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            <title>El espadachín. Narración histórica del motín de Madrid en 1766 : Edición ELTeC</title>
            <author>Barreras, Antonio (-)</author>
            <respStmt>
                <resp>Edición ELTeC</resp>
                <name>Borja Navarro Colorado</name>
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        </titleStmt>
        <extent>
            <measure unit="words">128636</measure>
            <measure unit="pages">258</measure>
        </extent>
        <publicationStmt>
<publisher ref="https://distant-reading.net">COST Action "Distant Reading for European Literary History" (CA16204)</publisher>
<distributor ref="https://zenodo.org/communities/eltec/">Zenodo.org</distributor><date when="2021-04-09"/>
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        <sourceDesc><bibl type="firstEdition">
          <pubPlace>Madrid</pubPlace>
          <date>1880</date>
          <publisher>Imprenta de P. Abienzo</publisher>
          <ref target="http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.cmd?id=22744">Biblioteca Digital de Castilla La Mancha</ref>
        </bibl><bibl type="digitalSource"> 
          <publisher>Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Saavedra</publisher>
          <pubPlace>Universidad de Alicante</pubPlace>
          <idno>1202</idno>
          <ref target="http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-espadachin-narracion-historica-del-motin-de-madrid-en-1766--0/"/>
          <date when="2004"/>
          <respStmt>
            <resp>Corrección del texto, etiquetado XML-TEI y edición Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes</resp>
            <name>Alex Bia</name>
            <name>Ana López Díaz</name>
            <name>Sonia Jover Sánchez</name>
          </respStmt>
        </bibl></sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc n="eltec-1">
      <p/>
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        <langUsage>
            <language ident="SPA">Español</language>
            <language ident="LAT">Latín</language>
            <language ident="FRA">Francés</language>
            <language ident="ITA">Italiano</language>
        </langUsage>
        <textDesc>
            <authorGender xmlns="http://distantreading.net/eltec/ns" key="M"/>
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    </profileDesc>
    <revisionDesc>
<change when="2021-04-09">Converted by checkUp script for new release</change>
<change when="2020-11-14">Converted by checkUp script for new release</change>
      <change when="2020-04-23">Anotación formato ELTeC y correcciones varias: Borja Navaro Colorado</change>
    </revisionDesc>
  </teiHeader>
  <text>
  <front>
    <div type="titlepage">
        <p>El espadachín</p>
        <p>narración histórica</p>
        <p>del motín de Madrid de 1766</p>
        <p>por</p>
        <p>Antonio Barreras</p>
        <p>Madrid 1880</p>
        <p>Imprenta de P. Abienzo,</p>
        <p>calle de San Andrés, 20 y Paz, 6.</p>
   </div>
  </front>
  <body>
    <div type="chapter" n="SPA3012001">
    

    <head>
     Capítulo I
    </head>
    

    <head>
     Donde se dan noticias al lector acerca del agua
del famoso aljibe del convento de Valverde
    </head>
    

    <p>
     A un cuarto de legua al Noroeste del
pueblo de Fuencarral existe todavía el monasterio de Valverde, en
el fondo de una campiña severa y desnuda en la actualidad; pero que
en la época a que esta narración se refiere, se hallaba cubierta de
exuberante vejetación, al calor de la prodigiosa actividad que los
monjes imprimían a la comarca de su residencia.
    </p>
    

    <p>
     Entre la suma de gracias temporales
que la conventual mansión debía al Todopoderoso, se contaba una,
que no por modesta, dejaba de ser de inapreciable estimación, tanto
para los regulares que allí esperaban sin impaciencia el término de
las miserias de la vida, como para los viajeros que, arrebatados
por el huracán de las pasiones del siglo, se detenían algunos
momentos en el peristilo del santo lugar.
    </p>
    

    <p>
     Aludimos al agua del aljibe del
convento.
    </p>
    

    <p>
     El cristalino fluido, además de
conservar hasta en los meses estivales frescura extraordinaria, y
de carecer en absoluto de todo olor, color y sabor, poseía una
cualidad verdaderamente maravillosa.
    </p>
    

    <p>
     Por la misericordia de Dios no había
ejemplo de que el agua de aquel aljibe hubiera ejercido influencia
nociva en el aparato respiratorio, o en el tubo digestivo del
sediento, cualesquiera que fuesen la abundancia de su traspiración
en el instante de la absorción, y el exceso de la cantidad
absorbida.
    </p>
    

    <p>
     El origen de tan rara virtud se perdía
en los tiempos de la erección del monasterio. Una veneranda
tradición aseguraba que un reverendo prelado, que en calurosa tarde
de Agosto llamó febril a la puerta del convento, visitó el aljibe
cuando iba acaso a sucumbir a la doble tortura de la fatiga y de la
sed.
    </p>
    

    <p>
     No podría expresar humana pluma el
inefable consuelo que el buen obispo encontró en el diáfano y
fresco líquido que acercó a los labios. Una, diez y veinte veces
apuró con avidez el contenido del vaso apenas extraído, vertiendo
perlas argentinas de la plácida superficie del agua; y sólo cuando
la plenitud del refrigerio hubo vuelto la calma al cuerpo y la paz
al espíritu, pudo el digno prelado expresar el pensamiento de que
no recordaba haber disfrutado jamás otra felicidad semejante.
    </p>
    

    <p>
     La gratitud del peregrino pastor hacia
aquellas saludables aguas, no se limitó a las indicadas palabras.
El prelado antes de retirarse bendijo el aljibe y arrojó en las
límpidas ondas el anillo canónico que a la sazón llevaba.
    </p>
    

    <p>
     Ocioso sería añadir que en limpiezas
posteriores se buscó con empeño tan preciosa reliquia; pero el agua
del aljibe debió apresurarse a disolver y asimilarse el valioso
tesoro que le había sido confiado, porque todas las investigaciones
fueron infructuosas.
    </p>
    

    <p>
     Y como el insigne varón falleció más
tarde en olor de santidad, y para ser beatificado y canonizado sólo
le faltó acaso un poco más de celo patriótico por parte de los
reyes de España, y algo menos de prevención casuística por parte de
los purpurados de las congregaciones de Sixto V, la bondad
infalible del aljibe de Valverde quedó establecida para
siempre.
    </p>
    

    <p>
     Tanto por la situación aislada del
monasterio como por el número nunca excesivo de los monjes, la más
tranquila somnolencia imperaba habitualmente en el templo, en el
coro, en el refectorio, en los claustros y en las celdas.
    </p>
    

    <p>
     En el momento de principiar nuestra
historia había algo, sin embargo, que parecía prestar animación a
la santa casa conventual.
    </p>
    

    <p>
     Quizá fuese el motivo que se acercaba
el primer plenilunio de la primavera de 1766 y, como es sabido, ese
es el tiempo en que la Iglesia celebra las solemnidades
conmemorativas de la pasión del Redentor.
    </p>
    

    <p>
     Acaso fuera la causa la reciente
instalación del reverendo procurador provincial de la Compañía, él
cual convaleciente de una penosa enfermedad, se había acojido a la
hospitalidad del monasterio, en demanda de su agua saludable y de
los purísisimos aires de la vecina sierra.
    </p>
    

    <p>
     Tal vez ocasionara el hecho la suma de
ambas circunstancias.
    </p>
    

    <p>
     Nos limitaremos a exponer al buen
criterio del lector esas ligeras indicaciones acerca de un fenómeno
tan poco frecuente en Valverde, en consideración a que por nuestra
parte no podríamos aventurar una explicación fundada en ningún
documento auténtico que, a la verdad, no hemos encontrado.
    </p>
    

    <p>
     Acababa de lanzar tardamente al
espacio diez notas plañideras la cascada campana del reloj, cuando
se abrió una de las ventanas mis elevadas del convento, por la
parte de la cordillera de Somosierra, y aparecieron dos bustos
humanos.
    </p>
    

    <p>
     La cabeza, perteneciente al primero,
era pálida, delgada y barbilampiña: tenía el honor de formar parte
del cuerpo del padre procurador, de que antes hemos hablado. La
cabeza correspondiente al segundo busto era, por el contrario,
rolliza, atezada y barbuda: descansaba en los robustos hombros de
un seglar llegado al monasterio en la misma mañana en que nuestra
narración principia.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos de ambos personajes tomaron
idéntica dirección apenas la vidriera giró sobre sus goznes.
    </p>
    

    <p>
     El punto que fijaba la atención de los
observadores era un ramillete de olmos seculares, situado a cien
pasos del convento. Bajo las frondosas copas de aquellos jigantes
de la vejetación, había tres mesas rodeadas de una docena de
sillas.
    </p>
    

    <p>
     -El bosquecillo está desierto
-pronunció a media voz el procurador provincial-; pero he allí dos
viandantes que pudieran muy bien buscar la sombra de los álamos
negros.
    </p>
    

    <p>
     En efecto, dos ginetes, que acababan
de dejar el camino de Fuencarral, se adelantaban al trote largo de
los rocines que montaban, en la dirección de los olmos.
    </p>
    

    <p>
     -¡No se equivoca Nuestra paternidad
-contestó el barbudo compañero del procurador-; en el sombrero gris
del mejor montado de los ginetes reconozco a Pedro Gamonal, el
valentón de la Puente segoviana.
    </p>
    

    <p>
     -Buen continente, señor de
Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Que no deshonra su propietario.
    </p>
    

    <p>
     -¿Distingue su merced las facciones
del sugeto que monta el rucio que sigue al tordo del valentón?
    </p>
    

    <p>
     -No, por vida mía; pero el
conocimiento que tengo de las intimidades de Gamonal, me permite
adivinar su compañero.
    </p>
    

    <p>
     -Según eso...
    </p>
    

    <p>
     -No puede ser otro que Diego Abendaño.
Si vuestra paternidad se encuentra alguna vez en relaciones
directas con el del rucio, podrá jactarse de conocer al hombre más
osado del pueblo donde rodó la cuna de Dulcinea.
    </p>
    

    <p>
     -Nuevos viajeros -repuso el procurador
provincial, dirigiendo a otro punto la visual-: allí se acerca un
calesín erizado de campanillas.
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a esos-añadió Salazar-, el
vehículo nos exhibe la partida de bautismo: son Juan el malagueño y
Simón Bernardo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Gente del bronce?...
    </p>
    

    <p>
     -Pero del temple del acero: puedo
asegurárselo a vuestra paternidad, porque entiendo algo de
metalurgia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, muy bien; otro ginete, señor de
Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Dos, podría decir mejor vuestra
paternidad; porque acaba de aparecer el segundo en la bifurcación
del camino de Colmenar Viejo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién es el de la capa de grana?
    </p>
    

    <p>
     -Todo un caballero; el mismísimo
Eulogio Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Expléndido porte! Más modesto parece
el del cabalgador que vuestra merced ha descubierto por el lado de
Colmenar.
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad: no me atrevería a
asegurar que no hubiera en la capa que lleva más de un remiendo;
pero ya sabe vuestra paternidad que precisamente debajo de las
malas capas es donde suelen ocultarse los buenos bebedores.
    </p>
    

    <p>
     -¿El nombre de ese remendado
bebedor?...
    </p>
    

    <p>
     -Si vuestra paternidad se refiere al
apellido patronímico, me pone en un verdadero conflicto; pero si me
pregunta el nombre de guerra, puedo decirle que se llama el
Pajaritón.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Salazar, imagino que si el
coche de colleras que acaba de entrar en la cañada no trae
desocupado algún asiento, va a estar completo el número de los
adeptos de vuestra merced.
    </p>
    

    <p>
     -He ahí una cosa de que en breve vamos
a convencernos, porque parece que el carruaje no trata de pasar más
adelante, y la portezuela se abre sin el auxilio del mayoral. Esos
bravos mozos tienen la costumbre de servirse a sí mismos.
    </p>
    

    <p>
     -Ágil es el primero que salta en
tierra: no ha puesto el pié en el estribo.
    </p>
    

    <p>
     -Si vuestra paternidad concurriera al
circo taurino, hubiera reconocido a Pancho Lacambra.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es negro el que le sigue?
    </p>
    

    <p>
     -No por cierto; pero es poco limpio.
Comercia en carbones con escasa fortuna. Botija le apellidan, no sé
si a causa de su excesivo volumen.
    </p>
    

    <p>
     -Lleno estaba el carruaje: todavía hay
dentro dos individuos que se disputan la salida.
    </p>
    

    <p>
     -Del mismo modo se habrán disputado la
entrada. Los reconozco en ese detalle. Son Trifón Falset y Santos
Pujol. Los únicos días en que no se querellan son aquellos en que
el acaso no los pone en contacto.
    </p>
    

    <p>
     Los dos sugetos en cuestión lograron
al fin salir al mismo tiempo por la portezuela del coche con
notable detrimento de las ropas; y apenas pusieron el pie en la
pradera se enseñaron mutuamente los trémulos puños a cuatro dedos
de la nariz.
    </p>
    

    <p>
     El procurador volvió la cabeza hacia su interlocutor, y dijo
requiriendo la caja de rapé:
    </p>
    

    <p>
     -Veo que no había la menor hipérbole
en la puntualidad que vuestra merced concedía a sus comensales.
    </p>
    

    <p>
     -Me complazco en que vuestra
paternidad les dispense justicia -contestó inclinándose el
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Ea, pues, señor de Salazar: ya que
esos excelentes individuos no han hecho esperar a vuestra merced,
no sea vuestra merced quien les haga esperar a ellos. Vaya a
solventar sus asuntos en el bosquecillo, y torne con buenas
noticias y no peor apetito para compartir conmigo un almuerzo más o
menos ligero. Tenemos que conferenciar de sobremesa largo y
tendido.
    </p>
    

    <p>
     -Es de creer que antes de media hora
tenga el honor de ponerme a las órdenes de vuestra paternidad.
    </p>
    

    <p>
     Salazar se compuso la capa en los
hombros, atrajo al costado la guarnición del espadín de luces,
recogió el sombrero que yacía en un sitial, y salió de la
habitación.
    </p>
    

    <p>
     Los recién llegados entretanto se iban
instalando en las sillas colocadas bajo los olmos.
    </p>
    

    <p>
     Los trajes de aquellos hombres no
hubieran tenido precio para el anticuario que se propusiese formar
un museo etnográfico de las clases madrileñas media y baja en los
últimos años del segundo tercio del siglo XVIII. Allí habría
encontrado sombreros y cachuchas de todas formas; capas de todos
cortes; casacas, caleseras, chupas y chupetines de todas clases;
gregüescos, calzones, medias y calcetines de todas confecciones; y
botas, zapatos y pantuflos de todo género.
    </p>
    

    <p>
     Las armas cortas no podían verse
representadas en la colección, al menos ostensiblemente, porque
había sido prohibido usarlas por recientes pragmáticas; pero los
ejemplares de las armas largas tanto cortantes y punzantes como
contundentes, eran de primer orden: lo mismo las espadas de más de
marca arrastradas por Abendaño y Gamonal, que el estoque y el
verduguillo, ceñidos por el Pajaritón y Carrillo: lo mismo los
gruesos y ferrados bastones de cañas de Indias empuñados por
Lacambra y Botija, que las varas sin desbastar atravesadas en los
cintos del malagueño y de Bernardo.
    </p>
    

    <p>
     Por lo demás, en vano se hubiera
paseado detenidamente la linterna de Diógenes por todos aquellos
personajes para encontrar un rostro simpático.
    </p>
    

    <p>
     Desde que los primeros viandantes se
acogieron a la sombra de los árboles, dos legos del convento,
frescos y risueños, se habían apresurado a poner sobre las mesas
porrones con el dorado pardillo de las viñas de la comunidad, y
jarras y búcaros con el agua incomparable del aljibe.
    </p>
    

    <p>
     Fuera la que quisiera, sin embargo, la
excelencia del agua, el culto que los historiadores deben rendir a
la verdad, nos obliga a decir que entre los nuevos pobladores de la
arboleda, el vino encontró más aceptación.
    </p>
    

    <p>
     Los legos no cesaban de reconducir al
convento los porrones vacíos, pero como si un mal genio se hubiera
propuesto renovar en ellos el suplicio de Sísifo, cuantas vetes
volvían al bosquecillo con las vasijas llenas encontraban
desocupadas las que antes habían aportado.
    </p>
    

    <p>
     La repetición de las libaciones no
tardó en producir su ordinario efecto fisiológico. A los pocos
minutos todos los bebedores hablaban a la vez; y tan elevado
diapasón llegó a adquirir la algarabía bajo los olmos, que no quedó
un pájaro en sus frondosas copas.
    </p>
    

    <p>
     Tal era la situación cuando el
interlocutor del religioso salió del monasterio, dirigiéndose con
mesurado paso al lugar de la conferencia.
    </p>
    

    <p>
     Apenas le divisó uno de los individuos
de la reunión, dio el grito de alerta. Todos se pusieron en pie, y
el silencio se restableció como por ensalmo.
    </p>
    

    <p>
     Salazar levantó el sombrero, y volvió
a cubrir se la frente pronunciando:
    </p>
    

    <p>
     -Bien venidos sean los
correligionarios de la buena causa.
    </p>
    

    <p>
     -Salud para nuestro noble Anfitrión
-contestó el de la capa de grana, arrogándose la representación de
sus compañeros.
    </p>
    

    <p>
     -Nada de corcovas, señores -se
apresuró a añadir Salazar, atajando las profundas manifestaciones
de respeto que se le tributaban-. Sírvanse ustedes tomar asiento; y
con el fin de que nuestra conferencia revista menos carácter de
intimidad para los ojos indiscretos conviene que nos distribuyamos
entre las tres mesas. No es en manera alguna necesario que se
crucen nuestras miradas: basta con que nuestros oídos escuchen
atentamente lo que tengamos que comunicarnos.
    </p>
    

    <p>
     La instrucción del caballero fue
seguida al pie de la letra. Los circunstantes se sentaron,
volviéndose la espalda muchos de ellos; y en breve no se oyó otro
rumor en el bosquecillo que el de las hojas en flor de los olmos
acariciadas por la brisa del Guadarrama.
    </p>
    

    <p>
     Los porrones y los vasos, después de
sus frecuentes ascensiones, se posaban sobre la superficie de las
mesas, tan insensible y vaporosamente como si fueran conducidos por
la mano de un silfo.
    </p>
    

    <p>
     Salazar se instaló en la misma mesa en
que estaban Carrillo, Abendaño y Gamonal, esto es, la aristocracia
de la reunión, y articuló con tono solemne:
    </p>
    

    <p>
     -El capataz del barrio de Avapiés
tendrá a bien exhibirme la lista de su recluta.
    </p>
    

    <p>
     Un papel, que partió de la tercera
mesa, llegó de mano en mano a la de Salazar.
    </p>
    

    <p>
     Aquel papel contenía una relación de
veinte nombres, que el caballero recorrió con la vista de arriba a
abajo.
    </p>
    

    <p>
     -La recluta del barrio de la Cebada
-dijo a continuación.
    </p>
    

    <p>
     Se le facilitó un segundo papel que
contenía otros veinte nombres.
    </p>
    

    <p>
     Por el mismo orden fue pidiendo listas
iguales referentes a los barrios de la Cuesta de la Vega, Hospital,
Maravillas, Paloma, Rastro, Recoletos, Santa Bárbara y
Vistillas.
    </p>
    

    <p>
     Cada capataz había manifestado su nota
en el momento en que el nombre del barrio que le correspondía
sonaba en los labios del caballero.
    </p>
    

    <p>
     Salazar apiló las listas y repuso,
tendiendo una mirada en torno:
    </p>
    

    <p>
     -Diez por veinte arrojan una
multiplicación de doscientos nombres, que supongo, señores, son
llevados por hombres tan decididos como discretos.
    </p>
    

    <p>
     -Por mi parte, respondo de los
inscritos -contestó Gamonal con aplomo.
    </p>
    

    <p>
     Abendaño dirigió al valentón una
visual de sorpresa por aquel mérito especial que parecía
atribuirse, y dijo con el ceño del gato a quien pasan a contrapelo
la mano por el lomo:
    </p>
    

    <p>
     -Todos nos hemos ajustado a las
recomendaciones de nuestro jefe.
    </p>
    

    <p>
     -Así espero que haya sido -prosiguió
Salazar-. Los doscientos sugetos que figuran en estas hojas quedan,
pues, al servicio de la Asociación, desde el domingo próximo
pasado, y devengan desde la misma festividad la retribución diaria
de cuarenta reales de vellón.
    </p>
    

    <p>
     Un murmullo de aprobación acogió la
manifestación del orador.
    </p>
    

    <p>
     Este prosiguió diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -A contar desde el día de mañana,
todas las noches a las nueve deberán acudir ustedes a la casa de
los Canónigos. La seña que en la primera cita les franqueará la
entrada será la palabra 

     <emph>
      ¡Pronto!
     </emph>
     Allí me encontrarán seguramente
ustedes, y podré comunicarles la instrucción que el Consejo supremo
haya dictado para las veinticuatro horas siguientes. De hoy a
nuestra próxima entrevista, sólo tengo que hacer a los señores
capataces una importante recomendación: la de que ningún asociado
de al cuerpo de inválidos el más leve motivo de desconfianza. La
voz del pueblo ha de asemejarse a la del cielo. Cuando estalle el
rugido del trueno ya debe haber producido el rayo su efecto
destructor.
    </p>
    

    <p>
     Las muestras mímicas de asentimiento
fueron generales.
    </p>
    

    <p>
     Salazar añadió cada vez más poseído de
lo elevado de su misión:
    </p>
    

    <p>
     -El Consejo no quiere que los fines
patrióticos que nos encomienda puedan en caso alguno verse
comprometidos por falta de medios estipendiarios. En su
consecuencia, me ha encargado que haga en este momento una
distribución metálica a los señores capataces...
    </p>
    

    <p>
     A pesar del especial encargo del jefe,
no hubo cabeza que no se volviera hacia él instantáneamente.
    </p>
    

    <p>
     El caballero extrajo de la faltriquera
de su calzón, con la dignidad que el caso requería, una enorme
bolsa bien repleta, a través de cuyas mallas se vislumbraba el
brillo del oro, y dijo a continuación:
    </p>
    

    <p>
     -Al mismo tiempo haré presente a
ustedes el orden sencillo de contabilidad a que han de ajustarse
los capataces, y la responsabilidad que contraen con respecto a la
inversión de los fondos que se les facilitan.
    </p>
    

    <p>
     De repente Salazar se detuvo, sus
cejas se fruncieron, y la bolsa volvió rápidamente a sepultarse en
la abertura del calzón.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un instante de silencio!
-pronunció.
    </p>
    

    <p>
     El motivo de interrupción tan brusca
era la llegada de un individuo extraño al conciliábulo.
    </p>
    

    <p>
     Necesario es que nos ocupemos de ese
personaje, porque, merece toda nuestra atención.
    </p>
    

    <p>
     El recién venido era un joven de veinticinco años, estatura
mediana, tez blanca y sonrosada, nariz ligeramente remangada, pelo
y bigote rubios, y grandes ojos garzos.
    </p>
    

    <p>
     Montaba un caballo negro de poca
alzada y de pelo algo más largo y menos lustroso que el que
cualquier poseedor hubiera preferido, si en el mercado tratase de
venderlo; pero la erguida cabeza, la brillante mirada, la
dilatadísima nariz, las estéticas formas y las descarnadas piernas
del bruto, en las cuales se marcala un tegido de nervios de acero,
revelaban condiciones de buena raza.
    </p>
    

    <p>
     La silla española de cordobán, la
brida de color de avellana y el maletín sujeto a la grupa, eran
bastante, modestos.
    </p>
    

    <p>
     El atavío del ginete no aventajaba
mucho al del bridón en punto a explendidez. El paño azul turquí de
la casaca había perdido su frescura, y el charol de las botas altas
con vueltas blancas, comenzaba a cuartearse. Tampoco el chambergo
parecía tener empeño en demostrar que acababa de salir de casa del
fabricante; pero esa prenda al menos ostentaba dos accesorios que
seguramente la honraban. Era el primero una cinta de hilo de oro
finísimo, terminada en elegantes borlas; y consistía el segundo, en
un precioso camafeo destinado a sujetar la pluma ausente; porque,
desde los tiempos del animoso Felipe V, padre del monarca reinante,
la clásica garzota española había ido cayendo en desuso.
    </p>
    

    <p>
     El joven viajero llevaba todavía otro
objeto más ostensible, que hubiera podido resistir con ventaja todo
género de crítica. Hablamos de la espada, arma magnífica en cuya
empuñadura de plata, el artífice cordobés, Juan Rosillo, había
dejado consignada una de sus monumentales maravillas.
    </p>
    

    <p>
     Un psicologista observador acaso
hubiera tenido suficiente con estos últimos detalles para
aventurarse a definir el carácter y aun los instintos de aquel
hombre.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el joven llegó a la arboleda
echó pie a tierra con ligereza, ató las riendas del caballo en la
horquilla que formaban dos troncos de un olmo y se acercó, al grupo
que formaba el auditorio del señor Salazar.
    </p>
    

    <p>
     A los diez pasos se quitó cortésmente
el sombrero, y prosiguió el avance, acortando el compás de las
piernas para que la llegada no pudiera tener nada de brusca.
    </p>
    

    <p>
     Aquel era precisamente el momento en
que Salazar había interrumpido su peroración y escamoteado la bolsa
al apercibirse de la presencia del viajero.
    </p>
    

    <p>
     El joven tendió una mirada hacia los
jarrones y búcaros posados en las mesas, y dirigiéndose a Gamonal,
a quien por acaso halló más próximo, pronunció con la sonrisa en
los labios y el acento mejor modulado:
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene usted a bien, caballero,
indicarme a quién debo dirigirme para obtener un vaso de agua del
alguien del convento, agua cuya excelencia me han ponderado?
    </p>
    

    <p>
     Gamonal erizó el bigote y volvió la
cabeza hacia Carrillo, dejando escapar de lo profundo del pecho por
toda respuesta un rugido sordo, como si le acabaran de disparar a
quema-ropa la mayor de las impertinencias en la más extemporánea de
las ocasiones.
    </p>
    

    <p>
     Dos segundos después de formulada la
pregunta, había desaparecido la sonrisa del viajero; trascurrido
otro espacio igual de tiempo, el rostro del mismo individuo, hacía
más que adquirir seriedad; palidecía ligeramente.
    </p>
    

    <p>
     La situación comenzaba a hacerse
difícil.
    </p>
    

    <p>
     De repente, la brusca voz de Abendaño
dijo al Pajaritón:
    </p>
    

    <p>
     -¿Si tomará a nuestro compañero este
pisaverde por el portero del convento?
    </p>
    

    <p>
     El viajero se extremeció; se puso el
chapeo de un cachete, y volviéndose hacia Abendaño le contestó con
voz sonora:
    </p>
    

    <p>
     -A este silencioso señor, le diré
después por quién le tomo; pero con respecto a usted, no tengo
necesidad de esperar un momento; afirmo desde luego que le tomo a
usted por un gaznápiro.
    </p>
    

    <p>
     Abendaño clavó por primera vez su
mirada de oso en el rostro del desconocido, pero éste la sostuvo
altivamente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!... -murmuró Abendaño, apretando
los puños-: parece que el barbilindo me busca camorra...
    </p>
    

    <p>
     -Torpe es usted, sino lo da por cosa
segura. Es secundario, sin embargo, el papel que en este sainete le
destino; y antes de llamarle a la escena, tengo que solventar una
cuenta pendiente.
    </p>
    

    <p>
     Y el joven tornó a encararse con
Gamonal añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -He hecho a usted, señor mío, el honor
de dirigirle una pregunta, y todavía estoy esperando la
respuesta.
    </p>
    

    <p>
     Gamonal escupió por el colmillo, y
contestó midiendo a su interlocutor con los ojos de pies a
cabeza:
    </p>
    

    <p>
     -A mi juicio lo que usted espera es
otra cosa...
    </p>
    

    <p>
     -Veamos en qué consiste.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuerpo de Dios! en que no le dejen
hueso sano.
    </p>
    

    <p>
     -Las palabrotas del lenguaje de usted
están en armonía con sus inciviles procedimientos. Me hallo
dispuesto a ver en el acto si el asador que ciñe es capaz de
ponerse en contacto con los huesos que ha amenazado. Invito a estos
señores a que presencien la partida.
    </p>
    

    <p>
     El valentón profirió un juramento y
echó atrás la silla para ponerse en pie.
    </p>
    

    <p>
     Salazar descargó entonces un vigoroso
puñetazo sobre la mesa, gritando al mismo tiempo con voz
tremebunda:
    </p>
    

    <p>
     -Pedro, intimo a usted que no se ocupe
de ese loco para otra cosa que para ponerle entre los faldones de
la casaca la punta de la bota.
    </p>
    

    <p>
     El viajero practicó un cuarto de
conversión hacia Salazar tan vivamente como si este hubiera
ejecutado por sí mismo la acción que acababa de recomendar a
otro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, seor barbudo!... -exclamó-; he
ahí una bufonada que va a proporcionar a usted la honra de ser mi
tercer adversario.:
    </p>
    

    <p>
     Abendaño soltó una estentórea
carcajada.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo visto -añadió-, el mozalbete
tiene baladronadas para todos.
    </p>
    

    <p>
     -Mis baladronadas son seguidas de
cerca por los tajos de una buena hoja de Toledo.
    </p>
    

    <p>
     Estas palabras fueron saludadas en la
tercera mesa con una solemne silba.
    </p>
    

    <p>
     El joven se empinó sobre las puntas de
los pies para apostrofar a los silbadores por encima de los que les
precedían.
    </p>
    

    <p>
     -¡Canalla inmunda! -exclamó-; guardad
esas demostraciones de mal género para aquellos de vuestros
compañeros que, habiendo escuchado que un caballero les exije
satisfacción honrosa, todavía tienen la espada en la vaina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Concluyamos! -pronunció exasperado
Salazar-; que los que tengan un bastón más a mano, pongan en la
carretera a ese belitre, sacudiendo de firme el polvo de su
ropa.
    </p>
    

    <p>
     El Pajaritón se levantó arrancando a
Bernardo su vara de fresno.
    </p>
    

    <p>
     El movimiento del rufián fue la señal
del desbordamiento de la cólera general.
    </p>
    

    <p>
     Todos los circunstantes se habían
puesto en pie amenazadores, y los calificados de canalla por el
viajero, se acercaban por su flanco derecho, blandiendo los
bastones, con la visible intención de cortarle la retirada.
    </p>
    

    <p>
     No era indeciso, por lo visto, el
joven en presencia del peligro. Con la ligereza del tigre dio un
salto atrás de diez pasos, que le sustrajo al terreno de acción de
los más inmediatos adversarios, y tiró de la espada con
violencia.
    </p>
    

    <p>
     El semicírculo que al salir de la
funda trazó en el aire el acero del desconocido, favoreció su
retroceso; porque el Pajaritón se detuvo instintivamente al sentir
silbar la aguda hoja a cuatro dedos del rostro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Diablo! -murmuró soltando la vara y
poniendo mano al estoque.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah; miserables!... -exclamó el
viajero-: os propongo un combate leal, y me contestáis con una
carga de bandidos... Enhorabuena, cobardes galeotes... No soy
hombre a quien se asesina impunemente.
    </p>
    

    <p>
     Por precaución, sin duda, todas las
espadas, la de Salazar inclusive, habían salido a disfrutar de la
luz del día, y los sucesos comprobaron la conveniencia de la
determinación.
    </p>
    

    <p>
     El joven recorrió el terreno de la
lucha con los ojos que parecían poseer el centelleo que anima las
pupilas de los animales de la raza felina, y describiendo un
terrible molinete, que le abrió ancho camino, se encontró enfrente
de Gamonal.
    </p>
    

    <p>
     El valentón trató de recibirle en
guardia; pero no tan a tiempo que pudiera evitar una media finta
que por un instante le inutilizó el arma.
    </p>
    

    <p>
     Bastó aquel fugaz intervalo para que
le hiriera en la cabeza la espada del viajero, como el martillo
hiere el yunque.
    </p>
    

    <p>
     Gamonal aturdido se desplomó sobre la
mesa, que rodó a su vez por el suelo, arrastrando cacharros y
sillas con infernal estruendo.
    </p>
    

    <p>
     -No eres tú, por lo pronto, quien ha
molido mis huesos:- articuló al mismo tiempo el joven con labio
espumante.
    </p>
    

    <p>
     Y haciendo una instantánea conversión,
cayó como un águila sobre Abendaño.
    </p>
    

    <p>
     Este cruzó el acero con el de su
adversario, y pugnó por mantenerle a distancia, comprendiendo la
desventaja que la larga espada que esgrimía le daría en un combate
en el centro; pero el joven, para quien el tiempo era la vida, se
deslizó en la primera contra por debajo del hierro hasta que se
encontraron las guarniciones de las armas.
    </p>
    

    <p>
     Abendaño se apresuró a dar un largo
paso atrás desgraciadamente en la dirección en que por acaso se
adelantaba en aquel instante Carrillo para entrar en línea.
    </p>
    

    <p>
     El imprevisto choque hizo perder al
del Toboso momentáneamente el equilibrio, y antes de que le fuera
dado reponerse, la empuñadura de la tizona del desconocido le cayó
sobre la nuez de la garganta con el peso de una montaña.
    </p>
    

    <p>
     -Ya ves como no hay baladronada alguna
en castigar tus insolencias -rugió el joven, acudiendo a parar en
tercera un golpe recto que le asestó Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     El pobre Abendaño no veía ni eso ni
nada: cárdeno, y sin aliento, giró sobre sí mismo, y acabó por
morder el polvo, arrojando una bocanada de sangre.
    </p>
    

    <p>
     El viajero despejó a derecha e
izquierda el campo, merced a un garboso corte y a un flamífero
revés, y avanzó hacia Salazar con el ímpetu de un torbellino.
    </p>
    

    <p>
     El jefe de los capataces le presentó
la punta de la espada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahora nosotros! -profirió el
joven.
    </p>
    

    <p>
     Y después de un bien preparado ataque
falso, asentó en el antebrazo del nuevo adversario un violento
latigazo.
    </p>
    

    <p>
     Salazar exhaló un rugido y recogió la
guardia; pero como el golpe fue seguido de cerca por un
irresistible derrote, la yerta mano del barbudo dejó escapar el
acero.
    </p>
    

    <p>
     El desarmado caballero dobló el dorso
para levantar la tizona que yacía a sus pies. No podía ser más
favorable el momento para el desconocido. Su vigoroso puño hizo
descender por dos veces la plana superficie del toledano acero
sobre la columna vertebral de Salazar, diciendo jadeante:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que te habrás convencido de
que hay locos que te aventajan en cordura con la espada en la
mano.
    </p>
    

    <p>
     Salazar dobló una rodilla al primer
lapo; al segundo midió la tierra con el cuerpo entero.
    </p>
    

    <p>
     El animoso joven, vencedor en toda la
línea, se irguió con arrogancia, enseñando los blancos dientes a
los enemigos como hubiera podido hacerlo un león.
    </p>
    

    <p>
     Pero en aquél momento complicó la
situación un incidente extraño.
    </p>
    

    <p>
     Las campanas del monasterio poblaron
el viento con un sostenido y virulento tañido de rebato, y por la
ancha puerta desembocaron precipitadamente en la campiña todos los
monjes útiles, armados con horquinas, pértigas y escobas.
    </p>
    

    <p>
     Reforzado el bando contrario con
aquella imponente masa, era ya superior a las fuerzas de un hombre:
el viajero, además, había hecho por su honor cuanto podía exigir un
rígido casuista; y, por otra parte, la conciencia debía impedirle
esgrimir el acero contra una comunidad de religiosos.
    </p>
    

    <p>
     No se hizo esperar el resultado de
esta serie de razonamientos, formulados con la rapidez del
relámpago.
    </p>
    

    <p>
     El joven saludó a sus adversarios
irónicamente con la espada; y como si aquilón le hubiese prestado
las alas de sus pies, se precipitó en la dirección en que dejó el
caballo, el cual estaba relinchando como si quisiera advertirle que
ya era tiempo de ceder el campo.
    </p>
    

    <p>
     Sabido es que las muchedumbres
mantenidas a raya por un esfuerzo heroico, nunca se muestran más
encarnizadas que en el momento de la retirada del enemigo.
    </p>
    

    <p>
     Apenas el desconocido hubo vuelto la
espalda, la hueste entera civil y regular se lanzó en pos de él
presurosa con atronadora gritería, como una jauría desatada.
    </p>
    

    <p>
     Pudo llegar incólume el viajero hasta
donde estaba su corcel, descolgó la rienda, y, sin poner el pie en
el estribo, saltó sobre la silla, diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, Moro, justo es que pongas algo
de tu parte para que salgamos de este empeño.
    </p>
    

    <p>
     En aquel instante, Lacambra, que no
tenia rivales en punto a velocidad en la carrera, asió con ambas
manos la cola del caballo, aullando enronquecido:
    </p>
    

    <p>
     -¡Mío es el tunante!... ¡ánimo
compañeros!... ¡volad en mi auxilio!...
    </p>
    

    <p>
     El generoso bruto respondió dignamente
a la recomendación de su amo. No bien se sintió asido, se levantó
sobre las manos, y después de haber recogido las piernas, disparó a
la imprudente rémora el mas solemne par de coces que registran los
anales hípicos.
    </p>
    

    <p>
     El torero, que recibió en pleno
estómago aquel golpe de ariete, fue a caer cuatro pasos más lejos,
lanzando lastimeros alaridos.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Moro, una vez puesto en
franquía, condujo en pocos saltos a su ginete hasta el próximo
arrecife, y partió por él como una centella en la dirección de
Fuencarral, envuelto en una nube de polvo, y haciendo estallar los
guijarros.
    </p>
    

    <p>
     Todos los circunstantes se miraron
entonces unos a otros en el colmo de la estupefacción.
    </p>
    

    <p>
     La escena había sido tan imprevista en
el origen, tan rápida en el curso y tan extraordinaria en el
desenlace, que se la hubiera podido tomar por un sueño, a no
existir la triste realidad de los cuatro hombres que dejaba en el
suelo el paso siniestro de aquel energúmeno.
    </p>
    

    <p>
     Los cuatro heridos fueron reunidos en
el lugar donde dio principio la reyerta, convertido en hospital de
sangre, y allí recibieron de los monjes los primeros auxilios.
    </p>
    

    <p>
     Mientras los regulares manejaban las
vendas y los bálsamos, los legos emitían las más extravagantes
opiniones acerca del personaje desconocido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es un esbirro!
    </p>
    

    <p>
     -¡Es un gimnasta!
    </p>
    

    <p>
     -¡Es un maestro de esgrima!
    </p>
    

    <p>
     -¡Es un demonio!
    </p>
    

    <p>
     Este último parecer produjo una vil
ración glacial en los nervios de más de un capataz, al recordar que
el ser en cuestión sólo se decidió a abandonar el campo cuando se
presentaron los religiosos.
    </p>
    

    <p>
     Lacambra, que todo lo oía, dijo entre
dos suspiros quejumbrosos a Salazar, junto al cual se hallaba
extendido:
    </p>
    

    <p>
     -Hombre o demonio, me parece, señor de
Salazar, que con otros dos espadachines semejantes a ese furioso,
la Asociación de la buena causa era una cosa concluida.
    </p>
    

    <p>
     Salazar, tan humillado corno dolorido,
se cubrió majestuosamente el rostro con la mano izquierda, mientras
se pasaba la derecha con no menos dignidad por toda la extensión
del lomo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012002">
    

    <head>
     Capítulo II
    </head>
    

    <head>
     En el cual se expone el motivo del viaje hecho a
Madrid por el héroe de esta verídica narración
    </head>
    

    <p>
     Entretanto el joven viajero continuaba
su vertiginosa carrera al gran galope por la carretera de Francia,
a pesar de que era evidente que nadie pensaba en perseguirle.
    </p>
    

    <p>
     La llegada a las primeras casas de
Fuencarral no fue un motivo para que Moro sintiera en su freno la
menor presión; y como el potro, por su parte, no parecía desear
otra cosa que la libertad que se le concedía para usar de las
piernas a placer, atravesó el pueblo en toda su extensión como una
bala de falconete.
    </p>
    

    <p>
     Afortunadamente la concurrencia en las
calles era escasa, y el tránsito del proyectil pudo realizarse sin
otros efectos que los gritos de varias mujeres que llamaban a sus
infantes con la conveniente antelación y los ladridos de algunos
perros.
    </p>
    

    <p>
     La vista, sin embargo, de las
innumerables torres que recortaban la silueta de la gran capital
que se extendía en la dirección del Sur, comenzó a imprimir
distinto curso a los pensamientos del viajero, y contribuyó
poderosamente a modificar la excitación febril que le afectaba el
sistema nervioso desde Valverde.
    </p>
    

    <p>
     La mano del joven recogió la rienda, y
con un movimiento progresivo fue moderando la velocidad del corcel,
hasta ponerle al trote.
    </p>
    

    <p>
     Cuando con ánimo sereno pudo recordar
todas las peripecias de la pasada riña el gallardo ginete, no sólo
perdió su frente el último pliegue, sino que le asomó a los labios
la primera sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     Lícito debía serle este ligero acceso
de jovialidad, porque como la memoria no le imponía el
remordimiento de haber asestado golpe alguno de punta, las
consecuencias del combate no podían por lo pronto ofrecer
gravedad.
    </p>
    

    <p>
     El espíritu del joven no era, por otra
parte, propenso a alimentar por largo tiempo ideas desagradables; y
al aproximarse a la villa del oso y del madroño no conservaba más
reminiscencia amarga de la colisión de Valverde, que la
contrariedad de no haber apagado la sed en el agua del algibe,
merced al grupo de zafios que la fatalidad le interpuso en el
camino.
    </p>
    

    <p>
     El viajero desembocó en la ronda de
Madrid por la esplanada de la puerta de los Carros; pero, en vez de
aceptar este ingreso, torció la rienda a la izquierda, y siguiendo
el paseo de Santa Bárbara y la tapia del convento de las Salesas,
penetró en la villa por el prado de Recoletos.
    </p>
    

    <p>
     No fue largo el trayecto que recorrió.
Al terminar el prado de San Pascual subió por la calle de Alcalá, y
se introdujo a caballo en el ancho portal de la posada de
Levante.
    </p>
    

    <p>
     Al entrar en el patio halló el joven
al paso al administrador del establecimiento, y le pidió una
habitación.
    </p>
    

    <p>
     Era el tal gerente hombre hábil en el
discernimiento del cuarto que a cada huésped convenía, sin
aventurar indiscretas preguntas; pero por aquella vez debieron
parecerle tan equívocos los signos que el recién llegado le ofrecía
a la consideración, que vaciló un instante.
    </p>
    

    <p>
     Una rápida mirada dirigida al caballo
fijó, sin embargo, las ideas del digno fondista.
    </p>
    

    <p>
     -Voy a disponer -contestó-, que
preparen el aposento número 5 del piso segundo: me complazco en
creer que el señor caballero se encontrará allí perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     El joven echó pie a tierra, y
arrojando las riendas a un mozo, se ocupó por sí mismo en soltar
las correas del maletín.
    </p>
    

    <p>
     Un camarero se acercó lápiz y cuadro
de pizarra en mano.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué nombre se ha de anotar en el
registro? -preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo Lozano -respondió
viajero.
    </p>
    

    <p>
     -¡Felicísimo! -repitió el camarero:-
ignoraba que existiera semejante nombre.
    </p>
    

    <p>
     -Eso no prueba otra cosa sino que eres
un solemne ignorante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah!... no es posible saberlo
todo.
    </p>
    

    <p>
     -Pero es posible saber callar cuando
sólo han de decirse vaciedades.
    </p>
    

    <p>
     El ruido de un caldero en contacto con
la pila del pozo hizo que el viajero volviera vivamente la cabeza
hacia el mozo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es lo que intentas? -repuso.
    </p>
    

    <p>
     -Dar agua al potro -contestó el mozo-:
el pobre animal parece pedirla con la necesidad de un alma del
Purgatorio.
    </p>
    

    <p>
     -Pues te advierto, que si se la das
antes de media hora te rompo una costilla.
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí! -exclamó el mozo con mal
gesto.
    </p>
    

    <p>
     -A menos que no te manifiestes
sorprendido por ello; caso en el cual habré de romperte dos.
    </p>
    

    <p>
     Los domésticos cambiaron una mirada
semi seria, mientras que el viajero se encaminaba a la escalera con
la maleta debajo del brazo.
    </p>
    

    <p>
     El cuarto que había sido destinado al
nuevo huésped, se componía de salón y alcoba, no seguramente
espaciosos ni adornados con lujo, pero en los cuales nada faltaba
de lo necesario.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, puesto que así había dicho
apellidarse, se limitó, por lo pronto, a pedir agua fresca; y
después de prodigarse las más abundantes abluciones, sacudió con
esmero el polvo que parecía habérsele incrustado en las botas y
cepilló hasta la saciedad todo el traje.
    </p>
    

    <p>
     Un cuarto de hora después estaba de
nuevo en la calle, recogiendo los pliegues de la capa en el
argentino regatón de la espada.
    </p>
    

    <p>
     La dirección que tomó fue la del
Prado; pero apenas llegó al guardacantón que marcaba el ángulo del
convento del Carmen descalzo, torció por la calle Real del
Barquillo.
    </p>
    

    <p>
     El joven se detuvo ante una de las
puertas del monumental edificio que años después había de ser
inmortalizado por don Ramón de la Cruz, en una de sus más populares
sainetes.
    </p>
    

    <p>
     Como la puerta en cuestión no tenía
aldabón ni campanilla, Lozano hubo de resignarse a llamar con los
nudillos; y para que este prosaico detalle llegara a ser todo lo
desagradable posible, se vio en la necesidad de reproducir por dos
veces el llamamiento.
    </p>
    

    <p>
     Por fin se descorrió un cerrojo, y
entre el marco y la hoja del portón apareció la morena cabeza de
una tan agraciada como robusta moza.
    </p>
    

    <p>
     -¿Habita todavía en este cuarto el
señor de Ayala? -preguntó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     La receptora, en vez de contestar,
escudriñó con la mirada al visitante desde la cabeza hasta los
pies.
    </p>
    

    <p>
     Pero como aquel silencio no era una
negativa, y sólo expresaba desconfianza, lo cual no probaba otra
cosa sino que el inquilino de la casa podía tener visitas
sospechosas; Lozano empujó suavemente la puerta, y se franqueó el
paso, añadiendo.
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, buena moza, tranquilice el
ánimo y dígale a Ayala que uno de sus más antiguos amigos quiere
darle un abrazo.
    </p>
    

    <p>
     Vencida la hembra, parecía disponerse
a complacer a Lozano, cuando se levantó la cortina de la puerta del
recibimiento, y apareció un gallardo mocetón de a seis pies.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién me busca? -interrogó.
    </p>
    

    <p>
     -Lozano, si no lo llevas a mal
-contestó éste.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! caro Felicísimo...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! buen Tristán...
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes se extrecharon
concienzudamente en los brazos, y asidos por el talle entraron en
la sala.
    </p>
    

    <p>
     -¿Desde cuándo estás en Madrid?
    </p>
    

    <p>
     -Desde hace media hora.
    </p>
    

    <p>
     -Esa manifestación impide que se
arrugue mi entrecejo. Acaba de romper cualquier silla desplomándote
sobre ella.
    </p>
    

    <p>
     Lozano tomó asiento, y paseó una
mirada por la habitación.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto -dijo-, me parece que tus
muebles han envejecido algún tanto desde que por ahora te visité el
año pasado.
    </p>
    

    <p>
     -Es natural, querido Felicísimo, han
pasado por ellos trescientos sesenta y cinco días, y el uso
destemplado de mis miembros en momentos de mal humor, que a decir
verdad no han sido poco frecuentes. Si buscas bien todavía, podrás
observar la falta de algunos trastos; los menos vetustos fueron a
parar a no sé qué prenderías, y los más decrépitos alimentaron la
llama del hogar durante el invierno.
    </p>
    

    <p>
     Lozano cruzó una pierna, sobre otra, y
pronunció mirando seriamente a Ayala:
    </p>
    

    <p>
     -Tristán, tú eres lo que puede
llamarse un mozo inteligente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Lo crees así?
    </p>
    

    <p>
     -De no mala cuna.
    </p>
    

    <p>
     -Tal era la opinión de mi abuelo.
    </p>
    

    <p>
     -De generoso corazón.
    </p>
    

    <p>
     -Cualidad de que otros han
abusado.
    </p>
    

    <p>
     -De excelentes puños.
    </p>
    

    <p>
     -No me quejo por lo menos de
ellos.
    </p>
    

    <p>
     -Y hasta de arrogante presencia.
    </p>
    

    <p>
     -En ese punto mi modestia se refiere a
la opinión de algunas benevolentes damas.
    </p>
    

    <p>
     -Sería en absoluto inexplicable para
mí la insistencia con que en Madrid parece volverte la espalda la
fortuna, si no conociera perfectamente tu talón de Aquiles.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué talón es ese?
    </p>
    

    <p>
     -¡El sacanete!
    </p>
    

    <p>
     -No blasfemes, desventurado. Tomas la
triaca por el tósigo. ¡Ah! ¡si supieras que precisamente al
sacanete es a lo que se debe en esta casa el pan nuestro de cada
día!...
    </p>
    

    <p>
     -Lo cual significa en buen romance que
vives del juego.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y de qué diablos quieres que
viva?... He llamado en vano a todas las puertas... he tocado
infructuosamente todos los registros...
    </p>
    

    <p>
     -Tristán; pudiera haber cierta
hipérbole en esos todos.
    </p>
    

    <p>
     -Te concedo de buena voluntad que el
círculo de mis vocaciones es limitado. Un hombre como yo no sirve
para cualquier cosa. Los trabajos oficinescos, por ejemplo, no son
mi fuerte: las letras que hago se semejan a uvas jaenes; y respecto
a cuentas, calculo con más facilidad por los dedos, que en virtud
de signos aritméticos. Tampoco me seduce la milicia: la disciplina
y mis instintos son antitéticos. En cuanto al servicio de persona
alguna que no sea el rey, los pergaminos del abuelo me imponen
ciertos deberes...
    </p>
    

    <p>
     -Me vas inclinando a creer que tu
colocación puede ofrecer dificultades.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es verdad que sí? ¡Condenación!
Sólo me reconozco con especial aptitud para el ejercicio de una
noble profesión, y el mismo Lucifer parece haber tomado por su
cuenta el empeño de contrariar mis aspiraciones.
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué aptitud te refieres?
    </p>
    

    <p>
     -A la de repartir cintarazos.
    </p>
    

    <p>
     -No seré yo por cierto quien la ponga
en duda.
    </p>
    

    <p>
     -Poco satisfecho podías estar de ti
mismo si tal hicieses. Precisamente los golpes que más han
cimentado mi reputación los debo a tus lecciones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oiga!
    </p>
    

    <p>
     -Mi convicción es inquebrantable: la
exposición metódica de la escuela completa de tu gran maestro Luigi
Bosco, labraría mi fortuna.
    </p>
    

    <p>
     -Según eso te proponías
establecer...
    </p>
    

    <p>
     -Una sala de armas, lo has adivinado.
Mis admiradores pregonarían mi mérito por todos los ámbitos de la
villa: mis envidiosos mismos le acreditarían, porque con sus
críticas me proporcionarían ocasión para exhibirme en un par de
encuentros ruidosos; y si tú tenías a bien favorecer mi semana
inaugural con algunos asaltos, el éxito sería completo; los
discípulos de alta alcurnia acudirían a disputarse mis lecciones,
como hace diez arios se disputaban las de maese pacheco, el último
de su gloriosa dinastía.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se detuvo dos segundos, y exhaló
un profundo suspiro.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí la tradición de la lechera
-murmuró-, lastimoso es que tan bello sueño no pueda únicamente
realizarse por la prosaica falta del capital necesario para la
instalación del establecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -¡Buen Tristán!...
    </p>
    

    <p>
     -¿Estás satisfecho de mis
jeremiadas?
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué me diriges esa pregunta?
    </p>
    

    <p>
     -Porque, por mi parte, no puedo estar
más harto de ellas; y te prometo que hoy no he de insistir en su
expresión, por mucho que vuelvas a empeñarte en provocarlas.
    </p>
    

    <p>
     Colocó las dos manos el mocetón en los
hombros de su amigo y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Hay, por lo pronto, Felicísimo, algo
que absorbe mi interés con preferencia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué algo es ese?
    </p>
    

    <p>
     -Tus propios asuntos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cordial preocupación!
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena. Desde luego tu presencia
en Madrid me hace presumir que la liquidación de la testamentaría
de tu padre está terminada.
    </p>
    

    <p>
     -De todo punto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y ha arrojado saldo
satisfactorio?
    </p>
    

    <p>
     -Completamente satisfactorio... para
los acreedores. Ha podido pagárseles hasta el último maravedí.
    </p>
    

    <p>
     -Hem... no me admira que esos
acreedores existiesen.
    </p>
    

    <p>
     -Me lo explico; lo que hubiera debido
admirarte sería que no existieran. Mi buen padre era notoriamente
expléndido.
    </p>
    

    <p>
     -Y sus amigas más expléndidas que
él.
    </p>
    

    <p>
     -También es cierto: el culto de las
damas fue la debilidad de la vida del autor de la mía.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre don Tadeo! no juzguemos con
demasiada severidad esa ligera imperfección.
    </p>
    

    <p>
     -Tan lejos estoy de ello, que no me
opongo a que sustituyas el nombre de imperfección que has usado,
por el de cualidad que habrías podido emplear; por más que esta sea
una de las muchas cosas que no me ha sido dado heredar.
    </p>
    

    <p>
     La joven ama de llaves, que se ocupaba
en restablecer el imperio del orden en los muebles, lanzó a Lozano
una mirada de desdén y salió de la habitación.
    </p>
    

    <p>
     Ayala prosiguió:
    </p>
    

    <p>
     -Has obrado como un buen hijo haciendo
honor a los compromisos contraídos por el autor de tus días; pero
la suerte de sus acreedores sólo me inspira una curiosidad mediana;
donde se fija mi atención es en la suma que todavía puede
constituir tu fortuna.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! eso es diferente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita!... ¡y tanto!
    </p>
    

    <p>
     Lozano se arrellanó cómodamente en la
silla, y pronunció:
    </p>
    

    <p>
     -Si no te hubiera oído hablar de tu
poca afición a las matemáticas, te diría que podías escribir la
suma en cuestión con todos los ceros que tuvieras por conveniente,
con tal de que no los hicieras preceder de alguno de los otros
nueve guarismos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿hasta ese punto han llegado
las cosas?
    </p>
    

    <p>
     -Hasta ese punto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Señor don Tadeo! -exclamó Ayala,
apostrofando al difunto enterrado en el cementerio de
Torrelaguna.
    </p>
    

    <p>
     -Mi noble padre usó de su derecho
-repuso indolentemente Lozano:- los bienes no estaban
vinculados.
    </p>
    

    <p>
     -¡De modo que la preciosa quinta del
Lozoya, donde don Tadeo vio terminar sus días!...
    </p>
    

    <p>
     -Ha sido adjudicada a un usurero.
    </p>
    

    <p>
     -¡La dehesa de la jurisdicción de
Guadalix!...
    </p>
    

    <p>
     -Hoy pertenece al comendador de
Santiago, uno de los mejores amigos de la familia.
    </p>
    

    <p>
     -¡El coto redondo del Jarama!...
    </p>
    

    <p>
     -Ha sido dividido en cinco partijas
que en la actualidad se disputan otros tantos bergantes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pero la casa solariega!
    </p>
    

    <p>
     -Eso es todo lo que me queda.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! siquiera...
    </p>
    

    <p>
     -Voy a referirte una pequeña anécdota
para que no des al caserón más valor del que tiene.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -Debes recordar que el edificio se
halla cerrado desde hace doce años. Las golondrinas anidan a su
placer en los desvanes, y las ratas trotan tranquilamente en los
sótanos. Semejante estado amenaza. prolongarse hasta que los viejos
muros cedan a su propia pesadumbre; porque los arquitectos
encargados de formar el proyecto de las obras necesarias para poner
la casa habitable han tasado la restauración en quince mil
pesos.
    </p>
    

    <p>
     -La cantidad no es, en efecto,
floja.
    </p>
    

    <p>
     -Sobre todo, si se tiene en cuenta que
los mismos peritos, que con tanto garbo se permitieron calcular el
importe de las reparaciones, sólo han justipreciado en diez mil
reales el área superficial.
    </p>
    

    <p>
     -¡En tan poco se estima el terreno en
Torrelaguna!
    </p>
    

    <p>
     -En tan poco, desgraciadamente para
mí; puesto que, si bien con profunda pena, me decidí a enajenar el
patronímico suelo que cimentaba los decrépitos sillares donde rodó
mi cuna. Diez mil reales no eran sin duda mucho dinero; pero en mis
circunstancias podían representar acaso la cifra indispensable para
esperar menos indignamente el primer albor de mi estrella.
    </p>
    

    <p>
     -Bien pensado.
    </p>
    

    <p>
     -Me dirigí, pues, a don Justo Morente,
propietario de la finca colindante y formulé mi proposición. El tal
sugeto me miró con el aire del hombre a quien se quiere meter en un
berengenal; profirió media docena de irónicas impertinencias que
empezaron a agotar mi paciencia acerca de las ruinas que pretendía
hacerle adquirir; y concluyó por decirme que, movido por generosos
sentimientos, y en atención a la necesidad de fondos en que debía
encontrarme, se avendría a comprar el solar de mi caserón para dar
ensanche al jardín que poseía, única cosa para la que mi
ex-vivienda era utilizable, ofreciéndome, no los diez mil reales de
la tasación, sino la mitad de esa suma, con tal que derribase el
edificio por mi cuenta y le dejase la superficie libre de
escombros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, diablo!
    </p>
    

    <p>
     -Como ves, mi negocio no podía ser más
redondo; porque los gastos de la demolición hubieran excedido con
mucho al producto de la venta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué contestaste a semejante
gitano?
    </p>
    

    <p>
     -No le contesté nada; me limité a
darle un papirotazo en la nariz, y le volví la espalda.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente; pero ¿se quedó con el
papirotazo?
    </p>
    

    <p>
     -Preciso fue: yo no soy hombre que
recoge esas cosas.
    </p>
    

    <p>
     Tristán se sonrió.
    </p>
    

    <p>
     -Después de esta breve exposición del
estado de mis asuntos -repuso Lozano-, ¿será necesario decirte el
objeto que me trae a la Corte?
    </p>
    

    <p>
     -Vienes a pretender.
    </p>
    

    <p>
     -Pero con más confianza que tú, y por
lo pronto, con menos difíciles exigencias.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tienes padrinos?
    </p>
    

    <p>
     -Espero tenerlos.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se rascó una oreja.
    </p>
    

    <p>
     -Esperar no es precisamente lo mismo
que tener-murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -Mis esperanzas no carecen de
fundamento racional.
    </p>
    

    <p>
     -Eso es distinto.
    </p>
    

    <p>
     -Cuento con una carta para el marqués
de la Ensenada, de persona a la cual está muy obligado.
    </p>
    

    <p>
     -Puedes jactarte de venir recomendado
a un ilustre prócer que hace algunos años era omnipotente en
España.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quieres decir con ello que en la
actualidad no debo prometerme mucho de esa protección?
    </p>
    

    <p>
     -No te oculto que la voz pública
asegura que Ensenada es mirado con prevención notoria en palacio;
pero tampoco despojo de toda importancia el apoyo que te pueda
prestar. El marqués conserva todavía amigos influyentes, y no es
imposible que alguno de ellos se decida a servirle, guardándose
bien de dejarlo entrever en las regiones oficiales.
    </p>
    

    <p>
     -Valga lo que valiere, se contará con
Somodevilla como recurso supletorio.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto mejor si no es el único.
    </p>
    

    <p>
     -También poseo una expresiva epístola
para el marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, chápiro! he ahí un nombre que
nada me deja que desear. Se trata de un ministro con dos carteras;
la de Hacienda, como quien dice, la recaudación de las rentas
reales, los pingües empleos, el oro: y la de guerra, esto es, la
magnificencia personal, el mando, la gloria. Si el doble altísimo
secretario del despacho honra la firma que suscribe tu carta, hecha
está tu suerte.
    </p>
    

    <p>
     -No he de tardar mucho en saber a qué
atenerme en ese punto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuándo te propones intentar que el
italiano te conceda una audiencia?
    </p>
    

    <p>
     -Mañana mismo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Siempre con la misma aversión al
aplazamiento de las crisis!
    </p>
    

    <p>
     -Sobre todo, cuando aplazar no es
resolver. Vamos, excelente Tristán, comienza a coadyuvar por tu
parte al logro de mis deseos: ¿Dónde habita el ministro?
    </p>
    

    <p>
     -A cuatro pasos de aquí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! tienes un buen vecino.
    </p>
    

    <p>
     -Te aseguro que hasta ahora me ha
servido de poco. El domicilio de Esquilache es la casa llamada de
las siete chimeneas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está ese edificio?
    </p>
    

    <p>
     -En la plaza a que la misma casa da
nombre.
    </p>
    

    <p>
     -Como si nada me hubieras dicho.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por dónde has entrado en esta
calle?
    </p>
    

    <p>
     -Por la de Alcalá: me he hospedado en
la fonda de Levante.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces has pasado por esa plaza: se
halla situada al fin de la calle de las Infantas.
    </p>
    

    <p>
     -Basta; estoy orientado.
    </p>
    

    <p>
     -No podía menos: acabas de decirme que
te alojas en la posada de Levante. Tu reciente llegada me mueve a,
hacerte una observación indiscreta sin duda, pero que tiende a
evitarte una inconveniencia.
    </p>
    

    <p>
     -Precisamente te estoy pidiendo
instrucciones.
    </p>
    

    <p>
     -Supongo que antes de visitar al
marqués, cambiarás de traje.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se retorció las puntas del
bigote, y contestó con cierta indolencia:
    </p>
    

    <p>
     -Pienso, efectivamente sustituir esta
casaca por otra menos usada, y las botas por zapatos de hebilla;
pero en cuanto a la chupa y al calzón no me atrevo a darte palabra
de cambiarlos.
    </p>
    

    <p>
     -Cambiarás al menos el sombrero.
    </p>
    

    <p>
     -Los sombreros son incómodos en los
viajes: no traigo otro en el equipaje.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿ignoras acaso que por
iniciativa del marqués acaba de prohibirse en la capital de la
monarquía el uso del sombrero redondo?
    </p>
    

    <p>
     -Algo había oído decir en Torrelaguna
que se proyectaba sobre el particular; pero no imaginé que eso
pasase nunca de proyecto.
    </p>
    

    <p>
     -No conoces el brío de los italianos
que nos gobiernan. Desgraciado: apunta tu chambergo antes de
ponerte en presencia del ministro, o se ha llevado el demonio tus
pretensiones.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo dio algunas vueltas a su
sombrero replicando.
    </p>
    

    <p>
     -En rigor, no me parece cosa difícil
añadir dos presillas a la que tiene.
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad.
    </p>
    

    <p>
     -Agradezco la indicación, bravo
Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?.. pues ¡pardiez! vas a tener que
agradecerme otra. Mucho me temo que tu capa tenga una tercia más de
la longitud que el bando permite.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, diantre!
    </p>
    

    <p>
     -Por dicha no ofrece la capa más
inconvenientes que el sombrero para hacerte perder todo aspecto
contrabandista.
    </p>
    

    <p>
     -Tienes razón: ofrece mucho menos; se
apresuró a decir Lozano, que estaba temiendo oír hablar de tijeras;
la capa, no sólo no es necesaria para visitar a un ministro, sino
que es poco deferente. Se quedará en mi habitación.
    </p>
    

    <p>
     -Obrarás cuerdamente. Ambos detalles
entrañaban capital importancia.
    </p>
    

    <p>
     -Voy echando de ver que las exigencias
que siempre ha tenido la vida de la Corte, empiezan a adquirir
cierto carácter enojoso.
    </p>
    

    <p>
     -Participaría de tu opinión, si hace
mucho tiempo no hubiera contraído el hábito de reírme de todo lo
que no sea la olla, el mosto y el amor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! sibarita...
    </p>
    

    <p>
     -Desgraciadamente mi sibaritismo es
platónico con frecuencia.
    </p>
    

    <p>
     -En fin, absurdo sería revelarse
contra el orden establecido. Al venir a Madrid, no ignoraba que iba
a poner mí planta en el gran escenario donde incesantemente se
entrechocan las impertinentes imposiciones de la moda, los ruinosos
delirios de la ostentación, las pérfidas intrigas del odio, las
repugnantes miserias de la farsa. Abandonémonos al curso del
impetuoso torrente.
    </p>
    

    <p>
     -Es lo mejor que puede hacerse.
    </p>
    

    <p>
     -Para probarte que no pienso
sustraerme al vértigo de la Corte, he de comunicarte mi primera
determinación. Acaso te sea dado también facilitarla.
    </p>
    

    <p>
     -Dime, pues.
    </p>
    

    <p>
     -Los pliegues de mi bolsa tienden a
unirse con una rapidez alarmante; no tengo amigos en Madrid a
quienes decorosamente pueda poner a contribución para subvenir a
mis gastos: si antes de un mes no me ha sonreído la fortuna, que el
diablo me lleve si sé lo que habré de hacer de mi persona... Pues
bien, Tristán, voy a tomar lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -Con menos recursos que tú me permito
yo mayores excesos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¿no te parece extravagante mi
lógica?
    </p>
    

    <p>
     -Al contrario.
    </p>
    

    <p>
     -¿Comprendes que la necesidad más
imperiosa para un noble mendigo es ocultar sus arapos si aspira a
que se le tienda la mano?
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues no!
    </p>
    

    <p>
     -¿La teoría de los gastos
reproductivos no es una paradoja para ti?
    </p>
    

    <p>
     -No creo que pueda serlo para ningún
hombre inteligente. ¿Quién recoje sin haber sembrado?
    </p>
    

    <p>
     -Tristán, hemos nacido para
entendernos.
    </p>
    

    <p>
     -Eso no obstante, nuestras riñas han
sido innumerables.
    </p>
    

    <p>
     -Nimiedades.
    </p>
    

    <p>
     -Es igual: mi corazón siempre ha sido
tuyo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoces algún mozo cuya estampa no
me deshonre que quiera entrar a mi servicio?
    </p>
    

    <p>
     -Pse... reflexionaré... ¡Ah! ¡Bah!
está reflexionado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Has tropezado con alguno?
    </p>
    

    <p>
     -Si el huésped de mi vecino del patio
no ha encontrado todavía el acomodo que buscaba hace cuatro días,
está hecho tu negocio.
    </p>
    

    <p>
     -¿Será eso fácil de averiguar?
    </p>
    

    <p>
     -Facilísimo, como tengas paciencia
para esperarme tres minutos.
    </p>
    

    <p>
     Y Ayala desapareció en el acto por la
puerta opuesta a la que dio entrada a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     No mucho tiempo después del prefijado,
Tristán estaba de vuelta seguido de otro individuo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano clavó en éste sus ojos
escrutadores.
    </p>
    

    <p>
     Era el sugeto un mozo de veinte anos,
espesa cabellera, mirada humilde y no breves extremidades. Vestía
una librea del color de Castilla, sin orla ni bordados, y oprimía
debajo del brazo izquierdo un tricornio más que de marca.
    </p>
    

    <p>
     A decir verdad, la ojeada de Lozano no
reveló la más ligera repulsión.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí tienes, querido Felicísimo, el
camarero que antes te anuncié -pronunció Ayala.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se acomodó mejor en el asiento,
cambió el cruzado de las piernas, y dijo con la dignidad que el
caso requería:
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo se llama el anunciado?
    </p>
    

    <p>
     -Perfecto Cazurro -contestó el mozo
interpelado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde se ha permitido nacer el buen
Cazurro Perfecto?
    </p>
    

    <p>
     -En Betanzos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha servido en Madrid a muchos
hidalgos?
    </p>
    

    <p>
     -Sólo he pertenecido por espacio de un
año a la casa de don Diego Calderón, caballero cordobés.
    </p>
    

    <p>
     -¿Era del caballero cordobés la librea
que viste el joven Cazurro?
    </p>
    

    <p>
     -Si señor.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué le ha quitado los
galones?
    </p>
    

    <p>
     -Porque como contenían el blasón de
los Calderones, he creído que no me era lícito conservarlos al
dejar de ser comensal de la familia. Por otra parte, así queda mi
traje en disposición de recibir la orla que vuestra señoría
determine, en el caso de que se avenga a aceptar mis servicios; y
si los colores de vuestra señoría son otros que los de esta librea,
llevaré con tanto orgullo como respeto la que tenga bien
facilitarme.
    </p>
    

    <p>
     Dejó esta respuesta tan plenamente
satisfecho a Lozano, que repuso con cierta ligera sonrisa:
    </p>
    

    <p>
     -Por ahora, conservará ese traje el
buen Cazurro; más adelante hablaremos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Según eso puedo considerarme al
servicio de vuestra señoría?
    </p>
    

    <p>
     -Desde luego: a menos que el seor
gallego quede poco prendado de la abundante pitanza y del buen par
de reales diarios que le ofrezco.
    </p>
    

    <p>
     -Si vuestra señoría no me asigna otro
salario, preciso será que me contente con ese. Por algo he de
contar entre mis beneficios el insigne honor de servir a tan gentil
caballero.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se puso en pie, volviéndose
hacia Ayala, el cual parecía decirle con el movimiento de su cabeza
semi-probador, semi-interrogativo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Exajeré al asegurarte que quedarías
complacido?
    </p>
    

    <p>
     -Trato cerrado -añadió Lozano-: Para
darle sanción cuidará la atildada frase de Cazurro de rebajar mi
señoría hasta la merced: por mi parte cambiaré la tercera persona
en el familiar tuteo.
    </p>
    

    <p>
     Después, abrazando a Ayala para
despedirse, murmuró a su oído:
    </p>
    

    <p>
     -¡Con tal de que tu perillán tenga más
de Perfecto que de Cazurro!..
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! el chico parece una perla
-contestó Tristán en el mismo tono:- menos obligado que tú me temo
que él me quede.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! gracias, francote rústico.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum!.. mucho será que no me
devuelvas al pobre mozo con algún desperfecto: te conozco,
Felicísimo, lo mismo que si te hubiera dado a luz...
    </p>
    

    <p>
     Pocos minutos más tarde, Lozano ganaba
la salida de la calle del Barquillo, seguido por Cazurro a la
distancia de seis pasos.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012003">
    

    <head>
     Capítulo III
    </head>
    

    <head>
     De cómo Lozano vio arder la mejor de sus
credenciales en una de las siete chimeneas de la casa del marqués
de Esquilache
    </head>
    

    <p>
     Al sonar las once de la mañana
siguiente en el reloj del Buen Suceso, situado entonces en la
próxima Puerta del Sol, Lozano dejó su domicilio para encaminarse a
la plaza de las Siete chimeneas, con la fe que inspira en el
corazón el convencimiento del propia mérito, y la esperanza que
infunde en el alma la edad de veinticinco años.
    </p>
    

    <p>
     El traje del caballero había
experimentado una verdadera trasformación. El sombrero que cubría
al joven, estaba perfectamente apuntado en forma de tricornio;
vestía una casaca negra en buen uso, de tejido catalán, bordada de
seda con herretes de abalorio; y calzaba medias de triple punto de
torzal y zapatos con hebilla de acero.
    </p>
    

    <p>
     Como la distancia que tenía que
recorrer no era mucha, Lozano se encontró bien pronto delante de la
casa del ministro, y atravesó el dintel de la puerta con el aire,
con que César debió pasar el Rubicón.
    </p>
    

    <p>
     Los dos lacayos que halló detrás de la
cancela de cristales, le encaminaron al portero de estrados,
situado en el recibimiento, y este dependiente a su vez le dirigió
al ugier particular de su excelencia, que regía la antecámara.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Lozano penetró en la espaciosa
estancia, consideró de excelente augurio la circunstancia de que no
hubiera en ella otra persona que el ugier. Esto solo probaba falta
de práctica: todos los que frecuentan las regiones donde se forja
el rayo y se elabora el maná, saben perfectamente lo que significa
una antecámara vacía.
    </p>
    

    <p>
     El ugier, vestido con la más exquisita
elegancia dejó la mesa junto a la cual se hallaba sentado, y se
adelantó hacia el recién llegado con no menos exquisita
cortesía.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me será permitido ver al señor
marqués? -dijo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Su excelencia conferencia en este
momento con el señor secretario de Estado y del despacho de Gracia
y Justicia -respondió el ugier.
    </p>
    

    <p>
     -Se me antoja que esas palabras no
contestan categóricamente mi pregunta.
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="LAT">
      Intelligenti pauca
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     Lozano dio un paso atrás como si su
interlocutor le hubiera enseñado las herraduras de repente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -repuso-, ¿estoy hablando con un
ugier o con un preceptista latino?
    </p>
    

    <p>
     -Sírvase usted dispensarme -pronunció
el ugier con fina sonrisa:- mi aforismo quiere decir que la
entrevista de su excelencia con el señor ministro de Gracia y
Justicia, será larga; y que cuando la conferencia termine, el señor
marques no estará visible para nadie.
    </p>
    

    <p>
     -O lo que es lo mismo, su excelencia
se habrá puesto el anillo de Giges, y váyase la figura por el
aforismo.
    </p>
    

    <p>
     El ugier miró con sorna al que no
podía ser otra cosa que un pretendiente más o menos petulante.
    </p>
    

    <p>
     -Por fin -prosiguió Lozano-, ¿cree el
digno ugier que a su excelencia le sea dado dejar de estar
invisible alguna vez?
    </p>
    

    <p>
     -¿Me concede el caballero su permiso
para que le obsequie con un buen consejo? -replicó el interrogado
por toda respuesta.
    </p>
    

    <p>
     -Después de haberse permitido a sí
mismo el señor ugier herir mi tímpano con un sublime graznido...
del idioma del cisne de Mántua, bien puede atreverse a dispensarme
el obsequio en cuestión.
    </p>
    

    <p>
     El dependiente comenzaba a perder una
parte de su aplomo.
    </p>
    

    <p>
     -Conviene -dijo con seriedad
disciplente-, que el caballero formule por escrito su deseo. El
señor ministro se enterará más tarde de la correspondencia privada,
y es de creer que le señale día y hora de audiencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!... perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     -De esa manera no tendrá necesidad el
joven señor de perder aquí lastimosamente el tiempo con inútiles
gestiones.
    </p>
    

    <p>
     -Repito al clásico ugier que estoy
enamorado de su idea.
    </p>
    

    <p>
     Y Lozano se acercó a la mesa sin la
menor ceremonia; tomó una pluma y el mejor papel que encontró a
mano, y escribió rápidamente en pie las frases siguientes:
    </p>
    

    <p>
     «Felicísimo Lozano
saluda al excelentísimo señor marqués de Esquilache y le ruega
tenga a bien concederle una audiencia para que le pueda exponer el
objeto de la misión que le ha confiado uno de los amigos de su
excelencia».
    </p>
    

    <p>
     A continuación plegó el papel en tres
dobleces, sujetó la punta con una oblea, y puso el sobrescrito.
    </p>
    

    <p>
     -He ahí mi pequeña instancia -añadió:-
¿a qué hora y de qué kalendas, nonas o idus, calcula el señor ugier
que habrá podido tener ocasión su excelencia para resolver alguna
cosa?
    </p>
    

    <p>
     -Si el caballero se toma la molestia
de volver a las cinco de la tarde, no es imposible que reciba
contestación, -dijo el doméstico con la voz más breve y el ceño más
fruncido.
    </p>
    

    <p>
     -Está muy bien: a esa hora enviaré a
mi ayuda de cámara para que se entere acerca de si la falta de
imposibilidad ha llegado a adquirir la forma de hecho
consumado.
    </p>
    

    <p>
     Las últimas palabras del joven
parecieron rehabilitarle algún tanto, en el concepto del
dependiente, porque el entrecejo de éste comenzó a despojarse de su
severidad.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, sin embargo, no pensó en
aprovecharse de su ventaja. Con un equívoco movimiento de cabeza,
se dio por despedido, y abandonó la antecámara, vengando con
burlonas sonrisas y miradas en las personas y las cosas que
encontraba al paso, la primera contrariedad que en el primer
propósito había experimentado.
    </p>
    

    <p>
     El joven caballero fue a pasar una
hora en sabrosa plática con el amigo Ayala; después recorrió los
puntos más concurridos de la villa con paso reposado, la nariz al
viento y las manos cruzadas en el dorso; tomó una taza de moka, más
o menos legítimo, en el café y botillería de San Felipe; y usó y
abusó de la hospitalidad tan cómoda como llena de distracciones que
el establecimiento ofrecía a sus numerosos concurrentes, con la
delectación morosa del hombre que sólo se propone matar el tiempo.
Previa venganza, cuya perfecta justicia nadie podrá poner en dada,
puesto que a falta de otros enemigos el tiempo habrá de ser quien
mate al hombre.
    </p>
    

    <p>
     Llegaba el sol al término de las
cuatro quintas partes de su carrera, cuando Lozano retornó a su
posada.
    </p>
    

    <p>
     El primer cuidado del joven, fue
llamar a Cazurro y encargarle que a las cinco en punto se avistase
con el cancerbero del marqués de Esquilache. Al efecto, comunicó al
lacayo las más precisas instrucciones.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se apresuró a cumplir el
encargo de su amo con la mejor voluntad; pero el incidente de la
antecámara había puesto en guardia a Lozano contra las ilusorias
facilidades del deseo, y aguardó la vuelta del fámulo con poca
impaciencia y acaso con menos confianza.
    </p>
    

    <p>
     Veinte minutos después, el caballero
que se había asomado a su balcón, vio regresará Cazurro,
desembocando por la calle Ancha de Peligros.
    </p>
    

    <p>
     -¿Has conferenciado con el ugier del
ministro? -dijo Lozano a su doméstico, apenas éste puso la planta
en el aposento.
    </p>
    

    <p>
     -He tenido esa satisfacción -contestó
Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -¿En castellano o en latín?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, bah!.. Hubiéramos podido, sin
embargo, entendernos en dialecto galáico, porque hemos resultado
paisanos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué te ha dicho?
    </p>
    

    <p>
     -Me ha asegurado que al entregar la
esquela al señor marqués, le encareció el carácter de perentoriedad
que mi amo parecía dar a su instancia.
    </p>
    

    <p>
     -El tunante ha mentido; pero no le
haré un cargo por ello. Adelante.
    </p>
    

    <p>
     -Después ha puesto en mis manos este
billete.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se apoderó del papel apenas
salió de la librea de Cazurro, desplegó los dobleces, y leyó estas
palabras:
    </p>
    

    <p>
     «El marqués de
Esquilache tendrá el honor de recibir en su domicilio a Don
Felicísimo Lozano, a las once de esta noche».
    </p>
    

    <p>
     -Esto ya es algo -murmuró Lozano-;
pero ¡cáspita! la hora estaba fuera de todos mis cálculos: ¿qué
clase de costumbres empiezan a adquirir los altos personajes de la
Corte?
    </p>
    

    <p>
     Fueran esas costumbres las que
quisiesen, lo importante era que se hallaba citado por el
Ministro.
    </p>
    

    <p>
     El joven comió con excelente apetito;
se paseó rápidamente por el Prado; concurrió en las primeras horas
de la noche al salón común de la posada, donde presenció distraído
una partida de rebesino, juego para el cual se escribió en el
caballo de copas el tradicional 

     <emph>
      ¡ahí va!
     </emph>
     y a las once, menos cuarto se lanzó a
la calle.
    </p>
    

    <p>
     La noche estaba oscura; pero si las
nubes interceptaban la luz de los cuerpos celestes, abrigaban en
cambio agradablemente la superficie de la tierra.
    </p>
    

    <p>
     El tránsito que por esta vez eligió
Lozano, fue el de la calle de las Torres.
    </p>
    

    <p>
     A doblar iba Felicísimo el ángulo de
la calle de la Reina, cuando oyó distintamente las frases que
siguen:
    </p>
    

    <p>
     -Y juego limpio, camarada: a los dos
se nos ha hecho el encargo; juntos por lo tanto debemos
presentarnos a dar cuenta de su cumplimiento. Si cualquier
accidente nos separa, convengamos en que el favorecido por la
suerte se reunirá con el desdeñado, de una a dos de la madrugada en
la hostería del valenciano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Convenido! -contestó otra voz.
    </p>
    

    <p>
     En aquel momento Lozano, que llegaba a
la esquina, vio dos hombres embozados en largas capas, recostados
en la pared donde comenzaba la calle de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     La única cosa que en la oscuridad pudo
entrever el joven, fue el sombrero redondo de color gris de uno de
aquellos hombres.
    </p>
    

    <p>
     Los embozados guardaron
instantáneamente silencio.
    </p>
    

    <p>
     -Que el diablo me lleve si la fortuna
que estos bigardos esperan es la de ganar el cielo -murmuró
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Y prosiguió su camino hasta la calle
de las Infantas.
    </p>
    

    <p>
     El gran reverbero, colocado en el
portal de la casa del marqués, sirvió de faro al joven en su nueva
ruta.
    </p>
    

    <p>
     Por los mismos pasos que doce horas
antes, y sin otro inconveniente que el de tomarse el trabajo de
aludir a la citación de que era portador cuando se veía interrogado
por algún dependiente, llegó Lozano a la antecámara del
ministro.
    </p>
    

    <p>
     A la sazón había en la sala media
docena de individuos entre los cuales dos vestían uniforme
militar.
    </p>
    

    <p>
     El ugier recogió el billete de Lozano,
y formulariamente le rogó que tomase asiento, pero el caballero
prefirió pasearse como algunos de los concurrentes.
    </p>
    

    <p>
     Trascurrido medio cuarto de hora,
resonó en la estancia inmediata una argentina campanilla; el ugier
desapareció, y un momento después pronunció un nombre desde la
puerta.
    </p>
    

    <p>
     El apelado ingresó en el despacho del
ministro donde permaneció cinco minutos.
    </p>
    

    <p>
     A la salida del introducido, un nuevo
nombre franqueó el paso a otro espectante. La entrevista de éste
con su excelencia fue más breve todavía.
    </p>
    

    <p>
     Todos aquellos sucesos de precipitado
curso, los detalles que los daban color, y hasta la hora de
silencio y de sombras en que se realizaban, podrían ser la cosa más
natural del mundo; pero imprimían en el ánimo de Lozano una
sensación penosa. ¿Quién se atravería a asegurar que el ministro no
se apresuraba a abreviar las eternas importunidades que su cargo le
imponía la obligación de sufrir, y que conservaría algún recuerdo
de las sonatas que le entonaban al indiferente oído?
    </p>
    

    <p>
     El cuarto nombre que el ugier articuló
fue el de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     El Joven penetró en el gabinete del
marqués, con el sombrero debajo del brazo.
    </p>
    

    <p>
     Era el despacho más espacioso que la
misma antecámara; pero ninguna parte de él estaba en penumbra,
merced a la elegante araña de seis mecheros cubiertos por campanas
de cristal, que pendía del techo, y a la gran lámpara de bomba
esmerilada que ardía sobre la mesa.
    </p>
    

    <p>
     Al resplandor de aquel opulento
alumbrado, Lozano distinguió al marqués en pie, apoyando
indolentemente un codo sobre la tabla de mármol de la chimenea.
    </p>
    

    <p>
     Los rasgos del rostro de Esquilache no
eran de los que definen la edad de un hombre, ni los ojos, de los
que revelan los pensamientos que abriga un cerebro, ni los labios
de los que denuncian los grados de franqueza, de una sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     Si se hubiera perdido el modelo de la
esfinge cortesana, el semblante de Esquilache habría podido servir
para rehacerle.
    </p>
    

    <p>
     Vestía el marqués con un esmero
irreprochable, y en el costado izquierdo de la casaca de terciopelo
negro, fulguraba una placa de diamantes.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es al señor Lozano a quién tengo el
placer de saludar? -pronunció el italiano con melífluo acento.
    </p>
    

    <p>
     -Respestuoso servidor de vuecencia
-contestó el joven inclinándose.
    </p>
    

    <p>
     -Parece que el asunto que mueve a
usted a visitarme no carece de urgencia.
    </p>
    

    <p>
     -Confieso que por carácter suelo
perseguir con cierta actividad los negocios en que me empeño.
    </p>
    

    <p>
     -Por mi parte, como usted ve, no he
querido despojar de la menor importancia al que en este momento le
ocupa. No obstante los altísimos intereses que absorben mi
atención, hoy he recibido el aviso de usted, y hoy mismo le admito
a mi presencia.
    </p>
    

    <p>
     -No puedo encarecer bastante a
vuecencia lo que con ello me obliga.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué se trata, pues?
    </p>
    

    <p>
     -De entregar a vuecencia esta carta
del caballero César Ponzone, secretario del marqués de Tanucci.
    </p>
    

    <p>
     Y Lozano entregó al ministro la misiva
de que hablaba.
    </p>
    

    <p>
     -¿Viene usted de Nápoles? -añadió el
marqués mientras desdoblaba el pliego.
    </p>
    

    <p>
     -Regresé hace diez y ocho meses; pero
la amistad que allí contraje con el señor Ponzone, no se ha
entibiado en ese tiempo.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache recorrió con la vista
rápidamente la carta, y la dejó entre otros papeles sobre la
chimenea.
    </p>
    

    <p>
     -El buen César -repuso-, me hace de
usted el más cumplido elogio.
    </p>
    

    <p>
     -Indulgencia de la amistad.
    </p>
    

    <p>
     -Pero como la carta no es otra cosa
que una encomiástica presentación, espero la explicación del
presentado.
    </p>
    

    <p>
     -Dios mío, la explicación no puede ser
más sencilla. El señor marqués tiene delante a un joven en la
plenitud de su energía, sin familia ni lazo alguno de los que
pueden cohibir el acometimiento de las más grandes empresas, que
nada anhela tanto como consagrar toda la actividad de que se siente
capaz a ser útil al rey y a vuecencia.
    </p>
    

    <p>
     El relámpago de entusiasmo que animó
la voz y las facciones de Lozano acaso hubiera agradado a un hombre
de cabeza y de corazón en la acepción figurada de la frase; pero el
marqués tenía ambas partes del organismo atrofiadas, tanto por el
pesa no escaso de los años, como por la batalla sin tregua de la
vida palaciega, y en las palabras del joven sólo vio con extrañeza
una cosa, la falta absoluta de la 

     <emph>
      súplica
     </emph>
     tradicional que todo pretendiente debe
poner al pie de sus memoriales.
    </p>
    

    <p>
     -Esto es, aspira usted a un empleo
-replicó, rebajando el lirismo hasta el más pedestre de los
lenguajes.
    </p>
    

    <p>
     -Si vuecencia creyese que ese era el
mejor medio de servirlos...
    </p>
    

    <p>
     -Prescindiendo por completo de mi
persona -añadió el marqués con fina sonrisa-, conviene no perder de
vista que son tan excesivamente numerosos los buenos servidores del
rey; que su majestad es quien favorece en alto grado a aquellos
cuyos servicios se digna aceptar.
    </p>
    

    <p>
     El joven ligeramente herido, contestó
bajando la voz.
    </p>
    

    <p>
     -No es imposible que mi provinciana
falta de tacto, me haya hecho incurrir en alguna inconveniencia que
no me propongo adivinar; pero desde luego, me parece que las frases
que he pronunciado no se oponen poco ni mucho a la exacta teoría
que vuecencia acaba de exponer.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha pertenecido usted a algún ramo de
la administración del Estado?
    </p>
    

    <p>
     -Jamás.
    </p>
    

    <p>
     -¿Posee usted título profesional de
los que habilitan para el ejercicio de alguna carrera científica o
literaria?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno.
    </p>
    

    <p>
     -¿Los antepasados de usted han
prestado al rey especiales servicios?
    </p>
    

    <p>
     -Lo ignoro; pero me atrevería a
asegurar que si esos servicios existen, no han llegado nunca a la
conquista de un reino, porque no lo registra la historia.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache tomó un tabaco habano de la
cigarrera que había sobre la mesa, murmurando entre dientes:
    </p>
    

    <p>
     -Pobre y soberbio.
    </p>
    

    <p>
     El marqués guardó un calculado y
elocuente silencio a continuación de sus preguntas, acaso con el
objeto de que Lozano pudiera por sí mismo deducir la
consecuencia.
    </p>
    

    <p>
     -A decir verdad -repuso el joven-, no
fundaba mis esperanzas en ninguna de esas circunstancias.
    </p>
    

    <p>
     -El áncora de las aspiraciones de
usted era por lo visto el apoyo de Ponzone.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! posteriormente comprendí que el
excelente caballero alucinado por la mejor de las intenciones daba
a sus presentes más valor del que sin duda tienen.
    </p>
    

    <p>
     Algo de equívoco debió ver Esquilache
en las palabras de Lozano, porque dijo con un candor verdaderamente
italiano:
    </p>
    

    <p>
     -Fijemos bien los términos de la
cuestión para que podamos entendernos. ¿A quién ha creído César
Ponzone obligar con su carta?
    </p>
    

    <p>
     Lozano se sublevó ante la idea de la
última humillación que se le quería imponer; y dando a la fisonomía
una expresión irónica, contestó rotundamente:
    </p>
    

    <p>
     -A mi juicio, es evidente que Ponzone
no ha creído obligar a otra persona que a vuecencia.
    </p>
    

    <p>
     -Así lo sospechaba -pronunció
fríamente el marqués-; pero no me ha parecido inútil oírlo.
    </p>
    

    <p>
     Y eligiendo con aire distraído un
papel entre los que había sobre la chimenea, hizo con él una
especie de antorcha; prendió fuego a su punta en el hogar, y
utilizó la llama para encender tranquilamente el cigarro.
    </p>
    

    <p>
     Después arrojó a los tizones el resto
de la mecha.
    </p>
    

    <p>
     La casualidad había hecho que el papel
tomado por Esquilache, fuese la carta del secretario del Presidente
del Consejo de regencia de Nápoles.
    </p>
    

    <p>
     Lozano afectó no echarlo de ver,
entornando los párpados con indolencia; pero el iris de los ojos
fulminaba a través de las pestañas más chispas que la misma
chimenea.
    </p>
    

    <p>
     El marqués prosiguió:
    </p>
    

    <p>
     -Los dones de un hombre como Ponzone, a pesar de la modestia con
que usted los justiprecia, no son seguramente de desdeñar. No
echaré en olvido el nombre de don Felicísimo Lozano, si ocasión se
presenta en que sea conveniente utilizar sus especiales cualidades.
¿Tiene usted a bien manifestarme su residencia?
    </p>
    

    <p>
     -Calle de Alcalá, fonda de
Levante.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache trazó un par de garabatos
en el libró de memorias. A continuación miró la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Lozano pronunció con la más afable de
las sonrisas de su repertorio:
    </p>
    

    <p>
     -Ruego a vuecencia que no sea
demasiado tarde. Los hidalguillos de provincia, aun en Madrid nos
recojemos temprano por costumbre; y no sería imposible que si el
mensajero de vuecencia acudiese a mi domicilio a una hora algo
avanzada, me encontrase profundamente dormido.
    </p>
    

    <p>
     El marqués irguió la frente con
viveza; pero sólo vio la coronilla del joven que se inclinaba con
flexibilidad.
    </p>
    

    <p>
     Cuando un momento después Lozano
atravesó la antecámara, oyó al ugier proferir otro nombre, lo cual
le probaba que la audiencia continuaba su mecánico curso, como la
tierra proseguía trazando su órbita gigantesca alrededor del astro
rey 

     <emph>
      en el piélago inmenso del vacío
     </emph>
     .
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012004">
    

    <head>
     Capítulo IV
    </head>
    

    <head>
     Donde Lozano oye por primera vez en su vida el
canto de una sirena
    </head>
    

    <p>
     La disposición de ánimo con que Lozano
llegó al peristilo, no podía ser menos tranquilizadora para
cualquiera que hubiese tenido la poca fortuna de tropezarle; y sin
embargo, fue tropezado sin que los labios del joven, plegados por
la ira, formulasen reclamación alguna.
    </p>
    

    <p>
     Es verdad que el choque que sufrió
habría podido tomarse por el del ala de un pájaro en su rápido
vuelo: que no de otro modo cruzó por delante del joven una mujer
que se deslizaba desde la escalera al portal, rebozada en la amplia
sarga del manto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Diantre! -pensó Lozano-; si la
presencia de esa dama estaba relacionada con la nerviosa
precipitación con que el marqués procura esta noche desembarazarse
de sus importunos, su excelencia pierde su trabajo: la tapada tiene
menos paciencia que él.
    </p>
    

    <p>
     Para los hombres del temple de Lozano
no hay términos medios cuando experimentan una importante
decepción. O enseñan los puños al cielo, hieren la tierra con los
pies, y reniegan de todo lo creado, o ahogan una carcajada, hacen
una pirueta y cantan una seguidilla.
    </p>
    

    <p>
     Al salir a la calle, el joven, que sin
duda en esta ocasión había optado por el segunda extremo de la
disyuntiva, echó a andar automáticamente canturreando el aire de
las últimas manchegas que fueron importadas en Torrelaguna.
    </p>
    

    <p>
     Sabido es, sin embargo, si hemos de
dar crédito a un autorizado proverbio, que no hay que fiarse gran
cosa de los cánticos del español. Si del Capitolio a la roca
Tarpeya no había más que un paso, de la pirueta al pataleo debe
haber mucho menos.
    </p>
    

    <p>
     El camino que seguía Lozano era el
mismo que había traído. Nunca, deja la costumbre de imponer su yugo
cuando se carece de libertad de espíritu para elegir dirección.
    </p>
    

    <p>
     Las calles de aquella parte del
extremo de la villa, estaban completamente desiertas, y como el
silencio sigue a la soledad, a la manera que la sombra al cuerpo,
Lozano no escuchaba otro ruido que el de sus propios pasos.
    </p>
    

    <p>
     Por esta circunstancia, impresionó más
vivamente el oído del joven un grito penetrante que resonó a su
espalda en el momento en que acababa de cruzar por delante de la
calle de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se detuvo, y condensó en su
órgano auditivo todos los sentidos del cuerpo y todas las potencias
del alma. No tardó en percibir otro segundo grito más débil que el
primero. Entonces dio algunos pasos atrás, dobló la esquina, y
procuró arrancar con los ojos a la oscuridad el secreto de lo que
ocurría en el fondo de la calle.
    </p>
    

    <p>
     Inútil fue el intento. Si la vista, no
obstante, de nada le servía, en cambio oyó distintamente la
sofocada voz de una mujer que clamaba:
    </p>
    

    <p>
     -¡Socorro!.. ¡socorro!..
    </p>
    

    <p>
     El joven se precipitó hacia el punto
de donde partía el acento.
    </p>
    

    <p>
     Cien pasos más arriba, un pálido
reflejo le permitió vislumbrar algunas sombras que se agitaban en
violenta lucha.
    </p>
    

    <p>
     Sin interrumpir Felicísimo su carrera,
desenvainó la espada, y a los pocos momentos se encontró en el
terreno de la agresión.
    </p>
    

    <p>
     Dos hombres pugnaban por sujetar a una
mujer. Él sombrero gris de uno de ellos hizo pensar a Lozano en los
dos embozados que veinte minutos antes había visto en la
esquina.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a la dama, a juzgar por el
luengo manto que a la sazón flotaba al viento, era verosímil que
fuese la misma que salió de la casa del marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hola! ¡tunantes! -gritó Lozano:-
¿creéis que se puede saltear en las calles de Madrid con la misma
facilidad que en Sierra-Morena?
    </p>
    

    <p>
     Y acompañó las palabra con un vigoroso
latigazo, asentado de plano en el hombro del más próximo de los
apostrofados.
    </p>
    

    <p>
     El insinuante modo con que Lozano se
presentó en escena no era para mirado con indiferencia.
    </p>
    

    <p>
     Los embozados abandonaron a la dama y
pusieron mano a las tizonas, prorumpiendo cada uno de ellos en la
más pintoresca de sus interjecciones.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es lo que tiene que hacer aquí
el panarria de la casaca?-dijo el del sombrero gris.
    </p>
    

    <p>
     -Sí ¡pardiez! -añadió su compañero-,
¿qué es lo que quiere este Quijote?
    </p>
    

    <p>
     Lo único que faltaba a Lozano para que
se le subiera la sangre a la cabeza, eran los denuestos de aquella
gente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quiero vuestra sangre villana...
cobardes bandidos de mujeres!.. -rugió con acento estentóreo.
    </p>
    

    <p>
     Cuando la dama se vio libre, recogió
su falda y dio instintivamente un paso para huir, pero un noble
impulso la detuvo. Lo único que hizo fue colocarse a espaldas de
Lozano, cuidando de no entorpecer sus movimientos.
    </p>
    

    <p>
     -Parece que el mirliflor levanta el
grito -repuso uno de los individuos, arrollando rápidamente su capa
al brazo izquierdo.
    </p>
    

    <p>
     -Es un medio indirecto -contestó el
otro-, de que acuda a auxiliarle algún vecino de buena fibra.
    </p>
    

    <p>
     -¡Gaznápiros! -articuló Lozano-, voy a
haceros saber si necesito apoyo alguno para triunfar de dos
rufianes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Adelante!
    </p>
    

    <p>
     -¡Hip!
    </p>
    

    <p>
     Los embozados cayeron sobre
Felicísimo, procurando ligar su hoja toledana; pero se hallaron con
un puño de acero que para probarles su energía, ni siquiera quiso
intentar un cambio.
    </p>
    

    <p>
     El del sombrero gris volvió a levantar
la mano a la altura del hombro, y un instante después partió a
fondo, no sin cierta destreza.
    </p>
    

    <p>
     Lozano paró el golpe con una contra de
tercera en que apenas fue perceptible el movimiento de la
muñeca.
    </p>
    

    <p>
     El otro adversario, para quien no pasó
desapercibida esta circunstancia, señaló un puntazo, pero sin
tender otra cosa que el brazo.
    </p>
    

    <p>
     El joven separó en cuarta el hierro
enemigo lo extrictamente necesario, sin que perdiera el suyo la
línea.
    </p>
    

    <p>
     Los embozados juraron en distintos
tonos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Maldición!
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil infiernos!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ea! camarada -continuó el del
sombrero gris-, una embestida simultánea... Nadie para dos golpes a
la vez...
    </p>
    

    <p>
     Y poniéndose de acuerdo con un gesto,
partieron al propio tiempo al doble grito de:
    </p>
    

    <p>
     -¡Hem!..
    </p>
    

    <p>
     Pero el nadie a quien aludía el del
chambergo, no tenía por lo visto relación alguna con Lozano; porque
éste recogió ambas hojas en el mismo círculo, sin otro
inconveniente que el de darle acaso algo más radio del que permitía
la buena escuela del maestro Bosco.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo conocía perfectamente sus
contrarios: no era cosa de prolongar la defensiva.
    </p>
    

    <p>
     Con la agilidad que le distinguía,
saltó a la derecha de la línea, y aprovechando el momento en que la
nueva posición sólo le presentaba enfrente un enemigo, fingió un
pase y se tendió a fondo.
    </p>
    

    <p>
     El del sombrero gris profirió un
juramento, y cayó encima del que le acompañaba, pero como este no
se ocupó en sostenerle, acabó por desplomarse sobre el
empedrado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! renegado -balbuceó el embozado
que quedaba en pie-, puedes jactarte de un buen golpe.
    </p>
    

    <p>
     -Espera... contestó Lozano:- voy a
enseñarte otro mejor.
    </p>
    

    <p>
     Pero el último adversario no manifestó
el menor interés en recibir la lección anunciada. A cada paso que
Lozano avanzaba para cruzar el hierro, contestaba con otro paso
atrás equidistante: y cuando metódicamente hubo repetido
veinticinco veces el mismo movimiento, volvió la espalda y
emprendió una velocísima carrera.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se lanzó en pos del fugitivo;
pero la voz de la dama, que le había seguido en el avance, detuvo
el primer ímpetu de la persecución en que iba a empeñarse.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!.. caballero... -pronunció la del
manto con acento vibrante-, no se ocupe usted más de ese miserable.
Bastante ha castigado la agresión de que he sido objeto.
    </p>
    

    <p>
     El joven volvió sobre sus pasos
envainando la espada.
    </p>
    

    <p>
     La dama le esperaba en el espacio
sometido a la acción de la tenue luz de dos lamparillas que
alumbraban una imagen. Quería conocer el rostro del caballero.
    </p>
    

    <p>
     La curiosidad de Lozano no era menor.
Ambos se contemplaron algunos segundos, sin la reserva convencional
del mundo, en gracia de lo excepcional de las circunstancias en que
estaban, y a decir verdad, para ninguno fue poco agradable la
impresión.
    </p>
    

    <p>
     La del manto contaría de veintiséis a
veintiocho años, y era de un género de hermosura que podría
llamarse imponente.
    </p>
    

    <p>
     Jamás una aventajada estatura y un
correcto perfil griego han sido mejor secundados por cabellos y
cejas de ébano más espesos, por ojos negros más rasgados y
brillantes, por labios más finos y severos, por tez más trasparente
de color blanco mate, y por talle más esbelto y elegante.
    </p>
    

    <p>
     En aquella joven había algo de las
bellezas circasiana, árabe y helénica, triple tipo de las mujeres
de Oriente, las más hermosas de la tierra.
    </p>
    

    <p>
     -¿Han lastimado a usted esos
malvados?.. -dijo Lozano recorriendo con extasiados ojos las
huellas del desorden que la pasada lucha había impreso en el
cabello y en el traje de la joven.
    </p>
    

    <p>
     -No, caballero: -contestó la dama
pugnando por dominar su agitación-; ¡llegó usted tan a tiempo en mi
auxilio!.. ¡me desembarazó usted con tanto brío de las manos que me
asían!..
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señora! -repuso Lozano con un
acento lleno de interés-; preferiría que mi buena fortuna me
hubiera hecho seguir el mismo camino que usted llevaba para haber
prevenido el suceso que ha ocasionado la angustiosa emoción de que
con dolor la mira poseída.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias, caballero; esto pasará luego
-respondió la joven, procurando dar a su boca la expresión de una
sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Los malsines se proponían sin duda
despojar a usted de sus joyas?..
    </p>
    

    <p>
     -No ha podido ser otra cosa.
    </p>
    

    <p>
     -La dama se llevó las manos a las
orejas, adornadas por dos gruesas perlas, y murmuró:
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, aquí están mis
arillos...
    </p>
    

    <p>
     Después se miró los dedos anulares,
que ostentaban ricos solitarios de magníficas luces.
    </p>
    

    <p>
     -Mis sortijas permanecen intactas...
-añadió.
    </p>
    

    <p>
     Por fin dirigió los ojos a una flor de
bullidora pedrería, prendida en la parte alta del seno.
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno ha tocado a mi broche...
-repuso.
    </p>
    

    <p>
     -Es tan singular como satisfactorio
-dijo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     De repente la dama exhaló un grito de
angustia, y palideció hasta adquirir el color de los vuelos de
encaje del jubón que vestía.
    </p>
    

    <p>
     Lozano sorprendido, se acercó para
sostenerla, si como temía la veía vacilar.
    </p>
    

    <p>
     -¡La escarcela!.. ¡me han sustraído la
escarcela!.. -balbuceó la joven en el colmo de la desolación.
    </p>
    

    <p>
     -¿Contenía objetos de valor?..
    </p>
    

    <p>
     -Un papel precioso... una carta que
debía ser... que era seguramente de la más alta importancia... ¡Ay!
desgraciada... mil veces desgraciada de mí...
    </p>
    

    <p>
     -Si por ventura...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué?
    </p>
    

    <p>
     El hombre que derribé hubiera
sido...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! sí, sí, caballero: véalo usted
por favor... -se apresuró a decir la dama, asiéndose a la idea del
joven como el náufrago al extremo de un cable.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo volvió a bajar la calle,
buscando en las tinieblas la masa más o menos inerte, trofeo de la
excelente espada que ceñía.
    </p>
    

    <p>
     El asombro del joven no conoció
límites. El hombre que consideraba muerto o herido había
desaparecido, sin dejar otro rastro que algunas gotas de sangre en
el sitio donde cayó.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se asomó a la próxima calle de
San Jorge hasta la cual pudo arrastrarse el del sombrero gris. La
corta vía estaba solitaria en toda su extensión.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -murmuró dando media
vuelta.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo encontró a su lado a la
dama lívida como un cadáver, y retorciéndose las manos con
desesperación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Nada!... ¡nada!... -sollozaba-. ¡Ah!
¿por qué no me han arrancado antes la vida?
    </p>
    

    <p>
     Había en el dolor de aquella mujer
influjo tan simpático, tan irresistible, que Lozano poca accesible
hasta entonces al sentimentalismo en general y a las lágrimas
femeniles en particular, se admiró de reconocerse verdaderamente
conmovido.
    </p>
    

    <p>
     El joven condensó sus recuerdos,
coordinó coincidencias, calculó probabilidades; y cuando creyó
haber entrevisto la suficiente luz para seguir algún camino, dijo a
la bella desolada:
    </p>
    

    <p>
     -En nombre del cielo, señora, no se
abandone usted a la desesperación. Acaso no esté todo
perdido...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay! -articuló la joven con
desaliento-. ¡Quién podría ya devolverme esa carta!..
    </p>
    

    <p>
     -Tal vez yo, señora.
    </p>
    

    <p>
     -¡Usted! -exclamó la dama
estupefacta.
    </p>
    

    <p>
     -La casualidad, o más bien la
Providencia, me había hecho oír el punto de una cita que esos
hombres se daban...
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios mío!
    </p>
    

    <p>
     Si las facultades de una criatura
humana alcanzan a sustraer a usted a su amargura, confío en que no
me falten alientos para merecer tanta dicha.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, caballero! -pronunció la dama,
juntando las manos en ademán de súplica-; si fuese dado a usted
prestarme ese inapreciable servicio antes de las diez de la mañana,
apenas quedaría espacio en mi corazón para la gratitud que le debo
por la heroica acción que acaba de ejecutar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum! palabras son esas que me harían
intentar lo imposible.
    </p>
    

    <p>
     -Mis preces al Altísimo acompañarán a
usted en sus procedimientos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué señas tiene la escarcela?
    </p>
    

    <p>
     -Es de terciopelo negro con guarnición
de plata.
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién va dirigida la carta que
contiene?
    </p>
    

    <p>
     -No lleva dirección alguna.
    </p>
    

    <p>
     -Tengo los datos suficientes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!.. ¡si el cielo se apiadase de
mí!... ¡si el éxito coronara el generoso esfuerzo de usted!..
    </p>
    

    <p>
     -Empeño a usted mi palabra de que en
todo caso, no habrá sido celo lo que me haya faltado... Abandonemos
este sitio... Urge que yo no pierda un instante, tan luego como
deje a usted segura en su habitación.
    </p>
    

    <p>
     -Por fortuna la distancia no es larga;
mi casa está en esta misma calle. Precisamente el corto trayecto
que tenía que recorrer ha sido la causa de mi desdicha, porque me
hizo prescindir de todo acompañamiento.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene usted a bien aceptar mi
brazo?
    </p>
    

    <p>
     La dama le tomó en el acto, y ambos
jóvenes subieron a buen paso la calle hasta las inmediaciones de la
de Hortaleza.
    </p>
    

    <p>
     Al llegar a un ancho portal bien
alumbrado, único abierto en la calle entera, la dama se detuvo.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí el término de nuestra
peregrinación -dijo-; ¿me será lícito conocer el nombre del
caballero que con tanta bravura, nobleza y abnegación se ha
consagrado a mi servicio?
    </p>
    

    <p>
     -Señora: me llamo Felicísimo
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Felicísimo! ¡oh! el nombre no puede
ser de mejor augurio para mí.
    </p>
    

    <p>
     -Plegue a Dios que lo sea más que para
quien le lleva.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¿es posible que no sea dichoso
quien posee tan privilegiadas cualidades?
    </p>
    

    <p>
     -Me atrevería a jurar que nada tenía,
que agradecerá la fortuna un momento antes de conocer a
usted...
    </p>
    

    <p>
     Lozano, asustado él mismo de sus
palabras, se apresuró a añadir:
    </p>
    

    <p>
     -Y en cuanto a mí, ¿por quién, señora,
deberé preguntar mañana cuando vuelva a dar cuenta a usted del
resultado de mi empeño?
    </p>
    

    <p>
     -Puede usted preguntar por la condesa
de Bari.
    </p>
    

    <p>
     Y la dama tendió la mano a su
libertador.
    </p>
    

    <p>
     El joven posó en ella respetuosamente
los labios, añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Adiós, señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Adiós, señor de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Cuando algunos segundos después
Felicísimo se encontró sólo en la calle y, por consiguiente, dejó
de estar sometido a la magnética influencia de aquella seductora
mujer, no pudo menos de preguntarse si el compromiso que acababa de
contraer tenía sentido común.
    </p>
    

    <p>
     ¿A qué aberración del entendimiento, a
qué fascinación de los ojos, a qué ilusión de los oídos había
debido que por primera vez en la vida le arrastrase, el canto de
una sirena, hasta el borde del precipicio en que sin conciencia,
sin interés ni esperanza, iba a arrojarse de cabeza?
    </p>
    

    <p>
     ¿Por ventura, consistiría la
explicación en que hasta aquel momento no hubiera escuchado la
maléfica voz de la creación mitológica, inventada por el genio de
la ironía para la perdición del hombre?
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012005">
    

    <head>
     Capítulo V
    </head>
    

    <head>
     La hostería del valenciano en una de sus
frecuentes noches de linternazo seco
    </head>
    

    <p>
     -De todos modos -acabó por pensar
Lozano-, el mal está hecho, puesto que media una palabra empeñada.
No es cosa, por lo tanto, de perder estúpidamente el tiempo en
discutir la conducta que habría debido seguir algunos minutos
antes.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se dirigió a su posada, y
encargó al plantón del portal que llamase a Cazurro, el cual,
aunque vestido, roncaba en su cama con el éxtasis profundo del
primer sueño.
    </p>
    

    <p>
     El mozo se presentó a su amo
restregándose los ojos.
    </p>
    

    <p>
     -Abra el seor Cazurro las orejas, ya
que tanto trabajo le cuesta abrir los párpados -dijo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -La liebre que escucha el ladrido de
un galgo, no está más despierta que yo -contestó Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -En buen hora; vas a poner a
contribución inmediatamente la indiscreción de los dependientes de
la fonda hasta que averigües en qué punto de la villa se halla
establecida la 

     <emph>
      Hostería del Valenciano
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     -No es necesario que proceda a ese
interrogatorio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! si tú lo sabes, no habrás sido
un servidor inútil; pero serás todo un bribón.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué abriga mi amo suposición tan
injuriosa?
    </p>
    

    <p>
     -Porque la gente que frecuenta el tal
figón no puede ser menos honrada.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que no son incompatibles el
conocimiento del infierno y el horror a sus calderas. Por mi parte,
me atrevo a asegurar a mi señor que jamás he pisado esa
Hostería.
    </p>
    

    <p>
     ¡Hum!... en fin ¿dónde está, pues?
    </p>
    

    <p>
     -En Puerta Cerrada.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente; prepárate a ir a
enseñármela con el dedo. Toma tu capa.
    </p>
    

    <p>
     -Así lo haré.
    </p>
    

    <p>
     -Y provéete de un estoque.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -murmuró Cazurro, perdiendo
mucho entusiasmo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es eso?... ¿tendrías por ventura
aversión a las armas?
    </p>
    

    <p>
     -No afirmaré tal cosa; las armas son
instrumentos nobles... Su uso es lo que ya no me seduce tanto.
    </p>
    

    <p>
     -Porque careces de lógica; los
utensilios que no se usan no tienen razón de ser. En marcha.
    </p>
    

    <p>
     -Obedezco -respondió Cazurro saliendo
del gabinete de su amo.
    </p>
    

    <p>
     Durante este breve diálogo, Lozano
cambió prudentemente de casaca y se echó la capa sobre los
hombros.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo descendió al piso bajo
para promover la actividad de Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Al pie de la escalera, sin embargo,
vio con satisfacción que ya le esperaba el bravo mozo envuelto en
su capa y apoyando la siniestra mano en la guarnición de un negro
espadín, arma préstamo del despensero, de la cual se servía éste
para pinchar las ratas que se extralimitaban de la bodega.
    </p>
    

    <p>
     Los dos expedicionarios se encaminaron
a la Puerta del Sol, siguieron las calles de Carretas y de la
Concepción Jerónima, y cruzando las de Toledo y Latoneros,
desembocaron en Puerta Cerrada, triste y sombría como boca de
lobo.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro condujo a su amo delante de un
portal mal alumbrado por un farol de vidrios rojos, y dirigiendo
los ojos a una muestra ilegible, colocada sobre el frontón, dijo a
media voz:
    </p>
    

    <p>
     -Esta es la Hostería que mí señor
buscaba.
    </p>
    

    <p>
     -Prepárate entonces a pisarla por la
primera vez en tu vida; pero por lo que pudiere ocurrir, bueno será
que tomes la precaución de entrar con el pie derecho en tan honrado
establecimiento.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, embozado en su capa y con el
sombrero en las cejas, penetró en una estancia cuadrilonga, en el
fondo de la cual, tronaba detrás del mostrador el dueño de la
Hostería como un magistral en su cátedra.
    </p>
    

    <p>
     A la sazón sufrían sus filípicas en el
dialecto del reino a que da nombre la ciudad del Cid dos
dependientes de distinto sexo, que subían y bajaban botellas por la
escotilla del cueva. Felicísimo se enteró de todos los detalles de
la localidad con el único ojo que llevaba fuera del embozo.
    </p>
    

    <p>
     La habitación tenía dos puertas,
además de la que daba ingreso desde la calle. La primera, indicada
por una cortina de percal de los colores nacionales, se hallaba
situada a la derecha; la segunda se abría en el fondo al lado del
mostrador.
    </p>
    

    <p>
     Con el paso misterioso del embozado de
Córdoba, Lozano se acercó a la puerta de la cortina, y entreabrió
uno de los pliegues de ésta.
    </p>
    

    <p>
     Al otro lado se extendía un espacioso
comedor ocupado por doce o catorce personas, entre las cuales había
algunas mujeres, a pesar de lo avanzado de la noche.
    </p>
    

    <p>
     La excrutadora mirada del joven
examinó todos los rostros uno por uno. Los hombres de la calle de
la Reina no se encontraban en aquel sitio.
    </p>
    

    <p>
     Del examen de las personas, Felicísimo
pasó al de las cosas. El comedor no tenía otra puerta que la de la
cortina. En la pared de la fachada, brillaban las vidrieras de dos
rejas con celosías, y en la parte alta del tabique opuesto, se
abría una ventana a la manera de montante de puerta, con objeto sin
duda de dar luz al aposento contiguo.
    </p>
    

    <p>
     Terminado el estudio de la topografía,
Lozano se encaminó hacia el mostrador, donde el hostelero, punto
menos que estupefacto, por los extraños procedimientos del
embozado, parecía indeciso acerca de la elección de la primera
palabra que la situación requería.
    </p>
    

    <p>
     El joven bajó el embozo y dijo al
hostelero con la más cortés de las sonrisas:
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene el excelente establecimiento
de usted algunos gabinetes reservados?
    </p>
    

    <p>
     El interpelado cambió la severidad de
su entrecejo por otra sonrisa vaciada en el mismo molde que la de
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Uno de todo punto independiente puedo
ofrecer a usted -contestó.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sólo ese existe? -insistió el
joven.
    </p>
    

    <p>
     -Sólo ese -repitió el hostelero algo
humillado al tener que reconocer que no era mayor la amplitud de un
establecimiento calificado de excelente por el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien; necesito celebrar una
conferencia interesante con cierta persona, y ruego a usted que me
franquee el aposento en cuestión.
    </p>
    

    <p>
     -En el acto... ¡Vicenteta! ¡Un quinqué
al reservado!
    </p>
    

    <p>
     -Y que sirvan en él a este mancebo una
botella de moscatel -añadió Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Mientras el hostelero tomaba en su
anaquelería el objeto pedido, Felicísimo dijo rápidamente al oído
de Cazurro:
    </p>
    

