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                <title type="main">Libro extraño</title>
                <title type="sub">Tomo I</title>
                <title type="short">Extrano</title>
                <title type="idno">
                    <idno type="viaf">212914573</idno>
                </title>
                <author>
                    <name type="full">Francisco Sicardi</name>
                    <name type="short">Sicardi</name>
                    <idno type="viaf">74763927</idno>
                </author>
                <principal xml:id="uhk">Ulrike Henny-Krahmer</principal>
            </titleStmt>
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                <publisher>
                    <ref target="http://cligs.hypotheses.org/">CLiGS</ref>
                </publisher>
                <availability status="free">
                    <licence target="https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/">CC BY-SA
                        4.0</licence>
                </availability>
                <date>2015</date>
                <idno type="cligs">nh0029</idno>
                <idno type="url">https://raw.githubusercontent.com/cligs/textbox/master/spanish/novela-hispanoamericana/tei/nh0029.xml</idno>
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                <bibl type="digital-source">
                    <seg rend="italic">Libro extraño. Tomo I.</seg> Alicante: Biblioteca Virtual
                    Miguel de Cervantes, <date>2000</date>, <ref target="http://www.cervantesvirtual.com/obra/libro-extrano-tomo-i--0/">http://www.cervantesvirtual.com/obra/libro-extrano-tomo-i--0/</ref>. </bibl>
                <bibl type="print-source">
                    <seg rend="italic">Libro extraño. Tomo I.</seg> Buenos Aires: Imprenta Europea
                    Moreno y Defensa, <date when="1894">1894</date>. </bibl>
                <bibl type="edition-first">
                    <seg rend="italic">Libro extraño. Tomo I.</seg> Buenos Aires: Imprenta Europea
                    Moreno y Defensa, <date when="1894">1894</date>. </bibl>
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            <p/>
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            <abstract>
                <p>
                    <quote>
                        <p>Professor of medicine, Sicardi used his clinical experience to gather
                            material for this novel that treats of abnormal personalities and mental
                            aberrations. <seg rend="italic">Libro extraño</seg> is a social study of
                            a group of families and individual characters, many of whom reveal
                            psychopathic behavior of propensity toward moral depravity. In this
                            naturalistic novel, Sicardi expounds the doctrine of determinism as he
                            traces mental diseases and immoral behavior from one generation to the
                            next.</p>
                    </quote>
                    <bibl>Lichtblau, Myron (1959), The Argentine novel in the nineteenth century, p.
                        179-180. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine Novel:
                            an annotated bibliography.</seg> Lanham, Maryland, 1997, p. 950.</bibl>
                </p>
                <p>
                    <quote>
                        <p>Francisco Sicardi es uno de los representantes del realismo naturalista
                            en nuestro medio. Escribió un ciclo novelístico sobre distintos aspectos
                            de la vida porteña, titulado <seg rend="italic">Libro extraño</seg>,
                            además de algunos poemas y piezas teatrales. Prosista vigoroso y
                            antiacadémico, ajeno a las preocupaciones formales, era uno de los
                            'raros' con que simpatizaba la generación de Gálvez y, en cambio, casi
                            un desconocido para la crítica literaria oficial. Según Gálvez, es un
                            precursor de la novela argentina de nuestro siglo.</p>
                    </quote>
                    <bibl>Scotti, María Angélica (ed.), Memorias de la vida literaria argentina, p.
                        61. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine Novel: an
                            annotated bibliography.</seg> Lanham, Maryland, 1997, p. 950.</bibl>
                </p>
            </abstract>
            <textClass>
                <keywords scheme="keywords.xml">
                    <term type="author.continent">America</term>
                    <term type="author.country">Argentina</term>
                    <term type="author.gender">male</term>
                    <term type="text.language">Spanish</term>
                    <term type="text.form">prose</term>
                    <term type="text.genre.supergenre">narrative</term>
                    <term type="text.genre">novel</term>
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                    <term type="text.subgenre" cligs:importance="2" resp="#uhk" cert="low">naturalistic</term>
                    <term type="text.subgenre" cligs:importance="1" resp="#uhk" cert="low">social</term>
                    <term type="text.narration.narrator">heterodiegetic</term>
                    <term type="text.setting.settlement.type">urban</term>
                    <term type="text.characters.protagonist.gender">male</term>
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            <change when="2015-06-16" who="#uhk">Initial TEI version.</change>
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    </teiHeader>
    <text>
        <front>
            <head>Prólogo</head>
            <p><seg rend="italic">Porque es necesario, que los hechos tengan sitio, fecha y
                    criaturas, escribo estos capítulos del libro, que lleva por esto mismo en la
                    entraña la simiente de su muerte, porque en el arte, no tienen vida duradera,
                    sino las cosas sobrehumanas, que en todo tiempo y lugar sean reflejo de
                    verdad.</seg> Requiescat in pace. <seg rend="italic">Se irá en el montón, en
                    buena compañía, a descansar en la huesa, que el olvido abre todos los años para
                    los que escriben. Yo tengo conmiseraciones, llenas de respeto, por todas las
                    ideas, que se arrojan a la pelea diaria, y muy en mucho los campeones
                    esforzados, que defienden iracundos la brecha, erguidos sobre el escombro... Me
                    acerco a ellos siempre, leo sus libros y veo cómo se enflaquece el vigor
                    intelectual, que echa a la hoguera sus aristas de diamante pulido y cómo sepulta
                    el hombre todas las exuberancias pasionales de nuestro espíritu. &gt;Escribo, a
                    pesar de todo, con caricias en la frase y plasmo, en los soliloquios de
                    creación, las figuras, que cruzan sonriendo la zona sombría del pensamiento. No
                    hay frío en la pluma, ni desesperaciones; y, cuando resbala y cruje sobre el
                    papel, saltan chispas de alegría, porque otros se emborrachan de alcohol y
                    nosotros de visiones: es lo mismo. Lo importante es que el tiempo, que no puede
                    llenarse siempre de trabajo material, pase en alguna forma, aunque sea poblado
                    de deleznables fantasmagorías; -el tiempo, que es tan largo, cuando la inercia y
                    el tedio penetran los huesos... No importa lo que suceda después; escribamos. Sé
                    que el sepulcro está siempre con la tapa de mármol levantada y pendiente en
                    actitud de caer... pero yo digo, que esos libros muertos, que han enriquecido
                    nuestra inteligencia con el esplendor de sus pasiones, son los amigos
                    desinteresados de las horas solitarias; y a medida que se van borrando de la
                    memoria humana, se concentran y se retiran en tropel y entran por las puertas
                    iluminadas de nuestras casas, como hijos pródigos, que vuelven moribundos de la
                    lucha a buscar otra vez el seno tibio de nuestros cariños. Yo los he visto
                    después, en las urnas, donde están guardadas las cenizas de los dioses
                    tutelares, al lado de los retratos, sobre el escritorio de los hijos. ¡Sobrado
                    galardón es este! ¡Qué bien están los libros muertos allí!... Por qué el arte no
                    vive, si es estéril vanidad y exhibición burda y fugaz; pero es eterno, cuando
                    es fragua calentada en todos los amores del corazón, cuando, hecha de dolor y de
                    recuerdos, diseca una por una las tristezas del espíritu humano. ¡No haya miedo,
                    hermanos míos; dejad esta síntesis a vuestros hijos, aunque no viva fuera nunca!
                    Allí guardados, dentro de las cuatro paredes, donde han sido escritos, tienen la
                    vida inmortal, a pesar de todos; y, cuando suenan las alegrías de íntimos
                    festivales, siempre hay quien estira la mano a recogerlos. Yo he visto estas
                    familias... En la noche del santo de los padres, se reúnen todos alrededor de la
                    mesa con esos libros, que son a veces la única herencia... Los genios amables
                    del hogar, con alas blancas y grandes, se ciernen en la atmósfera tibia y la
                    vieja sobreviviente está sentada en la cabecera. Tiene en los ojos pensativos
                    toda su historia de alma resignada y tranquila, mientras los mayores, con tez
                    morena y ojos negros, leen en voz alta las páginas adorables... Pasa el alma del
                    padre en los rasgos extraños y los arabescos y las curvas y los círculos y las
                    líneas de las letras... formando rayas pequeñas y grandes, separadas por blancos
                    espacios, que van contando apresuradas, las unas después de las otras, las
                    distintas estrofas, mientras su sombra melancólica vaga por los comedores, donde
                    se sienten ruidos de besos cariñosos.</seg></p>
            <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
            <p>
                <seg rend="italic">Yo canto como el poeta y veo las líneas elocuentes de los objetos
                    y escribo el alma de la naturaleza de mi comarca... y hay tinieblas y poemas de
                    luz y temblores de corazones en sus páginas. Hay símbolos, porque ciertas horas
                    juveniles de amor se parecen en todos los que han nacido, y más símbolos, porque
                    está allí el pueblo, que tiene el gran espíritu sintético, la efigie
                    deslumbradora y gloriosa, mezcla de artista, de filósofo y de gaucho
                    indomable... ¡Oh Grecia, que tienes a Esquilo y al Partenón y has echado a las
                    estrellas el perfil divino y eterno de la Venus celeste; diosas de las ondas del
                    mar y de los bosques, que camináis el mundo antiguo, destilando perfumes salinos
                    de algas y deliciosa ambrosía; observad este pueblo de poetas, que encuentra el
                    himno a la belleza inmortal en la infinita y dilatada planicie de la pampa,
                    templo abierto de sus glorias, sepulcro de su ciclo heroico! Monta su potro
                    alazán con cambiantes de terciopelo, la cabeza altísima, anhelando las
                    fragancias exquisitas de los jardines silvestres. Tropieza adelante en el
                    huracán bravío de la carrera y de noche vela -de los picachos, que blanquean en
                    la negrura- la integridad del territorio, armado, con plumaje de cóndores en la
                    renegrida cabeza, la daga brillante y el ojo redondo y oscuro del fusil...</seg>
            </p>
            <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
            <p><seg rend="italic">Habrá en el libro pasiones, de esas que por casualidad se visten
                    de carnes; zonas de fuego, que marchan en la vida, sin que la educación roce y
                    atenúe ninguna de sus cosas salvajes; corazones sacudidos por todos los
                    instintos, tétricos actores de la catástrofe horrenda... Y hombres, que viven la
                    vida humana -redimidos- y hogares con luz de sol, sombras de arboledas y trinos
                    armoniosos de pájaros y penumbras de alcobas y cánticos tiernísimos de madres,
                    al lado de las cunas y uno que otro cajoncito de ébano, que se va para siempre
                    por la puerta con llantos y plegarias... Y locos, mártires de la ambición de
                    renombre, bregando por la luz en sus extravíos intelectuales, con las puertas
                    del manicomio abiertas de par en par... para concluir muriendo todo ese mundo en
                    la forma en que las cosas todas concluyen. Yo escribo, porque en la vida hay
                    madrugadas, noches, casas, caracteres, pobrezas y dolor... porque se vive al
                    lado de las muchedumbres que se agitan y se revuelven y gritan bulliciosas el
                    cántico de la existencia vertiginosa; porque hay cielo y sol y niñas enamoradas,
                    que iluminan los vergeles sonrientes de heliotropos y pasionarias y balbuceos de
                    chicos y padres que se sientan por la noche a contarles cuentos para hacerlos
                    dormir. Yo grabo todas estas cosas con los fragmentos lastimados de mi corazón y
                    se derraman en las páginas del libro todas las afectuosas soledades del
                    espíritu, porque si yo no escribiera, tendría siempre reverencias en las pupilas
                    de mi alma, para esas pobres criaturas consagradas en las congojas inacabables.
                    Yo me arrodillo, con la frente hasta el suelo, peregrinas melancólicas del libro
                    doloroso, porque he encontrado para vosotras, de esta manera, las estrofas de
                    las gratitudes eternales. Aquí estoy sentado en mi comedor. Oigo el reloj, que
                    marca con cadencia monótona los pasos del hombre cansado hacia el sepulcro, y
                    asimismo, sediento de recuerdos, ebrio de beatitudes seráficas, evoco las
                    inefables visiones... ¡Oh Eros paradisíaca, blanca flor de alabastro, tronchada
                    en edad temprana; numen y síntesis de todos los amores!... ¡Bohemio, símbolo,
                    creador huraño de poemas, que tienen todas las armonías de la comarca, filósofo
                    y soldado, que construyes en la cumbre tu castillo de piedra, como baluarte
                    indomable y bravío! Vengan las frases y los deliquios de los amores
                    inmortales... y Genaro y Enrique y Paloche, pasiones desnudas, zonas de fuego
                    enloquecidas, que cruzan el</seg> LIBRO EXTRAÑO <seg rend="italic">como regueros
                    de muerte... y criaturas humildes que viven en los conventillos... y tú ¡oh
                    Carlos Méndez! Hombre, que me has prestado tu nombre y apellido, para que yo
                    dijera la forma, como tú cierras contra tu pecho redimido a la chiquita
                    deliciosa de los cuentos... Ellos van a sostener el libro en su camino azaroso y
                    cuando vuelvan a mi hogar, tal vez encuentren la urna que guarde mis cenizas y
                    habrá plegarias de niños arrodillados en el comedor, cuando levanten la tapa y
                    allí lo encierren, como para significar a los intelectuales, hermanos míos, que
                    los fragmentos lastimados del corazón, al corazón de los hogares
                    vuelven...</seg>
            </p>
        </front>
        <body>
            <div>
                <head>Libro primero</head>
                <div>
                    <head>- I -</head>
                    <head type="sub">Carlos Méndez</head>
                    <p>Carlos Méndez era médico. En un tiempo eso significaba alguna cosa excelsa.
                        Ahora que se ha llegado, hasta creer en la alquimia y se han establecido
                        consultorios nigrománticos, mejor es doblar la hoja. Antes podía decirse:
                        «los médicos» así como suena. Hoy está uno obligado a distinguir:</p>
                    <p>¿Cómo es el Dr. Fulano?...</p>
                    <p>No es extraño, desde que estamos en la década del análisis y del detalle. Eso
                        es bueno, entre otras cosas, tiene este progreso del arte, porque siquiera
                        enseña, con quién tiene uno que habérselas y en lo que se refiere a este
                        gremio, debemos congratularnos, porque los sumos pontífices de la literatura
                        han declarado, que no puede escribirse hoy, si no se sabe medicina. Han
                        conseguido así echar baldones sobre muchas obras de labor y de genio; han
                        diluido en páginas interminables la hermosa síntesis de las pasiones y
                        refugiados en los manicomios, pedagogos afectados, han construido con sus
                        piedras enloquecidas el edificio de la vida humana. -¡Pobre Shakespeare! ¡Te
                        han mandado con la música de tus creaciones a otro planeta!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Vivía en Almagro, si comer y tener cuartos y dormir a veces en ellos, quiere
                        decir vivir en alguna parte. Hace tiempo de esto ya, cuando ese barrio era
                        un suburbio lleno de quintas y cercos de moras e higos de tuna, y hornos,
                        -las hileras de ladrillos apilados- y montones de cardos y el túmulo en
                        forma de pirámide truncada y pequeñas casitas aquí y allá y ranchos y ombúes
                        corpulentos y enormes charcos cenagosos... Vivía en la única casa de altos
                        del barrio solitario, en cuatro cuartos. Tenía una cocinera negra, que le
                        decía: su merced, y Genaro era su cochero, hacía tiempo y su sirviente a la
                        vez. Ejercía su profesión de médico pobre, con muchas dificultades a pie, a
                        caballo y muy rara vez en un pequeño cupé... Su día era el trabajo, su noche
                        el estudio... pero sin duda por no ser de nuestro tiempo, leía pocos los
                        libros de medicina y pasaba esas horas escribiendo. Tenía una fantasía
                        vivísima y era un extraño y salvaje poeta, que acometía todos los
                        libertinajes del arte con extraordinaria audacia, rompiendo en sus escritos
                        forma y ritmo. Sus cosas no eran leídas, sino por algunos amigos y echaba al
                        fuego todo, sombrío y huraño, enemigo de que hablaran de él y salvándose
                        inconscientemente de que lo lapidaran en la calle. Era una desenfrenada
                        inteligencia, calentada y enloquecida a veces por violentas pasiones y vivía
                        mártir, sin embargo, de las muchas horas de inacción, caminando con los
                        brazos abandonados, pensativo y escéptico. Es muy posible, que aquellos
                        excesos bruscos y repentinos y el estallido formidable de las ideas en su
                        cabeza, le arrebataran el vigor varonil y lo precipitaran en las hondas y
                        amargas tristezas que lo sorprendían a veces. Lejos de la madre, a quien
                        visitaba poco, concluyó por tener el corazón muerto y el labio mudo y fue su
                        espíritu una cosa desventurada y yerma. Se aisló más todavía, hasta casi no
                        salir de su casa y todo este admirable mundo, divino por la luz, la línea y
                        la armonía y las ráfagas exquisitas del sentimiento y las creaciones, que
                        resuenan en nosotros, como alboradas parleras, habían perdido su esplendor.
                        La criatura humana era una sombra triste, sin fe y sin esperanzas, vagando
                        sin rumbos, ni objetivos por el espacio. Tenía tedio, disgusto de todas las
                        cosas, tedio negro e implacable -esa inercia gigantesca, que desgasta y
                        contamina átomo por átomo. Su casa estaba desnuda. No había alfombra, ni
                        cortinas. Sus paredes no tenían sino los cuadros de familia, que él no
                        miraba nunca en medio de aquella helada atmósfera. Andaba por esos cuartos,
                        como un espectro, buscando una mano amiga y una sonrisa, como el ciego, que
                        va bamboleando a tantear trecho a trecho las cosas, para encontrar algo, en
                        que apoyar su camino. Sentía latigazos en la frente, burlas y palabras
                        socarronas, que le decían: cobarde, ¡y los libros! ¡Hasta ellos! esos
                        sublimes dolores de sus años juveniles, saliendo con sus dorsos de colores,
                        fuera de la biblioteca, reían y reían con los dientes largos de esqueleto.
                        En el día interminable y aburrido, buscaba con avidez los altos problemas,
                        para resolverlos, los enigmas desolados, que rodean el destino humano, sin
                        tener fuerzas para salir del ensueño estéril y trágico. Meditaba el horrendo
                        desastre; las furias arrastrando por los aires su cuerpo muerto y miserable
                        y el destino siniestro, con máscara lóbrega, que otras veces había aguzanado
                        sus intuiciones y precipitado su mente en todos los abismos del saber, la
                        esfinge eterna caía hecha pedazos en la indiferencia del que ya no puede
                        pensar, ni sentir. Estaba vencido: ¡era un suicida, que tenía la pasión
                        dolorosa del eterno descanso!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Esa noche del mes de abril, en medio de un vaho abrasador, estaba el cielo
                        lleno de tormentas y la atmósfera procelosa. De cuando en cuando, un
                        relámpago, que rasgaba la noche y el trueno, retumbando a saltos. A lo
                        lejos, zumbidos extraños, y nubes oscuras enroscadas en alto como serpientes
                        y vertiginosas de polvo, un olor a tierra húmeda y unas cuantas gotas
                        gruesas, flagelando los vidrios. Después relámpagos más frecuentes, más
                        breves y centelleantes, zig-zags ardientes y rápidos aquí, allá y más allá,
                        incendios súbitos y estallidos de luz, abriendo grietas y cráteres y el
                        trueno más cerca y más fulmíneo sacudiendo con espantoso fragor las espesas
                        montañas de aire negro. Los ruidos del huracán, trasformados en estampidos,
                        con una enorme nota central, grave y formidable y por dentro gemidos
                        lúgubres y lastimeros, chirridos, una tempestad de voces coléricas, una
                        zambra tumultuaria llena de bramidos de bestias feroces apaleadas y de todas
                        las desesperaciones demoníacas del sonido y después el agua a torrentes, se
                        desploma a torrentes, inunda las aceras y levantan en las calles un mar
                        embravecido...</p>
                    <p>Una pequeña lámpara de <seg rend="italic">queroseno</seg> iluminaba el
                        dormitorio de Méndez, mientras los fogonazos sucesivos de los relámpagos
                        saetaban los vidrios y la casa solitaria parecía temblar, en aquella
                        perversa furia de los vendavales de afuera. El médico estaba sentado al lado
                        de su escritorio, con el ceño hondo y la cara oscura y escribía «las
                        sombras» un poema terrible y macabro, en que como siempre, en todas sus
                        cosas, grabó con profunda sinceridad la estereotipia de ese lóbrego momento.
                        Escribía y de cuando en cuando, miraba una pistola, que tenía al lado con
                        los gatillos levantados en son de fúnebre amenaza, sobre los dos cañones
                        oscuros.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>«Fuegos fatuos, decía el poema, vuelan brillantes y aparecen como estrellas
                        en la punta de las cruces del cementerio -¡Adiós! Corren, saltan y ruedan
                        sobre las calaveras, sucias de barro y se desvanecen en la tiniebla.
                        Iluminan poco los sepulcros a flor de tierra. Son huacas de pobres y
                        descansan siquiera tranquilos, sin plegarias hipócritas, ni flores, ni
                        recuerdos... Moriré así yo también, sin que nadie se aperciba, llevándome
                        todo (el bien y el mal) para que no quede en el sitio que yo ocupaba, sino
                        una vacía y oscura caverna, donde no brille jamás pupila humana.»</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>«¡Veo blanquear el mármol de las tumbas en la noche y las estatuas caminan y
                        hacen tiritar al aire, maullando las agrias lamentaciones de los que no
                        tienen paz! Buscan aquí y allá alguno, que haya sido virtuoso, para
                        arrodillarse y entregarle las caricias de la blanca cabellera y el abrigo de
                        sus mantos y la plegaria, que consuela a los esqueletos estirados en los
                        negros cajones. Las veo empinarse a las rejas y mirar los altares y las
                        coronas, que se han secado, colgadas de la pared y reunirse en conciliábulo
                        y cantar el siniestro coro: este no ha sido virtuoso... adelante... este no
                        ¡adelante! </p>
                    <p>Y todas las noches siguen la peregrinación los fantasmas blancos, cruzando
                        los entenebrados senderos y repiten el estribillo lúgubre: este no ¡esto no!
                        Hasta que el alba los rodea con sus claroscuros y los arroja derechos y
                        desconsolados sobre los pedestales.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>«Porque yo he perdido la fe, como ellos, girando dentro del círculo oscuro de
                        mi pensamiento y en la hoguera del tedio, que me abrasa la cabeza, he dejado
                        caer todos los átomos creadores y una tras otra las sensibilidades
                        pasionales y se ha hecho un torbellino de cenizas. No queda sino este
                        cuerpo, cuyas células palpitan sin virtud, como las tumbas, dentro del gran
                        lago de mi sangre y debe morir disgregado y desvanecido al fin en la vida de
                        la materia, que no tiene término...»</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Yo me detuve muchas veces a mirar, tendiendo los brazos y manoteando todavía
                        las últimas quimeras de la imaginación, que marchaban rápidas a la hornaza y
                        vi crecer y hacerse honda la sombra, que me envolvía, y me busqué sin
                        encontrarme ya, deshecho en hilos negros flotando dentro de la
                        tiniebla...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Giré entonces en remolino con ella, cansado y melancólico, envolviendo a las
                        estatuas en su peregrinación. Me alargué, doblándome en líneas serpentinas
                        para entrar en el pecho y ver el corazón de esos que están allí acostados
                        mirando las tapas negras y veía la víscera irse de un lado a otro, como un
                        péndulo y sentía la voz de los espectros noctámbulos chicotearme los oídos
                        con el grito rechinante: ese no ¡adelante! Sigue tu camino cuerpo esfacelado
                        ¡otro! Otro más ¡hasta que esta noche las he visto a todas circundar mi
                        escritorio danzando y señalándome con las manos oscuras y han mordido mi
                        cerebro con la salmodia fatídica: tú tampoco eres virtuoso! ¡Adelante!
                        ¡Muere! ¡Muere!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Méndez se levantó y tomó con violencia la pistola, mientras seguía la
                        tormenta estrepitando. Avanzó con el arma a la altura de la sien y con la
                        izquierda dio vuelta la falleba y el huracán atropelló adentro brutal y
                        bárbaro. Sonó un tiro y él se precipitó con su cuerpo convulso en medio de
                        aquel fúnebre torbellino, cayendo sobre la baldosa del balcón, mientras
                        sentía que el frío de la salvaje escena le trituraba los huesos y le quitaba
                        la vida... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- II -</head>
                    <head type="sub">D. Manuel de Paloche y otras alcurnias</head>
                    <p>Genaro llegó como Siempre a las nueve a pedir órdenes y al intentar entrar al
                        dormitorio, fue casi rechazado por la violencia del huracán. Tanteando entre
                        la oscuridad y llamando a Méndez al salir al balcón, tropezó con sus pies en
                        el cuerpo tirado del médico. Se agachó temblando para moverlo y enseguida
                        creyéndolo muerto sintió un gran frío y dos lágrimas dolorosas que asomaban.
                        Rodeó la cintura del suicida y lo levantó para acostarlo en la cama,
                        mientras el viento se arremolinaba furioso contra las paredes del dormitorio
                        y la lluvia había inundado el cuarto hasta el medio. Enseguida tomando las
                        batientes, que se sacudían aquí y allá con estrépito, con ese extraordinario
                        vigor de sus músculos, los cerró y parecía entonces que todos los rumores se
                        habían alejado gran trecho... En la atmósfera quieta con la luz, que había
                        prendido lo mudó Genaro; mirando la cara y el cuerpo ensangrentados y tuvo
                        miedo de estar solo allí y corrió hasta el fondo dando alaridos, para llamar
                        gente... Nadie contestaba. Él debía dejarlo para llamar un médico y en la
                        urgencia del caso misérrimo, sabiendo que los amigos de Méndez vivían en el
                        centro de la ciudad, se dirigió después de haber tapado cariñosamente el
                        cuerpo del patrón, bajo el torrente de la tempestad, hacia la casa de D.
                        Manuel de Paloche y otras alcurnias, curandero con fama en el barrio de
                        excelente componedor de huesos rotos y articulaciones dislocadas y
                        especialista en la curación de las heridas. A medida que iba llegando, oía
                        la voz de Paloche hacerse cada vez más fuerte y lo vio a través de los
                        vidrios empañados en su estudio iluminado y distinguía apenas las hijas
                        sentadas, escuchándole con gran atención y la luz saltaba fuera asimismo
                        alumbrando el fangal tembloroso de la calle y la cadena, que iba de poste a
                        poste...</p>
                    <p>-¿Quién es? Salió preguntando Paloche y otras alcurnias, enarbolando un fémur
                        largo y blanco. ¿Tú, Genaro? ¿Qué quieres a estas horas? ¿El doctor necesita
                        acaso mis servicios profesionales? ¿Quiere que lo acompañe en alguna difícil
                        operación?</p>
                    <p>-No, señor, contestó Genaro: es para él que vengo a buscarlo; está
                        herido.</p>
                    <p>-¿En qué región? Preguntó Paloche, muy serio.</p>
                    <p>-No sé... en la cabeza... vamos pronto.</p>
                    <p>-¿Cómo no sabes? Todo el mundo debe saber eso.</p>
                    <p>-Así será... apure, señor, porque el patrón está lleno de sangre.</p>
                    <p>-¿Una hemorragia? ¿Y no has cohibido tú la hemorragia, Genaro, y no has hecho
                        la antisepsia, practicante liliputiense?</p>
                    <p>-Yo no sé lo que Vd. dice... vamos de una vez, exclamó con tono enérgico e
                        impaciente Genaro, y lo tomó del brazo izquierdo, mientras D. Manuel
                        amenazaba a las hijas, todavía vociferando: dentro de una hora vuelvo... tú
                        Clarisa... el maxilar inferior; tú que vas a estudiar odontología y toda la
                        patología del hueso... para dentro una hora... cuidado con no saberlos. Y a
                        Vd., D. Enrique... Genaro tembló todo oyendo ese nombre... «le recomiendo,
                        seguía Paloche, me la perfeccione. Ya fuera D. Manuel, conversaba todavía:
                        Tú lo conoces pues a ese Valverde, buen médico, le enseña anatomía a mis
                        hijas... un poco calavera...» Genaro seguía caminando con tétrico silencio,
                        porque sabía todo el mal que esa figura lúbrica de Enrique Valverde venía
                        haciendo en el barrio de tiempo atrás.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>D. Manuel de Paloche y otras alcurnias tenía grima y dolor por la condición
                        oscura de su origen y allá en los vericuetos de su desencuadernada
                        inteligencia empezó a crecer el fantasma de las grandezas. Miraba a su
                        familia, que vivía hasta entonces con la honrada pobreza de su trabajo y
                        deseó para ella riquezas y renombre. Entró a soñar y a moverse como
                        sonámbulo y su fantasía a calentarse en las visiones de todo ese brillo
                        efímero de la gran vida moderna, que él leía afanosamente descrita en los
                        periódicos. Esos apellidos de clásica herrumbre, que suenan asimismo como
                        ecos de las añejas glorias, le hacían perder el juicio, y miraba con
                        emulación esas gentes venturosas, que pasan tan despreocupadas en los
                        festivales espléndidos y ruedan en el torbellino de los corsos, y entran de
                        noche entre el esplendor de los comedores, lucientes del brillo diáfano de
                        la cristalería y de los chispazos de las cosas de plata. Tienen muebles
                        oscuros y grandes, con columnas y chapiteles, y molduras graciosas, y flores
                        en festones y bajorrelieves maravillosos y pequeños, veteada de manchas y
                        rasgos raros y alabastrinos; la rosada piedra de mármol... y las sillas de
                        marroquí negro y cabezas de amarilla tachuela, arrimadas al borde de la mesa
                        y el gran centro de oro fragante de las guirnaldas multicolores y el crujir
                        de las sedas del traje largo con caireles de azabache y damas y señores del
                        brazo llegando al comedor en la línea del frac elegante y alto... y después
                        el teatro; sus hijas en un palco, el pecho desnudo palpitando en la
                        brillante luminaria y debajo el hemiciclo oscuro de la platea y butacas y
                        claros, y más butacas y claros atrás, atrás y muchedumbres hormigueantes en
                        las desazones pasionales, suscitadas desde la enorme boca abierta del
                        escenario y ondear de tules los vestidos y brotar chispas de fuego blanco y
                        tembloroso de gargantillas y solitarios. Hundido en estas meditaciones y
                        para conseguir tamaña bienandanza, dio en la rara manía de creer que su
                        profesión de curandero tenía con la medicina lógicos engranajes. Empezó a
                        pasar noches enteras en la lectura de los libros de esta ciencia, con tan
                        mala suerte y atascamiento tan extraordinario, que se transformó en un ser
                        extraño y ridículo y llenó su casa de tristezas. Creyó de esta manera llegar
                        a descubrir algún remedio, que fuera como la panacea universal y asomó
                        entonces sus crestas el masaje, que, en vez de darle fortuna y renombre,
                        debía más tarde echarlo a rodar perseguido por los corredores y los patios
                        cuadrados del manicomio... Y empeoró la dolorosa locura, obligando a sus
                        hijas al estudio de la medicina y se las veía en las mañanas heladas
                        acercarse tiritando al banco a repasar sus lecciones. Abandonó a sus viejos
                        amigos y buscó la sociedad de estudiantes, cayendo en la amistad del peor de
                        todos: ese Enrique lúbrico, cuya siniestra silueta esbozaremos más tarde...
                        El pobre hogar fue muriendo en aquel ventarrón de la demencia y empezaron
                        sus pisos, y las alfombras y los muebles a llenarse de polvo, y los rincones
                        de la caliginosa y sucia tela de araña, y a cubrirse de musgo resbaladizo el
                        patio y a levantarse espesos y verdes los cicutales y los abrojos, mientras
                        caminaba por los cuartos la madre como melancólico duende, asistiendo al
                        doloroso derrumbe...</p>
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                    <p>Los dos hombres caminaban debajo de los paraguas, hundiendo los pies en el
                        barro, iluminado de repente por el chisporrotear de los relámpagos, mientras
                        el horizonte negro se rasgaba hecho trizas aquí y allá en las deslumbradoras
                        iluminaciones y el agua iba cayendo sorda y rumorosa sobre las combas huecas
                        de seda, que se movían a un lado y a otro, sacudidas por el viento.
                        Caminaban mirando al suelo para buscar los pasos, a beneficio de los
                        repentinos incendios, detenidos y titubeantes a veces en medio de las
                        tenebrosas y enceguecidas oscuridades. Pasaban las boca-calles con los
                        botines pesados del barro denso, mientras los charcos achatados, salpicaban
                        a todo viento chorros de líquido fango y los zig zag de las centellas se
                        reflejaban por todas partes en el espejo de las aguas detenidas. Y como si
                        aquella luz se fracturase en prismas escondidos detrás de la negrura,
                        estallaban por todas partes zonas de vivos colores y celajes con formas de
                        monstruos maravillosos y aterradores, mientras las oscuridades, mezcladas
                        con los estampidos del trueno, giraban lejos, como si fueran mundos
                        sacudidos en las alturas y arrojados de astro en astro.</p>
                    <p>Llegaron a la casa de Méndez y subieron la escalera, que sonaba en el
                        chapaleo de pies y botines de fango y entraron en la atmósfera tibia,
                        tranquila y cariñosa del dormitorio, en medio de las penumbras, en el vago y
                        tembloroso rayar de la vela de estearina...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Estaba Méndez acostado en su cama insensible y yerto, con los párpados
                        cerrados y el rostro sucio de grumos apelotonados de sangre rojiza y largas
                        hebras fijas se diseñaban hasta abajo sobre el planchado blanquísimo de la
                        camisa. Había puntos y puntos escarlatas por todas partes, manchando la
                        pared y las sábanas y aparecían aquí y allá zonas húmedas y rosadas y se
                        veían, cerca de la ventana, a los grandes espacios oscuros de la primera
                        hemorragia. Méndez respiraba, dormido en aquel silencio, detrás de los
                        bigotes negros y aglutinados, mientras Paloche con su cartera de cirugía
                        desplegada y lucientes y bruñidos los instrumentos, lavaba la herida y
                        desprendía con gran cuidado los coágulos. A medida que estos iban cayendo
                        aparecía más purpurina y húmeda la superficie y se veían allí mismo estrías
                        de un rojo vivísimo, hasta que se destacó como en estereotipia la herida
                        profunda y negra. Paloche levantó un poco la esponja y dejó caer un hilo de
                        agua largo y tibio un gran rato y tomando un estilete, sintió que tropezaba
                        adentro con las rugosidades de una fractura.</p>
                    <p>-¿Qué hay, señor? Preguntó Genaro, que vio pasar una nube por el rostro del
                        curandero. ¿Es grave la herida?</p>
                    <p>-¡Oh! Muy grave.</p>
                    <p>-Entonces voy enseguida a buscar un médico.</p>
                    <p>-¿Médico? Contestó Paloche. ¿Con esta perversa furia de afuera? ¿Estás loco,
                        Genaro? Tú no los conoces... y este frío de Judas... a ellos que están
                        calentitos entre las frazadas.</p>
                    <p>-No importa eso, D. Manuel... yo lo traeré, si Vd. cree necesario. Porque si
                        sucediera una desgracia, ¡con qué coraje me presentaría yo a la madre!</p>
                    <p>-No se trata de tanta cosa, pues... Curará con la rigurosa antisepsia... yo
                        lo curaré... para eso estudio cinco horas diarias y tus desconfianzas me
                        irritarán, señor Genaro.</p>
                    <p>-Pido disculpa, contestó este... pero Vd. sabe todas las gratitudes del
                        corazón que tengo para él.</p>
                    <p>-Bueno, bueno, dijo Paloche. Mañana que venga la señora y los médicos amigos
                        de él, tendremos consulta... yo diré, discutiré, probaré y resolveremos, y
                        trajo enseguida un gran colchado de algodón fenicado, con que envolvió la
                        cabeza de Méndez, que comprimió con una venda larga encontrada en el estudio
                        del médico. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- III -</head>
                    <head type="sub">Genaro</head>
                    <p>Genaro, sentado a los pies de la cama, lo veló esa noche... Aquella escena,
                        producida como corolario lógico de las profundas desolaciones del espíritu,
                        sorprendían su voluntad enérgica y resuelta... Era un sombrío misterio. ¿Por
                        qué morir sin razón, tan joven, viviendo, entre el agasajo humano? Con esa
                        niña Dolores que lo miraba pasar por su casa con tanta tristeza en el
                        semblante hermoso de mármol y D. Carlos no la miró nunca, nunca más,
                        orgulloso, cruel y frío después de una noche de baile y todo porque donde
                        está ese Valverde indecente, entra la desgracia con sus lutos... ¿y por
                        sonseras? Porque ella es el ángel bueno de la casa y la virtud misma... ¿Por
                        qué morir sin razón tan joven y hacerse pedazos la frente donde la madre
                        cariñosa lo besa siempre?... esa gran madre de sesenta años con la cabeza
                        blanca de nieve y las mejillas rosadas y frescas todavía... porque solamente
                        se debe hacer eso cuando uno está deshonrado y las gentes cuchichean en voz
                        baja, cuando pasa y nos señalan con el dedo las manchas sucias, que llevamos
                        en la cara... entonces sí... se clava uno el puñal en el corazón, y se acabó
                        todo... pero así como D. Carlos, no, ¡nunca! Porque se dejan lágrimas y
                        lutos y no se sabe la razón. Él había observado en Méndez algunas cosas
                        extrañas. Había perdido la voluntad para el trabajo y no le importaba nada
                        -y se acordó que alguna vez le dijo: yo soy Genaro, como los presos.
                        Arrastro dentro del pecho una larga y pesada cadena, que me aplasta y ya no
                        puedo con ella.</p>
                    <p>Qué cosa curiosa son estos señores, seguía meditando Genaro en aquel silencio
                        del dormitorio, con esos trajes lindos y limpios parecen vestir a la
                        felicidad, pero no es así... ninguno de ellos goza paz y sosiego en el
                        corazón, como si tuvieran un martillo adentro, que les machacara una alegría
                        cada minuto. Cuántas veces yo lo he dicho a Santa: si pudiéramos entregarle
                        a D. Carlos un poco de esta bienaventuranza que tenemos.</p>
                    <p>Así iba pensando Genaro en la ingenuidad varonil y fuerte de sus veinte años,
                        mientras los rumores del viento se desvanecían lejos y los ecos de la lluvia
                        volaban perdidos en el espacio y los nubarrones gruesos se habían
                        dispersado, arrojados de allí con el ímpetu del huracán... El cielo azul y
                        limpio tenía plácida semblanza y los astros maravillosos, innumerables y
                        fijos, titilando en la mansa tranquilidad de la atmósfera, envolvían la
                        tierra dormida, en las medias tintas tenues de la difusa luz. Había paz
                        profunda y húmedas frescuras, y en aquellas vagas claridades se distinguían
                        lejos, lejos en las calles las aguas detenidas y quietas, que reflejaban la
                        comba inmensa y apacible. Era una de esas noches serenas del cielo de
                        nuestra patria, tan espléndido y tan bueno a veces en las castas y
                        religiosas resignaciones de su color azul, suave y blando descanso al ojo
                        humano, exacerbado en las reverberaciones fulmíneas de las tormentas. Es el
                        cielo, que reza como arrodillado la eterna y dulce plegaria y derrama la luz
                        de las estrellas en el ambiente tranquilo de la naturaleza, y el fecundo
                        rocío sobre hojas y flores que mitiga como bálsamo las tristezas de la noche
                        tenebrosa.</p>
                    <p>Así era también bueno y amable con aquel pobre herido el corazón de Genaro y
                        sobre él la desventura ya se cernía con las garras de sus tempestades y sus
                        venganzas de muerte. Miraba los vidrios, velados de la humedad ligera del
                        vapor de agua y detrás las gotas colgantes, como cristalizadas de la tersa
                        superficie y oía en aquel silencio caminar y crujir el reloj en el tic tac
                        monótono y una infinita piedad se apoderó de su espíritu y de rodillas rezó
                        por Carlos Méndez, dentro de su alma casi con llanto. En ese momento
                        empezaron a formarse líneas blancas en la puerta, que daba al balcón
                        dibujando un rectángulo luminoso: eran las penumbras de la aurora que iban
                        entrando empujadas de afuera, mientras la vela temblorosa esfumaba en las
                        nuevas claridades su luz mortecina y fugitiva.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Genaro tenía veinte años, el organismo robusto y alto y los ojos grandes,
                        serenos y serios. Hablaba poco y había en su carácter dulzuras y
                        abnegaciones e intrepideces terribles. Todas sus cosas estaban en orden; las
                        guarniciones bien negras, bruñidos los platinos, luciente y sin manchas la
                        caja del coche, los caballos limpios; un doradillo brioso y una yegua oscura
                        de manos finas y largas, ágil y nerviosa. Todas las mañanas a la misma hora
                        estaba el coche a la puerta y a fuerza de conocer los menores detalles de
                        esa vida azarosa del médico, concluyó por experimentar los mismos
                        sufrimientos y sentía hondamente las cosas irascibles, que atormentaban el
                        espíritu de Méndez. Alegrías pocas, malas noches muchas; siempre vivir entre
                        el dolor, exasperarse en la impotencia, tener las intuiciones de muchas
                        perfidias y alguna vez un poco de gratitud... habas contadas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La hermana se llamaba Santa. Vivía con la madre trabajando en una pieza del
                        conventillo largo, estrecho y hondo, con patio de ladrillo, que estaba cerca
                        de la casa de altos. Allí se veían frente a cada puerta unas y bateas y
                        braseros de hierro y cuerdas extendidas con ropas colgantes y húmedas, y
                        chicos sucios por todas partes, y mujeres descalzas de brazos arremangados.
                        Genaro estaba acostumbrado a defenderla desde chico y no hubiera consentido
                        sin pelear que nadie le tocara el ruedo del vestido; y a misa y a los paseos
                        del domingo la acompañaba siempre y su sueldo servía para sus juguetes y los
                        graciosos vestidos; y así crecía hermosa y morena, envuelta la efigie en los
                        reflejos de sombra de su cabellera negra.</p>
                    <p>-Tú vas a ser buena siempre, le decía, como si tuviera el presentimiento de
                        alguna cosa funesta.</p>
                    <p>-Sí, Genaro; buena como tú dices que era tata.</p>
                    <p>-Tata era bueno y honrado, contestó Genaro y la besó en la frente. Tú no te
                        acuerdas porque eras muy chica... pero cuando murió yo estaba arrodillado
                        cerca de la cama y le mojaba la mano derecha con mis lágrimas... Todavía
                        tengo en el corazón las cosas que me dijo... «Esa chiquita va a ser tu hija,
                        no olvides nunca tu nombre». Después yo vi entrar al cura, que le puso la
                        extremaunción en los pies y en las manos y él te tomó en sus brazos todavía
                        y te miraba largo tiempo sin hablar ya, ni respirar, con una gran gota de
                        llanto, que no resbaló nunca de sus ojos con los párpados abiertos y las
                        pupilas grandes y fijas. Tú no te acuerdas porque eras muy chica... Tenía
                        los ojos azules...</p>
                    <p>-Como los míos. Genaro, ¿no es cierto? Así me lo has dicho otras veces.</p>
                    <p>-Sí, como los tuyos, con ese color del cielo en los días serenos de sol... y
                        muchas veces, cuando volvía de noche de su trabajo y yo estaba al lado de la
                        vela de sebo, leyendo la cartilla, él me contaba las cosas de su tierra,-un
                        pueblito todo blanco, al lado de la playa, donde los pescadores cantaban con
                        las piernas desnudas hasta la rodilla, sacando en hileras paso a paso la
                        red, que traía agua verde y pescados -y a mí me enseñaba las cantinelas que
                        tenían como rumores y estruendos de borrascas y bofetadas del mar contra los
                        barcos perdidos y solitarios...</p>
                    <p>-Yo lo conozco al hermoso pueblito por el retrato que está en la cabecera de
                        la cama, repuso la niña, con su mar grande adelante y la corona de las
                        montañas que lo sostienen.</p>
                    <p>-Algunas veces, continuaba Genaro, temblándole la voz de ternura, él me decía
                        con tristeza: tal vez ya no vuelva yo a mi país y, cuando yo entonaba los
                        versos del himno, ese que tú también cantas en la escuela, me abrazaba
                        estremecido y me decía: «Es necesario quererlo mucho al pedazo de tierra
                        donde has nacido como yo al de allá»... y apuntaba lejos con el dedo, como
                        si quisiera alcanzarlo... Porque parece, que esa tierra era hermosa y
                        desgraciada y sus hijos fueron todos a morir en las batallas de gloria, como
                        dice nuestro himno; y por eso mismo todo el mundo sentía lástima por ella,
                        pisoteada por extranjeros, porque uno quiere siempre mucho a los que sabe,
                        que están sufriendo y tiene odios de puñaladas para los otros, y yo no sé
                        porqué te miraba tanto a veces y se ponía sombrío.</p>
                    <p>-Tú también me miras así a veces Genaro, interrumpía la niña, y me das mucho
                        miedo.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Eran las cariñosas pláticas a menudo en los paseos de los domingos o sentados
                        en el cordón de la vereda del conventillo, y así fue haciendo Genaro en su
                        corazón un altar grande para ella, iluminado de todas las auroras místicas
                        de la pureza como esos de las iglesias con columnas y nichos y vírgenes de
                        blanca vestimenta. La llamaba Santa desde chiquita. Él la protegía con el
                        molde férreo de su alma y cuando en el día y durante su trabajo se acordaba
                        de ella, le parecía oír las notas largas y quejumbrosas del órgano
                        achatarse, como en adoraciones, delante de su persona y serpear inacabable
                        la modulación, que va revelando en sus sonidos las pasiones de la
                        muchedumbre arrodillada.</p>
                    <p>¡Oh entraña dolorida a quien sacuden los vientos de los fuelles! ¡Cómo danzan
                        dentro del armazón de tu madera los gritos de la vida humana, y cómo se
                        rompen en las vibraciones de tus lengüetas y en la convulsión rumorosa y
                        estridente de los tubos de lata las largas carcajadas de los que acechan la
                        inocencia y apuran en la orgía beoda el momento de morir!...</p>
                    <p>¡Qué pronto vas a cantar, entraña dolorida, para la pobre Santa, la fúnebre
                        elegía que tiene manchas en las estrofas virginales y suenan en el ardor de
                        las cosas lúbricas!... porque yo he visto las canas de las viejas de
                        cincuenta años cubrirse con el crespón de la deshonra y sentadas en los
                        rincones de sus casas, llenar los largos silencios solitarios con las
                        lágrimas del recuerdo lastimoso... aquellas criaturas ideales, el amor de
                        los amores del alma materna, extraviadas en los charcos cenagosos, y los
                        hermanos caminar con la cabeza erguida y feroz, hundidos los ojos allá lejos
                        en el negro infierno, iracundo de los rencores inmortales... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- IV -</head>
                    <head type="sub">Catalina Méndez</head>
                    <p>Cuando despertó el médico dos días después, estaba su cuarto en la luz. Veía
                        enfrente el retrato del padre que pendía oblicuo de la pared de su gran
                        cordón azul y sentía como si una cosa le apretara las sienes y levantando la
                        mano para tocar, observó que estaba flaca y las uñas negras y sucias. Quedó
                        suspenso y como soñando, cuando se apercibió que tenía un pañuelo grande de
                        seda atado a la cabeza.</p>
                    <p>¿Por qué? Dijo para sí... y trató de incorporarse y no pudo, porque el cuerpo
                        le dolía y no tenía fuerzas. Miraba alrededor, como un sonámbulo, con cierta
                        inconciencia, la mesita de noche llena de libros, al lado de su cama y las
                        cuatro o cinco sillas que estaban por allí. Vio los ojos negros, serenos y
                        tristes de Genaro, que ponía su dedo índice sobre los labios como para
                        imponerle silencio. </p>
                    <p>No la recuerde, señor, por favor le dijo en voz baja, no la recuerde.</p>
                    <p>¿Y a quién? Contestó el médico, abriendo los ojos.</p>
                    <p>Entonces sonó en el silencio una voz -una voz que él conocía- un arrullo
                        dulcísimo lleno de ternuras inefables. Hablaba lentamente, como persona
                        dormida, con alguien que estuviera muy cerca. Decía con el ruido leve de un
                        murmullo: este hijo vivió siempre solo... saben ustedes... nunca quiso estar
                        con nosotros... tanto que lo queremos... ¿por qué no busca su casa?... los
                        niños adorables... las cunas de pino bajitas que se mecen con el pie... las
                        cunas pobres... en las noches de invierno sentada al lado de la mesita
                        cosiendo el percal... la lámpara de <seg rend="italic">queroseno</seg> con
                        pantalla, que ilumina mi regazo y hecha un manto de sombras al techo de zinc
                        yerto... yo tomo mi rebozo de lana y lo arrojo sobre sus piececitos blancos
                        y desnudos que tiritan... mi niño y mi sol... pedazo...</p>
                    <p>Genaro, gritó el médico: ¡ven pronto, álzame!</p>
                    <p>La vio entonces acostada sobre el catrecito de hierro con la cabeza blanca y
                        los ojos cerrados en el abandono celestial del ensueño. La vio a través de
                        un velo con transparencias tenues y seráficas, como cuando se tienen
                        lágrimas en los ojos silenciosos. Tenía un vestido negro y largo, que la
                        cubría toda y un pañuelo de espumilla en el cuello, el mismo que se ponía
                        para adorar a Dios con los hijos, cuando eran chicos. Dormía; la mejilla
                        rosada en la palma de la mano izquierda, mirando hacia él santa y tranquila,
                        moviendo los labios, como si conversara todavía: corazón... amor mío...
