, la
mente de don Rodrigo que por su clase caminaba el delantero, pues
al llegar al puente levadizo volvió de repente su caballo, y
mirando el escudo a través de las lágrimas que empañaban sus
cansados ojos, exclamó con una voz que parecía salir de un sepulcro
leyendo la sagrada inscripción,

     <foreign xml:lang="LAT">
      Nisi dominus custodierit civitatem, frustra
vigilat qui custodit eam
     </foreign>
     . Los caballeros volvieron igualmente
sus ojos y, en medio del desamparo a que se veían reducidos,
repitieron en voz baja las palabras de su maestre, después de lo
cual, espoleando sus corceles, salieron con gran prisa de aquella
fortaleza a donde no debían volver.
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso los acompañó hasta que
cruzaron el Boeza y allí los dejó con el abad de Carracedo que los
seguía a Salamanca, llevado de su noble y santo propósito. El buen
Andrade caminaba entre don Álvaro y el comendador, y de todos
recibía infinitas muestras de cortesía y bondad que no acertaba a
explicarse, porque su rectitud natural y sencilla desnudaba de todo
mérito aquella acción generosa y desinteresada. De esta suerte
hicieron su viaje a Salamanca, donde ya estaban juntos los obispos
que, bajo la presidencia del arzobispo de Santiago, componían aquel
concilio provincial.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001031">
    

    <head>
     Capítulo XXXI
    </head>
    

    <p>
     Las muchas seguridades que doña
Beatriz recibió del abad y de su buen padre, acerca de la suerte
que aguardaba a los templarios españoles, no fueron poderosas a
calmar los recelos y zozobras que se agolpaban en su ánimo; ¡tan
hondas raíces había echado en su corazón el pesar y tan negra tinta
derramaba su imaginación aun sobre los objetos más risueños! Si
había de juzgar de las disposiciones de los obispos por las que
durante mucho tiempo había abrigado el prelado de Carracedo no
tenía, a la verdad, gran motivo para tranquilizarse, y por otra
parte, el embravecimiento de la opinión contra los templarios había
llegado a tal punto que todo podía temerse con razón. Añádase a
esto que su enfermedad teñía habitualmente de un color opaco aun
los más brillantes objetos, y fácil será de presumir los muchos y
turbios celajes que empañaban aquel rápido vislumbre de felicidad
que el abad le había mostrado. No desconocía, por otra parte, que
don Álvaro era un objeto de enemistad especial para el infante don
Juan, desde los sucesos de Tordehumos, y su discreción natural le
daba a entender que en medio de la inquietud que inspiraban los
templarios, aun después de su caída, no dejaría de haber
dificultades para restituir su libertad, su poder y sus bienes a
quien tan decidido apoyo les había prestado hasta el punto de
aceptar sus votos y compromisos.
    </p>
    

    <p>
     Contra tan sólidas razones poco valían
todos los argumentos de su padre y de su tía, de manera que la
misma esperanza venía a ser para ella una luz sin cesar combatida
por el viento, y que esparcía alrededor sombras y dudas antes que
seguridad y resplandores. El incesante anhelar y zozobra que tan
poderosamente habían contribuido a la ruina de su salud
continuaron, por lo tanto, minándola a gran prisa, y como en la
postración de su cuerpo toda clase de emociones venían a ser por
igual dañosas, cada día sus fuerzas se disminuían y se aumentaba el
cuidado de los que andaban a su alrededor. Don Alonso, que achacaba
a sus pesares y desvelos los estragos que se veían en su rostro,
comenzó a inquietarse seriamente cuando llegó a advertir que
aquella dolencia, derivada sin duda del alma en un principio,
existía ya de por sí y como cosa aparte. Al cariño de padre, al
aguijón del remordimiento vinieron a mezclarse entonces los temores
del caballero que temblaba por la suerte y el porvenir de su linaje
depositados en tan frágil vaso, cabalmente cuando el destino
parecía que iba a convertir en bronce su vidrio delicado.
    </p>
    

    <p>
     Posesionado ya de los castillos del
Bierzo y sosegados todos los rumores de guerra, pensó en sacar a
doña Beatriz del monasterio y en restituirse con ella a su casa de
Arganza. Poco se alegró la joven con la resolución de su padre,
porque mientras su suerte se fallaba, ningún lugar había más
acomodado a la solemnidad religiosa de sus pensamientos y a la
tranquilidad que tanto había menester su espíritu que el retiro de
Villabuena. Los recuerdos de la infancia y adolescencia tan dulces
de suyo al corazón, más de una vez se acibaran con las imágenes que
los acompañan, y entonces su consuelo y blandura son más que
dudosos. Así doña Beatriz, que en los muros de la casa paterna
había visto en brevísimo espacio de tiempo nacer y agostarse la
flor de su ventura, desaparecer su madre, perderse su libertad y
aparecer impensadamente un sol que juzgaba para siempre puesto,
sólo para cegar sus ojos y dejar un rastro de desolada luz en su
memoria, temblaba volver a aquel recinto cuando tan enigmático se
presentaba todavía lo futuro. Sin embargo, el atractivo que para su
alma pura y piadosa tenían las cenizas de su madre, el deseo de
acompañar a su padre anciano y la seguridad de que los objetos
exteriores sólo podían atenuar muy levemente las ideas que como con
un buril de fuego estaban impresas en su alma, le decidieron a
abandonar por segunda vez aquella casa, de donde había salido antes
para tantos pesares y sinsabores, y de la cual entonces se apartaba
sin más patrimonio que una lejana y débil esperanza, igualmente
privada de salud y de alegría. Despidióse, pues, de su tía y de las
buenas religiosas, sus amigas y compañeras, sin extremos ni
sollozos, pero profundamente conmovida y echando miradas tan
vagarosas a aquellos sitios como si hubiesen de ser las postreras.
Aunque sus males y tristezas eran como una sombra para aquellas
santas mujeres, su dulzura, su discreción, su bondad y hasta el
particular atractivo de su figura, las aficionaban
extraordinariamente a su trato y compañía; así fue que, por su
parte, hicieron gran llanto en su partida.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, salió acompañada de su
Martina y de sus antiguos criados. ¿Dónde estaban los días en que
sobre un ágil y revuelto palafrén corría los bosques de Arganza y
Hervededo con un azor en el puño, acechando las garzas del aire,
como una ninfa cazadora? Ahora ni aun el sosegado y cómodo paso de
su hacanea podía sufrir, y más de una vez hubo de pararse la
cabalgada en el camino para reclinarla al pie de un árbol solitario
donde cobrase aliento. La agitación de la despedida la había
debilitado en gran manera, así es que llegó a Arganza más
desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las imágenes que
aquellos sitios le presentaron, animadas con todo el ardor de la
calentura, produjeron gran trastorno en su ánimo y aguaron el
contento de aquellos pacíficos aldeanos, para quienes su venida era
como la visita de los ángeles para los patriarcas.
    </p>
    

    <p>
     A la mañana siguiente quiso bajar a la
capilla donde estaba enterrada doña Blanca, y por la tarde, apoyada
en Martina y en su padre que apenas se atrevía a contrariarla, se
encaminó lentamente al nogal de la orilla del arroyo debajo de
cuyas ramas se despidió don Álvaro para siempre. Si sus lágrimas
hubieran corrido en abundancia, sin duda se hubiera descargado de
un gran peso, pero el deseo de esconderlas de su padre las cuajó en
sus ojos, y el esfuerzo que hubo de hacer se convirtió, como era
natural, en daño suyo. Aquella noche la lenta calentura que la
consumía se avivó en tales términos que entró en un delirio
terrible en que sin cesar hablaba del conde, de su madre y de don
Álvaro, quejándose dolorosamente de cuando en cuando. El señor de
Arganza, desolado y fuera de sí, mandó inmediatamente por el
anciano monje de Carracedo, que ya la había asistido en Villabuena
cuando su anterior enfermedad. El buen religioso vino al amanecer
con toda diligencia y encontró ya a doña Beatriz casi de todo punto
sosegada, porque en aquella complexión ya destruida no tenían gran
duración los accesos del mal. Informóse, sin embargo, de todo lo
sucedido, y como don Alonso descorriese a sus ojos hasta el último
velo, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Noble don Alonso, fuerza será que
vuestra hija no vea durante algún tiempo estos sitios que tan
dolorosas memorias renuevan en ella. Trasladadla sin perder tiempo
a la quinta que poseían los templarios sobre el lago Carucedo,
porque allí es el aire más templado y el país más plácido y
halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus flores y entonces se
decidirá la suerte de doña Beatriz, que de continuar aquí, no puede
menos de ser desastrada.
    </p>
    

    <p>
     -Pero decidme -le preguntó con
ansiedad el señor de Arganza-, ¿y vos me respondéis de su vida?
    </p>
    

    <p>
     -Su vida -le contestó el religioso-
está en las manos de Dios, que nos manda confiar y esperar en Él.
Sin embargo, vuestra hija es joven todavía y por profunda raíz que
haya echado el mal en ella, bien puede suceder que un suceso feliz
y precursor de una época nueva la curase harto mejor que todos los
humanos remedios. No nos descuidemos, de nuevo os lo encargo:
aprovechad el respiro que va a darnos un calmante que tomará hoy y
lleváosla al punto.
    </p>
    

    <p>
     En efecto, el calmante proporcionó tan
grande alivio a la enferma que don Alonso, devorado de recelos y de
inquietudes, después de acelerar todos los preparativos de viaje,
partió a los dos días con su hija. Algo mejor preparada ésta y
atenta más que a su quietud y bienestar propio al sosiego de su
padre, emprendió sin repugnancia su nueva peregrinación,
despidiéndose de aquellos sitios, teatro de sus juegos infantiles,
con un mal disimulado acento, en que no podía traslucirse la
esperanza de volverlos a ver. Tal vez nadie mejor que ella podía
juzgar su estado, pues sólo a sus ojos era dado ver los estragos de
su alma; pero ¿quién podía adivinar lo que el porvenir guardaba en
los pliegues oscuros de su manto?, y por otra parte, la imagen de
don Álvaro, libre de sus votos, más rendido, más noble y más
hermoso que nunca, era como un ave de buen agüero, cuyos cantos se
quedan halagando el oído por rápido que sea su vuelo.
    </p>
    

    <p>
     La comitiva cruzó el Sil por la misma
barca de Villadepalos que en otros tiempo más felices debió
conducirla en brazos de su amante a un puerto de seguridad y de
ventura. Fatalidad y no pequeña era encontrar por todas partes
memorias tan aciagas, pero aquel reducido país había servido de
campo a tantos sucesos que más o menos de cerca le tocaban, que
bien podía decirse que sus pensamientos y recuerdos lo poblaban y
de donde quiera salían al encuentro de sus miradas.
    </p>
    

    <p>
     Pasado el río hay una cuesta muy
empinada, desde la cual, a un tiempo, se divisan entrambas orillas
del Sil, todo el llano que forma su cuenca, el convento de
Carracedo con su gran mole blanca en medio de una fresquísima
alfombra de prados, y los diversos términos y accidentes de las
cordilleras que por dondequiera cierran y amojonan aquel país.
    </p>
    

    <p>
     Comenzaba a desprenderse la vegetación
de los grillos del invierno; el Sil un poco crecido, pero
cristalino y claro, corría majestuosamente entre los sotos todavía
desnudos que adornaban sus márgenes; el cielo estaba surcado de
nubes blanquecinas en forma de bandas, por entre las cuales se
descubría un azul purísimo, y una porción de mirlos y jilgueros
revoloteando por entre los arbustos y matas anunciaban con sus
trinos y piadas la venida del buen tiempo.
    </p>
    

    <p>
     Del otro lado descollaban las sierras
de la Aguiana con sus crestas coronadas de nubes a la sazón y los
agudos y encendidos picachos de las Médulas remataban su cadena con
una gradación muy vistosa. Casi al pie se extendía el lago de
Carucedo, rodeado de pueblos, cuyos tejados de pizarras azules
vislumbraban al sol siempre que se descubría, y terminado por dos
montes, de los cuales el que mira a mediodía estaba cubierto de
árboles, mientras el que da al norte formaba extraño contraste por
su desnudez y peladas rocas. Doña Beatriz se sentó a descansar un
rato en el alto de la cuesta, y desde allí tendía la vista por
entrambas perspectivas, levantando de vez en cuando sus ojos al
cielo, como si le rogase que los recuerdos de amargura y las
pruebas de su juventud quedasen a su espalda como la tierra de
Egipto detrás de su pueblo escogido, y a orillas de aquel lago
apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y
de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación.
Después de descansar un rato, subió la comitiva en sus caballos y
se encaminó silenciosamente a la hermosa quinta en que doña Beatriz
debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte.
    </p>
    

    <p>
     Era éste un edificio con algunas
fortificaciones a la usanza de la época, pero sobrado primoroso
para fortaleza, porque todos los frágiles adornos y labores del
gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas puertas y ventanas y
en los capiteles que coronaban sus almenas. Habíanla labrado los
templarios en tiempos de su mayor esplendor, y para su asiento
escogieron una colina poco elevada y de suavísimo declive que está
debajo del pueblo del 

     <emph>
      Lago
     </emph>
     y domina la líquida llanura en cuyos
cristales moja sus pies. Forma el lago junto a ella un lindo seno,
y allí se abrigaban algunos esquifes ligeros en que los caballeros
acostumbraban a solazarse con la pesca de las anguilas, de que hay
gran abundancia, y cazando con ballesta algunas de las infinitas
aves acuáticas que surcan la resplandeciente superficie. Como las
áridas cuestas del monte del norte, que los naturales apellidan de
los 

     <emph rend="italic">
      Caballos
     </emph>
     , hacían espaldas a la quinta,
resultaba que de aquel paisaje agraciado y lleno de suavidad
únicamente se ocultaban los términos áridos y yermos. Lo restante
era, y es todavía, un panorama de variedad y amenidad grandísima
que, repelido por el espejo del lago, figura a veces, cuando lo
agita blandamente la brisa, un mar confuso de rocas, árboles,
viñedos y colinas sin cesar divididos y juntados por una mano
invisible. Tiene el lago más de una ensenada, y la que se prolonga
entre oriente y norte, perdida entre las sinuosidades de un valle,
parece dilatar su extensión, y los juncos y espadañas que la
pueblan sirven de abrigo a infinitas gallinetas de agua y lavancos
de cuello tornasolado. No lejos de esta ensenada está el pueblo de
Carucedo, sentado en una fresca encañada y a su extremo una porción
de encinas viejísimas y corpulentas, cuyas pendientes ramas se
asemejan a las de los árboles del desmayo, sirven de límite a las
aguas, mientras en la orilla opuesta occidental un soto de castaños
enormes señala también su término a los caudales del lago.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz que tenía un alma
abierta, por desgracia suya en demasía, a todas las emociones puras
y nobles, no pudo menos de admirar la belleza del paisaje, cuando
las laderas de los montes que descienden al lago y su hermosa tabla
comenzaron a desplegarse a sus ojos desde las alturas de San Juan
de Paluezas. A medida que se acercaba íbase descogiendo un nuevo
pliegue del terreno, y ora un grupo de árboles, ora un arroyo que
serpenteaba en alguna quiebra, ora una manada de cabras que
parecían colgadas de una roca, a cada paso derramaban nuevas
gracias sobre aquel cuadro. Cuando, por fin, llegó a la quinta y se
asomó al mirador, desde el cual todos los contornos se registraban,
subieron de punto a sus ojos todas aquellas bellezas.
    </p>
    

    <p>
     El sol se ponía detrás de los montes
dejando un vivo rastro de luz que se extendía por el lago y a un
mismo tiempo iluminaba los diversos terrenos esparciendo aquí
sombras y allí claridades. Numerosos rebaños de ganado vacuno
bajaban mugiendo a beber moviendo sus esquilas, y otros hatos de
ovejas y cabras y tal cual piara de yeguas con sus potros
juguetones venían también a templar su sed, triscando y botando,
mezclando relinchos y balidos. Los lavancos y gallinetas, tan
pronto en escuadrones ordenados, como desparramados y solitarios,
nadaban por aquella reluciente llanura. Una pastora, que en su saya
clara y dengue encarnado mostraba ser joven y soltera y en sus
movimientos gran soltura y garbo, conducía sus ovejas cantando una
tonada sentida y armoniosa, y como si fuera un eco, de una barca
que cruzaba silenciosa, costeando la orilla opuesta salía una
canción guerrera entonada por la voz robusta de un hombre, pero que
apagada por la distancia perdía toda su dureza, no de otra suerte
que si se uniese al coro armonioso, templado y suave que al
declinar el sol se levantaba de aquellas riberas.
    </p>
    

    <p>
     Por risueños puntos de vista que
ofrezcan las orillas del Cúa y del Sil, fuerza es confesar que la
calma, bonanza y plácido sosiego del lago de Carucedo no tiene
igual tal vez en el antiguo reino de León. Doña Beatriz, casi
arrobada en la contemplación de aquel hermoso y rutilante espejo
guarnecido de su silvestre marco de peñascos, montañas, praderas y
arbolados, parecía engolfada en sus pensamientos. Para un corazón
poseído de amor como el suyo, la creación entera no parece sino el
teatro de sus penas o su felicidad, de sus esperanzas o sus dudas,
y esto cabalmente sucedía aquella interesante y desgraciada señora.
La imagen de don Álvaro era el centro adonde iban a parar todos los
hilos misteriosos del sentimiento que en su alma despertaban
aquellos lugares, y entretejiéndolos con los que de tiempos más
dichosos quedaban todavía enmarañados en su memoria formaba en su
imaginación la tela inacabable de una vida dichosa, llena de
correspondencia dulcísima y de aquel noble orgullo que en todos los
pechos bien nacidos excita la posesión de un bien legítimamente
adquirido. ¡Engañosas visiones que al menor soplo de la razón se
despojaban de sus fantásticos atavíos y caían en polvo menudo en
medio de las puntas y abrojos que erizaban el camino de doña
Beatriz! Al cabo de una larga meditación, en la cual como otras
tantas ráfagas luminosas había visto pasar todas aquellas
representaciones doradas y suaves de un bien ya disipado, y de otro
bien incierto, y apenas bosquejado, la desdichada exhaló un largo
suspiro y dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios no lo ha querido!
    </p>
    

    <p>
     -Dios ha querido probarte y
castigarme, ángel del cielo -contestó su padre abrazándola-,
nuestras penas acabaron ya y los nuevos tiempos se acercan a más
andar. Dios se apiadará de tu juventud y de estas canas vecinas ya
al sepulcro, y no querrá borrar mi nombre de la faz de la
tierra.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz le besó la mano sin
contestar, porque no se atrevía a entregarse a tan risueñas ideas,
ni alcanzaba a acallar los presentimientos que de tiempos atrás
habían llegado a posesionarse de su espíritu, pues, para colmo de
amargura, la muerte que por tanto tiempo había invocado como
término y descanso de sus penas, sin verla aparecer jamás, ahora
cruzaba a lo lejos como un lúgubre relámpago, cuando la vida
cobraba a sus ojos todas las galas de la esperanza, y sembraba de
flores funerarias el camino que guiaba a su templo. Sin embargo,
doña Beatriz, como todas las almas fuertes, pasado el primer
estremecimiento hijo del barro aceptaba sin miedo ni repugnancia
esta idea, y sólo se dolía de la contingencia de su fin prematuro
por el luto de su padre, y de aquel amante arrebatado de sus brazos
por una deshecha borrasca y que otra no menos deshecha podía volver
a ellos. Así pues, sin decir palabra, se apoyó en el brazo del
anciano y lentamente bajó la escalera con barandilla prolijamente
calada hasta que en la cámara, para ella aderezada, la dejó en
compañía de Martina. Dejémosla también nosotros entregada a las
dulzuras del sueño que aquella noche bajaba sobre sus párpados más
suave y bienhechor que en muchos días, y transportémonos a
Salamanca, donde se iba a fallar el ruidoso proceso que traía
alborotada a la cristiandad entera.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001032">
    

    <head>
     Capítulo XXXII
    </head>
    

    <p>
     En medio de la tremenda tormenta que
la envidia por un lado, la codicia por otro y la superstición e
ignorancia por casi todos, habían levantado contra el Temple, la
península puede gloriarse de que su santuario se conservó exento
del contagio de aquellos torpes y groseros errores, y de aquellas
pasiones ruines y bastardas. Sobrado se les alcanzaba a sus obispos
la fuente de males que tal vez hubiera podido abrirse en Europa de
la conservación y crecimiento de aquella orden decaída de su
antigua pureza y virtud, y convertida a los ojos del vulgo en
piedra de reprobación y de escándalo; pero, como cristianos y
caballeros, respetaban mucho a sus individuos, y no desmintieron la
noble confianza que en ellos había puesto don Rodrigo Yáñez. Vanas
fueron las prevenciones con que Aymerico, inquisidor apostólico y
comisionado del Papa para acompañar a los arzobispos de Toledo y
Santiago, entró en aquel juicio que intentaba llevar por el mismo
sendero de los de Francia; vanos todos los esfuerzos de la corte de
Castilla, y en especial del infante don Juan, y vano, por fin, el
extravío de la opinión, para torcer la rectitud de sus intenciones.
Las iniquidades de Felipe el Hermoso eran justamente el escudo más
fuerte de los caballeros en el ánimo de aquellos piadosos varones
que, en el fondo de su corazón, deploraban amargamente las
debilidades de Clemente V, origen de tanta sangre y tan feos
borrones para la cristiandad.
    </p>
    

    <p>
     Juntos, pues, en Salamanca bajo la
presidencia del inquisidor apostólico y del arzobispo de Santiago,
Rodrigo; Juan, obispo de Lisboa; Vasco, obispo de la Guardia;
Gonzalo, de Zamora; Pedro, de Ávila; Alonso, de Ciudad Rodrigo;
Domingo, de Plasencia; Rodrigo, de Mondoñedo; Alonso, de Astorga;
Juan, de Tuy; y Juan, de Lugo; se abrió el concilio con las
ceremonias y solemnidades de costumbre. Cada uno de los padres, con
arreglo a las bulas pontificias y a las órdenes de sus respectivos
monarcas, había formado en su diócesis respectiva un proceso de
información, en el cual constaban las declaraciones de infinitos
testigos, sacerdotes y seglares, de cuya confrontación debía
deducirse la culpabilidad de los caballeros o su inocencia. Sin
embargo, en vísperas de un fallo tan solemne fuerza era ampliar
aquel sumario, oír a los encausados, recibir nuevas deposiciones y
justificar finalmente una sentencia que iba a dar remate a un
suceso, con razón calificado por un historiador moderno de gran
mérito de «el más importante de los siglos medios después de las
cruzadas».
    </p>
    