    <p>
     -Toma posesión del gabinete y no
consientas la instalación en él de ningún intruso.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro, precedido de Vicenteta, que
llevaba el quinqué encendido en una mano, y una bandeja con botella
y vasos en la otra, desapareció por la puerta inmediata al
mostrador.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Lozano, prosiguió diciendo
al hostelero con aire obligador:
    </p>
    

    <p>
     -Voy a tomarme la libertad de
solicitar de la cortesía de usted una pequeña información.
    </p>
    

    <p>
     -Disponga el caballero de la buena
voluntad que para servirle tiene Jaime Sanchís.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoce el señor Sanchís a dos
sugetos cuyo aspecto es el siguiente? El primero, tiene elevada
estatura, color encendido, cara ancha, boca más ancha todavía; y
gasta sombrero redondo gris. El segundo, apenas pasará del hombro
del anterior, posee poblada barba negra y usa chupete con
relucientes botones de acero...
    </p>
    

    <p>
     -Los individuos que usted me describe
se parecen como dos gotas de agua a Tragaldabas y al Barbut.
    </p>
    

    <p>
     -¿Acuden con frecuencia a la
Hostería?
    </p>
    

    <p>
     -Con más de la que sería de
apetecer... Y perdóneme usted si son amigos suyos.
    </p>
    

    <p>
     -Perdonado; ¿no carecen del defectillo
de ser algún tanto propensos a promover escándalos... eh?
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! tienen un vicio mil veces más
execrable que ese; son malos pagadores.
    </p>
    

    <p>
     -La imperfección, en efecto, no puede
ser más vituperable. ¿Qué último servicio es el que usted les ha
fiado?
    </p>
    

    <p>
     -El almuerzo de esta mañana.
    </p>
    

    <p>
     -¿Teme usted que también le adeuden
esta noche la cena?
    </p>
    

    <p>
     -Si llegan a venir es poco menos que
seguro.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias mil por sus confidencias,
señor Sanchís. Sírvase usted disponer que me lleven una botella de
cerveza al comedor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al comedor! -preguntó el hostelero
con cierta sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -Eso he dicho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¿El señor caballero se propone
esperar en un punto concurrido para que las distracciones que
ofrece aguijen menos la impaciencia que siente?
    </p>
    

    <p>
     -¿Por acaso estaría prohibido?
    </p>
    

    <p>
     -En manera alguna; sólo que...
    </p>
    

    <p>
     Sanchís dio una vuelta al pañuelo qué
le ceñía la cabeza, y pareció experimentar esa perplegidad que
precede a las observaciones espinosas.
    </p>
    

    <p>
     -Vamos; ¿qué es ello? -repuso
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -La verdad... quisiera evitar al señor
caballero cualquier motivo de disgusto.
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí! ¡vive Dios!¿Y qué motivo puede
ser ese?...
    </p>
    

    <p>
     -Pues... el sombrero de tres picos que
lleva. La gente de este barrio está a matar con Esquilache, y con
sus bandos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¡Bah! si no se trata más que de
eso, tranquilícese el buen hostelero. El mismo caso hago yo de
Esquilache que de los asnos que presuman que si me visto de esta o
de la otra manera, es por atenerme a las ordenanzas del
marqués.
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo...
    </p>
    

    <p>
     En aquel instante, merced a un casual
movimiento de cabeza, advirtió Lozano que a su espalda, uno de los
mozos de la Hostería, le estaba señalando con los índices de ambas
manos los cuernos del sombrero, sin duda por hacer gracia a
Vicenteta, que pugnaba por contener la risa.
    </p>
    

    <p>
     El rayo no es más rápido en sus
efectos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Gaznápiro! -exclamó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Y administró tan vigoroso puntapié al
bufón, que éste fue rodando hasta la abierta trampa de la cueva, y
desapareció de la escena dando tumbos por la escalera abajo con un
estrépito que podía hacer temer que no le quedase hueso sano.
    </p>
    

    <p>
     Maese Sanchís, en el colmo del
estupor, pudo tranquilizarse efectivamente con respecto a la
expedición del caballero para arreglar sus asuntos personales; pero
sin duda, esa misma facilidad de procedimientos, no debió parecerle
una sólida garantía para la conservación del orden en la
Hostería.
    </p>
    

    <p>
     -¡La cerveza! -pronunció lacónicamente
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Y levantando la cortina de la puerta,
pasó al comedor.
    </p>
    

    <p>
     El refectorio del establecimiento, a
pesar de que como hemos dicho no era de reducidas dimensiones, sólo
tenía cinco mesas; pero la primera, de forma elíptica, colocada en
el centro, podía bastar para el servicio de cuarenta personas. En
los cuatro ángulos de la habitación había otros tantos veladores
colocados a guisa de rinconeras.
    </p>
    

    <p>
     De la parte central del techo del
aposento pendía una lámpara de dos mecheros con reflector de hoja
de lata.
    </p>
    

    <p>
     Todos los concurrentes, eminentemente
sociables por lo visto, se hallaban, instalados en la mesa redonda,
si bien con desiguales intersecciones.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, dejándose guiar por su
instinto, atravesó la estancia y fue a situarse en el velador más
sombrío.
    </p>
    

    <p>
     El bullicioso diálogo que animaba el
comedor, sufrió una interrupción. Todas las cabezas se volvieron
hacia el recién llegado.
    </p>
    

    <p>
     Entre los circunstantes, sólo uno
llamó la atención de Lozano. Era un hombre de capa de grana y
continente pretencioso, que hablaba íntimamente al parecer, con
otro de grandes bigotes.
    </p>
    

    <p>
     Ambos individuos, por su parte,
fijaron los ojos con insistencia en Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Decididamente -pensó éste-, he
producido en el prójimo rojo la misma impresión que él me ocasiona.
Yo no sé qué recuerdo vago me está diciendo que yo he visto esa
facha en alguna parte, y hasta que la he visto con la espada en la
mano...
    </p>
    

    <p>
     Pronto volvió a reanudarse el curso de
las conversaciones particulares, y a subir al diapasón general;
pero ciertas frases equívocas, que llegaron a los oídos de Lozano,
le probaron que no era extraña su persona al objeto de algunos
diálogos.
    </p>
    

    <p>
     El de la capa de grana preocupaba a
Felicísimo especialmente; porque, sin quitarle ojo, alternaba las
significativas confidencias del hombre de los bigotes, con las
burlonas intimidades de una princesa de la Morería; hablamos, por
supuesto, de la plaza de este nombre, dama junto a la cual se
hallaba sentado.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, con todo el fervor de que era
capaz, que no nos atreveríamos a afirmar fuese mucho, rogaba al
cielo que no viniese cualquier reyerta a comprometer el buen éxito
del plan que había concebido.
    </p>
    

    <p>
     En vez, sin embargo, de formar
propósitos de prudencia, que era lo que en semejante caso habría
ocurrido a otro carácter menos impresionable, lo único que se
prometió a sí mismo, fue imponer el más severo de los castigos al
miserable que tuviera la avilantez de introducir en los proyectos
que acariciaba, una perturbación cualquiera.
    </p>
    

    <p>
     Acababa de colocar un mozo el servicio
de la cerveza delante del joven y de destapar la botella con sonoro
taponazo, cuando uno de los concurrentes dijo con voz bastante
acentuada para dominar el rumor general:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece señor don Eulogio, que
pocos momentos antes iba usted a hacerme yo no sé qué
manifestación; pero que por el mero hecho de ser suya, no puede
menos de interesarme.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto -contestó el de la capa de
grana con aire zumbón-; iba a decir a usted, que me alegro mucho de
que no me guste el sombrero de tres candiles, porque si me gustase,
me le pondría, y es una cosa que me revienta.
    </p>
    

    <p>
     El éxito que estas palabras
obtuvieron, no pudo ser más completo. En todos los extremos de la
mesa estalló un coro de carcajadas, no siendo las damas las que
menos parte tomaron en él, con sus atipladas florituras.
    </p>
    

    <p>
     Lozano dio por supuesto que la cerveza
que acababa de acercar a los labios iba a volvérsele veneno; pero
no obstante, apuró pausadamente el vaso con la mayor abnegación y
le dejó sobre el velador cuando el acceso de hilaridad general se
hubo calmado.
    </p>
    

    <p>
     Entonces, clavando la acerada visual
en el de la capa roja, pronunció con acento vibrante:
    </p>
    

    <p>
     -Señor mía, la peregrina manera que
tiene usted de discurrir me ha inspirado otra análoga. Me felicito
con alma y vida en este momento, de tener poca paciencia, porque si
tuviera mucha, habría sufrido las impertinencias de usted, y ese
sufrimiento sería capaz de producirme un cólico bilioso.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué gallo cacarea en el rincón?
-replicó el llamado Eulogio, poniéndose la mano sobre los ojos a
manera de visera-; ¡es tan detestable el alumbrado que la economía
de Sanchís nos dispensa!...
    </p>
    

    <p>
     -Si usted no tiene suficiente luz para
distinguir los objetos -añadió Felicísimo-, será porque padezca
miopía; por mi parte, me basta y aún me sobra con la lámpara para
ver que es usted un necio.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio debió convencerse de que con
aquel adversario no podía haber combate de guerrillas, porque se
puso en pie gritando:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¿sabe el del tricornio lo que
hago yo con los insolentes?
    </p>
    

    <p>
     -No -contestó Lozano imitando el
movimiento de Eulogio-; pero en cambio sé lo que hago yo con los
gaznápiros.
    </p>
    

    <p>
     Y acercándose a la mesa redonda, cogió
una gruesa botella de agua, y sin otro preámbulo la lanzó con mano
vigorosa a la cabeza del hombre de la capa de grana.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio, que adivinó más bien que vio
la acción de Lozano, bajó con rapidez la frente, y el terrible
proyectil pasó por encima llevándose el sombrero por todo
trofeo.
    </p>
    

    <p>
     Pero si el oportuno movimiento de la
cabeza de Eulogio evitó una situación trágica, fue la ocasión de
una escena cómica.
    </p>
    

    <p>
     Un mozo, que en aquel momento pasaba
por detrás del agredido conduciendo majestuosamente una enorme
fuente de pepitoria, recibió la botella en pleno servicio; y al
romperse en mil pedazos ambos recipientes, se derramó poco menos
que la totalidad del contenido sobre el cráneo del de la capa
roja.
    </p>
    

    <p>
     Difícil sería describir la
estupefacción que experimentó el caballero al verse sometido a la
acción de aquella catarata de alones, patas y pechugas, de líquidos
grasientos y de cascos de loza y de vidrio.
    </p>
    

    <p>
     Y como para colmo de desdicha, la
especie que predominaba en el guiso hasta tocar los límites del
abusó, era el azafrán; el rostro del pobre Eulogio se ofreció a
todas las miradas como afectado de un violento acceso de
ictericia.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto al mozo conductor de la
pepitoria, había depositado suavemente las posaderas en el suelo,
gimoteando entre mueca y mueca, sin duda con el objeto de hacer
comprender a cuantos quisieran observarlo, que lejos de alcanzarle
responsabilidad alguna en la catástrofe ocurrida, era tan víctima
como el primero.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio, cegado por los arroyos que se
desprendían de sus cabellos, había empuñado a tientas un cuchillo y
un tenedor como si se propusiera trinchar al enemigo; pero el de
los bigote por la derecha, y la dama por la izquierda, pugnaban por
calmarle hablándole en voz baja y llevando la caridad hasta el
punto de limpiarle de arriba a abajo con los pañuelos de
bolsillo.
    </p>
    

    <p>
     Jaime Sanchís, atraído por el
estrépito, se ocupaba en levantar al dependiente y en exigirle la
explicación del acontecimiento.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Eulogio pudo por fin utilizar
sus ojos, halló a dos pasos delante de sí al del tricornio con la
siniestra mano en la empuñadura de la espada, la diestra en la
cadera y la mirada centellante.
    </p>
    

    <p>
     -Supongo, caballero, que no me negará
usted una reparación -rugió rechinando los dientes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez!-contestó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoce usted el Tejar de la Jara
detrás de la tapia del Retiro?
    </p>
    

    <p>
     -Dé usted por supuesto que le
conozco.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien; a las nueve de la mañana
esperaré a usted allí con un amigo.
    </p>
    

    <p>
     -Pactado.
    </p>
    

    <p>
     -Procure usted no olvidar el punto de
la cita...
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -murmuró Lozano con la más
insolente de las sonrisas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y cuidado con la puntualidad, señor
mío!...
    </p>
    

    <p>
     Por esta vez, un monosílabo hubiera
parecido demasiado a Felicísimo. Se encogió de hombros, volvió la
espalda a Eulogio y se encaminó de nuevo hacia el velador.
    </p>
    

    <p>
     Luego que Eulogio no pudo cruzar su
mirada con la de Felicísimo, la fijó en sí mismo. El estado en que
el desventurado caballero se encontró, le colmó de vergüenza.
    </p>
    

    <p>
     El traje entero que vestía, se
asemejaba a una carta geográfica; y el olor que despedía podría ser
muy apetitoso para un individuo que estuviese en ayunas, pero era
nauseabundo para otro cualquiera. Permanecer un instante más en
aquel sitio, equivalía a dar el último golpe a la propia
dignidad.
    </p>
    

    <p>
     El de la capa antes de grana se
encasquetó el chambergo. Y salió furioso del comedor, acompañado
del bigotudo compañero; el cual proseguía frotándole por el camino
con el pañuelo, lienzo que en el grado de saturación a que había
llegado, más era la grasa que ponía que la que quitaba Felicísimo
se instaló otra vez en su mesa, dirigiendo a los circunstantes la
mirada que dirije el oso a los que se acercan a la gruta donde
tiene los cachorros.
    </p>
    

    <p>
     Afortunadamente no se vio en el caso
de afrontar por entonces otra provocación, porque los pobladores
del comedor le observaban de reojo sin duda con la buena voluntad
que los ratones de la fábula dispensaban al gato; pero ninguno se
encargó por un acto expontáneo de la espinosa misión de colgarle el
cascabel.
    </p>
    

    <p>
     Pocos minutos después del episodio
referido, la cortina de la puerta abrió paso a un nuevo
personaje.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se envolvió mejor en su capa y
se bajó el sombrero. Acababa de reconocer al fugitivo de la calle
de la Reina, o sea al Barbut de Jaime Sanchís.
    </p>
    

    <p>
     El recién venido abarcó con su visual
toda la estancia, y fue a situarse en el velador opuesto al de
Felicísimo, declinando al paso el honor a que algunos conocidos le
invitaban de colocarse a su lado en la mesa redonda.
    </p>
    

    <p>
     El Barbut llamó con dos puñetazos, y
se hizo servir un frasquete de 

     <emph>
      bala rasa
     </emph>
     . La ostensible preocupación que le
dominaba, el aislado sitio que eligió, y la insistencia con que
clavaba en la puerta la extraviada vista, probaban a Lozano que
aquel hombre no aparecía de motivo fundado para esperar a
alguno.
    </p>
    

    <p>
     Como el Barbut había visto caer a su
compañero, la idea inspiró a Felicísimo una vaga inquietud; pero le
afirmó en el ánimo el propósito de imitar al tunante en su
expectación.
    </p>
    

    <p>
     El motivo que el joven sospechaba
existía realmente. El Barbut, después de su fuga por la calle de
Hortaleza, siguió la de las Infantas, torció por la de San Jorje, y
volvió a aparecer en la de la Reina. Como Tragaldabas no estaba en
el punto donde dio la caída, era evidente que no había tardado en
levantarse, poniéndose a buen recaudo.
    </p>
    

    <p>
     A no hacer patente otros signos el
exceso de absorción moral del último concurrente, lo habría
revelado su falta de absorción física. El frasquete, en efecto,
permaneció, no sólo intacto, sino olvidado por espacio de un cuarto
de hora.
    </p>
    

    <p>
     La expectación del Barbut fue coronada
al cabo por el éxito. En el marco de la puerta se dejaron ver las
acentuadas formas del hombre del sombrero gris.
    </p>
    

    <p>
     Tragaldabas se encaminó a la mesa
donde distinguió a su compañero. Era siempre el mismo tagarote
rudo, enérgico, repulsivo que Lozano conocía: solamente tenia menos
color en el rostro, y en el paso menos firmeza.
    </p>
    

    <p>
     Los dos camaradas se engolfaron en un
diálogo íntimo, frío y reposado en los primeros momentos; pero que
progresivamente fue creciendo en animación.
    </p>
    

    <p>
     La considerable distancia que separaba
los veladores, y el bajo tono en que se sostenía la conversación,
impedían que llegase frase alguna a los oídos de Felicísimo; pero
los ojos de éste, asestados por entre la capa y el sombrero como
dos falconetes en batería, no perdían el menor detalle en punto a
gesticulación y movimientos de los interlocutores.
    </p>
    

    <p>
     Llegó un momento en que Tragaldabas
sacó del bolsillo del pecho una escarcela negra de argentinos
reflejos, sepultó en el fondo de ella la garra y extrajo un
papel.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que durante algún tiempo no
respiró a sus anchas, exhaló entonces un profundo suspiro que le
desahogó los pulmones.
    </p>
    

    <p>
     El papel comenzó a sufrir un extraño
manejo por parte de los poseedores. Felicísimo supuso que aquel par
de bergantes buscaba el medio de abrir el billete de la manera
menos perceptible.
    </p>
    

    <p>
     En lo más interesante de la
manipulación, dos de los concurrentes a la mesa redonda, que se
habían levantado, eclipsaron a Lozano el grupo que expiaba.
    </p>
    

    <p>
     Bien puede asegurarse que aquella
situación fue para el joven una de las más críticas de su vida.
Escasamente le faltaron dos dedos para levantarse como un león,
coger las cabezas de los importunos, romperlas la una contra la
otra, y meterlos a ambos a puntapiés debajo de la mesa.
    </p>
    

    <p>
     Sin embargo, la luz de la reflexión,
que siempre vela en el fondo del ánimo por impetuoso que sea,
inspiró a Felicísimo el pensamiento de que el remedio no podía
menos de superar en gravedad a la misma dolencia, y llevó la
longanimidad hacia aquellos desventurados, hasta el punto de
resistir a la violencia de la tentación. Es verdad que fue a costa
de fulminar sobre ellos una maldición mental tan tremenda, que si
les hubiera caído podían tenerlos sin cuidado todas las
correcciones humanas incluso la del descuartizamiento.
    </p>
    

    <p>
     Al fin el obstáculo desapareció en
parte. Uno de los interpuestos tuvo la feliz ocurrencia de sentir
sed, y se acercó a la mesa para satisfacerla. A la sazón se ocupaba
Tragaldabas en volver a guardar la carta en la escarcela. Cuando
estuvo cerrado el broche, sepultó continente y contenido en el
mismo bolsillo de donde salieron.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo poseía todos los datos
necesarios; había llegado el momento de resolver el problema.
    </p>
    

    <p>
     Con la naturalidad más perfecta dejó
el joven su asiento, y cuidando de no ofrecer otra cosa que el
cerviguillo a las miradas que pudieran partir del velador opuesto,
atravesó el comedor, y salió a la estancia del despacho.
    </p>
    

    <p>
     El hostelero saludó la aparición de
Felicísimo con un involuntario movimiento de satisfacción.
Hubiérase dicho que mientras el del tricornio estuviera en el
comedor, no le llegaba la camisa al cuerpo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se acercó al mostrador, y dijo
con aire jovial:
    </p>
    

    <p>
     -Voy a ver si por esta noche evito al
señor Sanchís la contrariedad de fiar la cena a Tragaldabas.
    </p>
    

    <p>
     -El señor caballero puede estar seguro
de que me prestaría un servicio en cambio del que me ha roto
-contestó el hostelero.
    </p>
    

    <p>
     -He de merecer de su bondad -prosiguió
Felicísimo-, que se acerque usted a la mesa de Tragaldabas y el
Barbut, y diga al primero, que una persona que no ha podido
resistir a la impaciencia de recibir esta noche noticias suyas,
desea conferenciar con él a solas en el gabinete reservado.
    </p>
    

    <p>
     -Será complacido el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Ni una palabra más...
    </p>
    

    <p>
     -Muy bien.
    </p>
    

    <p>
     -Ni una palabra menos.
    </p>
    

    <p>
     -Me atendré al tenor literal.
    </p>
    

    <p>
     -Si Tragaldabas le pide noticias
acerca de la persona en cuestión, el señor Sanchís se encastillará
en la absoluta reserva que su posición social le impone, y se
negará a entrar en todo género de explicaciones sobre el
particular.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     -Es necesario que la discreción de
maese Sanchís llegue hasta el punto de que ni siquiera deje
traslucir si se trata de un caballero... o de una dama...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha comprendido usted?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda.
    </p>
    

    <p>
     -Pues manos a la obra. ¿Cuál es la
dirección del cuarto reservado?
    </p>
    

    <p>
     -Pasadizo lateral, segunda puerta de
la derecha.
    </p>
    

    <p>
     Lozano dio tres pasos, y se detuvo
volviendo la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Una ligera observación -repuso-, no
quiero ocultar al señor Sanchís que si en el desempeño de la misión
que le confío comete la más pequeña inconveniencia, dejamos de ser
amigos ¡vive Dios!
    </p>
    

    <p>
     Tan siniestra fue la llama destellada
por los ojos del joven, que el hostelero se apresuró a
protestar:
    </p>
    

    <p>
     -Puede estar tranquilo el caballero;
no discreparé en un ápice de sus instrucciones.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo prosiguió entonces su
camino con arreglo al itinerario de Sanchís, y abrió la puerta del
gabinete donde Cazurro saboreaba la sesta copa de su botella de
moscatel.
    </p>
    

    <p>
     El primer cuidado de Lozano consistió
en hacerse cargo de los detalles de la localidad.
    </p>
    

    <p>
     El gabinete sólo tenía una puerta: los
muebles estaban reducidos a una mesa central de no pequeñas
dimensiones, y a media docena de sillas: en cuanto a luz diurna,
únicamente la recibía cansada a través de los cristales de una
elevada ventana interior tan idéntica a la del comedor, que no
podía menos de ser la misma.
    </p>
    

    <p>
     El caballero dijo a su lacayo:
    </p>
    

    <p>
     -Voy a recibir en este momento la
visita de un bribón; y como tu presencia pudiera alarmarle, cuando
no retraerle, conviene que te ocultes.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro paseó la mirada por la
estancia, tan desnuda de todo objeto utilizable como una llanura de
la Mancha.
    </p>
    

    <p>
     -Observo -añadió Felicísimo-, que no
te fijas en lo único en que debieras fijarte, lo cual no habla muy
alto en favor de tu imaginación. Acomódate debajo de la mesa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Será larga la entrevista? -aventuró
tímidamente el mozo.
    </p>
    

    <p>
     -Imagino que no: soy poco amigo de
perder el tiempo. Además, te permito que te des a luz en un
instante crítico...
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué signo podré conocer que ha
llegado ese instante?
    </p>
    

    <p>
     -En la pronunciación de uno de mis
apóstrofes favoritos.
    </p>
    

    <p>
     -Por ejemplo...
    </p>
    

    <p>
     -La palabra ¡gaznápiro!
    </p>
    

    <p>
     -La conozco.
    </p>
    

    <p>
     -Te encargo, sin embargo, dos
cosas.
    </p>
    

    <p>
     -La primera...
    </p>
    

    <p>
     -Que no te vayas a exhibir por delante
de mi interlocutor.
    </p>
    

    <p>
     -Y la segunda...
    </p>
    

    <p>
     -Que tu súbita aparición en la escena
no se asemeje a la solemne y rígida de la estatua del Comendador.
Por el contrario, será de utilidad innegable que no te apresures en
manera alguna a abandonar la posición del cuadrúpedo.
    </p>
    

    <p>
     -Comprendido.
    </p>
    

    <p>
     Un ruido de pasos, que resonó en el
pasadizo hizo cesar el diálogo. Felicísimo señaló la mesa con el
índice, y Cazurro desapareció como por ensalmo.
    </p>
    

    <p>
     Los pasos que Lozano escuchaba con
atención, no eran de una sola persona. ¿Acompañaría Sanchís a
Tragaldabas? ¿Sería que el Barbut no quisiera separarse de su
camarada por prudencia o por desconfianza?
    </p>
    

    <p>
     El joven frunció el entrecejo, y
ocultando el rostro en el embozo, se dirigió a la puerta con aire
resuelto.
    </p>
    

    <p>
     Un golpe seco resonó en la tabla de
encina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Adelante! -pronunció Lozano.
    </p>
    

    <p>
     La hoja de la puerta giró sobre sus
goznes y Tragaldabas entró en el gabinete.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo aprovechó un momento de
indecisión, que pareció experimentar la persona que seguía al
hombre del sombrero gris, y volvió a cerrar la puerta que era
sólida, corriendo su cerrojo interior.
    </p>
    

    <p>
     El misterioso aspecto de Lozano y su
significativa precaución llevaron el recelo al ánimo de
Tragaldabas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué quiere decir esta mascarada!
-exclamó:- el carnaval ha pasado hace un mes ¡voto al
firmamento!..
    </p>
    

    <p>
     -El antifaz caerá en breve -contestó
Felicísimo, volviéndose hacia Tragaldabas, y desembarazándose del
embozo:- como usted ve, se encuentra en presencia de un
conocido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!.. -pronunció Tragaldabas
estupefacto:- ¡se trataba de usted!
    </p>
    

    <p>
     -Precisamente: se trataba del hombre
con quien hora y media antes ha tenido usted que entenderse en la
calle de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     La oleada de sangre, que subió a la
cabeza de Tragaldabas, reveló que el inesperado acontecimiento
había sacado del arzón de la serenidad a aquel experto ginete.
    </p>
    

    <p>
     -Según eso -articuló, apretando los
puños-, viene usted a proseguir aquí su querella...
    </p>
    

    <p>
     -No: si el señor Tragaldabas no se
dejó caer del modo menos incómodo posible con el objeto de escurrir
el bulto, debe tener en esta o en la otra parte de la piel alguna
ligera solución de continuidad que privaría de igualdad a la
partida.
    </p>
    

    <p>
     -Tragaldabas, puesto que usted conoce
ese nombre de guerra, no es hombre que se haya valido nunca de
semejante género de supercherías.
    </p>
    

    <p>
     -He ahí un escrúpulo que seguramente
no tendría yo, tratándose de gentes de la estofa de usted.
    </p>
    

    <p>
     -En fin, para alguna cosa expía usted
mis pasos...
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda, tengo la pretensión de que
me entregue usted la escarcela y la carta que ha sustraído a su
dueña.
    </p>
    

    <p>
     Los labios de Tragaldabas dibujaron
una sarcástica sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -contestó- ¡eso es
imposible!
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo qué es imposible! por el
contrario, nada existe de más fácil ejecución. El señor Tragaldabas
no tiene que hacer otra cosa que sepultar la mano derecha en el
bolsillo izquierdo del pecho, y alargarme el objeto pedido.
    </p>
    

    <p>
     Y el dedo índice de Lozano, amenazador
como su hoja toledana, señalaba con matemática exactitud a la
distancia de una cuarta, el punto donde estaba el bolsillo en
cuestión.
    </p>
    

    <p>
     Tragaldabas exasperado, llevó la mano
al cinto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuidado con las armas! -añadió
Felicísimo:- no puede usted haber olvidado todavía que en el manejo
de la espada no está a mi altura.
    </p>
    

    <p>
     -¡Por eso no será la espada la que
esgrima! -respondió con siniestra expresión el del sombrero
gris.
    </p>
    

    <p>
     En efecto, instantáneamente brilló en
su puño un agudo cuchillo.
    </p>
    

    <p>
     Pero Lozano, que era todo ojos, sujetó
en el acto con la mano izquierda la armada diestra de Tragaldabas,
exclamando:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¡miserable gaznápiro!
    </p>
    

    <p>
     A continuación, con la mano que le
quedaba libre empujó a Tragaldabas por el pecho con irresistible
violencia.
    </p>
    

    <p>
     El hombre del sombrero gris quiso dar
dos pasos atrás para no perder el equilibrio; pero entonces le
ocurrió el mas extraño de los sucesos: un cuerpo redondo, que a la
manera de banquillo se le había colocado a la altura de las corvas,
impidió que las piernas pudieran ejecutar el movimiento calculado;
y después de permanecer un instante, formando con el horizonte un
ángulo de cuarenta y cinco grados, se vio en la imprescindible
necesidad de caer sobre el pavimento boca arriba, con tanto
detrimento de la cabeza como de las costillas.
    </p>
    

    <p>
     Merced a tan imprevisto accidente,
Lozano había arrancado a Tragaldabas el puñal sin gran
esfuerzo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dame la escarcela! -dijo apoyando la
rodilla en el pecho, y la punta del cuchillo en la garganta del
vencido adversario.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mátame! -balbuceó con ronca voz
Tragaldabas en el colmo de la desesperación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah bandido! abusas de tu posición,
porque estas leyendo en la lealtad de mi mirada que no soy capaz de
asesinar a un hombre indefenso. Está bien: sufre la última
humillación ya que lo has querido... ¡Cazurro! sujeta los brazos de
tu víctima; pero firme, porque es forzudo.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo ejecutó el precepto de su
amo al pie de la letra.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, entonces entreabrió el
traje de Tragaldabas, extrajo la escarcela de la condesa, y la
trasladó a la cartera de la casaca.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el del sombrero gris se vio
despojado, reunió todas sus fuerzas para gritar:
    </p>
    

    <p>
     -¡Barbut!
    </p>
    

    <p>
     -¡Héme aquí! -contestó desde el
pasillo el apelado, agitando la puerta con energía.
    </p>
    

    <p>
     Tragaldabas continuó:
    </p>
    

    <p>
     -He caído en un lazo del hombre de la
calle de la Reina... Atranca la puerta por fuera para evitar que
huya... Corre al comedor... Dí a Ordóñez, Martín y Jareño que acaba
de ser robado... Volved todos juntos... Echad entonces la puerta
abajo, y salvadme...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! canalla... -dijo Cazurro
enarbolando el puño sobre el cráneo de Tragaldabas.
    </p>
    

    <p>
     Lozano le detuvo.
    </p>
    

    <p>
     -Acude a la puerta -pronunció-, quita
el cerrojo, y empuja con fuerza.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro cumplió el triple precepto;
pero en vano apoyó el hombro en la tabla y arremetió como un toro.
El Barbut había desempeñado su encargo con toda conciencia y el
portón resistió.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es inútil! -repuso el pobre mozo-;
debe haber barra exterior.
    </p>
    

    <p>
     -Bien -añadió Felicísimo-, echa de
nuevo el cerrojo, y ven aquí.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo no tardó en estar al lado de
su señor.
    </p>
    

    <p>
     -Apodérate del asador de Tragaldabas
-prosiguió Lozano, siempre con la rodilla sobre los sofocados
pulmones del caído.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro soltó el broche del cinturón,
y cargó con él y con la espada.
    </p>
    

    <p>
     -A hora coloca la mesa bajo la
ventana.
    </p>
    

    <p>
     El mozo comenzó por ajustar a su talle
el cinto de Tragaldabas para quedarse con las manos libres, y llevó
después la mesa hasta el tabique.
    </p>
    

    <p>
     -Pon una silla sobre la mesa.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo obedeció, eligiendo la silla
más sólida.
    </p>
    

    <p>
     -Encarámate sobre tu maquinaria; abre
la vidriera de la ventana, y salta al otro aposento.
    </p>
    

    <p>
     Hasta entonces había obrado Cazurro
como un autómata; pero la última orden pareció hacerte
reflexionar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pronto! -gritó la voz de Lozano,
vibrante como un latigazo.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto Cazurro exhaló un suspiro,
trepó hasta la silla, y abrió la ventana.
    </p>
    

    <p>
     Apenas asomó la cabeza, la retiró
asustado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué vacilación es esa! -exclamó
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! señor... -balbuceó el mozo:- la
altura es mucha, y la gente innumerable...
    </p>
    

    <p>
     -¡Tunante!.. -rugió Lozano levantando
la mano armada con el puñal de Tragaldabas.
    </p>
    

    <p>
     El desventurado Cazurro temió ver
convertido en arma arrojadiza el terrible cuchillo, y llevó el
heroísmo hasta el punto de poner los pies sobre el marco, y dar el
salto mortal.
    </p>
    

    <p>
     Al decidirse el mancebo a descender
del olimpo de la Hostería, había calculado que la caída sería menos
peligrosa, dividiéndola en dos etapas: en su consecuencia, se
impulsó hacia el centro de la mesa redonda del comedor en la
primera trayectoria.
    </p>
    

    <p>
     Pero con lo que Cazurro no contaba,
era con la lámpara suspendida del techo, la cual fue arrebatada por
la contera de una de las dos espadas en su raudo vuelo.
    </p>
    

    <p>
     El artefacto del alumbrado acompañó
estrepitosamente al mozo en su desplome, y la habitación quedó en
la oscuridad más completa.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que Lozano vio
desaparecer a Cazurro soltó a Tragaldabas, brincó sobre la mesa con
la agilidad de un cuadrúmano, ganó la ventana, y se descolgó al
otro lado.
    </p>
    

    <p>
     El primer objeto que tropezó con los
pies fue la parte anterior de un tórax abundantemente provisto de
carnosidad y el primer eco que le hirió los oídos consistió en el
penetrante grito de una mujer.
    </p>
    

    <p>
     Por una hipótesis peor o mejor
fundada, podía creer Felicísimo que se hallaba en el comedor; pero
el tal aposento sólo le ofrecía a la inteligencia y los sentidos la
imagen del caos en toda su espantosa confusión.
    </p>
    

    <p>
     A las carreras inconscientes sucedían
los choques imprevistos; a las quejas contestaban los juramentos;
al estruendo grave de los muebles rotos se mezclaba el agudo ruido
de la vajilla pulverizada. Si el infierno tiene en el mundo
sucursales, la 

     <emph>
      Hostería del Valenciano
     </emph>
     debía ser en aquel
momento uno de esos satánicos establecimientos.
    </p>
    

    <p>
     Lozano procuró reconstruir en su
imaginación la topografía de la localidad valiéndose del único dato
que tenía al alcance de la mano en la acepción propia de la frase;
esto es, calculando por la dirección de la pared. En el sitio que
el recuerdo le designaba divisó en efecto una tenue claridad
difundida a través de la cortina que cubría la puerta de
comunicación con la tienda; pero sobre aquel fondo, relativamente
luminoso, se destacaban las movibles sombras interpuestas de
algunos hombres que agitaban frenéticos armas los unos, sillas los
otros.
    </p>
    

    <p>
     Los cuerpos nunca habían sido para
Felicísimo un obstáculo serio; mucho menos debían serlo las
sombras.
    </p>
    

    <p>
     El joven puso mano a la espada, y
precedido de su despejador molinete, se lanzó en la dirección de la
puerta con la impetuosidad del huracán.
    </p>
    

    <p>
     Los alaridos se elevaron al quinto
cielo; las caídas se reprodujeron; los golpes menudearon.
    </p>
    

    <p>
     Lozano sintió caer con violencia sobre
su pie izquierdo un banquillo venido de no se sabe qué punto del
espacio; pero nada bastó a detenerle. El vertiginoso impulso
inicial le hizo atravesar comedor y tienda en menos tiempo del que
hemos empleado para decirlo, y se encontró en la calle sin tener él
mismo plena conciencia de cómo ni por dónde.
    </p>
    

    <p>
     Diez pasos más arriba, un hombre que
tenía en cada mano una espada desnuda, le gritó con acento
apremiante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Por aquí, mi señor!
    </p>
    

    <p>
     Era Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¡el muy bergante! -murmuró
Felicísimo:- ¡y yo que abrigaba el escrúpulo de que alguno de mis
reveses le hubiera desgarrado la librea!
    </p>
    

    <p>
     El lacayo se apresuró a servir de
batidor a su amo hasta doblar la esquina de la calle de Toledo.
Allí se detuvo sorprendido por la lentitud con que Lozano le
seguía; y la sorpresa se cambió en inquietud cuando observó que
cojeaba.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! señor... -dijo acercándose-
¿por acaso estaría usted herido?
    </p>
    

    <p>
     -No, Cazurro; pero estoy contuso. En
aquella caverna no era posible ver venir ningún golpe... Envaina
ese arsenal, ¡poder de Dios! a ningún transeúnte de los que podamos
encontrar le hace falta saber que acabamos de andar a
linternazos.
    </p>
    

    <p>
     Mientras Cazurro enfundaba sus
trinchantes, Felicísimo maldecía. El dolor que experimentaba en el
tobillo se acentuaba por grados de un modo alarmante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil centellas!.. -exclamó
furibundo:- préstame tu brazo o tengo que quedarme aquí como una
grulla... ¡Maldito si comprendo para lo que pueden servir las
piernas humanas si no son capaces de resistir un silletazo!
    </p>
    

    <p>
     Cazurro ofreció el brazo derecho a su
amo. Merced a este apoyo y a la indomable energía de una voluntad
de hierro, pudo subir el caballero los escalones del arco de la
Plaza Mayor.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí un incidente -pensaba
Lozano-, que resuelve el problema relativo a la mayor o menor
conveniencia de ver en esta misma noche a la condesa. No hubieran
ofrecido el más pequeño obstáculo un puntazo en el pecho y una
libra de sangre menos en el torrente circulatorio: por el
contrario, la falta de ese líquido presta al rostro una palidez
interesante. Pero; ¡quién se presenta renqueando en el estrado de
una dama hermosa! Antes me aspan que cometer semejante atentado de
leso amor propio. La mirada con que pagasen mi servicio los
incomparables ojos de mi sirena, palidecería mil veces ante la
sonrisa que podrían determinar en los coralinos labios mis
ridículas contorsiones.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se detuvo delante de la
botica del Buen Suceso, echó mano a la bolsa, y dio un duro a
Cazurro, ordenándole que pidiera un frasco de tintura de árnica
montana.
    </p>
    

    <p>
     El mozo aporreó tan gentilmente la
puerta con la sólida empuñadura del espadón de Tragaldabas, que
triunfó del sueño del practicante, y obtuvo el producto
demandado.
    </p>
    

    <p>
     Al volver presentando la botella a
Lozano, éste repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Está bien: procura que no falte nunca
en tu ajuar ese precioso alcoholato. Ten entendido que cuando se
sirve a un hombre de mis prendas es un artículo de primera
necesidad.
    </p>
    

    <p>
     Lozano prosiguió su camino por la
calle de Alcalá, para él vía de amargura en aquella ocasión; y
disfrutó por fin el beneficio de poder descansar en el más cómodo
de los sillones del aposento de la 

     <emph>
      Fonda de Levante
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Allí descalzó el pie izquierdo y a la
luz de la palmatoria que acercó Cazurro, examinó la contusión.
    </p>
    

    <p>
     La inflamación muscular había
adquirido el suficiente grado de desarrollo para impedir la
percepción del tobillo; pero ni la equimosis era extensa ni
cuantiosa la sangre extravasada.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo diluyó en agua la
conveniente cantidad de tintura, y se instaló en el lecho,
encargando a Cazurro la renovación de las primeras compresas cada
cuarto de hora.
    </p>
    

    <p>
     Después dirigió una invocación a
Morfeo y entornó los párpados.
    </p>
    

    <p>
     La preocupación, sin embargo, de que
aquel miserable magullamiento pudiera impedirle al día siguiente
acudir al doble compromiso que había contraído con el procaz
paladín de la 

     <emph>
      Hostería del Valenciano
     </emph>
     , y con la dama de la
calle de la Reina, le hizo descargar un tremendo puñetazo sobre la
mesa de noche, exclamando:
    </p>
    

    <p>
     -¡Truenos y rayos!.. Daría cualquier
cosa por conocer al gaznápiro que ha ocasionado todo el daño,
apagando la lámpara del comedor!..
    </p>
    

    <p>
     Instantáneamente Cazurro, que estaba
en su segunda compresa, se juro a sí mismo sepultar el secreto en
el pliegue más recóndito del corazón hasta la consumación de los
siglos.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012006">
    

    <head>
     Capítulo VI
    </head>
    

    <head>
     Donde Ayala acepta la responsabilidad de un
escrúpulo de conciencia de Lozano
    </head>
    

    <p>
     Calculaba Felicísimo que escasamente
habría dormitado algunos minutos, cuando entreabriendo un ojo
encontró inundado el aposento por la explendente luz de un hermoso
día.
    </p>
    

    <p>
     Esta circunstancia, el trabajo que le
costó levantar el otro párpado y el sopor general que embotaba lo
mismo el movimiento de los miembros del cuerpo, que la actividad de
las facultades intelectuales, le hicieron temer que el sueño
hubiera sido más profundo de lo que creía.
    </p>
    

    <p>
     La primera idea que clara y concreta
se ofreció a la imaginación del joven, fue el estado de su pie. En
el acto dobló la pierna, y llevó la mano al extremo inferior de la
tibia.
    </p>
    

    <p>
     La hinchazón no había disminuido
sensiblemente; pero Felicísimo observó con una satisfacción
indescriptible que todos los tejidos resistían la presión de los
dedos sin hacerle experimentar el más leve dolor.
    </p>
    

    <p>
     Inmediatamente se sentó en la cama y
puso el pie en el suelo. La sensación dolorosa permaneció
ausente.
    </p>
    

    <p>
     Faltaba intentar la última prueba. El
joven abandonó el lecho, y dio una vuelta por la habitación: el
resentimiento apenas fue notable.
    </p>
    

    <p>
     A punto estuvo Lozano de estrechar
contra su corazón el frasco de árnica que yacía sobre la mesa.
    </p>
    

    <p>
     La lógica le condujo entonces por una
gradación natural a otro orden de pensamientos; y abriendo
vivamente la puerta llamó a Cazurro con acento potente.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo acudió.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué hora es! -le preguntó
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -No tardarán en dar las ocho contestó
Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se tranquilizó.
    </p>
    

    <p>
     -Un desayuno antes de cinco minutos
-repuso.
    </p>
    

    <p>
     -Mi señor se encuentra mejorado.
    </p>
    

    <p>
     -Tu señor se siente capaz de aplicar
la punta del pie izquierdo a todas las cacerolas del cocinero, a
sus propias posaderas y a las de cuantos pinches le rodeen, si no
te sirven en el plazo fijado.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se lanzó fuera del
aposento.
    </p>
    

    <p>
     El caballero se avió deprisa
cerciorándose al endosarse la casaca de que continuaba en ella la
escarcela que contenía la carta de la condesa, y tomó en pie el
café con leche y la tostada que el lacayo no tardó en llevarle.
    </p>
    

    <p>
     En seguida salió de la posada.
    </p>
    

    <p>
     No poseía seguramente la regularidad
normal el paso de Felicísimo; pero como este no se sentía aquejado
por dolor alguno, podía atribuir al temor de despertarle la ligera
incertidumbre que reconocía en la locomoción.
    </p>
    

    <p>
     Entre acudir a un duelo y a la cita de
una dama, jamás dejó Lozano de dar la preferencia al empeño de
honor. No había en aquel día de incurrir en la primera
inconsecuencia, sobre todo, no siendo en manera alguna necesario,
puesto que para ambas cosas debía sobrar el tiempo. Por otra parte,
la hora más próxima era la señalada por el hombre de la capa de
grana.
    </p>
    

    <p>
     En su consecuencia, se dirigió al
domicilio de Tristán de Ayala.
    </p>
    

    <p>
     El gallardo mancebo dormía todavía;
pero su ama de gobierno no opuso inconveniente a que Lozano le
despertase.
    </p>
    

    <p>
     El visitado sacó sus nervudos brazos
de la cama para estirarlos a placer, y pronunció entre dos
bostezos:
    </p>
    

    <p>
     -¡Diantre! madrugador estás,
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Por hoy ha habido necesidad -contestó
Lozano-; y lo más triste es que vengo a rogarte que te des por
incluido en mi ocupación matinal.
    </p>
    

    <p>
     -¿Eh?... a ver, explícame eso.
    </p>
    

    <p>
     -Tengo que ventilar un asunto en el
Tejar de la Jara...
    </p>
    

    <p>
     Ayala saltó del lecho y comenzó a
vestirse.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -exclamó:- ¡tan pronto, voto a
los once cielos! ¡Ah, Felicísimo, para ti no hay enmienda!
    </p>
    

    <p>
     -Te juro...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué vas a jurarme?
    </p>
    

    <p>
     -Que desde que estoy en Madrid
únicamente dos veces he puesto mano a la espada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, desventurado! para dos días que
llevas de residencia, ¡vive Dios! me parece que es muy
suficiente.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán: déjate de representar el
papel de diablo predicador, y acompáñame de buena voluntad.
    </p>
    

    <p>
     -Ya ves que no voy a hacer otra cosa;
pero conste que es protestando...
    </p>
    

    <p>
     -Constará.
    </p>
    

    <p>
     -Protestando contra el atrabiliario
carácter que Dios te ha dado, y que pese a tus puños de hierro
forjado, a tu corazón de león, y a tu agilidad de tigre, tarde o
temprano ha de acarrearte, yo soy quien te lo digo, una seria
perturbación en alguna de las más importantes partes de tu
organismo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! demasiado sabes que esa
perturbación no sería ni la primera ni la décima.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum!... ¿Quién es tu adversario?
    </p>
    

    <p>
     -Pse: un majadero.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! ¡delicioso! ¿ignoras con quién
vas a batirte?
    </p>
    

    <p>
     -No hay tal ignorancia, puesto que te
aseguro que es un majadero.
    </p>
    

    <p>
     -Pero su condición, Felicísimo...
¡Quizá vas a cruzar la espada con un hombre indigno de ti!
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a eso puedo afirmarte que
su aspecto es el de un caballero.
    </p>
    

    <p>
     -El hábito no hace al monje.
    </p>
    

    <p>
     Lozano salió impaciente de la alcoba a
la sala; y como en aquel irreflexivo movimiento prescindió de todo
género de precauciones, se torció ligeramente el pie averiado, y
vaciló un momento.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, que le seguía, dejó escapar una
exclamación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Felicísimo! -dijo- ¿qué tienes en
esa pierna?
    </p>
    

    <p>
     -Una insignificante contusión.
    </p>
    

    <p>
     ¡Ah! ¿y piensas batirte hoy?
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues no!
    </p>
    

    <p>
     -A ver: ponte en guardia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué puerilidad!
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto a las estrellas! ¡Te digo que
te pongas en guardia!...
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo exasperado acabó por
complacer a Tristán, procurando dar a la flexión de los muslos el
habitual aplomo; pero el efecto de la reciente torcedura no había
desaparecido por completo, y el joven no pudo menos de hacer una
mueca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, cuerpo de tal! -exclamó Ayala:-
no te bates esta mañana.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo que no me bato!
    </p>
    

    <p>
     -Como lo oyes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Antes se juntaría el cielo con ta
tierra!
    </p>
    

    <p>
     -Escucha, Felicísimo: ahora que
estamos solos puedo decírtelo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es ello?
    </p>
    

    <p>
     -Siempre me has parecido un poco
fanfarrón.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?... pues atiende, Tristán: ahora
que nade nos escucha, me atrevo a hacerte esta confidencia.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -En todo tiempo te he considerado algo
deslenguado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Patarata!
    </p>
    

    <p>
     -Peor para ti si así lo entiendes.
    </p>
    

    <p>
     -Todo tu despecho no me obligará a
secundarte en una imprudencia.
    </p>
    

    <p>
     ¡Tristán!
    </p>
    

    <p>
     -Lo dicho: sólo me avengo a seguirte
con una condición.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué condición es esa?
    </p>
    

    <p>
     -Que me dejes arreglar el asunto sobre
el terreno.
    </p>
    

    <p>
     -¡Sobre el terreno! -gritó Lozano,
dirigiendo a Ayala una mirada terrible.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! de la manera que yo arreglo
esas cosas,-repuso Tristán, -desembarazándote de tu contrario.
    </p>
    

    <p>
     El furibundo rapto de Lozano terminó
en una carcajada.
    </p>
    

    <p>
     -Hubiera debido adivinarlo
-pronunció:- lástima es que no cuentes con la aquiescencia de mi
enemigo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y por qué no he de contar?
    </p>
    

    <p>
     -Porque creería perder en el cambio.
Tu personalidad es más imponente que la mía.
    </p>
    

    <p>
     -Sea la que quiera la imponencia de mi
personalidad, te juro que a los dos minutos de diálogo, tu
adversario opta por medirse conmigo.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán: hablando con formalidad, yo
no sé por quién me tomas.
    </p>
    

    <p>
     -Te tomo por lo que siempre has sido:
el más testarudo de los aragoneses de tu familia, pasados,
presentes y futuros, y el más intratable de los pendencieros.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se encogió de hombros.
    </p>
    

    <p>
     -Todo eso está muy bien -dijo-, con
tal de que cojas, la capa y me acompañes sin condiciones. El tiempo
apremia.
    </p>
    

    <p>
     -Te acompañaré, ¡voto a brios! porque
no puedo abandonarte en las presentes circunstancias; pero no de la
manera que me exiges. Te advierto, por el contrario, que llevo el
zurrón lleno de condiciones mentales, y que me reservo la más
omnímoda libertad de acción en vista dél curso de los sucesos.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se encaminó a la puerta sin
contestar.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se ciñó la espada, tomó la capa
y el chambergo, y salió detrás de Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes siguieron la dirección
de la verja del Buen Retiro primero, y de la tapia después.
    </p>
    

    <p>
     Durante el tránsito manifestó
Felicísimo a Tristán que el punto de la cita era el tejar de la
Jara.
    </p>
    

    <p>
     No ocurrió a Ayala la menor
observación desfavorable respecto a la localidad elegida; y como
conocía perfectamente su situación, se encargó del itinerario.
    </p>
    

    <p>
     El sitio designado por el hombre de la
capa de grana no podía, en efecto, ofrecer objeciones.
Prescindiendo de la habitual soledad que en el tejar reinaba, los
ángulos entrantes y salientes de sus numerosas paredes, prestaban
un abrigo seguro contra indiscretas curiosidades, a los que como
nuestros jóvenes iban a ventilar uno de los negocios de la vida que
exigen más tranquilidad, reserva y recogimiento.
    </p>
    

    <p>
     Desde que pisó el terreno que había de
ser teatro de la contienda, Lozano buscó con los ojos a su
adversario. El flamante caballero únicamente se hacía notar hasta
entonces por su ausencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Con tal de que no nos haga esperar
mucho! -murmuró con un gesto de impaciencia.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, que había ido tranquilizándose
poco a poco al ver el gentil donaire con que su amigo movía los
pies, repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Tanta prisa te corre ensayar con ese
pobre diablo tu favorita semi-finta de tercera?
    </p>
    

    <p>
     -Si con eso te propones tachar mi
juego de amanerado, voy a darte un solemne mentís. Desde ahora me
comprometo a no emplear semejante golpe.
    </p>
    

    <p>
     -Harás muy mal, oh susceptible
Pílades, a quien hoy parecen haber picado todas las malas moscas de
la Fauna madrileña.
    </p>
    

    <p>
     -No es que alimente el vengativo deseo
que supones, sino que antes de las diez debo presentarme a una
dama.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, pardiez! El símil es tan
perfecto como tu lacayo. La tradición pretende que el Cid Ruy Díaz
se comprometió a concurrir a la jura en Santa Gadea a las diez de
la mañana, sin olvidar por eso que a las nueve tenía concertado un
duelo.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán: si a mi me han picado malas
moscas, a ti te han mordido emponzoñadas víboras: es la segunda vez
que me llamas hoy baladrón.
    </p>
    

    <p>
     -Pues no será por falta de correctivo
en la primera.
    </p>
    

    <p>
     -Eso prueba que eres incorregible.
    </p>
    

    <p>
     -La reconvención no puede ser más
donosa en tus labios.
    </p>
    

    <p>
     -No conozco una discreción superior a
la tuya.
    </p>
    

    <p>
     -Yo si, ¡cáspita!, conozco la tuya.
Hasta este momento ignoraba que entre tus cartas-credenciales
hubiese alguna para la dama a que te refieres.
    </p>
    

    <p>
     -Porque sólo poseo esa carta desde
hace pocas horas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Guarda tu secreto, esfinge!
    </p>
    

    <p>
     -¡Anda al diablo, procaz!
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, cada vez más impaciente,
comenzó a pasearse de arriba a abajo, interrogando con la vista
todas las avenidas.
    </p>
    

    <p>
     Tristán se sentó tranquilamente en un
poyo, y para distraer el ocio, se dispuso a fumar un cigarro,
previo el entretenido cuanto ingenioso experimento físico que pone
el fuego en las manos del hombre, merced a la trinidad de la yesca,
el eslabón y el pedernal.
    </p>
    

    <p>
     El tiempo volaba que no corría, y el
parroquiano de Jaime Sanchís no se dejaba ver.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué hora será, Tristán? -pronunció
Lozano en una de las ocasiones en que pasaba por delante del
fumador.
    </p>
    

    <p>
     -Te lo diría con geodésica exactitud,
sí aún estuviera en mi bolsillo el reloj que hace seis meses
garantiza un préstamo en casa del malsín usurero de la calle de las
Salesas, contestó Ayala exhalando un hondo suspiro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Para lamentaciones de ese género
estoy yo! Pero, en fin de algo ha de servirte el cálculo.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, presumo que más cerca han
de estar las nueve y media, que las nueve.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! -juró Felicísimo al ver
corroborado su propio pensamiento.
    </p>
    

    <p>
     El joven se sentó en un ribazo y se
mordió una por una todas las uñas. Ayala recurrió por tercera vez a
su eslabón; y el tiempo prosiguió su curso.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Lozano creyó que no podía menos
de haber trascurrido media hora, se levanto furioso.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán! -gritó:- ¿has visto alguna
vez un hombre dado a todos los demonios?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda -respondió Ayala-; me he
visto a mí mismo en cierta ocasión en que se burló de mí un
matasiete, haciéndose tocar un interminable solo de contrabajo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! pues en cuanto a mi
perdonavidas, te juro que no recuerda nunca su gracia con otra risa
que la del conejo; porque sé dónde adquirir noticias suyas en el
acto, y apenas le eche la vista encima, le deslomo a palos.
    </p>
    

    <p>
     -No seré yo quien trate de torcer la
vara de tu justicia catalana.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal haya la torpe mano que anoche no
acertó a romperle la botella entre las dos cejas!..
    </p>
    

    <p>
     -¡Amén!
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal haya el ganso que aceptó como
buena la palabra de un rufián, y no contestó a su reto con siete
docenas de puntapiés!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal haya sea! ¿Te has
desahogado?
    </p>
    

    <p>
     -No ¡mil rayos!
    </p>
    

    <p>
     -Pues continúa; y cuando nada te quede
que maldecir, sírvete manifestarme hasta qué hora hemos de
permanecer en este sitio; porque no supongo que sea tu intención
aguardar a tu contrario de sol a sol, como los paladines de la Edad
Media.
    </p>
    

    <p>
     -No esperaré un instante más.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena.
    </p>
    

    <p>
     -Ya que el bergante no me busca,
buscaré yo al bergante.
    </p>
    

    <p>
     -Que me place. Se puede imitar el
ejemplo de Mahoma, sin ser de todo punto mahometano; dirígite,
pues, a tu montaña si ya no es tiempo de pensar en tu hurí.
    </p>
    

    <p>
     Lozano crispó los puños.
    </p>
    

    <p>
     -Pero... suspende tu juicio,
Felicísimo -añadió Ayala-; pudieras ser más afortunado que el
Profeta; vuelve la cabeza a la izquierda, y observa si aquellos dos
hombres que se acercan tienen algo que ver con el bergante de que
hablabas.
    </p>
    

    <p>
     Antes de que Tristán terminase, Lozano
que se apresuró a tender la visual en la dirección indicada, había
reconocido a Eulogio en uno de los dos individuos que se
adelantaban hacia el tejar, no obstante la falta de la
característica capa roja.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al fin! -murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -Más vale tarde que nunca -repuso
Tristán al oír la conclusión de su amigo.
    </p>
    

    <p>
     Los recién llegados avanzaron sin
premura alguna hasta reunirse con los ocupantes del tejar, y les
hicieron un cortés saludo.
    </p>
    

    <p>
     Ayala contestó quitándose el sombrero.
El rencoroso Lozano apenas llevó la mano al ala del suyo. En
cambio, fue el más diligente para tomar la palabra.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, caballero -dijo-, que
anoche me aseguró usted que a las nueve en punto me esperaría en
este sitio; y con efecto, usted ha sido el esperado, y por más
tiempo del que tenía derecho a exigir.
    </p>
    

    <p>
     -Siento por ustedes, señores -contestó
Eulogio con ligera ironía-, que hayan sido los primeros en llegar
al lugar de la cita, porque un texto santo proclama que los últimos
serán los primeros.
    </p>
    

    <p>
     -¿Los primeros en qué? -replicó
Felicísimo llevando la expresión de la extrañeza hasta la
caricatura.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! En obtener la
bienaventuranza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¡Pese a sus pecados! ¡Según eso
se da usted por muerto!...
    </p>
    

    <p>
     Tristán soltó la risa, a pesar de que
él mismo reconocía que era una inconveniencia.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio volvió el rostro hacia su
compañero, que no era otro que el bigotudo de la Hostería, como
invitándole a llamar al orden al risueño; pero el de los mostachos
se contentó con atusárselos.
    </p>
    

    <p>
     -Señor mío -dijo Eulogio a su
enemigo-; anoche podían tener alguna disculpa esas bravatas; pero
un momento antes de tirar de la espada son soberanamente
ridículas.
    </p>
    

    <p>
     -No existen semejantes bravatas
-respondió Lozano-; lo único que hay, es que mi persona parece
destinada a encender la sangre de usted. Ayer le escaldé con una
salsa y hoy le quemo con una frase.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, Arias -repuso Eulogio,
dirigiéndose a su testigo.
    </p>
    

    <p>
     Arias y Ayala avanzaron algunos pasos,
y en poco más de un minuto se pusieron de acuerdo.
    </p>
    

    <p>
     Todas las condiciones quedaban
reducidas a que mientras los contendientes pudieran manejar el
acero, no cesaría el combate a menos que cualquiera de ellos se
diese por satisfecho.
    </p>
    

    <p>
     A continuación los testigos partieron
el sol, según la expresión sacramental, y colocaron a los
adversarios a ocho pasos uno de otro.
    </p>
    

    <p>
     Los dos contrarios desenvainaron la
espada, y saludaron a los padrinos colocados a derecha e izquierda,
los cuales contestaron con una doble inclinación.
    </p>
    

    <p>
     La voz de Ayala pronunció en toda la
plenitud de su sonoridad:
    </p>
    

    <p>
     -¡En guardia!
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo y Eulogio se perfilaron,
adelantaron el pie derecho, doblaron la sangría y se presentaron la
punta del acero.
    </p>
    

    <p>
     Nada dejó que desear a Ayala la
actitud de Lozano; la pierna izquierda de éste parecía no ser la
misma que en la calle del Barquillo.
    </p>
    

    <p>
     Los duelistas fueron metódicamente
acortando la distancia que los separaba hasta que los hierros se
cruzaron a cuatro dedos de la punta.
    </p>
    

    <p>
     Los primeros movimientos no pasaron de
tanteos.
    </p>
    

    <p>
     De repente, una piedra no sabemos si
caliza o granítica, pero del tamaño de una naranja, cruzó zumbando
a media vara de Ayala y vino a chocar con violencia en la
empuñadura de la espada de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     No era tirador Felicísimo que dentro
de distancia se distrajese por nada en el mundo. El primer cuidado,
por lo tanto, que le inspiró la pedrada, consistió en dar tres
pasos atrás.
    </p>
    

    <p>
     Entonces volvió la cabeza hacia el
sitio de donde partió el proyectil. La acción no pudo ser más
oportuna, porque escasamente tuvo tiempo para evitar el golpe de
otros dos guijarros suspendidos en la atmósfera.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, por su parte, no se daba mano
ni pie a esquivar el encuentro de iguales mariposas no menos
temibles que la ura. Aquello era un verdadero huracán de
peladillas.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes obtuvieron en el acto
la explicación del fenómeno. La tempestad procedía de una nube de
ocho o diez bigardos armados de sendas hondas, que se habían
desplegado en forma de media luna a lo largo de la tapia del
Retiro.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué significa esto? -gritó Lozano
bajando la cabeza por un lado, a la vez que levantaba un pie por el
otro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! -juró Ayala-;
pregúntaselo a tu adversario. Parece que ve venir las chinas con
más tranquilidad que nosotros.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto -exclamó Felicísimo
fulminando una rápida mirada a Eulogio-; ¿se puede saber señor
hidalgo por qué razón esa horda de pillos no dirije a usted la
puntería?
    </p>
    

    <p>
     Eulogio, que contemplaba fríamente el
espectáculo, apoyando en la bola la punta del acero, contestó con
acento burlón:
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién es capaz de adivinarlo!...
Quizá tienta menos a los apedreadores mi chambergo que el tricornio
de usted... Acaso alguno de ellos que habrá oído hablar de la sin
igual destreza de usted en la esgrima, se propone averiguar si esa
habilidad llega hasta el extremo de competir con la del célebre
Manolito Gázquez, que como es notorio, no necesitaba paraguas en
los días de lluvia, porque con la punta de la espada se quitaba
todas las gotas de agua que amenazaban caerle encima.
    </p>
    

    <p>
     Un trozo de teja que Felicísimo no
sorteó en suficiente grado, le arrebató en aquel instante el
sombrero de la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -¿No lo decía yo? -añadió Eulogio
prorumpiendo en una carcajada:- contra el chapeo de los tres
candiles era la inquina. ¡Bah! decididamente no representa hoy el
señor espadachín un papel tan airoso como hace tres días.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! miserable... -pronunció Lozano:-
has hecho la luz en mis ideas; eres uno de los malsines del
convento de Valverde...
    </p>
    

    <p>
     Y dirigiéndose a Ayala repuso:
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán: espada en mano, y demos una
buena carga a este par de gaznápiros!... Prescindiendo de que su
felonía lo merece, de ese modo, nos servirán de escudo contra las
hondas de los tunos que han aceptado por cómplices.
    </p>
    

    <p>
     -Y en todo caso -aulló Tristán
desenvainando-, no correrán menos peligro que nosotros.
    </p>
    

    <p>
     En media docena de saltos Lozano y
Ayala ganaron el flanco de Eulogio y de Arias, e interpusieron a
éstos en el camino que trazaban las piedras de los honderos.
    </p>
    

    <p>
     Realizado tan importante movimiento
táctico, los dos jóvenes cayeron sobre Carrillo y su camarada,
envolviéndolos en un tifón de flamígeros cortes.
    </p>
    

    <p>
     De repente, una voz poderosa hizo
resonar en el espacio este grito fatídico para todos los
contraventores de la ley:
    </p>
    

    <p>
     -¡Los inválidos!
    </p>
    

    <p>
     La dispersión de los apedreadores fue instantánea, y los mismos
Eulogio y Arias no se apresuraron menos a abandonar el terreno de
la contienda, corriendo como dos liebres hacia el ángulo más
próximo del tejar.
    </p>
    

    <p>
     Por la parte opuesta al trayecto de la
fuga general aparecieron un sargento y seis individuos del cuerpo
de inválidos armados con carabinas. Los erizados bigotes entrecanos
de aquellos representantes de la fuerza pública, y sus entrecejos
de pocos amigos, justificaban, en cierto modo, el efecto que habían
acertado a producir.
    </p>
    

    <p>
     Lozano y Ayala esperaron, sin embargo,
con calma a los bizarros veteranos, cuyo nombre vulgar nos impide
escribir nuestro respeto a la cultura del lenguaje, a pesar de que
andaba en todos los labios, inclusive los de las más almibaradas
damas.
    </p>
    

    <p>
     Los inválidos, siguiendo el instinto
inmanente en los agentes subalternos de la autoridad, prescindieron
por lo pronto de los estacionarios y se lanzaron en pos de los
fugitivos.
    </p>
    

    <p>
     El sargento se detuvo un instante
delante de los dos jóvenes y les dijo con ruda severidad:
    </p>
    

    <p>
     -¡Quietos aquí, señores míos!
    </p>
    

    <p>
     -Pierda usted cuidado, veterano
-contestó Áyala-; de ninguna falta tenemos nosotros que
arrepentirnos.
    </p>
    

    <p>
     -Eso es lo que veremos después -repuso
el inválido.
    </p>
    

    <p>
     Y siguió a sus subordinados que a buen
paso procuraban cortar a los dispersos, prodigándoles el militar
grito de -¡Alto!
    </p>
    

    <p>
     -¡Desgraciado Tristán! -exclamó Lozano
recogiendo el sombrero y envainando la espada-; ¿qué compromiso
acabas de contraer?
    </p>
    

    <p>
     -¡Compromiso! -dijo Ayala
admirado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Poder de Dios!... nos has dado por
prisioneros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! eso si que es bueno, Felicísimo:
¿por ventura imaginabas esgrimir tu hoja toledana contra el cuerpo
de inválidos? Infeliz; la cuestión era de galeras. Si realmente has
llegado a pensar en visitarlas, puedes tener por cierto que yo no
te hubiera acompañado en el viaje.
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo -pronunció Lozano
exasperado-; este infernal incidente da el golpe de gracia a mis
proyectos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! si el mal existe, estaba ya
hecho.
    </p>
    

    <p>
     -Me hablas en hebreo rabínico; ¿acaso
estaba hecho el mal del detestable negocio en que nos hemos metido,
y de la ignorancia en que nos encontramos acerca del momento en que
le podremos zanjar?
    </p>
    

    <p>
     -Ese momento va a quedar a tu
elección.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán: ten entendido que me
considero tan ligado por tu palabra como lo estás tú mismo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?... entonces no te comprometes a
mucho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿te propones
infamarnos?...
    </p>
    

    <p>
     -Por lo pronto, tú no has despegado
los labios; y en cuanto a mí, acepto la responsabilidad de todo;
hasta de tus escrúpulos de conciencia.
    </p>
    

    <p>
     -Jamás te he visto tan
acomodaticio.
    </p>
    

    <p>
     -Eso depende de las circunstancias. No
tengo el menor deseo de acompañar a los inválidos a su puesto de
las Ventas. Conozco el albergue y le encuentro insoportable.
    </p>
    

    <p>
     -De manera...
    </p>
    

    <p>
     -Que apenas los veteranos hayan
doblado la esquina del corral del parador, y queden por lo tanto
enmascarados nuestros movimientos, doy por supuesto que ha sonado
la hora de la retirada en el reloj de los que tú hiperbólicamente
considerabas prisioneros bajo palabra.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán... Tristán... te juro que si
los inválidos nos detienen... me da una apoplegia de vergüenza.
    </p>
    

    <p>
     -Como nunca he tenido afición a los
estudios médicos, ignoro si la patología reconoce la existencia de
semejante enfermedad.
    </p>
    

    <p>
     -Pues yo te afirmo que la reconoce, o
no es una ciencia perfecta.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien; en ese caso procuraremos
sustraerte al acceso. ¡Cáspita! una apoplegia de vergüenza debe ser
lo peor del género.
    </p>
    

    <p>
     Llegó el momento que esperaba Ayala.
La cortina de las bardas del mesón ocultó a los inválidos.
    </p>
    

    <p>
     -¡En marcha! -dijo.
    </p>
    

    <p>
     Y sin que pudiera asegurarse que
emprendiese una carrera, abrió y cerró el compás de las bien
desarrolladas piernas con celeridad tan sostenida, que Lozano se
vio precisado a quedarse atrás largo trecho, a menos de no
decidirse a levantar el galope, cosa que no hubiera hecho por nada
en el mundo.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes salieron de los límites del tejar, cruzaron el
sembrado inmediato, se acogieron al pliegue del terreno que precede
a la tapia del Retiro, y ganaron la carretera de Aragón.
    </p>
    

    <p>
     No tardaron muchos minutos en llegar
al portillo, situado donde doce años después levantó Sabatini el
magnífico arco de triunfo llamado Puerta de Alcalá.
    </p>
    

    <p>
     Desde entonces, la confusión
consiguiente a la concurrencia de carruajes, tragineros y
transeúntes de la gran metrópoli, garantizó a los dos amigos la
continuación del eclipse de los inválidos.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012007">
    

    <head>
     Capítulo VII
    </head>
    

    <head>
     En el cual se sirve al lector un bocado apetitoso,
según el duque de Medinaceli
    </head>
    

    <p>
     A las diez y cinco minutos de la
mañana se detuvo un carruaje delante de la puerta de la casa del
marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo saltó en tierra, abrió la
portezuela timbrada con una corona condal de plata, y se inclinó
respetuosamente ante una dama hermosa y de elevada estatura, que se
deslizó por el estribo y desapareció en el portal con la locomoción
aérea de una sílfide.
    </p>
    

    <p>
     El lector conoce a esta dama; era la
condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     La joven se dirigió sin vacilar a las
habitaciones interiores, precedida de los domésticos que encontró
al paso, los cuales se apresuraban a franquearla todas las puertas
y penetró en el salón de la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Una doncella acudió al ruido que
produjo la mampara.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está tu señora, buena Irene?
-dijo la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -En el tocador -contestó la
doncella.
    </p>
    

    <p>
     -Te ruego que la hagas saber mi
llegada.
    </p>
    

    <p>
     -En el acto. Puede pasar la señora
condesa al gabinete.
    </p>
    

    <p>
     La doncella levantó el tapiz que
cubría la entrada del aposento a que se refería. La dama cruzó el
dintel.
    </p>
    

    <p>
     La condesa se asustó de la palidez de
su semblante al verte por acaso reproducido en un espejo. El
insomnio, el dolor y las lágrimas ni siquiera respetan la
belleza.
    </p>
    

    <p>
     Durante cuatro minutos dejó la joven
el diván por, los sitiales, éstos por la banqueta del clavicordio,
la banqueta por los cojines del estrado. Para ella no había mueble
aceptable ni posición posible.
    </p>
    

    <p>
     Al cabo, una puertecilla practicada en
uno de los ángulos de la habitación giró sobre los goznes y
apareció la esposa del ministro de hacienda y de la Guerra.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa era de mediana estatura,
redondeadas formas, seno abundante, y gentil donaire. Entraba en el
último tercio de la segunda juventud; sin embargo, las menudas
facciones que debía a un hada propicia, corregían el trascurso del
tiempo, y podían autorizarla en rigor, para negar dos lustros de
experiencia..
    </p>
    

    <p>
     Las líneas de la fisonomía no eran
seguramente de una corrección intachable; pero la marquesa tenía
una cosa que vale más que la belleza de los detalles; poseía en
grado eminente la gracia del conjunto. No es esto suscitar una duda
acerca del mérito de ciertas notorias perfecciones; los rasgados
ojos, por ejemplo, arrebataban; las aterciopeladas mejillas donde
se dibujaban dos movibles hoyuelos, seducían; la boca, de dientes
sin defecto y de labios frescos, gruesos, carmíneos, incitaba.
    </p>
    

    <p>
     El duque de Medinaceli había dicho
esta frase, que desde entonces fue repetida con frecuencia:
    </p>
    

    <p>
     -La marquesa de Esquilache es un
bocado apetitoso.
    </p>
    

    <p>
     El bocado en cuestión corrió hacia la
condesa y la estrechó en los brazos diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, querida Elina, que no
contaba con verte hoy a esta hora.
    </p>
    

    <p>
     La abrazada respondió ahogando un
sollozo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, marquesa! porque ignorabas mi
desdicha.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa se fijó entonces en el
desolado semblante de su amiga.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios mío! -exclamó-; ¿qué es lo que
tienes?
    </p>
    

    <p>
     Elina clavó sus húmedos ojos en los de
la marquesa, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -¿Te compromete seriamente la carta
que me confiastes anoche?
    </p>
    

    <p>
     Sorprendida la marquesa trató a su vez
de penetrar el pensamiento de la joven.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué me haces esa pregunta?
-replicó..,
    </p>
    

    <p>
     -Porque me ha sido robada la
escarcela, que contenía el billete.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tranquilízate, Elina!
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, buen Dios! ¿no me dices esas
palabras en un generoso impulso de abnegación?...
    </p>
    

    <p>
     -No, por vida mía.
    </p>
    

    <p>
     -¿De veras?
    </p>
    

    <p>
     -Te lo juro. Juzga por ti misma.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa se dirigió a un precioso
escritorio de palo de rosa, tomó una hoja de papel perfumado sin
timbre alguno; trazó en ella tres palabras con una pequeña pluma de
cisne y enseñó el ese rito a la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí la reproducción de la carta
-añadió.
    </p>
    

    <p>
     Elina leyó mentalmente:
    </p>
    

    <p>
     -

     <emph>
      Mañana y siempre
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, querida Pastora!... -pronunció
oprimiendo contra el pecho la linda cabeza de la marquesa-¡de qué
terrible peso acabas de aliviar mi corazón!
    </p>
    

    <p>
     ¡Pobre condesa!
    </p>
    

    <p>
     -Tú no sabes las horas de fiebre, de
delirio, de desesperación que han precedido a mi llegada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mi buena Elina!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay!... no me vuelva a castigar el
cielo con torturas iguales.
    </p>
    

    <p>
     -Pero... ¿porqué no me referiste el
accidente?
    </p>
    

    <p>
     -Tenía una vaga esperanza de recobrar
el objeto perdido...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!
    </p>
    

    <p>
     -Y si era posible, quería ahorrarte la
pena de mi dolorosa revelación. Únicamente cuando esa última
esperanza se ha desvanecido he podido resignarme al sacrificio.
    </p>
    

    <p>
     La de Esquilache plegó el papel; le
encerró en un sobre, y repuso.
    </p>
    

    <p>
     -Por fortuna nada has perdido en este
punto, puesto que como ves, todo está reemplazado.
    </p>
    

    <p>
     -Merced a la bondad divina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pluguiera al cielo que me hubiera
sido dado evitarte con la misma facilidad el disgusto sufrido!
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, el gozo que mi alma te debe me
hace olvidarlo todo!
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuándo tuvo lugar el suceso?
    </p>
    

    <p>
     -A la salida de aquí.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué punto?
    </p>
    

    <p>
     -En mi misma calle.
    </p>
    

    <p>
     -Siempre he combatido en vano tu
inclinación a andar sola por la noche.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cara he pagado la falta de haber
desoído tus consejos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo se llevó a efecto el
despojo?
    </p>
    

    <p>
     -Asaltándome dos miserable
    </p>
    

    <p>
     -¿Te hicieron mal?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno.
    </p>
    

    <p>
     -¿Te amenazaron al menos?
    </p>
    

    <p>
     -No se tomaron ese trabajo. ¡Qué
resistencia podía yo oponerlos!
    </p>
    

    <p>
     -¿Le sustrajeron preseas de valor?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda no tuvieron tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!... hubo alguna
complicación...
    </p>
    

    <p>
     -Favorable hasta lo sumo.
    </p>
    

    <p>
     -Quizá un transeúnte...
    </p>
    

    <p>
     -Un gentil caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, eso adquiere colorido
Calderoniano.
    </p>
    

    <p>
     -Un joven, cuya bravura no podré ponderarte bastante. A los
pocos momentos de su providencial llegada, uno de mis agresores
yacía en tierra, y el otro confiaba su salvación a la fuga.
    </p>
    

    <p>
     -¿No te decí?...
    </p>
    

    <p>
     -Jamás olvidaré ese servicio.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero absolutamente no te quitaron
otra cosa que la escarcela?
    </p>
    

    <p>
     -Absolutamente.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa reflexionó.
    </p>
    

    <p>
     -Es bien singular,-murmuró con un
tinte de ligera inquietud.
    </p>
    

    <p>
     -El mismo fue mi pensamiento, -añadió
Elina observando a su amiga-; mi aderezo y anillos eran harto
visibles.
    </p>
    

    <p>
     -Hum... mucho optimismo sería
necesario para hallar en ello naturalidad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tienes especial motivo que induzca a
creer?...
    </p>
    

    <p>
     La de Esquilache se pasó el pañuelo
por la frente y pronunció bajando la voz:
    </p>
    

    <p>
     -Escucha, Elina; desde hace algún
tiempo me siento objeto de un espionaje incesante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!...
    </p>
    

    <p>
     -Difícil me sería ofrecerte una prueba
evidente; pero hay algo en la atmósfera que me lo dice y algo en mi
corazón que lo presiente.
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo, no te hubiera asaltado
esa idea sin causa racional.
    </p>
    

    <p>
     -Para un ánimo menos preocupado se
trataría de verdaderas nadas.
    </p>
    

    <p>
     -Por ejemplo...
    </p>
    

    <p>
     -Sombras que parecen seguirme a todas
partes... ecos sordos de pasos de personas que escuchan a las
puertas... llaves perdidas que aparecen por sí solas a los pocos
días... desorden inexplicable en mis objetos mejor guardados...
    </p>
    

    <p>
     La condesa meditó un instante y
articuló al oído de Pastora:
    </p>
    

    <p>
     -¿Atribuyes esos procedimientos al
marqués?...
    </p>
    

    <p>
     -Si por mi instinto de mujer hubiera
de contestarte, lo haría negativamente; ¿pero quién podría tener
matemática certidumbre?
    </p>
    

    <p>
     -Exacto.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es verdad, Elina, que no me
faltaría fundamento para ver en tu aventura la corroboración de mis
sospechas?
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué conduciría tratar de
tranquilízarte?
    </p>
    

    <p>
     -El plan abarca nuevas combinaciones;
la red se extiende; los lazos se multiplican.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, Pastora, combatiremos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Esa es tu opinión?
    </p>
    

    <p>
     -A la astucia contestaremos con la
reserva; a la provocación con la templanza; a la fuerza con la
prudencia.
    </p>
    

    <p>
     -Cuento contigo, querida mía.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta el martirio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, mi excelente condesa!...
    </p>
    

    <p>
     -Si el suceso de la calle de la Reina
está relacionado con tus temores, sírvanos de lección.
    </p>
    

    <p>
     -No será advertencia perdida.
    </p>
    

    <p>
     -Merced a tu discreción, han fracasado
hasta ahora todas las insidiosas tentativas, tal vez inclusa la de
anoche, a pesar de nuestra confianza; con más motivo fracasarán en
adelante ante el ojo avizor de nuestros recelos.
    </p>
    

    <p>
     -Me comunicas tu fe.
    </p>
    

    <p>
     -El escrito de que era portadora, y
cuya admirable insignificancia no podía calcular, me permite contar
con el apoyo de la Providencia.
    </p>
    

    <p>
     -Te olvidas de otra circunstancia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál?
    </p>
    

    <p>
     -La oportunidad con que te depara
paladines -repuso la marquesa con ligera sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, mi protector no merece ese
pequeño mordisco de tus dientes, por más que sean preciosos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es tan poco lo que los he
apretado!...
    </p>
    

    <p>
     -Si la intervención de Lozano, ese es
su nombre, no salvó tu carta, la culpa no fue suya. Cuando él
esgrima la espada con tan buen aire, ignoraba yo misma que me
hubiera sido robada la escarcela; y al echarla de menos, hizo más
de lo que podía exigírsele. Se comprometió a perseguir la pista de
los salteadores hasta recobrar, si dable fuere, un objeto tan caro
para mí.
    </p>
    

    <p>
     -Te protesto que no menosprecio la
buena voluntad de tu caballero Lozano.
    </p>
    

    <p>
     ¡Ay!... acaso el pobre joven ha
sucumbido en la demanda.
    </p>
    

    <p>
     ¿No has vuelto a tener noticia
suya?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguna.
    </p>
    

    <p>
     El timbre del reloj de sobremesa de la
marquesa dejó oír una aguda campanada.
    </p>
    

    <p>
     -Tu péndola nos recuerda que no nos
sobra el tiempo -añadió la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Y se puso en pie, guardando
cuidadosamente en el seno el nuevo billete.
    </p>
    

    <p>
     -¿Volveré a verte hoy?-dijo la
marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda: cuento con tomar café
contigo esta noche.
    </p>
    

    <p>
     -Adiós, pues, mi encantadora
Elina.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta luego más bien, mi querida
Pastora.
    </p>
    

    <p>
     Las dos damas se besaron en la
mejilla, y se separaron.
    </p>
    

    <p>
     Elina bajó ebria de gozo la misma
escalera que había subido trémula de dolor.
    </p>
    

    <p>
     Y sin embargo, entre ambos tránsitos
sólo mediaban veinte minutos.
    </p>
    

    <p>
     Si la facilidad con que en el rápido
curso de la vida cambian las criaturas humanas la risa por el
llanto o vice-versa, no fuese terrible, sería grotesca.
    </p>
    

    <p>
     La dama se sepultó en su coche,
diciendo maquinalmente al lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -¡A escape!
    </p>
    

    <p>
     El lacayo algo sorprendido, preguntó
después de vacilar un instante:
    </p>
    

    <p>
     -¿Adónde, señora condesa?
    </p>
    

    <p>
     -¡A palacio!
    </p>
    

    <p>
     El carruaje se puso en movimiento, no
a escape, porque lo prohibían las ordenanzas municipales, pero a
buen paso.
    </p>
    

    <p>
     El magnífico alcázar, llamado entonces
palacio nuevo, que como la catedral de Colonia, sufre el fatal
estigma impuesto por un genio maléfico de no ser acabado jamás,
servía de albergue a la familia real desde el día primero de
Diciembre de 1764.
    </p>
    

    <p>
     La condesa se apeó en la puerta del
Príncipe, y tomó la dirección de las habitaciones de la reina
madre, cerca de la cual desempeñaba el puesto de azafata.
    </p>
    

    <p>
     Al llegar, sin embargo, al ángulo de
la galería de guardias, torció a la izquierda, atravesó las vastas
estancias que precedían a la cámara de la Princesa de Asturias, y
se internó en la serie de corredores que rodeaban los aposentos del
monarca.
    </p>
    

    <p>
     Hubo un instante en que la condesa se
detuvo, sacó un llavín, volvió atrás la cabeza, y desapareció de
repente.
    </p>
    

    <p>
     En el supuesto de la persecución de un
curioso, difícil le hubiera sido a este averiguar el punto por
donde Elina se eclipsó, a menos que no fuera por una angosta
puertecilla siempre cerrada que comunicaba con la biblioteca del
rey.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012008">
    

    <head>
     Capítulo VIII
    </head>
    

    <head>
     Donde Lozano hace la observación de que la
veleidad tiene nombre de mujer
    </head>
    

    <p>
     En honor de la verdad, Lozano no quiso
cargar su conciencia con el remordimiento de haber perdido un solo
instante en la ejecución de la caritativa obra en que se empeñara
de llevar la tranquilidad al contristado espíritu de la bella
condesa.
    </p>
    

    <p>
     Apenas se despidió de Ayala en la
calle del Barquillo, con un apretón de ambas manos, lleno de
cordial efusión, se dirigió a casa de la de Bari por el mismo
camino que siguió en la noche precedente.
    </p>
    

    <p>
     Como había procurado fijar en la memoria varios detalles de la
portada del edificio, no le fue difícil reconocer el zaguán.
    </p>
    

    <p>
     -¿Está visible la señora condesa?
-preguntó al portero.
    </p>
    

    <p>
     -La señora salió hace más de una hora-
contestó el interpelado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, diantre! -murmuró Lozano.
    </p>
    

    <p>
     El portero miró con intensidad al
joven, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Si el caballero se sirviese
manifestarme su nombre, acaso me fuera posible ampliar la
contestación que he tenido el honor de darle.
    </p>
    

    <p>
     -Me llamo Felicísimo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, precisamente: la señora condesa
esperaba al caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Así creía.
    </p>
    

    <p>
     -Si las ocupaciones de vuestra señoría
no le impiden aguardar la vuelta de la señora, puede pasar a su
saló. Tales han sido las instrucciones que he recibido.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena -respondió Felicísimo,
adelantándose.
    </p>
    

    <p>
     El portero le acompañó para que ningún
otro doméstico le pusiera dificultades, y le dejó instalado en el
estrado de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     La habitación era espaciosa y
espléndida. La tapicería, los muebles, los cuadros y los
caprichosos objetos de adorno, rivalizaban en riqueza y en buen
gusto.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, jamás se había pagado de
otro lujo que del personal, y por lo tanto, no le inspiraba la
menor envidia el que estaba contemplando; pero no por eso dejaba de
conceder que si alguna vez le ocurriese bajar de la elevada región
del filosófico desdén que sentía por lo superfluo hasta el vulgar
terreno del sibaritismo, la morada en que a la sazón se encontraba
debía ofrecer más atractivo a los sentidos que el antiguo caserón
solariego de Torrelaguna, y que el chiribitil de la posada de
Levante.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del joven se fijaron por
acaso en la esfera de una magnífica péndola de sonatas, y las
pupilas instantáneamente fulminaron un destello de rencor.
    </p>
    

    <p>
     Merced a la inolvidable lealtad de
Eulogio Carrillo, se había presentado Lozano en casa de la condesa
a las doce menos cuarto.
    </p>
    

    <p>
     Afortunadamente la espectación del
caballero en el salón de la señora de Bari, no fue tan intolerable
como la del tejar de la Jara por varias razones: la más importante
consistió en que duró menos tiempo.
    </p>
    

    <p>
     En efecto, antes de media hora oyó
Lozano detenerse en la puerta un carruaje, abrirse todas las
mamparas, y crugir en la antesala una ondulante falda de seda.
    </p>
    

    <p>
     Un momento después se presentó ante
Felicísimo la condesa en toda la plenitud de la proverbial
elegancia, del arrogante continente, y de la incomparable hermosura
que poseía.
    </p>
    

    <p>
     Elina parecía trasformada. No quedaba
en su rostro la menor huella de las emociones de la noche
anterior.
    </p>
    

    <p>
     Cambiada la mutua reverencia de
ordenanza, la dama pronunció rápidamente:
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Lozano viene, sin duda, a
manifestarme que toda su buena voluntad ha sido estéril.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, algo sorprendido, se
apresuró a contestar:
    </p>
    

    <p>
     -Tengo la satisfacción de que la
señora condesa esté perfectamente equivocada.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, ¿ha sido usted tan afortunado
que?...
    </p>
    

    <p>
     -Que puedo devolverla el doble objeto
que le fue sustraído.
    </p>
    

    <p>
     El joven unió la acción a las
palabras, sacando la escarcela, y entregándola a la dama.
    </p>
    

    <p>
     La condesa extrajo la carta.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que el sobre no es el
mismo... -murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -Creo inútil hacer presente a usted
-añadió Lozano-, que en todo caso el cambio ha tenido lugar antes
de llegar a mis manos el billete.
    </p>
    

    <p>
     -De todo punto inútil, caballero.
    </p>
    

    <p>
     La de Bari rasgó el sobre, desdobló el
pliego, y leyó las tres palabras que había visto reproducidas por
la mano de la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Después volvió a plegar tranquilamente
la hoja, y la dejó sobre el velador.
    </p>
    

    <p>
     Tas facciones de la dama revelaban,
sin dada, una franca admiración; pero no se reflejaba en ellas el
menor destello del júbilo con que Felicísimo contaba.
    </p>
    

    <p>
     El joven ya no estaba un poco
sorprendido, sino completamente estupefacto.
    </p>
    

    <p>
     Podría decirse que llegó a dos dedos
de amostazarse.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo visto -articuló no sin cierta
inflexión irónica-, mi servicio tenía alguna menos importancia de
la que uno y otro creíamos...
    </p>
    

    <p>
     -El servicio de usted nada ha perdido
de su mérito.
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo...
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se detuvo.
    </p>
    

    <p>
     -Imagino que si usted completase su
pensamiento -añadió Elina-, me diría que abrigaba cierta esperanza
de ver acogida con más calor la entrega de ese papel.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa tiene mucho
talento.
    </p>
    

    <p>
     -Confieso ingenuamente que el servicio
de la mañana no ha llegado con la misma crítica oportunidad que el
de la noche...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!
    </p>
    

    <p>
     -Pero si dable le hubiera sido a usted
acudir a esta su casa un momento antes de las diez, puedo
asegurarle que la esperanza que abrigaba, obtuviera la más cumplida
satisfacción.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se atarazó los labios.
    </p>
    

    <p>
     -No estoy en circunstancias de
apreciar -dijo-, el valor relativo y absoluto del escrito con
referencia a la hora de su presentación; pero como mi deseo habría
sido traerle en la ocasión en que más estima tuviese para usted, me
prometo imponer una severa corrección al bigardo que ha ocasionado
mi demora.
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué ese propósito? La historia no
se rehace.
    </p>
    

    <p>
     -Pero da lecciones para el
porvenir.
    </p>
    

    <p>
     -Convenido.
    </p>
    

    <p>
     -Usted no sabe hasta el extremo que el
individuo a que aludo, se ha inmiscuido en este asunto -continuó
Felicísimo, animándose con la idea rencorosa que le preocupaba.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?
    </p>
    

    <p>
     -No le había bastado obligarme a
cometer una imprudencia que pudo dar al traste con la recuperación
de la escarcela.
    </p>
    

    <p>
     -¿Así anduvimos?
    </p>
    

    <p>
     -Necesitaba hacerme incurrir en otra
falta...
    </p>
    

    <p>
     -¡Todavía!
    </p>
    

    <p>
     -Falta que ha traído aparejada la
pérdida de un tiempo precioso. Mis encuentros con ese hombre son
fatales.
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, quiere usted buscarle
para cometer la tercera imprudencia...
    </p>
    

    <p>
     -¡En cincuenta soy capaz de incurrir a
trueque de habérmelas con él!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ya escampa! -repuso la condesa
riendo:- ¿es así cómo el señor Lozano entiende las lecciones de la
historia?
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo volvió en sí algo
desconcertado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hem! -murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -El proyecto de usted me recuerda el
voto de un antiguo servidor de mi familia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Puedo ser partícipe de tan oportuno
recuerdo?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda: se trata de un veterano
llamado Zacarías, herido en las jornadas de Almansa y Villaviciosa,
que era mayoral de mi padre en su casa de labor de Aranjuez. El
viejo soldado se distinguía por una irresistible inclinación al
buen vino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pse!... el símil no me favorece
mucho.
    </p>
    

    <p>
     -He expuesto el único lunar de
Zacarías: por lo demás, era un modelo de lealtad, bravura y
probidad. La imperfección de que adolecía le había hecho correr más
de un peligro. Todas las noches visitaba un ventorrillo próximo, de
acreditada bodega; y como sólo lo abandonaba cuando ya se sentía
narcotizado, en diferentes ocasiones convirtió en lecho los surcos
del camino. Una vez le acarició un lobo; otra debió hacerlo algún
merodeador, porque amaneció completamente desnudo. Circunstancia
hubo en que acertó a divisarle un carretero un momento antes de que
le aplastasen las ruedas de su vehículo. Semejantes sucesos, unidos
a las reconvenciones de la familia, y a las exhortaciones de mi
padre, le habían impulsado a formar reiterados propósitos de
enmienda; pero llegaba la caída de la tarde, esto es, la hora de la
falta de ocupación, de los bostezos, del aburrimiento, y las
piernas del veterano emprendían automáticamente el camino del
ventorrillo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, consecuente Zacarías!
    </p>
    

    <p>
     -Cierta noche en que regresaba al
hogar doméstico el incorregible mayoral en su habitual estado de
embriaguez, equivocó la senda de travesía; y fuese por defecto de
los ojos, o por exceso de los pies, es el caso que se sumergió en
el profundo estanque de la huerta.
    </p>
    

    <p>
     -Desventurado.
    </p>
    

    <p>
     -La cantidad de agua absorbida estuvo
a punto de asfixiarle.
    </p>
    

    <p>
     -No es maravilla.
    </p>
    

    <p>
     -En aquel instante supremo, la
impresión producida por la inopinada inmersión, hizo la luz en la
inteligencia de Zacarías, y devolvió la actividad a sus sentidos; y
mientras pugnaba por asir con la convulsa mano las ramas de un
sauce, empeñó un solemne juramento.
    </p>
    

    <p>
     -Estaba indicado: o entonces o nunca.
El pobre veterano se comprometió a no embriagarse jamás.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Lozano padece una
equivocación. Lo que al reaparecer en la superficie del estanque
juró el atribulado Zacarías, fue no volver a beber agua en todos
los días de vida que le quedaban.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo procuró en un principio
conservar la formalidad, pero la tentación de Momo llegó a ser tan
irresistible, que acabó por abandonarse aun acceso de
hilaridad.
    </p>
    

    <p>
     Elina le imitó sin reserva.
    </p>
    

    <p>
     El joven repuso después de una
pausa:
    </p>
    

    <p>
     -La prueba más tangible de que debe
tener razón para reírse de mis excentricidades la señora condesa,
es que yo mismo hago coro a su risa.
    </p>
    

    <p>
     -Sabe el señor de Lozano esmaltar con
tales rasgos de hidalguía sus originales procedimientos, que en él
son nuevas perfecciones.
    </p>
    

    <p>
     -Dificulto que pueda serlo el acto de
iniciar a usted en una de mis antipatías personales.
    </p>
    

    <p>
     -Desde que mis enemigos han llegado a
ser los de usted, lo exigía el tácito pacto de nuestra alianza.
    </p>
    

    <p>
     -Lisongera es para mí la palabra,
señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, ya estoy arrepentida
de haberla pronunciado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué... si la pregunta me es
permitida?
    </p>
    

    <p>
     -Por dos razones.
    </p>
    

    <p>
     -¿La primera?...
    </p>
    

    <p>
     -Por el temor de que también pueda
usted encontrar en ella cierto sello de tibieza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah!... ¿la segunda?
    </p>
    

    <p>
     -Porque realmente no es propia.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué consiste la impropiedad?
    </p>
    

    <p>
     -En que no expresa con exactitud mi
pensamiento... Tampoco esta frase me enamora... sentimiento he
querido decir.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho lima la señora condesa su
estilo. Pero en fin, la falta de propiedad del sustantivo
alianza...
    </p>
    

    <p>
     -Estriba en que hubiera debido
sustituirle con la voz amistad. Los inapreciables favores que
siempre harán de uste a mi acreedor privilegiado, sólo con amistad
pueden pagarse.
    </p>
    

    <p>
     -También se satisfacen con otro
galardón para mi valioso hasta lo sumo...
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál, señor de Lozano?.
    </p>
    

    <p>
     -Las gentiles expresiones que acabo de
tener la dicha de escuchar.
    </p>
    

    <p>
     -La exigencia no es mucha por parte de
usted; pero Elina de Velamazan se considera más obligada, y lo
ofrece el cultivo de una intimidad sincera, cordial,
frecuente...
    </p>
    

    <p>
     -¡Frecuente!
    </p>
    

    <p>
     -Tanto al menos como al señor de
Lozano plazca. Mi casa no le estará cerrada ningún día.
    </p>
    

    <p>
     Las palabras de la condesa desafiaban
la crítica bajo el punto de vista de la urbanidad; hasta podría
decirse que no carecían de buen gusto; el acento con que se
pronunciaban era el de una afectuosa deferencia.
    </p>
    

    <p>
     ¿En qué consistía que Felicísimo no se
sentía cautivado, conmovido, fascinado?
    </p>
    

    <p>
     La razón era sencilla. La voz de Elina
conservaba la entonación dominante, severa, ligeramente protectora
de la dama de alto rango: no dejaba entrever esa efusión con que
espontáneamente se desbordan del alma los sentimientos; no vibraba
con aquel timbre de pasión y de febril delirio que Lozano había
oído en la noche anterior.
    </p>
    

    <p>
     Hubiérase dicho que la condesa se
proponía corregir la llama de la letra con el soplo del espíritu;
rectificar la amabilidad, falsificación de la bondad, con la
conveniencia, espejo de la organización social. Tal vez rendía
culto al aforismo de que la palabra ha sido dada al hombre, y con
más motivo a la mujer, para disfrazar su pensamiento.
    </p>
    

    <p>
     El joven no tuvo que revestirse de
mucha afectación para pronunciar con aire admirado:
    </p>
    

    <p>
     -¿Según eso nadie tiene derecho a
exigir a la señora condesa cuenta de mis visitas?...
    </p>
    

    <p>
     -Nadie absolutamente, caballero: el
estado de viudez en que estoy me deja toda la responsabilidad de
mis acciones.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, breve ha sido para usted el
período del lazo conyugal.
    </p>
    

    <p>
     -Breve fue en efecto; pero puedo
asegurar a usted que duró el tiempo suficiente para disgustarme del
matrimonio.
    </p>
    

    <p>
     No sabemos si el lector habrá llegado
a sospechar, atendida la corta fecha de su conocimiento con Lozano,
que quizá el mayor defecto de éste consistía en una extraordinaria
susceptibilidad?
    </p>
    

    <p>
     La declaración de Elina, además de
antojársele en cierto modo intempestiva. le pareció una altiva
indirecta directamente encaminada a desvanecer locas ilusiones, si
por acaso hubieran sido alimentadas. Y como la imaginación del
joven no era tarda en concebir, ni su voluntad en ejecutar,
contestó a renglón seguido, con la sonrisa en los labios:
    </p>
    

    <p>
     -En ese punto no me aventaja la señora
condesa; porque no he necesitado las lecciones de la experiencia
para profesar instintivamente al himeneo, antes, ahora y siempre,
la más invencible aversión.
    </p>
    

    <p>
     Algo semejante al sentimiento que
impulsó la réplica de Felicísimo, y tal vez, por las mismas causas,
debió experimentar la de Bari; porque recogió su boca con un
gracioso mohín.
    </p>
    

    <p>
     -Hace bien el señor de Lozano
-repuso-, en decir que me excede en la desafección a que nos
referimos: sea el que fuere, en efecto, el grado de la mía, no
llega como la suya hasta el extremo de invadir el porvenir.
    </p>
    

    <p>
     -No obstante, es perfectamente
racional que las convicciones pasadas nos respondan hasta cierto
punto de las creencias futuras.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta cierto punto...
    </p>
    

    <p>
     -Concedo que lo absoluto no ha quedado
al arbitrio de las criaturas humanas.
    </p>
    

    <p>
     Elina acogió la rectificación del
caballero con un signo de aquiescencia, pero nada contestó.
    </p>
    

    <p>
     Bastó aquel momentáneo silencio para
que Lozano se creyera en el caso de hacer la observación de que la
condesa estaba todavía con el traje de calle, la mantilla prendida
y los guantes puestos. En el acto recogió el sombrero y dejó el
asiento.
    </p>
    

    <p>
     -La invitación de la señora condesa
-dijo-, es tan honrosa y grata para mí, que en todo caso no he de
dejar de utilizarla, sean las que quieran las envidias de que pueda
hacerme blanco.
    </p>
    

    <p>
     -Mucha será la gratitud con que
acogeré los recuerdos del señor de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Por favor, señora...
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que no es motivo lo que
falta: hasta ahora, el número de las entrevistas de usted se ha
contado por el de sus servicios.
    </p>
    

    <p>
     -¡Con tal de que en el primero, si
tuviera la dicha de prestarle, no se interponga otro Eulogio en mi
camino!
    </p>
    

    <p>
     -En la más próxima de nuestras
conferencias hemos de hablar de ese personaje.
    </p>
    

    <p>
     -Procuraré haber adquirido para
entonces nuevos datos que me permitan bosquejarle mejor.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se inclinó profundamente en
el estrado, y en el dintel de la puerta, encontrando siempre el
saludo y la sonrisa de los frescos labios de Elina, y atravesó la
antesala entre indolente y preocupado.
    </p>
    

    <p>
     El joven Lozano no quiso escarvar muy
profundamente en su corazón, por temor de reconocer que estaba
descontento de sí mismo, y prefirió dardar todos los enojos sobre
la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!.. -murmuró con sarcástica
expresión:- ¡y pensar que por tomar en serio una escena de trájica
sublimidad, he estado a punto de triturar bajo los tacones de mis
bolas a una dama más o menos honorable, como el gran arcángel
aplastó al dragón infernal; he obligado al pobre Perfecto Cazurro a
arrostrar el riesgo de estrellarse como los Carvajales; y he
expuesto al bravo Tristán de Ayala a ser lapidado corno el
protomártir San Estéban! ¡Ah, veleidad: tienes nombre de
mujer!..
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012009">
    

    <head>
     Capítulo IX
    </head>
    

    <head>
     Extraño camino por donde el matrimonio de un
magyar vino a poner en un conflicto a la esposa del ministro
    </head>
    

    <p>
     Invitarnos al lector a que penetre en
el gabinete de la marquesa de Esquilache, localidad que conoce
desde el día anterior.
    </p>
    

    <p>
     Vamos a ofrecerle un cuadro de
familia.
    </p>
    

    <p>
     El sol caminaba a su ocaso; y como la
tarde se había puesto fría bajo la influencia de uno de esos
bramadores vientos del nordeste, que con frecuencia acarician a
Madrid en el mes de Marzo, el hogar de la chimenea destellaba viva
llama.
    </p>
    

    <p>
     Los dos sillones, colocados en los
extremos de la plancha de latón que preservaba del fuego la
alfombra, se hallaban ocupados por la marquesa de Esquilache y la
condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     Cuatro pasos más lejos el marqués de
Esquilache hojeaba en un velador una colección de aguas-fuertes de
las más valiosas joyas del museo del Escorial.
    </p>
    

    <p>
     Los treinta minutos que precedían a la
hora de la comida eran ordinariamente el único tiempo que durante
el día consagraba el marqués a la sociedad conyugal. A la sazón se
deslizaban perezosamente esos treinta minutos.
    </p>
    

    <p>
     El aire glacial que silbaba en la
calle, parecía haberse comunicado a los moradores del gabinete, no
obstante la encina que chispeaba en la chimenea.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa y Elina habían vuelto de
una excursión hacía un cuarto de hora.
    </p>
    

    <p>
     ¿Estarían relacionadas esta salida o
su duración con la reserva de Esquilache, que hecha extensiva a las
damas, determinaba para los tres una situación anormal?
    </p>
    

    <p>
     Para un extraño, el problema habría
sido insoluble; para Elina, la cuestión aparecía dudosa; para la
marquesa, era cosa evidente.
    </p>
    

    <p>
     La mujer, sobre todo en ciertas
ocasiones, posee ojos que ven crecer la yerba; oídos que escuchan
distintamente el tic-tac de las palpitaciones del corazón ajeno; e
instinto que lee en el porvenir como en un libro abierto.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache podría no haber pronunciado
la menor palabra que se asemejase a una reconvención: no importaba;
en el fondo del ánimo de Pastora velaba esa lámpara de la intuición
femenina que enciende la conciencia y que alimenta el diablo.
    </p>
    

    <p>
     Un estremecimiento de Elina, que
instintivamente la hizo volverse hacia el hogar, motivó esta
observación de Esquilache:
    </p>
    

    <p>
     -Parece que la señora condesa ha
traído frío.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, no -contestó la condesa con voz
no muy segura-; puede creerlo el señor marqués.
    </p>
    

    <p>
     -Y aunque así fuese - replicó
Esquilache-, la tarde bastaría a justificarlo.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa cogió al vuelo la ocasión
para pronunciar con el más dulce de los acentos:
    </p>
    

    <p>
     -El tiempo está, en efecto, harto
desapacible; pero bien sabes, Leopoldo, que no puedo prescindir de
ir a ver a mis hijas con frecuencia...
    </p>
    

    <p>
     Esquilache irguió vivamente la cabeza.
Había en la expresión de su fisonomía tanta extrañeza, acaso hasta
reproche, por la exculpación de Pastora, que ésta no aventuró una
sílaba más.
    </p>
    

    <p>
     La frente del marqués volvió a
inclinarse lentamente sobre sus aguas-fuertes, y la masa de hielo
que aplanaba la atmósfera hizo sentir su peso más que nunca.
    </p>
    

    <p>
     Felizmente el ruido de la puerta del
salón, abierta con cierta precipitada solicitud, vino a vibrar en
los oídos de Pastora y Elina, como un eco grato de esperanza.
    </p>
    

    <p>
     Un portero de estrados, después de
haber hecho resonar un discreto golpe en la mampara del gabinete,
levantó la cortina y dijo con la solemnidad del tono oficial.
    </p>
    

    <p>
     -Su excelencia el señor primer
secretario de Estado ruega a vuecencia se sirva concederle una
entrevista.
    </p>
    

    <p>
     El marqués de Esquilache se puso en
pie lleno de asombro. Hacía largo tiempo que las relaciones que
mantenía con el marqués de Grimaldi no eran otras que las puramente
oficiales; porque los dos ministros se detestaban con la más
ingenua cordialidad. Además, pocas horas antes, había visto al
cordialmente detestado colega en el Consejo; ¿qué inopinado y
perentorio asunto podía traerle a la casa de las Siete
chimeneas?
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a las damas, no aparecían
menos admiradas.
    </p>
    

    <p>
     -Muy bien -contestó Esquilache al
portero-; introduzca usted al señor ministro de Estado en mi
despacho.
    </p>
    

    <p>
     -El señor ministro espera en este
salón -replicó el dependiente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo así?
    </p>
    

    <p>
     -Cuando supo que vuecencia se hallaba
con su esposa, ha preferido ser conducido a la habitación de la
señora marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache abrió inmediatamente la
puerta, y encontró a Grimaldi ocupado en examinar al parecer, con
la mayor complacencia, los curiosos objetos de china de la
marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, señor marqués -pronunció
Esquilache con la más perfecta cortesanía-; adelante, si no hay
inconveniente en que estas damas participen del honor que el señor
ministro de Estado me dispensa con su visita.
    </p>
    

    <p>
     Grimaldi penetró en el gabinete,
ofreció una y otra vez notoria prueba de flexibilidad en la columna
vertebral, y respondió con acento melifluo:
    </p>
    

    <p>
     -La presencia de la señora marquesa,
es, por el contrario, uno de los motivos que en este momento tengo
para felicitarme.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias mil por tanta galantería
-contestó Pastora, con más tibieza acaso de la conveniente.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es, por lo tanto, ajena mi esposa
al objeto que trae a mi morada al señor don Jerónimo? -insinuó
Esquilache, ofreciendo un sitial a su compañero.
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad, señor don
Leopoldo.
    </p>
    

    <p>
     -Esa circunstancia me explica en parte
la abstención que para hablarme del asunto se impuso el señor
marqués esta mañana.
    </p>
    

    <p>
     -Voy a explicársela en un todo a mi
digno colega. El negocio, en cuestión, en nada atañe a la cosa
pública.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, muy bien.
    </p>
    

    <p>
     -Se trata de una instancia de carácter
privado que las conveniencias me prescribían no abordar en el seno
del Consejo...
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     -Y como no me atrevería a impetrar de
mi caro compañero la gracia a que aspiro sin contar con el
asentimiento de la señora marquesa, he aquí el motivo de que me
congratule por encontrarlos juntos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Una gracia!
    </p>
    

    <p>
     -Ese es el nombre.
    </p>
    

    <p>
     -Usted, señor marqués, es quien nos la
hace al proporciónarnos ocasión de otorgársela.
    </p>
    

    <p>
     -Después de agradecer debidamente esa
lisongera anticipación, entro en materia.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos, pues.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no sé si tiene usted noticia de
que se trata de dar estado a mi sobrina.
    </p>
    

    <p>
     -¿La señorita doña María de
Pignatelly?
    </p>
    

    <p>
     -Precisamente.
    </p>
    

    <p>
     -Muy joven la consideraba todavía.
    </p>
    

    <p>
     -Por eso no pensamos en precipitar su
enlace.
    </p>
    

    <p>
     -Prudente determinación.
    </p>
    

    <p>
     -La distancia que separa a María de su
prometido, favorece, por otra parte, la lentitud de los
procedimientos.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, el futuro sobrino no es
madrileño...
    </p>
    

    <p>
     -Ni siquiera español.
    </p>
    

    <p>
     -Acaso ha visto la luz bajo el
purísimo cielo de nuestra amada Italia...
    </p>
    

    <p>
     -El cielo del país de ese mancebo no
es tan azul.
    </p>
    

    <p>
     -Renuncio entonces a adivinar su
patria.
    </p>
    

    <p>
     -El trabajo sería inútil; voy a
dársele hecho al señor marqués. El que ha de desposarse con María
es un magyar de la antigua raza.
    </p>
    

    <p>
     -Raza independiente.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto; tan enemiga de la eslava
como de la germánica. Nuestro húngaro, sin embargo, está unido por
lazos de parentesco a la familia imperial.
    </p>
    

    <p>
     -La alianza no puede ser más honrosa
para la casa de Grimaldi -dijo Esquilache con una inflexión de voz
en que tal vez a despecho suyo despuntaba cierta ironía.
    </p>
    

    <p>
     -No es, sin duda, de las que rebajan
una alcurnia -contestó el ministro de Estado-; pero, a Dios
gracias, la vieja roca de los Grimaldi no necesita para robustecer
sus blasones pilar alguno, siquiera proceda éste de un trono.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa sintió acaso más que su
esposo la indirecta alusión que en las palabras de Grimaldi podía
haber para la moderna nobleza de los Gregorio.
    </p>
    

    <p>
     Grimaldi despojó su tono de la
sequedad que momentáneamente había poseído, y continuó con la fría
sonrisa que exhibía desde el principio del diálogo:
    </p>
    

    <p>
     -Entre los actos preliminares se
cuenta el cambio de retratos.
    </p>
    

    <p>
     -Es de rigor en semejantes casos.
    </p>
    

    <p>
     -Mazzuqui, el más aventajado discípulo
de Mengs se ha avenido a suspender la imagen del abate Melgarejo, y
ha hecho una incomparable miniatura de María.
    </p>
    

    <p>
     -Sin haberla visto, asiento al
adjetivo; el mérito del autor garantiza la obra.
    </p>
    

    <p>
     -Sólo falta acomodar el retrato en un
receptáculo a propósito, confiarle a la estafeta y hacerle llegar a
Pesth, residencia del magyar.
    </p>
    

    <p>
     -La cosa no puede ser más
sencilla.
    </p>
    

    <p>
     -¿Usted lo considera así?
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde podría estar la
dificultad?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! señor marqués, en una
circunstancia exclusivamente española.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué circunstancia?
    </p>
    

    <p>
     -La falta de gusto en los
artistas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es posible!
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno de los plateros requeridos ha
podido presentar un modelo do medallón que se considere
aceptable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué contrariedad!
    </p>
    

    <p>
     -Terrible para las damas de mi
familia. Afortunadamente, en medio de su desolación, ha surcado mi
mente una idea luminosa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?
    </p>
    

    <p>
     -He recordado una obra maestra del
cincel del florentino Porpora.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa palideció de repente.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece -añadió Grimaldi-, que el
señor marqués imagina cuál es el trabajo a que aludo.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache meditó un momento, o afectó
meditar, y respondió:
    </p>
    

    <p>
     -Habré de resignarme a hacer patente
mi falta de perspicacia.
    </p>
    

    <p>
     Grimaldi pronunció acentuando
lentamente su frase:
    </p>
    

    <p>
     -Me refiero al precioso medallón que
con el retrato de la señora marquesa hace años se sirvió don
Leopoldo enseñarme, en Nápoles...
    </p>
    

    <p>
     Pastora esperaba el golpe; pero no por
eso le encontró menos rudo. Elina la vio estremecerse de pies a
cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto -dijo Esquilache-; esa
pequeña alhaja siempre ha merecido los elogios de cuantos la han
examinado.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien; ¿será tan bueno el señor
marqués que, si su esposa no se opone, me facilite el medallón el
tiempo suficiente para que el platero Baldoví pueda construir otro
igual o semejante al menos?
    </p>
    

    <p>
     -A fe mía -contestó Esquilache con la más completa naturalidad
que el señor marqués de Grimaldi hacía perfectamente al contar con
mi esposa para el caso, porque ha mucho tiempo que es la marquesa
quien guarda ese objeto entre sus preseas.
    </p>
    

    <p>
     El ministro de Estado miro a su
compañero con benevolente sorpresa, y murmuró esta filosófica
reflexión:
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, lazo conyugal!... ¡cuántas
faltas de leso idilio erótico te hace cometer el tiempo al tocarte
a su paso con la punta de las alas!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Si la luna de miel hubiera de durar
siempre, dejaría de ser luna!
    </p>
    

    <p>
     -En rigor -repuso Grimaldi con galante
transición-, cuando se llega a lograr la dicha de poder contemplar
a todas horas el original, la posesión de la copia será si se
quiere una voluptuosidad para el corazón, pero no es una necesidad
para los sentidos.
    </p>
    

    <p>
     -La gestión diplomática del señor
primer secretario de Estado, debe, pues, entablarse cerca de la
marquesa; pero me lisonjeo en esperar que será bien acogida.
    </p>
    

    <p>
     -Ya ve la señora marquesa que me
remiten a su benévola jurisdicción -dijo Grimaldi, volviendo hacia
la dama una mirada indefinible, entre tímida, entre pérfida; una
mirada verdaderamente italiana.
    </p>
    

    <p>
     La de Esquilache se hallaba en una
situación insoportable; pero era mujer: sus ojos contestaron al
reto de Grimaldi, dardándole una centella de orgullo, de odio, de
desdén.
    </p>
    

    <p>
     Elina, aterrada, dirigió a su amiga un
ademán suplicante.
    </p>
    

    <p>
     No fue perdido; Pastora se atarazó los
labios de rosa, y contestó con un acento frío como la hoja de un
cuchillo:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que el instante en que el
señor marqués expone su deseo no puede ser menos a propósito.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, diabolo!... -murmuró
Grimaldi.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué quiere decir eso? -añadió
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -Que hace algunos días se partió la
llave del joyero donde está el medallón, y no hay posibilidad de
abrirle en el acto.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿no has dispuesto que se rehaga
la llave?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda... El cerrajero, sin
embargo, hace esperar su obra...
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -replicó Grimaldi-, el
inconveniente es menos serio de lo que temí en el primer
momento.
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués tiene razón.
    </p>
    

    <p>
     -La llave de un cofrecillo pronto se
labra, aunque el cerrajero de los señores de Esquilache esté
abrumado de encargos.
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad.
    </p>
    

    <p>
     -Sobre todo si la señora marquesa
tiene la amabilidad de reiterar el suyo...
    </p>
    

    <p>
     A pesar de la insinuante expresión de
Grimaldi, Pastora no ofreció otra respuesta que nu signo irónico de
asentimiento.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Grimaldi puede estar
seguro de que la marquesa apremiará al artífice -repuso
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -Abrigo esa grata convicción.
    </p>
    

    <p>
     -Y si por acaso mi esposa echase en
olvido el perentorio propósito del señor marqués, yo, que desde
este instante me encargo del asunto, me tomaría el trabajo de
recordársele.
    </p>
    

    <p>
     La entonación de Esquilache fue tan
severa, que Elina buscó palpitante en la mirada de Pastora el
alcance da la frase.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa había bajado los párpados
guarnecidos de largas pestañas, y estaba impenetrable.
    </p>
    

    <p>
     Grimaldi, con su ejercitado instinto
cancilleresco, comprendió que la situación había llegado a un punto
en que su presencia no era en manera alguna necesaria. En su
consecuencia, se puso en pie, reprodujo las reverencias del mejor
gusto, prodigó sin tasa el ofrecimiento de todo género de respetos
a los señores marqueses y a la señora condesa, y salió del gabinete
acompañado de Esquilache, el cual, poniendo en juego diferentes
campanillas, presidió la tributación de los honores de la casa
hasta la meseta de la escalera.
    </p>
    

    <p>
     Luego que el eco de los pasos de los
dos secretarios del despacho se hubo perdido en la antesala, la
marquesa se apoyó en el hombro de Elina y prorumpió en ahogados
sollozos de ira, más bien que de dolor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pero, Dios mío!... -balbuceó la
condesa: -¿qué siniestro misterio hay en todo esto?
    </p>
    

    <p>
     -Ayer te lo decía, -articuló la de
Esquilache al oído de la de Bari-: han jurado perderme.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién, Pastora, quién?
    </p>
    

    <p>
     -Cien veces me lo he preguntado yo a
mí misma...
    </p>
    

    <p>
     La marquesa enjugó repentinamente sus
ojos, de cuyas pupilas partió una chispa, y añadió:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, si yo lo supiera!...
    </p>
    