                        Genaro se había arrodillado con la frente hasta el suelo y el médico hacía
                        por incorporarse de nuevo, cuando sintió crujir el catre y elevarse su
                        espléndida figura divinizada. Avanzaba lentamente, temblando, agarrándose de
                        todos los muebles, y, cuando estuvo cerca de él que besaba sus cabellos
                        blancos, en medio de sonrisas llenas de lágrimas, ella le hundió el rostro
                        en el pecho -todo su rostro- como si quisiera buscarle el corazón con sus
                        sollozos. Movía a cada momento su cabeza blanca y adorada y todo su cuerpo
                        estremecido para rechazar la impetuosa congoja de aquel prodigio de alegría
                        infinita. Habíale rodeado la cintura con sus brazos temblorosos y sobre su
                        pecho, más cerca, más cerca todavía, tenía los gritos de la pasión
                        sobrehumana en sus palabras ininteligibles: este mi hijo solo... quería
                        morir... ¡dulce amor mío!.. todavía mi niño y mi sol... </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Largas veladas fueron esas de las noches de invierno. La madre se lo pasaba
                        sentada a los pies de la cama, cabeceando a veces y rehaciendo otras en la
                        memoria toda aquella vida, que hubo de concluir de tan lúgubre manera. Hacía
                        tanto tiempo que no había vivido con Carlos, que su voz, sus ideas, y todo
                        aquel mundo nuevo, en que ella había entrado tan de repente, le producía
                        sobresaltados. Lo veía muchacho juguetón y alegre, amigo de todas las
                        pendencias, audaz en la pelea y temerario en el entrevero: más de una vez lo
                        habían traído a su casa con la cabeza rota. Se acordaba del día aquel en que
                        le encontró en el patio al lado do las higueras, delante de un gran fuego:
                        estaba pálido y sonriente y a ella le pareció, que temblaba y que aquella
                        blancura tenía los matices fugitivos de desvanecimiento. Lo sentó en sus
                        faldas con lágrimas en los ojos, para preguntarle muchas cosas; pero, a
                        poco, la infantil y tostada efigie fue tomando la estupefacción inmóvil de
                        los muertos.</p>
                    <p>Se asustó ella, buscó inquieta por todas partes y vio que un hilo de sangre
                        salía del pecho, colorado, largo y silencioso, y caía gota, a gota, a
                        gota... Fue una lucha a trompadas. Él le había deshecho el rostro al
                        adversario, que le hundió un cortaplumas en el pecho... En estos casos, él
                        quemaba sus ropas, callado la boca, en el último rincón del patio... En los
                        días de tormenta, cuando el huracán se hacía pedazos, como animal bellaco,
                        contra las piedras, y resaltaba lejos, con sus parábolas borrachas y
                        enloquecidas de reboatos, a estrellarse en las paredes como furiosa
                        catapulta, él se arrojaba entero, entero, perdido su cuerpo en las órbitas
                        raudas del remolino, y echaba su cabeza gozosa entre el diluvio de las
                        aguas, en los charcos hasta la rodilla... el huracán que revienta los techos
                        de los ranchos, levanta por los aires las chapas de zinc y arranca los
                        álamos de cuajo que se acuestan en la calle largo a largo. Honda fascinación
                        ejercía sobre su espíritu el peligro. Montaba en pelo cualquier caballo,
                        siquiera fuese un potro, y se arrojaba adelante con él en desenfrenada
                        carrera, cacheteándole el pescuezo a un lado y otro para dirigirlo; y de
                        noche, en el comedor, cuando estaba sacando cuentas en la pizarra, salía
                        fuera corriendo a entrar en la tiniebla lleno de desazones...</p>
                    <p>Algunas veces, desde la ventana, lo miraba jugar a la rayuela, ese símbolo
                        con que los chicos pintan con tiza sobre la piedra la imagen de la vida
                        humana... Están los primeros pasos alegres sobre los dos rectángulos
                        acostados, de donde tan fácil es sacar el tejo, y después la cruz de los
                        años juveniles, sobre la cual uno marcha a horcajadas. Están los primeros
                        ensueños y las sonrientes imaginaciones y allí se agitan los ojos negros y
                        los perfumes celestiales de la primera mujer, que acaricia el espíritu con
                        sus alas de seda blanca de ángel dormido. Las dificultades para sacar el
                        tejo a puntapiés, y el martirio del primer cariño -todos los ritmos del alma
                        enamorada para el ensueño paradisíaco, y las estrofas de la inteligencia, y
                        después la tortura del amor despreciado con su congoja sorda y terrible, y
                        los primeros horizontes, surcados de oscuridades funerarias y el cuerpo
                        arrojado al fin en la desesperación de la noche sombría y loca... ¡Cruz de
                        la rayuela! ¡Cuántos meditabundos de dieciocho años te llevan a cuestas en
                        este fragoso Calvario, en la primavera de la vida; que tiene el color rojo
                        de la cereza y la transparencia deliciosa de las hojas verdes! ¡Qué poco
                        dura la maravilla de tu cielo, cruz de la rayuela! ¡Y los esplendores de la
                        vegetación, en el prado de la existencia, lleno de leticias deliciosas!
                        Vienen los cajones, dos cuadrados, que se sientan sobre los años juveniles,
                        como torres de bronce, y los bonetes que nos envuelven la cabeza, porque así
                        marchamos a guisa de galeotes en esta mazmorra del mundo tan extensa y el
                        cono agudo del infierno, donde los que juegan no pueden hablar, como si para
                        llegar hasta allí hubiera sido necesario dejar trozo a trozo las hebras del
                        alma y los fragmentos de la lengua en el camino. Parados en un pie sacan los
                        muchachos el tejo de una sola leche como para significarnos, que de los más
                        inconsolables dolores no se triunfa sino merced a titánico esfuerzo y
                        contemplado detrás girones de la carne en los zarzales del camino. Llegan al
                        fin a la amplia curva del cielo, donde se sientan, y pasean tranquilos, y se
                        mandan, como los astros, rayos de luz, y conversan, y sonríen y salen a paso
                        lento como los triunfadores, porque solamente los chicos pueden jactarse de
                        haber vivido alguna vez en las regiones de la eterna dicha. Y si algunos de
                        vosotros, que tenéis barbas negras y canas en la cabeza, habéis llegado al
                        cielo antes de morir, levantad la mano, porque habréis realizado el milagro
                        de la salamandra, que en las consejas de antaño pasaba a través del fuego
                        sacando ilesa su alma, llena de brillazones, y su caparazón roja y negra de
                        deslumbradoras escamas. </p>
                    <p>En esas noches pasaban por la inteligencia de la madre todas las escenas de
                        la niñez. Aquella vez que ella había tomado un látigo iracunda para
                        castigarlo y Carlos pateando el piso de madera tuvo las palabras de la
                        rebelión sacrílega... Ella se sentó en su silla de hamaca, con el corazón
                        lleno de dolor, y él, dominado, se acercó despacio, con los brazos caídos,
                        temblándole los labios, a pedirle perdón, y se estuvo muchos días así,
                        haciéndole caricias, y la noche lo encontraba arrodillado al lado de ella
                        para acompañarla a rezar. Recordaba los días de Semana Santa, cuando el
                        viejo sacaba de la biblioteca el drama de la pasión, escrito por él en
                        versos sencillos. Reunidos en la sala, leía en voz alta las estrofas, e iban
                        pasando las escenas de aquel sublime apostolado y a través de ellas, las
                        virtudes y el trabajo de sacrificio, con que se habían construido ladrillo
                        sobre ladrillo las paredes del hogar bendito. ¡Oh las viejitas adorables,
                        que usan manto negro, porque se quedan solas y vagan por la casa buscando
                        las memorias de los que ya se han ido al cielo a esperarlas! Él dormía a
                        esas horas su sueño todavía agitado de convaleciente y ella sentaba delante
                        del candelero con pantalla azul, lo veía a los catorce años volver con los
                        botines llenos de tierra, de las zanjas lejanas con enormes ramos de
                        violetas. La Virgen de Dolores, con el corazón atravesado de muchos puñales,
                        recibía la ofrenda piadosa y más tarde, cuando creía que podía tener frío,
                        se acercaba en puntitas de pie a la cama, como hacía ahora que tenía treinta
                        años, a mirarlo dormir. Después se había hecho muy estudioso: parecía que un
                        mundo de luz iba entrando en su inteligencia, a medida que sus hilaridades
                        infantiles se desvanecían. Todo leía; los poemas indios, las leyendas
                        graníticas de los tiempos prehistóricos, el salmo, el himno y la epopeya, la
                        crónica y la historia, ese romance doloroso, en que los pueblos se abrazan
                        para marchar como síntesis hacia la muerte conquistando y redimiendo una por
                        una las cosas ideales en las ásperas bregas de sangre.</p>
                    <p>Veía a los de su tiempo mojar la pluma en los estercoleros del hueco y en el
                        cajón de basuras, que amanece todas las mañanas en la puerta de las casas
                        con papeles y barro aceitoso, inmunda col y caracuces con tendones y puntas
                        negras de carne. Esa pluma la mojaban los viejos caballeros con espuela de
                        oro en los torbellinos azules diáfanos del firmamento y estallaban de sus
                        puntas astros y auroras y síntesis sublimes de la vida humana, donde la
                        pasión cruje y castañetea su sempiterna danza macabra. ¡Oh progreso! A veces
                        se ponía a escribir y de allí lo arrancaban los brazos suaves de la madre,
                        que llegaba despacio en la alta noche, llevando en la mano derecha el
                        candelero de vidrio. La luz de la vela de estearina entraba con sus rayos
                        amarillos y temblorosos en las tenues iluminaciones del quinqué, con su
                        esfera redonda y azulada y la pantalla de blancas opacidades. Luchaba con la
                        forma y cantaba espectáculos de la naturaleza y las intuiciones de su
                        espíritu juvenil y al rato, descontento y huraño, colocaba sobre el tintero
                        grande de bronce montoncitos de papel y poco a poco el fuego los iba
                        devorando, para no dejar sino negras superficies, que se retorcían
                        irguiéndose como si tuvieran vida, y se desmenuzaban llenas de crujidos. Así
                        su espíritu en esas precocidades intelectuales iba perdiendo de su energía,
                        hasta tornarse sombrío y amargo, entrando cada vez más en los hondos
                        desfallecimientos, que son como el prólogo de la catástrofe futura. Un día
                        se fue de la casa y anduvo mucho tiempo errante hasta que los padres oyeron
                        decir que se había hecho médico. Veía todos los enfermos, porque era bueno
                        en el corazón, y entró por mucho tiempo en el rancho pobre y en el cuarto
                        desmantelado del conventillo. Echó su cuerpo a morir en las epidemias,
                        cansado de estar solo, sin más objetivo que el tran-tran monótono de todos
                        los días, y se apoderó de su alma un profundo disgusto. Vivió mucho tiempo,
                        contemplando la degeneración de aquella gran nobleza del ejercicio de su
                        profesión. Veía algunos médicos arrebatarse los enfermos, hacer alquimia,
                        murmurando el día entero de los demás, perder en las lubricidades del
                        comercio vil las insignias caballerescas del sacerdocio. Entonces lo aferró
                        con su garra fría el tedio y vivió con ese gran personaje sombrío en el
                        corazón. La madre había oído después que se había ido de la casa paterna
                        hablar mucho de su hijo; la chismografía del lugar se había apoderado de su
                        cabeza de soñador dolorido y había hecho de él un misántropo. Era un
                        irascible, un perdido insoportable y hasta brujo, por lo que veían filtrar
                        tarde la luz de sus ventanas. ¿Qué importaba eso? Si ella tenía en el
                        corazón todos los alborozos y habían en aquel cuarto como deslumbramientos
                        de cielo, porque la cama, donde estada el enfermo podía muy bien ser aquella
                        su cuna de la niñez, que tenía colcha de raso blanco y cortinas azules, y
                        ella encontraría en su alma las encantadoras armonías para hacerlo dormir
                        como entonces. Porque los muchachos suelen ser malos y se van de la casa
                        como si eso no lo hiciera sufrir a uno -pero después, si caen enfermos, los
                        vamos a buscar siempre, porque ellos se han llevado todas nuestras
                        alegrías.</p>
                    <p>Qué feliz era ¡Cómo le temblaba el corazón cuando él en su delirio
                        pronunciaba su nombre... ¡Si ella lo hubiera podido despertar y mecerlo el
                        día entero contra su pecho y abrigarle la frente herida con el calor de su
                        seno tibio! Miraba su tez cobriza y recia, sus ojos grandes y castaños y el
                        surco aquel de la frente tan hondo y tan movible... Ella le conversaba
                        muchas veces en la noche tan larga, en aquel profundo silencio, partido por
                        el tic-tac del reloj y el rechinar agudo de las carretas que venían
                        entrando. Eran las melancólicas historias aquellas, los recuerdos inefables
                        de los que ya no existían, que se iban desatando poco a poco y poblando de
                        ternezas el dormitorio... la casa donde él nació, las higueras, el comedor y
                        el padre muerto, -todo aquel mundo de inolvidable amor, que iluminó su
                        fantasía de muchacho. Eso estaba tan atrás, allá tan en la sombra, lleno de
                        hojas secas, extraviado en el tiempo todo su perfume... Así eran también
                        ahora, llenos de amable delicadeza, los ritornelos en esa voz de la madre,
                        que sonaban en aquella atmósfera fría de su cuarto como los ecos del hogar
                        perdido.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-¿Te acuerdas, Carlos, de la leyenda de Pedro de Valbuena, el negro
                        caballero?</p>
                    <p>-No, madre, no me acuerdo.</p>
                    <p>-Sin embargo yo tela conté muchas veces en el comedor de casa, en las noches
                        de invierno, al lado de la estufa, cuando eras chico.</p>
                    <p>-He olvidado tantas cosas, en esta vida estúpida de fastidio.</p>
                    <p>-Si tú quieres, voy a leértela, para matar las horas tan largas.</p>
                    <p>-Desde que tú has venido, contestó Carlos, tengo una cosa tan dulce en el
                        espíritu, que desearía oírte siempre.</p>
                    <p>-Tanto más, repuso la vieja, en cuanto que eso tiene contigo mucho que ver.
                        Escucha. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- V -</head>
                    <head type="sub">Leyenda</head>
                    <p>Eran los condes de Valbuena señores de fértiles campiñas y alpestres
                        cordilleras y Pedro, el último vástago de la noble estirpe. Tenían su
                        castillo en lo más abrupto de la roca sobre despeñaderos, de cuyas piedras
                        filosas cuelgan las águilas sus nidos. Por el sendero escarpado en la parda
                        y desnuda peña, habían padres y abuelos vuelto más de una vez victoriosos de
                        las reyertas de sangre con los vecinos y el laúd de los ministriles cantaba
                        en heroicas silventenses las hazañas y las glorias. Su armadura de hierro
                        tenía negro color y yelmo de visera levantada y penacho de plumaje oscuro y
                        sobre la banda de seda roja extendida y atravesada el ala del cuervo,
                        recamada en seda negra, emblema de su casa y colores de la dama de sus
                        pensamientos. Su bridón de guerra, un moro robusto, solía acercarse al amo,
                        retozando en la explanada y moviendo aquí y allá la cabeza, cuando él lo
                        montaba, la maza colgada del arzón, escudo de luciente acero y la enorme
                        espada al cinto con empuñadura de oro. Muchas veces, al caer la tarde,
                        solían verlo perderse lentamente en las tortuosidades de los desfiladeros,
                        sentando con violencia su casco sobre el fragoso sendero con retumbamientos,
                        que morían en el báratro por donde saltan los torrentes. Iban lejos, al
                        poniente, al feudo de Isabel, la hermosa castellana, de negra y larga
                        cabellera, como el ala del cuervo, que vestía rojo cendal y traje largo de
                        cola de brocato blanco y paje de oro a la rodilla, de donde colgaba el
                        bolsillo de terciopelo azul. Fueron amores en los grandes salones del
                        castillo, en medio de las estupefactas panoplias de los abuelos, que
                        tuvieron la magia de los cánticos de la cítara de bronce y el perfume
                        agreste de los líquenes de la helada cumbre y se cantó la divina poesía del
                        coloquio de la fiereza y de la gracia, en elegantes trovas, en las mansiones
                        señoriales de entonces.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Gran tropel y rumor hubo un día en el castillo. Iban llegando los viejos
                        escuderos del padre, que conservaban en las miradas de águila la tradición.
                        de las feroces contiendas, la manopla de aros de hierro sobre la guardia de
                        la espada y pajes, y halconeros y juglares de traje de malla roja y jubón
                        grotesco, el birrete con visera en punta y soldados y siervos de la gleba.
                        Sentada Isabel en el gran sillón de enero negro con relieve de endriagos y
                        feroces vestiglos y arabescos extraños y espaldar altísimo, de cuyo centro
                        surgían grabadas en escudo de oro las armas de la familia, saludaba con
                        graciosa sonrisa al cortejo de vasallos, que desfilaba a rendirle homenaje.
                        A su lado, de pie, las damas de su compañía y Ricardo, el rubio paje, que
                        hacía vibrar del laúd la sinfonía estremecedora de los ecos de la montaña y
                        narraba las leyendas intrépidas y los sombríos conciliábulos de lo conseja.
                        Fue llegando Valbuena a paso lento en medio de la doble fila, el yelmo en la
                        mano izquierda, la efigie hermosa varonil y de luciente azabache la
                        ensortijada melena.</p>
                    <p>Dobló sobre mullido cojín la rodilla y dijo: porque esta espada está cubierta
                        de la hoja de encina, con que se teje al gallardo guerrero la corona, esta
                        espada gloriosa de mis abuelos, que yo arrojo a tus pies, reina de la
                        hermosura y de la virtud, concédeme que a tierra de Palestina llegue a
                        redimir con mi sangre, si hubiere menester, el Santo Sepulcro de la ira
                        musulmana...</p>
                    <p>-Nunca fue albergue mi casa, ¡oh Valbuena!, de cobardes sentimientos y a
                        mengua tendrían los dioses tutelares, que en cuadros nos contemplan, que en
                        el castillo de Insuriz se aconsejaran jamás cosas que a caballero no
                        correspondan. Dios proteja tus armas, Pedro mi señor, y se canten tus
                        empresas en estrofas de inmortal epopeya.</p>
                    <p>¡Vosotros todos, dijo el caballero negro levantándose, que habéis escuchado
                        fuertes palabras de divino labio, inclinad como yo la frente ante la
                        majestad de Isabel, la magnánima! ¡Oh mi viejo castillo! ¡Sombras gloriosas
                        que vagáis por corredores y patios en la noche serena del cielo, velando la
                        verecundia inmaculada de vuestras memorias, si estáis de pie todavía,
                        arrayanes y rosas, id arrojando por el áspero sendero por donde pasa la
                        castellana heroica! Himnos de mi juventud, montañas de la patria mía,
                        vientos que de gemidos llenáis el abismo donde el torrente muge, y aguas de
                        esmeraldas que rompéis las notas de vuestras gaitas quejumbrosas en el
                        arrecife lejano -te acompañen estos rumores de la naturaleza, excelsa
                        criatura ¡porque eres divino celaje, mecida en el arrullo de abandonada
                        tórtola solitaria! ¡Así tú puedas, Isabel, mientras yo combato por el honor
                        y la fe, vivir todas tus horas entre la alegría del sol de la aurora, cuna
                        de los mares de oro, que descienden sobre la tierra, en hilarantes haces
                        fecundos, aquel sol, que iluminó esplendente las hazañas temerarias y las
                        cortes de amor de nuestros abuelos! Así los bardos, que llevan la lira de la
                        congoja salvaje a cuestas y van cantando de tierra en tierra el esplendor de
                        los amores inmortales y los dolores del adiós, lleguen a tu castillo, dulce
                        dueña, y te cuenten en la noche de los salones melancólicos, que el negro
                        caballero los colores de Isabel de Insuriz en soberbias lides triunfar
                        hiciera, este Valbuena que te da el alma hasta la muerte y sus dominios
                        señoriales.</p>
                    <p>Las notas del ángelus entraban por puertas y ventanas y, arrodillados,
                        rezaban todos y fueron desapareciendo sus pasos férreos lejos entre la
                        cantinela monótona de las letanías. Ya sola Isabel, se asomó al grande
                        ajimez del centro del castillo y vio lejos desaparecer al caballero como
                        abandonado sobre su moro, el penacho de negro plumaje, oblicuo hacia el
                        horizonte. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Pasó mucho tiempo: una tarde estaba Isabel sentada, mirando los senderos
                        lejanos perderse en los valles y reaparecer culebreando, enhiestos otra vez
                        en la falda le enfrente. A sus pies el paje rubio, compañero de las horas
                        solitarias.</p>
                    <p>-¿Tu crees, dijo Isabel, que volverá pronto el caballero de la negra armadura
                        y cendal con ala de cuervo?</p>
                    <p>-Yo no sé, gentil señora, pero muchos que van a Tierra Santa a pelear por la
                        fe, a morir van. Mucho dijo de estas cosas Pedro el Ermitaño en sus
                        predicaciones.</p>
                    <p>-¿Por qué hablas así, paje?</p>
                    <p>-Porque Rodrigo, el feroz castellano del barranco, ha muerto a manos de
                        musulmanes, y los hijos de Almodivar, el viejo loco que tiene luengas las
                        greñas e impreca como un endemoniado en los días de tormenta, han mordido el
                        polvo también y porque además... y se detuvo Ricardo, titubeando, a
                        mirarla.</p>
                    <p>-Tú no sigues. ¡Qué cosa lúgubre te pasa por los ojos!</p>
                    <p>-Nada, doña Isabel, contestó el niño; imaginaciones juveniles, que me
                        conturban. -Pienso que si escudero fuese, yo también estaría vengando tanta
                        inicua muerte. Esta ambición de renombre quita sueño, señora. </p>
                    <p>-Yo te conozco, Ricardo: pretendes engañarme. Tú eres alegre, como la alondra
                        que se cierne cantando lejos en la altura y como los ruiseñores, que trinan
                        y gorjean en la maleza le la selva. Tu rostro ha tenido siempre los rayos
                        deslumbradores del regocijo, menos hoy... ¿Qué te han contado los pastores
                        de la comarca? Tú has ido a tomar lenguas...</p>
                    <p>-Fábulas, señora; fábulas melancólicas, que ellos recogen de boca de los
                        romeros, que vuelven de Tierra Santa con fantaseos de cuentos
                        inverosímiles.</p>
                    <p>-¿Y qué te narraron, pues?</p>
                    <p>Era un juglar, Isabel, un viejo de barba de oro, ropas raídas y desvencijado
                        laúd que recitaba en monótonos cantares como el caballero negro, indomable
                        en sus ímpetus temerarios, la vida noble rindiera en desigual combate. ¡Qué
                        barahúnda aquella! Y derrumbe de mazas sobre turbantes y fulgurar de curvas
                        cimitarras con empuñaduras de rubíes y blasfemias y alaridos de muerte. Fue
                        chisporroteo de hojas bruñidas hechas pedazos en el hierro de la coraza y el
                        magnífico caballero, como arrasadora tormenta, derribando huestes de
                        sarracenos. Y su penacho de plumas de cuervo, volando aquí y allá
                        blandamente, mecidas en el ambiente, sonante de los bramidos de la batalla  
                          y el puñal traidor, que le dividió la roja banda y el ala negra, mientras
                        sus brazos caían adelante para ceñir el pescuezo del moro. Entonces el
                        corcel estremeció los valles con su relinchar iracundo y precipitó su cuerpo
                        en el torbellino de la carrera. Tú ves, Isabel, cómo estas hazañas, cantadas
                        por el juglar, están fuera de lo humano y son fábulas y leyenda.</p>
                    <p>-No debe ser tal, contestó entristecida la castellana de Insuriz, porque los
                        valerosos son los primeros que mueren en las batallas.</p>
                    <p>Se arrodilló a orar y sus rezos se perdieron con los quejidos del Ave María.
                        Era el momento en que el sol se esconde detrás de la última abra, en el
                        desfiladero más lejano, y en que salen de los valles las brumas tristísimas
                        del Ángelus; la hora de la plegaria, cuando las cosas sosegadas de la
                        naturaleza han perdido vivacidad, cánticos y color. Suenan en la profunda
                        quietud de la dilatada campiña los tañidos plañideros, que mueren lejos en
                        la garganta de la montaña estéril y triste, debajo del cielo de indefinido
                        color... Entonces vienen los heraldos de la noche, como pueblos innumerables
                        a desplegar en silencio en el espacio sus enormes banderas, que tienen para
                        el ojo humano transparencias cenicientas que flotan y van y vienen. Las
                        auras cansadas de volar libando néctares de las margaritas del prado, se
                        quedan dormidas en las cavernas del monte y los pájaros se esconden debajo
                        de las ramas, que pierden sus intersticios luminosos y los torrentes ahogan
                        sus rumores en el pedregal de su cauce. A esa hora vuelven también los
                        labradores del trabajo, la azada al hombro y la campana que vuelca su copa
                        arriba y abajo los sorprende en el medio del campo con sus vibraciones
                        argentinas... Se arrodillan con el sombrero en la mano un gran rato,
                        mientras en el occidente hay todavía una franja, que tiene el color
                        desvanecido, de las rosas pálidas y detrás se levanta como esfinge siniestra
                        la superficie extendida de las sombras.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Volvió Valbuena a su castillo, después de mucho tiempo, una noche de invierno
                        en que largos copos de nieve venían cayendo por la atmósfera quieta como
                        alas cándidas de muertas palomas. Empezó a subir la cuesta con sandalias y
                        bordón de peregrino, helados los pies que se hundían en la crujiente y
                        húmeda escarpa. Miraba las faldas de las montañas blancas de aquella triste
                        mortaja y los árboles, que pretendían sus ramas, cubiertas de las frías
                        cristalizaciones. No se oía en aquel silencio, sino sus pasos y los
                        borbotones del torrente descendiendo a saltos. Era una de esas noches, en
                        que la luna atraviesa asimismo las densas capas de nubes grises e inunda la
                        campaña de tenues claridades, aunque su disco apenas puede distinguirse
                        detrás de la inmensa bóveda cenicienta. Veía aquí y allá la mancha negra de
                        la cabaña de los pastores de su feudo, de techos blanqueando en la atrevida
                        línea oblicua. Apareció al fin enfrente la enorme zona oscura de su castillo
                        con almenas y torreones y flechas agudas y altas de minarete. Llegó al foso
                        y se detuvo: nadie había levantado a esas horas el puente levadizo, ni la
                        esquila del cuerno de caza había dado aviso de la llegada de un caballero,
                        ni había guerreros para recibir al huésped según sus merecimientos. Entró en
                        la oscura boca del zaguán con tinieblas y oscuridades de subterráneo y pasó
                        por cuartos y corredores... Silencio. Cruzó los patios blancos y llegó al
                        gran comedor, donde siempre lo esperaba la roja y amplia lumbre de la
                        chimenea en sus días ateridos. Ni fuego, ni voces humanas. Todo era silencio
                        tétrico. Subió escaleras, entró en los torreones, cubiertas las paredes de
                        musgo en verdes tapices y dio voces estentóreas, que se desvanecieron eco
                        tras eco, mientras seguían bamboleándose en el aire y cayendo largos y
                        silenciosos a millares los copos de nieve. Llegó al fin a la gran sala del
                        castillo, donde estaban alineadas las armaduras de hierro de los
                        abuelos.</p>
                    <p>Allí entró su espíritu en los ensueños tenebrosos de la desesperanza y se
                        sentó resuelto a dejarse morir. Aquel silencio era el luto que sus dominios
                        vestían por la sublime criatura fenecida, la dueña heroica de Inzuris y
                        aquel hondo sosiego tenía todos los soliloquios del rezo funerario. A poco
                        de estar allí, empezó a sentir en aquella lobreguez como leves chillidos,
                        rechinamientos y choques metálicos y crujidos sordos, como de articulaciones
                        de hierro que se desplegaran y ruidos de pasos cautelosos a un lado y otro.
                        Después vio, que las panoplias se iban moviendo con caminar de rítmicos
                        estampidos, como si fueran marchando a compás de invisible y misteriosa
                        música y sentía claramente, que pasaban cerca de su persona y le decían
                        cosas como susurros de enigmas. ¡Qué hondos pesares lo invadieron: el hastío
                        entró con sus garfios a rasgarle el corazón! ¡Qué miserable y bellaca
                        existencia la suya! ¡Qué vacío profundo y qué helada sordomudez tenían todas
                        aquellas memorias! Cuando él venía subiendo la cuesta, encontraba gentes
                        mustias que se retiraban de su presencia y cuando, tomando del brazo a uno
                        de esos fugitivos, quiso lenguaje de verdad, oh señor, le contestaron, ¿que
                        no sabéis? Ha muerto en las torturas del abandono de amor la castellana de
                        Inzuris y todos los lugareños cantan la leyenda elegiaca y las gentes de
                        vuestra casa al feudo de Isabel partieron... Sacó su espada Valbuena y
                        hubiérase dado muerte a no haber las panoplias levantado voces y rumores
                        tumultuarios.</p>
                    <p>Mejor era no haber nacido, Pedro, gritaban los abuelos de hierro, o haber
                        muerto a heridas de yatagán infiel en Tierra Santa. Cobardía no usaron jamás
                        los condes valerosos de Valbuena, ni sagrilegio, ignominia o mengua
                        contemplaron las paredes vetustas de esta morada. ¡Anda, mal caballero! Se
                        acabará contigo tu casa y la historia de muchos siglos de gestas y de
                        renombre. Muere: eso es mejor, que tener en vida dolorosa brega o poblar
                        otra vez las calladas cortes del castillo de gritos y cantos infantiles.
                        Echa de esta manera lodo y baldones sobre los sacrificios y la sangre
                        derramada por los abuelos, para darte casa y prosapia. Muere: te has quedado
                        solo; de todas maneras no rehagas el hogar moribundo de tus padres. Estos
                        viejos huirán para siempre la deshonrada mansión, páramo yerto, donde no
                        flotan siquiera, como hebras de luz, las rubias cabelleras de los niños, ni
                        hay castellanas altivas, hermosura de la casa, virtud, gracia y
                        ornamento.</p>
                    <p>-Pero la muerta Isabel, rugió el caballero levantando amenazador la espada,
                        ¿quién me devuelve, genios airados de mi castillo glorioso, la celestial
                        criatura? ¿Este silencio, que me perturba la inteligencia, no es acaso
                        silencio de muerte?</p>
                    <p>La voz corrió, contestaron las panoplias solemnes, que Isabel, de letal morbo
                        afectada y próxima al descanso eterno, al confesor pidiera ver tus viejos
                        escuderos y tus siervos. Estos partieron en la madrugada.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-Un caballero, de extraño continente y ademán descompuesto, quiere gracia
                        obtener de ser traído a vuestra presencia, oh señora.</p>
                    <p>-¿Su nombre? Dijo Isabel, con su voz débil de enferma.</p>
                    <p>-Que en las batallas de Palestina lo había hecho inmortal, contestó.</p>
                    <p>-¿Y sus armas? </p>
                    <p>-Sobre negra casaca la cruz de la guerra santa.</p>
                    <p>-Y dime, Ricardo, ¿sobre el escudo, acaso, no traía roja banda?</p>
                    <p>-Como si luto vistiera, no trae colores ni emblema.</p>
                    <p>-Yo no quiero que ese caballero entre... Dile que gracias le mando por su
                        cortesía... que esta moribunda sus hijos bendice... Tú ves, paje, lo que
                        pasa... el otro día al lado de este fuego, aquí en el aire tibio del comedor
                        de mis padres, un trovador cantó las estrofas de la esperanza y la alondra
                        delante de mis ojos levantaba tan alto el vuelo, lo que dicen que trae la
                        buenaventura. Y, sin embargo, yo no lo veré más a mi glorioso señor.</p>
                    <p>-Pero ese caballero, este bolsillo de terciopelo me entregaba, contestó el
                        paje... Reliquias son, me dijo, de un compañero de armas, herido en Tierra
                        Santa. De rodillas delante de ella lo abrirás, y me despidió casi con voz
                        sollozante.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Alto, la tez tostada, en la puerta apareció Valbuena, mientras Ricardo sacaba
                        del bolsillo la roja banda y el ala negra del cuervo, dividida por yatagán
                        sarraceno. </p>
                    <p>Se acercó lentamente con los brazos rígidos, temblando dentro de aquel mundo
                        de sus adoraciones inmortales.</p>
                    <p>-¡Oh contristada flor de la montaña, dijo el caballero, que tienes el color
                        de las nieves y fríos pétalos, pálida visión de mis noches solitarias de
                        Tierra Santa! ¡Alma criatura, que has perdido gota a gota tu sangre en las
                        horas de dolor!...</p>
                    <p>-Gracias sean dadas, Valbuena, al Dios de los ejércitos, que otra vez hasta
                        aquí te ha conducido, contestó Isabel.</p>
                    <p>-Yo beso tu mano de mármol, ¡oh divina mártir! Y así entren en tus dominios
                        los tepores primaverales y resurjan en tu pálida efigie los colores de la
                        vida.</p>
                    <p>-¿Por qué tanto tiempo glorioso señor, sin llegar a mi abandonado
                        castillo?</p>
                    <p>-Estas heridas, enfermo mi cuerpo tuvieron, frágil y moribundo.</p>
                    <p>-¡Ay! Sollozó Isabel, no mentía el juglar de la barba de oro. La noticia de
                        tu desventura las fibras de mi alma rompieron y poco a poco este cuerpo fue
                        cayendo, hasta el borde del sepulcro.</p>
                    <p>No, tú vivirás, contestó el caballero. Pronto la nieve disuelta hará que los
                        picachos tengan su pardo color y en los senderos de la montaña bordes habrá
                        de flores cubiertos y crecerán en el prado las yerbas silvestres, que
                        derraman en el ambiente exquisitos perfumes.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así fue: los senderos de la montaña los vieron otra vez caminar del brazo y
                        las auras tibias despertaron la vida en la juvenil pareja enamorada y
                        alondras y ruiseñores saludaron los admirables coloquios con su eterno
                        cantar. Una noche Eros paradisiaca entró en el dormitorio de Isabel con su
                        cuerpo extraño de alabastro y sobre su traje de novia colocó rojo cendal y
                        negros azahares que recamaban en el brocato las alas extendidas del cuervo
                        y... después las cortes del castillo de Valbuena resonaron de cánticos y de
                        gritos infantiles y flotaron negras cabelleras y fue apellido de larga y
                        gloriosa historia. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VI -</head>
                    <head type="sub">Corolarios</head>
                    <p>En ese momento los dos leían, la mejilla cerca de la mejilla, mientras la
                        vieja hacia resbalar el índice debajo de las últimas líneas de la leyenda y
                        la luz azulada se difundía sobre sus rostros fijos en el cuento maravilloso.
                        Era uno de esos libros de papel áspero y granujiento, veteado de manchas
                        amarillentas, encuadernado en la tapa de cera de pergamino, con hojas
                        corroídas aquí y allá... libros viejos que van desapareciendo, como los
                        monumentos a quienes el tiempo lima las aristas y borra a trechos las
                        inscripciones y ennegrece el mármol.</p>
                    <p>-¿Tú crees entonces, empezó Carlos, que no hay vida posible, si no se rehace
                        el hogar paterno?</p>
                    <p>-Sí, creo.</p>
                    <p>-¡Y que es necesario que haya muchachos incómodos, que llenen la casa de
                        ruidos, como dicen los abuelos aquellos!</p>
                    <p>-¡Incómodos los niños ajenos, contestó la vieja, los propios nunca!</p>
                    <p>-De acuerdo: pero tú no piensas, madre, que los tiempos han cambiado, y las
                        castellanas del día, se mueren de amor, casándose con otro...</p>
                    <p>A veces... Yo he visto, pobres mártires, que llevan a cuestas la cruz del
                        abandono y la riegan con lágrimas, que no se ven, esas que se derraman para
                        dentro y caen gota a gota a horadar el corazón.</p>
                    <p>-Rara avis, vieja, muy rara, repuso Méndez...</p>
                    <p>-No tanto como tú crees. Has vivido muy poco y metido demasiado en ti
                        mismo... yo te aseguro que en el mundo hay más virtud de lo que Vds. se
                        imaginan. Hablo en plural, porque conozco toda una generación de indecisos,
                        que piensan que pueden estar solos y justifican la vida estéril, murmurando
                        de la de la mujer, como de traste viejo. Encuentran al fin una, a quien
                        quieren y de ella se avergüenzan y tienen niños, a quienes no se atreven a
                        dar su apellido. Se les ve caminar agazapados contra la pared, mirando para
                        atrás y meterse a hurtadillas en el silencio de la media noche a visitar su
                        familia -esa que los demás arrojan a la calle en la luz plena...</p>
                    <p>-¿Y quién te ha dicho todo esto? -preguntó Carlos, que sentía su espíritu y
                        el mundo de su inteligencia derrumbarse ante la palabra serena y triste de
                        la madre.</p>
                    <p>-Aquí te esperaba, dijo la vieja sonriéndose: tú eres también de los que
                        piensan, que se puede vivir cuarenta años, sin salir del limbo y que cada
                        familia que va desapareciendo en la muerte, no deja un caudal de enseñanza,
                        porque estas viejas a quienes ustedes conmiseran y asisten al desfile
                        sombrío, no han salido de sus ingenuidades infantiles. ¡Ah! ¡Pobres
                        muchachos, enfermos de la imaginación dolorosa, que pretenden torcer la
                        lógica de la existencia, en pos de engañadoras quimeras y que leen demasiado
                        los libros de otros enfermos!... Así van después caminando y entran cada vez
                        más en la helada filosofía de las desesperaciones sin consuelo, para morir
                        solos y abandonados, sin que haya nadie que lleve flores a sus sepulcros el
                        día de los muertos.</p>
                    <p>Y con los brazos de temblores rodeó el cuello del hijo y lo miraba,
                        abrazándolo fuerte como si alguien estuviera en la sombra acechando para
                        arrebatárselo. </p>
                    <p>-No, madre, dijo Méndez, yo no quiero hacerte sufrir. Tus congojas me hacen
                        mal.</p>
                    <p>-Yo tiemblo, Carlos, pero no por ti solo, por todos esos hermanos tuyos, que
                        de repente abandonan el hogar y los padres y tienen grima atroz que los
                        tortura... Si ellos supieran, que este libro de la vejez, que tiene hondas
                        arrugas, está escrito con las cosas marchitas y mustias que uno va
                        encontrando en el camino desventurado y que los hijos graban en las últimas
                        páginas blancas el epitafio lapidario...</p>
                    <p>-¡Oh, santa y divina! Gritó Carlos, estrechándola contra su corazón...</p>
                    <p>-Porque es así. Cada hijo empieza y cierra un capítulo y allí descansa uno,
                        como el caminante al lado de la piedra miliaria; pero si los hijos se van,
                        se llena de lágrimas la copa de alabastro de nuestras almas, que tiene
                        diafanidades de cristal y que van cayendo y tañendo las armonías de la misma
                        romanza que nos habla siempre del hijo, que está lejos. Y después, ¿sabes tú
                        lo que sucede? Continuaba la vieja transfigurada, tomando al hijo de las
                        manos y mirándolo cerquita; sucede, que cuando no hay un hogar escondido,
                        caminan los hombres a los cincuenta años sin rumbo y de noche nunca les
                        llega la hora de la retirada. La casa está fría y sola, y en invierno,
                        cuando ellos sienten la necesidad temprana del calor de la cama, cuando cae
                        la lluvia helada y frecuente y hace cantar los vidrios con su monótono
                        tamborileo y zumba el viento afuera, y es tan delicioso sentir su propio
                        cuerpo rodeado de las perezas cariñosas de nuestras casas... Oh, cómo
                        piensan entonces, que serían felices, si hubieran muchachos altos y
                        delgados, que prendieran las astillas del espinillo estridente en la
                        chimenea del tibio comedor y niñas de grandes ojos azules, leyéndole las
                        historias suavemente ideales del tiempo viejo... Y después está el café, que
                        los atrae, el club que los llama, la orgía que pagan para que otros se
                        diviertan y ellos no pueden ir, porque tienen frío y están achacosos.
                        Entonces entran a la cama y llega el sirviente que está borracho del vino,
                        que roba de la bodega... ese es él, que les sirve el té de la noche, que
                        ellos no duermen, la noche interminable, donde no se oye más ruido que los
                        golpes secos y sordos de la tos, que les fractura el pecho, exasperada en
                        las oscuridades solitarias. Y la escarcha sube y hiela las rodillas y se
                        siente que la sangre se va deteniendo y cualquier día es bueno para morirse
                        solos, sin que haya, quien se arrodille y rece y llore, cuando nos traen la
                        eucaristía... porque yo he visto a esos otros viejos, que han adquirido el
                        derecho de morir como justos, levantar tan alta y solemne la cabeza en ese
                        momento en medio de los hijos arrodillados y sollozantes...</p>
                    <p>-Pero ¡¿dónde está, oh, mi madre santa la castellana de Insuris?! Eso no se
                        plasma con el barro de la calle, interrumpió Carlos. Es necesario
                        encontrarla, tenerla en el corazón y vivirla... Esos tiempos han muerto para
                        siempre. ¿Dónde están los bardos que cantan de tierra en tierra el esplendor
                        de los amores inmortales? ¿Sabes tú lo que hacen hoy? Cantan la
                        blasfemia.</p>
                    <p>-Ya lo sé.</p>
                    <p>-Y pretenden resignar en santuario extranjero el yo intelectual de todo un
                        pueblo, la efigie deslumbradora, que nos tipifica y nos separa de los demás
                        y todas las maravillas de los orbes de luz, que pueblan e iluminan este
                        espacio que es nuestro y la inmensa sábana verde y el cielo azul que se
                        derrumba a pique, que son nuestros y de nadie más.</p>
                    <p>Porque Méndez era así: tenía sus cuartos de hora impetuosos, en que se movía
                        su tez y el surco de su frente como si lo cruzaran relámpagos. Su palabra se
                        desenvolvía irritada en atroz sarcasmo y agitando la mano derecha, como
                        quien arroja anatemas, estigmatizaba todos los vasallajes. Creía que los
                        pueblos iban fatalmente a la creación de su propio idioma, los pueblos que
                        tenían tradiciones gloriosas y confines de baluartes alzados hasta el cielo
                        enfrente de las razas conquistadoras y ríos que achatan hasta el horizonte
                        la superficie de plomo movediza en el vaivén sempiterno del oleaje.</p>
                    <p>Yo quiero con esto significarte, continuó Méndez, que hay muchas necesidades
                        hoy, intereses sórdidos tal vez; no entro a juzgar; pero seguramente existe
                        una manera especial de apreciar la vida, que nos aleja de la lira
                        Imaginativa de la edad media.</p>
                    <p>No son los tiempos, que han cambiado: es que ustedes han perdido la
                        ingenuidad, continuaba la madre, en su cavilación estéril y sempiterna y han
                        roto el divino instrumento del espíritu en el choque inerte de todas las
                        desconfianzas. No son hombres: no tienen voluntad y no aman, porque para eso
                        es necesario tener niñerías y fe y abandonos en la suprema dulzura. Son los
                        negros caballeros, que han perdido la virtud del creyente y que ya no
                        vuelven de Tierra Santa.</p>
                    <p>Esas son leyendas, mi madre, que tienen la melancólica semblanza de los
                        siglos muertos, y se echan a través de la existencia desastrada y despiertan
                        en el espíritu el anhelo inmortal de vivirlas con sus amores y sus
                        heroísmos; pero la vida es otra. Es trivial y desolada y achatan los
                        cánticos que germinan gloriosos en la inteligencia.</p>
                    <p>-Porque Vds. filósofos de la desesperación, alejan de sí las flores de la
                        dicha, seguía la madre, y rechazan el regocijo que las enamoradas de veinte
                        años les presentan. Y mientras graban cada día una nota agria del epitafio
                        suicida, ellas a la tarde, las suaves criaturas riegan los prados de
                        violetas y heliotropos, con la cruz del abandono a cuestas y quedan así
                        pensativas un gran rato, rezando por los que las hacen sufrir... y se
                        levantó la vieja para retirarse.</p>
                    <p>Era la media noche: el reloj tañendo a intervalos iguales las notas
                        argentinas de la hora, partía el silencio del dormitorio y de toda aquella
                        lóbrega naturaleza, que dormía afuera. La madre envuelta en el triángulo del
                        chal de espumilla con relieve de negras rosas y mórbido fleco, caminaba
                        acompañada paso a paso por aquellos sonidos, pero Carlos extendiendo su mano
                        derecha y resbalando hasta los pies de la cama, alcanzó a tomar con las
                        palmas suavemente aquella blanca cabeza de sesenta años. </p>
                    <p>-No te vayas, le gritó, yo te voy a decir de Dolores del Río, porque es a
                        ella a quien tú te has referido en tus últimas palabras.</p>
                    <p>-Ya lo sé, Carlos; no va a ser la tuya una historia de amor, como la de
                        Isabel de Inzuris, sino leyenda de orgullo, que retoba y oculta la nativa
                        generosidad de tu espíritu.</p>
                    <p>-No, madre, yo te voy a contar todo, para que tú veas, que he tenido
                        razón.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Yo había traído hasta acá adentro, a su espíritu, ¿ves? Y se apretaba el
                        corazón con su mano en garra, -yo era dueño de todo ese esplendor... mi casa
                        se había llenado de todos los júbilos... pero una noche en un baile, como te
                        cuento, pongo a Dios por testigo, le apreté de tal manera la muñeca, que se
                        dejó caer pálida sobre una silla... ya hace dos años... un momento antes yo
                        le había regalado un ramo de violetas y ella me contestó que éramos muy
                        jóvenes todavía y que yo estaba loco y que no debía pensar en casarme... Yo
                        me acuerdo bien; porque esa noche vestía un traje de seda celeste y escote
                        de encajes y tenía un cinturón de moaré blanco con aguas de nácar, que se
                        movían en la luz... Sus ojos tenían el azul oscuro del cielo de la noche y
                        su efigie de mármol parecía cosa de alegría celestial. Así yo me fui a mi
                        casa con un gran luto en el corazón y me venían acompañando, como con
                        susurros las hebras negras de su cabellera abundosa y todas aquellas músicas
                        y los rumores del sarao esplendente y yo tenía como abrojos que me raspaban
                        el pecho y una cosa tonta, que me aturdía la inteligencia... Yo recuerdo que
                        caí sobre la cama y escondí la cabeza bárbara dentro de las almohadas y
                        lloré, lloré con un sollozo de adentro que me fracturaba las costillas y que
                        no se acababa nunca.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así se ve a veces los rayos del sol de verano rajar la tierra árida y los
                        arbustos doblegar sus hojas mustias debajo del incendio, mientras las flores
                        dejan caer lánguida sobre el gajo la corola ardida y en la desolada estepa
                        el silencio y las tristezas de aquella inmensa hoguera... y el que observa
                        más tiempo ve desaparecer arrugadas las flores y las hojas y perderse las
                        yerbas del prado y sobre la tierra blanca, endurecida y desnuda, caminar
                        apresuradas las hormigas formando doble línea quebrada y negra, mientras
                        pasan saludándose las unas a las otras y siguen la marcha
                        interminable...</p>
                    <p>Después cae por mucho tiempo la lluvia abundante y cristalina, que infiltra,
                        ablanda y ennegrece la tierra y se esparce por todas partes un vaho húmedo
                        de deliciosa frescura. Los pétalos resurgen y se avivan; los colores
                        reaparecen; el prado cargado de semillas brota otra vez y se cubre de los
                        hilos chatos y filosos de la yerba verde y por el ambiente corren por todas
                        partes a miríadas los átomos de invisible perfume.</p>
                    <p>Así el llanto a veces, de clemente piedad, llena el espíritu, -el llanto
                        formidable en la oscura noche, que no tiene testigos y aplaca y endulza la
                        pasión enloquecida y los amores desaparecen casi, detrás de nosotros en la
                        vaga penumbra de las reminiscencias. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VII -</head>
                    <head type="sub">Dolores del Río</head>
                    <p>Esa noche fría del baile estaba el dormitorio de Dolores iluminado por una
                        pequeña lámpara que difundía penumbras azuladas a través de la pantalla de
                        seda. Aparecía la cama en el centro, como una zona larga de negra y luciente
                        madera, alto el espaldar y la curva, que lo terminaba, tallada en artísticos
                        relieves de hojas y flores, y extendida la verde colcha de raso. En los
                        espejos del tocador y ropero, allá en el fondo, se veía la imagen luminosa
                        de la lámpara, cuya copa de plata blanqueaba brillante sobre el negro mármol
                        de la mesa de noche, jaspeado de vetas y bizarras figuras de nácar. Pendía
                        sobre la cabecera el dosel y colgaba el cortinaje elegante de un solo
                        costado recogido abajo en un moño gracioso y abollonado, mientras del otro
                        costado, se erguía augusto y derecho el reclinatorio -el almohadón de
                        terciopelo arriba, cariñoso en la superficie cuadrada del verdinegro color y
                        enfrente colgado de la pared el crucifijo de ónix. Pero lo que llamaba la
                        atención en aquel dormitorio era un gran cuadro de marco de bronce, singular
                        en sus caprichosos arabescos. Era una parda cruz de gruesa y cuadrada
                        piedra, destilando humedades salinas sobre la cumbre de escarpada rompiente,
                        flagelada por la borrasca embravecida, espumoso el oleaje gigantesco.
                        Abrazada del pedestal, colgante el cuerpo en las aguas revueltas y salvada
                        del naufragio eterno, la blanca y semidesnuda pecadora, la cabellera rubia
                        de oro muerto crujiente y sedosa en el estallido crepitante de las espumas
                        albas del mar...</p>
                    <p>Llegó Dolores muy tarde en la noche -los ojos grandes y oscuros de apagada
                        lumbre, suavísimos y húmedos de azabache y hecho de gentil delicadeza el
                        óvalo del semblante pálido y perfecto. Estuvo un rato, como absorta mirando
                        las paredes, tapizadas de lampás rosado y los anchos pliegues rígidos del
                        techo mientras dejaba, sobre el sofá de terciopelo granate, la capa larga de
                        paño blanco y en la guantera de cristal de dorados bordes, arreglaba los
                        guantes de piel de Suecia largos y angostos en su color madera y movía al
                        rato su cuerpo alto, negra la espalda de la voluminosa y ondulante
                        cabellera... Sentada después en la orilla de la cama, desabrochó el corpiño,
                        que tenía pintado a mano en la tersura del raso maravilloso ramo de lilas y
                        sus manos fueron cayendo abandonadas y como inertes a lo largo de la falda
                        cubierta de encajes y más allá de la blanquísima urdimbre de filigrana, se
                        veían adelante dos caireles de rosas vellosas, que descendían hasta el
                        ruedo... Quiso rezar y arrodillada en el reclinatorio, volvió a su memoria
                        entristecida toda aquella escena del baile, que le había herido el corazón
                        de muerte... porque Carlos era malo y no debió nunca cerrarle el brazo con
                        enojos en la mirada, ni decirle las frases sarcásticas. Después se acercó
                        lentamente a la cama y se acostó así vestida, mirando aquel cuadro y los
                        cabellos rubios de esa mujer, salvada del naufragio eterno, hundida en el
                        almohadón cuadrado, sobre el terciopelo negro de su cabellera suelta,
                        ¡espléndida la efigie de mármol y melancólica el alma, sollozante por la
                        desventura del injusto abandono! ¡Cuántas de vosotras, elegantes criaturas,
                        que camináis el sendero floreciente de la vida, en medio de los festivales
                        de luz y de corolas, ebúrneo el brazo desnudo y el escote, cuántas llegáis
                        en las madrugadas a los dormitorios iluminados, con la garra de la
                        pesadumbre en el pecho y las amarguras de la pasión escarnecida!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Se durmió después... Soñaba que todas las visiones que flotaban en aquel
                        ambiente enamorado, habían perdido las alegrías frescas. Hacía frío en su
                        cuarto a pesar del abrigo de los cortinados y de las alfombras, el frío de
                        muerte que arruga la piel y hace doler el corazón... como sucede, cuando se
                        hace pedazos y se oscurece la luz, que ilumina los panoramas acariciados con
                        esperanzas y plegarias en los soliloquios de la mente -esas vastas
                        naturalezas, pobladas de fantasmas angélicos, que cantan la égloga y el
                        idilio, danzando carolas alrededor de las cunas soñadas. ¡Qué poemas
                        cruzaban su inteligencia en aquel agitado dormir!... El dúo que se canta de
                        lejos y los rayos de las pupilas, que se encuentran en el aire sereno y
                        diáfano, los rayos que llevan en su seno titilar de almas... ¡Santo! ¡Santo!