    <p>
     Poco tardó en averiguar el infante don
Juan las intenciones con que acudía al concilio el abad de
Carracedo, y con ellas recibió sobresalto no pequeño, pues estando
todavía en balanzas la suerte de la orden por los reinos de España,
muy de temer era que en el de León, al abrigo de una familia tan
poderosa, moviese nuevos disturbios y mudanzas, y pusiese en duda
la posesión de aquellos bienes que con tanta ansia codiciaba para
consolarse de la pérdida de su soñada corona. Así pues, echó mano
como de costumbre de sus cábalas y maquinaciones, y comenzó a
sembrar la cizaña de su encono en el ánimo de los obispos,
infundiendo recelos de discordias con el Sumo Pontífice en algunos,
y amenazando a otros con los alborotos que pudiera ocasionar en la
mal sosegada Castilla la resolución de dar por libre de sus votos a
don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     El anciano monje, a quien no se le
ocultaba el estado de doña Beatriz y que, por otra parte, sabía
cuán agudo cuchillo era para su vida el continuo vaivén de la
incertidumbre, presentó el caso como separado del juicio general,
alegando la nulidad de la profesión del señor de Bembibre y
manifestando la injusticia que podría haber en complicarle en el
proceso y responsabilidad de una corporación, que mal podía
contarle entre sus miembros. Por valederas que fuesen semejantes
razones, no hallaron en el ánimo de los jueces todo el eco que
reclamaban, así la solicitud del abogado, como la ventura de doña
Beatriz. Por una parte, era urgentísimo sustanciar y decidir aquel
gran pleito harto más importante que la suerte de un individuo, y
por otra penetrados los prelados en su interior del poco peso de
las acusaciones contra los templarios, no tenían reparo en envolver
a don Álvaro en los procedimientos generales, que en todo casi
siempre había lugar de enmendar con la debida excepción.
    </p>
    

    <p>
     Infructuosos fueron, por lo tanto, los
esfuerzos que de concierto hicieron, el buen religioso, el maestre
don Rodrigo, el comendador Saldaña, su deudo Hemán Ruiz Saldaña, y
sobre todo don Juan Núñez de Lara, que tanto por mostrar la nobleza
de su sangre, cuanto por el deseo de remediar en lo posible el gran
mal que había hecho a don Álvaro en Tordehumos, había venido a
Salamanca con diligencia grandísima. Las almas elevadas suelen
pagar muy caros los sueños de la ambición, y buena prueba de ello
era don Juan de Lara, para quien la noticia de los pesares de don
Álvaro y su violenta resolución de entrar en el Temple habían sido
y eran todavía un doloroso torcedor. Sin la culpable trama de que
también él había sido víctima, libre estaba don Álvaro de los
pasados sinsabores y de las presentes angustias, y cualquiera que
hubieran sido las pruebas y amarguras de su amor, en último
resultado pendiendo su suerte de la constancia y elevado carácter
de doña Beatriz, sin duda sus hermosas esperanzas se hubieran visto
logradas como merecían. Todo esto, que en voces altas y muy claras
decía a don Juan su conciencia, le afligía por extremo y de buena
gana hubiera redimido con la mitad de los años de la vida que le
quedaban y con lo mejor de su hacienda tales quebrantos. Otra cosa
había, además, de por medio que aquejaba vivamente su voluntad, y
eran los amaños y arterías que en sentido opuesto empleaba el
infante don Juan, su jurado enemigo desde lo de Tordehumos. Razones
de gran peso, y entre ellas el bien y el sosiego de Castilla, le
habían impedido hacer campo cerrado con él, según en un principio
imaginó, pero la idea de contrariar en aquella ocasión sus
esfuerzos y dar en tierra con sus artificios ponía espuelas a su
voluntad, ya muy decidida de suyo.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, todos estos buenos oficios
carecían de base, pues estando presente don Álvaro, natural parecía
que de por sí reclamase contra el agravio que al parecer se le
hacía; pero la autoridad de sus ancianos amigos y de su tío, las
instancias de todos los caballeros de la orden que se hallaban en
Salamanca, la importuna solicitud de don Juan de Lara, y hasta la
voz misma de aquella pasión que mal acallada en su pecho se
despertaba violentamente a la voz de la esperanza, no fueron
poderosas a determinarle a semejante paso. La idea de separar su
causa de la de sus hermanos de elección, de tal manera alborotaba
su altivo pundonor, que al poco tiempo todos sus allegados cesaron
por entero en sus persecuciones. Así pues, víctima de aquella
ilusión generosa de desprendimiento y de hidalguía, tras de la cual
había corrido toda su vida, dilataba sin término el suceso feliz
del que pendía ya la dicha que en el mundo pudiera tocarle.
    </p>
    

    <p>
     Abrióse, por fin, el juicio, y el
maestre don Rodrigo, Saldaña y los más ancianos caballeros
comparecieron delante de los obispos a oír los cargos que se les
hacían, cargos que en nuestros días moverían a risa, pero que en
aquella época de tinieblas encontraban en la muchedumbre un eco
tremendo, tanto mayor cuanto más se acercaban a lo maravilloso.
    </p>
    

    <p>
     Compulsáronse las informaciones que
cada prelado había hecho antes de congregado el concilio y
comenzaron a oírse nuevos testigos. No faltaron muchos que se
presentasen en contra del Temple, achacándole los mismos crímenes
que perdieron a la orden en Francia, y sobre todo y como cosa más
visible, avaricia en las limosnas y escaseces y falta de decoro en
el culto. Cohechados la mayor parte de ellos por los enemigos de
aquella gloriosa institución, arrebatados otros de un celo
ignorante y fanático, parecía que unos a otros se alentaban en
aquella obra de iniquidad, natural consecuencia de las pérfidas
calumnias que deslumbraban los ojos del vulgo sediento siempre de
novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas
como falto de juicio y compostura.
    </p>
    

    <p>
     Los caballeros, solos en medio de
aquel vendaval que sin cesar arreciaba, se defendían, sin embargo,
con templanza y valeroso sosiego, atentos a conservar su altiva
dignidad aun en medio de tamañas falsías y bajezas.
    </p>
    

    <p>
     Don Rodrigo, como cabeza de la orden,
era el blanco de todos los tiros, no por odio a su persona, pues su
prudencia, su urbanidad y sus austeras virtudes andaban en boca de
todos, sino porque humillando la orden en lo que tenía de más sabio
y elevado, se minaban sus cimientos y se imposibilitaba su
restauración. Comoquiera, el maestre infundía tal respeto por sus
años y por aquel resto de imperio y de poder que todavía quedaba en
su frente, que más de una vez sucedió que los testigos se retiraron
corridos y amedrentados delante de la severidad de sus miradas.
    </p>
    

    <p>
     El comendador Saldaña hizo harto más
en defenderse de otros ataques, que si bien menos concertados, al
cabo eran más enconados y violentos.
    </p>
    

    <p>
     Recordarán sin duda nuestros lectores
que, en el asalto de Cornatel, un deudo muy cercano del conde murió
al golpe de una piedra que le deshizo el cráneo, y otro poco
después en la barbacana bajo el hacha del anciano guerrero.
Asimismo recordarán que la bandera de los Castros entró arrastrando
en el castillo, arrancada por la mano de don Álvaro de la tienda en
que ondeaba al soplo del viento.
    </p>
    

    <p>
     Heridas y ultrajes eran ya éstos que
difícilmente pudiera olvidar aquel orgulloso linaje, pero el
desastrado fin de su caudillo había encendido en sus pechos un odio
implacable contra los templarios, y sobre todo contra Saldaña como
autor de su deshonra y duelo.
    </p>
    

    <p>
     Apenas, pues, los vieron emplazados y
llamados a juicio, acudieron prontamente a Salamanca donde
añadieron al peso de la acusación general el de su encono y
recriminaciones.
    </p>
    

    <p>
     Cuando llegó su día, presentaron queja
ante los padres, acusando al anciano de haber usado malas artes en
la defensa de su castillo, con notorio menosprecio de las órdenes
de su rey y señor natural. Echáronle en cara la altanería con que
desechó las intimaciones del difunto conde, y sobre todo su muerte
atroz, contraria a las leyes de guerra. Beltrán de Castro, uno de
los más cercanos deudos y que aún no había podido acomodarse al
baldón del vencimiento, presentó todos estos cargos con gran
discreción y energía, disfrazando a su modo los incidentes de
aquella desastrosa jornada.
    </p>
    

    <p>
     -Comendador Saldaña -le dijo el
arzobispo de Santiago-, ¿confesáis todos los cargos que os hace
Beltrán de Castro?
    </p>
    

    <p>
     -Padres venerables -contestó el
anciano-, no por rebeldía ni deslealtad nos negamos a obedecer las
cédulas de nuestro monarca, sino por justa y legítima defensa.
Caballeros de nuestra prez no eran para tratados como quería el
conde de Lemus a quien respeto, pues que ya el supremo juez le
habrá juzgado. Él quería la guerra porque anhelaba vengar agravios
recibidos con causa, por desgracia sobrado justa, de mí y de uno de
nuestros más nobles caballeros. Amaba el peligro y pereció en él...
la paz sea con su alma. Por lo que hace a la nigromancia que nos
reprocháis, señor hidalgo -continuó volviéndose a Beltrán y
sonriéndose irónicamente-, el miedo sin duda os turbaba la vista y
el entendimiento a la par, pues que así confundíais con los
demonios nuestros esclavos africanos, y tomabais por llamas del
infierno la pez, alquitrán y aceite hirviendo con que os rociábamos
la mollera.
    </p>
    

    <p>
     El gallego perdió el color al oír
semejante ultraje, y rechinando los dientes clavó sus ojos
encendidos como brasas en el anciano caballero. Su mano se encaminó
maquinalmente a la guarnición de la espada, pero acordándose del
sitio en que estaba, mantuvo a raya los ímpetus de su ira.
    </p>
    

    <p>
     -No os enojéis, señor hidalgo, que así
venís a hacer leña del árbol caído -replicó el comendador en el
mismo tono acre y mordaz-, no os enojéis ahora, ya que entonces de
tan poco sirvió vuestro coraje a aquellos infelices montañeses, que
tan sin piedad llevabais al matadero, ya que entonces el señor de
Bembibre con sólo un puñado de caballeros desbarató toda vuestra
caballería, saqueó vuestros reales y trajo arrastrando vuestro
pendón sin que, a pesar de vuestras fuerzas superiores, tuvieseis
ánimo para estorbarlo. ¿En qué opinión teníais a los soldados del
Temple y a un viejo caballero que peleó por la cruz en Acre, hasta
que los villanos la echaron por el suelo para alfombra de los
caballos del soldán? Andad, que vuestro valor es como el de los
buitres y cuervos, sólo bueno para emplearse en los cadáveres.
    </p>
    

    <p>
     -Señor caballero -le dijo gravemente
el arzobispo de Santiago-, no habéis respondido todavía a la
principal cabeza de la acusación, la muerte del noble conde de
Lemus... ¿Es cierto este capítulo?
    </p>
    

    <p>
     -Y tan cierto -respondió Saldaña con
una voz que retumbó en el salón como un trueno-, que si mil veces
lo cogiera entre mis manos, otras tantas vidas le arrancaría. Sí,
yo le así por el cinto cuando cayó a mis pies sin conocimiento; con
él me subí a una almena, y desde allí se lo arrojé a sus gentes
diciéndoles: «¡Ahí tenéis vuestro valiente y generoso
caudillo!»
    </p>
    

    <p>
     -¡Lo ha confesado! ¡Lo ha confesado!
-exclamaron llenos de júbilo los parientes del difunto.
    </p>
    

    <p>
     -Comendador Saldaña -continuó
Beltrán-, yo os acuso de traición, pues sólo cohechando al
cabreirés Cosme Andrade pudisteis tener noticia de la expedición
del desgraciado conde.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mentís, Beltrán de Castro! -contestó
una voz de entre la apiñada multitud, que entonces comenzó a
arremolinarse como para abrir paso a alguno.
    </p>
    

    <p>
     Efectivamente, después de un corto
alboroto y de algún oleaje y vaivenes entre la gente, un montañés
con su coleto largo y destazado, sus abarcas y su cuchillo de monte
al lado, saltó como un gamo en el recinto destinado a los acusados,
acusadores y testigos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sois vos, Andrade? -exclamó Castro
sorprendido con esta aparición para él inesperada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Yo soy, yo, el cohechado, como vos
decís ruin y villano! -contestó el encolerizado montañés. ¡Parece
que os pasma el verme! ¡Bien se conoce que me creíais muy lejos
cuando así me ultrajabais. Algún ángel me tocó sin duda en el
corazón, cuando viéndoos llegar a Salamanca me oculté de vuestra
vista para confundiros ahora, ahora que conozco la ruindad de los
Castros! ¡Oh, pobres paisanos y compañeros míos que dejasteis
vuestros huesos en el foso de Cornatel, venid ahora a recibir el
premio que os dan estos malsines! ¡Yo cohechado!, ¿y con qué me
cohecharíais vos, mal nacido? ¿O tenéis por cohecho el rodar por
los precipicios y arriesgar la vida hartas más veces que vos?
    </p>
    

    <p>
     -Vos recibisteis cien doblas del
comendador -replicó Beltrán un poco recobrado, aunque confuso con
las embestidas del montañés, que le acosaba como un jabalí
herido.
    </p>
    

    <p>
     -Cierto que las recibí -contestó
Andrade candorosamente, porque se me ofrecieron con buena voluntad;
pero ¿guardé una siquiera, embustero sin alma? ¿No las distribuí
todas y aun bastantes de mis dineros a las viudas de los que
murieron allí por los antojos de vuestro conde? ¿O piensas tú que
es Andrade como tu amo maldecido, que vendía por un lugar más su fe
de caballero y la sangre de los suyos? Agradece a que estamos
delante de estos varones de Dios, que si no ya mi cuchillo de monte
te hubiera registrado los escondites del corazón.
    </p>
    

    <p>
     -Sosegaos, Andrade -le dijo el obispo
de Astorga-, y contadnos lo que sepáis, porque vuestra presencia no
puede ser más oportuna.
    </p>
    

    <p>
     -Yo, reverendos padres -contestó él
con su sencillez habitual-, no soy más que un pobre hidalgo
montañés a quien se le alcanza algo más de cazar corzos y pelear
con los osos, que no de estas cosas de justicia, pero con la verdad
por delante, nunca he tenido miedo de hablar, aunque fuese en
presencia del soberano pontífice. Allá va, pues, lo que vi y pasé,
bien seguro de que nadie quite ni ponga.
    </p>
    

    <p>
     Dijimos que cuando el honrado Andrade
cayó despeñado del torreón por mano de Millán le detuvieron unas
ramas protectoras. Afortunadamente, no estaban muy lejos de la
muralla, y de consiguiente pudo oír casi todas las palabras que
mediaron entre don Álvaro y el conde al principio, y luego lo que
pasó con el comendador hasta que el magnate gallego bajó
descoyuntado y hecho pedazos hasta la orilla del arroyo. Así pues,
su declaración en que tanto resaltaba la generosidad de don Álvaro,
y la efusión con que contó los prontos socorros que había recibido
de Saldaña y de todos los caballeros, hicieron una impresión tan
favorable en el ánimo de los padres, que los acusadores de Saldaña
no sólo enmudecieron, sino que corridos y avergonzados no sabían
cómo dejar el tribunal.
    </p>
    

    <p>
     -En suma, santos padres -concluyó el
montañés-, si las buenas obras cohechan, yo me doy por cohechado
aquí y para delante de Dios, porque, a decir verdad, tan presa
dejaron mi voluntad con ellas estos buenos caballeros, que cuando
oí decir que al cabo los llevaban presos, acordándome de las
mentiras del conde de Lemus y temiendo no les sucediese lo que en
Francia, me fui corriendo a Ponferrada, y allí dije al comendador
que yo le ocultaría en Cabrera y aun le defendería de todo el
mundo. Yo no sé si hice bien o mal, pero es seguro que volvería a
hacerlo siempre, porque él me salvó la vida dos veces, y como decía
mi padre, que de Dios goce, «el que no es agradecido no es bien
nacido».
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Bembibre -dijo entonces el
inquisidor general volviéndose a don Álvaro-, aunque nuevo en esta
tierra no me es desconocida la fama de hidalguía y valor que en
ella gozáis. Decid, pues, bajo vuestra fe y palabra, si es
verdadera la declaración de Andrade.
    </p>
    

    <p>
     -Por mi honor, juro que la verdad ha
hablado por su boca -contestó el joven poniendo la mano sobre el
corazón-. Sólo una cosa se le ha olvidado al buen Cosme, y es que
también se entendía conmigo, sin haberme conocido, la noble
hospitalidad que ofreció al comendador Saldaña.
    </p>
    

    <p>
     -Ya, ya -repuso el montañés casi
avergonzado-, bueno sería que lo poco bueno que uno hace lo fuese a
pregonar a son de trompeta. Y luego que cuando disteis aquel
repelón a nuestro campo de Cornatel, ni siquiera hicisteis un
rasguño a ninguno de los míos, y después a los que curaron de sus
heridas, los regalasteis con tanta largueza como si fuerais un
emperador. Para acabar de una vez, padres santos -continuó
dirigiéndose al concilio con tanto respeto como desembarazo-, si
dudáis de cuanto llevo dicho, venga aquí la Cabrera entera, y ella
lo confirmará.
    </p>
    

    <p>
     -No es necesario -dijo entonces el
obispo de Astorga-, porque las secretas informaciones que por mi
mandato han hecho los curas párrocos de aquel país corroboran los
mismos extremos. Este proceso, último que queda por ver de cuantos
se han traído a esta junta sagrada, deberá decidir el fallo, salvo
el mejor parecer de mis hermanos.
    </p>
    

    <p>
     -Deudos del conde de Lemus -dijo en
alta voz el arzobispo de Santiago-, ¿queréis proseguir en la
acusación, presentar nuevas pruebas y estar a las resultas del
juicio?
    </p>
    

    <p>
     -En mi nombre y en el de los míos, me
aparto de la acusación -contestó Beltrán de Castro con despecho-,
sin perjuicio de volver a ella delante de todos los tribunales
cuando pueda presentar pruebas más valederas.
    </p>
    

    <p>
     -Debíais pedir la del combate -le dijo
Saldaña siempre con la misma amargura-, siquiera no fuese más que
por renovar las hazañas de que fuimos testigos encima de Río
Ferreiros.
    </p>
    

    <p>
     Capitaneaba Beltrán la caballería del
conde en aquella ocasión, y envuelto en el torrente de los
fugitivos nada pudo hacer a pesar de sus esfuerzos, de manera, que
sin estar desnudo de valor, su opinión había quedado en dudas.
Ninguna herida, por lo tanto, más profunda y dolorosa pudiera haber
recibido que la venenosa alusión del comendador. Tartamudeando,
pues, de furor y con una cara como de azufre, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡En cuanto os dieren por libres la
pediré, y entonces veremos lo que va del valor a la fortuna!
    </p>
    

    <p>
     -Mío es el duelo -contestó don
Álvaro-, pues que tomáis sobre vos las ofensas del conde de Lemus.
A mí me encontraréis en la demanda.
    </p>
    

    <p>
     -No sino a mí -replicó Andrade que he
sido agraviado delante de tanta gente.
    </p>
    

    <p>
     -Con los tres haré campo -exclamó
Beltrán en el mismo tono.
    </p>
    

    <p>
     -Caballeros todos -dijo el inquisidor
apostólico-, no debe escondérseos, sin duda, que delante de la
justicia no hay agravio ni ofensa. Así pues, dad lo hecho por de
ningún valor y efecto, y vos, Beltrán, ya que tan cuerdamente
desamparáis la acusación, pensad en volveros a vuestro país, que
los altos juicios de Dios no se enmiendan con venganzas ni
rencores, siempre ruines cuando se ejecutan en vencidos.
    </p>
    

    <p>
     Estas graves palabras, dichas con un
acento que llegaba al alma, si no mudaron las malévolas intenciones
de los Castros, les probaron por lo menos su impotencia; así fue
que, despechados tanto como corridos, se salieron del tribunal y
enseguida de Salamanca, donde habían encontrado el premio que
suelen encontrar los sentimientos bastardos, la aversión y el
desprecio.
    </p>
    

    <p>
     Otro fruto produjeron también sus
ciegas persecuciones, y fue el poner tan de bulto la inocencia de
los templarios, que aun sus más encarnizados enemigos hubieron de
contentarse con sordos manejos y asechanzas.
    </p>
    

    <p>
     Vistos, pues, todos los procesos y
pensado el asunto maduramente, el concilio declaró por unanimidad
inocentes a los templarios de todos los cargos que se les
imputaban, reservando, sin embargo, la final determinación al Sumo
Pontífice.
    </p>
    

    <p>
     Con esta sentencia salvaron los
templarios el honor de su nombre, única cosa a que podían aspirar
en la deshecha borrasca que corrían, pero harto más importante para
ellos que sus bienes y su poder. Privados de uno y otro, su
posición quedaba incierta y precaria hasta el concilio general,
convocado para Viena del Delfinado, donde debía fallarse
definitivamente el proceso de toda la orden, dado que bien pocas
esperanzas pudieran guardar cuando la estrella de su poder, como el
Lucifer del profeta, se había caído del cielo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001033">
    

    <head>
     Capítulo XXXIII
    </head>
    

    <p>
     Mientras esto pasaba en Salamanca,
doña Beatriz, pendiente entre la esperanza y el temor, veía correr
uno y otro día fijos los ojos en el camino de Ponferrada, creyendo
descubrir en cada aldeano un mensajero, portador de la suerte de su
amante y de la orden. La elevación natural de su espíritu le hacía
mirar siempre el honor como el primero de los bienes, y bien puede
decirse que entonces en el de don Álvaro pensaba, y no en su
felicidad. Poco podía influir en su ánimo la sentencia más
infamatoria que contra él llegase a fulminarse, porque el amor puro
y lleno de fe que se había abrigado en aquel corazón, y que todavía
le encendía, era incompatible con toda duda ni sospecha, pero la
idea de ver a un joven tan noble y pundonoroso sujeto a infamantes
penas, a la misma muerte quizá, la estremecía en sueños y
despierta.
    </p>
    