    <p>
     Elina era muy capaz de comprender que
la amenaza de la marquesa no perdería seguramente la más mínima
parte de su energía, si por acaso llegase a sospechar que el ignoto
enemigo pudiera ser una mujer.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué miserables! -murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, bien miserables; pero hay que
convenir en que por esta vez han acertado a dar en el centro del
blanco.
    </p>
    

    <p>
     -¿No conservas el medallón?
    </p>
    

    <p>
     -¡No!
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo tienen conocimiento de ese
secreto?
    </p>
    

    <p>
     -Considera la potencia de un espionaje
que ha logrado averiguar una cosa que ignorabas tú misma.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es abrumador!
    </p>
    

    <p>
     -Más todavía: es incontrastable.
    </p>
    

    <p>
     -¿Hasta ese punto llega tu desaliento?
¿Por ventura no tiene remedio alguno el daño?
    </p>
    

    <p>
     -Es necesario intentarle al menos.
    </p>
    

    <p>
     -Nos hemos prometido valor.
    </p>
    

    <p>
     -Y mantendremos el empeño: sucumbir
sin luchar fuera una cobardía.
    </p>
    

    <p>
     -¿Puedo favorecerte en este
trance?
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo no, si de ti va a depender
todo!
    </p>
    

    <p>
     -Habla, Pastora mía: dicta
imposibles.
    </p>
    

    <p>
     -En el grado que se ha cargado la
atmósfera a tu vista, no hay medio de que yo salga.
    </p>
    

    <p>
     -Así lo estimo.
    </p>
    

    <p>
     -Es indispensable que sea mi buena
Elina la que acuda a la herrería donde ha de labrarse la llave de
mi salvación.
    </p>
    

    <p>
     -Iré aunque la fragua sea la del mismo
Vulcano, y se interpongan en mi camino todos los cíclopes del
paganismo.
    </p>
    

    <p>
     -Te proveeré de una credencial.
    </p>
    

    <p>
     -¿Escrita?...
    </p>
    

    <p>
     -De mi puño.
    </p>
    

    <p>
     -¿Para el ser mitológico a quien me he
referido?... ¿para el terrible forjador de los rayos de
Júpiter?
    </p>
    

    <p>
     -Nada temas por él ni por nosotras: sé
tratar a los dioses.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa se dirigió a su escritorio
con actividad febril; pero antes de que tomase asiento, se abrieron
las puertas lateral y del fondo.
    </p>
    

    <p>
     En la primera reapareció la figura de
Esquilache, circundada de la aureola del drama: en la segunda se
dejó ver el prototipo del doméstico vulgar, rezando con el acento
de las provincias del Noroeste la salmodia prosaica de que estaba
servida la comida de los señores marqueses.
    </p>
    

   </div>
   

   
   

   <div type="chapter" n="SPA3012010">
    

    <head>
     Capítulo X
    </head>
    

    <head>
     De cómo la condesa de Bari visitó la herrería de
cámara de los marqueses de Esquilache
    </head>
    

    <p>
     En otra ocasión, dos días antes del
momento en que principia este capítulo, dejamos a Elina de
Velamazan bajo el peso de una acusación que podría perjudicarla en
el concepto de hija fiel de la Iglesia Católica a los ojos de
aquellas personas de las que hojean nuestra narración, que no han
perdido el respeto a los fantásticos seres procedentes de un
aquelarre en sábado, si es que, merced a la linterna de Diógenes,
es posible encontrar todavía uno de esos bienaventurados
lectores.
    </p>
    

    <p>
     La edad, la belleza y los instintos de
la condesa de Bari, nada propios de las maléficas encarnaciones de
las antiguas consejas, bastarían acaso para rehabilitarla; pero nos
place contribuir a este acto de justicia dispensando a la joven
azafata todo el apoyo de nuestra autorizada veracidad.
    </p>
    

    <p>
     Creemos haber dicho que Elina haciendo
uso de un talismán, que también se conoce con el nombre menos
pretencioso de llavín, desapareció repentinamente en uno de los
corredores que precedían a las habitaciones de María Luisa. Pues
bien, al reproducirse el mismo fenómeno en la ocasión que nos
ocupa, seguiremos a la condesa, aunque sólo sea para explicar la
perfecta naturalidad de su tránsito.
    </p>
    

    <p>
     Nada, en efecto, existe de
extraordinario en el hecho de levantar un pestillo con el
instrumento inventado para el caso, de empujar una tabla de encina
que gira obediente sobre sus goznes, de cruzar el dintel con
precipitación, y de que la puertecilla vuelva a cerrarse
inmediatamente por sí misma a impulso de un enérgico resorte
interior.
    </p>
    

    <p>
     En lo que podría haber algo de
extraído sería en el especial aspecto de la habitación donde
penetró la condesa, sobre todo si se tiene en cuenta que su misión
era para visitar una herrería.
    </p>
    

    <p>
     Y a bien que no podía ser porque
faltasen en la estancia el hierro y el acero. Por el contrario, en
cualquier punto donde descansase la mirada se encontraban
escopetas, carabinas y cuchillos de las formas más variadas, la
riqueza más deslumbradora, y el trabajo más peregrino.
    </p>
    

    <p>
     Donde resaltaba lo anormal era en las
numerosas estanterías que cubrían los tabiques de arriba a abajo, y
en el cúmulo de libros impresos y pergaminos manuscritos que pesaba
sobre las tablas, ocupaba las mesas, y hasta invadía los
asientos.
    </p>
    

    <p>
     La habitación podría pertenecer a un
gran cazador; pero el adepto de Diana no debía ser menos partidario
de Apolo.
    </p>
    

    <p>
     Elina abarcó con la vista todo el
aposento, que no era de cortas dimensiones; y al observar la
absoluta ausencia de seres humanos, se encaminó a uno de los
estremos, alzó un picaporte, y pasó al cuarto inmediato.
    </p>
    

    <p>
     El camarín donde entró la condesa se
hallaba ocupado por un hombre vestido de negro, de rostro
completamente rasurado, y de mirada dulce hasta la graduación del
almíbar.
    </p>
    

    <p>
     Este personaje, que redactaba
papeletas en un billete, extractándolas de las portadas de una pila
de volúmenes que tenía delante, no pareció experimentar la menor
sorpresa, cuando al levantar la cabeza se vio en presencia de la
azafata.
    </p>
    

    <p>
     -Buenos días, señor abate -dijo la
joven.
    </p>
    

    <p>
     -Guarde Dios a la señora de Bari
-respondió el redactor de papeletas:- por lo visto, ha pasado la
noche en palacio la señora condesa. ¿Se siente por acaso
indispuesta su augusta ama?
    </p>
    

    <p>
     -No, afortunadamente -repuso Elina
contestando a la pregunta, sin hacerse cargo de la hipótesis.
    </p>
    

    <p>
     -¡Alabado sea el Omnipotente!
    </p>
    

    <p>
     -¿Podría ver un momento a su
majestad?
    </p>
    

    <p>
     -El rey madruga, y es de creer que
esté vestido; pero ignoro en qué se ocupa en este instante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah... si usted fuese bastante
bondadoso para indicarle mi deseo!..
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa sabe que siempre me
consagro a su servicio con particular complacencia.
    </p>
    

    <p>
     -No deposita el señor abate Gándara
sus favores en un corazón ingrato.
    </p>
    

    <p>
     -Esas palabras me obligarían a volar,
si tuviese alas. Desgraciadamente no cuento con otra cosa que con
pies y sólo pueden hacerme correr.
    </p>
    

    <p>
     -Ni tanto me atrevería a exigir,
galantísimo señor abate.
    </p>
    

    <p>
     Gándara cambió un ceremonioso saludo
con la joven, y abandonó la habitación.
    </p>
    

    <p>
     Elina se acomodó en un colosal sillón
de brazos, cruzó los menudos pies, apoyó en la fina palma de la
mano una mejilla más fina todavía, y se recogió en sí misma por
espacio de algunos minutos.
    </p>
    

    <p>
     Las entrevistas importantes, como los
duelos entre dos hombres o entre dos ejércitos, y como las grandes
borrascas, tienen solemnes prólogos de calma.
    </p>
    

    <p>
     Un ruido, que sonó en la sala de los
libros y de las armas, arrancó a la condesa, de su abstracción.
    </p>
    

    <p>
     La puerta por donde la dama había
entrado en la oficina del abate se abrió suavemente.
    </p>
    

    <p>
     Elina se puso en pie en el acto.
    </p>
    

    <p>
     En el marco de dicha puerta apareció
un hombre de cabeza acarnerada hasta el punto de excitar la
hilaridad; pero poseía tanta lealtad en la mirada, tanta ingenuidad
en la sonrisa, y tanta bondad en la expresión general de la
fisonomía, que el contemplador del extravagante tipo no tardaba en
sentirse subyugado, y acababa por rendirle el tributo de una
involuntaria simpatía.
    </p>
    

    <p>
     Aquel hombre era el rey Carlos.
    </p>
    

    <p>
     -Pasad, condesa -dijo el monarca.
    </p>
    

    <p>
     Y se internó de nuevo en la
biblioteca.
    </p>
    

    <p>
     Carlos III, imitando en esto a su
padre Felipe, acostumbraba hablar en impersonal a la generalidad de
los súbditos que debía a la Providencia. Sólo empleaba el tuteo
cuando lo autorizaba la confianza que enjendra el frecuente trato.
En cuanto a la tercera persona, la reservaba exclusivamente para
los individuos revestidos de carácter religioso.
    </p>
    

    <p>
     Elina ingresó en la biblioteca detrás
del soberano.
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué motivo debo tan matinal
visita? -repuso el rey.
    </p>
    

    <p>
     -En esta misiva puede vuestra majestad
encontrar la explicación -contestó la dama.
    </p>
    

    <p>
     El monarca tomó la carta que le
alargaba Elina; la abrió rápidamente, y leyó a medía voz:
    </p>
    

    <p>
     «Señor; La condesa de
Bari tiene una importante gracia que impetrar de la munificencia de
nuestro soberano. Por mi parte, animada por las inagotables
bondades que vuestra majestad dispensa a mi familia, le suplico
encarecidamente, que, si le es posible, acceda magnánimo a los
deseos de mi buena amiga. -De vuestra majestad muy leal y
respectuosa súbdita, LA MARQUESA DE ESQUILACHE».
    </p>
    

    <p>
     Terminada la lectura, el rey continuó
con la vista fija en el papel como si buscase algo entre sus
líneas.
    </p>
    

    <p>
     Los espacios debían estar bien unidos,
porque no tardó en renunciar a la investigación añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Y bien ¿qué es lo que tiene que
decirme la portadora de este documento diplomático?
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra majestad le da el más propio
de los nombres, porque soy una verdadera embajadora.
    </p>
    

    <p>
     -A tiro de ballesta podría
asegurarse.
    </p>
    

    <p>
     A continuación refirió Elina al
monarca todo el curso de la visita que en la tarde anterior hizo el
marqués de Grimaldi a los de Esquilache, con esa vivacidad de
colorido, esa riqueza de detalles y esa volubilidad de expresión de
que sólo es capaz una mujer a quien mueve la repulsión de la
indignidad, aguija el instinto de la intriga y electriza la fe de
la pasión. Escuchó la relación el rey serio y sereno; pero en el
fulgor del iris de los ojos y en la frecuencia con que procuraba
entibiarle con la lubrificación de los párpados, se revelaba un
interés creciente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobre marquesa! -fue todo lo que los
labios del monarca murmuraron cuando Elina dio por terminada la
exposición de su histórico episodio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, si! ¡bien desgraciada! -replicó
la condesa-; porque vuestra majestad no puede formarse idea del
estado de desolación en que la dejo.
    </p>
    

    <p>
     -Por fortuna, condesa, no es difícil
volver la tranquilidad al espíritu de nuestra amiga.
    </p>
    

    <p>
     El monarca sacó un llavero del
bolsillo del calzón, eligió una pequeña llave de plata, se dirigió
a un precioso mueble de ébano entre escritorio y papelera, y abrió
la parte superior, que ofreció a la vista una triple fila de
gavetas.
    </p>
    

    <p>
     Sin vacilar un momento, tiró el rey de
la primera inferior de la derecha, y sepultó en ella la mano en el
punto precisamente donde sabía que estaba el objeto que iba a
buscar.
    </p>
    

    <p>
     ¡Cosa extraña! los dedos llegaron a
tocar el fondo del cajón sin haber tropezado con cuerpo alguno
intermedio. En vano se extendieron en todas direcciones; removieron
diferentes cosas menudas, pero no dieron con lo que querían.
    </p>
    

    <p>
     Más sorprendido que impaciente, el
monarca extrajo la gaveta, y unió a la pesquisa de la mano la
investigación de los ojos. Empeño inútil; los nuevos auxiliares no
hicieron otra cosa que comprobar la ausencia del objeto
perseguido.
    </p>
    

    <p>
     Entonces, con el ceño fruncido y el
sudor en la frente, abrió todos los cajones, requirió todos los
secretos, revolvió todo el bazar de los dijes y de las preseas.
    </p>
    

    <p>
     Las ideas del príncipe comenzaban a
ofuscarse, y por lo tanto, daban también principio las indagaciones
inverosímiles.
    </p>
    

    <p>
     La dignidad, sin embargo, le detuvo en
los primeros pasos de la pendiente.
    </p>
    

    <p>
     -No perdamos la cabeza -pensó en voz
baja-; el medallón estaba en la primera gaveta: mi seguridad en ese
punto no puede ser más absoluta. Es, por consecuencia, evidente que
me ha sido sustraído.
    </p>
    

    <p>
     La condesa, que había visto los
movimientos del rey con inquietud, oyó sus palabras con un
extremecimiento glacial.
    </p>
    

    <p>
     El monarca empuñó una campanilla, y la
levantó con ira; pero la reflexión detuvo a tiempo el amenazador
rebato de la sonora lengua de metal.
    </p>
    

    <p>
     La mano fue descendiendo lentamente
sobre la mesa, y la campanilla volvió a su puesto.
    </p>
    

    <p>
     -No es este el mejor medio de
averiguarlo todo -murmuró-; la prudencia aconseja otro camino más
seguro. ¿Cuál puede ser el móvil del hurto? ¿quién es el culpable?
Barnuevo ¡imposible! Gándara ¡que absurdo!
    </p>
    

    <p>
     Después de oprimirse las sienes con
las manos y de enjugarse la frente, el rey se adelantó hacia Elina,
añadiendo con melancólica expresión, pero con acento seguro:
    </p>
    

    <p>
     -Ya veis condesa, la desgracia que me
ocurre.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, sí!... -balbuceó Elina.
    </p>
    

    <p>
     -El suceso asesta tan rudo golpe a las
afecciones del hombre como a la soberbia del rey; pero el caballero
y el príncipe son impotentes, por lo pronto, para triunfar de la
fatalidad.
    </p>
    

    <p>
     El profundo suspiro que el monarca
obtuvo por respuesta, demostraba que la dama estaba persuadida de
tan desconsoladora realidad.
    </p>
    

    <p>
     -Decid a la marquesa -prosiguió el
rey-, que mi desolación no tiene límites...
    </p>
    

    <p>
     -Las palabras de vuestra majestad
conmoverán seguramente el ánimo de mi atribulada amiga.
    </p>
    

    <p>
     -Aseguradla que voy a intentar todo
cuanto me sugiera el interés que me inspira la situación en que se
encuentra para recobrar el objeto que anhela...
    </p>
    

    <p>
     -Esa grata promesa hará renacer en
ella la esperanza.
    </p>
    

    <p>
     -Repetidla mil veces, que sean las que
fueren las difíciles circunstancias en que el odio y la intriga
logren comprometerla, jamás podrá faltarla el paternal apoyo del
soberano...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señor! ¡cuán consoladora será
para la marquesa la manifestación de vuestra majestad!
    </p>
    

    <p>
     -Y prometedla, por fin, que en todo
caso, el fallo de mi inexorable justicia no la dejará sin
venganza.
    </p>
    

    <p>
     La azafata esperó por espacio de un
corto número de segundos. El rey no añadió una palabra.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene vuestra majestad alguna otra
prevención que significarme? -pronunció Elina.
    </p>
    

    <p>
     -No, condesa -contestó el monarca
alargando la mano a la dama con cierta tristeza.
    </p>
    

    <p>
     La de Bari tocó la regia diestra con
el extremo de los labios, volvió a inclinarse respetuosamente y se
encaminó a la puertecilla de la galería.
    </p>
    

    <p>
     Sólo en el momento de pasar el dintel
fue cuando creyó observar que la impaciencia del rey se acentuaba,
o más bien comenzaba a desbordarse.
    </p>
    

    <p>
     Elina tomó de nuevo su coche en la
puerta del Príncipe, y se hizo conducir a la casa de las Siete
chimeneas.
    </p>
    

    <p>
     El hecho que iba a revelar a la de
Esquilache era tremendo; pero la condesa, que no participaba de
preocupaciones vulgares, sabía que hasta en dar esa clase de
noticias todo lo más pronto posible, se presta un servicio a los
amigos, cuando no hay otro mejor que prestarles.
    </p>
    

    <p>
     La joven se encontró en el extremo de
la calle de las Infantas, sin conciencia del tiempo trascurrido ni
del espacio atravesado, penetró en el palacio de Esquilache sin
contestar los saludos de los domésticos, y llegó a las habitaciones
de la marquesa con el incierto paso de los autómatas.
    </p>
    

    <p>
     Pastora, que había presentido la
llegada de su amiga en el ruido del carruaje, en el eco apagado de
la voz de los ugieres y en los latidos del propio corazón, apareció
en la puerta del gabinete en el instante en que Elina abría la del
salón.
    </p>
    

    <p>
     La realidad estaba a cien leguas del
pensamiento de la marquesa, y sin embargo, en el semblante de la de
Bari halló la revelación suficiente para exclamar aterrada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Nada traes!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Nada! -soyozó Elina.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa sepultó su intensa mirada
en las pupilas de su amiga, y bajando la voz, repuso
estupefacta.
    </p>
    

    <p>
     -¿No has visto al rey?...
    </p>
    

    <p>
     -Sí...
    </p>
    

    <p>
     -Entonces...
    </p>
    

    <p>
     Elina abrazó a Pastora y murmuró a su
oído:
    </p>
    

    <p>
     -¡Le ha sido robado el
medallón!...
    </p>
    

    <p>
     La marquesa lanzó un grito penetrante
y se desplomó en los brazos do la de Bari.
    </p>
    

    <p>
     Elina arrastró a duras penas a la
desmayada hasta colocarla en el sillón, tiró del cordón de la
campanilla y puso en conmoción la casa entera reclamando toda clase
de auxilios.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012011">
    

    <head>
     Capítulo XI
    </head>
    

    <head>
     Donde se habla de la Compañía de Jesús y de otras
menudencias
    </head>
    

    <p>
     Para calmar los paroxismos súbditos no
existe agente terapéutico más eficaz que el tiempo.
    </p>
    

    <p>
     Sus virtudes específicas en ese punto
son superiores a la reputación que ha sabido adquirirse de gran
descubridor de verdades.
    </p>
    

    <p>
     El lento trascurso de treinta horas
modificó el estado de la marquesa de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     La dolencia aguda había tomado la
forma crónica.
    </p>
    

    <p>
     Pastora padecía; pero no se retorcía
al impulso de titánicas convulsiones.
    </p>
    

    <p>
     Las ideas de la marquesa comenzaban a
entrar en el período de los razonamientos serenos. La sima en que
Pastora había sido precipitada era negra como la noche eterna,
espantosa como el cráter sin rondo de un volcán; pero si por acaso
existiera en aquel báratro un tránsito providencial que condujese a
la salida, carecería de perdón no volver a gozar del aire libre y
de la luz del día por un exceso de pusilánime abatimiento.
    </p>
    

    <p>
     Con las manos, por delicadas que
fuesen, la marquesa golpearía las paredes: con los pies, por
débiles que se encontraran, removería la tierra.
    </p>
    

    <p>
     Ante todo, era necesario triunfar del
caos del entendimiento.
    </p>
    

    <p>
     Cuando se consuma una ruina, lo más
urgente es desembarazar de escombros el terreno.
    </p>
    

    <p>
     Tal era el estado, del espíritu de la
de Esquilache en el momento en que Irene se acercó tímidamente al
diván en que reposaba la atribulada dama.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué quieres? -murmuró Pastora
entreabriendo los ojos.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no sé si cometo una inconveniencia
al pasar este recado a mi señora -contestó Irene con la vista fija
en la alfombra:- pero el carácter respetable de la persona que lo
solicita...
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿hay alguien que pretenda
verme que no sea el doctor Arenal?
    </p>
    

    <p>
     -Así es, señora.
    </p>
    

    <p>
     -¿De quién se trata?
    </p>
    

    <p>
     -De un religioso.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa hizo un mohín de
impaciencia.
    </p>
    

    <p>
     -No creo estar todavía en peligro de
muerte -dijo.
    </p>
    

    <p>
     Arrepentida en el acto de la
vivacidad, añadió dulcificando el tono:
    </p>
    

    <p>
     -Es verdad que se acerca la Semana
Santa... ¿te ha manifestado ese religioso su nombre?
    </p>
    

    <p>
     -No, señora; pero se dice portador de
una importante misión del reverendo obispo de Cuenca.
    </p>
    

    <p>
     La de Esquilache pareció vacilar.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué deberé contestarle? -insinuó la
doncella.
    </p>
    

    <p>
     -Que puede entrar si el asunto de que
tiene que hablarme es urgente, y no exige una larga
conferencia.
    </p>
    

    <p>
     Irene salió de la estancia para volver
dos minutos después acompañando a un individuo de rostro macilento,
a quien ya conoce el lector por haberle visto asomado a una de las
ventanas del convento de Valverde.
    </p>
    

    <p>
     La doncella pronunció desde la
Puerta:
    </p>
    

    <p>
     -Su reverencia el padre Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     El anunciado saludó respetuosamente al
exhibirse, al llegar al centro del aposento, y cuando estuvo a la
distancia de Pastora que las conveniencias consentían.
    </p>
    

    <p>
     El aspecto del visitante era pulcro y
hasta atildado: su presencia, sin embargo, no consiguió impresionar
favorablemente a la marquesa. Había en la fisonomía de aquel
personaje, 'en su especial manera de ser, en los movimientos mismos
con que se balanceaba, algo inexplicable que hacía pensar en los
crótalos cuando acaban de mudar la camisa.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho temo que mi apellido no haya
dicho gran cosa a la señora marquesa -articuló el religioso con un
timbre metálico de acento en perfecta armonía con todos los signos
que le exteriorizaban.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto -respondió la de
Esquilache:- no tenía el honor de conocer el nombre más que la
persona.
    </p>
    

    <p>
     -No es de extrañar; apenas hace un mes
que desempeño, aunque indignamente, el cargo de procurador de la
Compañía de Jesús.
    </p>
    

    <p>
     De las palabras y del tono parecía
desprenderse que el buen jesuita se proponía dar motivo más
adelante para que adquiriera ilustración el nombre que llevaba.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y en qué me será dado complacer por
ahora al señor procurador? -repuso la marquesa, invitando al
religioso a tomar asiento, con un ademán de la nacarada mano.
    </p>
    

    <p>
     -Ante todo, creo que al anunciarme,
han debido decir a vuecencia que el señor obispo de Cuenca me había
honrado con una especial comisión de confianza...
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad; y a fe mía que no
es lo que menos ha contribuido a que me proporcione una
satisfacción la visita de vuestra reverencia. Don Isidro Carvajal y
Lancaster ha sido un cordial amigo de la familia de mi madre; y por
mi parte, siempre le he debido paternal benevolencia, excelentes
consejos y gracias espirituales.
    </p>
    

    <p>
     -Su ilustrísima, por lo visto,
continúa favoreciendo a vuecencia con la misma predilección.
    </p>
    

    <p>
     -Esa esperanza abrigo.
    </p>
    

    <p>
     -Más que esperanza puede tener la
señora marquesa: comprueba la realidad esta carta, que he creído
sería para vuecencia, mi mejor presentación.
    </p>
    

    <p>
     -¿El señor obispo me escribe?
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="LAT">
      Ex abundantia cordis
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     Cebrián, que había elegido un papel
entre los innumerables que contenía la voluminosa cartera que
extrajo de la sotana, le puso en las manos de la dama.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa pasó lentamente la vista
por las siguientes líneas:
    </p>
    

    <p>
     «Mi amada hermana en
Jesucristo, hija carísima en las afecciones de mi corazón, y oveja
sumisa en el tribunal de la penitencia:
    </p>
    

    <p>
     »Jamás como ahora mi
espíritu atribulado por la amargura de la hiel y vinagre de mi
Calvario, que se desbordan del corazón, ha sentido tanta necesidad
de refugiarse allí donde espera encontrar simpatía, consuelo y
apoyo.
    </p>
    

    <p>
     »A cualquier punto que
dirija la angustiosa mirada en el siniestro período histórico que
tenemos la desdicha de atravesar, sólo diviso sangrientas
hecatombes, ruinas y despojos: las hecatombes de las odiosas
guerras que encienden las más viles de las ambiciones; las ruinas
de los templos y de los monasterios; los despojos de la túnica
inconsútil del Redentor de los hombres.
    </p>
    

    <p>
     »Han comenzado a tener
cumplimiento los pronósticos que hace tiempo me reveló, no mi don
de profecía, sino mi pastoral solicitud por la ventura de la grey
que el Señor me ha confiado. El reino corre al abismo con la
vertiginosa caída de los réprobos.
    </p>
    

    <p>
     »¡Y qué mucho que el
Dios de Sabaoth castigue a la España con tan tremendo acto de
justicia! Los impíos gobernantes de esa infortunada nación no dejan
entrever el menor signo de arrepentimiento; y San Jerónimo lo ha
dicho, la impenitencia es el único crimen que el Todopoderoso no
perdona.
    </p>
    

    <p>
     »La persecución de la
Iglesia continúa más encarnizada que nunca; sus bienes son
saqueados con más codicia que en los tiempos de la guerra de
sucesión; y los sagrados Ministros del altar son martirizados con
igual encono que en los siglos del paganismo.
    </p>
    

    <p>
     »En vano la voz de los
buenos clama en el desierto. Los que rijen la nave del Estado
tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. No quieren contemplar
nuestras desgracias; no se dignan escuchar nuestros lamentos: ¡ni
siquiera nos honran con una consulta!
    </p>
    

    <p>
     »En situación tan
desoladora, he pensado en usted ¡oh amada hija! Cuando la cólera
del Omnipotente pos amenaza con el fuego voraz que consumió las
nefandas ciudades de Pentápolis, debemos llamar a todas las
puertas, apelar a todos los medios para sustraernos a los efectos
de la divina indignación.
    </p>
    

    <p>
     »¡Quién sabe si el
Hacedor Supremo habrá elegido en sus inexcrutables designios a su
sierva Pastora para que, ya cual prudente Abigayl, ya cual valerosa
Judith, sea el instrumento mediador que le permita reconciliarse
ton los españoles como se reconcilió con los ninivitas!
    </p>
    

    <p>
     »La especial posición en
que usted se encuentra, sus sentimientos de piedad, jamás
desmentidos, y la benéfica influencia que puede ejercer en el ánimo
del esposo, que debe al cielo, son acaso otros tantos caminos por
donde el Señor se propone llegar al corazón de los poderosos para
redimir a la nación de la esclavitud del demonio.
    </p>
    

    <p>
     »Yo, en nombre de la
religión escarnecida, exhorto y conjuro a mi hija predilecta para
que, acudiendo obediente a los llamamientos del Altísimo, empune su
lábaro glorioso, y le lleve al combate contra los errores de los
falsos filósofos, y la hipocresía de los modernos fariseos, con la
fe inquebrantable de que no ha de faltarla por un momento la
poderosa protección de aquella soberana criatura que es reina de
las milicias celestiales, hermosa como la luna, escogida como el
sol, y terrible como un ejército puesto en orden de batalla.
    </p>
    

    <p>
     »¡Pluguiera a Dios que
la eficaz cooperación de usted a obra tan santa, pudiese mitigar
con una gota de rocío la aridez de los últimos días de este su
amantísimo amigo y viejo capellán que la envía su apostólica
bendición!
    </p>
    

    <p>
     »

     <emph>
      Isidro
     </emph>
     , obispo de Cuenca».
    </p>
    

    <p>
     La marquesa dio mil vueltas a aquella
extraña misiva, modelo de la que en el mes siguiente había de
recibir el padre Eleta, y pronunció con un acento en que se
revelaba cierta vacilación:
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoce vuestra reverencia el
contenido de esta epístola?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, señora marquesa -contestó el
procurador-, el señor obispo me dispensó la confianza de darme
lectura de la carta al ponerla en mis manos.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que su ilustrísima bosqueja
la situación de la monarquía con colores demasiado sombríos.
    </p>
    

    <p>
     -Vuecencia habrá de perdonarme si mi
opinión difiere de la suya.
    </p>
    

    <p>
     -El cuadro está indudablemente
recargado. El celo evangélico, extremado quizás, a consecuencia de
las contrariedades que hayan podido originar algunos actos
gubernativos, imprime a los juicios del excelente prelado un sello
evidente de pesimismo.
    </p>
    

    <p>
     -La señora marquesa hace una vida
retirada; consagra todas las atenciones del alma a los cuidados que
la impone el amor a la familia; respira en una atmósfera perfumada
por el incienso de la lisonja, y viciada por el interés de los
lisonjeros, no es posible que aprecie con perfecto conocimiento el
estado de la sociedad española.
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo...
    </p>
    

    <p>
     -Los que pueden juzgar rectamente
acerca de ese estado, son aquellos que se encuentran envueltos en
el torbellino donde se entrechocan las pasiones, miran de cerca los
infortunios, tocan las necesidades, y prueban todos los días el
temple del alma en las luchas de la existencia.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, en fin, si el señor obispo
acertase en sus fatídicas apreciaciones, la empresa que pretende
encomendarme sería superior a mis fuerzas.
    </p>
    

    <p>
     -Las tareas que el cielo nos impone
jamás sobrepujan nuestros alientos: los santos textos nos enseñan
que el yugo del Señor es suave, y leve su carga.
    </p>
    

    <p>
     -¿Vuestra reverencia supone que su
ilustrísima está en este caso inspirado por Dios?
    </p>
    

    <p>
     -Consideraría una impiedad
dudarlo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, padre Cebrián!... no es sublime
confianza lo que esas palabras me inspiran, sino verdadero
terror.
    </p>
    

    <p>
     -Porque el fuego en que ardía la zarza
bíblica sin consumirse, no depura en grado suficiente la flaqueza
del corazón. La fe transporta las montañas y cambia el lecho de los
mares.
    </p>
    

    <p>
     -La mano de mi esposo no es la única
que guía la caña del timón del Estado...
    </p>
    

    <p>
     -Ejerce, no obstante, un influjo
decisivo.
    </p>
    

    <p>
     -Por otra parte, si mis exhortaciones
llegasen a estar en oposición con las inspiraciones de la
conciencia del marqués, no serían los móviles de su conducta mis
deseos: en ese punto es profunda mi convicción..
    </p>
    

    <p>
     -Vuecencia no hace bastante justicia a
sus irresistibles seducciones.
    </p>
    

    <p>
     -Pobres son los recursos de esa clase,
cuando se trata de altísimos intereses.
    </p>
    

    <p>
     -El señor obispo de Cuenca se complace
en alimentar otras esperanzas todavía...
    </p>
    

    <p>
     -¿Relativas a mi persona?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué se promete, pues?
    </p>
    

    <p>
     -Que la señora marquesa se sirva leer
esa carta...
    </p>
    

    <p>
     El procurador se detuvo un instante,
no sabemos si para buscar una palabra, o para poder pronunciarla
con más aliento.
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién? -preguntó Pastora.
    </p>
    

    <p>
     -Al rey -contestó Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa fijó en el rostro del
jesuita una penetrante mirada.
    </p>
    

    <p>
     El procurador la soportó sin
pestañear.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al rey! -repitió la de Esquilache,
asiendo el brazo del sillón para no dejar advertir el
estremecimiento de la mano.
    </p>
    

    <p>
     -La lectura, en efecto, no podría
llegar a mejores oídos.
    </p>
    

    <p>
     -El prelado, sin embargo, no me invita
a semejante cosa...
    </p>
    

    <p>
     -No me es dado apreciar las razones
que para ello ha podido tener su ilustrísima; pero respondo a la
señora marquesa de la perfecta exactitud de mi afirmación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Leer a su majestad esa apasionada
impugnación de la política de mi es poso! -exclamó Pastora
animándose por momentos.
    </p>
    

    <p>
     -Es la expresión de la verdad...
    </p>
    

    <p>
     -¡Favorecer yo misma los planes de los
que acaso no tienen otro objeto que perder al padre de mis
hijos!
    </p>
    

    <p>
     -Vuecencia se extravía...
    </p>
    

    <p>
     -Tal vez sólo existía una persona a
quien el diocesano de Cuenca no debía dirigirse con tal intento, y
esa persona era yo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me permite la señora marquesa
someter a su consideración algunas observaciones?
    </p>
    

    <p>
     -¡Serían inútiles! -contestó con
energía la de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Y soltando el papel sobre la mesa,
repuso resueltamente:
    </p>
    

    <p>
     -¡No leeré esa carta al rey!
    </p>
    

    <p>
     Siguió un intervalo de silencio
penoso. El jesuita, a quien podía considerarse batido, fue, no
obstante, el primero que volvió a empeñar el combate.
    </p>
    

    <p>
     -Es sensible -dijo con la calma más
completa-; es verdaderamente muy sensible, que la señora marquesa
no de era a los votos del reverendo diocesano de Cuenca; porque
priva a la Compañía que represento, de un eficaz auxiliar para la
consecución del principal objeto que me trae a este sitio.
    </p>
    

    <p>
     La dama dejó entrever cierta
sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! -articuló-; ¿el padre Cebrián no
ha hablado todavía?...
    </p>
    

    <p>
     -He hablado a vuecencia de los
intereses generales de la religión; me falta exponerla los
particulares de la Compañía de Loyola.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien... -pronunció la marquesa con
una curiosidad nada más que mediana.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no sé si vuecencia conoce la bula 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Apostolicum pascendi
     </foreign>
     , expedida por
nuestro Santo Padre Clemente XIII.
    </p>
    

    <p>
     -Confieso que ni poco... -contestó la
marquesa, comenzando a combatir un bostezo-, ni mucho -añadió
después de haber obtenido un triunfo equívoco.
    </p>
    

    <p>
     -En el mismo caso que vuecencia se
encuentran todos los españoles, salvas rarísimas excepciones; y eso
es precisamente lo que constituye una gran desgracia para la
Compañía.
    </p>
    

    <p>
     -Su Santidad demuestra al orbe en la
bula a que me refiero, que cuantas indignidades se atribuyen a los
hijos de Loyola son calumnias impías, viles amaños de que se vale
el dragón, infernal para apagar con su soplo en los pechos tibios
la vacilante llama de la fe. El Vicario de Dios sobre la tierra
hace más todavía: proclama 

     <foreign xml:lang="LAT">
      ex cathedra
     </foreign>
     las ejemplares virtudes que
en todo tiempo nos han adornado, los nobilísimos sentimientos que
hoy nos animan, y los incalculables servicios que estamos llamados
a prestar a la cristiandad en los siglos venideros. Sobran, por lo
tanto, motivos para que nuestros implacables enemigos procuren
sepultar indefinidamente el documento pontificio en los antros
maléficos de la cancillería de Estado. ¿Conviene en ello vuestra
excelencia?
    </p>
    

    <p>
     -No tengo la menor dificultad.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien; tan inicuo propósito no
conseguirá la victoria. La publicación de esa bula, manifestación
soberana de la verdad y de la justicia, es cuestión capital para la
Compañía que lidia en pro de la Iglesia Católica, y escrito está
que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
    </p>
    

    <p>
     -Así sea -murmuró la de Esquilache,
entornando los párpados con aire devoto.
    </p>
    

    <p>
     -Y así será; porque podrán faltar los
cielos y la tierra, pero no faltará el cumplimiento de la palabra
del Eterno.
    </p>
    

    <p>
     La exposición del sagrado texto fue
acogida por la marquesa con una respetuosa, pero lánguida
inclinación de asentimiento.
    </p>
    

    <p>
     -La Compañía -continuó Cebrián-, cree,
como el reverendo obispo de Cuenca, que vuecencia cuenta con
superabundantes medios para obtener la expedición del 

     <foreign xml:lang="LAT">
      regium exequatur
     </foreign>
     que se nos niega.
    </p>
    

    <p>
     -¿Aún?...
    </p>
    

    <p>
     -Y en virtud de esa convicción, vengo
en nombre de la Compañía a solicitar de vuecencia una alianza
leal.
    </p>
    

    <p>
     -¡De mí!
    </p>
    

    <p>
     -Pero la Compañía es una
potencia...
    </p>
    

    <p>
     -Que no está más alta, pero que está
al nivel de la de vuecencia; y cuando las potencias buscan
alianzas, dan por lo menos tanto como reciben.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dan!...
    </p>
    

    <p>
     -La Compañía ofrece, pues, a la señora
marquesa un cambio recíproco de vigilancia, de amistad y de
apoyo.
    </p>
    

    <p>
     -Yo sería la beneficiada en el
tratado.
    </p>
    

    <p>
     -Es posible que así sucediera en los
primeros momentos; pero confío en que la señora marquesa se
apresuraría a desquitarse de los beneficios que hubiera podido
recibir anticipadamente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Anticipadamente?...
    </p>
    

    <p>
     -No creo que en rigor carezca de
propiedad el adverbio; porque es lo cierto que la Compañía ha
comenzado a interesarse en favor de los asuntos que afectan a la
señora marquesa, antes de que estuviese formalizado el pacto de
concordia.
    </p>
    

    <p>
     La de Esquilache pareció salir algún
tanto de su situación pasiva.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quiere vuestra reverencia
-pronunció-, exponerme su tesis en términos menos abstractos?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda. La Compañía ha tenido
noticia de que la señora de Esquilache, por una azarosa combinación
de fatales circunstancias, ha llegado a encontrarse en una posición
difícil...
    </p>
    

    <p>
     Pastora sintió afluir a su rostro una
oleada de sangre.
    </p>
    

    <p>
     -Y nuestra colectividad religiosa
-prosiguió Cebrián-, no ha vacilado un punto en acudir en auxilio
de dama tan respetable. Considero inútil añadir que me refiero a la
pérdida de una miniatura, que puede ser en la ocasión presente
germen fecundo en detestables maledicencias...
    </p>
    

    <p>
     El golpe era tan inesperado que
hubiese derribado a la de Esquilache sobre la alfombra, a no
recibirle sentada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -exclamó con el aliento
entrecortado -¿el padre Cebrián conoce el paradero de mi
medallón?
    </p>
    

    <p>
     -Por lo menos le conoce la
Compañía.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y se propone devolvérmele?
    </p>
    

    <p>
     -Seguramente.
    </p>
    

    <p>
     -En cambio de...
    </p>
    

    <p>
     -En cambio del compromiso que la
señora marquesa contraiga de alcanzar el pase regio para la bula, 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Apostolicum pascendi
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     El caviladero de la marquesa era el
fogón de una fragua: los pensamientos saltaban, se repelían,
chispeaban como carbones enrojecidos.
    </p>
    

    <p>
     Cebrián creyó adivinar que estaba
presenciando un combate definitivo entre beligerantes, cuyas
fuerzas se encuentran agotadas. Una intervención oportuna podía ser
decisiva; porque sabido es que en estas circunstancias, la llegada
de un sólo regimiento sobre el campo de batalla, basta para
determinar la victoria.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuándo quiere vuecencia -articuló-,
que se la entregue su retrato? ¿mañana?... ¿esta tarde?... ¿dentro
de una hora?...
    </p>
    

    <p>
     El procurador era un gran teólogo, un
profundo pensador, un notable polemista; pero ni la ciencia, ni el
genio, ni las aptitudes que le distinguían, pertenecían al género
de los que inician en el conocimiento de las sutiles inspiraciones
del espíritu de una mujer.
    </p>
    

    <p>
     Las almas femeninas ceden al mal: es
un instinto de la organización primitiva que deben a la naturaleza;
pero la caída no se realiza sin haber resistido más o menos tiempo
a las sugestiones del corazón, el peor de los enemigos que
tienen.
    </p>
    

    <p>
     Privarlas del período necesario para
que germine la semilla de la cizaña, es exponerse a perderlo
todo.
    </p>
    

    <p>
     Si el padre Cebrián pudo apresurar la
solución de la crisis, fue en sentido desfavorable.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa contestó al jesuita con
una acritud nerviosa:
    </p>
    

    <p>
     -El señor procurador no ha sido más
afortunado en su segunda gestión que en la primera. Rechazo la
indigna conducta que se propone imponerme, blandiendo sobre mi
cabeza el arma adquirida, merced a un delito. No suscribiré a
servir de instrumento inconsciente a los que profanan la religión,
utilizándola para fines puramente mundanos. No acepto la alianza
con la Compañía.
    </p>
    

    <p>
     Cebrián, que había vuelto el oído
hacia la dama para escuchar mejor sus palabras, pronunció después
de una pausa:
    </p>
    

    <p>
     -La señora marquesa parece algo
inclinada al uso de los monosílabos; pero cuando se decide a dar
más extensión al lenguaje, hay que convenir en que los conceptos
que emite son tan claros como precisos.
    </p>
    

    <p>
     -Quería que no pudiese quedar la menor
duda a vuestra reverencia acerca de mi resolución.
    </p>
    

    <p>
     -Y vuecencia lo ha conseguido.
    </p>
    

    <p>
     -Ignoro las contingencias a que puede
dar motivo el extravío del medallón: confío en que las
consecuencias defrauden por completo las esperanzas de los
hurtadores; pero sea la que fuere la importancia de la sustracción
de esa pobre alhaja, jamás compraré su restitución a costa del
sacrificio de mi conciencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pse! -se permitió acentuar el padre
Cebrián con una irónica sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     -El espionaje cerca del Gobierno
-añadió Pastora-, el papel de agente secreto cerca de la corte, la
esclavitud, la traición y la hipocresía, serían un precio tan
excesivo, que podría quejarme de lesión enorme, y argüir el
contrato de leonino.
    </p>
    

    <p>
     -Prescindiendo de la parte
declamatoria, vuecencia hace bien en considerar cara la devolución
de ese objeto, si se promete obtenerla de balde, ahora, sobre todo,
que cree conocer el camino por donde seguir la pista a la joya.
Aconsejo, sin embargo, a la señora marquesa, que no se deje seducir
por el optimismo; la raza humana le debe más derrotas que a la
desconfianza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Vuestra reverencia me aconseja!
-pronunció la dama desdeñosamente.
    </p>
    

    <p>
     -Lo autoriza mi carácter.
    </p>
    

    <p>
     -El padre Cebrián no es mi
confesor.
    </p>
    

    <p>
     -Carezco, en efecto, de esa honra;
pero aún en el caso inverso, no contaría con la seguridad de ser
escuchado. El reverendo obispo de Cuenca es o ha sido director
espiritual de la señora marquesa, y no puede en verdad lisonjearse
de haber merecido mejor acogida. Por otro lado, concedo que la
exhortación sea acaso innecesaria para vuecencia. Los hechos,
siempre más elocuentes que las frases, han debido probarla que el
poder de los grandes de la tierra, no excede un ápice de los
límites impuestos por la voluntad de aquel que ha dicho al Océano 

     <emph>
      no pasarás de aquí
     </emph>
     . En cambio, ¡cuán
inescrutables son los arcanos del Omnipotente! Un pobre religioso
sin posición social ni honores, porque le prohíbe aceptarlos el
severo instituto en que milita, ha venido a ofrecer a la señora
marquesa el talismán para la paz del alma, que príncipes augustos
no podían devolverla.
    </p>
    

    <p>
     -¡Para la paz del alma! -exclamó
indignada la de Esquilache-; diga más bien el señor procurador, que
para mi condenación eterna.
    </p>
    

    <p>
     El jesuita se puso en pie como movido
por un resorte irresistible.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tremenda es la expresión con que
vuecencia me despide, si esa es su última palabra! -pronunció con
voz inspirada.
    </p>
    

    <p>
     -¡La última! -contestó la marquesa sin
titubear.
    </p>
    

    <p>
     Cebrián dio dos pasos hacia la puerta
y repuso volviendo la enérgica cabeza:
    </p>
    

    <p>
     -No quiero ocultar a la señora
marquesa que empeña una partida peligrosa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Peligrosa para quién? -dijo la de
Esquilache con la expresión del más supremo desprecio.
    </p>
    

    <p>
     -Para el que tenga menos títulos a la
protección del que es rey de los reyes y señor de los señores.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa, que por lo visto no creía
en la inferioridad de sus títulos al apoyo divino, cambió con
Cebrián una mirada de reto.
    </p>
    

    <p>
     Este fue el postrer saludo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012012">
    

    <head>
     Capítulo XII
    </head>
    

    <head>
     Un legado 

     <emph>
      á latere
     </emph>
     de si paternidad el general Lorenzo
Ricci
    </head>
    

    <p>
     Cuando el procurador de la Compañía
salió de la habitación de la marquesa de Esquilache, presentaba el
aspecto de un demonio a quien acaba de administrarse una abundante
aspersión de agua bendita.
    </p>
    

    <p>
     En el tránsito, no obstante, fue
serenándose por momentos el digno jesuita; y al cruzar la plaza de
las Siete chimeneas con paso seguro, ya tendía la mano no menos
firme a los muchachos bien educados que acudían a depositar en ella
el ósculo del respeto.
    </p>
    

    <p>
     Cebrián siguió la calle del Barquillo,
torció por la del Saúco y se internó en la de las Salesas.
    </p>
    

    <p>
     Frente a la desembocadura de esta
última, se elevaba la magnífica portada del monasterio de la
Visitación de religiosas de San Francisco, fundada para educar
niñas nobles por la reina doña María Bárbara, esposa del hermano
mayor del monarca reinante, y construido por el arquitecto
Francisco Moradillo, con arreglo a los planos de Francisco
Carlier.
    </p>
    

    <p>
     La suntuosidad del convento, unida al
nombre de la augusta señora a quien se debía la construcción, había
inspirado al vulgo la idea de que todo era bárbaro en aquel
monumento.
    </p>
    

    <p>
     Bárbara la reina, bárbara la obra y
bárbara la suma invertida.
    </p>
    

    <p>
     Y sin embargo, a fines del segundo
tercio del siglo XVIII eran tan módicos los precios de los
materiales y de la mano de obra, que el coste total del edificio, a
pesar de la profusión con que en él se emplearon los mármoles y el
bronce, no excedió de la cantidad de diez y nueve millones cuarenta
y dos mil treinta y nueve reales y once maravedises.
    </p>
    

    <p>
     ¡Qué hubieran dicho nuestros modestos
abuelos al serles dado adivinar que en el siglo siguiente iba a
costar tres veces más una fragata blindada, armada con cuatro
piezas de artillería, ellos que estaban acostumbrados a adquirir
por doscientos mil duros un navío de tres puentes con ciento veinte
cañones.
    </p>
    

    <p>
     La granítica construcción desafía, no
obstante, el transcurso del tiempo y basta los estragos del fuego;
y la existencia de la fragua depende del instante en que su
desencadena una racha de viento, surje un escollo o estalla un
torpedo.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cebrián se dirigió a una de
las diversas dependencias del vasto edificio, completamente
terminado ocho años antes, cruzó el zaguap, la portería y algunos
corredores, y empujó con suavidad la hoja derecha de una
puerta.
    </p>
    

    <p>
     En el acto el aguda golpe de un timbre
anunció ruidosamente la presencia de un intruso.
    </p>
    

    <p>
     Un joven novicio, fresco como una
lechuga y rollizo como un repollo de la huerta que estaba
contemplando desde la ventana, dejó este observatorio, y se
adelantó al encuentro del recién llegado.
    </p>
    

    <p>
     -Buenos días, hermano Martín -dijo el
procurador.
    </p>
    

    <p>
     -Santos y buenos días, venerable padre
Cebrián -contestó el novicio sin alzar la vista del suelo; por más
que pudiera asemejarse a aquel sacristán de que nos habla Quevedo,
que no se atrevía a levantar los ojos a las mujeres: y no añadimos
una frase; porque la especie humana ha degenerado tanto, que hoy
nos falta el valor para decir y sobre todo para leer, las mismas
palabras que el buen señor de la Torre de Juan Abad osaba, escribir
con el mayor garbo hace doscientos años.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se encuentra solo el padre
Provincial? -repuso Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     -No, señor procurador.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién le acompaña?
    </p>
    

    <p>
     -Un hermano extranjero.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué lengua?
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que ha de pertenecer a la
italiana.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien: esperaré la terminación de
la visita del hermano italiano.
    </p>
    

    <p>
     Un prolongado campanillazo, que resonó
en la estancia inmediata, dijo a los dos interlocutores que acaso
el padre provincial experimentada cierta curiosidad por saber quién
era la persona cuya entrada había denunciado el timbre de la
puerta.
    </p>
    

    <p>
     El novicio acudió, al llamamiento de
su superior:
    </p>
    

    <p>
     Cebrián no tuvo tiempo para aburrirse.
El joven Martín reapareció pocos segundos después, pronunciando con
voz humilde, y sin utilizar los ojos para otra cosa que para
observar las puntas de los zapatos:
    </p>
    

    <p>
     -El padre Provincial ruega a vuestra
reverencia que se sirva pasar adelante.
    </p>
    

    <p>
     El procurador defirió al ruego que se
le hacía, y penetró en la habitación o en términos más extrictos,
en la celda del Provincial: tan modesta era en las dimensiones,
mobiliario y tapicería.
    </p>
    

    <p>
     En aquel aposento había dos hombres.
El más entrado en años vestía sotana: el menos veterano se envolvía
en largo manteo.
    </p>
    

    <p>
     El de la sotana dijo inmediatamente al
individuo con quien conferenciaba:
    </p>
    

    <p>
     -El padre Cebrián, procurador de la
Compañía en los reinos de las dos Castillas y Andalucía.
    </p>
    

    <p>
     El del manteo, que poseía unos
brillantes ojos bastante más atrevidos que los del novicio Martín,
inclinó la cabeza con un ademán lleno de deferencia.
    </p>
    

    <p>
     El provincial, añadió, dirigiéndose al
procurador:
    </p>
    

    <p>
     -El padre Terrigiani, 

     <foreign xml:lang="LAT">
      magister a secretis
     </foreign>
     de nuestro
respetable general el padre Lorenzo Ricci, y sobrino de su
eminencia monseñor el cardenal Torrigiani ministro de Estado del
soberano Pontífice.
    </p>
    

    <p>
     Cebrián inclinó todo su cuerpo, sin
dada para manifestarse abrumado por el doble peso de tan importante
posición, y de tan deslumbrador parentesco.
    </p>
    

    <p>
     -El celo y la habilidad del señor
procurador -pronunció el italiano-, han llegado más de una vez a
mis oídos en las orillas del Tíber.
    </p>
    

    <p>
     -La benevolencia de mis superiores
-contestó Cebrián-, ha podido llevar en alguna ocasión hasta el
Quirinal el eco de mis oscuros servicios; pero el talento del señor
Torrigiani no ha necesitado ajena mediación para hacerse notorio en
la España entera.
    </p>
    

    <p>
     Cambiada esta mutua prueba de
conocimiento, debido a la reputación, repuso el provincial:
    </p>
    

    <p>
     -El padre Torrigiani, que ha llegado
de Roma hace dos horas con especial misión del general, acaba de
enterarse por mi conducto del estado de los más importantes asuntos
de la Compañía. Sabe que, ateniéndonos en un todo a las
instrucciones del padre Ricci y del consistorio central, hemos
procurado convertir a la marquesa de Esquilache a los santos fines
de nuestra causa. Conoce que con el objeto de ejercer una saludable
influencia en el ánimo de esa dama, hemos tratado de ser partícipes
de alguno de sus secretos, por otros medios que los que nos fuera
dado deber al tribunal de la penitencia, con el fin de poder
utilizarlos sin pecado. No ignora que dos instrumentos
estipendiarios lograron obtener de la marquesa una carta que nos
era permitido esperar que no careciese de gravedad, y que, sin
embargo, por acaso o por prudencia, resultó perfectamente
insignificante, no porque nuestros ojos la examinaran, sino porque
así nos lo aseguraron los que momentáneamente la poseyeron; los
cuales, si bien fueron bastante inhábiles para volver a perderla,
al menos pudieron enterarse de las frases que contenía; y por
nuestra parte, no tenemos hasta ahora motivo alguno para poner en
duda la veracidad del aserto. Y por último, tiene conocimiento de
la providencial adquisición del medallón extraviado; objeto que
hemos confiado en este día a la inteligente solicitud de vuestra
paternidad como supremo recurso coercitivo para entablar
negociaciones cerca de la marquesa. El instante es, pues,
oportunísimo para que el señor procurador nos refiera sin la menor
reserva el resultado de su trascendental gestión.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay de mi! -dijo Cebrián exhalando un
suspiro-; mi conferencia con la marquesa de Esquilache no ha podido
ofrecer una solución menos satisfactoria.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿por ventura esa dama?...
    </p>
    

    <p>
     -Persiste en su impenitencia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y desdeña el inesperado servicio con
que la Compañía le brinda?
    </p>
    

    <p>
     -De todo punto.
    </p>
    

    <p>
     -Padre Cebrián, tan extraordinario
acontecimiento bien requiere la relación de pormenores.
    </p>
    

    <p>
     El procurador expuso entonces, con
elocuente fluidez, incomparable claridad, y método escolástico, el
curso, circunstancias y detalles de la entrevista con la
marquesa.
    </p>
    

    <p>
     El provincial y el italiano le oyeron
hasta el fin sin iniciar una interrupción.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Cebrián terminó su relato del
mismo modo que le había empezado; esto es, con una intensa
espiración, el provincial pronunció con la vista fija en el huésped
romano:
    </p>
    

    <p>
     -¿Cree el señor Torrigiani que nuestra
conducta se ha ajustado a las sabias inspiraciones del padre
general?
    </p>
    

    <p>
     -Mi afirmación no podría ser más
rotunda -contestó el italiano.
    </p>
    

    <p>
     -Ya lo oye el padre Cebrián -repuso el
provincial-, mitiguen las gratas palabras de nuestro buen hermano
el desconsuelo que ha debido llevar al ánimo del señor procurador
el mal éxito de la combinación que tantos desvelos le ha
costado.
    </p>
    

    <p>
     -El hombre propone: Dios dispone
-murmuró filosóficamente Torrigiani.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, padre Torrigiani! ¡Tristes son
los días que para la Compañía lucen en España: amargo es el cáliz
donde los hijos del denodado herido de Pamplona abrevan los
sedientos labios!
    </p>
    

    <p>
     -Confiemos en la misericordia del
Altísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Y secundemos esa confianza con la
incesante prosecución de nuestra obra -replicó el procurador:-
ayúdate y te ayudaré, dice el Evangelio.
    </p>
    

    <p>
     -Nada omitiremos para merecer las
promesas del santo texto; pero la larga lucha agota las limitadas
fuerzas de los mortales. ¿Considerará al fin el padre Ricci, con
perfecto conocimiento de la situación, que ha sonado la hora de
apelar a un 

     <foreign xml:lang="LAT">
      modus procedendi
     </foreign>
     más enérgico?
    </p>
    

    <p>
     -Me inclino a pensar -contestó el
italiano, sonriendo,- que no ha de tardar el general en hacer
conocer a vuestra reverencia su resolución definitiva.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, si por acaso nos trajese vuestra
paternidad tan conveniente autorización!.. -exclamó el provincial
fijando su mirada en las pupilas de Torrigiani.
    </p>
    

    <p>
     El italiano no oyó la observación del
provincial sin duda por la circunstancia de haber pronunciado él
mismo casi simultáneamente:
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué manos resulta en estos
momentos la bula 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Apostolicum pascendi
     </foreign>
     ?
    </p>
    

    <p>
     -En las del marqués de Grimaldi
-respondió el provincial.
    </p>
    

    <p>
     -Si bien no será por mucho tiempo
-añadió Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene vuestra paternidad en ese
punto alguna noticia que yo ignore? -repuso el provincial
sorprendido.
    </p>
    

    <p>
     -Creo tener una interesantísima.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -En la primera sesión que el Consejo
celebre, después de las vacaciones de la próxima Semana Santa, el
marqués de Esquilache abordará resueltamente la cuestión de la
bula, proponiendo su remisión a la Cámara.
    </p>
    

    <p>
     El procurador arrancó a sus
interlocutores un movimiento involuntario.
    </p>
    

    <p>
     Torrigiani se apresuró a
preguntar:
    </p>
    

    <p>
     -¿Debe el padre Cebrián ese dato a
conducto de buen origen?
    </p>
    

    <p>
     -No puedo considerarle más fidedigno:
el conocimiento procede de uno de los dos escribientes de la
cancillería particular del ministro de Hacienda.
    </p>
    

    <p>
     -De Pinto López... -articuló el
provincial.
    </p>
    

    <p>
     -Precisamente: excelente mancebo que
se ha presentado en mi habitación en el instante en que me disponía
a visitar a la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante.
    </p>
    

    <p>
     -El escribiente, merced a una
ingeniosa manipulación, consiguió abrir una carta de Esquilache
para el marqués de Tanucci, documento que ayer salió con destino a
Sicilia por la estafeta de Estado; y aunque le faltó el tiempo
necesario para quedarse con copia, retuvo esa importante
confidencia entre las varias que hace Gregorio al magnate
napolitano.
    </p>
    

    <p>
     -Se nos arroja el guante -pronunció
Torrigiani frunciendo ligeramente el ceño.
    </p>
    

    <p>
     -Frase exactísima: a la tregua va a
suceder la hostilidad; al aplazamiento la negativa.
    </p>
    

    <p>
     Ninguno de los tres jesuitas se
distinguía por su pasión o por su fanatismo. Aquella explosión de
enojo fue la llama fugaz de un relámpago.
    </p>
    

    <p>
     Torrigiani añadió un momento después,
sin un pliegue en la frente:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que las últimas tentativas
para venir a una solución pacífica, no habrán, sin embargo,
impedido que vuestras reverencias hayan continuado su reclutamiento
de los corazones más viriles en la Iglesia militante. 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Si vis pacem para bellum
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -Su paternidad está en lo cierto
-contestó el provincial.
    </p>
    

    <p>
     -Los cabos de la trama...
    </p>
    

    <p>
     -Convergen a mi mano.
    </p>
    

    <p>
     -Los recursos pecuniarios...
    </p>
    

    <p>
     -Están dispuestos.
    </p>
    

    <p>
     -Los iniciadores del movimiento...
    </p>
    

    <p>
     -Sólo esperan la primera señal.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pluguiera a Dios que esa señal
pudiera hacerse dentro de cuarenta y ocho horas! -replicó
Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene especial motivo el padre
procurador -añadió Torrigiani-, para formular aspiración tan
perentoria?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda...
    </p>
    

    <p>
     -¿Podemos conocerlo?
    </p>
    

    <p>
     -Iba a proceder a la conveniente
manifestación. Si las justas quejas de la Compañía se revelasen
pasado mañana, contarían con un auxiliar omnipotente.
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué auxiliar alude vuestra
paternidad?
    </p>
    

    <p>
     -Al pueblo de Madrid; porque me consta
que decidido el Gobierno a no tolerar por más tiempo la resistencia
pasiva del vecindario, ha comunicado las órdenes oportunas para que
desde el domingo recorran la villa los alcaldes de casa y corte,
acompañados de sastres, y en las calles mismas recorten las capas y
apunten los sombreros a los contraventores del bando.
    </p>
    

    <p>
     -Verdaderamente que el padre Cebrián
es un tesoro de preciosas informaciones -dijo el italiano.
    </p>
    

    <p>
     Después, volviéndose hacia el
provincial, añadió:
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene a mano vuestra reverencia la
relación de los iniciados?
    </p>
    

    <p>
     -¿En cuál de las tres categorías?
    </p>
    

    <p>
     -En la primera.
    </p>
    

    <p>
     Su reverencia se acercó a un mueble,
tiró de un cajón, oprimió un resorte, y extrajo un papel que
entregó a Torrigiani.
    </p>
    

    <p>
     El secretario del padre Ricci fijó sus
ojos de lince en el escrito.
    </p>
    

    <p>
     El documento contenía unos caracteres
que no eran rúnicos, ni chinos, ni sanscritos, ni caldeos; pero
que, a pesar de no pertenecer a ninguna de las caligrafías
conocidas, fueron descifrados de cabo a rabo por el italiano con la
misma facilidad que si se tratase del alfabeto latino.
    </p>
    

    <p>
     -La lista me satisface en su conjunto
-pronunció-; pero encuentro en ella dos individuos comprendidos en
la agrupación de los indefinidos, 

     <foreign xml:lang="LAT">
      cui prodest
     </foreign>
     , que es necesario definir
a toda costa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Son esos sujetos?
    </p>
    

    <p>
     -El marqués de la Ensenada y el
Gobernador del Consejo.
    </p>
    

    <p>
     -Es difícil que mi opinión pueda estar
más conforme con la del padre Torrigiani -se aventuró a exponer el
procurador.
    </p>
    

    <p>
     -Me lisongea esa identidad de
criterio.
    </p>
    

    <p>
     -Y a mi juicio la definición
apremia.
    </p>
    

    <p>
     -Urge tanto que debemos obtenerla hoy
mismo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hoy mismo! -repitió el
provincial.
    </p>
    

    <p>
     -No nos falta motivo para forzar la
irresolución de esos importantes factores.
    </p>
    

    <p>
     Torrigiani sepultó la diestra en el
bolsillo interno del pecho de la sotana, sacó algunos pliegos
metódicamente numerados, y ofreció uno de ellos al religioso
español, añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Tengo el honor de poner en las manos
de vuestra reverencia la decisión que parecía anhelar del padre
general.
    </p>
    

    <p>
     El reverendo leyó rápidamente estas
frases lacónicas.
    </p>
    

    <p>
     «Caro hermano y buen
amigo: La santidad del fin justifica los medios. Obrad desde luego
con la entereza que la mayor gloria de Dios ha llegado a exigir en
esa Provincia, cuna de nuestro instituto. No os faltarán en el
curso de tan nobilísima empresa las oraciones de vuestro general,
aunque indigno.
    </p>
    

    <p>
     »

     <emph>
      L. Ricci
     </emph>
     ».
    </p>
    

    <p>
     Luego que el provincial hubo terminado
su breve lectura, respiró con fuerza y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -¡Loado sea el señor!
    </p>
    

    <p>
     No le glorificaban menos los labios
del padre Cebrián con su sonrisa de bienaventurado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Juzga vuestra reverencia -dijo
Torrigiani-, que no está justificada la premura con que entiendo
conviene proceder?
    </p>
    

    <p>
     El fino provincial creía haber
penetrado que el 

     <foreign xml:lang="LAT">
      magister a secretis
     </foreign>
     conducía más de una
solución escrita que exhibir, con arreglo a las impresiones que
personalmente experimentara; pero esta prueba de omnímoda confianza
por parte de los altos dignatarios romanos, no era para disminuir
la consideración que Torrigiani le inspiraba.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra paternidad -respondió-, posee
una maravillosa intuición y un sereno golpe de vista...
    </p>
    

    <p>
     -Manos, pues, a la obra -continuó el
italiano:- encárguense vuestras reverencias de la diligencia
respectiva al marqués de la Ensenada por mi parte, voy a ocuparme
en el acto del obispo Rojas. El tiempo es corto, irreparable, y
sobre todo, Massillon lo ha dicho, es el precio de la
eternidad.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cebrián, con el más elocuente
de los silencios, se apresuró a recoger la teja de fieltro que le
pertenecía.
    </p>
    

    <p>
     El movimiento del procurador fue el
campanillazo que levantó la sesión del triunvirato de la
Compañía.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012013">
    

    <head>
     Capítulo XIII
    </head>
    

    <head>
     El excelentísimo señor don Zenón de Somodevilla y
Bengoechea, marqués de la Ensenada
    </head>
    

    <p>
     Diez minutos después de la conferencia
referida en el capítulo anterior, penetraban en el portal de la
casa del marqués de la Ensenada dos religiosos y un caballero, en
el orden precisamente en que los enunciamos.
    </p>
    

    <p>
     En vano rebozaban el rostro los
religiosos en los pliegues del embozo del manteo; para la vara
mágica del cronista no hay secreto posible: denunciamos al lector
las venerables personas del provincial y del procurador de la
Compañía. En cuanto al caballero, era Felicísimo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     La poco menos que instantánea
reaparición de los jesuitas en el nuevo escenario, se explicaba sin
dificultad. La casa del marqués de la Ensenada se hallaba situada
en la parte alta de la calle del Barquillo a corta distancia del
convento de las religiosas salesas.
    </p>
    

    <p>
     Desde luego llamé la atención de
Lozano que uno de sus respetables predecesores le dirigió tres
veces su penetrante mirada en el espacio de tres segundos; pero
como no recordaba haber visto jamás a aquel individuo, no pudo
deducir de su reincidente curiosidad consecuencia alguna, a menos
que no fuese la de que su paternidad se pasaba de indiscreto, lo
cual, por cierto, no era gran cosa.
    </p>
    

    <p>
     Los tres visitantes se informaron en
la antecámara acerca de si el señor marqués se encontraba visible;
y obtenida respuesta afirmativa, declinaron los nombres que
llevaban.
    </p>
    

    <p>
     Hasta en esta ocasión creyó observar
Felicísimo que el buen religioso tendía el oído con especial
solicitud para poner el sello al chocante interés que
manifestaba.
    </p>
    

    <p>
     No tardó un lacayo en significar el
permiso para que los padres jesuitas pasasen adelante.
    </p>
    

    <p>
     Faltaríamos a la verdad si dijésemos
que Lozano no experimentó una mediana contrariedad; pero como
después de todo, poseía en grado eminente el instinto de la
justicia, se avino a conllevar el revés de la fortuna. Los
religiosos debían al acaso haber pisado un momento antes que él los
umbrales de la morada del marqués: equitativo era que le
precediesen en la recepción.
    </p>
    

    <p>
     El exceso de actividad que siempre se
revelaba en Felicísimo, no le permitió tomar asiento: esperó
paseando.
    </p>
    

    <p>
     El movimiento físico, sin embargo, no
bastaba a satisfacer la naturaleza febril que debía a la
Providencia; y en la necesidad de pasto para esa loca de la casa
que se llama imaginación, quiso proporcionarse el lujo de una
distracción que no fuera enteramente desagradable.
    </p>
    

    <p>
     Durante los paseos, pensó Lozano en la
condesa de Bari. En honor del buen sentido del joven, añadiremos
que en esta ocasión, como en otras muchas del mismo género, no
sucumbió a la tentación sin haberse otorgado previamente permiso, y
con el aire del ocioso que se decide a echar el pensamiento a
perros.
    </p>
    

    <p>
     Por lo demás, la experiencia había
acreditado que el procedimiento no podía ser más eficaz para que el
tiempo trascurriera insensiblemente.
    </p>
    

    <p>
     Entretanto los jesuitas habían sido
introducidos en el aposento del marqués por el tránsito de la
galería de cristales que formaba el testero de la antecámara.
    </p>
    

    <p>
     Ensenada, que a la sazón se hallaba
solo, recibió a los religiosos con esa afabilidad de labio
sonriente que muchas personas suelen contraer para todo el mundo,
lo mismo por excesiva educación que por supina indiferencia.
    </p>
    

    <p>
     Somodevilla era siempre en el traje,
en las preseas y en cuantos objetos le rodeaban, el mismo
expléndido personaje, cuyo fausto había deslumbrado la corte pocos
años antes, hasta el punto de dar motivo a una severa observación
del buen Fernando VI; admonición regia a que Ensenada replicó sin
pestañear:
    </p>
    

    <p>
     -Señor: por la librea del criado se ha
de conocer la grandeza del amo.
    </p>
    

    <p>
     Según las memorias de la época, el
valor de las alhajas con que el lacayo en cuestión adornaba su
librea en ciertos días de gala, ascendía a la suma de quinientos
mil duros.
    </p>
    

    <p>
     El marqués acercó por la propia mano
sillones a los jesuitas, pronunciando con la voz de simpático
timbre que se le reconocía:
    </p>
    

    <p>
     -Bien venidos los respetables padres
de la Compañía.
    </p>
    

    <p>
     -Que guarde Dios al insigne marqués de
la Ensenada -contestó el provincial.
    </p>
    

    <p>
     -Por cierto que no contaba con que
vuestras reverencias me pagasen tan pronto mi visita a la casa del
Noviciado.
    </p>
    

    <p>
     -Fue demasiado interesante la tesis de
la conferencia, y harto reservado el juicio que sobre el particular
se sirvió emitir vuecencia, para que no insistamos en continuar la
una y en procurar conocer el otro con alguna más amplitud, a no
vedarlo razones poderosas.
    </p>
    

    <p>
     El marqués elevó un instante la vista
al techo, y respondió, acentuando la sonrisa:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, en efecto, que nos
permitimos discurrir acerca de los más arduos negocios del
Estado.
    </p>
    

    <p>
     -Tan familiares son para vuecencia
esos problemas, que no han de embarazarle mucho ni su profundo
examen, ni la más oportuna solución.
    </p>
    

    <p>
     -Se han deslizado «tantas horas desde
que abandoné la vida pública, que apenas si conservo vagas
reminiscencias de la difícil ciencia de gobernar a los pueblos... Y
suplico al señor provincial que no crea encontrar en mis palabras
el más ligero asomo de amargura. 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Beatus ille qui procul negotis
     </foreign>
     ,
    </p>
    

    <p>
     -Un antiguo adagio asegura que lo que
bien se aprende mal se olvida.
    </p>
    

    <p>
     -Por eso siempre he procurado aprender
que el apego a las grandezas humanas, no es otra cosa que vanidad
de vanidades.
    </p>
    

    <p>
     -No serían ciertamente los padres de
la Compañía los que predicasen a vuecencia la concupiscencia del
poder; pero sentirían con alma y vida que el actual retraimiento
del señor marqués para cuanto se relaciona con la cosa pública,
pudiera significar asentimiento a la política imperante.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué ese pesar?
    </p>
    

    <p>
     -Ah, señor marqués, la pregunta de
vuecencia centuplica nuestros temores. ¿Acaso opinaría que la nave
del Estado boga por el mejor de los mares imaginables, dirigida por
el más experto de los pilotos, y con rumbo al mejor de los puertos
posibles?
    </p>
    

    <p>
     -¡Hem! muy optimista habría de
suponerme vuestra paternidad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Podemos, pues, acariciar la
hipótesis contraria?
    </p>
    

    <p>
     -Diantre... cuestiones tan graves y
complexas, no se resuelven con simples afirmaciones o rotundas
negaciones. Vuestra paternidad, que es un gran teólogo, debe
comprenderlo.
    </p>
    

    <p>
     El jesuita reprimió un ligero
movimiento de contrariedad, y repuso después de un instante de
meditación:
    </p>
    

    <p>
     -Excelentísimo señor: La Compañía se
encuentra en una de sus más críticas situaciones; y antes de que
los individuos que la componemos nos decidamos a desatar el
estrecho nudo que nos ahoga, o a cortarle si necesario fuese, nos
convine saber a qué atenernos acerca del número de nuestros amigos
y respecto al límite de la adhesión que éstos nos dispensan.
    </p>
    

    <p>
     -Tan prudente me parece el propósito,
que creo haber dicho a don Fernando VI (que en paz descanse),
palabras semejantes a las que el señor provincial ha pronunciado,
cuando las potencias marítimas promovieron la llamada cuestión del
seno mejicano.
    </p>
    

    <p>
     Ensenada preparaba tal vez una
evolución hacia la tangente; pero el jesuita era un adversario
rudo: antes de que Somodevilla pudiera separarse de la pared, le
asestó la siguiente estocada:
    </p>
    

    <p>
     -¿Se cuenta el señor marqués entre los
amigos de la Compañía?
    </p>
    

    <p>
     Somodevilla levantó vivamente la
cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -He ahí una interrogación que no
esperaba -repuso:- las acusaciones de mis enemigos, las censuras de
mis propios parciales, mi historia entera pública y privada,
autorizan mi sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -No se había extinguido en nosotros el
recuerdo de los gloriosos hechos de esa historia; pero la amistad
del señor marqués es tan preciosa, que hemos tenido una
satisfacción indecible en escuchar la protestación de cordialidad
que las palabras de vuecencia expresan.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! enhorabuena.
    </p>
    

    <p>
     -Merced a los títulos que el señor
marqués nos concede, voy a permitirme otra pregunta. ¿Está su
excelencia dispuesto a prestarnos su valioso concurso?
    </p>
    

    <p>
     -Vuestras paternidades pueden contar
con todas mis simpatías...
    </p>
    

    <p>
     -Mucho es eso, sin duda -pero cuando
un combate va a empeñarse la colaboración es más de apreciar que la
simpatía.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un combate!
    </p>
    

    <p>
     -Reñido.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto, el señor provincial me ha
hablado de una situación difícil, de un nudo sofocante para la
solución del cual acaso habría que apelar al procedimiento
alejandrino...
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad; pero vuecencia
conoce demasiado la marcha general de los negocios públicos y el
estado especial de los intereses de la Compañía para que en ese
punto pueda necesitar explicaciones. Únicamente ignora una
circunstancia...
    </p>
    

    <p>
     -Acaso en ella esté el secreto de la
reanimación que experimenta la actividad de vuestras
paternidades.
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués no se equivoca: el
detalle en cuestión es la gota de agua que hace rebosar el vaso. En
brevísimo plazo va a ocuparse el Consejo del 

     <foreign xml:lang="LAT">
      exequatur
     </foreign>
     de la bula 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Apostolicum pascendi
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -Lo cual equivale a decir... -murmuró
Ensenada, acariciándose la bien rasurada barba.
    </p>
    

    <p>
     -Que será negado el pase regio al
documento pontificio donde se nos hace justicia.
    </p>
    

    <p>
     -No desconozco que el asunto es
grave.
    </p>
    

    <p>
     -Tremendo.
    </p>
    

    <p>
     -La Compañía tiene motivos de
inquietud.
    </p>
    

    <p>
     -De exasperación.
    </p>
    

    <p>
     -Comprendo que si cuenta con
municiones de guerra, queme hasta el último cartucho.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es cierto?
    </p>
    

    <p>
     -Pero lo que excede mi inteligencia es
el apoyo que de mí se promete la Compañía, atendida mi total
anulación en la política.
    </p>
    

    <p>
     -La modestia ofusca por esta vez a
vuecencia. La firma del ilustre marqués de la Ensenada al pie de la
representación en que la grandeza del reino expone al monarca el
peligroso rumbo que imprime a la nación el gobierno de Esquilache
prestará al documento una autoridad decisiva.
    </p>
    

    <p>
     Ensenada tuvo que apelar a todo el
dominio que ejercía sobre su organismo físico para no dar un salto
en el sillón.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -exclamó-, ¡vuestras
paternidades proyectan ese paso!
    </p>
    

    <p>
     -Es uno de los que más confianza nos
inspiran. ¿Por acaso no merecería la aprovación de vuecencia?
    </p>
    

    <p>
     -En manera alguna.
    </p>
    

    <p>
     -La influencia que debe ejercer,
parece, sin embargo, incuestionable a nuestros adeptos. Acto tan
vigoroso en las personas de más arraigo en el país, precisamente en
los momentos de estallar el cataclismo que amenaza al orden
público, no puede menos de hacer brillar la luz de la verdad a los
ofuscados ojos del rey.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra paternidad aprecia el hecho
con una exactitud que revela no gran instinto práctico; pero no
tiene en cuenta una circunstancia que a los hombres de mí clase no
les es lícito olvidar.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál es mi inadvertencia?
    </p>
    

    <p>
     -La dignidad de la corona.
    </p>
    

    <p>
     El jesuita arqueó las cejas.
    </p>
    

    <p>
     -Espero que el señor provincial no
tome en mal sentido mis palabras -añadió el marqués:- las
soluciones arrancadas a un soberano por ese género de presiones
envilecen la majestad del trono que es la honra de la nación.
    </p>
    

    <p>
     -Hay, no obstante, ocasiones en que no
perjudica al provecho de las lecciones alguna severidad en el
preceptor. Dios mismo no se opone a que le arranquemos sus
inapreciables dádivas con cierta dulce violencia, merced a la
insistencia de nuestras plegarias.
    </p>
    

    <p>
     -La representación colectiva de
personalidades notables a que vuestra paternidad se ha referido,
tendría todo el carácter de un motín, y los motines pueden en
muchos casos ser promovidos por los pueblos, pero nunca por la
nobleza.
    </p>
    

    <p>
     -De manera...
    </p>
    

    <p>
     -Que no me será dado avenirme a
suscribir semejante escrito, aunque no haya en él una apreciación
con la que yo no esté conforme, no se formule una censura que yo no
crea justa, y no se clame por un correctivo que no me parezca
conveniente.
    </p>
    

    <p>
     El marqués había dicho por fin algo
concreto.
    </p>
    

    <p>
     El provincial podría no haber quedado
tan satisfecho como apetecía; pero en punto a los términos de la
dialéctica, la edificación de su paternidad debía ser completa. Por
espacio de algunos segundos el reverendo jesuita pareció ofrecer la
vacilante actitud del hombre que acaba de recibir un golpe en la
cabeza.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cebrián hasta entonces mudo,
creyó que era llegado el caso de intervenir en la cuestión. La voz
meliflua del procurador articuló las siguientes frases.
    </p>
    

    <p>
     -El elevado criterio que el señor
marqués expone, es muy respetable para nosotros; pero más
respetamos todavía otra razón nobilísima, que, a pesar de la
omisión de su excelencia, se revela a nuestro buen sentido.
    </p>
    

    <p>
     Ensenada se volvió con indolencia
hacia Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué preterición me acusa el señor
procurador? -preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -Líbreme Dios de convenir en la
exactitud del verbo que vuecencia emplea.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, en fin...
    </p>
    

    <p>
     -Vuecencia, con su vista de águila, ve
condensarse los vapores que han de producir la tempestad.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah!...
    </p>
    

    <p>
     -Con la intuición de estadista que
posee, adivina la solución del conflicto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pse!...
    </p>
    

    <p>
     -Y no quiere que la firma del marqués
de la Ensenada, en el mencionado memorial de agravios, pueda ser
tomada por nadie como el nombre de un pretendiente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo es eso?...
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura sería un hecho
extraordinario que su majestad se aviniese a despedir del gabinete
por lo menos al marqués de Esquilache?
    </p>
    

    <p>
     -No digo...
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien: en ese caso quedarían
vacantes dos carteras, y seguramente no podía el rey depositar
cualquiera de ellas en manos más dignas que las del respetable
restaurador de nuestra marina militar.
    </p>
    

    <p>
     Somodevilla bajó los párpados para que
el relámpago que destellaron las pupilas no fuese advertido por los
jesuitas. Esos, sin embargo, eran muy capaces de observar la llama
a través de los párpados,
    </p>
    

    <p>
     -Afortunadamente -prosiguió Cebrián-,
entre las ruidosas exhibiciones de la política y las modestas
apreciaciones jurídicas, existe un vasto campo neutral donde el
señor marqués, si a bien lo tiene, puede demostrar la simpatía que
le inspira la integridad de los derechos de la Compañía, ¿tendría
vuecencia inconveniente en sostener como letrado en los estrados
del Consejo la procedencia de la expedición del pase regio a la
bula 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Apostolicum pascendi
     </foreign>
     ?
    </p>
    

    <p>
     Los pulmones del marqués se dilataron
ampliamente para exhalar una tranquila expiración. El rostro del
padre provincial se animó como por encanto.
    </p>
    

    <p>
     ¿Habría dado Cebrián con la fórmula
que convenía al espíritu sutil de Ensenada?
    </p>
    

    <p>
     La contestación del marqués no se hizo
esperar:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad -pronunció-, que no veo
motivo alguno para sustraerme a la honrosa misión que el señor
procurador me propone.
    </p>
    

    <p>
     -No conocerá límites la gratitud de la
Compañía.
    </p>
    

    <p>
     -Ni los tendrá tampoco su confianza
-añadió el provincial cada vez más seducido por el pensamiento del
digno procurador-; la dirección de tan esclarecido patrono, nos
responde de la feliz terminación del litigio.
    </p>
    

    <p>
     -Cuenten vuestras paternidades con que
al menos sostendré sus prerogativas hasta donde alcancen mis
fuerzas.
    </p>
    

    <p>
     -Desde esta misma tarde se facilitarán
a vuecencia cuantos antecedentes crea oportuno consultar, y cuantos
fondos necesiten los agentes subalternos de que se valga.
    </p>
    

    <p>
     -No han de ser medios de acción los
que falten a vuecencia -insinuó Cebrián.
    </p>
    

    <p>
     -Conozco toda la extensión, de los
recursos de la Compañía, y usaré de ellos en la medida
necesaria.
    </p>
    

    <p>
     -Prevemos, sin embargo, una
coincidencia probable -repuso el procurador-, que nos obliga a
proponer a vuecencia la inclusión de una cláusula importante en el
formal tratado que hoy celebramos.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -Si el señor marqués fuese llamado a
los Consejos de la corona, pondrá nuestro proceso en las manos de
otro letrado que le merezca particular confianza, y que, si no en
inteligencia, compita al menos en celo con su excelencia.
    </p>
    

    <p>
     Los labios de Ensenada dibujaron una
sonrisa entre incrédula y benevolente.
    </p>
    

    <p>
     -Condición aceptada -respondió-; mi
sucesor será un 

     <foreign xml:lang="LAT">
      aller ego
     </foreign>
     . Por lo demás, el caso es
tan remoto, que únicamente a título de cavilosidad puede figurar en
las estipulaciones.
    </p>
    

    <p>
     -Si lo que vuecencia llama cavilosidad
no se convierte en hecho -pronunció el provincial con acentuada
expresión-, no será ciertamente por falta de la Compañía.
    </p>
    

    <p>
     El marqués por distracción, sin duda,
no oyó las últimas palabras del jesuita; pero como concurrió la
circunstancia de que al pronunciarlas se pusiera en pie su
reverencia, y esta acción pudiera equivaler a una despedida,
Ensenada le tendió afectuosamente la mano.
    </p>
    

    <p>
     El procurador había imitado el
movimiento del provincial.
    </p>
    

    <p>
     Los tres interlocutores se adelantaron
hacia el intercolumnio de la galería.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el padre Cebrián divisó a
través de los cristales la varonil figura de Lozano, dijo a
Somodevilla:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! vuecencia tiene excelentes
amigos.
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién se refiere el señor
procurador? -contestó Ensenada.
    </p>
    

    <p>
     -A ese joven rubio de la espada con
empuñadura de plata.
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que no recuerdo haberle
visto otra vez en mi vida.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces... pudiera ser un
pretendiente...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, señor procurador! -articuló el
marqués con cierta ironía-; hace mucho tiempo que los pretendientes
no frecuentan mis estrados.
    </p>
    

    <p>
     -De todos modos, si ese joven busca a
vuecencia es porque le necesita.
    </p>
    

    <p>
     -No me atrevería a contradecir a
vuestra reverencia.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, ¿me permite vuecencia
dirigirle una súplica?
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo no! Enuncie vuestra paternidad
su precepto.
    </p>
    

    <p>
     -Me parecería conveniente que
vuecencia no acogiera con demasiada indiferencia el objeto que aquí
conduce, al joven. Por el contrario, jamás la diplomacia de
vuecencia podría emplearse en persona más digna. Se trata de un
hombre verdaderamente inapreciable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tanto es su mérito!
    </p>
    

    <p>
     -Aseguro a vuecencia que nos sería
difícil hallar para la gestión de los negocios de la Compañía un
agente con mejores circunstancias que las que concurren en el
mancebo de la antecámara.
    </p>
    

    <p>
     -No echaré en olvido la recomendación
de vuestra paternidad.
    </p>
    

    <p>
     Los tres interlocutores habían llegado
al estremo de la galería de cristales.
    </p>
    

    <p>
     Somodevilla se detuvo: contestó al
profundo saludo de los reverendos, tocando con los labios la
diestra del provincial, y haciendo al procurador la más cordial de
las cortesías; abrió la puerta por sí mismo, y permaneció en el
dintel hasta que los jesuitas desaparecieron.
    </p>
    

    <p>
     Entonces retornó al gabinete diciendo
al doméstico:
    </p>
    

    <p>
     -Puede pasar ese señor que espera en
la antecámara.
    </p>
    

    <p>
     No se hizo repetir la invitación
Lozano; porque su vuelta de la calle de la Reina a la del
Barquillo, fue punto menos que instantánea, acaso por la poca
distancia que las separaba.
    </p>
    

    <p>
     Desde que Felicísimo se halló en
presencia del marqués, creyó observar que su excelencia le
favorecía con una especial atención.
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién tengo el honor de ofrecer
asiento? -dijo Ensenada-, uniendo la acción a las palabras, y
acomodándose en el mismo sofá que indicaba al joven.
    </p>
    

    <p>
     -Mi nombre es Felicísimo Lozano
-contestó el interpelado-, y como la oscuridad en que hasta aquí ha
vivido el que le lleva, debía impedir que el señor marqués le
conociese, he rogado al conde de Tribiana que me presentase a
vuecencia en este escrito.
    </p>
    

    <p>
     -No podía el señor de Lozano haber
elegido persona más de mi aprecio para que nos pusiera en contacto
-repuso Ensenada, tomando la carta que se le alargaba, y
recorriéndola rápidamente con la vista.
    </p>
    

    <p>
     Terminada la lectura, añadió:
    </p>
    

    <p>
     -El buen conde, sin duda alguna, hace
justicia a usted; pero nada me dice con respecto a sus prendas
personales, que no hubieran adivinado mis ojos.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho me temo -respondió Lozano
sonriendo-, que sea esta la primera ocasión en que vuecencia no
satisfecho de su proverbial perspicacia.
    </p>
    

    <p>
     -El temor del señor de Lozano no es
contagioso.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, señor marqués... ¡pluguiera al
cielo depararme días en que me fuese dado corresponder dignamente a
la confianza con que vuecencia me lisonjea!
    </p>
    

    <p>
     -Espero que se cumplan esos votos.
    </p>
    

    <p>
     -No obligará vuecencia a un
ingrato.
    </p>
    

    <p>
     -Hoy no respiro en las elevadas
regiones donde se forja el rayo y se distribuyen los cargos
públicos; pero no han de faltarme otras honorables ocupaciones en
que utilizar la aptitud del señor de Lozano. ¿Por ventura siente
usted aversión a invertir el tiempo en distinto servicio que el del
rey?
    </p>
    

    <p>
     -No, a fe mía.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien: espero poder emplear en
breve plazo la inteligente actividad que el de Tribiana me encomia.
Sírvase usted indicar su domicilio al pie de la carta del
conde.
    </p>
    

    <p>
     -Y el marqués presentó a Felicísimo un
lapicero rojo que tomó de la mesa inmediata.
    </p>
    

    <p>
     Mientras el joven trazaba seis
palabras, Ensenada continuó diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -Por lo demás, abrigo la convicción de
que mi apoyo será innecesario para usted dentro de poco tiempo. Las
personas que se asemejan al señor de Lozano, sólo necesitan que se
las ponga en evidencia para abrirse en Madrid camino.
    </p>
    

    <p>
     -El orden de mi razonamiento no es el
mismo; pero la conclusión es idéntica. ¿Acaso existe la evidencia
sin la posición y la fortuna?
    </p>
    

    <p>
     -Podrá haber algo de paradójico en la
interrogación; pero he cultivado demasiado el género para no
estimar a los paradojistas.
    </p>
    

    <p>
     Ensenada añadió diferentes frases con
su habitual volubilidad, se levantó sin afectación para dejar sobre
el escritorio la carta de Tribiana, revolvió algunos papeles, y
permitió comprenderá Lozano que estaba terminada la entrevista.
    </p>
    

    <p>
     Completó el marqués su cortés
recibimiento con tan afectuosa despedida, que Felicísimo salió a la
calle un tanto desvanecido, pensando a media voz por
distracción:
    </p>
    

    <p>
     -Que el diablo cargue conmigo si no me
parece evidente la conveniencia de que el marqués de la Ensenada
vuelva a regir los destinos de España.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012014">
    

    <head>
     Capítulo XIV
    </head>
    

    <head>
     De cómo Tristán de Ayala creyó prudente preparar
su estómago para las vigilias de la Semana Santa
    </head>
    

    <p>
     Sin que al parecer existiera razón
plausible, la noche, del día en que hemos asistido a las visitas
hechas a Ensenada, tuvo Lozano una pesadilla de todos los demonios:
de esta manera al menos la calificó el durmiente.
    </p>
    

    <p>
     Soñó que le cercaba una legión de
alguaciles portadores de una requisitoria del alcalde de Fuencarral
a consecuencia de los sucesos del convento de Valverde; soñó que el
hombre de la capa de grana le había atravesado con su mal asador de
parte a parte; soñó que el último escudo que guardaba en la bolsa
sufrió una evaporación completa; soñó que Cazurro y Moro llegaron a
la extremidad famélica de devorarse el uno al otro; y soñó por fin
que la condesa de Bari le había llamado feo.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se debatía impotente contra
sus visiones en el angosto lecho, como el energúmeno que se
encuentra entre el hisopo del exhorcista y el incensario del
acólito; porque todos aquellos pensamientos poco menos que seguros
o probables los unos e inverosímiles los otros, eran a cual más
desagradables.
    </p>
    

    <p>
     Así fue que cuando Lozano se vio
sustraído a los tormentos del mundo apocalíptico en que vivía por
la voz un tanto tímida, pero insistente de Perfecto, estuvo a punto
de saltarle regocijado al cuello, cosa que hubiera aterrado al
pobre mozo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es eso, buen Cazurro? -pronunció
Felicísimo favoreciendo su vuelta al país de la realidad, merced a
una fricción en cada párpado.
    </p>
    

    <p>
     -Señor, esto es una carta -contestó el
doméstico.
    </p>
    

    <p>
     -¿Eh?
    </p>
    

    <p>
     -Una verdadera, limpia y perfumada
carta del respetable marqués de la Ensenada.
    </p>
    

    <p>
     -¿Estás seguro? -exclamó el caballero
enteramente despejado.
    </p>
    

    <p>
     -Tan seguro corno es posible. La
librea del mensajero, por cierto en un estado diametralmente
opuesto al que tiene la mía, no ha debido dejarme duda alguna.
    </p>
    

    <p>
     -Parece que eres fuerte en punto a
libreas -observó Lozano sin hacerse cargo de la parte relativa al
estado en que esos trajes pudieran encontrarse.
    </p>
    

    <p>
     -Es mi especialidad por razón del
oficio.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien; dame tu aromático
escrito... ¿Sería posible que el marqués honrase su promesa antes
de las veinticuatro horas? ¡Cáspita! Habría que convenir en que los
sueños eran una contraverdad, y en que Ensenada es todo un
hombre... ¡Hem! no nos forjemos ilusiones... pero es igual,
Cazurro; te prevengo que si la especialidad de que blasonas se
halla sujeta a errores matinales, corre peligro la integridad de
tus lomos.
    </p>
    

    <p>
     El caballero que entretanto había
abierto el billete, fijó en la firma la primera mirada. Después
leyó mentalmente:
    </p>
    

    <p>
     «Apreciable señor de
Lozano: Aun a riesgo de que parezca algo precipitada la aceptación
del ofrecimiento que me ha hecho usted de sus servicios, le ruego
que visite al padre Cebrián procurador de la Compañía en su
domicilio de la casa de los canónigos, antes de las doce del día de
hoy.
    </p>
    

    <p>
     »Espero que el protegido
del conde de Tribiana no considere indigna de la nobleza y los
instintos que debe a la fortuna, la misión que el reverendo padre
le confíe.
    </p>
    

    <p>
     »De usted servidor muy
afecto.
    </p>
    

    <p>
     »

     <emph>
      El marqués de la Ensenada
     </emph>
     ».
    </p>
    

    <p>
     Lozano se puso en pié, guardó
maquinalmente la epístola en la casaca, y tomó el tintero para
cepillar la chupa.
    </p>
    

    <p>
     La voz de Perfecto le arrancó a la
abstracción modulando estas frases:
    </p>
    

    <p>
     -¿He padecido el error a que mi señor
aludía?
    </p>
    

    <p>
     -La indiscreción, oh Perfecto Cazurro,
es el más detestable de los defectos en un fámulo -contestó
Lozano-; para formar juicio sobre el particular debería bastarte
con ver incólume tu dorso.
    </p>
    

    <p>
     El doméstico se inclinó profundamente
como para convencerse de la incolumidad.
    </p>
    

    <p>
     El caballero hizo que le sirviesen
desayuno y almuerzo sin otro intervalo que el necesario para
cambiar de plato; se vistió con todo el esmero que el no expléndido
guarda-ropa permitía, y se engolfó en los callejones del barrio de
las Salesas.
    </p>
    

    <p>
     Cuatro horas después, esto es, cuando
los címbalos de la comunidad de religiosas de Santa Teresa de Jesús
dejaron oír el carillón de mediodía, Tristán de Ayala abrió la
puerta de su morada atraído, por dos sonoros golpes, y se encontró
en presencia de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mi buen Felicísimo! -exclamó el
visitado introduciendo a su amigo en la habitación de honor:- ¿por
ventura has vuelto a tropezar con el hombre del tejar de la
Jara?
    </p>
    

    <p>
     -No, pero tropezaré:- contestó Lozano
con el mismo aire que hubiera podido emplear para decir que el sol
se pondría por la tarde.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién es entonces el desventurado a
quien te prometes agujerear el pellejo?
    </p>
    

    <p>
     -Por lo pronto no se trata de eso.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto mejor.
    </p>
    

    <p>
     -Perdóneme Dios; pero me parece que te
estas permitiendo tomarme por un espadachín.
    </p>
    

    <p>
     -¿Será necesario jurarte por la laguna
Estigia que jamás se ha ofrecido a mi mente semejante
pensamiento?
    </p>
    

    <p>
     -Tristán: te advierto que vengo para
hablarte de un asunto formal.
    </p>
    

    <p>
     -Me ha bastado mirarte para
adivinarlo. Tienes el aspecto satisfecho, risueño, de pretenciosa
suficiencia que te distingue en las grandes ocasiones.
    </p>
    

    <p>
     -Y a ti te encuentro con el aire poco
envidiable de frivolidad que debes a tu maléfica estrella para que
nunca puedas ocuparte con provecho en cosas serias.
    </p>
    

    <p>
     -¡Felicísimo!
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán!
    </p>
    

    <p>
     -Siéntate y habla.
    </p>
    

    <p>
     -Imítame o pasea, y escucha. Ante todo
¿estamos solos?
    </p>
    

    <p>
     -Absolutamente: el ama de gobierno ha
salido.
    </p>
    

    <p>
     -¿A la ordinaria compra?
    </p>
    

    <p>
     -No: a buscar dinero para la compra,
que empieza a no ser ordinaria.
    </p>
    

    <p>
     -Hay que regularizar ese servicio.
    </p>
    

    <p>
     -Todas las mañanas me digo tus mismas
palabras.
    </p>
    

    <p>
     -Es preciso que no te contentes con
decirlas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Posees algún secreto para ello?
    </p>
    

    <p>
     -Tal vez.
    </p>
    

    <p>
     -Comunícamele ¡voto al diablo!
    </p>
    

    <p>
     -Persistes en la idea de montar una
sala de armas?
    </p>
    

    <p>
     -Más que nunca.
    </p>
    

    <p>
     -Pues ese es el secreto.
    </p>
    

    <p>
     Ayala soltó una carcajada.
    </p>
    

    <p>
     -¿No te ofrece ningún otro la
fecundidad de tu caviladero? -añadió.
    </p>
    

    <p>
     -Pudiera ser.
    </p>
    

    <p>
     -Pues, amado Pílades, ese otro secreto
es el que yo te preguntaba.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena: mi nuevo secreto
consiste en los medios de realizar tu idea.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y cuentas tú con esos medios?
    </p>
    

    <p>
     -Me atrevería a asegurarlo.
    </p>
    

    <p>
     Ayala puso una mano sobre cada hombro
de Lozano, y dijo semi-serio, semi-jovial:
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo, mírame fijamente a las
pupilas.
    </p>
    

    <p>
     -Belitre: ¿me supones capaz de
burlarme de un amigo? -contestó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Según eso has encontrado comprador
para tu caserón solariego, se ha muerto tu tío Pepe después de
desheredar a sus siete y medio hijos naturales, o te han hecho
archipámpano de Sevilla.
    </p>
    

    <p>
     -A ninguno de semejantes milagros
tendremos que recurrir para verte al frente del establecimiento de
tus sueños.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ah, pero no por ello podremos
prescindir de algún milagro de otra naturaleza?
    </p>
    

    <p>
     -Mucho me temo que estés en lo
cierto.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué suceso fenomenal se
trata?
    </p>
    

    <p>
     -De que te consagres en cuerpo y alma
a un negocio trascendental olvidando entretanto que existe el
sacanete.
    </p>
    

    <p>
     -El olvido pudiera ser superior a mis
facultades, porque jamás ha dependido de mi voluntad, pero te
prometo no tocar una baraja con las manos ni fijar en ella los ojos
mientras el asunto exija toda esa abnegación.. ¿Quedas
satisfecho?
    </p>
    

    <p>
     -Todavía no me has dado motivo para
despreciar tu palabra.
    </p>
    

    <p>
     -En fin...
    </p>
    

    <p>
     Lozano se recostó en la silla haciendo
rechinar todo su mecanismo, estiró las piernas, sepultó las manos
en los bolsillos del calzón, y pronunció solemnemente:
    </p>
    

    <p>
     -Parece, buen Tristán, que se preparan
grandes acontecimientos.
    </p>
    

    <p>
     -Cúmplase la voluntad del
Todopoderoso.
    </p>
    

    <p>
     -Se asegura que el marqués de
Esquilache y su falange partenopea nos conducen a la ruina.
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a ti, hace tiempo que han
debido conducirme.
    </p>
    

    <p>
     -La dignidad castellana, los intereses
de la religión, el prestigio de la corona, el respeto debido a la
independencia de los sastres, el porvenir de los sombrereros, las
tradiciones clásicas de la corte, la moral, las bulas, y otras mil
cosas estupendas están reclamando a voz en grito un inmediato
cambio gubernamental.
    </p>
    

    <p>
     -Que el diablo me lleve si todas esas
poderosas razones no pesan en mi ánimo tanto como en el tuyo.
    </p>
    

    <p>
     -Los muros de la Jericó donde los
napolitanos se encastillan deben desmoronarse apenas los hiera el
eco de la trompetería de un nuevo Josué.
    </p>
    

    <p>
     -Surja el tal Josué cuando a bien lo
tenga.
    </p>
    

    <p>
     -Pero es el caso que se afirma que en
semejante clase de sonatas la primera nota es la que más
cuesta...
    </p>
    

    <p>
     -Lo ha comprobado la experiencia.
    </p>
    

    <p>
     -Y me ha cabido el honor de que se
haya pensado en mí para hacer estallar en el viento esa primera
nota.
    </p>
    

    <p>
     -¡Vive Dios que no ha podido ponerse
en mejores manos la trompeta!
    </p>
    

    <p>
     -¿Será ahora necesario decirte que te
he designado para que me secundes en mi empeño?
    </p>
    

    <p>
     -Lo que hubiera sido preciso que me
asegurases para que yo lo creyera, sería que no te habías acordado
de mi persona.
    </p>
    

    <p>
     -Haces justicia a mi buena
voluntad.
    </p>
    

    <p>
     -Como tú a mis especiales
aptitudes.
    </p>
    

    <p>
     -¿Podrás reclutar alguna gente?
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo cuánta?
    </p>
    

    <p>
     -Como diez o doce mozos decididos.
    </p>
    

    <p>
     -Eso es una bicoca: ¿para cuándo?
    </p>
    

    <p>
     -Para mañana por la tarde.
    </p>
    

    <p>
     -¿Urge, pues, el asunto?
    </p>
    

    <p>
     -Ya lo ves.
    </p>
    

    <p>
     -Contarás para esa hora con la
escuadra más escogida que condotiero alguno haya podido
organizar.
    </p>
    

    <p>
     -Que me place.
    </p>
    

    <p>
     -¿Será rudo el chubasco?
    </p>
    

    <p>
     -Si hubiere de contestarte por mis
particulares impresiones, te diría que no cuento con que haga
grandes extragos la tormenta. La prudencia y mis instrucciones, sin
embargo, nos obligan a tomar ciertas precauciones.
    </p>
    

    <p>
     -Me desilusionas, Felicísimo: cuando
la atmósfera está cargada de gases deletéreos no hay agente más
enérgico que el rayo para purificar el ambiente.
    </p>
    

    <p>
     -No te creía tan fuerte en
meteorología.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué diablos vamos a
ocuparnos?
    </p>
    

    <p>
     -Po r lo pronto en dar un
escándalo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un simple escándalo!
    </p>
    

    <p>
     -Pero de aquellos de mayor
cuantía.
    </p>
    

    <p>
     -De todos modos, presumo que van a
estar de más mis bigardos. Para obtener ese resultado nos basta y
aun nos sobra contigo.
    </p>
    

    <p>
     -Eso no obsta para que te recomiende
elegir tus reclutas entre las clases más elevadas de la sociedad
del sacanete.
    </p>
    

    <p>
     -Se hará como deseas. ¿Cuál es el
terreno que vamos a explotar?
    </p>
    

    <p>
     -No faltarán oportunamente
indicaciones precisas. Desde luego, puedo anticiparte la noticia de
que debemos operar en presencia de un embajador extranjero.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! ¡Toda esa distinción
merecemos!
    </p>
    

    <p>
     -Ya comprendes, por lo tanto, que la
reputación española se halla interesada en el buen éxito de nuestro
empeño.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues no! ¡Cuerpo de tal! Quisiera yo
ver que nos cabía a nosotros el baldón de desacreditarla ante un
representante exótico. ¿Es holandés el tal ministro?
    </p>
    

    <p>
     -Poco menos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Inglés?
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="LAT">
      Circum circa
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¿Es turco?
    </p>
    

    <p>
     -Que te quemas.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se apresuró a sacudir los
dedos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué demuestras tan marcada
predilección hacia esas tres naciones? -preguntó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Porque en ellas circulan con cierta
abundancia los thalers, los schellins y los zequíes -contestó
Tristán-; y es de tener en cuenta que mis hombres no son de todo
punto desinteresados.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! ¡Qué valen esas miserables
monedas de herejes o de circuncisos al lado de los áureos bustos de
los preclaros hijos del ilustre Felipe el Animoso!
    </p>
    

    <p>
     -¡Áureos bustos!
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda.
    </p>
    

    <p>
     -Por ejemplo...
    </p>
    

    <p>
     Lozano sacó de su casaca un bolsón de
gamuza, y le vació sobre la mesa.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos de Ayala quedaron
deslumbrados por la gualda reflexión del metal peruano que cubrió
el tablero de nogal. Aquello era una verdadera catarata de doblones
de a ocho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto a sanes! -exclamó-; ¿con qué
navab nos entendemos?
    </p>
    

    <p>
     -¿Crees que habrá suficiente con la
mitad de esa suma para satisfacer a tus gentes, y habilitar tu
establecimiento?
    </p>
    

    <p>
     -Habría para comprar un reino.
    </p>
    

    <p>
     -Lozano formó dos pilas de a cuarenta
onzas cada una: colocó la primera delante de Ayala, y volvió a
embolsarse la segunda.
    </p>
    

    <p>
     -Manos a la obra, Tristán -dijo a
continuación:- presumo que no ha de sobrarte el tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -Tranquilízate, Felicísimo: Pompeyo se
jactaba de hacer aparecer un ejército sin tomarse otra molestia que
la de herir la tierra con el pie. ¿No ha de permitírseme a mí la
pretensión de poder reunir una docena de buenos camaradas con sólo
volver la esquina?
    </p>
    

    <p>
     -No me opongo a semejantes
pretensiones; pero procura evitar tu Farsalia -pronunció Lozano
levantándose y ajustando su cinturón.
    </p>
    

    <p>
     Ayala tomó sus cuarenta monedas y las
repartió por decenas en los cuatro bolsillos de la chupa y del
calzón, después de haber examinado concienzudamente el grado de
solidez de la tela, y el estado de las costuras.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me dejas? -añadió.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, por cierto: ¿cuando tendré
noticias tuyas?
    </p>
    

    <p>
     -De todos modos antes de la noche.
Salgamos por la puerta del patio, y precédeme algunos minutos. A
nadie le interesa ya vernos juntos.
    </p>
    

    <p>
     Tristán recogió el sombrero y la
tizona; abrió la puertecilla interior que había indicado, y salió
al patio seguido de Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     En el mismo momento desembocó por el
arco del portal el ama de gobierno con una cesta en el brazo, y el
pañuelo de crespón, destinado 

     <foreign xml:lang="LAT">
      pro forma
     </foreign>
     en la cabeza, caído sobre el
cuello.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien, mi buena Narcisa -dijo
Ayala:- ¿qué resultado ha obtenido tu embajada cerca del Creso de
las Maravillas?
    </p>
    

    <p>
     La joven miró a Lozano y no articuló
palabra alguna; pero no por eso privó al interrogante de una
contestación elocuente: apoyó la uña del dedo pulgar en los dientes
incisivos superiores, por cierto blancos como el marfil, y la hizo
producir un ligero crugido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bergante! -murmuró Tristán-: lo
tendremos en cuenta... Eso no obstante, tu cesta parece bien
provista... ¿Qué comestibles has recolectado?
    </p>
    

    <p>
     -Los que ha sido posible -contestó
Narcisa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh reina de las amas de gobierno!
-exclamó el joven:- permíteme hacer un ligero reconocimiento en ese
verdadero cuerno de la abundancia.
    </p>
    

    <p>
     Y sepultando ambas manos en el
recipiente de mimbres, revolvió el contenido con sorpresa creciente
en signos poco satisfactorios.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué es esto!.. -articuló por
fin.
    </p>
    

    <p>
     -Berros, acelgas, rábanos y espinacas
-balbuceó Narcisa, bajando algo avergonzada sus largas pestañas-;
va a dar principio la Semana Santa...
    </p>
    

    <p>
     Ayala sacó la cesta del brazo de la
joven con la más cuidadosa galantería; pero una vez hecho dueño del
utensilio, derramó bruscamente cuanto encerraba sobre las losas del
patio con tanta estupefacción de Narcisa como alegría de los patos,
pollos y gallinas del vecino más próximo, los cuales de todas
partes acudieron con ruidoso cacareo a picotear las verduras.
    </p>
    

    <p>
     -Las abstinencias de la Semana mayor
exigen preparación más suculenta -repuso solemnemente Ayala-; toma
el camino, mi excelente Narcisa, de la pastelería de Covarrubias, y
encarga a tan digno cocinero, que a las cinco en punto de la tarde
nos haga traer un pavipollo asado, dos perdices escabechadas, un
emparedado de jamón en dulce, un rollo de Villalón, y cuatro
botellas del Priorato.
    </p>
    

    <p>
     Narcisa, sin volver de su asombro,
escudriñó con la mirada el rostro de Tristán; pero evidentemente el
bravo mozo hablaba con el corazón en la mano.
    </p>
    

    <p>
     Ayala dio media docena de pasos hacia
la salida del patio y añadió:
    </p>
    

    <p>
     -Todo de la inmejorable calidad que
emplea en el servicio del marqués de Grimaldi...
    </p>
    

    <p>
     Los dos amigos habían desaparecido en
el fondo del portal, y la voz de Tristán gritaba todavía:
    </p>
    

    <p>
     -Y de las mayores dimensiones
posibles: es cosa segura que esta tarde tendré el hambre de un
buitre y la sed de un suizo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012015">
    

    <head>
     Capítulo XV
    </head>
    

    <head>
     Donde Lozano se desvergüenza, Ayala aplaude y
Cazurro silba
    </head>
    

    <p>
     Fue el bando relativo a las papas y
los sombreros de tan trascendentales consecuencias, sobre todo para
aquellos desventurados a quienes ocasionó la muerte, que creemos
que algunos de nuestros lectores han de agradecernos que les demos
una breve noticia de la historia del documento.
    </p>
    

    <p>
     De tiempo atrás se clamaba en la corte
por la adopción de medidas enérgicas contra el uso de los embozos y
de cuanto pudiera tender a abrigarse el rostro, fuese en invierno o
en verano, en consideración a los delitos que ese vituperable
disfraz de la más noble parte del hombre originaba.
    </p>
    

    <p>
     Como se echa de ver, la razón alegada
era de las que no admitían discusión; porque estaba probado hasta
la evidencia que jamás en Madrid se había cometido delito alguno a
rostro descubierto.
    </p>
    

    <p>
     La atmósfera de Palacio y lugares
adyacentes estaba preparada; la semilla fructífera sepultada en el
surco; la germinación iniciada; y del mismo modo que cuando en el
curso de los siglos llegó el momento histórico de la aparición de
la América a los asombrados ojos de los habitantes del viejo
continente, suscitó el Eterno un Cristóbal Colon, cuando sonó la
hora de la revolución en el reloj de la indumentaria española,
surgió un marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     La célebre real orden fue expedida y
comunicada inmediatamente al Consejo de Castilla.
    </p>
    

    <p>
     Esta alta corporación otorgó al asunto
la detenida meditación que merecía, y en 24 de Febrero de 1766
acordó en pleno la fórmula siguiente:
    </p>
    

    <p>
     «Cúmplase y guárdese lo
que su majestad manda, y para que se ejecute pase a los señores
fiscales».
    </p>
    

    <p>
     Cuatro días después, esto es el 28 de
Febrero, los fiscales en un luminoso escrito expusieron las
dificultades que no podía menos de ofrecer la providencia
consultada en los términos en que estaba concebida.
    </p>
    

    <p>
     El 1º de Marzo, porque la cosa urgía,
se devolvió la real orden a los fiscales para que propusieran las
modificaciones que estimaran conveniente introducir; y los
expresados funcionarios respondieron en 4 del mismo mes, que la
prohibición de los trajes abusivos se debía limitar a la corte,
sitios reales, capitales de provincia, y pueblos donde hubiera
universidades; publicándose el bando por los respectivos jueces,
con las penas a los contraventores de un peso por el sombrero gacho
y dos por la capa larga, si eran nobles o de clases acomodadas, y
de tres días de cárcel, o los que determinare el prudente arbitrio
del juez, si eran plebeyos.
    </p>
    

    <p>
     En este sentido se dio publicidad al
bando en la capital de la monarquía en la noche del 10 al 11 de
Marzo.
    </p>
    

    <p>
     Pero con el flamante precepto sucedió
lo que siempre acontece con todas aquellas disposiciones que no
están inspiradas en el espíritu público, que se dictan en
inoportunas circunstancias, y que son de impracticable
ejecución.
    </p>
    

    <p>
     El bando no pasó de ser letra muerta
en las esquinas, excepto en los casos en que, atado a los rabos de
los perros, fue concienzudamente labrado y arrastrado a la carrera
por los arroyos de las calles y plazas entre los silbidos de los
muchachos, la chacota de los mancebos de las tiendas, y la
indolente sonrisa de los transeúntes.
    </p>
    

    <p>
     Preciso era haber nacido en Italia y
desconocer por completo la sociedad madrileña para esperar otro
resultado de un mandato que hería en lo vivo las costumbres de los
habitantes de los barrios bajos, preponderantes entonces en la
corte más que en época alguna, no tanto por lo numeroso de la
población, con ser esta mucha, como por la influencia que ejercían
en las clases altas a las cuales daban los trajes por moda, los
instrumentos músicos y bailes por diversiones, los pintorescos
modismos del lenguaje por fraseología, y la apostura de los
valentones de la jacarandina por modelo.
    </p>
    

    <p>
     Prescindiendo del ligero error que
pudiera haber en la apreciación de las consecuencias del bando, la
importancia de las cuestiones que se resolvían en el fondo
filosófico de la medida, explicaban en cierto modo su adopción.
    </p>
    

    <p>
     No se necesita, en efecto, una
penetración privilegiada para comprender desde el primer momento la
inmensa trascendencia que en el orden social, moral, político y
económico pueden entrañar las diferencias que existen entre el ala
horizontal de un sombrero redondo, y la levantada por un botón como
en el chambergo, por dos presillas como en el chapeo de teja, o por
tres puntos como en el tricornio.
    </p>
    

    <p>
     Usamos la palabra tricornio con
perfecta conciencia de que es un galicismo de mayor cuantía; pero
como la importación de ese traspirenaico sombrero fue un galicismo
que vino en pos de la dinastía borbónica, no es de extrañar que se
admitiera otro para expresar la idea que el objeto en cuestión
representaba.
    </p>
    

    <p>
     No hacemos la misma concesión con
respecto a la voz chapeo: hay respetables autoridades filológicas
que, en vez de considerarla galicismo, sostienen que es un iberismo
la frase francesa 

     <foreign xml:lang="FRA">
      chapeau
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     El arduo asunto de las capas no
revestía importancia menos capital.
    </p>
    

    <p>
     Sabido es que desde la más remota
antigüedad se han considerado axiomáticas las relaciones íntimas
que median entre la progresiva marcha de la humanidad hacia el bien
o hacia el mal, y una cuarta de mayor o menor longitud en la más
amplia prenda del traje con que en ciertos países se envuelven los
reyes del planeta.
    </p>
    

    <p>
     Porque se trataba nada menos que de
toda una cuarta de paño de lana o tejido de seda.
    </p>
    

    <p>
     No importaba en manera alguna que una
capa colocada sobre los hombros de un macetón de a seis pies fuera
corta, esto es, legal: si un prójimo que se contentaba con la
modesta estatura de cinco tercias se permitía ponerse aquella misma
capa, he aquí que ésta, por un fenómeno de todo punto inexplicable,
se convertía en larga, es decir, en contrabandista.
    </p>
    

    <p>
     Al observar los elevados problemas en
que fijaban la previsora atención los sapientísimos varones que
regían la España en el año de gracia de 1766, se siente uno
inclinado a preguntarse si los estadistas que en la actualidad
gobiernan y oyen hablar de semejantes cosas con la sonrisa en los
labios, serán realmente hombres de Estado serios.
    </p>
    

    <p>
     Por si en parte pudiera contribuir
explicar tan inconcebible aberración bueno será que tengamos
presente la lamentable decadencia en que están en el último tercio
del siglo XIX, la filosofía, la economía política, el derecho, la
libertad en sus múltiples manifestaciones, y el sentido común.
    </p>
    

    <p>
     Al acto vigoroso de la solemne
publicación del bando siguió un período de general expectación.
    </p>
    

    <p>
     La desconfianza entre la
Administración y los administrados era mutua, y a ninguno parecía
superflua la atenta observación de la actitud del contrincante.
    </p>
    

    <p>
     Las autoridades quizás temían una
explosión del sentimiento público: los madrileños vestidos a guisa
del gobierno acaso esperaban la adopción de medidas
coercitivas.
    </p>
    

    <p>
     Pero el bando continuaba incólume en
muchos sitios de la villa; y si bien es verdad que no se observaban
las disposiciones que comprendía, no era menos cierto que tampoco
se había hundido el mundo. Doce días de tolerancia parecieron más
que suficientes al Ministerio: consentir en que los alardes de
desobediencia se prolongaran por veinticuatro horas todavía,
hubiera sido asentar un golpe mortal al principio autoritario.
    </p>
    

    <p>
     Apareció en el horizonte de la corte
el sol del 23 de Marzo, domingo de ramos, y tan potable festividad
quedó unida en la historia al límite de la paciencia del marqués de
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Las discusiones más a menos templadas
que en los días anteriores sostenían con los recalcitrantes, los
agentes subalternos de la autoridad, se convirtieron en
desentonadas disputas: a las palabras malsonantes sucedieron las
ofensas de hecho: a las resistencias siguieron las prisiones.
    </p>
    