                        Echan a vuelo las campanas, porque las glorias del cielo circundan las
                        sensitivas enamoradas y hay auroras y soles y primaveras, que tiemblan por
                        el cruzar turbulento de la divina sinfonía. Yo riego los prados todas las
                        tardes, allí donde crece la diamela, porque quiero mandarle en una bandeja
                        de plata flores, que tengan pétalos blancos. Tan sombrío... porque la lucha
                        le ha grabado un surco en la frente; pero yo tengo alegrías de ángeles y
                        todas las serenidades azules del cielo en mi alma. ¡Ven conmigo dentro de
                        estas aureolas, Carlos! Yo te tomo la cabeza y te beso y lloro y tengo los
                        ojos contentos, detrás de las lágrimas. No vas a decirlo... yo estoy
                        herida... escucha cómo se queja la tórtola, que me da picotones, tubando
                        dentro del pecho. ¡Santo! ¡Santo! Porque las campanas tocan el Ángelus, la
                        melancólica trova de amor, porque yo rezo y cubro de flores a tu retrato,
                        ese que guardo en turíbulo de oro...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-¿Te acuerdas, aquella noche de estío? Los mansos canales del Tigre y las
                        costas verdes y opulentas de vegetación y los sauzales, que arrojan las
                        hebras largas en las aguas oscuras y los remeros bogando en el silencio de
                        aquella naturaleza tenebrosa y cruzar de luciérnagas luminosas con arrullos
                        de arpas lejanas y perdidas en las sombras, vibrando endechas inmortales...
                        Porque Dios es bueno y deja caer fragmentos de celajes sobre la tierra para
                        los que aman; por eso nos decíamos de cerca todos los cánticos divinales y
                        yo sentía en el corazón tu voz, como dulcísima esquila, temblando, repetirme
                        los ritmos de la pasión enamorada. Te acuerdas cómo pasaba la luz fugitiva
                        de las casas debajo de nuestra canoa y cómo quedan detrás ondulando los
                        reflejos. Tú me decías: yo iría contigo, Dolores, en pos del esplendor de
                        los astros, envuelto en la paz serena de tu espíritu, porque tú eres
                        angelical en el seno tranquilo de este escondido rincón del Paraíso.</p>
                    <p>-Escucha, Carlos. Las melodías de la noche llegan en la brisa leve, que corre
                        saturada de húmedos perfumes y los deliciosos arpegios suenan en los
                        comedores felices. ¿Ves? Pasa la mancha oscura de un palacio rodeada del
                        tupido ramaje, como una enorme cosa de luto, salpicada de chorros de luz.
                        ¡Oh! ¡Las penumbras amables que defienden las cunas de los ardores del
                        sol!</p>
                    <p>-Como la sombra de tu negra y larga cabellera y la lumbre suavísima de tus
                        ojos mitigan las visiones tormentosas del espíritu. Yo te amo, Dolores... he
                        dicho al fin la divina palabra. Yo me acuesto en esta pasión, buscando, como
                        en el seno de mi madre, la lluvia de rocío blando, que baña la frente con el
                        murmullo quieto de los besos.</p>
                    <p>-Pasan cantando, Carlos... Son felices. Parece un coro y dicen los versos,
                        que tiemblan en el ambiente, con susurros de aguas y hamacarse de canoas,
                        que se deslizan...</p>
                    <p>-¡Sí, alma divina! ¿Sabes tú lo que narran?</p>
                    <p>-¡Oh, no! Ya están muy lejos... se han desvanecido en la sombra.</p>
                    <p>-Narran leyendas y entregan a la guitarra melancólica los poemas del
                        sentimiento. ¿Sientes, Dolores, las fragancias de la madreselva?</p>
                    <p>-¡No, no! Tú te acercas demasiado a la costa verde con la canoa. Yo tengo
                        miedo, que las ramas sollozantes me lastimen el rostro. ¿Qué es esta flor
                        que he arrancado flotante en las aguas oscuras?</p>
                    <p>-¡A ver, alma divina! Esta es la flor del seibo, que adorna la ribera por
                        todas partes... Son los rubíes de la enmarañada y verde maleza, que dicen
                        sus amores a los bosques infinitos de juncales, esas líneas negras, allí
                        paraditas y rígidas, que reciben la sombra corpulenta de los sauces.</p>
                    <p>-¿Porqué nos detenemos?</p>
                    <p>-Son camalotes, Dolores, que traen festones y hojas de calas y panojas de
                        flores azules, que besan la proa de la barca y se buscan entre ellos en su
                        nadar lento y silencioso.</p>
                    <p>¿Qué son esos gigantes negros que avanzan allá lejos?</p>
                    <p>-Son los álamos que tocan las estrellas con las copas y se tuercen y se
                        abaten en los días de tormenta, zumbando las hojas.</p>
                    <p>-¡Oh, la divina naturaleza donde cantan los zorzales escondidos y tejen los
                        benteveos el nido de sus amores! ¡Cómo pasan las luciérnagas luminosas, como
                        astros perdidos en la noche oscura y cómo zumban los grillos! ¡Dios mío! Tú
                        has abandonado los remos, Carlos... los he sentido tocar la popa... Yo tengo
                        miedo... Qué pequeña es la barca y qué chicos somos debajo de esta
                        inmensidad celeste, con toda la muchedumbre innumerable de soles
                        luminosos.</p>
                    <p>-Somos pequeños... pero Dios hizo la pasión más grande, que sus creaciones.
                        Deja, Dolores, que la sublime majestad de la noche envuelva la canoa y la
                        arrebate consigo la tormenta, que ya empieza.</p>
                    <p>-El canal se abre, ¡qué aterradora negrura! Yo voy a rezar, porque la
                        plegaria es suavísima, como la bondad de la mirada de Dios. </p>
                    <p>-Reza, si tú quieres, mientras la corriente nos lleva a fracturarnos contra
                        las murallas lóbregas del cielo.</p>
                    <p>-Vuela la barca... Detenla por las lágrimas de tu madre... Las costas
                        desaparecen y las luces de las casas se han transformado en vislumbres, que
                        aletean, como si quisieran apagarse.</p>
                    <p>-¡Eh! ¡No, nunca! Porque yo he perdido las sonrisas y tengo la mueca
                        horrible... ¡Nunca! Porque las alegrías de mi alma las ha cubierto la vida
                        con el manto de esta noche infinita. Yo quiero morir contigo dentro de este
                        nubarrón de tinieblas. Tú ves lo que pasa... ¡las estrellas han disparado
                        del cielo y llegan las rachas violentas: las olas se agitan, la canoa salta
                        enloquecida de cresta a cresta y cruje como si quisiera hacerse pedazos!</p>
                    <p>-¡Piedad! Toma los remos y volvamos a las orillas mansas. No te muevas, haces
                        tambalear la barca...</p>
                    <p>-Yo me acerco a ti, Dolores, mientras corremos por las oscuridades del río de
                        luto y vamos a entrar en la zona de los relámpagos...</p>
                    <p>-¡Qué frío estás!</p>
                    <p>-Ya tengo las manos muertas... déjame, que toque siquiera tu traje blanco de
                        raso y me las abrigue... Yo quiero descansar mi cabeza sobre tu pecho para
                        que tú me beses así... así...</p>
                    <p>-¡Dios mío de misericordia! Hemos entrado en las nubes del cielo y nos
                        precipitan lejos en las hondonadas de las aguas profundas... Mira cómo se
                        parten y se nos vienen encima las montañas de las aguas del río malo... Yo
                        me siento morir...</p>
                    <p>-¡Sí, Dolores! ¡Muere, muere! Yo te voy a mirar así estirada y rígida en el
                        fondo de la barca -como estatua de nácar, blanqueando luminosa entre las
                        oscuridades de la tormenta.</p>
                    <p>-Adiós, Carlos. Mi cuerpo se seca en el hielo moribundo; adiós mis amores
                        juveniles, mis muertos amores...</p>
                    <p>-¡Qué hermosa eres! ¡Ángel celeste que tienes el rostro blanco, cincelado en
                        el mármol de tus carnes por divino artista! ¡Oh, Dolores! ¡Que te has
                        dormido para siempre! Cómo beso de rodillas tus labios, que ya no se mueven
                        y cómo veo, en el fulgurar del cielo irritado, tus ojos negros y grandes y
                        abiertos en la tranquila contemplación de los horrores de estas soledades
                        vastas... Qué linda y hecha de negra espumilla, tu cabellera, cuyas hebras
                        suavísimas me acarician el rostro, calentado por los incendios bruscos de
                        esta negra y sobresaltada caverna y azotado por el látigo del ciclón
                        iracundo. Cómo descansas, dentro de la paz infinita, con tus manos de
                        alabastro reposando a lo largo del cuerpo... ¡Yerta! ¡Sublime mártir! ¡Cómo
                        tiemblo aquí al lado tuyo! ¡Luz y candor de mi alma solitaria! ¡Envuelto
                        asimismo por el perfume delicioso y frío de tu muerta persona! ¡Quiero
                        perecer yo también en este supremo desgarramiento y que me fulminen las
                        centellas del cielo con sus atronadoras reverberaciones y me sacudan las
                        bruscas pavuras de la noche y los saltos de las tormentas arremolinadas en
                        los vértigos oscuros, porque yo soy el réprobo, que abrazo este cuerpo de
                        mármol adorado, que tiene el corazón cubierto por los crespones allí tejidos
                        por mi sombría inteligencia! Yo me acuesto para siempre a tu lado en la
                        cavidad de esta cripta que se bambolea, entre las nenias del huracán, como
                        una cuna enloquecida...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Flores del ceibo, rojas flores de terciopelo, que venís adornando el ataúd
                        flotante, que llega a los canales con la marejada cenicienta y turbia en la
                        mañanita fresca, corolas celestes de los verdes camalotes y sombra mansa de
                        los sauzales, que protegéis del sol a la canoa funeraria!... cómo se
                        inclinan rezando todas estas maravillas, y cómo se doblan los juncos
                        verdinegros para saludarlos. ¡Qué gorjeos, y qué cánticos de dulzura
                        infinita, qué admirables sinfonías de la verde espesura y qué gritos de los
                        matorrales, tripudiantes en el éxtasis de la vida, acompañan el lento nadar
                        de la barca!... A ella misma le decían los isleños que tienen la tez de
                        bronce, que en la tormenta nocturna, habían muerto Carlos y Dolores y que
                        ellos habían visto pasar los cuerpos rígidos en la canoa de cedro.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Se despertó Dolores con el sol alto y los ojos llenos de lágrimas, abatida
                        por la pesadilla dolorosa... y vio sobre la mesa de noche una carta, cuyos
                        bordes tenían ribete negro. La abrió y vio la firma, mientras una lluvia de
                        pétalos cenicientos y secos cayeron sobre su pecho desnudo. De pie ya y con
                        la carta desplegada en la mano temblorosa, empezó a vagar por el cuarto, sin
                        leerla de miedo de aquel luto y su rostro se cubrió de las sombrías arrugas
                        de las corolas mustias, mientras el sol del invierno llenaba de alegrías
                        calientes el señorial dormitorio, deslizándose sus rayos entre los encajes
                        aéreos y juguetones de su vestido largo de baile... Decía la carta... «Con
                        este lapicero de oro que yo le devuelvo, escribo a V. las últimas palabras.
                        En adelante lo usaré de acero, con que se gravan las resoluciones
                        irrevocables. Le mando también esas flores, que no han tenido casi tiempo de
                        secarse. Han durado sin embargo lo necesario para convencerme, que habían
                        sido regaladas por el cariño mentido. Mejor: volveré otra vez a entrar
                        dentro de los panoramas de mi corazón, donde tengo el derecho de viajar solo
                        y no saldré más de ellos, para no entregarle a nadie ni una sola de sus
                        palpitaciones. Esos regalos míos, que Vd. tiene, hágalos ceniza o lo que Vd.
                        desee... pero fíjese, que guardados en sus roperos, habrán empezado desde
                        hoy a ser cosas, habiendo sido antes perfumes y éter sutil y vibraciones
                        enamoradas del espíritu... Sea Vd. feliz... me parece que no le podría
                        augurar nada pero... consiguiéndolo, habría entrado Vd. en la más supina
                        vulgaridad.- <seg rend="italic">Carlos Méndez</seg>.» </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores, con la carta abierta en la mano, se quedó tonta, como si un peso
                        enorme se hubiera precipitado brusco sobre su cabeza, mientras los pétalos
                        secos se habían ido desparramando en silencio sobre las alfombras. Sin saber
                        cómo, se encontró cerca del ropero, extendió el brazo y sacó el cofre
                        esmaltado en elegante mosaico. Dio vuelta la llavecita y miró adentro, sobre
                        terciopelo azul, el relicario de oro muerto y solitario en el centro, que
                        guardaba las primeras flores secas dadas y recibidas y la piocha de
                        estrellas luminosas, moviéndose sobre el dorado resorte con temblores de
                        chispas, que él le había regalado el día de su santo y el collar con hileras
                        de perlas ovaladas de lucientes y blancas opacidades y ramos marchitos
                        exhalando el perfume agreste del heno. Pero ella vio también lo que se había
                        desvanecido para siempre: las estrofas escritas y recitadas en los íntimos y
                        enamorados coloquios y esplendores de naturalezas contempladas del brazo y
                        oyó susurros de plegarias castas y cánticos de inmortales esperanzas y vio
                        todo ese mundo de almas pensativas, eslabonadas con cintillos de diamantes,
                        ese mundo vivido y adorado, que tenía fechas y besos de sus labios y que
                        ella había calentado tanto tiempo en los amores de su corazón. ¡Adiós,
                        congojas de los cariños fenecidos para siempre! </p>
                    <p>Sobre papel de seda fue disponiendo en silencio, solitaria siempre, los
                        estuches de alhajas y los ramos de flores; pero cuando tomó de su pecho el
                        ramo de violetas, que Méndez le había regalado la noche del baile, sintió
                        como abrirse la fuente cristalina de sus lágrimas que cayeron a empapar
                        aquellos recuerdos. Hizo con ellos un montoncito, que contuvo con vueltas de
                        una cinta ancha y celeste, y como si temiera que fueran profanados, caminó
                        ella misma hacia la verja con la efigie tristísima, inclinada sobre ellos.
                        Allí estaba Genaro con el sombrero en la mano y un pañuelo suyo de seda
                        azul, que extendió para recibir aquello. ¡Pobre alma de angustias! Pensaba
                        en aquel profundo silencio Genaro y cuando fue a dar vuelta la esquina, vio
                        a Dolores, que lo miraba todavía, salir a la vereda, caminando despacio
                        hacia él, siguiendo esos recuerdos, olvidada en su traje de raso lila,
                        cinturón de moaré y maravilloso encaje... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VIII -</head>
                    <head type="sub">Alegrías de Genaro</head>
                    <p>Habían pasado dos años. Un día Genaro estrelló contra la verja de la casa Del
                        Río al doradillo desbocado... marchando por las quintas con el cupé para
                        caminarlo. De repente empezó el animal a erguir la cabeza con brusco
                        movimiento y a saltar a un costado resoplando y a temblar todo su cuerpo,
                        como invadido por visiones pavorosas. Genaro, alto sobre el pescante, trató
                        al principio de calmarlo con frases cariñosas, pero el animal como
                        enloquecido levantó la grupa y retumbó el coche de la coz formidable, se
                        sintió el crac un tiro cortado y entre las ruedas y el animal
                        vertiginosamente tendidos, se levantaron nubarrones de polvo, que iban
                        quedando atrás, mansamente suspendidos en la atmósfera, como un largo
                        cortinaje ceniciento. El caballo había mordido el freno, el espumarajo rojo
                        en la boca, babeando aquí y allá los copos, indócil a la rienda, tensísima
                        en los puños robustos de Genaro, que volaba con su alto cuerpo, arrebatado
                        en aquella tormenta. El tren hizo un ángulo... el coche se precipitaba
                        contra un enorme álamo, al cual estaba apoyada Dolores, mirando como
                        petrificada la escena. Genaro soltó una rienda y echando el cuerpo adelante,
                        empezó a gritar: «guarda, niña Dolores, guarda», y con las dos manos aferró
                        la otra rienda y todos los músculos de sus brazos dieron un brinco,
                        contraídos en endurecida comba, el dorso de Genaro encorvado hacia atrás
                        enseguida, rozando el techo del coche y domada la boca en medio de los
                        alaridos salvajes de triunfo, que se atropellaban, saliendo de su garganta
                        enronquecida. Fue arrojada la fiera cuatro varas más lejos, contra un pilar
                        con sangre y bramidos en la feroz sacudida, crujientes y descompaginados los
                        elásticos y largo a largo en un prado, cayendo el cochero con todo el peso
                        de su cuerpo por encima de las lanzas agudas de la verja...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores, temblando se acercó a Genaro a preguntarle si se había herido. </p>
                    <p>-No, niña; poca cosa, contestó éste; no ha pasado de un buen susto, y se
                        acercó al caballo, sacudiéndose el polvo del saco, lo desprendió con la mano
                        derecha de las varas y empezó más lejos a hablarlo dulcemente, palmeándole
                        el pescuezo y el lomo, y acariciándole las crines. Poco a poco fue el
                        doradillo sosegando sus estremecimientos y acallando los bufidos de terror y
                        empezó a relinchar luego cuando lo hubo reconocido.</p>
                    <p>-Cómo se ha quedado quieto, niña Dolores; fíjese, empezó Genaro un poco
                        sobresaltada su inteligencia, nerviosa por el peligro corrido y por la
                        brusca caída, mala comparación como los hombres que nos sosegamos, cuando
                        nos hacen cariños... Si yo le pego, me mata este bárbaro, como cuando uno
                        recibe una bofetada, ve por todas partes luces de sangre.</p>
                    <p>-¿Y en el coche no había nadie? Preguntó Dolores en voz baja.</p>
                    <p>Parece destino de la providencia, niña... de las pocas veces, que no sale la
                        señora.</p>
                    <p>-¿Y está buena ella? Añadió tímidamente Dolores.</p>
                    <p>-¡Oh! Muy buena... y muy contentos todos... Figúrese, que el otro día me dijo
                        D. Carlos: estoy aburrido de esta oscuridad; abre las ventanas. </p>
                    <p>¿Y los médicos, D. Carlos, dije yo, que han mandado eso?</p>
                    <p>Yo soy tan médico como ellos, abre no más; lo que pasa es que se dan unos
                        sustos fenomenales, cuando asisten algún compañero. Yo entonces obedecí y le
                        juro, niña, que conforme vio la arboleda de las quintas y entró el sol a su
                        cuarto, le vino como una grande alegría en la cara y me estrechó contra su
                        pecho y yo sentí que me picaban los ojos y que dos gotas calientes me caían
                        por la cara.</p>
                    <p>-Todos los enfermos, que mejoran se ponen contentos, murmuró Dolores, y él es
                        igual a todos.</p>
                    <p>-No, niña, es que D. Carlos es bueno y ahora sabrá usted que ha cambiado
                        mucho. Usted se acuerda que tenía cosas impetuosas y ese surco, que parecía
                        se lo hubieran hecho de una puñalada y eso le oscurecía la cara. Bueno:
                        ahora ni rastros: la frente limpia y clara, y blanca y serena, como se pone
                        el corazón, cuando uno reza el rosario... Y antes él estaba siempre solo y
                        no hablaba jota... con esos librajos de medicina y otros grandes con
                        grabados que asustan: un poeta que dicen, que estuvo en el infierno y un
                        príncipe, que a fuerza de cavilar tristezas, nunca hacía nada, hasta la
                        última lámina en que le dio rabia mató a toda la familia y murió él
                        también... Todo eso, ve usted niña, lo tenía disgustado y con cansancios,
                        porque yo sé que él tiene la cabeza un poco turbia, un poco no sé cómo; pero
                        su corazón es de oro, y yo lo he visto apretarle un día la muñeca a un
                        hombre, que azotaba un chico y doblarlo como un junco y tenía una rabia
                        tormentosa en los labios y en las pupilas negras y todo su cuerpo se levantó
                        como un gigante. Pero desde que está la madre, tiene unas alegrías de chico
                        juguetón, de esos que retozan por los campos boleando cachirlas con los
                        alambres largos o los que se atropellan en las peleas del rescate...</p>
                    <p>-Entonces es ella, interrumpió Dolores, la que le alegra la vida, ¡oh mi
                        pobre madre que has muerto!</p>
                    <p>-Bueno, niña, no se entristezca así, dijo Genaro. Yo tengo muchas cosas
                        lindas que contarle... Es por la madre y por otras razones también y casi
                        estoy contento, que se haya estrellado el doradillo contra el pilar... Pues
                        como le venía diciendo, desde que está la señora, se entretienen de noche en
                        leer historias...</p>
                    <p>-¿Y qué historias? Preguntó Dolores con curiosidad, fascinada su inteligencia
                        por aquella charla ingenua y llena de imágenes sonrientes. </p>
                    <p>-Figúrese Vd., niña... la otra noche, una de un caballero que usaba armadura
                        de hierro... Yo lo oí enterita, desde el vestíbulo, donde me estoy de noche
                        esperando por si me necesitan... Es el caso, pues, según parece, que en
                        aquel tiempo no se peleaba como hoy a cuerpo gentil, sino que usaban unas
                        defensas, a las cuales llamaban yelmo y coraza, según seguía leyendo la
                        señora, y otras cosas que deben ser como los parapetos de hoy. Pero lo
                        curioso es, que ese señor iba a partir para una tierra a quien llamaban
                        Santa a cada rato, sin duda porque allí no se cometen pecados mortales.</p>
                    <p>-Pero, Genaro, fíjate que estoy muy deseosa de saber esa historia y tú no me
                        la cuentas nunca.</p>
                    <p>-¡Ah! Bueno: ¿no la incomodo? Niña Dolores</p>
                    <p>-Absolutamente, Genaro: sigue no más.</p>
                    <p>-Si tendría asuntos el tal caballero: figúrese, que hablaban de las armas de
                        la familia, que yo no sé lo que es, pero se me figura que ha de representar
                        eso, como una marca con garabatos, de esas que usan los estancieros, o como
                        esas figuras, corazones, mujeres y calaveras que se pintan los marineros en
                        el brazo y en el pecho con tinta azul.</p>
                    <p>-Nunca te he visto tan conversador, Genaro, dijo Dolores riéndose. </p>
                    <p>-Es que Vd. no sabe, niña, que yo tengo siempre en el corazón tantas cosas
                        cariñosas, que lo aturden y ahora más que don Carlos ha vuelto a la vida y
                        que sé que Vd. va a tener alegrías.</p>
                    <p>-¿Por qué me dices eso, Genaro? Preguntó Dolores con amargura.</p>
                    <p>-Porque ha de saber Vd. que ese caballero tenía atravesada en el pecho una
                        ala de cuervo y rojo cendal, según leían esa noche, que eran los colores de
                        la dama de sus pensamientos y que después, sin saber yo cómo, resultó ser su
                        novia, que tenía la cabellera de ébano lustrado, espléndida como la suya,
                        niña Dolores.</p>
                    <p>-¿Y qué aconteció después?</p>
                    <p>-Él se fue a despedir para irse a Tierra Santa, porque en ese tiempo se
                        usaban esas cortesías... no como ahora, que se van sin decir nada y se
                        enojan a veces sin razón y no piensan que sombras de luto y que lágrimas
                        quedan solitarias, según le decía la vieja a don Carlos en unos consejos que
                        le dio.</p>
                    <p>-¿Hubieron consejos también, Genaro, esa noche?</p>
                    <p>-Sí, niña... y qué consejos... pero espérese un momento... porque el
                        caballero aquel parece que no volvía y corrieron voces, que había muerto
                        allá lejos, a estar a lo que le dijo a la niña un payador rubio en unas
                        décimas, que tenían furor de batallas, que parecía el muchacho como si las
                        estuviera peleando... Y ella a entristecerse y a caminar largas horas
                        pensativa, mientras el invierno venía con sus ventarrones y la montaña a
                        desnudarse de sus pastos y la escarcha helada a bajarse desde arriba,
                        disparando los pájaros y volando lejos las golondrinas, que cruzan como
                        flechas y todo el campo a quedarse como muerto en la fría dormidera y los
                        árboles sin hojas con las ramas duras y puntiagudas como chuzas e inmóviles
                        como los esqueletos... por lo que pienso que el invierno de entonces era más
                        o menos parecido al nuestro...</p>
                    <p>-¿Y después qué sucedió? Preguntaba Dolores, temblando de emoción.</p>
                    <p>-Sucedió... espérese, un poquito... déjeme recordar... El caballero volvió a
                        su castillo, cubierto de nieve, pero por el camino ya le habían dicho unos
                        hombres que la niña Isabel había muerto.</p>
                    <p>-Había muerto, gritó Dolores sin poderse contener. ¿Y era cierto eso
                        Genaro?</p>
                    <p>-Déjeme que le cuente... no se aflija tanto. Él se metió en la sala y sacó la
                        espada para matarse; pero entonces hubo un acontecimiento, que yo no entendí
                        muy bien... porque los abuelos lo retaron, y como eran muchos me hago cargo
                        que podían vivir en ese tiempo los años de Matusalén, que según decía mi
                        padre, es el hombre más viejo que se ha conocido. Lo cierto del caso es, que
                        el caballero entró otra vez en la casa de la niña Isabel, que estaba
                        moribunda, y desde entonces empezó a mejorarse y le vino como de perilla una
                        primavera, que según el cuento, hizo saltar la yerba y las flores de entre
                        las piedras y cubrió de alondras bulliciosas... ¿Quiere Vd. hacerme el
                        servicio, niña Dolores, de decirme qué bichos son esas alondras?</p>
                    <p>-Son unos pájaros muy hermosos, que se ciernen cantando en las alturas.</p>
                    <p>-Eso mismo leyó la señora y habló de un mundo de soles espléndidos y de
                        estrellas a montones, que iluminaban las noches silenciosas de la montaña. Y
                        después se casaron y tuvieron chicos muy gritones en las cortes del
                        castillo, como dice el cuento que ya se acabó...</p>
                    <p>-Pero faltan los consejos, Genaro, dijo Dolores.</p>
                    <p>-Ah, bueno, niña... porque don Carlos se quedó muy pensativo y se pusieron a
                        conversar. Ella le decía, que es necesario tener familia, porque si no anda
                        uno en el mundo, como decimos en nuestros refranes de pobres, como pan que
                        no se vende, sin tener quien le haga la comida y le tienda la cama y sin que
                        haya quien lo acompañe a rezar las oraciones y se vive así tiritando de frío
                        en los cuartos oscuros, abandonados y solitarios. Después él le contó otro
                        cuento al oído, pero parece que la señora no le dio la razón y yo me acordé
                        mucho de Vd. sobre todo cuando ella le decía: «No va a ser la tuya historia
                        de amor como la de D. Pedro, porque así se llamaba aquel caballero, sino
                        leyenda de orgullo de esas que maltratan la nativa generosidad de tu
                        espíritu»: palabras que no entendí, pero que deben haber sido muy fuertes,
                        porque D. Carlos se quedó como en la misa y como con nubes de tristeza en
                        cara...</p>
                    <p>-Todo eso será muy bueno, Genaro, replicó la niña, pero yo no veo hasta ahora
                        las alegrías que me prometiste.</p>
                    <p>-Si me permite, niña Dolores, me voy a sentar un rato en el cordón de la
                        vereda, porque no me siento bien.</p>
                    <p>-No, Genaro, aquí en el banco del jardín, porque se está reuniendo mucha
                        gente.</p>
                    <p>-Muchas gracias: qué buena es usted, contestó Genaro, y atando al poste con
                        la mano derecha a duras penas al doradillo, fue con la cabeza descubierta a
                        sentarse...</p>
                    <p>Pues, como le venía diciendo, prosiguió el joven, después de eso la señora se
                        fue a dormir con ese su pelo blanco, lleno de reflejos de luz, como esas
                        nubes, que van como volando, hinchadas de escarcha, delante del cielo y con
                        ese modo de caminar, que parece una gran santa tranquila y divina. D.
                        Carlos, entonces, se sentó en la cama y me llamó. Y vea usted, niña Dolores,
                        hace tiempo que tengo deseos de contarle esto y yo pasaba a menudo por aquí
                        y la miraba con esas intenciones del alma y con alegría en los ojos...
                        porque Santa, mi hermana, me había dicho, que Vd. tenía en el corazón, como
                        el luto de las ánimas esas, que vagan en los cementerios de noche y cantan
                        las canciones de la pena dolorosa y llaman a las personas queridas, que no
                        van a visitarlas. Pero yo tenía vergüenza y no me animaba y al rato ya me
                        daba un gran sentimiento de no haberlo hecho; hasta que una noche, yo pasé
                        cantando, una de esas noches llenas de las aromas de las quintas y claras
                        como la luz de la plata... Vd. estaba en el jardín con su abuelito.</p>
                    <p>-Es cierto, Genaro, tú cantabas no sé qué cosas tristes, con tu voz dulce y
                        purísima. </p>
                    <p>-Y le aseguro, niña Dolores, que en los temblores de mi garganta me pegaba
                        sacudones el corazón, porque no puedo ver sufrir injustamente y más vale que
                        Dios le parta a uno de una vez el alma de una puñalada, si no se ha de
                        vengar.</p>
                    <p>-Pero esas melodías tuyas, Genaro, eran muy melancólicas, yo lo recuerdo muy
                        bien.</p>
                    <p>-¡Qué esperanzas! Niña Dolores, cómo se conoce que la música fue cayendo
                        sobre su corazón, que está de luto. Eran las alegrías de todas las cosas,
                        que yo hacía cantar en la guitarra y yo veía, como de día, los mistos saltar
                        contentos de rama en rama y besarse las torcazas en los caminos, donde,
                        según dicen, hablan de los amores que no acaban sino con la muerte y se me
                        aparecían muchachos, remontando barriletes derechitos y fijos, de cola
                        larga, con gritos y algazaras de mandinga y la veía a mi madre y a Santa en
                        el cielo mecidas por las alegrías de los ángeles... Entonces yo le quería
                        decir con esos cantos, que alguna vez se acaban también las penas sobre la
                        tierra.</p>
                    <p>-Qué bueno eres Genaro.</p>
                    <p>Y D. Carlos también, niña Dolores, y para seguirle el cuento, me llamó y me
                        dijo: alcanza Genaro esas cosas, que están en el cajón de la cómoda, y yo le
                        traje el atadito aquel que Vd. me dio, ¿se acuerda? Él sacó el relicario y
                        lo abrió, mirando las flores secas con los ojos atentos, mientras la luz
                        hacía saltar chispas del brillante de la tapa y tomó el collar de perlas y
                        lo extendió sobre sus rodillas. Yo me había sentado en el vestíbulo y estaba
                        en la oscuridad, mirando todo aquello y lo vi temblar con un ramo de
                        violetas secas en la mano y acostarse y quedar dormido con todo eso cerca de
                        sus labios como si lo hubiera estado besando. Un rato después, la llama de
                        la vela dio dos o tres saltos rápidos, iluminando su cara pálida y tranquila
                        y se hundió al fin en el tubo de bronce del candelero y se hizo todo
                        alrededor una cosa de tinieblas... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- IX -</head>
                    <head type="sub">Enrique Valverde</head>
                    <p>Las gentes de los alrededores se habían ido aglomerando poco a poco,
                        extraviadas en los comentarios de aquel extraño acontecimiento y formaban
                        grupos, de donde salían diálogos animados y llenos del gracejo nativo de
                        nuestros hombres del pueblo. No se atrevían a arrimarse a la verja por la
                        reverencia, que les inspiraba el rostro augusto de Dolores del Río y la
                        miraban de lejos, muchos de ellos sacándose el sombrero con alegría...
                        Narraban la cosa, atribuyendo a milagro los unos y a pericia los otros,
                        aquel hecho heroico y contemplaban sobrecogidos la bizarra figura de Genaro,
                        que tenía en ese momento el dulce premio de aquel diálogo afectuoso con la
                        celestial criatura, que le escuchaba como arrobada y estática, la cabeza
                        inclinada hacia el pobre cochero... y ellos estaban acostumbrados a
                        respetarlo por su fama de temerario y por las hazañas terribles, que se
                        contaban por allí en los fogones de los ranchos. Llegó también don Manuel de
                        Paloche, jinete en un rocinante tordillo blanco, con pestañas y ojos
                        lagañosos de albino y traía en un pañuelo las yerbas, con las cuales
                        preparaba sus pócimas y hacía sus prodigios de alquimista y acercándose a
                        Genaro, que ya salía con un brazo caído y pálido el semblante, ofreció
                        hacerle no sé qué emplasto que en un santiamén lo pondría como nuevo. Genaro
                        le dio las gracias y don Manuel se perdió entre los corrillos y se oía su
                        voz pregonar las mágicas virtudes y deslumbradores efectos de sus métodos de
                        curación y en su razón despeñada por aquella locura, siguió bullendo un gran
                        rato el estribillo de sus seis horas de estudio y los libros de medicina y
                        el elogio de sus panaceas.</p>
                    <p>Los grupos se fueron dispersando poco a poco a sus quehaceres cada uno y
                        saludaban a Santa, que llegó toda acongojada a estrechar al cochero entre
                        sus brazos. Este caminaba a paso lento, al lado de la hermana, riente y
                        dichosa, en los quince años de sus ojos azules, crujiente el vestido de
                        percal planchado, mientras el doradillo, traído de la rienda por sus amigos,
                        arrastraba pesadamente el coche desvencijado, y Genaro miraba con cariño
                        angustioso la hermosa efigie de Santa ¡y tenía como celos de aquellas
                        reverencias!... Cuántas veces las espléndidas orquídeas, que se guardan en
                        el invernáculo tibio y profundo de nuestras almas, allí donde tiene su nido
                        de religiones el honor del hogar paterno, cuántas veces doblan marchitas las
                        hojas y las flores delicadas y juveniles, abrasadas en los rayos del sol,
                        que filtran a través de su techo de vidrio... Así Genaro tuvo temblores de
                        los músculos de la frente y sus ojos brotaron siniestra luminaria pavorosa,
                        como la llama atornasolada de los ojos felinos en la oscuridad, al ver que
                        Enrique Valverde había acudido detrás de Santa y se acercaba a ellos. Cancha
                        cuando yo paso, D. Enrique, pensaba el alma atormentada de Genaro, y, sobre
                        todo, acuérdese lo que yo le digo en este momento: conmigo y con los míos...
                        pocas polkas... e involuntariamente echó mano a la cintura y descubrió el
                        mango de un puñal, de níquel bruñido, del cual estallaban chispas. Enrique
                        siguió su camino sin inmutarse, pero dejó por allí el calor de sus ojos de
                        sátiro.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Este Enrique Valverde cruza de cuando en cuando las páginas del libro, como
                        tañido de nota siniestra, a semejanza de esos toques lentos de campanas, que
                        se oyen a veces a la tarde y van señalando como con piedra miliaria, los
                        últimos minutos de los moribundos y entran ondulando a las casas donde la
                        gente sencilla reza la oración de la agonía. Es la mala pasión, la zona de
                        fuego, que suscita en su camino chisporroteo de relámpagos, esos que
                        preparan allá abajo, en el horizonte las grandes y tormentosas catástrofes
                        de la naturaleza, ángel del mal, que va diseminando en su camino los
                        gérmenes de muerte. Murió en sus manos el honor de Paloche y el idilio de
                        amor de Dolores del Río tuvo en sus vínculos fracturas, siquiera sean
                        momentáneas, y el corazón de Genaro entró por él en las lóbregas oscuridades
                        del rencor y de las venganzas. Siguió el facineroso elegante hacia la casa
                        le don Manuel de Paloche, moviéndose con los contoneos de un sátiro y
                        despedían sus ojos lubricidades calientes, mientras cantaban en su
                        inteligencia las frases de la ironía amarga. Sin haber vivido casi, era a
                        los treinta años un escéptico deshonesto y las mujeres se sentían mal al
                        lado de él y tenían terrores y desvanecimientos secretos, cuando las miraba.
                        Nunca encontró en su inteligencia nada, que fuera virtud. Veía a los hombres
                        trabajar, sufrir y morirse y las mujeres atareadas cuidar con lágrimas los
                        hijos y decía: todo lo arreglan estos para vivir en paz: uno trabaja y el
                        otro paga; no tienen ni siquiera el valor de los brutos, que se exponen a
                        ser apaleados o heridos, si cogen por ahí un poco de carne o pasto... Me
                        quieren hacer creer que a través de los tributos que pagan a sus instintos,
                        está el alma cumpliendo su misión sobre la tierra, cuando yo sé que el
                        hombre trabaja para tener con qué satisfacer sus sensualidades y la madre
                        vela para que el hijo no muera, no por sus gracias encantadoras, ni por
                        necesidades de cariño, sino porque no tiene ganas de sufrir, y esas muertes
                        producen más dolor que si le amputaran a uno una pierna sin cloroformo. Yo
                        sé que a la noche le dan aquí y allá, meciéndolos en las cunas, pero no creo
                        que hagan eso para que los hijos descansen... Mentira... están fastidiadas
                        de los gritos desazonados de los chicos y quieren descansar ellas y tirarse
                        a la cama largo a largo... No creo en necedades ideales... ni en ángeles de
                        cabello de oro, ni en fantasmas celestes, que pueblen sus viviendas, ni en
                        ensueños melancólicamente imaginativos, porque yo veo palpitar y arder la
                        carne detrás de toda esa estéril metafísica y sigo mi camino. Hay que verlas
                        en sus cuartos iluminados, resplandecientes los espejos, echar sus trajes
                        sobre el sofá, como la hetaira griega el peplo desabrochaba de arriba abajo,
                        para arrojarlo al pie de la tribuna de los jueces. Miran la blanca piel de
                        mórbidas y alabastrinas ondulaciones y levantan alto los pechos de mármol y
                        tiemblan sobrecogidas, mirando a la puerta, si se producen ruidos en las
                        casas, como si alguien llegara a sorprenderlas en sus desmayos... Entran a
                        la cama a pasitos cortos y en las sombras y en el sueño de la noche cruzan
                        los perfumes del ámbar y las visiones afrodisiacas de los paraísos
                        orientales. Este era Enrique Valverde, médico, a pesar de no haber estudiado
                        nunca, de estatura mediana, flaco y pálido de cara, gran bigote negro y
                        patilla recortada en punta.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Llegó Valverde al estudio de Paloche, a esa pieza cuadrada, que recibía luz
                        de dos ventanas, que daban a la calle, por donde entraba en ese momento el
                        sol moribundo, dibujando en el piso alfombrado la imagen oscura de la reja.
                        Allí había matraces y alambiques y tubos de ensayo y grandes bolsas de
                        yerbas en revuelta confusión frascos dispuestos en hileras, llenos de
                        líquidos negruzcos. En la pared se veía una copia del cuadro de Rembrandt,
                        la lección de anatomía y rojas caras de cera, con músculos, nervios y
                        arterias al descubierto y dos esqueletos frente a frente... Estaban allí
                        estupefactos -blanca la desnudez del hueso- con sus cráneos redondos en la
                        muda seriedad de la órbita enorme y oscura, bipartida la nariz en sus huecos
                        sucios, horrible la mueca de las arcadas dentarias de brillante marfil,
                        rechinando todavía el caquino lúgubre de la muerte... y el tubo de las
                        vértebras encorvadas del cuello, erizadas de puntas y las curvas rígidas de
                        las costillas con sus grandes intersticios, por donde pasaban en ese
                        momento, jugando los esplendores del sol, inmóvil y arrojada adelante la
                        base del tórax, que hacía pensar en los tiempos, en que el ritmo de la
                        respiración y el sincronismo de los latidos sacudían en sus células las
                        tormentas de la vida. Más abajo el vacío del vientre y la cuenca de la
                        pelvis amplia y la línea de los huesos largos, parados sobre el pie deforme
                        y ennegrecido en sus ligamentos resecos y las dos manos descarnadas con
                        rigideces de tentáculo, pendientes y abiertas adelante, como implorando, por
                        misericordia la paz eterna, allá en el descanso oscuro del cementerio, donde
                        comieron sus carnes los gusanos, que van y vienen, suben y bajan, ondulan y
                        serpean, temblando, entrando, saliendo, húmedos, escurridizos, colmenas de
                        la muerte que tienen color de nácar y palpitan apuradas hacia las regiones
                        tenebrosas del no ser...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Cómo se están ahora quietas estas dos, pensaba Valverde... yo las he conocido
                        en vida. Eran lindas pecadoras, que juzgaron necia la miseria helada e
                        insomne del conventillo y salieron del brazo a la calle, caminadoras de las
                        veredas oscuras, chistando de acera a acera. Mejor para ellas; se
                        envolvieron en la seda trasparente de la noche orgíaca y entregaron la vida
                        a la copa del vino, que tiene el color del sol, crepitante de espumas y que
                        concluye siempre en la bacanal sombría y funeraria... ¡Cuanto antes! Mejor
                        eso, que ver a cada paso la desventura y dorsos encorvados como animales en
                        el trabajo rudo y ser mujeres de borrachos, que tienen la mirada lóbrega y
                        baba en los labios azulados y les flagelan las mejillas al lado de las
                        cunas, donde están con los ojos abiertos los hijos infelices... antes que  
                          ser madre de criminales, que nacen malditos, y viven desde niños entre las
                        congojas del hambre y la lonja del látigo silbando sobre sus cabezas,
                        repelidos a puntapiés de las moradas ricas, donde se acercan a veces a pedir
                        luz y calor y cariños y aliento para continuar la salvaje odisea... para no
                        bajar nunca la dignidad y la frente, sirviendo señoras que tienen las frías
                        crueldades y las exasperaciones inmotivadas de la histeria, perras sarnosas
                        de las cocinas y de los patios, tratadas como heraldos siniestros de todos
                        los desastres y arrojadas a dormir en las covachas del fondo... Ser madre
                        así, con toda la infinita y lacrimosa ternura, para ver a los hijos más
                        tarde tambalearse de vereda a vereda escarnecidos por la befa de la multitud
                        cobarde o extender la mano ladrona y desazonada y marchar hacia los techos
                        bajos de los presidios con las ropas salpicadas de sangre... Mejor es
                        entrar, como ustedes en las regiones frías de la muerte prematura y cambiar
                        la morbidez opulenta de las carnes pecadoras por las líneas del esqueleto
                        rígido... A esta Luisa, que está aquí a mi derecha, la he visto muchas veces
                        arrebatar hombres con el esplendor de sus grandes ojos oscuros y la otra,  
                          con el contoneo del cuerpo flacucho y alto, prometer deleites
                        inconfesables... hasta que una noche de invierno, de esas que tienen la
                        serena y helada inmovilidad, salían del brazo con las carcajadas juveniles
                        de jolgorio... Tosieron las dos y después con breve intervalo, sintieron en
                        la boca un líquido salado y caliente y llegando al farol de la esquina
                        escupieron sangre en el pañuelo de seda blanco y se miraron con la palidez
                        del terror y a su casa volvieron en silencio y más sangre y tos áspera y
                        raspante de esa, que lastima las entrañas y poco a poco el abandono y el
                        frío de las estepas inhospitalarias en sus cuartos y la tez lívida en las
                        demacraciones sombrías... Yo las he visto después en la sala del hospital,
                        cerca las dos, tener las alegres alucinaciones de la tisis y conversar de
                        esperanzas y dejar caer al rato la cabeza muerta sobre las almohadas y
                        mirarse, así todavía, como se miran ahora, con los párpados abiertos y las
                        pupilas empañadas e inmóviles...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Muchas razones había, para que D. Manuel de Paloche tuviera con Enrique
                        disgustos acres y esas repetidas visitas lo molestaban sobremanera. Él había
                        sorprendido algunas cosas, que le tenían irritado; y así que cuando, al
                        entrar con Clarisa a su casa, lo vio sentado en el estudio, no pudo
                        disimular su impaciencia.</p>
                    <p>-Buenas tardes, dijo secamente. ¿Qué hace Vd. por aquí, doctor?</p>
                    <p>-Ya lo ve, D. Manuel.</p>
                    <p>-Hacía dos días que teníamos el gusto de no verlo.</p>
                    <p>-Gusto que se prolongará, señor Paloche, porque pienso hacer un largo
                        viaje.</p>
                    <p>Clarisa se estremeció...</p>
                    <p>-Según parece, doctor, a Vd. no le agrada su profesión, dijo Paloche, que se
                        alegraba de la noticia y dispuesto ya a ser menos violento.</p>
                    <p>-Ni me agrada ni creo en ella, contestó Enrique recio y frío.</p>
                    <p>-Le habrá dado a Vd. muchos malos ratos.</p>
                    <p>-¡Bah! La observación me ha enseñado a no tener sensaciones
                        intelectuales.</p>
                    <p>-¿Ni entusiasmos por la misión sublime del médico? Interrumpió Paloche.</p>
                    <p>-¿Misión sublime? ¡Qué disparate! Cómo se conoce, que Vd. vive siempre en sus
                        megalomanías. La medicina es una religión, que no tiene apóstoles y un culto
                        sin sacerdotes.</p>
                    <p>-¿Cómo así? Dijo Paloche poniéndose serio...</p>
                    <p>-A no ser que Vd. crea tales a los mercaderes del templo y conjeture, que son
                        martirio las apostasías ridículas de los que huyen los furores del contagio,
                        como turba de conejos, asaltada por una jauría de perros.</p>
                    <p>-¿Y los que quedan? ¿Y lo que arrostran la epidemia y rinden la vida noble y
                        generosa?</p>
                    <p>-¡Oh diablos! Replicó enseguida Valverde; esos han tenido la desgracia de no
                        huir a tiempo... a estar a lo que se dice de ellos, en los conciliábulos,
                        donde se dilanian las mejores reputaciones y se enlodan los caracteres más
                        caballerescos cuando no agregan, que esos pseudo-heroísmos son hijos de la
                        vanidad de renombre.</p>
                    <p>-¡Qué infamia! Exclamó don Manuel, que empezaba a cansarse de tanta blasfemia
                        y no podía tolerar que se mancharan así sus ídolos. ¡Qué infamia! Es
                        necesario, señor, pensar entonces, que aún entre las personas ilustradas hay
                        mucha maldad...</p>
                    <p>-Sin duda, porque nacen malos y agigantan con el saber y la elocuencia la
                        perversa pasión. Y se complacen en la mentira vulgar, llenando de muertos y
                        de domicilios falsos las listas de enfermos, que ostentan a cada rato y
                        llamados a consulta, dejan caer el veneno de la desconfianza en el seno de
                        la familia atribulada y algunos son capaces de meterse en las casas a
                        hurtadillas, a concluir la obra de la difamación maligna.</p>
                    <p>-¿Sabe Vd., señor, le dijo Paloche, irritado, que no estaría Vd. mal en el
                        capítulo de los perversos?</p>
                    <p>-No niego, contestó fríamente Enrique. Porque al fin, en vez de ser los
                        enfermos pobres desventurados, como suele Vd. decir, son cosas, señor
                        Paloche y cuando mucho problemas, que sirven para establecer la superioridad
                        de un médico sobre otro... Allí están los grandes salones de los hospitales,
                        donde se pierde el apellido y donde se sienten todas las mudas
                        desesperaciones del dolor, que no encuentra cariños. Allí tiritan en
                        invierno casi sin cobijas los miembros desfallecidos y enfermos, temblando
                        en los escalofríos húmedos... En la noche yerta imploran a veces la
                        misericordia de un vaso de agua, tímidos y delirantes de fiebre, mientras
                        pasa soñoliento y rezongón el sirviente y se acerca la hermana pálida y
                        diáfana la cara del reflejo de la toca rígida y blanquísima, para hablarles
                        con el crucifijo de bronce ennegrecido de las glorias de la vida eterna... a
                        ellos, que anhelan el sol y la sangre roja, que les caliente las entrañas y
                        desean los besos y el amor de los hijos y piensan en la vieja madre que
                        morirá en el sucucho del conventillo de dolor y de miseria... y siguen
                        siendo problemas y sobre sus rostros mismos, se agitan las discusiones de
                        los médicos y se irrita el amor propio de cada uno.</p>
                    <p>-¡Calumnias! Señor, gritó Paloche pálido de terror...</p>
                    <p>Hasta que una mañana, siguió Valverde con su tono glacial, amanecen estirados
                        sobre la mesa de mármol del anfiteatro en la rígida tensión del cadáver con
                        los párpados entreabiertos y el ojo opaco y frío, mientras la gruesa tijera
                        de disección les divide las costillas, que crujen y el cuchillo corta el
                        abdomen inmundo y la sierra raspa, roe y raja la calavera, que se mueve de
                        aquí para allá con impotentes y horrendos vaivenes, mientras pueblan el
                        ambiente las risotadas juveniles que tienen la saña del sarcasmo y la
                        voluptuosidad brutal de la carnicería... </p>
                    <p>Paloche seguía retrocediendo, mientras temblaban los claroscuros de los
                        rincones al centro y se esfumaban los contornos de los objetos y la tiniebla
                        invadía el ambiente, con fantasmas sordos y terribles vagando y envolviendo
                        todo en crespones impenetrables y se destacaba con siniestra y vaporosa
                        transfiguración el rostro de Enrique. Poco a poco sus labios se habían
                        puesto gruesos y negros en la contracción agria de la befa y las mejillas
                        abotagadas y violáceas y el cráneo tomaban dimensiones monstruosas, chato
                        sobre el cuello infiltrado y reventaban por todas partes los montones
                        pálidos de gusanos en rapidísimas espirales corriendo y con llamaradas de
                        fuego exhalaba su boca el calor de la osamenta en el hervidero de la
                        putrefacción de sus carnes. Paloche corría perseguido por aquella horrible
                        alucinación, que caminaba a saltos por la atmósfera y lo alcanzaba en los
                        rincones y se deslizaba con él por las paredes negras y lo circuía
                        implacable en su zona mefítica. Clarisa acongojada, le seguía de cerca,
                        asegurándole que ya no había nadie en el cuarto, pero este caminaba
                        acurrucado y dando tendidas violentas, se asomaba por encima del hombro de
                        la hija, las pupilas revueltas y extraviadas y bajaba otra vez la cabeza
                        entre los estertores del terror helado, siguiendo la lúgubre carrera.