    <p>
     A pesar de todo, los consuelos y
seguridades de su padre, la entrada de la benéfica estación y la
influencia que aquellos lugares apacibles y pintorescos ejercían en
su espíritu, producían poco a poco alguna mejoría en su salud y
parecían disminuir su ansiedad y sus temores. El lago había
recobrado la verdura de sus contornos y la serenidad de sus aguas;
los arbolados de la orilla, de nuevo cubiertos de hoja, servían de
amparo a infinidad de ruiseñores, palomas torcaces y tórtolas que
poblaban el aire de cantares y arrullos; los turbios torrentes del
invierno se habían convertido en limpios y parleros arroyos; los
vientos templados ya y benignos traían de los montes los aromas de
las jaras y retamas en flor; los lavancos y gallinetas revoloteaban
sobre los juncales y espadañales en donde hacían sus nidos, y el
cielo mismo, hasta entonces encapotado y ceñudo, comenzaba a
sembrar su azul con aquellos celajes levemente coloreados que por
la primavera adornan el horizonte al salir y ponerse el sol. La
Aguiana había perdido su resplandeciente tocado de nieve y sólo
algunas manchas quedaban en los resquicios más oscuros de las
rocas, formando una especie de mosaico vistoso. La naturaleza
entera, finalmente, se mostraba tan hermosa y galana, como si del
sueño de la muerte despertase a una vida perdurable de verdor y
lozanía.
    </p>
    

    <p>
     A la manera que el agua de los ríos se
tiñe de los diversos colores del cielo, así el espectáculo del
mundo exterior recibe las tintas que el alma le comunica en su
alegría o dolor. Los acerbos golpes que doña Beatriz había recibido
y su retraimiento en el monasterio habían trocado la natural
serenidad de su alma en una melancolía profunda que, estimulada por
el mal, tendía sobre la creación un velo opaco. Antes eran sus
pensamientos un cristal rutilante que esmaltaba y daba vida y
matices a todos los objetos al parecer más despreciables, porque el
amor derramaba en su imaginación el tesoro de sus esperanzas más
risueñas, y ella a su vez las vertía a torrentes sobre las escenas
que a sus ojos se ofrecían, pero deshecho el encanto y deshojadas
las flores del alma, todo se había oscurecido. El mundo, mirado
desde las playas de la soledad y a través del prisma de las
lágrimas, sólo tiene resplandores empañados y frondosidad
marchita.
    </p>
    

    <p>
     Una tarde que estaba entregada a
semejantes pensamientos en el mirador de la quinta paseando por el
cristal de las aguas distraídas miradas, llegóse su padre a ella a
tiempo que sus ojos se fijaban en el castillo de Cornatel, plantado
a manera de atalaya en la cresta de sus derrumbaderos. No advirtió
ella la aproximación de don Alonso y siguió engolfada en sus
meditaciones.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué piensas, Beatriz -le preguntó
con su acostumbrado cariño-, que no has reparado en mí?
    </p>
    

    <p>
     -Pensaba, señor -le respondió ella,
llevando su mano a los labios-, que mi vida no es de dieciocho
años, sino tan larga como la vuestra. Yo tenía un amante y lo he
perdido, tenía una madre y la he perdido, tuve un esposo y allí lo
he perdido también -añadió señalando el castillo con el dedo-. Dos
veces me he visto desterrada del techo paterno; don Álvaro,
desposeído de sus esperanzas, se acogió al claustro guerrero de una
orden poderosa y helo ahí por el suelo. ¿Cómo en el breve espacio
de un año se han amontonado tantos sucesos sobre la endeble tela de
mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre que así se la lleva el viento
de una noche? Mi ventura se fue con las hojas de los árboles el año
pasado, ¡ahí están los árboles otra vez llenos de hojas!, yo les
pregunto: ¿qué hicisteis de mi salud y de mi alegría?, pero ellas
se mecen alegremente al son del viento y si alguna respuesta
percibo en su confuso murmullo es un acento que me dice: «El árbol
del corazón no tiene más que unas hojas y cuando llegan a caerse se
queda desnudo y yerto, como la columna de un sepulcro».
    </p>
    

    <p>
     -Hija mía -respondió el anciano-, ¿te
acuerdas de que el Señor hizo brotar una fuente de las entrañas de
una peña para que bebiese su pueblo? Cómo dudas, pues, de su poder
y su bondad. ¿Te sientes peor?... Esta mañana no te he visto pasear
por los jardines como otras veces...
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo -contestó ella-, ya puedo
andar un buen trecho sin el apoyo de Martina, y suelo dormir alguna
que otra hora de la noche. Espero en Dios que mi mejoría será mayor
cada día y que pronto sanaré de los males del alma y del
cuerpo.
    </p>
    

    <p>
     La cuitada se acordó de que su padre
la escuchaba y volvió a su sistema de generoso fingimiento, pero
tan lejos estaba de decir lo que sentía, que sin poderlo remediar
terminó con un suspiro aquellas consoladoras palabras. El anciano
le dirigió una mirada tan triste como penetrante y, al cabo de un
corto rato en que guardó silencio, le dijo con acento sentido:
    </p>
    

    <p>
     -Beatriz, hace tiempo que estoy viendo
tus esfuerzos, pero tú no sabes que cada uno es un dardo agudísimo
que me traspasa el corazón. ¿De qué me sirven esas apariencias
vanas?... ¡Tú sí que te empeñas en deshojar la planta de mi
arrepentimiento y en quitarme hasta la esperanza de sus frutos!
Vuelve en ti, hija mía, y piensa que tú eres la única corona de mi
vejez para desechar esos pensamientos que son una reconvención
continua para mí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, padre mío! -respondió la joven
echándole los brazos al cuello-, no se hable más de mis locos
desvaríos, que no siempre están en mi mano. ¿No queréis que demos
un paseo por el lago?
    </p>
    

    <p>
     -Óyeme todavía un poco más -respondió
el anciano-, y dime todas tus dudas y recelos. ¿Qué te suspende y
embebece tan dolorosamente, cuando las cartas que recibimos del
abad de Carracedo nos aseguran de la justificación del tribunal de
Salamanca? ¿Cómo dudas de que suelten a don Álvaro de sus votos,
cuando los más sabios los dan por de ningún valor ni
obligación?
    </p>
    

    <p>
     -Dudo de mi dicha por ser mía
-contestó doña Beatriz-, y porque es don Álvaro demasiado poderoso
y de altas prendas para no infundir recelo a sus enemigos.
    </p>
    

    <p>
     ¿No sabéis también cuánto se afana el
infante don Juan porque los templarios sufran aquí la misma suerte
que en Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso
me trae sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me
las puebla de imágenes funestas. El otro día soñé que don Álvaro
estaba en medio de una plaza, atado a un palo y cercado de leña, y
el pueblo que le miraba, en vez de darse a su ordinaria grita, lo
contemplaba mudo de asombro. Tenía vestido el hábito blanco de su
orden, y en su semblante había una expresión que no era de este
mundo. De repente la leña se encendió y el inmenso concurso soltó
un grito, pero yo le veía por entre las llamas, y estaba con su
ropa cada vez más blanca y su semblante cada vez más hermoso. Por
fin, empezaron a tiznarse sus vestidos y a alterarse sus facciones
con el dolor, y clavando en mí los ojos me dijo con una voz muy
alta y dolorosa: ¡Ay, Beatriz, estas habían de ser las luminarias
de nuestras bodas! Yo entonces, que había estado como de piedra, me
encontré ágil y de repente corrí a él para desatarle, pasando por
en medio de las llamas, pero apenas lo hube logrado cuando los dos
caímos en la hoguera. Entonces me desperté temblando como una hoja,
bañada en sudor frío y con un aliento tan ahogado que pensé que iba
a morir. Por eso me notáis algo más de tristeza y abatimiento hoy
que otras veces, pero la suerte me hallará para todo prevenida.
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso conoció que todas sus
razones servirían de poco en aquella ocasión; así pues, al cabo de
un rato de silencio, dijo presentando la mano a su hija:
    </p>
    

    <p>
     -La tarde está muy hermosa y bien
decías antes que era preciso aprovecharla.
    </p>
    

    <p>
     La joven se levantó prontamente y,
apoyándose en el brazo de su padre, bajó con él hasta el
embarcadero donde les aguardaba una ligera falúa con jarcias y
banderolas de seda con las armas del Temple. Entraron en ella y
tres mozos del país, empuñando los remos, comenzaron a bogar
reciamente, mientras la airosa embarcación se deslizaba rápida y
majestuosamente dejando tras sí un largo rastro, en el cual los
rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas chispas y
centelleos.
    </p>
    

    <p>
     Martina se había quedado en la quinta,
y meneando la cabeza, y con ojos no muy alegres, seguía la falúa en
que su señora, cubierta con una especie de almalafa blanca muy
sutil, que se mecía al son del viento, y con los cabellos sueltos
parecía una nereida del lago. La pobre muchacha, que con tanto amor
y discreción la había servido y acompañado, no acertaba a verse
libre de zozobra y ansiedad, pues, como la más cercana a doña
Beatriz, mejor que nadie conocía su estado. En realidad, antes se
había mejorado que decaído su salud, pero bien sabía las mortales
congojas que le costaba la incertidumbre en que vivía por la suerte
de don Álvaro, y que los vislumbres todos de su esperanza de ella
pendían principalmente. Por otra parte, como la tristeza es harto
más contagiosa que la alegría, la buena de Martina había perdido no
poco de su belleza y donaire, y hasta el brillo de sus ojos azules
se había amortiguado algo.
    </p>
    

    <p>
     Sucedió, pues, que cuando más
embelesada estaba en sus ideas, unos pasos muy pesados que sintió
detrás le hicieron volver la cabeza, y se encontró nada menos que
con vuestro antiguo conocido Mendo, el caballerizo que venía muy
apurado y con la misma cara que en otro tiempo le vieron poner
nuestros lectores cuando fue a noticiar a su ama en el soto de
Arganza la llegada del templario y de su compañero. Martina, que
desde aquella ocasión le había mirado con algo de ojeriza y mala
voluntad, le recibió con impaciencia y ceño.
    </p>
    

    <p>
     -Martina, Martina -le dijo con gran
prisa-, algo debe de haber de nuevo, porque desde la torre he visto
asomar gente por lo alto de la cuesta de Río Ferreiros.
    </p>
    

    <p>
     -Vamos allá -respondió ella con
despego-; siempre será una embajada como la de antaño. ¿Qué tenemos
con la gente que venga? ¿No vienen todos los días de mercado
aldeanos de Ponferrada?
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos,
mujer! -respondió él con su acostumbrada pachorra-, ¡si he visto yo
los pendoncillos de las lanzas y el sol que les daba en los cascos
y no se podía sufrir! Dígote que son hombres de armas, y que algo
de nuevo traen.
    </p>
    

    <p>
     -Pues harto mejor harías en haber ido
a esperarlos, y volver corriendo con la noticia -replicó Martina,
que no gustando de la compañía, se hubiera deshecho de ella con
gran satisfacción.
    </p>
    

    <p>
     -De buena gana me hubiera ido -dijo
él-, pero el vejete de Nuño se empeñó hoy en salir en el 

     <emph rend="italic">
      Gitano
     </emph>
     , que es el caballo que a mí me gusta,
y me quedé. Vedlo, allí va -añadió señalando el lugar de la orilla
por donde el cazador iba con su caballo-, ¡y qué aires tan altos y
sostenidos!, y qué maestría en el portante. ¡Calla!, ¿pues qué le
ha dado al viejo que así lo pone al galope sin necesidad, como si
fuera su jaca gallega?...
    </p>
    

    <p>
     Quedóse entonces el palafrenero con la
boca abierta y siguiendo con los ojos la carrera de su palafrén
predilecto hasta que, soltando un grito, exclamó con una
impetuosidad que le era totalmente extraña:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahora sí!, ahora sí que son ellos;
míralos allá, Martina... Allá abajo, las encinas, a la entrada del
pueblo..., ¿no los ves?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, ya los veo -respondió la
muchacha, que era toda ojos en aquel momento-. Pero ¿qué
traerán?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué sé yo? -respondió Mendo-. ¡Toma!
¡Toma!, pues si casi todo el pueblo de Carucedo está allí. Oye,
oye, cómo gritan y cómo brincan los rapaces y aun los mozos... Pues
señor, algo alegre tiene que ser por fuerza.
    </p>
    

    <p>
     -Pero válgame Dios, ¿y qué podrá ser?
-volvió a preguntar la muchacha, poseída de curiosidad.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora llega Nuño y habla con ellos.
¡Por Santiago, que el viejo se ha vuelto loco!, ¿no has visto cómo
ha tirado el gorro al alto?..., ahora todos hacen señas a la falúa
de los amos..., allá va..., ¡cuerpo de Cristo, y qué gallardamente
reman!..., pues no tienen poca prisa los que aguardan..., ¿has
visto tal grita y tal manotear?
    </p>
    

    <p>
     La embarcación iba acercándose, en
efecto, rápidamente a las señas y voces de aquel animadísimo grupo
de gentes de todas edades y sexos, sobre los cuales se veían
descollar algunos hombres de armas a caballo; sin embargo, la
velocidad de la falúa no correspondía a la impaciencia de Nuño que,
picando de ambos lados su generoso corcel, se metió al galope por
el lago adelante levantando una gran columna de agua con la que
debía de mojarse hasta los huesos, y excitando la furia de Mendo
que echando un voto y amenazando con el puño cerrado, dijo con una
gran voz:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, bárbaro silvestre y bellacón!,
¿así tratas tú a la alhaja mejor de la caballeriza? ¡Por quien soy,
que no tienes tú la culpa, sino quien pone burros a guardar
portillos! ¡Para mi alma, que si otra vez te vuelves a ver encima
de él, que me vuelva yo moro!
    </p>
    

    <p>
     -Mal año para ti y para todos tus
rocines exclamó enojada Martina-, calla, a ver si podemos oír algo,
y déjame ver, de todas maneras, lo que pasa.
    </p>
    

    <p>
     El generoso corcel, obediente y
voluntario como suelen ser todos los de buena raza, llegó nadando
gallardamente con su jinete hasta el borde de la falúa, y allí
Nuño, gesticulando con vehemencia, dio su mensaje, que tanta prisa
le corría. Doña Beatriz, que se había puesto en pie para escucharle
y cuya forma esbelta y agraciada con su vestido blanco se dibujaba
como la de un cisne sobre la superficie azulada del lago, levantó
los brazos al cielo y enseguida se hincó de rodillas con las manos
juntas como si diese gracias al Todopoderoso. Su padre fuera de sí
de alborozo corrió a abrazarla estrechamente; enseguida, metiendo
la mano en una especie de bolsa que traía pendiente de la cinta,
sacó una cosa que entregó a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con
gran prisa, comenzó a distribuir entre los aldeanos el bolsillo de
su señor que, como presumirán nuestros lectores, era lo que acababa
de recibir. Con esto crecieron las aclamaciones y vítores mientras
la falúa ligeramente se dirigía a las encinas, donde el señor de
Arganza, saltando en tierra y abrazando a uno de los recién
venidos, le hizo embarcar con él y su hija que también se adelantó
a darle la mano. Los demás, precedidos de Nuño, se dirigieron al
galope a la quinta, seguidos durante un rato de toda la
chiquillería de Carucedo que gritaban a más y mejor.
    </p>
    

    <p>
     Martina, que con los ojos arrasados en
lágrimas había visto aquella escena, cuyo sentido no tardó mucho en
comprender, exclamó entonces:
    </p>
    

    <p>
     -Gracias mil sean dadas a Dios, porque
los templarios han sido absueltos, y ya nada tenemos que temer por
el generoso don Álvaro. Pero, ¿qué haces ahí, posma? -le gritó a
Mendo que se había quedado como lelo-, ¿no ves que ya están
llegando? Anda a habilitar las caballerizas.
    </p>
    

    <p>
     No le pesaba al rollizo palafrenero de
la absolución de don Álvaro, porque, desvanecidos como el humo sus
proyectos de servir a un conde con la muerte del de Lemus, creía
que ninguno podía haber más honrado para reemplazarle que el señor
de Bembibre, pero no estaba en esto la dificultad, sino en que,
como amo y criado, venían a ser a sus ojos una misma persona, y él
no había cedido en sus amorosos propósitos respecto a Martina, veía
dar en el suelo toda la fábrica de sus pensamientos con semejante
desenlace. Así fue que, aguijoneado tan vivamente por la muchacha,
bajó la escalera diciendo entre dientes:
    </p>
    

    <p>
     -Pues, señor, con que el zascandil de
Millán vuelva y con que el 

     <emph rend="italic">
      Gitano
     </emph>
     coja un muermo con la mojadura que no
se lo quite en medio año de encima, medrados habemos quedado.
    </p>
    

    <p>
     Martina, por su parte, bajó también
aceleradamente al embarcadero, donde a poco saltó en tierra su
señora en compañía de su padre y de aquel portador de buenas
nuevas, que no era otro sino nuestro buen amigo Cosme Andrade.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001034">
    

    <head>
     Capítulo XXXIV
    </head>
    

    <p>
     El honrado montañés que vio tan bien
terminada la causa de los templarios a despecho del encono que los
Castros abiertamente y el infante don Juan y otros señores con
sordos manejos habían manifestado contra aquella esclarecida orden,
determinó volverse a su Cabrera, de donde faltaba hacía ya más
tiempo del que hubiera deseado. Como la situación de los caballeros
después de la ocupación de sus bienes era tan precaria, volvió a
las instancias y ofertas que ya en Ponferrada había hecho al
comendador, pero con más ardor que nunca, ponderándole con su
sencilla efusión el gran contento que recibiría su mujer con su
vista, el favor que le haría en enseñar a sus hijos los ejercicios
de los guerreros, lo mucho que se divertiría con sus cazas, y sobre
todo la paz y veneración que le rodearían por todas partes. El
anciano se mantuvo inflexible como quien ha formado una resolución
que todo el poder del mundo no bastaría a destruir, y así el buen
hidalgo hubo de hacer sus preparativos de viaje sin que se le
lograra aquel vivo deseo.
    </p>
    

    <p>
     Cuando llegó el día de la separación,
los caballeros todos salieron a despedir a Cosme a las afueras de
Salamanca para darle un público testimonio de lo agradecidos que
quedaban a su noble comportamiento. Paga escasa en verdad, si no la
realzara y diera tan subido precio la sincera voluntad que la
dictaba, porque nadie se había arrojado a la defensa del Temple con
tanto valor como aquel sencillo montañés, ni hubo testimonio que
tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de aquellos santos
varones.
    </p>
    

    <p>
     La nobleza de su alma se descubrió
bien a las claras cuando casi sólo se arrestó a sostener el choque
de la opinión embravecida en aquel siglo supersticioso, y sin
vacilar se puso a luchar cuerpo a cuerpo con el poderoso linaje de
los Castros.
    </p>
    

    <p>
     Cualquiera que fuese la prevención y
odio con que miraban a aquella caballería, como los rasgos
generosos tienen un no sé qué de eléctrico, poco tardó en ganar la
mayor parte de los corazones; así fue que salió de Salamanca
colmado de elogios y favores de todas clases.
    </p>
    

    <p>
     Llegó, por fin, el instante de la
partida, y entonces el maestre, después de haberle dado las gracias
en unos términos que el buen montañés no parecía sino que estaba a
la vergüenza, según el vivo color que a cada momento le encendía
las mejillas, le regaló un caballo de casta árabe y de hermosísima
estampa, ricamente enjaezado. Bien hubiera querido él excusar el
regalo, pero no fue posible atendida la fina y delicada muestra de
gratitud de aquellos guerreros. Antes de montar a caballo, sin
embargo, todavía llamó aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los
ojos le volvió a rogar que se fuese con él a Cabrera, cosa que él
rehusó, pero no sin cierto enternecimiento que no estaba en su mano
sofocar. Por fin, después de muchos abrazos y aun lágrimas, subió
el montañés en su nueva cabalgadura y se alejó de la noble
Salamanca, acompañado de unas cuantas lanzas del abad de Carracedo
que volvían al Bierzo.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, las alegres nuevas de que
era portador casi disiparon del todo el disgusto de la separación,
porque las cartas que llevaba para el señor de Arganza del
venerable religioso, y los sucesos que como testigo presencial
podía contar, era cosa averiguada que derramarían la alegría en las
pintorescas orillas del lago de Carucedo.
    </p>
    

    <p>
     Y no se engañaba, según acabamos de
ver, porque como aquellos pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas
debían a los templarios, recibieron como la mejor fiesta del mundo
la noticia de su absolución. Así fue que cuando puso el pie en
tierra, después de haberle acogido con los brazos abiertos el señor
de Arganza y de haber visto entre las suyas la mano delicada de
aquella dama a quien sus pesares y dolencias no habían podido
despojar de su singular atractivo y hermosura, no sabía el buen
cazador lo que le pasaba, ni cabía en sí de puro ancho.
    </p>
    

    <p>
     Como ya declinaba el sol cuando el
encuentro y sucesos que de referir acabamos, don Alonso no rompió
la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
    </p>
    

    <p>
     El virtuoso abad le daba cuenta en
ellos de varios pormenores del juicio y de la sentencia, le
recomendaba eficazmente a Andrade y concluía diciéndole que,
atendido el espíritu de los padres del concilio, estaba casi cierto
de que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos. La carta
concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo,
vivo traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a
pesar de la notable adustez de su carácter.
    </p>
    

    <p>
     Encargar festejos y toda clase de
finezas para el portador de semejantes nuevas era trabajo de todo
punto excusado, además que don Alonso estimaba cordialmente a aquel
hombre, dechado de honradez y de virtudes antiguas.
    </p>
    

    <p>
     Así fue que, en los días que
permaneció en la quinta, no cesaron las funciones de caza y pesca,
los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que
nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba
extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer y los enredos
de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se despidió de su
noble huésped y de su interesante hija, para volverse a sus nativas
montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas de oro y
pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un
hermoso tren de caza, con una cometa primorosamente embutida en
plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de
camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales
protestas de amistad y buena correspondencia.
    </p>
    

    <p>
     En su alma era donde encontraba
Andrade el mejor galardón de sus acciones, pero no dejaba de ser
uno y bien halagüeño la afición que con ellas había logrado
despertar en todas las almas bien nacidas.
    </p>
    

    <p>
     Mezclábase también a estos
sentimientos un poco de vanidad por haber venido a ser el héroe de
aquellos sucesos, por manera que el respeto antiguo con que entre
los suyos era mirado, subió de punto y aun llegó a pasmo y
admiración.
    </p>
    