    <p>
     Los alcaldes de corte con su
atrabiliario séquito de alguaciles y oficiales de sastre,
comenzaron a rondar por las calles, detuvieron a muchos transeúntes
contrabandistas, los obligaron a entrar en los portales más
próximos, y allí hicieron que se les apuntasen los sombreros y
recortaran las capas.
    </p>
    

    <p>
     Ocioso parece añadir que no pudo emplearse tan expedito
procedimiento sin dar lugar en ocasiones a enérgicas protestas, que
recayeron sobre las orejas y las costillas de los pobres corchetes,
predestinados por la Providencia en todas épocas para pagar los
vidrios rotos.
    </p>
    

    <p>
     Las primeras noticias del desusado
rigor que se iniciaba, se propagaron por la villa entera como el
eco de un somaten. Los nimbos y los estratos que se cernían en la
atmósfera se cambiaron en cúmulos; y no tardaron en escucharse esos
sordos rumores subterráneos que preceden a las erupciones
volcánicas.
    </p>
    

    <p>
     Sobre los bandos se fijaron pasquines
subversivos.
    </p>
    

    <p>
     Uno de los que más fortuna hicieron,
multiplicado hasta lo infinito, decía en dos líneas, no sabemos si
con la pretensión de versos:
    </p>
    

    <quote>
     

     
      

      <l>
       «Sombrero redondo y capa larga,
      </l>
      

      <l>
       Y caiga el que caiga».
      </l>
      

     
     

    </quote>
    

    <p>
     Sin que llegase a estallar un
verdadero pronunciamiento, el barrio bajo en que más efervescencia
se observó durante la mañana fue el del Avapiés. Había algo en el
seno del mismo, en sus extremidades, y hasta en las inmediaciones,
que estaba hablando de próxima tormenta.
    </p>
    

    <p>
     Acababan de dar las cinco de la tarde
en el reloj de San Juan de Dios cuando llegaron a aumentar el
número de los transeúntes de la Plazuela de Antón Martín tres
individuos cubiertos de largas capas desembocando por la calle del
León.
    </p>
    

    <p>
     Uno de los recién venidos no pasó de
la esquina: la fija mirada que asestaba al cuartelillo de los
inválidos, situado en la plazuela, hubiera podido dar motivo para
creer que en aquella detención entraba por mucho la prudencia.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a los dos compañeros del
hombre de la esquina, continuaron por la línea que la visual de
éste seguía, a pesar de que todos los ojos se detenían en ellos, y
no era de presumir que los agentes de la autoridad les dispensaran
menos atención.
    </p>
    

    <p>
     El aspecto de la pareja podía en
efecto asegurarse que era una caricatura de la contravención al
bando.
    </p>
    

    <p>
     Las capas de los dos personajes
arrastraban como las hopalandas de los mágicos del portillo de
Embajadores en las funciones más solemnes de prestidigitación; y
las alas de los sombreros redondos, blanco el uno y negro el otro,
dejaban atrás en ancha falda a las usadas por los picadores de
toros, y los paveros de Extremadura.
    </p>
    

    <p>
     No queremos que tan recalcitrantes
sugetos conserven el incógnito para nuestros lectores. El hombre
del chambergo blanco era Lozano: su compañero, Ayala, y el apostado
en la esquina, Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se adelantó algunos pasos a su
amigo, se embozó hasta las cejas, y con el aire del hombre a quien
le importan dos bledos todos los bandos del rey y todos los
inválidos del reino, comenzó a pasear tranquilamente por delante de
la puerta del cuartel.
    </p>
    

    <p>
     La provocación era tan insolente, que
el oficial que mandaba el puesto, no obstante la cordura de que
había dado pruebas durante todo el día, abandonó el cuerpo de
guardia, y se dirigió resueltamente al embozado.
    </p>
    

    <p>
     -Oiga usted, paisano -dijo con el ceño
fruncido:- ¿no sabe usted las órdenes del rey?
    </p>
    

    <p>
     -Sí, las sé -contestó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Pues sí usted las sabe, ¿cómo no se
apunta el sombrero y se recorta la capa?
    </p>
    

    <p>
     -¡Porque no me da la gana!... -replicó
Felicísimo acentuando detenidamente cada sílaba para que resaltara
más la desvergüenza.
    </p>
    

    <p>
     El diálogo había dado principio de un
modo demasiado violento para que pudiera continuar.
    </p>
    

    <p>
     El oficial levantó la mano exasperado;
pero fue tan noble el ademán con que Lozano dio un paso atrás, y
tan claro el relámpago que le encendió los ojos, que el digno
militar debió comprender que no estaba en presencia de un hombre a
quien se puede abofetear. La diestra dirigida a la mejilla se
deslizó a lo largo del costado y empuñó la espada.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo no había perdido el tiempo
por su parte: los que le observaban pudieron creer que los actos de
terciarse la capa y desenvainar el acero fueron simultáneos.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Ayala vio a su amigo recibir en
guardia al oficial no pudo menos de dirigir a este una sonrisa
burlona.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que los hierros se
cruzaron, Lozano inició un golpe recto; y apenas el contrario
acudió a la parada, practicó un brusco cambio de espada, y terminó
el ataque con un batido tan diestro como enérgico, que hizo saltar
el arma del oficial a doce pasos de distancia.
    </p>
    

    <p>
     Los curiosos que por aquella parte se
habían aproximado con el objeto de presenciar el conflicto, se
pusieron en fuga en todas direcciones para esquivar el golpe del
inesperado proyectil que se les disparaba.
    </p>
    

    <p>
     -¡Magnífico! -exclamó Ayala batiendo
sus robustas palmas con entusiasmo.
    </p>
    

    <p>
     Pero no tardaron las manos en tener
que cambiar de ocupación. Algunos inválidos habían sacado a relucir
sus sables, y acudían presurosos en auxilio del desarmado jefe.
    </p>
    

    <p>
     Tristán cerró el paso a los soldados
con la espada en la diestra y la capa arrollada en el brazo
izquierdo.
    </p>
    

    <p>
     Al cambiar con los veteranos los
primeros golpes, el mocetón encontró a su lado al bravo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Aquí del hijo de mi padre! -rugió
Ayala:- ¡que me falte la protección del cielo si estos rústicos
carda-lanas son capaces de competir en curvas y en rectas con
Euclides y Arquímedes!
    </p>
    

    <p>
     Los inválidos, algunos de los cuales,
veían correr su sangre, debieron comprender, en efecto, que en
punto a esgrima no estaban a la altura de aquellos adversarios; y
dando de mano al arma blanca se volvieron hacia el banco del cuarto
vigilante donde se encontraban los fusiles.
    </p>
    

    <p>
     Como si no fuera otro el instante
esperado en la esquina de la calle del León, Cazurro se llevó a la
boca los índices de ambas manos, dilató los pulmones con una
profunda inspiración, y pobló la atmósfera con el más intenso
silbido que resonara nunca en el circo taurino.
    </p>
    

    <p>
     Inmediatamente una cuadrilla de
hombres armados, viniendo de no se sabe dónde, cayó de improviso
sobre los inválidos, les arrancó los sables, se apoderó de los
fusiles, y por todas partes introdujo en el puesto la confusión del
caos.
    </p>
    

    <p>
     Pocos minutos después Lozano, Ayala,
Cazurro, el oficial, los inválidos, sus desarmadores, y hasta el
piso de la plazuela habían desaparecido ante una numerosa turba de
personas, inermes en su mayor parte, que semejante a un encrespado
océano hería con su flujo las paredes del hospital de San Juan de
Dios, azotaba con el reflujo el templo de Monserrat, y se rompía
bramando en la churrigueresca fuente del centro como en las rocas
de un islote.
    </p>
    

    <p>
     Los balcones y ventanas se poblaban de
expectadores, las puertas de las tiendas se cerraban con estrépito,
y las voces de los que se buscaban, los ayes de los que se sentían
aplastar, y los gritos de los que querían dar en seña al
movimiento, se perdían sin eco en ese inmenso clamor que es la
respiración de las muchedumbres.
    </p>
    

    <p>
     Desde el momento en que el tumulto
adquirió tan serias proporciones, el jefe de la escasa fuerza que
ocupaba el cuartel adoptó una cuerda medida. Hizo que los soldados
se replegaran al patio; mandó cerrar el portón y las ventanas, y
prohibió absolutamente todo género de comunicación con el
paisanaje.
    </p>
    

    <p>
     -De repente descolló sobre las cabezas
de la multitud un hombre de atléticas formas, levantado por los
brazos de algunos complacientes entusiastas.
    </p>
    

    <p>
     Tristán de Ayala, que era el elevado
sobre aquel inmenso pavés humano, procuró afirmar los pies en los
hombros del más robusto de los gañanes que le servían de plinto, se
quitó el descomunal chambergo, le levantó en la punta de la espada
hasta la altura de los cuartos segundos, y gritó con un acento que
hubiera dominado el de Estentor, y sofocado los bramidos de los
cuernos del buey de Urí y de la vaca de Unterwalden:
    </p>
    

    <p>
     -¡Viva España!... ¡viva el rey!...
¡muera Esquilache!
    </p>
    

    <p>
     El triple trueno de Ayala fue
repetido, cercado, y parafraseado hasta la saciedad por un
frenético clamoreo.
    </p>
    

    <p>
     El motín tenía fórmula.
    </p>
    

    <p>
     Cada vez más engrosado el turbión por
el incesante contingente de curiosos que afluían, por los siete
radios que desembocaban en la plazuela, comenzó a manifestar
tendencia a desbordarse por la parte alta de la calle de
Atocha.
    </p>
    

    <p>
     Al poco tiempo, el impulso estaba
dado. La muchedumbre se ponía en movimiento por la vía que más
directamente conducía a la Plaza Mayor, deslizándose ondulante como
una serpiente gigantesca desde el colegio de Loreto hasta la
parroquia de San Sebastián.
    </p>
    

    <p>
     Todos los acontecimientos que acabamos
de referir habían sido atentamente presenciados desde un balcón
situado enfrente del cuartel por dos individuos de atusada coleta,
rostro rasurado y oscura casaca.
    </p>
    

    <p>
     ¿Qué ha parecido al padre Torrigiani
el principio de la manifestación popular? -preguntó uno de los
mencionados espectadores a su compañero.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto es, padre Cebrián, el interés
que me ha inspirado -contestó el interrogado-, que siento una
tentación irresistible de observar por mis propios ojos si el fin
corresponde al principio.
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que no es menos vivo mi
deseo.
    </p>
    

    <p>
     -En marcha, pues: el terreno comienza
a despejarse.
    </p>
    

    <p>
     Ambos jesuitas, cubiertos por
cumplidas capas y sombreros redondos, bajaron, a la calle, y se
dejaron arrastrar por las últimas ráfagas del viento que quinientos
pasos más arriba era vertiginoso torbellino.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012016">
    

    <head>
     Capítulo XVI
    </head>
    

    <head>
     Marcha del motín en la noche del Domingo de
Ramos
    </head>
    

    <p>
     La atención preferente de la falange
tumultuaria consistió en detener a cuantos individuos encontraba
con sombrero de tres candiles, y en devolver al ala su redondez
primitiva.
    </p>
    

    <p>
     Esta justa revancha de las
humillaciones que acababan de ser impuestas al pueblo de Madrid,
mereció la más unánime aprobación.
    </p>
    

    <p>
     Es verdad que la conducta de los
amotinados no estaba en perfecta armonía con el principio de
libertad que proclamaba la explosión del espíritu nacional; pero
buen filósofo sería el que exigiera lógica a los movimientos
populares.
    </p>
    

    <p>
     Cruzaban las postreras olas de aquel
torrente humano por la desembocadura de la calle de Carretas,
cuando en el ángulo de la Plaza del Ángel, apareció una berlina
tirada por dos mulas, que a duras penas conseguían abrirse paso por
entre la compacta muchedumbre.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que la laboriosa
marcha del vehículo comenzaba a promover tempestuosas
reclamaciones, se descorrió uno de los vidrios, y se esparció por
el aire una nube de papeles.
    </p>
    

    <p>
     Lo singular del caso hizo que
apresuraran el avance los padres Cebrián y Torrigiani, los cuales
no tardaron en llegar a la portezuela del carruaje.
    </p>
    

    <p>
     El procurador de la Compañía halló en
el fondo de la berlina un rostro conocido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Buena siembra, señor de Salazar!
-dijo con la voz meliflua que le era habitual.
    </p>
    

    <p>
     -¡Plegue al cielo que sea mejor la
cosecha, señor de Cebrián! -contestó el repartidor de impresos,
arrojando por encima de la cabeza del jesuita otro abundante
paquete de hojas que volaron en todas direcciones.
    </p>
    

    <p>
     -No es de mala calidad la tierra que
recoge la semilla -replicó Cebrián al ver la avidez con que la
multitud se apoderaba de los papeles y devoraba su contenido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me será dado seguir adelante?
    </p>
    

    <p>
     -No creo que estas buenas gentes lo
impidan. Parece que no faltan hoy ocupaciones al caballero
murciano.
    </p>
    

    <p>
     -Nunca me ha sido más necesario el don
de ubicuidad. Antes de consagrarme con alma y vida en esta noche al
objeto capital, tengo que atender a varias incidencias
importantes.
    </p>
    

    <p>
     -Actividad, pues, y fortuna.
    </p>
    

    <p>
     -Dios nos la conceda a todos.
    </p>
    

    <p>
     -

     <emph>
      ¡

      <foreign xml:lang="LAT">
       Dies ira
      </foreign>
      !
     </emph>
    </p>
    

    <p>
     -

     <emph>
      ¡

      <foreign xml:lang="LAT">
       Ferro et igne
      </foreign>
      !
     </emph>
    </p>
    

    <p>
     Salazar desparramó profusamente una
tercera emisión de sus documentos, y gritó, sacando medio cuerpo
por la portezuela:
    </p>
    

    <p>
     -¡Vosotros seguid la liebre, que ella
se cansará!
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo dijo una palabra al
cochero, y la berlina prosiguió su camino.
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién es este original repartidor?
-preguntó Torrigiani a su compañero.
    </p>
    

    <p>
     El procurador acercó sus labios al
oído del italiano, y contestó:
    </p>
    

    <p>
     -Es un hombre, cuyo odio personal al
monarca, nos ha prestado eminentes servicios.
    </p>
    

    <p>
     -¡Carlos III tiene enemigos de tal
género!
    </p>
    

    <p>
     -Conozco, por lo menos, ese
ejemplar.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y a qué motivos se atribuye?...
    </p>
    

    <p>
     -El asunto está envuelto en sombras
misteriosas... Se habla de una pasión volcánica hacia una mujer o
hacia una dote; sentimiento que se vio contrariado por
complacencias del rey con un rival favorito que ejercieron presión
incontrastable sobre un padre tan tirano con su hija, como servil
con el príncipe...
    </p>
    

    <p>
     En la boca del italiano se dibujó una
sonrisa que expresaba elocuentemente el profundo desdén que le
inspiraban ciertos móviles de las pasiones del corazón humano.
    </p>
    

    <p>
     El procurador, que comprendía aquella
especie de lenguaje gráfico, se limitó a añadir:
    </p>
    

    <p>
     -En fin...esas son las gentes
explotables, y no hemos perdido la ocasión.
    </p>
    

    <p>
     Mientras los reverendos cambiaban
estas frases, se daba lectura en los corrillos de los impresos
facilitados por el hombre de la berlina.
    </p>
    

    <p>
     El epígrafe que los clandestinos
documentos llevaban era el siguiente:
    </p>
    

    <p>
     

     <emph>
      Estatutos del cuerpo erigido por el amor español
en defensa de la patria para quitar y sacudir la opresión de los
que intentan violar sus dominios
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Aunque tenemos a la vista uno de los
pocos ejemplares que se han salvado de envolver legumbres, y acaso
de otros usos menos dignos, en el trascurso de ciento trece años,
hacemos gracia a nuestros lectores de escuchar 

     <foreign xml:lang="LAT">
      in integrum
     </foreign>
     los quince artículos que
comprende, no escritos, sin duda, por individuo alguno de la Real
Academia establecida por Fernando VI, y únicamente nos permitimos
exponer un brevísimo apuntamiento.
    </p>
    

    <p>
     El pueblo recibía sanos consejos de
prudencia y de confianza; se le recomendaba la subordinación a los
jefes, y la templanza para con las personas constituidas en
autoridad, a quienes expusiera las justas reclamaciones que
motivaban el movimiento; se le exhortaba a no apelar al derecho de
la fuerza, mientras no se hicieran prisiones; se le exigía que
aclamase con júbilo al rey, sí como era de esperar, otorgaba las
peticiones, persistiendo incesantemente en que se dejara ver de los
súbditos en el caso de que difiriese sancionarlas por sugestiones
de malos consejeros; se le conjuraba a que por nada en el mundo
desmayase en pedir la cabeza de Esquilache; se le conminaba a que
no cediera un palmo de terreno ante agresiones inicuas; se le
prometía que de nada carecería la familia de aquel que fuera
víctima propiciatoria en el altar de la patria; y se le
manifestaba, por fin, la consabida cláusula formularia de que se
castigaría con la pena de muerte al que cometiere robo u otra
acción de villano.
    </p>
    

    <p>
     Cuando las prescripciones de los
llamados Estatutos fueron deletreadas, leídas y proclamadas, la
retaguardia del tumulto continuó la ruta que seguía el cuerpo
principal de los amotinados.
    </p>
    

    <p>
     Poco tiempo después, la apiñada
multitud se deslizaba por el angosto pretil del arco de la plaza
Mayor, invadiendo el coso como un torrente desbordado.
    </p>
    

    <p>
     En el mismo momento otra numerosa
legión de ciudadanos, que procedente de la plaza de la Cebada,
penetraba en la Mayor por la calle de Toledo, acogió la aparición
de la turba de Antón Martín con una estrepitosa salva de
aplausos.
    </p>
    

    <p>
     El entusiasmo y la algazara rayaron en
delirio. No podía caber duda en que Madrid entero había recogido el
guante con que le azotó la mejilla el procaz ministro italiano.
    </p>
    

    <p>
     Ambas agrupaciones cambiaron sus
vítores frenéticos, los entusiastas lemas de las reclamaciones que
daban al viento, y los abrazos de la fraternidad; y con el fin, sin
duda, de solemnizar la identidad de miras, dar un instante de
descanso a los fatigados remos, y humedecer las fauces
enronquecidas por los gritos patrióticos, se diseminaron en sendos
grupos por las tiendas de vinos y comestibles, y se abandonaron a
la tregua de los brindis y los tasajos.
    </p>
    

    <p>
     La masticación y libaciones
encontraron motivo para prolongarse algún tanto; porque, merced al
más extraordinario caso de taumaturgia, cuando los consumidores
pedían la cuenta de su gasto, experimentaban la grata sorpresa de
saber que númenes benéficos llenos de previsión hacia las
necesidades humanas, se habían anticipado al pago.
    </p>
    

    <p>
     Los organizadores del movimiento,
debieron comprender, sin embargo, que nada es menos conveniente que
la inacción en semejantes circunstancias; y como la estancia en la
Plaza pasaba de una hora, y la noche cerró entretanto, comenzaron a
inculcar en todos los círculos la idea de la urgente necesidad que
había de acudir a Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Reanimose el espíritu público mediante
cuatro enérgicas invocaciones, y vencida la resistencia inerte, el
gran monstruo se balanceó de nuevo en la dirección de
Occidente.
    </p>
    

    <p>
     Al llegar a los portales de
Guadalajara, surgió un obstáculo que detuvo el impulso.
    </p>
    

    <p>
     La cabeza de la columna rodeaba un
coche que se adelantaba hacia la Plaza por el tránsito de las
Platerías.
    </p>
    

    <p>
     Los más próximos concurrentes
acercaron una tea humeante a la portezuela del carruaje.
    </p>
    

    <p>
     -¡El duque de Medinaceli! -gritó una
voz sonora.
    </p>
    

    <p>
     Así era, en efecto: el noble duque,
caballerizo mayor de la Real Casa, acababa de dejar en Palacio a su
augusto amo, el cual cazaba en el monte del Pardo al recibir la
noticia del inesperado movimiento popular, y se había apresurado a
regresar a Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Pasaba el de Medinaceli entre los
madrileños por magnate de expléndida largueza y trato llano; y como
a estas apreciables dotes se unía la aversión que no recataba
sentir por el marqués de Esquilache, la repentina aparición del
caballerizo mayor en el seno del motín, fue recibida con una
explosión de simpatía.
    </p>
    

    <p>
     -¡Viva el ilustre descendiente de los
infantes de la Cerda! -exclamó un entendido genealogista.
    </p>
    

    <p>
     -¡El español de pura raza! -añadió un
castellano viejo.
    </p>
    

    <p>
     -¡El defensor de los derechos del
pueblo! -replicó un sugeto de espíritu práctico.
    </p>
    

    <p>
     -¡Gracias, amigos míos!... ¡gracias
mil veces!... -contestó el duque entre dos estornudos, producidos
por el humo azufrado que se le subía a las narices.
    </p>
    

    <p>
     -¡Que sea el señor duque el intérprete
de nuestras reclamaciones cerca de su majestad! -clamó un acento
débil, pero estridente, salido de no se sabe dónde.
    </p>
    

    <p>
     El pensamiento pareció tan excelente,
que fue aceptado por unanimidad entre un millar de afirmaciones, un
huracán de palmadas y una tempestad de rugidos de júbilo.
    </p>
    

    <p>
     Se supone que el duque se prestó de
buen grado a tomar a su cargo la comisión que el pueblo le
confería; pero lo mismo la habría desempeñado en el caso
contrario.
    </p>
    

    <p>
     La portezuela del coche se abrió, en
efecto, a impulso de manos vigorosas; y antes de que Medinaceli
pudiera darse cuenta del extraño suceso, se halló extraído del
fondo del vehículo, sentado cómodamente sobre unos hombros
colosales, con una cabeza enorme entre los muslos, y un centenar de
brazos en torno, ofreciéndole puntos de apoyo.
    </p>
    

    <p>
     La marcha triunfal inició su reposado
curso por la calle de Santiago; y terminó en la Plaza de Oriente
delante de la puerta del Príncipe del real Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Mientras se desarrollaban en la villa
y corte los acontecimientos que vamos narrando, el héroe de la
jornada, el ilustre marqués de Esquilache, procuraba distraer
momentáneamente su ánimo de la penosa gestión de los negocios
públicos en el inmediato sitio de San Fernando.
    </p>
    

    <p>
     Hay, sin embargo, siniestros vapores
en la atmósfera, sombríos presentimientos en el corazón, que no
domina el hombre de espíritu más libre, y toda la buena voluntad
del marqués no pudo proporcionarle el esparcimiento anhelado.
    </p>
    

    <p>
     Antes de que el sol descendiese a su
ocaso, Esquilache, cejijunto y austero, pidió su berlina y se
volvió a Madrid.
    </p>
    

    <p>
     El correo que trotó silencioso al
vidrio del carruaje durante el trayecto, hizo detener
repentinamente las mulas en las inmediaciones de la Plaza de
toros.
    </p>
    

    <p>
     En el mismo momento un ginete tan
jadeante como el caballo que montaba, se acercó al estribo del
coche.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ocurre, Paulino? -preguntó
Esquilache inquieto al reconocer a su camarero favorito.
    </p>
    

    <p>
     -Ocurre, señor, una gran desgracia
-balbuceó el doméstico con voz entrecortada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Habla, desventurado!...
    </p>
    

    <p>
     -Ha estallado un tumulto en la
villa...
    </p>
    

    <p>
     Esquilache palideció.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un tumulto! -repitió anonadado.
    </p>
    

    <p>
     -De los más formidables: sería una
verdadera imprudencia que el señor marqués se aventurase a dar un
paso por las calles de Madrid en el estado en que se encuentran. No
es otro el motivo de haberme apresurado a anticipar a vuecencia la
infausta nueva.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tan imponente se presenta el
motín!
    </p>
    

    <p>
     -¡Tiemblan las carnes!
    </p>
    

    <p>
     -¿Son numerosos los grupos?
    </p>
    

    <p>
     -Masas colosales: enjambres de cuatro
mil... de ocho mil... de diez y seis mil personas.
    </p>
    

    <p>
     La palidez del marqués había adquirido
tintas lívidas ante la facilidad con que el ayuda de cámara doblaba
las cantidades.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y gritarán esos renegados!...
-articuló el ministro trémulo.
    </p>
    

    <p>
     -Atruenan el espacio.
    </p>
    

    <p>
     -Has podido percibir alguna de las más
importantes vociferaciones?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda...
    </p>
    

    <p>
     -Dímela, pues.
    </p>
    

    <p>
     El camarero bajó los ojos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Para reticencias estamos, cuerpo de
Cristo! -pronunció el marqués impaciente.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, señor -murmuró Paulino:-
el pueblo pide la cabeza de vuestra excelencia.
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="ITA">
      ¡Pópolo bárbaro!
     </foreign>
     -exclamó
instantáneamente Esquilache en su lengua nativa.
    </p>
    

    <p>
     Después enjugó el sudor que le bañaba
la frente, a pesar del fresco viento que soplaba, dirigió los
azorados ojos hacia la puerta de Alcalá, y repuso sofocando un
sollozo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está la marquesa?
    </p>
    

    <p>
     -Debe hallarse en el paseo de las
Delicias; pero he enviado a Gastón para que la participe las
ocurrencias.
    </p>
    

    <p>
     -Has obrado con cordura, Paulino; pero
quiero que hagas más todavía:
    </p>
    

    <p>
     -Disponga vuecencia de mi vida.
    </p>
    

    <p>
     -Vas a correr tú mismo al encuentro de
tu señora, y a decirla que no experimente el temor más ligero por
lo que concierne a mí persona. El lugar donde he de refugiarme es
de todo punto inviolable.
    </p>
    

    <p>
     -Señor... señor...
    </p>
    

    <p>
     El marqués indicó a Paulino la tapia
del Retiro, y añadió en tono breve:
    </p>
    

    <p>
     -¡Parte!
    </p>
    

    <p>
     A continuación, Esquilache comunicó
sus órdenes al cochero, se hizo conducir a galope por las afueras
al portillo que precedió a la actual puerta de San Vicente, echó
pie a tierra en las ramblas de las caballerizas, cambió de capa y
de sombrero con el correo, y penetró en el Palacio Real por la
poterna de la fachada de la capilla.
    </p>
    

    <p>
     Desde que el rumor del desusado
acaecimiento se esparció por la villa, habían ido llegando a la
mansión regia, deprisa y con más o menos susto, los ministros, los
camaristas de Castilla, los altos funcionarios militares, y los
dignatarios de la servidumbre..
    </p>
    

    <p>
     En todos los semblantes se observaba
una impresión penosa, la que producen los fenómenos desconocidos,
porque tan poco avezados estaban nuestros dignos abuelos a las
convulsiones políticas, que desde los tiempos de Oropesa, en Abril
de 1699, nadie había presenciado en la corte un espectáculo como el
de aquella noche infausta.
    </p>
    

    <p>
     Las damas gimoteaban, los
eclesiásticos se cubrían el rostro con las manos, los militares
requerían la espada; y se cerraban puertas, y se abrían balcones, y
se iba, y se venía sin orden ni concierto; no siendo el mismo rey
el que menos se agitaba, vagando de un grupo en otro, más ganoso de
adquirir noticias y encontrar consuelo, que de observar la etiqueta
inherente a la dignidad que personificaba.
    </p>
    

    <p>
     Inútil juzgamos añadir que el más
atribulado de todos los cortesanos era el ministro de Hacienda y de
la Guerra.
    </p>
    

    <p>
     Contra sus esperanzas, la herida que
recibió en la Puerta de Alcalá, se había exacervado desde que pisó
los regios salones.
    </p>
    

    <p>
     No sorprendí a Esquilache que sus
enemigos declarados, más insolentes que nunca, le dirigiesen
miradas de reto; pero le apenaba que los antes solícitos se le
manifestaran hostiles, y le contristaba profundamente que hasta los
mismos amigos se le desviasen.
    </p>
    

    <p>
     Puede decirse que el único en quien
halló cordial acogida, fue el buen Carlos III.
    </p>
    

    <p>
     El Consejo permanente no ofrecía
resultado práctico alguno: se discutía acerca de las precauciones
que hubiera sido conveniente adoptar el día anterior; se dardaban
mutuas reconvenciones embozadas, que eran en el acto recogidas por
los que se consideraban aludidos, y contestadas con más o menos
acritud: y entretanto la concurrencia en la Plaza de Palacio se
condensaba, los clamores crecían, y las carreras, la confusión y la
alarma se multiplicaban.
    </p>
    

    <p>
     En los momentos en que la indecisión
era mayor, un resplandor rojizo hirió todos los ojos. ¿Le producía
la llama de un incendio? Los cortesanos se agolparon a los
balcones.
    </p>
    

    <p>
     El asunto no era tan grave todavía. El
siniestro reflejo provenía de una multitud de hachones resinosos
enarbolados por nuevas turbas que entraban en escena, estrepitosas,
compactas, arrolladoras.
    </p>
    

    <p>
     Al humeante brillo de aquel alumbrado
del infierno, se distinguían cabelleras de energúmenos, facciones
patibularias, miradas de basilisco.
    </p>
    

    <p>
     El marqués de Esquilache, que se había
aventurado a dirigir una visual al fondo de la Plaza por encima del
hombro de una dama, dio tres pasos atrás, vacilante como herido de
un golpe en el cráneo.
    </p>
    

    <p>
     Una nueva extendió sus ecos por los
salones con la rapidez del relámpago. El duque de Medinaceli, que
había sido conducido en brazos de los amotinados, se adelantaba a
exponer al rey las reclamaciones populares.
    </p>
    

    <p>
     Las vastas estancias quedaron
desiertas: cuantos las poblaban se agruparon en la cámara real.
    </p>
    

    <p>
     El caballerizo mayor, maltrecho y
jadeante, repitió concienzudamente al monarca cuanto le habían
hecho aprender a gritos en el tránsito desde la calle de Milaneses;
y fuese porque no recobró las fuerzas hasta que la narración tocaba
al término, o por otra causa cualquiera, es lo cierto que no
consiguió expresarse con perfecta calma, y aun podría decirse con
cierta complacencia, sino cuando llegó al postrer detalle relativo
a la decapitación de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Concluida la exposición del memorial
de agravios, comenzaron los comentarios; pero la efervescencia que
agitaba la Plaza pareció comunicarse al salón regio. Las opiniones
difirieron, chocaron entre sí, se apasionaron; y como la
sustentación de todas ellas, por cierto muchas, era simultánea, se
produjo el caso de no entenderse nadie.
    </p>
    

    <p>
     El tumulto que atronaba amenazador la
calle, había quebrantado el vigor moral del rey: la anarquía que
vio imperar en su cámara, le agotó completamente las fuerzas
físicas.
    </p>
    

    <p>
     Dos motines eran ya demasiados.
    </p>
    

    <p>
     El pobre monarca se desplomó exánime
sobre un sillón; rogó que no se le rompiese más la cabeza; previno
que se manifestase al pueblo que serían concedidas sus peticiones;
y suplicó que se adoptasen las disposiciones convenientes para que
todo acabase de una vez.
    </p>
    

    <p>
     Ante la precisa declaración del rey
cesaron las divergencias. Lo único que por lo pronto había que
hacer era decidir la manera de comunicar a los revoltosos la
promesa de su soberano.
    </p>
    

    <p>
     Desde luego se optó por el sistema
oral: el del motín no había sido hasta entonces otro.
    </p>
    

    <p>
     Pareció que no existía persona más
indicada que el duque de Medinaceli para bajar a entenderse con el
pueblo, por cuanto fue su mandatario; pero el digno caballerizo
mayor se sentía tan perturbado, molido y manoseado, que no ocultó
su deseo de que, a ser posible, se le permitiera declinar las
nuevas glorias que había motivo para creer le proporcionaría la
embajada.
    </p>
    

    <p>
     No faltó, por fortuna, quien en el
acto se encargara de la misión.
    </p>
    

    <p>
     El duque de Arcos, capitán de guardias
de Corps, que creía disfrutar tanta popularidad como el de
Medinaceli, y que además contaba con el prestigio del privilegiado
uniforme que vestía, salió a la Plaza y conferenció con los
amotinados.
    </p>
    

    <p>
     Cuando la turba pudo enterarse de que
el rey había escuchado las representaciones, ninguna encontraba
injusta, y a todas accedía, prorumpió en una nutrida salva de
aplausos que llevó sus tranquilizadores ecos a todos los corazones,
excepción hecha del de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     El capitán de guardias, después de
aquel ruidoso éxito, no tuvo que esforzarse mucho para hacer
comprender a los sublevados la conveniencia de despejar la Plaza de
Palacio. Los directores del movimiento no eran hombres a quienes
alcanzada la victoria, pudieran aplicarse las palabras que Narbal
dijo a Aníbal.
    </p>
    

    <p>
     La multitud hirviente y satisfecha
comenzó a dirigirse hacia las desembocaduras de las arterias
principales.
    </p>
    

    <p>
     Un grupo, como de mil personas, era el
más diligente, al parecer, en alejarse del alcázar.
    </p>
    

    <p>
     Los que veían deslizarse por las
calles aquella masa de hombres compacta, hostil y decidida,
adivinaban que no era la dispersa muchedumbre de una retirada, sino
una columna de ataque.
    </p>
    

    <p>
     ¿Sobre qué punto iba a descargar la
amenazadora nube de tempestad? He ahí un problema que innumerables
curiosos se propusieron resolver y no tardaron en conseguirlo.
    </p>
    

    <p>
     Los amotinados cruzaron la Puerta del
Sol, siguieron la calle de Alcalá, penetraron por la de las Torres,
y cercaron la casa del marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Allí estalló el volcán de los gritos
de destrucción y muerte.
    </p>
    

    <p>
     Las puertas, ventanas y balcones
aparecieron cerrados y aun atrancados; pero para esos demoledores
arietes que se llaman tumultos populares nada hay irresistible.
    </p>
    

    <p>
     En semejantes circunstancias nunca
faltan ingenieros de inventiva, capataces activos, obreros hábiles:
lo mismo se improvisan los instrumentos que los materiales; los
derribos que las construcciones.
    </p>
    

    <p>
     Barras de hierro procedentes de no se
sabe qué punto del espacio, acaso de las rejas más próximas,
sirvieron de palancas; las escaleras de los faroleros públicos,
empleos de reciente creación, proporcionaron mazos y cuñas; los
cuchillos hicieron el oficio de fulmones; y el resultado del
artificio a que dio lugar la combinación de todos esos útiles, fue
proporcionar la satisfacción a la puerta principal de poder verse
libre de sus goznes, y de acostarse estrepitosamente sobre el
empedrado.
    </p>
    

    <p>
     Los sitiadores invadieron la casa de
Esquilache con las consideraciones que se guardan a las plazas
asaltadas por la brecha.
    </p>
    

    <p>
     El primero que trepó como un gato por
encima de la barricada de muebles, derribó como un toro los
domésticos que encontró delante, y subió como un mandril los
escalones de cuatro en cuatro, era un hombre de poblada barba y
rostro atezado, que todavía conservaba en la mano la barra que más
contribuyó a forzar la puerta.
    </p>
    

    <p>
     El asaltador, que por lo visto,
conocía perfectamente el terreno que pisaba, se lanzó en dirección
a las habitaciones de la marquesa; por los tránsitos que más se
aproximaban a la línea recta.
    </p>
    

    <p>
     La mampara del salón cedió a un rudo
golpe de eco perdido en el inmenso estruendo que conmovía la casa
entera, y el intruso atravesó la estancia y penetró en el
gabinete.
    </p>
    

    <p>
     El amotinado observó desde luego
cierto desorden en todos los objetos, que le hizo fruncir el
entrecejo; pero que al mismo tiempo fue un espolazo para la febril
actividad que le poseía.
    </p>
    

    <p>
     El barbado personaje se precipitó
sobre el escritorio; deshizo con la palanca las cubiertas, las
cerraduras, las gavetas; escudriñó los dobles fondos secretos,
palpando con las convulsas manos los ángulos recónditos donde no
alcanzaba la vista... Después se revolvió furioso contra los
armarios, las arcas y las mesas: nada resistió a la potencia
destructora de la terrible barra: la habitación era un
astillero.
    </p>
    

    <p>
     El investigador encontró numerosos
estuches en su mayor parte vacíos; pero apenas los concedió una
sombra de atención: tropezó con monedas de oro y plata; pero las
sacudió desdeñosamente con el pie: dio con preciosos objetos de
arte que habrían enriquecido a un codicioso; pero los arrojó
impaciente al suelo, triturándolos con los tacones de las
botas.
    </p>
    

    <p>
     ¿Cuál era el móvil de devastación tan
insensata?
    </p>
    

    <p>
     Para el observador, que desde el
primer momento se hubiera fijado en las pesquisas y en los sitios
donde con preferencia se detenían, la respuesta no podía ser
difícil. Aquel hombre no buscaba otra cosa que papeles.
    </p>
    

    <p>
     En ese punto, sin embargo, ningún
hallazgo correspondió al anhelo del destructor.
    </p>
    

    <p>
     Un rayo de esperanza pareció surcar de
repente las sombras que comenzaban a ofuscarle el espíritu.
    </p>
    

    <p>
     El de la barra volvió a la antecámara,
y encontrando un rostro conocido entre los que acababan de
invadirla, gritó con voz de trueno:
    </p>
    

    <p>
     -¡Botija!
    </p>
    

    <p>
     El apelado contestó en el acto:
    </p>
    

    <p>
     -Presente, señor de Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Que busquen y me traigan a un mozo de
mulas de Esquilache, que llaman Martín Álvarez.
    </p>
    

    <p>
     Botija se apresuró a cumplir el
encargo; y poco tiempo después fue conducido a puntapiés un pobre
diablo a la presencia de Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pasa! -dijo este al mozo indicándole
el gabinete.
    </p>
    

    <p>
     El infeliz entró temblando.
    </p>
    

    <p>
     Salazar le siguió y cerró la
puerta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Has cumplido mis órdenes
-pronunció-, poniendo a salvo los papeles secretos de la marquesa
en caso de motín o de incendio?
    </p>
    

    <p>
     -Confieso, señor don Juan Antonio
-murmuró el mozo-, que no he creído haberme encontrado en las
circunstancias a que se refería mi compromiso.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¡miserable!.. ¿No eres tú
quien se ha apoderado de esos documentos?... ¿Has permitido que
otro se nos adelantase?.. ¿Así has correspondido a la subvención
que te pagaban?...
    </p>
    

    <p>
     Y al pronunciar estas palabras Salazar
sacudía con violencia a Álvarez, empuñándole por el cuello del
chupetín.
    </p>
    

    <p>
     -Señor...
    </p>
    

    <p>
     -¡Eres un tuno!
    </p>
    

    <p>
     -Yo no podía impedir que la señora
marquesa recogiese las alhajas y objetos de su propiedad que
tuviera por conveniente...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¿la marquesa ha vuelto a su casa
después de estallar la conmoción?..
    </p>
    

    <p>
     -En los primeros instantes.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y se ausentó de nuevo?...
    </p>
    

    <p>
     -A los diez minutos.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué lugar se ha refugiado?
    </p>
    

    <p>
     -En el templo del Colegio de Niñas de
Leganés, donde se educan las dos hijas de su excelencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah villano! -exclamó Salazar cada
vez más frenético:- ¡Y no te habías anticipado!.. ¡y has consentido
que esa indigna meretriz se lleve unos papeles que valen para mí
más que la vida, porque pueden ser mi venganza!...
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Sal azar... -articuló
Martín:- yo no he ofrecido nunca hurtar a mi ama objetos de su
estima; sino ponerlos a cubierto de la destrucción en casos
dados...
    </p>
    

    <p>
     La voz del mozo se apagó todavía para
añadir con aire de contrita aflicción:
    </p>
    

    <p>
     -Aún así, no puedo verme libre del
remordimiento de haber aceptado una merced equívoca, que en razón a
mi corto salario, hacían precisa las necesidades de mis
hijos...
    </p>
    

    <p>
     -¡Gran canalla! -aulló Salazar ciego
de cólera:- ¡consideras un cargo de conciencia la sustracción de
algunos papeles a tu ama, y me robas a mí el dinero sin
escrúpulo!..
    </p>
    

    <p>
     El puño de Salazar hirió a Martín en
pleno pecho.
    </p>
    

    <p>
     Por un instintivo movimiento de
defensa, el agredido extendió las manos delante de sí, y una de
ellas chocó con la mejilla del caballero.
    </p>
    

    <p>
     Entonces Salazar enarboló su barra con
ambos brazos, y el contundente instrumento cayó sobre la cabeza de
Martín Álvarez con el peso de una montaña.
    </p>
    

    <p>
     El desgraciado mozo de mulas se
desplomó en el pavimento sin exhalar un gemido.
    </p>
    

    <p>
     Salazar salió del gabinete, arrojó en
el salón la ensangrentada palanca, y pugnó por abrirse paso a
través de la muchedumbre que a la sazón derribaba las puertas del
despacho del marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     En la meseta de la escalera, nunca
cansada de abortar oleadas de amotinados, un hombre que tendía por
todas partes sus ávidas miradas, se lanzó en la dirección del
murciano, asentando sendas puñadas a cuantos le interceptaban el
camino.
    </p>
    

    <p>
     -

     <emph>
      ¡Diez tiros!
     </emph>
     señor de Salazar -exclamó aquel
sujeto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué significa eso? -contestó el
caballero a su apostrofador con el semblante más sombrío que el del
carbonero Botija que no se hallaba lejos entonces.
    </p>
    

    <p>
     - No es imposible que yo haya
pronunciado alguna bestialidad -replicó el repartidor de
puñetazos-; pero ya comprende usted... se trata del santo y
seña...
    </p>
    

    <p>
     El murciano, dueño al fin de sí mismo,
repuso:
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="LAT">
      Dies iræ
     </foreign>
     ha querido decir el señor
Abendaño: está bien; 

     <foreign xml:lang="LAT">
      ferro et igne
     </foreign>
     . ¿Qué es lo que
ocurre?
    </p>
    

    <p>
     -Que el Consejo directivo del Cuerpo
de alborotados matritenses, invita a usted a que inmediatamente
asista a la sesión que está celebrando.
    </p>
    

    <p>
     Salazar hirió la tierra con el
pie.
    </p>
    

    <p>
     -Enterado, Abendaño -murmuró,
mordiéndose el bigote.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena.
    </p>
    

    <p>
     -Voy a volar al seno del
directivo.
    </p>
    

    <p>
     -Volaremos emparejados. Se me ha
prohibido que vuelva a dar otra contestación que no consista en la
real y efectiva presencia de usted. Parece que se proyecta la
adopción de acuerdos graves.
    </p>
    

    <p>
     El caballero hizo un cuarto de
conversión.
    </p>
    

    <p>
     -Acércate, Botija -dijo en alta
voz.
    </p>
    

    <p>
     El carbonero se aproximó.
    </p>
    

    <p>
     Salazar le deslizó estas frases al
oído:
    </p>
    

    <p>
     -La marquesa de Esquilache se ha
guarecido con sus tesoros en el Colegio de Niñas de Leganés.
    </p>
    

    <p>
     -La marquesa es la más taimada de las
garduñas -gruñó Botija.
    </p>
    

    <p>
     -Por eso la someto a la observación
del más vigilante de los gatos.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué madrileño se trata?
    </p>
    

    <p>
     -De ti mismo.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente: mi consigna.
    </p>
    

    <p>
     -Toda está reducida a situar
convenientemente a la vista del Colegio una veintena de tus más
adictos buenos mozos; y a impedir la entrada o la salida en el
local a quien quiera que sea, hasta recibir órdenes mías.
    </p>
    

    <p>
     -Dé usted por cierto que desde que yo
me asome a la calle de la Reina, no hay lazareto de más rígida
incomunicación en España que el Colegio en cuestión.
    </p>
    

    <p>
     -Cuento con ello; pero ten entendido
que es preciso que vayas a asomarte en el acto.
    </p>
    

    <p>
     Los dos interlocutores se separaron, y
cada cual echó por su lado para tratar de salir de la casa de las
Siete chimeneas, empresa mucho más difícil, por cierto, que lo fue
la de entrar.
    </p>
    

    <p>
     El edificio era, en efecto, una
colmena humana donde al considerable enjambre de abejas laboriosas,
se había añadido una masa irremovible de inútiles zánganos.
    </p>
    

    <p>
     El estruendo, la destrucción y la
rapiña imperaban por todas partes. Los fanáticos arrojaban los
muebles por los balcones; la chusma se hartaba en la despensa y la
bodega de perniles y vino; los sibaritas llenaban sus bolsillos con
los excelentes cigarros de la Vuelta de Abajo que el intendente de
rentas de Cuba, regalaba a su jefe el Ministro de Hacienda.
    </p>
    

    <p>
     Cuando los trastos, los tapices y las
esteras formaron en la calle un cúmulo caótico, fueron acariciados
con las rojas lenguas de las teas; y como la llama, a la vez que
distrae los ojos regocija el ánimo de ciertas gentes, no faltaron
alegres amotinados que propusieron quemar la casa al mismo tiempo
que los muebles.
    </p>
    

    <p>
     Bastó, no obstante, que una potente
voz hiciera la observación de que la finca pertenecía al marqués de
Murillo, honrado español y amante del pueblo, para que se
abandonase la idea por muy seductora que fuera.
    </p>
    

    <p>
     Una hora después sólo quedaban
humeantes troncos carbonizados y candentes cenizas de aquel
inapreciable menaje acumulado, según el odio popular por la
insaciable codicia de la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Tan libre de toda clase de utensilios
quedó la casa entera, que como un contemporáneo pintorescamente nos
dice, el inquilino que sucediera a Esquilache, podría verse en el
caso de tapar los agujeros de los clavos; pero no tendría que
arrancar ninguno de estos.
    </p>
    

    <p>
     El desolado teatro de tanto extrago
había dejado de ofrecer interés.
    </p>
    

    <p>
     La turba, ávida de nuevas emociones,
tomó la dirección de la próxima calle de San Miguel donde habitaba
el marqués de Grimaldi.
    </p>
    

    <p>
     La portada y ventanas del domicilio
del ministro de Estado fueron saludadas con una granizada de
guijarros que acabó con todos los vidrios; pero intercesores
misteriosos supieron hábilmente imprimir otro curso a las iras
populares, y la devastación no pasó adelante en aquel sitio.
    </p>
    

    <p>
     Había una llamada mejora introducida
por Esquilache, que estaba clamando al cielo por el innecesario
gasto que ocasionaba, especialmente en las noches de luna. Nos
referirnos al alumbrado público.
    </p>
    

    <p>
     El furor popular se desencadenó contra
los faroles.
    </p>
    

    <p>
     Aquellos instrumentos exóticos,
implantados en Madrid por el más absurdo vicio italiano, cual es el
de ver por donde se anda, fueron envueltos en la execración
tributada a todas las obras de Esquilache, y arrojados al suelo en
menudos pedazos.
    </p>
    

    <p>
     Hasta las doce de la noche no se ocupó
el populacho en otra cosa que en proporciónarse ese inocente
desahogo; y como el tiempo diera de sí lo suficiente, no quedaron
en la villa más faroles que los que iluminaban la fachada del
palacio de Medinaceli, en consideración, sin duda, a la última
complacencia del duque con los alborotados.
    </p>
    

    <p>
     En los momentos, sin embargo, en que
tenía lugar el tránsito del domingo al lunes, pareció reanimarse
algún tanto el ya decadente pronunciamiento.
    </p>
    

    <p>
     Una agrupación estrepitosa de hombres
roncos y jadeantes desembocó en la Plaza Mayor, arrastrando con
cuerdas un retrato del marqués de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     A los cinco minutos se había
organizado una pira rociada con los restos de una botella de
aguardiente, y el cuadro ardía como el alma de un réprobo, entre
las carcajadas, la zambra y el ludibrio.
    </p>
    

    <p>
     En la ocasión en que se daba este
espectáculo, cruzaron la Plaza dos embozados dirigiéndose a la
bajada de la calle Mayor.
    </p>
    

    <p>
     El uno de ellos se detuvo un momento a
contemplar la farsa, el otro prosiguió desdeñosamente su
camino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto a tal! -dijo el curioso,
reuniéndose con su compañero:- he aquí, querido Felicísimo, los
únicos autos de fe con que yo transijo: aquellos en que no se
queman más que efigies.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012017">
    

    <head>
     Capítulo XVII
    </head>
    

    <head>
     La guardia Walona y el pueblo de Madrid en la
mañana del lunes 24 de marzo
    </head>
    

    <p>
     Las formales ofertas hechas en las
puertas del Palacio Real por el duque de Arcos, en nombre del
monarca, la absoluta ausencia de las autoridades en las calles y la
lógica consecuencia de que durante toda la noche ardiese la llama
del motín lo más tranquilamente posible, hasta extinguirse por sí
misma, daban derecho a los optimistas para esperar que al día
siguiente no se reprodujesen los conflictos.
    </p>
    

    <p>
     Sin embargo, desde las doce a las seis
de la madrugada, habían deliberado en los dos extremos de la villa
el gobierno y el Consejo directivo del Cuerpo de alborotados
matritenses; y por lo visto, brotó la luz de esta doble discusión,
como de la que entablan el pedernal y el eslabón brota la
chispa.
    </p>
    

    <p>
     Apenas los primeros rayos del sol del
24 de Marzo doraron la linterna de la torre de la parroquia de
Santa Cruz, la más elevada entonces de Madrid, comenzó a observarse
movimiento militar, a pesar de que se quiso hacer que no fuera
ruidoso.
    </p>
    

    <p>
     La guardia de la regia mansión obtuvo
un considerable refuerzo, y numerosos destacamentos, con los
tambores a la espalda, y las cornetas y los pífanos en la
bandolera, fueron a establecerse en las calles y plazas de más
importancia estratégica.
    </p>
    

    <p>
     El pueblo, por su parte, alarmado por
semejantes signos, se agrupaba en diferentes puntos. Corría de boca
en boca el rumor de que las promesas que se atribuían al rey no
habían tenido otro objeto que el de ganar tiempo; se aseguraba que
el marqués de Esquilache acababa de expedir órdenes apremiantes
para que marchasen sobre la capital las tropas acuarteladas en los
cantones inmediatos; y se daba por cierto que iba a encomendarse al
brazo militar la rigorosa aplicación del bando concerniente a las
capas y los sombreros.
    </p>
    

    <p>
     Dos nuevos factores, las mujeres y los
muchachos, hasta cierto punto abstenidos durante la precedente
noche, ingresaron franca y resueltamente en las legiones de los
amotinados en cuanto se disiparon las tinieblas; y como ambos
elementos son de suyo ruidosos, más todavía que en bulto, ganó con
ellos el movimiento popular en imponente clamoreo.
    </p>
    

    <p>
     Las bulliciosas turbas, que en
diversas ocasiones pasaron por delante de la fonda de Levante, y
las hipótesis absurdas que semejante desfile inspiraban a los
camareros del establecimiento, como hechos que a ciencia cierta les
constaban, movieron a Lozano a salir a la calle, no sin haber
previamente cambiado la inconmensurable capa y el grotesco sombrero
que usó en la tarde anterior, por otras prendas menos llamativas;
porque es de advertir, que el guarda-ropa del joven caballero se
había renovado y surtido de un modo satisfactorio en las últimas
cuarenta y ocho horas.
    </p>
    

    <p>
     Cuando un habitante de la villa que
ostenta en su escudo el oso y el madroño, se lanza a la vía
pública, ávido de noticias, en momentos de trastornos políticos,
instintivamente se dirige y se ha dirigido en todas las épocas a la
Puerta del Sol.
    </p>
    

    <p>
     No hizo traición Lozano a ese instinto
local: los pasos del joven se encaminaron pausadamente a lo largo
de la calle de Alcalá hacia el foco tradicional de las
informaciones cuando no de los sucesos.
    </p>
    

    <p>
     El pueblo zumbaba como un mal humorado
avispero en torno del grueso piquete de la guarnición, situado
entre la calle de Carretas y las gradas de San Felipe; pero aunque
soldados y paisanos se observaban con mutua desconfianza, nada
hacía temer una colisión inminente.
    </p>
    

    <p>
     Absorto se hallaba Felicísimo en la
contemplación de la tropa, cuando se sintió aprisionado por unos
brazos vigorosos.
    </p>
    

    <p>
     No era Lozano un hombre predispuesto
por la naturaleza para experimentar fácilmente lo que se llama
sustos; pero en algunas ocasiones, y el momento en cuestión formaba
parte de ellas, los nervios del caballero se permitieron la broma
de proporciónarle una sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     Vuelta rápidamente la cabeza hacia el
sitio de donde provenía la agresión, el joven se encontró con el
radiante rostro de Ayala, que le dijo a quema ropa:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, Felicísimo, que el asunto
es una cosa concluida.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! ¡Eras tú el abordador capcioso!
-pronunció Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y quién diablos querías que
fuese?
    </p>
    

    <p>
     -Estás contento por lo visto...
    </p>
    

    <p>
     -Confieso que me sofoca la
alegría.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por tan segura tienes la
decapitación de Esquilache?
    </p>
    

    <p>
     -¡De Esquilache! -exclamó Ayala
abriendo extraordinariamente los ojos y la boca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! ¿No era la cabeza de ese
ministro lo que ayer pedías a voz en grito?
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! Lo mismo me ocupo yo de
semejante calabaza que de las zapatillas del Preste Juan.
    </p>
    

    <p>
     -Pues entonces, esfinge: ¿qué negocio
terminado es el que te regocija?
    </p>
    

    <p>
     -El de mi establecimiento ¡cuerpo de
tal!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! por fin te estableces...
    </p>
    

    <p>
     -Pero en qué condiciones... ¡oh
Felicísimo!... inauditas, inesperadas, fabulosas. No tengo que
tomarme el trabajo de buscar el local ni de adquirir el material
necesario... Uno y otro, plenamente acreditados, se me han venido
esta madrugada a la mano como en un sueño de hadas.
    </p>
    

    <p>
     -Te felicito.
    </p>
    

    <p>
     -Haces bien ¡vive Dios! y eso que no
sabes todavía cuál es la sala que se me ofrece en traspaso.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto.
    </p>
    

    <p>
     -Se trata nada menos que del reputado
salón de Martín Bermejo.
    </p>
    

    <p>
     -No le conozco.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh malaventurado provinciano!...
Pues bien, voy a ilustrarte: el establecimiento de Bermejo se halla
situado a espaldas de la iglesia parroquial de Santa María, frente
por frente de la mismísima Casa de Pajes... ¿Comprendes,
Felicísimo, comprendes?
    </p>
    

    <p>
     -Ni una palabra.
    </p>
    

    <p>
     -Me desesperas. No es difícil, sin
embargo, entender que mi escuela, la tuya, la del inmortal Bosco,
la esgrima moderna, va a presentar batalla a cincuenta pasos de
distancia al decrépito sistema del rutinario maese Rico; y que todo
me permite esperar que sus pajes, seducidos por nuestras
maravillas, desertarán en tropel de la sala del Real Colegio para
poblarla mía.
    </p>
    

    <p>
     -Si así sucede, no seré yo quien menos
se complazca.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me acompañas a examinar el actual
estado de la sala de Bermejo?
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, Tristán, que no se me
ocurre otra cosa mejor que hacer en este instante.
    </p>
    

    <p>
     -Vamos, pues, si este cúmulo de
papanatas nos lo permite.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes comenzaron
efectivamente a removerse con algún trabajo entre los papanatas;
pero apenas consiguieron salir de la Puerta del Sol, la calle Mayor
les ofreció ancho y despejado camino.
    </p>
    

    <p>
     Desde el atrio de San Felipe hasta la
Torre de los Lujanes la vía pública no presentó otro carácter
anormal que el de la excesiva concurrencia en los balcones. A
partir, sin embargo, de la casa del Ayuntamiento, todo cambió de
aspecto.
    </p>
    

    <p>
     El pueblo se agolpaba tumultuoso al
pie del edificio de los Consejos, seguía la línea trazada por la
casa del Platero, envolvía el templo de Santa María de la Almudena,
y se extendía vociferando por la Plaza de la Armería.
    </p>
    

    <p>
     Por encima de la muchedumbre podían
distinguirse las bayonetas de una compañía de nutridas filas,
formada en batalla delante del Arco de Palacio para cerrar la
entrada en la Plaza de Armas.
    </p>
    

    <p>
     El conocido galoneado del uniforme
revelaba a larga distancia que aquella tropa pertenecía a la
guardia Walona; y esta circunstancia sobrescitaba la contrariedad
del paisanaje al verse defraudado en sus esperanzas de invadir la
Plaza de Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Los guardias walones tenían, en
efecto, una sangrienta cuenta pendiente con el vecindario de Madrid
desde la noche de los fuegos artificiales que hubo en el Buen
Retiro para solemnizar las bodas de la infanta María Luisa. En
aquella ocasión los walones no encontraron otro medio para
contenerla inmensa multitud que allí se había aglomerado, que el
expedito procedimiento de ahuyentarla a bayonetazos. De la nocturna
carga resultaron más de veinte personas muertas, heridas o
ahogadas. En vano la opinión pública clamó por el castigo de
semejante tropelía: el teniente general conde de Priego, coronel
del cuerpo acusado, sostuvo enérgicamente el prestigio de su
uniforme y el honor de las armas reales, expresión de la fuerza
nacional, y el agravio quedó impune.
    </p>
    

    <p>
     De temer era que de un momento a otro
se reprodujera en el Arco de Palacio la escena del Retiro; porque
el capitán de la compañía pronunciaba en voz alta con frecuencia la
palabra: 

     <emph>
      ¡Atrás!
     </emph>
     los subalternos y los guías la
repetían, y el pueblo en lugar de obedecer cada vez estrechaba más
las distancias.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que a duras penas había
logrado seguir a Ayala hasta el ángulo de la Casa de Pajes, se
encaramó sobre una piedra de sillería destinada a reparaciones en
el edificio, y dijo desde aquel observatorio:
    </p>
    

    <p>
     -Creo, Tristán, que la visita a tu
futuro domicilio nos ha conducido por un acaso extraordinario al
teatro de acontecimientos interesantes.
    </p>
    

    <p>
     Ayala miraba la casa de Bermejo con
tanta cólera como consternación.
    </p>
    

    <p>
     -Si esos sucesos -contestó-son tan
dignos de interés como supones, no habremos perdido de todo punto
el tiempo, porque en cuanto a la visita no puede ser cosa más
fracasada. La puerta y las ventanas de Martín están cerradas a
piedra y lodo.
    </p>
    

    <p>
     -Lo admirable sería que estuviesen
abiertas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Truenos y rayos! El caso no es por
ello menos desesperador.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo recogió repentinamente los
codos y los jarretes como un tigre antes de saltar sobre su
presa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es otra -exclamó-, y sin embargo es
la misma!
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué logogrifo es ese? -preguntó
Ayala.
    </p>
    

    <p>
     -¡La capa de grana!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, se trata de la capa de un
torero!
    </p>
    

    <p>
     -Quiera el cielo dejarme entrever por
un momento la más mínima parte del rostro de quien lleva esa
capa... nada más que por un momento... y nada más que la parte
mínima...
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! No te juzgaba tan fervoroso
en la oración...
    </p>
    

    <p>
     -El es: ¡irá de Dios!
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién? ¡voto a Cribas!
    </p>
    

    <p>
     -¡El hombre del tejar de la Jara!
    </p>
    

    <p>
     Y Lozano descendió de su mirador, se
introdujo como una cuña en la densa masa que le cercaba, y
desapareció entre el gentío.
    </p>
    

    <p>
     Para cualquier mortal, dotado de
consideraciones hacia el prójimo, la marcha a través de aquella
mole de seres humanos hubiera sido absolutamente imposible; pero
Lozano, libre por el momento de toda clase de filantrópicas
preocupaciones, introducía la empuñadura de la espada entre las dos
personas que le interesaba separar; hacía obrar la hoja a manera de
palanca; removía el obstáculo a uno y otro lado, llenaba con el
cuerpo el espacio conquistado, y proseguía en línea recta el
laborioso camino en la dirección donde cuarenta varas más arriba
había divisado al flamante Eulogio Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     El sistema de avance obtuvo tan
maravilloso resultado, que a los pocos minutos Felicísimo se
encontró en terreno despejado enfrente de la primera fila de los
guardias walones.
    </p>
    

    <p>
     El joven tendió en torno sus miradas
escrutadoras: vano empeño. La capa roja no se dejaba ver por ningún
lado.
    </p>
    

    <p>
     El atronador clamoreo alcanzaba en
aquel punto el grado culminante.
    </p>
    

    <p>
     Hombres furiosos que agitaban con aire
amenazador los convulsos puños reclamaban el paso por el Arco a los
walones; mujeres harapientas, por no decir arpías, los demostraban;
muchachos procaces los azotaban el rostro con los silbidos.
    </p>
    

    <p>
     Y el oleage de aquel océano de
cabezas, bramador, encrespado, incontrastable, avanzaba
incesantemente...
    </p>
    

    <p>
     Había llegado uno de esos momentos
supremos en que todos comprenden que si brilla una chispa ha de
seguirla el más voraz de los incendios.
    </p>
    

    <p>
     La chispa no se hizo esperar mucho
tiempo.
    </p>
    

    <p>
     Un soldado que formaba en el extremo
del ala izquierda, exasperado por los dicterios con que algunas
mujeres personalmente le insultaban, prescindió de la disciplina,
salió de las filas, hirió en el rostro de un culatazo a una de las
provocadoras, y atravesó a otra por el estómago de un
bayonetazo.
    </p>
    

    <p>
     El asesinato de aquella mujer produjo
una explosión unánime de cólera en todos cuantos le presenciaron;
pero en ninguno se reveló la indignación de un modo tan instantáneo
y tan enérgico como en Felicísimo Lozano, situado por accidente a
pocos pasos de distancia.
    </p>
    

    <p>
     El joven se desembarazó de la capa,
tiró de la espada, y se lanzó sobre el walón como un genio
vengador.
    </p>
    

    <p>
     Presentó el soldado al caballero la
ensangrentada punta de la bayoneta; pero el brillo de un arma jamás
había ofuscado la serena mirada de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Con la seguridad que presta el hábito
del noble juego del acero, Felicísimo paró el golpe levantando el
fusil del walón, y le invadió el terreno. En aquella terrible
posición para el soldado, el joven caballero pareció fluctuar un
instante entre herir de punta o de corte: triunfó, no obstante, el
generoso instinto. La segunda mitad de la hoja de la espada
descendió sobre la frente del guardia trazando en ella una línea
rojiza.
    </p>
    

    <p>
     Inútilmente trató el walón de
sostenerse en pie: las rodillas le flaquearon, y una de ellas acabó
por buscar el apoyo de la tierra.
    </p>
    

    <p>
     La rápida victoria de Lozano fue
acogida con una salva de aclamaciones y palmadas. Pero como si las
agrupaciones populares carecieran de la elevada noción de la
justicia, nunca se consideran satisfechas con los castigos que el
derecho y la moral reclaman, si por sí mismas no los bañan en el
néctar de la venganza.
    </p>
    

    <p>
     Apenas había doblado la rodilla el
soldado, como pidiendo perdón de su delito a Dios y a los hombres,
cuando se sintió oprimir el cuello por un lazo que a la distancia
de diez pasos le lanzó una mano tan hábil como la de un cazador
mejicano.
    </p>
    

    <p>
     Un momento después el walón era
arrastrado por la rígida cuerda, y desaparecía bajo los pies de la
furibunda muchedumbre.
    </p>
    

    <p>
     El comandante de la fuerza debió creer
que ya era tiempo de desembarazarse de la plebe con manifestaciones
más imponentes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Atrás! ¡Por última vez! -gritó con
potente acento.
    </p>
    

    <p>
     Y volviéndose hacia los soldados
repuso:
    </p>
    

    <p>
     -¡Preparen!
    </p>
    

    <p>
     Los guardias montaron sus fusiles.
    </p>
    

    <p>
     Los mil rugidos de la Plaza se
condensaron en un solo rugido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Apunten! -pronunció el oficial.
    </p>
    

    <p>
     Una doble fila de fusiles se inclinó
en sentido horizontal.
    </p>
    

    <p>
     El capitán se mordió los bigotes, y
dijo a los walones:
    </p>
    

    <p>
     -¡Muchachos: alta la puntería!
    </p>
    

    <p>
     -¡Miserables!... ¡cobardes!...
¡asesinos!.. -gritaba el pueblo por todas partes.
    </p>
    

    <p>
     La contestación del oficial fue tan
lacónica como militar se redujo a esta frase:
    </p>
    

    <p>
     -¡Fuego!
    </p>
    

    <p>
     Una descarga cerrada conmovió la Plaza
entera en sus cimientos.
    </p>
    

    <p>
     La guardia walona desapareció detrás
de una densa cortina de humo.
    </p>
    

    <p>
     Fuese por espíritu de disciplina,
fuese por natural destreza en el manejo del arma, es lo cierto que,
a pesar de la orden para elevar la puntería, algunas balas hirieron
en las piernas a los amotinados.
    </p>
    

    <p>
     Debemos consignar, sin embargo, en
honor de la verdad, que la inmensa mayoría de los proyectiles pasó
silbando como un huracán preñado de amenazas por encima de las
cabezas del paisanaje.
    </p>
    

    <p>
     La turba osciló un momento, y buscó
atropelladamente la salida de las próximas calles, aguijada por dos
secciones de guardias de corps que aparecieron por los flancos de
los walones, y espada en mano recorrieron a galope la Plaza,
despejándola en toda su extensión.
    </p>
    

    <p>
     En el terreno donde el movimiento era
imposible poco tiempo antes, sólo quedaban tres cadáveres, y
algunos heridos que se arrastraban con más o menos dificultad,
maldiciendo los unos la barbarie de los hombres, y tomando los
otros al cielo por testigo de semejante desdicha; pero sin
ocurrírsele a ninguno inculparse a sí propio de haber tenido la
menor participación en el suceso.
    </p>
    

    <p>
     Una porción de la azorada plebe
invadió la Cuesta de la Vega por el Callejón de Malpica; otra se
precipitó por el Pretil de los Consejos; el grupo más numeroso
siguió la calle Mayor.
    </p>
    

    <p>
     A la cabeza de este torbellino de
amotinados iracundos, caminaba un cortejo siniestro. Algunos
jayanes medio desnudos, ebrios, repugnantes, de esos seres que
parecen destinados a perpetuar a través de los siglos la tradición
del tipo de los verdugos que la ruda Edad Media forjó al inventar
sus torturas, arrastraban por el empedrado el cuerpo todavía
palpitante del walón que apresaron en la Plaza de la Armería.
    </p>
    

    <p>
     Durante la carrera hasta la
terminación de la calle, sólo se escuchó el mismo grito:
    </p>
    

    <p>
     -¡Venganza, madrileños!.. ¡nos
asesinan!
    </p>
    

    <p>
     El puesto militar establecido en la
Puerta del Sol estaba formado por tropa del mismo regimiento a que
pertenecía el cadáver del soldado conducido por el populacho.
    </p>
    

    <p>
     Se trataba de ofrecer a los ojos de
los walones aquel triste trofeo en signo de sangriento reto.
    </p>
    

    <p>
     El comandante del destacamento
reconoció al primer golpe de vista el uniforme del desdichado
víctima del encono popular, pero no quiso recojer el guante.
    </p>
    

    <p>
     Los revoltosos pudieron, pues, pasar y
repasar insolentes por delante de los guardias, los cuales,
pendientes de la voz de su jefe, sólo recibieron esta orden:
    </p>
    

    <p>
     -¡Firmes!
    </p>
    

    <p>
     Ufanos los alborotados con el triunfo
moral obtenido, no hostilizaron de otro modo al retén; y tomando la
vuelta de la calle de Postas, se encaminaron a la Plaza Mayor.
    </p>
    

    <p>
     También eran walones los soldados que
se hallaban situados en el anchuroso recinto; pero el jefe que los
mandaba no tenía la poderosa sangre fría que el del puesto de la
Puerta del Sol.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que los arrastradores
del cadáver desembocaron en la Plaza, fueron saludados con una
perentoria intimación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Alto! -se les gritó desde la cabeza
de la fuerza.
    </p>
    

    <p>
     Los sediciosos no se detuvieron; por
el contrario, la resistencia que aquella conminadora frase parecía
indicar que trataban de hacerles, recrudeció la furia de los
vengativos instintos que abrigaban.
    </p>
    

    <p>
     La muchedumbre que se acumulaba era
inmensa: las calles de Toledo y Atocha no escaseaban su tumultuario
contingente.
    </p>
    

    <p>
     Un hombre de cabeza enorme, más
abultada todavía por su erizada cabellera de león, uno de esos
insensatos que nunca faltan cuando se trata de provocar escenas de
sangre, recogió del suelo el cuerpo del walón, le levantó hasta la
altura de la frente, y con fuerza hercúlea le arrojó a los pies de
los guardias.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ahí tenéis a vuestro compañero!
-aulló frenético.
    </p>
    

    <p>
     La confusa gritería, que atronaba la
Plaza no permitió oír voz alguna de mando en las filas de la tropa;
pero todos pudieron ver que los soldados preparaban las armas, y
que sus negras bocas apuntaron al pueblo un segundo después.
    </p>
    

    <p>
     -¡Disparad, asesinos! -clamaban
unos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Caiga el que caiga! -bramaban
otros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Con los que queden os veréis!
-gritaban todos.
    </p>
    

    <p>
     La descarga estalló al fin horrísona y
mortífera.
    </p>
    

    <p>
     Muchos paisanos se plegaron sobre sí
mismos.
    </p>
    

    <p>
     La amenaza de los amotinados no fue
palabra vana.
    </p>
    

    <p>
     El empedrado de la Plaza se hallaba a
la sazón, removido para ser renovado; y las pilas de cantos
proporcionaron a la plebe terribles proyectiles que cayeron sobre
los guardias como una expesa nube de granizo.
    </p>
    

    <p>
     Antes de que el piquete terminase la
carga a discreción, que le fue ordenada, la tercera parte de los
soldados yacía en tierra, y las filas formaban ese fatal remolino
que suele preceder a las dispersiones.
    </p>
    

    <p>
     Algunos momentos después el combate pudo llamarse pugilato. Los
guardias asaltados por todas partes oprimidos, empujados, veían
volverse contra ellos sus propias bayonetas, arrancadas a los
fusiles por manos vigorosas.
    </p>
    

    <p>
     En estas condiciones el número es
siempre incontrastable.
    </p>
    

    <p>
     Los walones se desbandaron,
dirigiéndose los mejor avisados al destacamento que ocupaba la
Puerta del Sol, y los otros sucumbiendo la mitad en el camino, a
los puestos situados en la Plazuela de Herradores, y la calle de la
Concepción Gerónima.
    </p>
    

    <p>
     Desde estos dos últimos puntos
ampararon a los fugitivos con algunos disparos que contuvieron a
los más encarnizados perseguidores, ocasionándolos nuevas
víctimas.
    </p>
    

    <p>
     Los alborotados celebraron en la Plaza
Mayor la revancha del Arco de Palacio con la fiebre que provoca la
embriaguez de la sangre; pero permitieron que se infamase la
victoria con el ensañamiento de que fueron objeto los guardias
prisioneros, en su mayor parte heridos, y después sus
cadáveres.
    </p>
    

    <p>
     No hubo mutilación, ni barbarie, ni aberración del instinto
humano que no se consumara en los inertes troncos de los
infortunados walones.
    </p>
    

    <p>
     En semejantes casos nunca se agota la
inventiva. Un cráneo privilegiado abortó la peregrina concepción de
establecer en las afueras de la Puerta de Toledo una 

     <emph>
      Cruz provisional del quemadero
     </emph>
     para tostar
italianos, inaugurando el brasero por vía de ensayo con el cuerpo
de un walón.
    </p>
    

    <p>
     Tan seductora pareció la idea a un
centenar de amotinados, que eligieron inmediatamente la víctima
entre los cadáveres más próximos, y la arrastraron hasta el puente
con estrepitosa algazara.
    </p>
    

    <p>
     Aquellas buenas gentes se proponían
sin duda hacer patente al orbe cuán distantes estaban de profesar
la teogonía de los incultos pueblos del Nilo: la religión de los
cadáveres.
    </p>
    

    <p>
     El fango que el ciclón de los motines
hace subir momentáneamente a la superficie de las capas sociales,
no mancha la reputación de los pueblos heroicos; pero provoca las
náuseas de los contemporáneos, y no tiene derecho a otra cosa que a
una línea glacial de censura en la historia.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012018">
    

    <head>
     Capítulo XVIII
    </head>
    

    <head>
     De cómo un misionero puede llegar a convertirse en
un parlamento
    </head>
    

    <p>
     Las siniestras noticias de la sangre
que se había derramado en algunas calles de la población y en la
misma Plaza de la Armería, sembraron la consternación y el espanto
en las cámaras del real Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Las autoridades locales,
principalmente las militares, acudían afanosas en busca de
instrucciones; pero como se consideraba peligrosa la adopción poco
meditada de medidas graves, sobre todo después del deplorable
resultado obtenido por los acuerdos de la noche anterior, el
corregimiento la magistratura y el estado mayor veían pasar las
horas en Palacio, esperando decisiones salvadoras, y el pueblo de
Madrid continuaba entretanto sin paz, sin justicia y sin orden.
    </p>
    

    <p>
     Por una anomalía, que el régimen
político no podría explicar en grado suficiente, todas las
consultas caían sobre el atribulado monarca sin la intervención de
sus secretarios del despacho, como los martillos caen sobre el
yunque.
    </p>
    

    <p>
     El fenómeno, sin embargo, era lógico
para los iniciados.
    </p>
    

    <p>
     Los gobiernos tienen en muchos casos
razón contra las turbas, y desde luego tienen siempre el deber de
rechazar sus agresiones; pero sea cual fuere la fuerza que prestan
la razón y el deber cumplido, raro es el gabinete que no se ha
visto en la necesidad de abandonar su puesto cuando la sangre le ha
salpicado el rostro.
    </p>
    

    <p>
     Al aludir a la equívoca confianza que
inspiraba la firmeza del ministerio, descartamos por completo la
personalidad del marqués de Esquilache. El desventurado italiano
estaba tan muerto en la opinión, tan enterrado por el abandono del
príncipe, y tan putrefacto para el sutil olfato de los cortesanos,
que todos los que cerca de él pasaban, procuraban no ofrecerle a
los ojos otra cosa que la perfumada coleta.
    </p>
    

    <p>
     En el caos de la regia cámara, llegó
por fin a condensarse una idea que se creyó feliz.
    </p>
    

    <p>
     A consecuencia de la inspiración, los
duques de Arcos y de Medinaceli, ceñidos con la aureola del buen
éxito y de la popularidad que supieron obtener la noche precedente,
salieron a entenderse con el pueblo por la parte de la Plaza de
Oriente.
    </p>
    

    <p>
     Los grupos por allí acumulados,
rodearon inmediatamente a los dos ilustres próceres, y oyeron de
sus autorizados labios la ratificación de todas las reales promesas
para cuando la calma renaciese; pero es incalculable la
modificación que en diez y seis horas puede realizarse en las ideas
y hasta en los sentimientos de un pueblo.
    </p>
    

    <p>
     El entusiasmo con que los altos
funcionarios de Palacio fueron acogidos, no pasó de mediano. Se
recordaba que el caballerizo mayor había hecho esperar demasiado el
acto de volver a dar cuenta del resultado del mandato que los
alborotados le confirieron; y se tenía presente que el capitán de
guardias de Corps no impidió que sus subordinados acuchillaran al
vecindario en aquella misma mañana.
    </p>
    

    <p>
     Las contestaciones que obtuvieron
ambos duques no se distinguieron ni por la gratitud, ni por la
templanza, ni por el respeto. Se les dijo en tono demasiado
elevado, por coros demasiado discordantes, y con ademanes demasiado
descompuestos, que el pueblo de Madrid no era un pueblo de chinos,
cosa en efecto, tan notoria, que no valía la pena de que nadie la
expusiera; y que no había de ser la calma pública la que precediese
al cumplimiento de las reales promesas, sino la evidente
realización de esas augustas ofertas la que debía preceder a la
tranquilidad que se reclamaba.
    </p>
    

    <p>
     Y como la multitud crecía por
momentos, y las exigencias crecían en razón directa del número de
los exigentes, los duques se volvieron a Palacio mohínos y
cariacontecidos, antes de que les fuera imposible hacerlo, ni de
ese ni de otro talante alguno.
    </p>
    

    <p>
     En los salones del monarca produjeron
un escándalo inaudito las insolencias populares; y se dio el caso
de que los individuos que más abiertamente hostilizaban al
ministerio, fueran los que más indignación afectaban. ¡A tan triste
estado habían acertado a conducir 

     <emph>
      ciertas gentes
     </emph>
     al pueblo de Madrid siempre
respetuoso para con sus reyes!
    </p>
    

    <p>
     Había, no obstante, que pensar en otra
cosa que en compungidos pésames y declamatorias lamentaciones.
    </p>
    

    <p>
     Lo excepcional de las circunstancias
justificaba el sacrificio de algunos detalles de dignidad; y por
otra parte, a los pueblos como a los niños y a los brutos, hay que
dirigirlos un lenguaje que hable a los ojos más que al
entendimiento.
    </p>
    

    <p>
     Siguiendo el impulso de las nuevas
corrientes tres alcaldes de corte, acompañados del obligado séquito
de alguaciles, fueron a recorrer las calles, fijando bandos en los
puntos de mayor concurrencia.
    </p>
    

    <p>
     El vecindario acudió a enterarse.
    </p>
    

    <p>
     En los edictos se accedía a la parte
de los clamores populares referente a la disminución de los precios
de los artículos de primera necesidad.
    </p>
    

    <p>
     El pan, que valía doce cuartos, las
libras de aceite y jabón que se vendían a diez y ocho, y la de
tocino que costaba veinte, obtenían una rebaja de dos cuartos.
    </p>
    

    <p>
     Desde que la medida se hizo pública,
mereció una rechifla general.
    </p>
    

    <p>
     Los pobres alcaldes oyeron tachar de
irrisoria la concesión, vieron arrancar los bandos que acababan de
colocar, olieron la chamusquina que siguió a semejante acto de
irreverencia, gustaron el denso polvo levantado por las
atropelladas carreras de las turbas, se sintieron aplastar por
paredes torácicas poco elásticas, y escurrieron él hombro hartos de
experimentar impresiones desagradables en todos los sentidos
corporales.
    </p>
    

    <p>
     Difícil era, en efecto, que los
alborotados no encontraran insuficiente la rebaja que se les
dispensaba, en unas circunstancias en que adquirían gratuitamente
en las tiendas de comestibles todo cuanto necesitaban, y además
recibían frecuentes donativos en metálico.
    </p>
    

    <p>
     El nuevo fracaso, y las voces por más
de un conducto confirmadas de haber aparecido en las Vistillas un
pelotón de paisanos armados con fusiles, suceso extraordinario que
tocaba en los límites de lo fabuloso, esparcieron por Palacio la
desconsoladora creencia de que la enfermedad se había hecho
incurable.
    </p>
    

    <p>
     Y como cuando la ciencia de Hipócrates
agota sus recursos, la desesperación suele acudir a la
charlatanería; en los círculos del salón de columnas se pensó en un
expediente peregrino.
    </p>
    

    <p>
     Existía a la sazón en el convento de
San Gil un fraile llamado el padre Cuenca de Yecla, cuya oratoria
para convertir almas al cielo en las plazas públicas pasaba por
maravillosa. Tan estupendo fue en la última Cuaresma el número de
las conquistas del gilito, que muchos entusiastas se preguntaban si
había resucitado el monje de Padua.
    </p>
    

    <p>
     El buen religioso era en verdad el
tipo del misionero. Poseía el potente acento del trueno, la
inspirada entonación del profeta, la mímica olímpica de un
consumado trágico griego, y una facundia de chorro continuo.
    </p>
    

    <p>
     No se necesitaban más dotes para que
el padre Cuenca llegase a ser, como lo fue, en efecto, el
predicador a la moda entre las clases bajas de la población.
    </p>
    

    <p>
     Tal era el personaje en quien la corte
fijó sus ojos con una seriedad que honra el particular concepto que
tenía del pueblo de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Dos misteriosos embozados, cubiertas
las cabezas con sombreros redondos, salieron de Palacio por el
postigo del Norte, desaparecieron en los cocherones de las
caballerizas, volvieron a darse a luz en la Plaza de San Gil, y
penetraron en el convento por la parte solitaria que comunica con
la montaña del Príncipe Pío.
    </p>
    

    <p>
     No hemos de tardar mucho tiempo en
presenciar el resultado de esta visita desde los portales de
Guadalajara, donde Ayala había conducido a Lozano cuando le pudo
echar la vista encima, después de la dispersión de la Plaza de la
Armería.
    </p>
    

    <p>
     La retirada de Tristán hacia los
portales referidos, no era de todo punto accidental. Había un
motivo que explicaba la especial querencia del gallardo
mancebo.
    </p>
    

    <p>
     Desde los últimos años del reinado
anterior, existía en el sitio citado un establecimiento culinario
de los más honrados, cuyo propietario había sabido conquistarse una
reputación envidiable, merced a la confección de un plato en que no
pudo aventajarlo ningún cocinero de la villa.
    </p>
    

    <p>
     Constituían la especialidad en
cuestión los callos con chorizo, sabroso condumio que era una de
las varias debilidades de Ayala.
    </p>
    

    <p>
     En tan apreciable merendero, procuraba
Tristán consolar a Felicísimo de la decepción que experimentó
cuando persiguiendo a un mal caballero para molerle las costillas,
se vio en el caso de tener que limitarse a romper la cabeza a un
simple walón.
    </p>
    

    <p>
     Los dos amigos hicieron el mismo honor
al almuerzo que les sirvieron. Un resto de preocupación, sin
embargo, imprimió cierto carácter maquinal a la masticación de
Lozano: en cuanto a Ayala, era sabido que jamás comenzaba a
afectarle ningún género de preocupaciones, sino después de haber
masticado.
    </p>
    

    <p>
     El excelente Tristán dejó pausadamente
sobre la mesa el vaso en que había apurado la postrer cuarta parte
del contenido de la última botella, y fijó con insistencia los
penetrantes ojos en la esquina de las Platerías.
    </p>
    

    <p>
     Por lo visto, había llegado el momento
en que era lícito a las preocupaciones abordar al digno
caballero.
    </p>
    

    <p>
     Algo de insólito y excitante debía
ocurrir en el lugar donde Tristán clavaba su mirada; porque todos
los concurrentes de la tienda se agolpaban a las puertas, los
transeúntes corrían en la calle, las ventanas se coronaban de
espectadores, y el viento se poblaba con un rumor indefinible.
    </p>
    

    <p>
     -¡Poder de Dios! ¿qué significa eso?
-exclamó Ayala, descargando un puñetazo sobre la mesa-. Vuelve la
cabeza, Felicísimo, y dime por tu vida si se representa hoy en las
calles algún auto sacramental de Calderón.
    </p>
    

    <p>
     Lozano dirigió la vista hacia la
puerta vidriera: el movimiento no pudo ser más oportuno.
    </p>
    

    <p>
     Precisamente en aquel momento pasaba
por delante de la tienda una apiñada muchedumbre distribuida en dos
largas masas paralelas.
    </p>
    

    <p>
     Por el estrecho espacio que entre
ambas quedaba libre, se adelantaba majestuosamente un hombre de
elevada estatura, con el cuerpo ceñido por el tosco sayal del
religioso, la frente oprimida por una corona de punzantes espinas,
el rostro cubierto de abundante ceniza, y el cuello rodeado por una
áspera soga. Las manos de aquel extraño penitente conducían un
crucifijo de no exiguas dimensiones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Sígueme, Felicísimo! -gritó Tristán
entre estupefacto y risueño-; déjate arrastrar por el asombro que
me domina, o no tienes en las venas un átomo de espíritu
observador.
    </p>
    

    <p>
     Y arrojando una moneda al camarero, se
lanzó a la calle cuidando de apoderarse previamente de una punta de
la capa, de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Semejante Tristán a esos apasionados
de la música, que no contentos con acercarse a la orquesta lo
suficiente para oír perfectamente las notas, avanzan todavía hasta
situarse de manera que puedan verlas salir de los instrumentos,
codeó, pisó y empujó en grado tan superlativo, que no tardó en
encontrarse al lado del penitente.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca, puesto que no era
otro el fraile de la soga al cuello, se detuvo en un ancho zaguán
de la puerta de Guadalajara, cambió algunas palabras con los
secuaces que tenía más próximos y subió al cuarto principal poco
menos que en brazos de la concurrencia.
    </p>
    

    <p>
     El individuo que más contribuyó a que
el misionero pudiera penetrar en el estrado, fue Tristán de Ayala,
el cual manifestó un impulso de satisfacción al ver a Felicísimo
cerca de sí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, estás aquí! -exclamó-:
¡Magnífico!
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -contestó Lozano-: ¿Por
ventura me era dado hacer otra cosa que dejarme arrastrar en pos de
ti o abandonarte mi capa?
    </p>
    

    <p>
     El gilito se adelantó con trabajo por
entre el gentío hasta el balcón que estaba abierto de par en par, y
se dio en espectáculo al pueblo que llenaba la calle.
    </p>
    

    <p>
     La. sensación que aquella terrorífica
aparición produjo fue multiforme; pero de tal manera predominaron
en el concurso las ideas alegres, que únicamente libertó al buen
fraile de la más solemne de las silbas la vista del sagrado signo
de la redención que tenía en la mano.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca, sin más exordio, que
el que empleó Cicerón en su célebre catilinaria, prorumpió en la
siguiente pirotecnia:
    </p>
    

    <p>
     -«¡En tierra, cristianos! El día
tremendo en que la potente mano del Señor blande la flamígera
espada de su inexorable justicia, no es la ocasión que la satánica
soberbia puede elegir para sacar del inmundo lodo de la culpa la
cínica cabeza en demanda de la torpe satisfacción que anhela la
inextinguible sed de los más intemperantes apetitos. Cúmplenos hoy
a todos, por el contrario, elevar a los cielos los mendicantes
ojos, arrastrar las rodillas por el sucio polvo, empuñar un duro
guijarro, y herir con él nuestros pechos más duros todavía,
exclamando: ¡

     <foreign xml:lang="LAT">
      Miserere nostri, Dómine
     </foreign>
     !»
    </p>
    

    <p>
     El inmenso auditorio permaneció en los
primeros momentos silencioso, abrumado, sin duda, por la avalancha
de epítetos que le echaba encima la especial oratoria del
misionero; pero la reacción fue tan violenta como religioso había
sido el silencio.
    </p>
    

    <p>
     Una voz que partió de los individuos
colocados debajo del balcón, pronunció, aprovechando al vuelo uno
de los raros instantes en que el fraile tomaba aliento:
    </p>
    

    <p>
     -Déjese de predicarnos, padre, que
cristianos somos por la gracia de Dios, y en esta ocasión nada
tenemos de qué arrepentirnos, porque lo que pedimos es cosa
justa.
    </p>
    

    <p>
     Tan a gusto de todos sonaron las
palabras del interruptor, que se desató una tempestad de protestas
contra la dialéctica del monje.
    </p>
    

    <p>
     La poca fortuna del gilito quiso que
los protestantes más furiosos se encontrasen precisamente en la
estancia a que pertenecía el balcón convertido en púlpito.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal fraile! -gritó un descomedido
chispero:- ¿Nos traes hasta aquí como unos papanatas para decirnos:
todo el mundo boca abajo?
    </p>
    

    <p>
     -¡Que calle ese energúmeno! -añadió un
acento de figle.
    </p>
    

    <p>
     -O que vaya a Palacio a convertir
cortesanos a la causa del pueblo -clamó otro concurrente de
poderosos pulmones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Sublime! ¡Que catequice a
Esquilache!
    </p>
    

    <p>
     -¡Y a Grimaldi!
    </p>
    

    <p>
     -¡En el acto!
    </p>
    

    <p>
     -¡Que salte por el balcón!
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca creyó entreoír que las
opiniones que por todas partes se emitían en coro, comenzaban a
adquirir un carácter alarmante, y quiso recobrar la palabra; pero
apenas pronunció las primeras frases, se sintió embestir por upa
oleada de alborotados.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tonete! -aulló un hombre, cuyo
aliento trascendía a aguardiente de Ojen, fabricado en las
Maravillas-: Tira de la punta de la soga que lleva al cuello ese
gallo para ayudarme a cortarle el resuello.
    </p>
    

    <p>
     -Lo que voy a cortarle, Noy, va a ser
el gañote -contestó el llamado Tonete, que era un bigardo de
zaragüelles que perfumaba la atmósfera más enérgicamente todavía
que el compañero con los efluvios del rom de Jamaica elaborado en
el Rastro.
    </p>
    

    <p>
     Y para probar, sin duda, que las
palabras no eran baladronadas, hizo brillar una limpia hoja de
Albacete ante los atónitos ojos del gilito, el cual palideció bajo
su capa de ceniza.
    </p>
    

    <p>
     Por fortuna, Lozano cogió en el aire
el puño armado del de los zaragüelles, le retorció con fuerza, y se
hizo dueño del puñal, diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -¡A un religioso!.. ¡Quita allá,
gaznápiro!
    </p>
    

    <p>
     Tonete se lanzó iracundo sobre
Felicísimo para recuperar el arma; pero la nueva agresión agotó la
paciencia nunca Abundante del joven caballero.
    </p>
    

    <p>
     El pomo del puñal golpeó como un
martillo el cráneo de Tonete, el cual aflojó los dedos que se
crispaban en los pliegues de la capa de Lozano, y se dejó llevar
vacilante por los vaivenes de los que le rodeaban para no volver a
dar razón de personalidad tan honorable.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, entretanto, empuñó a Noy por el
pescuezo, le obligó a soltar la soga del padre Cuenca, y le sacudió
un violento rodillazo en el estómago, que le hizo caer de espaldas
sin aliento y arrastrarse después hasta un rincón a espectorar
penosamente el aguardiente.
    </p>
    

    <p>
     El misionero tendió las manos
conmovido hacia los dos providenciales protectores, dirigiéndolos,
al mismo tiempo, la mirada de reconocimiento más profundo que
lanzaron jamás los ojos de un gilito.
    </p>
    

    <p>
     Convenía, sin embargo, aprovechar el
primer momento del estupor producido por la energía de ambos
jóvenes; y el padre Cuenca que tenía buen instinto, y a quien no
faltaban palabras, se apresuró a exponer en un declamatorio
período, que no le habían sonado mal en el oído ciertas
indicaciones, y que estaba dispuesto a abogar en la regia mansión
con todos los recursos de la retórica en favor de los clamores
populares si el vecindario de Madrid se servía hacerle intérprete
de ellos.
    </p>
    

    <p>
     Con la volubilidad que caracteriza a
las muchedumbres, la moción del fraile fue acogida con
entusiasmo.
    </p>
    

    <p>
     Para dar al asunto forma práctica, un
buen abate se brindó en la calle a redactar el memorial de agravios
del pueblo; y como obtuviese el general beneplácito; se metió en
una tienda, reclamó un poco de recogimiento, enristró la péñola, e
inspirándose en los ecos que por todas partes escuchaba, en diez
minutos terminó el escrito.
    </p>
    

    <p>
     A continuación hizo sacar a la calle
la mesa donde garrapateó el histórico documento, saltó sobre ella,
y con entonación nasal, pero pronunciación correcta, dio lectura de
la obra con la solemnidad que el caso requería.
    </p>
    

    <p>
     El digno abate comenzaba su instancia
con una breve invocación a la Santísima Trinidad y a la Virgen
María; y adoptando después la forma capitular, exponía a grandes
rasgos las siguientes exigencias populares:
    </p>
    

    <p>
     Destierro inmediato y perpetuo del
marqués de Esquilache y toda su familia de los dominios de
España.
    </p>
    

    <p>
     Prohibición absoluta de que forme
parte del gobierno ministro alguno que no sea español.
    </p>
    

    <p>
     Extinción de la guardia Walona, o por
lo menos, su salida de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Rebaja considerable en el precio de
los comestibles más necesarios.
    </p>
    

    <p>
     Supresión radical de la Junta de
abastos en vista de que nada abastece, como no sea el domicilio de
sus miembros.
    </p>
    

    <p>
     Retirada de las tropas de la
guarnición a sus respectivos cuarteles.
    </p>
    

    <p>
     Reconocimiento del libérrimo derecho
que tiene el pueblo de Madrid a vestir como le de la gana.
    </p>
    

    <p>
     Y por fin, urgencia de que el rey se
presente en la Plaza Mayor a firmar solemnemente el pacto de
concordia con el pueblo.
    </p>
    

    <p>
     El autógrafo del abate terminaba con
la benévola insinuación de que de no accederse a las condiciones
propuestas, sería Madrid nueva Troya aquella noche.
    </p>
    

    <p>
     Obtuvo la minuta tan nutrida salva de
aplausos, que si a alguno le ocurrieron enmiendas, se guardó muy
bien de exponerlas.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca indicó desde el balcón
la conveniencia de que algunos de los concurrentes firmasen la
representación con el objeto de que nadie pudiera motejarla de
anónima; y acto continuo se llenó todo él papel de nombres y de
rúbricas, sirviendo al efecto de pupitre el encorvado dorso de un
amotinado, tan complaciente como voluminoso.
    </p>
    

    <p>
     Colocado el respetuoso documento en la
punta rajada de la caña de un buñolero, fue elevada hasta las manos
del padre Cuenca.
    </p>
    

    <p>
     Había llegado el momento de dar el
primer paso en la vía erizada de peligros que conducía al regio
alcázar.
    </p>
    

    <p>
     El gilito paseó la suplicante mirada
desde Ayala a Lozano, pronunciando:
    </p>
    

    <p>
     -¿No terminarán, mis queridos cuanto
generosos defensores, su obra meritoria acompañándome hasta
Palacio?
    </p>
    

    <p>
     Sorprendido Felicísimo por la
instancia, guardó un equívoco silencio. No así Tristán que contestó
resueltamente:
    </p>
    

    <p>
     -Buen ánimo, padre: somos capaces de
acompañarle al mismo infierno.
    </p>
    

    <p>
     -No será a esa aterradora mansión de
los réprobos a donde yo os conduciré, oh hijos predilectos -repuso
el misionero-, sino a la lumínica región de la bienaventuranza
eterna.
    </p>
    

    <p>
     Y después de hacer la señal de la
cruz, descendió laboriosamente a la calle, secundado por los
esfuerzos de los dos guardias de Corps, que con tanta oportunidad
le habla deparado la bondad divina.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012019">
    

    <head>
     Capítulo XIX
    </head>
    

    <head>
     Junta solemne y decisión del monarca en cámara
regia
    </head>
    

    <p>
     El Cuerpo de alborotados matritenses,
que a juzgar por la masa era ya la población entera, dejó tomar el
puesto de honor al padre Cuenca en la cabeza de la columna, y
rompió la marcha de nuevo con dirección a la Plaza de la
Armería.
    </p>
    

    <p>
     El Arco de Palacio continuaba cerrado
por una compacta línea de infantería; pero se había tomado el buen
acuerdo de relevar en ese servicio a la guardia Walona,
sustituyéndola con la española.
    </p>
    

    <p>
     El cambio no pudo menos de ser mirado
con satisfacción por la plebe, que le consideró de excelente
augurio.
    </p>
    

    <p>
     El gilito se acercó al coronel jefe de
la fuerza, y le rogó que manifestase a quien correspondiera, que
era portador del memorial que contenía las peticiones del pueblo de
Madrid, y deseaba ser conducido a la presencia de su majestad para
poner a sus reales pies el documento.
    </p>
    

    <p>
     El oficial participó el hecho al
comandante de la guardia exterior, y este fue en persona a buscar
al mayordomo mayor.
    </p>
    

    <p>
     Antes de cinco minutos el coronel de
la guardia española recibía orden para permitir pasar al padre
Cuenca, y un gentil-hombre del exterior le esperaba, el Arco con el
fin de servirle de guía.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el gilito fue invitado a
adelantarse y vio abrirse las filas de la tropa, experimentó una
conmoción profunda. Delante de él se extendía una región
desconocida poblada por el vértigo de la grandeza, las severidades
del poder, y las espinas del remordimiento. En el nuevo teatro todo
iba a faltarle, el valor inclusive, si una voz airada le gritaba:-
¡Caín! ¿qué has hecho de tu hermano?.. Esto es, ¡donde están la fe,
la firmeza, la lealtad, el martirio!
    </p>
    

    <p>
     El malhadado monje sintió que hasta le
flaqueaban las piernas.
    </p>
    

    <p>
     Por una evolución natural el cuerpo y
el espíritu del gilito buscaron el apoyo de aquellos dos valientes
campeones que después de sustraerle al hierro y a la soga le habían
sostenido en la vía dolorosa. Podría decirse que a su paternidad ya
no le era dado pasarse sin Lozano y Ayala.
    </p>
    

    <p>
     En breves pero sentidas frases suplicó
al pueblo y al gentil-hombre que le permitieran continuar asistido
por los dos jóvenes amigos; y como no pesaba a los amotinados verse
representados en los salones del regio alcázar por aquellos dos
gallardos ejemplares, y tampoco sentía el funcionario palaciego que
se apoyara en otro brazo que en el suyo el asendereado y ceniciento
penitente, se accedió a la instancia por unanimidad.
    </p>
    

    <p>
     Lozano y Ayala, sin saber ellos mismos
cómo, se vieron impulsados hacia el Arco, requeridos para conservar
un continente digno, y exhortados para defender al representante
del pueblo.
    </p>
    

    <p>
     El vacilante fraile se apresuró a
apoyarse en el hombro de Tristán cuya solidez hercúlea le inspiraba
una confianza ciega, y atravesó las hileras de la guardia Real.
    </p>
    

    <p>
     El parlamentario y su escolta
penetraron en la espaciosa Plaza de armas de Palacio en ocasión en
que los guardias de Corps montaban a caballo, y las guardias
española y Walona deshacían los pabellones de sus fusiles, atentos
infantes y ginetes al nuestro movimiento popular.
    </p>
    

    <p>
     La llegada del misionero a los
suntuosos salones del piso principal de Palacio, no fue acogida con
menos estupor que en las calles.
    </p>
    

    <p>
     Los cortesanos se maravillaron, las
damas se sobrecogieron, los pajecillos gimotearon y hasta el loro
de la Princesa de Asturias, célebre en Palacio por la licencia que
se permitía en el lenguaje, pronunció una palabra imposible de
escribir.
    </p>
    

    <p>
     La aureola que irradiaba la dramática
figura del gilito borró completamente del cuadro las pedestres
personas de Lozano y Ayala. ¡Qué significan los satélites de
Júpiter ante la soberbia majestad del gran planeta!
    </p>
    

    <p>
     De cámara en cámara, y de sensación en
sensación el parlamentario acabó por encontrarse en presencia del
monarca, el cual se hallaba rodeado de cuantas personas importantes
encerraba Palacio, que eran a la sazón todas las notabilidades
oficiales de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Jamás entorpecieron la lengua del
gilito las numerosas concurrencias, por más que vistieran de raso y
terciopelo.
    </p>
    

    <p>
     Su paternidad expuso con ademán
respetuoso, pero concisa frase y estilo nervioso, el mandato que
por evitar mayores males había aceptado del amotinado pueblo; y
después de la genuflexión de rúbrica, presentó al soberano el
escrito del abate.
    </p>
    

    <p>
     El rey, en vez de tomar el papel, dijo
al fraile, con benévolo acento:
    </p>
    

    <p>
     -Denos usted lectura, buen padre.
    </p>
    

    <p>
     El misionero cumplió la orden con la
misma delectación que hubiera experimentado en la absorción de la
cicuta.
    </p>
    

    <p>
     Cada párrafo de la capitulación
popular era acogido en cierta parte del auditorio con un rumor de
indignación que apenas bastaba a contener 

     <emph>
      la
     </emph>
     deferencia conque el monarca prestaba toda
su atención; pero el epílogo del manuscrito desencadenó franca y
resueltamente un huracán de reclamaciones, punto menos que
unánime.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, que se acariciaba la barba
mirando los frescos del artesonado, murmuró al oído de Lozano:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece Felicísimo, que corremos
más riesgo de ir a Ceuta que de obtener la llave de
gentil-hombre.
    </p>
    

    <p>
     -Lo tendríamos merecido -contestó
Lozano con una calma perfecta:- ¡Quien te mete a paladín de frailes
callejeros!
    </p>
    

    <p>
     Una leve fragancia de recuerdo grato,
cierto efluvio magnético indefinible como lo desconocido, pero
innegable como la realidad, hicieron a Lozano volver repentinamente
la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     Como había presentido, se hallaba al
lado de la condesa de Bari, la cual iba a tocarle con el extremo
del abanico.
    </p>
    

    <p>
     La dama estaba pálida y agitada; pero
todavía encontró en los secretos de la coquetería una sonrisa
seductora para decir a Felicísimo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene a bien el señor de Lozano
concederme algunos momentos de atención en lugar menos
concurrido?
    </p>
    

    <p>
     Al requerido le faltó tiempo para
ponerse a las órdenes de Elina.
    </p>
    

    <p>
     Ayala pareció vacilar con respecto a
la actitud que le cuadraba en aquel incidente inesperado; pero un
ligero signo apelativo trazado en el espacio por la incomparable
mano de la joven, definió la situación del caballero, que siguió a
Felicísimo con la abnegación de la amistad.
    </p>
    

    <p>
     La agitación que en aquel instante
alcanzaba en la cámara el grado culminante, permitió que nadie se
fijase en la salida de los acompañantes del padre Cuenca.
    </p>
    

    <p>
     La dama condujo a los dos caballeros
al próximo camarín de los pajes de la reina madre, abandonado a la
sazón; y con una severidad visiblemente afectada en la forma, pero
no exenta de verdadera inquietud en el fondo, dijo a
Felicísimo:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, caballero, que si algo
había lejos de mi pensamiento en este día de perturbación de todo,
hasta de las ideas más fundamentales, era encontrar a usted entre
los diputados del populacho amotinado.
    </p>
    

    <p>
     -Permítame la señora condesa que
rectifique un error de apreciación -contestó Lozano saludando-:
aquí no hay otro diputado de la plebe que el penitente padre
Cuenca.
    </p>
    

    <p>
     -Usted le ha acompañado sin
embargo.
    </p>
    

    <p>
     -Como simple figura decorativa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Era necesaria?
    </p>
    

    <p>
     -Ha debido serlo para la poca
fortaleza de espíritu del religioso. Mi amigo Ayala, no sé si yo
mismo, acabábamos de prestar un servicio a su paternidad,
protegiendo su vida contra algunos ebrios sediciosos, y ha
impetrado el favor de nuestra escolta.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! perfectamente: ¿según eso no
garantiza la persona de usted el carácter de parlamentario del
opuesto bando beligerante?..
    </p>
    

    <p>
     -Hasta cierto punto...
    </p>
    

    <p>
     -El punto, en efecto, no puede ser más
cierto. Cruzado el dintel de las puertas de Palacio es usted
prisionero de la guardia real.
    </p>
    

    <p>
     -Señora condesa... -objetó Lozano
próximo a sublevarse.
    </p>
    

    <p>
     -O si prefiere una fórmula menos seria
-añadió rápidamente Elina-, es usted prisionero mío.
    </p>
    

    <p>
     -Preferida -dijo Felicísimo
sonriendo.
    </p>
    

    <p>
     -De todos modos están ustedes en el
caso de darse por secuestrados hasta nueva orden.
    </p>
    

    <p>
     -¡También Ayala!
    </p>
    

    <p>
     -Yo no tengo la culpa de que el señor
de Ayala haya unido su suerte a la de usted. El que a mal árbol se
arrima no debe contar con buena sombra.
    </p>
    

    <p>
     Lozano quiso aventurar una serie de
observaciones; pero dos palmadas que sonaron en la galería atajaron
el diálogo.
    </p>
    

    <p>
     Elina se llevó imperiosamente un dedo
a los labios, se precipitó fuera del aposento, cerró la puerta
guardándose la llave, y corrió en busca de una joven que la
esperaba en el crucero de la escalera.
    </p>
    

    <p>
     Después se lanzó en la dirección de
las habitaciones de Isabel de Farnesio, que retenida en un sillón
por las dolencias que pocos meses después la hablan de conducir al
sepulcro, y asustada por el estrépito que conmovía la antecámara
del rey, se impacientaba por conocer el texto de las reclamaciones
populares que la azafata habla ido a escuchar.
    </p>
    

    <p>
     En el regio salón, entretanto, se
preparaba un acontecimiento importante.
    </p>
    

    <p>
     La gravedad de las proposiciones
presentadas por el padre Cuenca reclamaba una resolución de
trascendentales consecuencias; y antes de proceder a adoptarla
quiso el monarca oír el dictamen de algunos autorizados
personajes.
    </p>
    

    <p>
     Pero como la fatalidad había dispuesto
que la cuestión llegase a plantearse en el terreno de la fuerza,
todos los individuos a quienes el soberano invitó a tomar parte en
la Junta que iba a celebrarse en la cámara regia, fueron militares,
hecha excepción del conde de Oñate mayordomo mayor de palacio, de
cuyo consejo discreto y leal, jamás prescindió Carlos III en sus
asuntos graves.
    </p>
    

    <p>
     El rey recomendó a los elegidos que
emitieran con libertad su voto, y concedió la palabra al duque de
Arcos, el primero de todos, en razón a sus años juveniles.
    </p>
    

    <p>
     El capitán de guardias expuso que el
soberano no podía capitular con vasallos rebeldes por numerosos que
estos fueran, sin desprestigio de la institución monárquica; y que,
por lo tanto, opinaba que había llegado el caso de emplear la
guarnición entera para disolver a sangre y fuego en las calles y
plazas todos los núcleos de resistencia.
    </p>
    

    <p>
     Habló después el general marqués de
Priego, coronel de la guardia Walona, francés de nacimiento; y a
impulsos del aguijón de la venganza por los ultrajes hechos al
cuerpo que mandaba, y los que todavía trataban de inferirle, apoyó
las ideas del duque de Arcos como única solución posible, después
de los insolentes términos en que estaban concebidos los ridículos
preliminares de concordia propuestos por los amotinados.
    </p>
    

    <p>
     A continuación el italiano don Félix
de Gazzola, conde de Esparavara, Inspector general de la
artillería, se expresó con calor en el mismo sentido que los dos
preopinantes; y con el fin de que la represión fuese tan rápida
como el real decoro exigía, propuso que se le autorizase para traer
dos baterías del parque de la puerta de los Pozos, y para hacerlas
jugar simultáneamente desde San Felipe el Real y los Consejos,
porque de esa manera respondía de que se 

     <emph>
      terminaría en breve la mano de obra
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Tocó el turno en el Consejo al
veterano general marqués de Sarriá; y con frase febril, no templada
por la escarcha de las canas, manifestó que, no sólo se oponía
abiertamente a las medidas de rigor hasta entonces encomiadas, sino
que si las viera prevalecer por desdicha en el ánimo del soberano,
cosa que no temía, dada su paternal benignidad, pondría a los
augustos pies de su majestad los honores, empleos, y el bastón de
mando que empuñaba y se lanzaría a la calle para ser la primera
víctima de la metralla entre los hijos del pueblo; el cual
prescindiendo de la tosca forma en que presentaba sus quejas, nada
reclamaba que no fuese razonable, conveniente y justo.
    </p>
    

    <p>
     El mariscal de campo don Francisco
Rubio, comandante del cuerpo de inválidos, si bien en tono menos
apasionado, votó como el marqués por la clemencia.
    </p>
    

    <p>
     Llegó la vez al conde de Oñate,
siempre mal avenido con el marqués de Esquilache; y después de
haber aprovechado la ocasión para decir que los desaciertos del
ministro justificaban todas las reclamaciones populares, condenó
con energía las proposiciones de exterminio, que podrían ser
aceptadas en épocas de barbarie y en países tiranizados por tigres
sedientos de sangre; pero nunca en plena civilización y en una
nación católica, regida por el más magnánimo de los príncipes y el
más bondadoso de los hombres.
    </p>
    

    <p>
     El capitán general de ejército conde
de Revillagigedo, votó el último en consideración a su ancianidad;
y lo hizo en pro de la indulgencia para con los extraviados
alborotadores, insinuando con intencionada expresión las dudas que
a cualquier espíritu recto podrían asaltar acerca de si los tres
primeros votantes reunían todas las condiciones que deben concurrir
en los varones de prudente consejo, y en los buenos padres de la
patria, vistas la fogosidad de la juventud y consecuente
inesperiencia del uno, y atendida la circunstancia de no haber
rodado la cuna de los otros en el noble suelo español.
    </p>
    

    <p>
     Después que el rey hubo escuchado
todos los pareceres, se recogió en sí mismo un momento, y declaró
que por costosas que fueran para la dignidad del trono las
amarguras que el pueblo le imponía jamás podría decidirse a
vengarlas, ordenando el derramamiento de sangre.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo de esta resolución,
volvió a la antecámara donde reinaba la ansiedad más viva, y dijo
al padre Cuenca en alta voz:
    </p>
    

    <p>
     -Puede el padre manifestar a nuestro
pueblo que determinamos presentarnos a algunos de sus comisionados
en el balcón de la Plaza de Armas para asegurarlos que otorgamos
todas las nuevas pretensiones y ratificamos las que anoche hemos
concedido.
    </p>
    

    <p>
     -Que el cielo derrame sus bendiciones
sobre la angusta cabeza de vuestra majestad con la misma profusión
con que príncipe tan magnánimo se complace en dispensar los
inagotables tesoros de su clemencia a súbditos tan mal
advertidos.
    </p>
    

    <p>
     El rey exhaló un suspiro, y repuso a
medio tono:
    </p>
    

    <p>
     -En el papel que usted nos ha leído
hay, sin embargo, una cláusula que hubiéramos deseado ver
eliminada: y bien sabe Dios que no es porque personalmente nos
parezca acerba; otras más penosas para nuestro corazón contiene ese
escrito, sino en razón a que redunda en notorio menoscabo de la
buena gobernación del reino sin provecho de nadie. Nos referimos a
la condición de haber nacido en España para poder desempeñar una
secretaría del despacho.
    </p>
    

    <p>
     -No seré yo ciertamente -añadió el
padre Cuenca-, quien después de haber presenciado la longanimidad
de vuestra majestad no contribuya a que pueda venir a un
satisfactorio acuerdo con sus vasallos.
    </p>
    

    <p>
     Y sacando del hábito uno de los
tinteros de asta de búfalo de larga tapa atornillada, usados en la
época, tomó la pluma y tachó con lujo de tinta todo el párrafo a
que el monarca había aludido.
    </p>
    

    <p>
     Inmediatamente pidió y obtuvo permiso
para besar la mano al rey, y se volvió hacia el sitio donde creyó
haber dejado a los valerosos Ayala y Lozano.
    </p>
    

    <p>
     El gilito, no sin extrañeza, buscó en
vano por más tiempo quizás del que las circunstancias permitían;
pero persuadido de que el eclipse no era transitorio, observándose
objeto de todas las miradas, y en consideración, por otra parte, a
que el lisonjero éxito de la misión que le fue conferida, le había
devuelto las fuerzas suficientes para poder pasarse sin el robusto
brazo de un cirineo, se decidió a encaminarse al vestíbulo.
    </p>
    

    <p>
     El monstruo de las diez mil cabezas
que se agitaba en la Plaza de la Armería acogió la vuelta del
fraile con un rugido de interrogación que hizo estremecerse la
sólida muralla del cubo de la Almudena.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca reclamó silencio,
estendiendo el brazo sobre aquel borrascoso océano con el mismo
olímpico ademán con que Neptuno hubiera levantado su tridente.
    </p>
    

    <p>
     Obtenida la calma, por lo menos, en el
radio donde podía alcanzar la voz del parlamentario, dio éste
cuenta de la satisfactoria resolución del rey; y en cumplimiento de
sus órdenes, invitó a una docena de los individuos más próximos al
Arco para que se adelantasen hasta la portada central del
Palacio.
    </p>
    

    <p>
     El primero que avanzó, porque entonces
como en todos los sucesos del motín figuraba en la vanguardia, fue
uno de los capataces, que ya conoce el lector, Juan el malagueño,
calesero de profesión.
    </p>
    

    <p>
     El oficial que mandaba la guardia
española, acordonada en el Arco, contó doce desfilantes, y no
permitió el paso de otro alguno.
    </p>
    

    <p>
     Los privilegiados revoltosos cruzaron
la Plaza de Armas, guiados por el misionero, y fueron a situarse
debajo del reloj.
    </p>
    

    <p>
     Entonces se abrió de par en por el
balcón del centro de la real morada y apareció el monarca entre su
confesor fray Joaquín de Eleta y el sumiller de Corps, duque de
Lósada. Detrás de estos personajes se dibujaban los bustos de todos
los gentileshombres de servicio.
    </p>
    

    <p>
     El religioso pasó su papel a las manos
del malagueño; y aquel caleseruelo con chupetín encarnado y
sombrero blanco, que según nos dice el conde de Fernán-Núñez,
testigo presencial del hecho, no se le borró de la imaginación en
toda la vida, fue leyendo las proposiciones de la plebe, y
preguntando al rey al final de cada una con acento meridional y sin
igual desenfado, si su majestad se servía dispensarla su
aprobación.
    </p>
    

    <p>
     Ni del más pequeño detalle hizo gracia
al soberano; porque no pasaba adelante en la lectura sino después
de haber oído la adhesión del bondadoso príncipe, clara y
rotundamente formulada.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el malagueño estuvo satisfecho
de la perfecta terminación del pacto, se permitió, con más que
desenfado todavía dar las gracias al rey en nombre del pueblo de
Madrid, y llevó la condescendencia hasta el extremo de saludar a la
majestad quitándose el sombrero.
    </p>
    

    <p>
     El monarca recomendó al calesero y al
gilito que intercedieran con los amotinados para que no impidiesen
que se restableciera el orden en la capital, y se retiró del
balcón.
    </p>
    

    <p>
     Juan el malagueño, por su parte, creyó
que la dignidad le aconsejaba no permanecer en la Plaza un segundo
más que el soberano, y giré rápidamente sobre los talones.
    </p>
    

    <p>
     Los guardias del Arco, a duras penas,
lograron contener a la multitud cuando sus procuradores se
presentaron de nuevo.
    </p>
    

    <p>
     Más de doscientos alborotados, que
habían conseguido acumularse en lo más avanzado de la línea,
rodearon al malagueño y sus compañeros con exigente apremio.
    </p>
    

    <p>
     Desde el primer momento pudo echarse
de ver que el juicio de residencia iba a ser rígido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué es lo que han hecho!..
    </p>
    

    <p>
     -¡Que se expliquen!
    </p>
    

    <p>
     -¡A qué esperan!
    </p>
    

    <p>
     Tales eran los gritos que por todas
partes resonaban.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil truenos! -exclamó el calesero:-
esperamos a que nos dejéis hablar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y bien!
    </p>
    

    <p>
     -¡Oid!
    </p>
    

    <p>
     -¡Silencio!
    </p>
    

    <p>
     El eco de una ese prolongada pobló los
ámbitos de la Plaza.
    </p>
    

    <p>
     El malagueño pronunció con voz
sonora:
    </p>
    

    <p>
     -El rey ha concedido todas las
peticiones del pueblo...
    </p>
    

    <p>
     El aplauso que empezaba a iniciarse
fue cortado por un hombre de facciones duras y negra barba, que
arrancó al malagueño el documento que tenía en la mano, y gritó
frunciendo el ceño:
    </p>
    

    <p>
     -¡El papel no está firmado!
    </p>
    

    <p>
     Juan, que no se había opuesto al
despojo, al reconocer a su perpetrador, contestó algo mohíno:
    </p>
    

    <p>
     -Así es la verdad; pero el rey en
persona nos ha asegurado que se conforma punto por punto con el
escrito.
    </p>
    