                        Apareció al fin una luz en el fondo de la casa que avanzaba lentamente con
                        el sigilo esquivo de las apariciones y empezó a iluminarse una figura de
                        luto altísima con las mejillas excavadas y llenas de sombras, los ojos fijos
                        de vidrio y la espalda cubierta de la toca gris de la enmarañada cabellera y
                        seguía dibujándose cada vez más cerca, hasta que resplandeció en la tiniebla
                        del cuarto, con todas las afonías del dolor imbécil la efigie macilenta y
                        muda de la madre. Clarisa la abrazó temblando, la arrastró cerca del padre,
                        que estaba todavía en cuclillas en un rincón y se vio entonces serenarse a
                        D. Manuel de Paloche y a las arrugas del terror, sucederle en la cara las
                        amargas tonalidades del desprecio. Besó a la melancólica y desventurada
                        sonámbula, peregrina de la noche inconsciente del espíritu y lejos puso la
                        mano amplia y rígida, que se acható sobre el pecho de la niña, que con la
                        cabeza agachada empezó a caminar lentísima hacia su dormitorio...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Algunos días después de este suceso, una noche fría de esas, que a fin de
                        otoño, ya tienen todas las ásperas crudezas del invierno encogido y
                        tiritante, en el silencio de aquel barrio solitario, iluminado apenas por la
                        difusa claridad mortecina de los faroles de las bocacalles, una de esas
                        noches, que se sueñan, para los comedores virtuosos, en que el caño de la
                        estufa resopla apurado y sacudido por la llamarada, que se levanta de la
                        hoguera, se sintieron sonar en el estudio de Paloche los chasquidos de la
                        bofetada seca y se oían rumores de pasos precipitados, que se arrastraran
                        con violencia sobre la alfombra. De los postigos entreabiertos, saltaba a la
                        calle un chorro de luz y en ese resplandor, se dibujaban a cada rato dos
                        sombras con encogimientos y saltos de tigres y se veía la zona larga de los
                        brazos extenderse y contraerse con rumores de golpes de mazas y pasar
                        enredados los bultos en un remolino vertiginoso y se sentía afuera el tan,
                        tan, tan de los cuerpos retrocediendo lejos en las embestidas feroces... De
                        repente, en la luz oblicua, se vio dibujarse en el suelo los contornos
                        lóbregos de un cráneo altísimo y los arcos de las costillas, con sus curvas
                        oscuras inclinadas adelante en rápida y temblorosa carrera, mientras
                        saltaban por la otra ventana las manchas tenebrosas de las órbitas
                        funerarias del otro cráneo, que se movía sobre la línea de las vértebras
                        como un péndulo enloquecido y maldito. Desaparecieron enseguida y mientras
                        la luz volvía a extenderse tranquila y a iluminar el colchón de polvo de la
                        calle, sintiose un crujido, como de fracturas de huesos largos, que se
                        hubieran hecho añicos con horrísono y prolongado castañeteo y el rumor de
                        mil pedazos azotándose en el ambiente en todas direcciones, quebrados y
                        pulverulentos los revoques y retumbando las figuras de cera desvencijadas en
                        el piso y entre la polvareda de las viejas alfombras sacudidas, el ruido de
                        los dos cráneos fofos rodando y sonando lúgubres por el pavimento. Hubo
                        entonces un grito como un largo lamento de dolor. Parecía en el silencio
                        tenebroso de la calle, como la protesta contra aquella lucha sacrílega, como
                        si hubieran derramado lágrimas las órbitas de aquellos dos espectros mudos y
                        los pulmones se hubieran despedazado en el supremo sollozo de la muerte y
                        anduvieran pupilas por allí apagadas y frías, mirando la escena macabra y de
                        los cráneos doloridos en los choques sucesivos, vibraran satánicas
                        sinfonías. Eran como estampidos de inteligencias, que estallaran en aquel
                        salvaje y último martirio y brincos de corazones petrificados por el
                        granito, que las congojas fijan en sus fibras cada minuto, mientras llegan
                        todavía los ecos desfallecientes y moribundos de las algazaras hilarantes de
                        la orgía bulliciosa, frenética de danzas y besos... ¡Dulces criaturas,
                        amables pecadoras de la noche, flores de luto de los ciénagos oscuros! Acaso
                        los átomos de vuestro cuerpo hayan volado a dar vida a los pétalos de las
                        rosas de mayo en las primaveras de otros continentes y las camelias, que
                        adornen el traje blanco de alguna novia, le cuenten al oído la balada
                        sombría de vuestra vida... mientras los cráneos con su mueca inmóvil, miran
                        a un lado y otro el rostro herido de D. Manuel de Paloche y el facineroso
                        Valverde cruza la luz oblicua, que sale de las ventanas arrastrando de la
                        cintura a Clarisa y la madre acurrucada en un rincón, solloza la desventura
                        del hogar deshonrado y se oye lejos, lejos el ruido del carro de basura, que
                        va llegando despacio a recoger en la madrugada las astillas del esqueleto
                        blanco, para que tengan en el osario el descanso eterno y la paz infinita de
                        las cosas muertas... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- X -</head>
                    <head type="sub">Genaro enfermo</head>
                    <p>Esa tarde fría de junio, llegó al conventillo Genaro, acompañado de Santa y
                        mientras le conversaba con dulces palabras, como siempre, entró la madre
                        acongojada. Lo abrazó, retrocediendo enseguida, porque el joven sintió un
                        crac doloroso, como si se le hubiera roto un hueso.</p>
                    <p>¿Qué hay? Hijo mio, preguntó Teresa.</p>
                    <p>Nada, mamá, aquí en el hombro... me parece que la eslilla no anda bien...</p>
                    <p>¿Llamaremos un médico?</p>
                    <p>Bueno... ya veo, contestó Genaro, que esto es algo más de lo que yo
                        creía...</p>
                    <p>Santa, corre pronto y trae el primero que encuentres.</p>
                    <p>No, mamá... mejor es que vayas vos... dejala a Santa aquí, dijo Genaro, como
                        si tuviese miedo de pensar, que la hermana iba a salir sola y podía
                        sorprenderla la noche.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Estuvieron un gran rato solos. Genaro la miraba contento y le conversaba
                        todos los episodios que habían sucedido en ese tiempo de la enfermedad de
                        Méndez.</p>
                    <p>Casi estaba alegre de aquello, porque le permitiría estarse unos días con su
                        familia, así hablando y jugando con la hermana y acordándose de cuando eran
                        más chicos y el padre los llevaba a pasear por la ciudad cerca del río.</p>
                    <p>¿Te acuerdas Santa, cuando yo bajaba a las toscas, decía Genaro y me
                        arremangaba los pantalones hasta la rodilla y entraba al agua, lejos, lejos
                        como si quisiera alcanzar los botes y tú entonces me llamabas y te ponías a
                        llorar?</p>
                    <p>Mamá siempre dice, que tú eras muy travieso, Genaro, y que ahora ya no sos
                        como antes.</p>
                    <p>Es cierto: a veces me miro en la cabeza tantas cicatrices, que me quedan de
                        las peleas con los muchachos. ¡Oh! Qué vida aquella, Santa, que parece que a
                        uno le andan hormigas y corre y salta por la calle y mira a todas partes
                        como si tuviera una tormenta adentro y se pelea y se ensangrenta la cara por
                        cualquier sonsera y se corre en pandillas, haciendo barullo y rompiendo a
                        pedradas los faroles de las esquinas; pero después que tata murió, ya tenía
                        catorce años y me dijo que tú ibas a ser mi hija, me entró una cosa seria y
                        me puse a trabajar con don Carlos, que era tan bravo y áspero entonces. Él
                        tenía veinticuatro años y parecía un viejo de setenta.</p>
                    <p>Yo me acuerdo, Genaro, que me daba miedo andar con vos por la calle.</p>
                    <p>Entonces yo era muy ladino y me trenzaba a cachetadas y a tajos con una
                        cortapluma vieja, que parecía un serrucho con cualquier muchacho que te
                        mirase fuerte -porque a veces son muy burlones y atrevidos y a las chicas no
                        las dejan quietas.</p>
                    <p>Qué susto tuvo mamá, aquella vez que entraron los serenos a buscarte, añadió
                        Santa.</p>
                    <p>Oh, ya me acuerdo, contestó Genaro, riéndose y se comprimió el hombro con una
                        contracción de dolor.</p>
                    <p>Los fragmentos de la clavícula habían crujido.</p>
                    <p>Me acuerdo, siguió Genaro al rato... Era porque el alcalde nos apaleaba a
                        cada momento, porque le matábamos los teros del patio y nosotros le teníamos
                        rabia y cuando uno está así, mejor es vengarse de una vez... Entonces había
                        unos hombres, que según decían, eran enemigos del gobierno y nos dijeron que
                        ningún argentino debía dejarse pegar... y una noche de lluvia y barro, que
                        Dios lo mandaba, caminaba el alcalde medio encogido, como si fuera a robar.
                        Lo enlazamos y empezamos como veinte a cinchar y lo tiramos al charco de la
                        calle y eran unos refregones en la arrastrada aquella y unos aullidos, como
                        cuando le sientan una pedrada en el lomo a un perro flaco.</p>
                    <p>Así llegabas también a casa a veces todo rotoso y sucio, dijo Santa.</p>
                    <p>Porque los muchachos andan a gusto entre los barriales y se ponen como locos
                        y gritan de contento cuando están metidos en las lagunas hasta la
                        cintura.</p>
                    <p>¿Te acuerdas del hijo de Rosa, la vecina, que se ahogó en uno de los charcos?
                        Dijo Santa, como con tristeza...</p>
                    <p>Porque así son, Santa... Adonde hay peligro entran y son capaces de subirse a
                        la puntita de un álamo a robar un nido por dos reales y cuando disparan hay
                        que verlos... cualquiera dice que es de miedo y no es así... </p>
                    <p>Corren por los callejones y les golpean la boca a carcajadas a los hombres y
                        les arman una guerrilla del diablo a cascotazos.</p>
                    <p>Cómo me gusta conversar con vos, Genaro, interrumpió Santa, dándole un beso y
                        mirándolo con admiración, como si comprendiera que era su amparo...</p>
                    <p>Y a mí también... y estas cosas de los chicos me dan alegría... y después a
                        uno ya le parece imposible que haya sido de ese modo... porque donde hay un
                        barullo, allí van todos corriendo y marchan con los músicos siempre adelante
                        mirando con envidia los fusiles de los soldados y se juntan sin hablarse
                        antes en que parte, como esos pájaros, que andan sueltos y de repente vuelan
                        derecho, como si sintieran de lejos la gritería de la bandada... Pero mirá
                        en algunas cosas, se parecen a los chacareros, que siembran la tierra...
                        porque para cada mes, según me cuenta el hijo de Paloche, hay sus semillas y
                        ellos son así para sus juegos. Remontan barriletes todos a un tiempo y
                        después parece que se aburren y se cansan de lo mismo. Juegan al rescate y a
                        la rayuela y después viene la moda, como dicen ustedes del trompo y de otras
                        diversiones y están siempre como enojados pensando alguna diablura para
                        pasar el día... </p>
                    <p>Mientras nosotras, dijo Santa, nos estamos con la costura en la falda y
                        hacemos andar la máquina el día entero.</p>
                    <p>Cuando son grandes, como vos, sí, interrumpió Genaro... pero antes peinan y
                        miran las muñecas rubias y les conversan muchas cosas y las ponen al sol,
                        para que se calienten en invierno y las acuestan con ustedes, haciéndolas
                        dormir con sus cantos. ¿Te acuerdas, cuando yo me sentaba al lado tuyo y me
                        obligabas a tocar la guitarra y cantar décimas para hacerlas dormir?</p>
                    <p>Tú tocas la guitarra siempre en lo de D. Carlos y nosotros te oímos desde
                        aquí...</p>
                    <p>Eso no lo puedo dejar... Todas las noches... y la he adornado con cintas
                        azules y yo no sé si será una barbaridad, que voy a decir pero yo la quiero,
                        como si fuera otra hermana, que yo tuviese y sé todas las canciones del
                        barrio y a veces me siento a tomar mate con los gauchos, bajo las carretas
                        de noche al lado de la fogata y les aprendo todo lo que cantan.</p>
                    <p>Genaro se calló un rato mirándola. Enseguida su abierto y simpático semblante
                        se puso oscuro con una expresión de odio y de pena.</p>
                    <p>¿Quién te regaló ese moño de seda, que te has puesto en la cabeza?</p>
                    <p>Pero ¿ya no te acuerdas, Genaro? Vos mismo, el día de mi santo. </p>
                    <p>Pero cómo no. Sí. Ya me acuerdo, contestó Genaro, serenándose. Y ese día le
                        dimos a la bordona un gran rato... y a ver... ¿A que no sabes el cuento, que
                        acompañé cantando esa noche?</p>
                    <p>Ya lo creo que lo sé.</p>
                    <p>A ver, decilo...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Santa tenía doce años, los ojos azules, la tez y el perfil bellísimos, nítido
                        y rosado el color. Se destacaba en el marco de su cabello oscuro el moño de
                        seda, -delgada y alta, en su traje largo de percal.</p>
                    <p>Esperate, dijo Santa. Era una linda mujer que tenía la cara de seda y los
                        ojos como el mar...</p>
                    <p>¿Tú sabes, qué color tiene el mar? Preguntó Genaro.</p>
                    <p>No sé. Nunca lo he visto.</p>
                    <p>Tata me lo ha dicho muchas veces... el color del campo, cuando anochece y
                        decía, que cuando está quieto, tiembla por arriba el agua como los pastos en
                        el viento. Y después, ¿que sigue Santa?</p>
                    <p>Tenía una casa muy grande de piedra, alumbrada por farolitos de papel.</p>
                    <p>Bueno. ¿Y qué más? </p>
                    <p>Y había un mago con una capa de terciopelo negro con estrellas y un par de
                        alas grandes de murciélago. La niña tuvo miedo y le pidió, que al cielo con
                        Dios se la llevara y después ya no me acuerdo.</p>
                    <p>El mago la alzó sobre las alas, siguió Genaro y llegaron de noche.</p>
                    <p>Sí, interrumpió Santa. Ahora sí sé. Pero las estrellas los miraban y no los
                        dejaban pasar. Si me dejas ir hasta el cielo, yo te doy mi vida, estrellita,
                        le dijo la mujer llorando.</p>
                    <p>No, porque vienes con el hombre malo. Persinate, contestaron...</p>
                    <p>La niña se hizo el nombre del Padre y el mago se deshizo en la oscuridad y
                        ella se cayó rodando, pero las estrellas a millones, alumbraron sus largos
                        vestidos de tules y la acostaron atravesada en el cielo estirada y salpicada
                        de brillantes, donde duerme siempre en el silencio de la noche...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Teresa entraba al concluirse el cuento, seguida del Dr. Valverde, que estuvo
                        un rato, mirando a Santa. La cara de Genaro tembló y cuando el médico se
                        acercó a preguntarle qué tenía, contestó recio y violento:</p>
                    <p>Nada, señor... </p>
                    <p>¿Cómo nada? Me han dicho que te has roto la clavícula.</p>
                    <p>No es cierto.</p>
                    <p>Tu madre lo ha dicho...</p>
                    <p>No es cierto, le repito.</p>
                    <p>De manera que no tengo nada que hacer aquí.</p>
                    <p>Nada.</p>
                    <p>Pues se necesita audacia, para incomodarlo a uno de esta manera.</p>
                    <p>Yo no lo he mandado buscar a Vd.</p>
                    <p>Pero es tu madre...</p>
                    <p>Bueno: últimamente, saltó Genaro levantándose con ímpetu... ¿cuánto se le
                        debe?</p>
                    <p>Valverde se mordió los labios y contrajo todos los músculos de su fría cara y
                        se retiró envolviendo a Santa en una mirada procaz y cínica. La niña
                        tembló...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¿Por qué eres así con el doctor? Preguntó la madre.</p>
                    <p>¿Por qué? No quiero deberle nada a ese hombre... ¿entiendes? Rugió Genaro,
                        porque lo odio. Mañana vas a pagarle la visita, ¿entiendes?</p>
                    <p>¿Y qué hacemos ahora Genaro?</p>
                    <p>Dile a D. Manuel de Paloche que venga. </p>
                    <p>La madre salió, volviendo al rato con el curandero y especialista en
                        fracturas cuya voz venía oyéndose desde lejos.</p>
                    <p>A ver, Genaro, dijo D. Manuel.</p>
                    <p>Aquí está... este hueso señor Paloche.</p>
                    <p>D. Manuel cortó la manga de la camisa y tanteó con su mano derecha la
                        clavícula. Hizo una mueca...</p>
                    <p>¡Hum! Dijo, fractura... masaje suave, emplasto y vendas.</p>
                    <p>Y procedió. El pobre Genaro sudaba debajo de la mano del curandero que iba y
                        venía lentamente sobre los fragmentos.</p>
                    <p>Aguántate, Genaro, estoy haciendo la coaptación, murmuró Paloche...</p>
                    <p>Pero al rato se detuvo, porque lo vio palidecer de dolor, mientras con voz
                        irritada le decía el joven que cesara.</p>
                    <p>No me extraña, exclamó Paloche... Siempre hay incrédulos, para estas
                        maravillosas invenciones.</p>
                    <p>Enseguida hizo traer un brasero y en un gran cucharón puso pez y minio hasta
                        que hirvió todo y sobre una badana cuadrada lo derramó, extendiéndolo con un
                        cuchillo. Una vez enfriado el emplasto, lo colocó sobre el sitio de la
                        fractura y puso el brazo de Genaro en cabestrillo, sujetándolo al tórax y al
                        hombro con una larga venda...</p>
                    <p>Ya está, Genaro, treinta días de inmovilidad.</p>
                    <p>Pero D. Manuel, contestó Genaro, me ha quedado mucho dolor en la rotura.</p>
                    <p>Oh eso no es nada. Son los efectos premonitorios del masaje, que exacerban
                        las puntas del hueso y apresuran la cicatrización.</p>
                    <p>Sí señor, contestó el joven sin entender una palabra. Muchas gracias...</p>
                    <p>Y otra vez Genaro, es necesario tener más fe en los hombres de ciencia.
                        Siento, que el Dr. Méndez esté enfermo porque este sería caso de consulta, y
                        dio vuelta D. Manuel tranquilo y satisfecho y Genaro oyó que le decía a la
                        madre: posibles complicaciones... vértice del pulmón...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Méndez, que supo lo sucedido con Paloche, llegó esa noche, apoyado en un
                        bastón, envuelta la cabeza en un pañuelo de seda y después de haber
                        arreglado aquel pobre brazo, le preguntó a Genaro cómo habíale sucedido
                        eso.</p>
                    <p>Fue así, señor... que el doradillo se desbocó y se tiró derechito contra la
                        niña Dolores.</p>
                    <p>¡Eh! ¡Bárbaro! No puede ser. ¿Qué estás diciendo, Genaro? </p>
                    <p>Lo que oye, D. Carlos... pero yo largué una rienda y con la otra en las dos
                        manos, lo quebré en la boca y lo saqué lejos, muy lejos...</p>
                    <p>¿Y ella? Preguntó con empeño el médico.</p>
                    <p>Nada, patrón, un buen susto y me hizo sentar en el jardín y estuvo
                        conversando un rato, tan buena ella, que parecía un ángel... Y ya me olvidé
                        de todo, hasta que me enfrié y entonces me apercibí que no podía mover el
                        brazo... ¡También yo creo que nadie que converse con ella se ha de ir sin
                        quedar prendado!</p>
                    <p>¿Estuviste allí mucho tiempo? Preguntó Méndez como distraído.</p>
                    <p>No sé cuánto, patrón -pero los minutos se fueron pronto, porque yo le estuve
                        contando el cuento de la niña Isabel y D. Pedro.</p>
                    <p>¿Tú le has contado la leyenda?</p>
                    <p>La que, patrón... Eso que la señora leyó una noche en su cuarto, fue lo que
                        le dije, y había de ver, cómo se ponía ella de todos colores y cómo sufría
                        con las tristezas de la niña Isabel, hasta que vino lo de los muchachos, que
                        gritaban en los patios del castillo y entonces fue un coloquio, D. Carlos,
                        porque se le puso la cara serena y los ojos con luz de alegría y me repetía
                        muy risueña y contenta a cada rato que le dijese los consejos que le dio su
                        mamá.</p>
                    <p>¿Y? ¿Contestó Méndez, vos le contaste eso? ¿Por qué no? ¿Y qué malos consejos
                        le podía dar la señora, que habla siempre con palabras de Santa?</p>
                    <p>Supongo que allí se habrá concluido el diálogo, dijo el médico con
                        inquietud.</p>
                    <p>Pero que, patrón, si yo estaba como borracho del golpe y como con un deseo de
                        hablar de todo y me fui no más en la conversación más ligero, que un reloj a
                        quien se le rompe la cuerda y cuando le hablé de que Vd. me había pedido el
                        collar y el relicario...</p>
                    <p>¿Qué te dijo? Interrumpió Méndez sin poderse contener.</p>
                    <p>No, no me dijo nada, D. Carlos; de juro que no podía hablar en ese momento
                        -porque le temblaban los labios y el cuerpo y le blanquearon los ojos como
                        si se fuera a desmayar... Pero después de su dictamen, me ofreció, que me
                        quedase y que me iba a hacer curar y qué sé yo cuántas otras cosas lindas me
                        dijo, que ya el servicio que yo le había hecho, no valía dos reales. -¡Qué
                        lástima, D. Carlos, que yo no pueda tocar la guitarra.</p>
                    <p>No, Genaro, eso no debes ni intentarlo siquiera... contestó Méndez
                        enternecido. </p>
                    <p>Porque le aseguro, patrón, que esas bondades me hacen entrar en calor el
                        corazón; y le había de componer a la niña Dolores unas décimas, más lindas
                        que el cielo.</p>
                    <p>Gracias, Genaro.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Él había dicho: gracias. ¿Por qué? ¿Acaso las sombras que lo conducían esa
                        noche a su casa, enflaquecido y débil, estaban llenas del viejo mundo de
                        amor, que no había muerto y aquel pobre muchacho había penetrado en su
                        espíritu con la ingenua bondad y había arrancado el crespón, con que él
                        había cubierto la memoria de Dolores del Río? Ella caminaba con él con los
                        grandes ojos iluminando el sendero, y sentía las hebras de su larga y negra
                        cabellera rozarle el rostro -ella misma con su hermosa efigie de mármol...
                        Había adquirido fuerzas. Se apoyaba en aquel brazo mórbido; y miraba su mano
                        blanca extendida sobre el traje de seda oscura, embriagado y estático en
                        aquella contemplación... Dos años habían pasado, desde la noche del baile,
                        sin alegrías preparando en su vida solitaria en aquel abismo de la eterna
                        cavilación, la última hora irreparable... y ella había perdonado, porque le
                        temblaban los labios y el corazón, cuando Genaro le conversó de aquellos
                        recuerdos... Hubieran sido preferibles todos los martirios, antes que
                        aquella honda cosa vacía del tedio. Era mejor, aunque fuese de lejos
                        conservarla consigo para lastimarla a cada rato y maldecirla... y después él
                        se miró en el espíritu y encontró que ella se había ido para siempre, al
                        rato, al día siguiente, porque esos ángeles frágiles y buenos tienen miedo
                        de morir en las criptas oscuras del rencor y del odio y extienden las alas y
                        vuelan lejos, besándonos la frente a pesar de todo. Si se fueran solas y nos
                        dejaran siquiera el recuerdo de la luz de sus ojos y el timbre de la voz
                        argentina o algún fragmento del amable espíritu... para tener algo en que
                        pensar... pero no... Se llevan todo y cuando estamos solos y agachamos la
                        cabeza para escribir, no las encontramos ya, ni ruedan más con la pluma como
                        antes, entre los negros rasgos. Tal vez no son ellas, que se van. Es el
                        orgullo, que pulveriza esos mundos diamantinos y las animadas estatuas,
                        enamoradas de aquellos fulgores, para quedarse solo, sombrío y gigantesco,
                        señor... Después pasa el tiempo. La sangre cae como una gran ría mansa y se
                        detiene sobre el arenal desierto y lo fecunda y las lágrimas de las madres
                        son la fuente del rocío fresco; y crecen las yerbas y reaparecen cantando
                        las angelicales criaturas. ¡Cómo lo acompañaba Dolores esa noche, susurrando
                        las dulces palabras del amor y de la esperanza, mientras él se acercaba a la
                        mancha oscura de su casa de altos y veía de lejos brillar la luz en su
                        dormitorio!</p>
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                    <p>Cuando entró, estaba la vieja sentada a los pies de la cama, leyendo el libro
                        con tapa de pergamino, corroído en sus bordes, lleno de viejos cuentos... el
                        volumen de la leyenda.</p>
                    <p>¿Qué libro es? Preguntó Carlos.</p>
                    <p>Un libro que tiene cien años, contestó la madre, inútil por
                        consiguiente...</p>
                    <p>Bueno, viejita, dijo el médico dándole un beso. No vas a ser irónica esta
                        noche. Escúchame, y se acercó al oído de ella y le dijo cosas, que la
                        hicieron estremecer de alegría...</p>
                    <p>Iré sí, exclamó la madre, mañana si tú quieres, yo le pediré para ti su
                        mano.</p>
                    <p>Una hora más tarde, Catalina llegaba de su cuarto con una vela, hasta la cama
                        del hijo, que dormía tranquilo. La luz iluminaba su rostro y la blancura de
                        su cabello y se estuvo un gran rato, con la cabeza inclinada mirándolo y
                        poco a poco acercó sus labios y lo besó apenas en la frente, cubierta del
                        negro pañuelo de seda...</p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XI -</head>
                    <head type="sub">Conferencias</head>
                    <p>Estaba el abuelo del Río, sentado en el comedor, el viejo guerrero de ochenta
                        años, que tenía en su corazón, como la síntesis de diez generaciones de
                        nobleza. Hizo él también la Patria en las batallas ciclópeas, rojas las
                        laderas de sangre, cuando la razón y el derecho humano dirimieron con la
                        conquista el gran problema. Entró envuelto en su capa en la tiniebla de los
                        cuartos esquivos y misteriosos de las conspiraciones, donde los ecos del
                        sentimiento común se fundían en rojo crisol, transformados en propósitos
                        heroicos y sombríos hasta la muerte. Fue agitador después de las turbulentas
                        asambleas populares, cuando en el vaivén formidable de las muchedumbres
                        tumultuarias, estrepitaban las rabias libres y salvajes. ¡Eran los años
                        juveniles aquellos, en que el ojo ríe y se tiene la barba de seda y oro!
                        Bajo la fría garúa, en la inmortal mañana gris, amaneció la ciudad más
                        temprano y llegaron sus hijos en tropel a la gran plaza. Un murmullo de
                        voces aquí y allá, un rumor largo y sordo, grupos y corros y confundirse de
                        gente y correr agitado de un lado a otro y puños que se levantaban
                        amenazadores y sigilosas y violentas disputas y de repente sonar de un
                        costado griterías atronadoras...</p>
                    <p>Y se oían la diatriba acre, el comentario sarcástico y las palabras burlonas
                        y los epítetos feroces. Iban llegando nuevos grupos y arrojando a la hornaza
                        el vigor de las palabras ardorosas y se veían como ondulaciones en la masa
                        apiñada y ralear de repente y recomponerse en otra parte, no resistiendo a
                        veces el nuevo empuje del gentío rebozante. Estallaban risotadas numerosas y
                        diálogos rápidos y dicharachos plebeyos y mordaces, con silenciosos
                        apretones de manos aquí y allá y palabras de esperanzas y de gloria. Había
                        silencios repentinos y luego palmoteos y reboatos bramando de punta a punta,
                        creciendo hasta el colosal rimbombo, que rodaba en vértigos con la turba
                        heroica y arremolinada, mientras los oradores pululan en medio del tumulto y
                        arrojan el verbo apocalíptico del espíritu nuevo e irritan la pasión
                        generosa.</p>
                    <p>Los gritos de godos, hijos de tal por cual, hendían el aire sibilando y más
                        lejos apóstrofes, que eran como alaridos de rencores seculares y
                        fulminaciones de odios sobre la frente de todos los déspotas del mundo,
                        manchados de sangre y de exterminio.</p>
                    <p>Eran réprobos y aglomeraciones de cosas nefandas y fragmentos del caos
                        ignominioso y miserable, abominaciones incestuosas, que tronchan las alas
                        fulgurantes de los pueblos en marcha hacia el ideal y menguados anacrónicos,
                        que enlodan del honor humano la inmaculada vestimenta, hasta que se hizo una
                        barahúnda, con resonancios prolongados de colmenas enfurecidas, mientras la
                        gente sube y baja las escaleras del cabildo y es atropellada por la
                        muchedumbre, circuida, interrogada, azotada de aquí para allá y se pedía a
                        gritos la presencia de los tribunos, hasta que fueron libres...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Asistió a las batallas gigantescas y la victoria bendijo a los soldados, que
                        marchaban cumbres abajo, las filas brillantes, empinadas y movedizas de las
                        bayonetas de cuatro en cuatro. Escribió la Biblia después en el Congreso de
                        Tucumán, emanación ese libro de todas las justicias, fragoroso raudal de la
                        poesía de todos los derechos y más glorias todavía y dilatadas sombras
                        después... Los hermanos contra los hermanos, la lucha de años, bregando
                        todos en las batallas de muerte, por encontrar la fórmula de la vida
                        nacional perenne, porque el edificio de la libertad, se ha hecho con el
                        fosfato de cal de los huesos y con los grumos de sangre, de la mitad de los
                        pueblos, que se despedazan en sus vorágines y la conquistan muriendo...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Todos sus hijos habían desaparecido, entenebrada la mente en las luchas
                        civiles, y cuando él construyó su casa en el barrio de Almagro, que era un
                        rincón solitario de aquella patria, que él había cobijado con su cuerpo
                        herido más de una vez, solamente Dolores lo vinculaba a la tierra, de nívea
                        tez de mármol y negra y abundosa cabellera de raso. Tenía la cabeza
                        blanquísima y las canas finas y sedosas corrían echadas hacia atrás,
                        descubriendo la frente amplia, surcada de arrugas transversales. Eran sus
                        ojos negros, rasgados y chispeantes, a pesar del círculo ceniciento y opaco,
                        que había rodeado la córnea y el arco de la ceja izquierda grueso y
                        abultado, sombreaba la órbita, bajando rapidísimo y levantándose cuando
                        conversaba. La barba larga y rizada, y el bigote invadían la mejilla y los
                        pómulos, a semejanza de hermosa cristalización, límpida y nítida y
                        transluciente, que dejaba ver la línea recta de la nariz fina y levantada,
                        esa barba que él solía acariciar, con la mano de piel escamosa, amarillenta
                        y seca jaspeada de manchas pequeñas de cobre viejo. Era su cuerpo encorvado
                        y alto y caminaba con un bastón por la casa, que Dolores había convertido en
                        un nido tibio para abrigarlo.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La estufa del comedor estaba prendida en esa noche de invierno. El carbón
                        enrojecido dejaba levantarse a millares lenguas ardientes y azuladas, que
                        volaban rápidas, como a quererse escapar por el caño de zinc negro. Una nube
                        de chispas estallaba dentro de la cuenca de hierro, castañeteando, mientras
                        aparecían llamas más largas y amarillentas, víboras triangulares, que se
                        erguían serpeando y lamiendo un rato la circunferencia y se hundían en
                        brasa. Cada una de ellas murmuraban roncas canciones, que sonaban dentro del
                        caño, como si evocaran viejos rezongos de algún conciliábulo siniestro y
                        doloroso. Al rato se extendió vivísima y quieta, sobre la reja de la estufa,
                        la lumbre escarlata y de cuando en cuando aparecían hilos de fuego en el
                        aire rápidos y fugitivos, en medio del gran reflejo purpurino y crujían
                        chispas a veces, a semejanza de esos tiros lejanos, que se sienten a largos
                        trechos en la noche, que sigue a los combates. Caliente y cariñoso estaba el
                        comedor, con su gran quinqué de queroseno que pendía sobre la mesa,
                        envueltas las barras de hierro, que lo sostenían en tul transparente y
                        azulado, que lo circuía todo, difundiendo las medias tintas de suavísima luz
                        sobre la alfombra espesa, blanda y señorial en su color hoja muerta.
                        Iluminaba el negro cristalero de jacarandá, elevado como una gran torre de
                        ancha base, con columnas y espejo en el centro y elegantes y artísticos
                        tallados de bajorrelieves, a través de cuyos vidrios aparecía la superficie
                        iluminada de los utensilios de plata. Los cortinajes, que descendían desde
                        lo alto de las puertas, que daban al jardín, estaban recogidos en graciosa
                        curva a un lado y otro y dejaban ver los vidrios opacos de humedad, a través
                        de los cuales se discernía lejos en el patio, como en una penumbra, la
                        imagen del comedor y la luz tenue del quinqué y las sombras desvanecidas de
                        los retratos de la familia y la línea tenebrosa y larga de la vieja
                        espada...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores, de pie, cerca de una de esas puertas y el abuelo en su sillón de
                        siempre al lado de la estufa. Inclinaba ella un poco su cabeza sobre el
                        pecho y parecía mirar la enmarañada mancha informe de la arboleda del fondo,
                        mientras él jugaba tranquilo y risueño con el borde de su capa, que caía en
                        abollonados pliegues hasta el suelo. Contempló este un rato aquella
                        angelical criatura, que lo rodeaba el día entero con sus cuidados y que lo
                        retenía contento sobre la tierra; y le hacía amar el sol y la vida a él, que
                        solía tener el deseo de dormir en paz al lado de sus hijos, mientras el
                        reloj movía en aquel silencio el péndulo redondo de bronce, arrancando en
                        cada tic-tac un segundo al tiempo, para arrojarlo al pasado.</p>
                    <p>¿Qué piensas Dolores?, preguntó Del Río. Parece que estuvieses triste. </p>
                    <p>¡No, papá! (así lo llamaba siempre). Miro la noche serena y fría y veo a
                        través de los vapores del vidrio, levantarse blanca la luna allá lejos, y
                        pienso qué felices somos nosotros, que tenemos fuego y alfombras.</p>
                    <p>Tienes razón. Cuántos hay que trabajan a esta hora con los miembros ateridos
                        y cuántos no saben si habrá mañana pan y calor para sus hijos... Y mientras
                        uno es joven no es nada; la estufa está en la sangre, que hierve. Se sale a
                        la calle, se trabaja y se corre y se toma alcohol como nosotros en las
                        guerras. Pero después ya no es lo mismo; el cuerpo se hace pesado.</p>
                    <p>Tú eres robusto y ágil, papá, interrumpió Dolores.</p>
                    <p>Sí, pero me dan ganas a menudo de quedar quieto y de encogerme en un rincón,
                        para aprovechar todos los átomos de calor, que irradia mi cuerpo. Parece que
                        haciendo eso, pensáramos en la otra quietud más grande y más profunda que
                        está por llegar.</p>
                    <p>Oh, papá querido, tú vivirás muchos años dijo la niña, mirándolo con
                        inquietud.</p>
                    <p>¡Eh! No tanto, Dolores. Fíjate cómo me gusta estarme al solcito -Te aseguro,
                        que eso me abrasa la ropa y mirá qué diferencia hay entre los que van a
                        vivir mucho y yo... Esta mañana a las doce, estaba yo sentado al sol, con mi
                        sobretodo de pieles y lo vi pasar a Genaro, contento en sus veinte años y en
                        mangas de camisa.</p>
                    <p>¿A Genaro? Preguntó Dolores con ímpetu.</p>
                    <p>Cómo no: y con un brazo en cabestrillo.</p>
                    <p>Entonces ¿ya está bueno papá?</p>
                    <p>Así parece y yo le pregunté si lo había asistido Valverde, que es el único
                        médico que anda por acá desde que Méndez está enfermo.</p>
                    <p>Ese no, me contestó, como si tuviera rabia. Me vio D. Manuel de Paloche y una
                        vez D. Carlos, que ya está casi bueno.</p>
                    <p>Yo le dije entonces que si Méndez volvería, y me replicó enseguida
                        emocionado: yo lo aseguro, señor del Río, que volverá.</p>
                    <p>Y yo lo extraño mucho, Dolores, y me gusta su carácter impetuoso y sus
                        exaltaciones y oírlo conversar irritado y arrojar anatemas violentos sobre
                        todo lo que es malo..., un poco como yo en aquel gran día, cuando culebreaba
                        como un endemoniado entre los grupos y azuzaba las iras de los amigos.</p>
                    <p>¿Y cuándo vendrá? Dijo Dolores echándole los brazos al cuello, como si
                        quisiera ocultarse.</p>
                    <p>Con ese mismo tono tuyo me hablaba Genaro.</p>
                    <p>Es que yo te voy a hacer una confesión. </p>
                    <p>¿Tú, confesiones?</p>
                    <p>Sí, yo.</p>
                    <p>¿Y cuál? Preguntó sorprendido el viejo.</p>
                    <p>Yo también lo extraño a él...</p>
                    <p>Tú ¿y qué maravilla es esa? Es un caballero a pesar de lo que ha hecho, y un
                        amigo nuestro, y además hace falta que vengan a visitarnos, porque los dos
                        nos quedamos callados un largo rato, como si ya nos hubiéramos dicho todo y
                        los viejos, que vivimos aislados del mundo, necesitamos que nos traigan los
                        ruidos de afuera.</p>
                    <p>¡Oh papá! Ojalá venga pronto, exclamó Dolores.</p>
                    <p>Y yo también deseo que tú vuelvas a la sociedad, que hace tiempo no
                        frecuentas. Es necesario, porque la vida solitaria entristece y apoca
                        nuestra inteligencia. Y uno se hunde en su propio orgullo y se hace huraño y
                        misántropo y cuando llega a viejo, recién se apercibe, que todo aquel mundo
                        de nuestro espíritu era una ficticia fantasmagoría. Las honestas
                        conversaciones enseñan, corrigen y enaltecen.</p>
                    <p>Sí, contestó la niña, iré otra vez a las fiestas y te llevaré bien
                        abrigadito, encerrado en el coche.</p>
                    <p>Así me gusta que seas siempre; no como este tiempo pasado, en que tú
                        caminabas tan melancólica por la casa y llenabas de pena el corazón de este
                        pobre y viejo amigo tuyo.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores lo abrazó y le prometió todo. Ella iba A ser alegre y a cantar el día
                        entero como los pájaros. Volvería a su tocador y a sus trajes ricos y sería
                        la elegante mujer adorable de antes. Asimismo que en invierno había fuego en
                        toda la casa, ella iba a separar las cortinas para que entrara el sol a
                        inundar de luz las habitaciones, porque se piensa mejor y se ama la vida más
                        intensamente entre las claridades tibias. Desde entonces, arrojadas fuera
                        las penumbras y los silencios, las notas del piano correrían de un lado a
                        otro, desatando las divinas armonías, esas filigranas melodiosas, que
                        cuentan baladas de amor y hablan el misterioso y patético lenguaje del cielo
                        lleno de brumas y describen la serena y etérea transparencia de la noche.
                        Porque ella pensaba desde entonces pasear del brazo con su viejo abuelo por
                        las alfombras y admirar aquellos copos blancos y sedosos de su cabeza y
                        pedirle le narrara siempre los episodios de su vida gloriosa. Estarían en el
                        comedor mucho tiempo, delante de aquellos retratos, para que él le contara
                        todas las leyendas de honor de aquellos muertos y las horas vagabundas del
                        exilio y la miseria y el nombre conservado sin tacha. Y de noche hacía
                        propósito de abrigarlo bien.</p>
                    <p>Con su gran boa de lana, envuelto en su capa delante del fuego y sentada
                        sobre un taburete, iba a colocar la nuca sobre sus rodillas para mirarlo y
                        escucharlo y no lo dejaría dormirse como solía hacerlo, llenando el comedor
                        con sus cantos y con su charla apurada, llena de ingenuidades infantiles.
                        Después pensaba llamar al sirviente, hacerle calentar el aposento y planchar
                        las sábanas, para que se acostase, cuando ella hubiera colocado sobre su
                        mesita de noche desparramadas las pocas flores que podía encontrar en el
                        jardín. Enseguida se iba a sentar a su lado, para leerle entretenidas y
                        honestas historias y arrullarlo con su voz melodiosa, hasta que el sueño se
                        apoderase de todo su cuerpo y ella lo viera descansar con el rostro blanco y
                        tranquilo. Porque al fin el invierno crudo había de cesar y ella entonces,
                        abriría las ventanas bajo el sol más tibio, para llamar las ráfagas
                        primaverales henchidas de perfumes y saldría con él del brazo por los rojos
                        senderos del jardín, pidiendo frescuras a la sombra de la arboleda, para que
                        le narrara la novela de aquellas plantas. Desde chicas las había cuidado y
                        sostenido el tallo flexible y débil y había asistido a todos sus misteriosos
                        amores y enfermas y mustias a veces, las regaba, hasta que brotaran flores,
                        anunciando la juvenil resurrección y su mesa se cubría del fruto opimo y
                        sabroso. Entonces en aquellas noches, sentados en el jardín, escuchando los
                        murmullos de la brisa entre las hojas y el gorjear del canario en medio de
                        la luz del comedor, mirarían cruzar los bolidos, como chispas extraviadas en
                        el gran incendio de las constelaciones bajo la infinita majestad del cielo.
                        Y así por mucho tiempo hasta que un día le iba a revelar todo, al viejo
                        sublime y santo... el ímpetu desordenado y celoso de aquel hombre, la marca
                        roja de su muñeca y la angustia de sus noches insomnes... Ella había
                        perdonado y en el abandono visto crecer a pesar de todo su pasión; porque
                        las grandes pesadumbres son generosas y el amor irritado y entristecido se
                        agiganta en la savia amarga y fecunda del dolor y había rezado por él muchas
                        veces en las pensativas oraciones de sus días largos. Ella lo conocía bien;
                        era como un chico bravío de esos que viven y crecen en la calle, chicos
                        semi-salvajes, que no se sabe si tienen padre, ni casa, y que se despedazan
                        a veces enfurecidos el cráneo contra las piedras, pero que son amables y
                        exquisitos en su tierna sensibilidad, cuando la dulzura los llama, y la
                        blandicia les roza la frente oscura y les cierra los ojos el beso de la
                        mujer. ¡Si él volviera! Ella iba a mitigar el ímpetu acerbo de su espíritu,
                        rayo de luz de sus noches; y sentía entonces ser más que su novia, una
                        afectuosa y grande alma de madre, meciendo la cuna enorme celestial de
                        penumbras, donde estaba acostado el gigante vencido y feliz, agrupado su
                        cuerpo bajo el mismo delicioso de la inefable caricia.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Daban las nueve de la noche en el silencio del comedor. El viejo sentado en
                        el sillón, se había dejado vencer por el sueño y Dolores detrás de él
                        apoyada al respaldo tenía la mano perdida entre sus cabellos blancos. Se
                        sintió entre los toques de la hora el brusco rodar de un coche, un portazo,
                        las vibraciones ruidosas de la campanilla y al rato entró un sirviente con
                        una tarjeta que Dolores leyó. Decía: Catalina Méndez.</p>
                    <p>¿La haremos pasar a la sala papá?, dijo la niña, enseñándole la tarjeta al
                        viejo, que se había despertado sobresaltado...</p>
                    <p>No, hija mía, aquí.- En la sala entran todos, hasta los indiferentes, los
                        enemigos y los tontos. Esta es la pieza en que la voy a recibir. Es una
                        amiga de nuestra casa. Ella debe estar aquí entre el calor, que nos abriga a
                        todos y se adelantó a recibir a la señora, que entraba.</p>
                    <p>Esta abrazó y besó a Dolores en la mejilla y extendió la mano hacia el viejo,
                        que la apretó temblando y arrimó un sillón, haciéndola sentar cerca de la
                        estufa.</p>
                    <p>¿Qué felicidad es esta, doña Catalina? ¡Pocas veces esta casa habrá recibido
                        honor más grande!</p>
                    <p>¡Ojalá! Sea tanta la felicidad, contestó la señora, como es grande su
                        renombre.</p>
                    <p>Antes, dijo del Río, en esta ciudad, cada uno era un glorioso, de erguido y
                        temerario rostro y había hazañas en las páginas del libro de nuestras
                        familias, cuando desafiábamos airados las inciertas oscuridades del
                        porvenir, la mano puesta sobre el puño de la espada. Ahora no es así...
                        Somos viejos y muy poca gente se acuerda de nosotros. Así son las cosas.
                        Para que lo vean a uno es necesario mostrarse a cada rato. La humanidad
                        olvida fácilmente, sobre todo a los que se esconden y después no hay derecho
                        de exigirles tampoco que sepan, qué color tenía aquella sangre, que
                        derramamos en los campos de batalla... Hace tanto tiempo de eso... el color
                        se desvanece y la sangre se la comen los prados y se la llevan los ríos para
                        siempre.</p>
                    <p>Qué ideas tan tristes tiene Vd. esta noche, señor del Río, interrumpió
                        Catalina. ¿Y si eso no fuera olvido? ¿Si fuera demasiado que hacer? Fíjese
                        que aquí cada uno hace varias cosas a la vez. Todos corren y viven agitados
                        y ansiosos, como si cada cual quisiera dejar una huella profunda de su
                        paso... Eso que se llama ambición en muchos y que se combate tanto, no es
                        para nosotros sino la necesidad fatal de llegar pronto a alguna cosa
                        grande... Eso es nuestro purgatorio...</p>
                    <p>Cómo alientan sus palabras, replicó del Río; yo veo en ellas el espíritu
                        altivo de su familia.</p>
                    <p>Porque os necesario reflexionar, seguía la señora como dominada por aquella
                        idea... A mí se me ocurre, que todos estos apuros derivan de este
                        desequilibrio: somos demasiado pocos y tenemos un país demasiado mucho y
                        perdone Vd. esta fraseología paradójica.</p>
                    <p>Por las enseñanzas, dijo el abuelo, que derivan de sus palabras, yo le decía
                        a Dolores hace un rato, que las visitas de los buenos amigos dan alegría y
                        valor... Porque nuestra vida es un poco monótona; hay que confesarlo.
                        Imagínese que cuando Vd. llegó, yo estaba dormido al lado de ésta... Y hay
                        que ver que mi hija ha cambiado mucho de un tiempo a esta parte y eso me ha
                        hecho más soportable vivir.</p>
                    <p>Pero, papá, interrumpió la niña ruborizada, ¿por qué le dices estas cosas a
                        la señora?</p>
                    <p>¡Oh! Déjelo que hable, hija mía, contestó Catalina. A los viejos es necesario
                        no contradecirnos; nos gustan que nos acaricien y nos adulen, si no nos
                        ponemos nerviosos como chicos mal criados.</p>
                    <p>Rétela, Catalina. Si Vd. supiera lo que me ha hecho sufrir.</p>
                    <p>Yo no, contestó Dolores. Son cosas de su cabeza, señora. Papá siempre cree,
                        que es cierto todo lo que piensa de mí...</p>
                    <p>Con que creo ¿no? Figúrese que siempre quería quedarse sola y no ir a fiestas
                        y de repente la sorprendía en su cuarto, como si hubiera sollozado y unas
                        extremas sensibilidades por cualquier desventura, que le narrasen y yo veía
                        que todas esas ternuras la estaban dejando transparente.</p>
                    <p>Qué ridiculeces, papá. Yo me enojo contigo y me voy, dijo sonriendo Dolores y
                        poniendo el dedo índice, sobre sus labios, agregó: me voy a preparar el té.
                        Pero tú no le cuentes más estas cosas a la señora; porque se va a aburrir y
                        no te visitará más -y se retiró sonriendo y saludando con las mejillas
                        sonrosadas y sintió en su espíritu como una cosa alegre, que la hacía
                        caminar ligero por la casa y al llegar a su dormitorio iluminado, se miró en
                        el espejo y se comprimió con las palmas el cabello en las sienes, moviendo
                        rápidamente con cierta coquetería la cabeza a un lado y otro.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Hermosa y buena, dijo el viejo cuando hubo salido Dolores... Si no fuera por
                        ella me hubiera muerto quizá...</p>
                    <p>-¿Vd. nunca ha pensado, señor del Río, que algún día podría irse de su
                        casa?</p>
                    <p>-Sí, alguna vez. Al fin eso es lógico. Yo he visto pues lo que sucede con las
                        que se quedan solteras. Parece que estuvieran de más en todas partes y
                        suelen caer en último término, a las casas de cuñadas perversas y son
                        objeto, casi siempre de una conmiseración burlona. Es un porvenir nada
                        agradable.</p>
                    <p>Sin contar, agregó Catalina, que suelen quedar solas y sin amparo y
                        condenadas a vivir retraídas de la casa a la iglesia, llevando una
                        existencia estéril y nerviosa.</p>
                    <p>-En fin, si eso sucediera, si se fuese Dolores algún día, contestó el viejo
                        con voz temblorosa, yo tendría, lo digo ingenuamente uno de los disgustos
                        más grandes de mi vida. Para nosotros, que estamos tan viejos, son seres muy
                        necesarios. Saben y hacen todo y la previenen a Vd. en sus deseos,
                        consiguiendo alejarlo de esta manera, de todas las pequeñas molestias, que
                        los detalles de la vida acarrean consigo y lo hacen vivir dentro de la
                        órbita tranquila de sus espíritus, como si supieran que cuanto más anciano
                        es uno, más necesita que lo acaricien y le perdonen muchas cosas... pero
                        también creo que no hay el derecho de ser egoístas...</p>
                    <p>Me alegro encontrarlo tranquilo en estas reflexiones, dijo Catalina, porque
                        yo traigo una misión ardua y delicada.</p>
                    <p>En sus manos finas de embajadora elegante, ninguna misión puede perderse,
                        contestó sonriendo del Río.</p>
                    <p>Gracias, mi viejo amigo, por su galantería, pero lo invito a que se fije que
                        se trata de cosas muy serias.</p>
                    <p>Me pone en cuidado, Catalina. ¿Qué hay?</p>
                    <p>Hay, que mi hijo quiere volver a su casa... </p>
                    <p>¿Pero cómo no? Eso mismo le decía hace un momento a mi nieta... ese deseo de
                        que él volviera.</p>
                    <p>Pero hay también, señor del Río, que el doctor Carlos Méndez pide por mi
                        intermedio la mano de la señorita Dolores del Río.</p>
                    <p>¿Eh? ¡Qué dice Vd., señora! Contestó el viejo con tono agrio, parándose y
                        mirándosela intensamente. ¿La mano de Dolores?</p>
                    <p>¿Casi sin que se conozcan ellos? Porque al fin se han visto dos o tres meses
                        a intervalos y no parecía pues que... Y después él se ha retirado y en esta
                        casa ya no se ha sabido nada -a no ser que esas tristezas de Dolores
                        derivasen de disgustos. ¿Pero si ellos no se aman, señora? ¿Dónde? ¿Y
                        cuándo? ¿Y en qué tiempo? ¿Su mano? No: es imposible. Confiese que ha tomado
                        Vd., señora, el papel de diplomático a lo serio y esta es una estratagema
                        suya.</p>
                    <p>El viejo había levantado su cabeza y se paseaba por el comedor y todo lo
                        hablaba con precipitación, como si tratara de aturdirse y como si hubiera
                        visto claro en muchos acontecimientos extraños y misteriosos... Aquellos
                        cambios de carácter de su nieta, el piano cerrado tanto tiempo, la vivacidad
                        juvenil perdida, su paso lentísimo por la casa y ciertos crujidos como de
                        páginas de libros, que ella estuviera leyendo y dando vueltas a altas horas
                        de la noche, cuando él ya estaba cansado de dormir... que se conocía, que
                        estaba despierta y él oía desde sus cuartos los pasos de ella lejanos y
                        callados. Se acordaba de ese desorden de su casa y un abandono que no había
                        visto antes. A veces hacía decir que estaba enferma y sus ojos negros habían
                        adquirido una expresión de amargura tan grande en aquel rostro palidísimo.