    <p>
     Después de esta peripecia pasó doña
Beatriz del extremo de la ansiedad y del dolor al de la esperanza y
alegría. No sólo veía a su amante honrado y absuelto, sino libre de
sus votos, volviendo a sus pies más rendido y enamorado que nunca y
abriendo como la aurora las puertas de la luz al día
resplandeciente y eterno de su amor. Desde entonces parecía que un
nuevo germen de vida discurría por aquel cuerpo debilitado y
lánguido, y que sus ojos recobraban poco a poco la serenidad de su
mirada. Sus mejillas comenzaron a colorearse suavemente, y en todos
sus discursos se notaba que la confianza había vuelto a
introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que más parte
tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas, puesto
que la suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo de
un tribunal, y que ni la razón ni la religión aconsejan que se
ponga tanta fe en la inestabilidad de los negocios humanos.
    </p>
    

    <p>
     Los que contaban con la condena y
castigo de los templarios, que era la corte de Castilla y la mayor
parte de sus ricos hombres, aunque estaban apoderados de sus bienes
y aun de sus personas, volvieron a sus recelos y temores no bien
los vieron absueltos y dados por libres los cargos que se les
imputaban. Por lo mismo redoblaron su diligencia y esfuerzos para
que los tristes pedazos de aquel ilustre cuerpo, como los de la
serpiente fabulosa, no pudieran volver a juntarse y soldarse para
tomar a la vida. Desconcertada su acción y secuestrados sus bienes,
el medio más eficaz de reducirles al último abatimiento era
privarles de aquellas alianzas, escasas en número a la verdad, pero
por lo mismo sinceras, a cuya sombra pudieran intentar su
restauración; y cuando a tanto no alcanzaran, debilitar por lo
menos todo lo posible a los señores que les quedaban amigos para
hacerlos menos temibles.
    </p>
    

    <p>
     En tan fatal coyuntura se ofrecía a la
resolución del tribunal el asunto de don Álvaro. Aunque todos
sabían que la amargura del desengaño era la que le había llevado a
la soledad del claustro, no por eso dejaban de conocer que,
habiendo pronunciado sus votos voluntariamente, cualquiera que
fuesen las cualidades de que en su origen adolecían, nunca faltaría
a la fe jurada a sus hermanos. Claro estaba, por consiguiente, que
si quedaba suelto de las ligaduras religiosas y volvía a ser señor
de sus bienes en un país donde el Temple había echado tan hondas
raíces, podían amagar grandes peligros, y mucho más si al cabo
llegaba a entroncarse con la poderosa casa de Arganza.
    </p>
    

    <p>
     Como don Álvaro, por otra parte, no
había querido apartar su causa de la de su Orden, ni aun a trueque
de la felicidad con que le brindaba, más que el abad de Carracedo,
y sus amigos, su propio corazón, de imaginar era, que no bien se le
deparase la ocasión, trataría de volver por el honor de los suyos y
de reparar la injusticia cometida con ellos.
    </p>
    

    <p>
     Muy común es aborrecer a quien sin
causa se agravia, porque su presencia es un vivo reproche y sañudo
despertador de su conciencia, y por esta razón, sin duda, miraba el
infante don Juan a don Álvaro con sangriento rencor. Cuánto, pues,
no debieron crecer sus inquietudes cuando vio la posibilidad de que
de nuevo se anudase aquel lazo que ya antes había roto con el
enlace del conde de Lemus, y que entonces parecía traído por una
mano invisible. Desde el día mismo de la sentencia volvió a sus
cábalas y maquinaciones, procurando torcer el ánimo de los obispos
para que declarasen templario a don Álvaro, y como tal sin
absolverle de ninguno de sus votos le sujetasen a la final
determinación del Sumo Pontífice. Con esto se lograba que,
continuando sus bienes en secuestro, perdiese aquella insigne
milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo de un señor
poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento a que
habían venido acababa de todo punto con su lustre y prestigio. Sólo
de esta suerte podía descansar su codicia acerca del fruto que
pensaba sacar aquel rico botín.
    </p>
    

    <p>
     Con grandes obstáculos tenía que
luchar, sin embargo, y no era el menor de todos ciertamente ser él
quien tan solícito se mostraba en semejante fallo, porque su
reputación no podía andar más despreciada y abatida, aunque se
abrigase de la majestad y pompa del rey su sobrino. Por otra parte,
las candorosas declaraciones de don Álvaro que viendo ya a salvo el
honor y aun la vida de sus hermanos, había acallado, por fin, los
generosos escrúpulos de su honor; las cartas del infante a don Juan
Núñez en que se revelaba la negra trama de Tordehumos, los
esfuerzos de este buen caballero, sinceramente arrepentido y
deseoso de enmendar su anterior conducta, y el noble
desprendimiento de Saldaña que, a trueque de favorecer al señor de
Bembibre, no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en el
maestre para su admisión en la orden, eran contrapeso más que
suficiente a las intrigas y maquinaciones de aquel mal caballero.
No era la cuestión de gobierno y buena política la sometida a la
sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino la justicia
estricta y rigurosa, y así, desde luego, manifestaron su resolución
de favorecer a don Álvaro. En tan robusto fundamento descansaban
las esperanzas del abad de Carracedo y las seguridades, temerarias
sin duda, de doña Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     Desgraciadamente, no estaba del mismo
modo de pensar el inquisidor delegado del Papa, y sin su ayuda mal
podía ponerse el sello a la ventura de aquellos desdichados
amantes. Arrastrado por el rey de Francia, según ya dijimos, entró
Clemente en la persecución de los templarios; la política más que
el encono le mantuvo en aquella senda, indigna de la majestad
pontificia, y atendiendo a ella más que a otra cosa, sus legados
salieron bien penetrados de sus instrucciones y decididos a llevar
a cabo sus intentos. Viendo, pues, Aymerico que los padres de
Salamanca, puesta la mirada únicamente en la justicia, se
inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don Álvaro, y
ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a
suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin
embargo, sus astucias; así es, que pasado poco tiempo, hubo de
recaer fallo sobre este incidente del gran proceso del Temple.
    </p>
    

    <p>
     La sentencia declaró a don Álvaro
libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos que le ligaban a
la orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no pudo
coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de
castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a
la jurisdicción especial del legado pontificio, pues cualquiera que
fuese la nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden
de cosas ya finado o suspenso por lo menos, al paso que éste, como
de obligación absoluta y puramente individual, no estaba sujeto a
tiempo ni circunstancias, habiendo sido pronunciado
voluntariamente.
    </p>
    

    <p>
     Semejante explicación, como otras
muchas que se fundan en una mezquina y farisaica explicación de las
leyes, tenía mucho más de escolástica y teológica que de caritativa
y benéfica, porque el ningún valor esencial de la profesión de don
Álvaro mal podía fortalecer ninguna de las obligaciones con ella
contraídas, y por otra parte, ningún empleo más noble podía
buscarse al poder de la religión que remediar los daños de la
iniquidad y perfidia. Por dado que fuese el siglo aquel a sutilezas
de escuela, de tanto bulto eran estas razones y tan acomodada por
otra parte la solicitud al espíritu del Evangelio, que los obispos
todos con el mayor encarecimiento rogaron al inquisidor que, en uso
de sus facultades extraordinarias, rompiese la última valla que se
oponía a la felicidad de dos personas tan dignas de estimación y de
respeto por sus desventuras y por su elevado carácter, agradeciendo
así las hazañas de don Álvaro en Andalucía y Tordehumos, y librando
a un tiempo de su final ruina a dos linajes esclarecidos y
antiguos.
    </p>
    

    <p>
     Cabalmente, estas razones eran las que
más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo
sido poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía
a don Álvaro a la clase de señor independiente, el único medio que
tenía de disminuir su poderío era impedir aquel enlace deseado. Tan
cierto es que la mano de la política, y la razón de estado sin
escrúpulo, trastornan las esperanzas más legítimas y se burlan de
todos los sufrimientos del alma.
    </p>
    

    <p>
     Perseverante, pues, en su propósito,
desoyó Aymerico no sólo las reclamaciones del abad y de los
prelados, sino los ruegos de una gran porción de señores que,
guiados por don Juan Núñez de Lara, y llenos de afición a don
Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el camino de su
felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia dando por válido y
obligatorio el voto de que se trataba hasta que el Sumo Pontífice,
en el concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado,
determinase lo más justo.
    </p>
    

    <p>
     El inquisidor, por su parte, para
dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció
interponer sus buenos oficios con la corte romana, para la
resolución definitiva de este asunto que en conciencia no había
podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar,
sin embargo, porque acudiendo al concilio de Viena casi todos los
obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas
innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación
que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese
llegar.
    </p>
    

    <p>
     Muy general fue la pesadumbre que
ocasionó semejante desenlace, pero la del abad, del maestre, de
Saldaña y don Juan Núñez de Lara fue grandísima y sobremanera
amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba
al buen religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los
ancianos caballeros asistir a los funerales de la última esperanza
de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el más vivo
remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de
compasión.
    </p>
    

    <p>
     Por lo que hace a aquel desventurado
joven, no se le oyó más que una queja, la de ver definitivamente
separada su suerte de la de los templarios cuando acababan de
romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y
los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la
vuelta al Bierzo en compañía del abad no volvió a pronunciar una
sola palabra sobre su suerte, pero en aquella ocasión, y sobre todo
al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo
mil veces del sino que había traído al mundo. El anciano le consoló
como pudo, exhortándole a la fortaleza, y poniéndole delante la
inmensidad del porvenir con que le brindaba su juventud. Tanto él
como el maestre y casi todos los caballeros quedaban en calidad de
reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados hasta la
resolución del Papa; así pues, don Álvaro, después de haber
recibido la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus
compañeros, salió de Salamanca con el abad de Carracedo,
desamparado y triste como nunca. Después de tantos desengaños y
severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su propio
corazón y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la
esperanza sólo podía iluminar dudosa y turbiamente las tinieblas de
su alma. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible
golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra aquel
presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban todos
los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los mismos
temores y zozobras asaltaban el alma del anciano y privaban a su
voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el
valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fue muy desabrido
y silencioso.
    </p>
    

    <p>
     Había pensado el monje presentarse,
desde luego, en la quinta de Carucedo y preparar por sí mismo a
doña Beatriz para la dura prueba a que volvía a sujetarle la
suerte, pero, mejor mirado todo, juzgó más prudente detenerse a
descansar en Bembibre, y desde allí escribir a don Alonso todo lo
ocurrido.
    </p>
    

    <p>
     Habíase adelantado Millán a la
impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su
encuentro, pues ni un sólo día habían dejado de rezar por su feliz
y pronta vuelta, ni echar de menos su autoridad paternal. Don
Álvaro procuró corresponder como siempre a aquellas sencillas
muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuán
mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La
guarnición que en nombre del rey ocupaba el castillo lo dejó al
punto en manos de su legítimo dueño, y un buen número de los
soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de
Tordehumos se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día
entero y aun alguno de los posteriores se pasaron en danzas y
regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su
antigua alegría. ¡Todo menos el corazón de su señor!
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001035">
    

    <head>
     Capítulo XXXV
    </head>
    

    <p>
     Las esperanzas de doña Beatriz venían
a ser con tan raros sucesos como las flores del almendro que,
apresurándose a romper su capullo a las brisas de la primavera, y
abriendo su seno a los rayos del sol, desaparecen en una sola noche
al soplo mortífero de la helada. Su alma cansada de sufrir y su
salud postrada a los embates del dolor, no bien sintieron flojas
las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron ardientemente a la
fuente del bien y la alegría, para templar su hidrópica sed, bien
ajenas de encontrar el acíbar de nuevas tribulaciones, donde tan
regalada frescura y suavidad se imaginaban.
    </p>
    

    <p>
     No era muy del agrado del cuerdo don
Alonso aquella imprudente seguridad en que se adormecía su hija,
pero gracias a ella sus fuerzas se restauraban tan visiblemente y
hasta su memoria parecía purificarse de los pasados trágicos
recuerdos de tal modo que no tenía valor para destruir aquel
hermoso sueño que le libraba de su más terrible recelo.
    </p>
    

    <p>
     El anciano médico de Carracedo se
manifestaba sumamente satisfecho del sesgo que la enfermedad iba
tomando, y como las noticias que de Salamanca llegaban sólo traían
anuncios de un porvenir próspero, nada había que detuviese la
naturaleza en su benéfico movimiento.
    </p>
    

    <p>
     Había entrado de lleno la primavera y
su influjo contribuía también poderosamente al alivio de la
enferma, pintando en su imaginación las risueñas escenas de
aquellos contornos y regalando su pecho con su amoroso ambiente.
Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad, y en él
encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un manantial
inagotable de dulcísimas sensaciones.
    </p>
    

    <p>
     Una mañana que, unas veces a pie y
otras embarcada, había recorrido con su padre y su doncella gran
parte de las orillas del lago, se recostó, por último, al pie de un
castaño para descansar un poco de su fatiga. Arrullaba tristemente
una tórtola en las ramas de aquel árbol; un leñador, descargando
recios golpes con su hacha en el tronco de un acebuche no muy
distante, acompañaba su trabajo con una tonada muy dulce, y en el
medio del lago, menudamente rizado por un vientecillo ligero, se
balanceaba una barquilla con un solo aldeano. El cielo estaba puro;
el sol recién salido alumbraba con una luz purísima el paisaje, y
únicamente en un recodo algo más sombrío de aquella líquida llanura
una neblina azul y delgada parecía esconderse de sus rayos.
    </p>
    

    <p>
     Los tres guardaban silencio como si
temiesen interrumpir con sus palabras la calma de aquel hermoso
espectáculo, cuando un resplandor que venía del lado de Carucedo
dio en los ojos de don Alonso, y fijándolos con más cuidado en
aquel paraje, vio un hombre de armas que al trote largo se
encaminaba hacia ellos, y cuyo almete y coraza heridos por el sol
despedían vivos fulgores. Hacía días que no recibía noticias de
Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel hombre vendría
enviado del abad.
    </p>
    

    <p>
     El forastero, que vio la falúa
atracada a corta distancia y el traje y apostura del grupo que
estaba al pie del castaño, se encaminó hacia ellos en derechura, y
apeándose ligeramente, presentó a don Alonso un pliego con las
armas de Carracedo. Abriólo rápidamente, y a los pocos renglones
que hubo leído se le robó el color de la cara, comenzaron a
temblarle las rodillas, y como si fuese a perder el conocimiento se
apoyó contra el tronco del árbol y dejó caer el papel de las manos.
Doña Beatriz entonces, veloz como el pensamiento, se arrojó al
suelo y recogiendo la carta se puso a leerla con ojos desencajados,
pero su padre, que al ver su acción pareció recobrarse enteramente,
se arrojó a ella para arrancársela de las manos diciéndole a
gritos:
    </p>
    

    <p>
     -¡No lo leas!, ¡no lo leas, porque te
matará!
    </p>
    

    <p>
     Pero ella, desviándose a un lado, sin
separar sus ojos del fatal pliego, y cebada en sus renglones, llegó
a un punto en que lanzando un tremendo gemido, cayó sin sentido en
brazos de su fiel doncella. El mensajero acudió al punto a su
socorro y los remeros hicieron lo mismo saltando en tierra, pero ya
don Alonso y Martina la habían reclinado de nuevo al pie del árbol
sentándose ésta en el suelo y teniendo en su regazo la cabeza de su
señora. Entonces comenzaron a rociarle el rostro con agua que
traían del lago en un búcaro, y a administrarle cuantos remedios
consentía lo impensado del lance, pero inútilmente, porque no
volvía en sí ni cesaba una especie de respiración sonora y anhelosa
que parecía hervir en lo más profundo de su pecho. De cuando en
cuando exhalaba un ¡ay! profundísimo y llevaba las manos al lado
del corazón, como si quisiese apartar un peso que la abrumaba,
mientras un copioso sudor corría de su frente y humedecía todo su
cuerpo.
    </p>
    

    <p>
     En semejante estado se pasó un largo
rato, hasta que viendo don Alonso que el accidente ofrecía serio
cuidado, determinó ponerla en la falúa y volver a la quinta
inmediatamente. Transportáronla, pues, entre todos con el mayor
cuidado, y bogando aceleradamente poco tardaron en desembarcar en
el muelle desde donde, con las mismas precauciones, la llevaron a
su cama. Afortunadamente, estaba allí a la sazón el anciano físico
de Carracedo que acudió al punto, y observando con gran cuidado su
respiración y pulso le abrió sin perder tiempo una vena. Con el
remedio comenzó a mitigarse su tremenda fatiga, y a poco abrió los
ojos, aunque sin fijarlos en objeto alguno determinado y rodeando
su cámara con una mirada incierta y vagarosa. Por último, recobró
totalmente sus sentidos, pero presa todavía de su tremendo ataque,
las primeras palabras que pronunció fueron:
    </p>
    

    <p>
     -¡Aire!, ¡aire!, ¡yo me ahogo!
    </p>
    

    <p>
     El religioso acudió aceleradamente a
las ventanas y las abrió de par en par.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí
un peso como el de una montaña! -exclamó pugnando por incorporarse
y señalando el lado izquierdo del pecho.
    </p>
    

    <p>
     Entonces Martina, el monje y su padre
la incorporaron en el lecho amontonando detrás una porción del
almohadas. En esta postura recobró poco a poco algún sosiego, y el
aire templado y apacible que entraba por las ventanas empezó a
serenar su respiración. Entonces fue cuando el recuerdo de la
escena que acababa de pasar se despertó en su memoria, y clavando
en su padre sus ojos alterados y brillantes con el fuego de la
calentura, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué se hicieron la carta y el
mensajero?... ¡Dadme el papel, que todavía no le he acabado de
leer!... ¿Dónde le guardáis, que no le veo?
    </p>
    

    <p>
     -¡Hija mía!, ¡hija mía! -le respondió
el anciano-, no me destroces el corazón. ¿Qué vas a buscar en ese
malvado escrito?
    </p>
    

    <p>
     -¡La carta!, ¡la carta! -repuso ella
con ciega y obstinada porfía, y sin hacer caso de las razones de su
padre.
    </p>
    

    <p>
     -Dádsela y no la contradigáis -añadió
el físico en voz baja-, porque ya no le podrá hacer más daño del
que le ha hecho.
    </p>
    

    <p>
     Entregósela entonces don Alonso, y
ella, con extraordinaria avidez, se puso a devorarla. Esta carta,
como presumirán nuestros lectores, no contenía sino lo que ya
saben, pero por una fatal circunstancia distaba de la imaginación
de doña Beatriz como el cielo de la tierra. Acabó, por fin, de
leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el lecho, como
postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica mirada al
paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. Un breve
espacio estuvo sumida en esta triste distracción hasta que, al
cabo, lanzando un profundo suspiro, exclamó:
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, mi ensueño era bien
puro y bien hermoso, puro y hermoso como ese lago en que se mira el
cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de
frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de
este año. ¡Necia de mí, que pensaba que la naturaleza se vestía de
gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo cuando sólo
se ataviaba para mi eterna despedida!
    </p>
    

    <p>
     -¡Y necio de mí mil veces -repuso don
Alonso-, que te dejé adormecer en esa vana esperanza que podía
desvanecerse con un soplo!
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué queríais, padre mío? -repuso
ella con dulzura-, mis ojos se habían cansado de llorar en la noche
de mis pesares, y cuando el cielo me mostró un vislumbre de
felicidad, creí que duraría, porque lo había comprado a precio de
infinitas amarguras. Poco siento la muerte por mí, ¿pero quién os
consolará a vos, quién le consolará a él, a él que me ha amado
tanto?
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -dijo gravemente el
religioso-, no hace mucho tiempo que la misericordia divina os sacó
de las tinieblas mismas de la muerte, y no sé cómo en vuestra
piedad lo echáis en olvido tan pronto y así desconfiáis de su
poder. Por otra parte, yo he leído también lo que dice mi reverendo
prelado y no veo motivo para ese desaliento, cuando el inquisidor
Aymerico ha prometido su ayuda para con el Soberano Pontífice a fin
de que la consulta se decida favorablemente. Así debéis
esperarlo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, padre! -contestó ella-, ¿cómo
pensáis que en el laberinto de este inmenso negocio tropiecen en la
hoja de papel de que pende mi sosiego y felicidad? ¿Qué les importa
a los potentados de la tierra la suerte de una joven infeliz que se
muere de amor y de pesar? ¿Quién pone los ojos en el nido del
ruiseñor cuando el huracán tala y descuaja los árboles del
bosque?
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso, que se había sentado a los
pies de la cama con la cabeza entre las manos, sumido en una
profunda aflicción, se levantó al oír estas palabras como herido de
una idea súbita, y poniéndose delante de su hija con ademán
resuelto respondió:
    </p>
    

    <p>
     -¡Yo, yo que te he perdido, yo te
traeré la libertad de don Álvaro y la ventura de los dos!, yo
pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo aunque sea a pie y
descalzo y con el bordón del peregrino en la mano y me arrojaré a
los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre que ha vertido
mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi hija única.
Mañana mismo partiré para Viena.
    </p>
    

    <p>
     -¡Vos, señor! -contestó ella como
asustada-, ¿y pensáis que yo consentiré en veros expuesto a las
penalidades de un viaje tan largo y en mirar vuestras canas
deslucidas con inútiles ruegos sólo por esta pasión insensata que
ni la oración, ni las lágrimas, ni la enfermedad han podido
arrancar de mi pecho? Y luego, padre mío, considerad que ya es
tarde y que a vuestra vuelta sólo encontraréis el césped que
florezca sobre el cuerpo de vuestra hija. ¡No os apartéis de mí en
ese instante!
    </p>
    

    <p>
     -¡Beatriz! ¡Beatriz! -contestó el
anciano con un acento terrible-, no me desesperes, ni me quites las
fuerzas que necesito para tu bien y el mío. Mañana partiré, porque
el corazón me dice que el cariño y el arrepentimiento de tu padre
han de poder más que la fatal estrella de mi casa.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz quiso responder, pero
Martina, juntando las manos, le dijo con el mayor
encarecimiento:
    </p>
    

    <p>
     -Por Dios Santo, noble señora, que le
dejéis hacer cuanto dice, porque me parece que es una voz del cielo
la que habla por su boca, y, además, con eso le quitaréis un peso
que le agobia de encima del corazón.
    </p>
    