    <p>
     -No importa -replicó el barbinegro:-
el pueblo reclamaba la firma con razón y con derecho. Todos sabemos
que el viento se lleva con tanta frecuencia las palabras del
hipócrita Carlos III, como su meretriz la de Esquilache, se lleva
los millones del tesoro español.
    </p>
    

    <p>
     Las palabras de aquel hombre, no sólo
hirieron a los oficiales de la guardia real, sino que sonaron
desagradablemente en los oídos de muchos amotinados.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! -repuso el calesero-: es
sensible que no nos haya usted acompañado; hubiera cedido a usted
la voz cantante, porque siempre me han gustado los hombres que
hablan gordo, señor de Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Nada de nombres propios, malagueño
-interrumpió el murciano.
    </p>
    

    <p>
     Y volviéndose hacia la multitud,
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -¿Puede bastaros semejante
compromiso?
    </p>
    

    <p>
     -¡No, mil veces! -vociferaron cuantos
le rodeaban.
    </p>
    

    <p>
     -¡Le tacharán de arrancado a la
fuerza!
    </p>
    

    <p>
     -¡De baladí!
    </p>
    

    <p>
     -¡De irrisorio!
    </p>
    

    <p>
     -¡Le encontrarán más faltas que tiene
una pelota!
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué tribunal hará justicia al
derecho popular?
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué testimonio invocaremos?
    </p>
    

    <p>
     -¡El pueblo no ha visto al rey!..
    </p>
    

    <p>
     -¡No le ha oído!...
    </p>
    

    <p>
     -¡El pueblo en su gran conjunto, en la
acepción tradicional de la frase!
    </p>
    

    <p>
     -¡El verdadero pueblo!
    </p>
    

    <p>
     -Una docena de sugetos, por más que
sean los doce Pares de Francia, no son el pueblo de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     -¡Madrileños: se nos entretiene!..
    </p>
    

    <p>
     -¡Se evita nuestra presencia!
    </p>
    

    <p>
     -¡Se nos engaña!..
    </p>
    

    <p>
     El clamoreo de los más intransigentes
alborotados, promovió una confusión indescriptible del uno al otro
extremo de la Plaza.
    </p>
    

    <p>
     El comandante de la guardia española
comprendió que iba a ser el primero en sufrir los estragos de la
tempestad próxima a desencadenarse, y se apresuró a pedir a Palacio
instrucciones precisas.
    </p>
    

    <p>
     Las órdenes que recibió estaban en
consonancia con la real decisión; pero probaban que quien las
expedía era lo que se llama un talento especulativo. Consistían en
impedir al pueblo la entrada en la Plaza de Armas, sin llegar, sin
embargo, hasta el extremo de repelerle con el hierro o el
fuego.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el veterano oficial hubo
escuchado su consigna, se encogió de hombros, envainó la espada, y
mandó desarmar las bayonetas: todo con el aire que Pilatos debió
emplear en su célebre lavatorio de manos.
    </p>
    

    <p>
     Y en verdad que no era preciso estar
dotado con el don de Isaías para adivinar los acontecimientos.
    </p>
    

    <p>
     La multitud se balanceó como la ola
antes de estrellarse contra la roca, y se precipitó sobre el Arco,
compacta, decidida, incontrastable.
    </p>
    

    <p>
     Las atropelladas filas de los guardias
abrieron paso a aquella cuña formidable, impulsada por los golpes
de un ariete de carne humana que se extendía desde la casa del
Platero hasta la Cárcel de Villa.
    </p>
    

    <p>
     Tan rápida fue la invasión en la Plaza
de Armas, que a los pocos momentos no cupieron ya nuevos intrusos
en todo el anchuroso recinto.
    </p>
    

    <p>
     Los guardias de Corps se habían
retirado al cuartelillo, y la infantería se replegó a las galerías
laterales.
    </p>
    

    <p>
     El estruendo del tumulto estalló,
entonces al pie de los balcones del mismo alcázar con la potente
intensidad del trueno.
    </p>
    

    <p>
     En los salones del piso principal los
semblantes donde no se reflejaba la consternación, revelaban al
menos la inquietud.
    </p>
    

    <p>
     El rey, más atribulado que nadie, se
enjugaba el sudor de la frente, preguntando:
    </p>
    

    <p>
     -Pero Dios mío: he accedido a todas
las exigencias de los amotinados, les he sacrificado mi reposo, mis
afecciones, hasta mi dignidad... ¿Qué quieren todavía esas
gentes?...
    </p>
    

    <p>
     -Señor -murmuró al lado del monarca el
conde de Oñate:- ni en los bellos cármenes de la clemencia dejan
las rosas de tener espinas. Necesario es que vuestra majestad
complete su obra de abnegación, presentándose de nuevo al pueblo;
niño terrible que no se satisface si en la inmensa mayoría de su
colectividad, no aclama al soberano que debe al Todopoderoso.
    </p>
    

    <p>
     La inflexible lógica imponía la
adopción del consejo del mayordomo mayor. Era ya demasiado tarde
para cambiar de rumbo.
    </p>
    

    <p>
     La muchedumbre, que en unánime grito
instaba para que se dejase ver el rey, oyó por fin, abrirse las
vidrieras de un balcón, que por esta vez fue el segundo, a contar
por la parte del Campo del Moro.
    </p>
    

    <p>
     El monarca, rodeado de sus
gentiles-hombres, se adelantó hasta el antepecho.
    </p>
    

    <p>
     Calmado gradualmente el estrépito que
precedió a la aparición del jefe del Estado, un individuo, cuyo
nombre no registra la historia, pronunció con vehemente acento:
    </p>
    

    <p>
     -Señor: el pueblo de Madrid se
complace en dispensar a vuestra majestad la concurrencia a la Plaza
Mayor para estampar la firma en la estipulación que ha elevado a
vuestras reales manos; pero desea que los augustos labios de tan
amado monarca, le manifiesten directa y públicamente cuáles son las
reclamaciones a que otorga formal beneplácito.
    </p>
    

    <p>
     El soberano, con seráfica mansedumbre,
como dice el panegirista de este príncipe, y más moderno
historiador de su reinado, fijé recapitulando las concesiones que
hacía, guiado por los recuerdos que evocaba, por los apuntes que
detrás oía, y por las indicaciones que la plebe le insinuaba.
    </p>
    

    <p>
     El padre Cuenca; revestido por la
confianza pública con la dignidad de fiel de fechos, pluma y
tintero en mano, iba escribiendo al pie del balcón los artículos de
la concordia, a medida que el rey los enunciaba.
    </p>
    

    <p>
     Tan vivamente electrizó la escena al
mayor número de los alborotados, que no pudieron esperar a que el
soberano pronunciase la última palabra para prorumpir en
estrepitosos aplausos, y en entusiastas vítores.
    </p>
    

    <p>
     La majestad real podría no haber
quedado bien parada en aquel día de borrasca; pero al retirarse del
balcón tuvo Carlos III el consuelo de ver poblarse el aire de la
Plaza por innumerbles sombreros como una bandada de alciones
precursores de la anhelada bonanza.
    </p>
    

   </div>
   

   
   

   <div type="chapter" n="SPA3012020">
    

    <head>
     Capítulo XX
    </head>
    

    <head>
     Conciábulo y resolución del rey en el seno de su
camarilla
    </head>
    

    <p>
     Con las primeras sombras de la noche
desaparecieron los últimos grupos numerosos de las inmediaciones de
Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Los mismos salones del alcázar
comenzaron a despejarse. La calma que parecía renacer en las plazas
contiguas y en sus calles adyacentes, ofrecía honrosa retirada, en
busca de reposo a los nobles y magnates que acudieron al regio
albergue, y que por razón de los cargos que desempeñaban, no tenían
obligación reglamentaria o moral de permanecer toda la noche al
lado de la augusta familia.
    </p>
    

    <p>
     La esperanza, que nunca falta al
deseo, abría por fin los corazones a las dulzuras del quietismo
conservador.
    </p>
    

    <p>
     El rey, que apenas había probado
alimento en todo el día, defirió a la invitación del Conde de
Oñate, y tomó una taza de caldo, royó un alón de gallina y bebió
una copa de jerez seco.
    </p>
    

    <p>
     El pueblo entretanto realizaba el
pensamiento más peregrino que pudo nunca germinar en cerebros
amotinados.
    </p>
    

    <p>
     Todas las palmas bendecidas en la
festividad religiosa del día anterior, que según tradicional
costumbre, ornaban los balcones, fueron solicitadas por los
alborotados; y como no hubo vecinos que no las facilitaran de buen
grado, en breve aquellos emblemáticos vegetales abundaron en las
calles de la corte tanto como en la campiña de Elche.
    </p>
    

    <p>
     Los portadores de las palmas se
aglomeraron en los contornos del templo de Santo Tomás.
    </p>
    

    <p>
     El objeto del concurso era organizar
un solemne rosario, no sabemos si en acción de gracias por las
promesas obtenidas del rey, o en son de súplica todavía por el
inmediato cumplimiento de lo ofrecido.
    </p>
    

    <p>
     Los innumerables miembros de la
improvisada archi-confraternidad, se proveyeron en abundancia de
estandartes y de los indispensables faroles, apearon del altar la
venerada imagen sedente de la Virgen del Rosario, la colocaron
sobre unas andas, y la sacaron a la calle.
    </p>
    

    <p>
     Allí se ordenó el desorden por
cetreros llovidos del cielo, se distribuyeron los piporros al
frente de las masas corales, por chantres advenedizos, y previo el
golpe de rigor dado en las andas por un director anónimo, se
elevaron en el aire imagen, faroles, palmas y estandartes, y la
procesión se puso en marcha, desentonando a voz en grito el cántico
de 

     <title>
      Kirie eleyson
     </title>
     .
    </p>
    

    <p>
     Unos por instinto, otros por cálculo,
todos conocían la carrera. Desde que el motín había estallado, el
constante objetivo de los movimientos populares era el Palacio
Real.
    </p>
    

    <p>
     El reposo que en la regia morada
empezaba a disfrutarse, no iba a ser, por lo tanto, de larga
duración.
    </p>
    

    <p>
     Hacía cinco minutos que el rey se
hallaba en la cámara de su madre a la hora de la ordinaria visita,
que era la primera de la noche, cuando creyó observar que las pocas
personas que allí tenían entrada, departían con animación en voz
baja, procuraban acercarse a los cerrados balcones sin dar
afectación a la maniobra, y aplicaban los ojos o el oído a los
intersticios de las contravidrieras.
    </p>
    

    <p>
     En las habitaciones contiguas, donde
la presencia de los reyes no imponía reserva, la agitación era más
sensible. El ruido de las mamparas, los pasos precipitados, las
exclamaciones mal reprimidas, estaban demostrando que todavía
ocurría algo de extraordinario en aquel interminable día de
emociones y de acontecimientos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué sucede, duque? -preguntó el rey
a su favorito sumiller de Corps.
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, señor -dijo el
interpelado-, que en este momento me sería imposible dar a vuestra
majestad una contestación satisfactoria.
    </p>
    

    <p>
     -Infórmate.
    </p>
    

    <p>
     -¡Buen Dios! -murmuró la reina madre:-
¿se proponen apresurar el fin de mi existencia?
    </p>
    

    <p>
     -Tranquilícese vuestra majestad
-pronunció el padre Eleta que llegaba en aquel instante-; al
parecer, por esta vez, no son hostiles los propósitos del
populacho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pero aun tenemos populacho que se
propone alguna cosa! -exclamó la viuda de Felipe el 

     <emph>
      Animoso
     </emph>
     , elevando las manos al cielo.
    </p>
    

    <p>
     -Acaso únicamente rendir devotas
gracias al Todopoderoso por las bondades de su majestad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Eso supone usted?... -articuló el
monarca inquieto.
    </p>
    

    <p>
     -Me complazco al menos en esperarlo
así de la misericordia del Altísimo.
    </p>
    

    <p>
     Un impaciente signo de Isabel de
Farnesio, demostró que el digno confesor, antes de tratar de
tranquilizarla a ella, habría hecho mejor en tranquilizarse a sí
mismo.
    </p>
    

    <p>
     Una lejana salmodia, amortiguada por
la triple interposición de los cristales, las persianas y los
tapices, introdujo en la cámara un eco lúgubre como el 

     <emph>
      miserere
     </emph>
     de los agonizantes.
    </p>
    

    <p>
     El rey se levantó punto menos que
sobresaltado, pasó a la estancia inmediata, entreabrió el postigo
de uno de los balcones, y dirigió a la Plaza una mirada
escrutadora.
    </p>
    

    <p>
     Era tan imponente el espectáculo que
ofrecía el pausado desfile de aquel inmenso coro, mal arrancado por
la débil luz de los faroles a los misterios de la noche, y a las
nubes de incienso y de ramaje, que el monarca se retiró
verdaderamente afectado.
    </p>
    

    <p>
     La reina Isabel, que había mirado a su
hijo en la salida de la cámara y en la observación, lejos de
sentirse edificada por el piadoso aspecto de la romería,
experimentó un acceso de indignación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Que no se abra ningún balcón...
ninguna puerta!.. -dijo el rey cejijunto y ensimismado.
    </p>
    

    <p>
     La orden del soberano fue
inmediatamente trasmitida de salón en salón, de piso en piso; y el
vastísimo alcázar, fuese el que quisiera el grado de agitación que
sintiera hervir en el seno, no pareció despertado por los cánticos
y la forma procesional adoptada por la manifestación popular.
    </p>
    

    <p>
     El monarca vio al marqués de
Esquilache en el alféizar de una ventana, al lado de la condesa de
Bari, y le preguntó con tristeza:
    </p>
    

    <p>
     -Marqués... marqués... ¿qué impresión
te produce esa extraña evolución del motín?
    </p>
    

    <p>
     El desventurado ex-ministro contestó
sin titubear.
    </p>
    

    <p>
     -Señor, me hace el efecto de un alarde
de triunfo.
    </p>
    

    <p>
     -Pero alarde impudente, provocador,
rebelde -añadió la reina madre:- para esos pervertidos seres es
desconocida la virtud de las virtudes, el agradecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Creo, en efecto -repuso el rey-, que
en la hipótesis del padre Eleta hay algo de optimismo; ¿no es
verdad, duque?
    </p>
    

    <p>
     -Algo me atrevería a decir -respondió
el sumiller-; la ostentación de victoria de los alborotados no
puede ser más evidente: han colgado coronas de laurel en las cruces
de los estandartes que enarbolan:
    </p>
    

    <p>
     -Concede, caro hijo mío, concede
gracias sin medida a ese pueblo tan orgulloso como insaciable
-exclamó Isabel con amarga vivacidad:- hoy te pide el sacrificio de
tus convicciones y de tu dignidad, mañana te reclamará el de los
derechos de la corona, llegará un día en que te exija la
luna...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, no es imposible que acaben por
tentar mi benignidad! -pensó el rey en voz alta,
extremeciéndose.
    </p>
    

    <p>
     -Dí más bien que es seguro.
    </p>
    

    <p>
     -Por piedad, madre mía; que conserve
mi espíritu un resto de esperanza.
    </p>
    

    <p>
     -El trono impone a veces deberes
penosísimos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay, tan penosos en verdad, que a los
remordimientos que ocasionan, sería preferible la oscura existencia
de una cabaña!
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien; evita, en cuanto es dable,
que pueda llegar el amargo trance que temes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo, Dios mío!
    </p>
    

    <p>
     La reina miró fijamente a su hijo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura -pronunció-, ni por un
instante te ha asaltado el pensamiento de sustraerte a esta
situación?
    </p>
    

    <p>
     El monarca guardó silencio.
    </p>
    

    <p>
     -¿No te ha ocurrido -prosiguió
Isabel-, conciliar tu decoro y tu reposo con las atenciones del
gobierno, retirándote a uno de los próximos sitios reales? Si el
Pardo te parece demasiado cercano, si la Granja se te antoja harto
lejana, ahí tienes a Aranjuez...
    </p>
    

    <p>
     El rey ligeramente trémulo, pareció
consultar con sus extraviados ojos a los circunstantes, inclusa la
condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     La reina madre, en vez de manifestarse
ofendida por aquella muda apelación, fue la primera en provocar la
emisión del dictamen.
    </p>
    

    <p>
     -Hablad, señores -repuso-; exponed al
rey vuestro juicio acerca de mi idea.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache, que era el más próximo a
la reina, se consideró preferentemente obligado a corresponderá la
invitación.
    </p>
    

    <p>
     -A fe mía -dijo-, que bajo todos los
puntos de vista que el asunto presenta, la resolución propuesta por
su majestad la reina madre no puede parecerme más conveniente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh qué lección tan eficaz y tan
severa recibirán con semejante partida esos extraviados vasallos!
-exclamó el duque de Losada meneando de arriba a abajo la cabeza
como los monos de la feria que llamaban siseñores.
    </p>
    

    <p>
     -Conforme con la opinión del señor
duque en la expresión literal de su pensamiento -añadió el padre
Eleta con su habitual suavidad-; lección eficaz, porque demostraría
a los rebeldes que los pueblos nada pueden ni son sin sus monarcas;
lección severa, porque privaría al vecindario de Madrid de la
tradicional satisfacción que en estos santos días experimenta al
verse acompañado en los templos por el piadoso soberano, padre
amantísimo de su grey.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra majestad dejará de ser el
constante objeto de las importunidades de los sediciosos.
    </p>
    

    <p>
     -Más todavía: la fecunda inventiva de
sus desordenados apetitos no tendrá el estímulo que para darlos en
espectáculo les ofrece la facilidad de la presencia de vuestra
majestad.
    </p>
    

    <p>
     -En Aranjuez está, pues, la
conveniencia política...
    </p>
    

    <p>
     -La habilidad diplomática...
    </p>
    

    <p>
     -El castigo paternal...
    </p>
    

    <p>
     -La tranquilidad...
    </p>
    

    <p>
     -Ya ves, hijo mío -concluyó Isabel-,
que mi consejo tiene prosélitos de ciencia y de virtud: si me
extravío es en buena compañía.
    </p>
    

    <p>
     En aquel instante un prolongado
rugido, suma formidable de mil rugidos, que no era seguramente la
canturía de la lauretana, cortó el aliento y heló la sangre en las
venas de todos los circunstantes.
    </p>
    

    <p>
     El rey experimentó un acceso de
energía.
    </p>
    

    <p>
     -Tenéis razón, madre mía... amigos
míos -articuló:- este violento estado es insostenible. Antes que
despunte el nuevo día habremos partido para Aranjuez.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al fin! -exclamó la reina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, magnífico!
    </p>
    

    <p>
     -¡Soberbio!
    </p>
    

    <p>
     -¡Salvador acuerdo!
    </p>
    

    <p>
     Únicamente Elina no formó parte del
coro de felicitaciones.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora perfecta calma y absoluto
sigilo -dijo Isabel de Farnesio.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto, señores -añadió el rey-;
la más pequeña indiscreción podría llegar a impedir la realización
del proyecto.
    </p>
    

    <p>
     -Que el cielo y tu perseverancia, hijo
mío, nos libren de esa calamidad -insinuó la reina.
    </p>
    

    <p>
     Como si el monarca quisiera
tranquilizar a su madre, haciéndola presenciar el incendio de las
naves, se apresuró a replicar.
    </p>
    

    <p>
     -Duque: haz que llamen al marqués de
Priego.
    </p>
    

    <p>
     La orden no sonó mal efectivamente en
los oídos de la reina, que fatigada por el tiempo, aunque corto, en
que había permanecido en pie, se apoyó en el brazo del padre Eleta
para volver a instalarse en el sillón de que era víctima en el
gabinete contiguo.
    </p>
    

    <p>
     El sumiller de Corps había salido por
la puerta del centro.
    </p>
    

    <p>
     El rey se acercó entonces a
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -Supongo, marqués -dijo-, que nos
acompañarás con tu familia en nuestra clandestina
peregrinación.
    </p>
    

    <p>
     -Contaba con que el generoso corazón
de mi amo no me abandonaría en mi infortunio -contestó Esquilache
con la más almibarada de las inflexiones de su voz-; pero difícil
me sería intentar que mi esposa y mis tiernas hijas me siguiesen,
si vuestra majestad no me prestase su poderoso apoyo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mi apoyo! -exclamó el rey.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra majestad no desconoce que mi
pobre esposa participa de la animadversión con que el pueblo de
Madrid me distingue. Sacarla del recinto hasta aquí respetado donde
momentáneamente ha podido encontrar asilo, es en la actualidad una
empresa superior a mis fuerzas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y por ventura está en mi mano enviar
a la calle de la Reina una escolta de mi guardia Walona? -profirió
el monarca con amargura.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache dejó caer los brazos con
desaliento: el rey, por el contrario, se oprimió las sienes con los
puños.
    </p>
    

    <p>
     La condesa de Bari; que a cuatro pasos
de distancia presenciaba la escena; temió que las dificultades que
el asunto ofrecía para aquellos débiles espíritus, diese por
resultado como mínimo mal el abandono de Pastora; y aterrada por
semejante idea se precipitó hacia el monarca, juntando las manos en
ademán suplicante.
    </p>
    

    <p>
     -Señor -articuló con sollozos en la
voz:- la inesperada noticia que mañana ha de hacerse pública de que
vuestra majestad ha salido de la villa seguido del marqués de
Esquilache, va a producir en la población entera una alarma de
incalculables consecuencias, pero de evidente gravedad. Suplico a
vuestra majestad que considere, y le ruego también que me permita
llamar en su presencia la atención del señor de Esquilache hacia el
mismo asunto; que mi amiga la marquesa no puede quedarse en Madrid
sin correr el riesgo terrible de que se desencadenen sobre ella
sola con el furor de la venganza todas las pasiones que concitaron
los que supieron sustraerse a los efectos del encono popular.
    </p>
    

    <p>
     El rey se extremeció. Esquilache se
puso espantosamente pálido.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, marqués -dijo el monarca-,
que la condesa aprecia con exactitud la situación.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra majestad no haría justicia a
mi buen juicio, si creyese que mi opinión no se identifica con la
suya -contestó Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien...
    </p>
    

    <p>
     -La cuestión no estriba en la notoria
necesidad de resolver el problema, sino en la elección, del
procedimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Es exacto, condesa: vos que tenéis
recursos en vuestra rica imaginación, extra volcánico, decidnos si
conocéis un medio para salvar a la marquesa, sin poner en relieve
nuestra intervención directa; ésta, ¡ay dé mi! únicamente
contribuiría a agravar los peligros de nuestra pobre amiga.
    </p>
    

    <p>
     -Mis recursos consisten en una
voluntad inquebrantable de libertar a la marquesa de las fieras
estúpidas que la tienden sus garras.
    </p>
    

    <p>
     -No es mucho -murmuró el rey, moviendo
la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Ha bastado, sin embargo, para que
crea haber encontrado el medio que vuestra majestad buscaba.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah condesa, si tal hicieseis seríais
inapreciable! -exclamó vivamente el rey.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto al marqués de Esquilache, se
contentó con fijar en Elina una intensa mirada, toda llena de
signos interrogativos.
    </p>
    

    <p>
     La joven satisfizo la avidez de sus
dos interlocutores, añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Conozco un hombre de corazón y de
cabeza capaz de realizar nuestro designio.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está esa perla, condesa?
-preguntó el monarca.
    </p>
    

    <p>
     -En Palacio señor.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pertenece a mi servidumbre?
    </p>
    

    <p>
     -No en verdad: se encuentra aquí por
accidente a consecuencia de los sucesos del día.
    </p>
    

    <p>
     -Mucha es la confianza que os
merece.
    </p>
    

    <p>
     -Omnímada, señor: está aquilatada en
la piedra de toque de una experiencia peligrosa. La autorización
del señor marqués, y una palabra de vuestra majestad, harán de ese
hombre un héroe.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué nos dices, marqués?
    </p>
    

    <p>
     -Señor, la condesa de Bari ha sido
siempre el ángel tutelar de mi esposa. Con fe ciega pongo esta
noche en manos de ese espíritu benéfico la suerte de la madre de
mis hijos.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, amiga mía -repuso el rey
con precipitación:- disponed lo conveniente; prontos estamos a
comunicar las virtudes de Hércules y de Aquiles a vuestro
emprendedor caballero.
    </p>
    

    <p>
     La condesa no se hizo repetir la
invitación: salió de la cámara de un vuelo, y fue a posarse en el
dintel de una puerta de la galería de pajes.
    </p>
    

    <p>
     A los pocos minutos, el rey y el
ex-ministro vieron volver a la azafata acompañada de un joven de
brillantes ojos.
    </p>
    

    <p>
     El monarca, que era conocedor en punto
a súbditos útiles, no quedó descontento de la pinta del que le
presentaban.
    </p>
    

    <p>
     -¿Os ha dicho la condesa, caballero
-pronunció con afable tono-, el servicio que el marqués de
Esquilache espera de vos?
    </p>
    

    <p>
     -En este momento, señor -contestó
Felicísimo, inclinándose profundamente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!.. el señor de... -articuló
Esquilache, buscando entre sus recuerdos.
    </p>
    

    <p>
     -Lozano -concluyó el joven-.
Felicísimo Lozano que ve con vivo reconocimiento que, si bien el
nombre que lleva ha sido olvidado momentáneamente por vuecencia, no
ha sucedido lo mismo con el ofrecimiento de servicios que le tiene
hecho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, caballero! -contestó el marqués
pugnando por conservar su aplomo:- mi único sentimiento consiste en
no haber aceptado más pronto ese ofrecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -¿Confía el señor de Lozano en salir
airoso en su empresa? -preguntó el rey.
    </p>
    

    <p>
     -Ignoro los obstáculos que encontraré
en mi camino -respondió el joven:- pero puedo asegurar a vuestra
majestad que sólo una cosa habrá capaz de extinguir la fe en mi
espíritu: la pérdida de la existencia.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Lozano conducirá a la
marquesa sana y salva a Palacio -añadió Elina con la seguridad de
un iluminado-; lo presiente mi corazón.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo dio las gracias a la
condesa con una elocuentísima mirada por el lisonjero vaticinio, y
repuso:
    </p>
    

    <p>
     -La primera de mis dificultades debe
vencerse en este sitio.
    </p>
    

    <p>
     -Hablad, caballero -dijo el
monarca.
    </p>
    

    <p>
     -La señora marquesa no me conoce; en
la situación en que se halla, toda gestión que tienda a hacerla
abandonar el lugar que la proteje debe parecerla un lazo. ¿Cuál es
el medio de que podré valerme para decidirla a seguirme?
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente. Marqués, preciso será
que pienses en cuál de tus más preciosos objetos constituirá el
mejor talismán para este caballero.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me permite vuestra majestad
aventurar una observación? -replicó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Expresadla con toda franqueza.
    </p>
    

    <p>
     -Después del vandálico allanamiento de
anoche, los objetos del señor marqués, por ricos, por reservados,
por personales que sean, andan hoy en todas las manos. Creo que
ninguno de ellos garantizaría lo suficiente mi intención cerca de
la señora marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Idéntica es mi opinión -murmuró
Esquilache exhalando un intenso suspiro, que hubiera podido pasar
por sollozo-. Proveeré al señor de Lozano de una credencial escrita
de mi puño.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -objetó Elina-, semejante carta
comprometería al portador; conozco un procedimiento más infalible
que esos para infundir confianza a la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Todos los ojos se fijaron en la
azafata. El rey añadió después de un instante:
    </p>
    

    <p>
     -No nos hagáis esperar vuestro
recurso, condesa: ¿en qué consiste?
    </p>
    

    <p>
     -En mi presencia -contestó la joven
sencillamente.
    </p>
    

    <p>
     El monarca y el marqués dejaron
escapar una exclamación de sorpresa. Lozano no pronunció una
sílaba, pero no fue el menos sorprendido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -dijo el rey-, ¿manifestabais
temor de que una carta pudiera comprometer a este caballero, cosa
harto dudosa después de todo, y no os alarma el compromiso positivo
que habría de proporcionarle vuestra compañía?
    </p>
    

    <p>
     -No quiero hablar a la señora condesa
del riesgo a que se expone -insinuó Felicísimo-, el alma noble y
generosa que posee, es de buen temple; pero me atrevo a rogarla que
no olvide que pudiera serla hasta imposible la salida de Palacio.
La real mansión está asediada de cerca, espiada por innumerables
argos...
    </p>
    

    <p>
     -No insistiría en mi pensamiento
-interrumpió la joven-, si creyese que mi intervención personal
podía dificultar el buen éxito de nuestra empresa, complicando las
atenciones del señor de Lozano; pero conozco la manera de no ser
para él un motivo de preocupación, y de no correr yo misma peligro
alguno.
    </p>
    

    <p>
     -Marqués -dijo el monarca a
Esquilache-, ya hemos puesto el asunto en manos de la condesa. Creo
que lo mejor que podemos hacer es ceder no sé si a su genio o a su
instinto.
    </p>
    

    <p>
     -O a su capricho -pensó Lozano, acaso
el más pesimista porque era el más directamente interesado.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias, señor -pronunció la
joven.
    </p>
    

    <p>
     Y volviéndose hacia Felicísimo
prosiguió:
    </p>
    

    <p>
     -No perdamos un instante.
    </p>
    

    <p>
     -Estoy a las órdenes de la señora
condesa -contestó el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano -exclamó Esquilache,
adelantándose un paso-; confío a vuestra hidalguía el único tesoro
que me une todavía a la vida.
    </p>
    

    <p>
     -No olvidaré, señor marqués, la
inmensa responsabilidad que con vuecencia contraigo.
    </p>
    

    <p>
     -Partid, caballero -dijo el rey-; y
que el cielo os preste una protección que la fatalidad no ha
querido que pueda dispensaros hoy vuestro príncipe.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo tocó con sus labios la mano
que el monarca le alargaba, y pronunció con acento vibrante.
    </p>
    

    <p>
     -Señor, en esta noche hace más vuestra
majestad que favorecerme con su poderosa protección: conquista para
siempre mi corazón con el irresistible encanto de tanta bondad.
    </p>
    

    <p>
     Después, próximo a salir de la cámara,
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -Considero indispensable que vuestra
majestad se sirva disponer que a la vuelta se nos facilite la
entrada en Palacio por la puerta del Campo del Moro.
    </p>
    

    <p>
     -Se velará en ese sitio para
franquearos el paso a la primera señal, respondió el rey.
    </p>
    

    <p>
     .Lozano siguió a la condesa, que ya
estaba empujando la mampara.
    </p>
    

    <p>
     La dama volvió a conducir al caballero
a la estancia donde éste había pasado la tarde, y le dijo
rápidamente:
    </p>
    

    <p>
     -Una breve consignación aquí todavía:
prometo a usted que no le hará impacientarse mucho mi regreso.
    </p>
    

    <p>
     A continuación desapareció.
    </p>
    

    <p>
     El joven dirigió la visual hacia una
mesa colocada en el extremo opuesto de la habitación, y encontró a
Ayala seriamente ocupado en empapar bizcochos en una copa de añeja
manzanilla de Sanlúcar.
    </p>
    

    <p>
     -Te aconsejo -pronunció-, que no
abuses, Tristán, de ese vino traidor.
    </p>
    

    <p>
     -Le calumnias, Felicísimo -contestó
Ayala, lamiéndose los bigotes-, te aseguro que jamás he bebido
néctar más generoso.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum! no te fíes: prudente sería que
imitases mi ejemplo.
    </p>
    

    <p>
     -Tú siempre has sido un anacoreta.
    </p>
    

    <p>
     -Considera que pudieras verte en el
caso, dentro de poco tiempo, de tener que ofrecer el brazo a una
dama de alto coturno, lo cual no es lo mismo que ofrecérsele al
padre Cuenca.
    </p>
    

    <p>
     -No encuentro el inconveniente que
para eso ofrezca la absorción de una copa más o menos del más suave
de los licores que produce la campiña de Barrameda. No repugnará
seguramente a la dama en cuestión, por delicado que sea su olfato,
el aroma de esta manzanilla; porque es capaz de avergonzar a la
esencia de mil flores y al extracto de ilang-ilang.
    </p>
    

    <p>
     -Sibarita.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, oyes, ¿lo del brazo es
seguro?
    </p>
    

    <p>
     -A menos que previamente no te le
hayan roto de un cintarazo: y sirva este dato de correctivo a tu
pensamiento sensual.
    </p>
    

    <p>
     -Ya sospechaba yo, Felicísimo, que no
sería al paraíso de los creyentes adonde tú me condujeses. En fin,
si me rompieran ese brazo, siempre me quedaría el otro: las damas
tienen prerogativas imprescriptibles para cuantos hemos nacido con
derecho a calzar espuelas de oro.
    </p>
    

    <p>
     Y el buen Ayala continuó comiendo
bizcochos hasta que oyó el gemido de los goznes de la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Un joven de gallarda apostura, que
Tristán hubiera tomado por un paje de la reina madre, a no ser por
el sombrero redondo, se adelantó hasta tocar con la mano el hombro
de Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me acepta ahora el señor de Lozano
por compañera? -dijo aquel extraño joven femenino con la malicia de
las gatas que aún acariciando arañan.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se extremeció hasta en la
médula de los huesos, sin poder él mismo darse cuenta de tan
singular fenómeno.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, señora condesa -contestó-, ahora
y siempre, sin reflexión, por influencia magnética, con
delirio...
    </p>
    

    <p>
     Un instante después añadió
mentalmente:
    </p>
    

    <p>
     -Pero imbécil mil veces: ¿no
comprendes que tus estúpidas palabrotas pueden ser tomadas en un
sentido equívoco?..
    </p>
    

    <p>
     Y descontento de sí propio hasta el
mal humor, cerró tan sandio diálogo, dirigiéndose bruscamente a la
puerta y levantado la cortina para que saliera la condesa.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Ayala, luego que se vio
eclipsado por el tapiz, vertió en la copa el resto del contenido de
la botella, le saboreó con delicia; y perfeccionada la vigorización
del organismo con aquella última dosis del reanimador elixir, se
puso en seguimiento de Lozano, con aliento, corazón y manos capaces
de afrontar lo mismo una compañía de walones que una horda de
amotinados.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012021">
    

    <head>
     Capítulo XXI
    </head>
    

    <head>
     De cómo Lozano hizo que un gaznápiro se volviera a
tragar el dicterio de espadachín
    </head>
    

    <p>
     La condesa y sus dos caballeros,
precedidos por un lacayo de Isabel de Farnesio, que orilló las
dificultades del tránsito, se encaminaron a la poterna de la rambla
de caballerizas.
    </p>
    

    <p>
     La verja giró sin ruido sobre sus
goznes, y los tres jóvenes se encontraron fuera de Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Los expedicionarios subieron a la
plaza de Oriente favorecidos por la oscuridad en que envolvía a la
tierra la encapotada atmósfera, y se mezclaron sin contratiempo
alguno entre los mil curiosos que presenciaban el desfile, al
parecer, interminable de la procesión del rosario.
    </p>
    

    <p>
     Elina, impulsada por su atrevimiento,
protegida por el traje que vestía y aguijada por la impaciencia, se
deslizaba como una anguila a través de los grupos, sin originar
protestas más graves por parte de los incomodados que frases como
estas:
    </p>
    

    <p>
     -¡Diablo de mozalvete!
    </p>
    

    <p>
     -¿Si irá a ganar la casa santa este
rapaz?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ardilla!
    </p>
    

    <p>
     La condesa, no obstante, procuró
reprimir sus ímpetus, porque vio a Lozano fruncir el ceño y temió
suscitar una riña, nunca como entonces intempestiva.
    </p>
    

    <p>
     -Todos los apóstrofes con que se me
agracie -dijo la joven al oído de Felicísimo-, 'van dirigidos a un
ser apócrifo. Ruego a usted que no los de más importancia que la
que los doy yo misma.
    </p>
    

    <p>
     -Confieso -contestó Lozano,
sonriendo-, que la inventiva de la señora condesa, ha encontrado el
mejor medio de bordear los escollos de esta excursión nocturna.
    </p>
    

    <p>
     Como la hueste de las palmas torcía
por los Caños del Peral con dirección al que fue punto de partida,
nuestros tres personajes hallaron suficientemente despejada la
calle del Arenal para poder apretar el paso.
    </p>
    

    <p>
     Las juveniles piernas que poseían,
devoraron pronto el terreno de la Puerta del Sol y de la mitad de
la calle de Alcalá.
    </p>
    

    <p>
     Cuando la fonda de Levante estuvo
cerca, Lozano dijo a Ayala a medio tono:
    </p>
    

    <p>
     -Convendría, Tristán, que digeses al
bergante del Perfecto Cazurro que nos siguiese, si es que no está
corriendo la tuna.
    </p>
    

    <p>
     -La noche no deja de ofrecer
tentaciones -respondió Ayala-; pero el mozo es tan recogido que no
desconfío de traértele.
    </p>
    

    <p>
     -Sería la primera vez que hoy
consiguiera echar la vista encima a ese modelo de recogimiento.
    </p>
    

    <p>
     Tristán se adelantó y no tardó en
perderse en la sombra del zaguán del parador.
    </p>
    

    <p>
     La rehabilitación, en el concepto de
Lozano, del Cazurro más o menos Perfecto, debió ser completa,
porque el digno doméstico acompañaba a Ayala cuando éste, al poco
tiempo, volvió a dejarse ver en la vía pública.
    </p>
    

    <p>
     Elina y su escolta prosiguieron su
marcha por la calle Ancha de Peligros, y entraron por la del Clavel
en la de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     Desde el primer momento llamó la
atención de los jóvenes recién llegados el considerable número de
parejas de hombres embozados que se paseaban por la calle en toda
su longitud.
    </p>
    

    <p>
     La condesa detuvo por instinto el paso
para observar aquel poco tranquilizador fenómeno, y Ayala no creyó
inconveniente una ligera deliberación; pero Lozano era de los que
opinan que en ciertas circunstancias apremiantes, un consejo de
guerra es el peor de los consejos, y continuó resueltamente la
marcha.
    </p>
    

    <p>
     En semejantes ocasiones, el sistema
del caballero consistía en ceder a su inspiración del momento para
triunfar de las dificultades, a medida que el acaso se las
deparaba.
    </p>
    

    <p>
     El movimiento de Felicísimo arrastró
en pos de sí a todos sus compañeros.
    </p>
    

    <p>
     A cada uno de los dos lados del cancel
de la puerta del colegio, había un hombre cómodamente
recostado.
    </p>
    

    <p>
     La posición de aquel par de
cancerveros no fue el menor obstáculo para que Lozano empuñase la
cadena de la campanilla y asestara tan discreto tirón, que el agudo
címbalo, por lo demás perfectamente montado, estuvo dando razón de
su existencia con estrépito por espacio de cinco minutos.
    </p>
    

    <p>
     Los recostados, sorprendidos por la
rápida acción del caballero, se irguieron con viveza.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! señores míos: ¿qué hacen ustedes
en este sitio? -les preguntó Lozano con el aire del propietario que
encuentra en el soportal de su casa dos hediondos mendigos
entregados al sueño.
    </p>
    

    <p>
     El más bajo, pero de mayor contorno de
los interpelados, contestó con tranquila impudencia:
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! Impedimos que la italiana
pueda escamotearse robando a la nación los tesoros con que aquí se
ha escondido.
    </p>
    

    <p>
     El involuntario movimiento de
indignación que hizo la condesa, acabó de amostazar a Lozano contra
el obeso vigilante.
    </p>
    

    <p>
     -Han concluido ustedes de impedirlo,
porque están relevados -dijo en tono breve.
    </p>
    

    <p>
     -¡Relevados! ¿Por quién?
    </p>
    

    <p>
     -Por nosotros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Buena es esa! ¿Acompaña a usted el
secretario del consejo del cuerpo de los alborotados, o por lo
menos mandato autógrafo del mismo funcionario?
    </p>
    

    <p>
     -¿Se permite usted contradecirme?
-pronunció Felicísimo, arqueando las cejas y acortando la distancia
que le separaba del importuno interlocutor, la cual era ya bien
poca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -respondió con sorna el sólido
guardián:- mientras no recibamos nuevas instrucciones de quien
puede dictarlas, nuestra consigna en el colegio es impedir la
entrada o la salida a todo el mundo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pero gaznápiro! -exclamó
Lozano:-¿por ventura tengo yo cara de ser un hombre como todo el
mundo?
    </p>
    

    <p>
     El faccionario le contestó con una
carcajada.
    </p>
    

    <p>
     No pudo terminarla. Felicísimo cogió
con ambas manos a aquel hombre por el pescuezo y por la cruz del
calzón, le hizo perder el apoyo de la madre tierra, y le lanzó como
una pluma en medio del arroyo por encima de la cabeza de Cazurro,
el cual se había apresurado a ponerse a espaldas de su amo al oír
la palabra gaznápiro, por lo que pudiera ocurrir.
    </p>
    

    <p>
     Ocurrió, en efecto, que el pobre mozo
estuvo a dos dedos de ser aplastado por el peso de aquella
extraordinaria ave nocturna.
    </p>
    

    <p>
     El compañero del levantado en alto, al
contemplar tan atlético alarde de musculatura de acero, puso mano a
la espada; pero desconcertada la muñeca a la mitad de su empresa
por la vigorosa torsión de la diestra de Lozano, tuvo que ceder a
este rudo adversario la empuñadura del arma.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo acabó de desenvainar el
estoque del segundo centinela, y envolvió a éste en tan deshecha
borrasca de cintarazos, que la hoja del asador, cuyo temple dejaba
bastante que desear, saltó en tres pedazos.
    </p>
    

    <p>
     En otros tres se descompuso la persona
del propietario del hierro; porque la capa quedó enganchada en una
de las próximas rejas, el sombrero emprendió una trayectoria que
terminó en las narices de Ayala, y el cuerpo fue rodando de etapa
en etapa por la calle hasta tropezar en el obstáculo de la
imponente barriga del compartícipe en la derrota.
    </p>
    

    <p>
     A los penetrantes alaridos de ambos
cuitados, comenzaron a acudir en tropel los más inmediatos
paseantes de la calle.
    </p>
    

    <p>
     Entretanto, la puerta del colegio se
había entreabierto, tal vez a consecuencia de la presunción de que
no podía carecer del derecho de entrada quien tan tieso repicaba;
pero al observar el portero la tremenda lucha entablada al otro
lado del umbral, volvió a empujar la maciza tabla de encina para
incomunicarse con los contendientes.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, sin embargo, estaba en todo; y
antes de que el dependiente del colegio terminara la ejecución del
fatal propósito, introdujo entre la puerta y el marco la guarnición
del arma rota que conservaba en la mano.
    </p>
    

    <p>
     -Aprieta, Tristán -dijo, acto
continuo:- haz una ostentosa manifestación de tu brío, aunque sea
arrollando a ese malaventurado plantón.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pse!... si no es más que eso...
-contestó Ayala- dale por aplastado.
    </p>
    

    <p>
     Y apoyando el hombro en las barras del
ventanillo, empujó con tanta gentileza, que la puerta se abrió de
par en par, rebotando con violencia, no se sabe si en la pared o en
otro cuerpo intermedio.
    </p>
    

    <p>
     Los cuatro jóvenes penetraron en el
portal como los proyectiles de una andanada, precisamente en el
instante en que eran abordados por los más ligeros rondadores de la
calle.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo volvió a cerrar con ímpetu
la puerta dándosele un ardite de que tuviera ya la mano en el
esconce uno de los perseguidores, el cual la retiró no incólume ni
mucho menos, echando por la boca más sapos y culebras que un
carretero aragonés.
    </p>
    

    <p>
     Elina tomó la dirección de la
escalera, después de haber agobiado de preguntas al magullado.
portero, que estaba para todo menos para responder con concierto, y
no se ocupaba de otra cosa que de oprimirse con las palmas de las
manos media docena de chichones.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro, no contento con haber echado
la llave, corrido el cerrojo y enganchado la barra de la puerta, la
reforzó con los puntales de los brazos.
    </p>
    

    <p>
     En esta posición estaba cuando Lozano
fue a decirle:
    </p>
    

    <p>
     -Sigue a ese joven caballero, y
obedece puntualmente sus órdenes.
    </p>
    

    <p>
     Ayala acompañó a Cazurro hasta el pie
de la escalera, descolgó el farol que ardía en aquel sitio,
extinguió la llama de un soplo, y protegido por la absoluta
oscuridad en que quedó el recibimiento, entreabrió el ventanillo de
la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes dirigieron a la parte
exterior la visual de un ojo.
    </p>
    

    <p>
     En el arroyo de la calle se había
formado un grupo de individuos que iba creciendo
progresivamente.
    </p>
    

    <p>
     Uno de los circunstantes, que
auxiliaba al obeso derribado, le preguntó solícito:
    </p>
    

    <p>
     -¿Se siente usted con algún
desperfecto grave, señor Botija?
    </p>
    

    <p>
     -¡Botija! -murmuró Ayala:- ¡Vive Dios!
Si la palabra es apodo, felicito al inventor; si es apellido,
ofrezco mis cumplimientos a la Providencia.
    </p>
    

    <p>
     El auxiliado consiguió sentarse a la
manera de un musulmán, y contestó con voz quejumbrosa:
    </p>
    

    <p>
     -Hasta ahora llevo reconocidos los
brazos, los antebrazos, las tibias y los fémures sin encontrar
fractura.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum! No hay que cantar victoria
-pronunció otra voz-; conviene continuar las investigaciones; he
presenciado el golpe, y puedo asegurar a usted, señor Botija, que
ha sido rudo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y me lo cuenta a mí ese cernícalo!
-balbuceó el doliente.
    </p>
    

    <p>
     Después se llevó las manos a la
frente, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -¡Sendino!
    </p>
    

    <p>
     Un mocetón de barba roja se acercó
preguntándole:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué quieres?
    </p>
    

    <p>
     -Siento enmarañarse mis ideas y
emigrar mis fuerzas -añadió Botija-; no sería imposible que me
sobreviniera un desmayo. En ese caso, toma el mando de estas
gentes, que aunque son poco ágiles para correr en auxilio de sus
caudillos, pueden servir de algo todavía. Nuestra misión consiste
en impedir a toda costa la fuga de la de Esquilache y sus hijas, o
la salida de cualquier balija que pueda ocultar efectos suyos,
aunque quien la conduzca sea un obispo. Por lo demás, es
indispensable que te apresures a poner en conocimiento del señor
Salazar la irrupción inverosímil en el colegio de los perros
hidrófobos que nos han asaltado.
    </p>
    

    <p>
     -Todo se hará como lo dices -contestó
Sendino-; pero ¡bah! no es creíble que te veas en la precisión de
resignar tus poderes; un hombre de tu sólida fabricación, no se
desgarabilla por una costalada más o menos. Ponte en pie y anda
¡cuerno del diablo! Cuando se lleva un golpe, nada hay peor que la
inmovilidad. Empínadle vosotros por debajo de los brazos.
    </p>
    

    <p>
     Los más próximos circunstantes
ejecutaron el movimiento aconsejado por Sendino, no obstante las
reclamaciones de Botija; pero el suceso acreditó que el doliente
apreciaba con exactitud su estado.
    </p>
    

    <p>
     Apenas tocaron el empedrado los pies
del mísero reclamante, dobló éste las piernas, cerró los ojos e
inclinó la inerte cabeza sobre el pecho.
    </p>
    

    <p>
     El síncope era evidente.
    </p>
    

    <p>
     Botija fue conducido al portal de la
casa situada frente al colegio, y colocado al lado del compañero de
infortunio.
    </p>
    

    <p>
     -Maese Ronquillo -dijo Sendino a uno
de los presentes-, tú que eres albéitar ¿no podrías socorrer a
estos cuitados?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda -contestó el requerido-; que
me traigan un pujavante, linimento inglés y agua-ras.
    </p>
    

    <p>
     Los concurrentes se habían ido
aglomerando en la calle hasta constituir un núcleo respetable.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se inclinó hacia Lozano,
pronunciando:
    </p>
    

    <p>
     -Tu procedimiento, Felicísimo, no ha
podido ser más expedito para darnos entrada en el colegio; pero
mucho me temo que ha de dificultarnos la salida.
    </p>
    

    <p>
     Lozano meditaba; sus petrificados ojos
habían dejado de observar la calle.
    </p>
    

    <p>
     -¡Si sólo se tratase de nosotros!
-añadió Tristán, echando una mirada de desdén al pelotón que
capitaneaba Botija-, ¿pero a dónde que no sea al paraíso puede ir
uno acompañado de mujeres?
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo continuaba cejijunto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -prosiguió Ayala:- me
ocurre una de las más felices ideas que voy a comunicarte
generosamente, aunque no sea más que para darte una lección por la
avaricia con que te estás reservando las tuyas. Si mientras tú
abres paso a esas damas con la espada sin par que Dios te ha dado,
yo te cubro la retirada con la docena de camaradas que ayer nos
secundaron en la plazuela de Antón Martín, tengo por cierto que
nuestro tránsito por la calle de la Reina habrá perdido todos los
inconvenientes que ahora presenta, pese a cuantos Botijas, Sendinos
y Ronquillos aborte el infierno.
    </p>
    

    <p>
     Lozano levantó la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tienes en el bolsillo a esos
camaradas? -preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -Como si los tuviera, por cuanto sé
donde encontrarlos.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán, si tu pensamiento fuera
factible, yo no sé hasta qué punto sería digno de mí aceptarle.
    </p>
    

    <p>
     -A ver, explicame eso.
    </p>
    

    <p>
     -Ejecutado el único acto en que
consistía el formal compromiso que contraje, he podido considerarme
personalmente desligado, para ulteriores empresas, de las entidades
que de mí se valieron; pero ¿me sería lícito conducir al campo
enemigo con armas y bagajes los hombres reclutados con los recursos
de esas entidades?
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo -dijo Ayala, con verdadera
conmiseración-, no reconozco en ti más que un defecto, pero es de
los mayúsculos, porque pertenece al género inocente que sólo
cultivan ya en el mundo las esposas de Jesucristo. Procura
corregirte: cuando esa pícara imperfección asoma la cabeza, eres
tan vulnerable en la estrategia como fuerte en la táctica. ¡Qué
sería de ti si en estas ocasiones faltase a tus escrúpulos el
receptáculo de la ancha manga de Tristán!
    </p>
    

    <p>
     La verdad era que Lozano objetaba por
descargo de conciencia; porque después de todo, el plan de Ayala,
no le parecía demasiado descabellado para ser obra de un cerebro
ofuscado por los vapores de la manzanilla.
    </p>
    

    <p>
     Tristán volvió a acercar la faz al
ventanillo, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -El sitio que vamos a sufrir, se
formaliza, y como en todos los sitios son convenientes cuando no
indispensables las salidas, voy a hacer la primera.
    </p>
    

    <p>
     Ayala comenzó a destruir los
atrincheramientos tan laboriosamente acumulados por Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -Estaré a la mira para apoyarte en el
momento en que sea necesario -dijo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Te aconsejo que no hagas tal cosa,
Felicísimo, a menos que no tenga lugar el caso improbable de que
llegues a verme en el suelo.
    </p>
    

    <p>
     Y el buen Tristán se despidió de su
amigo con un ademán lleno de confianza, abrió la puerta, cruzó el
dintel, volvió a cerrar detrás de sí y se plantó en la calle con el
garbo que le era habitual.
    </p>
    

    <p>
     Apenas puso el pie en el empedrado, se
vio cercado por los sitiadores, entre los cuales, acudió el primero
su cabecilla accidental.
    </p>
    

    <p>
     -¿A dónde va usted, buen mozo? -dijo
Sendino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! A donde me llaman mis
asuntos -respondió Ayala tranquilamente.
    </p>
    

    <p>
     -Hay contestaciones que no
satisfacen.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto peor para los
interrogadores.
    </p>
    

    <p>
     -Se han dado casos en que la desazón
ha sido para los interrogados.
    </p>
    

    <p>
     -De todos modos, usted comprenderá que
ciertas confidencias no se hacen en medio de la vía pública cuando
como ésta, se encuentra llena de gente.
    </p>
    

    <p>
     -No ha sido tanta la reserva de usted
para vapulear a nuestros compañeros.
    </p>
    

    <p>
     -Por esta noche no he vapuleado a
nadie todavía.
    </p>
    

    <p>
     -No miente en ese punto -exclamó uno
de los fieles de fechos que nunca faltan en todas partes-; el
magullador de Botija y del andaluz era menos alto, pero más
hombre.
    </p>
    

    <p>
     -¡Grandísimo bellaco! -gritó Ayala con
indignación más cómica que trágica-, estoy pronto a probarte espada
en mano, que no hay nadie más hombre que yo entre los nacidos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Silencio! -interrumpió Sendino:-
¿quién ha sido, pues, el agresor?
    </p>
    

    <p>
     -Mi jefe -contestó Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!, ¿usted es un subordinado?
    </p>
    

    <p>
     -Eso no humilla a nadie: lo que
levanta de patilla es una estupidez del género de la que me ha
dirigido el majadero a quien no he podido ver el rostro
todavía...
    </p>
    

    <p>
     -¿Y quién es ese jefe? -insistió
Sendino, volviendo a interrumpir.
    </p>
    

    <p>
     Ayala pronunció dando a su semblante
cierta expresión de respetuosa consideración:
    </p>
    

    <p>
     -Don Ermengaudo Fornspons de
Lainguarfalansterio.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo? -preguntó el de la barba roja
aplicando el oído.
    </p>
    

    <p>
     Tristán reprodujo literalmente el
nombre con admirable exactitud.
    </p>
    

    <p>
     Todos los concurrentes debieron quedar
perfectamente enterados, a juzgar por el silencio que siguió a la
reproducción; pero por eso no dejó de continuar Ayala, persuadido
de que ninguno de ellos era capaz de repetir el nombre en
cuestión.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena -repuso Sendino
encogiéndose de hombros:- ¿pero qué es lo que ese revesado mandarín
ha venido a hacer al colegio?
    </p>
    

    <p>
     -He ahí un asunto de índole tan
reservada como el que origina mi salida -contestó Tristán:- sin
embargo, la convicción que abrigo de la identidad de nuestras miras
en cuanto al fondo del motivo que a todos nos reúne en este sitio,
me mueve a no negar a usted la respuesta, si en particular tiene a
bien escucharla.
    </p>
    

    <p>
     -¡Plaza! -dijo Sendino a los que le
rodeaban.
    </p>
    

    <p>
     Y se acercó a Ayala, el cual se había
retirado hasta tocar en la pared.
    </p>
    

    <p>
     -Nuestra misión aquí -articuló Tristán
en voz baja-, ha sido significar a la de Esquilache una
trascedental intimación.
    </p>
    

    <p>
     -¿De parte de quién?
    </p>
    

    <p>
     -Del consejo directivo del cuerpo de
alborotados matritenses -añadió Ayala con el mayor aplomo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     -Con arreglo a nuestras instrucciones,
mi jefe y compañeros deben no perder un momento de vista a la
italiana hasta que decida de su suerte el consejo...
    </p>
    

    <p>
     -Prudente precaución.
    </p>
    

    <p>
     -Y esa suerte depende de la
contestación de la marquesa que voy a participar a la honorable
corporación que nos dirige.
    </p>
    

    <p>
     -¿Contestación satisfactoria como no
hubo otra en el mundo?
    </p>
    

    <p>
     -Tan satisfactoria, que no desespero
de volver dentro de poco tiempo con el mandato de conducir a la de
Esquilache a la galera y a sus hijas al hospicio.
    </p>
    

    <p>
     -Todo eso está en lo posible.
    </p>
    

    <p>
     -En lo cierto ¡cuerpo de Dios!
    </p>
    

    <p>
     -¡Sobre que no me opongo a nada!...
pero el cometido de usted es de tamaña importancia, que con el fin
de prestarle apoyo en cualquier azarosa contingencia, voy a
disponer que acompañen a usted dos de mis hombres hasta el seno del
consejo.
    </p>
    

    <p>
     -Obligado -dijo Ayala imperturbable-;
pero en vez de dos cuadrilleros ¿no podía usted poner cuatro a mis
órdenes dando cabida entre ellos al individuo a quien tan buen
concepto he inspirado? Me complacería en verle bajo mi férula,
siquiera fuese momentáneamente.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí no se trata de las complacencias
de usted sino de las mías -contestó Sendino.
    </p>
    

    <p>
     Después se volvió hacía el concurso
gritando:
    </p>
    

    <p>
     -¡Gallardet! ¡Colodro!
    </p>
    

    <p>
     Dos bigardos de mala traza armados de
sendos montantes salieron al encuentro del capataz.
    </p>
    

    <p>
     Sendino departió misteriosamente con
ellos y regresó al lado de Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -Antes de la partida -pronunció-,
tenga a bien el señor comisionado enseñarnos el forro de su
capa.
    </p>
    

    <p>
     -Es muy justo -respondió Ayala:- en
punto a los tesoros de la italiana, no está demás hacer constar que
todos jugamos limpio.
    </p>
    

    <p>
     El joven caballero separó los embozos
de la capa; y trazó con todo su vuelo la más airosa verónica que
hizo nunca aplaudir en el circo taurino el diestro Costillares.
    </p>
    

    <p>
     -¡Soberbio! -dijo el barbirrojo; puede
usted emprender su caminata.
    </p>
    

    <p>
     -Que me place -añadió Tristán:- hasta
luego.
    </p>
    

    <p>
     -Bah... la del humo.
    </p>
    

    <p>
     Ayala y sus dos satélites tomaron la
dirección de la calle de Hortaleza.
    </p>
    

    <p>
     En la Red de San Luis se discutió un
instante acerca del camino más corto para llegar al domicilio del
consejo.
    </p>
    

    <p>
     El móvil cuartel general de los
directores de la asonada, se hallaba a la sazón instalado en una
casa del centro de la Costanilla de Santiago.
    </p>
    

    <p>
     Este local ofrecía una animación
extraordinaria veinte minutos después de los sucesos ocurridos en
la calle de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     Numerosos entrantes y salientes se
entrechocaban en el portal sin luz, y en la escalera mal alumbrada,
y las habitaciones rebosaban en seres inverosímiles de burdos
trajes, pero de cabezas finas y manos perfectamente cuidadas, los
cuales gesticulando como sordo mudos, hablaban más que
bachilleres.
    </p>
    

    <p>
     En uno de los gabinetes, el secretario
Juan Antonio Salazar, que acababa de llegar del Rosario, recibía
notas que adivinaba más bien que leía, contestaba consultas
verbales, y dictaba órdenes a escribientes, todo con la nerviosa
precipitación del hombre a quien devora la impaciencia por
desembarazarse de un trabajo.
    </p>
    

    <p>
     Cuando más engolfado estaba en la
faena, le sorprendió el abordaje de un sugeto que llevaba la
tercera parte de la cara cubierta por un lienzo ensangrentado.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ocurre a usted? -dijo el
secretario sin fijarse apenas en el intruso.
    </p>
    

    <p>
     -Una desgracia, señor de Salazar
-contestó el vendado.
    </p>
    

    <p>
     -Si se refiere usted a su persona, no
era necesaria la aserción; ya veo que ha obtenido usted un
chirlo.
    </p>
    

    <p>
     -No menudo por cierto, pero no hablaba
a usted de mí.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena.
    </p>
    

    <p>
     -Ante todo, por si el apósito que me
desfigura ha impedido a usted reconocerme, le diré que soy
Gallardet.
    </p>
    

    <p>
     -Gallardet -murmuró Salazar; un
individuo de la cuadrilla de Botija...
    </p>
    

    <p>
     -En efecto.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, ¿tenemos novedades de la calle de
la Reina? -repuso el secretario interesado repentinamente.
    </p>
    

    <p>
     -Una invasión en el colegio.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por quién? ¡voto a mi estrella!
    </p>
    

    <p>
     -Por cuatro desconocidos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué ha hecho Botija, vive Dios!
    </p>
    

    <p>
     -Quedar como una rana en el
arroyo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y han vuelto a salir esos
hombres?
    </p>
    

    <p>
     -Uno tan sólo se atrevió, y Sendino
dispuso que le condujéramos a la presencia de usted, con lo cual el
mismo sugeto perecía conformarse...
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está el prisionero?...
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué si quieres!
    </p>
    

    <p>
     -¡Se burla usted!...
    </p>
    

    <p>
     -El detenido nos siguió en un
principio sin objeciones; pero al llegar a la Plaza de las
Descalzas, se cuadró, y nos dijo con la mayor impudencia, que
nuestra compañía había llegado a serle nauseabunda, y que podíamos
ir a emborracharnos a cualquier parte, el infierno inclusive...
Hasta tuvo la avilantez de alargarnos una moneda, cuyo valor
ignoro, porque quien la cojió al vuelo fue Colodro. Éste, en honor
de la verdad, al mismo tiempo que se apoderó, del donativo, empuñó
el brazo derecho del donante. Por mi parte le sujeté el izquierdo
en el acto. Pero las acciones meritorias no son en el mundo donde
encuentran el pago. Apenas asimos a aquel furioso, se desembarazó
de nuestras garras con la fuerza de un jabalí, tiró de la espada, y
se nos vino encima como un torbellino. En vano le opusimos nuestros
estoques; a los pocos momentos, el pobre Colodro, herido de un
puntazo, estaba fuera de combate, y yo caía desvanecido de un
revés... Cuando volví en mí, el pájaro había volado...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, imbéciles! -exclamó Salazar
furibundo-; no le traigáis atado codo con codo...
    </p>
    

    <p>
     El murciano arrojó sobre una mesa los
papeles que tenía en la mano, y se precipitó fuera de la
estancia.
    </p>
    

    <p>
     Era evidente que existía un plan para
la evasión de la marquesa de Esquilache; ¿llegaría a tiempo de
hacerle fracasar?
    </p>
    

    <p>
     Pocos momentos después salía a buen
paso de la Costanilla de Santiago, seguido de Pedro Gamonal y de
algunos hombres de su escuadra.
    </p>
    

    <p>
     La aparición del secretario del
consejo en la calle de la Reina, tuvo lugar precisamente en el
instante en que Botija volvía en sí, merced a una moxa detrás de la
oreja izquierda que el doctor Ronquillo le aplicó por su mano.
    </p>
    

    <p>
     Salazar recogió solícito cuantos datos
pudieron proporciónarle las confusas ideas de Botija, y las
respuestas precisas de Sendino; y después de meditado el caso,
creyó que todavía no había serio motivo para darse por derrotado;
pero que era necesario obrar inmediata y resueltamente.
    </p>
    

    <p>
     A consecuencia de esta determinación,
se encaminó a la puerta del colegio.
    </p>
    

    <p>
     A la sazón no estaba Lozano en el
portal.
    </p>
    

    <p>
     Había acabado de ver con satisfacción
el caballero la pacífica partida de Ayala, cuando oyó a la espalda
el timbre de la voz de Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     El sombrío semblante del lacayo llamó
la atención de Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué tienes Perfecto desventurado?
-preguntó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Encargo del joven caballero, para que
se sirva usted subir al cuarto de la señora marquesa -contestó
Cazurro con acento en absoluta armonía con lo mal humorado del
rostro.
    </p>
    

    <p>
     -Otro disgusto mayor han debido
proporcionarte.
    </p>
    

    <p>
     -No trato de ocultarlo.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué consiste?
    </p>
    

    <p>
     -En que mi amo, modelo de
morigeración, me haya puesto a las órdenes de semejante pisaverde.
-¿Qué significa eso?
    </p>
    

    <p>
     -Que el tal mozalvete es un
libertino.
    </p>
    

    <p>
     Lozano fulminó a su doméstico una
severa mirada.
    </p>
    

    <p>
     -La frase es dura, pero exacta
-prosiguió Cazurro-. Apenas el atrevido joven vio en su presencia a
la hermosa señora marquesa, se arrojó sobre ella como un sátiro, y
la devoró a cínicos ósculos, sin cuidarse de la presencia de las
inocentes hijas del objeto que le inspiraba tanta lubricidad, y sin
respetar mi propio pudor...
    </p>
    

    <p>
     En otra ocasión cualquiera, Felicísimo
hubiese soltado la carcajada; en aquel momento se contentó con
sonreírse.
    </p>
    

    <p>
     -Tienes razón Cazurro -dijo-, el
asunto podía haber sido grave a no rechazar la marquesa la
agresión... por que es de suponer que la rechazaría
indignada...
    </p>
    

    <p>
     El lacayo después de vacilar un
instante, pronunció con cierto aire de conmiseración hacía la
flaqueza femenil:
    </p>
    

    <p>
     -Señor... corramos un velo...
    </p>
    

    <p>
     -Córrele, oh Perfecto entre los
perfectos, y vigila luego en este sitio.
    </p>
    

    <p>
     Lozano subió al piso principal, se
hizo indicar el aposento de la marquesa de Esquilache, y dio dos
discretos golpes en la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Elina le franqueó la entrada.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa, abrazada por sus dos
hijas, ocupaba un confidente en el estrado.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, señor de Lozano -dijo la
azafata-, mi amiga la marquesa desea saludar al caballero que
arriesga su vida por salvarla.
    </p>
    

    <p>
     -La señora marquesa me dispensa un
honor inapreciable -contestó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -No, señor de Lozano -exclamó la de
Esquilache alargándole la mano-, lo que consagro a usted con fe
ardiente, con admiración, con toda la efusión de mi alma, es la
amistad más acendrada y el agradecimiento más profundo.
    </p>
    

    <p>
     -Me confunde el generoso impulso de la
señora marquesa; porque sin modestia, puedo asegurarla que en
cualquier pecho noble, habría encontrado la desgracia que la hiere
una adhesión igual a la mía.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, caballero! -añadió la de
Esquilache con amargura-; ¿dónde están mis deudos, mis amigos?...
todos quedan reducidos a dos; por eso concentro en ellos con
vehemencia, cuantas gratas afecciones animan mi corazón.
    </p>
    

    <p>
     Al pronunciar Pastora estas palabras,
estrechaba con ambas manos las de Elina y Felicísimo, acercándolas
una a otra hasta estar a punto de tocarse.
    </p>
    

    <p>
     Lozano no pudo sustraerse al vivo
deseo de que llegase a realizarse la conjunción. Afortunadamente el
suceso no le comprometía; la marquesa no era el cura párroco de
Elina.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo demás, señor de Lozano
-prosiguió después de un intervalo la de Esquilache, cambiando en
su tono la acervidad por la tristeza-; mucho me temo que la empresa
que usted ha acometido sea superior a las fuerzas humanas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué, señora?
    </p>
    

    <p>
     -Desde que ustedes han llegado, la
actitud de los hombres que me vigilaban es amenazadora... Diríase
que se proponen seriamente asaltar el edificio.
    </p>
    

    <p>
     -Confiamos en que no acabarán de
decidirse a intentarlo antes por lo menos de que le abandonemos
nosotros.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura abriga usted esperanzas
fundadas de evasión?
    </p>
    

    <p>
     La azafata sepultó su mirada en los
garzos ojos del joven.
    </p>
    

    <p>
     -¿No trata usted de tranquilizar
nuestro contristado espíritu con una ilusión de que no participa?
-murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -No, a fe mía -contestó Felicísimo-,
mi amigo Ayala ha ido en busca de algunos compañeros de brío, que
desembarazarán la calle de la chusma que nos asedia.
    </p>
    

    <p>
     Las dos damas dijeron
simultáneamente:
    </p>
    

    <p>
     -¡Si tuviéramos tanta fortuna!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Pluguiera a Dios!...
    </p>
    

    <p>
     Un campanillazo, no tan desatentado
como el producido por la mano de Felicísimo, pero suficientemente
enérgico para volver a esparcir la alarma por el colegio entero,
resonó en aquel instante en la portería.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa y Elina se
extremecieron.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se disponía a tornar al piso
bajo, cuando la voz de la esposa de Esquilache le detuvo.
    </p>
    

    <p>
     -Si no es absolutamente indispensable
-le dijo la marquesa-, ruego a usted, caballero, que no nos deje
solas... Me domina un terror pánico.
    </p>
    

    <p>
     Entonces Felicísimo se acercó a la
ventana, y dirigió los ojos a la calle a través de las
celosías.
    </p>
    

    <p>
     El bloqueo no parecía haber adquirido
carácter más amenazador que el que tenía diez minutos antes.
    </p>
    

    <p>
     Quien no dejó de acudir al llamamiento
fue el portero, que con una venda en la frente, que trascendía a
vinagre a tiro de arcabuz, se aproximó a la rejilla de la puerta
con las convenientes precauciones.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se adelantó en el acto, y
poniendo majestuosamente la mano en la guarnición de la terrible
espada que fue de Tragaldabas, dijo con acento solemne:
    </p>
    

    <p>
     -Declaro al señor plantón que no estoy
dispuesto a consentir que franquee el paso a nadie.
    </p>
    

    <p>
     -Creo que su señoría tendrá presente
-contestó el portero refunfuñando-, que no está encargado de darme
lecciones acerca del cumplimiento de mi deber.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece -replicó Cazurro-, que su
merced no echará en olvido tampoco que sé hacer chichones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién llama! -preguntó el portero en
voz alta.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! Quién desea entrar
-contestó Salazar de mal talante.
    </p>
    

    <p>
     -El aforismo evangélico 

     <emph>
      llamad y se os abrirá
     </emph>
     no reza en esta casa con
las personas desconocidas.
    </p>
    

    <p>
     -La interpretación del santo texto no
puede ser más recta -añadió Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -Te prevengo, asno predicador -gritó
Salazar-, que si vuelves a permitirte otra broma de semejante
género, te hago derrengar a estacazos.
    </p>
    

    <p>
     -Pregunte su merced a ese baladrón
-repuso Cazurro-, si seduce el corazón de las mujeres cuando quiere
entrarse por sus puertas con las mismas amorosas frases con que
conquista la benevolencia de los porteros.
    </p>
    

    <p>
     El plantón replicó indignado al
murciano:
    </p>
    

    <p>
     -La exposición de la doctrina
contenida en los libros canónicos, sólo puede ser una broma para
los impíos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Abrirás al fin, mal aprendiz de
clérigos de misa y olla?
    </p>
    

    <p>
     -No abriré.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente dicho -articuló
Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! Con los anteriores
visitantes no has sido tan intransigente, bestia del
Apocalipsis.
    </p>
    

    <p>
     -Pero lo deploraré amargamente
mientras exista...
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuidado con deslizarse! -interrumpió
Perfecto, arqueando las cejas.
    </p>
    

    <p>
     -Vamos a cuentas -repuso Salazar, que
creyó entreoír en el portal cierto murmullo combinado con la voz
del portero-; ¿te niegas a abrir por tu espontánea voluntad, porque
algún bergante te impone la suya?
    </p>
    

    <p>
     -Envíe el señor plantón a paseo al
impertinente inquisidor -murmuró Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Señor mío! -exclamó el portero
exasperado:- yo no necesito espíritus santos.
    </p>
    

    <p>
     Y dirigiéndose al ventanillo,
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -No abro porque la señora superiora
así lo ha dispuesto.
    </p>
    

    <p>
     -Pues apresúrate a decir a la señora
superiora que necesito hablarla en el acto.
    </p>
    

    <p>
     -A esa pretensión pudiera no
negarme.
    </p>
    

    <p>
     -Niégate si quieres, y lo pondremos en
tu cuenta para el momento próximo de la liquidación.
    </p>
    

    <p>
     -¡Nuevas amenazas!
    </p>
    

    <p>
     -La última no se dirige a ti solo.
    </p>
    

    <p>
     Puedes asegurar a la superiora que si
trata de esquivar la conferencia que reclamo, voy a demoler el
colegio y el templo.
    </p>
    

    <p>
     -Aconseje su merced a ese contratista
de derribos que comience la demolición con la cabeza propia
-pronunció Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     El portero, en vez de seguir la
inspiración de Perfecto, contestó al murciano:
    </p>
    

    <p>
     -Si la señora superiora accede a los
deseos de usted, le escuchará por la próxima reja.
    </p>
    

    <p>
     Iba el plantón a internarse en las
habitaciones de la derecha, cuando le detuvo instintivamente un
vivo movimiento de Cazurro hacía la puerta de la calle.
    </p>
    

    <p>
     El portero, sin embargo, no tardó en
tranquilizarse y prosiguió su camino. El buen Perfecto no hacía
otra cosa que examinar, recorrer y afirmar la barra y los
cerrojos.
    </p>
    

    <p>
     Aunque la paciencia del caballero
murciano no era mucha, no tuvo tiempo en esta ocasión para
ágotarse.
    </p>
    

    <p>
     La falleba de una vidriera dejó oír su
estridente crujido en una de las ventanas inmediatas.
    </p>
    

    <p>
     Salazar acudió en el acto, guiado por
el reflejo de los cristales al girar su marco en los goznes. Al
través de la espesa celosía pudo entrever unas tocas blancas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es usted quien pretende hablarme,
señor? -preguntó una voz femenil.
    </p>
    

    <p>
     -Deseo, en efecto, hacer una
manifestación a la señora superiora -contestó el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Puede usted explicarse; aunque
indigna, ejerzo ese cargo por la misericordia de Dios.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, señora, las personas que
dirigen el movimiento popular, me han comisionado para hacer un
reconocimiento en los papeles de la marquesa de Esquilache; y
espero que no se oponga usted a que se me franquee inmediatamente
la entrada en el colegio, con el fin de que pueda cumplir mi
cometido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un atropello en este santo
recinto!
    </p>
    

    <p>
     -Señora, empeño a usted mi honrada
palabra, de que serán de todo punto respetadas las personas de la
marquesa y de sus hijas. La intervención que me compete, se limita
a los efectos de esa dama.
    </p>
    

    <p>
     -Pero usted olvida o desconoce,
caballero, que el colegio forma parte del templo de Nuestra Señora
de la Presentación, y disfruta, por tanto, de todas sus
inmunidades...
    </p>
    

    <p>
     -Pero usted desconoce u olvida, señora
superiora, que el templo de Nuestra Señora de la Presentación, y
por tanto, el colegio adjunto, no gozan del derecho de asilo...
    </p>
    

    <p>
     -Señor mío:...
    </p>
    

    <p>
     -En Madrid no hay más que las iglesias
parroquiales de San Sebastián y San Ginés que posean esa inmunidad
canónica.
    </p>
    

    <p>
     -Ni yo soy doctora, ni me consta que
usted sea un eminente casuista; pero sé que donde no alcanza la
protección de la extricta disciplina eclesiástica, debe llegar la
piedad de los verdaderos fieles.
    </p>
    

    <p>
     -

     <foreign xml:lang="LAT">
      Salus populi suprema lex est
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuántos crímenes ha sancionado esa
máxima!
    </p>
    

    <p>
     -En resumen: ¿dispondrá usted que se
me facilite el ingreso?
    </p>
    

    <p>
     -Las prerogativas de la casa del
Señor, de las cuales soy humilde depositaria, el amparo debido a la
desgracia, y la voz de mi propia conciencia, no me lo permiten.
    </p>
    

    <p>
     -Me pasaré sin el permiso, y no seré
yo ciertamente el responsable de los tristes sucesos a que pueda
dar lugar una invasión a viva fuerza.
    </p>
    

    <p>
     -¡A tanto llegará la osadía!
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez!
    </p>
    

    <p>
     -No hablaré a un impío de las iras del
Altísimo; pero le conminaré con la indignación del verdadero pueblo
de Madrid. El vecindario de este barrio es profundamente religioso,
y acudirá en nuestra defensa apenas las campanas hagan resonar el
toque de rebato.
    </p>
    

    <p>
     Salazar ya no escuchaba a la
superiora.
    </p>
    

    <p>
     Trasladado el murciano en dos saltos
al portal de enfrente, exhortaba con acerada frase a Gamonal,
Sendino, Ronquillo y lo más florido de la banda, a que le
secundaran dignamente en la meritoria empresa.
    </p>
    

    <p>
     Se trataba de apoderarse de los
papeles de Esquilache, salvados por su esposa, los cuales, según
noticias del Consejo, contenían nada menos que un vasto plan de
conjuración para desmembrar la monarquía, creando a la familia del
advenedizo italiano un principado independiente en la parte de las
provincias gallegas, contigua a la frontera portuguesa.
    </p>
    

    <p>
     Todos aquellos esclarecidos varones,
exaltados por el más acendrado patriotismo, lanzaron un rugido que
no hubiera sido mis colérico, si les despojaran a ellos mismos de
las tierras que se proyectaba aplicar al nuevo valle de
Andorra.
    </p>
    

    <p>
     Concebido instantáneamente el plan del
asalto por Salazar, y comunicado a sus parciales con poca menos
rapidez, la falange entera cayó sobre la fachada del colegio, corno
hubiera podido caer una tromba devastadora.
    </p>
    

    <p>
     Al aposento de la marquesa de
Esquilache llegó un rumor sordo, indefinido, uno de esos ecos que
son producto de muchos factores, y que suspenden el oído, porque
anuncian un acontecimiento anormal siempre funesto.
    </p>
    

    <p>
     Lozano volvió a acudir a la ventana, y
aunque no podía ver desde ella la parte del templo y del colegio,
la atenta espectación que demostraban los numerosos observadores
situados en la acera opuesta de la calle, le hizo comprender que la
escena presenciada era en alto grado interesante.
    </p>
    

    <p>
     El hecho obtuvo completa explicación
con la llegada de la superiora, pálida y azorada.
    </p>
    

    <p>
     -Todo se ha perdido, señora marquesa
-balbuceó la recién llegada-, esos renegados asaltan el
colegio...
    </p>
    

    <p>
     Elina ahogó un grito de desesperación.
Pastora se llevó una mano al corazón como si acabara de recibir en
él un rudo golpe.
    </p>
    

    <p>
     En pos de la directora; penetraron
algunas sobresaltadas institutrices, agravando con sus estrepitosos
lamentos y desolados ademanes, lo alarmante de la situación.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se cuidó poco de todas
aquellas contorsiones monjiles más coreográficas que conmovedoras;
pero al ver a Cazurro en la entrada de la galería, le salió al
encuentro.
    </p>
    

    <p>
     -¿Han forzado la puerta?
-preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -Todavía no -contestó Perfecto-; pero
no conservo ilusiones acerca de la eficacia de ese obstáculo: en
vista de los gemidos que la encina exhala, y de la facilidad con
que se deja zarandear, me temo que ha de rendirse en breve a
discreción.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, es necesario que atranques
y atrincheres todas las comunicaciones interiores susceptibles de
defensa. La señora superiora dispondrá que te ayuden los
dependientes del colegio.
    </p>
    

    <p>
     -Tres son en número, y de esfuerzo
poco digno de estimación -respondió la superiora-; pero obedecerán
cuantas órdenes tenga a bien darles vuestra merced.
    </p>
    

    <p>
     -Ya lo oyes, Cazurro -dijo Felicísimo
a su criado-; ha llegado el momento de honrar mi librea.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué se propone usted, señor de
Lozano? -murmuró la condesa entre inquieta entre subyugada por la
tranquila frente del joven.
    </p>
    

    <p>
     -Si no hay medio posible de evasión
-contestó Felicísimo-, me propongo resistir enérgicamente la
agresión hasta que el auxilio exterior que no desespero recibir de
mis amigos, haga levantar el sitio a esa hez del populacho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, caballero! -articuló la de
Esquilache en el colmo de la angustia-, estaba escrito que toda la
abnegación de usted no podría sustraerme a la saña de mi
destino.
    </p>
    

    <p>
     Las dos niñas cubrían a su madre de
besos y de lágrimas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Valor, señora marquesa! -pronunció
Lozano con más imperturbabilidad que nunca-: ¡trabajo y caro precio
ha de costar a los enemigos de usted tocar a uno de los pliegues de
su traje!
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, buen Dios! -exclamó la
superiora, ocultándose el rostro entro las manos-: ¡una escena de
sangre en este sitio!
    </p>
    

    <p>
     La más joven de las institutrices, aya
siempre solicita de las hijas de Esquilache, se lanzó
repentinamente hacía Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Existe el medio de evasión que usted
anhela, caballero -pronunció con una expresión de inefable
entusiasmo:- puede usted salvar a la señora marquesa, y a esos
angelicales pedazos de sus entrañas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué dice la hermana Beatriz?
-preguntó vivamente Elina.
    </p>
    

    <p>
     -Frases de perlas, señora condesa
-replicó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Y dirigiéndose a la institutriz,
añadió con una dulzura que él mismo ignoraba poseer:
    </p>
    

    <p>
     -¿Acabará de exponerme nuestra joven
amiga su nobilísimo pensamiento?
    </p>
    

    <p>
     -La exposición es breve -prosiguió
Beatriz-, el camarín de la sacristía comunica por un largo corredor
y varios sótanos con un patio perteneciente a una de las casas de
la calle de San Miguel, donde están, según tengo entendido, las
cocheras del marqués de Grimaldi. Es de creer que haya alguna
puerta cerrada; pero de todos modos, siempre será menos difícil
forzarla, que abrirse paso por entre los amotinados.
    </p>
    

    <p>
     -Hermana Beatriz -pronunció
severamente la superiora al oír publicar de aquel modo ciertos
misterios de la localidad-; ¿con qué motivo ha podido llegar a
tener conocimiento de semejante itinerario?...
    </p>
    

    <p>
     Pareció a la joven tan extemporánea la
pregunta, que se encogió de hombros por toda respuesta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Nos guiará en ese camino de
esperanza nuestra hada benéfica? -dijo a la institutriz Lozano, que
prefería no tratar de entenderse sobre el particular con otra
persona alguna.
    </p>
    

    <p>
     -En el acto -contestó Beatriz con la
decisión y la confianza que inspira la generosa edad de diez y ocho
años.
    </p>
    

    <p>
     -No perdamos un momento, señora
marquesa -añadió Felicísimo-, que compense la energía moral el
abatimiento de las fuerzas físicas en esta ocasión suprema.
    </p>
    

    <p>
     -Espero que el ciclo que ha escuchado
las preces de mis hijas, no me negará el vigor indispensable
-respondió la de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se dirigió a la meseta de
la escalera, y llamó con potente voz a Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     El mancebo suspendió las obras de
fortificación que dirigía en el piso bajo, amontonando detrás de
las puertas cuantos muebles encontraba a mano, y acudió al
llamamiento de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Mientras la condesa recogía
apresuradamente los efectos de su amiga, Beatriz corrió a la
habitación de la superiora, se apoderó a todo evento de un grueso
manojo de llaves, extrajo dos ganzúas del fondo de una alhacena,
descolgó uno de los faroles que alumbraban la imagen de la
protectora del colegio, y volvió al crucero de las galerías.
    </p>
    

    <p>
     El equipaje de la marquesa, consistía
en un maletín de cuero y en media docena de bolsas de mano.
    </p>
    

    <p>
     Elina, Pastora y las dos niñas se
repartieron las bolsas: de la maleta se encargó Cazurro a una seña
de su señor.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que fue el primero en salir
del cuarto de la marquesa, oyó decir a Beatriz desde el ángulo del
corredor:
    </p>
    

    <p>
     -Deprisa, ¡Dios mío! ¡A la
carrera!...
    </p>
    

    <p>
     El tiempo debía apremiar, en efecto. A
los gritos salvajes que resonaban por todas partes, se unían
estruendos amenazadores.
    </p>
    

    <p>
     Los fugitivos, precedidos por Beatriz,
bajaron precipitadamente la escalera.
    </p>
    

    <p>
     Por desgracia, la primera etapa de la
marcha, conducía en línea recta a las posiciones ocupadas por el
enemigo. La marquesa pudo oírse aplicar tales epítetos por acentos
enronquecidos, que se cubrió el encendido rostro con las manos.
    </p>
    

    <p>
     Al cruzar por delante de una ventana,
cuyas vidrieras estaban hechas pedazos, vio Felicísimo una
palanqueta que separaba las barras de la reja.
    </p>
    

    <p>
     Con la rapidez del rayo y la fuerza de
un titán, el joven arrancó el instrumento de los puños que le
manejaban.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, tunante! -gritó el desarmado:-
¡si yo tuviese aquí un mosquete!
    </p>
    

    <p>
     Lozano entregó la palanqueta a
Cazurro, y se reunió a las damas.
    </p>
    

    <p>
     A la sazón estaban detenidas delante
de la puerta que comunicaba con el templo.
    </p>
    

    <p>
     El sacristán, con el mal humor del que
presiente una calamidad, acababa de contestar las siguientes
palabras a las apremiantes reclamaciones de Beatriz:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que yo no sé si debo...
    </p>
    

    <p>
     -Por fortuna yo lo sé perfectamente
-le dijo Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Y poniendo una mano en el cerebelo y
otra en el coxis del sacristán, le llevó disparado como un cohete
hasta la puerta, en la cual chocaron violenta y simultáneamente la
nariz, el abdomen y las rodillas del pobre guardián del
santuario.
    </p>
    

    <p>
     -¡Abre! -pronunció Lozano con la
sobriedad de un espartano.
    </p>
    

    <p>
     No es fácil saber por la intercesión
de qué buen genio se operó el milagro; pero fue lo cierto que en
las trémulas manos del sacristán apareció una llave antes ausente,
que ésta se introdujo como por sí misma en la cerradura, y que la
puerta giró sobre su eje.
    </p>
    

    <p>
     La nave de la iglesia sufrió
inmediatamente una irrupción atropellada.
    </p>
    

    <p>
     Iban a doblar las damas el ángulo de
uno de los brazos que forman la cruz latina del templo, cuando
aparecieron dos bustos sombríos en la claraboya abierta bajo el
coro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! -profirió la boca de
uno de aquellos bustos-, parece que las italianas tratan de
huir.
    </p>
    

    <p>
     -¡Huir! -exclamó el individuo a quien
pertenecía la otra cabeza:- eso probaría que contaban con alguna
salida oculta. ¡Voto a tal! hemos llegado a tiempo entonces...
¡Abajo, Gamonal! Que no se nos escapen...
    </p>
    

    <p>
     -¿Abajo? ¡Diablo! Señor de Salazar, la
altura es respetable.
    </p>
    

    <p>
     -Descuélguese usted con la capa... yo
la sostendré firme... Por mi parte seguiré a usted después aunque
me estrelle...
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que no había perdido una
palabra del diálogo anterior, acompañó a las damas hasta la entrada
de la sacristía, y dijo a Cazurro:
    </p>
    

    <p>
     -Perfecto: buenos puños para levantar
cuantas puertas encuentres por delante.
    </p>
    

    <p>
     En aquel momento resonó en las losas
del piso de la nave el golpe de las gruesas botas de Gamonal, que
acababa de saltar con menos dificultad de la que temía, merced al
procedimiento ideado por Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, señoras -añadió
Felicísimo-, dentro de pocos segundos estaré de nuevo al lado de
ustedes.
    </p>
    

    <p>
     Después se quitó la capa, la arrolló
al brazo izquierdo, y desenvainó la espada.
    </p>
    

    <p>
     Durante el breve espacio de tiempo que
el joven caballero invirtió en su acción, Salazar, enganchando la
capa de Gamonal en la aldabilla que sujetaba el montante de la
claraboya, se había arrojado al suelo.
    </p>
    

    <p>
     Capa, aldabilla y montante le
acompañaron en la caída; pero el objeto del artificio estaba
conseguido: el golpe perdió una gran parte de su violencia.
    </p>
    

    <p>
     -Creo, Gamonal -dijo el murciano,
apenas se repuso-, que ese perillán que se adelanta, se propone
disputar al león su presa.
    </p>
    

    <p>
     -Para algo traerá en la mano el acero
-respondió Gamonal, tirando del suyo.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien; demos una buena lección al
rufián de cotorras -replicó Salazar empuñando asimismo la
tizona.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo llegaba entonces a la zona
luminosa que proyectaban las lamparillas del cuadro de las
ánimas.
    </p>
    

    <p>
     Pedro Gamonal dio un paso atrás
exclamando:
    </p>
    

    <p>
     -¡El hombre del convento de Valverde!
¡El Espadachín!
    </p>
    

    <p>
     Lozano herido en lo vivo por el
dicterio, se lanzó sobre el denigrador.
    </p>
    

    <p>
     -¡Vuelve a tragarte esa palabra,
gaznápiro! -dijo furioso.
    </p>
    

    <p>
     Pero Gamonal, en vez de obedecerle le
recibió en guardia; y como Felicísimo no tenía tiempo para insistir
en la intimación con largos discursos, decidió favorecer de la más
expedita de las maneras la ejecución del acto de deglución que tan
imperiosamente había exigido.
    </p>
    

    <p>
     Al efecto señaló una vuelta en
segunda, y en el instante en que vio que se acudía a la parada dio
a la mano la posición normal, y con una destreza que sólo él poseía
sepultó cuatro buenos dedos de la punta de la espada en la boca de
Gamonal.
    </p>
    

    <p>
     El herido dobló una rodilla, y midió
al fin el suelo de donde pugnó en vano por levantarse.
    </p>
    

    <p>
     Tan rápida había sido la contienda que
cuando Salazar llegó a la línea de combate para apoyar a Gamonal,
este no necesitaba ya más auxilios que los de maese Ronquillo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se revolvió en el acto contra
el segundo adversario.
    </p>
    

    <p>
     Las circunstancias apremiaban
demasiado para que se entretuviera en tantearle: dio por supuesto
que se las había con un torpe, y levantó la espada.
    </p>
    

    <p>
     No era, en efecto, Salazar lo que
puede llamarse un tirador, pero tampoco merecía mi total desprecio.
El acero del murciano partió inmediatamente por la línea.
    </p>
    

    <p>
     El golpe, sin embargo, sólo fue de
graves consecuencias para la capa con que Felicísimo escudaba su
pecho.
    </p>
    

    <p>
     Los cien pliegues de la sarga eran
atravesados por el hierro de Salazar, mientras caía sobre la cabeza
de este la tizona de Lozano con el más gallardo de los tajos.
    </p>
    

    <p>
     El grueso castor del chambergo
amortiguó una parte de la fuerza del golpe; pero aún quedó la
suficiente para que Salazar aturdido girase sobre sí mismo, y se
desplomara inerte bajo el púlpito.
    </p>
    

    <p>
     - ¡Sacrílegos! -gritaba el sacristán
entretanto:- ¡Que caiga sobre vuestras cabezas la sangre con que
habéis profanado la casa del señor!
    </p>
    

    <p>
     La indignación del sacristán estaba
plenamente justificada: porque era de creer que al hablar de sangre
se refiriese a la que sentía correr de las narices que le
pertenecían.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que Lozano vio por
tierra a sus dos enemigos, corrió a la sacristía, cerró por la
parte interior la puerta provista felizmente de sólido cerrojo, y
buscó el camarín de que Beatriz había hablado.
    </p>
    

    <p>
     Merced a la vacilante llama de la
candileja que tenía en la mano un ángel, dos veces de luz en
aquella ocasión, Felicísimo no tardó en dar con la estancia
indicada, y en encontrar en ella la salida del corredor.
    </p>
    

    <p>
     Oscuro y largo era el pasadizo; pero
como también era estrecho, y carecía de complicaciones trasversales
no había posibilidad de extravío.
    </p>
    

    <p>
     El joven recorrió rápidamente aquel
tránsito con la mano izquierda en una de las paredes, y dándose
cuenta de la otra con la punt de la espada.
    </p>
    

    <p>
     El corredor acabó por desembocar en
una bóveda rectangular y al fin del nuevo trayecto los ojos do
Felicísimo vislumbraron el farol de la institutriz.
    </p>
    

    <p>
     El caballero entonces volvió a
envainar la espada para no alarmar a las damas, y se reunió con
ellas a la carrera.
    </p>
    

    <p>
     La condesa le miró de pies a
cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha ocurrido algún fatal incidente?-
le preguntó.
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno -contestó Lozano
sencillamente.
    </p>
    

    <p>
     Elina era muy capaz de adivinar todo
lo acaecido; pero no sería en verdad por los datos que pudieran
ofrecerla el inalterable semblante de Felicísimo y el tranquilo
timbre de su acento.
    </p>
    

    <p>
     Una corriente fría y violenta que
revelaba el aire libre, azotó de repente el rostro de los
fujitivos. Habían llegado delante de una verja de cruzados barrotes
cerrada por un candado ciclópeo.
    </p>
    

    <p>
     Beatriz puso en manos de Cazurro las
dos ganzúas, y el pestillo del candado cedió a la acción de una de
ellas sin seria resistencia.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto empujó la verja y facilitó a
los que le acompañaban el ingreso en un patio espacioso.
    </p>
    

    <p>
     El recinto estaba alumbrado por una
linterna que yacía sobre el brocal de un pozo. Al reflejo del
clásico utensilio iluminador se divisaban dos puertas laterales,
entornada la una, y completamente abierta la otra.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se dirigió a la segunda acaso
en razón a su aspecto de franqueza.
    </p>
    

    <p>
     El primer objeto que vio fue un hombre
anciano, cubierto con un gorro alto, tieso y puntiagudo. Aquel
individuo se ocupaba en verter cebada de un talego en una medida de
madera.
    </p>
    

    <p>
     -¡La salida! -pronunció Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     El del gorro volvió rápidamente la
cabeza, y al distinguir un hombre azorado con una maleta debajo del
brazo, y una palanqueta en la mano, hizo la señal de la cruz, y dio
un paso atrás exclamando:
    </p>
    

    <p>
     -¡Misericordia! ¡Buena está la salida
de este foragido!
    </p>
    

    <p>
     A continuación se sepultó entre un
cúmulo de costales que removidos por la nueva adición perdieron el
equilibrio y resbalaron en todas direcciones.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto volvió al patio sin insistir
en la pregunta: bastante respuesta le daba la evidencia de que se
había metido en un pajar.
    </p>
    

    <p>
     Beatriz fuese por instinto fuese por
sapiencia, se encaminó a la puerta entornada. Detrás de la joven
penetró todo el personal de la expedición en un pretil que
terminaba en una vasta cochera.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se precipitó sobre el portón;
quitó el pasador y la cadena, abrió uno de los postigos, y saltó al
otro lado.
    </p>
    

    <p>
     Se encontraba en la calle de San
Miguel sombría y solitaria: esto es, como siempre apetece hallar la
ruta el que acaba de evadirse de una prisión.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012022">
    

    <head>
     Capítulo XXII
    </head>
    

    <head>
     Concepto que al héroe de esta historia merecen las
especiales aptitudes eróticas que le adornan
    </head>
    

    <p>
     La necesidad más urgente para los
fujitivos, era alejarse del lugar donde se encontraban.
    </p>
    

    <p>
     Lozano no tuvo que emplear muchas
palabras para demostrarlo: el hecho estaba en la conciencia de
todos.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa depositó un beso el la
frente de la joven Beatriz al mismo tiempo que la puso en el dedo
anular un solitario y aceptó después el brazo que Felicísimo la
ofrecía. Elina tomó la mano de la más pequeña de las niñas.
    </p>
    

    <p>
     Cuando los evadidos emprendieron
rápidamente su marcha hacía la parte alta de la calle, oyeron un
clamor que probaba que la superiora cumplía su palabra a Salazar.
Las campanas del templo estallaban en el más furioso de los
rebatos.
    </p>
    

    <p>
     Apenas los expedicionarios doblaron la
esquina de la calle del Clavel, Lozano se apresuró a decir:
    </p>
    

    <p>
     -Nuestro primer cuidado consiste ahora
en proporcionarnos un coche seguro.
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno más seguro que el mío
-interrumpió Elina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién podría ponerlo en duda!..
¿Dónde está la cochera?
    </p>
    

    <p>
     -En mi casa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, diantre!...
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto -murmuró la marquesa-,
hasta esta noche, querida mía, no había calculado que pudiera
llegar a ser una desdicha la circunstancia de que habitases en la
calle de la Reina.
    </p>
    

    <p>
     -No podemos, sin embargo, renunciar a
esa idea.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es verdad que no, señor de
Lozano?
    </p>
    

    <p>
     -La vuelta al teatro de los
acontecimientos sólo constituye un peligro para la señora marquesa,
pero de ningún modo para mí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo, Dios mío!.. ¿pensaría usted en
separarse de nosotras en estos momentos?
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué no, si antes las dejo en
lugar seguro?
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué lugar?
    </p>
    

    <p>
     -En mi propia habitación.
    </p>
    

    <p>
     -Feliz pensamiento -exclamó Elina.
    </p>
    

    <p>
     -¿Está lejos la morada de usted?
    </p>
    

    <p>
     -Tan próxima está que si no existiera
esa manzana de casas, podría usted verla desde aquí.
    </p>
    

    <p>
     La frase era exacta, porque los
interlocutores acababan de cruzar la calle del Caballero de Gracia,
y entraban en la Ancha de Peligros.
    </p>
    

    <p>
     -Apresurémonos, pues.
    </p>
    

    <p>
     Dispensaron todos tan buena acogida a
la invitación de la marquesa, que pocos minutos después llegaban a
la 

     <emph>
      Fonda de Levante
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Las damas se instalaron en el modesto
albergue de Lozano con deleite poco menor que si hubieran tomado
posesión de la parte que pudiera corresponderlas en el paraíso.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo dijo a continuación a
Elina:
    </p>
    

    <p>
     -Ahora bien ¿se servirá la señora
condesa indicarme los medios de que habré de valerme para conducir
aquí el carruaje?
    </p>
    

    <p>
     -Todos ellos se reducen a uno
-contestó la azafata.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! tanto mejor: la simplificación
me electriza.
    </p>
    

    <p>
     -El medio en cuestión consiste en
acompañarme hasta mi domicilio.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa besó a su amiga en la
mejilla.
    </p>
    

    <p>
     Lozano buscó a Cazurro con los ojos,
entre otros motivos, para ver si se le volvía a alarmar el pudor;
pero como el mozo no se hallaba presente, hubo de salir a
llamarle.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo acudió a la primera voz.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo le dijo a medio tono:
    </p>
    

    <p>
     -Si hubiere algún curioso en la posada
autorizo la indiscreción de que le confíes que acabo de recibir la
visita de mi hermana y de mis dos sobrinas.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente, señor.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo demás, te hago responsable de
la absoluta incomunicación y de la seguridad de mi familia durante
mi breve ausencia.
    </p>
    

    <p>
     Elina apareció en aquel instante: el
joven caballero la siguió hasta la meseta de la escalera.
    </p>
    

    <p>
     Lozano hizo un imperceptible
movimiento para ofrecer la mano a la condesa; pero esta se
deslizaba ya por los peldaños con el impulso aéreo de una
sílfide.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, impresionable hasta la
poesía, experimentó el más vivo de los sentimientos de
despecho.
    </p>
    

    <p>
     Las mujeres ven siempre las
manifestaciones de esos sentimientos por insignificantes que sean;
pero cuando no los ven los presienten. La satisfacción debía ser
completa: ¡bien la merecía el pobre caballero!
    </p>
    

    <p>
     Al poner el pie en la acera de la
calle, Elina dijo a Felicísimo con una voz de timbre tan arrollador
como el eco de un coro de serafines:
    </p>
    

    <p>
     -¿Será conmigo tan galante como con la
marquesa el señor de Lozano, permitiendo que me apoye en su
brazo?
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo estaba desarmado, pero no
rendido a discreción. El tono que empleó al contestar a la dama era
mucho menos ardiente que el que las palabras parecían requerir.
    </p>
    

    <p>
     -Con usted, señora condesa -articuló-,
sería un millón de veces más galante, si posibilidad hubiere para
ello.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo así! -replicó Elina pasando su
mano por debajo del brazo del caballero:- ¿Dónde están mis títulos
para competir con la marquesa?
    </p>
    

    <p>
     -¿Los títulos de usted?
    </p>
    

    <p>
     -En efecto...
    </p>
    

    <p>
     Lozano fijó en el incomparable rostro
de su compañera una intensa mirada; Elina levantó los ojos y
sostuvo el fuego de la artillería de aquella visual con tan
interrogadora avidez, que Felicísimo deslumbrado, palpitante, y
punto menos que desvanecido fue el primero en bajar los párpados
para sustraerse a una total derrota.
    </p>
    

    <p>
     -La marquesa -prosiguió Elina-, ha
ocupado hasta ayer la más envidiable posición de España, y ¡quién
sabe el destino que le está reservado todavía en los insondables
abismos de la política!
    </p>
    

    <p>
     -Aunque el pretérito sea de reciente
data, no por eso es presente -imaginó irónicamente el
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Por otra parte -continuó la de Bari-,
si bien la marquesa es poco menos joven que yo, es en cambio mucho
más bella...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, hipócrita! -pensó Felicísimo-,
harto persuadida estás tú de lo contrario!
    </p>
    

    <p>
     -En fin -añadió Elina-, para todos los
corazones de nobleza y generosidad, y en el de usted brillan esas
cualidades como en ninguno, la marquesa posee en la actualidad el
irresistible imán de la desgracia.
    </p>
    

    <p>
     -Me hablas de imanes, pérfida -se dijo
Lozano-, después de haberme sometido al encadenador fluido tu
mirada.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué el señor de Lozano no había
de rendir el natural tributo a ese conjunto de seducciones?
    </p>
    

    <p>
     -La marquesa no es libre...
    </p>
    

    <p>
     -Cierto; ¿pero es esa la piedra
angular de mis ventajas?
    </p>
    

    <p>
     -No, señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Esperaba la frase: no me olvido de la
aversión de usted al lazo conyugal.
    </p>
    

    <p>
     -Aversión invencible de que la señora
condesa participa.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora no hablarnos de mis defectos;
creo por el contrario...
    </p>
    

    <p>
     -Usted, sin embargo, se complace en
recordar los míos.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano...
    </p>
    

    <p>
     -Señora condesa...
    </p>
    

    <p>
     -El carácter de usted, es tan sin par
como el temple de su alma: fantástico, maravilloso... ¿Por ventura
mi atractivo para con usted consistiría en mis imperfecciones?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, qué idea! -exclamó Felicísimo,
incorregible en su sistema de contestar una pregunta con otra: ¿por
acaso las preferencias tan gratas para mí con que la señora condesa
me ha distinguido en ocasiones, no reconocerían otra causa que mis
malas propiedades?
    </p>
    

    <p>
     Elina quiso proporcionar a aquel
terrible espíritu infantil la satisfacción de una victoria, y no
insistió en hacerle pasar por las horcas caudinas de un piropo.
    </p>
    

    <p>
     ¡Qué podía importar a la condesa ser
vencida afectar serlo en un combate parcial, si contaba con
conseguir el objeto de la campaña!
    </p>
    

    <p>
     La joven dama acercó la cabeza al
hombro de Lozano, y le deslizó al oído estas palabras, tan
acariciadoras como un beso:
    </p>
    

    <p>
     -Ignoro si el señor de Lozano tiene
alguna propiedad que no sea buena; pero sé que es noble hasta el
lirismo épico, apasionado hasta el frenesí, bravo hasta el
heroísmo, y gallardo hasta la perfección.
    </p>
    

    <p>
     El edificio de la soberbia de
Felicísimo se conmovió en sus cimientos.
    </p>
    

    <p>
     -Dura es la lección -murmuró-, pero no
inmerecida. Ese es, en efecto, el lenguaje que habla a las damas el
hidalgo de buena raza que ha acertado a depurar su tosco
provincialismo en el crisol de la cultura cortesana.
    </p>
    

    <p>
     -No, caballero: este es el idioma de
la gratitud, de la sinceridad, de la adhesión...
    </p>
    

    <p>
     Para exteriorizar sin duda la idea que
la última palabra expresaba, Elina le adhirió al brazo del joven
con la intimidad, afecto y abandono que hubiera podido emplear con
un hermano.
    </p>
    

    <p>
     Lozano veía a cuatro dedos de sus
labios aquella seductora cabeza con la cual tantas veces había
soñado, irradiando divina luz de los ojos, suavísimos efluvios de
la aterciopelada cabellera y embriagador aliento de rosa de la
purpurina boca.
    </p>
    

    <p>
     Algo parecido a un vértigo nubló la
razón del caballero y comunicó a todo su ser un extremecimiento
profundo.
    </p>
    

    <p>
     La condesa, que observaba los efectos
de su influencia en el joven, como estudiaba el augur las
palpitantes entrañas de su víctima, acortó el paso diciendo
sorprendida:
    </p>
    

    <p>
     -Perdónenme Dios y usted si me
equivoco; pero me ha parecido advertir que usted temblaba...
    </p>
    

    <p>
     -Ha apreciado usted mi estado con
exactitud -contestó Felicísimo mal repuesto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué motivo?...
    </p>
    

    <p>
     -Señora: tiemblo de miedo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Usted! ¡Un león!
    </p>
    

    <p>
     -¡A qué negarlo!... Hay un pensamiento
que me aterra.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál?
    </p>
    

    <p>
     -El de inferir a usted una ofensa.
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí! ¿Cómo? ¿Por qué?
    </p>
    

    <p>
     -Tanto valdría preguntar al rayo por
qué aniquila cuanto hiere. ¡Oh! Porque hay leyes inmutables que
rigen la materia; porque existen cualidades o si se quiere defectos
de organización que llegan a ser irresistibles; porque hay ojos que
fascinan, acentos que arrebatan y contactos que extravían...
    </p>
    

    <p>
     -Sobre todas esas leyes; sobre todos
esos defectos; sobre todos esos instintos está un talismán
infalible -replicó la condesa con cierta seriedad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo se denomina?
    </p>
    

    <p>
     -La voluntad humana: y cuando ésta es
tan vigorosa, tan digna y tan leal como la que al Omnipotente debe
usted, nada a su lado tiene que temer una dama.
    </p>
    

    <p>
     Difícil sería averiguar si Elina
concedía efectivamente a su caballero una confianza tan omnímoda
como acababa de asegurar; pero por lo menos, se propuso probarle
que no fingía.
    </p>
    

    <p>
     La mano derecha, hasta entonces libre
de la condesa, fue a unirse a la izquierda. Colgada en esta
posición que tenía algo de abrazo, Elina murmuró con un tono
impregnado de interés, de dulzura y de molicie:
    </p>
    

    <p>
     -¡En fin, loado sea Dios! El inopinado
extremecimiento de usted me había inspirado una inquietud vivísima:
temí que en los rápidos sucesos del templo hubiese usted recibido
alguna herida.
    </p>
    

    <p>
     La mujer modifica todo lo que toca.
Era evidente que Lozano carecía en aquel momento de libre albedrío;
pero no fue con la impetuosidad del insensato, sino con la blanda
docilidad del autómata, como el joven tomó la mano de la condesa,
se la aplicó al lado izquierdo del pecho, y se dijo así mismo
pensando en alta voz.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto, creo que estoy herido en
el corazón...
    </p>
    

    <p>
     Elina se detuvo, pero no retiró la
mano. ¿Sería que se complaciese en sentir las palpitaciones de
aquel corazón de diamante? ¿Sería que otro acontecimiento la
estuviera llamando la atención?
    </p>
    

    <p>
     La verdad era que no faltaba motivo
para la segunda versión. Los dos jóvenes sin saber cómo ni por
dónde habían llegado al ángulo que forman tas calles de Hortaleza y
de la Reina, y en la parte baja de la última, se distinguían, a la
rojiza luz de algunas teas, grupos informes agitándose a impulsos
caprichosos.
    </p>
    

    <p>
     Por lo demás, el toque de rebato de
las campanas del colegio había cesado completamente; el enemigo
debía haberse hecho dueño de la plaza.
    </p>
    

    <p>
     Aquel espectáculo volvió a Lozano al
mundo de la realidad.
    </p>
    

    <p>
     La condesa oprimió con la punta de los
dedos la mano del caballero un segundo antes de abandonarla, y
pronunció con rapidez.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta mi casa no hay obstáculo
alguno; volemos.
    </p>
    

    <p>
     De una carrera llegó la dama a su
morada.
    </p>
    

    <p>
     Una feliz coincidencia evitó la
pérdida de tiempo. La puerta estaba a la sazón entornada, merced a
la curiosidad de un lacayo que atisbaba las ocurrencias del colegio
de las Niñas de Leganés.
    </p>
    

    <p>
     El doméstico se quedó estupefacto al
reconocer a su ama en el joven que se coló de rondón en el portal,
le cruzó como un meteoro y trepó, por la escalera conmoviendo la
casa entera con la multiplicación de llamamientos.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, que llegó al domicilio de
Elina un instante después que ésta, permaneció en el portal
paseándole de arriba a abajo, no obstante la invitación que se le
hizo para pasar al recibimiento.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo comprendía que para acabar
de despertar de su breve sueño, le eran convenientes varias ráfagas
de aire libre, y algunos minutos de aislamiento para darse cuenta
así mismo de los fantásticos recuerdos que la perturbada
imaginación le ofrecía.
    </p>
    

    <p>
     El resultado de la meditación del
digno caballero no fue muy satisfactorio para su amor propio.
    </p>
    

    <p>
     Convino en que era lo que puede
llamarse un solemne majadero, un grotesco prototipo de sensiblería
y el juguete de una coqueta.
    </p>
    

    <p>
     El ruido de un carruaje, procedente
del patio, arrancó a Lozano de la irónica complacencia con que
parecía sepultarse en el abismo de tan pesimistas conclusiones.
    </p>
    

    <p>
     Aquel vehículo era un coche de
reducidas dimensiones, tan ligero como una berlina; le arrastraban
dos soberbios caballos negros.
    </p>
    

    <p>
     Al pasar al lado de Lozano, el auriga
detuvo sus corceles; la portezuela del carruaje se abrió a impulso
de una mano invisible y la voz de Elina dijo a continuación:
    </p>
    

    <p>
     -¡Adelante, caballero!
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, obediente como un recluta
de Eros, pero prevenido como un veterano, montó en el coche, volvió
a cerrarle y se acomodó en el asiento del vidrio.
    </p>
    

    <p>
     El cochero enarboló su látigo y los
brutos partieron al gran trote.
    </p>
    

    <p>
     La oscuridad impedía a la condesa
distinguir el semblante de su compañero; pero para comprender que
había tenido lugar en su ánimo cierta reacción, no necesitaba otra
luz que la privilegiada intuición de que estaba dotada.
    </p>
    

    <p>
     Por aquella vez, sin embargo, Elina no
trató de reconquistar el terreno perdido.
    </p>
    

    <p>
     Las circunstancias habían llegado a
hacerse más delicadas. Un demente podrá no ser responsable de los
extravíos a que se entregue durante uno de los paroxismos de la
afección que padece; pero las acciones, producto de la inconsciente
garra, no por eso dejan de causar tan perfecto estado, como si las
hubiese ejecutado la mano del hombre más cuerdo del mundo.
    </p>
    

    <p>
     La mutua reserva originó un silencio
forzado, y como la distancia no era mucha, y el carruaje devoraba
el espacio, el conductor detuvo sus trotones a la puerta de la 

     <emph>
      Fonda de Levante
     </emph>
     antes que ninguno de los dos
jóvenes hubiera aventurado la primera palabra de un nuevo
diálogo.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo saltó en tierra y ofreció
la mano a la condesa para que pudiera imitarle. La dama le dio las
gracias con acento dulce como un suspiro y corrió en la dirección
de la escalera.
    </p>
    

    <p>
     Lozano llamó a Cazurro dos veces,
dándose palabra a sí propio de arrancarle una oreja si le obligaba
a recurrir al tercer llamamiento.
    </p>
    

    <p>
     Por fortuna, el lacayo se presentó un
momento antes de que su nombre volviera a salir de los labios de
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Ensilla inmediatamente al Moro -dijo
Felicísimo, apenas vio a Perfecto.
    </p>
    

    <p>
     -Acabo de hacerlo, señor -contestó
Cazurro:- juzgué que era una prevención que no estorbaba en lo más
mínimo.
    </p>
    

    <p>
     -Has juzgado menos mal que
acostumbras.
    </p>
    

    <p>
     -Mi buen señor me hace justicia
injustamente.
    </p>
    

    <p>
     -No me vengas a mí con logogrifos.
Elige por tu parte el mejor jamelgo de la cuadra.
    </p>
    

    <p>
     -¡Por mi parte!
    </p>
    

    <p>
     -Le tomo esta noche a mi servicio:
ponlo en noticia del administrador.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero es que voy a cabalgar al lado
del carruaje?
    </p>
    

    <p>
     -Claro es ¡mil rayos!
    </p>
    

    <p>
     -Hum... no quiero ocultar a mi señor
que monto de una manera deplorable.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien, si te estrellas tanto mejor:
lo tendrás merecido por haber descuidado esa parte de la
educación.
    </p>
    

    <p>
     Mientras Cazurro iba a cumplir las
órdenes de Felicísimo, aparecieron en el portal las damas cargadas
con sus efectos.
    </p>
    

    <p>
     El acomodo del personal y material en
el vehículo, se llevó a cabo con menos abuso de tiempo y de
melindres que el que se hubiera hecho en circunstancias normales;
pero no faltó el suficiente para que Elina se hallase en tierra
todavía cuando Cazurro salió a la calle con la brida de un corcel
en cada brazo.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo miraba de reojo a su
rocinante con la prevención que se mira a un enemigo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano cambió algunas palabras con la
condesa, y dijo a media voz al cochero:
    </p>
    

    <p>
     -A la Puerta de Recoletos, y después a
Palacio por la Ronda.
    </p>
    

    <p>
     En aquel momento sintió Felicísimo el
ruido que produce un objeto al caer sobre el empedrado.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del caballero buscaron y
hallaron en el acto el objeto en cuestión.
    </p>
    

    <p>
     Era un rapaz de siete a ocho años que
acababa de desprenderse de la trasera del coche.
    </p>
    

    <p>
     Movido Lozano por su instinto de
desconfianza, cerró el paso al muchacho en el instante en que iba a
partir a la carrera.
    </p>
    

    <p>
     -¡Chicuelo! -le dijo:- ¿cuándo te has
subido al carruaje?
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! Cuando he querido que me paseen
como si fuera un señor -contestó el rapaz.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y por qué te bajas ahora?
    </p>
    

    <p>
     -Porque no quiero que me lleven más
lejos.
    </p>
    

    <p>
     -Contestas como el enjendro de un
renegado, pero voy a darte tu merecido. Cazurro tira al pozo del
patio a este granuja.
    </p>
    

    <p>
     -Por favor, caballero -profirió Elina
intercediendo-; ¿qué mal puede causaros esa pobre criatura?
    </p>
    

    <p>
     -¡Hem! ¡Quien sabe! -murmuró
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Y sacudió un puntapié al chico, que
cruzó como una exhalación la calle de Alcalá, y desapareció por la
de Peligros.
    </p>
    

    <p>
     La portezuela del coche se cerró
detrás de la condesa; Felicísimo saltó sobre la silla sin poner el
pie en el estribo, y la fusta del auriga hizo crujir su tralla.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Cazurro, encaramado en su
aparejo jerezano, a la manera que Dios le dio a entender, se dejó
conducir por el caballo en pos del carruaje con los puños crispados
en los borrenes, los estribos sueltos, las posaderas convertidas en
los mazos de un batán, y los cinco sentidos consagrados a la
conservación del equilibrio.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012023">
    

    <head>
     Capítulo XXIII
    </head>
    

    <head>
     Un abrazo y una lágrima
    </head>
    

    <p>
     Durante el curso de los sucesos
referidos en el capítulo anterior, la planta baja del colegio de
las Niñas de Leganés, había sido invadida por la turba
sitiadora.
    </p>
    

    <p>
     Entre los lebreles que seguían la
pista del murciano y de Gamonal, no faltó alguno de tan finos
vientos que diese con la puerta de comunicación con el templo. A
los gritos del primer intruso, acudieron otros amotinados, y se
recojió a los dos heridos que yacían sobre el pavimento.
    </p>
    

    <p>
     A punto estaba Salazar de salir de las
airadas manos de Lozano para caer en las de Ronquillo, si una
providencial circunstancia no hubiese favorablemente
intervenido.
    </p>
    

    <p>
     El sacristán, que acababa de conseguir
ver restañada su hemorragia nasal, se acercó a los individuos que
sostenían al murciano, y examinó su estado.
    </p>
    

    <p>
     El caballero sólo tenía una corta
solución de continuidad en la piel del cráneo; pero la contusión
era extensa, y la conmoción cerebral profunda.
    </p>
    

    <p>
     Tomó el sacristán el pañuelo blanco
que asomaba en el bolsillo de Salazar, le empapó en la próxima pila
de agua bendita, le plegó en cuatro dobleces, y lo aplicó sobre la
parte contundida.
    </p>
    