                        ¡Pobre viejo inservible que no había comprendido aquel dolor mudo y había
                        visto caminar por su casa tanto tiempo aquella hermosa tristeza, sin tener
                        para ella la dulce ternura, que tanto agradecen las almas, que no pueden
                        decir que sufren...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El viejo volvió de sus pensamientos y vio a Catalina Méndez, parada enfrente
                        de él, contemplando, con la cabeza inclinada, como si perdonara aquel
                        soliloquio.</p>
                    <p>Señora, pido a Vd. disculpa por mis distracciones dijo el abuelo; pero me
                        parece que Dolores debe saber esto antes.</p>
                    <p>Ya esperaba, Señor del Río, esta contestación suya, porque estas pasiones son
                        heridas desgarradas, sobre las cuales los padres no deben pasar la mano
                        áspera, para que no se trasformen en frenesíes violentos y comprimidos, que
                        anonaden y maten.</p>
                    <p>¡Nunca! exclamó el Río. Los viejos son los que deben morir. ¿Ha visto Vd.,
                        Catalina, cómo se desgaja el ombú, que no tiene savia? Sus ramas más agudas
                        se agachan, sin hojas y cenicientas hace tiempo y penden resquebrajadas,
                        moviéndose en el viento; las otras resecas y ásperas, mostrando las puntas
                        de su trama desfibrada se hienden en canal a lo largo, carcomidas aquí y
                        allá, mientras el tronco va desapareciendo a trozos, dejando gigantescas
                        cuevas oscuras, hasta que no queda a flor de tierra sino un cráter
                        amarillento coronado de puntas y ángulos. Así debemos irnos nosotros... a
                        pedazos, y dejar claridades y humus para las plantas juveniles.</p>
                    <p>Señor del Río, interrumpió Catalina, sus palabras son dolorosas y
                        extraviadas.</p>
                    <p>¿Y qué queréis que os diga Catalina? ¿Que mienta resignaciones que no tengo?
                        Nunca haré eso. Yo he visto morir a todos mis hijos uno después de otro, sin
                        derramar una lágrima. Mi cuerpo se ha envejecido y está seco como el ombú, y
                        tengo en el corazón cuevas oscuras, cavadas por los arañazos y los
                        desgarramientos de sesenta años de combates. Nada ha quebrado hasta ahora el
                        fiero vigor de mi espíritu. Sé que mis años están contados y asimismo esa
                        sombra eterna, que va a llegar no me asusta. Yo soy un intrépido,
                        Catalina... y el viejo levantó su cuerpo en medio de la luz azulada y arrojó
                        hacia atrás su cabeza soberbia y brillaron los ojos con todas las audacias
                        del esplendor, mientras los músculos de su frente crispados aceptaban el
                        nuevo reto del martirio.</p>
                    <p>Como eran grandes, los hombres de entonces, exclamó Catalina, arrebatada ella
                        también por el ímpetu de aquella palabra magnánima... Yo inclino mi cabeza
                        delante de todas las memorias, que Vd. ha evocado y que tienen tantos
                        temblores de heroísmo y quiero besar su mano agradecida por este nuevo
                        sacrificio.</p>
                    <p>No, Catalina; no me diga estas cosas, porque yo pertenezco a ese grupo de
                        hombres que se enternecen con las palabras de la dulzura... Yo cedo por
                        ella... por los dos, que van a empezar ahora a vivir y a sufrir... y me
                        cuesta no digo que no, porque al fin este cariño mío por Dolores, era una
                        sensación perenne de lánguida y sollozante ternura, como si yo fuera un
                        desventurado pordiosero y no un hombre... y yo no he sido varonil, ni he
                        tenido en este caso la fortaleza, como con mis hijos y cuando pensaba que
                        podía perderla, el corazón se me ponía triste y se me llenaban los ojos de
                        lágrimas...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>En ese momento entró Dolores, seguida del sirviente, que traía una gran
                        bandeja cincelada de flores y abigarrados arabescos y sobre rosadas
                        servilletas las tazas de té de porcelana. Ella sirvió a los dos viejos, que
                        estaban parados en el medio del comedor y tomó su taza, yendo a sentarse un
                        poco lejos, como si no quisiera interrumpir el diálogo; pero ellos quedaron
                        en silencio y levantaban entre sorbo y sorbo los ojos a mirarla. Al fin la
                        llamó del Río y le dijo:</p>
                    <p>El Dr. Méndez...</p>
                    <p>Si, papá, interrumpió turbada la niña.</p>
                    <p>El Doctor, pues, siguió el abuelo, pide permiso para volver a nuestra
                        casa.</p>
                    <p>Tú me has dicho que deseabas eso, dijo Dolores.</p>
                    <p>Y además, balbuceó el viejo, por intermedio de la Señora pide tu mano.</p>
                    <p>¿Yo? No sé... Tú lo estimas y lo quieres, decía a saltos bruscos la niña.
                        Dijiste que era un caballero... pero yo haré lo que tú desees...</p>
                    <p>Un rato después, Genaro, tieso sobre el pescante, llegó a casa de Méndez y
                        vio a éste salir ansioso a abrazar a la madre y oyó que la Señora le
                        repetía: «Sí, muchacho sí, que vuelvas».</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El abuelo del Río se retiró lentamente hacia su dormitorio. Estaba distraído
                        y sus sensaciones lo absorbían, sintiendo fuera pequeño su pecho, comprimido
                        por aquella garra áspera. Llevaba erguida su cabeza alta y brillante, como
                        emergiendo de la zona oscura de la capa, que lo envolvía y al llegar al
                        umbral, sintió roces ligeros sobre la alfombra, como si alguien lo siguiese.
                        Era Dolores, que le preguntaba detrás de él, por qué no le había dado el
                        beso de despedida como lo hacía siempre.</p>
                    <p>Un olvido, hija mía. Aquí está y le besó la frente.</p>
                    <p>Hubo un rato de silencio.</p>
                    <p>Tú estás triste, empezó Dolores. Yo no quiero que suceda eso.</p>
                    <p>¡Oh, no! Dolores, contestó Del Río. </p>
                    <p>Sí, sí yo te conozco. No has sido amable con tu nieta. ¿Por qué está triste,
                        mi viejo papá querido? Agregó la niña, abrazándolo del cuello en medio de
                        las infantiles entonaciones de su voz tiernísima.</p>
                    <p>Es que las novedades de esta noche, Dolores, han sido tan extrañas y me
                        preocupa tanto la nueva vida que va a empezar para ti... Tú comprendes que
                        es muy natural este olvido en mí. Pero este rato de conversación contigo me
                        alegra el espíritu. Te daré otro beso más y hacemos las paces...</p>
                    <p>El viejo acercó sus labios a los cabellos negros de la nieta, inclinando su
                        cabeza y fue aquel cuadro una lluvia finísima de hebras y copos níveos y
                        lucientes que le acariciaron el rostro de mármol; su cabellera negra
                        destacándose en medio de aquel aéreo y juguetón encaje de armiño.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores entró a su dormitorio, cuando el reloj daba la media noche, mientras
                        una vela de estearina, alta sobre el candelero de cristal, iluminaba el
                        cuarto, la llama triangular y viva lejos, serena y fija detrás de los
                        espejos lucientes. Se arrodilló en el reclinatorio a rezar sus oraciones,
                        pero su espíritu no encontró al recogimiento. Había fiestas en su cabeza y
                        panoramas de inquietos júbilos y todo aquel silencio parecía cruzado de
                        estremecedoras sinfonías. Se acostó y cerró los ojos, como si tuviera miedo,
                        que aquel ensueño se desvaneciera y entonces vio llenarse de fulgores el
                        ambiente y brillar el gran cuadro de bronce de la blanca y semidesnuda
                        pecadora salvada del naufragio eterno, que estaba colgada frente a su cama y
                        todo aquel mar agitado gigantesco se aplanaba lejos en largas y mansas
                        ondulaciones, transformado el espumaje revuelto, que azotaba el escollo en
                        una blanca superficie tranquila, que se hamacaba con blandos vaivenes y
                        quietos murmullos. Alrededor de la rompiente las aguas hacían vibrar en su
                        seno, como una orquesta de violines escondidos. Ella veía a través de la
                        diafaneidad de esmeralda una multitud de dioses mover los arcos lentísimos y
                        distinguía sus trajes de algas perfumados de salinas emanaciones, los brazos
                        desnudos de coral y sentía crujidos de espumas y chocar de perlas, como si
                        acudieran en tropel a rodearla para alejar de su mirada el divino concierto.
                        Ella los oía como si estuviera ebria del mareo de las ondas y bajo el
                        plácido éter diáfano, aparecía en su sueño corriendo hacia la playa una vela
                        cándida, tendida al viento, mientras la glauca planicie estaba dormida y
                        desmayada en el beso del sol. En la ribera se oyen lejanos y alegres
                        cantares y la novia, la cabeza circundada de la flor del naranjo, arroja a
                        la barca, que resbala, la larga faja del tul... Erguido sobre la proa, el
                        gallardo y juvenil navegante... Ha cruzado los peligros del mar entre las
                        hondas negruras de los ciclones, cuando estos silban y ladran sus bárbaros
                        peanes, que rimbomban lejos, lejos y sacuden el aire caliginoso, que tiembla
                        saltando de espanto... a través de la borrasca... de los bufidos
                        exterminadores de la borrasca, que modela aquí y allá, por todas partes las
                        ondulantes cordilleras, que suben y bajan la cresta de espumas. Contempla
                        desde el crujiente maderamen de su buque las jarcias rotas, las velas
                        rajadas y las parábolas rápidas y violentas de los mástiles que se acuestan
                        al fin en la brusca tiniebla naufrágica... ¡Oh felices! ¡Los que han
                        encontrado en la barca salvada, donde descansar el cuerpo yerto! ¡Cómo besa
                        el velo perfumado el navegante! ¡Cómo salta a la playa, y cae de rodillas en
                        la estática contemplación de aquel ensueño de amor de sus largas noches
                        marinas! ¡Cómo murmuran lentamente las ondas la oda nupcial bajo el plácido
                        azul! </p>
                    <p>Dolores salió en la mañana al jardín, mientras Genaro llegaba con una carta,
                        que le alcanzó con el sombrero en la mano. Era sencilla y corta; y tenía
                        perfumes de violeta. Estuvo mirando un rato el sobre, que estaba escrito con
                        su letra sobre el rosado color. Al retirarse dijo a Genaro: que está bien...
                        que lo esperamos y lo miró irse, acordándose de aquel día, en que ella lo
                        había seguido, cuando se llevaba todos sus recuerdos... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XII -</head>
                    <head type="sub">En la facultad de medicina</head>
                    <head>
                        <seg rend="italic">Examen de D. Manuel de Paloche y otras alcurnias</seg>
                    </head>
                    <p>Fue un gran día aquel para la Facultad de Medicina. D. Manuel de Paloche y
                        otras alcurnias cumplía cuarenta años y debía repetir su examen de anatomía.
                        Los estudiantes preparaban la algazara formidable. Durante ese año, en que
                        D. Manuel frecuentaba día a día la clase, habían tenido tiempo de conocer el
                        atropellado desbarajuste de aquella inteligencia. Era la segunda vez que
                        repetía la prueba y comentaban en anécdotas risueñas sus contestaciones
                        disparatadas, llenas a veces de profunda intención. Sorprendía su manera
                        sentenciosa y solemne de decir algunas cosas y revelaba en sus
                        contestaciones cierto corte original de pensador. Sabían los estudiantes,
                        que Paloche no había podido retener la anatomía porque había ido perdiendo
                        la memoria, a medida que el juicio iba tomando las de Villadiego.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Toda esa endiablada trama del cuerpo humano con vislumbres de púrpura
                        caliente, la red intrincada del sistema nervioso, arrojando filetes en todas
                        direcciones cargados de las emanaciones vibrantes de la vida para la
                        nutrición y el movimiento y la masa roja y resbaladiza de los músculos
                        habían perturbado su cerebro. El esqueleto bailaba en la noche al lado de su
                        cama la danza macabra y él buscaba sin encontrarlos muchas veces los nombres
                        de sus caras, bordes, epífisis y apófisis y agujeros. De repente iba
                        caminando y lo perseguía un ojo. Blanqueaba delante de su pupila con el
                        grande óvalo y se iluminaba por dentro en el resplandor rojo de la retina.
                        Paloche veía amenazas en aquel color escarlata y daba una tendida violenta;
                        pero las visiones se multiplicaban y aparecían en todas partes pupilas
                        burlonas y agachadas como en acecho. Paloche sacudía sus hombros diciendo:
                        ya triunfaré, y seguía su camino. Tropezaba de repente en el cono rojo del
                        corazón. Oía el tic-tac que parecía un rezongo siniestro de derrota, y veía
                        el torbellino de la sangre, atormentado por la necesidad de arrojar la vida
                        a la célula, surcar los canales nacarados de las arterias, cuyos nombres
                        había olvidado. No importa, adelante; yo daré examen, pensaba y cuando
                        despertaba en su dormir agitado, sentía dentro del pecho el sonido rítmico y
                        espeluznante: tic-tac-tic-tac. A veces estaba tranquilo estudiando y recibía
                        con temblores la visita del cerebro, ese gran señor olímpico del organismo.
                        Se detenía al lado de él con los extraños culebreos de su trama delicada,
                        blanda y marmórea partido en dos, como si eso fuera el espíritu humano; la
                        mitad sensatez y luz y la mitad demencia y sombras. Él se hundía en sus
                        meditaciones. Confesaba que no sabía el cerebro. Lo único que se acordaba
                        era la situación de esa fresa roja de la glándula pineal y eso porque según
                        el sabio aquel estaba escondida allí el alma. Gracias a la naturaleza que la
                        metió donde no se viera. ¡Qué rasgo de genio! ¡Miren ustedes, pensaba D.
                        Manuel, si estuviera en los ojos, como dicen muchos, aleteando en plena luz!
                        ¡Qué espectáculos desagradables!... </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Paloche era ilustrado. Había leído mucho. Se deleitaba en los grandes hechos
                        históricos. Encontraba sublime la pasión de Jesús. Veía la gran trayectoria
                        de la cruz a través de los siglos, pero cuando estudiaba las curaciones
                        rápidas de esos enfermos, arrodillados a los pies del Nazareno, implorando
                        salud, no encontraba lógico el milagro. ¿Para qué ese divino derecho? ¿No
                        era mejor haber buscado el remedio universal en la naturaleza y haberlo
                        trasmitido a la posteridad? ¡Si él lo encontrara! ¡Qué gloria y qué riqueza!
                        Se hizo caminador de la campaña y volvía a su casa con grandes atados de
                        yerbas. Compró retortas, hornos y morteros. Parecía un alquimista y pasaba a
                        veces la noche, mirando la ebullición de sus pócimas. Creía, que en algunas
                        de aquellas condensaciones oscuras iba a encontrar la panacea y fue el
                        precursor de los partidarios de la quinta esencia, y de esos tranquilos
                        sabios de las diluciones infinitesimales. Tuvo enfermos, que tragaron
                        aquello y sucedió lo de siempre. Unos curaban y otros morían. Ninguna de
                        esas cosas suyas era la panacea. Era necesario buscarla en otro principio.
                        Despertaré la vida moribunda con el movimiento, decía. Asomó el masaje, pero
                        para eso era necesario tener un título para librarse de muchas majaderías...
                        Ya no estaba aquel malvado Valverde para certificar las defunciones. Se
                        matriculó en la Facultad. Al principio suscitó el asombro. Era la primera
                        vez que había un discípulo de esa edad y los estudiantes lo miraban como a
                        un animal curioso. D. Manuel de Paloche llegaba siempre, con su libro de
                        anatomía debajo del brazo y conversaba con los muchachos mucho tiempo. Estos
                        le vieron al rato la tecla en la punta de la nariz y la hicieron sonar...
                        Paloche se destornillaba entonces... Narraba sus curas milagrosas. Definía
                        el masaje y lo dividía en capítulos desde el vaivén suave, con la blandura
                        de la caricia, que cura las palpitaciones y las gastralgias, hasta el brutal
                        apretón que despega las coyunturas crónicamente enfermas. Tomaba actitudes
                        de exorcistas y era un elocuente narrador de su manía. Llegaba a la Facultad
                        con su aire de buen hombre, la galera en la nuca, la nariz arremangada y
                        corta, los ojos vivos y pequeños. Fuera de aquello era reflexivo y hasta
                        risueño y jocoso cuando olvidaba sus desgracias. De cuando en cuando algún
                        chispazo de filósofo... </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Ese día lo rodearon todos. Estaba más parlero que de costumbre. Empezó a
                        juzgarlo todo, profesores, ciencia y estudiantes. Hizo con brillantes
                        coloridos la psicología del <seg rend="italic">Pan francés</seg>. Los
                        muchachos lo escuchaban.</p>
                    <p>Es una arma terrible en manos de ustedes, exclamaba Paloche. Es la sátira
                        escrita con los pies y la ironía, que flagela con polvo y ruido el rostro
                        del maestro. A veces aquel sonido acompasado, que se inicia tímido aquí y
                        allá y puede llegar hasta el estampido, significa el desenfreno del
                        espíritu, jocoso por su uniformidad y violento por su fuerza, que anonada la
                        timidez, achata la ignorancia y arroja lodo y baldones al profesor
                        tiranuelo. Con estos últimos, sobre todo, no se gastan palabras y entonces
                        el <seg rend="italic">pan francés</seg> podría sintetizar todas las
                        reacciones y todos los denuestos.</p>
                    <p>Es la audacia y la protesta y el guante arrojado altivamente al orden y a la
                        disciplina y el porvenir tal vez entregado a las seriedades y a la sabiduría
                        de relumbrón. Al lado del niño, que borronea el cuaderno y corroe el libro
                        en sus bordes, el adolescente ha encontrado esta mueca, sin conocer tal vez
                        su espíritu espléndido y filosófico, sin saber que en el fondo es una mezcla
                        de amena e insolente procacidad y de los últimos retozones infantiles; una
                        síntesis que condensa el prurito de la burla y es la chacota y la ira y la
                        impaciencia y la lluvia de mordientes alfilerazos.</p>
                    <p>Bravo, gritaron todos, aplaudiendo al cantor de la elocuencia unísona del
                        taco y D. Manuel estrechaba las manos de cada uno recibiendo todo género de
                        buenos augurios para su examen...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Con gentil continente y sin par donaire y ademán tranquilo y sosegado,
                        caminando con su libro de anatomía debajo del brazo y el gesto placentero,
                        se sentó D. Manuel de Paloche y otras alcurnias al lado de la mesa de
                        exámenes. Presidía el Dr. Polifemo.</p>
                    <p>Era la sala una vasta pieza rectangular y angosta, cuyas paredes se
                        levantaban empapeladas, ostentando aquí y allá retratos, las glorias médicas
                        allí conservadas -y se unían al techo blanco y liso con festones de flores
                        de yeso en su bordes y corona grande en el medio, de donde pendía oscilando
                        una lámpara. En el centro del rectángulo adherido a la pared un púlpito, con
                        anchas figuras alegóricas y las sillas dispuestas en hileras, dando frente a
                        la mesa. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El doctor Polifemo tosió, señalando uno de los examinadores.</p>
                    <p>El cerebro, dijo éste muy serio.</p>
                    <p>Órgano del pensamiento, contestó enseguida D. Manuel, aunque no rece la
                        doctrina con la religión cristiana.</p>
                    <p>No se le pregunta eso, dijo frunciendo el entrecejo el profesor... Siga Vd...
                        anatomía del cerebro.</p>
                    <p>Y asiento del espíritu, que los sabios colocan...</p>
                    <p>Vuelvo a repetirle... anatomía del cerebro.</p>
                    <p>Eso contesto pues, señor, replicó Paloche irritado.</p>
                    <p>Se sentían risas comprimidas.</p>
                    <p>Porque yo no soy, seguía éste, de los que se someten a aceptar opiniones, sin
                        discutirlas y al fin creo que deben siquiera dejarle a uno la libertad de
                        hablar.</p>
                    <p>Las risas se acentuaron.</p>
                    <p>Recapacite, señor Paloche, y cíñase a la pregunta.</p>
                    <p>Estoy ceñido, señor profesor. Pero antes de entrar al fondo del asunto, hago
                        observar, que un órgano de tanta importancia, merece sus consideraciones
                        psicológicas.</p>
                    <p>No divague... al grano, al grano, señor.</p>
                    <p>No es divagar hacer psicología, contestó recio Paloche. </p>
                    <p>Basta, rugía Polifemo y tosió. Las risas se multiplicaron con cierta
                        seguidilla sorda.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El doctor Polifemo indicó a otro profesor, para que examinara...</p>
                    <p>El corazón, señor.</p>
                    <p>En este caso, no voy a empezar con la vulgaridad de que es un músculo hueco,
                        porque esto repugna a la altivez de mi alcurnia intelectual. Prefiero decir
                        que es allí donde los sentimientos tienen su nido palpitante.</p>
                    <p>Está Vd. dando examen de anatomía, dijo Polifemo.</p>
                    <p>Pase lo de músculo hueco, contestó Paloche, pero no puedo dejar en silencio
                        las relaciones que tiene con el cerebro, por sus nervios, arterias y
                        venas.</p>
                    <p>¿Cómo se llaman? Preguntó el profesor. En este momento se había hecho en la
                        clase un poco de silencio.</p>
                    <p>La aorta y las carótidas, contestó D. Manuel triunfante y las venas... las
                        venas... Paloche no se acordaba y retiró su cabeza hacia atrás.</p>
                    <p>Portas: sopló un estudiante.</p>
                    <p>Portas replicó Paloche... Hubo como un espasmo de todos los tórax, como un
                        salto brusco del diafragma mientras éste seguía impertérrito: tanto señor
                        profesor que los antiguos las llamaban: <seg rend="italic">porta
                            malorum</seg> como que los males de la humanidad nacen de los
                        sentimientos exagerados y de la exacerbación de las pasiones...</p>
                    <p>Basta, señor, basta. Esto es insoportable decía el profesor, en momentos en
                        que estalló sonora e irresistible la carcajada.</p>
                    <p>El doctor Polifemo se apretó el vientre, para no reírse y tosió con toda
                        calma y señaló a otro de los profesores. Era necesario agotar todos los
                        medios para que el fallo fuese justo.</p>
                    <p>Este levantó un hueso y dijo: ¿El esfenoides, señor?</p>
                    <p>¡Ah! Sí. Hueso largo.</p>
                    <p>¿Qué dice?</p>
                    <p>Corto, señor profesor, base del cráneo y...</p>
                    <p>Le pregunto, dijo el profesor, revolviéndose con rencor en el sillón, la
                        anatomía del hueso, sus relaciones y órganos que lo atraviesan.</p>
                    <p>Estábamos en los preludios del <seg rend="italic">pan francés</seg>. Algún
                        tacazo aquí y allá, ciertas cepilladas tímidas del piso y una atmósfera de
                        inquietud y de algazara.</p>
                    <p>Como venía diciendo, contestó Paloche, ese hueso forma la base del cráneo, y
                        su cara superior lleva el nombre de silla turca, con ese bárbaro exotismo y
                        con esa nomenclatura de ultratumba, que nos ha sido regalada por los
                        autores, porque si uno piensa con serenidad no puede menos que criticar
                        acerbamente...</p>
                    <p>Basta, basta, repetía el profesor levantándose.</p>
                    <p>Polifemo tosió, agitó la campanilla con sonido estentóreo, mientras un
                        ¡hurra!, de palmoteos, y de carcajadas y de retumbamientos del piso
                        desordenado, saludó las últimas palabras de D. Manuel de Paloche, que movía
                        la cabeza a un lado y otro, repitiendo: Estaba escrito. Tan luego este
                        maldito esfenoides, que nunca me lo pude meter en la cabeza.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>D. Manuel se retiró entristecido. El esfenoides lo perseguía y se le hincaban
                        en las carnes sus apófisis. Llegó a su casa desvencijada al caer la tarde.
                        En su rincón acurrucada estaba la mujer demente mientras Adela, la última
                        hija leía un libro le medicina. Paloche entró con violencia y se lo arrebató
                        y lo arrojó al medio del patio. Enseguida abrió su biblioteca y fueron los
                        volúmenes uno tras otros a sacudirse desencuadernados contra el cerco de
                        moras. Volaron los morteros y las retortas de vidrio y los tubos de ensayo y
                        los matraces y se hicieron añicos retumbando por el piso de ladrillo. Aferró
                        un hacha y mientras las mujeres se retiraban asustadas al fondo, D. Manuel
                        hizo saltar los vidrios de la biblioteca y rajó a lo largo sus tablas y las
                        despedazó en fragmentos. El barrio se llenó de rumores, mientras los lanzaba
                        fuera. Corrió a la caballeriza, donde el jamelgo tordillo, blanco, flaco y
                        sucio comía con el pescuezo estirado y se echó al hombro un gran montón de
                        paja. Colocada en el medio del patio, después de haberle agregado las
                        bolsas, que contenían sus yerbas milagrosas, le prendió fuego. Comenzó el
                        crepitar estridente y humo en grandes globos oscuros, que se atropellaban
                        arriba y la llamarada a cundir en devoradoras líneas ardientes, hasta que se
                        produjo un rumoroso resoplido. Eran cenizas y chispas, que saltaban
                        arrebatadas por las columnas de fuego, que habían hecho una colosal hornaza,
                        mientras los fragmentos de la madera se encendían arrojando humo de sus
                        puntas. Se veía en aquel esplendor la silueta oscura de Paloche caminar
                        agachada aquí y allá y recoger los libros y tirarlos al fuego
                        desencuadernados. Este recrudecía a cada rato en violenta llamarada,
                        apoderándose de ellos devastador y voraz mientras, caída la noche los
                        reflejos de la hoguera se dilataban lejos, iluminando las quintas
                        vecinas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Todo el barrio acudió a la casa de D. Manuel y penetraron muchos al patio y
                        querían apoderarse del pozo, para apagar el incendio. Pero la figura
                        amenazadora de Paloche, que caminaba alrededor del brocal de ladrillo con el
                        balde en la mano los contenía. Carlos Méndez llegó también acompañado de
                        Genaro. Todos los que estaban por allí en el tumulto aquel le abrieron paso,
                        mientras el rostro de Paloche se serenaba. Méndez le dio la mano y las
                        gracias por el señalado servicio, que habían recibido aquella funesta
                        noche.</p>
                    <p>-Nada, nada, doctor, son deberes de compañerismo, dijo D, Manuel... Imagínese
                        que estos individuos querían impedirme quemar los libros.</p>
                    <p>-Pero ¿por qué hace Vd. eso? Preguntó el médico.</p>
                    <p>¿Por qué? ¿Y Vd. no sabe? Esto estaba escrito, D. Carlos.</p>
                    <p>-No entiendo. </p>
                    <p>-Los he incinerado por inútiles.</p>
                    <p>-Le confieso, que no alcanzo las razones de este acto.</p>
                    <p>-Yo le explicaré. Para curar enfermos es lo mismo tener libros, que no
                        tenerlos. La naturaleza es la que cura.</p>
                    <p>-Me permito no pensar como Vd. tan en absoluto, decía con toda tranquilidad
                        el doctor Méndez.</p>
                    <p>-Y después seguía Paloche, tenga Vd. la desgracia de ser un intelectual y
                        hágase un sabio. Eso bastará para que nadie lo llame.</p>
                    <p>-Lo encuentro escéptico como los viejos médicos. Yo creía, D. Manuel, verlo
                        más juvenil y contento.</p>
                    <p>-¿Yo, contento? ¿Ha gozado Vd. la completa alegría alguna vez? Vd. tiene
                        treinta años y ha encontrado razonable pegarse un tiro. Yo le pregunto ahora
                        si las tristezas y los ímpetus que le agitan a uno la cabeza, no lo han
                        encanecido prematuramente.</p>
                    <p>-Es cierto, contestó Méndez.</p>
                    <p>-¿Quiere Vd. estar contento? Yo le voy a decir lo que tiene que hacer. Busque
                        el sueño que significa la inconsciencia. Atúrdase en la orgía, donde los
                        sentidos fascinados lo arrebaten fuera de su ser moral. Embriáguese de vino,
                        de perfumes y de melodías; tenga el espasmo del goce y la ausencia frenética
                        de un cuarto de hora. Así será feliz.</p>
                    <p>-Pero ¿quién es Vd.? Preguntó Méndez, asombrado de aquella figura extraña,
                        que se erguía iluminada.</p>
                    <p>-Escuche toda la historia. No me interrumpa. Después se lo voy a decir. Ya
                        los rumores de la fiesta se han desvanecido y Vd. ha vuelto al silencio de
                        su casa. Por la mañana ha despertado de su sueño. Aparece entonces la grima
                        y le empieza a lastimar el pecho. Camina con Vd. y se sientan a su lado en
                        la mesa y es la profunda cosa amarga y el más allá, que le tortura la cabeza
                        cada minuto y que Vd. no conseguirá nunca...</p>
                    <p>-Confieso, agregó Méndez, que yo no lo conocía a Vd. bajo esta faz...</p>
                    <p>-Por eso me pregunta quién soy. Bueno.</p>
                    <p>-Yo soy un loco. Pero yo también querría que me enseñaran un hombre cuerdo...
                        No levante la mano para decirme que no es cierto... Yo he vivido oscuro y
                        virtuoso mucho tiempo. Pero tengo, como casi todos mi demonio, que me hace
                        salir de quicio. Veo la vida de los demás como un sueño embriagador y eso me
                        entristece. Yo me siento pequeño y necesito ser como ellos; quiero renombre
                        y riquezas. Entonces leo todo lo que encuentro a mano y no como, ni duermo,
                        ni descanso. Me preocupa la idea de los enfermos; empiezo a asistir y
                        observo que muchos se curan en mis manos, sin conocer yo la enfermedad... Me
                        hago herborista, buscando la panacea con paciencia y tenacidad. No me da
                        resultados y resuelvo estudiar. Doy examen y se pretende que yo me atasque
                        la memoria con nombres bárbaros y entonces los profesores apalean mi
                        inteligencia y la revolucionaria manera de raciocinar sobre los órganos...
                        Pero esta derrota no destruirá mi iniciativa y no hará morir mi panacea.</p>
                    <p>-Vd. tiene una panacea y ha quemado sus libros, ¿cómo se explica eso? Dijo
                        Méndez.</p>
                    <p>-Sí, la tengo y yo la haré célebre y para qué necesito libros. Yo los tengo
                        aquí y se dio un gran golpe en la frente.</p>
                    <p>-¿Vd. la hará célebre? dice...</p>
                    <p>-Sí, yo... porque en este mundo nadie le va a dar a Vd. la mano para
                        levantarlo.</p>
                    <p>-¿Y de qué manera? Preguntó el médico.</p>
                    <p>-Escribiendo.</p>
                    <p>-Pero para eso se necesita inclinación y saber hacerlo.</p>
                    <p>-Yo estudiaré. Escribiré prosa y haré versos.</p>
                    <p>-Dios lo libre, señor Paloche.</p>
                    <p>-Escribiré un poema épico sobre mi panacea. </p>
                    <p>-Le aconsejo que no lo haga, dijo Méndez, que veía volver la locura y temía
                        alguna exaltación.</p>
                    <p>-Que sí, repetía Paloche. Treinta cantos...</p>
                    <p>Las curas maravillosas y citaré los casos extraordinarios. Seré el gran
                        terapeutista milagroso.</p>
                    <p>-Pero ¿no sería mejor, dijo Méndez, que Vd. volviera a cuidar las tierras de
                        sus padres? ¿No le daría más tranquilidad eso?</p>
                    <p>-¿Las tierras? A mí. No me conoce Vd. Ahí está mi hijo Juan, un degenerado,
                        indigno de su prosapia, metido en la chacra el día entero detrás del arado.
                        A mí. ¡Bah! ¿A un Paloche? Con esos consejos no vamos a conservar la
                        amistad, D. Carlos -y le extendió la mano como para despedirle.</p>
                    <p>Méndez la estrechó con gran pena, meditando sobre la suerte de tantos, que
                        son y no parecen, como D. Manuel de Paloche y los veía salirse fuera de su
                        círculo y desmoronar sus casas y perderse para siempre... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XIII -</head>
                    <head type="sub">Idilio</head>
                    <p>Estaban sentados los dos en la sala de la casa del Río, en esa noche fría de
                        julio, él con su levita negra cruzada y abotonada hasta abajo, el cuello
                        alto y blanquísimo, rozando la barba oscura, mientras el gran moño de la
                        corbata de raso salida adelante, prendido el alfiler de oro, que engastaba
                        un topacio cuadrado de suave y transparente luz amarillenta.</p>
                    <p>Eran sus ojos grandes y castaños de dulce y triste mirar esa noche, como si
                        tuvieran destellos de aquel su espíritu pensativo y reflejaran el cansancio
                        de sus soliloquios de filósofo. Había en su rostro pálido y varonil y en la
                        frente que solía contraerse con brusquedades ásperas de pasión tanta
                        placidez, en ese momento, que hubiérase dicho, que un hombre nuevo y
                        resignado había entrado a vivir en su viejo mundo sombrío, sacudido por la
                        interna y desesperada lucha. Parecía un combatiente, de esos que vuelven de
                        la batalla el rostro ennegrecido de su sudor y pólvora y encuentran al fin
                        la cristalina fuente del sendero y refrescan allí la cabeza desgreñada y se
                        sientan y duermen entre el murmurio del agua, que cae y se desliza
                        lejos...</p>
                    <p>Al lado de él, silenciosa también, Dolores del Río, hermosa en su traje de
                        seda lila, cubierta el busto de una bata negra de terciopelo y prendido
                        aquel ramo de violetas amarillentas y marchitas, que Méndez le había
                        regalado la noche del baile. Ella había pasado el día tan largo, caminando
                        por la casa, agitada, saliendo al jardín y cruzando los senderos en medio de
                        las figuras caprichosas de la arboleda desnuda y rígida, que se dibujaban en
                        el piso y paseaba en medio del sol a veces, como si quisiera mezclar los
                        esplendores de luz de su corazón a la alegría de sus rayos... En medio de
                        todo a pesar del frío, ella vagaba gozosa sobre la alfombra de hojas secas,
                        que cuchicheaban debajo de sus pasos, con estridentes murmullos y miraba
                        volar los jilgueros, que se detenían en bandadas inquietas, columpiándose en
                        las puntas agudas de las ramas. Los veía moverse, distraída, y saltar a los
                        canteros y correr apresurados extendiendo las alas y volver a posarse,
                        inclinados, sobre los rosales deshojados a picar los últimos botones
                        marchitos. Caminaba en el delicioso encanto arrullada por el júbilo
                        inimitable de aquellos gorjeos. Había allí himnos y madrigales
                        estremecedores, como en el ruido de las plumas de oro. Los bordes del vergel
                        tupido y verde del follaje de las violetas temblaban en el roce del ruedo de
                        su vestido y las corolas abrían los pétalos zafíreos cerca de sus grandes
                        ojos virginales. Extendía la mano para cortarlos. Miraban entonces la gentil
                        enamorada y le ofrecían el ramillete sutil y finísimo de sus perfumes.
                        Miríadas de alas volaban de sus corolas a saturar de esencias el largo
                        vestido de paño gris, mientras los lazos del cinturón de seda resbalaban
                        besando la copa de la camelia, abierta y marmórea... Bajo el aroma en flor,
                        a través de la exquisita emanación de las bellotitas amarillas, que
                        empezaban a brotar, de blanca trama sérica en sus prismas deleznables,
                        cruzaba Dolores la mañana, meditando las auroras de otros tiempos... los
                        paseos de dos años atrás por aquellos mismos senderos protegido su rostro
                        por la primavera riente de su sombrero de paja, de ala ancha, rutilando de
                        lejos los rubíes esféricos del gran ramo de cerezas, sujeto al ángulo que
                        forma la copa con un alfiler de oro...</p>
                    <p>Era el idilio, que le llevó esa noche muchas veces al dormitorio y la hizo
                        mirarse en el espejo de sus roperos, sentarse a leer los manuscritos de
                        Méndez y soñar con aquel náufrago erguido sobre la proa de la barca,
                        entonando la melopea de amor. Se sentó al fin a la mesa, al lado del viejo
                        abuelo y conversó tantas cosas amables, mecida en el gárrulo abandono de las
                        alegrías que no tienen palabras, arrullando el vasto comedor silencioso con
                        la amena y elegante frivolidad de sus cuentos. Luego esos silencios suyos
                        tan de repente, sin razón, en medio del diálogo fino y chispeante de gracia
                        y la voz grave y solemne del abuelo, llevándola otra vez al glorioso
                        comedor... Y conversaba de nuevo con cierto apuro afanoso, como si los
                        panoramas, maravillosos de áureo y estival esplendor y parleros boscajes
                        pasaran uno tras otro a través de su memoria y no tuviera tiempo de
                        encontrar las frases para revelar el temblor profundo y fugitivo de las
                        sensaciones felices. Era como un éxtasis coronado de la seráfica luminaria
                        de la beatitud celeste. ¡Oh los creyentes! ¡Cómo serían venturosos,
                        suponiendo la vida del cielo, igual al divino aturdimiento de la pasión que
                        se reconcilia y perdona!</p>
                    <p>Por eso, cuando daban las ocho, ella tomó al abuelo del brazo, juguetona y
                        risueña y lo llevó a la sala, como si tuviera necesidad de infundir en su
                        alma envejecida toda la poesía enamorada de su espíritu. Le hablaba de sus
                        recuerdos juveniles, de aquel gran ciclo de gloria gigantesco en su sombra
                        heroica y hercúlea que calentaba todavía sa soberbia cabeza de ochenta años.
                        Él se sentía feliz. Dolores lo arrebataba, a pesar de sus resistencias
                        calladas, dentro de aquella embriaguez de la dicha y lo hacía revivir en esa
                        hora resonante de sobrehumanos frenesíes. Estaba casi alegre. Encontraba
                        lógico aquel bienestar de la niña. Si no fuera por que aquella casa se iba a
                        quedar tan fría y desierta y con tanta melancólica reminiscencia. ¡Qué hondo
                        sentimiento de ternuras nos arrebata siempre la noche de los blancos
                        azahares!</p>
                    <p>Ella se arrodilló cerca de la chimenea, un frontis de templo en miniatura, de
                        mármol ceniciento y amplios rasgos rojos, que mostraba su boca oscura y
                        helada. Hizo traer brasas y pequeñas ramas secas y empezó a salir humo negro
                        y denso hacia el caño. Estallaron aquí y allá vivaces y pequeñas llamas,
                        como culebreando entre los intersticios y ella colocó después las astillas
                        del sauce, suspendidos entre la reja bróncea de adelante y la pared de
                        hierro del fondo. Empezaron a salir hilos y nubéculas de humo, luego se hizo
                        un cuchicheo estrídulo, gritos y gemidos lastimeros y se desató el lenguaje
                        jovial de las chispas con la brevedad cáustica del epigrama. Surgieron
                        lenguas de fuego trémulas y teñida de esfumaturas irídeas, que se retuercen
                        en el brazo ardiente y cantan en el beso fugitivo la estrofa de los
                        madrigales enamorados, mientras la brasa de los bordes, que tienen la
                        inmóvil seriedad roja, se cubre de arreboles diáfanos. Por arriba revienta
                        al fin el espasmo sonoro de la alegría del fuego entero, entero. Los
                        fragmentos del sauce arden por todas partes, llenando de esplendores la masa
                        de hierro con anchos reflejos sobre la alfombra, como si todas las figuras
                        geométricas, dibujadas un instante en lo alto, se hubieran confundido en
                        formidable abrazo, crujiendo y escopeteando la carcajada demente del himno
                        báquico, con ruido de fracturas de copas y retintín de cristales y chirridos
                        de líquido ámbar derramado, mientras el caño oscuro muge tartáreas octavas
                        de epopeya y arrebata fuera zumbando la columna de humo. Al rato caen debajo
                        de la reja transversal, cenizas y puntas de fuego, deshecha y moribunda la
                        brasa.</p>
                    <p>Los dos estaban sentados cerca de la chimenea. Los reflejos rojizos
                        iluminaban el rostro del abuelo, brillante la barba cuadrada y larga, y los
                        cabellos en el esplendor cayendo, sobre las espaldas en largos bucles de
                        nazareno, mientras el terciopelo negro restallaba, como de bruñido espejo la
                        imagen temblorosa de la lumbre... hasta que Carlos Méndez entró y fue el
                        abuelo del Río a recibirlo...</p>
                    <p>Poco hablaron de ellos esa noche, por lo mismo, que tenían tanto que decirse.
                        Pasearon del brazo, se acercaron al fuego, miraron uno después de otro los
                        grandes cuadros, cuyo marco dorado había perdido su brillo y que tenían aquí
                        y allá zonas negruzcas, agrietadas las telas de colores apagados y sombríos,
                        esos viejos anacoretas, de rostro enjuto y arrugado, que viven todavía en
                        muchas casas y las vírgenes, que destacan entre la seca tiniebla de las
                        telas sus perfiles cetrinos. Dolores le enseñaba los retratos de su padre,
                        rodeado de la lúgubre y funeraria leyenda y la madre pálida y diáfana,
                        caminando hacia temprana muerte melancólica y mártir. Ella tenía temblores
                        en la voz, cuando él se detenía en el medio de la sala tibia e inclinaba un
                        poco su oído para escuchar mejor. Se había propuesto no perder ni una sola
                        de sus palabras. Su voz era una armoniosa sucesión de sonidos, que hablaban
                        en lenguaje patético de la vieja historia de amor, como si fuera una
                        gloriosa resurrección. Así esas músicas populares de las correrías de niños
                        oídas más tarde, ya ancianos, nos traen a la memoria los temblores de las
                        horas placenteras de entonces... Se sentía feliz al lado de ella. Estrechaba
                        aquel brazo mórbido y oía crujir la seda, rozando las alfombras. Había
                        perfumes en su camino y regalaba al ambiente el ritmo acariciante de su voz
                        fresca. Era la gentil triunfadora tímida. Él la hacía vivir esa noche,
                        dormido el florido rostro divino, en el embeleso sobrehumano de su corazón,
                        que tenía la profunda fruición callada. Pero así tan cerquita, caminando,
                        conquistada en la órbita de luz de sus ojos, ella iba a sentir las ternuras
                        inenarrables de su arrepentimiento magnánimo. Si no saltaban de repente
                        fuera hechos pedazos en la frase ardiente y dominadora los nimbos de aquel
                        poema de pasión, era porque él los había lastimado con sangre, cuando era el
                        perverso, que tenía el bárbaro desaliento suicida. Él quería caminar mucho
                        tiempo, genuflexa el alma, ante la majestad de aquella dulce hada quimérica,
                        vivir dichoso, para que los horizontes sombríos de su vida se iluminaran un
                        gran rato del esplendor de su mirada tan etérea. Él tenía miedo. No quería
                        que aquello fuera un sueño efímero y que Dolores se acordara que él la había
                        hecho sufrir dos años las pesadumbres silenciosas. Retiraba un poco su brazo
                        entonces para mirarla. Ella seguía conversando tranquila y dichosa de
                        alegría...</p>
                    <p>Esos eran los mismos muebles de caoba y terciopelo rojo. Allí estaban los
                        cuadros de otros tiempos y aquel piano derecho, y mudo y luciento. Él los
                        saludaba, como a viejos amigos. Cada uno de ellos conocía algún secreto de
                        aquel primer idilio muerto y había oído acentos apasionados, cuando él le
                        traía flores a la noche. Cerca de la chimenea, habían conversado antes
                        muchas veces, meditando la vida eternamente deliciosa, siempre juntos,
                        absortos en la profunda inconciencia del ensueño enamorado, el poema largo e
                        idílico hasta la muerte, sin sospechar siquiera los dolores futuros. Y luego
                        Enrique Valverde, que pasaba tanto por la casa... la puñalada brutal y
                        rencorosa de los primeros celos, la decisión salvaje de fracturarle a ella
                        su cariño en el rostro, pulverizado volando a los vientos, las arremetidas
                        bruscas de su corazón, y el luto de su cerebro crucificado... Esos ascetas
                        lo miraban en esas noches con todas las flacuras lívidas de largas y
                        penitentes maceraciones. Se asomaban de los grandes marcos dorados, cuando
                        él hablaba las palabras irritadas y la veían a ella retirarse con las manos
                        entrelazadas adelante, la cabeza inclinada sobre el pecho de sollozos,
                        lentísima, la curva de la cola de su largo vestido, deslizándose silenciosa.
                        La noche antes del baile, cuando él entró con la cara descompuesta, y estuvo
                        amargo y usó la sátira procaz, la vieron levantar hacia él los ojos tristes
                        y lagrimosos para decirle: eres injusto y malo, injusto y malo y cuando
                        salió fuera tormentoso los ascetas lo seguían mirando y señalándole en las
                        arrugas de sus rostros las horas del remordimiento... Y ahora estaba otra
                        vez allí y era señor de aquella espléndida criatura, que le mostraba todos
                        los juguetes de la sala apurada, y dichosa, como si todas aquellas
                        pequeñeces dieran forma tangible a las aéreas nimiedades sonrientes de su
                        imaginación. Cómo aman las transparencias del tul, estas Diosas de lo
                        infinitamente pequeño, pensaba Méndez mirándola, cómo se deleitan en el
                        espejo, que restalla luz y refleja las nítidas viviendas, y se marean en las
                        aguas del moaré que ondea, como idolatran las joyas y las blandas caricias
                        del terciopelo...</p>
                    <p>Se habían sentado al fin en el sofá rojo. Ella tenía en sus manos una
                        miniatura de marfil, una novia que ofrecía en el altar su corona de
                        azahares.</p>
                    <p>Espléndida, dijo Méndez; una obra de arte.</p>
                    <p>-Ya antes estaba. ¿No recuerda Vd.?</p>
                    <p>-No recuerdo. Tanto tiempo y tantas cosas que han pasado...</p>
                    <p>-Hubo un momento de silencio. Ninguno de los dos se atrevía a continuar de
                        miedo de rozar la herida.</p>
                    <p>¿Sabe Vd. que, he observado una cosa? Dijo al rato la niña.</p>
                    <p>-¿Qué? Dolores.</p>
                    <p>-Vd. está muy silencioso.</p>
                    <p>-Es cierto. No hago sino escucharla. Quiero llevar en mi cabeza toda su alma
                        de santa bondadosa y empezó el médico a mirar los cuadros, que estaban
                        enfrente, como distraído.</p>
                    <p>-¿Qué atractivo tienen esas pinturas, que las mira tanto?...</p>
                    <p>-No ve, Dolores. Fíjese qué ráfagas de alegría cruzan las telas oscuras. Ese
                        anacoreta que está allí y tiene el libro abierto con tapa de pergamino, ha
                        levantado su cabeza para mirarnos mejor. Parece que reflejara en sus ojos la
                        suprema felicidad del arrepentimiento. Eso hace olvidar los cilicios, que le
                        rasgan a uno las carnes.</p>
                    <p>-Porque siempre hay quien reza por la desventura y Dios escucha la plegaria,
                        dijo Dolores.</p>
                    <p>-¡Benditas sean las celestiales criaturas! Exclamó Méndez.</p>
                    <p>-¿Vd. sabe dónde está el premio? Preguntó la niña.</p>
                    <p>-Méndez movió la cabeza sonriendo.</p>
                    <p>-Yo se lo voy a decir. Hacer el bien significa adquirir la perenne dulzura
                        del corazón. Eso sí que es vivir en la luz. Ese es el premio.</p>
                    <p>-Yo he tenido la intuición de ese estado psicológico, nunca lo he vivido,
                        murmuró el médico, como si hablara consigo mismo. </p>
                    <p>-¿Y sabe Vd. lo que sucede después? Siguió Dolores. ¿Ve ese cuadro, que está
                        sobre la chimenea?... Un mártir con las órbitas excavadas y el rostro
                        seráfico, rodeada la blanca cabeza de una auréola de luz.</p>
                    <p>-Sí, dijo Carlos, arrebatado por aquellas palabras. Veo, que ha arrojado
                        hacia atrás su cabellera, la frente elevada, abalanzando su cuerpo en un
                        espasmo de éxtasis pasional y detrás la sombra profunda de una selva
                        tenebrosa, que lo va empujando.</p>
                    <p>-¿Qué más? Carlos.</p>
                    <p>-Y los reflejos dorados de la lumbre que aletean sobre la tela.</p>
                    <p>-¿Y qué más? ¿Qué más? Insistió Dolores.</p>
                    <p>-Yo veo sus heridas ahora, dos enormes llagas oscuras en las manos y los pies
                        de sangre.</p>
                    <p>Se habían levantado los dos, acercándose al cuadro.</p>
                    <p>-¿Y qué más? Seguía la niña, conteniendo la profunda emoción.</p>
                    <p>-Mi herida, Dolores, dijo el médico y tuvo un vigoroso estremecimiento, el
                        frontal hundido, el grumo negro de la fractura... ¡Oh desventurado hermano
                        mío!...</p>
                    <p>-¡No! ¡No! ¡No! Mire más arriba en el ángulo de la izquierda... </p>
                    <p>-Ángeles, que asoman las mejillas rosadas y arrojan palmas y lirios.</p>
                    <p>-Y hablan el lenguaje del perdón, replicó Dolores, y de las glorias que no
                        tienen ocaso. Tú no eres, Carlos, un desventurado...</p>
                    <p>El médico se comprimió la cabeza con ambas manos y la movía con tristeza.</p>
                    <p>-Ya sabía esto, dijo al rato. Ya mi madre me lo había dicho. Tú vas a ser
                        feliz porque ella es generosa y buena. Yo, Dolores, he delinquido... ya lo
                        sé; pero después he castigado con una bofetada feroz esa perversidad, y
                        hubiera deseado quemar todas mis pasiones en aquel fogonazo y hubiera
                        deseado morir. Por que yo presentía entonces, la honda voluptuosidad de esa
                        eterna paz... rodeado de la estrecha cosa lóbrega del sepulcro, mirándome
                        acostado dentro de mi traje negro y después el vacío infinito y la
                        sordomudez de todas las cosas vivientes... Yo me había olvidado de ti y de
                        mi madre y era un espectro en aquella casa helada y desierta. Mejor era
                        morir...</p>
                    <p>-No, Carlos. Yo no quiero que sufras, interrumpió la niña con ímpetu
                        sollozante. Yo no quiero que sufras. ¡No! ¡No! Tú no tienes la culpa, porque
                        sos así ya... como el náufrago que se tambalea sobre el último madero y la
                        onda bárbara se lo arrebata. ¡Cómo quieres vivir tan solo, Carlos! Así...