    <p>
     -Doña Beatriz -le dijo gravemente el
religioso-, en nombre de vuestro padre, de vuestro linaje y de
cuanto podéis amar en este mundo, os encargo que recojáis todo
vuestro antiguo valor y que os soseguéis, pues semejante agitación
puede dañaros infinito.
    </p>
    

    <p>
     Y al acabar estas palabras se salió
del aposento llevándose consigo al señor de Arganza. Separóse de él
un instante para disponer una bebida con que pensaba templar la
calentura de la enferma aquella noche, y enseguida volvió al lado
del acongojado viejo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál es vuestro pensamiento? -le
preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -El de emprender la marcha al instante
-le respondió don Alonso-, pero quisiera que vuestro prelado
viniese a hacer el oficio de padre con mi desdichada hija, que va a
quedar por algún tiempo en la mayor orfandad y desamparo. ¿Creéis
que su vista no empeore su estado trayéndole a la memoria imágenes
dolorosas?
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo contrario -respondió el
monje-, antes es preciso amortiguar el crudo golpe que ha recibido
hoy, borrándolo en lo posible de su imaginación. Así que, no sólo
debe venir el abad, sino don Álvaro también y muy en breve, porque
tal vez su presencia valga harto más que todos mis remedios.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, sin perder tiempo -respondió
don Alonso llamando con una especie de silbato de plata.
    </p>
    

    <p>
     Al punto se presentó el cazador
Nuño.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se ha ido ya el mensajero de
Bembibre? -le preguntó su amo.
    </p>
    

    <p>
     -No, señor -respondió el viejo con
aire de taco-, sin duda aguardará por las albricias de las buenas
nuevas que ha traído.
    </p>
    

    <p>
     -No importa -respondió don Alonso-,
tráele inmediatamente a mi presencia.
    </p>
    

    <p>
     El criado salió murmurando entre
dientes y su señor, sentándose aceleradamente en su bufete,
escribió una carta muy encarecida al abad encargándole la pronta
venida en compañía de don Álvaro. Justamente acababa de cerrarla,
cuando se presentó el mensajero.
    </p>
    

    <p>
     -Malas nuevas has traído, amigo -le
dijo el señor de Arganza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señor! -respondió el hombre con
el acento de la sinceridad-, harto me pesa, y si yo hubiera sabido
cuáles eran, otro hubiera tenido que ser el portador.
    </p>
    

    <p>
     -No importa -repuso don Alonso-, ahí
tienes esas monedas por tu viaje, pero di, ¿vienes bien
montado?
    </p>
    

    <p>
     -Una yegua traigo más ligera que el
pensamiento -respondió el correo, muy alegre de verse tan
generosamente recompensado.
    </p>
    

    <p>
     -Pues es preciso que pongas a prueba
su ligereza para llegar a Bembibre al punto y entregar esta carta
al abad de Carracedo, que si la yegua se revienta yo te dejaré
escoger entre las mías la que quieras.
    </p>
    

    <p>
     Sin aguardar a más salió el soldado, y
desatando su cabalgadura y montando en ella de un salto salió como
un torbellino por el camino de Ponferrada en donde se perdió muy en
breve de vista.
    </p>
    

    <p>
     A medida que fue entrando el día fue
creciendo la calentura de doña Beatriz y turbándose su
conocimiento. Quejábase de dolor y opresión en el lado izquierdo y
de una sed devoradora; de cuando en cuando se quedaba dormida, y
entonces un sudor extraordinario venía, por fin, a despertarla. En
estas alternativas pasó la tarde, hasta que, entrando la noche, su
respiración comenzó a ser más fatigosa y a tener ciertos intervalos
de delirio, bebiendo con ansia indecible grandes porciones del
cordial que la habían dispuesto.
    </p>
    

    <p>
     Ni su padre ni el anciano religioso se
apartaron sino muy contados instantes del aposento de la enferma,
silenciosos ambos, aunque igualmente atentos, y haciendo, sin duda,
las más tristes reflexiones sobre aquella vida marchitada en flor
por el gusano roedor de la desdicha. A cada frase, de las varias
incoherentes que se escapaban de sus labios, don Alonso se acercaba
como si oyese pronunciar su nombre, pero o callaba enseguida o,
después de echarle una mirada errante y distraída, se volvía del
lado opuesto, unas veces lanzando un suspiro y otras sonriéndose de
una manera particular. El desventurado padre se apartaba entonces
meneando tristemente la cabeza, y sentándose a un extremo de la
estancia volvía a sus penosas reflexiones.
    </p>
    

    <p>
     Como el insomnio y la aflicción
acaloraban a un tiempo su cabeza, salió en una ocasión un momento
al mirador de la quinta a respirar el aire exterior. Estaba muy
entrada la noche, y la luna, en la mitad del cielo, parecía al
mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con su luz vaga y
descolorida, los contornos de los montes y peñascos se aparecían
extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero vapor. No se
movía ni un soplo de aire, los acentos de un ruiseñor que cantaba a
lo lejos se perdían entre los ecos con una música de extremada
armonía.
    </p>
    

    <p>
     El señor de Arganza no pudo menos de
sentir el profundo contraste que con los tormentos de su hija única
formaba la calma de la naturaleza. Acordóse entonces de la
predicción del abad de Carracedo, y de tal manera se perturbó su
imaginación que se sentó trémulo y acongojado en un asiento, cuando
de pronto le pareció oír como a la salida del pueblo de Carucedo un
ruido que instantáneamente iba aumentándose. Un rápido vislumbre
que salió por acaso de debajo de las encinas excitó más su
curiosidad y, observando con cuidado, vio que eran tres jinetes,
dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el lago con
galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a la
quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que
los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para
descubrir que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la
orden de San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de
alegría y de sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fue a
abrir por su misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el
que llegaba acompañado de Don Álvaro y de su escudero Millán.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, padre mío! -le dijo el
apesadumbrado señor arrojándose en sus brazos-, no hace un instante
que estaba pensando en vos. Vuestra predicción ha empezado a
cumplirse de un modo espantoso, y mucho temo que no salga cierta
del todo.
    </p>
    

    <p>
     -No deis crédito a palabras, hijas de
un ímpetu de cólera -le dijo el abad bondadosamente. Más alta que
la vanidad de nuestra sabiduría está la bondad de Dios.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y vos también, noble don Álvaro?
-añadió don Alonso yéndose para el joven con los brazos abiertos-.
¿De esta manera debíamos encontrarnos al cabo de tan alegres
imaginaciones?
    </p>
    

    <p>
     Entonces se le anudaron las palabras
en la garganta, y don Álvaro, sin desplegar los labios, se apartó
violentamente de él, volviendo las espaldas y metiéndose en la
oscuridad para enjugarse las lágrimas de que estaban preñados sus
párpados y sofocar sus sollozos. Todo quedó silencioso por un rato,
si no es el caballo árabe de don Álvaro, que a pesar de la fatigosa
jornada hería la tierra con el casco. Por fin, el noble huésped,
sosegándose un poco, dijo a los recién venidos:
    </p>
    

    <p>
     -No os esperaba hasta mañana, mis
buenos amigos; pero en verdad que nunca pudo haber llegada más a
tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso creíais de nosotros? -respondió
el abad-, ¡no permita el cielo que con esa tibieza acuda nunca a
los menesterosos y afligidos! Desde que recibimos vuestra carta no
hemos cesado de caminar con la mayor diligencia, y aquí nos tenéis.
¿Pero nada nos decís de vuestra hija?
    </p>
    

    <p>
     -Hace un momento que dormía -respondió
don Alonso, si sueño puede llamarse el que en medio de tanta
perturbación se disfruta. Venid, acerquémonos a su aposento para
que la veáis si puede ser.
    </p>
    

    <p>
     Al ruido de los caballos habían
acudido algunos criados, y uno de ellos, cogiendo una luz, los guió
a la cámara de la enferma. Quedáronse los forasteros al dintel
mientras don Alonso se informaba, pero al punto volvió por ellos y
los hizo entrar.
    </p>
    

    <p>
     Estaba doña Beatriz tendida en su
lecho como sumergida en un angustioso letargo, y las largas
pestañas que guarnecían sus párpados daban a sus ojos cerrados una
expresión extraordinaria. Aquella animación que la esperanza y
alegría disipadas hacía tan pocas horas habían comenzado a derramar
en su rostro, todavía no estaba borrada. En su frente pura y bien
delineada se notaba una cierta contracción, indicio de su
padecimiento, y la calentura había esmaltado sus mejillas con una
especie de mancha encendida. Sus rizos largos y deshechos le caían
por el cuello blanco como el de un cisne, y velaban su seno, de
manera que a no ser por su resuello anheloso y por el vivo matiz de
su rostro, cualquiera la hubiera tenido por una de aquellas figuras
de mármol que vemos acostadas en los sepulcros antiguos de nuestras
catedrales. Todavía no habían desaparecido las huellas de los
antiguos males, y las del nuevo comenzaban a marcarse
profundamente, pero, sin embargo, estaba maravillosamente hermosa,
no de otra suerte que si un reflejo celestial iluminase aquel
semblante.
    </p>
    

    <p>
     El abad, después de haberla mirado un
instante, se puso a hablar en voz baja, pero con un gesto y
expresión vehemente, con el religioso que la asistía, pero don
Álvaro se quedó contemplándola con los ojos fijos. De repente
exhaló un suspiro y luego, con una entonación fresca y purísima que
participaba a un tiempo de la melancolía de la tórtola y la
brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el estribillo
de una canción popular que decía:
    </p>
    

	<quote>
		<l>Corazón, corazón mío,</l>
		<l>lleno de melancolía,</l>
		<l>¿cómo no estás tan alegre,</l>
		<l>como estabas algún día?</l>
	</quote>
    

    <p>
     Los ecos de aquella voz tan llena de
sentimiento y de ternura quedaron vibrando en las bóvedas de la
estancia, y como más de una vez sucede en los sueños, doña Beatriz
se despertó al son de su propio canto. Don Álvaro, que vio abrirse
sus hermosos ojos, como dos luceros hermanos que saliesen al mismo
tiempo del seno de una nube, tuvo la bastante presencia de ánimo
para esconderse al punto detrás de don Alonso y de Martina,
temeroso de producir con su aparición una revolución fatal en la
enferma; pero ya fuese que la acción le pareciese sospechosa, ya
que su corazón le dijese a gritos quién era el que delante tenía,
se incorporó en la cama con ligereza increíble, y como si quisiera
atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y de Martina para
descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién, quién es ese que así se
recata de mis miradas?
    </p>
    

    <p>
     El abad, poseído de los mismo temores,
quiso hacer entonces la deshecha, y presentándose de repente le
dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Es un guerrero que me ha acompañado,
doña Beatriz. ¿No me conocéis?
    </p>
    

    <p>
     -¿Ah, sois vos, padre mío? -contestó
la joven asiendo su mano y llevándola a sus labios-, ¿pero quién
sino él os acompañaría a esta casa de la desdicha? -prosiguió
fijando los ojos en el mismo sitio.
    </p>
    

    <p>
     La estatura aventajada de don Álvaro
hacía que su casco coronado de un plumero se viese claramente por
encima de la cabeza del señor de Arganza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Él es!, ¡él es! -exclamó doña
Beatriz con la mayor vehemencia-, ese es el mismo yelmo y el mismo
penacho que llevaba en la noche fatal de Villabuena. ¡Salid, salid,
noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias mil, de que no me abandone
en este trance de amargura!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señora! -exclamó él
presentándose de repente, ni en la ventura, ni en la desdicha, ni
en la vida ni en la muerte os abandonará nunca mi corazón.
    </p>
    

    <p>
     La joven, medio turbada aún por el
delirio y sin seguir más impulso que el de su corazón, se había
inclinado como para echarle los brazos al cuello, pero al punto
volvió en sí y se contuvo. Con la emoción se había quedado
descolorida, pero entonces un vivo carmín esmaltó sus mejillas y
hasta su cuello, y bajó los ojos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cosa extraña! -dijo después de un
breve silencio-, no hace mucho que soñaba que me arrebatabais del
convento como aquella noche fatal y, que sin llegar al asilo que me
teníais preparado, os despedíais de mí para siempre porque os íbais
a la guerra de Castilla. Yo entonces me senté a la orilla del
camino y me puse a cantar una endecha muy triste. Era un sueño como
todos los míos, de separación y de muerte, pero he aquí que vos
volvéis..., ¿cómo habrá podido serme infiel mi corazón? ¿Qué quiere
decir esta mudanza?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ha de decir, hija mía -respondió
el abad-, sino que el Señor, que te prueba, aparta ya de ti las
horas malas? ¿No temblabas por la vida, por la honra y por la
libertad de don Álvaro?, pues aquí le tienes libre y más honrado
que nunca. Aun el único estorbo que a tu felicidad se opone
desaparecerá, sin duda, muy en breve. ¿Cómo no esperas lo que todos
para ti esperamos y nos afliges de esa suerte?
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz se sonrió entonces
melancólicamente, y replicó:
    </p>
    

    <p>
     -Mi pobre corazón ha recibido tantas
heridas, que la esperanza se ha derramado de él como de una vasija
quebrantada. Yo me las figuraba ya cicatrizadas, pero no estaban
sino cerradas en falso, y con este golpe han vuelto a brotar
sangre. ¡Tenga el cielo piedad de nosotros!
    </p>
    

    <p>
     Volvió a quedarse todo en aquel
profundo silencio que entristece, tanto como el mismo mal, las
habitaciones de los enfermos, sin oírse más ruido que el de la
anhelosa respiración de doña Beatriz. Ella fue la que volvió a
romperlo, diciendo impetuosamente y como si sus palabras y
determinación atropellasen por una gran lucha interior:
    </p>
    

    <p>
     -¡Don Álvaro!, no os partáis de
aquí... ¿no es verdad que os quedaréis?, ¿quién puede prohibíroslo?
Yo os amo, es verdad, pero del mismo modo pudiera amaros un ángel
del cielo, o vuestra madre si la tuvierais. ¡Pensad que mis
palabras llegan a vos del país de las sombras y que no soy yo la
que tenéis delante, sino mi imagen pintada en vuestra memoria!
¿Pero no me respondéis? Decid, ¿tendríais valor para abandonarme en
este trance?...
    </p>
    

    <p>
     -No, no, hija mía -repuso el abad
apresuradamente, ni él ni yo nos apartaremos de tu lado hasta que
tu padre vuelva de Francia con esa dispensa, prenda de tu alegría y
gloria venidera.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conque perseveráis en esa penosa
determinación sólo por amor mío? -exclamó ella clavando en su padre
una dolorosa mirada en que se pintaban la duda y el
abatimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Sí -respondió don Alonso-, mañana
mismo partiré, si tú no me quitas el valor con esa flaqueza indigna
de tu sangre. Ánimo, Beatriz mía, pues que en tan buena compañía te
dejo, que yo espero estar de vuelta antes de tres meses con lo
único que puede tranquilizar a un tiempo tu corazón y mi
conciencia, la libertad de don Álvaro.
    </p>
    

    <p>
     El médico hizo ver entonces que una
conversación tan larga y llena de agitación podía aumentar el
acceso de doña Beatriz, y después de algunas palabras de ánimo y
consuelo que le dirigieron el abad y su padre, se salieron todos de
la habitación, menos el anciano monje y Martina. Don Álvaro no dijo
ni escuchó una sola palabra, pero los ojos de entrambos hablaron un
lenguaje harto más elocuente al despedirse.
    </p>
    

    <p>
     Cualesquiera que fuesen los recelos
que doña Beatriz tuviese de su fatal estado, por entonces una sola
idea la ocupaba, y era que no se vería privada de la vista de don
Álvaro. Poco podía servir para sanar los males de su cuerpo, pero
era un bálsamo celestial para su espíritu, y su influencia fue tan
suave y benéfica que, como más de una vez sucede con las
imaginaciones fogosas, bastó para alterar favorablemente el curso
de la enfermedad y proporcionarle más descanso del que pudiera
esperarse de aquella noche.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001036">
    

    <head>
     Capítulo XXXVI
    </head>
    

    <p>
     Al día siguiente muy temprano, y
cuando su hija descansaba todavía, salió el señor de Arganza para
Francia sin más que el vicio Nuño y otro criado. Ambos entrados en
años y, por consiguiente, quebrantados, estaban sostenidos, sin
embargo, por un mismo sentimiento, que si en el uno se podía
explicar por el arrepentimiento y ternura paternal, en el otro
venía a ser lealtad acendrada, y en entrambos ciega inclinación a
aquella joven digna de mejor suerte. No quiso don Alonso despedirse
de ella, siguiendo el cuerdo consejo del físico, para no agitarla
más con una escena siempre triste, pero en aquella ocasión mucho
más. Así pues, la partida se verificó a las calladas, acompañando
al viajero el abad y el señor de Bembibre un buen trecho de camino.
Cuando hubieron de separarse, don Alonso los abrazó estrechamente,
encargándoles el cuidado con su hija querida, y sobre todo que
distrajesen su ánimo de las fúnebres ideas que lo oscurecían. Así
se lo prometieron entrambos y, despidiéndose con pesadumbre,
continuó el uno su viaje y dieron los otros la vuelta hacia la
quinta.
    </p>
    

    <p>
     Doña Beatriz, rendida con las
emociones de aquella noche, se había quedado profundamente dormida
cerca del amanecer, y aunque los síntomas constantes de su
enfermedad no daban a su sueño aquel descanso inapreciable,
medicina de tantos males, sin embargo le permitían una blanda
tregua con ellos. Justamente al entrar don Álvaro y el abad la
despertó el relincho de Almanzor, y tendiendo la vista alrededor,
echó menos la fisonomía de su padre. Preguntó al punto por él, y
Martina salió como en su busca, pero en su lugar entró el abad de
Carracedo. Doña Beatriz comprendió al punto lo que era, y su
semblante se cubrió de una nube, pero el anciano, con gran
prudencia y con la persuasiva autoridad que dan los años, la
consoló poniéndola delante los prontos y felices resultados que de
aquella separación podían venir. Doña Beatriz le escuchó sin
muestra alguna de impaciencia y sin responder una palabra, pero
cuando el viejo acabó su discurso exhaló un suspiro que salía de lo
íntimo de su corazón y quería decir: todo ese bien que me prometéis
llegará tarde. Enseguida llamó a Martina y dijo que quería
levantarse. El físico no se opuso, y al poco tiempo ya estaba en
pie.
    </p>
    

    <p>
     Su palidez era extraordinaria, pues la
excitación de delirio y de la calentura de la noche anterior había
cedido el puesto a una debilidad y decaimiento fatales. Sólo cuando
don Álvaro se presentó delante de ella sus mejillas se sonrosearon
ligeramente, y al oír su voz, grave y varonil como siempre, pero
como siempre también tierna y apasionada, pareció extenderse por
todo su cuerpo un estremecimiento eléctrico. Habíale mirado con
ansia la noche anterior, pero el velo que extendía la calentura
delante de sus ojos y la escasa luz que alumbraba el aposento no le
permitieron ver aquellas facciones a un tiempo armoniosas y
expresivas, las primeras y únicas que se habían impreso en su alma.
Entonces pudo satisfacer su deseo a la claridad del día, pero con
una impresión semejante a la que su vista había producido en don
Álvaro. Ningún síntoma de enfermedad se advertía en su noble
semblante, pero el pesar había comenzado a surcar su frente; sus
ojos garzos habían perdido su serenidad antigua, hundiéndose un
tanto en las cuencas, y revistiéndose de una mirada sombría. Había
perdido además el color, y en los contornos del cuerpo se notaba
asimismo cierta flacura, hija de las desdichas y meditaciones.
    </p>
    

    <p>
     Cuanto hemos dicho con tantas
palabras, notó doña Beatriz con una sola ojeada, pero, sin embargo,
nunca le pareció don Álvaro tan hermoso. Es cierto que nada había
perdido de su antigua apostura y gallardía, y que en su porte y
modales se advertía un no sé qué de austero y elevado que imponía
respeto.
    </p>
    

    <p>
     Apoyada en su brazo y en el del abad,
bajó doña Beatriz la escalera que conducía al jardín con ánimo de
sentarse a la sombra de un emparrado y cerca de un toldo de
jazmines. Todas las flores estaban abiertas, y un enjambre de
abejas doradas zumbando por entre ellas libaban sus cálices para
precipitarse enseguida hacia unas colmenas que estaban en el fondo.
Las calles y cuadros presentaban un interminable arabesco de
matices vivísimos; las paredes estaban entapizadas de pasionaria y
enredaderas, y una fuente que brotaba en el medio tenía una corona
de violetas que asomaban entre el césped su morada cabeza.
    </p>
    

    <p>
     La joven que, a pesar de bajar casi en
brazos la escalera, se había fatigado mucho, no pudo resistir aquel
ambiente tibio y cargado de perfumes que la ahogaba. La lozanía
misma de las flores y la juventud pomposa de la naturaleza formaban
en su alma doloroso contraste con la marchita flor de sus años y su
exánime juventud. Inmediatamente, pues, la trasladaron a la falúa
que al pie del muelle aguardaba. Entraron al punto los remeros y,
desamarrándola, comenzaron a surcar la azulada llanura.
    </p>
    

    <p>
     La brisa fresca del lago reanimó un
poco a doña Beatriz. Habíase recostado en la popa sobre unos
cojines de seda con un decaimiento y abandono que bien daban a
entender la postración de sus fuerzas. El abad, viéndola un poco
más sosegada, sacó el libro de horas, y yéndose a sentar en el
extremo opuesto de la embarcación comenzó a rezar. Don Álvaro, en
pie delante de ella, la contemplaba con ojos inquietos y vagarosos,
mientras los suyos, fijos en el espejo de las aguas, seguían como
en éxtasis sus blandas ondulaciones. Alzólos, por fin, para
mirarle, y clavándolos en los suyos, le hizo señas con la mano para
que viniese a sentarse a su lado. Obedeció él silenciosamente, y
entonces la joven le dijo asiéndole la mano:
    </p>
    