    <p>
     El resultado fue maravilloso, no
sabemos si por la simple acción del frío de la compresa, por la
virtud del agua santa.
    </p>
    

    <p>
     Salazar exhaló un prolongado suspiro
como se hubiera visto libre de un peso que le abrumara el pecho;
después hizo una mueca extravagante, y acabó por administrar un
puntapié maquinal al aplicador del pañuelo húmedo.
    </p>
    

    <p>
     El sacristán copió el gesto del
doliente, y se retiró lo suficiente para ponerse a cubierto de una
reincidencia, murmurando:
    </p>
    

    <p>
     -Así paga el diablo a quien bien le
sirve.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del murciano, abiertos por
fin, se fijaron en la puerta de la sacristía con una expresión
indefinible de ansiedad y de encono.
    </p>
    

    <p>
     -¡Por allí, Sendino! -dijo al
barbirrojo que le sostenía la cabeza-; por aquella puerta han
huido... persíganlos ustedes... deténganlos a viva fuerza... Los
efectos de los fugitivos, ¡mil tempestades! A toda costa los bultos
que conducen...
    </p>
    

    <p>
     Sendino, seguido de algunos compañeros
de cuadrilla, se lanzó hacía el sitio que Salazar indicaba.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto al secretario del consejo de
los amotinados, como si el esfuerzo que acababa de hacer le hubiese
aniquilado las fuerzas, volvió a desmayarse.
    </p>
    

    <p>
     Entonces el albéitar Ronquillo le hizo
trasladar a la portería del colegio, y se dispuso a prodigarle los
más enérgicos auxilios.
    </p>
    

    <p>
     Estaba escrito.
    </p>
    

    <p>
     Pero también es un hecho que hay
naturalezas díscolas, que no sólo triunfan de la enfermedad, sino
hasta del médico por extraordinaria que sea la ciencia de éste; y
como Salazar debía poseer una de esas organizaciones, tornó a la
vida intelectual después de cierto período.
    </p>
    

    <p>
     Entre las primeras personas que el
murciano reconoció, se encontraba Sendino.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y bien? -le preguntó
incorporándose.
    </p>
    

    <p>
     El interrogado sacudió la cabeza
negativamente.
    </p>
    

    <p>
     -Un largo pasadizo -contestó-, nos
condujo hasta la calle de San Miguel; pero ya no se divisaba en
ella alma viviente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Un naufragio en la orilla! -rugió
Salazar crispando los puños-; ¡vencido por la fatal intervención de
un hombre abortado del infierno!
    </p>
    

    <p>
     -La verdad es que ese can hidrofóbico
-articuló Ronquillo-, ha convertido la calle de la Reina en un
hospital de sangre.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no dejaron un indicio de la
dirección que tomaban... una esperanza de persecución?..
    </p>
    

    <p>
     -Ni el más pequeño rastro. Sólo
posteriormente ha llegado a mi conocimiento un suceso que pudiera
relaciónarse con la continuación de la fuga de la italiana.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué suceso es ese?
    </p>
    

    <p>
     -Una hermana que tengo para expiación
de mis pecados, debe a no sé qué perdido, un muchacho de la piel
del mismo Lucifer.
    </p>
    

    <p>
     -Al grano.
    </p>
    

    <p>
     -Ya de regreso al colegio he podido
echar la vista encima al tal semi-sobrino; y al exigirle cuenta de
sus últimas correrías, le he arrancado entre dos repelones una
revelación curiosa. El pillete acababa de apearse de la zaga de un
coche que le había conducido desde la casa de la condesa de Bari
hasta la 

     <emph>
      Fonda de Levante
     </emph>
     , sita en la calle de
Alcalá.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante...
    </p>
    

    <p>
     -En ese carruaje, se instalaron una
dama, dos niñas y un joven caballero, portadores de numerosos sacos
de viaje.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah... condenación!
    </p>
    

    <p>
     -Y al partir el vehículo, escoltado
por dos hombres a caballo, se dio al cochero la instrucción que voy
a repetir...
    </p>
    

    <p>
     -¡Elije usted para interrumpirse este
momento!
    </p>
    

    <p>
     -Quería recordar las mismas frases que
me dijo el mico. Hélas aquí: a la Puerta de Recoletos, y después a
Palacio por la Ronda.
    </p>
    

    <p>
     -El murciano balbuceó como hablándose
a sí mismo:
    </p>
    

    <p>
     -Ellos son: no puede caber duda: el
número de unas y otros concuerda. Los tres acompañantes y el sugeto
que volvió a salir del colegio, forman la suma de los hombres que
arrollaron al imbécil de Botija.
    </p>
    

    <p>
     Por espacio de dos minutos los
pensamientos chispearon en el febril cerebro de Salazar, como los
destellos de un crisol enrojecido. Al cabo de ese tiempo, había
adoptado una resolución y perfeccionado un plan.
    </p>
    

    <p>
     -Sendino -dijo irguiendo la frente-,
yo no sé si la fatalidad nos deja tiempo todavía para luchar con
alguna esperanza de buen éxito; pero por nuestra parte, no podemos
abandonar la partida que jugamos, mientras no nos conste que está
definitivamente perdida. Utilicemos los escasos medios que nos
quedan: todos ellos consisten en la ventaja de conocer los
proyectos del adversario, en la rapidez de movimientos con que
cuenta el que del centro acude a la circunferencia, y en las
favorables contingencias que el acaso pudiera proporcionar. Escoja
usted siete hombres decididos, entre los cuales se cuente Garin,
provéalos de carabinas en la armería de Santibañez, y vuele con
ellos a la Puerta de San Vicente.
    </p>
    

    <p>
     -¡De San Vicente! -exclamó Sendino
admirado.
    </p>
    

    <p>
     -Se trata de salir al encuentro de los
fugitivos, más bien que de perseguirlos -prosiguió Salazar-. Una
vez en la Puerta, divide usted su escolta en dos cuadrillas: Garin
y tres de sus compañeros, deben seguir la Ronda, en dirección al
Puente de Segovia, hasta tropezar con el coche. Usted y los hombres
restantes toman el camino de San Antonio de la Florida.
    </p>
    

    <p>
     -Esto es, marchamos en sentido
opuesto.
    </p>
    

    <p>
     -Precisamente: abrigo la esperanza de
que usted sea el afortunado en el encuentro: la salida de la
italiana por la Puerta de Recoletos, parece indicarlo; pero no por
eso puedo dejar de atender a la hipótesis inversa.
    </p>
    

    <p>
     -Vengan ahora instrucciones respecto
al carruaje.
    </p>
    

    <p>
     -¡El secuestro inmediato, voto a los
once cielos!
    </p>
    

    <p>
     -Supongamos que los que le escoltan se
resisten...
    </p>
    

    <p>
     -Los fusilan ustedes. Es necesario que
no de un paso el coche hasta que yo me presente sobre el terreno.
Aseguro a usted que no se hará esperar mi llegada, porque voy a
seguir con buenos caballos la pista de los fugitivos.
    </p>
    

    <p>
     -¡En el estado en que usted se
encuentra!
    </p>
    

    <p>
     -Este empeño vale para mí más que la
vida. Sendino: presteza y energía: la recompensa estará en relación
con el servicio.
    </p>
    

    <p>
     El caballero apoyó con fuerza las
manos en el banco donde estaba reclinado, y se puso en pie pálido y
rígido.
    </p>
    

    <p>
     Creyendo que iba a vacilar se adelantó
el barbirrojo a sostenerle; pero el murciano era un hombre de
bronce, sometido a una voluntad de acero.
    </p>
    

    <p>
     La crispada mano del herido, se
estendió hacía la puerta con un ademán entre imperioso y
suplicante.
    </p>
    

    <p>
     Sendino salió a la calle de una
carrera.
    </p>
    

    <p>
     Salazar se apoyó después en el brazo
del doctor Ronquillo, y con paso tardo, pero con espíritu
inquebrantable, abandonó también el colegio.
    </p>
    

    <p>
     El coche de la condesa de Bari, había,
entretanto, desaparecido en las alamedas del Prado con tan
vertiginosa rapidez, que permitía presumir que el bien mal meditado
plan del caballero murciano iba a ser una labor verdaderamente
perdida.
    </p>
    

    <p>
     Lozano trotaba a la portezuela,
escudriñando con mirada de lince los troncos de los árboles que se
deslizaban por ambos lados del paseo como una hueste de
fantasmas.
    </p>
    

    <p>
     Ya había dejado atrás el carruaje el
convento de religiosos recoletos y la Escuela de Veterinaria,
cuando creyó advertir Felicísimo una circunstancia tan inesperada
como poco satisfactoria, que le hizo aflojar la brida y oprimir los
lomos de Moro.
    </p>
    

    <p>
     El potro se impulsó de buena gana
hacía adelante, como siempre que se trataba de enseñar las ancas a
algún compañero de raza.
    </p>
    

    <p>
     El joven caballero no se había
equivocado: la verja de la Puerta se encontraba cerrada.
    </p>
    

    <p>
     De los labios de Lozano se desencadenó
un juramento que hubiera hecho conmoverse cielos y tierra, si unos
y otra no estuvieran curados de espanto en ese punto.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se acercó a la ventana de
la casilla del guardián, y dio dos golpes en el marco con toda la
indiscreción posible.
    </p>
    

    <p>
     Al guardián, si existía, debía
importársele un bledo que le esperase alguien tomando el
sereno.
    </p>
    

    <p>
     El estado del ánimo de Lozano no era
precisamente idéntico: así fue que enarboló las riendas y azotó con
tan gentil donaire la ventana, que no dejó vidrio sano en toda
ella.
    </p>
    

    <p>
     Al chillón estrépito que produce la
fractura de esa trasparente fundición de arena, potasa y
litargirio, contestaron en el fondo de la casilla dos voces de
contralto y bajo profundo, con la misma acritud que si aquellos que
las poseían acabaran de verse sustraídos al más dulce de los
éxtasis.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué es lo que se desea? -preguntó el
contralto al otro lado de la ventana, la cual ya no necesitaba ser
abierta para servir de locutorio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ira de Dios! Se desea salir por la
Puerta -respondió Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -La pretensión no merecía tanto lujo
de ruido; porque es irrealizable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo que es irrealizable!
    </p>
    

    <p>
     -Lo dicho: ya ha pasado la hora en que
el señor corregidor ha dispuesto que se cierre todas las noches la
Puerta.
    </p>
    

    <p>
     -El señor corregidor ha dispuesto una
tontería.
    </p>
    

    <p>
     -¡Y a mí qué me cuenta usted!
    </p>
    

    <p>
     -¡Mal rayo!
    </p>
    

    <p>
     -Puede usted acudir a la Puerta de
Alcalá: la encontrará abierta todavía.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dorotea! -gritó el bajo profundo:-
no des consejos a ese belitre: que elija el camino que más le
cuadre, con tal de que le conduzca línea recta al infierno.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hola, enano de la venta! -exclamó
Lozano- ¿Te podré yo ver aunque no sea más que la punta de la
nariz?
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién lo duda! Voy a salir para que
usted me pague el valor de los cristales que me ha roto.
    </p>
    

    <p>
     -Te estoy esperando; pero no para
pagarte los vidrios de tu madriguera, sino para romperte encima las
costillas.
    </p>
    

    <p>
     La puerta de la casilla giró sobre los
goznes, y apareció en el paseo un individuo que de todo tenía menos
de enano, porque la estatura que debía a la naturaleza pasaba de
seis pies.
    </p>
    

    <p>
     -Señor mío -dijo el guardián-, yo no
pertenezco al número de los hombres a quienes se rompe esa clase de
huesos: he sido furriel del regimiento de dragones del rey, y
conservo la espada que esgrimí en Miranda y en Almeida.
    </p>
    

    <p>
     -Por favor, caballero -pronunció la
marquesa, bajando el vidrio de la portezuela:- de usted a ese
hombre el dinero que quiera, y que nos abra la verja para que
podamos continuar nuestro camino.
    </p>
    

    <p>
     -No quiero más dinero que el que vale
el destrozo de la ventana -contestó el ex-dragón:- en cuanto a
abrir la verja es inútil insistir en ello, así intervengan todas
las preces de un convento de monjas, todas las baladronadas de una
cuadrilla de matasietes, y todos los tesoros de las minas del
Potosí.
    </p>
    

    <p>
     -¡Miserable! -profirió Felicísimo,
dirigiendo su caballo hacía el guardián-; voy a hacerte un honor
que no mereces: corre a buscar esa espada de que hablabas. La
palabra belitre que directamente me has aplicado, y el indirecto
equívoco de las baladronadas, merecen dos buenas estocadas.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena: jamás me he negado a
darlas ni a recibirlas.
    </p>
    

    <p>
     El guardián hizo una evolución sobre
los talones, y se internó de nuevo en la vivienda.
    </p>
    

    <p>
     Lozano dijo entonces al cochero:
    </p>
    

    <p>
     -Prosiga usted la ruta con dirección a
la Puerta de Alcalá: antes de cinco minutos habré vuelto a reunirme
con el carruaje.
    </p>
    

    <p>
     La condesa de Bari creyó indispensable
su intervención.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano -exclamó:- semejante
riña en las críticas circunstancias en que nos encontramos, sería
mucho más que una grave imprudencia; sería, una verdadera
puerilidad.
    </p>
    

    <p>
     -No será otra cosa que dar una lección
a un insolente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y de qué podrá servir esa lección al
objeto de nuestra expedición? En todo caso sólo contribuirá a
comprometerle. En la réplica de usted, caballero, hay un egoísmo
que subleva.
    </p>
    

    <p>
     -Mi detención no comprometerá nada,
señora condesa; porque empeño mi palabra de honor de estar de nuevo
al lado de ustedes antes del tiempo que he fijado. Durante tan
breve ausencia acompañará al coche mi lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -Nosotras no hemos confiado nuestra
salvación con fe ciega a la vigilancia de un lacayo, sino a la
lealtad de usted, señor de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Diantre! -murmuró Felicísimo,
mordiéndose los labios.
    </p>
    

    <p>
     Había precisión de echar el resto.
    </p>
    

    <p>
     Elina estendió la mano hacía el joven,
y con un acento en que vibraba el más absoluto despotismo, dijo
rotundamente:
    </p>
    

    <p>
     -Síganos usted, caballero. ¡Yo lo
quiero!
    </p>
    

    <p>
     La poderosa influencia que aquella
mujer había llegado a ejercer sobré Lozano, podría ser a los ojos
de éste el más inexplicable de los fenómenos; pero era un hecho
comprobado.
    </p>
    

    <p>
     Hasta Moro pareció estar sujeto a la
fascinación del mismo basilisco; porque apenas vio volverse el
carruaje, se puso en su seguimiento sin contar para nada con
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     El joven caballero, arrastrado por la
fatalidad, pasó al lado de Cazurro que llegaba jadeante en aquel
momento con la capa colgando de la grupa hasta barrer el suelo, y
con el sombrero en la mano para que por tercera vez no se le
emancipara de la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Cazurro -le dijo-, el guardián de la
Puerta me ha inferido una ofensa grave: sustitúyeme dignamente, y
rómpele el testuz, ya que consideraciones de un orden elevado, no
me permiten rompérsele por mí mismo.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo refrenó su caballo en el
colino del estupor.
    </p>
    

    <p>
     -Después síguenos por la subida del
Retiro -añadió el caballero-; pero guárdate bien de volver a
ponerte en mi presencia sin llevarme, por lo menos, los bigotes del
malandrín.
    </p>
    

    <p>
     El que fue furriel de los dragones del
rey, se adelantaba por el paseo, montante en mano, expectorando
desaforadamente todo género de dicterios.
    </p>
    

    <p>
     Lozano tuvo una inspiración sublime
para no oír alguna palabra que le hiciera caer en la tentación de
volver pies atrás, desobedeciendo a la condesa. Cojió la brida con
los dientes, se tapó los oídos con ambos puños y continúo trotando
heroicamente.
    </p>
    

    <p>
     A encontrarse sola en el coche, Elina,
que no dejó de advertir la maniobra, habría alargado de buena gana
la diestra al caballero para recompensarle de algún modo por tan
extraordinaria prueba de abnegación.
    </p>
    

    <p>
     El contratiempo de la Puerta, alteraba
de una manera fundamental, el itinerario de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Durante el regreso por el paseo de
Recoletos, pensó el joven en seguir en línea recta el Prado hasta
la Puerta de Atocha, y en tomar desde allí la Ronda en dirección
opuesta a la premeditada.
    </p>
    

    <p>
     Las ventajas del cambio eran notorias
en punto a economía de tiempo, por cuanto se suprimía un trayecto
de media legua; pero había en el seductor rumbo en cuestión, un
inconveniente capital. Se corría el riesgo de que la Puerta de
Atocha, en su cualidad de tránsito de segundo orden, estuviese
cerrada como la de Recoletos, y a cargo de un guardián de la misma
intransigencia.
    </p>
    

    <p>
     El resultado, en ese caso probable,
sería tan contraproducente, que Felicísimo no vaciló en volver a su
primitivo propósito de salir del recinto de la villa por la Puerta
de Alcalá.
    </p>
    

    <p>
     El cochero torció a la izquierda
apenas dobló el ángulo del Pósito, y el carruaje continuó su ruta
por la enarenada subida del Retiro.
    </p>
    

    <p>
     La Puerta de Alcalá estaba abierta y
expedita.
    </p>
    

    <p>
     Lozano no pudo menos de felicitarse de
haber seguido por aquella vez el consejo de Dorotea; por más que
fuera el de una enemiga. A ser susceptible de remordimiento el
díscolo, cuanto testarudo carácter del joven, hasta existía una
remota probabilidad de que se hubiera arrepentido de la destrucción
de los vidrios que iba a hacer participar de todas las inclemencias
atmosféricas a una mujer de tan poco doblez.
    </p>
    

    <p>
     Cuando el vehículo hubo llegado a la
explanada de la Plaza de Toros, el cochero preguntó a Felicísimo
cuál de los dos lados de la Ronda debería seguir.
    </p>
    

    <p>
     El joven no conocía a Madrid a palmos
para apreciar con exactitud la distancia que por una y otra
dirección mediaba entre la Puerta de Alcalá y el Real Palacio; pero
en parto porque calculaba que la diferencia no podía ser enorme, y
en parte, por rencorosa aversión a pasar por delante de la
malhadada verja de Recoletos, optó por el camino de Atocha.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje, siguió, pues, avanzando
por la carretera de Aragón hasta que el ángulo recto que forman los
dos lienzos del muro del Retiro indicó el cambio de vía.
    </p>
    

    <p>
     Ruda prueba fue para la impaciente
actividad de Lozano, aquel largo rodeo en torno del extenso parque
del antiguo palacio de los Felipes.
    </p>
    

    <p>
     Los viajeros desembocaron al fin en el
camino de Vallecas, y recorriéndole con rapidez, vieron aparecer
sucesivamente la recortada silueta del convento de Atocha, el
elegante templete del observatorio y la negra construcción del
Hospital general.
    </p>
    

    <p>
     Hasta el Portillo de Valencia el
camino se extendió ante los expedicionarios con una normalidad
llena de satisfactorias promesas; pero a partir desde ese punto se
accidentó notablemente.
    </p>
    

    <p>
     Todo el trayecto que separaba el
Portillo en cuestión del de Embajadores, se hallaba en vías de
recomposición; y los guijarros acumulados en empinados conos
tendidos en movibles sábanas, opusieron a la marcha del coche un
obstáculo punto menos que insuperable.
    </p>
    

    <p>
     Moro, que poseía la agilidad de una
cabra, se puso en franquía, trepando, al lindero del arrecife; pero
la elevada posición por donde Lozano caminaba, sólo contribuyó a
desesperarle al permitirle contemplar la inconmensurable extensión
del terreno que el carruaje tenía que recorrer a paso de
tortuga.
    </p>
    

    <p>
     Decididamente la noche era fatal, y
había que resignarse a no ver nunca el término de las
contrariedades.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, silbando por lo bajo un
aire serrano, consultó con la vista el firmamento en la dirección
del Norte, por si la hora logial de las estrellas le ofrecía alguna
probabilidad de poder salir de aquel pantano antes de que rayase el
día.
    </p>
    

    <p>
     Hasta el Sahara tiene límites. Los
fatigados caballos volvieron a pisar terreno sólido delante de la
antigua huerta del clérigo Bayo, después 

     <emph>
      Casino de la Reina
     </emph>
     , merced a una galantería
municipal.
    </p>
    

    <p>
     Entonces se avivó la carrera sostenida
con vigoroso empuje hasta la vieja Puerta de Toledo.
    </p>
    

    <p>
     A medida que la distancia al Campo del
Moro se acortaba, el rostro de las damas se animaba con el albor de
la alegría. Una etapa más, y podrían ver destacarse sobre el fondo
de las nubes que comenzaban a adquirir ciertos matices diáfanos, la
mole colosal del elevado alcázar.
    </p>
    

    <p>
     La meta de la apetecida etapa, debía
ser la cabeza del Puente Segoviano, hacía el cual rodó con nuevo
brío el carruaje movido por el propulsor de la esperanza.
    </p>
    

    <p>
     Cruzaban los viajeros por la falda del
declive de las Vistillas, cuando creyó advertir Lozano un fugaz
reflejo entre los árboles de la parte derecha del paseo treinta
pasos delante.
    </p>
    

    <p>
     Absorto el joven en la observación del
punto de donde partió el destello, no echó de ver que a los pies
del caballo surgía una sombra desde el fondo del foso producido por
el arranque de un olmo muerto.
    </p>
    

    <p>
     El fantasma tomó a su cargo llamar la
atención del ginete, apoyando en su pecho la negra boca de un
retaco.
    </p>
    

    <p>
     En el mismo instante una voz potente
gritó desde la línea que separaba el arrecife de la calle de
árboles:
    </p>
    

    <p>
     -¡Alto!
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo hizo deslizarse a lo largo
de su costado con una suavidad imperceptible el extremo del arma
amenazadora, y tiró de repente del cañón con la energía que nadie
como él sabía emplear en las grandes ocasiones.
    </p>
    

    <p>
     El estruendo de una detonación, que
repitieron todos los ecos de la vega, siguió a la acción del
joven.
    </p>
    

    <p>
     La carabina había pasado a las manos
de Lozano, y un segundo después caía la culata sobre la cabeza del
precedente posesor como hubiera podido descender un rayo.
    </p>
    

    <p>
     El contundido dio algunos traspiés, y
fue a desplomarse en el mismo foso de donde le abortó la más negra
de las fortunas.
    </p>
    

    <p>
     Con la intuición que presta la fiebre
del combate, Felicísimo dirigió una mirada a la parte opuesta de la
carretera. Un hombre que acababa de saltar de la cuneta, le
apuntaba a pie firme con otra carabina a la distancia de seis
varas.
    </p>
    

    <p>
     Lozano dio frente a su nuevo
adversario, se tendió sobre Moro hasta el punto de que su cuello le
hiciera invisible, y le sacudió un violento espolazo.
    </p>
    

    <p>
     El potro saltó hacía adelante,
relinchando de ira.
    </p>
    

    <p>
     Durante el cortísimo trayecto que
había que atravesar, Felicísimo vio las chispas producidas por la
piedra de la llave al chocar con el eslabón de la cazoleta. La
tentativa de disparo no tuvo otras consecuencias.
    </p>
    

    <p>
     Moro llegó sobre el enemigo de su amo
con la violencia de un alud del Pirineo, le encontró en pleno
pecho, y le envió rodando por el camino a una distancia que no
bajaba de diez pasos.
    </p>
    

    <p>
     Desembarazado Felicísimo, poco menos
que instantáneamente de sus contrarios visibles, gritó,
dirigiéndose al cochero:
    </p>
    

    <p>
     -¡Adelante!.. ¡A escape!
    </p>
    

    <p>
     El carruaje partió como una
flecha.
    </p>
    

    <p>
     Súbitamente se encendió una llama
rojiza enfrente del coche, y el lado de la carretera cubierto por
los árboles, se llenó de humo y de estrépito.
    </p>
    

    <p>
     Acababan de estallar, casi
simultáneamente, dos tiros dirigidos a los caballos que arrastraban
el vehículo.
    </p>
    

    <p>
     Los brutos deslumbrados y heridos, al
iniciar su arranque, condujeron la carretela fuera del camino, y la
acostaron sobre una empalizada que impidió, por fortuna, que se
derrumbase por las vertientes del río.
    </p>
    

    <p>
     Uno de los caballos se agitaba bajo la
lanza con las convulsiones de la agonía.
    </p>
    

    <p>
     Lozano profirió una maldición; y
aguijado por la sed de venganza, revolvió el potro hacía el sitio
de donde partieron los disparos; pero los lamentos que oía en el
fondo del carruaje, helándole en las venas la sangre, le hablaron
al instinto de un deber más imperioso.
    </p>
    

    <p>
     El joven, pues, corrió al lugar de la
catástrofe, saltó en tierra, colgó la brida en una de las puntas de
la estacada, y ayudó al cochero a favorecerá las damas. Elina, que
ya estaba fuera del coche, tranquilizó al caballero acerca de la
más apremiante de sus cuestiones. Las balas habían respetado las
personas de las cuatro viajeras.
    </p>
    

    <p>
     El primer cuidado de Felicísimo,
consistió en extraer de la carretela a la marquesa y a sus hijas, y
en hacerlas pasar por una brecha a la otra parte de la valla. Ésta,
aunque débil, unida a la barricada que formaban el coche y los
caballos, ofrecerían alguna protección a las damas, si los
agresores que podían estar cargando sus armas, continuaban tan
inaudita obra de barbarie.
    </p>
    

    <p>
     Los dos subordinados de Garin,
atacaban en efecto las carabinas, pero sin abandonar los árboles
donde se emboscaban. La suerte que había cabido al jefe y a su
compañero, cambiaba en recelosa defensiva la actitud de resuelta
iniciativa con que se exhibieron.
    </p>
    

    <p>
     El galope de algunos caballos que
avanzaban por la parte de la Puerta de Segovia, atrajo la mirada de
Lozano a la rasante del camino real.
    </p>
    

    <p>
     No tardaron en dibujarse las formas de
cuatro ginetes, los cuales, después de proferir ciertas, frases
semejantes a señas convenidas, se pusieron en comunicación con los
dos hombres de las carabinas.
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo adivinó instantáneamente
todo cuanto iba a suceder. Su plan no fue menos rápido que el
presentimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Señora marquesa -dijo a la trémula
dama-, dentro de pocos momentos los enemigos de usted van a darnos
una carga decisiva.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -sollozó la de Esquilache con
voz desfallecida:- ¡harto comprendo que ha llegado la hora de
resignarse al sacrificio!
    </p>
    

    <p>
     -La resignación es una virtud cuando
se trata de hechos consumados; pero mientras se vislumbra un rayo
de esperanza el deber impone la lucha con el destino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Buen Dios!... ¿qué nos resta que
hacer?
    </p>
    

    <p>
     -Continuar la fuga a caballo, ya que
no es posible en el coche.
    </p>
    

    <p>
     -¡A caballo!
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda: uno de los del carruaje
está herido en el brazuelo; pero no gravemente: puede resistir el
peso de usted, y de una de sus hijas en el corto trayecto que nos
separa de Palacio.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa comenzaba a
comprender.
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto a la señora condesa
-prosiguió Lozano-, montará en mi potro con la otra niña.
    </p>
    

    <p>
     -Una palabra: -insinuó el cochero- ¿no
podría engancharse el potro al carruaje que no ha sufrido
importantes desperfectos?
    </p>
    

    <p>
     -No hay que pensar en eso -contestó
Felicísimo:- conozco a Moro; no obedecería a la fusta: jamás se ha
visto en varas de tiro, y todo lo haría fracasar.
    </p>
    

    <p>
     -Pero... ¿y usted? -exclamó Elina
aterrada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -respondió sencillamente
Lozano-, yo soy hombre, y sabré vender cara mi vida.
    </p>
    

    <p>
     La de Bari fijó en el caballero una
mirada indefinible.
    </p>
    

    <p>
     -Buen ánimo, señoras -añadió
Felicísimo ayudando precipitadamente al cochero a preparar los
caballos sujetando en sus grupas las bolsas y el maletín.
    </p>
    

    <p>
     -¡No llegaremos a Palacio! -murmuró la
marquesa con el pesimismo del desaliento.
    </p>
    

    <p>
     -Llegarán ustedes si observan
puntualmente una recomendación importante.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál es? -preguntó Elina.
    </p>
    

    <p>
     -No emprender la carrera sino en el
momento en que vean seriamente empeñados conmigo a esos canallas en
su totalidad. Si algunos de los ginetes advirtieran a tiempo la
evasión de ustedes y se adelantasen a salir en su persecución todo
se habría perdido. Confiemos en que he de darles que hacer lo
suficiente para que acudan tarde a lo que más les interesa.
Conviene que no vuelvan ustedes a subir al camino sino después de
haber atravesado la alameda de la Virgen del Puerto. El cochero
seguirá a ustedes para prestarlas cualquier auxilio que puedan
necesitar. ¡Entereza!.. no nos dejan disponer de un segundo más...
A caballo, y ojo avizor...
    </p>
    

    <p>
     El movimiento de las sombras del
arrecife demostraba, en efecto, la urgencia de la separación.
    </p>
    

    <p>
     Elina, sin embargo, con los ojos fijos en Lozano no parecía
comprender la apremiante necesidad de la partida.
    </p>
    

    <p>
     El joven no titubeó: corrió a la dama,
la tomó en los brazos, y la colocó sobre la silla del caballo.
    </p>
    

    <p>
     Pero al verse en íntimo contacto con
aquel cuerpo, objeto de tantos involuntarios ensueños, Felicísimo
experimentó un vértigo de delirio, y estrechó contra el corazón,
con el frenesí de la pasión más viva, el incomparable seno de la
condesa.
    </p>
    

    <p>
     Las circunstancias podían absolver la
falta. ¡Tal vez aquel abrazo era de eterna despedida!
    </p>
    

    <p>
     Durante el rápido período de tiempo en
que estuvo sujeto a la influencia de la grata presión, creyó sentir
Lozano, no obstante su embriaguez, que algo se le había posado
sobre los labios, suave como el ala aterciopelada de la mariposa,
perfumado como la brisa de los próximos jardines de Altamira. Pero
de lo que conservó perfecto conocimiento el joven fue de que cayó
sobre su mejilla una candente lágrima mensajera de los sollozos de
una alma que se debate en las torturas de la desesperación.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo acomodó después en la silla
de Moro delante de la condesa a la mayor de las hijas de su amiga,
y se precipitó al otro lado de la valla.
    </p>
    

    <p>
     El cochero entretanto había ayudado a
montar a caballo a la marquesa y a la niña pequeña.
    </p>
    

    <p>
     Las damas se ocultaron en uno de los
pliegues del terreno, atentas a las instrucciones del bravo
caballero que iba a sacrificarse por ellas.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Lozano volvió al terreno donde
yacía el abandonado carruaje, los hombres de la carretera se
adelantaban en forma de media luna, dando un gran desarrollo al
orden abierto que elegían para el ataque.
    </p>
    

    <p>
     La cuadrilla se componía de seis
individuos: dos peatones colocados en el centro, y cuatro ginetes
distribuidos por mitad en ambas alas.
    </p>
    

    <p>
     El avance se llevaba a efecto con
cierta precaución. O los que promovían el ataque contaban con que
la guarnición del coche era más numerosa, o sabían que la calidad
suplía ventajosamente la cantidad.
    </p>
    

    <p>
     Lozano desenvainó la espada, y se
situó detrás de la carretela.
    </p>
    

    <p>
     Una voz que le era conocida, la voz de
Salazar a quien suponía yacente por una eternidad o al menos por
algunos meses, gritó desde el extremo derecho de la línea:
    </p>
    

    <p>
     -Es inútil toda resistencia: íntimo la
rendición más absoluta.
    </p>
    

    <p>
     -Impónnos la rendición con la punta de
tu espada; no con las baladronadas de tu lengua: contestó
Felicísimo en su habitual sistema de tutear a todo aquel a quien
estaba próximo a romper el bautismo, así tuviese cuantos
tratamientos se registran en la cancillería de Gracia y Justicia y
algunos más.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil rayos! -replicó Salazar; más
bravatas contienen las palabras de los que al denostar a un
adversario se acojen a un carruaje donde hay mujeres para esquivar
el encuentro de una bala.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta ahora, horda de bandidos, no os
ha detenido ese miramiento para disparar sobre el coche.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien: vosotros lo habéis querido
-rugió el murciano.
    </p>
    

    <p>
     Y dirigiéndose a sus compañeros
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, buenos mozos: respetad a
las hembras; pero duro en cualquiera que empañe un arma.
    </p>
    

    <p>
     Las distancias se habían estrechado lo
suficiente para que los partidarios de Salazar pudieran entrever,
no obstante la oscuridad de la noche, todo el contorno de la
carretela.
    </p>
    

    <p>
     El murciano experimentó algo parecido
a un siniestro presentimiento. Según los cálculos que traía en la
mente, los defensores del carruaje debían ser cuatro, incluyendo el
cochero; y sin embargo, solamente se columbraba una sombra hacia la
parte de la zaga.
    </p>
    

    <p>
     El acento de uno de los peones
pronunció entonces.
    </p>
    

    <p>
     -¡Diablo! Si todas las mujeres que yo
tope se asemejan a las que contiene el coche se acabó la
descendencia de los Espantagatos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué dice ese bufón! -exclamó
Salazar, lanzando su caballo sobre la carretela.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay!... que la espada de ese malsín
punza como el aguijón de un alacrán -rugió Espantagatos retirando
el brazo atravesado.
    </p>
    

    <p>
     El murciano no necesitó más que un
segundo para convencerse de que el vehículo estaba vacío. Con la
ira en el corazón y la blasfemia en los labios, Salazar levantó la
cabeza interrogando a la exuberante vejetación del contorno, al
aire húmedo de la ribera, a los ruidos de la noche.
    </p>
    

    <p>
     El galope de más de un caballo, que
sonaba en la dirección del Norte, fue una revelación para el
secretario del Consejo de los amotinados.
    </p>
    

    <p>
     Rápido como el viento volvió a la
carretera, y gritó desde allí con imperiosa entonación:
    </p>
    

    <p>
     -Sígueme Moltó: la italiana intenta
ponerse en salvo a uña de caballo... Antuñano: acabad vosotros
entretanto con ese miserable espadachín.
    </p>
    

    <p>
     Moltó torció la brida y ganó el
arrecife en seguimiento de Salazar, que acababa de partir haciendo
brotar rojizas chispas de los pedernales.
    </p>
    

    <p>
     Antuñano, que manejaba su rocín en el
extremo izquierdo de la línea, y era en aquel instante el más
próximo adversario de Felicísimo, dio la carga ordenada por el jefe
con la confianza que infunde la conciencia de la superioridad.
    </p>
    

    <p>
     Pero el brío de Lozano que se hallaba
sobrescitado por el dardo de partho arrojado por Salazar al
abandonar el terreno, se desencadenó sobre el primer objeto que le
ofrecieron con el ímpetu del león que acaba de recibir un
latigazo.
    </p>
    

    <p>
     En tres segundos paró Antuñano con el
cuerpo un tajo, un revés, y una estocada, y sacó el caballo
encabritado de la zona sometida a la acción de aquel acero
incontrastable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil maldiciones! -profirió,
oprimiéndose con la mano el lugar donde recibió el puntazo:-
vosotros los del trabuco, atrasad las entrañas a ese hijo de mala
perra.
    </p>
    

    <p>
     Los dos carabineros, que se habían
hecho atrás, algunos pasos, procuraban enfilar los cañones hacia el
punto del coche donde suponían oculto a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Para ciertas organizaciones nerviosas
la amenaza es más insoportable que el golpe. Felicísimo se quitó el
sombrero, le colocó en la punta de la espada, y le pasé por delante
del vidrio de la portezuela.
    </p>
    

    <p>
     No fue perdido el trabajo. Apenas la
movible sombra del chambergo ofreció a la puntería un dato siquiera
fuese equívoco, brilló un relámpago, y el estampido de dos tiros se
confundió con el crujido de los cristales rotos y de las astillas
levantadas en el carruaje por los proyectiles.
    </p>
    

    <p>
     Lozano volvió a encasquetarse el
sombrero honrosamente atravesado por una bala, y examinó la
posición del enemigo con el fin de hacer una vigorosa salida.
    </p>
    

    <p>
     El más inesperado de los sucesos
determinó en el joven la elección de su punto de ataque.
    </p>
    

    <p>
     Tres bultos informes se desprendían a
la carrera de las alturas del Portillo de Gilimon, atraídos por el
eco de las explosiones; y una voz que se parecía a la de Ayala como
un trueno a otro, gritaba en la plenitud de la sonoridad:
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto al diablo!.. me parece que
hemos dado con ellos...
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se presentó delante de sus
adversarios en dirección opuesta a la que traía el que votaba por
Lucifer.
    </p>
    

    <p>
     Con la velocidad del pensamiento
Lozano se lanzó sobre Antuñano parando en primera con la espada el
corte que este le dirigía, mientras que con la mano izquierda se
apoderaba del freno del caballo.
    </p>
    

    <p>
     La lucha no fue larga. Antuñano herido
con rudeza en el pecho por la empuñadura del acero de Felicísimo
cayó por la grupa palpitante y sin aliento.
    </p>
    

    <p>
     Entonces invadió el terreno del
combate el individuo que formaba la vanguardia de los tres recién
llegados, describiendo un molinete de buena escuela con una espada
más que de marca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán! -exclamó Lozano, procurando
desengargantar del estribo el inerte pie de Antuñano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Presente! -contestó Ayala:- ¡ah,
buen Felicísimo!.. Bien sabía yo que había de encontrarte vivo.
    </p>
    

    <p>
     -No te ocupes más que del ginete
-prosiguió Lozano-, necesitamos su caballo.
    </p>
    

    <p>
     El hombre, cuyos despojos se repartían
con tan poca reserva, quiso ponerlos a buen recaudo; y aplicando un
violento espolazo al rocín que montaba partió de frente como un
rayo.
    </p>
    

    <p>
     Pero Lozano había previsto el caso, y
empujando el corcel de Antuñano con un vigor irresistible, supo
atravesarle tan a tiempo en la línea que seguía el del ginete
fujitivo, que los dos brutos se dieron el más soberano encontrón
que pueden registrar las crónicas ecuestres.
    </p>
    

    <p>
     Hubo un instante en que ambos caballos
permanecieron inmóviles, sobrecojidos de espanto, aniquilados por
el dolor; y aquel instante bastó a Ayala para caer como un halcón
sobre el ginete, empuñarle por el pescuezo y arrancarle de la silla
punto menos que extrangulado.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a los carabineros de Garin
desaparecieron entre los matorrales de las vertientes del
Manzanares apenas los dos secuaces de Ayala pusieron el pie en la
carretera.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo saltó sobre el lomo del
bridón conquistado, y Tristán imitó el ejemplo de su amigo.
    </p>
    

    <p>
     El caballo de lozano dobló los
corvejones poco menos que hasta el punto de sentarse en el suelo
como, un perro.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -dijo Felicísimo, pugnando
por levantar al derrengado animal.
    </p>
    

    <p>
     El corcel de Ayala hizo todo lo
contrario que el de Lozano: dobló las rodillas delanteras, y hocicó
en el arrecife.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! -profirió Tristán,
empinando a pulso a su babieca.
    </p>
    

    <p>
     Ambos cuadrúpedos oscilaron en
distintos sentidos; pero acabaron por conservar el equilibrio.
    </p>
    

    <p>
     Ayala, que sentía estremecerse bajo
sus robustas piernas al alazán que, digámoslo así, le sostenía,
preguntó al vencedor de Antuñano:
    </p>
    

    <p>
     -¿Quieres participarme, Felicísimo, lo
que vamos a hacer con este par de aleluyas?
    </p>
    

    <p>
     -Vamos a perseguir, Tristán, a los que
a su vez persiguen a la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Hum... mucho me temo que montados
corramos menos que a pie.
    </p>
    

    <p>
     -Probemos, sin embargo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano colocó a su trotón dando frente
a la cordillera de Guadarrama; le preparó con toda la suavidad
posible, y le hizo sentir gradualmente la presión de los
muslos.
    </p>
    

    <p>
     El bruto se puso en marcha sin
formular otra protesta que un lastimero resoplido.
    </p>
    

    <p>
     Rara vez es perdido el buen ejemplo.
El rocín de Ayala partió detrás del de Antuñano.
    </p>
    

    <p>
     A medida que el calor del movimiento
ponía en juego las axilas de los dos caballos, sus remos parecían
recobrar la elasticidad y el vigor.
    </p>
    

    <p>
     La consecuencia inmediata de esta
modificación favorable fue una velocidad progresiva.
    </p>
    

    <p>
     Al cruzar el terraplén del Puente de
Segovia los dos ginetes, llegó a sus oídos un eco de galope de
caballos.
    </p>
    

    <p>
     -Ahí están -dijo Lozano, exhalando un
suspiro de satisfacción.
    </p>
    

    <p>
     -Sí, pero galopan, y nosotros trotamos
-murmuró Ayala.
    </p>
    

    <p>
     -También galoparemos si la necesidad
es apremiante.
    </p>
    

    <p>
     -Mucho esperas de tu bucéfalo.
    </p>
    

    <p>
     -Reconozco que es menos malo de lo que
había temido.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, pues.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante.
    </p>
    

    <p>
     -Cosas tan extraordinarias he
presenciado hoy, que no desconfío de alcanzar al trote a quien me
precede quinientos pasos al galope. Por ejemplo: ¿en qué globo has
salido del colegio?
    </p>
    

    <p>
     -Es toda una historia que te referiré
minuciosamente cuando me encuentre menos atribulado.
    </p>
    

    <p>
     -Que, el demonio me lleve si lo estás
ahora mucho.
    </p>
    

    <p>
     -La verdad es que tu caída del
cielo...
    </p>
    

    <p>
     -Del Portillo de Gilimon querrás
decir.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, tu llegada, sea de donde
quiera, casi me ha puesto de buen humor. Y a propósito: ¿por quién
has tenido noticia de mi itinerario?
    </p>
    

    <p>
     -Por Cazurro, con el cual tropecé en
la confluencia de las calles de Alcalá y de las Torres, después de
haber sabido que te fue dado prescindir del auxilio de mis gentes
para evacuar la plaza sitiada.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y dónde iba por allí el
bergante?
    </p>
    

    <p>
     -A ver, según me dijo, si su caballo
se había vuelto a la cuadra.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!.. le había perdido.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo visto. Mi legión acababa de
ser disuelta; pero aún me quedaban dos bravos muchachos; los
reforcé, y ganamos en línea recta y a buen paso las alturas del
Oeste de la villa con la esperanza de salirte al encuentro.
    </p>
    

    <p>
     -El refuerzo ha debido rezagarse; no
he visto que te siguieran más que dos hombres.
    </p>
    

    <p>
     -A fe mía, que desde que en las
Vistillas oímos los mosquetazos, yo tampoco recuerdo haber vuelto a
divisar a Perfecto.
    </p>
    

    <p>
     El ruido producido por los cascos de
los caballos perseguidos, cesó repentinamente.
    </p>
    

    <p>
     En la parte alta del camino, a medio
tiro de bala de la Puerta de San Vicente, se distinguían dos
ginetes inmóviles, que parecían vacilar acerca del rumbo que debían
seguir.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí una excelente ocasión para
ganar terreno -pronunció Ayala.
    </p>
    

    <p>
     Lozano no contestó, pero aguijó a su
rocín.
    </p>
    

    <p>
     La atención del joven estaba absorta
en los ecos que subían de la espesa arboleda de falsos plátanos,
que a la izquierda de la carretera se estendía hasta la orilla del
río.
    </p>
    

    <p>
     El rumor que podía percibirse se
asemejaba al apagado crujido que producen algunos pies de hombres o
caballos al pisar arena húmeda.
    </p>
    

    <p>
     Dos formas vagas que se movían
perezosamente, aparecieron por fin en una de las sendas que
ascendían al camino de Castilla.
    </p>
    

    <p>
     La presentación de los nuevos actores
en el teatro de los sucesos, determinó una evolución instantánea en
los ginetes del arrecife.
    </p>
    

    <p>
     Estos despejaron la ruta acaso para no
inspirar desconfianza, y tomaron la vuelta del boquete del Campo
del Moro. No era otra la dirección que seguían los individuos
procedentes del bosque de la Virgen del Puerto.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, Tristán -dijo Lozano-, que
es llegado el caso de deplorar que no te haya ocurrido proveerte de
las espuelas que calzaba tu adversario derribado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -contestó Ayala:- mis botas son
nuevas, y cuando ciertos pies empujan los tacones, bien pueden
éstos sustituir al mejor acicate.
    </p>
    

    <p>
     -Pica, pues.
    </p>
    

    <p>
     Los caballos dieron una prueba de
obediencia y de energía digna de todo encomio; partieron a media
rienda.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo calculó con exactitud
matemática la velocidad del corcel.
    </p>
    

    <p>
     En el instante que éste pisó la
explanada que conducía al Campo del Moro, los hombres de la
carretera cerraban el paso a los ginetes que acechaban.
    </p>
    

    <p>
     Moltó tiró del acero y se dirigió
hacia el más adelantado de los recién venidos, que era un gentil
caballero que estrechaba entre sus brazos a una niña.
    </p>
    

    <p>
     Lozano puso por cuarta vez mano a la
espada en aquel día fecundo en linternazos y se lanzó sobre Moltó
gritando:
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí, señor mío!... ¡Ira de Dios!...
¡A mí!... No soy un adversario que consiente que su reto sea
aplazado por nadie.
    </p>
    

    <p>
     -¡No era Antuñano! -exclamó con
sorpresa el requerido.
    </p>
    

    <p>
     -Así me parezco yo a Antuñano como tú
a un bienaventurado.
    </p>
    

    <p>
     Elina, que al ver atajada su carrera
había refrenado a Moro, exhaló un grito de alegría cuando oyó la
voz de Lozano y corrió a guarecerse detrás de la grupa de su
caballo.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante, señora condesa, adelante
sin perder un momento -la dijo rápidamente Felicísimo:- esta gente
corre de mi cuenta.
    </p>
    

    <p>
     Y apenas vio a Elina ejecutar la
prescripción, cruzó la espada con Moltó.
    </p>
    

    <p>
     Era este un mocetón de sólidos puños
que esgrimía el montante con el aire y vigor de un carda-lanas;
pero apenas aventuró un golpe decisivo, recibió en la cabeza, antes
de reponerse, tan contundente respuesta, que a pesar de las nubes
que cubrían la atmósfera, le hizo ver todas las estrellas del
firmamento en el primer instante, y, le ocasionó en el segundo un
desvanecimiento que le derribó de la silla.
    </p>
    

    <p>
     Entretanto Salazar que había
maniobrado con destreza para cerrar el paso a la marquesa, acababa
de conseguir cojerla al vuelo la brida del caballo.
    </p>
    

    <p>
     Aún no había Moltó concluido de
acostarse en la madre tierra, y ya estaba Felicísimo al lado del
murciano.
    </p>
    

    <p>
     Un instante después la punta de la
espada de Lozano caía sobre los nudillos de Salazar, la mano de
éste soltaba su presa y la dama pasaba en seguimiento de Elina.
    </p>
    

    <p>
     -¡Aborto de todos los infiernos!
-articuló bramando el murciano:- en mala hora has vuelto a
interponerte en mi camino.
    </p>
    

    <p>
     Salazar extrajo del arzón con la mano
izquierda una larga pistola, la montó con trémulo pulso y apuntó a
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Este hizo inmediatamente que se
encabritara su caballo para recibir el disparo.
    </p>
    

    <p>
     La detonación no tardó en sonar; pero
el frenesí de la cólera es un deplorable compañero en el manejo de
las armas, especialmente las de fuego; la bala ni hirió al hombre
ni al bruto.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se precipitó sobre Salazar
empinándose en los estribos, y blandiendo la terrible hoja
toledana. Un noble instinto le detuvo el brazo sin embargo; se
hallaba en presencia de un hombre herido que no empuñaba otro
hierro que el de una pistola descargada.
    </p>
    

    <p>
     Salazar exasperado arrojó su arma
humeante a la cabeza de Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     El joven, merced a un rápido
movimiento, pudo salvar el rostro; pero no por eso se libró de una
buena contusión en el hombro izquierdo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Gaznápiro! -gritó iracundo:- ¿tienes
empeño en que yo te mate esta noche?
    </p>
    

    <p>
     Lozano no hirió a su enemigo con la
espada; pero embistió de flanco con una carga de pretal al caballo
que montaba, y le derribó en el foso que separaba los terrenos del
municipio y de la real casa.
    </p>
    

    <p>
     Inútiles fueron todos los esfuerzos
que para levantarse intentó el corcel del murciano; el pobre bruto
se había roto un brazuelo en la caída.
    </p>
    

    <p>
     La corta brega del animal puso de
manifiesto a los ojos de Felicísimo un hecho inverosímil. Salazar
estaba sólidamente atado a los borrenes de la silla; aquel hombre
de voluntad de acero forjado en la fragua del odio, no encontró,
sin duda otro medio, para sostener a caballo el cuerpo más débil
que el espíritu.
    </p>
    

    <p>
     Tan breve había sido la doble lucha,
que Ayala, a pesar de su solicitud, únicamente llegó a tiempo al
campo de batalla para envainar la innecesaria tizona y exclamar en
el colmo del estupor:
    </p>
    

    <p>
     -¡Felicísimo, eres el mismísimo
demonio!
    </p>
    

    <p>
     Lozano volvió vivamente la cabeza
hacia la parte de la carretera: había visto acercarse una sombra de
enorme volumen, y en las circunstancias en que se encontraba, todo
era sospechoso.
    </p>
    

    <p>
     El bulto que estaba detrás del joven
era un hombre que conducía por la brida el caballo tordo de Moltó,
y que sujetaba debajo del brazo un verdadero haz de espadas.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo reconoció con extrañeza al
aparecido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cazurro! -pronunció:- ¿de dónde
diablos vienes?
    </p>
    

    <p>
     -De recojer los despojos de las
victorias de mi bravo señor -contestó Perfecto, inclinándose con la
más respetuosa de las consideraciones.
    </p>
    

    <p>
     -No te suponía con tan buenos
pies.
    </p>
    

    <p>
     -El deseo de ser útil a mi noble amo
me ha prestado esta noche la intuición de los atajos.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que hay otra intuición que
posees todavía en grado más eminente: la de las marrullerías.
    </p>
    

    <p>
     Lozano tendió una mirada en torno.
Moltó no daba muestras de volver en sí, y en cuanto a Salazar, se
debatía con débiles sacudimientos encadenado al inerte corcel. No
existía, pues, motivo alguno de recelo.
    </p>
    

    <p>
     -Escoltemos a esas damas, Tristán
-añadió Felicísimo:- la galantería te impone esta última etapa.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes se pusieron en la
pista de las fugitivas. No tardaron en alcanzarlas en la subida del
paseo de las Lilas, porque Moro, aunque tascando el freno y
esparciendo en torno espumosa saliva, subordinaba obediente la
marcha a la del herido caballo de la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     La llegada de Lozano fue acogida con
una explosión de entusiasmo. El triunfo positivamente habría sido
completo, a sentir el joven caballero menos dolorida la clavícula
izquierda.
    </p>
    

    <p>
     Apenas faltarían mil pasos para ganar
el pie de las ramblas que por aquella parte sirven de zócalo al
elevado alcázar.
    </p>
    

    <p>
     En el trayecto no tropezaron los
viajeros con ningún ser viviente; no escucharon otro ruido que el
de las propias pisadas.
    </p>
    

    <p>
     Hasta los centinelas de los puestos
avanzados de las ramblas permanecieron mudos en las garitas
angulares; hubiérase dicho que estaban advertidos.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, Elina, la mejor montada de
todos, se detuvo en la oscura puerta del Oeste.
    </p>
    

    <p>
     Buscaba algún objeto que no fuera la
delicada mano para significar un llamamiento, cuando Moro la dio
resuelta la cuestión.
    </p>
    

    <p>
     El inteligente animal comprendió que
para alguna cosa le ponían delante de una puerta cerrada, y
levantando el pie derecho delantero, asentó con la herradura en uno
de los cuarterones dos tan sonoros golpes, que debieron ser oídos
en todos los subterráneos de Palacio.
    </p>
    

    <p>
     La palabra del rey obtuvo inmediato
cumplimiento. La puerta se abrió instantáneamente, y los
expedicionarios penetraron en la bóveda a la luz de dos linternas
movidas por manos invisibles; pero que no podían pertenecer a otros
seres, según la agradecida imaginación de las damas, que a dos
ángeles guardianes del Paraíso.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012024">
    

    <head>
     Capítulo XXIV
    </head>
    

    <head>
     Donde se refiere el espanto que una nota de trompa
produjo en una tórtola inadvertida
    </head>
    

    <p>
     Jamás en noche alguna ofrecieron los
tránsitos de la regia mansión aspecto más tranquilo.
    </p>
    

    <p>
     Todo hablaba de inercia; Carlos III
parecía haber abdicado el cetro de su casa en otro monarca más
absoluto que él; en el déspota Morfeo.
    </p>
    

    <p>
     La condesa de Bari conocía la reserva
impuesta al corto número de iniciados en la evasión; pero ¿no podía
también haberse cambiado de propósito? Cosas más extraordinarias se
habían visto en Palacio.
    </p>
    

    <p>
     Después de haber provisto al descanso
de los dos caballeros, Elina se apresuró a realizar la unión del
marqués de Esquilache con su familia en una de las habitaciones del
rey.
    </p>
    

    <p>
     Escasamente habrían trascurrido veinte
minutos, cuando Felicísimo, que después de prodigarselas más
expléndidas abluciones, se ocupaba en cepillar el traje, oyó dos
leves golpes en la puerta del aposento que le fue destinado.
    </p>
    

    <p>
     El joven abrió en el acto y se
encontró delante de un hombre de aspecto clerical, que debía estar
muy contento en vista de la tenacidad con que le retozaba en los
labios la sonrisa, y que no podía menos de ser cortés, por cuanto
se deshacía en cortesías.
    </p>
    

    <p>
     Era el abate Gándara.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es al señor de Lozano a quien tengo
la honra de ofrecer las sinceras manifestaciones de mi más
distinguida consideración? -preguntó el abate.
    </p>
    

    <p>
     -Lozano es, en efecto, el que en este
momento se complace en hacer conocimiento con persona de tan
seductoras atenciones -contestó Felicísimo con aire de equívoca
formalidad, en que hasta despuntaba cierta modulación
imitativa.
    </p>
    

    <p>
     -Su majestad, invita, pues, a pasar a
su cámara al señor de Lozano. Me cabrá la satisfacción de indicarle
el camino.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se acomodó el sombrero
debajo del brazo izquierdo y siguió al abate.
    </p>
    

    <p>
     Condujo Gándara al caballero por una
larga serie de estancias, y abriendo una puerta de artísticas
molduras, le cedió solemnemente el pasó, dando por terminada la
excursión.
    </p>
    

    <p>
     La nueva habitación era espaciosa, y
como sólo se hallaba iluminada Por una lámpara a media luz con el
objeto acaso de no denunciar la velada de quien allí residía,
Lozano no pudo reconocer a las personas que se movían en un grupo
situado en la parte de sombra proyectada por la pantalla.
    </p>
    

    <p>
     De aquí provino cierta vacilación en
los primeros pasos del joven.
    </p>
    

    <p>
     -Acercaos, caballero -pronunció la voz
del rey:- venid a recibir nuestras cordiales felicitaciones por el
valor con que habéis dado cima a vuestra empresa.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se adelantó hasta penetrar
en la zona sombreada, y divisó al monarca con el traje gris perla
que había vestido todo el día, al marqués de Esquilache entre sus
dos hijas y a la marquesa apoyada en el brazo de la condesa
Elina.
    </p>
    

    <p>
     -La abnegación, la serenidad y el
esfuerzo de que el señor de Lozano nos ha ofrecido pruebas en esta
noche -añadió la marquesa-, dignos son, en efecto, del tributo de
nuestra admiración.
    </p>
    

    <p>
     -Mi perversa estrella, caballero
-articuló Esquilache-, no ha querido que pudiera galardonarle por
mí mismo con la magnificencia que el servicio merece; pero confío
en que mi augusto amo acojerá con su habitual bondad la
recomendación vivísima que en favor de usted le dirijo.
    </p>
    

    <p>
     -Procuraremos complacer al marqués
-repuso el rey:- dotes como las que reúne el señor de Lozano, no
son tan comunes que puedan ser miradas con indiferencia.
    </p>
    

    <p>
     -Señor -dijo Felicísimo con el sello
de la sinceridad mejor sentida:- si en las horas que acaban de
pasar me ha sido dado sobreponerme a algunas dificultades, no fue
por efecto de mis merecimientos, sino de mi buena fortuna.
    </p>
    

    <p>
     -Esa divinidad pagana nunca ha
favorecido a los imbéciles pusilánimes. Buscaré digno empleo a
vuestra inteligente actividad, y auxiliado por la condesa de Bari
no desespero de encontrar al fin algo que os cuadre.
    </p>
    

    <p>
     El monarca levantó la cabeza con aire
absorto como si dieran ya principio las investigaciones de que
hablaba y añadió un segundo después:
    </p>
    

    <p>
     -Seguidme, caballero.
    </p>
    

    <p>
     El punto a donde el rey se dirigió era
uno de los ángulos de la biblioteca ocupado por un armario de
colosales dimensiones.
    </p>
    

    <p>
     Mientras abría el mueble, prosiguió
diciendo el soberano:
    </p>
    

    <p>
     -Conozco todos los detalles de vuestra
expedición, y las maravillas que sabéis hacer con la espada.
Presumo, pues, que podrá seros particularmente grata esta dádiva de
vuestro príncipe en recuerdo de los acontecimientos de la noche del
24 de Marzo.
    </p>
    

    <p>
     Y tomando de la panoplia del fondo del
armario una espada magnífica hizo ademán de colgarla del cinto de
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Este se apresuró a despojarse de su
acero para recibir la honra que el monarca le dispensaba.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! Señor -profirió el joven:-
vuestra majestad hace de mí el más entusiasta de sus súbditos.
    </p>
    

    <p>
     El soberano exhaló un suspira
añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Son tantos los descontentos que hoy
he visto, que bien merezco esta compensación... Ahora retiráos a
descansar, caballero: es cosa de que debéis tener harta
necesidad.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo saludó al monarca con
respetuosa efusión, se inclinó profundamente al volver a pasar por
delante del marqués y las damas, y salió de la biblioteca.
    </p>
    

    <p>
     El abate Gándara había desaparecido;
pero Lozano coordinó sus recuerdos, y después de varios paseos por
las estancias contiguas, rectificando la dirección, cuando un
objeto antes no visto, le demostraba que hacía falsa ruta, acabó
por dar de nuevo con el aposento que le fue destinado.
    </p>
    

    <p>
     Una vez a cubierto de testigos, el
joven corrió hacia la mesa, depositó en ella las dos espadas, y se
entregó al examen de la nueva con la perita atención de un armero
inteligente, y la prolija minuciosidad de un artífice platero.
    </p>
    

    <p>
     El arma en cuestión era un donativo
verdaderamente regio.
    </p>
    

    <p>
     La empuñadura de plata cincelada,
conforme a las buenas tradiciones de la escuela florentina,
afectaba la forma clásica del cetro, y ostentaba en el pomo una
gruesa corona real de oro macizo, cubriendo los emblemáticos dos
mundos. Ambas esferas consistían en dos soberbios diamantes, blanco
el uno y negro el otro, gruesos como garbanzos.
    </p>
    

    <p>
     La hoja toledana, flexible como una
serpiente, ocultaba el inmaculado brillo en una vaina de fina piel
de Astrakan perfumada con el aroma permanente de la unona
odorantísima.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo contemplaba su inestimable
espada con la misma pueril fruición con que la mujer admira una de
esas ricas alhajas que notoriamente realzan la hermosura.
    </p>
    

    <p>
     El demonio que inspiró a la heroína de
Goethe podría observar la escena con la sonrisa de la ironía en los
labios; pero no por eso Lozano dejaba de ser digno de envidia. La
cándida absorción del caballero demostraba que era joven y que ni
tenía gastado el corazón, ni era filósofo.
    </p>
    

    <p>
     Un ligero rumor que sonó en la puerta
como si la arañase alguna mano, produjo en Lozano un
extremecimiento indefinible.
    </p>
    

    <p>
     En el segundo siguiente Felicísimo
recogía palpitante el tapiz, y se encontraba delante de la azafata
de la reina madre.
    </p>
    

    <p>
     El joven abrió paso a la dama
pronunciando:
    </p>
    

    <p>
     -La presencia de la señora condesa me
colma instintivamente de alegría, y sin embargo la razón me predice
que debe haber para mí en esta visita un fondo de amargura.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué ese pensamiento? -preguntó
Elina.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura no viene usted a
despedirse?
    </p>
    

    <p>
     -La frase es en efecto triste,
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, no tanto como la separación a que
precede.
    </p>
    

    <p>
     -Bien sabe Dios que no ha de ser mi
iniciativa la que promueva esa separación: el objeto que aquí me
trae puede ofrecer a usted una prueba inequívoca.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál es, pues, ese objeto?
    </p>
    

    <p>
     -El de rogar a usted que siga a la
familia real en su partida.
    </p>
    

    <p>
     Lozano envolvió a la dama en una
mirada de inefable expresión.
    </p>
    

    <p>
     -Creo adivinar -articuló-, el móvil
del deseo que la señora condesa expone.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se trata de una esperanza?
    </p>
    

    <p>
     -No: se trata de un temor. La señora
condesa desconfía de que una vez libre de la fascinación de sus
divinos ojos, no vuelvan a arrebatarme las olas del motín...
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué negar que ese pudiera ser uno
de los motivos que me guían?
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! Tranquilícese usted en semejante
punto: el rey ha sabido fijar para siempre mis veleidades
políticas.
    </p>
    

    <p>
     -Mi súplica, no obstante, obedece a
motivos más poderosos.
    </p>
    

    <p>
     -Por ejemplo...
    </p>
    

    <p>
     -En la corte todo se olvida pronto:
los servicios tal vez antes que los agravios... No quisiera que las
buenas disposiciones del rey dejaran de dar fruto por falta de
cultivo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no podrá tomarse mi presencia por
el importuno memorial de un pretendiente?
    </p>
    

    <p>
     -Ah, respondo al señor de Lozano que
no se cuenta en el número de sus imperfecciones la
importunidad.
    </p>
    

    <p>
     -En verdad que no sé cómo pagar a la
señora condesa el interés que por mí demuestra.
    </p>
    

    <p>
     -Buen Dios, mis pobres créditos nunca
compensarán mi enorme deuda... Por otra parte...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué?...
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién podría yo tender mi mano en
busca de apoyo si de él necesitase todavía en la tremenda
perturbación que el orden público experimenta?
    </p>
    

    <p>
     -Esa consideración sí que es para mí
decisiva.
    </p>
    

    <p>
     -¿Nos seguirá usted a Aranjuez?
    </p>
    

    <p>
     -Seguiré a usted al fin del mundo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sin violencia alguna?
    </p>
    

    <p>
     -Con la espontaneidad más
absoluta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tan cortés, tan complaciente y tan
rendido como en este momento?
    </p>
    

    <p>
     -Mil veces más si usted lo
quisiese.
    </p>
    

    <p>
     -¿Constante?...
    </p>
    

    <p>
     -Como la eternidad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dichoso?...
    </p>
    

    <p>
     -Como un amante...
    </p>
    

    <p>
     Cómo pudo realizarse el hecho, sería
un fenómeno fisiológico de la más difícil explicación; pero fue el
caso que al llegar el diálogo a ese punto, las cuatro manos de los
jóvenes, sin intervención de su voluntad, se habían entrelazado tan
intrincadamente como los tirsos de la yedra.
    </p>
    

    <p>
     De repente, un eco insólito que tenía
algo del rugido del león o del punto más bajo del figle, pobló los
ámbitos de la estancia.
    </p>
    

    <p>
     Para cualquier oído familiarizado con
las miserias de la vida real, el ruido en cuestión hubiera sido el
prosaico ronquido de una criatura humana; pero ¿quién se atreve a
pedir serenidad de criterio a las almas que se ciernen arrobadas en
las delicias del quinto cielo?
    </p>
    

    <p>
     Elina más sobresaltada que Lozano, se
apresuró a desatar los nudos que la estrechaban, y salió a la
galería de una carrera.
    </p>
    

    <p>
     El joven siguió a la condesa con la
misma precipitación.
    </p>
    

    <p>
     El cambio de atmósfera, la facilidad
de observación que ofrecía uno de los tránsitos más frecuentados de
Palacio, y la natural reacción experimentada por Felicísimo y
Elina, hicieron que la despedida de éstos no revistiera el
peligroso carácter de ternura que inconscientemente estuvo a punto
de adquirir.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Lozano se vid solo y ordenó
algún tanto sus ideas, se echó a buscar a Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Las primeras investigaciones fueron
infructuosas; pero al fin dio con un lacayo que creyó haber visto
en las cocinas, un mancebo a quien cuadraban las señas que se le
referían, y que bajó a buscarle con la solicitud más
complaciente.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se volvió a su cuarto con
menos impaciencia de la que era de temer. Las ideas que le
asaltaban la mente, y los sentimientos que le conmovían el corazón,
le preocupaban demasiado por entonces para que prestase mucha
atención a las faltas o a los excesos de Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Apenas el joven penetró en su
aposento, la abstracción fue mayor todavía. Ya no eran únicamente
las manos las que le hablaban de Elina; sus gratos efluvios
perfumaban todo el ambiente.
    </p>
    

    <p>
     ¡Ah! ¡Con cuánta delicia hubiera
Felicísimo respirado la noche entera en aquel rincón del
Paraíso!
    </p>
    

    <p>
     La llegada de Cazurro arrancó del
mundo de los sueños a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     El buen Perfecto estaba revelando en
los brillantes ojos, en los húmedos labios y en el aflojado cinto,
que acababa de regalarse con una satisfactoria refección.
    </p>
    

    <p>
     -Parece que por fin el seor Cazurro se
aviene a dispensarme algunas atenciones -dijo Lozano, no sin cierta
severidad.
    </p>
    

    <p>
     -No porque la ausencia encubra mis
acciones -contestó rendidamente el lacayo-, dejan de consagrarse
todas ellas al mejor servicio de mi noble amo.
    </p>
    

    <p>
     -Eso es lo que no estaría demás ver
demostrado.
    </p>
    

    <p>
     -Mi conciencia me dicta que nunca han
de ser pruebas lo que me falte.
    </p>
    

    <p>
     -Por ejemplo, ¿dónde están los bigotes
del dragón de la Puerta de Recoletos?
    </p>
    

    <p>
     -Oh, señor; aunque iliterato harto sé
que las figuras retóricas no se toman al pie de la letra.
    </p>
    

    <p>
     -Pero suponiendo que unos bigotes sean
una figura retórica, ¿llegastes a batirte?
    </p>
    

    <p>
     -Con más empuje, que un león, y más
saña que una hiena.
    </p>
    

    <p>
     -No necesitas abuela.
    </p>
    

    <p>
     -Ese es también mi parecer; lo que
necesito es la dehesa de Extremadura que heredaré el día en que la
respetable señora en cuestión sea llamada a disfrutar de la
presencia de Dios.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuál fue el resultado de la
riña?
    </p>
    

    <p>
     -Una doble catástrofe.
    </p>
    

    <p>
     -Conozcamos la tuya.
    </p>
    

    <p>
     -Sin saber cómo, ni por dónde, me
encontré desarzonado y extendido en la arena del pasco cuan largo
he sido hecho.
    </p>
    

    <p>
     -Muy bien... quiero decir muy mal;
veamos ahora la infausta suerte de tu enemigo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! En cuanto a ese... -murmuró
Cazurro revolviendo los ojos en sus órbitas con siniestra
expresión.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué?
    </p>
    

    <p>
     -El infeliz había previamente tenido
la insensatez de tratar de cortarme la retirada; y ya porque le
arrollase mi furioso caballo, ya porque le alcanzase el filo de mi
larga espada, fue el caso que el guardián rodó maltrecho, y que
pasé por encima de su cuerpo no sé si muerto o vivo.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente; ¿y qué dijo al
caer?
    </p>
    

    <p>
     -Pronunció una palabra extranjera.
    </p>
    

    <p>
     -Repítela, pues.
    </p>
    

    <p>
     -Exclamó: ¡Puff!...
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo no pudo conservar su
formalidad.
    </p>
    

    <p>
     -Escucha, Perfecto -replicó:- tengo
toda la buena voluntad necesaria para creer en la doble caída que
me cuentas; pero no creo que hayas luchado encarnizadamente con más
adversario que con tu rocín. Te perdono, sin embargo, en gracia del
aplomo con que te mientes a ti mismo.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, señor...
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde has dejado a Moro?
    </p>
    

    <p>
     -En las reales caballerizas, instalado
como un príncipe entre el tordo y el alazán.
    </p>
    

    <p>
     -¿Bien provisto el pesebre?
    </p>
    

    <p>
     -Con la mayor esplendidez; la
abundancia que impera en los graneros y pajares de su majestad
invita al despilfarro.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo que se refiere a tu persona,
entiendo que puedo estar tranquilo.
    </p>
    

    <p>
     -Aseguro a mi señor que no me he
ocupado de ella hasta después de haber subvenido a todas las
necesidades de los nobles brutos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y te han parecido tan tentadores de
la gula los pesebres de los bípedos como los de los
cuadrúpedos?
    </p>
    

    <p>
     -Más todavía; los hornillos están
siempre encendidos, los accesibles aparadores colmados de viandas,
las mesas cubiertas. Por todas partes la profusión y la
magnificencia, se ven erigidas en sistema. Las botellas van
mediadas de costoso y delicado néctar al serón de los cacharros
rotos. En una palabra, no hay desorden alguno; en ésta augusta
mansión, a cualquier hora del día o de la noche, Lúculo come en
casa de Lúculo.
    </p>
    

    <p>
     -Extraordinaria circunstancia de que
sin duda has abusado.
    </p>
    

    <p>
     -Me he limitado a usar con cierta
amplitud. Observar otra conducta no hubiera sido corresponder
dignamente a la suntuosa hospitalidad de nuestro soberano.
    </p>
    

    <p>
     -¿De manera que te encuentras aquí
perfectamente?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah señor! Si yo me atreviese a darle
a usted un consejo, porque usted me le hubiera pedido, le diría con
el fuego de la más ciega convicción que no sirviese nunca a otro
amo que al rey. Las migajas que se caen de su mesa, son mayores que
los pasteles que saborean los prelados en la Cuaresma; y los huesos
que aquí se arrojan a los perros, llevan adherida más carne de
capón y de pavo que la que comen los grandes en todo el año.
    </p>
    

    <p>
     -A fe mía, Cazurro, que siento
sustraerte a la Jauja que tales ditirambos te inspira.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura?...
    </p>
    

    <p>
     -No emplees esa palabra; por desdicha
vas a bajar en el acto a la caballeriza para ensillar de nuevo a
Moro y al tordo que te has apropiado, no sé si bajo el pretexto de
que era bien mostrenco o vacante.
    </p>
    

    <p>
     Al buen Perfecto se le cayó el alma a
los pies.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pobres animales! -murmuró
suspirando:- ¡Ir a cortarles la digestión del mejor pienso que
jamás ingirieron en el estómago!
    </p>
    

    <p>
     -Los goces de la tierra son
fugaces.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde habré de conducir a esos
malaventurados brutos privados de un sueño reparador?
    </p>
    

    <p>
     -A la Puerta de San Vicente: allí me
reuniré contigo.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se encaminó a la salida con la
forzada resignación del reo, y levantó pausadamente la cortina. Tal
vez contaba con alguna rectificación en las órdenes de Lozano. Este
no añadió una palabra.
    </p>
    

    <p>
     Preciso fue partir.
    </p>
    

    <p>
     Entonces abrió Felicísimo una
puertecilla entornada, oculta por los pliegues de la tapicería, y
pasó a una estancia idéntica a la que él ocupaba.
    </p>
    

    <p>
     Sobre el lecho que se contaba entre
los muebles de la nueva habitación, estaba extendido, boca arriba,
Tristán de Ayala como una magnífica estatua yacente.
    </p>
    

    <p>
     Del órgano nasal del caballero se
escapaba, con cadencioso ritmo, una respiración enérgica que, no
por ser tranquila, dejaba de adquirir a las veces gran potencia de
resonancia.
    </p>
    

    <p>
     Aquella nariz era la trompa de donde
había partido la extridente nota que causó tanto espanto en la
tórtola inadvertida que por un momento se posó en la estancia
contigua.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se adelantó hasta los pies de
la cama de Ayala, y pronunció con una voz todo lo acentuada que las
conveniencias permitían:
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán!
    </p>
    

    <p>
     El apostrofado no se dio por entendido
en lo más mínimo.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo cogió a Ayala de una oreja,
le levantó la cabeza de la almohada, y le repitió el nombre de pila
a tres dedos del tímpano.
    </p>
    

    <p>
     Ayala prosiguió roncando con la
regularidad de un péndulo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano abandonó al contumaz durmiente,
y fue a examinar el rótulo de una botella vacía que erguía su
esbelto cuello sobre la mesa.
    </p>
    

    <p>
     La vasija había contenido rom.
    </p>
    

    <p>
     Desde entonces renunció absolutamente
Felicísimo al propósito de despertar a su amigo. Sabía que cuando
Ayala había absorbido una respetable cantidad de aquel licor, no
volvía del letárgico sueño que le producía aunque estallase en
torno del lecho, que a la sazón ocupara, el estruendo simultáneo de
todas las baterías de la plaza de Gibraltar.
    </p>
    

    <p>
     El joven rasgó de su cartera una de
las pocas hojas que había en blanco, escribió en ella algunas
palabras y la colocó después doblada, en la guarnición de la espada
de Tristán.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo salió de la mansión del
sopor báquico.
    </p>
    

    <p>
     Entretanto una procesión de fantasmas
se deslizaba silenciosa a la trémula luz de las linternas sordas
por la intrincada serie de tránsitos, abierta en los profundos
cimientos del alcázar.
    </p>
    

    <p>
     A la cabeza de la misteriosa hueste
ondulaba una silla de manos conducida por los dos astures más
robustos que fue posible hallar entre todos los lacayos de la real
casa.
    </p>
    

    <p>
     En el fondo de aquel vehículo
brillaban los penetrantes ojos de Isabel de Farnesio, no
amortiguados por el curso ya largo de los años, y por los tormentos
de la enfermedad.
    </p>
    

    <p>
     Seguían a la litera el rey, los
príncipes, la familia de Esquilache y la condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     Cerraban la marcha los duques de Arcos
y de Medicenali.
    </p>
    

    <p>
     Largo era el trayecto recorrido por el
laberinto de achatadas bóvedas que parecían comunicar el frío de
sus húmedas paredes a todos los corazones, cuando la silla de manos
se detuvo cerrando el paso a los que precedía.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ha ocurrido? -preguntó el rey
con voz apenas perceptible disimulando mal el sobresalto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hem! -murmuró forcejeando uno de los
lacayos portadores.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hum! -articuló el otro procurando
secundar los esfuerzos de su compañero.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿qué estáis haciendo
desdichados? -exclamó la reina madre que se sentía zarandear con
menos miramientos que aquellos a que estaba habituada.
    </p>
    

    <p>
     -La silla no puede volver el ángulo
del pasadizo -dijo por fin el primer lacayo declarándose
vencido.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué contrariedad! -repuso el
rey.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué inadvertencia! -añadió
Isabel.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿no podemos tomar otro
camino?
    </p>
    

    <p>
     -No existe, señor -contestó el guía de
la expedición.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, bondad divina! -balbuceó el
monarca consternado.
    </p>
    

    <p>
     Y volviéndose hacia el capitán de
guardias que acababa de adelantarse para reconocer el recodo del
angosto corredor, prosiguió con acento apremiante.
    </p>
    

    <p>
     -Duque, duque: ¿qué hacemos en este
conflicto?
    </p>
    

    <p>
     -La cosa más indicada y más sencilla
-respondió el de Arcos.
    </p>
    

    <p>
     La espectación fue general.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué cosa es esa? -dijo el rey.
    </p>
    

    <p>
     -Cortemos los brazos a la silla
-contestó naturalmente el duque.
    </p>
    

    <p>
     -Tiene razón -pronunció la reina
Isabel.
    </p>
    

    <p>
     Todos los circunstantes, el rey
inclusive, expresaron de una manera u otra su perfecta confianza en
el procedimiento.
    </p>
    

    <p>
     La idea del capitán había sido el
huevo de Cristóbal Colón.
    </p>
    

    <p>
     -Habrá que ir en busca de sierra...
-insinuó uno de los lacayos.
    </p>
    

    <p>
     -Torpes, ¿no tenéis cuchillos?
-profirió el duque de Arcos.
    </p>
    

    <p>
     Los lacayos desnudaron inmediatamente
sus largos machetes de monte, y dieron principio a la
amputación.
    </p>
    

    <p>
     Menos duró la faena de lo que la
impaciencia de la real familia temía.
    </p>
    

    <p>
     A los cuatro minutos el pasadizo
estaba convertido en astillero, la litera volvía a levantarse del
suelo, y el cortejo proseguía su camino.
    </p>
    

    <p>
     No hubo ya entorpecimiento alguno
hasta llegar al mismo vestíbulo que sirvió de ingreso a las damas
acompañadas por Lozano.
    </p>
    

    <p>
     La puerta se abrió con la amplitud
debida al soberano, y la comitiva respiró en el campo del Moro el
aire picante de las primeras horas de la madrugada.
    </p>
    

    <p>
     Las linternas se cerraron
instantáneamente, y desaparecieron debajo de las capas.
    </p>
    

    <p>
     La familia real se dirigió entonces a
buen paso hacia la carretera de Castilla por las ocultas sendas
abiertas en los desmontes que se estienden al pie del Paseo de las
Lilas.
    </p>
    

    <p>
     En la esplanada que precedía al
arrecife se divisaban dos vastas masas negras separadas por la
distancia de cien pasos.
    </p>
    

    <p>
     Eran la primera tres coches de camino,
verdaderas arcas de Noé, tirados cada uno por cuatro vigorosos
caballos: constituía la segunda la compañía de guardias de corps
que mandaba el duque de Arcos.
    </p>
    

    <p>
     Los miembros de la augusta estirpe se
instalaron apresuradamente en uno de los carruajes: las demás
personas de la comitiva se repartieron en los dos restantes.
    </p>
    

    <p>
     Un latigazo fue la señal de la
partida: coches y guardias se pusieron en movimiento, y
desaparecieron poco tiempo después por el camino de Aranjuez con la
vertijinosa carrera de quien huye de un lugar apestado.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012025">
    

    <head>
     Capítulo XXV
    </head>
    

    <head>
     De cómo el gobernador del Consejo de Castilla se
dejó gobernar por los alborotados matritenses
    </head>
    

    <p>
     El eco de un formidable trueno que
estallase sobre la linterna de la torre de la Iglesia parroquial de
Santa Cruz, no se hubiera propagado con tanta rapidez por la villa
entera como circuló en la mañana del martes 25 de Marzo la noticia
de la fuga del rey seguido de la guardia walona y de la familia de
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Aquella clandestina evasión a juzgar
por la unánime voz de los corrillos no significaba para el
vecindario de Madrid otra cosa que la total ruptura del solemne
pacto celebrado en la Plaza de Armas de Palacio.
    </p>
    

    <p>
     La indignación popular rugió sin
freno.
    </p>
    

    <p>
     Mientras el Consejo que dirijía el
alboroto deliberaba en sus antros desconocidos, se adoptaban por
todas partes las precauciones consiguientes a la renovación de las
hostilidades.
    </p>
    

    <p>
     La primera medida consistió en
incomunicar la capital de la monarquía con el sitio de Aranjuez. Y
tan a tiempo se estableció el cordón sanitario, que los lacayos de
la real casa que conducían las camas de la augusta familia a su
nueva residencia, hubieron de volverse a Palacio.
    </p>
    

    <p>
     No encontraron el camino más expedito
algunos, secretarios del despacho que con sus clásicas carteras se
apresuraban a dejar las márgenes del Manzanares por las del
Tajo.
    </p>
    

    <p>
     Los cocheros de sus excelencias fueron
invitados por las turbas a volver pies atrás, secundando la
invitación con manifestaciones más o menos corteses en que los
tronchos de las berzas desempeñaron un papel importante.
    </p>
    

    <p>
     Un acontecimiento inesperado
proporcionó al motín cierto carácter militar de que hasta entonces
había carecido.
    </p>
    

    <p>
     Los conductores de algunos carros de
fusiles, procedentes de Vizcaya, destinados a la renovación del
armamento de la guarnición, los cuales se habían detenido el día
anterior en las inmediaciones de la villa, en consideración al
peligro que las circunstancias ofrecían, recibieron orden no se
sabe de quién, para proseguir el camino, y penetraron
tranquilamente hasta la calle de la Montera.
    </p>
    

    <p>
     El convoy se vio asaltado allí por un
enjambre de curiosos, al parecer, que apenas se hizo cargo de la
clase de objetos aportados, abrió las cajas y se repartió el
contenido con tanta precipitación como si de pan bendito se
tratase.
    </p>
    

    <p>
     Con tan precioso hallazgo, coincidió
otra invención complementaria. Un espíritu previsor hizo observar
que, los cañones de los fusiles sin municiones equivalen a cañas
huecas; pero que por fortuna había facilidad para dotarlos de todo
el terrible poder de destrucción que están llamados a ejercer,
porque en el inmediato pueblo de Carabanchel de Abajo existía un
polvorín abundantemente surtido.
    </p>
    

    <p>
     Una nutrida diputación de los
amotinados se incautó del polvorín a continuación; y los fusileros
en número de cinco mil se proveyeron de cartuchos con una largueza
más que expléndida.
    </p>
    

    <p>
     Del caos en que envolvían a la villa
el tumulto, la incertidumbre y el desconcierto, pareció al fin
producirse algún acuerdo.
    </p>
    

    <p>
     Una muchedumbre, acumulada en la
espaciosa Plaza de Oriente se puso en movimiento con dirección a la
morada del Gobernador del Consejo.
    </p>
    

    <p>
     El trayecto no era largo. Don Diego de
Rojas y Contreras, obispo de Cartagena, vivía en el centro de la
Cuesta de Santo Domingo frente al convento de las religiosas que
daban nombre a la localidad.
    </p>
    

    <p>
     Prevenido el prelado por el ardiente
clamoreo que se elevaba de la calle, recibió con la calma de la
dignidad y la sonrisa de la benevolencia a los comisiónados del
motín.
    </p>
    

    <p>
     La pretensión coreada por veinte voces
que su ilustrísima escuchó, pertenecía al número de las que podían
parecerle extrañas.
    </p>
    

    <p>
     Se trataba de que el Gobernador
partiese para Aranjuez con el fin de conjurar al rey a que volviese
inmediatamente a Madrid, si es que no había roto con su vecindario
de un modo definitivo, retractando todas las palabras que empeñó en
el día anterior.
    </p>
    

    <p>
     El prelado, sin embargo, sólo aventuró
algunas débiles objeciones acerca de los inconvenientes que acaso
pudieran ofrecer su posición oficial y su carácter sagrado para el
desempeño de la espinosa misión que se le quería conferir.
    </p>
    

    <p>
     Los alborotados insistieron con
energía, y persuadido el mitrado por la razón que no podían menos
de tener tantos acentos unánimes y tan sonoramente acentuados, no
tardó en avenirse todo cuanto de él se exigía, y en pedir en su
consecuencia el coche.
    </p>
    

    <p>
     La multitud acompañó al digno obispo
prodigándole las más inequívocas demostraciones de entusiasta
reconocimiento.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje avanzó majestuosamente
hasta el Puente de Toledo; pero la sólida construcción
churrigueresca debía estar predestinada para dar un solemne
testimonio de consecuencia popular.
    </p>
    

    <p>
     Un compacto, grupo que se unió
vociferando a la escolta del reverendo, sin contar para nada con la
aquiescencia de éste, torció la brida a sus caballos y condujo de
nuevo el coche a la Cuesta de Santo Domingo.
    </p>
    

    <p>
     ¿Qué significaba semejante cambio de
opinión que así zarandeaba a un prelado en su coche de Gobernador
del Consejo, como a un polichinela en su caja de títeres?
    </p>
    

    <p>
     ¿Se desconfiaba de que el mitrado
ahogase con bastante fuego en pro de la causa del pueblo? ¿Se temía
que se quedase en Aranjuez por propia o por ajena voluntad? ¿Se
deseaba conocer el discurso que se proponía pronunciar?
    </p>
    

    <p>
     Misterios son estos que todavía no ha
puesto en claro la historia, y que mucho tememos cause por largos
siglos la desesperación de las generaciones venideras.
    </p>
    

    <p>
     El mismo demonio de la crónica no es a
veces capaz de levantar la punta del velo que cubre ciertos
embrollos colectivos.
    </p>
    

    <p>
     Reinstalado el obispo en su domicilio,
pudo al fin enterarse del motivo.
    </p>
    

    <p>
     Se pretendía que en lugar de hablar al
rey en persona, le expusiera en un escrito el ilustrísimo, todos
los agravios del vecindario de Madrid, los fundados temores que al
verse abandonado abrigaba, y el ardiente deseo que por la vuelta de
la corte sentía.
    </p>
    

    <p>
     El cambio de procedimiento no encontró
la menor oposición en el ánimo del alto dignatario.
    </p>
    

    <p>
     Éste, que por lo visto se hallaba en
un cuarto de luna acomodaticio, se encerró en el despacho
gubernamental, y redactó a la carrera, según unos, o extrajo del
recóndito fondo de un bolsillo de la morada túnica, según otros, la
representación que se le encomendaba.
    </p>
    

    <p>
     Fuera o no improvisado, el memorial
del obispo de Cartagena era una disertación en verso y prosa de lo
más peregrino que puede darse.
    </p>
    

    <p>
     Pero como el documento, atendida su
considerable extensión, autorizaría los bostezos de nuestros
lectores, nos guardaremos bien de estamparle íntegro.
    </p>
    

    <p>
     Desde luego se revelaba en el escrito
la mansedumbre evangélica más perfecta; mal monstruo llamaba a
Esquilache, y había calificativos menos suaves.
    </p>
    

    <p>
     Enumeraba la flamante instancia con un
garbo que podría llamarse frescura todos los maleficios que la
nación debía al marqués. Se le imputaban los perjuicios que
ocasionó la guerra de 1762, porque si bien era cierto que se opuso
abiertamente a ella, no estaba probado que semejan le oposición no
fuese una redomada hipocresía. Se le acriminaba por la supresión de
diferentes oficinas, teniendo en cuenta que aunque resultaban
notoriamente innecesarias, en cambio daban de comer a una multitud
de menesterosos empleados a los cuales no convenía buscar otros
medios de subsistencia. Se le dirigían los más gravísimos cargos
por los impuestos que creó con destino a la construcción de
carreteras, siendo así que lo que sobraba en España ran caminos de
perdición. Y por fin, se le atribuían todos los daños inherentes al
establecimiento del alumbrado público, entre los cuales no era
seguramente el menor, la facilidad que la luz prestaba a los
malhechores para expiar a los honrados transeúntes, perseguirlos en
su fuga con fruto, y despojarlos de las mejores prendas que
llevaban.
    </p>
    

    <p>
     Después, el redactor del documento
empuñaba la cítara de Jeremías, adoptaba el tono plañidero de la
más patética sensiblería, y se condolía de que hubieran llegado
tiempos tan fatales para el prestigio del monarca en que se
repitiese sin correctivo por la villa la conocida décima que
decía:
    </p>
    

    <quote>
     

     
      

      <l>
       Yo el gran Leopoldo el primero
      </l>
      

      <l>
       marqués de Esquilache augusto,
      </l>
      

      <l>
       rijo la España a mi gusto
      </l>
      

      <l>
       y mando a Carlos tercero;
      </l>
      

      <l>
       hago en los dos lo que quiero,
      </l>
      

      <l>
       nada consulto ni informo,
      </l>
      

      <l>
       al que es bueno lo reformo,
      </l>
      

      <l>
       y a los pueblos aniquilo;
      </l>
      

      <l>
       y el buen Carlos mi pupilo
      </l>
      

      <l>
       dice a todo: «

       <emph>
        Me conformo
       </emph>
       ».
      </l>
      

     
     

    </quote>
    

    <p>
     No se prescindía en la solicitud del
gran efecto retórico de las transiciones.
    </p>
    

    <p>
     De repente el autor saltaba sobre el
sagrado trípode, y declamaba inspirado esta tirada ditirámbica:
    </p>
    

    <p>
     «¿Pues qué vemos sobre vuestra
majestad? ¡Ah, señor! Vemos las tesorerías sin dinero: oímos que se
rebelan pueblos indianos: vemos irse el dinero de España por
millones: observamos que la decadencia del continente iba a los
extremos de su aniquilación... ¿Y contra quién, señor, ha recaído
esto? Contra vuestra majestad lo miramos, no contra nosotros, sino
contra vuestra majestad, señor: porque un rey sin caudales, es peor
que un labrador sin ganado; porque un rey a quien se rebelan sus
dominios, es peor que la más cruenta guerra que destruye sus
reinos, pues amigos y enemigos son pedazos de la monarquía: porque
un rey que sus tesoros los trasportan a otros dominios, es peor que
dejar un cuerpo sin sangre; porque un rey a quien sus provincias
las deterioran con órdenes de tropelías que las arruinan, es peor
que una langosta que asola los campos».
    </p>
    

    <p>
     Como se echa de ver, no sólo carecía
de exactitud, de tacto y de buen gusto el papel en cuestión, sino
que ni siquiera estaba escrito en idioma castellano, circunstancia
la más imperdonable de todas, si se tiene en cuenta que era debido
a la pluma de una persona que reunía el doble carácter de obispo y
de doctor.
    </p>
    

    <p>
     Terminada la exposición con la súplica
de rúbrica, el gobernador del Consejo estampó su firma y tornó al
salón.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo se procedió a dar
lectura pública del documento.
    </p>
    

    <p>
     La aprobación fue unánime. Rasgos hubo
en la obra, el de monstruo inclusive, que debieron ser sublimes,
porque arrancaron los más frenéticos aplausos.
    </p>
    

    <p>
     Poseedora la turba del manuscrito, era
llegado el caso de pensar en el mensajero; pero antes de que
pudiera llegar a suscitarse discusión alguna sobre el particular,
los iniciados aclamaron a un hombre que se brindó expontáneamente a
desempeñar la comisión.
    </p>
    

    <p>
     El osado sugeto era Diego Abendaño,
uno de nuestros más antiguos conocidos.
    </p>
    

    <p>
     Tomó el manchego la representación del
obispo, formuló cuatro protestas de incorruptibilidad catoniana que
fueron acogidas con entusiasmo, montó a caballo y partió para
Aranjuez.
    </p>
    

    <p>
     La expectación que el mensaje de
Abendaño imponía al vecindario, no fue un período de ociosidad.
    </p>
    

    <p>
     Los directores del movimiento, ávidos
de alimentar su fuego sacro, proporcionaron a los alborotados
diferentes patrióticas distracciones.
    </p>
    

    <p>
     Una de las más bulliciosas, consistió
en echar a la calle a todas las mujeres reclusas.
    </p>
    

    <p>
     Estas amazonas se organizaron en
escuadras, se armaron de fusiles, de pistolas, de palos y de
piedras, se hicieron preceder de pífanos y de panderos, y
recorrieron con banderas las calles de la población cantando las
alabanzas de la marquesa de Esquilache en variedad de tonos y de
metros.
    </p>
    

    <p>
     Entre los himnos predominaba una
letanía de la cual nos guardaremos muy bien de escribir ni la
primera ni la última palabra.
    </p>
    

    <p>
     En las huertas de la villa se
improvisaron reductos, se abrieron fosos, se aspilleraron casas, se
obró en fin, como si se tratase de sostener un sitio en regla.
    </p>
    

    <p>
     Con esto, y con el desarme de algunos
puestos poco numerosos de inválidos, se entretuvo el lento curso
del día, y se pudo esperar a que la aparición de las primeras
estrellas diese la señal del descanso, esto es, de la orgía.
    </p>
    

    <p>
     El vino y los licores circularon, en
efecto, aquella noche con la misma generosidad de oculto origen y
mayor profusión que en las cuarenta y ocho horas precedentes.
    </p>
    

    <p>
     Decididamente cada etapa del motín era
un expléndido regalo de la abundancia.
    </p>
    

    <p>
     La noche se deslizó tranquila sin que
dieran muestras los ánimos de impaciencias ni de desconfianzas;
pero desde las primeras horas de la mañana siguiente, se comenzó a
observar cierta preocupación en la parte más inteligente del cuerpo
de los alborotados.
    </p>
    

    <p>
     Los pensamientos se fijaron en
Aranjuez, y menudearon las preguntas acerca de la suerte que pudo
haber cabido al portador del escrito en que se condensaban los
clamores del pueblo.
    </p>
    

    <p>
     Ya había recorrido el sol la tercera
parte de su carrera, y los inquietos miembros del consejo directivo
discutían si sería conveniente trasladar el motín a la nueva
residencia del monarca, cuando Diego Abendaño se presentó a la
avanzadilla situada en les afueras de la Puerta de Toledo.
    </p>
    

    <p>
     El que ejercía las funciones de jefe
de la fuerza, era un estudiante de teología de la universidad
complutense que distraía en Madrid las vacaciones de la Semana
Santa, y como conocía al manchego desde el día anterior, se
apresuró a salirle al encuentro disparándole a quema-ropa no el
trabuco que llevaba en la mano, sino la convenida seña 

     <foreign xml:lang="LAT">
      Dies irce
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     Abendaño arqueó las cejas como uno de
los dioses de Homero, y contestó con una dignidad en armonía con el
olímpico gesto:
    </p>
    

    <p>
     -

     <emph>
      Perro y tiña
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     El teólogo era muy capaz de comprender
aquella traducción romanceada de 

     <foreign xml:lang="LAT">
      ferro et igne
     </foreign>
     ; pero no por eso dejó de
reírse en las barbas del romancista.
    </p>
    

    <p>
     Esto no obstante, movido por la
general curiosidad, escoltó a Abendaño hasta la casa del obispo
Rojas.
    </p>
    

    <p>
     Tan considerable fue el concurso
provocado por la noticia del regreso del mensajero popular, que a
duras penas pudo el caballo de éste abrirse paso por las calles de
la población.
    </p>
    

    <p>
     El ilustre mitrado se enteró de que
Abendaño había conseguido ver al rey merced a una tenacidad
inaudita, y de que era portador de la augusta respuesta en un
pliego lacrado.
    </p>
    

    <p>
     En el acto convocó el gobernador al
Consejo en la casa Panadería, y se trasladó a este punto por la
calle de las Fuentes seguido del manchego y de toda la inmensa
muchedumbre que llenaba la cuesta de Santo Domingo y la Plaza de
los Caños del Peral.
    </p>
    

    <p>
     Apenas penetró su ilustrísima en la
sala donde esperaban los consejeros, hizo franquear el gran balcón,
y dispuso que desde él se leyese el real despacho para que pudiera
ser mayor el número de los oyentes.
    </p>
    

    <p>
     Considerable iba a ser éste; porque la
vasta plaza vista desde el balcón aparecía empedrada de cabezas
humanas.
    </p>
    

    <p>
     Abendaño entregó en presencia del
público al Gobernador del Consejo el pliego que había conducido; y
abierto solemnemente con la intervención de un escribano de cámara,
se dio lectura a las siguientes líneas:
    </p>
    

    <p>
     «Ilustrísimo Señor: El
rey ha oído la representación de usía ilustrísima con su
acostumbrada clemencia, y asegura bajo su real palabra que cumplirá
y hará ejecutar todo cuanto ofreció ayer por su piedad y amor al
pueblo de Madrid, y lo mismo hubiera acordado desde este Sitio y
cualquiera otra parle donde le hubieran llegado sus clamores; pero
en correspondencia a la fidelidad y gratitud que a su soberana
dignación debe el mismo pueblo, por los beneficios y gracias con
que le ha distinguido, y el grande que acaba de dispensarle, espera
su majestad la debida tranquilidad, quietud y sosiego, sin que por
título ni pretexto alguno de quejas, gracias ni aclamaciones, se
junten en turbas ni fomenten uniones; y mientras tanto no den
pruebas terminantes de dicha tranquilidad, no cabe el recurso que
hacen ahora de que su majestad se les presente. De Real orden lo
digo a usía ilustrísima, para su inteligencia y efectos
correspondientes. Dios guarde a usía ilustrísima muchos años.
Aranjuez 25 de Marzo de 1766.-Roda.- Señor Gobernador del Consejo
de Castilla».
    </p>
    

    <p>
     A la última palabra de la soberana
disposición expedida por la Secretaría de Estado, y del despacho de
Gracia y Justicia, siguieron las más nutridas salvas de aplausos, a
las palmadas los vítores al rey, y a las aclamaciones los abrazos
fraternales, los sombrerazos al aire y todo género de
manifestaciones de júbilo.
    </p>
    

    <p>
     A juzgar por el vértigo de
satisfacción que se apoderó de la muchedumbre, hubiérase dicho que
desde el día siguiente no iba a faltar a cada ciudadano una gallina
que echar en el puchero, según la frase del primer Borbón.
    </p>
    

    <p>
     A la formal ratificación del monarca,
se unieron notorios testimonios de la sinceridad con que había sido
otorgada.
    </p>
    

    <p>
     En los Consejos, en la Casa de
Ayuntamiento, y en la misma de la Panadería, se fijaron bandos
haciendo saber al vecindario que su majestad había aprobado el
trage antiguo, suprimido la Junta de Abastos, acordado la salida de
la guardia walona, dispuesto el extrañamiento del marqués de
Esquilache, y nombrado en reemplazo de éste a Don Miguel de Múzquiz
para la cartera de Hacienda y al general Don Gregorio Muniain para
la de la Guerra.
    </p>
    

    <p>
     El motín triunfaba, pues, en toda la
línea.
    </p>
    

    <p>
     Es verdad que por lo pronto no
obtenían los alborotados el regreso de su idolatrada real familia;
pero después de todo, la presencia de un monarca no es exactamente
tan indispensable para los pueblos como la de la mujer amada para
los amantes.
    </p>
    

    <p>
     Como según las leyes de la lógica, la
victoria debía traer aparejado el renacimiento de la tranquilidad
pública, los pensadores se echaron a temblar más que nunca; pero
aunque el fenómeno no pudiera ser menos ordinario, la calma renació
en efecto.
    </p>
    

    <p>
     Los reductos exteriores
desaparecieron, las cortaduras de las calles se terraplenaron, y
los amotinados conducidos por sus capataces, fueron expontáneamente
a los cuarteles a depositar en ellos las armas y municiones.
    </p>
    

    <p>
     Providencial pareció a algunos que
todos los disturbios terminasen en la víspera de la solemnidad del
Jueves santo, para que las ceremonias religiosas pudieran
celebrarse con la paz y recogimiento convenientes; y a fe que no
estamos muy lejos de creer en la intervención del orden
sobrenatural en el asunto, si tenemos en cuenta que muchos de los
prójimos que en el miércoles empuñaron el fusil y el zapapico
profiriendo blasfemias, tocados en el corazón por la gracia,
recorrieron en los dos días siguientes las calles de la villa en
cofradías de disciplinantes y de nazarenos.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012026">
    

    <head>
     Capítulo XXVI
    </head>
    

    <head>
     Donde Salazar aplaza para mejor ocasión el acto de
someterse al Tribunal de la Penitencia
    </head>
    

    <p>
     El Sábado santo a las diez de la
mañana, cuando el cañon tronaba en Monteleón, las innumerables
campanas de la villa agitaban las alborotadoras lenguas, los
órganos hacían resonar su trompetería en los templos, y las palomas
adornadas con cintas de rabiosos colores revoloteaban entre
asustadas por el ruido, y gozosas por haber recobrado la libertad,
todo en conmemoración gratulatoria de la resurrección del Redentor,
un hombre envuelto en una capa negra se hacía anunciar con el
simple nombre del 

     <emph>
      abate
     </emph>
     en una de las habitaciones del piso bajo
de la casa de los canónigos.
    </p>
    

    <p>
     El silencio y la siniestra oscuridad
que reinaban en la sala donde el visitante penetró, ofrecían un
singular contraste con la bulliciosa animación que se observaba en
el atrio del monasterio próximo, y en las calles circunvecinas.
    </p>
    

    <p>
     Había además en aquella estancia otra
cosa que contristaba el ánimo: ese edor de la traspiración morbosa,
de las tisanas, del ácido carbónico que satura la atmósfera donde
penosamente respiran los enfermos.
    </p>
    

    <p>
     Trascurridos algunos minutos, se
entreabrió una de las dos hojas de la puerta vidriera de la alcoba,
y un joven novicio se adelantó en puntillas hacia el de la capa
murmurando a su oído con voz apenas perceptible:
    </p>
    

    <p>
     -El doliente, tan luego como ha podido
dominar el estupor de la fiebre, se ha apresurado a consentir en la
entrada de vuestra reverencia; pero el estado en que se encuentra
no puede ser más grave, y siguiendo las instrucciones del
licenciado Albarrán, recomiendo al señor abate que abrevie su
entrevista en cuanto dable sea.
    </p>
    

    <p>
     -Cuente el buen novicio con que
respetaré el precepto de la ciencia -contestó el abate.
    </p>
    

    <p>
     Y entró en la alcoba del paciente.
    </p>
    

    <p>
     En un lecho descompuesto por la
inquietud del dolor físico y de la desesperación moral, yacía
Salazar con el rostro pálido a consecuencia de la pérdida de la
sangre, y los ojos encendidos con el brillo de la calentura.
    </p>
    

    <p>
     -Abate -articuló el murciano-, hace
cuarenta y ocho horas que la sombra de usted se une a todas mis
preocupaciones, figura en todas mis pesadillas.
    </p>
    

    <p>
     -En fin, héme aquí -respondió el
abate-, mi doble compromiso está cumplido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha tenido lugar el cambio de
papeles, de joyas, de recuerdos?... -añadió Salazar con acento
entrecortado.
    </p>
    

    <p>
     -No han sido devueltos documento ni
objeto algunos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero pudieran serlo todavía?
    </p>
    

    <p>
     -No es presumible: las despedidas
pública y privada se han realizado ya.
    </p>
    

    <p>
     -Es bien extraño...
    </p>
    

    <p>
     -¿Porqué señor de Salazar?
    </p>
    

    <p>
     -Porque lo exige la inflexibilidad de
la lógica.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y no pudiera usted partir de un
principio erróneo?
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué principio es ese?
    </p>
    

    <p>
     -Mi amo es prudente, la marquesa
advertida: si los documentos que usted persigue sólo existieran en
su imaginación...
    </p>
    

    <p>
     -El hecho carecería de verosimilitud a
no ser absolutamente incierto. Conozco por lo menos una carta, cuya
posesión a falta de mejores autógrafos satisfaría mis
esperanzas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Una carta?
    </p>
    

    <p>
     -De dos líneas, abate, pero de un
valor inestimable. El escrito cuenta algunos años de fecha: aún
reinaba en España el buen Fernando.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!...
    </p>
    

    <p>
     -Se refiere a la época de los
sentimientos platónicos, de los méritos, de las esperanzas. Se
trataba de impetrar de la Santa Sede la creación de un obispado en
la provincia de Girgenti para el cual en su día debía ser
presentado un sobrino de Tanucci. Coincidía con esta circunstancia
la existencia en el territorio de la mitra en proyecto, de una
pingüe fundación piadosa sobre cuya propiedad se litigaba entre el
Sumo Pontífice y la corona de las dos Sicilias. En la corte de
Nápoles se acariciaba el pensamiento de llegar a conseguir de etapa
en etapa que Su Santidad se aviniese a aplicar por vía de
transacción a la nueva silla episcopal las cuantiosas rentas
disputadas. Todo estribaba en acertar a conducir el asunto con
destreza. Entre los diplomáticos sicilianos, el marqués de
Esquilache, por la iniciativa del rey Carlos, fue el encargado de
pasar a Roma para dirigir cerca del Papa gestión tan delicada. En
ningún tiempo se ha visto libre del mismo capital defecto Leopoldo
de Gregorio: el elevado concepto en que tiene su. propia
suficiencia. Ofuscado el marqués por la benevolente aquiescencia
con que acogieron las primeras mociones el Pontífice y la curia
romana, creyó poder dar una notoria prueba en Nápoles de habilidad
y diligencia, y precipitó las diversas fases de la negociación. En
breve se tocaron las consecuencias de la falta. Clemente XIII vio
sin dificultad el lazo que se le había tendido, y se apresuró a
cortarle por donde fuera más difícil la compostura; desestimó
rotundamente con todas las formalidades de la Cancillería, la
erección del obispado en cuestión. La infausta nueva produjo en la
corte de Nápoles el efecto de una inesperada erupción del Vesubio.
Tanucci quiso cojer el cielo con las manos, y el monarca pareció
fruncir el ceño de veras. Para tratar de enderezar el entuerto, se
desautorizó públicamente al malaventurado Esquilache; se le
retiraron sus poderes de enviado extraordinario, y se hicieron las
más ardientes protestas al Pontífice de la sinceridad y del
desinterés con que se procedía. Era ya tarde. Su Santidad se
mantuvo inflexible, y el sobrino de Tanucci hubo de resignarse a no
pasar en aquella ocasión de presbítero. Las iras de los derrotados
se volvieron entonces contra el torpe Esquilache; y entre las
humillaciones que se le impusieron, se contó la prohibición de
pasar la frontera de los dominios de su majestad siciliana. En vano
el ex-plenipotenciario dirigió tres cartas al soberano
recomendándose a su clemencia, y poniendo en relieve que el exceso
de celo era la única falta que podía imputársele; no recibió
respuesta alguna directa ni indirecta. Había necesidad de acudir a
los grandes recursos; la marquesa tomó a su vez la pluma, y
escribió al rey la más conmovedora de las epístolas. Ocho días
después llegaba a manos de la de Esquilache en Roma, el siguiente
autógrafo del monarca: 

     <emph>
      «Marquesa: acabo de escribir a Gregorio
autorizando su regreso a Nápoles. Por vos, bella Pastora, no hay
error del marqués que yo no esté dispuesto a perdonar»
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     -La carta, puede, en efecto, ofrecer
para alguien un interés relativo -pronunció el abate:- pero
suponiendo que ese sea el tenor literal...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! Consta el texto en los registros
del padre general.
    </p>
    

    <p>
     -¿No está también en lo posible que ya
no exista?
    </p>
    

    <p>
     -El papel en cuestión es de los que se
conservan a todo trance.
    </p>
    

    <p>
     -La verdad es que en rigor no tengo
motivo alguno para poner en duda que las creencias de usted cuenten
con sólido fundamento. La existencia de esos documentos y el hecho
negativo de mi manifestación, son perfectamente compatibles.
Pasemos, pues, al segundo incidente.
    </p>
    

    <p>
     Las ígneas pupilas de Salazar
devoraban los labios de su interlocutor; habríase podido asegurar
que las palabras que éste iba a pronunciar, acababan de adquirir
nueva importancia.
    </p>
    

    <p>
     -La partida de la familia de
Esquilache no es ya un problema -repuso el abate.
    </p>
    

    <p>
     -¿Para cuándo está prefijada?
    </p>
    

    <p>
     -Para el miércoles próximo.
    </p>
    

    <p>
     -¿A dónde se dirigen?
    </p>
    

    <p>
     -A Cartagena: la fragata 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     espera en ese puerto a los marqueses
para conducirlos a Italia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoce usted detalles por
insignificantes que parezcan?
    </p>
    

    <p>
     -Algunos guardas de campo acompañarán
a los extrañados, con el objeto de que los pueblos del tránsito
puedan, si quieren, considerarlos prisioneros...
    </p>
    

    <p>
     -Comprendido: esa escolta...
    </p>
    

    <p>
     -Sólo tiende a poner a los marqueses a
cubierto de cualquier insulto.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante.
    </p>
    

    <p>
     -Esquilache pasará por su quinta de
los Morales, y dormirá en ella la noche precedente al día de la
entrada en Cartagena. Parece que le impone esa ligera detención la
necesidad de atender al arreglo definitivo de la fortuna que deja
en la Península antes de abandonar su territorio.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del murciano brillaban más
que nunca. ¿Era que su fiebre se exacerbaba con el diálogo? Era que
en el cráter del volcán de los odios que le dominaban hervía algún
pensamiento seductor?
    </p>
    

    <p>
     -Los marqueses harán su viaje en un
carruaje de la real casa, al cual se habrán quitado los blasones
-prosiguió el abate:- y el conductor, aunque privado de librea,
pertenece asimismo a las caballerizas de su majestad. En cuanto a
los tiros, serán los de la posta ordinaria.
    </p>
    

    <p>
     Había en el mate rostro del murciano
tal aire de estática atonía, que el orador dudó en verdad si era
escuchado.
    </p>
    

    <p>
     De repente el enfermo sacudió su
letargo, se incorporó penosamente sobre un cado y dijo en tono
breve:
    </p>
    

    <p>
     -¿Se propone usted ver al padre
Cebrián?
    </p>
    

    <p>
     -Tan luego como salga de este aposento
-contestó el abate.
    </p>
    

    <p>
     -Ruego a usted entonces que le diga
que aplazo someterme por ahora al tribunal de la penitencia. Mi fin
está menos próximo que creíamos, porque me queda por jugar la
última carta.
    </p>
    

    <p>
     -Cumpliré el encargo de usted.
    </p>
    

    <p>
     -Creo, abate, que la Compañía no
olvidará nunca los servicios que a usted debe; pero si en ella
algún día se debilitase la memoria, no faltará quien la refresque
mientras exista Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -Ningún interés mundano mueve mis
acciones: pero es demasiado preciosa la amistad de usted, para que
sus palabras no suenen gratamente en mis oídos. Adiós, pues, señor
de Salazar, y que el Omnipotente mejore sus horas para usted.
    </p>
    

    <p>
     -Adiós, abate Gándara.
    </p>
    

    <p>
     El doliente extendió su trémula mano,
y tiró del cordón de la campanilla en el instante en que el abate
cruzaba el dintel de la puerta.
    </p>
    

    <p>
     El joven novicio no tardó en asomar su
interrogadora cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Hermano Ignacio -dijo Salazar:-
descorre la cortina de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     -El licenciado Albarran ha recomendado
la media claridad -objetó tímidamente el joven.
    </p>
    

    <p>
     -Con permiso del licenciado necesito
más luz para escribir.
    </p>
    

    <p>
     -¡Para escribir! -exclamó el novicio
extupefacto.
    </p>
    

    <p>
     -Eso he dicho, traeme la cartera y el
tintero.
    </p>
    

    <p>
     -Pero, señor de Salazar...
    </p>
    

    <p>
     -¡Hermano Ignacio!
    </p>
    

    <p>
     -Si lo que usted se propone va a ser
imposible... Desde el lecho se hacen ilusiones todos los enfermos
acerca de la actividad de sus facultades físicas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Mil infiernos! -gritó Salazar
crispando los puños.
    </p>
    

    <p>
     Ignacio se santiguó, condujo del
bufete a la alcoba los utensilios pedidos, y descorrió la
cortina.
    </p>
    

    <p>
     Salazar extrajo un pliego de la
cartera, sepultó una pluma en el tintero, y la colocó sobre el
papel. La primera letra fue un rasgo que ningún paleógrafo habría
podido descifrar; la segunda, un borrón.
    </p>
    

    <p>
     El doliente estuvo a punto de arrojar
al suelo la pluma; dominó la desesperación, sin embargo y se limitó
a murmurar con expresión sarcástica.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que el hermano Ignacio está
en lo cierto: con la imaginación se hacen más heroicidades que con
los puños.
    </p>
    

    <p>
     Empujó el murciano la cartera hasta
los pies del lecho, fijó los ojos en la esfera de la péndola
colocada en la pared y se pulsó por espacio de quince segundos.
    </p>
    

    <p>
     En ese período de tiempo contó treinta
y cinco pulsaciones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Fiebre altísima! -articuló-, con
ciento cuarenta pulsaciones por minuto no escribiré seguramente; y
no obstante es preciso que escriba.
    </p>
    

    <p>
     Entre los frascos que yacían sobre la
mesa de noche había uno que contenía una solución incolora. En la
etiqueta se leía 

     <emph>
      bromuro de alcanfor
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Salazar destapó aquel frasco, se le
aplicó a la boca, y le apuró resueltamente absorviendo una dosis
inverosímil por lo extraordinaria.
    </p>
    

    <p>
     Después volvió a deslizarse sobre las
almohadas, cerró los párpados y se abismó en la sima de los
pensamientos que le poseían.
    </p>
    

    <p>
     No se hicieron esperar los efectos de
la sal de bromo. Diez minutos más tarde, el corazón dejaba de
enviar a los pulmones el torrente de sangre en que los ahogaba, y
los músculos del pecho pudieron dilatarse sin esfuerzo.
    </p>
    

    <p>
     Salazar fue bastante dueño de sí mismo
para permanecer en reposo durante media hora; pero al sonar la
primera campanada de las once, término del plazo que se había
prefijado, recogió la cartera e intentó la segunda prueba.
    </p>
    

    <p>
     Por aquella vez tuvo la satisfacción
el doliente de ver salir de su pluma verdaderas letras. Es verdad
que las primeras que trazó no tuvieron un punto menos de contorno
que las ciruelas claudias; pero a medida que la labor adelantó,
llegaron a verse reducidas al modesto tamaño de uvas jaenes.
    </p>
    

    <p>
     El escrito no pasó de la octava línea.
El murciano estampó su firma, plegó el papel, le cerró con una
oblea y puso cuatro palabras en el sobre.
    </p>
    

    <p>
     A continuación llamó a Ignacio.
    </p>
    

    <p>
     -Lleva inmediatamente esta carta a la
Fábrica de Tapices -dijo al novicio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Abandonando la cámara de usted!
-articuló el joven admirado.
    </p>
    

    <p>
     -A menos que sin abandonarla puedas ir
a la Puerta de Santa Bárbara. Tu ausencia, por lo demás, será
breve, porque como ves, sólo se trata de un trayecto de algunos
centenares de pasos.
    </p>
    

    <p>
     El novicio dirigió modestamente los
ojos al sobrescrito y leyó a media voz:
    </p>
    

    <p>
     -Señor don Eulogio Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     -En propia mano.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué debo hacer si por acaso no
estuviere en la fábrica ese sugeto?
    </p>
    

    <p>
     -Oh, eso es distinto: entonces te
informas acerca de su paradero, y le sigues la pista hasta en las
entrañas de la tierra.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¡buen Dios! mi comisión pudiera
eternizarse en ese caso. ¿Quién entretanto cuidará de usted?
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues cuidarán el ángel de mi guarda
o mi demonio tentador! -contestó Salazar en el colmo de la
impaciencia.
    </p>
    

    <p>
     Ignacio volvió a hacer la señal de la
cruz, y salió precipitadamente de la alcoba.
    </p>
    

    <p>
     El murciano tomó en el acto otro
pliego, y se engolfó en la redacción de un segundo documento. Con
la inspiración que presta la fiebre, Salazar llegó al final de la
cuarta plana sin levantar la pluma del papel para otra cosa que
para renovar la tinta.
    </p>
    

    <p>
     Cierto ruido de mueble que sonó en el
gabinete, detuvo la mano del enfermo.
    </p>
    

    <p>
     Salazar dirigió maquinalmente la vista
a la péndola, y se admiró de que hubiese trascurrido media
hora.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Carrillo espera las
órdenes de usted para pasar a verle -pronunció el novicio
entreabriendo la puerta vidriera.
    </p>
    

    <p>
     -Que no se detenga un instante
-contestó el murciano.
    </p>
    

    <p>
     Y volviendo a bajar la cabeza terminó
el escrito en cuatro rasgos.
    </p>
    