                        sin querer a nadie... cuando se tiene un corazón como el tuyo... sin tener
                        una frente blanca que besar... porque nosotros siempre somos un poco chicos
                        para que sea lógico, que nos acaricien la mejilla y después...</p>
                    <p>-Dolores, interrumpió Carlos con tristeza... tú vas a padecer mucho al lado
                        mío, porque eres un espíritu egregio y una delicada mujer angelical... Si tú
                        me has perdonado yo me iré para siempre. Mi cabeza no es sana.</p>
                    <p>-¿Tú, irte? No. Yo no quiero, contestó la niña, poniendo sus dos manos
                        extendidas sobre los hombros de Méndez, y mirándolo con los ojos llenos de
                        lágrimas. Yo no quiero. Yo te voy a decir la verdad. Cuando sucedió eso, no
                        tuve nunca rencor contigo. Me dio tristeza, y te quería lo mismo. Y más... a
                        todas horas, en el comedor, y en la sala, en todas partes y tenía, asimismo
                        una suprema dicha de vivir con aquel dolor, y si te hubieras muerto después
                        cuando la herida, yo te juro, que me habría dejado ir al sepulcro despacio,
                        para sufrir mucho, mucho, infinitamente con la angustia de tu
                        recuerdo...</p>
                    <p>Dolores apoyó la frente sobre el pecho de Carlos y escondió en su seno los
                        sollozos mientras éste temblando en aquella emoción, le acariciaba el
                        cabello, diciéndole al oído dulces y enamoradas palabras y los últimos
                        restos del sauce ardieron crepitando, como si quisieran iluminar aquel
                        minuto sublime.</p>
                    <p>Fueron amores, cobijados más de una vez por el ojo curvo y ceniciento del
                        cielo, la enorme parábola de éteres grises, surcada a veces en líneas
                        serpentinas por fajas resplandecientes, la luminaria del sol, abriendo
                        canales, de bizarra y desordenada forma, a través de la capa plomiza y fría.
                        Sentían retumbar el trueno lejano. Miraban en silencio detrás de los vidrios
                        las gotas gruesas y veían los pájaros rodar en el aire, como huyendo de la
                        tormenta. Zumbaba el viento, elevando al cielo revueltos nubarrones del
                        polvo y se desataba la lluvia larga y rumorosa. Oían crujir las celosías y
                        el estampido de las puertas contra los marcos, mientras se agitaban en el
                        ventarrón las ramas desnudas de los árboles y movían sus flechas en amplio
                        balanceo los álamos de las lejanas quintas. Cerca el uno del otro... del
                        brazo... se miraban. Era el diálogo de siempre. Conversaban en el camino los
                        rayos oscuros de las pupilas y brotaba luz en la intersección. Eran las
                        anacreónticas del viejo idilio. -Él pasaba en su coche en las tardes
                        primaverales y ella lo sentía de lejos en el salto brusco del corazón. Y
                        después quedaba por allí siempre en su memoria vagando al lado de ella con
                        su cara seria y triste y sentía como metálicas y profundas vibraciones. Eran
                        los ecos de su voz. Solían hamacarse también entre el juego sonriente de los
                        diálogos picarescos y chistosos. Ella le contaba sus sensaciones infantiles
                        de terror aquella primera vez que lo había visto... Porque él era el brujo
                        solitario, según sus amigas, de rostro tenebroso, que celebraba satánicos
                        sábados en la noche profunda y se oían rumores en la calle silenciosa.
                        Después supo, que él escribía poemas a esas horas y se entretenía,
                        leyéndolos en su cuarto para aturdirse. Pasaban después al comedor y se
                        sentaban cerca del abuelo del Río, que leía cerca de una ventana, mientras
                        la lluvia fuera subdividida en gotas oblicuas y rápidas, caía delante de sus
                        ojos, como cohortes innumerables en fuga de perlas diáfanas... Conversaban
                        largo rato, hasta que llegaba la noche y se prendía el quinqué azul y se
                        añadía carbón a la estufa y aparecía la mesa blanca, con su centro de
                        cristal festoneado de aromas y camelias, luminosas las copas, y las
                        servilletas levantando el vértice del cono, fuera de sus aros de plata. </p>
                    <p>A veces los sorprendían las breves primaveras que entran con sus ráfagas
                        tibias en el aire glacial de julio. Miraban rejuvenecerse la pradera, que
                        bebía apurada la atmósfera húmeda y vivían alegres entre las salutaciones de
                        los colores vivaces al lado de los vergeles, por los senderos rojos del
                        polvo de ladrillo. Se detenían a cortar flores y se entregaban en esos
                        regalos mutuamente el diálogo de la gentileza y del perfume. Bajo el cielo
                        de azul sereno, en medio de la lluvia de los rayos de oro. A través de la
                        sublime bendición primaveral, al lado de las corolas de terciopelo
                        multicolor. Llevando del brazo aquella criatura ideal, sentía Méndez
                        revigorizarse el espíritu. Quería luchar y resurgir para que su vida estéril
                        de misántropo, se perdiera para siempre. Era el enamorado de las ásperas
                        batallas futuras. Iba a trabajar de nuevo y a derramar su sangre en la lucha
                        si era necesario y a dispersar las moléculas de su cuerpo. Era casi un
                        creyente. Soñaba el amor por la vida perenne, mirando a Dolores, que era su
                        inmortal égida alabastrina y sentía extrañas dulzuras tranquilas y todo ese
                        mundo atropellado de sus pasiones navegaba lejos y perdido tal vez para
                        siempre. Llegaba después a su casa, leía y meditaba. En vez de aparecer
                        sombras funerarias, como antes, a rasgarle las carnes, con las amargas
                        visiones, acudían en tropel aladas deidades celestiales, que lo ayudaban a
                        escribir los cánticos gloriosos de la esperanza. ¡Oh! ¡Si él no tuviera esa
                        cicatriz de la frente, ese feo costurón frenético que no alcanzaba a cubrir
                        con la onda negra de su cabello! </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XIV -</head>
                    <head type="sub">Eros paradisíaca</head>
                    <p>Amó otra vez sus libros, estudiando en las horas que se retiraba de la casa
                        del Río. Era necesario que su nombre saliera de la oscuridad. Él tenía esa
                        deuda de gratitud con el padre y habría para las criaturas, que lo
                        acompañaran después a vivir, flores en el sendero y dichas y plácemes.
                        Escribió para ella historias de amor, delicadas fragancias, miniaturas de
                        marfil y con esa fantasía que había creado los poemas macabros de las
                        sombras, encontró el lenguaje del éter azul y pidió a la angelical inocencia
                        de la naturaleza dormida bajo el cielo gris del invierno, las esencias
                        misteriosas de sus linfas quietas. Eran los cuentos aquellos, embalsamados
                        de aromas, eflorescencias primaverales de la selva, con la divina orquesta
                        juvenil de los trinos al lado del arpegio dulcísimo de las alas tendidas
                        hacia los nidos. Vibraciones de cítaras y torsos ebúrneos de diosas
                        inclinadas, suscitando al lado de la playa de los mares glaucos la sáfica
                        melodía inmortal y más lejos la sombra gigantesca del Partenón, estremecido
                        entre las notas de la sinfonía esquiliana, cobijando la larva enamorada y
                        eterna de Leandro. Había laudes en sus cuentos y trovadores de rodillas
                        delante de las zahareñas castellanas medievales, el aro de hierro en el
                        índice rodeado de la garra del halcón, con la derecha abierta señalando los
                        cedros seculares del Líbano irredimidos... La leyenda de Ildegarda, una
                        blanca pasión, coronada de ciprés, fría dentro el arabescado manto de reyes
                        y muerta de amor en el beso del caballero arrodillado, que le traía la
                        ofrenda de su negra cabellera. Luego el cenobio, el amplio hábito de burda y
                        flotante estameña, la barba de plata enmarañada hasta la cintura, ceñida de
                        cilicios, monje y sombrío caminador bajo las bóvedas oscuras, entre los ecos
                        lúgubres del Miserere. Le dolía el cerebro de escribir. Pasaban las épocas
                        susultantes en aquel romancero secular y leían todo eso viviendo entre el
                        claro sol de Helenia, bruscamente arrojados de repente, en medio de las
                        brumas, donde las vírgenes enamoradas, orlado de camelias el largo vestido
                        de raso, palidecen moribundas, soñando las fulgurantes mañanas del
                        epitalamio. Y al lado del Tirreno, entre el crepitar de las espumas,
                        saturadas de los efluvios de los limoneros, erguidos a lo largo de la
                        rivera, susurrando entre las hojas de estrofas del cancionero de Laura.</p>
                    <p>Tenía ímpetus el poeta, y gallardas batallas íntimas y versos sollozantes en
                        el abrazo fraternal del amor y de la muerte y procedía con el pecho abierto,
                        la clava en la diestra, como un gigantesco espíritu libérrimo. Enamorado del
                        arte, que no tiene ritmos preestablecidos, siendo en el sensual y profundo
                        sacudimiento, usando las palabras de todos los idiomas por él conocidos,
                        como si tuvieran cuna de hermanos, cantaba sin saberlo él mismo
                        ingenuamente, la salvaje apoteosis del yo, sectario como era asimismo de la
                        forma sencilla que encanta y no deslumbra con las bruñidas y perpetuas
                        reverberaciones. Escribía en los poemas microfonianos el recóndito susurro
                        de amor en la naturaleza. Era el connubio misterioso del rayo de luz, que
                        penetra la verde trama de la planta y el oído atento escuchando el ritornelo
                        de los besos furtivos. Eran las glorias de la corola abierta en el abrazo
                        fecundo, la bendición del color y del perfume, la carne blanda y sabrosa y
                        húmeda del fruto... Eran las armonías de las fuerzas invisibles, que cruzan
                        el universo en sempiterno maridaje, el crujir del polen, los ecos del
                        lenguaje sutil de los astros y susurros de besos y la elocuencia del
                        cuchicheo de las aves, sentadas en el nido. Cruzaban niños a veces -chicos.
                        -Cinco años. Ella, de espléndida aurora, blanquísima, caminando a pasitos
                        cortos y mirando a cada rato su vestido nuevo de lanilla rosa... Él en su
                        traje azul, la gran solapa abierta adelante de la camiseta rayada, la gorra
                        de marinero atrás, la frente brava tostada en pleno sol. Conversan y pasean
                        del brazo y salía finísimo de la lira de Méndez, como laminaria de oro, del
                        aleteo inarticulado casi de las sensaciones precoces, el yámbico breve
                        resbalando apenas sobre la inconciencia del idilio infantil. Con ruidos en
                        sus versos de brisas parleras, suscitando las sonrisas de bosque en bosque,
                        narradoras inquietas del chisme oído en el gran coro de amor de la
                        naturaleza. Con diálogos de flor a flor eternamente, enviando la quinta
                        esencia de su cuerpo en los átomos del aroma, que se encuentran y se
                        confunden en ardiente abrazo. Y roces microfonianos de la extendida y larga
                        ondulación del mar manso, que reproducen los suspiros de las parejas
                        dormidas sobre el gran almohadón de algas. Con sinfonías calladas y
                        estremecimientos apenas perceptibles de ternura; y blandos arrullos de
                        labios en medio de las silenciosas oscuridades, que cobijan el gran himeneo
                        lánguido de la tierra, mientras los pobladores brillantes del cielo de la
                        noche, envuelven y ocultan sus amores en el velo azul. Algunas veces
                        estallaba el plectro con todas las sonoridades esquilantes. Cantaba los
                        amores brutales de las alturas huracánicas... El aire sin vientos, dormido;
                        el cielo quieto, tenebroso y siniestro. Después el vértigo de las nubes en
                        el oscuro seno y los ósculos formidables y el abrazo titánico, que engendra
                        el incendio del relámpago súbito en todas partes y las fragorosas
                        detonaciones dilatadas. Y más lejos los vendavales sibilantes, agachados en
                        la tendida violenta de la carrera, persiguiendo los senos opulentos y
                        vaporosos de los <seg rend="italic">nimbus</seg>, alcanzados al fin, hechos
                        pedazos, la espuma blanca y transparente aquí y allá y borrados por último
                        del espacio, en medio del parto fecundo de las lluvias zumbando
                        arremolinadas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Entraba honda la garra en el corazón juvenil y una tras otra desfilaban las
                        hebras de luz de la trémula pasión.</p>
                    <p>Los primeros encuentros, la imagen penetrando átomo por átomo. El encanto de
                        la voz y la sombra de la mirada dilatada en el ser profundo de cada uno.
                        Todos nuestros pasos con ímpetu vigoroso hacia ella, en los paseos, en el
                        teatro, en la iglesia y después solos, caminando silenciosos, seguidos de
                        cerca en todas partes por el fantasma de la celestial visión. Luego la
                        timidez y el temblor de los labios y el deseo de decirle de una vez la honda
                        y agitada congoja de adentro y todos los calientes soliloquios de la
                        inteligencia, y los combates de la incertidumbre y los espasmos de las
                        alegrías felices. ¡Cómo escriben ellos siempre toda la novela del espíritu
                        delirante y náufrago casi en esa borrasca! ¡Soñadores huraños, y vencidos
                        sombríos de la pasión! ¡Caminaban todos en las paginas de Méndez,
                        acariciando la divina forma! La arrebatan con ellos, entre las auroras,
                        mezclándola a la difusa penumbra rosada y vaporosa del crepúsculo, poetas
                        que cantan sin palabras los frenesíes del amor correspondido. Luego los
                        sueños; mirarla siempre, vivir con ella, solos, lejos de los rumores
                        mundanos, caminando las alfombras del humus fecundo y verde, abrazados hasta
                        la muerte debajo del cielo oscuro de la noche...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Al lado de ellos leía Méndez la historia de los mártires del desdén...
                        Espíritus suaves algunos, que recogen la crucifixión y viven mucho tiempo de
                        la savia amarga. Perdonan siempre en la conciencia dolorida y aman a pesar
                        de todo. Recuerdan toda la vida pensativos y cariñosos la era dulcísima, e
                        imploran aun después que la esperanza se ha perdido, y cuando la mujer está
                        lejos y encanta el hogar de otro, ellos se cierran solitarios con su pasión
                        y mueren con ella, idólatras sublimes y silenciosos. Cerca de ella, feliz de
                        sentirse su dueño, desnudaba el médico el alma ruda de los que exigen con
                        imperio el vasallaje de las personas que aman -esos que muerden sus cariños
                        en el rabioso ímpetu de los celos. Los veía en los bailes frenéticos,
                        recibir el no frío y fino en pleno tórax y desgarrarse con las uñas las
                        carnes y tronchar en fragmentos dentro de su corazón el ídolo y correr
                        desatentados y locos haciendo con los sollozos formidables sonar
                        enronquecidas las sombras de la noche. Otros ensayan la risa jovial y
                        ostentan la indiferencia y fuman el gran cigarro habano, con los aires del
                        más clásico: «qué me importa» Buscan amores en cualquier parte, víctimas del
                        temor ridículo, lastimados por los alfilerazos de la crítica y viven
                        queriendo convencer a los demás que han olvidado la vieja historia de amor.
                        ¡Liliputienses! Al lado de estos, veía Méndez a los que tienen cada célula
                        viviendo la fúnebre congoja, los que han perdido la fe y la voluntad,
                        arrodillados ante la efigie fascinadora. Doblados en la derrota, marchan en
                        la vida entre los crespones intelectuales del suicidio. En el viaje
                        tristísimo, donde no pueden encontrar nunca la paz que consuela, describen
                        las espirales, vacilantes y ebrios de aquella ponzoña que concluye al fin en
                        la línea recta y rápida del pistoletazo sepulcral...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Una noche habían arrimado dos sillones a la chimenea. Estaban en silencio, al
                        lado de una gran brasa roja. De repente vio Méndez, que Dolores extendía la
                        palma izquierda hacia él.</p>
                    <p>-¿Qué quieres? Le preguntó.</p>
                    <p>-Eros Paradisíaca.</p>
                    <p>-No la he traído...</p>
                    <p>-Tú me prometiste...</p>
                    <p>-Un olvido...</p>
                    <p>-No es cierto. Yo sé que la tienes.</p>
                    <p>-¿Y para qué al fin? Ya hemos leído muchas historias.</p>
                    <p>Pero no esa. Lo que hay que ahora que al señor poeta lo hemos aplaudido
                        tanto, ya se ha hecho... difícil.</p>
                    <p>Siempre enigmática la señorita Del Río.</p>
                    <p>Pero sin coqueterías. No como los que escriben.</p>
                    <p>Sigue el enigma...</p>
                    <p>No me parece que eso sea tan oscuro, por lo menos para los que conocen a
                        Vds.</p>
                    <p>¿Los? ¿Y qué es ese plural?</p>
                    <p>Oh, Dios mío, exclamó Dolores, los poetas... Es necesario convenir en que
                        tienen razón.</p>
                    <p>No entiendo.</p>
                    <p>Todos los que escriben desean leer sus cosas; esa es la verdad. Molière le
                        leía sus comedias a la cocinera. Muy raros son los que salvan de esa
                        tentación y esos son los peores, porque son capaces de dormirse con sus
                        versos debajo de la almohada.</p>
                    <p>¿Y quién te ha dicho eso?</p>
                    <p>No es necesario que le digan a uno todas las cosas. Supongo que me darás el
                        derecho de pensarte... y lo mismo nos sucede a nosotros con nuestros tejidos
                        y bordados y con cualquier traje o adorno... Lo primero que hacemos es
                        llamar alguno para que los vean.</p>
                    <p>Lo que te puedo decir, Dolores.</p>
                    <p>¿Qué cosa? Interrumpió la niña.</p>
                    <p>¡Eres una divina invencible!</p>
                    <p>Gracias. Ahora quiero el trofeo de la victoria.</p>
                    <p>Aquí está.</p>
                    <p>Méndez sacó unos manuscritos.</p>
                    <p>¿Los leeré fuerte?</p>
                    <p>No, por favor. Es tan aburrido eso, contestó el médico.</p>
                    <p>Glotón, contestó riéndose la niña. Es lo que está deseando.</p>
                    <p>Amén, dijo Méndez y se arrellanó en el sillón, para escucharla. La niña leyó
                        el cuento de Eros Paradisíaca...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>«Caminamos por la selva, el uno al lado del otro, cuando la yema brota, y la
                        hoja conversa creciendo, y el insecto cruje callado entro la yerba... porque
                        yo tengo en el pecho, para ti, un ángel con alas rojas, que late y late
                        temblando con sus plumas de seda.</p>
                    <p>-¡Chist! ¡No hables fuerte! Yo voy a poner mi mano pequeña y blanca sobre tu
                        boca, mientras el gorrión travieso se inclina piando y espiando sobre esa
                        rama, ¿ves? Que está allí arriba;-el pícaro gorrión, que hace un momento
                        ponía su piquito cerca de la compañera para susurrarle las cosas del
                        sentimiento, que no tienen forma de lenguaje posible.</p>
                    <p>-Yo te entrego, ¡Oh, Eros!, este mundo mío grande y doloroso, iluminado por
                        tus ojos azules y melancólicos, hecho con las vibraciones de tu divina
                        persona, el encanto de tu voz y el ritmo blando de tu respiración
                        acariciadora...</p>
                    <p>-¡Chist! ¡No hables tan fuerte! Porque las gotas de luz, que pasan al través
                        de las hojas como agujas de oro, se llevarán más tarde tus palabras, cuando
                        el día caiga y desaparezcan del verde de la selva silenciosa...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Entonces estalló sobre sus cabezas toda la sinfonía formidable de la
                        naturaleza. El cielo separó los troncos ciclópeos vio lentamente y penetró
                        en la selva -azul, inmenso- con toda la maravilla de sus colores y el sol,
                        sacudiendo de las greñas a las penumbras, reventó en un océano de luz a
                        chispazos y chisporroteos prodigiosos. Los pájaros pasaban, zumbando en
                        bandadas parleras y bulliciosas, llenando el aire de cánticos y gorjeos.
                        Iban y venían en torbellinos innumerables, levantando el vuelo y
                        descendiendo, hasta rozar con las plumas multicolores sus frentes
                        estremecidas, en medio de aquel sobresalto infinito de la vida, mientras las
                        flores erguían sus corolas altivas y los árboles proyectaban más lejos sus
                        ramas como brazos gigantescos.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-Yo quisiera morir aquí, sostenida mi cintura por tu brazo robusto, teniendo
                        mi cabellera por almohada, para que tú me cierres los ojos azules y
                        melancólicos. ¡Cava mi sepulcro al pie del cedro, debajo de esas violetas,
                        porque yo quiero que los pájaros acompañen con sus cantos mis ensueños y las
                        gotas de oro del sol rodeen como una guirnalda mi frente pálida de muerta!
                        Acerca tu oído; escucha los murmullos del ángel con alas rojas, las
                        deliciosas y sonrientes quimeras... los niños juegan, las almas juveniles se
                        abrazan en el éter sutil y tranquilo; hay hogares con esplendores de virtud,
                        y cunas que ondulan, y endechas tiernas, nenias moribundas...</p>
                    <p>-¡Oh, Eros!... yo tengo miedo... los hombres tenemos ásperos dolores de la
                        mente, y espasmos de soberbia que mancharán la casta modestia de tu
                        espíritu... yo tengo miedo... no hables tan fuerte, para que Dios no te
                        oiga.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Entonces cayeron al suelo a millares, las unas sobre las otras -a millares-,
                        las hojas secas y amarillas, y las flores desprendidas de sus gajos; y Eros,
                        transfigurada, divino fantasma, con la cabeza echada hacia atrás, estática
                        en el cielo y en el sol -cayó de sus brazos para acostarse y morir sobre el
                        sepulcro marchito. ¡Vestía un traje blanco de raso con festones y guirnaldas
                        de azahares y tenía zapatitos con hebillas de plata, envuelto el cuerpo
                        rígido -largo a largo- en el tul transparente de las novias!</p>
                    <p>Dormía... ¡su almohada fueron las ondas voluminosas de su cabellera rubia y
                        las gotas de oro del sol rodearon como una diadema su frente pálida de
                        muerta! </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así pasaron el mes de julio -el uno para el otro. Se impregnaron
                        recíprocamente de todos los átomos de su ser moral. El carácter de Méndez se
                        modificó en las caricias de su voz, en esos diálogos, en que Dolores le
                        entregaba toda la infantil y juguetona resignación de su espíritu. No era
                        pues toda la vida humana, aquella que él había estudiado y sentido hasta
                        entonces. Había fuera del círculo frío y siniestro en que su orgullo lo
                        había encerrado, fuerzas más sanas, más varoniles y era aquella niña que le
                        hacía vislumbrar el mundo nuevo y juvenil. Sentía la necesidad de ser
                        comunicativo. Hablaba de sí mismo. Decía cómo era, sin ambages,
                        ingenuamente, chispeantes a veces, profundo y elocuente en los arrebatos de
                        su poderosa inteligencia y tenía en sus palabras como un espejo a través del
                        cual se veía su espíritu, lleno de transparencias. Eran sinceros los dos.
                        Fueron niños, mucho tiempo, aturdidos casi en aquella pasión regalándose
                        flores y chiches deliciosos, mirando a veces el anillo de oro muerto, que
                        tenía grabada la fecha memorable. En la sobreexcitación de la fantasía, todo
                        lo inventaban para pasar las horas entretenidos, con esa instable
                        volubilidad y con ese olvido de las cosas reales, que hace parecer un sueño
                        -un alegre sueño inmortal- esas únicas y espléndidas horas. </p>
                    <p>Un día le, preguntó Dolores, cómo había sucedido eso de la herida.</p>
                    <p>Fue así, contestó Carlos. Al día siguiente del baile, yo me creí un hombre
                        libre. Ya me había librado, con tu permiso, de ese demonio.</p>
                    <p>Gracias, dijo Dolores. ¿Y después?</p>
                    <p>Estaba en lo del demonio preguntó Carlos.</p>
                    <p>Por lo menos muy cerca de ese personaje.</p>
                    <p>Bueno pues; salí a la calle y caminé mucho porque quería ver bien cómo era un
                        hombre libre. Genaro me seguía con el coche y me miraba con una seriedad
                        triste. Ya había vuelto, ¿te acuerdas? Con aquellos regalos.</p>
                    <p>Sí me acuerdo.</p>
                    <p>Y yo esta noche los he traído, añadió el médico.</p>
                    <p>Gracias. A ver, démelos pronto -y la piocha salió temblando y chispeando de
                        su estuche de terciopelo azul.</p>
                    <p>¿Quieres que yo te la coloque? Preguntó Méndez.</p>
                    <p>Pero no me vaya a hincar la cabeza, señor.</p>
                    <p>Ya está.</p>
                    <p>Dolores se levantó y se acercó a un espejo.</p>
                    <p>Deme el collar.</p>
                    <p>Aquí lo tiene, señorita y Méndez lo levantó a la altura de sus ojos. </p>
                    <p>Démelo.</p>
                    <p>No.</p>
                    <p>¿Por qué?</p>
                    <p>Yo quiero rodear su cuello con él.</p>
                    <p>¡Majadero! Tome y la niña inclinó un poco su cabeza hacia el novio, mientras
                        este dejaba caer el collar...</p>
                    <p>¿Y? Preguntó sonriente Dolores.</p>
                    <p>¿Y qué?</p>
                    <p>¿Cómo me encuentra?</p>
                    <p>Espléndida...</p>
                    <p>¿Y el demonio?</p>
                    <p>¿Cuál?</p>
                    <p>El del cuento.</p>
                    <p>Tiene la tez de mármol y grandes alas de seda.</p>
                    <p>¿Se imagina que yo le voy a perdonar eso?</p>
                    <p>No sé. ¿Qué va Vd. hacer?</p>
                    <p>Vengarme. Traiga ese almohadón cerca.</p>
                    <p>¿Yo?</p>
                    <p>Sí, Vd... y ahora arrodíllese.</p>
                    <p>Qué altivez. Yo soy un humilde vencido.</p>
                    <p>¿Sabe Vd. con quién está hablando?</p>
                    <p>Vd. es una celestial criatura.</p>
                    <p>No se repita. Ya me lo ha dicho muchas veces.</p>
                    <p>¿Quién soy? Adivine.</p>
                    <p>Vd. es todo, Dolores, mi corazón, mi voluntad, el numen de mi inteligencia. </p>
                    <p>Qué monotonía, por Dios. Adivine quién soy.</p>
                    <p>¿Qué sé yo? Vd. será mi madre, antes, mucho tiempo atrás.</p>
                    <p>Es desesperante. Acérquese. Venga. Yo se lo voy a decir al oído.</p>
                    <p>Ella tomó la cabeza entre las manos y acercando sus labios trémulos de
                        emoción, le dijo en voz tan baja, que parecía un murmullo suavísimo y lejano
                        y trepidante de amor.</p>
                    <p>¿Quieres saber quién soy?</p>
                    <p>Sí, Dolores, contestó el médico, mientras sentía correr por todo su cuerpo el
                        frío del estremecimiento.</p>
                    <p>Yo soy Isabel, la heroica castellana de Insuriz, la de la negra, luenga y
                        ondulante cabellera, peregrina de las noches tristísima del abandonado y
                        viejo y solitario castillo.</p>
                    <p>¡No, no! Tú eres toda la leyenda, exclamó Carlos, echando su cabeza hacia
                        atrás; todos mis cantos, la embriaguez de la dicha eterna y el sol
                        deslumbrador de la nueva vida... Tú eres Dolores, mi pequeña Dolores amable,
                        suave, de filigrana como el encaje, ideal como la primavera.</p>
                    <p>Es cierto, es cierto, repitió la niña, los ojos llenos de sonrisas... Tú eres
                        mi señor y mi poeta glorioso... Mirá la piocha, Carlos. </p>
                    <p>Tiembla de chispas.</p>
                    <p>Mirá cómo reflejan las perlas, la lumbre de la estufa.</p>
                    <p>Tienen las alegrías de la aurora... Son alfombras de pétalos de rosa que se
                        rasgan en sus esferas. ¿Quieres Dolores darme tus manos?</p>
                    <p>Sí quiero</p>
                    <p>Yo las voy a mover de un lado a otro con suavísimos vaivenes. ¿Sabes tú lo
                        que es eso?</p>
                    <p>Sí sé.</p>
                    <p>Dímelo.</p>
                    <p>No: dilo tú...</p>
                    <p>Es una cuna de alabastro... Si tuviéramos un velo azul para adornarla y una
                        cinta de faya de nácar... Hace frío, Dolores, y las cunas pueden morir en la
                        atmósfera helada.</p>
                    <p>No. Yo tengo una pequeña colcha de raso que palpita. La voy a abrigar con mi
                        corazón... Acerquémonos a la ventana... Tú, pequeña qué Dolores, quieres ver
                        el cielo de la noche.</p>
                    <p>Espérate. Voy a secar con mi pañuelo la humedad del vidrio...</p>
                    <p>Eternamente así... ¿es verdad?...</p>
                    <p>Sí Dolores, eternamente...</p>
                    <p>El cielo estaba sereno y claro y se veían aquí y allá brillar algunas
                        estrellas, mientras la luz de la luna, que se ocultaba detrás de la
                        arboleda, invisible para ellos, se difundía, haciendo transparente la
                        atmósfera. Había en toda la casa un silencio profundo, solamente
                        interrumpido por el crepitar de la leña y el ruido de algún trozo de brasa,
                        que caía sobra la reja. Estuvieron silenciosos un largo rato en la
                        elocuencia prolongada de aquella emoción...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Él le contó aquella historia, cuando dos o tres días después empezó a
                        sentirse tan solo y a encontrar tan fría la vida. Se imaginó que leyendo y
                        trabajando iba a poder llenar sus horas, pero empezó a no encontrar
                        objetivos y a sentir en la garganta sensaciones de acíbar. Era cierto, que
                        él había olvidado a Dolores y no tuvo jamás debilidades plañideras y
                        femeninas, pero aquel gigante recio del tedio, a quien esa pasión había
                        arrojado lejos, volvió a achatarle el cráneo con su férrea manopla. Iba a
                        veces a ver a la madre, pero ya como hombre desfalleciente y cuando ella le
                        aconsejaba con dulzura, concitándolo al trabajo, contestaba: ¿para qué y
                        para quién? Siempre habrá en el cajón del escritorio, para las tres varas de
                        tierra, que necesito. Decía estas cosas no como un vulgar pesimista de esos,
                        que encuentran el mal en todas partes y lo escriben para producirlo, sino
                        como hombre que había acumulado rencores contra sí mismo, hasta que en medio
                        de aquella tormenta, después de dos años de apurar soliloquios, buscó en la
                        muerte el camino de la paz eterna.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Ya iba a llegar setiembre. Era necesario buscar la casa, en que se iba a
                        iniciar la nueva familia. Al fin dio con una, que satisfizo a todos. Era de
                        gran patio y anchos corredores a un lado y otro, espaciosa y alegre, con
                        arboleda en el fondo, el aljibe de baldosas lucientes y azuladas. Puso
                        muebles modestos, porque no sabía de otro modo y resultó una extraña casa de
                        soltero, que Dolores transformó más tarde en una encantadora vivienda. A
                        ella la veían salir a mentido y entrar a las tiendas y pasar muchas horas
                        cosiendo...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La última noche estaban sentados los dos en la sala un poco silenciosos, en
                        el aire tibio y lleno de brumas, mientras penetraban por las ventanas
                        abiertas las fragancias del jardín. De repente sonaron en la calle los
                        trinos de varias guitarras y se elevó una voz purísima y melodiosa, llena de
                        entonaciones profundas de sentimiento. Méndez irguió la cabeza, inclinando
                        el oído y se levantó.</p>
                    <p>¿Quién es? ¿Quién canta así? Dijo conmovida Dolores.</p>
                    <p>Es Genaro, contestó el médico.</p>
                    <p>Qué bueno parece, exclamó la niña.</p>
                    <p>Es un corazón, Dolores. Tiene la dulzura de un niño y es temerario y terrible
                        en su valor. Ha sido siempre mi mejor amigo y estos cantos son un tributo
                        que paga a su cariño por nosotros...</p>
                    <p>Salieron a la puerta a escucharlo.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Genaro había visto a las flores en la mañana difundir aromas, cuando el sol
                        las besa. ¡Son como las flores los que se aman!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Tienen auroras, luz y alegrías y lóbregas noches. Cierran sus pétalos, visten
                        de luto, bajo esa cruz caminan, sufren y mueren. ¡Cómo solloza el alma de su
                        guitarra de sentimiento! </p>
                    <p>Llega la primavera, vuelan los pájaros sobre los campos desiertos. Son
                        felices. Levantan en el pico pequeñas ramas torcidas y hojas secas. Tejen el
                        nido de sus amores entre la flor de durazno...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Cantan volando, con las alas extendidas, que parecen largos flecos de seda y
                        se pierden lejos en el azul del cielo... Buscan rayos de sol para sus
                        nidos...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Pían en la tiniebla y no duermen y levantan la cabecita inquieta hacia las
                        estrellas y en cambio de sus cantos, le piden para los hijos luz y piedad a
                        los soles de la noche y así rezan mucho tiempo, mirando esos compañeritos,
                        que tiemblan allá arriba silenciosos.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Genaro había visto a las flores difundir aromas, cuando el sol las besa y
                        palpitar de sentimiento el alma de su guitarra, para que ellos fueran
                        felices, Carlos y Dolores, como los pájaros que tienen nidos, como las
                        flores de la mañana...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La voz de Genaro se iba alejando entre la bruma, mientras la luna que se
                        levantaba en el horizonte difundía tenues vislumbres en la densa capa de
                        vapores y una que otra luz mortecina se veía aletear apenas en las casas del
                        barrio. Se abrazaron en el umbral, frente al silencio de aquel jardín, que
                        ellos habían caminado tantas veces de la mano, en medio de las penumbras de
                        la noche. Parecían una visión Osiánica, apenas iluminada por las moléculas
                        de luz de auroras boreales ocultas en lontananzas infinitas y la canción de
                        Genaro, que ya se desvanecía tan lejos, los ecos de las tiernas baladas, que
                        hacen estremecer de amores los lagos azules y despiertan la embriaguez de la
                        vida en la noche polar y eterna... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XV -</head>
                    <head type="sub">Epitalamio</head>
                    <p>Hubo mucha agitación en la casa del Río, en aquel hermoso día primaveral de
                        fines de agosto. Dolores se despertó más temprano y salió al jardín,
                        caminando del brazo con el viejo un gran rato, sin conseguir que éste
                        iniciara ningún diálogo. Parecía triste y sus palabras tenían una extrema
                        dulzura y aquel almuerzo fue casi silencioso. A la tarde llegaron algunas
                        amigas y grandes ramos de flores y estuches elegantes, que ellas miraban
                        revolviendo todo con gran curiosidad y admiraciones de todo género y los
                        disponían en su dormitorio aquí y allá sobre la alfombra y en las sillas y
                        sobre la verde colcha de seda. Largo y extendido en el sofá de rojo
                        terciopelo, estaba el traje blanco de novia. Propendía lejos la cola
                        brillante de raso, adornada de gasa la bata, las guirnaldas de azahares de
                        arriba abajo de la pollera, tomadas con un elegante moño de moaré, mientras
                        el velo transparente caía alrededor de él, como abandonado al acaso. El
                        abuelo del Río parado cerca del portón de reja de la verja miraba en
                        silencio salir para la casa de Méndez los cajones rectangulares, en que se
                        iba la ropa de la nieta; oyendo desde allí el cotorreo rumoroso de las
                        niñas, que hablaban todas juntas, mientras cerraban y abrían estuches y él
                        las veía ir y venir agitadas por el cuarto de Dolores, contemplando con la
                        cabeza agachada aquel aturdimiento.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Por la noche se reunió mucha gente en la vereda de la casa, formándose
                        corrillos bulliciosos y se veían mujeres con grandes mantos negros espiarlo
                        todo, cuchicheando sobre la belleza del ajuar y la esplendidez de los
                        regalos. Había mucha crítica y los comentarios no eran favorables para
                        Carlos Méndez. Su cara seria, que imponía respeto, lo austero de sus
                        costumbres y las contestaciones recias, que le habían oído alguna vez, lo
                        alejaban de sus simpatías, y se oían augurios siniestros para la pobre niña.
                        En cambio ese gran calavera de Valverde, que se paseaba por allí con algunos
                        amigos, era el mismísimo mandinga irresistible, conquistador y travieso,
                        risueño y amable y toda aquella siniestra historia de Paloche y las
                        aventuras galantes y peligrosas, que de él se contaban, lo habían hecho el
                        hombre a la moda. Por eso sentían cierto secreto, placer y un prurito de
                        curiosidad, cuando él se acercaba a alguna de ellas, a conversarle, y mejor
                        todavía si eran anécdotas verdes y picantes que hicieran vislumbrar veladas
                        las visiones de la orgía lasciva...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Cuando Méndez bajó de su coche y subió a la casa, Enrique, un poco lejos, en
                        medio de sus amigos, dijo, señalándolo:</p>
                    <p>¡El imbécil! Allí lo tienen... Se ha instalado ahora. Puede estar tranquilo
                        porque va a cumplir su misión sobre la tierra. Ha pasado toda su vida,
                        enclaustrado como un fraile, sin conocer más mundo, que el de su biblioteca
                        y ahora ¡hételo! Aquí, saltando fuera... Se casa pues y no sabe cómo cantan
                        y mueven la cola las sirenas. Ahora, mis amigos, seguía Valverde, calcando
                        las frases con tono socarrón, es necesario dejarlo, porque ese predestinado
                        va a formar familia y se sonrió maligno y diabólico.</p>
                    <p>Dicen que tiene talento, observó uno de los amigos.</p>
                    <p>Sí, contestó Enrique. Escribe. Es tan infeliz como eso. Vive emparchado de
                        genio y de misteriosas y serias austeridades y no conoce la calle... Es un
                        pobre diablo, que se imagina que los hombres son como él los piensa y ve
                        crímenes y cosas deshonestas en el más nimio desliz, eso que nosotros
                        encontramos lo más natural del mundo.</p>
                    <p>¿Cómo se averiguará la muchacha, con su insoportable carácter? Dijo uno de
                        ellos.</p>
                    <p>¡Qué! ¡Mi querido amigo! Si es un ingenuo y un anacrónico. Ella va a ser la
                        dueña absoluta. Imagínense, que en vez de echar su cuerpo a través de la
                        vida audazmente, como nosotros, ha preferido pegarse un tiro. Con eso está
                        todo dicho.</p>
                    <p>¿Por amor, tal vez?</p>
                    <p>No, contestó Valverde. ¿Quién sabe? Yo lo conozco. Es un orgulloso y un gran
                        aburrido.</p>
                    <p>¿En este tiempo? Qué imbecilidad, replicó otro.</p>
                    <p>Es que Vd. no sabe, que así son estos lógicos que forman familia y cumplen la
                        consabida misión, repitió Enrique, con su aire burlón y agrio. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Porque para eso, Don Carlos, le habrá pedido plata a Vd., rugió una voz
                        detrás de él y al darse vuelta, vio la cara sombría y tormentosa de Genaro
                        que estaba cerca. Valverde no se inmutó. La apóstrofe violenta se había
                        estrellado en su frente impasible y se contentó con murmurar, dándole la
                        espalda; para tal amo, tal serviente.</p>
                    <p>De todos seré serviente, repuso Genaro, con tono amenazador, menos suyo.</p>
                    <p>Mejor es retirarse, dijo Valverde tranquilo y frío, si no me voy a ver
                        obligado a castigar a este insolente.</p>
                    <p>¿A mí? Gritó Genaro, con voz ronca. ¿Vd.? ¿Castigarme? ¡Ni mi padre! ¡Ni mi
                        patrón! ¿Castigarme? ¿Vd.? ¿A mí? ¿Vd.? ¡¡¡Agua!!!</p>
                    <p>Los amigos de Enrique se prepararon a repeler la agresión, pero Genaro había
                        sacado su puñal y lo levantaba en el puño vigoroso, mientras la madre y
                        Santa acudían a contenerlo. Se tranquilizó, retirándose con ellas. Pasó a
                        través de toda la gente, que se había reunido a los gritos de la disputa y
                        repetía el joven entre dientes: ¡canalla! ¡Lengua de víbora! Yo te la he de
                        cortar algún día.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Mientras esto sucedía afuera, en la sala iluminada y llena de perfumes había
                        muchas niñas, que esperaban la llegada de la novia, impacientes porque nunca
                        concluía de vestirse y se sentían desde allí los diálogos de los amigos de
                        Méndez en el comedor. Habían rodeado a D. Manuel de Paloche y otras
                        alcurnias, grande y viejo amigo del abuelo del Río y a quien Carlos y él
                        habían pedido que no faltase. Sentían hacía tiempo una profunda
                        conmiseración por sus desventuras y lo habían ayudado en su pobreza de todas
                        maneras. Vestía D. Manuel una gran levita negra, rodeado el cuello alto por
                        algunas vueltas de una ancha corbata de seda oscura. Estaba tieso y
                        satisfecho y había resuelto hablar poco; pero enseguida, arrebatado por las
                        bromas semi-serias de aquellos, sobre su poema futuro, empezó a sentir como
                        desazones y pruritos por dentro y atropellada su cabeza por un torrente
                        desbordado de ideas y de palabras y ya no pudo contenerse. Habló de
                        medicina, de los métodos de curar, de las injusticias de la Facultad, de ese
                        ogro siniestro del esfenoides y de sus esperanzas de gloria y de riquezas.
                        Todo eso lo iba diciendo con una extraordinaria volubilidad, saltando de un
                        tema a otro y concluyó por declamar aquella primera y famosa octava: </p>
                    <lg>
                        <l> ¡Canto el masaje Dioses del Averno!</l>
                        <l> El arte de curar maravilloso</l>
                        <l> Que en el Parnaso, consiguió el eterno</l>
                        <l> Laurel de gloria...</l>
                    </lg>
                    <p>¡Bravo, muy bien! Dijeron todos.</p>
                    <p>¿Qué les parece, señores? Preguntó Paloche.</p>
                    <p>¡Épico! ¡Épico!</p>
                    <p>Seguiré entonces: ¡oh Musas!...</p>
                    <p>Por favor, interrumpió el más joven, ¿podría dejar eso para otro día, señor
                        Paloche?</p>
                    <p>No, mi amigo... El masaje, elevado a panacea universal, causará una
                        revolución en la terapéutica y yo lo digo en las dos últimas estrofas:
                        porque ese hecho necesariamente implica.</p>
                    <p>Que quede suprimida la botica...</p>
                    <p>No entendemos, D. Manuel.</p>
                    <p>Pues es fácil. Yo lo canto en el libro octavo del poema. El ejército de los
                        masajistas rompe en masa sobre esos negocios de inútiles drogas y los
                        destruye ¡oh! Una lucha colosal con sangre e incendios... porque así
                        solamente se anonada la tradición y la rutina. Les recomiendo el octavo
                        canto... y hubiera seguido D. Manuel, contento de navegar dentro de su
                        locura a no haber entrado el abuelo a invitar a los jóvenes a pasar
                        adelante... </p>
                    <p>Fueron entrando estos a la sala y se colocaron frente a las niñas, con
                        ligeras inclinaciones de cabeza. En el medio quedaba vacío un ancho pasaje,
                        en cuyo fondo veíase arder la estufa y dispuestos aquí y allá grandes ramos
                        de forma elegante y caprichosa, mientras la araña del centro con cuatro
                        grandes lámparas de tubo derecho y deslumbrador y largos caireles de
                        cristales prismáticos, brillaba de vivos matices de atornasolado y movedizo
                        color. Llegó el abuelo del Río, trayendo a Dolores del brazo, espléndida la
                        efigie pálida debajo de la frente coronada de azahares, con su largo y albo
                        y nítido vestido de raso, la cola como acostada, rozando con leve estridor
                        las alfombras. Tenía el gran ramo de las mismas flores artificiales en la
                        mano derecha y el tul prendido con la piocha temblorosa y chispeante,
                        cayendo abandonado hasta el suelo. Catalina Méndez tenía el hijo a su
                        derecha, colocado al lado de la novia. Este se encontraba tranquilo, y como
                        distraído en medio de todos y miraba los muebles mudos testigos de todo el
                        idilio y parecía no acordarse sino de aquel futuro tan nuevo, que desplegaba
                        adelante sus senderos y todo este grupo estaba en el ancho pasaje frente a
                        la estufa, mientras los amigos de un lado y otro formaban larga fila, como a
                        rendirles homenaje. </p>
                    <p>Apareció el joven sacerdote, con un libro en la mano -un noble rostro blanco,
                        lleno de dulzura, de grandes ojos castaños e inteligentes y se paró frente a
                        ellos, vestido de la blanca casulla, colgando de su cuello la estola de <seg rend="italic">brocato</seg>, recamada de oro. Su voz suave se levantó en
                        medio del silencio. Leía la epístola de San Pablo, que une en Jesús y en la
                        Iglesia las almas y los cuerpos en la vida, y manda el amor hasta el
                        sacrificio y la muerte y ordena al hombre entregar a Dios la mujer
                        santificada, «sin mancha, ni arrugas». Cerró el libro el padre y
                        dirigiéndose a la novia, dijo:</p>
                    <p>Señorita Dolores del Río, ¿queréis al Sr. Carlos Méndez por vuestro
                        esposo?</p>
                    <p>La niña inclinó la cabeza asintiendo.</p>
                    <p>¿Os otorgáis por su esposa y mujer?</p>
                    <p>Sí, contestó Dolores, con la cabeza un poco inclinada y con voz apenas
                        perceptible.</p>
                    <p>¿Recibislo por vuestro esposo y marido, según lo manda la Santa Madre
                        Iglesia?</p>
                    <p>Sí.</p>
                    <p>Cuando Méndez hubo contestado las preguntas, el sacerdote, pronunció con voz
                        solemne estas palabras: Yo, en nombre de Dios Todopoderoso, os bendigo y os
                        declaro unidos en matrimonio y levantó la mano abierta, que fue lentamente
                        bajando y describió una cruz cerca de la frente de los novios, que se tenían
                        en ese momento de la mano.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Enseguida del Río abrazó y besó a Dolores en la frente, mientras Catalina
                        casi sollozando, acercaba su cara a los labios del hijo, feliz en aquella
                        victoria de la vida sobre las desesperaciones, que ella había ganado con su
                        cariño. Enseguida Carlos estrechó la mano del anciano, mientras Dolores y la
                        madre mezclaban en los brazos la una de la otra sus alegrías y sus lágrimas.
                        Se acercaron después las niñas a felicitar a Dolores y ella le regalaba a
                        cada una un botón del ramo de azahares y las presentaba a Méndez. Enseguida
                        los jóvenes fueron uno a uno a saludar a los novios y Carlos conmovido y
                        casi aturdido en medio de aquellas alegrías, equivocaba los nombres de esos
                        muchachos, que les habían perdonado tantas veces, las irascibilidades y los
                        ímpetus de su carácter. Cuando llegó D. Manuel, Dolores tuvo para él
                        palabras de profundo agradecimiento.</p>
                    <p>Oh, figúrese Vd. señora, contestó éste, estos servicios entre colegas no se
                        agradecen. Es un deber ineludible.</p>
                    <p>Estallaron luego del piano los primeros acordes de una marcha nupcial en
                        medio del murmullo general de los alegres diálogos y los novios del brazo
                        paseaban por la sala seguidos de muchas parejas, mientras se desataban las
                        notas melodiosas, poblando de armonías la vieja sala señorial, que parecían
                        cantar para todos el poema de los augurios felices. De repente los novios y
                        Catalina desaparecieron, pero el abuelo del Río cerca de la puerta del
                        dormitorio, de donde contemplaba la fiesta, vio salir y siguió lejos la luz
                        de los faroles del cupé que daban saltos -en aquellas calles sin empedrar-
                        en medio de la noche.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>A las doce la casa quedó sola. El viejo empezó a caminar por la sala con los
                        brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos, la barba cayendo blanquísima
                        en medio de la luz. Había vivido tanto ya, que podía pensar en morir
                        tranquilo, ahora que Dolores se había ido para siempre. Sin embargo, la
                        vieja casa, que tenía tanta honda tristeza en sus muertas memorias, era
                        sinfonía vibrante, que sacudía toda su grande alma aguerrida y acompañaba su
                        camino con sus ecos melancólicos. Como resonaba el comedor, llenas las
                        paredes de aquellos retratos de héroes, con su chimenea deslumbradora y
                        roja, como resonaba de la voz juvenil de sus hijos, y como corrían a través
                        de esos dormitorios oscuros las respiraciones de su descanso profundo...
                        ¡como antes, cuando él llegaba al lado de ellos en puntitas de pie para no
                        despertarlos! ¡Cómo pasaba gloriosa y mártir la noble efigie de la madre y
                        lo envolvía en el murmullo de sus alas de santa... allí mismo, como en otros
                        tiempos, cuando él llegaba de sus campañas y colgaba al lado de su cama la
                        vieja espada! Él no debía desaparecer entonces, mientras pudiera verse el
                        rostro y el cuerpo, lleno de cicatrices y rutilara a través de ellas la
                        sangre, que había saltado a chorros en medio de los bramidos del combate.