    <p>
     -Ahora estoy más sosegada, y puedo
hablaros. Gracias a Dios, estamos solos; oídme, pues, porque tengo
sobre mi corazón hace ya mucho tiempo un peso que me agobia.
Acercaos más. ¿No es verdad que alguna vez os habéis dicho: la
mujer a quien yo amaba ha sido la esposa de un hombre indigno de
ella, su aliento ha empañado su frente, yo me la figuraba semejante
a la azucena de un valle a quien no tocan ni los vientos de la
noche, pero he aquí que cuando yo la encuentro está ya separada de
la planta paterna, y sus hojas sin aroma y sin lustre? ¿No os
habéis dicho esto algunas veces?
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro calló en lugar de
responder, y no alzó los ojos del suelo. Entonces doña Beatriz,
después de haber guardado por un rato el mismo silencio, sacó del
seno una cartera de seda verde, y le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Os había comprendido, porque hace
tanto tiempo que laten nuestros corazones a compás, que ningún
movimiento del vuestro puede serme desconocido. Pero vos..., ¡vos
no habéis leído en mi alma! -le dijo con acento sentido y casi
colérico. Don Álvaro entonces levantó los ojos, mirándola con
ademán suplicante, pero ella le impuso silencio con la mano, y
continuó:
    </p>
    

    <p>
     -No os lo echo en cara, porque
sobradas desdichas han caído sobre vuestra cabeza por amor de esta
infeliz mujer, y sólo ellas han podido quebrantar la fe de vuestro
noble corazón. Tomad esta cartera -le dijo enseguida
alargándosela-, y con ella aclararéis vuestras dudas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¡no tengo ningunas!, ¡ningunas!
-exclamó don Álvaro sin recogerla.
    </p>
    

    <p>
     -Tomadla, sin embargo -repuso ella-,
porque dentro de poco será cuanto os quede de mí. No me miréis con
esos ojos desencajados, ni me interrumpáis. Pensad que sois hombre
y una de las más valerosas lanzas de la cristiandad, y conformaos
con los decretos del cielo. En esa cartera escribía yo mis
pensamientos y aun mis desvaríos; para vos la destinaba, recibidla,
pues, de mis manos, como la hubierais recibido de las de mi
confesor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señora!, ¿cómo abrigáis
semejantes ideas, cuando vuestro padre va a volver sin duda alguna,
y con él los días de la primavera de nuestro amor?
    </p>
    

    <p>
     -Mi padre volverá tarde -respondió
ella con acento profundo-, volverá sólo para confiar a la tierra
los despojos de su hija única y morir después. Antes de este último
y fiero golpe la savia de la vida volvía a correr por estos
miembros marchitos, pero ahora se ha secado del todo.
    </p>
    

    <p>
     El abad, que acabó entonces su rezo,
se acercó a ellos e interrumpió la conversación. Doña Beatriz,
oprimida por ella y quebrantada por el esfuerzo que acababa de
hacer, se mantuvo taciturna y abismada en sus dolorosas
reflexiones. Don Álvaro, trastornado por aquella escena terrible,
que acababa de levantar el velo de la realidad, guardaba también
silencio apretando convulsivamente entre sus manos y contra su
corazón la cartera verde, y el abad, por su parte, respetando la
pena de entrambos, no pronunció una sola palabra. De esta suerte
cruzaron el lago hasta la ensenada de la quinta, donde, saltando en
tierra, volvieron a subir en brazos a la joven. Era ya anochecido y
significó su deseo de quedarse a solas con su criada, con lo cual
los dos se despidieron de ella, retirándose a sus estancias
respectivas.
    </p>
    

    <p>
     No bien se vio don Álvaro en la suya
cuando, cerrando la puerta y acercándose a un bufete en el cual
ardían dos bujías, abrió la fatal cartera y comenzó a leer
ansiosamente sus hojas. Estaba señalada la primera con aquel
versículo melancólico que, según dijimos en otro lugar, venía a
servir de epígrafe a aquellas desordenadas y tristísimas memorias: 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in
tecto
     </foreign>
     . Don Álvaro, después de haberlo leído, lo repitió
maquinalmente. En tan breves palabras estaba encerrada su vida y la
de doña Beatriz, con su continuo desvelo, su soledad y su esperanza
siempre burlada. ¡Cuántas veces se habrían fijado en aquellos
carácteres los ojos llorosos de aquella infeliz y hermosa
criatura!... Don Álvaro pasó adelante y, volviendo la hoja,
encontró este pasaje:
    </p>
    

    <p>
     Cuando me dijeron que 

     <emph rend="italic">
      él
     </emph>
     había muerto, pasadas las primeras congojas
del dolor, me pareció oír una voz que me llamaba desde el cielo y,
me decía: «Beatriz, Beatriz, ¿qué haces en ese valle de oscuridad y
llanto?» Yo pensé que era la suya, pero después he visto que vivía;
sin embargo, la voz ha seguido llamándome entre sueños, y cada vez
con más dulzura. ¿Qué me querrá decir? Mucho se ha debilitado mi
salud, y moriré joven, sin duda alguna.
    </p>
    

    <p>
     En otra hoja decía así:
    </p>
    

    <p>
     ¡Qué contenta cerró los ojos mi pobre
madre cuando me vio esposa del conde! Ella igualaba su corazón con
el mío y esperaba para mí un porvenir de gloria y de ventura; ¿pero
qué esperaba su hija?, la paz de los muertos, y aun por eso alargó
su
mano.........................................................................................
................................................................................................................................................................
Más se tarda la muerte de lo que yo me imaginaba, y sin embargo,
soy más dichosa de lo que pude esperar. ¡Rara felicidad la mía!
Antes de mis tristes bodas llamé aparte al que iba a ser mi esposo
y le exigí palabra de que me respetaría todo el año que le había
ofrecido a 

     <emph rend="italic">
      él
     </emph>
     aguardarle, cuando se partió a la guerra de
Castilla. Así me lo prometió y me lo ha cumplido, porque, como no
me ama, se ha contentado con la esperanza de mis riquezas y el
poder que le da este enlace sin solicitar mi corazón, ni mucho
menos mis caricias. Así moriré como he vivido, pura y digna del
único hombre que me ha amado. Para él escribo estos renglones;
¿pero quién sabe si llegarán a sus manos? ¿Quién sabe si se los
llevará el viento como las hojas de los árboles que veo pasar por
encima de las torres del monasterio? ¡Más aprisa arrebatará quizá
el soplo de la muerte las escasas galas que le quedan al árbol de
mi juventud! Pobre padre mío, qué terriblemente habrá de despertar
de sus sueños de grandeza!
    </p>
    

    <p>
     Venía después un versículo del libro
de Job, que decía:
    </p>
    

    <quote>
		<l>¡<foreign xml:lang="LAT">Ecce nunc in pulvere dormiam, et si mane me quaesieris, non subsistam</foreign>!</l>
    </quote>
    

    <p>
     Y en la página siguiente esta estrofa
dolorosa:
    </p>
	<quote>
		<l>La flor del alma su fragancia pierde;</l>
		<l>por lo de ayer el corazón suspira,</l>
		<l>cae de los campos su corona verde;</l>
		<l>¡lágrimas sólo quedan a la lira!</l>
	</quote>
	<p>Don Álvaro pasó unas cuántas hojas, y se encontró con una que decía:</p>
    

    <p>
     Heme, en fin, viuda y libre; mis lazos están sueltos, pero
¿quién desatará los de 

     <emph rend="italic">
      él
     </emph>
     ? La suerte de la orden me inspira
vivísimos temores. ¿Quién sabe si mi amor le traerá la muerte y la
deshonra? ¡Oh, Dios mío!, ¿por qué mi corazón ha de esparcir la
desdicha por todas
partes?...............................................
.................................................................................................................................................................
Por fin, va preso con todos sus nobles compañeros, y se presentará
a los jueces como un salteador de caminos. ¿Qué va a ser de ellos?
Esta noche he tenido una hoguera voraz dentro del pecho; una sed
mortal me devoraba, y en la ilusión de mi calentura me parecía que
todos los riachuelos y fuentes de este país corrían con murmullo
dulcísimo por detrás de mi cabecera. No he querido despertar a
Martina, porque dormía sosegadamente, aunque su corazón está en
otra parte, como el mío. ¿En qué puede consistir semejante
diferencia? ¡En que ella ama y espera, y yo amo y me muero!
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro recorrió otros pasajes, en
que la agonía que experimentaba por su suerte estaba trazada con
rasgos de suma angustia y desconsuelo. Por fin, después de tantas
ansias y congojas, venía el siguiente pasaje:
    </p>
    

    <p>
     ¡Oh, cielo santo!, ¡está absuelto de todas las acusaciones con
todos los suyos!... ¡Pensé que me tiraba al agua para abrazar al
mensajero que semejantes nuevas traía! Al cabo volverá, sí,
volverá, no hay que dudarlo; ¿para qué se había de ataviar tan
pomposamente la naturaleza con todas las galas de la primavera,
sino para recibir a mi esposo? ¡Bellas son estas arboledas mecidas
por el viento, bellas estas montañas vestidas de verdura, puras y
olorosas sus flores silvestres, y músico y cadencioso el rumor de
sus manantiales y arroyuelos, pero, al cabo, son galas del mundo, y
yo tengo un cielo dentro de mi corazón! Yo saldré a buscarle con mi
laúd en la mano, con mi cabeza cubierta del rocío de la noche y
como la esposa de los Cantares, preguntaré a todos los caminantes:
«¿En dónde está mi bien amado?» ¡Ah, yo estoy loca!, ¡tanta alegría
debiera matarme, y sin embargo, la vida vuelve a mi corazón a
torrentes, y me parece que la planta del cervatillo de las montañas
sería menos veloz que la mía! Él me ponderaba de hermosa..., ¿qué
será ahora cuando vea en mis ojos un rayo de sol de la ventura, y
en mi talle la gallardía de una azucena, vivificada por una lluvia
bienhechora? ¡Oh, Dios mío, Dios mío!, ¡para tamaña felicidad,
escaso pago son tantas horas de soledad y de lágrimas! ¡Si un
paraíso había de ser el lugar de mi descanso, pocos eran los
abrojos de que habéis sembrado mi
camino!.....................................................................
.................................................................................................................................
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro había podido leer, aunque
conturbado y confuso, los anteriores pasajes, empapados en llanto y
pesar, pero al llegar a éste, en que con tan vivos colores estaba
bosquejada una dicha como el humo disipada, no fue ya dueño de los
violentos arrebatos de su alma, y se dejó caer sobre su cama,
rompiendo en amarguísimos sollozos. Por fin estaba solo, y nadie
sino Dios era testigo de su flaqueza; pero las lágrimas, que tanto
alivian el corazón de las mujeres y los niños, son en los ojos de
los hombres alquitrán y plomo derretido.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001037">
    

    <head>
     Capítulo XXXVII
    </head>
    

    <p>
     Los tristes pronósticos de doña
Beatriz fueron cumpliéndose muy aprisa desde aquel día, y sus
padecimientos físicos, unidos a los combates de su alma, empezaron
a desmoronar visiblemente aquel cuerpo de tantas maneras minado y
cuarteado. Las bellas y delicadas tintas de la salud, que otra vez
habían vuelto a sonrosear aquel delicado rostro, digno de un ángel
de Rafael, se trocaron poco a poco en la palidez de la cera, bien
como vemos las nubes del ocaso perder sus vivos matices a medida
que baja el sol. La morbidez suavísima de sus carnes, la bella
ondulación de sus contornos, la gallardía de sus movimientos, que
por algún tiempo oscurecidas bajo las sombras del dolor y la
enfermedad habían comenzado a florecer de nuevo, otra vez volvieron
a marchitarse bajo el soplo del desengaño. Su forma se parecía más
y más a la de una sombra, y lo único que en ella iba quedando era
el reflejo de aquel alma divina, que brillaba en sus ojos y la
iluminaba interiormente. La enfermedad que la consumía, lejos de
tomar en ella ningún carácter repugnante, parecía que realzaba su
resignación angelical y su dulzura sin ejemplo. Algunas veces, sin
embargo, tomaban sus ideas cierto sabor amargo, que revelaba el
vigor que bajo tanta mansedumbre se escondía, y el fuego encendido
bajo tantos escombros y ceniza. Era realmente un infernal martirio
ver llegar a pasos medidos la callada sombra de la muerte, cuando
la esperanza, el amor, la paz y el sosiego doméstico, el noble
orgullo de llevar un nombre ilustre, las riquezas, la juventud, la
hermosura, cuanto puede embellecer y sublimar la vida, venía a dar
precio a la suya. No obstante, su piedad, su carácter elevado y los
mismos hábitos melancólicos de su espíritu disipaban fácilmente
estos tumultuosos movimientos, y al momento volvían sus ideas a su
curso ordinario.
    </p>
    

    <p>
     En aquellos días fatales su amor a la
naturaleza subió de punto, y su ansia por contemplar las hermosas
escenas de aquellos alrededores era extraordinaria. Fatigábale la
cama terriblemente, pero como de puro postrada no podía dar un
paso, sus paseos eran siempre en la falúa, cuyo movimiento era lo
único que podía sobrellevar. Así pues, se pasaba horas enteras
cruzando las aguas del lago, unas veces contemplando sus orillas
con una especie de arrobo, otras siguiendo con la vista las
bandadas de lavancos que nadaban a lo lejos en ordenados
escuadrones, y casi siempre abismada en sus propios pensamientos.
De cuando en cuando, alzaba la vista para mirar el camino por donde
su padre había partido, por ver si en lo alto de la cuesta de
Borrenes resplandecían sus armas, y al ruido de las yeguas de los
aldeanos que pasaban por la orilla se volvía con una especie de
estremecimiento, imaginando oír las herraduras del caballo de don
Alonso.
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro y el venerable abad no
dejaban de acompañarla ni un solo instante en aquellos melancólicos
paseos, observando con espanto el progreso rápido del mal y el
decaimiento cada día mayor de la desdichada. Don Álvaro, clavados
casi siempre sus ojos en los suyos, parecía respirar con la misma
congoja y ahogo que si su pecho estuviese atacado de la misma
enfermedad. Doña Beatriz, siempre que se encontraba con aquella
mirada apasionada y terrible a un mismo tiempo, apartaba la suya,
bañados en lágrimas sus párpados. Las palabras eran escasas, pues a
tal punto habían venido las fuerzas de la enferma, que el anciano
médico había encargado el posible silencio. Tanto él como la
enferma conocían harto bien la inutilidad de semejantes paliativos,
pero el uno por no dejar medio alguno de que echar mano, y la otra
por no afligir a personas tan queridas, se conformaban con ellos.
De esta suerte, reducidos los dos amantes al lenguaje de los ojos,
las almas que parecían salirse por ellos, volaban una al encuentro
de otra como si quisieran confundirse en el mismo rayo de luz que
para comunicarse les servía.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, llegó a tanto la postración
de doña Beatriz, que pasó en la cama una porción de días sin
manifestar deseo de levantarse, y como sumida en un desvarío que
parecía enajenar su razón. Al cabo de ellos, cerca de la caída de
la tarde, se reanimó de una manera desusada, y abriendo sus
hermosos ojos, más brillantes aún que de costumbre, dijo con voz
entera y gran rapidez:
    </p>
    

    <p>
     -¡Martina! ¡Martina!, ¿dónde
estás?
    </p>
    

    <p>
     -Aquí, señora -contestó la muchacha
casi sobresaltada de aquel súbito recobro-, aquí estoy, siempre a
vuestro lado; ¿dónde queríais que estuviese?
    </p>
    

    <p>
     -¡Siempre así, pobre muchacha, y sin
que tu amor mismo te aparte de mi cabecera! -exclamó doña Beatriz
mirándola con ternura.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señora!, dejad eso; yo no pienso
sino en vos y en veros buena; ¿qué queríais que con tanta prisa me
llamabais? Me parece que os sentís más animada, ¿no es verdad?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, sí, tráeme mi vestido blanco,
porque quiero pasearme por el lago. Estoy mejor, mucho mejor; y el
día me parece hermosísimo. ¡Vos aquí también, don Álvaro!, ¡y vos,
venerable padre! ¡Ah, me alegro en el alma, porque con eso os
veréis en parte pagados de tantos afanes y zozobras como por mí
habéis pasado!
    </p>
    

    <p>
     Don Álvaro y el abad, como si saliesen
de un sueño, no sabían qué pensar de aquel tono casi festivo de
doña Beatriz, y en particular el primero no acertaba a poner freno
a las tumultosas esperanzas que se levantaban en su corazón. El
anciano médico, al contrario, no pudo contener un gesto de dolor.
Saliéronse los tres del aposento y en brevísimo espacio se aderezó
doña Beatriz con su sencillez y gracia acostumbrada. Realmente
parecían haberse aflojado las ligaduras del mal, pero así y todo,
bajó la escalera casi en brazos de Martina y del señor de Bembibre.
Cuando llegó a la góndola puso el pie en ella resueltamente, y
enseguida fue a sentarse sobre los almohadones de brocado del
fondo, no con el ademán doliente y abatido de otras veces, sino con
extraño garbo y gentileza. Don Álvaro, atento como nunca a sus
menores ademanes, se quedó como de ordinario, en pie delante de
ella. El abad, que había sorprendido el gesto de mal agüero del
físico, se apartó con él al otro extremo de la ligera embarcación
para interrogarle, y Martina, por su parte, se sentó junto a los
remeros que, sin aguardar a más, hicieron volar la barca por la
azulada espalda del lago, rápida y serena como una de las muchas
aves que por allí nadaban.
    </p>
    

    <p>
     Estaba el cielo cargado de nubes de
nácar que los encendidos postreros rayos del sol orlaban de doradas
bandas con vivos remates de fuego; las cumbres peladas y sombrías
del 

     <emph rend="italic">
      Monte de los Caballos
     </emph>
     enlutaban el cristal del
lago por el lado del norte, y en su extremidad occidental pasaban
con fantasmagórico efecto los últimos resplandores de la tarde por
entre las hojas de los castaños y nogales, reverberando allá en el
fondo un pórtico aéreo, matizado de tintas espléndidas y
enriquecido con una prolija y maravillosa crestería.
    </p>
    

    <p>
     El lago, iluminado por aquella luz
tibia, tornasolada y fugaz, y enclavado en medio de aquel paisaje
tan vago y melancólico, más que otra cosa parecía un camino
anchuroso, encantado, místico y resplandeciente que en derechura
guiaba a aquel cielo que tan claro se veía allá en su término. Por
un efecto de la refracción de la luz, una ancha cinta de cambiantes
y visos relumbrantes ceñía las orillas del lago, y la falúa parecía
colgada entre dos abismos, como un águila que se para en mitad de
su vuelo.
    </p>
    

    <p>
     Con semejante escena, el fugaz
relámpago de alegría que había iluminado el alma de doña Beatriz,
se disipó muy en breve. Siempre había dormido en lo más recóndito
de su alma el germen de la melancolía producido por aquel deseo
innato de lo que no tiene fin; por aquel encendido amor a lo
desconocido que lanza los corazones generosos fuera de la ruindad y
estrechez del mundo en busca de una belleza pura eterna,
inexplicable, memoria tal vez de otra patria mejor; quizá
presentimiento de más alto destino. A este secreto y sobrehumano
impulso había sacrificado doña Beatriz lo que más caro podía serle
en el mundo: la libertad y el culto exterior que pensaba rendir a
la memoria de su amante cuando lo imaginaba muerto; sólo por
presentarse algún día a los ojos de su madre adornada con la
aureola del vencimiento de sí propia. Los azares de su vida, sus
continuos vaivenes entre la esperanza y la desdicha, los dolores de
su alma, y de su cuerpo, y la perspectiva de una muerte próxima,
presente por tanto tiempo a sus ojos, habían fecundado estas
terribles semillas y ahondado más y más el cauce que la tristeza
había labrado en su alma hasta trocarlo en un verdadero abismo,
donde iban a parar todos sus pensamientos.
    </p>
    

    <p>
     Por lo mismo, la escena que se ofrecía
a su vista, naturalmente engolfó su imaginación en aquel mar sin
límites, donde bogaba hacía tanto tiempo. Por fin, después de haber
dirigido llorosas miradas al cielo, al lago, a las montañas lejanas
y a aquella quinta donde tanto había aguardado y sufrido, como si
de todos ellos se despidiera y tuviesen un alma para comprenderla,
dijo al apenado caballero:
    </p>
    

    <p>
     -Don Álvaro, ¿no veis cuán vanas son
las alegrías de la tierra? ¿Quién nos dijera hace un año que nos
habíamos de encontrar en estos escondidos parajes sólo para una
eterna despedida?
    </p>
    

    <p>
     El joven, que con pesadumbre
indecible, había observado el rumbo que desde la salida de la
quinta iban tomando sus ideas, le contestó:
    </p>
    

    <p>
     -¿Es posible, doña Beatriz, que cuando
comenzaba a fortaleceros vuestro antiguo valor, así le desechéis de
vuestro pecho?
    </p>
    

    <p>
     -¡Valor! -respondió ella-. ¿Y pensáis
que necesito poco para dirigiros mis últimas palabras y apartarme
de vos? ¡Ved, sin embargo, quién me lo inspira! Alzad la vista y
veréis el cielo; mirad a vuestros pies y allí lo encontraréis
también hermoso y puro. Encumbrad vuestro pensamiento a las
alturas; bajad con él a la lobreguez del abismo y dondequiera
encontraréis a Dios llenando la inmensidad con su presencia. Esa,
esa es la fuente de donde yo, ¡flaca mujer!, bebo el aliento que me
sustenta. ¿Os acordáis de las últimas palabras que me oísteis en el
bosque de Arganza?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, no, no! -respondió él con el
acento de la desesperación-. Yo no recuerdo sino las primeras que
escuché de vuestros labios, cuando la vida se nos presentaba tan
florida y dulce en el seno de un amor sin fin. ¿Sabéis lo que me
representa mi memoria? Pues no es más que eso sólo. ¿Sabéis lo que
me dice una voz secreta? Que vuestro padre va a volver, y que al
cabo seréis mi esposa delante del cielo y de los hombres. ¡Mi
esposa! ¡Ah! Si yo escuchara esa palabra de vuestros labios,
saldría de las tinieblas mismas del sepulcro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre don Álvaro! -contestó ella con
una ternura casi maternal-. ¿Cómo esperáis tan pronto la vuelta de
mi padre, cuando ha poco más de dos meses que se partió para
Francia? ¿Pensáis que todos me aman como vos para buscar con tanto
ahínco mi ventura?
    </p>
    

    <p>
     -No acabéis con el poco valor que me
anima -la interrumpió el joven-, dudando de esa suerte de la
Providencia.
    </p>
    