    <p>
     El hombre de la capa de grana había
penetrado en la alcoba.
    </p>
    

    <p>
     -Carrillo -le dijo Salazar con
rapidez-, necesito un corazón leal, una cabeza inteligente, y un
brazo decidido. ¿No es verdad que al pensar en usted he dado con mi
hombre?
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -profirió el interrogado
sonriendo-, ¿por ventura imagina usted que yo rechace tan
lisonjeras cualidades?
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, Carrillo, hay que calzarse
las espuelas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuando?
    </p>
    

    <p>
     -Esta tarde mejor que mañana.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde es necesario ir?
    </p>
    

    <p>
     -Al extremo de mi provincia.
    </p>
    

    <p>
     -¿A Murcia?
    </p>
    

    <p>
     -Jurisdicción de Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     -El paseo no es precisamente el que
exige la digestión de la comida.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene usted aversión a los
viajes?
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo contrario, me distraen. Por
otra parte, la atmósfera de Madrid empieza a afectar mi salud,
especialmente desde que manifiesta tendencia a encalmarse.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto mejor, el aquilón va ahora a
desencadenarse en las provincias.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?
    </p>
    

    <p>
     -En la de Murcia más que en otras.
    </p>
    

    <p>
     -¡A Murcia, pues, cuerpo de tal!
    </p>
    

    <p>
     -Ese es el entusiasmo conveniente.
    </p>
    

    <p>
     -Nunca me falta cuando la convicción
anima mis actos. Y a propósito, señor de Salazar, ¿qué es lo que yo
tengo que hacer en Murcia?
    </p>
    

    <p>
     -Ayudarme si mi maldita fiebre permite
que me ponga en camino; sustituirme si debo apurar todos los
tormentos de la desesperación en el insoportable cepo de este
lecho.
    </p>
    

    <p>
     -Supongamos que nos ocurre la
desgracia de que se dé el caso de la sustitución.
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoce usted la topografía de la
zona a donde se dirige?
    </p>
    

    <p>
     -Ni poco ni mucho.
    </p>
    

    <p>
     -Proporcionaré a usted los pocos datos
necesarios. A media legua escasa del pueblo de Alcázares, a la
vista del mar Menor, existe una quinta de recreo llamada los
Morales; retenga usted ese nombre.
    </p>
    

    <p>
     -Los Morales -repitió pausadamente
Carrillo esculpiendo las letras en la memoria.
    </p>
    

    <p>
     -La quinta pertenece a la familia del
marqués de Esquilache, y es su residencia favorita en cuantas
ocasiones puede ausentarse de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     -La posesión debe ofrecer atractivos;
porque los Esquilaches son sibaritas.
    </p>
    

    <p>
     -Con tantos les brinda a no dudar, que
quieren pasar en ese albergue la última noche de la estancia en
España.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es, pues, por esta vez cosa segura
la partida?
    </p>
    

    <p>
     -Infalible.
    </p>
    

    <p>
     -Adelante.
    </p>
    

    <p>
     -Los marqueses conducirán
importantísimos documentos que denuncian crímenes de lesa
Nación...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, belitres!..
    </p>
    

    <p>
     -Y como el Consejo Supremo de la Buena
Obra ha decidido hacerse dueño de tan interesantes piezas...
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! ¡Soberbia resolución!
    </p>
    

    <p>
     -Es indispensable que en la noche que
los de Esquilache pasen en su quinta se apodere usted a todo trance
de cuantos papeles lleven.
    </p>
    

    <p>
     -¿Precisamente en esa noche?
    </p>
    

    <p>
     -¿Considera usted arbitraria la
designación del tiempo y del lugar?
    </p>
    

    <p>
     -En modo alguno; pero me parece que no
deja de asistirme cierto derecho para conocer los motivos que la
determinan.
    </p>
    

    <p>
     -Las facilidades que va usted a
encontrar en los Morales, aseguran el buen éxito de la empresa.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, magnifico; pero ¿qué facilidades
son esas?
    </p>
    

    <p>
     -La noticia de la llegada del marqués
va a producir la mayor indignación en la aldea de los
Alcázares.
    </p>
    

    <p>
     -Maravilloso don de profecía.
    </p>
    

    <p>
     -Haga usted cuenta que está oyendo a
Isaías.
    </p>
    

    <p>
     -Mi fe no puede ser más ciega.
    </p>
    

    <p>
     -La explosión del sentimiento popular
dará por resultado el súbito allanamiento de la quinta; y torpe
sería usted seguramente si en el desorden de la nocturna sorpresa
no encontrase medio para desempeñar con perfecta conciencia la
misión que le confío.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo se acarició la barba durante
algunos segundos, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -La ocasión es, en efecto, propicia
hasta lo sumo; pero en cambio hace por su índole especial, que un
hombre solo no pueda dar cima a la empresa.
    </p>
    

    <p>
     -Tendrá usted todos los auxiliares que
necesite.
    </p>
    

    <p>
     -¿Reclutados en Madrid?
    </p>
    

    <p>
     -De ninguna manera. Eso, sobre
imprudente, sería más dispendioso. La designación de los iniciados
que han de ponerse a las órdenes de usted, corre de cuenta del
alcalde de Alcázares.
    </p>
    

    <p>
     -¡Del mismísimo alcalde!
    </p>
    

    <p>
     -Con una frase voy a explicar a usted
lo que le intriga. El funcionario municipal es mi amigo, mi primo,
mi 

     <foreign xml:lang="LAT">
      alter ego
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, coincidencia afortunada!
    </p>
    

    <p>
     -La carta que acabo de escribirle, y
en que le doy las más precisas instrucciones, servirá a usted de
credencial.
    </p>
    

    <p>
     Y trazando el nombre del sobrescrito,
único requisito que faltaba, Salazar entregó a su interlocutor la
epístola.
    </p>
    

    <p>
     -Reconozco que hasta ahora no dejan de
satisfacerme los datos -dijo Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     -A resolver, pues, el problema
-contestó el murciano-. Los marqueses partirán de Aranjuez el
miércoles próximo, y harán el viaje en posta. Ya ve usted que no le
sobra tiempo si ha de esperarlos debidamente prevenido en el
terreno donde va a jugarse la partida.
    </p>
    

    <p>
     -Sólo necesito proveerme de tres cosas
para poner el pie en el estribo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuáles son?
    </p>
    

    <p>
     -Caballo, escudero y condumio.
    </p>
    

    <p>
     -Felizmente las tres pueden reducirse
a una.
    </p>
    

    <p>
     Salazar sacó del cajón de la mesa de
noche una pequeña llave, y la alargó a Carrillo añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -Sírvase usted abrir el armario de
cedro.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo franqueó la doble puerta del
mueble indicado.
    </p>
    

    <p>
     -Tire usted de la gaveta inferior de
la derecha -prosiguió el murciano.
    </p>
    

    <p>
     La ejecución siguió al precepto.
    </p>
    

    <p>
     -Tome usted una de las dos bolsas que
ahí se encuentran -dijo todavía Salazar.
    </p>
    

    <p>
     -¿La negra o la verde? -preguntó
Carrillo contemplando el fondo de la gaveta con verdadera
consideración.
    </p>
    

    <p>
     -Es indiferente: ambas contienen la
misma suma.
    </p>
    

    <p>
     El de la capa de grana optó
instintivamente por el color de la esperanza, y levantó la bolsa
con el pulso de un epiléptico para estudiar en el sonido la clase
de metal que en ella se encerraba.
    </p>
    

    <p>
     Las vibraciones atmosféricas hablaban
del oro con la más conmovedora de las elocuencias.
    </p>
    

    <p>
     -Creo, Carrillo, que ha de tener usted
los fondos suficientes.
    </p>
    

    <p>
     -Me basta con la opinión de usted para
dar por cosa cierta el hecho.
    </p>
    

    <p>
     Y Eulogio deslizó en su casaca con la
indolencia del desinterés la bolsa que empuñaba.
    </p>
    

    <p>
     -Mi pensamiento, mi vida, mi honra
misma van a pertenecer a usted desde este instante -articuló
Salazar dando a su acento naturalmente rudo la inflexión de la
súplica.
    </p>
    

    <p>
     -¡Confianza, pardiez! Tendrá usted
todos los papeles del marqués.
    </p>
    

    <p>
     -Y sobre todo, Carrillo, los que por
prudencia pudiera ocultar la marquesa... aunque parezcan serla
exclusivamente personales...
    </p>
    

    <p>
     -Hasta esos, guárdelos donde quiera.
¡Vive Dios!
    </p>
    

    <p>
     Salazar despidió a Carrillo con la
mano.
    </p>
    

    <p>
     Entonces comenzó a echar de ver que le
afectaba un verdadero acceso de atonía, que las extremidades se le
quedaban yertas, y que le dominaba el más invencible marasmo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Habrá sido demasiado elevada la
dosis de bromuro? -pensó con cierta inquietud.
    </p>
    

    <p>
     -Bah -se contestó en el acto-, aunque
así fuera, el principal objeto está conseguido.
    </p>
    

   </div>
   

   
   

   <div type="chapter" n="SPA3012027">
    

    <head>
     Capítulo XXVII
    </head>
    

    <head>
     De cómo los marqueses de Esquilache supieron
exasperados que el itinerario de su viaje había sufrido una ligera
modificación
    </head>
    

    <p>
     La Pascua había trascurrido en
Aranjuez con la tranquila beatitud que Carlos III apetecía.
    </p>
    

    <p>
     Desde la impertinencia de Diego
Abendaño, no se había vuelto a escuchar el eco del motín en los
higiénicos salones del palacio que trazó el lapicero de Juan
Bautista Toledo, el delineante favorito del gran artista italiano
del siglo XVI, el sin par Buonaroti.
    </p>
    

    <p>
     El buen monarca no quiso que los tres
días en que la inmensa colectividad cristiana solemniza gozosa la
resurrección del Redentor, fuesen de doble amargura para la
desterrada familia de Esquilache, y había dispuesto que su partida
no tuviera lugar hasta después de terminadas las festividades que
preceptúa la iglesia.
    </p>
    

    <p>
     Los extrañados acogieron con cordial
gratitud la última gracia que el soberano les otorgaba; pero no
pudieron disfrutarla sin acerba pena. ¡Ay tristes! Nunca como en
aquellas setenta y dos horas les parecieron tan perfumadas las
brisas del Tajo, tan seductora la lozana vejetación del Jardín de
la Isla, tan magníficos sus olmos seculares sin rival en
Europa.
    </p>
    

    <p>
     ¡Qué mucho! Iban a abandonar acaso
para siempre el oasis favorito de Fernando VI, tan rico en
recuerdos como en esperanzas,. y un filósofo lo ha dicho, el único
día en que encontró bella la vida fue el día de la muerte.
    </p>
    

    <p>
     Los marqueses habitaban en el edificio
conocido con el nombre de Cocheras de la reina.
    </p>
    

    <p>
     Los abrigos empaquetados, los
estuches, las maletas, todo en la vasta sala donde estaban a la
sazón los de Esquilache, hablaba de la proximidad del viaje, hecha
excepción del animado aspecto con que las despedidas entonan esta
clase de cuadros.
    </p>
    

    <p>
     La más espantosa soledad pesaba, en
efecto, sobre aquella mansión del rigor de la fortuna.
    </p>
    

    <p>
     Hacía un cuarto de hora que el
italiano se paseaba a lo largo del aposento con las manos cruzadas
en el dorso, y que la marquesa permanecía sentada delante del
velador que sostenía un desayuno casi intacto, cuando sonó
estrepitosamente en el patio el ruido de un carruaje que acababa de
penetrar por la puerta de la plaza de Abastos.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache se acercó a una ventana, y
miró a través de los vidrios.
    </p>
    

    <p>
     Un coche de camino, arrastrado por
brioso tiro, se había detenido en el fondo del patio, y seis
guardas de campo con la carabina en bandolera echaban pie a tierra
y ataban en las rejas las bridas de los caballos.
    </p>
    

    <p>
     El marqués fijó sus ojos con extrañeza
en el espacio, y sacó el reloj.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué significa esto! -pronunció-,
faltan tres horas para el momento señalado a la partida.
    </p>
    

    <p>
     Un doméstico de la ballestería,
Esquilache ya no tenía sirvientes, entró en la estancia al mismo
tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -El correo -dijo el lacayo-, ha dejado
esta carta para el señor marqués.
    </p>
    

    <p>
     El italiano abrió la misiva distraído
mientras el criado se alejaba; pero apenas se enteró del contenido
palideció visiblemente.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa, que observó el cambio de
color, preguntó a Esquilache con inquietud:
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién te escribe?
    </p>
    

    <p>
     -Robles -contestó el marqués.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ocurre algo en los Morales?
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo más funesto que es
posible.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios mío!
    </p>
    

    <p>
     -Escucha.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache leyó a media voz:
    </p>
    

    <p>
     «Respetado amo y señor
mío: Acaban de reducirme a prisión bajo el peso de no sé que
denuncias de conjuraciones políticas, que serían ridículas si no
fueran terribles. Los principales dependientes de la quinta
participan de mi suerte, y los hortelanos están dispersos.
Considere vuecencia el peligroso estado de abandono en que se
encuentra esta magnífica posesión, y provea al conveniente remedio
con la urgencia que el caso exige. Por lo que a mí se refiere,
confío en que vuecencia no dejará de favorecerme si le es dable,
persuadido como estarlo debe, de que mi único delito consiste en la
inquebrantable fidelidad con que siempre me he consagrado al
fomento de los intereses de la familia cuyo pan como. -De vuecencia
respetuoso criado -

     <emph>
      Bernardo Robles
     </emph>
     ».
    </p>
    

    <p>
     Con la lectura de la firma coincidió
la aparición de dos individuos en el dintel de la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Los nuevos personajes eran dos
oficiales, que después de inclinarse profundamente y de impetrar
permiso, se adelantaron hacia Esquilache con el aire de la más
perfecta cortesanía.
    </p>
    

    <p>
     -¿A quién tengo el honor de recibir?
-preguntó el italiano con cierta altanería que la desgracia no
había podido hacerle perder.
    </p>
    

    <p>
     Uno de los oficiales contestó:
    </p>
    

    <p>
     -En unión de don Lope Díaz, al cual me
permito presentará vuecencia, estoy encargado de acompañarle y
servirle en su viaje a Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! Perfectamente: ¿el nombre de
usted?
    </p>
    

    <p>
     -Pedro Barrientos.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, señores de Barrientos y
Díaz: ¿qué es lo que tienen ustedes que participarme?
    </p>
    

    <p>
     -Que todo está dispuesto -respondió el
primero-, para cuando vuecencia se sirva dar la señal de la
partida.
    </p>
    

    <p>
     -En no corto espacio de tiempo se han
anticipado ustedes a la hora prefijada; pero copio la carta que
acabo de recibir aguija mi actividad, tanto al menos como la
excitación de ustedes, voy a apresurar la marcha en lo posible.
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Díaz y el que tiene la
honra de dirigirse a vuecencia nos felicitamos de coincidencia tan
peregrina.
    </p>
    

    <p>
     -Es de suma importancia para mí llegar
cuanto antes a mi quinta de los Morales.
    </p>
    

    <p>
     -¿Los Morales? -articuló Barrientos no
sin cierta sorpresa-; ¿dónde se encuentra eso?
    </p>
    

    <p>
     -En el camino de Murcia a Cartagena.
¿Por ventura no habrían prevenido a ustedes acerca de que está
resuelto que pasemos en esa posesión la noche precedente a nuestra
llegada al puerto?
    </p>
    

    <p>
     -Venimos perfectamente edificados con
respecto al itinerario del viaje; y en la ruta de Murcia a
Cartagena sólo estamos autorizados para tocar en los puntos
siguientes:
    </p>
    

    <p>
     El oficial sacó un papel del bolsillo,
y recitó como un alumno de geografía:
    </p>
    

    <p>
     -Aljucen, Los Baños, Torre de Albujón
y Lobosillos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -exclamó el italiano-; ¿se
proponen ustedes impedir que me detenga algunas horas en mi casa de
los Morales?
    </p>
    

    <p>
     -Preciso será por cuanto esas son
nuestras instrucciones.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache pareció quedar anonadado:
la marquesa se extremeció de pies a cabeza.
    </p>
    

    <p>
     No se hizo esperar la reacción. El
marqués con las cejas fruncidas y la nariz dilatada, dio dos pasos
hacia el oficial.
    </p>
    

    <p>
     -Señor mío -profirió con acento
entrecortado por la ira-; el corto rodeo y la breve visita a que
ustedes se oponen son cosas aprobadas por el rey.
    </p>
    

    <p>
     -Nada tengo que objetar a la
afirmación de vuecencia -contestó Barrientos saludando.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien...
    </p>
    

    <p>
     -Señor marqués...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué significa esa reticencia?
    </p>
    

    <p>
     -No puede significar otra cosa
-insinuó Pastora-, sino que el señor de Barrientos modifica su
incomprensible determinación.
    </p>
    

    <p>
     -La señora marquesa está en un error
-añadió el oficial reincidiendo en el uso de la flexibilidad de la
espina dorsal de que era poseedor.
    </p>
    

    <p>
     -¿No pasaremos por mi quinta? -bramó
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -No -respondió Barrientos con tan
rotunda frase como melifluo tono.
    </p>
    

    <p>
     -Muy bien -repuso el marqués-; en ese
caso no partiremos de Aranjuez hasta que yo haya ido a conferenciar
con su majestad.
    </p>
    

    <p>
     -Siento que vuecencia se proponga
ejecutar una acción impracticable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo impracticable!
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués no debe salir de
este edificio sino para emprender en línea recta el viaje al reino
de Murcia con exclusión de todo género de episódicas
detenciones.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces seré yo quien vaya a ver al
rey -dijo Pastora, roja de indignación.
    </p>
    

    <p>
     -Me contrista que la señora marquesa
no esté en circunstancias más satisfactorias que su esposo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, nos hallamos secuestrados!
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué palabra tan apasionada, señora
marquesa!
    </p>
    

    <p>
     -¡Aherrojados! -gritó Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué frase tan impropia, señor
marqués!
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, como es absolutamente
necesario que oiga mis quejas el monarca, voy a escribirle en este
instante.
    </p>
    

    <p>
     -¡Escribir!
    </p>
    

    <p>
     -No he dicho otra cosa.
    </p>
    

    <p>
     -Vuestra excelencia se tomaría un
trabajo de todo punto inútil.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué? ¡Vive Dios!
    </p>
    

    <p>
     -Porque los escritos del señor
marqués, por interesantes y múltiples que sean, no han de tener
mensajero.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hasta se me priva del derecho que
disfruta el último de los criminales desde lo profundo de su
calabozo! -declamó el italiano elevando sus convulsas manos al
cielo.
    </p>
    

    <p>
     -La privaciones harto transitoria para
que pueda entrañar mucha importancia. Desde el momento en que
vuecencia se encuentre a bordo del buque que ha de conducirle a
Italia, no sólo recobra todas las facultades caligráficas, sino que
puede disponer de nosotros, si honra tal merecemos, para que las
epístolas lleguen a su destino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Caballero! -exclamó el marqués
exasperado:- la conducta que se observa con nosotros, y de que
ustedes son serviles instrumentos, no puede ser más indigna, ni más
cobarde.
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que vuecencia no habrá
-pronunciado sus últimas palabras con decidida intención de
ofendernos personalmente.
    </p>
    

    <p>
     -Quien aquí es objeto de los insultos
más groseros soy yo ¡poder del cielo!... pero cuidado, señor mío...
Es verdad que he dejado de ser ministro de la Guerra; pero soy
todavía teniente general.
    </p>
    

    <p>
     -No ignoro que vuecencia ejerce tan
dignamente como antes ese distinguido empleo en los reales
ejércitos.
    </p>
    

    <p>
     Aunque Esquilache no había mandado
nunca una brigada en campaña, no consideró epigramática la frase de
Barrientos.
    </p>
    

    <p>
     El italiano clavó en su esposa los
extraviados ojos, y murmuró como interrogándose a sí mismo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué mal genio nos asesta este último
golpe!...
    </p>
    

    <p>
     -¿Y lo dudas por un instante? -replicó
vivamente la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Puede haber un ser tan
miserable?
    </p>
    

    <p>
     -¡Grimaldi!
    </p>
    

    <p>
     Pastora había pronunciado este nombre
desgarrándolo al mismo tiempo sin piedad con los blancos y
diminutos dientes.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache se encaminó maquinalmente
al extremo de la sala. La marquesa asaltada de repente por una idea
irresistible voló en pos del italiano, y le dirigió algunas
palabras en voz baja.
    </p>
    

    <p>
     A la moción de la dama siguió una
breve, pero animada discusión conyugal, que los dos oficiales
presenciaron discretamente distraídos.
    </p>
    

    <p>
     El resultado fue acercarse el marqués
a sus forzados compañeros de viaje con un aire que al primer golpe
de vista revelaba transigencia.
    </p>
    

    <p>
     -Si ustedes me conceden su permiso
-profirió-, voy a hacerles una pregunta austera.
    </p>
    

    <p>
     -Dispuestos estamos a escuchar a
vuecencia y a contestarle con toda la consideración a que tiene
derecho -dijo Barrientos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Son ustedes dos hidalgos de corazón,
o son únicamente una consigna?
    </p>
    

    <p>
     -Somos dos caballeros que tienen una
consigna.
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente: entonces no desconfío
de que mi situación llegue a ser menos intolerable.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache alargó al oficial la carta
de Bernardo Robles, que todavía conservaba en la mano, y
repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Barrientos: ruego a usted
que se entere de las pocas líneas que me escribe mi administrador
de la quinta de los Morales.
    </p>
    

    <p>
     Barrientos tomó el papel, y leyó su
contenido con voz bastante acentuada para que pudiera llegar al
tímpano de Díaz.
    </p>
    

    <p>
     Terminada la recitación devolvió al
marqués el escrito, añadiendo el obligado cumplimiento:
    </p>
    

    <p>
     -Puede vuecencia creer que
sinceramente lamentamos tan desgraciado accidente.
    </p>
    

    <p>
     -Esa quinta es el único bien inmueble
que en España poseo: mi proyectada detención no tenía otro objeto
que poner en orden los asuntos que a la explotación de la propiedad
se refieren: su abandono equivale a la ruina de mi familia...
    </p>
    

    <p>
     -Deplorable fatalidad.
    </p>
    

    <p>
     -No quiero insistir en acerbas
recriminaciones por la prohibición que se me impone de hacer a mi
finca, al ir a dejar el suelo patrio, la visita que imperiosamente
reclama: prescindo de las protestas que podría formular por el
humillante veto de dar un paso fuera de este sitio: olvido que
hasta de escribir se me priva...
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués obra en todo ello
con la cordura que era de esperar.
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena: pero en cambio ¿es de
temer que pueda caber alguna responsabilidad a ustedes si permiten
que en su misma presencia, en esta sala, y sin invitación escrita
de mi parte, conferencie yo con la persona a quien deseo encomendar
la administración de los Morales con el fin de salvar mis
comprometidos intereses? ¿Presumen ustedes que sus instrucciones se
opongan abiertamente a que venga aquí un escribano y redacte el
poder conveniente para que la persona antes citada no encuentre en
el ejercicio de sus funciones obstáculos legales?
    </p>
    

    <p>
     Barrientos buscó con los ojos la
mirada de Díaz. Era evidente que el oficial quería compartir con su
compañero la responsabilidad de la contestación.
    </p>
    

    <p>
     Pero como Díaz no parecía dispuesto a
abandonar el papel de figura decorativa que hasta entonces había
representado, Barrientos tuvo que decidirse a apoyar con la voz la
consulta mímica.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha oído mi honorable compañero
-pronunció-, la doble pregunta del señor marqués?
    </p>
    

    <p>
     -Sin perder una sílaba -respondió el
interpelado.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien...
    </p>
    

    <p>
     -La resolución del señor de Barrientos
no puede menos de ser la más acertada, y a ella suscribo desde
luego.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias en nombre del acierto del
señor de Barrientos; pero si usted no le tuviese por adjunto ¿qué
pensaría de la pretensión de su excelencia?
    </p>
    

    <p>
     -Pensaría que en rigor no era de las
que taxativamente me estaba prohibido otorgar.
    </p>
    

    <p>
     -Señor marqués -repuso Barrientos-; mi
opinión coincide con la de su digno compañero; y en prueba del
interés que la especial posición de vuecencia nos inspira, tenemos
en acceder a sus deseos una verdadera satisfacción.
    </p>
    

    <p>
     -Con mucho gusto veo efectivamente en
esa deferencia que no hay en ustedes hostilidad personal hacia
mí.
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués nos hace justicia.
¿Quién es la persona que debe conferenciar con vuecencia?
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa de Bari. En la
actualidad ha de encontrarse en las habitaciones de su ama su
majestad la reina madre.
    </p>
    

    <p>
     -En cuanto al escribano -repuso Díaz-,
¿siente vuecencia por alguno preferencia particular?
    </p>
    

    <p>
     -Absolutamente ninguna.
    </p>
    

    <p>
     -Muy bien.
    </p>
    

    <p>
     El oficial cambió algunas palabras con
Barrientos, hizo un saludo, y salió de la habitación.
    </p>
    

    <p>
     No es larga la distancia que media
entre el Palacio y las Cocheras de la Reina; y como Díaz se
desembarazó de su encargo con una presteza prodigiosa, no habían
trascurrido diez minutos, cuando los marqueses vieron aparecer a
Elina en la puerta del fondo de la sala.
    </p>
    

    <p>
     La condesa menos sorprendida por la
llamada de que era objeto que por la anticipación de la hora de la
partida, corrió hacia Pastora preguntando:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué ha ocurrido?
    </p>
    

    <p>
     La marquesa tomó a Elina por la mano y
la condujo al hueco de la última ventana del salón. Barrientos
emprendió una serie de tranquilos paseos en dirección opuesta.
    </p>
    

    <p>
     -Nos aflije una infamia de Grinialdo
-dijo en voz baja la marquesa con volubilidad extraordinaria. -Toda
nuestras esperanzas, todos nuestros proyectos han sido conculcados
con una habilidad satánica.
    </p>
    

    <p>
     -¡Dios mío! Me asustas...
    </p>
    

    <p>
     -El paso por nuestra posesión de los
Morales, nos está vedado expresamente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y esa es la causa de tu
desesperación? -profirió Elina admirada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, lo sería si tu no existieses en
el mundo!
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué quieres decir?...
    </p>
    

    <p>
     -Que en esa quinta está nuestra
fortuna...
    </p>
    

    <p>
     -Nuestros modestos ahorros -rectificó
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -El pan de nuestros hijos -añadió
Pastora.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿en qué se relaciona
conmigo?...
    </p>
    

    <p>
     -Oh, tú puedes hacer lo que a nosotros
se nos niega.
    </p>
    

    <p>
     -Habla.
    </p>
    

    <p>
     -En la capilla de la quinta donde
tantas veces has orado, hay debajo del altar una trampa cuya puerta
se mueve oprimiendo un resorte escondido en el lado derecho del pie
del ara.
    </p>
    

    <p>
     -Exactamente en el centro del lado
derecho -precisó el italiano.
    </p>
    

    <p>
     -Por la escalera que la trampa
descubre -prosiguió la marquesa-, se desciende a una pequeña
cripta. Empotrado de lado en la pared del fondo, yace un sepulcro
de mármol donde fueron los restos del fundador de la capilla. Sobre
el enterramiento existe una cruz de ébano sujeta en el muro por
tres clavos. Dando un golpe en el del brazo izquierdo...
    </p>
    

    <p>
     -Golpe en que es preciso emplear
cierta energía -insinuó Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -La losa del sepulcro se entreabre
-repuso Pastora-. En lo más profundo del sarcófago hay dos cajas
que encierran una cantidad considerable...
    </p>
    

    <p>
     -Relativamente considerable -articuló
el ex-ministro.
    </p>
    

    <p>
     -Cada caja contiene cinco mil onzas de
oro -dijo la marquesa, que no creía que las circunstancias eran
para misterios.
    </p>
    

    <p>
     -Suma, señora condesa, que no pasará
de una verdadera miseria cuando esté repartida entre todos los
pedazos de nuestras entrañas.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora bien, Elina mía, acudimos una
vez más en ocasión suprema a tu generosa amistad, a la nobleza de
tu alma, a tu abnegación con tantos sacrificios probada... Es
necesario que nos lleves esas cajas a Cartagena antes de que zarpe
del puerto la 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     La condesa reflexionó un instante, y
replicó:
    </p>
    

    <p>
     -¿Tienes en los Morales gentes de
confianza a quienes pueda dirigirme para la extracción y trasporte
de suma tan cuantiosa?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay! Todos nuestros buenos servidores
han sido envueltos en la desgracia que nos hiere... Robles nos lo
hace saber desde un calabozo...
    </p>
    

    <p>
     -Pero entonces...
    </p>
    

    <p>
     -Por lo mismo que estamos persuadidos
de la grande iniciativa a que tendrá que recurrir la señora condesa
-dijo Esquilache-, se va a expedir a su favor un poder amplio,
libérrimo que la autorice para todo en los Morales, hasta para
enagenar la posesión si llega el caso.
    </p>
    

    <p>
     -Señor marqués... Pastora mía...
    </p>
    

    <p>
     -¿Por ventura te faltaría el valor en
este trance?
    </p>
    

    <p>
     -Mil veces le tendría para dar por ti
la existencia; pero confieso que me aterra la idea de la tremenda
responsabilidad en que incurriría si desapareciese entre mis manos
la fortuna de tu familia. La salvación de ese tesoro no es empresa
de las que se confían a una mujer.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y a quién podríamos volver los ojos?
Nuestros amigos ya no existen si es que los hemos tenido alguna
vez: y por otra parte ¿dónde está el hombre capaz de competir en
lealtad con mi Elina?
    </p>
    

    <p>
     -La desdicha todo lo borra en tu
memoria; y sin embargo, existen servicios tan importantes, tan
recientes...
    </p>
    

    <p>
     -¡El de Lozano por ejemplo! -exclamó
la marquesa ahogando un grito.
    </p>
    

    <p>
     -Me complace que recuerdes ese nombre;
es el del más noble y bravo de los hombres.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo ponerlo en duda! ¿Pero está
Lozano en Aranjuez? ¿Nos asiste derecho para exigirlo tan
extraordinario favor? ¿Nos es dado siquiera promover sin riesgo de
repulsa cerca de nuestros guardianes esa nueva evolución
dilatoria?
    </p>
    

    <p>
     -Por lo que al joven Lozano se refiere
todo puede correr de cuenta mía -pronunció resueltamente Elina.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué dices, Leopoldo?
    </p>
    

    <p>
     Esquilache parecía trabajado por el
choque de opuestos sentimientos. Las circunstancias, sin embargo,
acabaron por imponerse.
    </p>
    

    <p>
     -Don Felicísimo Lozano -contestó-,
posee cualidades harto evidentes para que yo aventure una objeción;
pero estimo, por mil razones, conveniente que no porque la
dirección del asunto quede en las aptas manos de ese joven, nos
prive la señora condesa de su intervención personal revestida con
el prestigio que da la fuerza de la ley.
    </p>
    

    <p>
     -Es seguro que no ha de faltarnos el
concurso de Elina -repuso la marquesa acariciando las manos de su
amiga.
    </p>
    

    <p>
     -No, a fe mía -respondió la condesa-;
volveré a abrazarte en Cartagena cueste lo que cueste.
    </p>
    

    <p>
     Díaz, seguido de un sugeto provisto de
abundante papel sellado bajo el brazo, acababa de reunirse con
Barrientos en el extremo de la sala.
    </p>
    

    <p>
     El marqués esperó a que Elina
pronunciase la última palabra, y se acercó a los oficiales.
    </p>
    

    <p>
     El representante de la fe pública
estuvo impuesto al poco tiempo en el asunto de que se trataba; y
sentándose al lado de una mesa punto menos que de billar, comenzó a
rasguear con la pluma de ganso con tan gentil aire, que como por
ensalmo se llenaron de tinta cuatro planas en folio.
    </p>
    

    <p>
     Estampados los sellos, los signos y
las firmas que la legislación vigente prescribía, el poder pasó de
las gruesas y rojizas manos del curial por conducto del marqués al
turjente seno de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     Barrientos entonces satisfecho sin
duda de los paseos que llevaba dados, preguntó a Esquilache con el
tono de la mayor deferencia:
    </p>
    

    <p>
     -¿Puedo disponer que se conduzcan al
carruaje los equipajes de vuecencia?
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo que usted guste, caballero
-contestó el marqués-, no abusaremos más de su condescendencia.
    </p>
    

    <p>
     El oficial no perdió un momento para
expedir las órdenes que anunciaba: dos lacayos bajaron al patio los
paquetes.
    </p>
    

    <p>
     Elina siguió a la marquesa al contiguo
cuarto de sus hijas; y como allí el orgullo no imponía reservas, la
despedida fue fecunda en sollozos y lágrimas.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache más dueño de sí mismo contó
al lado del coche los bultos que contenían las reliquias del
oriental emporio de la casa de las siete chimeneas.
    </p>
    

    <p>
     Una observación de mal agüero acumuló
un nuevo pliegue en el entrecejo del italiano.
    </p>
    

    <p>
     Trece eran los paquetes, y trece eran
también los viajeros...
    </p>
    

    <p>
     Cuando la campana de la Hospedería de
San Antonio de Padua anunciaba la hora de la refacción, el carruaje
de los marqueses de Esquilache avanzaba al trote por el camino de
la Mancha, precedido de dos batidores, escoltado a los vidrios por
Barrientos y Díaz, y seguido de los cuatro restantes guardas
forestales.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012028">
    

    <head>
     Capítulo XXVIII
    </head>
    

    <head>
     Donde se narra cómo fue desdeñada en Lozano una
acción semejante a la que del caritativo San Martín nos conserva la
historia
    </head>
    

    <p>
     Escasamente habrían trascurrido tres
horas desde la partida del marqués de Esquilache, cuando en la
misma dirección que éste llevaba salió de Aranjuez una berlina
acompañada por dos ginetes.
    </p>
    

    <p>
     Por la ventanilla derecha del
vehículo, libre del cristal, asomaba a cada momento la bella cabeza
de la condesa de Bari. Los ojos de la dama se fijaban siempre en el
mismo punto del espacio, y ese lugar era precisamente el que
eclipsaba la varonil persona de Felicísimo Lozano, el cual recibía
la luz de aquellas dos estrellas más hermosas que Sirio y
Aldebarán, con el alma henchida de agradecimiento, el corazón
palpitante de gozo, y la bendición suspendida en los sonrientes
labios.
    </p>
    

    <p>
     ¡Es increíble lo que una mirada
impresiona a ciertas gentes!
    </p>
    

    <p>
     No hay como viajar sometido a la
fascinadora influencia del sujeto que determina un vivo sentimiento
erótico, para que el tiempo vuele, la distancia se suprima, y el
camino más árido se embellezca.
    </p>
    

    <p>
     Seguramente Elina y Felicísimo hasta
hubieran encontrado encantadoras las llanuras de la Mancha, en el
caso de saber que existían.
    </p>
    

    <p>
     El objeto de la expedición, agradable
o enojoso, sencillamente practicable o erizado de dificultades, se
había borrado de la memoria de ambos jóvenes. Si de alguna cosa
sirvió, al parecer, fue de pretexto para una ascensión a las
regiones paradisíacas.
    </p>
    

    <p>
     En las frecuentes llamadas de la
condesa, y en las no poco repetidas aproximaciones espontáneas del
caballero, se hablaba de las maravillas de la creación, del idilio
bucólico, del sentimentalismo, de la simpatía, de la felicidad, de
todo en fin, menos de los asuntos de los marqueses de
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     Preciso fue en más de una ocasión, que
Perfecto Cazurro y Martín Ordóñez el cochero de la condesa,
hablasen de la urgente necesidad que de yantar tenían los caballos,
con el fin de comer ellos mismos; porque para sus amos tanta
importancia entrañaban esas miserias del organismo humano, como las
disputas bizantinas acerca de si la luz que iluminó el Thabor fue
creada o increada.
    </p>
    

    <p>
     Las poblaciones de Ocaña, Quintanar y
la Roda, pasaron desapercibidas para los viajeros: Albacete no tuvo
mucha mejor fortuna: apenas Hellín y Cieza merecieron una ojeada
distraída. Hubiérase dicho que lo único que tanto el caballero como
la dama encontraban verdaderamente interesante era la persona del
otro.
    </p>
    

    <p>
     Elina y Felicísimo, llegaron a la
magnifica huerta de Murcia sorprendidos por el acontecimiento. En
el Segura creían ver el Tajo todavía.
    </p>
    

    <p>
     No sucedía otro tanto a Cazurro, en el
cual la distancia recorrida se hacía sentir en todos y cada uno de
los doloridos huesos del asendereado cuerpo.
    </p>
    

    <p>
     Rebasada que fue la populosa capital
del antiguo reino árabe, el carruaje tomó la ruta de Cartagena;
pero apenas aparecieron las primeras casas de Aljucen, Ordóñez
torció las riendas a la izquierda y siguió el camino vecinal que
conduce a Aljezares.
    </p>
    

    <p>
     El viaje entraba en su último período,
y pese a todos los embriagadores filtros que se apuran en los
ensueños de un acariciado ideal, la condesa comenzó a experimentar
algunos intervalos lúcido sin que el objeto que a los Morales la
llevaba, producía en su espíritu el mismo efecto que hubiera
ocasionado un párrafo de prosa catalana en el pasaje más bello del
incomparable romance de Góngora, 

     <title>
      Angélica y Medoro
     </title>
     .
    </p>
    

    <p>
     No dejó de advertir Lozano las fugaces
distracciones de la dama; pero las habría seguramente respetado a
no adquirir cierto carácter de inquietud, desde que la berlina rodó
por las alamedas de Pacheco.
    </p>
    

    <p>
     El joven se acercó solícito a la
azafata.
    </p>
    

    <p>
     -Es evidente -dijo-, que mortifica a
la señora condesa una preocupación de que hasta ahora se ha visto
libre.
    </p>
    

    <p>
     -No es tanta mi presunción de entereza
que trate de negarlo -contestó Elina sonriendo-; pero procuro
combatir mis temores en cuanto puedan tener de exajerado. Sé que
las mujeres nos preocupamos por tan poco...
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo, ¿sería demasiado
indiscreto si pretendiese participar de esos temores?
    </p>
    

    <p>
     -¿Es irónica la frase?
    </p>
    

    <p>
     -No, a fe mía: lo que con más
sinceridad temo en el mundo es que usted abrigue algún temor.
    </p>
    

    <p>
     -Lisonjero sentido...
    </p>
    

    <p>
     -Un poco de confianza...
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, señor de Lozano: es el
caso que desde que hemos salido de Aljezares he creído observar que
sigue nuestros pasos un ginete.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué hay en ello de extraordinario?
El camino de Pacheco es muy concurrido.
    </p>
    

    <p>
     -El objetivo del viajero en cuestión
no es Pacheco.
    </p>
    

    <p>
     -¿En qué se funda esa afirmación?
    </p>
    

    <p>
     -Me he permitido una experiencia que
ha comprobado el hecho de un modo irrebatible.
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -Al llegar a la encrucijada de las
trojes hice a Ordóñez torcer por la senda de travesía que se dirige
a Fuensanta del Monte.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien.
    </p>
    

    <p>
     -Nuestro hombre siguió la misma vía.
Esto no obstante, no ha persistido en ella desde el momento en que
nos ha visto retornar a la ruta de Pacheco, por más que fuese largo
el rodeo.
    </p>
    

    <p>
     -Confieso que la prueba seduce; pero
no me parece de una infalibilidad tan absoluta como la señora
condesa manifestó.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cómo así?
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién nos asegura que el tal
viandante no desconoce la topografía local y nos ha tomado a
nosotros por guía?
    </p>
    

    <p>
     -¿Para dirigirse a Pacheco?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda.
    </p>
    

    <p>
     -La explicación es inadmisible: hemos
dejado atrás la población, y sin embargo, nuestro perseguidor no
abandona su pista.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde está ese pertinaz sabueso?
-dijo Lozano, buscando por todas partes.
    </p>
    

    <p>
     -No tardará usted en divisarle si
tiene fin esta espesura.
    </p>
    

    <p>
     El fin del bosque estaba próximo. Los
viajeros volvieron a abarcar vasto horizonte algunos minutos
después.
    </p>
    

    <p>
     Entonces pudo observar Felicísimo que
un ginete, en efecto, trotaba a distancia considerable con
dirección a la extensa arboleda que la berlina acababa de
atravesar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -profirió escudriñando con la
vista el terreno que aquel caballero dejaba tras de sí:- ¿En qué
puede afectarnos la persecución de un hombre solo?
    </p>
    

    <p>
     -No hay enemigo pequeño.
    </p>
    

    <p>
     -¡Enemigo! Oh, si ese sugeto lo fuese,
pertenecería al género de los enemigos cándidos, y por lo tanto,
inofensivos, atendida su franca exhibición.
    </p>
    

    <p>
     Y Lozano añadió entre dientes:
    </p>
    

    <p>
     -A menos que no me conociese, ¡vive
Dios!
    </p>
    

    <p>
     Hacía un cuarto de hora que una de las
ruedas del vehículo dejaba entreoír sus modestos gemidos; pero a la
sazón comenzó a meter verdadero ruido, prueba evidente de que era
la peor del carro, si hemos de dar crédito a la aseveración del
poeta latino. Y como Ordóñez llegó a temer una catástrofe, si no se
suavizaba el rozamiento, indicó la necesidad de acudir a una
casilla situada a quinientos pasos del camino, en la cual era de
esperar que no faltase alguna grasa conveniente.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se apresuró a apoyar la
moción desde el primer momento.
    </p>
    

    <p>
     Obtenida la consiguiente aquiescencia
de la condesa, la berlina enderezó por la senda que conducía a la
rural vivienda.
    </p>
    

    <p>
     El cochero obtuvo a la llegada una
vela de sebo, y con la ayuda de Cazurro procedió a desmontar la
rueda.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí una ocasión soberbia -dijo
Lozano a la condesa-, para que sí usted me otorga su permiso pueda
enterarme del objeto con que nos sigue nuestro caminante.
    </p>
    

    <p>
     -Proceda usted como crea oportuno
-contestó Elina-; pero por favor, intrépido Esplandian, nada de
querellas innecesarias.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, señora condesa, no recuerdo haber
tenido una de ellas en todo el curso de mi vida.
    </p>
    

    <p>
     El joven torció la brida, volvió al
camino, y picó de nuevo en la dirección de Pacheco.
    </p>
    

    <p>
     No había llegado a los primeros
matorrales con que se anunciaba la antes recorrida espesura; cuando
el ginete apareció de improviso en el terreno despejado.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se restregó los ojos,
creyéndose presa de una aberración lumínica.
    </p>
    

    <p>
     El viajero, que tanto preocupó a la
condesa, era Tristán de Ayala a menos que en tomar su figura se
hubiera complacido el demonio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán! -gritó Felicísimo sin
acabar de volver de su asombro:- ¿eres tú en realidad?
    </p>
    

    <p>
     -¡Agüero detestable, si hay alguno en
el mundo! -respondió Ayala:- en vez de recíbirme con los brazos
abiertos empiezas por desconocerme.
    </p>
    

    <p>
     -Pero ¿qué es lo que vienes a buscar
en Murcia?
    </p>
    

    <p>
     -A ti pese a mi estampa!
    </p>
    

    <p>
     Los dos caballeros una vez reunídos
detuvieron simultáneamente sus corceles.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán, Tristán... ¿qué es lo que en
Madrid ha ocurrido?
    </p>
    

    <p>
     -El suceso más nefasto de que se puede
conservar memoria.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se ha muerto Narcisa de celos?
    </p>
    

    <p>
     -Hubiera hecho una tontería.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se ha renovado el motín?
    </p>
    

    <p>
     -Ya no se encuentra en la villa un
amotinado por un ojo de la cara.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se ha hundido la Plaza de Toros
cuando se lidiaban las reses de la Pascua?
    </p>
    

    <p>
     -¡Valiente acontecimiento para mí!
    </p>
    

    <p>
     -¿A qué terrible calamidad te refieres
entonces?
    </p>
    

    <p>
     -A la calamidad terrible de que el
sacanete me ha dejado sin un cuarto.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán ¿así cumples tus
palabras?
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo, deploro amargamente que
no refresques tu memoria antes de formular ciertos cargos.
    </p>
    

    <p>
     -¿No prometistes renunciar a las
cartas?
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto; pero únicamente en el
período de tiempo que durase el negocio en que nos empeñábamos; y
¡ay de mí! el tal período fue demasiado corto. Tú mismo te
apresurastes a darle por terminado, convirtiéndote a la que
considerabas mejor causa por la intercesión poderosa del santo de
tu mayor devoción, la condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     -Desespero de verte nunca sustraído a
ese vicio de maldición.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué ha faltado esta vez para ello?
Una sota de Belcebú; porque es de advertir que me propongo
firmemente no volver a estudiar la confección de la comida de
mañana en el libro de las cuarenta hojas, en cuanto mis recursos me
permitan tomar cocinero. ¿Quieres oír, oh Felicísimo, la historia
de mi infortunio?
    </p>
    

    <p>
     -Preciso será puesto que has andado
sesenta leguas para referirmela.
    </p>
    

    <p>
     -Escucha y conmuevete. El contrato
estaba perfeccionado con Bermejo: su sala de armas iba a ser mía, y
en el curso de los malos tiempos había llegado la víspera del pago.
Las circunstancias estaban reclamando un arqueo; y en el gabinete
reservado del establecimiento que conoces sito en los portales de
Guadalajara, vacié sobre una mesa todos mis bolsillos. Pero
entonces se ofrecieron a mis ojos las consecuencias de un denecto
que imparcialmente reconozco. Cuando el dinero abunda en mis manos
no puedo negarme la satisfacción, de cien pequeñas necesidades, de
mil ligeros caprichos, de un millón de cortas larguezas
especialmente para con el bello sexo a que el generoso corazón me
inclina. La cantidad que tenía que satisfacer ascendía a seis mil
reales: y advertí, no sin asombro, que todo mi capital había
quedado reducido a cinco mil cuatrocientos. sin saber cómo ni por
dónde. Me encontraba, pues, con un déficit de treinta duros que a
cualquier costa era preciso enjugar. ¿Qué hacer en conflicto tan
inesperado? Entre todos los amigos con que cuento en Madrid, no hay
uno que valga seiscientos reales, quiero decir, que los posea: y es
inútil que piense en prestamistas: el menos judío de ellos al verme
aparecer en su domicilio hace siete nudos a los cordones de la
bolsa, y me niega con el mayor descaro la más insignificante suma,
sea cual fuere el interés que yo graciosamente le ofrezca. El único
recurso racional, lógico hasta lo sumo, perfectamente sencillo, era
el del juego. Todo sería cuestión de un cuarto de hora, de un par
de partidas... Recojí mi dinero, y me encaminé al garito. Te hago
gracia de las peripecias del azar: no eres inteligente, y
carecerían para ti de atractivo. Me limitaré a exponerte que el
mismo Satanás tomó cartas en el embite, que decididamente perdí la
cabeza, que vi desaparecer hasta mi último doblón, y que acabé por
arrojar por la ventana la baraja, la mesa, y no sé si dos o tres de
los puntos. Difícil me sería decir hasta el extremo que me habría
dejado arrebatar, a no encontrarme precisado a evacuar presuroso el
local atropellando fugitivos con motivo de la llegada de los
inválidos atraídos por tan estrepitoso escándalo.
    </p>
    

    <p>
     -Puedes prescindir de la enumeración
de tus actos -pronunció Lozano-, no hay absurdo de que no te
considere capaz en semejantes circunstancias.
    </p>
    

    <p>
     -A la agitación de la cólera y de la
carrera -repuso Ayala-, siguió la atonía de la reflexión y de la
estancia en lugar seguro; pero ¡qué triste, qué espantosa me
pareció entonces la realidad! Todo el edificio de mis esperanzas,
de mis sueños, acababa de desplomárseme encima precisamente en el
instante en que iba a ver terminado el coronamiento. Mi resignación
era imposible: ocasión como la que se me escapaba no volvería a
presentarse otra vez en mi vida. Mi dignidad estaba además
interesada. ¿Qué concepto merecería mi formalidad a Martín Bermejo?
Había, por consiguiente, necesidad absoluta de intentar la
reposición de los malhadados trescientos pesos, siquiera fuese a
costa del más supremo de los esfuerzos. Desde luego me asaltó el
pensamiento de que sólo podía dirigirme a dos personas con alguna
probabilidad de buen éxito: mi amigo Felicísimo, y mi primo
Menacho, el canónigo de Almería: hace dos años que no le pongo a
contribución los ahorros de la congrua, misas y pláticas, y no
tendría derecho para decir que abusaba del parentesco. Es de
advertir, no obstante, que Menacho no se ofreció a mí mente sino de
un modo subsidiario, la preferencia te correspondió por completo;
te lo digo para tu mayor satisfacción.
    </p>
    

    <p>
     -Honra estimable -contestó Lozano
gravemente.
    </p>
    

    <p>
     -Aceptado sin contradicción el
propósito... -prosiguió Ayala.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sin contradicción de quién?
    </p>
    

    <p>
     -De mí conciencia, ¡cáspita!... partí
en el acto para Aranjuez. La noticia de que habías salido para
Murcia acompañando a la condesa de Bari no quebrantó mi ánimo en lo
más mínimo. Afortunadamente no os ocurrió dirigiros al Norte,
porque entonces acaso me hubiera sido indispensable optar entre la
amistad y la familia.
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto, nuestro rumbo al Sudeste
todo lo conciliaba, y ¡vive Dios! que me felicito por ello.
    </p>
    

    <p>
     -¡Te felicitas tú!
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda; porque de esa manera no
habrás venido en balde a Pacheco, te será fácil continuar tu ruta
hasta Cartagena, y podrás embarcarte allí para Almería.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo Felicísimo! ¡Así me abandonas!
-exclamó con tan tronante acento Ayala, que hizo que su caballo
iniciase una huida, y que Moro bajase las orejas.
    </p>
    

    <p>
     -No soy yo sino la Providencia quien
te castiga.
    </p>
    

    <p>
     -¡Para moral estoy yo ahora!
    </p>
    

    <p>
     -Me parece que no lo has estado
nunca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué decepción tan horrible! ¡Es mi
amigo Felicísimo quién me ve sepultado en la profunda sima de la
desesperación, y no me tiende una mano salvadora!
    </p>
    

    <p>
     -Pero desventurado, ¿imaginas que a mí
me sobran todos los días seis mil reales?
    </p>
    

    <p>
     -¡Quita allá! ¿Qué es esa miserable
suma para el salvador de la marquesa de Esquilache?
    </p>
    

    <p>
     -Tristán...
    </p>
    

    <p>
     -Para el favorito de la condesa de
Bari...
    </p>
    

    <p>
     -Tristán... Tristán...
    </p>
    

    <p>
     -Para el hombre que tal vez va a
casarse con ella...
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenado! -gritó Lozano próximo a
la exasperación:- yo no me casaré ni con la misma emperatriz de
todas las Rusias. Por lo demás, te aconsejo que no te ocupes de mis
asuntos.
    </p>
    

    <p>
     -Así es como se compra el derecho a
ser egoísta.
    </p>
    

    <p>
     -Así es como se consigue escuchar
menos vaciedades.
    </p>
    

    <p>
     -¡Si la cantidad en que consiste mi
rehabilitación fuera verdaderamente exorbitante!
    </p>
    

    <p>
     -¡Si esa suma por exigua que sea se
hallase a mi disposición!
    </p>
    

    <p>
     -Y sin embargo, has dejado depositada
en Palacio una espada que así vale tres mil ducados como tres
maravedises.
    </p>
    

    <p>
     -Ah tahúr ¿te atreverías a aconsejarme
que vendiera esa dádiva regia para que tú pudieses satisfacer en la
timba tus insaciables apetitos?
    </p>
    

    <p>
     -Yo no te aconsejo nada: me ciño a
consignar un hecho.
    </p>
    

    <p>
     Oye, Tristán: mi caudal ha quedado
reducido a mil cuatrocientos reales, y se halla afecto a los
imprevistos estipendios que puede ocasionar el acompañamiento de
una dama de alto rango. Voy, a pesar de todo, a imitar la conducta
de San Martín, partiendo contigo ya que no la capa, la bolsa, que
vale más todavía... Toma treinta y cinco pesos...
    </p>
    

    <p>
     Y Lozano unió la acción a las
palabras.
    </p>
    

    <p>
     Ayala volvió la cabeza, cubriéndose
los ojos con una mano, rechazó con la otra el donativo que se le
hacía, y declamó con una entonación digna de un protagonista de
Eurípides:
    </p>
    

    <p>
     -No es una limosna lo que yo te había
demandado; era mi porvenir, mi honor, mi salvación lo que esperaba
de tu amistad...
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues anda al diablo! -repuso Lozano
volviendo a su bolsillo las monedas-; así como así tenía la
evidencia de que esas pobres doblillas iban a sepultarse en la
misma vorágine que se tragó tus peluconas.
    </p>
    

    <p>
     -Voy a seguir tu consejo contestó
Ayala sin recoger la alusión.
    </p>
    

    <p>
     ¿Visitando a Lucifer?
    </p>
    

    <p>
     -No, embarcándome en Cartagena, si hay
patrón de buque que me fíe el pasaje.
    </p>
    

    <p>
     -Siempre te quedará, el recurso de
vender el caballo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! muy bien; ahora me aconsejas que
robe.
    </p>
    

    <p>
     -¡Yo!
    </p>
    

    <p>
     -Claro está: este potro es del
alquilador Triqui-traque.
    </p>
    

    <p>
     -Y luego te quejas de tu crédito.
    </p>
    

    <p>
     -Que no te ofusquen las apariencias:
para poder sacar el caballo de la cuadra he tenido que dejar
hipotecada a Narcisa, a la cual siempre ha mirado con buenos o los
el bribón del chalán.
    </p>
    

    <p>
     Lozano tuvo que hacer un verdadero
esfuerzo para conservar la formalidad.
    </p>
    

    <p>
     -Imaginé -dijo-, que tu rocín era el
mismo que perteneció al compañero de Antuñano.
    </p>
    

    <p>
     -¡De valiente jamelgo estás hablando!
Antes de otorgarme su posesión ya tuvistes buen cuidado de
derrengarle. Como no valía la cebada que se comía, me apresuré a
enajenarle.
    </p>
    

    <p>
     -Obrastes con tu habitual prudencia.
Merced a ella tienes que pagar ahora el alquiler de tu cabalgadura.
En fin, eso es cuenta tuya... Adiós, Tristán en caso de que te
encamines a Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo pronto, me es imposible. Este
animal va echando los pulmones, y necesita un pienso y un descanso:
trataré de proporcionarle ambas cosas en el próximo pueblecillo de
San Pedro del Pinatar Me aterra el pensamiento del peligro que
pudiera correr la virtud. de Narcisa, si mi potro lanzase el último
relincho. Triqui-traque es tan usurero como sátiro.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces buen viaje al Pinatar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Te falta tiempo para desembarazarte
de mí!
    </p>
    

    <p>
     -Harto sabes que no he venido
solo.
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto: te espera tu Dulcinea.
    </p>
    

    <p>
     -Una dama respetable, Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -Que ha extinguido en tu corazón la
fraternidad, los generosos instintos, los gratos recuerdos de la
adolescencia. ¡Me causa horror tu sirena!
    </p>
    

    <p>
     -Me inspira desesperación tu
porvenir.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bastante has hecho para
mejorarte!
    </p>
    

    <p>
     -En cambio tú no has hecho nada que no
haya sido negativo.
    </p>
    

    <p>
     -Te honra ese respeto a la desgracia,
Felicísimo: ¡vive Dios, que no me faltan dos dedos para
odiarte!
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto al diablo, que estoy a punto de
detestarte!
    </p>
    

    <p>
     -Si creyese en la eficacia de las
maldiciones, me parece que te maldecería.
    </p>
    

    <p>
     -Si no estuviese persuadido de que ni
en el infierno han de querer de ti, creo que te propondría que te
ahorcases de un pino.
    </p>
    

    <p>
     -Para oír esas flores prefiero que no
vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida.
    </p>
    

    <p>
     -Para ver un tipo de tu cuño, estimo
ventajoso que no te pongas nunca en mi presencia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Monstruo!
    </p>
    

    <p>
     -¡Belitre!
    </p>
    

    <p>
     -¡Hasta el valle de Josafat!
    </p>
    

    <p>
     -¡Ni aun allí quiero encontrarte!
    </p>
    

    <p>
     Los dos ex-amigos pusieron a la vez
las piernas a los caballos.
    </p>
    

    <p>
     Ayala abandonó el camino por la
izquierda; Lozano torció por la derecha.
    </p>
    

    <p>
     Una prolongada nota en trémolo
semejante al bramido de un toro, hizo que Felicísimo volviese la
cabeza.
    </p>
    

    <p>
     Tristán se alejaba con las manos
elevadas al cielo exhalando este grito desgarrador:
    </p>
    

    <p>
     -¡Amistad, amistad... no eres otra
cosa que un nombre vano!
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo tornó a reunirse con sus
compañeros de viaje.
    </p>
    

    <p>
     Elina, que no había perdido un
instante de vista al joven durante la conferencia que tuvo en el
camino, dijo inmediatamente:
    </p>
    

    <p>
     -¿Quién era nuestro perseguidor?
    </p>
    

    <p>
     -Oh, el hombre que menos malas
intenciones podía abrigar con respeto al objeto de nuestra
expedición -contestó Lozano-, la señora condesa le conoce
perfectamente: era Tristán de Ayala.
    </p>
    

    <p>
     -¡El señor de Ayala! -exclamó Elina
atónita.
    </p>
    

    <p>
     -En cuerpo y alma.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero cómo no ha venido aquí con
usted?
    </p>
    

    <p>
     -Traen por esta tierra al mancebo
asuntos para él de interés capital. Por otra parte, yo no sé si
porque le he recibido con cierta frialdad o por motivo diferente,
es lo cierto que nuestra entrevista no ha sido cordial de todo
punto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¡Una reyerta con un amigo tan
sincero, tan bravo!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah! -respondió Lozano riendo-;
pasan de veinte las veces que hemos reñido con la mayor
formalidad.
    </p>
    

    <p>
     La condesa fijó intensamente sus ojos
de lince en los de Felicísimo, pero no añadió una palabra.
    </p>
    

    <p>
     La rueda de la berlina estaba ya
montada, y giraba vertiginosamente sobre el eje sin la menor
protesta, bajo la acción de la mano de Ordóñez.
    </p>
    

    <p>
     No existía, por lo tanto,
inconveniente para continuar la marcha.
    </p>
    

    <p>
     Elina se instaló en su vehículo, y los
viajeros volvieron al camino.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA30120029">
    

    <head>
     Capítulo XXIX
    </head>
    

    <head>
     En el cual se ofrece un ejemplo de que el templo
de Themis puede no estar reñido con el de Baco
    </head>
    

    <p>
     La berlina pasó a la vista de
Calavera, y poco tiempo después por las cercas del caserío de
Palma, aumentando progresivamente la velocidad a medida que se
aproximaba al término de la expedición.
    </p>
    

    <p>
     Algunas ráfagas frescas, y salinas que
llegaban del Este, comenzaban a denunciar la vecindad del
Mediterráneo.
    </p>
    

    <p>
     Por fin se dibujó en el horizonte una
vasta mancha oscura, destacándose en el fondo de una inmensa sábana
de plata.
    </p>
    

    <p>
     La mancha era la exuberante vejetación
de la granja de los Morales; el límpido fondo recortado por la
silueta del coto, era la tranquila superficie del Mar Menor.
    </p>
    

    <p>
     La quinta justificaba la predilección
que merecía a la familia de Esquilache. Cada paso que los viajeros
daban hacia la posesión, ponía una de sus bellezas en relieve.
    </p>
    

    <p>
     La elevación del terreno que el camino
surcaba, permitía la sucesiva aparición de las diferentes
dependencias de la construcción principal, que sin exageración
sobrada habría podido llamarse palacio.
    </p>
    

    <p>
     Pero ni en los colmenares, ni en los
establos, ni en las estufas de los gusanos de seda, ni en la
huerta, ni en los jardines, se divisaba persona alguna de las que
el entretenimiento de tan floreciente propiedad suponía.
    </p>
    

    <p>
     La condesa llegaba prevenida acerca
del abandono en que iba a encontrar la granja, y sin embargo no
pudo sustraerse a un sentimiento penoso. Todo en aquel lugar de
desolación, hablaba de la inmensa desgracia que hacía sangrar el
corazón de los propietarios.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje desembocó en la explanada
donde se abría la puerta de la cerca.
    </p>
    

    <p>
     Como la verja se hallaba entornada,
Cazurro no tuvo que hacer más que empujarla para que la berlina
penetrase en la calle de árboles central, formada por soberbios
tilos de Europa.
    </p>
    

    <p>
     Recorrido el paseo en toda su
extensión, los caballos se detuvieron enfrente de la fachada
principal del edificio.
    </p>
    

    <p>
     Los viajeros echaron pie a tierra.
    </p>
    

    <p>
     El ruido de la llegada del carruaje no
había provocado la menor manifestación de curiosidad por parte de
los habitantes de la quinta, si es que algunos tenía. Jamás
castillo encantado se hubiera ofrecido con mayor propiedad a la
imaginación monomaniática del héroe de la Argamasilla; puesto que
nosotros más afortunados que Cervantes, no tenemos ningún motivo
para no querernos acordar del nombre de ese lugar de la Mancha.
    </p>
    

    <p>
     La condesa de Bari, con la facilidad
de evolución que poseen los espíritus femeniles, comenzó a creer
que la ejecución del proyecto que la llevaba a los Morales, podía
llegar a ser la cosa más sencilla del mundo.
    </p>
    

    <p>
     El portal de la casa se hallaba
franco. Elina y Felicísimo se dirigieron a él y cruzando el umbral
ingresaron en un espacioso recibimiento.
    </p>
    

    <p>
     Los viajeros obtuvieron allí una
prueba palpable de que la granja no carecía de moradores.
    </p>
    

    <p>
     En el centro de la estancia había una
gran mesa entapetada, en torno de la cual aparecían sentados ocho
hombres absortos en la contemplación de una interesante partida de
monte.
    </p>
    

    <p>
     El oro brillaba por su ausencia, y las
mismas monedas de plata se hallaban en una insignificante minoría
con respecto a las de cobre; pero sabido es que lo que presta
empeño a las contiendas del juego, no consiste precisamente en el
valor absoluto de las sumas que se atraviesan.
    </p>
    

    <p>
     En un ángulo de la habitación yacían
algunas escopetas, espadas, chuzos y un cornetín.
    </p>
    

    <p>
     El individuo que tallaba, el cual
lucía la placa de latón, insignia del alguacilazgo de la alcaldía
de Alcázares, decía a la sazón repartiendo varios maravedises.
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto a bríos, señor trompetero, que
parece que las cartas son trasparentes para usted, y que me voy
cansando de esta baraja! ¿No hay alguno de ustedes que tenga
otra?
    </p>
    

    <p>
     Y al dirigir en torno una mirada
interrogadora, el alguacil se encontró sorprendido con la presencia
de Elina y Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     La condesa creyó conveniente
anticiparle a Lozano, y preguntó, con una voz melodiosa capaz de
dulcificar el humor más avinagrado:
    </p>
    

    <p>
     -¿Pertenecen ustedes, buenos paisanos,
al número de los servidores del marqués de Esquilache en esta
quinta?
    </p>
    

    <p>
     Pero la bilis de un jugador que pierde
debe ser la peor del género. El alguacil escondió la mitad del iris
de los órganos de la visión en sus ángulos internos, y contestó
como hubiera podido hacerlo un dogo al cual se tratase de quitar un
hueso:
    </p>
    

    <p>
     -¡Valiente ojo tiene la viajera si
cree que el italiano puede reclutar sus lacayos entre gentes de
nuestra estofa!
    </p>
    

    <p>
     -¡Gran tunante! -gritó Lozano con las
cejas erizadas-, no es así como se recibe a una dama, que es la
dueña en esta casa, ni ese es el lenguaje en que se la
contesta.
    </p>
    

    <p>
     Y el indignado Felicísimo, antes de
que nadie hubiera podido presumir lo extravagante de la acción,
cogió por una punta el enorme tapete que cubría la mesa, le levantó
con violencia, y esparció por todos los ámbitos de la habitación
una espesa nube de naipes y de monedas.
    </p>
    

    <p>
     Hubo más todavía. Al flotar en la
atmósfera el tapete envolvió entre sus pliegues al trompetero; y
cuando este infeliz se encontró ciego y aprisionado ni más ni menos
que un conejo en el capillo, comenzó a repartir coces y puñadas a
los más próximos compañeros para ponerse en franquía, contribuyendo
a colmar el desorden de aquella situación inesperada.
    </p>
    

    <p>
     Una acción de varonil entereza jamás
deja de imponer en el primer momento a los espectadores sean los
que fueren su número, y la predisposición de ánimo en que se
encuentren. Los jugadores permanecieron presa de un vértigo de
estupefacción.
    </p>
    

    <p>
     Con este efecto coincidió otra
circunstancia. Cazurro acababa de aparecer en el dintel de la
puerta ostentando en el cinto las relucientes culatas de las
pistolas de dos cañones de Felicísimo, que eran unas armas de tan
colosales dimensiones, que bien habrían podido pasar por modestos
trabucos.
    </p>
    

    <p>
     Tras de aquel pertrechado acólito, no
sería seguramente inverosímil que hubiese otros muchos.
    </p>
    

    <p>
     El alguacil, en quien empezaba a
hacerse sentir la reacción, se mordió el instrumento articulador de
las malas palabras un instante antes de exclamar, -¡A las
armas!
    </p>
    

    <p>
     La condesa, que no había sido menos
sorprendida por el súbito arranque de Lozano, contuvo a éste con
una mirada, y se adelantó hacia el alguacil diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto que el señor de la finca ha
delegado en mi todas las facultades que el derecho de propiedad le
concede; pero no es mi intención incomodar a nadie. La hospitalidad
de los Morales es proverbial en la comarca.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! -contestó el alguacil con
sarcástica sonrisa-, ¿la señora representa a Esquilache en esta
posesión, y generosamente nos ofrece hospedaje?
    </p>
    

    <p>
     -Punto por punto.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, la viajera puede llevarlo
a mal si lo tiene por conveniente; pero cuanto acaba de decirme, y
las coplas de Calaínos, son para mí una misma cosa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuidado con la lengua, bellaco!
-exclamó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no pido a nadie lecciones para
hablar como se me antoja -añadió el alguacil mirando de reojo al
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Pero yo sé dar esas lecciones con
mano vigorosa, aunque no se me pidan cuando hay bribones que las
necesitan -replicó el joven, animándose por momentos.
    </p>
    

    <p>
     Elina veía a Lozano acariciar la
empuñadura de la espada con la fruición que se acaricia un
pensamiento de venganza, y se apresuró a intervenir de nuevo
resuelta a que por aquella vez fuera definitivo el corte de la
disputa.
    </p>
    

    <p>
     -Basta de altercado -pronunció-,
supongo que el señor de la chapa no se habrá establecido con los
compañeros en los Morales por un impulso absolutamente
espontáneo...
    </p>
    

    <p>
     -La viajera supone bien -repuso el
corchete.
    </p>
    

    <p>
     -Entre las órdenes que para montar
esta guardia ha comunicado a usted su superior gerárquico, ¿se
cuenta la de impedirme que tome posesión de la granja, por más que
para ello venga autorizada en forma legal?
    </p>
    

    <p>
     -A usted y al 

     <foreign xml:lang="LAT">
      sursum corda
     </foreign>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene usted a bien indicarme a quién
debo dirigirme para solicitar que se modifiquen esas
disposiciones?
    </p>
    

    <p>
     -Al alcalde de Alcázares.
    </p>
    

    <p>
     '-Perfectamente.
    </p>
    

    <p>
     La condesa se volvió hacia su joven
acompañante, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano, vamos, pues, en
busca del alcalde de Alcázares.
    </p>
    

    <p>
     Los labios de Felicísimo no abrieron
paso a una palabra que indicase oposición; pero la mirada, el
entrecejo, la dilatación de la nariz y la presión de los dientes,
estaban formulando las más enérgicas protestas.
    </p>
    

    <p>
     Elina, que se encontraba ya en la
puerta, dirigió al caballero un imperioso llamamiento. Felicísimo
cedió al ascendiente de aquella irresistible domadora, y abandonó
el terreno.
    </p>
    

    <p>
     Entonces Perfecto Cazurro, que seguía
las huellas de Lozano, pudo observar un hecho extraordinario,
absurdo, inexplicable.
    </p>
    

    <p>
     El alguacil, el trompetero, y los
otros seis ganapanes, como movidos por un resorte, doblaron el
dorso hasta ponerse en cuatro pies, y comenzaron a recorrer la
estancia en todas direcciones en esa postura inverosímil a guisa de
sabuesos que siguen una pista, gruñendo entre dientes la más
infernal de las salmodias.
    </p>
    

    <p>
     Cuando la condesa aceptó la mano de
Felicísimo para subir de nuevo al carruaje, dijo entre obligada y
severa:
    </p>
    

    <p>
     -Por favor, señor de Lozano, menos
susceptibilidad en cuanto personalmente me afecte... ha estado
usted a punto de comprometerlo todo.
    </p>
    

    <p>
     -Mi opinión es diametralmente opuesta
-contestó Felicísimo con una naturalidad primitiva-; la señora
condesa es quien se crea dificultades.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo así!
    </p>
    

    <p>
     -Si usted me hubiera dejado hacer un
picadillo con todos aquellos malsines, estaríamos ahora en el
oratorio llevando a cabo, con la mayor tranquilidad, el propósito
que nos ha conducido a la quinta.
    </p>
    

    <p>
     Elina sonrió a aquel niño formidable
con la indulgencia de una madre amorosa.
    </p>
    

    <p>
     La distancia que mediaba entre los
Morales y Alcázares, no excedería de media legua; y como la berlina
la recorrió a buen paso, los viajeros llegaron a los primeros
suburbios antes de un cuarto de hora.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro, enviado en descubierta para
adquirir informes, volvió manifestando que el alcalde del lugar era
un don Roque Soniche, el cual tenía establecido su pretorio en la
taberna de que era propietario, situada enfrente de la iglesia.
    </p>
    

    <p>
     Tomando por guía el campanario,
Ordóñez dio a su tiro la conveniente dirección, y le detuvo a la
puerta del doble templo de Themis y de Baco.
    </p>
    

    <p>
     La dama echó pie a tierra, y seguida
de Lozano, atravesó un corral entoldado de vides, y entró en la
sala de honor del edificio.
    </p>
    

    <p>
     La parte pública del establecimiento
se componía de dos habitaciones. La primera de amplias dimensiones,
estaba exclusivamente destinada a la colocación de mesas y asientos
en los cuales no escaseaba a la sazón la concurrencia; la segunda,
más reducida, repartía su espacio entre media docena de veladores,
el imprescindible mostrador, y una serie de pipas y toneles.
    </p>
    

    <p>
     Lozano preguntó al primer individuo
con quien topó, el sitio donde se encontraba el alcalde.
    </p>
    

    <p>
     La respuesta fue que se hallaba en el
cuarto de los toneles.
    </p>
    

    <p>
     Hubo un momento en que el caballero
miró vacilante a la condesa; pero esta intrépida criatura resolvió
la muda consulta dirigiéndose con gentil continente al punto
indicado a través de la turba de bebedores sorprendidos por tan
celestial aparición.
    </p>
    

    <p>
     La autoridad municipal de Alcázares se
personificaba en un hombrecillo de cuarenta años, enjuto de carnes
y solitario de barbas, que sentado detrás del mostrador en un alto
triclinio practicaba concienzudamente el 

     <foreign xml:lang="LAT">
      jus suum cuique tribuendi
     </foreign>
     , presidiendo
la distribución incesante de vasos y de jarros en que se ocupaban
dos muchachos con mandil y montera murciana.
    </p>
    

    <p>
     Elina se acercó al tabernero modulando
esta interrogación:
    </p>
    

    <p>
     -¿El señor alcalde de Alcázares?
    </p>
    

    <p>
     -En su presencia está usted -contestó
el requerido reprimiendo el movimiento que había iniciado para
ponerse en pie, desde el instante en que comprendió que la recién
llegada no era una consumidora sino una litigante.
    </p>
    

    <p>
     -Recibo honor en ello -replicó la dama
con aire equívoco acentuado por una inclinación y una sonrisa.
    </p>
    

    <p>
     -No tanto como yo mismo. ¿Pero a qué
motivo debo?...
    </p>
    

    <p>
     -El estado en que se encuentra la
quinta de los Morales por causas de todos conocidas, ha movido al
señor marqués de Esquilache a encomendarme la dirección de esa
finca.
    </p>
    

    <p>
     Soniche entornó los ojos para escuchar
con más recogimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Pero es el caso -prosiguió la dama-,
que al llegar a la granja hace veinte minutos, la he hallado
ocupada por algunos hombres armados, cuyo jefe dependiente al
parecer de usted, se ha opuesto toscamente al ejercicio de mis
atribuciones.
    </p>
    

    <p>
     -¡Toscamente! -articuló el alcalde
dando a su rostro una expresión de solemne extrañeza.
    </p>
    

    <p>
     -Esta señora dulcifica la frase
-pronunció Lozano-, con más propiedad habría podido decir,
brutalmente..
    </p>
    

    <p>
     -¡Brutalmente! -repitió Soniche
llevando su sorpresa hasta el punto de dar un ligero respingo en el
triclinio-. ¡Oh, oh!.. el asunto reviste cierta gravedad. La
señora... ¿cómo debo llamar a la señora?...
    </p>
    

    <p>
     -La condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, la señora condesa puede
estar segura de que el tosco proceder o la brutalidad de que con
justicia se queja, no quedará sin el merecido correctivo.
    </p>
    

    <p>
     -No es imposición de castigo alguno lo
que yo vengo a reclamar del señor alcalde -repuso Elina.
    </p>
    

    <p>
     -Sin embargo, la rectitud de la vara
que empuño, siquiera sea indignamente, exije una severa admonición,
y la obtendrá cumplida. No debo consentir que el alguacil Milcoces
haga honor a su apellido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Puedo por consiguiente esperar que
el señor alcalde expedirá en el acto la orden conveniente para que
se desaloje la quinta, y me sea dado instalarme en ella?
    </p>
    

    <p>
     Soniche estiró el pescuezo, adelantó
los labios recogidos hasta darlos la forma de un verdadero hocico,
y contestó, después de una prolongada pausa:
    </p>
    

    <p>
     -Aunque con el profundo respeto a que
la señora condesa tiene derecho, voy a permitirme hacerla observar
que la consecuencia que deduce no es a mi juicio de todo punto
inmediata.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué quiere decir eso?
    </p>
    

    <p>
     -Que condeno la forma en que Milcoces
haya podido enunciar su consigna; pero que de tal desaprobación al
otorgamiento del permiso para que la señora condesa tome posesión
de los Morales, hay todavía larga distancia.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! el señor alcalde duda de la
realidad de mis derechos, acaso de mi personalidad misma... es muy
justo. Cuento, no obstante, con que desaparecerá toda incertidumbre
merced a la exhibición de este documento.
    </p>
    

    <p>
     La dama extrajo de su escarcela el
papel a que se refería, y le puso en manos de Soniche.
    </p>
    

    <p>
     El alcalde paseó la mirada por todo el
instrumento acompañando su lectura con una multitud de signos
afirmativos, que parecieron del mejor, presagio a los viajeros.
    </p>
    

    <p>
     Después devolvió el escrito a Elina
replicando:
    </p>
    

    <p>
     -El poder es bastante, y se halla
otorgado en toda regla.
    </p>
    

    <p>
     -Entonces...
    </p>
    

    <p>
     -Las dificultades que existen para que
yo complazca a la señora condesa como sería mi deseo, pertenecen a
otro orden de consideraciones.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y qué mal ordenadas consideraciones
pueden ser esas?
    </p>
    

    <p>
     -Para disponer de un objeto mueble o
inmueble, es necesario hallarse en el pleno ejercicio del derecho
de dominio.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien...
    </p>
    

    <p>
     -Este es el más elemental de los
axiomas en la ciencia de Papiniano.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no conozco a ese señor... Y
permítame el digno alcalde que me impaciente un poco.
    </p>
    

    <p>
     -El apoderamiento en que la señora
condesa funda su interdicto, es írrito en el fondo; porque los
bienes del marqués de Esquilache se hallan secuestrados.
    </p>
    

    <p>
     -¡Secuestrados!
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo que es posible.
    </p>
    

    <p>
     -Mil perdones; pero el señor alcalde
está en una lamentable, equivocación. Yo vengo de la residencia de
la corte, y allí se desconoce absolutamente la existencia de
semejante disposición.
    </p>
    

    <p>
     -No me opongo a que sea cierto.
    </p>
    

    <p>
     -¿El error de usted?
    </p>
    

    <p>
     -No; el desconocimiento de la
corte.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y puede eso tener lugar?
    </p>
    

    <p>
     -Le ha tenido en esta ocasión.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué secretaría del despacho
emanaría la soberana resolución?
    </p>
    

    <p>
     -De la gran cancillería de la voluntad
nacional.
    </p>
    

    <p>
     Como todavía faltaban veinte y tres
años para que se proclamase solemnemente al otro lado de los
Pirineos ese género de subversivas teorías, y por lo tanto no
estaban familiarizados con su sonora fraseología los oídos de las
clases privilegiadas, la condesa de Bari dio un paso atrás tan
atónita como escandalizada.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, menos impresionado, pronunció
con la mayor formalidad:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, ¡oh, ilustre Minos!, que
la justicia que administra en la santidad de este foro, se le ha
subido a usted a la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Someto a la discreción del señor
caballero -contestó Soniche-, la inconveniencia de las palabras que
se ha permitido proferir.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! Mi bravo interlocutor, se
ha permitido algo más grave todavía: ha enarbolado en su ínsula de
Alcázares la bandera de la rebelión.
    </p>
    

    <p>
     El alcalde levantó la voz
declamando:
    </p>
    

    <p>
     -Me revelo, en efecto, contra el
tirano de esta enfeudada comarca, contra el vampiro de la sangre
española, contra el perturbador, avariento, insolente,
atrabiliario, impío y abominable Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     En la sala inmediata resonó una
estrepitosa salva de aplausos.
    </p>
    

    <p>
     La condesa sintió en el corazón el
frío de la muerte.
    </p>
    

    <p>
     Lozano arqueó las cejas.
    </p>
    

    <p>
     -¡No hay tal cosa, señor mío!
-exclamó-, el ídolo del favoritismo está ya en tierra; acaudillar
un motín ahora es sublevarse contra el rey.
    </p>
    

    <p>
     -Me importan poco las suposiciones
gratuitas; la única satisfacción que Roque Soniche necesita, es el
testimonio de su recta conciencia.
    </p>
    

    <p>
     -¿Me pondrá el señor alcalde en el
caso de protestar solemnemente? -repuso la dama.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa puede si gusta
formular su protesta con la mayor solemnidad ante notario público,
porque mi decisión es irrevocable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ante notario público! -gritó
Felicísimo- ¡Poder de Dios! conozco instrumentos mucho más
eficaces.
    </p>
    

    <p>
     -Quiero ignorar la clase de
instrumentos a que el caballero se refiere; pero debe tener
entendido que sé hacer respetar el santuario de la justicia, aunque
sea un modesto alcalde de monterilla.
    </p>
    

    <p>
     Lozano replicó montando en cólera:
    </p>
    

    <p>
     -¡Valiente respeto me ha inspirado a
mí siempre el santuario de una taberna, y valiente garantía tiene
contra mi espada el testuz de un tabernero en los cuernos de su
montera!
    </p>
    

    <p>
     -¡Amenazas! -exclamó Soniche,
poniéndose en pie majestuosamente.
    </p>
    

    <p>
     En la estancia contigua se desató en
aquel momento una carcajada sonora, convulsiva, extridente, como
hubiera podido salir de las fauces del demonio del sarcasmo.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, que no había digerido
todavía el precedente aplauso, volvió la cabeza pálido de
cólera.
    </p>
    

    <p>
     Pero la estupefacción del joven
caballero llegó a nivelarse con su ira, cuando en el productor de
la risa satánica reconoció al detestado hombre de la capa de
grana.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio Carrillo, que con su
inseparable compañero Arias acababa de tomar asiento en una de las
primeras mesas, enlazó las últimas notas de la risiotada con las
siguientes frases, pronunciadas con la procacidad que le era
habitual:
    </p>
    

    <p>
     -Parece que el viaje a Alcázares no ha
sido coronado con el éxito satisfactorio que se prometía nuestro
esgrimidor del convento de Valverde.
    </p>
    

    <p>
     -Error crasísimo -contestó Lozano-, el
resultado de mi expedición a este lugar ha sido mil veces más
satisfactorio de lo que yo esperaba, por cuanto alcanzo la fortuna
de poder echarle a usted la vista encima, cosa que he perseguido
inútilmente por espacio de mucho tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -En la corte no hay, sin embargo,
paseante más perenne que yo. En fin, si no es demasiada la
hipérbole de las palabras de usted, héme aquí de buen grado a su
disposición.
    </p>
    

    <p>
     -Sería lo mismo que usted procurase
sustraerse a la corrección que me propongo administrarle. Estoy
decidido a que por esta vez no se me escabulla usted por entre los
dedos.
    </p>
    

    <p>
     -Esto es, ¡oh hidalgo más o menos
manchego!, de la manera que usted se escabulló a los galeotes del
tejar de la Jara -repuso Carrillo riendo a mandíbula batiente.
    </p>
    

    <p>
     -Hace usted mal en evocar ese recuerdo
-contestó Felicísimo atarazándose los labios-, es el de una
cobardía para cuyo castigo va a parecerme poco una estocada.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo visto tiene usted a la mano
cosas peores.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién lo duda!
    </p>
    

    <p>
     -No deja de interesarme conocer alguna
de ellas.
    </p>
    

    <p>
     -Dos estocadas ¡cáspita!
    </p>
    

    <p>
     -¡Siempre baladrón!
    </p>
    

    <p>
     Lozano empuñó una de las botellas que
había en la mesa más próxima.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo sabía por experiencia que en
las manos de Felicísimo las botellas perdían su nombre para tomar
el de proyectiles; así fue que procurando dar al movimiento que
emprendía la menor afectación posible, se volvió de modo que la
cabeza de Arias le eclipsara momentáneamente al contrincante.
    </p>
    

    <p>
     Arias, sin embargo, no pareció
encargarse con mucho beneplácito de representar el papel de
Alejandro entre Diógenes y el sol; y cogiendo un banquillo, le
levantó a la altura de la frente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, el bravucón de la escarlata
-dijo Felicísimo-, afronta de ese modo al que con la lengua precoz
denuesta!
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -contestó Carrillo-, ¿a qué
combatiente puede vituperársele porque trata de aprovecharse de las
ventajas que le ofrece el terreno?
    </p>
    

    <p>
     -¡Y usted elije un figón concurrido
para campo de duelos!
    </p>
    

    <p>
     -Yo no ¡vive Dios! me limito a
aceptarle.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pancho Rubio, mi vara! -gritó el
alcalde a uno de sus dependientes.
    </p>
    

    <p>
     -¡Magnífico! -añadió Carrillo-, no
estará demás que el autoritario instrumento ponga un poco de orden
en las costillas de ese insoportable espadachín.
    </p>
    

    <p>
     Como es sabido, la última de las
palabras pronunciadas por Eulogio, era de las que Lozano nunca
había podido soportar.
    </p>
    

    <p>
     La vibración de la postrera sílaba se
confundió con el estallido en el banquillo de Arias de la botella
que empuñaba Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Lozano, siguió la
trayectoria que había trazado el recipiente de vidrio, con poca
menor velocidad que éste.
    </p>
    

    <p>
     La concurrencia entera estaba en pie
alarmada.
    </p>
    

    <p>
     Arias se chupaba la sangre que brotaba
de algunos arañazos en los dedos.
    </p>
    

    <p>
     El movimiento de Lozano fue rápido;
pero no aventajó al de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     En el momento en que el joven, a la
mitad de su camino, llevaba la diestra a la guarnición de la
espada, se sintió asir la muñeca por la delicada mano de Elina.
    </p>
    

    <p>
     Nada más fácil para Felicísimo que
sustraerse a aquel lazo, y caer sobre Carrillo; pero para eso tenía
que rechazar bruscamente a la condesa. A tanta costa no satisfacía
el joven pasión alguna, aunque fuese la de la cólera que a la sazón
le poseía.
    </p>
    

    <p>
     -Por favor, Lozano... -articuló Elina
al oído del caballero-; sáqueme usted de este sitio si en algo
aprecia mi vida... Me siento sofocar...
    </p>
    

    <p>
     El ardid de la condesa no carecía de
habilidad para obtener lo que deseaba de Felicísimo; pero en
realidad ella era quien arrastraba a éste hacia la puerta.
    </p>
    

    <p>
     Próximos al umbral estaban ambos
jóvenes, cuando Carrillo, procurando desembarazarse de la
interposición de Arias y de otros circunstantes, avanzó algunos
pasos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo, seor matasiete! -gritó con
expresión burlona-; ¿será posible que todas las bravatas de usted
terminen en una vergonzosa fuga?
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se detuvo como el hombre
que siente en la espalda el cuchillo de un asesino.
    </p>
    

    <p>
     La condesa comprendió que había
llegado el momento de emplear uno de los grandes recursos.
    </p>
    

    <p>
     Elina exhaló un gemido, cerró los
ojos, dobló las piernas, y cargó el cuerpo entre rígido y
palpitante con todo el peso de que podía disponer sobre el brazo de
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     La vacilación del joven desapareció
instantáneamente.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo cogió con ambas manos a la
condesa por su talle de sílfide, la levantó en alto con la misma
facilidad que si se tratara de una pluma, se lanzó en el corral, le
atravesó de una carrera, y depositó en el fondo de la berlina la
preciosa carga que conducía en los brazos, no sin haberla antes
estrechado amorosamente contra el corazón.
    </p>
    

    <p>
     Abrazos hay que galvanizarían un
cadáver: con más motivo harán volver de un síncope.
    </p>
    

    <p>
     Elina extendió sus crispados dedos, y
se apoderó de la mano del caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Ante todo, señor de Lozano -murmuró-,
hágame usted conducir a aquella casa aislada que se divisa sobre la
más verde de las dos eminencias que hay a la izquierda del camino.
Conozco a los moradores, y sé qué no han de negarme la
hospitalidad.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo siguió con los ojos la
dirección que trazaban el índice y la mirada de la condesa; y
encontrando a la distancia de mil quinientas varas próximamente el
edificio en cuestión, dio a Ordóñez las instrucciones
oportunas.
    </p>
    

    <p>
     La dama repuso a continuación:
    </p>
    

    <p>
     -Ahora, a caballo, amigo mío, y
acérquese usted a la portezuela: es del mayor interés lo que tengo
que decirle.
    </p>
    

    <p>
     -El joven dirigió suspirando a la
alcaldía la ojeada del cocodrilo, que ve escapársele su presa; pero
no por eso dejó de obedecer puntualmente a la condesa.
    </p>
    

    <p>
     Los caballos de tiro y los de silla se
pusieron simultáneamente en movimiento.
    </p>
    

    <p>
     Lozano hizo trotar a Moro al estribo
del carruaje.
    </p>
    

    <p>
     -He concebido un plan -dijo
rápidamente Elina.
    </p>
    

    <p>
     -No es poca fortuna -contestó
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Un plan que nos ofrece todavía una
esperanza de buen éxito, merced a mi conocimiento de la localidad,
y a la fabulosa decisión de usted en la cual más bien hay que poner
coto que incentivo.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa no desperdicia ni
aun las ocasiones en que parece elogiarme, para zaherirme por la
lamentable frecuencia con que mi perversa estrella interpone
insolentes en mi camino.
    </p>
    

    <p>
     -Hasta ahora nunca he visto
justificado el epíteto que aplica usted a su estrella, y no es esa
circunstancia la que menos contribuye a prestarme confianza. Sin
embargo, por más que usted sea Felicísimo, y por más que la nobleza
y justicia de nuestra causa nos permitan contar con el favor del
cielo, para que mi proyecto pueda tener ejecución, necesito que me
empeñe usted una palabra.
    </p>
    

    <p>
     -Se empeñará si es empeñable.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!.. reservas...
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa comprenderá
que...
    </p>
    

    <p>
     Elina apoyó sus dos manos en el marco
de la portezuela, miró dulcemente al caballero y articuló con una
sonrisa seductora:
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto: podría exigir a usted que
se arrojase de cabeza en el Mar Menor...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!.. -contestó el joven extasiado-,
sino es más que eso, sólo tiene usted que pronunciar la primera
palabra. Afortunadamente nado como un mero.
    </p>
    

    <p>
     -Podría pedir a usted que escalase el
cielo...
    </p>
    

    <p>
     -Le escalaría sin dificultad; el cielo
es para mí la atmósfera que usted embalsama con su aliento...
    </p>
    

    <p>
     -Lisonjero...
    </p>
    

    <p>
     -Encantadora...
    </p>
    

    <p>
     Como se echa de ver, Elina y
Felicísimo comenzaban a correr el riesgo de olvidarse un poco de la
situación para reincidir en las divagaciones de las primeras
jornadas.
    </p>
    

    <p>
     Existía, no obstante, otro ser que
estaba expuesto a un peligro más grave todavía; y ese ser era Moro,
el cual se sentía impulsado por su amo con demasiada insistencia
hacia las ruedas de la berlina.
    </p>
    

    <p>
     Felizmente la condesa volvió en sí
antes de que tuviera efecto la conjugación funesta para el potro, y
repuso con la voz que cuando así lo quería era el 

     <foreign xml:lang="LAT">
      non plus ultra
     </foreign>
     de la femenil
melopea:
    </p>
    

    <p>
     -Deseo que no se bata usted con el
hombre de la capa roja.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué fantástica singularidad!
-profirió arrobado Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -No me opongo a que exprese usted con
más exactitud su pensamiento llamando capricho a esa singularidad;
pero es un capricho indispensable.
    </p>
    

    <p>
     -¿Todo eso?
    </p>
    

    <p>
     -Ni más ni menos.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo meditó un instante, y
replicó sin cambiar la ligereza del tono que empleaba:
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, si hasta tal punto es
necesario...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué?...
    </p>
    

    <p>
     -No me hato.
    </p>
    

    <p>
     -¿A fe de caballero?
    </p>
    

    <p>
     -Como usted dice.
    </p>
    

    <p>
     -Si así lo hiciere usted, Dios se lo
premie, y sino se lo demande.
    </p>
    

    <p>
     -Amen.
    </p>
    

    <p>
     Para sellar el contrato Elina alargó
su diestra a Lozano. Este recibió con la estimación debida aquella
mano adorable; la estrechó, la acarició, la retuvo, y acabó por
posar en ella los ardientes labios.
    </p>
    

    <p>
     Cuando la dama creyó que el compromiso
estaba suficientemente perfeccionado, sustrajo los torneados dedos
a los ósculos del nunca más que entonces Felicísimo, y añadió un
tanto encendida:
    </p>
    

    <p>
     -Enhorabuena: he aquí mi proyecto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! sí... -suspiró el joven con
cierta indolencia.
    </p>
    

    <p>
     -Los guardianes de los Morales no
parecen ejercer sus funciones con una vigilancia exajerada.
    </p>
    

    <p>
     -En efecto.
    </p>
    

    <p>
     -Todo hace esperar que al mediar la
noche estén sumidos en profundo sueño. El cuero de vino que yacía
en un ángulo de la estancia que ocupaban, no desvirtúa en lo más
mínimo mi presunción.
    </p>
    

    <p>
     -Reconozco que hace precisamente lo
contrario. Hay, sin embargo, que tener en cuenta una circunstancia
de algún valor; para los jugadores suele pasar desapercibido el
curso del tiempo.
    </p>
    

    <p>
     -Aun en ese caso no tendríamos quizá
motivo para quejarnos. El juego es también una embriaguez
soporífera.
    </p>
    

    <p>
     -La metáfora de la señora condesa
entraña un gran fondo de filosofía.
    </p>
    

    <p>
     -La considerable distancia que media
entre el recibimiento y la capilla de la quinta, impide que puedan
oírse en uno de esos puntos los ruidos que se produzcan en el otro
a poco cuidado que se ponga.
    </p>
    

    <p>
     -La circunstancia pudiera llegar a ser
inapreciable.
    </p>
    

    <p>
     -Tiene la capilla tres ventanas sin
reja que se abren sobre la calle de los granados. La altura de esas
ventanas, tanto por la parte exterior como por la interior no
excederá de siete pies.
    </p>
    

    <p>
     -No es mucha por cierto.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, en vista de estas fundadas
hipótesis y de estos datos precisos, ¿cree usted practicable el
procedimiento siguiente?
    </p>
    

    <p>
     -Veamos.
    </p>
    

    <p>
     -Después de las doce de la noche
abandonamos la casa donde ahora nos vamos a hospedar. La berlina
penetra en la posesión de los Morales por la arroyada del Robledal,
que es lugar que conozco perfectamente, y en el cual no existe otra
cerca que un vallado de espinos. Para evitar el ruido, avanzamos
únicamente hasta la plazoleta donde da principio el paseo de los
granados. Echando allí pie a tierra se dirige usted con su lacayo a
la parte de edificio que ocupa la capilla: penetra usted en ella
por una de sus tres ventanas: desciende a la bóveda: extrae las dos
cajas de los marqueses: las conduce a la berlina, y partimos de la
granja a uña de caballo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que había escuchado a la
condesa con una atención creciente, contestó después de un
instante:
    </p>
    

    <p>
     -Entiendo que el proyecto no es sólo
practicable, sino de sencilla ejecución.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, cuánto me complace esa
confianza!
    </p>
    

    <p>
     -Procuraré que se traduzca en hecho
pese a todos los alguaciles que existen, y sea el que fuere el
número de las caricias que lleven por apellido.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje comenzó a ascender por la
suave pendiente que conducía a la verde meseta donde se levantaba
la casa que Elina había indicado.
    </p>
    

    <p>
     Pocos minutos después los habitantes
de la vivienda, que eran dos cónyuges, antiguos servidores de la
familia de Esquilache, recibieron sorprendidos a la condesa, pero
con la buena voluntad que ésta se prometía.
    </p>
    

    <p>
     A la sazón eran las seis y media de la
tarde, y el rojizo disco solar empezaba a desaparecer en el
horizonte.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012030">
    

    <head>
     Capítulo XXX
    </head>
    

    <head>
     Donde se expone la divergente opinión de Lozano y
de su lacayo, acerca del autor de un siniestro de desastrosas
consecuencias
    </head>
    

    <p>
     Había cerrado completamente la noche,
cuando Lozano, que se paseaba por el portal de su alojamiento, dijo
vivamente a Cazurro, el cual salía del salón de honor, esto es, de
la cocina:
    </p>
    

    <p>
     -Y bien, ¿descansa la señora
condesa?
    </p>
    

    <p>
     -Por lo menos se ha recogido -contestó
el lacayo-, y en el aposento que ocupa, según afirma la señora
Andrea, no se siente ruido alguno.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo repuso, bajando la voz:
    </p>
    

    <p>
     -Es todo lo que necesitamos: cuelga en
tu cinto las pistolas, y disponte a seguirme.
    </p>
    

    <p>
     La fisonomía de Cazurro se
compungió.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! -murmuró:- ¿mi noble señor va
a hacer una expedición a pie en una noche oscura y en un terreno
que desconoce?...
    </p>
    

    <p>
     -No has podido decir más tonterías en menos palabras. La
circunstancia de viajar a caballo no alumbra los caminos ni da
lecciones de topografía: nunca es oscura la noche cuando como en
esta, brilla la luna siquiera sea en menguante: y no desconozco el
trayecto que voy a seguir, por cuanto es el mismo que hemos
recorrido hace dos horas. Presteza y en marcha.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto se dirigió suspirando hacia
la maleta sobre la cual yacían las pesadas armas de fuego; atravesó
sus ganchos en el cinturón, y siguió a Felicísimo, que ya había
salido a la campiña.
    </p>
    

    <p>
     Por espacio de algunos minutos el
digno doméstico caminó guardando un discreto silencio; pero animado
por una ojeada de Lozano, se adelantó un paso y aventuró estas
frases:
    </p>
    

    <p>
     -Me parece, señor, que resueltamente
volvemos a Alcázares.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -articuló Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -Y presumo que hay un millón de
probabilidades contra una, a que vamos derechos no sé si a la
alcaldía o a la taberna de donde en tan lamentable estado extrajo
usted a la señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Cualquiera diría que hay en ello algo
que te admira.
    </p>
    

    <p>
     -En rigor, no me admira en lo más
mínimo, aunque acaso no dejen de existir motivos que pudieran
justificar en mí la mayor de las sorpresas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué logogrifo es ese?
    </p>
    

    <p>
     -Para explicarle necesitaría un
expecial permiso de mi joven señor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Habla, cuerpo de Dios! la
conversación de un Cazurro tan Perfecto entretiene a ratos
perdidos.
    </p>
    

    <p>
     -Ante todo, protesto que si ha habido
indiscreción de mi parte, ha sido involuntaria: el verdadero
responsable es mi caballo, demasiado inclinado en ocasiones a
examinar de cerca el baticola de Moro, no obstante las correcciones
que éste le ha administrado alguna vez con las herraduras. Hecha
esta salvedad, reconozco haber escuchado que la señora condesa la
cual parecía hallarse agraviada por un mal llamado prójimo de capa
roja, exigía, sin embargo, a mi amo, que no le provocase a singular
combate: y confieso asimismo que llegaron a mis oídos clara y
distintamente estas palabras pronunciadas por los labios de mi
señor: -no me bato.
    </p>
    

    <p>
     -Tienes tan buen oído como curiosidad
punible tu rocín: ¿pero qué deduces en plata?
    </p>
    

    <p>
     -Que o yo no soy Perfecto, o apenas
lleguemos a Alcázares ha dado mi intrépido amo con el individuo de
lo rojo, le ha llamado gaznápiro y le ha asentado un cintarazo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tienes en ello inconveniente?
    </p>
    

    <p>
     -¡Yo! ¡A ver como no le queda al tal
sugeto hueso en caja! ¿Pero por ventura no hay razón para que el
asombro me domine si mi noble señor cumple de esa manera la formal
palabra que ha empeñado a una dama tan respetable y hermosa como la
señora condesa de Bari?
    </p>
    

    <p>
     -Cazurro: me has dicho en alguna
ocasión que estudiaste gramática en el Seminario de Lugo, y que
fuiste pasante de un maestro de escuela.
    </p>
    

    <p>
     -Es cierto.
    </p>
    

    <p>
     -Aun sin esas noticias habría yo
observado que eres un consumado gramático.
    </p>
    

    <p>
     -Mi buen amo se burla de mis escasas
letras...
    </p>
    

    <p>
     -Pero ven aquí por esta vez, ofuscado
conjugador. ¿En qué arte latino o castellano has podido ver que el
tiempo presente equivalga al futuro imperfecto? He dicho 

     <emph>
      no me bato
     </emph>
     : no hubiera proferido por cuantos
tesoros entraña el subsuelo de las dos Californias, 

     <emph>
      no me batiré
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Cazurro, algo confuso, balbuceó a
media voz:
    </p>
    

    <p>
     -La verdad es que el casuismo no ha
sido nunca mi fuerte... Pero hum... en fin...
    </p>
    

    <p>
     -Si no estuviésemos tocando al término
de nuestra expedición, te esplicaría hasta el punto que es lícito
tener acomodaticia la conciencia, lo mismo con sujeción a las
teorías de los Santos Padres, que de conformidad con las reglas
capitulares de los caballeros de la tabla redonda; pero en otra
ocasión te iniciaré en esos misterios.
    </p>
    

    <p>
     Lozano estaba de un humor excelente.
El fenómeno no podía ser de más perverso augurio para Eulogio
Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes habían penetrado en
los callejones del caserío. Guiados por los recuerdos de la tarde y
por el campanario del templo, se adelantaron a lo largo de las
cercas hasta la mansión de Roque Soniche.
    </p>
    

    <p>
     La entrada del establecimiento se
hallaba alumbrada por un farol que hubiera podido pasar por
lamparilla; pero que en todo caso, probaba que en aquel domicilio
se velaba, y que el tránsito estaba expedito.
    </p>
    

    <p>
     -He aquí nuestro terreno -dijo Lozano
con templando con cierta complacencia las inmediaciones de la
taberna, tan solitarias como si fueran a la sazón las tres de la
madrugada.
    </p>
    

    <p>
     Después, acercándose a Cazurro:
    </p>
    

    <p>
     -En primer lugar, corre hacia el dorso
tus pistolas, y cúbrelas con los embozos de la capa. ¡Qué diablos!,
esas armas formidables te dan un aspecto de bandido de la Sierra de
Segura, capaz de aterrar a todas las personas a quienes te
dirijas.
    </p>
    

    <p>
     El incauto mancebo asustado de si
mismo al oír las palabras se su amo, se apresuró a atenerse
puntualmente a la recomendación.
    </p>
    

    <p>
     -Ahora -prosiguió el caballero-,
escucha tu consigna. Penetras en el salón de la taberna y buscas
con el mayor aplomo al hombre de la capa de grana a quien ya
conoces de reputación. El distintivo es tan llamativo, y
probablemente tan único en Alcázares, que todo será cuestión de una
ojeada.
    </p>
    

    <p>
     -Debo esperarlo así -contestó
Perfecto.
    </p>
    

    <p>
     -Si por acaso no estuviera en la sala
nuestro cangrejo, te encaminas a la ancha puerta practicada en el
muro de la izquierda, y te introduces en el departamento donde se
halla situado el mostrador. El crustáceo pudiera haberse refugiado
en ese receptáculo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué hago entonces con el
crustáceo?
    </p>
    

    <p>
     -Le ruegas con todos los miramientos
que la cortesía te sugiera, que tenga a bien acudir a este sitio,
en el cual le aguarda un caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien; ¿pero no sería posible que
el hombre rojo no se encontrase en ninguna de las dos
estancias?
    </p>
    

    <p>
     -No es sólo posible sino hasta
probable. En ese caso, te procuras informes precisos acerca de la
casa que habita el perillán, y no pierdes tiempo en volver a
reunirte conmigo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene mi señor que hacerme alguna
otra advertencia?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguna.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro saludó, cruzó el dintel de la
puerta y desapareció en la oscuridad del patio.
    </p>
    

    <p>
     Lozano entonces se embozó en la capa y
dio principio a un reposado paseo de ida y vuelta a lo largo de la
pared, evocando para templar convenientemente el ánimo las
reminiscencias de las afrentas que debía a Carrillo en el convento
de Valverde, en la Hostería del Valenciano, en el tejar de la Jara
y en el tribunal de Soniche.
    </p>
    

    <p>
     Jamás hombre alguno pudo lisonjearse
de haber tenido con Felicísimo una cuenta pendiente que arrojase
tan exorbitante suma en el cargo.
    </p>
    

    <p>
     Afortunadamente, no se aplazaría por
una hora más la ocasión del saldo definitivo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano esperó con perfecta calma los
primeros cinco minutos, vio trascurrir otros cinco dando visibles
muestras de una impaciencia progresiva, y comenzó a tocar en los
límites de la exasperación y a salmodiar juramentos apenas llegó a
los seiscientos y un segundos de paseo.
    </p>
    

    <p>
     Por fin, el farolillo de la puerta
volvió a iluminar la figura de Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Venía solo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ya era tiempo, condenación! -exclamó
Felicísimo saliendo al encuentro del lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -Las buenas formas que mi noble señor
se sirvió prescribirme -contestó Cazurro-, han exigido el empleo de
ciertos circunloquios...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah!..., ¿estaba nuestro hombre en la
taberna?...
    </p>
    

    <p>
     -Ni en la sala, ni en el despacho.
    </p>
    

    <p>
     -¡Voto a tal! Yo no te impuse maneras
corteses sino para con ese sugeto. A los mandilones del tunante de
Soniche has podido hablarles con la punta de la bota.
    </p>
    

    <p>
     -Creo que semejante órgano de la
palabra, y dicho sea con el debido respeto, no me hubiese dado el
satisfactorio resultado que he obtenido.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde se anida, pues, el
pajarraco?
    </p>
    

    <p>
     -El forastero, en cuestión, que parece
llamarse don Eulogio Carrillo disfruta el especial honor de
hospedarse en la casa del señor alcalde.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, vive aquí mismo!
    </p>
    

    <p>
     -En el piso principal.
    </p>
    

    <p>
     -¿Tiene ese piso alguna brecha para
cuyo asalto no sea preciso atravesar la taberna?
    </p>
    

    <p>
     -Las dos habitaciones destinadas al
establecimiento público están completamente aisladas. El resto de
la planta baja y la escalera que conduce al cuarto principal,
tienen la entrada por la segunda puerta del corral situada a
treinta pies de la que abre paso a la taberna.
    </p>
    

    <p>
     -Que me place: en marcha, pues, hacia
la segunda puerta.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo corroboró sus palabras
entrando en el corral, y buscando bajo el emparrado el hueco que se
le designaba.
    </p>
    

    <p>
     No tuvo, sin embargo, que pasar
adelante. A pocos pasos de la puerta vio aparecer en el umbral a
Carrillo y a su conjunto figurón, el bigotudo Arias.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué coincidencia tan afortunada!
-dijo Lozano con una sonrisa que a Cazurro le pareció siniestra, a
Carrillo antipática, y a Arias infernalmente endemoniada.
    </p>
    

    <p>
     -Pardiez: no sé yo si debo decir otro
tanto -contestó Carrillo bosquejando una mueca burlona.
    </p>
    

    <p>
     -Porque jamás me ha prodigado usted
sus cortesías.
    </p>
    

    <p>
     -En cambio, usted nunca me ha
escaseado sus botellazos.
    </p>
    

    <p>
     -Amores que usted merece.
    </p>
    

    <p>
     -Pero que hasta ahora habrá usted de
convenir en que felizmente han sido platónicos.
    </p>
    

    <p>
     Arias se miró los dedos que aun
conservaban el olor del árnica, lamentándose de que el platonismo
no rezase con él.
    </p>
    

    <p>
     -Procuraré que sean más efectivas las
caricias que le prepara a usted mi espada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! Por algo dudaba yo que este
encuentro fuese para mí una bendición del cielo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Imaginaba usted por acaso que no
había de volver a buscarle siquiera sólo fuese para ofrecerle una
prueba contundente de que mi retirada con el fin de prestar a una
dama los auxilios que su estado exigía, no era una fuga como usted
gratuitamente suponía, y mucho menos vergonzosa como usted
estólidamente propalaba?
    </p>
    

    <p>
     -La verdad es qué no encuentro en esta
ocasión más motivo que en otras.
    </p>
    

    <p>
     -Cuando el demonio me inspira una
tentación de índole traumática, caigo irremisiblemente en ella así
me prediquen misioneros franciscos. Y como la tentación de ese
género que hoy he experimentado ha sido la más irresistible de que
conservo memoria, invito a usted a que me siga a la salida del
pueblo.
    </p>
    

    <p>
     -La hora no puede parecerme menos a
propósito.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué razón?
    </p>
    

    <p>
     Porque se ha encapotado el cielo y no
veríamos el acero. En cuanto a mí, declaro que no soy
nictálope.
    </p>
    

    <p>
     -¡Bah!, no hace falta ver la hoja de
la espada cuando se emplea un buen sistema de ligados.
    </p>
    

    <p>
     -Por otro lado, tengo sed...
    </p>
    

    <p>
     -Por otra parte, tengo empeño en
ello...
    </p>
    

    <p>
     -La sed de la digestión... una sed
capaz de asfixiarme...
    </p>
    

    <p>
     -El empeño de la venganza... un empeño
capaz de todo...
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí? ¡Cáspita!
    </p>
    

    <p>
     Carrillo dio principio a una serie de
maniobras tácticas alrededor del voluminoso cuerpo de su compañero,
añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué opinas de la situación, oh caro
Polux? Mi sed es sofocante, y para mí no existe la nictalopía; pero
en cambio, ya lo has oído, este pertinaz caballero es capaz de todo
para obtener el pronto despacho del asunto en que se interesa.
    </p>
    

    <p>
     -Mi parecer, es que todo puede
conciliarse -contestó Arias sin perder de vista a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Explícanos tu pensamiento.
    </p>
    

    <p>
     -Entra por lo pronto en la tienda de
maese Roque: abreva hasta la saciedad tus fauces excitadas por el
abuso de la mojama: y si Diana vuelve a mostrarnos su radiante
rostro, administra a tu provocador el chirlo que busca.
    </p>
    

    <p>
     -No en vano te he tenido siempre por
varón de buen consejo.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo miró después a Lozano por
encima del hombro del individuo de los bigotes y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Acepto, señor mío, la solución
propuesta por mi compañero: y si para matar el tiempo quiere usted
desocupar una botella, a mi turno le invito a seguirme, con tal que
me prometa no tirármela luego a la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     A continuación giró rápidamente sobre
los talones, y se internó en la gran sala de la taberna.
    </p>
    

    <p>
     Arias, más o menos satisfecho, hubo de
encargarse de cubrir el movimiento de Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     Lozano con la prudencia que así propio
se reconocía, había querido evitar todo altercado en público; pero
cuando la necesidad imperiosamente lo reclamaba, sabía resignarse a
hacer el sacrificio, no sólo de la primera de las virtudes
cardinales, sino el de sus tres compañeras, y hasta el de las
mismas teologales.
    </p>
    

    <p>
     Presa de un acceso de cólera,
Felicísimo se impulsó en pos de su enemigo con la capa recogida en
el brazo izquierdo, y el chambergo en la coronilla.
    </p>
    

    <p>
     El pobre Cazurro, víctima del deber,
enderezó pausadamente por la peligrosa vía en que le precedía el
amo que debía a la fatalidad, encomendándose con fervor a todo el
apostolado; porque abrigaba la convicción profunda de que antes de
cinco minutos no iba a quedar en la taberna títere con cabeza:
    </p>
    

    <p>
     Cuando Felicísimo ingresó en el salón,
se hallaba éste ocupado por una docena de bebedores.
    </p>
    

    <p>
     A la luz de dos quinqués de reverbero
fijos en las paredes, pronto echó de ver el caballero que Carrillo
no se había detenido en aquella estancia.
    </p>
    

    <p>
     La persecución continuó inmediatamente
en el departamento del despacho.
    </p>
    

    <p>
     Al presentarse Lozano en la puerta, el
hombre de la capa de grana comenzaba a pronunciar un íntimo y
animado discurso a don Roque Soniche, el cual le oía con los codos
apoyados sobre el mostrador.
    </p>
    

    <p>
     El alcalde levantó la cabeza; y al ver
a Felicísimo, en cuyo aspecto podía encontrarse todo menos
benevolencia y compostura, pronunció con aire severo:
    </p>
    

    <p>
     -Ah, el joven acompañante de la señora
condesa de Bari. Supongo, caballero, que no vendrá usted con el
propósito de volver a introducir la perturbación del escándalo y de
la riña en este honrado establecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Supone usted bien, tío Soniche
-contestó Lozano con los ojos centellantes:- por el contrario, a lo
que tengo es a impedir que perturbe la taberna este gaznápiro
sacándole de aquí por una oreja.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tío Soniche!... ¡taberna!... ¿qué
cultura de lenguaje es esa? -exclamó el alcalde indignado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Gaznápiro!... ¡por una oreja!...
¿Qué género de insolencias es ese? -gritó Carrillo enardecido.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se despejó el camino asentando
vigorosamente un puntapié a un camarero y una puñada a Arias, y se
adelantó con la diestra de tal modo inclinada hacia el aparato
auditivo izquierdo de Carrillo, que éste comprendió que las
palabras de su enemigo no habían sido una simple figura
retórica.
    </p>
    

    <p>
     Apenas hubo adquirido esta evidencia,
Eulogio dio un salto de costado y desapareció detrás de una barrica
de 

     <emph>
      triple anís
     </emph>
     , según cantaba el rótulo.
    </p>
    

    <p>
     Para el hombre que debía a la
naturaleza y al arte puños tan sólidos como los de Felicísimo, una
barrica no pertenecía al número de los obstáculos insuperables.
    </p>
    

    <p>
     El tonel fue removido; y después de
ofrecer a todas las miradas un extraordinario movimiento de vaivén,
se desplomó en el suelo con extruendo.
    </p>
    

    <p>
     Rota por el golpe la espita, el
aguardiente comenzó a extravasarse con plácido murmullo, y a
distribuirse en la estancia con extricta sujeción a las leyes de la
gravedad.
    </p>
    

    <p>
     Increíble parecería que hubiera cosa
alguna que pudiera aumentar la confusión que reinaba en aquel antro
de carreras, de gritos y de golpes; y, sin embargo, ocurrió todavía
un suceso imprevisto, capital nefasto.
    </p>
    

    <p>
     En uno de los movimientos que hizo
Lozano para tratar de asir a su ágil adversario, derribó la
palmatoria que yacía sobre el mostrador; y, como el genio del mal
no desperdicia ocasión alguna para que todo acontezca en el mundo
de la peor manera posible, la bujía en vez de apagarse en su caída
como era natural que sucediese, no sólo se quedó ardiendo en el
suelo, sino que fue precisamente a hacerlo en uno de los cursos que
seguía el libre triple anis.
    </p>
    

    <p>
     Pocos segundos después, la habitación
era un volcán de llamas, y cuantos en ella respiraban salían
bramando atropelladamente a la estancia contigua como botan los
conejos de la boca donde acaba de penetrar un hurón.
    </p>
    

    <p>
     El desventurado Soniche no se daba
punto a gritar:
    </p>
    

    <p>
     -¡Agua!... ¡agua en abundancia!
    </p>
    

    <p>
     Pero ni la corta porción que en estado
de pureza había disponible de ese líquido, ni la cantidad
exhorbitante que del mismo contenía el vino, fueron suficientes a
sofocar el incendio.
    </p>
    

    <p>
     Por el contrario, el salón principal
empezaba a ser invadido por arroyos de fuego, que serpenteando en
distintas direcciones, se apoderaban de los bancos y sillas, se
encaramaban por las mesas, y propagaban la destrucción por todas
partes.
    </p>
    

    <p>
     Cuando los circunstantes adquirieron
la certidumbre de su impotencia para atajar los extragos del voraz
elemento, los unos proyectaron reclamar auxilios exteriores, los
otros pensaron en salvarse a si mismos.
    </p>
    

    <p>
     Todos los ojos se volvieron, pues,
hacia la única salida practicable.
    </p>
    

    <p>
     Pero la dispersión general que estaba
a punto de determinarse, y la reunión del vecindario que traería
como consecuencia indeclinable, hubieran dado al traste con los
propósitos de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Antes que consentir en que el
incidente de la barrica fuese a ocasionar un resultado tan
perverso, el rencoroso joven habría visto impasible la inmensa
hoguera de Troya.
    </p>
    

    <p>
     De un vuelo se estableció en la puerta
antes que nadie tuviera tiempo de ganarla; desenvainó la espada, y
exclamó con acento bastante potente para dominar los gritos de los
concurrentes y los ruidos del incendio:
    </p>
    

    <p>
     -¡A mi, cobarde Carrillo! ya que has
tenido el mal gusto de elegir esta palestra, ni la abandono yo ni
permito que salga de ella ser viviente hasta que me hayas dado
satisfacción cumplida, así se nos desplome encima la calcinada
casa.
    </p>
    

    <p>
     -¿Pero qué es lo que dice ese
insensato? -profirió el alcalde en cuya cabeza no cabía el
pensamiento emitido por Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! -rugió Arias apagando
apresuradamente la cola de su capa:- dice un absurdo que no seremos
nosotros los que le consintamos realizar.
    </p>
    

    <p>
     -¡No, bravas gentes, no se lo
consintáis! -chilló Soniche animando a todo el mundo, y
representando dignamente en aquel mar ígneo el papel del capitán
Araña.
    </p>
    