                        ¡No! ¡Hasta que esas banderas, que forman los trofeos, sobre los cuales
                        había descansado su soberbia cabeza de batallador, no perdieran los colores
                        corroídos por el tiempo y no se disgregaran las panoplias de sus armas de
                        guerra, átomo por átomo! Él no debía morir, mientras conociera los muebles
                        de aquella sala, donde en la noche se reunió tantas veces la familia y donde
                        para cada uno de sus muertos se había levantado el túmulo tenebroso,
                        cubierto de la negra guadrapa... ¡Cuando él encorvado y viejo cortaba flores
                        del jardín y tejía sereno guirnaldas para los féretros, que le arrebataban
                        para siempre la sangre de su sangre! Porque él erguía esa noche su cabeza
                        luminosa de reflejos sidéreos y miraba con sus fieros ojos indomables todo
                        aquel inmenso escombro y sólo oía entre las piedras palpitantes aquí y allá
                        el nombre de sus hijos que le narraban con sonoridades de epopeyas las
                        inmortales proezas. Se dibujaban cerca de los cuadros líneas serpentinas y
                        fulgurantes y cruzaban aquel ambiente de relámpagos, que tenían escrita
                        entre sus rayos indelebles la honra inmaculada de su casa. ¡Él no debía
                        morir, mientras pudiera conocer aquellos uniformes, rasgados de las anchas
                        heridas de bayoneta, atravesados por agujeros oscuros, que conservaban entre
                        su trama los últimos latidos de aquellos corazones moribundos! Por allí
                        vagaban todos en su memoria. Vivían la noche semi-insomne de los
                        campamentos, bajo las tiendas en hileras y caían después con el ceño torvo y
                        el pecho abierto por la metralla frente a los cañones enemigos. Porque en
                        esa su casa hubieron llantos de madres, que besaban los recuerdos
                        abandonados en sus cuartos en el delirio de mortal congoja, y esposas
                        prosternadas, sollozando de esperanzas y de plegarias. Vistieron luto
                        después y caminaron hacia la tumba de la familia, desparramando lirios,
                        violetas y anémonas. No debía irse para siempre ese viejo abuelo, que era el
                        guardián huraño y gigantesco de la grande urna solitaria, en que se había
                        transformado la casa del Río, que conservaba en sus criptas el alma
                        elocuente de tanta verecunda memoria. ¡Nunca! Sentarse allí, tocar todo,
                        defenderlo de la mirada y del pie profano, ser la enorme pupila melancólica,
                        centinela día y noche, moviéndose inquieta de un lado a otro, para que no se
                        quedaran solos los queridos fantasmas y tuvieran flores en las primaveras y
                        sombras estivales de arboledas y lumbre en los días atenidos. Porque al fin
                        allí estaba el cariñoso mundo que le hablaba de Dolores a cada rato. La
                        sala, su piano, aquella copa de agua cristalina sobre su mesa de noche y el
                        perfume de toda su angelical persona irradiando en el ambiente... y ese
                        jardín que ya brotaba en el seno del calor y de la luz y que él iba a carpir
                        y regar, para que tuvieran ramos ellos en sus centros de mesa. Y sentía el
                        viejo revolotear alrededor de su cabeza de nieve, las hadas que inspiran las
                        aéreas y alegres imaginaciones y entró retozando en su cuerpo como una
                        oleada bravía y prepotente de resurrección, como si para guardar todo
                        aquello hubiera recobrado la gallarda fiereza de los tiempos juveniles
                        aquellos, en que el ojo ríe y se tiene la barba de seda y oro...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Se arrodilló el gran anciano en medio de la sala con la frente en la luz, los
                        ojos elevados, en el ensueño de las beatitudes estáticas y con voz alta
                        dijo, como si rezara en medio de sus hijos: ¡Aparta de mí el cáliz, Dios del
                        dolor! ¡Cuando la noche de la inconciencia descienda en mi cerebro, yo lo
                        apuraré con estas manos secas! ¡Cuando mi memoria y mi voluntad se hayan
                        perdido y yo no conozca los uniformes desgarrados y sangrientos y mi brazo
                        inerte y mi pupila indiferente y fría, ya no puedan defender estos
                        recuerdos! Cuando yo camine como un sonámbulo, dentro de la lóbrega sombra
                        de mi inteligencia y sea la última y muda y moribunda larva de la vetusta y
                        desgajada mansión... Entonces morirá del Río, desfibrado todo su cuerpo y
                        deshecho en la grima desgarradora del recuerdo. ¡Adiós! ¡A los pobres
                        corazones queridos, que han entristecido mi casa yéndose para no volver más,
                        y van a incinerar al fin al roble gigantesco, que ha bebido ochenta años los
                        éteres de la naturaleza, sin doblar jamás la copa opulenta de hoja y ramas
                        en las tormentas fulmíneas de su larga vida!...</p>
                </div>
            </div>
            <div>
                <head>Libro segundo</head>
                <div>
                    <head>- I -</head>
                    <head type="sub">La nueva casa</head>
                    <p>Seis años después el abuelo del Río cumplió su promesa. Sus pupilas eran dos
                        manchas redondas y cenicientas. Sus cristalinos se habían petrificado y las
                        cataratas habían llenado para él al mundo de claroscuros. Ya no pudo ver los
                        uniformes desgarrados y sangrientos y dejó de ser el guardián celoso de
                        aquella casa, que era la urna que encerraba el muerto corazón de la familia
                        del Río... Entonces murió. Sus dos últimas lágrimas las enjugó Dolores
                        sollozando inclinada sobre su frente, mientras el arco abultado de la ceja
                        izquierda del guerrero moribundo descendía sobre el párpado casi a
                        ocultarlo, como en los días de las batallas legendarias. Su mano de piel
                        arrugada y manchas cobrizas bajó despacio en las últimas respiraciones sobre
                        la mejilla de la chiquita de los cuentos, una adorable mariposa de cinco
                        años, que volaba por toda la casa, dejando caer perfumes y el polvo de oro
                        de sus alas, conversando el día entero los diálogos de las alegrías
                        inquietas. Dolores y Carlos arrodillados a un lado y otro de la cama velaron
                        un gran rato aquella grande y varonil efigie muda, blanquísima en las
                        sombras de la noche.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Sobre su negro féretro la bandera a través y la espada a lo largo, festones
                        de aromas y coronas de violetas. Algunos soldados, los compañeros de las
                        viejas glorias, iban caminando al paso en el cortejo. No hubo música, ni
                        estruendos de fusilerías ni humaredas de pólvora. No era posible. Había
                        estado de sitio y estaba prohibido morirse. Mucha gente marchaba entonces
                        muy ágil y suelta de movimientos, porque le habían al fin arrebatado ese
                        grave impuesto, que se llama libertad... Derechos no existían, pero deberes
                        tampoco... Se hacía vida de patriarcal paciencia, a pesar de haberse
                        concluido el pan y las riñas de gallos... Los pensadores de ese tiempo
                        traducían así el latinico aquel: <seg rend="italic">panes et
                        circenses</seg>... El ejército estaba lejos, peleando en lucha fratricida.
                        ¡Como siempre! ¡Cuántas cosas hacen los soldados intrépidos, que no quieren
                        hacer! En el cementerio nadie habló. Los escondidos de las criptas pudieron
                        esta vez siquiera recibir esa honradez que llegaba, en medio de la augusta
                        religión del silencio, donde cabe todo lo sublime... Mejor eso que los
                        panegíricos y los epitafios, que no son capaces de sintetizar los martirios
                        y los heroísmos de cualquiera de esos guerreros oscuros. El cajón, sostenido
                        con sogas que pasaron por el hueco de las manijas amarillas de bronce fue
                        resbalando despacio al sepulcro donde quedó extendido al lado de sus hijos,
                        muertos por la patria todos ellos. Carlos Méndez entregaba una por una las
                        coronas con religiosa piedad, pensando que aunque después no vaya nadie allí
                        a visitarlos, esos sarcófagos no quedan solos, porque la bandera los cobija
                        y se desmenuza y se incinera y se dispersa con ellos en el viaje eterno...
                        ¡Oh si no fuera por sus caricias silenciosas, quién sabe si aquella sería la
                        mejor manera de morir! ¡Están tan abandonadas a veces esas pobres urnas
                        gloriosas! Poco a poco se fueron yendo todos y Carlos empezó a vagar por
                        todas las calles, como si no pudiera salir de aquel mundo funerario,
                        arrodillado después sobre el sepulcro del padre, escuchando toda la profunda
                        y tétrica poesía. La voz de Genaro que le pedía órdenes con el sombrero en
                        la mano lo despertó y lentamente salió del cementerio y se hundió con la
                        cabeza agachada en el asiento del carruaje. Genaro emprendió la marcha
                        crujiendo y castañeteando las ruedas sobre las combas resbaladizas del
                        empedrado de entonces, hasta que se hizo un roce rápido uniforme y sin
                        estrépitos, al llegar al colchón de polvo de los suburbios.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Era a principios de setiembre, en la estación variable y movediza, en que el
                        durazno se cubre de la flor maravillosa y rosada, en que pululan las yemas y
                        empiezan las hojas a desplegarse. Entonces hay días primaverales que llenan
                        el espíritu de la admirable y tibia sensación de la vida que resurge y la
                        golondrina cruza los suburbios con las alas extendidas en su volar violento
                        y se posa tranquila sin moverse ya en el borde del techo. Al que vio en
                        invierno los cercos de sina-sina desnudos y retorcidos y la arboleda,
                        perdida la morbidez opulenta de la forma, transformada en una selva de ramas
                        rígidas, delgadas y puntiagudas en el mudo ensimismamiento de la vida
                        latente y dormida, llena de asombro la contemplación de todos los pequeños
                        estremecimientos que anuncia la llegada de la admirable mensajera con ropaje
                        de flores. Bajo el cielo más puro, en medio de los rayos del sol más
                        espléndido, que antes, hay familias innumerables de pájaros, que revolotean
                        en bandadas y saltan de rama en rama y llegan perfumes de heno exquisitos y
                        hay noches serenas, que hacen descubrir la cabeza y buscar la brisa fresca y
                        admirar y bendecir los astros. Pero el invierno no ha concluido. De repente
                        se levanta en el horizonte el paño oscuro de la tormenta, que asciende con
                        siniestro sigilo; la naturaleza tiembla sacudida por el furor y los
                        estampidos de los ciclones y el frío y el barro vuelven a azotar lejos las
                        cosas tibias de la primavera. Entonces por la mañana suele la campaña
                        todavía cubrirse de la blanca mortaja de la helada hasta que otra vez se
                        levanta la temperatura y en las ráfagas cariñosas estalla la pompa
                        multicolor de las corolas y se extiende más tupido el verde tapiz del
                        bosque. Es en esta estación que empiezan a desarrollarse los sucesos del
                        libro. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Méndez entró en su casa transformada en un pequeño paraíso. Es linda y
                        aseadita con su patio grande de baldosas rosadas y nítidas. Tiene dos
                        corredores divididos por un ancho pasaje de piedra cuadrada y él la solía
                        contemplar a veces sentado en el rincón fresco del corredor a la izquierda
                        mientras el sol la baña en frente. Desde allí veía a través de los árboles
                        del jardín rasgos de cielo azul a lo lejos y los cirrus cándidos como un
                        montón de tules que vagan y se mecen y ondean en la luz. Abajo, cerca de la
                        pared que la enredadera tapiza con sus barbas el arco de hierro, de donde
                        cuelga la roldana del aljibe y engasta un medio círculo de sol y diez
                        perales, que son todo su bosque delicioso y verde, blanco de flores y lleno
                        de cuchicheos y de murmullos. Más lejos una abra elegante, formada de un
                        costado y otro costado por los troncos de la parra enhiesta, áspera,
                        verdinegra, agrietada a lo largo y descascarada a trechos. Están tristes los
                        sarmientos secos y nudosos, que se entrelazan arriba formando la bóveda
                        amplia, porque no han recibido todavía el beso ardiente y esperan los rayos
                        de oro para la uva, los rayos que ya palpitan en medio de la algazara canora
                        de los nidos. A diez metros y debajo del corredor de la derecha ocho unas de
                        cedro, pirámides truncadas con la base en alto abiertas para recibir la
                        tierra negra. De allí surgen esbeltos y largos los tallos verdes de las
                        calas, con su monopétalo en forma de cartucho nacarado y en el medio el
                        estambre grueso, erguido, amarillo, cubierto de polen fecundo. Después
                        diseminadas en el césped, que se extiende debajo del bosque, las flores, las
                        maravillas diminutas del color y de la gracia, las hadas encantadoras con
                        los matices del iris en la frente. Tienen su lenguaje. Hablan el idioma de
                        las caricias perfumadas, que se arrojan las unas para las otras, cuando el
                        día nace y llena el mundo de hilaridades y cuando cae y envuelve a las
                        formas todas en su enorme manto escarlata de moribundo. Debajo del corredor
                        las habitaciones, por cuyas puertas abiertas de par en par, penetra a
                        raudales la primavera en el aire tibio por las alfombras y en la penumbra de
                        las cortinas que la defienden del sol.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Méndez entró al dormitorio, llevando de la mano a la chiquita y vio a Dolores
                        al lado de la cuna meciendo y cantándole a ese último hijo suyo, que estaba
                        enfermo. Tenía su cuerpecito extendido y escuálido, las mejillas blandas y
                        caídas, envuelto en mucha ropa de lana. Respiraba con ansiedad y tosía de
                        repente mirando alrededor con ojos grandes y abovedados, que salían de las
                        órbitas, como a querer iluminar aquella intensa demacración pálida, mientras
                        el aire gorgoteaba entrando a través de los bronquios enfermos.</p>
                    <p>-¿Cómo ha pasado la tarde? Preguntó acercándose al niño.</p>
                    <p>-Muy mal, Carlos, repuso Dolores. Ha tenido mucha fatiga.</p>
                    <p>-Es desesperante esto, murmuró con voz sorda el médico. Yo ya he hecho todo.
                        He leído y buscado todo. Los remedios deben ser una grosera mentira y
                        solamente un espíritu imbécil puede creer en ellos. Y entre los libros y con
                        toda mi vida pasada estudiando yo no lo voy a salvar, no, no.</p>
                    <p>-Carlos, por favor, interrumpió Dolores, el nene te está mirando, como si
                        supiera lo que dices.</p>
                    <p>-Tienes razón. Pero estas no son cosas que uno acepta resignado... Y después
                        algunas veces pienso que me puedo haber equivocado y que tal vez hay algo
                        que hacer todavía. A ver.</p>
                    <p>Ella lo cargó y el médico, separando un poco de ropa, inclinó la cabeza sobre
                        el dorso anhelante del niño y lo auscultó un largo rato.</p>
                    <p>-¿Y? Dijo ansiosa la madre. ¿Cómo está?</p>
                    <p>-No está bien, Dolores.</p>
                    <p>-¿Lo perderemos entonces? Preguntó con miedo.</p>
                    <p>¡Oh Dolores! Exclamó Carlos, no pienses en eso todavía; puede ser que
                        salve... pero tú eres santa y fuerte, añadió temblando y yo no me voy a
                        mover de tu lado... aquí me voy a estar... quiero mirarlo contigo mucho
                        tiempo y conservar toda mi vida su recuerdo.</p>
                    <p>-Lo voy a acostar entonces Carlos y ya no lo vamos a mover más, ¡pobrecito!
                        Para que se vaya tranquilo.</p>
                    <p>Y escucha lo que te voy a decir, seguía el médico. Cuando esto sucede en
                        otras partes, nosotros somos el yunque donde cae el martillo y nos lastiman
                        la reputación y somos objeto de la diatriba, porque es necesario que alguien
                        tenga la culpa de estas desapariciones, y no se aperciben que en nuestras
                        mismas casas, con nuestras criaturas nos retorcemos más de una vez las manos
                        en la impotencia. ¡Qué injusticias son estas!</p>
                    <p>-Hay mucho que perdonar Carlos, a los que mucho sufren.</p>
                    <p>Si fueran los padres todavía, seguía Méndez con entonación casi violenta...
                        pero no porque estos se acuerdan que uno ha estado con ellos en todos los
                        momentos, acompañándolos y que toda aquella congoja de la casa ha conseguido
                        entristecer nuestra vida... pero son algunos de estos otros, de esos
                        indiferentes, que mandan preguntar por la salud de nuestro hijo, como si se
                        les importara algo, deseando que haya un dolor en esta casa, que no ha
                        tenido ninguno todavía...</p>
                    <p>En ese momento el niño tosió. Una tos áspera y larga que precipitó al tórax
                        en una convulsión agitada de movimientos respiratorios. Los dos acudieron a
                        la cuna y en el silencio, que siguió después, se sintieron en el corredor
                        los pasos de un hombre, que iba y venía sin cesar, acercándose a la puerta,
                        como si algo esperase, mientras las sombras de la noche iban llegando
                        calladas. Al fin pareció decidirse: dio dos golpes a la puerta del cuarto de
                        vestir, llamando a Méndez.</p>
                    <p>¿Quién es? Dijo éste saliendo.</p>
                    <p>Genaro, señor. Yo soy. Hace un rato que estoy por acá, por si me precisan y
                        me voy a estar toda la noche.</p>
                    <p>Gracias, Genaro.</p>
                    <p>Y también señor, seguía Genaro, retrocediendo como si quisiera atraerlo al
                        médico, también quiero decirle una cosa. </p>
                    <p>¿Qué son estos misterios, Genaro? Habla de una vez.</p>
                    <p>Aquí no señor. Ella no quiere que yo le hable aquí.</p>
                    <p>¿Quién, ella? Preguntó Méndez con impaciencia. ¿Quién?</p>
                    <p>Oiga, D. Carlos, decía en voz baja Genaro. Hay que la señora mayor está
                        esperando desde hoy en el zaguán y un rato después se sintieron besos y un
                        estallido de sollozos en aquella sombra. La madre y el hijo estuvieron un
                        gran rato abrazados en silencio...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Bueno; mi pobre hijo, cálmese, le decía Catalina en voz baja, porque para eso
                        nacimos, para entregar a la tierra, de cuando en cuando algún pedazo de
                        nuestra alma...</p>
                    <p>Mi madre santa, exclamó Méndez, con los ojos llenos de lágrimas, antes que
                        él, todos mis sueños y mis sacrificios... que se borre todo y muera todo...
                        que yo sea estéril, como un desierto, inerte como una cosa vulgar y que yo
                        vague dentro de las sombras de la demencia... ¡y muerto, muerto!...</p>
                    <p>¡Oh Carlos! Contestó la vieja transfigurada, tú has sido lógico. Esta casa es
                        tuya y en cada palmo de pared está tu nombre escrito. Tú eres la enredadera
                        enorme que la cubre, le da sombra y la protege... Acuérdate, que, si mueres,
                        el tiempo destruirá la tabla de los pisos y todo irá cayendo en ruinas y
                        Dolores te seguirá en el viaje eterno, y tu pobre chiquita va a quedar sola,
                        en medio del frío y de la maldad del mundo, abandonada en todas las
                        tristezas... la delicada sensitiva, defendida por el cariño de tu
                        corazón...</p>
                    <p>Pero este que se va, interrumpió el médico, ¿quién lo reemplaza?</p>
                    <p>Dios es bueno, murmuró la madre, y hace que las alegrías vuelvan al hogar
                        mustio y que palpiten de nuevo las criaturas en las cunas.</p>
                    <p>¡Dios! ¡Dios! Y siempre y a cada rato Él, que se olvida, que son los hijos mi
                        religión suprema y que es por ellos, que yo puedo algún día entregarle mi
                        inteligencia y mis sentimientos. Él es la infinita bondad, madre, y debe
                        desaparecer no sé dónde, cuando suceden estas cosas.</p>
                    <p>¿Eres tú, quién habla? ¡Mi pobre hijo! Y sin embargo has visto muchos dolores
                        y me has narrado ejemplos de inmortal fortaleza. ¿No te acuerdas de esos
                        padres, que se debaten como titanes en la desgracia, y siguen la vida
                        hercúleos, haciendo estremecer de vigor y aliento la casa? Oh ¿tú crees, que
                        eres el único que tiene el sublime derecho de sufrir? En cada rincón hay
                        uno, alrededor tuyo más esforzado y más varonil que este filósofo
                        desventurado.</p>
                    <p>No, mi madre; yo no soy un cobarde, dijo Méndez, secándose las
                        lágrimas...</p>
                    <p>Ya lo sé; pero tus pasiones son frenesíes, tu valor es el ímpetu temerario y
                        enloquecido y tus dolores tienen estallidos sollozantes, que hacen temer por
                        ti y por todos y es por eso, que yo le he dicho a Genaro, que te llame
                        aparte...</p>
                    <p>Es cierto interrumpió Méndez; tienes razón, pero ahora yo sé lo que tengo que
                        hacer... Allí está Dolores, yo la he de confortar... Mis ojos están secos y
                        mi corazón tranquilo... tú tienes razón, te repito... pero a ti sola,
                        entiendes, yo he entregado mis debilidades con el llanto que he derramado
                        sobre tu hombro. Ahora ya no tengo flaquezas, y me siento lleno otra vez de
                        la fiera alma de mi padre.</p>
                    <p>Catalina lo besó en la frente y entró del brazo con él a ver a Dolores, que
                        calentaba contra su pecho el cuerpo del hijo. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El niño murió después, una madrugada. Lo pusieron en un cajoncito de ébano
                        que tenía por dentro un mullido colchado de seda azul y en la cabecera una
                        pequeña almohada.</p>
                    <p>El chico estaba acostado de espaldas, con las manos entrelazadas, blanco y
                        tranquilo. Su vestidito de muselina era cándido, como las canas de los
                        ancianos, que mueren y había sobre su cuerpo muchas violetas, las primeras
                        sonrisas celestiales de la primavera. En la penumbra de la sala, caminaban
                        algunas figuras, y se oían cuchicheos y más adentro, en el dormitorio
                        sollozaba Dolores, con la cabeza inclinada sobre la cuna. Así llega el día,
                        filtrando a través de la ventana, el día de primavera delicioso y tibio
                        inclinándose y titubeando en las sombras. Un poco más tarde pusieron sobre
                        el cajón una tapa de plomo, que tenía un vidrio cuadrado en la cabecera y
                        los que estaban allí se acercaron por última vez para ver al muerto y
                        mientras el hojalatero se disponía a tornillar la tapa de ébano, los padres
                        llegaron lentamente de la mano como cuando eran novios y miraron...
                        ¡pobrecito! ¡Alma de mi alma!... porque entonces la sala estaba llena de luz
                        y había en el suelo esparcidos aquí y allá muñecos y caballitos de goma.
                        Después se paró un coche, con ese repiqueteo brusco y ruidoso, el landó
                        grande en que iban todos a Palermo y Carlos, tomando el cajoncito debajo del
                        brazo, lo colocó en el asiento de adelante solo y en silencio. Lo pusieron
                        en un sepulcro de mármol, trajeron muchas coronas, llenos de solicitud
                        algunos amigos, porque ya moría el día lentamente en la Recoleta, entre los
                        sepulcros alineados, como si los muertos se prepararan a caminar la última y
                        melancólica jornada, los unos detrás de los otros, en medio de la primavera
                        deliciosa y tibia, en la hora en que las flores tienen más perfumes, más
                        murmullos los árboles y los pájaros más cantos.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>A su vuelta Méndez encontró a Dolores, sentada sobre la alfombra, al lado del
                        cajón del armario, donde guardaba las ropitas y los juguetes del hijo. Iba
                        sacándola poco a poco y la colocaba en montones, que ataba con cinta de seda
                        azul y en un gran cofre puso la pollera larga de cachemir blanco de su
                        bautismo, y la capa de encajes y la gorra con puntillas y tul trasparente en
                        el borde, que había calentado su cara pálida en aquel gran día feliz. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Estoy arreglando su ropita, Carlos, y quiero que nada se pierda. ¿Ves? Estos
                        son sus escarpines de seda... yo los voy a guardar bien... el día de tu
                        santo también se los pusimos... aquí están los caballitos, que eran su
                        encanto... ¿Te acuerdas cómo los estrujaba entre sus manecitas?... porque
                        era tan inteligente y tan bueno: parecía apercibirse que queríamos mucho más
                        a la chiquita y siempre sonreía para no darnos disgusto.</p>
                    <p>¿Por qué no te acuestas? Dolores, interrumpió el médico con voz suplicante...
                        Tú estás enferma y es necesario cuidarse para los que quedan.</p>
                    <p>¿Y la chiquita, Carlos, cuándo la traen?</p>
                    <p>Mañana viene.</p>
                    <p>No, dile a tu mamá que no la traiga, porque yo ahora estoy tranquila...
                        siento que estoy tranquila pero si viene ella, tengo miedo de sollozar hasta
                        morirme.</p>
                    <p>Si tú quieres, yo voy a guardar todo esto, para que descanses.</p>
                    <p>No, Carlos. Siéntate aquí... Tú eres bueno: vamos a vivir juntos con todos
                        sus chiches, todo el tiempo y... después yo sabía, que Dios se lleva
                        temprano a estas almitas bondadosas y a pesar de eso, te confieso, que no me
                        parece que se haya ido... </p>
                    <p>Por Dios, estas conversaciones no te hacen bien, Dolores... Te voy a pedir
                        una gracia... Quiero sentir tu cabeza sobre mi hombro.</p>
                    <p>Bueno, aquí está...</p>
                    <p>Ahora duerme.</p>
                    <p>Espérate... no vayas a creer, que es dolor lo que yo tengo, es una cosa
                        tonta, que me traspasa la cabeza.</p>
                    <p>¿Por qué no tratas de dormir? Esto te haría mucho bien.</p>
                    <p>No. Todavía no. Yo te voy a decir al oído toda su historia, porque tú no lo
                        conocías bien. Por la mañana cuando te ibas, la casa quedaba un rato en
                        silencio, porque tú eres un poco agitado... este no es un reproche,
                        Carlos... es un hecho no más, que cito, porque yo no quiero que te
                        ofendas...</p>
                    <p>¡Oh Dolores! ¡Santo amor mío! Exclamó Méndez, estrechándola entre sus brazos,
                        yo te suplico, no sigas más, en este doloroso delirio.</p>
                    <p>Déjame que te cuente... después él agitaba los bracitos y pronunciaba
                        sílabas, como si tuviera alguna risueña visión y yo decía, que eran los
                        primeros gérmenes del cariño que tenían ese lenguaje y sus ojos negros
                        resplandecían de luz y de sonrisas sus labios, cuando yo me acercaba a
                        besarlo. Cuando yo, lo tenía cargado, hacia movimientos bruscos para
                        escaparse con la cabeza echada hacia atrás y los brazos levantados... como
                        si quisiera volar al cielo... acompañado por las alegrías de mis ojos...
                        felices... felices... con estos sollozos... ¡pobre mi corazón que se ha ido
                        para siempre!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Ya era demasiado; y entre las sombras de la noche se hizo pedazos aquella
                        copa de cristal frágil... porque sucede que hay el deseo de ser fuertes,
                        pero triunfa el recuerdo entristecido, que tiene la luz gris y hace
                        alrededor nuestro el desierto infinito... ¡La florcita maravillosa, que miró
                        un rato el cielo azul ha doblado su corola para buscar lánguida la tierra y
                        desvanecerse en su seno húmedo! ¡Cuánto tiempo hace, que alrededor de la
                        cuna no hay gorjeos primaverales, ni besos de sol, ni cánticos de alegría
                        enternecedora!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así Carlos Méndez la tenía abrazada en medio del cuarto contra su pecho y sus
                        palabras y la extrema y casta dulzura de sus besos se mezclaban al sollozo,
                        que no tenía consuelo... </p>
                    <p>Él le hablaba el suavísimo idioma de los recuerdos de amor, el divino diálogo
                        al lado de la chimenea de la vieja casa, entre las augustas memorias de la
                        familia, cuando las rachas doblaban las copas de la arboleda y se
                        precipitaban en las calles zumbando... Le narraba así cerca del oído todas
                        las infantiles imaginaciones de aquellos días celestiales y los cuentos y
                        las leyendas que poblaban la sala de amables genios y de sonrientes quimeras
                        y sobre su espíritu dolorido empezó a caer la blanda quietud del sueño,
                        mientras su cuerpo extendido sobre la verde colcha de lampás adquirió el
                        profundo descanso. Méndez erguido en la tiniebla, más fuerte hasta entonces,
                        que su dolor la miró dormir dentro de aquel silencio de la casa oscura,
                        interrumpido solamente de cuando en cuando por los pasos de Genaro, que
                        vagaba, como un fantasma en puntitas de pie por el patio, centinela
                        desasosegado y triste, guardando la desventura de aquella casa, donde se
                        había hecho hombre... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- II -</head>
                    <head type="sub">La noche de un corazón</head>
                    <p>Pero Genaro había visto pasar muchas veces a Enrique Valverde por la calle
                        del conventillo y las visiones oscuras que rompen la fibra honesta fueron
                        entrando poco a poco en su espíritu. Alguno había en la noche, cuando él
                        estaba sentado a descansar, que le decía las palabras de la befa amarga y
                        ese su corazón generoso empezó a tener las sacudidas bruscas del insomnio.
                        Sus cariños ya no eran tranquilos y tenía abrazos impetuosos para la blanca
                        cabeza de la pobre madre y a Santa la miraba con ojos recios y después se
                        retiraba a un rincón del cuarto sacudiendo con movimientos de desesperación
                        melancólica la frente tenebrosa. Cuidado con lastimar las almas
                        afectuosas... porque detrás de la ofensa crecen y se agigantan los odios
                        eternos que alimentan sus tormentos homicidas en los soliloquios retirados y
                        silenciosos.</p>
                    <p>Perdió sus alegrías y su traje mugriento y deshilachado en los codos y todo
                        su cuerpo tuvo la piel áspera y granujienta del desaseo. El coche empezó a
                        tener manchas cenicientas y rasgos largos y angostos y glomérulos aquí y
                        allá de barro seco, que salpicaban del pavimento de las calles. Las ruedas
                        sucias y fangosas chillaban de cuando en cuando al girar sobre el eje no
                        lubrificado de aceite y en los pliegues del espaldar colchado y blando y en
                        los intersticios del marco de los cristales opacas hileras de polvo
                        quietecito y como dormido. Las guarniciones de platino, con reverberaciones
                        de luz y esplendores antes, empezaron sus buenos tiempos en su color oro
                        muerto, largas y peinadas las crines como hebras de seda flotando y la cola
                        voluminosa y amplia en la base, enredada ahora con aspecto de largas y
                        descuidadas greñas, con botones de abrojo verde y puntas y festones de
                        ortigas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Un día Méndez, ya desesperado de aquella negligencia incorregible, lo echó de
                        la casa. Así pasó algún tiempo pensando en aquel pobre muchacho que lo había
                        acompañado tantos años. Una noche la chiquita de los cuentos, sentada sobre
                        sus rodillas, lo abrazó y le dijo:</p>
                    <p>-¡Pobrecito, Genaro, papá! Y lo miraba con los ojos grandes y llenos de
                        lágrimas.</p>
                    <p>-Ese hombre es malo, contestó Méndez- es un ingrato.</p>
                    <p>-No, Carlos, interrumpió Dolores con tristeza- ese hombre tiene una gran pena
                        en el corazón.</p>
                    <p>-Sí, papá, sí, papá... una gran pena... por eso es que a la tarde viene y se
                        sienta en el cordón de la vereda... Tiene ese poncho largo y me mira un gran
                        rato como si no me conociera... y yo tengo miedo, porque le veo un cuchillo
                        en la cintura; pero él después pone las manos juntas, como cuando uno reza y
                        me dice tantas cosas amables, papá, y me besa la mano derecha, fuerte,
                        fuerte. «Yo voy a venir todos los días, dulce compañerita... hasta que me
                        muera de hambre... cuando su papá no esté... yo voy a sentarme aquí y Vd.
                        desde el umbral y vamos a conversar juntos, porque yo necesito saber que Vd.
                        está buena siempre dulce compañerita... Aquí le traigo estas violetas...
                        mire cómo tengo la cara lastimada de arañones; yo pasé con todo mi cuerpo a
                        través del cerco negro de moras, porque quería robar para Vd. flores de los
                        jardines hermosos. Yo me puse esa vez, seguía contando la chiquita, yo me
                        puse muy contenta y le dije: Gracias, gracias, Genaro. Entonces sacó del
                        seno un cartucho de pastillas... este, papá, ¿ves?... Yo las compré esta
                        mañana, me dijo, y lo espié a su papá cuando se iba, para traérselas y hasta
                        que yo me muera, le voy a dar todos los días algún chiche para que pase
                        alegre y entretenida su vida preciosa. Yo le voy a decir a papá, Genaro, que
                        no quiero que te vayas más.</p>
                    <p>-No, no le diga, me contestó, pero prométame cuando yo la llame a la tarde
                        que va a venir a conversar con el pobre Genaro, así... con su vestidito rosa
                        y la gorra grande y blanca de percal, porque le quiero contar muchas cosas a
                        mi dulce compañerita. ¿Se acuerda cuando en el coche de mimbre la llevaba a
                        pasear por las veredas, y la gente se paraba a mirarla y a besarla y Vd. se
                        reía con esos sus ojos asustados y después yo le cortaba rosas y le hacía
                        ramitos del jardín y de noche sentado en el banco del zaguán a mi lado le
                        cantaba las canciones del corazón para que Vd. se durmiera?</p>
                    <p>-Vamos, chiquita, no quiero que cuente nada más, dijo Méndez, que tenía miedo
                        siempre por aquella cabecita volcánica.</p>
                    <p>-¡No se enoje, papacito, malo! Contestó enseguida la niña acariciándole la
                        mejilla y siguió conversando; una tarde llovía mucho y yo sentí que Genaro
                        estaba en la puerta -venía con las botas sucias de barro y sin sombrero, con
                        toda la cabeza alborotada y cuando yo le dije que entrara, me contestó: mire
                        cómo corren, dulce compañerita, estos botes de papel por la corriente; y yo
                        vi los barquitos blancos irse despacito corriendo y salí afuera a mojarme
                        toda detrás de ellos.</p>
                    <p>¡Oh! Si yo no pudiera verla, cómo sufriría mi corazón, dulce compañerita, y
                        me tomó en sus brazos Genaro y me llevó hasta el corredor, donde estaba mamá
                        y cuando me hicieron entrar yo oí que conversaban largo rato y como si
                        Genaro llorase.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Todo eso era cierto. Dolores le había dicho al llegar: Cuánto te agradezco,
                        Genaro, que me hayas traído a esta pícara.</p>
                    <p>-Qué buena es Vd., niña Dolores, contestó Genaro; y yo que creía que Vd. se
                        iba a retirar, si me llegaba a ver.</p>
                    <p>-¿Por qué, Genaro? Si tú tienes un alma tan afectuosa y yo ya le he dicho a
                        Carlos que te vuelva a tomar.</p>
                    <p>-Gracias, niña Dolores; pero yo no entro más a esta casa, porque tengo como
                        una lastimadura en la cabeza y cualquier palabra me ofende y me enloquece. Y
                        Vd. sabe cómo es D. Carlos... Y después yo siento que ya no soy bueno como
                        antes. ¿Vd. se acuerda cuando eran novios y D. Carlos se había puesto tan
                        amable y manso y paseaban por el jardín de la mano, al lado de los
                        arrayanes, bajo el sol frío de invierno? Entonces yo también caminaba al
                        lado de Santa con mi traje negro del domingo para ir a menudo a rezar al
                        cementerio cerca de la cruz de madera sobre el sepulcro de tata. Pero ahora
                        ya se acabaron todas las alegrías y todos los recuerdos. </p>
                    <p>-No es posible, Genaro, que tú pierdas así la vida generosa en la holganza,
                        dijo Dolores con dulzura.</p>
                    <p>-Yo estoy perdido para siempre, niña Dolores, y todavía así mismo se me llena
                        el corazón de consuelo, cuando veo esta casa, donde he pasado tantos años
                        dichosos y puedo conversar con su chiquita.</p>
                    <p>-Pero qué cosa tan violenta ha pasado por tu alma, Genaro, dímelo y haré por
                        ti todo para que vuelvas a ser como antes, porque en la vida se hacen
                        estaciones como Jesús y se pueden tener, como Él, las agonías del desaliento
                        y caer melancólicos y sin esperanzas sobre el duro madero de la cruz y tener
                        sangre en los pies y lágrimas en los ojos; pero debe sufrirse todo con valor
                        y seguir la montaña del Calvario arriba, arriba, levantando como el
                        sacerdote en la misa el cáliz de la amargura hasta las glorias de los
                        cielos, porque cuando nos bautizan, Genaro, ya entregan nuestro cuerpo al
                        dolor y el espíritu a las batallas bravas y varoniles.</p>
                    <p>-Con razón, contestó Genaro enternecido, yo le decía a mamá que Vd. era santa
                        y hablaba con palabras de ángeles del cielo, y asimismo Dios no quiere que
                        nadie sea feliz. ¿Se acuerda, niña Dolores, de su pobre chiquito? </p>
                    <p>-Pues, bien, Genaro, nosotros hemos ofrecido a Dios nuestro dolor como en
                        holocausto y continuado la vida a pesar de todo. Tú también debes rehacerte
                        y sacudir ese malestar y volver al trabajo, que da las alegrías de la
                        virtud, que no debe morir nunca.</p>
                    <p>Oh la virtud, niña Dolores... pero Santa ya no debe tener eso, gritó
                        impetuoso Genaro, porque le ha salido paño en la cara y sus ojos azules
                        están turbios y su ropa de manchas sucias y ha escupido la memoria de tata,
                        que me alegro, sí, me alegro que se haya muerto y que ya no haya en la fosa
                        ni siquiera gusanos y desearía que las ánimas se hubieran llevado sus huesos
                        tan lejos, donde ya nadie se acordase que había vivido.</p>
                    <p>-¿Qué dices, Genaro?, exclamó Dolores del Río temblando; esa es una blasfemia
                        tuya.</p>
                    <p>-La verdad he dicho, la verdad he dicho, repetía Genaro, se lo juro por los
                        llantos de mi pobre vieja, entristecida, y por esta cruz que yo beso de
                        rodillas en el suelo, y se echó con toda la frente sobre la baldosa
                        raspándosela porque yo los he visto a ella y a Valverde, ese canalla,
                        conversar en la puerta del conventillo... pero déjeme no más, niña
                        Dolores... yo los voy a coser a puñaladas una noche que esté bien borracho y
                        vea sangre por todas partes. </p>
                    <p>Genaro se levantó con el sombrero en la mano sacudido y violento el pecho.
                        Tenía como un encaje transparente de lágrimas, que habían quedado colgadas
                        entre los párpados y en sus ojos agrandados había todas las resoluciones
                        tranquilas de su molde rudo. Ese llanto llegaba hasta allí, como ecos de la
                        nostalgia de su alma por haber perdido para siempre las dulzuras de aquel
                        hogar y en sus gotas cristalinas había reverencias y gratitudes eternas...
                        Él doblaba su persona ante aquella virtud inmaculada de Dolores del Río,
                        como los fuertes inclinan la frente, apercibida al combate y al exterminio
                        cuando las manos de alabastro levantadas y abiertas imploran y caen sobre el
                        espíritu áspero las miradas de la plegaria, y ella sabía que es necesario
                        ser amables con la pobreza que sufre porque el latigazo duele y la palabra
                        agría y el reproche injusto la ofende. Así lo miraba a Genaro como con
                        divina misericordia, como suele casi siempre el cielo azul y tranquilo
                        contemplar las batallas de la vida humana. Su rostro tenía la melancólica
                        ternura de los que observan con sentimiento el dolor ajeno y en sus ojos
                        grandes y negros estaban escritas todas las estrofas plácidas del perdón.
                        Vestía, a pesar de haber pasado algún tiempo de la muerte del hijo, el traje
                        negro y largo con que suele uno acordarse de los que no volverán jamás con
                        nosotros y había en toda su persona como reflejos apacibles y etéreos de la
                        bondad infinita.</p>
                    <p>-Anda, Genaro, dijo al rato Dolores y acuérdate que es necesario ser
                        buenos.</p>
                    <p>-Yo le pido perdón, replicó turbado éste, por todas estas cosas malas... pero
                        yo tenía necesidad de decírselas a algunos para que no me reventaran el
                        pecho.</p>
                    <p>-Sí, Genaro... pero Dios solo es el juez de sus criaturas y la vida de cada
                        uno a él solo le pertenece, porque todo lo sabe, todo lo ve y lo perdona, y
                        cuando más grande es la afrenta, más cerca está uno perdonando de su divina
                        misericordia.</p>
                    <p>-Yo, perdonar, niña Dolores... ¡ah no! ¡Eso no!</p>
                    <p>-Sin embargo, Genaro, el perdón es la mansedumbre que cae sobre el alma
                        exacerbada de venganzas y la condición necesaria para seguir viviendo y
                        trabajando y mientras tú alimentes en tu cabeza el odio implacable, tú
                        caminarás hacia el abismo y te hundirás en él...</p>
                    <p>-Pero tata me dijo al morir que cuidase su nombre que no había tenido
                        borrones hasta entonces. Yo no puedo perdonar, niña Dolores, gritó Genaro
                        levantando la mano derecha al cielo ebria y temblorosa en su impotente
                        desesperación...</p>
                    <p>-Entonces ya no reces el rosario, contestó ella con dulzura y tristeza, ni
                        vayas más tampoco a visitar la cruz de madera, ni busques los brazos tibios
                        de tu pobre madre envejecida y enferma y no agregues más cariño a los amores
                        que has despertado en tu vida y sobre tu pasado honesto y altivo arroja la
                        capa de goma que te ponías antes en los días de las tormentas para que los
                        arroyos do las zanjas se lleven todo para siempre.</p>
                    <p>En ese momento asomó su cabecita inquieta por el cuarto de vestir de Dolores
                        la chiquita de los cuentos y viendo que Genaro se iba con la cabeza
                        agachada, corrió detrás de él, llamándolo, mientras Dolores pensaba en la
                        pena profunda de aquel inconsolable infortunio.</p>
                    <p>-No te vayas, Genaro, no te vayas, yo quiero que tú me lleves en el
                        coche...</p>
                    <p>-Sí me voy para siempre, dulce compañerita, contestó él muy lentamente, como
                        conteniendo un sollozo, pero antes déjeme besarle por última vez la mano
                        blanca, porque yo no sé cómo darle las gracias, desde que ha sido tan buena
                        conmigo, y cuando de noche rece arrodillada en su reclinatorio bajito,
                        acuérdese del pobre Genaro, que le ha traído flores de las quintas hermosas
                        y ha echado barquitos a la corriente para que Vd. se alegrara. ¡Amalaya!
                        Entonces los ángeles del cielo bajen a cantarle las canciones para que
                        duerma feliz, el sueño de la noche al lado de la niña Dolores y de D. Carlos
                        que la miran con ojos cariñosos, y... y escuche esta última cosa que le voy
                        a decir. Yo le agradezco mucho a su papá todo lo que ha hecho por mí,
                        pero... yo ya no sirvo para nada... Y Genaro fue retrocediendo un largo
                        trecho, mirando y saludándola, y le decía a cada paso: ¡adiós para siempre,
                        dulce compañerita!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Esa noche entró Genaro al conventillo, pasando entre un grupo de hombres sin
                        saludar y cuando llegó al medio del patio, dio vuelta la cara y observó que
                        se miraban entre ellos... Resbaló su poncho del hombro y envolviéndoselo en
                        el brazo izquierdo se acercó con terrible gesto de ira.</p>
                    <p>-Ustedes se están riendo de mí, dijo porque no veo con las espaldas, y ni
                        poncho necesito para ustedes y lo azotó contra la pared y sacó su puñal,
                        inclinando su cuerpo adelante para arremeter... Los hombres se
                        arremolinaron, retrocediendo, mientras una mano callosa y áspera le detenía
                        la muñeca y lo llamaba dulcemente. Genaro sintió que dos brazos le rodeaban
                        la cintura y vio al rato aparecer debajo de su axila derecha la cabeza
                        blanca de la madre, cuyo cuerpo fue alrededor de él girando, hasta mirarlo
                        de frente sollozante... Genaro echó el puñal a la cintura y en silencio
                        entró con ella a su cuarto.</p>
                    <p>Allí solos los dos se miraron un gran rato hasta que la madre dijo:</p>
                    <p>-Qué miedo he tenido, Genaro: ¿por qué sos así de un tiempo a esta parte?</p>
                    <p>-¿Dónde está Santa? Interrumpió áspero el hijo.</p>
                    <p>-Ha salido, contestó Teresa con dulzura.</p>
                    <p>-¿Ha salido? ¿Dónde ha salido? ¿Por qué ha salido? Dijo Genaro con impetuosa
                        rapidez.</p>
                    <p>-Me ha asegurado, Genaro, que volverá pronto.</p>
                    <p>-Esa... esa ya no vuelve a su casa como antes; por eso me agita la terrible
                        tristeza...</p>
                    <p>-Yo bien veo, contestó la madre, que tú ya no vienes a abrazarme de noche, ni
                        a rezar conmigo y ya no hablas de las cosas del viejo que era tan trabajador
                        y tan bueno.</p>
                    <p>-Él es, madre, el que me dice todos los días lo que yo tengo que hacer... lo
                        que yo tengo que hacer; pero así a sangre fría, no puedo, gritó Genaro; y
                        entonces me emborracho.</p>
                    <p>-¡Oh! cuánto sufro por vos, mi pobre hijo... por esta mala vida tuya...</p>
                    <p>-Y me emborracho, seguía Genaro, como si no hubiera oído a la madre -y tengo
                        mala bebida y veo todas las cosas tambalearse conmigo por la calle y dar
                        vuelta como un remolino y si los encontrara a los dos entraría como un
                        asesino a degüello y sufro como una batalla adentro, cuando estoy sano,
                        porque la cabeza me dice que son cosas que no deben hacerse y así no...
                        porque bebo y bebo y siento todas las bárbaras corazonadas y a veces quiero
                        estar triste, como cuando murió tata y tengo gusto de quedarme así un gran
                        rato, como si fuera yo un cajón de muerto forrado de coleta negra y me hundo
                        cada vez más adentro de todas esas vistas que parece que lloran a gritos una
                        gran desgracia; pero si no hago eso, yo sé muy bien que Dios manda que uno
                        sufra y trabaje y perdone, como decía la niña Dolores.</p>
                    <p>-Genaro, interrumpió la madre; todo temblorosa, si tú sabes eso, ¿por qué no
                        vuelves a tu trabajo, para que yo pase los últimos días de mi vida en la
                        gracia de Dios al lado de mis dos hijos? </p>
                    <p>-¡Ay, mamá! Exclamó Genaro... es que tú no sabes lo que pasa; y eso es
                        mejor... al fin alguna cosa hace uno cuando tiene el corazón negro; y yo le
                        he visto a D. Carlos encerrarse sin salir, tres días en la sala oscura
                        cuando murió el hijo y nosotros los pobres cuando tenemos penas nos
                        emborracharnos y nos escondemos dentro de la bebida, como aturdidos y
                        locos.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>En ese momento en el cuarto de al lado sonó la voz dulce de María, la novia
                        de Genaro confundida con el ruido de la máquina de coser y salían por la
                        puerta abierta en tropel las notas melodiosas, entrando y dilatándose lejos
                        en la noche oscura. Cantaba la canción de las suaves resignaciones y decía
                        en las tiernas décimas una dolorosa, historia de fraternidad y de abandono.
                        Eran dos aves blancas que vivían piando sobre una misma rama y volaban
                        juntas por el espacio trinando y entrelazando las alas para sostenerse y
                        mirarse en el éter -las almas de dos hermanos muertos, que a Dios le
                        pidieron les dejara peregrinar hasta los días de la gloria eterna. Así
                        volaron mucho tiempo, en medio de los rayos del sol, arrebatados en la misma
                        nube cenicienta y bajita, sentándose al lado de los arroyos, que van
                        murmurando en sus aguas quién sabe cuántos misteriosos cuentos,
                        escondiéndose en la noche fosforescente de luciérnagas de los matorrales,
                        cobijados por el cielo azul y las estrellas diseminadas que tienen la fresca
                        lumbre apacible... Iban y venían de la tierra al firmamento y llevaban las
                        historias del mundo y los gritos de las criaturas humanas y cantaban después
                        a su paso por la pradera verde las vidalitas del cielo. Pero una noche
                        estaban ellos ocultos dentro la figura tenebrosa de un ombú y pasó el ángel
                        malo con sus alas anchas y negras y arrastró a la hermana tímida y fascinada
                        dentro la órbita vertiginosa de su camino y entre barrancas de arena plomiza
                        y árida se perdió lejos con ella. Quedó el compañero solitario y la llamó
                        mucho tiempo volando de zona en zona, separando el tupido follaje de los
                        bosques y preguntaba por ella a las aves, que apuraban el vuelo, y miraba a
                        todas partes con las alas abiertas y fijas en el espacio, que llenaba de las
                        notas quejumbrosas de la melancólica vidalita celeste, que narra las
                        leyendas enamoradas y los divinos soliloquios de la amargura. Se paró al
                        fin, mustio, enfermo y envejecido sobre la rama transversal de una cruz de
                        piedra y encontró a la hermana, el plumaje húmedo de lágrimas, acostada y
                        moribunda y redimida de sublime arrepentimiento.</p>
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                    <p>¡Almas exquisitas, sencillas sublimidades escondidas, cuyas estrofas
                        virginales tienen el agudo y rudo arpegio de la máquina de coser amables
                        cultivadoras del rosado clavel de la ventana, salpicados de puntos y vetas
                        de nácar, cuyos tallos lánguidos y flexibles se mantienen agrupados por el
                        moño de cintita celeste! Qué tarde, oh María va a llegar al oído de Genaro
                        la filigrana de notas, que va repitiendo la palabra del perdón en el cuento
                        del ave blanca con plumaje de cisne y gorjeos de calandria, no como antes en
                        los tiempos que ya murieron -de las profundas alegrías, cuando él acompañaba
                        con su guitarra la pesadumbre inmortal de los tristes enamorados. Trinaba la
                        nota entonces inconmensurable, en los tiempos que ya murieron- cuando él
                        también cantaba los poemas aprendidos en las vastas soledades más ingenuos,
                        más melodiosos y originales que las armonías de Israel, que tienen los
                        estampidos titánicos de las tempestades sidéreas, cruzados por los éteres
                        más trasparentes, ebrios de las fragancias de los rosales que brotan a
                        millares de los cercos. ¡Adiós para siempre el pasado fugitivo, que viene
                        saetando el dorso de todos los que viven con el eco de los júbilos que ya no
                        se alcanzarán, a los mundos funerarios llenos de escombros! ¡Adiós el
                        corazón afectuoso de Genaro hecho pedazos en las lubricidades de la
                        deshonra! -Así las modulaciones envolvían su cuerpo gigantesco, parado en
                        medio del cuarto, la cabeza oscura y la frente moviéndose en la tiniebla;
                        cruzado los brazos empezó después a caminar como un sonámbulo, con los ojos
                        secos y ardientes hacia aquella pared, detrás de la cual cosía la mujer que
                        había entregado su orfandad a la nobleza de su corazón, como para decirle
                        que todavía no había muerto aquel viejo Genaro que cantaba sentado en la
                        noche al lado de su cuarto las alegres serenatas. Retrocedía y avanzaba
                        mirando siempre sin tener fuerzas para llamarla con el nombre suave de
                        María, sin fijarse ya en la madre que lo contemplaba sentada en un rincón,
                        como si oyera todavía en aquel silencio las palabras de Dolores del Río: «ya
                        no busques los brazos tibios de tu madre envejecida y enferma -y no agregues
                        más cariño a los amores que has despertado en la vida». Cuando el canto cesó
                        y siguió solo el tiquitac de la máquina, ese armónium monótono que grazna
                        las lamentaciones insomnes de la pobreza, Genaro pasó al lado de la madre
                        sin besarla y sin hablar, resbaló rápido fuera de la zona de luz que
                        estallaba del cuarto de María y en medio de las gentes del conventillo, que
                        caminaban al lado de él como tenebrosos bultos, llegó a la puerta en
                        silencio y la sombra de su cuerpo se deshizo lejos en los negros lutos de la
                        noche.</p>
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                    <p>Se hizo noctámbulo de los barrios oscuros, arrebatado en todas las
                        desesperaciones vagabundas. Pasó debajo del puente por las altas veredas que
                        corrían antes derechas, al borde las callejuelas siniestras, húmedas y
                        resbaladizas de lodo, la boca de los albañiles abiertas y negras, vomitando
                        a cada rato los gargajos inmundos de todos los desperdicios, cuajados los
                        bordes de grumos hediondos. Caminaba entre las emanaciones podridas, mirando
                        una tras otra las casitas bajas, iguales en largas hileras, impregnadas de
                        líquidos verdosos las paredes, el revoque hecho papilla y descarado a
                        trechos. Se paraba en las ventanas de las zahúrdas esquivas, en cuyo fondo
                        blanqueaba apenas la cama, heridos sus ojos por los vaivenes soñolientos de
                        la silla de hamaca miserable oyendo estridentes cantares y el chistar ávido
                        y desventurado y asomaba su cabeza por los vidrios terrosos de las tabernas
                        y en la atmósfera llena de turbiones de humo, miraba los hombres beodos,
                        apoyados los codos sobre la mesa, tragar con ojos revueltos los semblantes
                        afrodisiacos de las mujeres macilentas, grabada la frente casi siempre de
                        los estigmas indelebles de la crápula. Veía muchas veces danzar y girar las
                        parejas al compás de la habanera, que hace arrastrar el ponche compadre y
                        derrama en el ambiente la nota lasciva y hombres acostados más tarde
                        gruñendo el sueño borracho y mujeres azotadas -el rostro de moretones y de
                        cuando en cuando el choque de chispa de los puñales, describiendo en el aire
                        los jeroglíficos homicidas. Empujado, comprimido a veces, era arrastrado de
                        aquí por allá como un inconsciente por el tropel cosmopolita de una
                        muchedumbre que apura la vida, buscando en los barrios tenebrosos con
                        atropelladora ansiedad, los gérmenes letales y entraba aturdido dentro la
                        barahúnda estridente de los instrumentos de cobre que parecían rajar las
                        paredes estremecidas y las puertas endebles con las broncas resonancias y
                        escuchaba más lejos la melodías calladas de alguna guitarra y los sonidos de
                        los órganos que rezongan en las bocacalles. Oía la carcajada de la orgía y
                        los cantos de los coros de hombres y en los zaguanes oscuros ruidos de besos
                        y las faldas de las mujerzuelas perdidas flagelaban pasando sus piernas. A
                        veces parado en la esquina miraba con ojos taciturnos las zonas de luz que
                        se azotan a la calle de los reflectores redondos, chisporroteando sobre el
                        ojo deslumbrado la larga columna de fuego y observaba los grupos apiñados
                        contra las rejas y las protestas procaces de los leenones y las griterías
                        del harem enloquecido y desnudo. Trecho a trecho sombras que ocultan algún
                        siniestro poema de suciedad y de miseria y familias escuálidas asomando el
                        hocico para husmear el vaho obsceno de la calle y niños sacudiendo en el
                        aire negro el rostro atónito y los andrajos del traje que deja ver mulata la
                        desnudez del cutis mugriento. De repente veía Genaro pasar entre los
                        esplendores del reflector y entrar en la sombra desaparecer y dibujarse otra
                        vez al rato en los rectángulos de luz más cercana, la máscara tormentosa de
                        algún borracho, tironeando las crenchas enredadas de la ramera sollozante
                        batiendo mandíbula con mandíbula en los redobles apurados del terror.