    <p>
     -No -repuso ella gravemente; antes le
doy gracias, porque así ahorrará a mi padre el espectáculo de mi
muerte y a mí la desesperación para aquella hora suprema. Aun ahora
que un obstáculo insuperable me aleja de vos, mi corazón se
despedaza, y sólo una fuerza sobrehumana me sostiene; pero si las
barreras hubiesen de caer en el instante de mi muerte, ¡oh,
entonces el ángel bueno huiría, espantado, de mi cabecera y mi alma
rabiosa y sombría se extraviaría en los senderos de la
eternidad!
    </p>
    

    <p>
     Durante esta plática tremenda se iba
acercando la falúa a las encinas de la orilla bajo las cuales no
hacía mucho tiempo se había aparecido Cosme Andrade como uno de
aquellos ángeles que visitaban la cabaña de los patriarcas, cuando
de repente el galope de tres caballos de guerra les hizo volver a
todos los ojos hacia aquel sitio. Eran, en efecto, tres jinetes, de
los cuales el más delantero, un poco mejor ataviado, indicaba ser
el principal, y los tres, habiendo visto la falúa, venían corriendo
hacia ella por debajo de aquellos árboles venerables, dando gritos
de contento y espoleando los corceles con ambos acicates. Doña
Beatriz, al oírlos, como si una mano invisible la sacase de su
abatimiento con la presencia y voces de los forasteros, se puso en
pie velozmente, y con los ojos desencajados comenzó a mirarlos
hasta que, acercándose más y más, lanzó un alarido de dolor a un
tiempo y de alegría, y extendiendo los brazos hacia la orilla
exclamó:
    </p>
    

    <p>
     -¡Es mi padre!, ¡mi padre querido!
    </p>
    

    <p>
     -Sí, tu padre soy, hija de mi alma
-contestó don Alonso, porque él era en efecto-, tu padre que viene
a cumplirte su promesa. ¡Mira, mira! -añadió sacando del seno una
cartera verde, aquí está la bula del Papa, y en ella viene la
fianza de tu felicidad.
    </p>
    

    <p>
     -¡Misericordia divina! -prorrumpió
ella con un clamor tan descompasado que se oyó en las orillas más
apartadas, y aterró a los circunstantes-. ¡Misericordia divina!
-repitió torciéndose las manos-, ¡la esperanza y la ventura ahora
que voy a morir!
    </p>
    

    <p>
     Al acabar de pronunciar estas palabras
y con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer, una de las venas
de su pecho, tan débil ya y atormentado, se rompió, y un arroyo de
sangre ardiente y espumosa vino a teñir sus labios descoloridos y
su vestido blanco. Asaltóla al mismo tiempo un recio desmayo con el
cual cayó en brazos de su doncella y de don Álvaro, pero como todo
ello fue obra de un instante, y el empuje comunicado a la góndola
por los remeros era rapidísimo, tocó en la orilla, donde ya don
Alonso estaba apeado, a tiempo que precipitándose hacia su hija se
encontró bañado en su propia sangre. Con semejante cuadro se quedó
como petrificado en medio del alboroto de todos, con la boca
entreabierta, los brazos extendidos y los ojos clavados en aquel
pedazo de su corazón por cuyo reposo y contento, aunque tardíos,
había hecho tan terribles sacrificios, y aquel mismo largo y
penosos viaje de que acababa de apearse. Doña Beatriz, sin dar más
señal de vida que algunos hondos suspiros, estaba con la cabeza
doblada sobre el hombro de su desolada doncella y todo su cuerpo a
manera de una madeja de seda, abandonado y sin brío. El anciano
médico, que con tanta prolijidad y amor la había asistido, después
de observarla detenidamente, se acercó al abad y le dijo al oído,
pero no tan paso que don Alonso no percibiese algo:
    </p>
    

    <p>
     -Ya se acabó toda esperanza; ¡lo más
que durará es un día!
    </p>
    

    <p>
     -¡In feliz padre! -exclamó el abad
volviéndose hacia don Alonso, pero con gran pesadumbre suya le
encontró con el oído atento y a media vara de distancia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Todo lo he oído! -le dijo con un
acento que partía el corazón-. ¿Lo veis?, ¿lo veis como mi corazón
no me engañaba cuando os decía que vuestra profecía de desastre se
cumpliría al fin? ¡Oh, hija mía, alegría de mi vejez y corona de
mis canas! -exclamó queriendo acercarse a ella, y forcejeando con
el abad y los remeros que le detenían-, ¿no pudo el Señor quitarme
la vida en tantos combates con los moros, antes de venir a ser tu
verdugo?
    </p>
    

    <p>
     -¡Recobraos, por Dios santo! -le dijo
el abad con ansia-, poned un freno a vuestras quejas, si en algo la
tenéis, porque pudiera oíros.
    </p>
    

    <p>
     El desventurado padre calló al punto
de miedo de agravar el estado de su hija, pero siguió sollozando
con gran ahogo y congoja.
    </p>
    

    <p>
     El deliquio era profundo; la noche
comenzó a mostrar sus estrellas, y al cabo, hubieron de volverse a
la quinta en aquella barca, que según lo ligera y silenciosa que
bogaba, no parecía sino el bajel de las almas.
    </p>
    

    <p>
     En brevísimo espacio cruzaron el lago,
y desembarcando apresuradamente, subieron a la señora, todavía
desmayada, a su aposento y la pusieron en su lecho.
    </p>
    

    <p>
     Al fin, después de un buen rato,
recobró poco a poco la vida que parecía haberse huido de aquel
cuerpo fatigado, pero no la razón, extraviada con las visiones del
delirio. La aparición de su padre y la nueva que le había dado eran
la idea fija y dominante de su desvarío, unas veces alegre y
risueña, y otras trágica y aflictiva, según las oscilaciones de su
ánimo. Continuamente llamaba a don Álvaro y manifestaba una
ansiedad grandísima a la idea de que pudiera ausentarse.
    </p>
    

    <p>
     -¡Don Álvaro! exclamaba con la voz
quebrada por la fatiga de la respiración-, ¿dónde estás? háblame,
ven, dame tu mano. A nadie veo, a nadie conozco sino a ti; sin duda
te veo con los ojos de mi corazón que a todas partes te sigue, como
al sol el lucero de la tarde. ¿Me oyes, don Álvaro?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, te oigo exclamaba el joven, con
una voz que parecía salir de un sepulcro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¡tanto mejor! -reponía ella con
el acento del regocijo, pero no te vayas, porque entonces quedaría
sola del todo. Pero ¡loca de mí!, ¿cómo te has de marchar, si me
amas y eres mi esposo para siempre? Antes mañana me vestiré de gala
para que me lleves al altar. ¡Oye!, ¡yo quiero que se den muchas,
muchas limosnas, para que todos sean felices y nos bendigan! ¡Si
vieras tú cómo me aman todos estos campesinos! ¡Mucho tiempo se
pasará antes de que olviden mi memoria!... ¡Ah!, dime, ¿y guardas
la cartera que te di hace tanto tiempo?, ¡pues átale una piedra y
arrójala al lago, porque aquellos renglones estaban mojados con mis
lágrimas, y ahora ya no me quedan lágrimas, si no son las de la
alegría!
    </p>
    

    <p>
     Fatigada entonces, calló por un rato,
pero tomando sus ideas otro curso, dijo por último, apartando la
ropa que la cubría:
    </p>
    

    <p>
     -¡Quitadme esa ropa que me ahoga!,
abrid de par en par esas ventanas, y dejad entrar el aire de la
noche, para que se temple este fuego que me abrasa el pecho...
¡Cielos!, ¡qué pensamientos eran los míos hace un momento, para
olvidarme así de que estoy luchando con la agonía! ¡Miserable de
mí! Allí viene mi padre corriendo..., miradle, don Álvaro..., la
alegría le ha rejuvenecido..., ya llega..., ¿qué es lo que saca del
pecho?... ¡Ah!, ¡es tu libertad!..., ¡suerte despiadada!..., morir
ahora..., no, no, don Álvaro, yo soy muy joven todavía, rica y
hermosa a tus ojos, a pesar de mis lágrimas, ¿no es verdad?... ¡No,
no, no es esta mi hora, porque moriría impenitente y perdería mi
alma!
    </p>
    

    <p>
     Entonces se quedó de nuevo callada,
pero con el rostro desemblantado, y los ojos fijos en la pared y
haciendo con el cuerpo un movimiento hacia atrás, como si viese
acercarse algo de que quisiese huir, hasta que, por último,
lanzando un agudo chillido, y cubriéndose los ojos con una mano,
mientras con la otra apretaba convulsivamente el brazo de su
amante, exclamó con voz ronca:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahí está!, ¡ahí está!, ¿no la veis
cómo se llega paso a paso? ¡Ah!, ¡libradme de ella!, envolvedme en
vuestro manto... ¡Oh, Dios mío!, ¡de nada sirve, porque sus manos
han pasado por él como si fuera de humo, y me aprietan el corazón!,
separádmelas de aquí, porque me ahogan, ¡ay de mí!, no, dejadlas,
que todo se acabó ya... ¡adiós!...
    </p>
    

    <p>
     Y al decir esto, la acometió otro
nuevo desfallecimiento.
    </p>
    

    <p>
     En estas dolorosas alternativas, más
crueles tal vez para los que la rodeaban que para ella propia, se
pasó la noche entera. Hacia el amanecer volvió a quedarse como
aletargada, según más de una vez le había acontecido durante
aquella terrible enfermedad que ya tocaba a su término.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA1001038">
    

    <head>
     Capítulo XXXVIII
    </head>
    

    <p>
     Deplorable era la situación de cuantos
se encontraban debajo de aquel techo, señalado por blanco a las
saetas invisibles de la muerte, pero la de don Alonso era más
desastrada que la de ninguno, peor aún que la del mismo don Álvaro.
Desde que, sin reparar en medios para lograr sus soñados planes de
grandeza, había intentado la violencia de su hija única, en
Villabuena, y consentido después en el sacrificio que su abnegación
filial le había dictado en Arganza, la salud, la alegría y la honra
habían huido de su hogar, como si por un decreto del cielo el
castigo siguiese inmediatamente a la culpa, sin darle siquiera
respiro para saborear sus terribles frutos. A la muerte de su
esposa, siguió la entrevista fatal del soto de su casa, en que cayó
la venda de sus ojos, y enseguida, como en un negro turbión,
vinieron los desastres de Cornatel, las dudas e incertidumbres de
la causa de los templarios y el desenlace fatal del caso de don
Álvaro. Cuadro tristísimo, cuyo fondo ocupaban las torturas de doña
Beatriz y lo amargo de sus remordimientos.
    </p>
    

    <p>
     Deseoso de purificar su alma y sin más
pensamiento que el contento y la salud de aquella última prenda de
su amor y su esperanza, había emprendido su largo viaje a Viena del
Delfinado, con una diligencia y ardor incompatible al parecer con
su avanzada edad. Allí, sin dejarse vencer de los muchos obstáculos
que le oponían la malevolencia de la corte de Francia y el triste
giro que la debilidad y cobardía del Papa había dado a aquel
ruidoso proceso, se arrojó a los pies de Clemente, le habló de la
mucha sangre que habían vertido en defensa de la fe de los suyos,
presentó al rey Felipe las cartas que llevaba de don Juan de Lara,
estimado de él por su poderío y por haberle dado hospedaje cuando
anduvo extrañado de Castilla, y logró ser oído con
benevolencia.
    </p>
    

    <p>
     Dos cosas se concertaron en su favor,
además, que no le ayudaron poco en sus propósitos. Fue la primera
el aniquilamiento total de la pujanza del Temple en Europa, pues
sus guerreros, donde no condenados, estaban presos y desarmados; y
la segunda, la llegada de Aymerico, el inquisidor del concilio de
Salamanca, que después de haber obrado a tenor de las instrucciones
de la sede romana, venía resuelto a cumplir la palabra dada al abad
de Carracedo y a los obispos y a seguir el impulso de su corazón
que a despecho de sus muchas prevenciones contra el Temple se había
aficionado a la bizarría y caballerosidad de don Álvaro durante el
juicio. Cuanto había tenido de inflexible su conducta dictada por
el rigor de la obediencia, tuvieron ahora de fervorosos sus
servicios; así fue que, disipados los recelos que el poder de
aquella arrogante milicia había inspirado, y merced a la eficaz
mediación de Aymerico, obtuvo el señor de Arganza la anhelada
dispensa en tiempo infinitamente más breve del que buenamente
pudiera esperar, con lo cual se le dobló el contento. Tal era su
ansiedad por llegar él mismo con la dichosa nueva a los brazos de
su hija, que en cortísimo espacio cruzó parte de la Francia y
España casi entera, llevado como en alas de la alegría, y
enteramente olvidado del peso de los años. Cuál fue el término de
tan presuroso viaje, ya lo vimos, pues la sangre del corazón de
doña Beatriz fue las rosas que alfombraron su camino, y el estertor
de su agonía los festejos por su llegada. Tal había de ser el
paradero de tantos esfuerzos, y sobre esto giraban sus desolados
pensamientos mientras sentado a los pies de la cama de su hija
aguardaba, deshecho en llanto, su postrer suspiro.
    </p>
    

    <p>
     El reposo de la joven tuvo poco de
largo y menos de sosegado, pero, tal como fue, bastó a disipar las
nubes que oscurecían su razón para hacer más dolorosos de este modo
sus postreros momentos y derramar al mismo tiempo un fulgor divino
sobre la caída de aquel astro, en cuyos benéficos resplandores
tantos infelices habían encontrado alivio y consuelo. Cuando abrió
los ojos comenzaban a entrar por la entreabierta ventana las
pálidas claridades del alba, junto con aquel ligero cefirillo que
parece venir a despertar las plantas adormecidas antes de la salida
del sol. En el jardín de la quinta gorjeaban jilgueros alegres,
calandrias y un sinfín de pajarillos, y las flores, abriendo sus
cálices, llenaban el aire de perfumes. Desde la cama de doña
Beatriz se divisaba el oriente, donde una porción de caprichosos
celajes se coloreaban y esmaltaban con indecible pompa y esplendor
a casi todo el lago, cuya transparente llanura, reflejando los
accidentes del cielo, parecía de oro líquido y encendida púrpura.
Los lavancos y gallinetas revoloteaban tumultuosamente por su
superficie levantando a veces el vuelo con alegres aunque ásperos
graznidos, y precipitándose enseguida con sonoro ruido entre los
juncos y espadañas. En suma, el día amanecía tan risueño y alegre
que nadie pudiera creer que en medio de su claridad hubiera de
eclipsarse una obra tan perfecta y hermosa.
    </p>
    

    <p>
     Este fue el espectáculo que
encontraron al abrirse los ojos de doña Beatriz, y en él se
clavaron ávidamente. Tenían una especie de cerco ligeramente
azulado a su alrededor, con lo cual resaltaban más los rayos que
despedían; el semblante, aunque algo ajado, manifestaba la misma
pureza de líneas y angelical armonía que en sus mejores
tiempos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hermoso día! -exclamó, en fin, con
voz melancólica, aunque bastante entera.
    </p>
    

    <p>
     Enseguida rodeó la estancia con la
vista y viendo a todos desemblantados y la mayor parte llorosos a
causa de las fatigas y dolorosas escenas de la noche anterior, y
que con ojos espantados la miraban, las lágrimas se agolparon a sus
párpados. Reprimiólas, sin embargo, con un esfuerzo de que sólo era
capaz un alma de tan subido temple como la suya, y llamándolos con
la mano en derredor de la cama, y asiendo la de su padre, le dijo
con acento sosegado:
    </p>
    

    <p>
     -Esta muerte que tan de súbito me coge
en la primavera de mi vida, más me duele por vos, padre mío, por
este noble y generoso don Álvaro y por todos estos buenos amigos
que han puesto en mí su cariño, que no por mí. Al cabo, hace más de
un año que una voz secreta me está pronosticando este paradero, y
aunque ayer lo sufrí con impaciencia queriendo volverme locamente
contra el cielo, hoy que se han disipado las nieblas de mi
entendimiento, con humildad me postro delante de la voluntad
suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la luz de nuestros
deseos y grandezas; ¿quién le dijera a mi madre que había de
seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros de ese
modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas,
adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca
apartarnos de vos?
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, hija de mi dolor! -exclamó el
anciano-, tú eras mi postrer esperanza en la tierra, pero no es tu
temprano fin el que abreviará mis cortos días, sino la ponzoñosa
memoria de mi falta.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, santo religioso -continuó
volviéndose al abad-, ¡ved, ved como se cumple vuestra profecía!
¡Quiera el cielo perdonarme!
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso dudáis, padre mío? -continuó
doña Beatriz-, cuando ya no sólo os he perdonado sino que lo he
olvidado todo, y cuando este joven, harto más infeliz que yo, os
respeta y venera como yo misma. ¿No es verdad, noble don Álvaro?
Acercaos, esposo mío, en la muerte, venid a decírselo vos mismo
para que el torcedor del remordimiento no atormente los escasos
días que de vivir le quedan. ¿No es verdad que le perdonáis?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, le perdono; ¡así me perdone Dios
la desesperación que me va a traer vuestra muerte!
    </p>
    

    <p>
     -¡La desesperación! -le dijo ella como
con asombro afectuoso-, ¿y por qué así? Nuestro lecho nupcial es un
sepulcro, pero por eso nuestro amor durará la eternidad entera.
¡Ah, don Álvaro!, ¿esperabais mejor padrino de nuestras bodas que
el Dios que va a recibirme en su seno?, ¿concierto más dulce que el
de las arpas de los ángeles?, ¿cortejo más lucido que el coro de
serafines que me aguarda?, ¿templo más suntuoso que el empíreo? Sí
vuestros ojos estuviesen alumbrados como los míos por un rayo de la
divina luz, seguro es que las lágrimas se secarían en ellos o que
las que corriesen serían de agradecimiento.
    </p>
    

    <p>
     Hizo aquí una breve pausa durante la
cual sus ojos se clavaron en los de su amante con expresión
singular y, por fin, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -Leyendo estoy en ese corazón hidalgo
como en un libro abierto. ¿No es verdad que querríais quedar en
este mundo con el título de mi esposo? Vuestra alma me ha seguido
por mi sendero de espinas y dolores, y ni aun en la muerte me
abandona. ¡Ah!, ¡gracias!, ¡gracias!... Padre mío -añadió
dirigiéndose al señor de Arganza-, y vos, reverendo abad, sabed que
yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno adornada de
tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague la llama de
mi vida.
    </p>
    

    <p>
     El abad, aunque poseído de
consternación, se acercó entonces, y como para templar un poco su
ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente era que una confesión
de ambos precediese a tan augusta ceremonia.
    </p>
    

    <p>
     -Tenéis razón -contestó ella-, pero he
aquí la mía, que bien puede decirse en alta voz. Yo he amado y
sufrido; cuantos beneficios han estado en mi mano esos he
derramado; cuantas lágrimas he podido enjugar esas he enjugado; si
alguna vez he odiado, sedme testigo de que me arrepiento y
perdono.
    </p>
    

    <p>
     -Otro tanto sé decir de mí -añadió don
Álvaro-, unos han sido nuestros sentimientos, una nuestra vida;
¡pluguiese al cielo que la muerte nos igualase del mismo modo!
    </p>
    

    <p>
     Don Alonso hizo entonces una señal al
abad para que se apresurase a dar fin a un acto que podía servir en
cierto modo de alivio a entrambos, y el anciano juntó la mano
poderosa de don Álvaro, con la débil y casi transparente de doña
Beatriz, y con voz conmovida pronunció las palabras del sacramento,
después de las cuales quedaron ya esposos ante el Dios que debía
juzgar al uno de ellos dentro de pocas horas. Las reflexiones que
enseguida les hizo fueron bien diferentes de las que en tales casos
se acostumbran, pero en lugar de hablarles del amor que podía
dulcificar las amarguras de su vida y hacerles más llevadero el
camino del sepulcro, sólo les puso delante las esperanzas de otro
mundo mejor, lo deleznable de las terrenas felicidades y el premio
inefable de la resignación y la virtud.
    </p>
    

    <p>
     Acabada la sagrada ceremonia, y cual
si hubiese sido un bálsamo para su llagado corazón, doña Beatriz
quedó muy sosegada y serena. A nadie engañó, sin embargo, esta
engañosa tregua de su enfermedad, y mucho menos a la llorosa
Martina que, sobradamente penetrada del riesgo inminentísimo de su
señora, no apartaba los ojos de ella ni un punto. Advirtió la
enferma su solicitud e inquietud dolorosa, y atrayéndola a sí por
la mano, y enjugándole con la suya las lágrimas que la atribulada
doncella no acertaba a contener, le dijo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre muchacha, que era más viva y
alegre que el cabritillo que trisca por estos montes! Un año entero
has pasado lleno de angustia y de pesares, sin que tu amor y tu
fidelidad se hayan desmentido ni un instante. Tu felicidad me ha
ocupado muchas veces, y ahora mismo quiero asegurártela por
entero.
    </p>
    

    <p>
     El llanto y los sollozos de la pobre
niña se redoblaron entonces, y no pudo articular ni una sola
palabra de agradecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Padre mío, a vuestra liberalidad la
encomiendo; mirad que he encontrado en ella toda la sumisión de una
sierva y el cariño de una hermana. Y vos, don Álvaro, dulce esposo
mío, tomadla a ella y a su futuro marido bajo vuestro amparo, pues
su lealtad y ternura hacia vos no han sido menores, y ya que el
mundo no se ha puesto de por medio en el camino de su sencilla
inclinación, gocen en paz una vida que tal vez hubiéramos gozado
nosotros, si hubiéramos vestido su humilde hábito. Y vosotros,
amigos míos -añadió dirigiéndose a los criados, porque todos habían
acudido a aquella escena de dolor, y la presenciaban como si se les
cayesen las alas del corazón-, fiel Nuño, honrado Mendo, a todos os
doy las gracias por el amor que me habéis mostrado, y a todos os
encomiendo igualmente a la generosidad de mi padre y de mi
esposo.
    </p>
    

    <p>
     Aquellas pobres gentes, y sobre todo
las mujeres, rompieron en alaridos y llantos tales que hubo que
echarlos de la estancia para que no perturbasen a la señora en sus
últimos instantes.
    </p>
    

    <p>
     A medida que el sol iba subiendo, las
ligeras nubes que había sembradas por el cielo se disiparon y, por
último, se quedó el firmamento tan azul y puro que, como en el 