    <p>
     En la habitación había diez y ocho
hombres dominados por el espanto, azotados por las llamas,
sofocados, por el humo; no se necesitaba un gran esfuerzo para
impulsarlos contra el extravagante que tenía la pretensión de
impedirlos que pudieran respirar el aire libre.
    </p>
    

    <p>
     Algunas espadas y muchos puñales
brillaron al rojizo resplandor del fuego.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al diablo el pisaverde!
    </p>
    

    <p>
     -¡A degüello el espadachín!
    </p>
    

    <p>
     -¡A la hoguera con él, ya que la le
gusta el humo!
    </p>
    

    <p>
     Tales eran los alaridos que salían de
aquel cráter en erupción.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, sin embargo, no tenía la
menor predisposición a impresionarse por las amenazas, sobre todo
cuando estaba en guardia. La espada que manejaba silbaba como una
serpiente, y estaba en todas partes en una zona de tres varas.
    </p>
    

    <p>
     Los primeros adversarios que se
aventuraron a invadir ese terreno peligroso se retiraron
ensangrentados, exhalando ayes los unos, juramentos los otros.
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí, Carrillo!... ¡A mí, miserable!
-proseguía gritando Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Soniche empezó a temer que la puerta
fuese menos forzable de lo que había creído; y entretanto veía que
se le quemaba la casa, que los licores mejor elaborados alimentaban
la combustión y que se consumaba la más espantosa de las
ruinas.
    </p>
    

    <p>
     En trance tan amargo, el cuitado
alcalde volvió los ojos hacia el hombre requerido por el
incontrastable esgrimidor.
    </p>
    

    <p>
     -Ea, señor de Carrillo -pronunció:- un
poco de buena voluntad, y libértenos usted de este bandido. Lo está
exigiendo la salvación de todos.
    </p>
    

    <p>
     Para Carrillo la petición de Soniche
significaba en buen romance que se aviniera a sacrificarse por
doce, zafios ganapanes y cuatro trastos mugrientos. A la verdad, ni
el personal ni el material tenían bastante importancia a los ojos
del hombre de la capa de grana para que él acogiera la moción con
mucho entusiasmo.
    </p>
    

    <p>
     Había, no obstante, quien anhelaba el
sacrificio en cuestión tanto al menos como el alcalde mismo. Nos
referimos a Felicísimo, el cual en el límite ya de la expectación y
de la paciencia, creyó podía serle lícito arriesgar un albur algún
tanto atrevido, después de la cordura de que estaba dando
ejemplo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cazurro! -gritó a través de los
dientes apretados, y sin volver un punto la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     -Heme aquí, señor -contestó a espaldas
del caballero una voz atribulada que parecía salir de la pared; tan
incrustado estaba en ella el individuo que hablaba.
    </p>
    

    <p>
     -Monta tus pistolas -repuso el joven:-
colócate en el hueco de la puerta, y dispara sin compasión a
quema-ropa sobre todo el que pretenda salir de la taberna.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro amartilló las armas, y
presentó sus cuatro formidables cañones en batería.
    </p>
    

    <p>
     Soniche, a pesar de que no era de los
más próximos, dio dos pasos atrás expeluznado.
    </p>
    

    <p>
     Lozano entonces dirigió su mirada de
halcón al lugar que ocupaba Carrillo, y haciéndose preceder de
cuatro centellantes cuchilladas, cayó de improviso sobre aquel
enemigo nunca al alcance de la mano.
    </p>
    

    <p>
     Sabía Felicísimo por una no
interrumpida serie de experiencias que, acercarse a Carrillo, era
encontrarse con Arias. No le sorprendió, por lo tanto, que a la
sazón ocurriera el mismo imprescindible acontecimiento.
    </p>
    

    <p>
     Pero las interposiciones más o menos
expontáneas del bigotudo figurón, habían llegado a saturar en grado
suficiente la bilis de Lozano; y decidido éste a que aquella
importunidad fuese la última, se desembarazó del importuno,
fulminándole a la cabeza un corte y un revés, en el espacio de un
segundo.
    </p>
    

    <p>
     El tajo cortó a Arias la oreja
izquierda; el revés, una respetable porción de la megilla
derecha.
    </p>
    

    <p>
     El malaventurado égida de Carrillo
soltó la espada y cayó aturdido sobre el pavimento.
    </p>
    

    <p>
     Los más próximos circunstantes
comprendieron que la intención del acuchillador no era entenderse
con ellos, y huyendo el bulto en lo posible a todo contacto con
Carrillo, se avinieron tácitamente a ser testigos del duelo.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo no se encontró, pues, en
presencia del hombre de la capa de grana sin que mediase entre
ambos otra cosa que sus sendos aceros.
    </p>
    

    <p>
     -¡Al fin!... -articuló maquinalmente
Lozano con el suspiro del asiduo jugador de lotería que llega a
obtener el premio gordo.
    </p>
    

    <p>
     Eulogio convino en que su situación no
carecía de gravedad; el insoportable calor que sentía en la
espalda, le hablaba de la proximidad del fuego, y por consiguiente
de la absoluta falta de línea de retirada; el terror que observaba
a uno y otro lado en todos los rostros, no le permitía contar con
apoyo alguno, y el adversario que tenía enfrente era un tirador de
primera fuerza.
    </p>
    

    <p>
     Había necesidad de acudir a todos los
recursos.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo fijó los encendidos ojos en
un ser que debía existir dos pasos detrás de Lozano, y exclamó con
la faz radiante de esperanza:
    </p>
    

    <p>
     -¡Hip!... ¡hiérele, vive Dios!...
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo volvió rápidamente a medias
la cabeza.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo partió a fondo en el instante
mismo...
    </p>
    

    <p>
     Pero Lozano no era esgrimidor que
incurriese en falta tan seria sin haber preventivamente ocurrido a
las consecuencias que pudiese arrastrar. Al volver el rostro, había
trazado a todo evento con la espada un semicírculo de sétima; y al
mismo tiempo que adquiría la evidencia de que no fueron otra cosa
que una estratajema las palabras de Carrillo, paraba el golpe que
éste le asestó a la tetilla.
    </p>
    

    <p>
     Si en alguna parte de la esgrima
dejaba de tener rival Felicísimo, era seguramente en las
respuestas.
    </p>
    

    <p>
     Carrillo pudo levantarse sobre la
pierna izquierda, y recojer el brazo apoyando la vuelta a la
guardia con una contra de cuarta; pero fue impotente para evitar
que el acero enemigo, ligero y sutil como una vívora, le siguiera
la contra hasta doblarla, y le alcanzase el pecho por debajo de la
clavícula.
    </p>
    

    <p>
     La estocada era grave. El hombre de la
capa de grana se cubrió por instinto la herida con la mano, y se
desplomó de espaldas inerte.
    </p>
    

    <p>
     Todavía pudo obtener algún buen oficio
de Arias en situación tan triste.
    </p>
    

    <p>
     El robusto pecho del bigotudo sirvió
de almohada a la pálida cabeza de Carrillo.
    </p>
    

    <p>
     Estaba terminada la misión de Lozano
en la que fue taberna, y ya no era otra cosa que una sucursal del
infierno.
    </p>
    

    <p>
     El joven volvió a levantar la invicta
mano, describió un formidable molinete que le abrió camino hasta la
puerta, arrastró detrás de sí a Cazurro y emprendió a través del
corral una retirada digna de ser cantada por otro Xenofonte.
    </p>
    

    <p>
     Roque Soniche, sus dependientes y los
parroquianos, se lanzaron fuera de la estancia apenas vieron
expedita la salida; pero no se ocuparon en perseguir al hombre
funesto causa de tanto extrago, sino en reclamar auxilio en todos
los tonos, proveerse de azadones y poner en movimiento los cubos
del pozo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Señor... señor... he ahí nuestra
obra! -exclamó Cazurro cinco minutos después sobre una eminencia de
la campiña.
    </p>
    

    <p>
     La obra en que el aterrado mancebo se
atribuía parte, era un inmenso resplandor que como una aurora
boreal, teñía de rojizo color la atmósfera poblada por los ecos de
siniestros crugidos, de gritos insensatos y de incesante
campaneo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -contestó Lozano:- di más
bien que es la obra del diablo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012031">
    

    <head>
     Capítulo XXXI
    </head>
    

    <head>
     De cómo mirando las estrellas hay posibilidad de
ver también las ventanas
    </head>
    

    <p>
     El tiempo que da de sí para todo
cuando se le administra bien el curso, correspondió a los cálculos
de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     A las once de la noche estaba de
vuelta el joven en la casa donde se hospedaba la condesa dispuesto
a consagrarse a su proyecto con el alma y la vida.
    </p>
    

    <p>
     La dura ejecución que Felicísimo
acababa de permitirse había desembarazado satisfactoriamente su
ánimo de todo género de preocupaciones personales.
    </p>
    

    <p>
     La expedición a los Morales se aplazó,
no obstante, por dos horas a propuesta de Elina. El buen éxito del
plan de la dama descansaba sobre la base de la falta de vigilancia
en los guardianes, y convenía dar lugar a su sueño en cuanto la
prudencia aconsejase.
    </p>
    

    <p>
     Entretanto se meditó acerca de los
detalles de la empresa, se prepararon los objetos que habría
necesidad de utilizar, y se procuró dejar al acaso el menor número
posible de contingencias.
    </p>
    

    <p>
     La condesa reiteró a Lozano las
noticias que debía a los marqueses relativas a los secretos de la
capilla, y le trazó sobre un papel el plano de la planta baja de la
quinta por si su conocimiento llegaba a serle necesario.
    </p>
    

    <p>
     La partida se emprendió pocos minutos
antes de las dos de la madrugada.
    </p>
    

    <p>
     El sitio por donde Elina se proponía
penetrar en el coto de los Morales estaba perfectamente
elegido.
    </p>
    

    <p>
     El terreno del robledal era el más
bajo de la comarca, el menos frecuentado, y el cubierto por
vejetación más frondosa.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje y los dos ginetes que le
escoltaban se deslizaban invisibles desde el edificio de la granja
a lo largo de la senda que atravesaba la espesura; y el mismo
césped que alfombraba la cañada, amortiguando el ruido de las
ruedas y de los cascos de los caballos, contribuía a ocultar el
tránsito de los viajeros.
    </p>
    

    <p>
     La berlina comenzó a bordear una
extensa faja negra. Era el vallado de espino que por la parte
oriental cerraba la posesión de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     La condesa, que asomada a la
portezuela no separaba los ojos de los zarzales, dio la voz de alto
al llegar a cierto punto determinado por la posición de algunos
árboles.
    </p>
    

    <p>
     El lugar de la parada era el lecho
enjuto a la sazón de un arroyo procedente de la granja, que iba a
perderse en las vertientes del valle del robledal. El referido
cauce, respetado en gran parte por los espinos, a poca costa podía
servir de paso a la berlina.
    </p>
    

    <p>
     Ordóñez y Cazurro se encargaron de
desembarazar el boquete de las zarzas más incómodas empuñando
sendos podones afilados en aquella misma noche.
    </p>
    

    <p>
     La operación quedó terminada antes de
cinco minutos.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje se introdujo acto continuo
con la mayor facilidad en el recinto de la posesión, y se adelantó
pausadamente por las rutas de más bosque hacia el terreno donde se
levantaba el edificio.
    </p>
    

    <p>
     Los expedicionarios echaron pie a
tierra en una explanada circular, y fueron a ocultar el vehículo y
los caballos en el espeso fondo de uno de los próximos ramilletes
de palmeras.
    </p>
    

    <p>
     De aquella meseta arrancaba el largo
paseo de los granados que seguía la dirección de los muros de la
quinta por la parte de la capilla.
    </p>
    

    <p>
     Elina se disponía a acompañar a
Felicísimo hasta mostrarle al menos las ventanas que debía escalar.
El joven, sin embargo, pudo obtener de la condesa que no abandonase
el carruaje, asegurándola con el mayor aplomo que era capaz de
encontrar con los ojos cerrados las anormales puertas que iban a
darle entrada en el edificio.
    </p>
    

    <p>
     Tanto se habían debatido los
pormenores del procedimiento que no se añadió observación alguna en
el instante de la separación.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se alejó por debajo de los
granados seguido de Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     Quinientos pasos habría próximamente
dado el joven cuando vio surjir a su derecha la oscura mole de la
quinta.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo atravesó la calle de
árboles, se acercó a la pared de la vivienda, y dio principio al
examen de las ventanas del piso bajo.
    </p>
    

    <p>
     Las tres correspondientes a la capilla
no podían confundirse con otras. Lozano vio inmediatamente en las
vidrieras los signos de la pasión dibujados con cristales de
colores.
    </p>
    

    <p>
     Cediendo al instinto el joven se
detuvo al pie de la ventana del centro, y llamó a Cazurro con ese
ademán de la diestra que es el mismo en la mímica de todos los
pueblos.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo se reunió con su señor.
    </p>
    

    <p>
     -Desarrolla tu escala -dijo Lozano con
voz apenas perceptible.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro desdobló su utensilio
construido con retorcida cuerda.
    </p>
    

    <p>
     -Héla aquí -murmuró.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien: ahora vuelve la espalda al
paseo y abre considerablemente el compás de tus piernas.
    </p>
    

    <p>
     Lo que Cazurro abrió todo lo
considerablemente posible fue la boca. ¡Tan extravagante le pareció
la orden que recibía!
    </p>
    

    <p>
     -¡Vive Dios! -repuso Felicísimo:- ¿qué
aspecto de papanatas es ese? Te exijo la posición del coloso de
Rodas: ¿no la conoces?.. Apoya al mismo tiempo las dos manos en la
pared... Voy a necesitar el zócalo de tus robustos hombros.
    </p>
    

    <p>
     El doméstico que comenzaba a
comprender el pensamiento de Felicísimo siguió puntualmente sus
instrucciones.
    </p>
    

    <p>
     -Buen ánimo, y firmeza en los músculos
-añadió Lozano:- si te flaquean las piernas y das conmigo en
tierra, ten por cierto que a mi vez doy contigo en el infierno.
    </p>
    

    <p>
     -Confiemos en que los votos que voy a
hacer a San Cristóbal -articuló Perfecto suspirando- me prestarán
la resistencia necesaria.
    </p>
    

    <p>
     Con la hábil energía que Felicísimo
poseía en todo género de ejercicios personales, se encaramó por el
talle de Cazurro hasta ponerse en pie sobre sus hombros.
    </p>
    

    <p>
     En aquella posición el joven dominaba
con el busto entero la parte inferior de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     Entonces se dedicó Lozano a reconocer
el marco, y tropezó con dos objetos que no le dejaron descontento.
Nos referimos a dos pequeños pernos destinados a sujetar las
persianas que se colocaban en los meses de estío.
    </p>
    

    <p>
     Comprobada la solidez de ambos
instrumentos Felicísimo fijó en ellos la escala, y pasó los pies a
sus peldaños ascendiendo dos palmos con el mayor beneplácito de
Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     A continuación determinó el joven el
sitio que por la parte interior ocupaba la falleba que cerraba las
hojas de la vidriera, y rayó profundamente en el cristal inmediato
un cuadrado de diez pulgadas de lado con el solitario de uno de los
anillos de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     Un golpe seco desembarazó al cristal
del cuarterón falseado. El ruido del estropicio fue moderado.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo introdujo suavemente el
brazo por el hueco libre, abrió la falleba y empujó las hojas de la
ventana.
    </p>
    

    <p>
     Montado sobre el marco dijo a Cazurro
entonces:
    </p>
    

    <p>
     -Sube.
    </p>
    

    <p>
     El joven suspendió de las manos el
cuerpo en toda su longitud, y saltó sobre el pavimento de la
capilla.
    </p>
    

    <p>
     La oscuridad del recinto era
absoluta.
    </p>
    

    <p>
     Había necesidad de esperar antes de
emprender movimiento alguno.
    </p>
    

    <p>
     Lozano levantó la cabeza y vio
aparecerá Cazurro en la ventana.
    </p>
    

    <p>
     -Recoge la escala -profirió.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto obedeció, y descolgando por
la parte interior la escala utilizó sus peldaños, para poner el pie
en el suelo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Luz! -pronunció lacónicamente
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     El doméstico acudió a la bolsa de
cuero que llevaba pendiente de la cintura, se armó de pedernal y
eslabón, y tuvo la fortuna de que prendiese la yesca al primer
golpe; después aplicó a la lumbre una pajuela azufrada; y por fin
encendió en su azulada llama la bujía de un pequeño farol.
    </p>
    

    <p>
     Cuando al resplandor de la vela pudo
Lozano darse cuenta de la localidad, se acercó a la única puerta
visible de la capilla, y aplicó el oído a la cerradura durante
algún tiempo.
    </p>
    

    <p>
     En la parte exterior reinaba el más
satisfactorio de los silencios.
    </p>
    

    <p>
     Tranquilo de todo punto el joven se
dirigió entonces al espacio comprendido entre el altar y el
retablo.
    </p>
    

    <p>
     -Baja el farol -dijo a Perfecto
hincando en tierra una rodilla.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos de Lozano buscaron y
encontraron en el centro del lado derecho de la base del ara un
botón de imperceptible relieve.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo cubrió el botón con la yema
del dedo pulgar, y acentuó progresivamente la presión.
    </p>
    

    <p>
     De repente Cazurro exhaló un grito de
espanto, y desapareció por escotillón.
    </p>
    

    <p>
     La trampa eligió precisamente para
abrirse el lugar que ocupaba el desdichado mozo.
    </p>
    

    <p>
     Las tinieblas más densas habían vuelto
a recobrar su dominio.
    </p>
    

    <p>
     -¡Condenación! -murmuró Lozano
asomándose a la negra boca de la sima.
    </p>
    

    <p>
     Y dirigiendo la voz hacia el sitio
donde oía los gemidos con que Cazurro se compadecía de sí mismo,
añadió:
    </p>
    

    <p>
     -¿Estás en la escalera o en piso
llano?
    </p>
    

    <p>
     -Me encuentro extendido al pie del
segundo y último tramo -balbuceó el pobre lacayo-. La fatalidad no
ha querido ahorrarme ni siquiera un escalón.
    </p>
    

    <p>
     -¿Se ha roto el farol?
    </p>
    

    <p>
     -Echo de menos algún vidrio; pero me
parece que la totalidad del instrumento no ha quedado inservible;
no sé si puedo decir otro tanto de una de mis piernas.
    </p>
    

    <p>
     -En estas circunstancias tus piernas
valen mucho menos que el farol. Enciéndele de nuevo, ¡voto al
firmamento!
    </p>
    

    <p>
     El precipitado mancebo debió ocuparse
en cumplir el precepto de Lozano, porque éste volvió a oír los
golpes del eslabón, y al poco tiempo vio la tenue llama
azufrada.
    </p>
    

    <p>
     Apenas pudo vislumbrar Felicísimo los
empinados peldaños de la escalera, se apresuró a descender a la
bóveda.
    </p>
    

    <p>
     Al terminar la bajada estaba otra vez
la bujía del farol en el pleno ejercicio de sus funciones.
    </p>
    

    <p>
     Lozano tendió en torno una mirada
excrutadora. La pequeña cripta correspondía de tal modo a la idea
que de ella había formado, que no creyó que fuese aquella la
primera ocasión en que la contemplaba. El sepulcro empotrado de
lado en la pared y la cruz superpuesta, no se habían movido de su
sitio.
    </p>
    

    <p>
     -Coloca el farol en una de las
hornacinas -dijo Felicísimo a su lacayo:- no volvamos a
comprometerle, si por acaso experimentaras una nueva sorpresa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo señor! -exclamó Cazurro
aterrado:- ¿corro ese peligro todavía?
    </p>
    

    <p>
     -Estamos en una campana misteriosa y
quizá vamos a cometer una profanación.
    </p>
    

    <p>
     -Por mi parte, líbreme Dios una y mil
veces.
    </p>
    

    <p>
     -Habré de aceptar la responsabilidad
de tus crímenes. Dirígete al sepulcro.
    </p>
    

    <p>
     -Señor: confieso que preferiría
dirigirme a cualquier otro punto.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí no se trata de tus preferencias.
El sepulcro es el inevitable, pero por fortuna cómodo lecho del
descanso eterno. Además, al hacer que te aproximes a ese término de
todas las desdichas, te encamino también hacia el signo consolador
de la redención. Levanta tu mano derecha.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto obedeció maquinalmente.
    </p>
    

    <p>
     -Oprime el clavo que sujeta el brazo
izquierdo de la cruz de ébano que corona el enterramiento.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro así lo ejecutó.
    </p>
    

    <p>
     -¡Aprieta, vive Dios! -añadió
Felicísimo harto de esperar en vano, algún resultado.
    </p>
    

    <p>
     -Señor, he apretado todo lo que mis
dedos permiten -contestó el lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -Pues elige motor menos delicado que
tus dedos.
    </p>
    

    <p>
     El doméstico volvió a acudir a su
eslabón, y le apoyó con fuerza en el clavo.
    </p>
    

    <p>
     Un prolongado ruido metálico
correspondió a la nueva presión.
    </p>
    

    <p>
     La lápida de mármol que cerraba el
sepulcro había girado sobre un eje central.
    </p>
    

    <p>
     -Perfecta mente -prosiguió Lozano:-
introduce ahora tus brazos en el sarcófago.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto no pudo ocultar un movimiento
de vacilación.
    </p>
    

    <p>
     -Te respondo de que no has de
encontrar restos humanos -repuso Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     La afirmación del amo prestó aliento
al criado. Las manos de éste desaparecieron en el fondo del
sepulcro.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué encuentras? -preguntó
Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Una al parecer caja -contestó
Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     -Sea su parecido el que quiera,
procede a la extracción.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita, señor!...
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué te ocurre?
    </p>
    

    <p>
     -La caja no contiene esponjas.
    </p>
    

    <p>
     -Me inclino a creer que estás en lo
cierto. Pero acaba.
    </p>
    

    <p>
     Perfecto apeló seriamente a sus puños,
y colocó la caja sobre el pavimento de la cripta.
    </p>
    

    <p>
     -Reincide en tu investigación
exhumadora -dijo Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Los dedos de Cazurro escarbaron de
nuevo en el sarcófago.
    </p>
    

    <p>
     -¿Topas con algo? -exclamó el
caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Con otra caja gemela de la primera
-contestó el lacayo.
    </p>
    

    <p>
     -Respeta los lazos de la familia: saca
también esa caja y reúnela con su hermana.
    </p>
    

    <p>
     El precepto fue ejecutado.
    </p>
    

    <p>
     Lozano volvió a empujar la lápida, y
el enterramiento se cerró con un golpe extridente.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo el joven extrajo el
farol de la hornacina, y repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Ha llegado el momento en que veamos
si eres más perfecto para subir las escaleras de las bóvedas que
para bajarlas. Toma las cajas, y sigue la luminosa estela que va a
trazarte mi mano.
    </p>
    

    <p>
     -Preciso será, señor, que realice el
transporte en dos expediciones -insinuó Cazurro:- las cajas pesan
abrumadoramente; la escalera es tan empinada como los cuernos del
diablo, y la pierna derecha cada vez me exige más atenciones.
    </p>
    

    <p>
     -Reniego de tu pierna derecha... No
estamos para perder el tiempo idas y venidas.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo levantó del suelo uno de
los cajones con una facilidad que avergonzó a Cazurro, y se internó
en la escalera.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo hubo de apresurarse a seguir
el ejemplo que le daban para no quedarse a oscuras.
    </p>
    

    <p>
     Cuando ambos jóvenes estuvieron en la
capilla, Lozano cerró la trampa y fue a escuchar de nuevo en la
puerta.
    </p>
    

    <p>
     Ni cerca ni lejos se dejaba sentir
rumor alguno.
    </p>
    

    <p>
     -Ata las dos cajas -dijo el caballero
volviendo de su exploración:- eso te facilitará las operaciones
posteriores.
    </p>
    

    <p>
     -¿Con qué cuerda, señor? -murmuró
Perfecto.
    </p>
    

    <p>
     -Con cualquiera que sirva al mismo
tiempo para ahorcarte, oh nulidad de los nulos. Busca y encuentra,
¡mil rayos! Bien cerca tienes el cordón de una cortina.
    </p>
    

    <p>
     Herido el mancebo en su amor propio,
volvió rápidamente la cabeza hacia el sitio que se le indicaba; vio
colgar, en efecto, las recamadas cortinas del retablo; desenvainó
la tizona con tanta gallardía como hubiera empleado el mismo
Tristán de Ayala; empuñó uno de los cordones descendentes, y le
cortó de un soberbio tajo por la parte más alta.
    </p>
    

    <p>
     Las dos cajas estuvieron sólidamente
ligadas en poco tiempo.
    </p>
    

    <p>
     Mientras Cazurro terminaba su obra,
Felicísimo colocó bajo la ventana una mesilla que encontró en un
rincón y saltó sobre ella.
    </p>
    

    <p>
     Tan pronto como se hubo asomado al
paseo de los granados, retiró la cabeza y apagó la bujía del
farol.
    </p>
    

    <p>
     Dos hombres que avanzaban en dirección
opuesta, acababan de detenerse debajo de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quién va! -pronunció el uno.
    </p>
    

    <p>
     -Va Justo Moron, señor trompetero
Reinoso -contestó el otro.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, ¿eres tú?
    </p>
    

    <p>
     -En cuerpo y alma.
    </p>
    

    <p>
     -¿Y a donde te diriges?
    </p>
    

    <p>
     -¡A buscarte, pardiez!
    </p>
    

    <p>
     -¿Con qué motivo?
    </p>
    

    <p>
     -Tu tardanza exasperaba al
alguacil.
    </p>
    

    <p>
     -Bah ¿supone que me he estado en
Alcázares con las manos en los bolsillos?
    </p>
    

    <p>
     -No podré decirte lo que supone; pero
sé que se consume de impaciencia por conocer lo que ha ocurrido en
el pueblo.
    </p>
    

    <p>
     -A bien que el suceso es de poca
monta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Hablas con formalidad?
    </p>
    

    <p>
     -A estas horas la casa de Roque
Soniche es un montón de escombros.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué estás diciendo?
    </p>
    

    <p>
     -Todos los esfuerzos del vecindario
han sido inútiles: el incendio únicamente se ha extinguido cuando
nada ha tenido que devorar.
    </p>
    

    <p>
     -¡Qué desolación, sobre todo si ese
acontecimiento pudiera influir en que mañana no se nos atendiese
con el relevo correspondiente! -murmuró Moron pensativo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, sí! -replicó Reinoso:- lo mismo
piensa ahora maese Soniche en tu relevo que en mi trompeta.
    </p>
    

    <p>
     -¿Lo crees así?
    </p>
    

    <p>
     -Tenlo por cierto.
    </p>
    

    <p>
     -¡Maldición! ¡Y yo que contaba con
tener libre el día!..
    </p>
    

    <p>
     -En efecto: ocurre a mi memoria la
cuchipanda campestre en que te propones retozar con la gorda Mari
Tobías.
    </p>
    

    <p>
     -La muchacha merece que se la
obsequie: y por otra parte, de algún modo ha de celebrar un tío el
nacimiento de un sobrino que apadrina.
    </p>
    

    <p>
     -Pues por esta vez habrás de aplazar
tu fiesta.
    </p>
    

    <p>
     -Hum... el caso es que no está uno
para tirar el dinero... Si al menos pudiera prevenir a mi hermana
Nemesia... Escucha, Reinoso: tú has sido pastor, y por consiguiente
eres un sabio: ¿quieres decirme por la posición de las estrellas,
si tendré tiempo para ir al valle del juncal, y para estar de
vuelta antes de que despunte el día?
    </p>
    

    <p>
     -Creo que más bien deberías dirigir a
tus piernas la pregunta.
    </p>
    

    <p>
     -Los remos no son malos; pero si se
les pidiera lo imposible... vamos, echa el cartabón.
    </p>
    

    <p>
     El trompetero levantó lo cabeza, y
permaneció en contemplación astronómica por espacio de algunos
segundos.
    </p>
    

    <p>
     -Y bien, ¿qué hora es? -insistió el
apremiante Moron.
    </p>
    

    <p>
     -Pues es la hora en que veo que está
abierta una de las ventanas de la capilla -respondió Reinoso
arqueando las cejas;
    </p>
    

    <p>
     -Imposible.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo que es imposible! ¡Alza la
vista, voto a tal!
    </p>
    

    <p>
     Durante el corto tiempo que Moron
invirtió en echar atrás la cabeza la entreabierta hoja de la
vidriera, había girado suavemente sobre los goznes hasta unirse con
su compañera.
    </p>
    

    <p>
     -Que el diablo me lleve si atisbo
semejante apertura -pronunció Justo:- además, la requisa de esta
noche ha corrido precisamente de mi cuenta, y puedo asegurarte que
las tres ventanas de la capilla quedaron cerradas.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sí?... la vidriera, no obstante,
estaba abierta, y se ha entornado movida al parecer por el aire.
Hem... esto es turbio. ¡Mil infiernos! Quisiera yo saber a qué
género de viento pertenece el que empuja las hojas de las ventanas,
y no me acaricia a mí los mofletes.
    </p>
    

    <p>
     -Debe pertenecer al género de los
vientos de buen gusto.
    </p>
    

    <p>
     -Oye, Moron: ¿no suele estar por estas
inmediaciones el ciempiés de la poda?
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo! ¿Piensas valerte de tan
infernal artificio para entrar en la capilla a riesgo de romperte
el bautismo cuando tienes franca la puerta por la parte interior de
la quinta?
    </p>
    

    <p>
     -Por esta vez has hablado como si
tuvieras entendimiento... Sígueme.
    </p>
    

    <p>
     -Reinoso: ¿y mi aviso a Nemesia?
    </p>
    

    <p>
     -Te queda todavía más de media hora de
noche.
    </p>
    

    <p>
     El trompetero y Moron se pusieron en
marcha.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, que había vuelto a entreabrir
las vidrieras y a sacar la cabeza, siguió con la vista a los dos
individuos hasta que doblaron el ángulo del edificio.
    </p>
    

    <p>
     Entonces descolgó la escala por el
muro del paseo, y dijo rápidamente a Cazurro, al mismo tiempo que
pasaba una pierna al otro lado de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     -Alárgame las cajas en el momento en
que pise la huerta, y no te descuides en descender tú mismo aunque
sea de cabeza. Te advierto que se interesa en ello la integridad de
tus lomos. Hay malsines que van a abrir esa puerta hierro en
mano.
    </p>
    

    <p>
     La sanción penal de la demora era
demasiado grave para que fuese mirada por Cazurro con
indiferencia.
    </p>
    

    <p>
     Apenas se encontró en el suelo
Felicísimo, vio a su lacayo maniobrando con las pesadas cajas en el
marco de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     El precioso bulto pasó de las manos de
Cazurro a las de Lozano, y fue depositado en tierra. El doméstico
saltó a continuación.
    </p>
    

    <p>
     -Carga con el fardo, y paso redoblado
-dijo en el acto el caballero.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, señor -gimió Perfecto:- yo no sé
si una vez cargado conservarán mis pies las facultades de esa
acelerada locomoción; pero desde luego, reconozco que no podré
echarme al hombro las cajas sin auxilio.
    </p>
    

    <p>
     -Ayúdate y te ayudaré, dice el sagrado
texto.
    </p>
    

    <p>
     Nunca como entonces tuvo la inspirada
palabra tan puntual cumplimiento.
    </p>
    

    <p>
     Acababa Cazurro de iniciar un
esfuerzo, cuando se encontró el bulto encima en la posición menos
incómoda.
    </p>
    

    <p>
     Sólo faltaba emprender la marcha, y el
mancebo lo hizo con la mejor voluntad.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo y su impedimenta siguieron
la calle de los granados, que por fortuna evitaba toda posibilidad
de extravío.
    </p>
    

    <p>
     Pero el paseo era largo; y durante su
tránsito tuvo tiempo Lozano para entregarse a insoportables
reflexiones acerca de la degeneración de la raza humana desde el
siglo cantado por Homero, al oír los suspiros, el paso incierto, y
el jadeante aliento del pobre Cazurro.
    </p>
    

    <p>
     De temer era que aquella acémila
perfeccionada necesitase reemplazo a poco que el camino se
prolongara.
    </p>
    

    <p>
     La Providencia no tuvo a bien
permitirlo. El lacayo pudo llegar, siquiera fuese con el alma en
los dientes, a la plazoleta que sirvió de punto de partida.
    </p>
    

    <p>
     Dos sombras de forma humana que se
lanzaron fuera del bosquecillo de palmeras, ofrecieron a los
jóvenes la más grata de las acogidas.
    </p>
    

    <p>
     Elina radiante de alegría tendió las
manos a Felicísimo, que las estrechó con delirio.
    </p>
    

    <p>
     Ordóñez, poseedor de una robusta
musculatura, alargó los brazos a Cazurro, que depositó la mitad de
su peso en ellos con la mayor generosidad.
    </p>
    

    <p>
     Durante el breve espacio de tiempo que
los criados invirtieron en colocar las cajas en lo interior de la
berlina, el caballero satisfizo a la carrera las apremiantes
preguntas de la condesa acerca del curso de la empresa tan
felizmente terminada.
    </p>
    

    <p>
     Sin perder un segundo, Elina se apoyó
en la diestra de Lozano para subir al carruaje, y el auriga ocupó
su pescante.
    </p>
    

    <p>
     En cuanto a Felicísimo y Cazurro, se
encaminaron al punto donde estaban atados los caballos de silla,
que era un ramillete de palmitos situado a treinta pasos.
    </p>
    

    <p>
     Acababa Ordóñez de torcer las riendas
para tomar la vuelta del robledal, cuando un hombre que se
arrastraba entre el follaje, se irguió de repente y sujetó por el
freno los caballos.
    </p>
    

    <p>
     -¡Eh, camarada! -exclamó el
aparecido:- equivocas el camino.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo que equivoco el camino!
-pronunció Ordóñez sorprendido.
    </p>
    

    <p>
     -Evidentemente: la dirección que
eliges no es la de la quinta.
    </p>
    

    <p>
     -No es a la quinta a donde yo me
dirijo -replicó la condesa asomándose a la portezuela.
    </p>
    

    <p>
     -Pero es donde la viajera debe
dirigirse -replicó el recién llegado, en cuyo cinto brillaba una
trompeta dorada.
    </p>
    

    <p>
     -Oh... ¿qué quiere decir eso?
    </p>
    

    <p>
     -Que en la granja existe calabozo
donde poner a buen recaudo a los que roban con escalamiento y
fractura.
    </p>
    

    <p>
     -¡Miserable! -exclamó la condesa
pálida de ira.
    </p>
    

    <p>
     Y volviendo la cabeza hacia la parte
posterior del carruaje, añadió levantando la voz:
    </p>
    

    <p>
     -¡A mí, señor de Lozano!
    </p>
    

    <p>
     El joven que acababa de saltar sobre
su Moro, acudió presuroso al llamamiento de la dama.
    </p>
    

    <p>
     Elina le dijo apenas se acercó:
    </p>
    

    <p>
     -Permito a usted, señor de Lozano, que
haga soltar a ese hombre mis caballos.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se hizo cargo de la
situación a la primera ojeada, y pronunció abordando al
trompetero:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, el astrónomo Reinoso pretende
detener el carruaje de la señora condesa!
    </p>
    

    <p>
     -Hay motivo -rugió el aludido.
    </p>
    

    <p>
     -Apreciación errónea. Ea, vaya
soltando esos frenos el trompetero, aunque sólo sea en gracia de la
suavidad con que se lo suplico.
    </p>
    

    <p>
     A estar Reinoso en el pleno uso de la
palabra, habría podido preguntar de qué clase de suavidad se le
hablaba; porque era lo cierto que se le había posado en el pescuezo
la mano de Lozano, y así la encontraba de suave como la cuerda de
la horca.
    </p>
    

    <p>
     La progresiva asfixia que
experimentaba inspiró al trompetero un arranque desesperado. Soltó
el freno, desenvainó la faca, y asestó un golpe de punta al pecho
del caballero.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, sin embargo, expiaba todos
los movimientos del trompetero, y le separó oportunamente el brazo
con la mano izquierda.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, gran gaznápiro! -profirió:- ¡De
ese modo me pagas la atención de no haber empleado contigo ni el
hierro ni el fuego!
    </p>
    

    <p>
     Moro dio un bote. Al mismo tiempo la
espada de Lozano trazó un relámpago en la atmósfera, y cayó con
siniestro silbido sobre la cabeza del trompetero.
    </p>
    

    <p>
     Después de ensayar la conservación del
equilibrio mediante algunos traspiés, Reinoso se resignó a
acostarse al pie de una palmera.
    </p>
    

    <p>
     Desde el punto en que Ordóñez vio
libres sus caballos hizo crujir la fusta y sacó el coche a la
explanada.
    </p>
    

    <p>
     Elina en tanto elevaba los ojos y el
corazón al cielo impetrando la clemencia divina por la bárbara
ejecución que en un acceso de soberbia había tenido la insensatez
de ordenar.
    </p>
    

    <p>
     Los caballos de la berlina cruzaron al
trote largo la huerta, el colmenar, los tallares, y descendieron
las vertientes del valle.
    </p>
    

    <p>
     El curso del arroyo condujo en breve a
los fujitivos al boquete de los espinos.
    </p>
    

    <p>
     Comenzaba Ordóñez a disminuir la
velocidad de sus potros para franquear aquel difícil paso, cuando
resonó en la campiña un eco penetrante.
    </p>
    

    <p>
     Una trompeta monstruo estaba entonando
con furor el toque tradicional de cala-cuerda conservado en los
institutos militares no obstante la introducción de la piedra de
chispa en la arcabucería.
    </p>
    

    <p>
     Lozano aprovechó la circunstancia de
que no pudiera oírle la condesa a causa de la distancia que le
separaba de la berlina, para expectorar el más redondo de los
votos.
    </p>
    

    <p>
     Tal vez era la primera ocasión en que
el joven Felicísimo quedaba descontento del vigor de su puño
derecho y del temple de la espada de Rosillo.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012032">
    

    <head>
     Capítulo XXXII
    </head>
    

    <head>
     Donde Cazurro hace un blanco sorprendente
    </head>
    

    <p>
     La berlina había salido del coto de
los Morales y avanzaba a buen paso por la cañada del Robledal.
    </p>
    

    <p>
     Prescindiendo del alarmante alhalí con
que atronó la arroyada la trompeta de Reinoso ni más ni menos que
la del juicio final conmoverá en su día el valle de Josaphat, los
viajeros tenían un motivo poderoso para no perder el tiempo. La
forzada salida por el boquete de los zarzales llevaba aparejada la
necesidad de un rodeo de más de media legua para llegar a la
carretera de Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     Los accidentes de la zona, que se
recorría ponían a prueba la habilidad de Ordóñez, impacientaban a
la condesa y exasperaban a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Numerosas fueron las veces que los
fujitivos volvieron la vista atrás; pero nunca observaron signo
alguno de la persecución con que contaban.
    </p>
    

    <p>
     El hecho podría ser providencial para
la condesa, inexplicable y sospechoso para Lozano: constituía, sin
embargo, para ambos una circunstancia favorable que convinieron en
no desaprovechar.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo recomendó al auriga toda la
rapidez compatible con la cordura, Elina le autorizó hasta para ser
imprudente, y el carruaje cruzó a la carrera matorrales y baches
comprometiendo seriamente más de una vez el equilibrio.
    </p>
    

    <p>
     A los veinte minutos de desatentada
locomoción los primeros destellos de la alborada ofrecieron a los
ojos de los viajeros la blanca faja del camino real que conduce al
tercer puerto del Mediterráneo.
    </p>
    

    <p>
     Sabido es que para los marinos la
costa española del Mediterráneo sólo tiene tres puertos seguros:
Julio, Agosto y Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     La vereda que seguía la berlina
comenzó a verse estrechada entre una profunda zanja y un espeso
chaparral.
    </p>
    

    <p>
     Dos cruces toscas de conmemoración
siniestra enclavadas a veinte pasos una de otra atestiguaban que
aquel lugar abrupto no carecía de necesidad de redención.
    </p>
    

    <p>
     El punto por donde la senda
desembocaba en la calzada era conocido en la comarca con el nombre
de 

     <emph>
      Paso de los lobos
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Repentinamente resonó un agudo
silbido; Moro se encabritó, y los caballos del carruaje se
arremolinaron.
    </p>
    

    <p>
     Los troncos de los árboles parecieron
abortar por todas partes una cuadrilla de hombres que gritaban como
energúmenos y blandían diferentes armas.
    </p>
    

    <p>
     No obstante la confusión del primer
momento Lozano con su habitual sangre fría pudo contar hasta siete
adversarios entre los cuales tres empuñaban escopetas.
    </p>
    

    <p>
     Pero mientras el caballero consagraba
su atención a la rápida inspección del terreno, Moro presa de un
vértigo inconcebible, giró sobre sí mismo vacilante en la dirección
del barranco.
    </p>
    

    <p>
     Una mirada bastó a Felicísimo para
explicarle la impotencia en que estaba con respecto al dominio del
potro. El animal tenía uno de los pies enlazado, y la cuerda lo
arrastraba hacia el precipicio.
    </p>
    

    <p>
     El joven se apresuró a desnudar la
espada y trató de cortar el lazo; pero ya no era tiempo.
    </p>
    

    <p>
     El caballo dio un resbalón y
desapareció en la profundidad de la zanja. Lozano apenas tuvo lugar
para sacar los pies de los estribos, y para aferrarse con la mano
izquierda a un tomillo que halló en el borde del foso.
    </p>
    

    <p>
     Dos hombres radiantes con la alegría
del triunfo se precipitaron a la vez sobre el caballero. En aquella
crítica situación Felicísimo no pensó un instante en que el
barranco, si llegaba salvo a su fondo, podía ofrecerle una retirada
segura: por el contrario cogió con los dientes la empuñadura de la
espada, se suspendió con ambas manos del tomillo, por fortuna de
sólidas raíces, y trepó con la agilidad de una cabra hasta el
terreno horizontal.
    </p>
    

    <p>
     La catástrofe de Moro era doblemente
sensible, por cuanto en su silla iban las pistolas de arzón; pero
mientras Lozano conservase su espada no estaba todo perdido.
    </p>
    

    <p>
     Tenía todavía una rodilla en tierra el
joven cuando se encontró entre sus dos enemigos. El uno enristraba
un chuzo; el otro enarbolaba la culata de su escopeta a manera de
maza.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se fijó en el segundo; y
sin dejarle tiempo para que descargase el inminente golpe, le
asestó al estómago una estocada de abajo a arriba.
    </p>
    

    <p>
     En tanto que el herido caía de
espaldas maltrecho, Lozano se sustraía a la punta del chuzo
tendiéndose en la arena e imprimiendo al cuerpo un rápido
movimiento de rotación.
    </p>
    

    <p>
     Una vez fuera del alcance de la
amenazadora partesana, el joven se puso en pie de un salto,
empolvado y descompuesto, pero vencedor y terrible.
    </p>
    

    <p>
     La ojeada que tendió en torno le
enteró de la situación.
    </p>
    

    <p>
     El carruaje había sido detenido por
dos hombres, y Cazurro estaba haciendo una verdadera campaña
defensiva de hábiles evoluciones tácticas para impedir que otros
dos encarnizados adversarios lograran asirle la brida del
trotón.
    </p>
    

    <p>
     Aun quedaba un quinto enemigo, el
alguacil de Alcázares, que se adelantaba espada en mano a reforzar
al hombre del chuzo un tanto vacilante en presencia de la triste
suerte del que le había acompañado.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo esquivó el encuentro con
Milcoces merced a una carrera de flanco, no como se huye de un
contrario, sino como se evita un importuno, y cayó sobre los
asaltadores de la berlina a la manera que se desata el rayo.
    </p>
    

    <p>
     Los dos hombres sintieron la espada
del joven antes de darse cuenta de su llegada, y se apresuraron a
soltar los caballos y a retroceder algunos pasos para acudir ante
todo a la propia defensa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Adelante, señora!.. ¡A escape
Ordóñez! -gritó Lozano:- el camino está libre: yo me entenderé con
estos tunos.
    </p>
    

    <p>
     La condesa, pálida como un cadáver,
contestó más que un cadáver fría.
    </p>
    

    <p>
     -Por esta vez estoy resuelta a no
separarme de usted.
    </p>
    

    <p>
     Y detuvo con un ademán el instintivo
movimiento que para partir hizo el cochero.
    </p>
    

    <p>
     En aquel momento los dos escopeteros
apuntaron simultáneamente a Felicísimo. La posición que este
ocupaba junto al carruaje comprometía a Elina.
    </p>
    

    <p>
     El joven se impulsó de un brinco hacia
un grupo de encinas, y se ocultó entre sus troncos a tiempo en que
estallaba la doble detonación.
    </p>
    

    <p>
     Algunas verdes cortezas volaron en
pedazos en torno del caballero.
    </p>
    

    <p>
     Si instantáneo había sido el eclipse
de Lozano velocísima fue también su reaparición.
    </p>
    

    <p>
     Los escopeteros le vieron llegar a
través del humo que aun los envolvía.
    </p>
    

    <p>
     Uno de ellos apeló al prudente recurso
de la fuga: el otro esperó a pie firme armando el cañón con el
cuchillo de monte.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo cayó como un huracán sobre
el atrevido, paró el golpe que este le asestaba, y le sepultó la
espada en el pecho.
    </p>
    

    <p>
     La ira del joven tocaba en los límites
del frenesí: lo demostraba el encono con que hería de punta,
procedimiento de riña que no le era habitual.
    </p>
    

    <p>
     Todavía no estaba en tierra el hombre
atravesado, y ya Lozano le había arrancado de las manos la
escopeta, y la inutilizaba de un golpe contra el tronco de un árbol
haciendo saltar en pedazos caja, gatillo y cazoleta.
    </p>
    

    <p>
     La pérdida del segundo combatiente
hizo reflexionar al alguacil. No había este oído hablar en su vida
de los Horacios ni de los Curiacios; pero comprendía que a poco que
continuase la serie de luchas parciales podía llegar a darse el
caso de que no le quedase un hombre.
    </p>
    

    <p>
     Milcoces atronó con su voz de mando el
paso de los lobos.
    </p>
    

    <p>
     -Aquí Roquet, Moron, Salelles...!
¡Aquí, voto a los once cielos!.. ¡Acabemos con este endriago!
    </p>
    

    <p>
     El movimiento de concentración
ordenado por el alguacil se llevó a efecto.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo que no quería alejarse
mucho de la berlina gritó a Cazurro el cual continuaba corriendo
bordadas delante del más tenaz de los que le perseguían:
    </p>
    

    <p>
     -Perfecto: apodérate de la escopeta
que yace en el arcén de la zanja, y descárgala sobre esos
bandidos.
    </p>
    

    <p>
     El lacayo, atento a la orden que
recibía, aprovechó la ventaja que en cada huida sacaba el caballo
al peatón, se acercó al barranco, inclinó el cuerpo todo lo posible
asiéndose al borren de la silla con una mano, y levantó con la otra
la escopeta felizmente empinada por el abdomen del que la poseía;
el cual jadeante y semi-extinto no se opuso en lo más mínimo al
despojo.
    </p>
    

    <p>
     El mancebo montó el arma conquistada a
riesgo de un revolcón, la encaró al enemigo que le acosaba, y tiró
del gatillo volviendo la cabeza como hacen los matadores de toros
de corazón no empedernido en el momento de herir la res.
    </p>
    

    <p>
     El estruendo del escopetazo siguió al
movimiento de Cazurro; pero ¡cosa extraña! la bala se llevó el
sombrero chambergo del cochero Ordóñez situado a treinta pasos y no
por cierto en línea recta del individuo que parecía haber sido
objeto de la puntería.
    </p>
    

    <p>
     El asustado auriga se llevó presuroso
ambas manos a la cabeza para examinar si con el sombrero había
emigrado alguna parte del cráneo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cuerpo de Dios! -murmuró-; ¿tira ese
mozo a la contraria o al mingo?
    </p>
    

    <p>
     Entretanto avanzaban contra Lozano
Milcoces, Roquet y Moron no separados entre sí por más distancia
que la absolutamente necesaria para tener libertad de movimientos.
Salelles marchaba a retaguardia de la línea atacando a toda prisa
la escopeta.
    </p>
    

    <p>
     Dos espadas y un chuzo no eran para
Felicísimo un armamento temible.
    </p>
    

    <p>
     En vez de esperar la embestida el
joven abandonó los árboles y atacó el flanco de la línea enemiga
donde figuraba el alguacil.
    </p>
    

    <p>
     Milcoces envuelto en un ciclón de
cintarazos sintió dos veces el hierro glacial de aquel terrible
adversario, y acabó por perder la espada lanzada a diez varas de
distancia a impulso de un batido incontrastable.
    </p>
    

    <p>
     Después de estender los brazos en
demanda de apoyo, el alguacil con los ojos nublados por la sangre
que le cubría el rostro, se plegó sobre sí mismo, y dio en la yerba
con la frente.
    </p>
    

    <p>
     Pero ni Milcoces estaba privado de
sentido ni las fuerzas le habían abandonado; y arrastrándose hasta
Lozano se aferró a sus pies con las garras. Si le faltaba un arma
con que ofender al vencedor, al menos privándole de libertad de
acción podía contribuir a que le hirieran otros.
    </p>
    

    <p>
     Desde el primer momento pugnó
Felicísimo por sustraerse a los peligros de semejante posición
aplicando a los dedos del alguacil la punta de la espada siempre
que le daban lugar los golpes que sin interrupción le asestaban
Roquet y Moron; pero el herido más cegado por el instinto de la
venganza que por la sangre y el dolor, de tal modo se había
abrazado a las piernas del enemigo, que no era seguro que las
soltase ni aun después de adquirir la rigidez de la muerte.
    </p>
    

    <p>
     La situación se agravó todavía.
    </p>
    

    <p>
     Salelles que acababa de echar la
cazoleta de la escopeta se adelantó exclamando con voz de
trueno.
    </p>
    

    <p>
     -¡A un lado Roquet!... ¡déjame fusilar
a ese perro rabioso!
    </p>
    

    <p>
     Cuando Lozano se vio apuntado poco
menos que a quema-ropa dio tres botes furiosos en distintas
direcciones. En ninguno de ellos a pesar de todo pudo desprenderse
de los grillos formados por los tenaces brazos de Milcoces.
    </p>
    

    <p>
     Los desesperados movimientos de
Felicísimo no fueron infructuosos sin embargo.
    </p>
    

    <p>
     El tiempo perdido por Salelles para
seguir con el cañon del arma el movible blanco que apuntaba fue
ganado por el genio protector de Lozano determinando un
acontecimiento tan feliz como extraordinario.
    </p>
    

    <p>
     Un ginete que transitaba por la
carretera se apercibió de la sangrienta escena que tenía lugar en
el paso de los lobos; y poniendo el caballo al gran galope llegó
como un torbellino a la explanada que se extendía a espaldas de
Salelles.
    </p>
    

    <p>
     -¡Eh bandido! -gritó el nuevo
personaje-; vuelve la cabeza si no quieres morir como un
cobarde.
    </p>
    

    <p>
     Salelles volvió, en efecto, el rostro;
pero la acción no le sirvió para otra cosa que para ver como le
cayó sobre el cráneo la luciente hoja de una larga espada.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán! -exclamó Lozano sorprendido
al reconocer al ginete-. ¡Bien haya tu viaje matinal! ¡Duro en esos
gaznápiros!
    </p>
    

    <p>
     -¡Vive Dios! Me parece que no sacudo
blando -contestó Ayala pasando por encima del cuerpo de Salelles, y
dando a Roquet y Moron una carga de pretal.
    </p>
    

    <p>
     Los dos guardianes de la quinta
tropezando, cayendo y volviendo a levantarse huyeron como liebres
por entre las encinas.
    </p>
    

    <p>
     El perseguidor de Cazurro se escamoteó
del mismo modo.
    </p>
    

    <p>
     Desembarazado Felicísimo de los tres
adversarios que le asaltaban como hombres, pudo ocuparse del que le
atacaba como reptil.
    </p>
    

    <p>
     Desde que el joven envainó el acero,
dobló el dorso y se valió de las manos para luchar con el alguacil,
la cuestión estuvo resuelta. Los puños de Milcoces no eran capaces
de competir con los de su rudo enemigo y hubieron de abandonar la
presa.
    </p>
    

    <p>
     Lozano no manifestó el menor indicio
de venganza, menos todavía, de enojo, y hasta podría decirse que ni
siquiera de impaciencia hacia el corchete a quien acababa de deber
tan mal rato: se contentó con abandonarle a la triste suerte que le
cupo.
    </p>
    

    <p>
     Una preocupación justificada en todo
caballero llevó inmediatamente a Felicísimo al borde de la zanja.
El desdichado Moro estaba abismado en un espeso matorral de brezos,
pero se conservaba sobre los cuatro pies, sacudía la cabeza y
relinchaba.
    </p>
    

    <p>
     Animado por tan satisfactorios signos
el joven llamó a Cazurro y le indicó una rampa por donde podría
bajar al barranco en auxilio del potro.
    </p>
    

    <p>
     Después se acercó al lugar que ocupaba
Ayala, lo cual equivalía a salir al encuentro de la berlina que se
adelantaba lentamente.
    </p>
    

    <p>
     La primera mirada de la condesa se
dirigió a Felicísimo; pero la primera palabra fue para Tristán.
    </p>
    

    <p>
     Elina pronunció con el acento de la reina de las sirenas:
    </p>
    

    <p>
     -Inapreciable es el privilegio que
usted parece disfrutar, señor de Ayala; con usted llega la
victoria.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, cuando el enemigo se halla tan
quebrantado como este campo de batalla de nuestra -contestó
Tristán-, no hay cosa más fácil que representar el papel de la Iris
pagana.
    </p>
    

    <p>
     -No he perdido el menor incidente del
combate, y conozco toda la magnitud del servicio que tanto el señor
de Lozano como yo, tenemos que agradecer a usted.
    </p>
    

    <p>
     -Si mi presencia en este sitio ha
podido ser grata a la señora condesa, experimento la satisfacción
más viva. En cuanto a Felicísimo, no creo en verdad haberle
prestado servicio alguno; pero si yo no estuviese en lo cierto, en
vez de felicitarme por ello, es seguro que compadecería al
obligado.
    </p>
    

    <p>
     -¡Que le compadecería usted! -profirió
la dama atónita.
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda -repuso Ayala:- porque le
roería las entrañas el más encarnizado gusano del
remordimiento.
    </p>
    

    <p>
     -Habré de renunciar a la comprensión:
desconozco la clave de la cifra...
    </p>
    

    <p>
     -Es sencilla, sin embargo: no hace
todavía muchas horas que Felicísimo me ha negado un favor...
    </p>
    

    <p>
     -¡Señor de Lozano!... -murmuró Elina
dirigiendo al aludido una mirada en que se revelaba cierta
impresión penosa.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, visiblemente contrariado,
se limitó a contestar:
    </p>
    

    <p>
     -Es cosa bastante cómoda eso de
formular inculpaciones sin otra comprobación que vagas
reticencias.
    </p>
    

    <p>
     -Yo no soy soberbio -añadió Tristán:-
la señora condesa puede saberlo todo.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, sí, franqueza, señor de Ayala: la
amistad que a los tres nos une, está bien cimentada.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, este protervo ha sido
capaz de desahuciarme cuando he impetrado de él una dádiva
metálica, constándole a ciencia cierta que me encontraba en la
situación más crítica de mi vida. ¡Y toda mi demanda consistía en
seis mil miserables reales de vellón!... ni siquiera se trataba de
reales fuertes!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Señor de Lozano!... -repitió la
condesa fijando otra vez los ojos en el joven con aire de
reconvención.
    </p>
    

    <p>
     -Pero este caribe omite en su
acusación fiscal un dato de la mayor trascendencia -respondió
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué dato?
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! Que yo no tenía los seis
mil reales que con alma y vida persigue a pesar del denigrante
epíteto que aplica a la suma.
    </p>
    

    <p>
     -La exculpación no puede ser más
atendible, señor de Ayala; pero a bien que yo no me hallo en el
mismo caso que don Felicísimo, y proveeré a usted de los fondos que
necesito apenas lleguemos a Cartagena, porque supongo que ya no nos
abandonará usted hasta el término del viaje.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa sabe conquistar a
las gentes de tal modo, que cualquiera la seguiría con placer hasta
el corazón del África, aunque supiera que allí le habían de hacer
cuartos los caníbales. Me reservo, no obstante, independencia para
no cruzar la palabra con Felicísimo: es más, si él sigue la derecha
del camino, yo iré precisamente por la izquierda.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tanto rencor!...
    </p>
    

    <p>
     -Señora... no podré jamás echar en
olvido que me ha llamado belitre.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah, estás sublime! -pronunció
Lozano:- ¿y piensas tú que se borrará alguna vez de mi memoria que
me has calificado de monstruo?
    </p>
    

    <p>
     La condesa que hasta entonces había
tenido los codos apoyados en el marco de la portezuela, alargó un
brazo hacia Tristán diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Ayala: ruego a usted que no
me niegue su mano.
    </p>
    

    <p>
     El mocetón entregó su robusto puño a
la dama.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano -añadió Elina-,
suplico a usted que me ofrezca su diestra.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo obedeció sin vacilar un
momento.
    </p>
    

    <p>
     La dama unió estrechamente las manos
de ambos jóvenes.
    </p>
    

    <p>
     -Son ustedes los dos corazones más
generosos que conozco -pronunció exaltada:- su primera mengua sería
la continuación por un instante más del aparente desamor de que
alardean.
    </p>
    

    <p>
     -Felicísimo -dijo Ayala:- protesto que
únicamente me resigno a esta reconciliación, porque me la impone la
señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Tristán -contestó Lozano:- te juro
que eres el almogávar más testarudo que ha abortado el reino de
Aragón.
    </p>
    

    <p>
     -Monta a caballo, Felicísimo, porque a
pesar de todo, estoy temiendo acabar por darte un abrazo... y eso
sería una indignidad ¡cuerpo de Dios!
    </p>
    

    <p>
     Cazurro se encontraba a seis pasos del
carruaje conduciendo a Moro por la brida.
    </p>
    

    <p>
     Lozano examinó al trotón con ojo
cariñoso. El derrumbado animal tenía dos soberbias rozaduras; pero
no manifestaba signos de más graves desperfectos.
    </p>
    

    <p>
     Con todos los miramientos a que el
potro había adquirido derecho, Felicísimo se acomodó en la
silla.
    </p>
    

    <p>
     Berlina y cabalgata abandonaron el
paso de los lobos.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012033">
    

    <head>
     Capítulo XXXIII
    </head>
    

    <head>
     Diferente impresión que produjo en los marqueses
de Esquilache el precio en que sus cajas fueron salvadas por
Lozano
    </head>
    

    <p>
     El término de la expedición se
acercaba.
    </p>
    

    <p>
     Los viajeros no tardaron en divisar
los cerros coronados de fuertes que defienden la magnífica rada de
Cartagena.
    </p>
    

    <p>
     La berlina penetró en el recinto de la
plaza a tiempo en que daban las ocho de la mañana en el reloj de lo
catedral, sede titular del muy ilustre Gobernador del Consejo de
Castilla.
    </p>
    

    <p>
     La condesa se hizo conducir a la 

     <emph>
      Fonda del Arsenal
     </emph>
     situada a corta distancia
del muelle. Era hospedería donde no se albergaba por vez
primera.
    </p>
    

    <p>
     El fondista, Santos Prefumo, acudió al
llamamiento de Elina, y deshaciéndose en cortesías, la invitó a
ocupar el mejor departamento del piso principal, dando al paso
instrucciones a los camareros para que se facilitasen habitaciones
a los dos caballeros en la planta baja.
    </p>
    

    <p>
     Las cajas fueron colocadas en el
aposento de la condesa, dirigiendo a un signo de ésta la
instalación el joven Lozano.
    </p>
    

    <p>
     Elina, entretanto, dijo al propietario
del establecimiento:
    </p>
    

    <p>
     -No he echado en olvido, señor
Prefumo, que usted ha sido siempre la personificación de la crónica
de la ciudad.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa -contestó el
fondista-, hace demasiado honor en tan pintoresca frase a la
irresistible curiosidad que debo a la naturaleza, y a la
benevolencia con que se prestan a satisfacerla mis numerosos
amigos.
    </p>
    

    <p>
     -Mis recuerdos me dan derecho para
asegurar que todavía creo haberme quedado corta.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, son tan pocos los acontecimientos
que diariamente ocurren en el no vasto espacio cerrado por las
murallas de la plaza, que conocerlos todos no supone gran
mérito.
    </p>
    

    <p>
     -Tan absoluta confianza me inspira la
proverbial especialidad de usted, que no he tratado de adquirir en
punto alguno las noticias que necesito.
    </p>
    

    <p>
     -Con tal que mi sapiencia no defraude
por esta vez las esperanzas de la señora condesa...
    </p>
    

    <p>
     -No lo temo: cante, pues, el buen
Prefumo.
    </p>
    

    <p>
     -Únicamente espero el tono.
    </p>
    

    <p>
     -¿Han llegado a Cartagena los señores
marqueses de Esquilache?
    </p>
    

    <p>
     -Anoche a las nueve y diez y siete
minutos.
    </p>
    

    <p>
     -¿Sin incidente desagradable?
    </p>
    

    <p>
     -Ninguno: las precauciones adoptadas
no hacían presumir otra cosa. Sus excelencias arribaron precedidos
del sigilo menos violado, envueltos en el incógnito más riguroso, y
seguidos del misterio mejor calculado.
    </p>
    

    <p>
     -Si no hubiera exajeración en ese
triple secreto sería usted la perla de los inquisidores.
    </p>
    

    <p>
     -De algún modo he de procurar hacerme
digno de la reputación que la señora condesa me concede.
    </p>
    

    <p>
     -¿Dónde se hospedan los marqueses?
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah! Si se hospedaran en alguna
parte, no habría seguramente la señora marquesa desairado mi
establecimiento.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo!... a ver... ¿qué significa
eso?... -profirió inquieta la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Los señores marqueses -repuso
Prefumo-, no abandonaron el carruaje en el muelle sino para
trasladarse a la fragata 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     -¡Han pasado a bordo la noche!
    </p>
    

    <p>
     -Con harto sentimiento mío.
    </p>
    

    <p>
     -Un dato postrero...
    </p>
    

    <p>
     -Cincuenta, si la señora lo desea.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuándo zarpa del puerto la 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     ?
    </p>
    

    <p>
     -Mañana a medio día.
    </p>
    

    <p>
     -Basta. Quedo a usted obligada, señor
Prefumo.
    </p>
    

    <p>
     -Menos que honrado yo.
    </p>
    

    <p>
     Elina dio distraída una vuelta por la
habitación, y tornó al lado del fondista añadiendo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Se nos servirá pronto un
desayuno?
    </p>
    

    <p>
     -En el acto -respondió Prefumo.
    </p>
    

    <p>
     -Poco ligero, si es posible.
    </p>
    

    <p>
     -Figurarán entre los platos solomillo
de ternera murciana y jamón mallorquín.
    </p>
    

    <p>
     -Nada tengo que oponer.
    </p>
    

    <p>
     -¿Ha de cubrirse la mesa en este
sitio?
    </p>
    

    <p>
     -Tampoco encuentro inconveniente.
    </p>
    

    <p>
     -¿Cuántos cubiertos han de
ponerse?
    </p>
    

    <p>
     -Tres.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa espera por lo visto
al caballero que no ha querido confiar a nadie el cuidado de los
caballos de silla.
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda; pero bueno será que usted
se sirva invitarle de parte mía.
    </p>
    

    <p>
     -Voy a hacerlo así.
    </p>
    

    <p>
     -Otra molestia tengo que proporcionar
a usted.
    </p>
    

    <p>
     -Satisfacción habría podido decir la
señora condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Quisiera que cuando terminásemos
nuestro refrigerio tuviésemos dispuesta una lancha en la más
próxima rampa del muelle.
    </p>
    

    <p>
     -No faltará la lancha.
    </p>
    

    <p>
     Mientras el fondista se ocupaba en
cumplir las instrucciones de Elina, ésta pasó a su tocador, y
Lozano bajó a su cuarto para dedicar ambos a sus personas algunos
minutos de atención.
    </p>
    

    <p>
     El estado de Felicísimo sobretodo, lo
reclamaba imperiosamente. Faenas corno la del 

     <emph>
      paso de los lobos
     </emph>
     , dejan siempre profundas
huellas, la de la sangre inclusive.
    </p>
    

    <p>
     Poco tiempo después la condesa y los
dos caballeros se hallaban sentados a una mesa surtida con más
abundancia que delicadeza; pero 

     <emph>
      a la guerra, como en la guerra
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Si Elina masticó poco, y Lozano no comió mucho, en cambio, Ayala
devoró por sí y por sus dos compañeros. El gallardo mancebo que
parecía existir en el mejor de los mundos posibles, tuvo frases de
benevolencia para las tortillas, de alabanza para los pescados, de
entusiasmo para las carnes y de delirio para los vinos.
    </p>
    

    <p>
     Cuando Tristán estaba en vena, y nunca
fue ésta tan fluida como en aquella mañana, las personas que con él
departían eran interlocutores honorarios.
    </p>
    

    <p>
     Puede decirse que durante todo el
almuerzo, Elina y Felicísimo se limitaron a ofrecer a su amigo, el
uno platos al apetito, y la otra temas a las genialidades.
    </p>
    

    <p>
     Probados los postres, la condesa se
puso en pie diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -Lo prometido es deuda, señor de
Ayala: y como voy a aventurarme en una expedición marítima con el
señor de Lozano, y la onda siempre ha sido llamada pérfida, la
previsión me aconseja no dejar en tierra cuentas pendientes de
liquidación.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, señora condesa -profirió Tristán
con una galantería elevada al cuadrado por el contento y al cubo
por los vapores del vino:- Venus debe su ser a la espuma de las
olas... ¿qué hija puede desconfiar de su madre?
    </p>
    

    <p>
     -Hum... yo no sé qué historias he oído
contar de Saturno...
    </p>
    

    <p>
     -Esa divinidad no tenía el honor de
pertenecer al bello sexo.
    </p>
    

    <p>
     Elina, repuso riendo al mismo tiempo
que requería una de las bolsas de viaje:
    </p>
    

    <p>
     -Si mal no recuerdo, la suma que el
señor de Ayala necesita es de trescientos pesos.
    </p>
    

    <p>
     -En esa cifra redonda consiste, en
efecto, mi ineludible compromiso -contestó Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -¿De manera que si yo le facilito
veinticinco onzas puedo considerar que queda en situación
desahogada?
    </p>
    

    <p>
     -Perfectamente desahogada: hasta con
excedente bastante para deshipotecar a Narcisa... ¡perdón! para
rescindir mi contrato con Triqui-traque.
    </p>
    

    <p>
     La condesa había secundado sus
palabras contando las veinticinco monedas a que se refería, y
poniéndolas en la mano de Ayala.
    </p>
    

    <p>
     Los ojos del caballero no chispeaban
menos que el acuñado metal.
    </p>
    

    <p>
     -Reconocido... profunda, viva,
eternamente reconocido... -murmuraba Tristán con la sonrisa de un
bienaventurado al contemplar aquella rica colección de bustos
borbónicos, entre los que predominaba el del hermano del monarca
reinante.
    </p>
    

    <p>
     Al levantar el radiante rostro, Ayala
encontró la mirada glacial de Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! -pronunció:- diríase
Felicísimo que no participas de mi ventura.
    </p>
    

    <p>
     -Tus satisfacciones me complacen hoy
tanto como siempre -contestó Lozano con cierta austeridad-; pero mi
complacencia no es obstáculo para que crea que la señora condesa
comete una falta entregandote a ti esa cantidad.
    </p>
    

    <p>
     -¡Soberbio! ¿a quién mejor podría
haberla entregado?
    </p>
    

    <p>
     -A Martín Bermejo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Quita allá! Hace mucho tiempo que no
necesito curador.
    </p>
    

    <p>
     -Los pródigos y los adoradores del
numen sacanete le necesitan mientras existen.
    </p>
    

    <p>
     -Te juro...
    </p>
    

    <p>
     -Detente desventurado: no cometas la
mitad del perjurio.
    </p>
    

    <p>
     Elina intervino.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano -dijo:- está usted
dispuesto para acompañarme a bordo de 

     <emph>
      la Atrevida
     </emph>
     ?
    </p>
    

    <p>
     -De todo punto -contestó Felicísimo recogiendo el sombrero, y
acomodándosele debajo del brazo.
    </p>
    

    <p>
     -Será usted tan bueno que ordene a su
lacayo la conducción de una de las cajas? Ordóñez se encargará de
la otra.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se adelantó hasta la meseta de
la escalera, y llamó a Cazurro y al cochero.
    </p>
    

    <p>
     Impuestos los domésticos en el asunto
de que se trataba, se distribuyeron el bagaje y emprendieron la
marcha Elina bajó al soportal de la fonda, apoyada en el brazo de
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     La travesía no era larga.
    </p>
    

    <p>
     Cazurro guió hacia el lugar donde
esperaba la lancha, y gritó al patrón que atracase al muelle.
    </p>
    

    <p>
     Colocadas las cajas por los criados en
el fondo del bote, Lozano saltó a bordo y ofreció la mano a la
condesa.
    </p>
    

    <p>
     La joven se instaló en el sitio menos
incómodo, indicando al patrón el nombre del buque que iban a
visitar.
    </p>
    

    <p>
     Un vigoroso, golpe de remo en el muro,
siguió a la instrucción de la condesa. El muelle pareció alejarse
de la lancha como por encanto.
    </p>
    

    <p>
     El esquife se engolfó en la bahía
deslizándose a lo largo del costado de los numerosos navíos de dos
y de tres puentes allí anclados, que había construido la
inteligente actividad del marqués de la Ensenada, y que supo
conservar la sistemática neutralidad del buen Fernando VI.
    </p>
    

    <p>
     El despejado fondeadero elegido por el
comandante de la 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     , revelaba la proximidad del momento
de ponerse en franquía.
    </p>
    

    <p>
     La esbelta y elevadísima arboladura de
la fragata, hermoso buque de treinta cañones, prometía excelentes
condiciones de marcha.
    </p>
    

    <p>
     Apenas se acercó la lancha a la 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     , recibió un enérgico 

     <emph>
      quién vive
     </emph>
     . Lozano contestó que se conducían
equipajes del marqués de Esquilache, y el oficial de cuarto
permitió el abordaje.
    </p>
    

    <p>
     Elina y Felicísimo subieron al buque
por la escala de babor, precedidos de los criados, y fueron
dirigidos a la gran cámara de popa donde a la sazón se hallaban los
marqueses.
    </p>
    

    <p>
     Esquilache se puso vivamente en pie
desahogando el pecho con el más intenso de los suspiros al
reconocer las cajas del sarcófago de los Morales. Pastora, con las
lágrimas en los ojos, enlazó el brazo izquierdo a rededor del
cuello de Elina, y tendió la diestra a Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Al fin -articuló el marqués con la
sonrisa del triunfo.
    </p>
    

    <p>
     -Ah... mi leal, mi inteligente
Elina... Oh, mi noble, mi valiente Lozano... -exclamó la
marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -En más de una ocasión con la
desesperación en el alma lo he visto todo perdido -dijo la
condesa-; pero merced a la protección del cielo, y al incomparable
brío de mi caballero el éxito ha coronado nuestra empresa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cómo corresponder a adhesión tan
suprema!.. -sollozó Pastora.
    </p>
    

    <p>
     -¡A servicio tan señalado! -añadió
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -¿Estás satisfecha de mi?
    </p>
    

    <p>
     -¿No ves que lloro de ventura?
    </p>
    

    <p>
     -Harto pagada quedo entonces, Pastora
mía. Con respecto al señor de Lozano yo no puedo ser juez imparcial
de lo que tu familia le debe. Cuando él no esté presente me será
lícito referir todos sus rasgos de afecto, serenidad y heroísmo...
En estos momentos me limito a consignar que si nuestro amigo ha
logrado obtener la salvación de ese rico tesoro ha sido al terrible
precio de la vida de cinco hombres.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa se extremeció
visiblemente. Esquilache elevó los ojos al cielo no sabemos si
impulsado por la admiración de la hazaña que oía, o para dar
gracias al Altísimo por el beneficio con que se veía
favorecido.
    </p>
    

    <p>
     De lo que estamos de todo punto
seguros es de que la mirada del marqués hacia los espacios
siderales de la eterna luz no tenía por objeto recomendar el alma
de los fallecidos.
    </p>
    

    <p>
     -El marqués -repuso Pastora-,
aquilatará en el fondo del generoso corazón que tiene la magnitud
del favor que recibe.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, sí... -exclamó Esquilache poco
menos que con entusiasmo-; y mi estimación es tan ferviente, tan
infinita, que dará títulos imperecederos a mi gratitud más viva al
bravo señor de Lozano, y me inspirará por su felicidad incesantes
votos. ¡Qué otro galardón más digno podría tributarle!
    </p>
    

    <p>
     Elina bajó sus largas pestañas.
Pastora se mordió los labios.
    </p>
    

    <p>
     -El señor marqués me favorece, en
efecto, con el don para mí de mayor valía -contestó Felicísimo con
una naturalidad perfecta:- por desgracia para mis afecciones, pero
por dicha para la evidencia de mi desintereses, el buen oficio que
he tenido ocasión de prestar a su excelencia no puede hoy ser
considerado como un mérito para obtener el empleo que fui a
solicitar a la casa de las siete chimeneas en los primeros días del
mes de Marzo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Excelencia! -interrumpió el italiano
apoderándose de una de las manos del joven y estrechándola con
efusión entre las suyas-; el señor de Lozano parece olvidar que se
dirige al más apasionado, íntimo e invariable de sus amigos.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se inclinó tres veces
cortésmente, una por cada epíteto que el marqués se aplicaba.
    </p>
    

    <p>
     Un incidente atajó los transportes de
Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     El comandante del buque entró en la
cámara seguido del segundo jefe.
    </p>
    

    <p>
     Prescindiendo del notorio defecto de
la curiosidad que al capitán movía con respecto a las visitas que
recibían los pasajeros, el bizarro marino era un verdadero modelo
de cordialidad y de cortesanía.
    </p>
    

    <p>
     Después de ponerse con la mayor
solicitud a las órdenes de los señores marqueses, objeto principal
que allí le conducía, sin aventurar preguntas directas, que es el
privilegio de las gentes hábiles, se enteró de la elevada posición
social de la condesa de Bari; supo el nombre del joven caballero
que la acompañaba; y obtuvo la confidencia de que las cajas
aportadas contenían alhajas recibidas en depósito miserable al
estallar en Madrid el motín del domingo de Ramos, papeles de
familia y otras baratijas insignificantes en rigor, pero caras al
corazón de aquellos a quienes pertenecían.
    </p>
    

    <p>
     Sin embargo, por ameno que fuese el
trato del digno oficial, su llegada había suprimido en la
entrevista todo género de espansiones y de gratas intimidades.
    </p>
    

    <p>
     Y como por otra parte la calma del
capitán sólo comparable a la de la soberbia ensenada donde anclaba
el barco que mandaba, y la completa insignificancia de los
conceptos del afectuoso diálogo que entretenía, parecían indicar el
partido de no abandonar la cámara, Elina se puso en pie, y
manifestó la intención de volver a tierra.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa fue la primera en imitar
el movimiento de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -Ya me dejas... -pronunció.
    </p>
    

    <p>
     -Necesario es -contestó la de
Bari.
    </p>
    

    <p>
     -Harto pronto me parece tratándose del
día que precede a una separación que no quiero llamar eterna ¡ay!
pero que pudiera serlo.
    </p>
    

    <p>
     -Mañana volveré para darte el abrazo
de despedida, si el señor capitán tiene a bien permitirlo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Pues no! -respondió el marino:- la
presencia de la señora condesa de Bari embellece mi buque tanto
como es particularmente grata al corazón dé la señora marquesa.
    </p>
    

    <p>
     Las dos damas cambiaron palpitantes un
ósculo y un sollozo.
    </p>
    

    <p>
     -Se desgarra mi pecho, Elina mía:
¿será un presentimiento? -dijo la de Esquilache.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, Pastora... Pastora... ¡así es
como me prestas el valor que necesito!... -murmuró la condesa
titubeando.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa echó atrás la cabeza,
apoyó las manos en los hombros de Elina, y sepultando en sus
pupilas una intensa mirada articuló rápidamente:
    </p>
    

    <p>
     -Si vinieses a Italia...
    </p>
    

    <p>
     Elina se extremeció.
    </p>
    

    <p>
     -Tu idea es seductora -balbuceó
tendiendo en torno los extraviados ojos.
    </p>
    

    <p>
     Lozano contemplaba a la joven pálido
como la espuma de las olas que azotaban el cabo del castillo de
Santa Bárbara; pero sereno y firme como el peñón donde se
rompían.
    </p>
    

    <p>
     -Oh, cede al primer impulso: siempre
es generoso -añadió la marquesa.
    </p>
    

    <p>
     La azafata de la reina madre contestó
después de una pausa:
    </p>
    

    <p>
     -Mañana te daré mi respuesta
definitiva.
    </p>
    

    <p>
     -Quieres reflexionar: es muy
justo.
    </p>
    

    <p>
     -No; pero necesito resolver una
cuestión previa.
    </p>
    

    <p>
     -Disponga usted que se bote al agua la
chalupa, señor de Vilches -dijo el comandante al teniente.
    </p>
    

    <p>
     -Gracias mil, señor capitán; pero es
innecesario -repuso la condesa- nos espera la lancha que nos ha
conducido a bordo.
    </p>
    

    <p>
     Cumplido el deber de atención el
marino no insistió en su ofrecimiento, cosa que debieron
agradecerle los gavieros; porque sabido es que no se pone en el mar
ni se iza la chalupa con la misma facilidad que un bote.
    </p>
    

    <p>
     Los marqueses y los dos oficiales
acompañaron hasta la obra muerta a los jóvenes que partían.
    </p>
    

    <p>
     Canjeados allí en debida forma el
postrer cumplido por los caballeros, y la última caricia por las
damas, la condesa y Lozano bajaron a su lancha.
    </p>
    

    <p>
     Haría cinco minutos que esta vogaba
con velocidad por la bahía, y todavía al ondulante pañuelo de Elina
contestaba otro movible punto blanco en la fragata.
    </p>
    

   </div>
   

   <div type="chapter" n="SPA3012034">
    

    <head>
     Capítulo XXXIV
    </head>
    

    <head>
     De cómo Tristán de Ayala supo que su amigo,
nuestro protagonista, había perdido el apetito
    </head>
    

    <p>
     Desde que puso el pie en tierra Lozano
presintió que se cernía sobre su cabeza una nube de tempestad, por
más que ignorase toda la estensión de la borrasca, el origen de
ésta, sus extragos, y hasta el momento en que debía
desencadenarse.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo, sin embargo, esperó
sereno. Pertenecía al número de esos seres inquebrantables que
miran sin pestañear el rayo, aunque el terrible fulgor del rey de
los meteoros les paralice para siempre la retina.
    </p>
    

    <p>
     La amenaza latente determinó una
situación forzada en cierto modo, que ni la misma verbosidad del
satisfecho Ayala fue bastante a modificar.
    </p>
    

    <p>
     A pesar de todo, el día trascurrió sin
accidente. Acaso no era Elina quien menos temía la provocación de
la crisis.
    </p>
    

    <p>
     En la comida hubo más reserva que en
el almuerzo; en la sobremesa se llegó hasta la preocupación; y en
la reunión en el cuarto de la condesa a la hora del crepúsculo
vespertino, se tocó en los límites del silencio.
    </p>
    

    <p>
     Tristán, que no comprendía ni la
primera letra del enigma, temió incurrir en una inconveniencia que
le era habitual cuando se fastidiaba, esto es, en eslabonar de
setenta a setenta y cinco enormes bostezos, y se apresuró a
despedirse para salir a respirar el aire del muelle.
    </p>
    

    <p>
     Disponíase Felicísimo a seguir a su
amigo cuando Elina le dijo a media voz:
    </p>
    

    <p>
     -Ruego a usted, señor de Lozano, que
me conceda todavía algunos minutos de atención.
    </p>
    

    <p>
     El joven se detuvo. La hora suprema
había sonado.
    </p>
    

    <p>
     Cuando estuvieron solos, la dama
añadió con agitación febril; pero resueltamente:
    </p>
    

    <p>
     -Es usted un organismo de acero tan
bien templado como la hoja de la espada que ciñe, un prodigio de
energía moral, y un monstruo de orgullo.
    </p>
    

    <p>
     -La señora condesa no me lisonjea
-contestó Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -Aunque vea usted abrirse bajo sus
pies la tierra es cosa segura que no pronunciará usted una
palabra.
    </p>
    

    <p>
     -No me atrevería a contradecir a la
señora condesa si mi silencio obedeciese a razones poderosas.
    </p>
    

    <p>
     -Por fortuna hay ocasiones en que la
discreción es una virtud perdida.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ay! si fuera esa sola...
    </p>
    

    <p>
     -Hasta las ambigüedades son inútiles.
Señor de Lozano: sé perfectamente que usted me ama...
    </p>
    

    <p>
     -Con el delirio que aman los
insensatos; pero juro a usted señora condesa, que nada he puesto de
mi parte para ello.
    </p>
    

    <p>
     -Lo cual quiere decir que la
germinación de ese apasionado sentimiento se debe exclusivamente a
mi coquetería.
    </p>
    

    <p>
     -Protexto...
    </p>
    

    <p>
     -No se tome usted semejante trabajo:
hemos llegado a circunstancias en que estoy decidida a merecer de
usted otro concepto menos edificante todavía.
    </p>
    

    <p>
     -Por piedad...
    </p>
    

    <p>
     -El concepto de una mujer superior a
las conveniencias sociales. He aquí la prueba...
    </p>
    

    <p>
     La condesa dirigió al joven una
límpida mirada, y repuso acentuando cada sílaba:
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano ¿acepta usted por
esposa a Elina de Velamazan?
    </p>
    

    <p>
     -Aspiro con alma y vida a tanta dicha
-respondió Felicísimo ligeramente pálido-; pero en la actualidad no
me es lícito obtenerla.
    </p>
    

    <p>
     -Ah ¿puedo conocer los motivos?...
    </p>
    

    <p>
     -No hay más que uno.
    </p>
    

    <p>
     -Tanto mejor ¿cuál es?
    </p>
    

    <p>
     -Mi dignidad personal. Hoy no tengo
fortuna ni carrera.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué significan esas dos últimas
cosas?
    </p>
    

    <p>
     -Para Elina de Velamazan nada acaso;
pero Felicísimo Lozano no es hombre que podría avenirse a pasar en
la corte por un hambriento advenedizo tolerado merced a una
caprichosa afición de la condesa de Bari.
    </p>
    

    <p>
     -Si el incorrejible defecto con que
tan francamente he apostrofado a usted no le cegase, comprendería
todo lo falso de su razonamiento. ¿No cuenta usted con la amistad
del monarca?
    </p>
    

    <p>
     -Todavía no he adquirido derecho para
contestar negativamente.
    </p>
    

    <p>
     -¿No es usted dueño de una palabra
regia?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda.
    </p>
    

    <p>
     -Pues bien, señor de Lozano: ¿qué
espíritu suspicaz se atrevería a sostener que ese doble talismán no
equivale a la riqueza y la posición que usted parece echar de
menos?
    </p>
    

    <p>
     -Todo aquel para quien la esperanza no
sea precisamente lo mismo que la realidad.
    </p>
    

    <p>
     -¿Expone usted así el temor de que la
realidad en cuestión se aplace por mucho tiempo?
    </p>
    

    <p>
     -Todo lo contrario: abrigo la
convicción profunda de que por ese o por otro camino no ha de
tardar en sonreírme la fortuna.
    </p>
    

    <p>
     -Hum... no tiente usted a la
felicidad, Lozano... Ayer me oyó usted decir a la marquesa que no
era imposible que me decidiera a seguirla a Italia...
    </p>
    

    <p>
     -Si conservo la fe de usted, su
partida no habrá de reducirme a la desesperación. El día infalible
en que vea cumplidos mis deseos, seguiré a usted cualquiera que sea
el país donde respire.
    </p>
    

    <p>
     -Pero desgraciado ¿olvida usted cuánto
malo se ha dicho de las mujeres por los filósofos, los poetas y los
amantes? ¿No podría suceder que cuando usted llegase colmado de los
favores de la fortuna, radiante de dicha, ebrio de amor, hubiesen
radicalmente cambiado los sentimientos de mi corazón?
    </p>
    

    <p>
     -Entonces no habría perdido nada
-contestó fríamente Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh, así es como usted ama! -exclamó
Elina hiriendo el suelo con el pie.
    </p>
    

    <p>
     -Así es al menos como las pérfidas
merecen que se las ame.
    </p>
    

    <p>
     -¿Es esa la última palabra de
usted?
    </p>
    

    <p>
     -La última.
    </p>
    

    <p>
     -Está bien, caballero.
    </p>
    

    <p>
     La condesa, que sentía afluir los
sollozos a la garganta, y las lágrimas a los ojos, no quiso dar ese
espectáculo a Lozano; y en un momento de irresistible impaciencia
le mostró la puerta con la mano.
    </p>
    

    <p>
     El joven saludó y se dirigió a la
salida.
    </p>
    

    <p>
     En el acto de desaparecer Felicísimo,
temiendo Elina haberle herido demasiado vivamente estuvo a punto de
detenerle con un grito, y de tenderle los brazos.
    </p>
    

    <p>
     Un instinto fatal ahogó la voz de la
dama, y paralizó su movimiento.
    </p>
    

    <p>
     ¡En qué nimios azares se decide la
felicidad humana!
    </p>
    

    <p>
     Lozano bajó a su cuarto renegando de
la creación con mucho menos conocimiento de ella, pero con harta
más destemplanza que lo hizo Alonso X.
    </p>
    

    <p>
     En el semblante del joven debía haber
algo que careciese de atractivo.
    </p>
    

    <p>
     Nuestro aserto no es gratuito por más
que pudiera serlo; porque nadie ignora que los historiadores tienen
derecho para decir todo lo que saben o todo lo que creen saber;
pero por esta vez prescindimos de la inmunidad del sacerdocio que
ejercemos, y vamos a exponer al lector el dato en que nos hemos
fundado.
    </p>
    

    <p>
     Tristán de Ayala penetró en el
gabinete de Felicísimo dos minutos después que este; pero al ver la
expresión que ofrecía el rostro reflejado por casualidad en un
espejo, giró militarmente sobre los tacones y volvió a salir a la
galería sin llegar a proferir la primera frase.
    </p>
    

    <p>
     La noche no podía anunciarse para
Lozano de un modo más perverso; pero la sucesión de las horas
excedió los rigores de la amenaza. El sol surgió de la azul llanura
del Mediterráneo sin que el joven hubiera hecho otra cosa que
bramar como un toro cuando no rugía como un tigre.
    </p>
    

    <p>
     Con las heridas morales sucede lo
mismo que con las físicas: si la gangrena llega a invadirlas el
trascurso del tiempo no las cicatriza, las agrava.
    </p>
    

    <p>
     Ya hacía dos horas que resonaban en la
fonda los ruidos del trajín cuotidiano, cuando Cazurro se acercó a
decir a su amo que deseaba verle una dama.
    </p>
    

    <p>
     Como Lozano sólo pensaba en la condesa
se apresuró a preguntar movido por una vaga esperanza:
    </p>
    

    <p>
     -¿Conoces a tu anunciada?
    </p>
    

    <p>
     -Lo ignoro, señor.
    </p>
    

    <p>
     -¡Zángano mil veces! ¿Me supones de
humor para escuchar badajadas?
    </p>
    

    <p>
     -Mi contestación, sin embargo, y dicho
sea con el debido respeto, es la única posible. Esa señora viene
tan tapada como una dama del 

     <emph>
      Socorro de los mantos
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     -Que pase adelante como guste, sola o
con dueña y rodrigón.
    </p>
    

    <p>
     La dama penetró sola en el
aposento.
    </p>
    

    <p>
     Acto continuo se desembarazó del
tupido velo de encaje.
    </p>
    

    <p>
     -¡La señora marquesa de Esquilache!
-exclamó atónito Lozano.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por qué tanta sorpresa? -dijo
Pastora con labio riente.
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh! La honra que la señora marquesa
me dispensa en las especiales circunstancias en que se
encuentra...
    </p>
    

    <p>
     -Ni mi esposo ni yo podíamos
resignarnos a partir sin ofrecer a usted una demostración de
afecto.
    </p>
    

    <p>
     -¿Una más todavía?
    </p>
    

    <p>
     -¡Eran tan estériles todas las que
hasta aquí le habíamos prodigado!...
    </p>
    

    <p>
     -Permítame que disienta de esa
opinión, mi señora la marquesa. Prescindiendo de la alta estimación
en que tengo la cordialidad que tanto usted, como su ilustre
consorte, me conceden, jamás podré calificar de infructuosa la
eficaz recomendación que en mi favor se sirvieron hacer a su
majestad.
    </p>
    

    <p>
     -También me complazco en esperar que
el rey no olvide nuestro ruego: pero yo soy de abolengo catalán,
señor de Lozano: mis justicias y mis favores sólo me satisfacen
cuando proceden de mi propia mano... Por eso vengo en persona a
impetrar de usted que acepte este pliego.
    </p>
    

    <p>
     Y la de Esquilache, separando su
amplio chal, sacó un paquete lacrado, que alargó hacia el
joven.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo miró el pliego con cierta
indecisión, murmurando:
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, señora, que no se si
debo...
    </p>
    

    <p>
     La marquesa replicó con un gracioso
mohín de afectada queja:
    </p>
    

    <p>
     -¿No sabe usted si debe agradecerme
que haya sido conducida al Arsenal en una cáscara de nuez con la
fresca brisa que riza la rada?
    </p>
    

    <p>
     Lozano tomó inmediatamente el
paquete.
    </p>
    

    <p>
     Iba a quitar el sobrescrito, cuando
los torneados dedos de la dama se posaron en el dorso de la diestra
del joven.
    </p>
    

    <p>
     -Señor de Lozano -repuso la marquesa-,
suplico a usted que no abra el pliego hasta que yo me haya
ausentado.
    </p>
    

    <p>
     -Será obedecida la señora
marquesa.
    </p>
    

    <p>
     -Por lo demás, el aplazamiento sólo es
de un instante. El tiempo de que puedo disponer es breve y vuela.
Un apretón de manos y habrá terminado nuestra entrevista... pero lo
que jamás tendrá término en mi memoria es el grato recuerdo de la
adhesión de usted en la noche de anteayer y en la del 24 de
Marzo.
    </p>
    

    <p>
     La marquesa, que en efecto había
estrechado con efusión las manos del joven, cruzó el dintel de la
puerta y desapareció en la dirección del aposento de Elina.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo se acercó entonces a la
ventana y rompió el sobre del paquete.
    </p>
    

    <p>
     La primera cuartilla contenía las
siguientes líneas.
    </p>
    

    <p>
     «Corta dádiva que los
marqueses de Esquilache, en prueba de gratitud, tributan al señor
don Felicísimo Lozano para que pueda restaurar la casa solariega de
su familia, cuyos antiguos timbres tanto ilustra con nobilísimas
acciones».
    </p>
    

    <p>
     

     <emph>
      «La marquesa de Esquilache»
     </emph>
     .
    </p>
    

    <p>
     Dentro de aquel autógrafo había una
serie de vales reales que Lozano fue con toda conciencia sumando
mentalmente a medida que se dejaban ver los guarismos.
    </p>
    

    <p>
     El inesperado donativo ascendía a la
cantidad de treinta mil pesos.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo terminó su adición con las
pupilas dilatadas y la sonrisa en los labios, pero con el pulso más
tranquilo del mundo...
    </p>
    

    <p>
     -¡Pardiez! -murmuró-, la marquesa ha
hecho bien en firmar sola la carpeta. Si la asociación del nombre
del marqués fuese algo más que una fórmula impuesta por las
conveniencias, es cosa segura que el económico ex-poseedor de la
llave de la real gaveta no hubiera jamás autorizado una
gratificación tan ruinosa.
    </p>
    

    <p>
     Sonó el lijero gemido de una puerta
que gira sobre sus goznes.
    </p>
    

    <p>
     Lozano guardó su paquete en el
bolsillo del pecho de la casaca.
    </p>
    

    <p>
     En el gabinete del joven acababan de
entrar la cabeza, una pierna y un brazo de Ayala.
    </p>
    

    <p>
     -¿Muerdes todavía? -pronunció Tristán
sin completar su exhibición.
    </p>
    

    <p>
     -¿Qué diablos significa eso? -contestó
Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     -¡Cáspita! Significa que necesito
saber si se puede almorzar contigo sin tener una trifulca.
    </p>
    

    <p>
     -No, Tristán.
    </p>
    

    <p>
     -Ah, perfectamente: continúa el
berrinche de anoche.
    </p>
    

    <p>
     -Mi negativa no se refiere a la
trifulca posible o imposible, sino al almuerzo mismo. Por hoy
prescindo de ese yantar.
    </p>
    

    <p>
     -Haces muy bien si en la disposición
en que se encuentra tu ánimo había de ocasionarte una
indigestión.
    </p>
    

    <p>
     -Admito el epigrama, porque no tengo
el menor inconveniente en conceder que las afecciones morales, de
cualquier género que fueren, influyen en mi apetito y en la
secreción de mi bilis. Yo no soy un tragaldabas como tú.
    </p>
    

    <p>
     -¡Ea, adió! No quiero reñir con el
favorito de la más generosa de las condesas.
    </p>
    

    <p>
     -¡Tristán!
    </p>
    

    <p>
     -Volveré cuando estés abordable.
    </p>
    

    <p>
     Ayala cerró de nuevo la movible tabla
que le eclipsaba a medias, y se alejó precipitadamente.
    </p>
    

    <p>
     Lozano se fue de pecho al aguamanil,
se encaró con el espejo, y en cuatro minutos puso en estado
presentable la personalidad que debía a la naturaleza.
    </p>
    

    <p>
     A continuación subió al cuarto
principal.
    </p>
    

    <p>
     Felicísimo rascó ligeramente en la
puerta del cuarto de Elina diciendo:
    </p>
    

    <p>
     -¿Da la señora condesa su permiso para
que entre Lozano a saludarla?
    </p>
    

    <p>
     -Adelante -contestó la vibrante voz de
Elina.
    </p>
    

    <p>
     El joven levantó el picaporte y
penetró en la estancia.
    </p>
    

    <p>
     Elina le dirigió esa mirada sostenida,
que únicamente dirigen las mujeres a los hombres que aman o a los
que desprecian.
    </p>
    

    <p>
     -Ayer tarde -pronunció Felicísimo-, me
dio la señora condesa una prueba evidente de que es la persona que
más se interesa en el mundo por mi porvenir; ella debería ser, por
lo tanto, la primera a quien estaría obligado a confiar la
satisfacción que experimento, aunque para hacerlo así no me moviese
otra razón más poderosa todavía.
    </p>
    

    <p>
     La condesa no movió los labios, no
pestañeó, no cambió de color.
    </p>
    

    <p>
     Lozano repuso:
    </p>
    

    <p>
     -Había oído decir que la fortuna
siempre nos sorprende durante el sueño; pero hasta este momento no
me ha sido dado comprobar por mí mismo la exactitud del
aforismo:
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah... el señor de Lozano ha dormido
esta noche!... -murmuró la dama.
    </p>
    

    <p>
     La lijera extrañeza que despuntaba en
la observación de Elina tenía su explicación. La abierta puerta de
la alcoba dejaba ver intacto el lecho de la joven.
    </p>
    

    <p>
     -Soñar no es lo mismo que dormir,
señora condesa -replicó Felicísimo.
    </p>
    

    <p>
     Elina no negó al caballero un breve
signo de aquiescencia.
    </p>
    

    <p>
     -Cuando hace pocas horas hablaba a
usted de mi ciega fe en la adquisición de algún caudal -prosiguió
Lozano-, no sospechaba, por cierto, que tan pronto se viera
realizada mi instintiva aspiración.
    </p>
    

    <p>
     -¡Es posible! -profirió la condesa con
un aire en que podía haberlo todo excepto admiración.
    </p>
    

    <p>
     -Durante el curso de la noche ha
cambiado radicalmente mi suerte. No soy un opulento cortesano, ni
mucho menos que eso: pero puedo considerarme un acaudalado
hidalguillo de Torrelaguna, por cuanto restauraré mi casa solariega
y recuperaré las tierras que fueron patrimonio de mi familia en los
tiempos en que a mi abuelo se le llamaba en la comarca entera el
rico Lozano, a pesar de que su capital no excedía de seiscientos
mil reales.
    </p>
    

    <p>
     -En verdad, señor de Lozano, que no
podría usted darme noticia más grata.
    </p>
    

    <p>
     -Aunque no hay el mayor calor en el
tono que la señora condesa emplea, acepto sus palabras en el
sentido literal con vivo reconocimiento.
    </p>
    

    <p>
     -¿Por acaso tendría usted motivos para
dudar de mi sinceridad?
    </p>
    

    <p>
     -Reconozco que únicamente los tengo
para la hipótesis inversa.
    </p>
    

    <p>
     -¡Hipótesis!
    </p>
    

    <p>
     -¿Prefiere usted que diga
creencia?
    </p>
    

    <p>
     -Sin duda: ¡se realizan las creencias
de usted tan puntualmente!
    </p>
    

    <p>
     -Sea como usted quiera. Y ahora bien,
¿podrá sorprender a la señora condesa que hoy acuda a sus plantas
para solicitar rendido la misma idolatrada mano que ayer no me
atreví a aceptar?
    </p>
    

    <p>
     -Mi sorpresa no es de las más
acentuadas; pero...
    </p>
    

    <p>
     -¡Ah... qué conjunción tan
terriblemente adversativa!...
    </p>
    

    <p>
     -El señor de Lozano hizo anoche mucho
más que desgarrar sin piedad mi corazón: hirió profundamente mi
vanidad...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!... señora condesa...
    </p>
    

    <p>
     -Y como este delito es de los que no
perdonan nunca las mujeres, merece usted una lección rudísima.
    </p>
    

    <p>
     -¡Sin indulgencia alguna!
    </p>
    

    <p>
     -Pese usted mis palabras. A mi vez
niego a usted rotundamente mi mano.
    </p>
    

    <p>
     Y Elina, con efecto, alargó al mismo
tiempo a Lozano la cosa negada.
    </p>
    

    <p>
     -¡De este modo cruel! -exclamó
Felicísimo extasiado, cayendo a los pies de la condesa.
    </p>
    

    <p>
     -¿De qué otra manera podría
hacerlo?... -articuló la joven.
    </p>
    

    <p>
     ¡Quién ha dicho que no existe la
felicidad sobre la tierra!
    </p>
    

    <p>
     Elina acarició la cabeza de Lozano con
la única mano que éste la dejaba libre, y murmuró a su vez:
    </p>
    

    <p>
     -¡Niño, que se ha atrevido a profanar
el clásico idioma de Citeres, introduciendo en él frases exóticas
de la jerga con que se habla en el mundo de los bienes que la loca
fortuna distribuye! ¡Novel alumno de Eros, que ignora todavía que
entre los verdaderos amantes nada hay que no sea común... que no da
ninguno... que ninguno recibe!...
    </p>
    

    <p>
     -¡Perdón mil veces! -balbucearon los
labios de Felicísimo en uno de los intervalos en que no estaban
unidos al delicioso cutis de la diestra de la hermosa condesa.
    </p>
    

    <p>
     Hay en la primera caricia del amor
algo que embriaga.
    </p>
    

    <p>
     Los dos jóvenes, con los ojos del uno
fijos en los del otro, las manos entrelazadas y el espíritu
absorto, agotaron el vocabulario de las ternezas, el mundo de los
proyectos y hasta el báratro de las extravagancias sin noción de la
vida real ni del tiempo.
    </p>
    

    <p>
     ¿Cuánto duró efectivamente el estado
cataléptico de ambos amantes? ¿Un minuto? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Un
siglo?
    </p>
    

    <p>
     El problema no hubiera tenido solución
a no ofrecerse instantáneamente un dato de cierta precisión.
    </p>
    

    <p>
     Una detonación sonora, ronca, repetida
por los ecos de la rada, conmovió los vidrios de la ventana.
    </p>
    

    <p>
     Lozano, arrancado de su letargo por el
lejano estampido, se levantó y abrió la vidriera.
    </p>
    

    <p>
     Desde aquel punto de 

     <emph>
      la Fonda del Arsenal
     </emph>
     se divisaba una gran
parte de la bahía.
    </p>
    

    <p>
     La 

     <emph>
      Atrevida
     </emph>
     se había cubierto de lona y
maniobraba avanzando lentamente hacia la salida del puerto.
    </p>
    

    <p>
     La lijera nubecilla de humo que
todavía velaba la batería de la fragata, era la huella de su
cañonazo de leva.
    </p>
    

    <p>
     -Condesa, condesa... -dijo el joven-,
no me consolaré jamás de haber sido la causa de que no haya usted
ido a despedirse de su amiga...
    </p>
    

    <p>
     -¡Oh!.. -contestó Elina con una
sonrisa apasionada:- para mí no existe ya en el mundo más que un
cuidado verdaderamente capital: el de hacer dichoso a mi
Felicísimo...
    </p>
    

   </div>
   
   <div type="chapter" n="SPA3012035">
    

    <head>
     Epílogo
    </head>
    

    <head>
     Donde se expone la suerte de los principales
personajes de esta historia y se impetra la colaboración del lector
para calcular lo que pudo hacerse de los secundarios
    </head>
    

    <p>
     La condesa de Bari y sus dos
caballeros partieron al día siguiente para Aranjuez, residencia
todavía de la corte.
    </p>
    

    <p>
     La familia real estaba justamente
resentida del pueblo de Madrid, y se tomaba la venganza de las
damas: privaba de su presencia.
    </p>
    

    <p>
     Elina, que conducía una sentida
epístola en que la marquesa de Esquilache tributaba su postrer
saludo al César, no demoró un instante el cumplimiento del capital
deber de todo mensajero.
    </p>
    

    <p>
     Acaso, por efecto de una postdata en
la misiva; tal vez con ocasión de una oportuna confidencia de la
portadora; quizá por una feliz combinación de ambas cosas, fue lo
cierto que en la memoria del rey se refrescaron todos los
conmovedores recuerdos de la dramática noche del lunes al martes
Santos.
    </p>
    

    <p>
     La consecuencia no pudo ser más
satisfactoria para Lozano.
    </p>
    

    <p>
     A las cuarenta y ocho horas de la
llegada al Real Sitio recibió de mano de Elina un nombramiento de
gentilhombre de casa y boca de su majestad con el tratamiento de
tres mil ducados anuales.
    </p>
    

    <p>
     Este tratamiento, que según dijo
Ayala, bien podía exceder al de excelencia, era el gaje de bodas de
la condesa.
    </p>
    

    <p>
     El marqués de Esquilache se resignó a
parecer aniquilado por su inmensa desgracia durante algún tiempo;
pero cuando creyó que había trascurrido el suficiente para que el
velo del olvido comenzase a cubrir las asperezas de la historia del
período en que rigió los destinos de la nación, emprendió una
verdadera campaña de gestiones, primero desde Nápoles, y después
desde Mesina y Palermo para obtener una rehabilitación solemne.
    </p>
    

    <p>
     El centón de lacrimosas cartas que
escribió al rey, a Roda, a Carrasco y a cuantos personajes
influyentes consideraba amigos, evidencia el inagotable tesoro de
amargas quejas, que es capaz de contener el corazón de un
ex-ministro cuyo honor ha sido vulnerado.
    </p>
    

    <p>
     El desventurado erudito que en busca
de datos históricos se proponga examinar con conciencia toda la
correspondencia de Esquilache, acabará por explicarse, ya que no
por encontrar justificada la bárbara costumbre de algunos monarcas
de tiempos más rudos, en los cuales la separación de cada ministro
solía llevar aparejada la decapitación.
    </p>
    

    <p>
     El marqués protestaba que no era su
ambición volver a ser ministro, ni en modo alguno codiciaba un
expléndido sueldo; pero que tenía para él más importancia que la
misma vida, una llamada a la Corte que le permitiera disfrutar de
la presencia del querido 

     <emph>
      amo
     </emph>
     , o un puesto oficial en el extranjero,
que a ninguno en Europa pudiera dejar duda del justo reconocimiento
de la honra inmaculada del nombre que llevaba.
    </p>
    

    <p>
     No eran tantos como se permitía
suponer el italiano los amigos que dejaba en Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Por espacio de largo tiempo los
escritos en que apurando todos los giros de las lamentaciones de
Jeremías distraía los ocios del ostracismo, se traspapelaron en
muchos bufetes, y se ennegrecieron y rozaron hasta inutilizarse en
los bolsillos de muchas casacas, sin ofrecer resultado alguno
favorable; pero un respetable aforismo latino, asegura que la gota
incesante cava la piedra.
    </p>
    

    <p>
     A los seis años de insistente clamor,
el marqués logró obtener la credencial de representante de su
majestad católica en Venecia.
    </p>
    

    <p>
     A juzgar por las declaraciones
anteriores, Esquilache debía haber quedado satisfecho; pero hay
espíritus insaciables para los que un éxito apetecido, sólo es el
escabel de otro más codiciado todavía.
    </p>
    

    <p>
     Pocos meses después, el general
Gregorio puso en juego toda la artillería de la ciudad de San
Marcos para batir las puertas de Madrid.
    </p>
    

    <p>
     Por esta vez, sin embargo, el marqués
halló a la corte inexpugnable, y hubo de avenirse a continuar en la
legación de Venecia hasta el 15 de Setiembre de 1785, fecha en que,
según la frase obligada, pasó a mejor vida.
    </p>
    

    <p>
     Entre las voces que por Madrid
circularon en los días del motín, mereció poco menos que unánime
crédito la que propalaba que setenta y cinco mil duros de los
invertidos en los gastos del movimiento, salieron de las arcas del
marqués de la Ensenada.
    </p>
    

    <p>
     La suma era en verdad un poco fuerte;
pero todos sabían que Somodevilla poseía cuantiosos ahorros, que la
adversa fortuna no había cambiado en él los hábitos de grandeza y
explendidez, y que en aquella ocasión sembraba para recojer.
    </p>
    

    <p>
     No ha podido la historia poner en
claro todavía si el insigne ex-ministro de las cuatro carteras
contribuyó efectivamente con el óvolo indicado a la ruidosa caída
del marqués de Esquilache; pero son hechos comprobados las
simpatías que le inspiraban los amotinados, la cooperación que
concedía a los propósitos de los jesuitas, la ambición sin medida
que le devoraba, y las esperanzas que fundaba en las tumultuosas
escenas que cubrieron de luto la corte.
    </p>
    

    <p>
     Tan cierta llegó a considerar la
posesión de una de las dos carteras que estaban a cargo de
Esquilache, que el martes Santo cuando la rebelión se rehacía al
propagarse por la villa la clandestina fuga del rey, se presentó al
oficial del Parte don Agustín Samano, y le previno que si le
dirigían algún pliego de la corte, no perdiera un instante en
enviárselo.
    </p>
    

    <p>
     El pliego vino, en efecto, si bien
menos pronto que Ensenada anhelaba; pero su decepción no pudo ser
más espantosa; en vez de un nombramiento de ministro, recibió la
orden de trasladarse inmediatamente a Medina del Campo, punto que
se le señalaba como destierro.
    </p>
    

    <p>
     En aquel recinto, harto estrecho para
aliento tan grande, terminó Somodevilla sus días a 2 de Setiembre
de 1781.
    </p>
    

    <p>
     La nueva y última desgracia del
marqués de la Ensenada, con ser de suyo importante, no produjo, sin
embargo, tanto efecto en los círculos palaciegos como otro
acontecimiento verdaderamente inconcebible.
    </p>
    

    <p>
     El servidor más querido del rey, el
más asiduo y familiar de sus amigos, el confidente de las más
obligadoras intimidades, el abate Gándara en fin, fue
misteriosamente preso en las altas horas de la noche, y conducido a
la ciudadela de Pamplona.
    </p>
    

    <p>
     El rigor se extremó sin piedad en otro
caso al cual se quiso dar todo el alcance de un ejemplar
solemne.
    </p>
    

    <p>
     Las locas intemperancias de lenguaje
del murciano don Juan Antonio Salazar, habían tenido numerosos
testigos. Una madrugada, el caballero enfermo todavía, se vio
arrancado del lecho, y sepultado en un profundo calabozo de la
cárcel de corte.
    </p>
    

    <p>
     La instrucción del proceso no fue
larga. La justicia en Castilla, o se pasa de lista o se
eterniza.
    </p>
    

    <p>
     Plenamente probado el hecho capital,
hízose gracia al reo de la sustanciación de mil quinientas
pertinentes incidencias, que hubieran podido ser motivo para que se
escribieran seis millones de folios, y se dictó y consultó
sentencia firme.
    </p>
    

    <p>
     Salazar subió al patíbulo y sufrió la
amputación de la lengua en la Plaza Mayor en expiación de la 

     <emph>
      amistad
     </emph>
     personal con que distinguía a Carlos
III.
    </p>
    

    <p>
     Se habló de otros tremendos castigos,
aunque no se dieron en espectáculo al pueblo.
    </p>
    

    <p>
     El rumor pudo no carecer de
fundamento, porque es lo cierto, que los individuos que más se
habían distinguido en los días del motín, fueron sucesivamente
desaparecido y nadie volvió a tener noticia de ellos.
    </p>
    

    <p>
     Si los procedimientos absolutistas no
suministran muchos datos para la historia, en cambio, son los menos
escandalosos.
    </p>
    

    <p>
     No queremos omitir una excepción en
las venganzas gubernamentales, siquiera sea para probar, aunque no
es necesario, que hay regiones en nuestro planeta en que al lado
del 

     <emph>
      boom-upas
     </emph>
     cuya sombra ocasiona la muerte,
crece el árbol del pan.
    </p>
    

    <p>
     Diego Abendaño, el más osado de los
capataces promotores de la insurreción, el parlamentario popular
que llevó a Aranjuez y puso con la mayor desfachatez en manos del
rey la representación del Gobernador del Consejo escrita al dictado
de los amotinados, el manchego procaz, garitero, borracho y
desertor de presidio, no fue ahorcado.
    </p>
    

    <p>
     Por el contrario, obtuvo tres gracias;
el indulto por la evasión del establecimiento penal y por el resto
de la condena, una plaza de guarda de a caballo del tabaco en
Santiago de Galicia, y cincuenta doblones para la adquisición del
rocín y las armas.
    </p>
    

    <p>
     ¿A qué talismán debió Abendaño su
fortuna? Sencillamente al de la desvergüenza.
    </p>
    

    <p>
     Habló al monarca en el lenguaje
pintoresco de la manolería como hubiera podido hablar al hostelero
valenciano de Puerta Cerrada; le ofreció toda la influencia con que
contaba entre los alborotados, y le juró por los Santos Evangelios
con el mismo fervor que habría jurado por la laguna Estigia, que
para ser en adelante, el más honrado de los hombres, sólo
necesitaba que su majestad le tendiese una mano paternal.
    </p>
    

    <p>
     ¿Podía faltarle el movimiento que
impetraba siendo Carlos III el más bondadoso de los príncipes?
    </p>
    

    <p>
     De la merced dispensada al mensajero,
no se hizo partícipe al redactor del mensaje.
    </p>
    

    <p>
     El obispo don Diego de Rojas y
Contreras, 

     <emph>
      Roñas y Conteras
     </emph>
     , según le apodaba el pueblo,
a pesar de la generosidad con que repartió entre los sediciosos la
paga que devengó en Marzo, fue relevado en el gobierno del Consejo
de Castilla.
    </p>
    

    <p>
     La destitución no llegó a la Cuesta de
Santo Domingo en la forma cancilleresca lisa y llana que hubiera
convenido al prelado, más apegado a las vanidades de la corte que a
los cuidados del báculo pastoral que empuñaba, o mejor dicho, que
debía empuñar. La Real orden contenía el precepto ole que su
ilustrísima fuese a regir personalmente su diócesis de Cartagena, y
la cláusula conminatoria de que no se detuviese en Madrid más de
tres horas.
    </p>
    

    <p>
     Para reemplazar al mitrado en la
presidencia del Consejo, se nombró al capitán general conde de
Aranda, personaje que disfrutaba de gran prestigio en la Nación, y
de unánimes simpatías entre los hombres que profesaban ideas
liberales.
    </p>
    

    <p>
     Llegaba el conde precedido de una
extraordinaria reputación de habilidad, y procuró no desmentirla en
la laboriosa empresa en que se empeñó para reconciliar al rey con
su pueblo.
    </p>
    

    <p>
     No daba Aranda a las reformas
indumentarias de Esquilache mucha más importancia de la que en
rigor merecían; pero le bastó persuadirse de la inclinación
irresistible que por ellas sentía el monarca, para que no se
atreviese a contrariarlas.
    </p>
    

    <p>
     Desde entonces, dio principio el conde
de Aranda a una serie de diplomáticas seducciones cerca de los
representantes de los cincuenta y tres gremios menores, para que no
negasen su valioso concurso a los propósitos de la corte, aplazados
por la benignidad del soberano, pero no de abandonados.
    </p>
    

    <p>
     Entre los medios que el nuevo
presidente del Consejo puso en juego, enumérase uno calificado por
alguien de ingenioso, que sea el que fuere el grado de ingenio que
revele, merece especial mención.
    </p>
    

    <p>
     Utilizando la particular afición con
que el vecindario de Madrid ha mirado al verdugo en todo tiempo,
Aranda dispuso que ese simpático funcionario público, se exhibiera
diariamente en los sitios de mayor concurrencia de la villa con la
capa más larga y el sombrero mas redondo que jamás se habían visto
desde la puerta de Toledo a la de Santa Bárbara, y desde el cuartel
de Guardias a la basílica de Atocha.
    </p>
    

    <p>
     Tantos afanes no fueron de todo punto
perdidos. Ocho meses más tarde, después del fallecimiento de Isabel
de Farnesio, cuando el rey venciendo al fin su aversión, regresó a
Madrid el día 1º de Diciembre, tuvo la satisfacción de ver que
entre los sombreros que se arrojaban al aire en signo de alborozo,
había algunos de tres picos.
    </p>
    

    <p>
     Ayala se instaló en la sala de armas
de Martín Bermejo; y después de una solemne inauguración en que se
repartieron con profusión copas de Jerez, mogicones, puros de la
Vuelta de Abajo y botonazos, se consagró al ejercicio de la nueva
profesión, con el ardor inicial que inspira la realización de una
esperanza por largo tiempo acariciada.
    </p>
    

    <p>
     No indicó decadencia el
establecimiento en las manos del nuevo propietario; el crédito que
disfrutaba aumentó por el contrario de día en día, y los doblones
de los jóvenes pertenecientes a las familias más distinguidas de la
villa, caían en la bolsa de Tristán con una frecuencia que
verdaderamente alegraba el corazón.
    </p>
    

    <p>
     Como el maestro presumía, no fue lo
que menos contribuyó al buen éxito de la sala la amistad de
Felicísimo Lozano.
    </p>
    

    <p>
     El gentil-hombre tomó parte, en
efecto, en los empeñados asaltos que todos los sábados se ofrecían
al mundo inteligente de la esgrima académica, dio que hablar desde
el primer momento de la especial escuela que cultivaba, atrajo una
extraordinaria concurrencia, y batió sin dificultad ni controversia
a los tiradores de más reputación.
    </p>
    

    <p>
     Pocos meses tuvieron que trascurrir
para que quedase sólidamente establecido que el joven Lozano era la
mejor espada de Madrid; pero a pesar de lo resbaladizo de la frase
y de la facilidad con que ciertas gentes en todo encuentran
sinonimia no hubo lengua por maldiciente que fuera, que no se
guardara bien de calificarle de ESPADACHÍN.
    </p>
    </div>
   <trailer>FIN</trailer>
</body>
</text>
</TEI>