     <title>
      Ensueño de Byron
     </title>
     , «Dios sólo se veía en medio
de él». El lago estaba terso y unido como un espejo, y sus riberas
silenciosas y solas, los pájaros del jardín habían callado también,
pero sus flores, con el seno desabrochado a los ardientes rayos del
sol, inundaban el aire de aromas que llegaban hasta el lecho de
doña Beatriz.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuántas veces -le dijo a don
Álvaro-, habrás comparado mis mejillas a las rosas, mis labios al
alhelí, y mi talle a las azucenas que crecen en ese jardín! ¿Quién
pudiera creer entonces que la flor de mi belleza y juventud se
marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la de los pensamientos
humanos!
    </p>
    

    <p>
     El hombre se figura rey de la
naturaleza y, sin embargo, él sólo no se reanima, ni florece con el
soplo de la primavera.
    </p>
    

    <p>
     La heredera de Arganza, lo mismo en
medio de sus vasallos que lejos de ellos, era la madre de los
menesterosos y el ángel consolador de las familias; la noticia de
su peligro llenó, por lo tanto, de desolación los pueblos de Lago,
Villarrando y Carucedo, de los cuales acudieron infinitas gentes a
la quinta.
    </p>
    

    <p>
     En una especie de plazuela que había
delante de la puerta principal se fueron juntando todos, y aunque
se les encargó el silencio, era tal su ansiedad que no podían
acallar un rumor sordo sobre el cual se alzaba de cuando en cuando
un grito de alguno recién venido, y que ignoraba el encargo, o de
otro que no podía reprimirse.
    </p>
    

    <p>
     Poco tardó en percibirlo doña Beatriz,
en cuyo corazón encontraban tanto eco todas las emociones puras, y
no pudo menos de enternecerse con aquella muestra de cariño, tan
sencilla y verdadera.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobres gentes! -dijo conmovida-, ¡y
cómo me pagan con creces el amor que les he mostrado! Cierto que me
echarán de menos más de una vez, pero este es uno de los mayores
consuelos que puedo recibir este instante.
    </p>
    

    <p>
     Entonces significó a su padre y al
abad por más extenso las mandas y dádivas que en su nombre se
habían de hacer, y manifestó al prelado con vivas expresiones su
agradecimiento por su amor paternal nunca desmentido y lo mismo al
anciano médico que en su larga enfermedad había mostrado un celo
que sólo la caridad podía encender en su corazón entibiado por los
años. Asimismo, encargó con el mayor encarecimiento que la
enterrasen en la capilla de la quinta, a orillas de aquel lago
retirado y tranquilo tan lleno de memorias para su corazón.
    </p>
    

    <p>
     No parecía sino que aquella existencia
de tantos adorada pendía en aquella ocasión de uno de los rayos
luminosos del sol, porque declinaba hacia su ocaso al compás del
astro del día. Púsose éste, por fin, detrás de las montañas, y
entonces doña Beatriz, levantando hacia él su lánguida mirada, dijo
a su esposo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Os acordáis del día que os
despedisteis de mí por primera vez en mi casa de Arganza? ¿Quién
nos dijera que el mismo sol que alumbró nuestra primera separación
había de alumbrar en tan breve espacio la postrera? No obstante, la
suerte se muestra más benigna conmigo en este instante, pues
entonces me apartaba de vuestro lado y ahora de entre los brazos de
mi esposo vuelo a los de Dios.
    </p>
    

    <p>
     Al acabar estas palabras inclinó
suavemente la cabeza sobre el hombro de don Álvaro, sin hacer
extremo ni movimiento alguno, como acostumbraba en los frecuentes
deliquios que padecía; pero pasado un rato, y viendo que no se
sentía su respiración, la apartó de sí azorado. El cuerpo de la
joven cayó entonces inanimado y con los ojos cerrados sobre la
cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el último
suspiro
    </p>
    

    <p>
     
............................................................................................................................................................
    </p>
    

    <p>
     En la misma noche despachó correos el
abad a Carracedo y al monasterio benedictino de San Pedro de
Montes, y a la mañana siguiente acudieron un crecido número de
monjes de entrambos, con lo cual pudo hacerse el entierro de la
malograda joven con toda la suntuosidad correspondiente a su clase.
Don Álvaro, que desde que vio muerta a su esposa se encerró en un
silencio pertinaz, se empeñó en acompañar su cadáver a la capilla.
Durante el oficio estuvo tranquilo, aunque echando de cuando en
cuando miradas vagarosas al féretro y a la concurrencia, pero
cuando llegó el caso de depositar en el sepulcro aquellos restos
inanimados, dando un tremendo alarido se precipitó para arrojarse
en él. Acudieron al punto los circunstantes y le detuvieron mal su
grado. Viendo entonces burlado su intento se desasió de sus brazos
y sin cesar en sus alaridos y con todas las trazas de un demente
corrió con planta ligera a emboscarse en lo más cerrado del monte a
la parte de las Médulas. Su razón había sufrido un fiero golpe, y
al cabo de algunos días, el fiel Millán le encontró en una de las
galerías de las antiguas minas con el cabello descompuesto y la
ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó a la quinta donde
aplicándole muchos remedios volvió pronto a su juicio al cabo de
algunos días. En cuanto se vio libre de su acceso rogó que le
dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron fuertemente,
temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien cerrado,
desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas y tan
concertadas fueron las razones que dio, que al cabo hubieron de
dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura
y en oración ferviente pasó más de una hora; besó, por último, la
losa, y levantándose en seguida, sin pronunciar palabra, ni hacer
extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante
caballo se partió de la quinta sin despedirse de don Alonso y
seguido de Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al
rumor de su enfermedad y locura acudieron desalados a la
quinta.
    </p>
    

    <p>
     Apenas llegó a Bembibre hizo dejación
de todos los bienes que poseía en feudo y, mejorando
considerablemente la herencia de su escudero, repartió lo demás
entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho esto, una mañana le
buscaron por todo el castillo y no apareció; lo único que se había
llevado consigo era el bordón y sayal de peregrino de uno de sus
antepasados que había ido a la Tierra Santa en aquel hábito, y para
memoria se guardaba en una de las piezas del castillo. De aquí
dedujeron unos que él también se habría encaminado a Palestina,
otros que no era allí sino a Santiago de Galicia donde iba con
ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de aquella tierra, y
no faltó, por último, quien dijo que la locura había vuelto a
apoderarse de él.
    </p>
    

    <p>
     El señor de Arganza, por su parte,
sobrevivió poco a su interesante y desdichada hija, como era de
esperar de sus años y de su profunda aflicción. Con su muerte se
extinguió aquella casa ilustre que pasó a unos parientes muy
lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de la vanidad, de
la ambición y de los peligros que suelen acompañar a la infracción
de las leyes más dulces de la naturaleza.</p>
		</div>
	</body>
	<back>
		<div type="liminal">
		<head>Conclusión</head>
		<p>El manuscrito de que hemos sacado esta
lamentable historia anda muy escaso en punto a noticias sobre el
paradero de los demás personajes, en cuya suerte tal vez no
faltarán lectores benévolos que se interesen. Por desgracia, no
pocos de ellos eran viejos cuando les conocimos, y así el
manuscrito ya citado se contenta con decirnos que después de la
extinción final del Temple que Clemente V decretó en el concilio de
Viena, no por vía de sentencia, sino como providencia de buen
gobierno, la mayor parte de los caballeros fueron destinados a
monasterios de diferentes órdenes, y entre ellos el anciano maestre
de Castilla, don Rodrigo Yáñez, vino a concluir sus breves días a
Carracedo. Díjose, y no sin fundamento, que la desgracia de su
sobrino, añadida a los infinitos pesares que le había traído el
triste fin de su orden, acortó el hilo de su vida. El buen abad
tardó poco en seguirle colmado de bendiciones por todos sus
vasallos a quienes miraba como a hijos.</p>
		<p>Por lo que hace al comendador Saldaña,
fiel a su propósito, abandonó la Europa degenerada y cobarde, como
siempre la llamaba, y pasó a Siria, donde acabó sus días en una
revuelta de los cristianos oprimidos que acaudillaba. En resumen,
el tal manuscrito no parece sino un libro de defunciones, porque,
según él, hasta el mismo Mendo, el palafrenero, fue víctima de una
apoplejía fulminante que le trajo su obesidad cada vez mayor.</p>
		<p>De la suerte posterior del señor de
Bembibre, de la linda Martina, de Millán y de Nuño, nada más de lo
que sabemos contenía; pero en el año pasado de 1842, visitando en
compañía de un amigo las montañas meridionales del Bierzo, hicimos
en el archivo del monasterio de San Pedro de Montes un hallazgo de
grandísimo precio sobre el particular que nos aclaró todas nuestras
dudas. Era el tal una especie de códice antiguo escrito en latín
por uno de los monjes de la casa, pero como los sucesos que en él
se refieren exigen cierto conocimiento de los lugares, nuestros
lectores pueden perdonarnos, mientras les enteramos de lo más
preciso, haciéndose cargo de que habiendo tenido paciencia para
seguirnos hasta aquí, bien pueden decir con el refrán vulgar «donde
se fue el mar que se vayan las arenas».</p>
    <p>El monasterio de San Pedro de Montes
es antiquísimo, pues se remonta su origen a San Fructuoso y San
Valerio, santos ambos de la época gótica, y su restauración,
después de la invasión sarracénica, pertenece a San Genadio, obispo
de Astorga, cuya es la iglesia que aún en día se conserva, con
traza de durar no pocos años. Su situación, en medio de las
asperísimas sierras que ciñen el Bierzo por el lado de mediodía,
revela bien el terrible ascetismo de sus fundadores, pues está
montado sobre un precipicio que da al riachuelo Oza y por todas
partes le cercan montes altísimos, riscos inaccesibles y oscuros
bosques. El rumor de aquel arroyo, encerrado en su hondísimo y
peñascoso cauce, tiene un no sé qué de lastimero, y los pájaros que
comúnmente se ven son las águilas y buitres que habitan en las
rocas. El pico de la Aguiana, cubierto de nieve durante siete u
ocho meses y el más alto de todos los del Bierzo, domina el
monasterio casi a vista de pájaro y dista poquísimo por el aire,
pero son tales los derrumbaderos que por aquel lado lo cercan, que
el camino para llegar allá tiene que serpentear en la ladera por
espacio de más de una legua y tomar además grandes rodeos. Esta
montaña es muy pelada, pero está cubierta de plantas medicinales y
tiene en su misma cresta una ermita medio enterrada a causa de las
nieves y ventarrones, en que se adoraba, hasta la extinción del
monasterio, la imagen de Nuestra Señora de la Aguiana, cuya función
se celebraba el 15 de agosto y era concurridísima romería.</p>
    <p>La vista que desde aquella altísima
eminencia se descubre es inmensa, pues domina la dilatada cuenca
del Bierzo llena de accidentes a cual más pintorescos y hermosos, y
desde allí se extiende la mirada hasta los tendidos llanos de
Castilla por el lado de oriente, y por el occidente hasta el valle
de Monterrey, semiadentro de Galicia. La Cabrera, altísima y
erizada de montañas, le hace espalda, y es, en suma, uno de los
puntos de vista más soberbios de que puede hacer alarde España, a
pesar de que el lago de Carucedo y los barrancos y picachos
encarnados de las Médulas, adornos de los más raros y preciosos que
el Bierzo tiene, desaparecen detrás de las vecinas rocas de
Ferradillo. Este, sin embargo, es pequeño inconveniente, porque
están situadas a corta distancia de la ermita, y con un paseo se
puede gozar de la perspectiva de entrambos objetos.</p>
    <p>Hechas, pues, estas explicaciones que
hemos juzgado necesarias, volvamos al códice latino cuyas palabras
vamos a traducir fielmente haciendo antes una profunda cortesía a
nuestros lectores en señal de despedida, ya que después de ellas,
nada podemos contarles de nuevo. Dice así:</p>
    
	<p>«Por los años de 1320, ocho después
que el santo padre Clemente V, de santa memoria, disolvió la orden
y caballería del Temple, acaeció que un peregrino que volvía a
visitar el sepulcro del Salvador, mal perdido por los pecados de
los fieles, apareció en la portería de esta santa casa, y habiendo
pedido que la llevasen a la cámara del abad, así lo hicieron. Largo
rato duró la plática con su reverencia, la cual, al cabo, vino a
dar por resultado que el forastero de todo el mundo desconocido
tomase el hábito del glorioso patriarca San Benito a los dos días,
con grande admiración de todos nosotros; pero el abad con quien,
según oímos de sus labios, se había confesado el peregrino, pasó
por encima de todos los trámites y requisitos acostumbrados para
entrar en religión, y nos impuso silencio con la voz de su
autoridad. El nuevo monje podía tener como hasta treinta y dos
años, era alto, bien dispuesto y de hermosas facciones, pero las
penitencias, sin duda, y tal vez los disgustos le doblaban la edad
al parecer. Era muy austero y taciturno, y su aire a veces parecía
como de quien en el siglo había sido un poderoso de la tierra.
Esto, sin embargo, no dañaba a la modestia y suavidad de trato que
con todos usaba, si bien por muy poco tiempo disfrutamos el suyo.
</p>
    <p>
     Pocos días antes de su misteriosa
llegada había fallecido el ermitaño de la Aguiana, santo varón muy
dado a la penitencia; pero como la ermita está cubierta de nieve
gran parte del año, y la cerca tan grande soledad y desamparo,
ninguno se sentía con fuerzas para vida tan áspera y rigurosa.
Comoquiera, el nuevo religioso no bien se hubo enterado de lo más
necesario al reciente estado, se partió con consentimiento del abad
a morar en la ermita, dejando avergonzada nuestra flaqueza con su
valerosa resolución. Era esto a principios del otoño, cuando caen
en aquella eminencia las primeras nieves, y nubarrones casi
continuos comienzan a ceñirla como un ropaje flotante, pero sin
arredrarse por eso, tomó posesión al punto de su nuevo cargo.
    </p>
    

    <p>
     Los resplandores de su virtud y
caridad no pudieron estar largo tiempo ocultos, y así pronto se
convirtió en el ídolo de la comarca. Partía con los pastores pobres
su escasa ración de groseros alimentos, y cuando se arrecían con el
frío, les cedía la porción de vino que le daban en el convento y
que sin duda sólo recibía con este objeto, pues nunca lo llegaba a
los labios. Acontecía algunas veces que una res vacuna o alguna
cabra se perdía a boca de noche en aquellas soledades, y él
entonces, a trueque de ahorrar a su dueño un disgusto de su
pérdida, salía de la ermita pisando nieve endurecida y la llevaba
al pueblo a riesgo de ser devorado de los lobos, osos y otras
alimañas de que tan gran abundancia se cría en estas breñas.
    </p>
    

    <p>
     Con estas y otras buenas obras, de tal
manera se llevó tras sí el respeto y los corazones de esta gente
sencilla, que sus palabras eran para ellos como las que Moisés oyó
de boca del Señor en el monte Oreb. Él los consolaba en sus
aflicciones, componía sus diferencias, les daba instrucciones para
sus cacerías como persona muy entendida, y era, por fin, como la
luz de estas oscuras y enriscadas asperezas.
    </p>
    

    <p>
     Los fríos del invierno y el rigor de
sus penitencias acabaron de destruir su salud ya quebrantada; así
es que la dulce estación de la primavera no le restauró en manera
alguna. Sin embargo, salía muy a menudo de la ermita, y paseando,
aunque con trabajo, llegaba a las rocas de Ferradillo, desde donde
se registran las cárcabas y pirámides de las Médulas y el plácido y
tranquilo lago de Carucedo. Allí se pasaba las horas como arrobado,
y hasta que declinaba el día casi nunca volvía a su estrecha celda.
El abad, viendo cómo decaían sus fuerzas, le rogó repetidas veces
que dejase vida tan penosa y bajase a recobrarse al monasterio,
pero nunca lo pudo recabar de él.
    </p>
    

    <p>
     Por fin la noche antes de los idus de
agosto (14) víspera de la función de la Virgen de la Aguiana, se
oyó tocar a deshora la campana del ermitaño con gran prisa, como
pidiendo socorro. Alborotóse con esto no sólo la comunidad, sino el
pueblo entero, y apresuradamente subieron a la ermita, pero por
prisa que se dieron, cuando llegaron los delanteros ya le
encontraron muerto. Grandes llantos se hicieron sobre él, pero
aunque registraron su pobre ajuar no encontraron sino una cartera
destrozada, con una porción de páginas desatadas al parecer y sin
concierto, llenas de doloridas razones y sembradas de algunas
tristísimas endechas, por las cuales nada podían rastrear sobre el
nombre y calidad del desconocido.
    </p>
    

    <p>
     Al otro día, según dejamos dicho, era
la romería de Nuestra Señora, y tanto para que recayesen sobre el
difunto las oraciones de los fieles, cuanto por ver si había alguno
que le conociese entre aquel numeroso concurso, lo pusieron en unas
andas tendidas de negro a los pies de la ermita, amortajado con su
propio hábito y con la cartera de seda encima.
    </p>
    

    <p>
     Las gentes que vinieron aquel año
fueron muchísimas, pero entre ellas llegó una familia que por el
vistoso arreo de su traje llamaba la atención. Componíase de un
anciano que pasaba ya de los sesenta; de un mozo como de treinta y
dos, muy gallardo; de una mujer como de veinticinco, rubia, de ojos
azules y tez blanca, de extraordinaria gracia y gentileza, que
traía de la mano, después que se apearon de sus yeguas, una niña
como de siete años, con una túnica blanca de lienzo y una gran vela
de cera en la mano. La especie de mortaja que la cubría, la ofrenda
que llevaba en la mano, y más que todo su color un poco quebrado,
pero que en nada menguaba su hermosura de ángel, daban a conocer
que venía con sus padres a cumplir algún voto hecho a la Virgen en
acción de gracias, por haberla sacado de las garras de la muerte en
alguna enfermedad no muy lejana. Era una familia en cuya vista se
recreaba el ánimo involuntariamente, porque se conocía que la paz
del corazón y los bienes de fortuna contribuían a hacerlos dichosos
en este valle de lágrimas.
    </p>
    

    <p>
     Los cuatro, pues, entraron en la
ermita, y viendo tanta gente agolpada alrededor del muerto, se
acercaron también, llevados a un tiempo de la curiosidad y de la
piedad. Trabajo les costó romper el cerco de aldeanos para rodear
aquel humilde ataúd, pero apenas llegaron a él los dos jóvenes
esposos, cuando fijando ella la vista en la cartera y él en el
semblante del muerto, se pintó en sus rostros a un mismo tiempo la
sorpresa y el terror. Estaba la cartera muy descolorida, como si
sobre ella hubiesen caído muchas gotas de agua, y el cadáver, como
es uso entre los monjes, tenía cubierto el rostro hasta la barba
con la capucha; pero así y todo, y con la seguridad que una voz
interior les daba, abalanzóse él a descubrir la cara del muerto, y
ella se apoderó con ansia de la cartera que comenzó a
registrar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Virgen santísima de la Encina!
-exclamó la mujer dando un descompasado grito-, ¡la cartera de mi
pobre y querida ama doña Beatriz Ossorio!
    </p>
    

    <p>
     -Dios soberano -gritó él, por su
parte, abrazándose estrechamente con el cadáver-, ¡mi amo, mi
generoso amo, el señor de Bembibre!
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién decís? -exclamó el viejo
atropellado por la gente, ¿el esposo de aquel ángel que yo vi nacer
y morir?
    </p>
    

    <p>
     Los tres entonces, asiéndose de las
manos y del hábito del difunto, comenzaron un tierno y doloroso
llanto, en que muchos de los circunstantes conmovidos, a vista del
no pensado caso, no tardaron en acompañarles.
    </p>
    

    <p>
     -Madre -preguntó la niña con ojos
llenos también de lágrimas y medio aturdida con lo que veía-, ¿es
éste aquel señor tan bueno de que hablas tantas veces con mi
padre?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, Beatriz mía, hija de mi alma
-exclamó su madre alzándola en sus brazos-, ese es vuestro
bienhechor. Besa, alma mía, besa el hábito de ese santo, porque si
esta Virgen divina te ha concedido la salud y guardándote a nuestro
amor, fue porque él sin duda se lo pedía.
    </p>
    

    <p>
     Los romeros entonces dijeron ser Nuño
García, montero que había sido del señor de Arganza; Martina del
Valle, camarera de su hija doña Beatriz, y Millán Rodríguez,
escudero y paje de lanza de don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre que
era el que allí muerto a la vista tenían. En esto llegó el abad de
esta santa casa vestido con ropa de iglesia para bajar en procesión
la santa imagen, según era costumbre, y diciendo muchas palabras de
consuelo a los afligidos criados, les aseguró ser cierto lo que
veían y creían. Don Álvaro, según lo que contó, había ido a meterse
fraile a un convento de la Tierra Santa, pero habiéndolo entrado
los infieles a saco antes de cumplir el año del noviciado, fatigado
del deseo de la patria, y atraído por la sepultura de su esposa,
había venido a Montes donde había confiado todas esas cosas al abad
bajo secreto de confesión, hasta que otro no descubriese su
nombre.
    </p>
    

    <p>
     Comoquiera, el pesar que aquellas
gentes recibieron fue muy grande, y aun Millán pidió que le dejasen
llevar el cuerpo a Bembibre, pero el abad no lo consintió, así por
no ir contra la voluntad expresa del difunto, que quería ser
enterrado entre sus hermanos, como porque creía que sus reliquias
habían de traer bien a este monasterio. A los huéspedes los agasajó
y regaló con mucho amor, y en especial al viejo Nuño a quien vio
afligidísimo el día del entierro de doña Beatriz, y cobró afición
muy particular desde entonces por su lealtad. El pobre montero,
viejo ya y sin familia, se vio desamparado de todo punto cuando se
acabó la casa de su amo, dado que rico con sus mandas y larguezas,
y se fue a vivir con Martina y Millán en cuya casa pasaba los
últimos años de su vida muy querido y estimado. Al cabo de dos días
se volvieron todos a Bembibre, donde vivían bien y holgadamente,
colmados de regalos y finezas.</p>

    <p>Tal fue este extraño suceso, que me
pareció conveniente asentar aquí, y que duró mucho tiempo en la
memoria de estas gentes. De los ya nombrados criados, tengo oído
decir a muchas personas que aunque vivieron muy dichosos, rodeados
de hijos muy hermosos y bien inclinados, y muy ricos para su clase,
sin embargo, aun pasados muchos años, se les anublaban los ojos en
lágrimas cuando recordaban el fin que tuvieron sus buenos amos, y
sobre todo el señor de Bembibre.»</p>
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</text>
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