                        Permanecía soñoliento, como si todas aquellas visiones del lodazal y los
                        himnos perversos de aquella bacanal de la carne demente lo envolviesen,
                        atrayéndolo con el arpón clavado entre las costillas dentro de la sima,
                        salpicado su cuerpo de máculas, incineradas para siempre las generosas
                        estrofas de antaño. Así entró en los fondines de pequeño mostrador en
                        semicírculo, el cuadro de la reja de varilla larga de hierro en una punta
                        encerrando las copas sucias y opacas y extendida la lata plomiza clavada
                        sobre la madera, la estantería al frente, llena de los frascos alineados del
                        beberaje.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Una noche estaba en el vano de una de esas portezuelas parada una figura alta
                        y oscura que lo aferró de un brazo al pasar y lo llamó por su nombre.</p>
                    <p>Era una mujer flaca, con dos grandes ojos verdes, metida en una falda de
                        percal rosa, un pañuelo grande de espumilla en el pescuezo. Genaro se dejó
                        conducir como un autómata. Entró en una pieza larga y rectangular, desnudas
                        las paredes, los tirantes arriba rígidos y paralelos, cruzados de la roja
                        alfajía de quebracho y el piso de tabla ancha y pulverulento, con curvas y
                        líneas serpentinas y ochos oscuros y húmedos del riego grosero hecho un
                        momento antes. Sentados alrededor en bancos de pino las parejas, sobre cuyos
                        trajes y palabras arroja un gran borrón de tinta negra la lanza aguda de
                        esta pluma mía que va corriendo, mientras dos guitarras en un rincón templan
                        la nota y se oyen los crujidos de las clavijas y el chac repentino de una
                        cuerda que se rompe.</p>
                    <p>-¿No me conoces, Genaro? Dijo la mujer.</p>
                    <p>Genaro la miró un rato ondulando, con cara de imbécil y la mirada siniestra
                        de ebrio y dio un paso hacia ella, como si fuera a caerse, y en medio de la
                        algarabía de risotadas y palabras inmundas oyose por todas partes repetir.
                        ¡Genaro! ¡Genaro! Que cante, alcáncenle la guitarra -una copa, patrón, una
                        copa para el cantor y se sintió el crepitar de los bancos y el retumbar de
                        las botas en el piso y roces de percales quebrando y arrugando su planchado.
                        Lo rodearon todos mientras éste apuntaba con el dedo la cara de la mujer y
                        le decía arrastrando las palabras: Sí te conozco mucho: eras una lavandera,
                        -pero en el patio del conventillo hacia frío y tú no trabajabas y no pagabas
                        el alquiler... entonces de un puntapié te encajaron en esta cueva... y yo he
                        visto otra como vos que era honrada y después se llenó la cara de paño y los
                        ojos de la madre de lágrimas... y tú antes te llamabas Santa, cuando rezabas
                        el rosario y te ponías el rebozo negro en la cabeza y el crespón hasta el
                        suelo. -Se llama Clarisa Paloche, gritó un borracho, y de un empujón dio con
                        ella de espaldas sobre el mostrador. Ahora sí, contestó lentamente Genaro,
                        porque éstas se cambian nombre... pero tú no vas a hacer, proseguía
                        acercándose al borracho con aire amenazador, y la cara oscura y terrible, tú
                        no vas a hacer y esto nunca con Santa porque yo le he prometido al viejo
                        vengar la porquería esa- y como vieran los otros que lo tironeaba del
                        pañuelo de seda reciamente y acariciaba nervioso el mango del puñal, lo
                        llevaron hasta la silla, sobre la cual cayó pesadamente, mientras una
                        guitarra rodaba por el suelo, sonando como un lúgubre y prolongado
                        quejido.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Genaro la miró un rato, la levantó lentamente, y después de templarla se puso
                        a cantar en medio de aquel coro silencioso... Pasaba a través de su
                        embriagada inteligencia la fantasmagoría extraña que aterroriza y vibraban
                        de las cuerdas roncos y pavorosos acordes. Cantó la leyenda sucia del
                        carancho, que va lentamente revoloteando por la campaña con el pico estirado
                        y olfatea el animal muerto y cae con las alas extendidas sobre el lomo rojo
                        de músculos a posarse con sus garfios y pica y pica y desgarra apurado en el
                        bestial banquete y desnuda el arpa curva y hedionda de los huesos blancos...
                        como la desgracia que le pudre y le raja al hombre la ropa y se la hace caer
                        a pedazos y le come poco a poco la carne y uno se seca al fin y lo echan a
                        la fosa...</p>
                    <p>-¡Bravo! ¡Bien! Oyose gritar en medio de los aplausos, mientras un borracho
                        le alcanzaba una copa. Genaro la apuró de un trago. Enseguida inclinó la
                        cara oscura sobre la guitarra y siguió cantando:</p>
                    <p>La laucha cruje, cruje todas las noches con los dientes de marfil largos y
                        muerde la madera del zócalo y hace un agujero redondo... como la desgracia
                        que pellizca, araña y taladra el corazón en la noche oscura de los silencios
                        de cada uno... y la víbora que está debajo de piso y ve entrar luz se asoma
                        y entona el canto agudo de muerte, que hace castañetear de miedo los dientes
                        y saca afuera las dos púas movedizas y la cabeza y el cuerpo largo,
                        extendido y serpentino que se desliza con roces callados como si caminara
                        sobre terciopelo... Así entran poco a poco las rabias y muerden y matan los
                        tiernos cariños y erizan las tormentas de la sangre... porque el padre ve
                        resbalar la culebra y erguirse sibilando y caminar parada sobre la cola a
                        picar con ponzoña el pecho de la hija que duerme y encorvado la espera al
                        pie de la cama y la cabeza de un tajo rueda por la madera, las lesnas de la
                        lengua de fuera zumbando.</p>
                    <p>-¡Bravo! ¡Hurra! Resonó por todas partes en medio del crujir de los percales
                        y del taquear retumbante de las botas. ¡El bagual! ¡El bagual! Que cante
                        Genaro el bagual. La paica más comadre con zancadillas de milonga le alcanzó
                        una copa. Genaro la vació enseguida y empezó a cantar:</p>
                    <p>El bagual es el potro de la pampa libre. Tiene las tormentas de los infiernos
                        en las pupilas y corre con la cabeza agachada, torciéndose bellaco en el
                        aire como una víbora, devora el camino y se hace pedazos en las cortaderas.
                        Se levanta de un salto y sigue: relincha con espantoso alarido y chiflan en
                        su ojo revuelto todos las rabias salvajes o indomables... y a veces vuela
                        erguido, las crines al viento en fuga, sucias de abrojos y tierra. Los
                        gauchos lo enlazan y lo atan a un palo del corral. Le llevan agua y no bebe;
                        le llevan pasto y no come y sin un quejido, echado para atrás en actitud
                        constante de sentarse sobre sus patas van apareciendo y formando arco sus
                        costillas, hasta que un día amanece muerto, con el cuerpo en tierra, colgado
                        del pescuezo del palo homicida, -el ojo turbio, abovedado y frío de
                        piedra... como los rencores que le secan el alma al hombre y mueren los
                        sentimientos y le enfrían la sangre y le hacen tiritar el puñal, buscando la
                        venganza...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La guitarra hasta entonces crujía con estrépito y tenía cosas roncas, pulsada
                        por la mano vigorosa de Genaro y en medio del silencio cruzaban como
                        espectros aquellas visiones terribles. Poco a poco la música fue perdiendo
                        sus cóleras y sus tormentos y desmayó en un triste de lánguida pena
                        hondísima, como si se hubieran allí aglomerado todos los sollozos de una
                        vida entera de martirio.</p>
                    <p>Era como una elegía murmurada en el adiós del corazón a todos los cariños de
                        la tierra, a los recuerdos juveniles que hablan el lejano y dulce idioma de
                        la alegría, como si aquellas notas armoniosas en su melancólica pureza
                        estuvieran hechas con susurros de los últimos besos moribundos de alguna
                        madre santificada y había trinos y arpegios y fugas tiernísimas, que
                        desataban de su seno ruidos de lágrimas, esas que graban gota a gota sobre
                        las congojas de cada día el epitafio del sepulcro.</p>
                    <p>Cuando se levantó para salir tambaleándose Genaro, le abrieron paso todos y,
                        ya en la calle se levantó su voz con ecos formidables y desgarradores.
                        Saltaban las notas, se azotaban contra los vidrios, resbalaban sobre el
                        lodazal a poblar de estremecimientos el barrio tenebroso, las palabras
                        angelicales aquellas de la dulzura suprema, que le habían hecho pedazos el
                        corazón, y el último coloquio con la chiquita de los cuentos... Yo me voy
                        para siempre, dulce compañerita... Cuando Vd. rece arrodillada en el
                        reclinatorio bajito, acuérdese de Genaro que le cantaba las canciones
                        deliciosas para que Vd. se durmiera... porque yo he robado flores de los
                        jardines hermosos y echado barquitos a la corriente para que pase alegre su
                        vida preciosa; ¡déjeme siquiera besarle todavía una vez la mano santa y
                        bendita, dulce compañerita! Y la noche le arrebató lejos con los últimos
                        ecos de la tierna canción desvaneciéndose y se perdió describiendo <seg rend="italic">zig zag, zig zag, zig zag</seg>... </p>
                    <p>En la madrugada, Carlos Méndez salió como siempre, a visitar sus enfermos y
                        cerca de su casa, vio un cuerpo cubierto de polvo, tirado en la calle. Se
                        detuvo y reconoció a Genaro, con el pecho desnudo, sucia la camisa, abierta
                        adelante y las ropas, a un lado el chambergo lleno de agujeros y grasiento y
                        las botas con trozos de barro seco. Un gran rato estuvo mirándolo y, ayudado
                        por el cochero, lo colocó como pudo sobre los almohadones y dio orden para
                        que lo llevaran al conventillo. Él volvió solo a su casa a pie con el mentón
                        sobre el pecho, las manos entrelazadas en el dorso, deteniéndose a veces
                        como hombre absorto en una profunda meditación. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- III -</head>
                    <head type="sub">La psiquis desnuda</head>
                    <p>Carlos Méndez entró a su casa y se sentó en el corredor a la izquierda al
                        lado de la mesa, donde solía escribir en sus horas de descanso. Su familia
                        dormía y la quietud serena de ese hogar que él había levantado para cobijar
                        los poemas de su alma redimida tenía el amparo del sol, que empezaba a
                        iluminar los frisos del techo. Sus esplendores iban descendiendo y
                        apoderándose de las paredes y de los vidrios húmedos del rocío de la noche,
                        hasta extenderse tranquilo y brillante sobre el color rojo de las baldosas.
                        Miraba las enmarañadas líneas de las ramas de los diez perales y la amplia
                        curva de la parra, llenos de intersticios y de bizarras figuras luminosas, a
                        través de las cuales se distinguía en medio de una nube de polvo de oro, la
                        enorme y redonda centella del disco del sol encaramándose despacio en el
                        horizonte resplandeciente, rodeado por todas partes del infinito azul
                        plácido y bonancible. Allí solo, refrescada su mente en la brisa de la
                        mañana, que traía los perfumes de las quintas y los zumbidos de la ciudad
                        lejana que despierta, en medio del alegre gorjeo, cuyas notas agrupadas en
                        el aire diáfano, traban la gran sinfonía auroral y bulliciosa, su espíritu
                        entró en los hondos soliloquios, desgarrando a chispazos de filósofo el
                        misterioso limbo, entre cuyas sombras parecía girar su vida y el alma de
                        todas las criaturas, que van peregrinando a través de las páginas del
                        libro.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Piedra sobre piedra había visto crecer su casa un cuarto después de otro,
                        desnudos los pisos primero y más tarde las alfombras tibias y los elegantes
                        cortinajes, hechos con el rudo trabajo de todos los días, el cansancio del
                        músculo a la noche y la tortura de la inteligencia en el combate diario con
                        las enfermedades. Muchos soles de estío habían envuelto y calentado su
                        cabeza atlética de luchador y el invierno con la racha helada, que enrojece
                        y corta la oreja y entumece el cuerpo encogido lo acompañó en medio de la
                        luz gris, a través de los fangales de los suburbios, entrando con el corazón
                        bravío en las tormentas desatadas. En esos días nublados, cuando volvía de
                        sus peregrinaciones y se sentía en su casa el portazo del cupé, salían al
                        borde del corredor a recibirlo Dolores y la chiquita de los cuentos y lo
                        rodeaban, caminando con él del brazo y empujándolo hacia la sala, como si
                        una onda de alegría llegara sonando los cánticos felices, en medio de la
                        sonrisa y de la charla adorable. Lo sentaban al lado de la estufa y él se
                        dejaba conducir de la mano, como un gran niño distraído y sin voluntad,
                        pareciendo que todas aquellas ásperas energías juveniles se hubieran
                        ablandado y desvanecido en el arrullo de la caricia fresca, entregada su
                        alma y adormecida en el murmullo de los besos infantiles. Sonriente y
                        fuerte, conversaba largo rato con ellas, al lado del fuego crepitante, en
                        medio de todas aquellas niñerías encantadoras de la sala esparcidas por
                        todas partes, cuadritos, nimiedades, tierras cotas y espejos que reflejaban
                        la luz del quinqué grande y redondo de porcelana azul y la lumbre rojiza de
                        la chimenea, envuelto en aquel perfume de mujer, derramado en el ambiente
                        soñador al lado de todas esas pequeñeces, que tienen los detalles del cariño
                        elegante. Allí habían nacido sus hijos y crecido el bosque con ellos, las
                        frondas arrojando lejos verdes y tupidas, como si fuera un techo viviente de
                        cantos y de murmullos y en los rincones de toda aquella casa que se
                        contemplaba triste en ese momento, estaba hasta la muerte grabada la
                        elocuencia de la nueva vida útil y honesta.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Pero un día salió por la gran puerta un cajoncito de ébano y después... quedó
                        un recuerdo hecho de sonrisas y de gracias ya muertas cruzado de punta a
                        punta del balbuceo confundido y adorable... porque a veces le parecía oír
                        todavía los gritos y las carcajadas metálicas de su chico, cuando él se
                        acercaba jugando a besarlo en la boca... y así mismo que él le tomaba el
                        pulso esa noche, y había mandado poner en el cuarto un brasero, para
                        calentarle los pies con botellas, sintió que el martillito de la arteria se
                        iba olvidando poco a poco de golpearle el índice, hasta que se perdió... y
                        él estuvo buscando un rato con los dedos convulsos más arriba, todavía más
                        arriba y entonces vio que aquel bracito flaco se quedaba frío, pálido y
                        céreo. Después sucedió esta cosa extraña: que todos los momentos silenciosos
                        de la casa que los llenaba el chico con los movimientos bruscos y sus gritos
                        inarticulados de ángel asustado estaban allí tan largos que no pasaban
                        nunca... mientras Dolores resignada y dulce lo consolaba en sus rabias
                        dolorosas, cuando él en las noches siguientes arrodillado sobre el piso,
                        percutía las alfombras, con los puños crispados, desesperado y demente.</p>
                    <p>¡Dolores! ¡Qué recuerdos! Así a través de la vida ella le había ayudado a
                        construir su casa, angelical y buena, en medio de las turbulencias de su
                        espíritu, cuando aquel Carlos Méndez suicida reaparecía a veces con el
                        rostro lóbrego y el surco hondísimo de la frente en sus ímpetus agresivos...
                        aquel hogar limpio y nítido y dormido en medio de los esplendores del sol,
                        entre las alegrías misteriosas del sueño sano y profundo. Cuántas veces
                        desde su cuarto él la sentía de noche levantarse y mecer entre sus brazos
                        aquel chiquito inquieto y cantarle en voz baja las melodías de las ternuras
                        inefables, los versos sencillos que ellas murmuran, calentando con sus
                        pechos las frentes de los hijos, aquellos viejos aires maternales, que
                        arrullan las cunas y repiten siempre la misma nota del amor sublime que vela
                        y no descansa, como si esa pasión fuera igual en todos los tiempos... Y
                        después aquella chiquita de cinco años de pelo castaño y lacio, que él
                        abrazaba entonces más fuerte que antes, porque cuando queda un solo niño, se
                        levanta para él en las casas una onda de amor infinito, que tiene todas las
                        crucifixiones del dolor y los desasosiegos del medio de perderla, esa flor
                        adorada y vivaz, que llenaba su casa con los reflejos níveos de su piel
                        tersa y fresca, y cuyo perfume hubiera deseado que lo embriagara toda su
                        vida... Porque era inútil todo; él podía estar lejos; pero aquel diminuto
                        fantasma batía sus alas, apurando el vuelo para seguirlo y a cada momento
                        aparecía en su memoria, así pequeñita corriendo y deslizándose por la casa
                        deliciosa y lozana, como si estuviera presente siempre para decirle yo soy
                        para ti la eterna alegría y soy perfume y me duermo estiradita en la cuna de
                        tu corazón... pero tú tienes que ser bueno, porque si no la cuna salta y se
                        enloquece y la niña dormida se aterroriza y se enferma y puede morirse su
                        pobre chiquita de los cuentos tan curiosa y amable que todo lo observa y lo
                        sabe esa pequeña maravilla de candor... Por ellas el alma se pule y saltan
                        lejos las asperezas y la barra de hierro que le atraviesa a uno el cuerpo,
                        sacudida por la tempestad varonil y adusta la quiebran ellos, esos niños
                        delicados que no tienen fuerzas... Y cuando se enferman... ¡Oh! Entonces no
                        se come, ni se duerme y toda la casa gira dolorosamente alrededor de las
                        camitas graciosas y el mundo desaparece y uno suele llorar en silencio en
                        los rincones oscuros, donde no lo vea la madre, que lo tiene en brazos y lo
                        mece y le canta sin cesar. Y sucede entonces algunas veces que la fiebre
                        desciende y la mejilla se llena y se enrojece y los niños buscan sus
                        juguetes y se sientan en la cama, conversan y sonríen, porque Dios quiere
                        que haya todavía sobre la tierra sol y alegrías y amores y cánticos y
                        bendiciones y plegarias y esperanzas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así de cavilación en cavilación, al lado de su alma resurgida al trabajo,
                        Méndez contemplaba los desastres de las otras criaturas que vivían en el
                        barrio y en su casa misma, Genaro tirado en la calle, como una cosa muerta y
                        sucia... un alma desfibrada a quien la desgracia abate y desgaja... una
                        pasión generosa bebiendo con el alcohol el veneno del odio, pobre y grande
                        espíritu moribundo, su compañero de tantos años afectuoso y fiel. Porque él
                        también aquel muchacho robusto había colocado su hombro para la recia faena
                        y por la casa, que había contribuido a edificar sonaban todavía los tiernos
                        cantos y las dulces palabras, para que su hija tuviera regocijos y plácemes
                        en los primeros pasos de su vida. Lo veía sereno y alegre manejar tieso del
                        pescante, envuelto en los torbellinos de polvo, a través de los días helados
                        y de las noches lluviosas, sin tener la protesta áspera jamás, como si
                        Méndez fuera el alma del padre, a quien él debiera acompañar siempre.
                        Recordaba que después de la muerte del hijo, cuando él se encerró en la sala
                        muda y fría y huraña y dolorosa, sentía pasos cerca en el silencio de la
                        noche y de cuando en cuando en voz baja, melancólica décimas murmuradas, que
                        le recordaban las palabras de la madre, cuando lo abrazó para despedirse en
                        aquel día de primavera triste: los ángeles que vuelan al Edén lejos entre
                        los reflejos de oro del sol moribundo van a rezar por el padre, que queda
                        sobre la tierra a sostener el cansancio lúgubre de las frágiles criaturas,
                        que los han velado enfermos... Acuérdate de Dolores, abnegada y mártir y de
                        tu hija que te llama ansiosa y te busca por todas partes. Entonces una
                        mañana Méndez salió soñoliento y enflaquecido y vio a Genaro dormir a una
                        vara del umbral sobre la baldosa, mirando la puerta, estirado su cuerpo, la
                        mejilla juvenil y tostada, en la tranquilidad profunda y feliz del sueño,
                        descansando sobre la palma izquierda. Por eso cuando Dolores le dijo que
                        Genaro tenía una gran pena, y supo toda la siniestra historia, se retiró
                        entristecido, preguntándose si había tenido el derecho para arrojar de su
                        casa a ese corazón desventurado en vez de ser amable y bueno y mitigar tanta
                        desgracia.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>En esa línea recta sobre la cual caminaba el alma de Genaro, Santa debía
                        morir... Pero tenía los ojos azules del viejo y habían rezado juntos sobre
                        su verde sepulcro y todas las horas de la niñez vagabunda estaba presente a
                        protegerla su mano gallarda temblando en el ímpetu del coraje... porque las
                        hermanas son la joya y el candor de la casa y ¡ay del que toque esos
                        reflejos inmaculados de las cosas celestes! Así su espíritu ingenuo se hizo
                        pedazos cuando aquella blanca vestidura de en primera comunión y el tul
                        transparente, que blanqueaba largo de nieve hasta el suelo, se desgarraron
                        en la cima oscura y empezó a beber y tuvo las profundas amarguras, porque el
                        alcohol agiganta el dolor y los odios y suprime la voluntad, y rodó como una
                        cosa funeraria a través del ciénago y arrojó los pedazos de su carne para
                        morir en la vorágine aquella, pero ya sin ser bueno; por eso saltaban todas
                        las noches por las calles lóbregas, los fragmentos del corazón en las
                        canciones siniestras y dolorosas... Pero allí estaba todavía Enrique
                        Valverde, su compañero de estudios, que caminaba, derramando la perversidad,
                        frío genio del mal, insolente y lascivo, marchando en su malignidad
                        deslenguada en medio del derrumbe y Méndez, esa mañana, en el tripudio de la
                        asociación vertiginosa de ideas, lo veía a Genaro abrazarse de aquel odio y
                        sentía los rumores y la clarovidencia de la profecía trágica... vengada así
                        su honra y la casa de Paloche, cubiertas de musgo las paredes, invadidos los
                        patios de malezas, viviendo adentro como fantasmas melancólicos sus
                        dueños... Porque esa ha debido ser en todos los tiempos la vida humana. Hay
                        quien nace para erguirse y horadar la muralla de bronce que las cosas de la
                        vida arrojan sobre nuestro camino y algunos que traen de la cuna los
                        gérmenes fatales de todos los desmoronamientos y a quienes la educación no
                        fortalece y la plegaria no salva, porque no conciben en otra forma la noción
                        y los fines de la existencia, mientras otros caen agobiados por el más
                        pequeño dolor, incapaces de la lucha serena y tenaz y se hacen tahúres de
                        los garitos emocionantes y precipitan al báratro peldaño tras peldaño dentro
                        de la miseria moral... Así Méndez veía en la historia de su país apellidos
                        gloriosos desaparecer y muchas honras mancillarse y surgir con estrépitos de
                        genios otros, y contemplaba la marcha de los hombres, aferrados a las
                        esquirlas de las rocas del sendero, mirando a un lado y otro los rezagados y
                        los moribundos de la lucha titánica...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Por eso veía también a todas esas criaturas vivir en la sociedad, en ese gran
                        medio sintético, personificado más tarde por él en la figura de vagabundo
                        glorioso de Bohemio y en aquella divina Eros, que es la eterna alma
                        femenina, hecha de pétalos, de sonrisas y de hebras de luz. Los hacía vivir
                        en su imaginación al lado da las criaturas y había construido para ellos
                        casas y una ráfaga del esplendor de las muertas divinidades Olímpicas
                        cruzaba a través de sus amores y del heroísmo de la epopeya y en un capítulo
                        de sus manuscritos, que tiene por título «Los cuentos», canta la
                        desaparición de aquel genio y se complace en volver a la vida a Eros
                        Paradisíaca, como para significarnos que en tierra inmortal vivimos y libre
                        y grande y gloriosa por los siglos. Porque él era de los que pensaba que
                        cada uno de nosotros arroja algún átomo cada minuto, para forjar la
                        síntesis-patria y recibir su poderosa influencia colectiva y que morimos
                        jóvenes en el prodigioso derroche del organismo y de la mente, porque
                        tenemos apuro para hacerla grande y glorificarla <seg rend="italic">in
                            aeternum</seg>, por su idioma y concluir de una vez la maravillosa
                        amalgama de razas, que veía operarse necesaria o ineludible para tener
                        nacionales y varoniles pujanzas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Arrebatado por su pensamiento al lado de ese Bohemio, que hacía la formidable
                        irrupción tempestuosa observaba Méndez toda una familia de megalómanos,
                        viviendo en plena quimera, como don Manuel de Paloche. Enamorados de la vida
                        ficticia, entregan la fantasía al desborde. Sueñan la riqueza fácil y el
                        poder y la gloria sin desgarramientos de carnes entre las ortigas del
                        camino, sin desalientos, como una perpetua marcha triunfal y cuando la
                        pobreza entra con su careta monstruosa por el derroche y se siente hambre y
                        frío, los hijos enflaquecen y no duermen y el nombre de ellos muere en la
                        indiferencia, o es ludibrio cotidiano... ¡oh! Entonces se hacen perseguidos
                        y deliran y tienen la lamentación cobarde de las mujerzuelas o buscan a
                        quien coronar de espinas y arrojar desnucado sobre las tablas del cadalso,
                        porque nadie quiere tener la culpa de sus propias desgracias. Así esas
                        prerrogativas la riqueza, el poder o la gloria, que son un derecho del
                        trabajo, de la inteligencia y de la virtud, se transforman en esas cabezas
                        enfermizas e ineptas para conseguirlas en fuente nefasta de todos los
                        desastres y aquella casa de Paloche entristecida y lóbrega era la prueba
                        irrefragable de tamaña verdad. Muchas veces Méndez en su vida silenciosa de
                        observador había visto estas enfermedades propagarse e inficionarse casi
                        todos y los pueblos enteros agigantada la noción de las cosas, precipitar en
                        el derroche irracional, como empujados en masa al abismo y estudiaba esas
                        megalomanías colectivas y meditaba entristecido las ruinas futuras y las
                        deshonras nacionales asomando su cresta tenebrosa y las muchedumbres
                        enloquecidas inaugurar las eras facinerosas de la historia.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Recordaba entonces, que solía sentarse a escribir borroneando como él decía,
                        muchas páginas, sobre todo en las horas largas de invierno. En el comedor,
                        al lado del dormitorio de sus hijos, sintiendo desde allí el respirar
                        rítmico y tranquilo del sueño sano, arrojaba al papel sus fantasmagorías de
                        poeta y el pensador de todas las desesperaciones suicidas de antaño, se
                        había transformado en un robusto filósofo, enamorado del esplendor de la
                        vida, que lucha, sufre y trabaja y fascinado por las divinas visiones de las
                        cunas, que tienen penumbras y cortinajes de seda azul. Se acordaba de
                        aquella gran madre de sesenta años, de la leyenda de amor y de gloria de
                        Pedro de Valbuena, porque sentía calentado el dorso del fuego de la estufa y
                        crepitar la leña, en medio de la paz angelical de aquella su casa dormida.
                        Le parecía entonces que una oleada de vejez ardiente lo invadía, que su cara
                        tenía ásperos y arrugados surcos, cándida la barba flotando envuelto en su
                        larga capa de anacoreta gigantesco y fatigado, la cabeza descubierta y nívea
                        de copos; mientras al lado de él los hijos de tez morena y ojos negros
                        delgados y altos movían las astillas de la chimenea para avivar la lumbre y
                        la chiquita de los cuentos, una hermosa efigie de dieciocho años leía las
                        historias ideales del tiempo viejo. Conversaba con ellos largo rato narrando
                        los episodios de su vida y sacudiendo hacia atrás la cabeza vigorosa y
                        espléndida. Iluminaba con sus grandes ojos soberbios en la victoria tenaz el
                        ancho camino recorrido y arrojaba su alma desnuda, llena de cicatrices, en
                        aquel comedor de sus hijos, como una sombra enorme debajo de la cual
                        pudieran cobijarse y adquirir frescuras y aliento en todos los tiempos... y
                        ellos entonces de rodillas con las palmas abiertas en alto, recogían aquella
                        única herencia... Méndez seguía escribiendo y soñando abstraído en su mundo
                        interno y los silencios de la noche profunda lo encontraban allí sentado
                        hasta que la mano blanca de Dolores entraba entro sus cabellos alborotados a
                        despertarlo. Entonces se sentían murmullos de besos y cuchicheos y amables
                        reproches y Méndez rodeaba con su brazo derecho aquella cintura, la cabeza
                        de Dolores apoyada sobre su hombro, suelta la cabellera negra; sobre las
                        alfombras se deslizaban con pasos callados y cerca de la cama de la chiquita
                        en la penumbra de la alcoba la miraban mucho tiempo en silencio. Allí
                        delante de aquella admirable gracia dormida en medio de la paz angelical del
                        recinto, contemplaban la inmovilidad de aquel cuerpecito acostado a lo largo
                        en el reposo profundo y había emociones y sonrisas y sonaban de nuevo las
                        estrofas del recuerdo y del amor eterno.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Méndez despertó de aquel largo ensueño como si hubiera vivido muchos siglos y
                        desgarrado el velo que cubre el alma de muchas generaciones. Quedó mustio,
                        porque aquella triste y amarga filosofía, cruzada por el resplandor rápido y
                        fugitivo de las cosas felices parecía la imagen de la vida misma, a guisa de
                        hombre que tuviera dolor y miedo de sus audacias intelectuales y sintiera
                        flagelada su robusta y nueva organización moral y el viento helado del viejo
                        escepticismo lo quisiera otra vez arrebatar en sus remolinos. Pero la
                        chiquita lo tenía abrazado del cuello y se sonreía y batía palmas y le
                        acariciaba la frente con sus besos. Decía las frases juguetonas y le narraba
                        las infantiles leyendas, con que solía entretener a sus muñecas y le repetía
                        no sé qué extraña fantasmagoría, donde había lámparas maravillosas y
                        monstruos horrendos, que ella había visto pintados en sus libros. Duró un
                        gran rato aquel enamorado coloquio y fue diálogo de esos que resbalan fuera
                        de la pluma humana y se escriben solamente allá arriba en el gran libro de
                        los cielos abiertos, entre las maravillas de azul, con acero humedecido en
                        las chispas de oro de los astros.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Dolores del Río estaba allí también mirando la escena y cuando lo vio
                        tranquilo besar la frente de la niña, se acercó a preguntarle por qué había
                        vuelto tan temprano.</p>
                    <p>-Hoy es mal día, Dolores, contestó Méndez a pesar de este gran sol
                        benéfico... No se puede vivir siempre entre la alegría.</p>
                    <p>-¿Qué hay, Carlos? Dijo Dolores ansiosa. </p>
                    <p>-Oh nada; no te asustes. Son presentimientos funestos, inducciones de mi
                        pobre cabeza: no hagas caso.</p>
                    <p>-¿Por qué no has venido, papá, a jugar conmigo esta mañana? Interrumpió la
                        chiquita.</p>
                    <p>Porque no quería despertarte... pero ahora estoy contento, aquí con ustedes y
                        no hablemos más.</p>
                    <p>-Pero ¿qué pasa, Carlos? Estas reticencias tuyas son siniestras. Tal vez mamá
                        está enferma, Dios mío, exclamó Dolores.</p>
                    <p>-¡Eh! ¿Qué? ¡No! ¡Eso nunca! Contestó levantando la cabeza Méndez, que no
                        había pensado jamás que pudiera enfermarse la madre. Lo que pasa es esto,
                        siguió él un poco más tranquilo: esta mañana he visto a Genaro, borracho y
                        durmiendo en la calle, con la cabeza en el barro y yo veo muchas cosas
                        terribles en el sendero por donde camina ese muchacho.</p>
                    <p>-Siempre te entristece el recuerdo y la vista de Genaro. ¿Por qué no permites
                        que vuelva? Esas desgracias las suele mitigar el cariño.</p>
                    <p>-Si, papá, repitió la niña, que venga Genaro.</p>
                    <p>-Bueno, mi chiquita: hoy mismo si llega a la tarde, dile que yo quiero que
                        entre otra vez y yo necesito eso, seguía dirigiéndose a Dolores, porque esta
                        casa mía está llena de su bondad y de su heroísmo y como si un recuerdo
                        brusco de dolor lo hubiese asaltado de repente, levantó a su hija en los
                        brazos y entró a su cuarto.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Abrió el ropero y empezó a descolgar trajes y los fue amontonando sobre la
                        cama y como si fueran corolarios de lo que había pensado en todo ese rato de
                        silencio, le decía con rapidez a Dolores: todo esto para Genaro... luego
                        cuando vuelva, porque anda muy sucio y andrajoso y no tiene botines ni
                        sombrero y que entre y salga y que haga lo que quiera, porque yo ya no le
                        voy a decir una palabra y quiero que todos estén contentos en esta casa...
                        porque es cierto que yo tengo aspereza a veces que ofenden y no he debido
                        olvidarme que él me ha salvado la vida.</p>
                    <p>-¡Oh! Carlos, tú te estás reprochando culpas que no has cometido, dijo
                        Dolores.</p>
                    <p>-Sí, contestó Méndez, temblando de emoción, pero no hay derecho de hacer
                        sufrir a los demás porque cada uno de nosotros tiene una grande urna, donde
                        encerrar los gritos amargos del espíritu y estos chicos no deben sentir
                        nunca nuestras violencias... Y además, fíjate que Genaro tiene la camisa
                        mugrienta y llena de colgajos... que se ponga estas, y sacó algunas del
                        ropero.</p>
                    <p>-Son las del frac, Carlos; ¿Qué quieres que haga, Genaro, con eso?</p>
                    <p>-¡Ah! Es cierto... yo ya no sé lo que hago, como si tuviera remordimientos...
                        bueno, es lo mismo estas otras, toma y dale dinero... que se lo presto... él
                        podrá trabajar y devolvérmelo porque es muy hidalgo y de los que mueren
                        antes que aceptar limosnas y hay que tener cuidado de no hacer, ni decir
                        nada que lo haga acordar de sus desgracias.</p>
                    <p>-Qué bueno eres, papá, interrumpió la niña besándolo.</p>
                    <p>-Genaro va a volver, mi chiquita, y la ya a llevar como antes en el coche y
                        vamos a oír otra vez su voz en esta casa, como en los días felices; y decía
                        todo esto con precipitación, como queriendo convencerse que eran quimeras
                        erróneas de su mente, todas aquellas lóbregas imaginaciones homicidas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>De repente se detuvo. Alguien hablaba en el corredor y las palabras llegaban
                        hasta el cuarto, las últimas frases de la leyenda «y las cortes del castillo
                        de Valbuena resonaron de gritos y cánticos infantiles y fue apellido de
                        larga y gloriosa historia.» Era Catalina Méndez. Estaba mirando a su hijo,
                        apoyada en la columna de hierro, que sostenía el techo del corredor, las
                        mejillas sonrosadas de la vieja sangre rica y generosa, el cabello
                        blanquísimo y luciente de áureos reflejos verdosos, partido en centro del
                        cráneo por una línea de nácar y recogido atrás en el rodete de voluminosa
                        trenza. Avanzaba lentamente, envuelta en su chal de espumilla con relieve de
                        negras rosas y mórbido fleco hacia el hijo que venía con los brazos abiertos
                        y la cabeza erguida y vigorosa, trémulos los labios, pronunciando su nombre.
                        Después se abrazaron un gran rato silenciosos, y el cielo se hizo más puro,
                        y el aire más diáfano y estalló por todas partes el himno glorioso de la
                        perseverancia en la vida, a pesar de todo y sobre todo los desastres,
                        vencidos para siempre los deliquios en aquel gran momento, como si a
                        torrentes llegara la savia para que la planta irguiera su copa otra vez al
                        cielo infinito. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- IV -</head>
                    <head type="sub">Santa</head>
                    <p>A las doce entró Genaro al cuarto de la madre. Tres paredes y media y una
                        puerta, un rectángulo de sol chato y frío; que entra por la media hoja
                        abierta y azota los ladrillos del piso sucio, y arriba -a cinco metros- el
                        techo sostenido por tirantes de pino -el techo oblicuo, inclinado y fugitivo
                        en rápida pendiente. En el medio, frente a la puerta, la cama grande de
                        madera, con sábanas de hilo amarillentas y gruesas, y a la derecha la mesa
                        de pino con tres sillas de paja. Un crucifijo de bronce, con manchas
                        negruzcas y granujientas, al lado de la cama, y sobre ella, en el centro,
                        una quisicosa... una Madonna. Enfrente de la puerta, clavada en la pared por
                        un barrote de fierro, un farol -un paralelipípedo con vidrios sucios. Sobre
                        la mesa, a las doce, humeaba en el plato grande de lata la sopa verde con
                        olor a albahaca, y Santa, un poco retirada de la mesa, encorvada con
                        violencia, comía en silencio. La madre tranquila y casi sonriente, en medio
                        de las arrugas rojizas de su tez, alcanzó a Genaro el plato. Pero éste lo
                        rechazó dulcemente, porque tenía en su mano derecha el puñal con mango
                        grueso de níquel bruñido, del cual reventaban chispas. Miró a su hermana con
                        una tormenta de rencor profundo er las pupilas y -Yo no tengo hambre, dijo,
                        yo tengo deshonras, yo no tengo hambre, ni sed, ni nada...</p>
                    <p>Levantó y bajó el puñal para clavarlo en la mesa, el puñal centellante muchas
                        veces, con un ritmo breve, rápido, seco, tac, tac, tac, siniestro. Todo su
                        cuerpo vibró y cuando entró en el sol impetuosamente, para salir fuera, el
                        puñal con mango grueso de níquel describió un semicírculo de fuego. Ellas
                        -la hermana y la madre- sentada la una frente a la otra, se miraron
                        llorando, sin sollozar en la suprema congoja de aquel momento; porque sucede
                        que, cuando el dolor entra con sus garfios de hierro en nuestras casas, se
                        comen sopas y lágrimas en la mesa, -en la mesa que se queda en silencio. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Era la hora en que la ciudad se recoge y las sombras entran calladitas en las
                        calles, despacio y cautelosas como si quisieran avisar que las castas
                        divinidades del hogar iluminado nos esperan, y en que el farolero corre de
                        vereda a vereda con su palo largo al hombro y su linterna en la punta. A esa
                        hora se escucha en el horizonte -a los cuatro vientos- un enjambre
                        prodigioso de zumbidos lleno de lamentaciones quejumbrosas, como si fueran
                        pueblos innumerables huyendo a lo lejos en despavorida derrota. Son los ecos
                        moribundos de los ruidos de la ciudad enorme, que se retiran en tropel a
                        refugiarse en la noche. A esa hora Genaro estaba sentado en el cordón de la
                        vereda, sonámbulo de la idea fija, cuando sintió que alguien se paraba en la
                        puerta del conventillo. Saltó como una pantera -el puñal en alto- mientras
                        el otro se daba vuelta tranquilo y le decía:</p>
                    <p>-¡Detente, oh romano, detente!</p>
                    <p>Genaro cayó de rodillas con los ojos secos y brillantes y pedía perdón.</p>
                    <p>-Me he equivocado, ¡maldición de Dios! Ya van dos veces que me equivoco.</p>
                    <p>-Tú eres feliz, oh microbio, pequeña cosa diminuta y espléndida, con tu saco
                        roto y tus zapatos rotos; tú eres feliz... yo me equivoco siempre. Y el
                        señor elegante dio vuelta sobre sus talones sonriendo. </p>
                    <p>Tal vez era un bohemio de galera de felpa y guante, uno de esos bohemios que
                        echan a esa hora en las nubes el perfil pálido, delicado y griego, y la
                        soberbia cabeza renegrida y soñadora de Apolo. ¡Buscan toda la vida el
                        hogar, desventurados caminadores, mártires de la concepción perfecta, para
                        no encontrar sino la fonda y el sepulcro! No hablan lenguaje humano porque
                        tienen estrofas y cantan, en medio de todas las crucifixiones y las congojas
                        intuitivas de las cosas ideales. Sus cariños son el cielo, los esplendores
                        sobrehumanos del arte y solamente la divina semblanza de las cosas, porque
                        la tierra no tranquiliza y la hetaira blanca -con carne de marfil- no sacia.
                        ¡Oh melancólicos vagabundos, apresuraos a morir!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Vino la media noche, la media noche lóbrega y fría, envuelto el conventillo
                        en la penumbra gris del farol paralelipípedo. Genaro penetró en la pieza,
                        deslizándose trágico. Un momento después sonó, en el patio silencioso y
                        mudo, un espasmo de bárbaro dolor. Un rechinar de llaves, un chocar de
                        puertas, cien figuras negras en el patio, moviéndose en espantosos
                        torbellinos, levantando los brazos con alaridos, que se entrechocaban con
                        fragor lúgubre en la atmósfera fría, para caer al suelo hechos pedazos. No
                        se atrevían... Genaro estaba en la puerta, por donde en la mañana penetró el
                        rectángulo de sol chato, y echaba a andar, como un espectro, con la mirada
                        fija y extraviada hacia el horizonte. Entraron a la pieza y en la sombra
                        informe, -en medio de las ropas revueltas,- apareció la línea de fuego del
                        mango del puñal, que, había partido el vientre de la muchacha, del mango
                        grueso de níquel bruñido, enhiesto y rígido, reventando chispas,
                        chispas...</p>
                </div>
                <div>
                    <head>- V -</head>
                    <head type="sub">Huyendo...</head>
                    <p>La madre de Genaro se quedó dos días sin hablar y sola y pasó para ella el
                        tiempo rápido, como sucede en la inconciencia... Pero después empezó a girar
                        por el cuarto y a mirar el techo y los rincones, como si la muerta estuviera
                        todavía por allí. Así se ve a los que pierden sus hijos y tienen casa
                        grande, vagar por los cuartos, extraviados y noche y día apurar las horas,
                        deseosos de acumular pronto sobre la desgracia muchas generaciones de años.
                        Y la vieja empezó a olvidarse de trabajar y de comer, y la tina, que estaba
                        al lado de la puerta del cuarto, y que era su batea, amanecía en esas
                        mañanas de invierno hasta la noche con la misma pulgada de jabón y el
                        brasero echado al suelo había dejado caer su círculo de reja entre un montón
                        de cenizas. El cuarto estaba en el mismo desorden, y a cada rato tropezaba
                        ella con cosas que le hacían recordar... Entonces con los ojos ardientes de
                        tanto llanto se sentaba en su silla de paja del rincón a oscuras, porque las
                        lágrimas queman los párpados y hacen doler el corazón, y quería estar sola,
                        como si tuviera placer en que esa crucifixión mortal la hiriese el cuerpo
                        cada vez más... antes que ver indiferentes que llegan a nuestras casas y no
                        dan consuelo. Los que nos aman huyen más bien en estos casos, porque se
                        imaginan que les vamos a ver en el rostro el reflejo oscuro y mustio de los
                        lutos del espíritu. ¡Ay! Si supieran que no tenemos mirada y alma sino para
                        abarcar el día entero el vacío inconsolable, que queda con trepidaciones y
                        reminiscencias entristecidas ¡ay! Si supieran eso estos cariñosos que viven
                        fuera, cómo vendrían más a menudo a besarnos la frente...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Pero ese domingo el conventillo estaba bullicioso: se oían gritos y cantos y
                        chirridos de escobas sobre los pisos de ladrillos. Había corrillos de
                        hombres en animada conversación, complacidos en ese día de descanso, y
                        mujeres agitadas en los cuartos, buscando las ropas aseadas de los chicos
                        para llevarlos a misa, mientras estos se escapaban desnudos corriendo aquí y
                        allá... porque los días de fiesta del obrero tienen aun cuando hace frío
                        alegrías y transparencias tibias... ¡siquiera eso! Hay el deseo de salir
                        fuera, a bañarse de luz y respirar el aire libre, y pasean con sus mejores
                        trajes por prados, calles y plazas. Son las horas placenteras y únicas que
                        les quedan para la familia y se les ve cargar los chicos y conversar con
                        ellos y acariciarles con las manos ásperas y callosas las mejillas rosadas y
                        los rizos y llevarlos de la mano al lado de las madres a pasear. Horas muy
                        cortas que terminan a veces en las borracheras del vino amargo de sus aldeas
                        que tiene el color del topacio. Entonan entonces en coro las melodías
                        populares, -que suenan como los ecos de sus montañas y de sus bosques y los
                        murmullos del mar,- aquellas melancólicas cantinelas de los años juveniles,
                        que son como el alma llena de lágrimas de la patria lejana que ya no
                        volverán a ver...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>María también salió al patio esa mañana con su vestido de tartán de cuadros
                        rojos, y su pañuelo de lana en la cabeza con trama de flores vivísimas. ¡Oh,
                        la alegría de los quince años que hace mover ligero el pie y da esplendores
                        primaverales a la tez morena y a los ojos negros! Sobre el pecho un ritmo de
                        violetas -esas de nuestras zanjas, que tienen colores de zafiros agrupados y
                        ondas de suavísimos perfumes -esas que en los domingos de la niñez
                        juntábamos volviendo ensangrentados de las guerrillas a pedradas. El cuarto
                        de ella era limpio y cuadrado y tenía la cama de hierro en el centro mirando
                        la puerta y la cómoda de pino a un costado y sobre esta, dentro un fanal de
                        tersos cristales una virgen con manto azul tachonado de estrellas. Había
                        violeteros de porcelana bordeados de rayas doradas y anchas y en el agua
                        amarillo-verdosa flotaban corolas de violetas y heliotropos; porque hacía
                        tiempo que estaban allí abandonados por la dueña cariñosa, mientras en el
                        ambiente vagaban las altiveces y la religión de los santuarios. La máquina
                        de coser con sus ruedas fatigadas en descanso silencioso giraba toda la
                        semana contando en rápido tiquitac-tiquitac como sabe a dolor y a queja
                        amarga el pan del pobre. Sin embargo, en los días de sol era la pieza
                        iluminada que más miraban los jilgueros piando en reposo sobre el cerco de
                        duelas... porque los pájaros conocen y aman las criaturas gentiles que
                        cantan y les echan migas de pan y alpiste que ellos hacen crujir comiendo,
                        para llenar después sus estancias de gorjeos armoniosos y de los reflejos de
                        oro de sus plumas amarillas.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Un enorme ojo tétrico envolvía aquel cuarto. -Genaro, sensación de terror,
                        que lo protegía de lejos y velaba en la noche su inocencia. Ella se
                        adormentaba tranquilamente, mecida en aquel escudo sombrío, y por la mañana
                        arrodillada sobre el piso entregaba toda la quinta esencia de su espíritu
                        acongojado a la memoria de ese hombre, que andaba huyendo. Porque María
                        había sufrido las extrañas y hondas fascinaciones y rodado con la fantasía
                        mucho tiempo dentro de aquella órbita dominadora del espíritu de Genaro,
                        terrible y gallardo, hasta que -sin saber por qué- una mañana ingenua y
                        adorable de luz -sintió en el corazón que era su novia. Él le había dicho:
                        «Después de mi madre, tú para siempre... el señor Méndez es bueno, a pesar
                        de esas cosas furiosas que lo acometen de repente. Él nos ayudará a
                        trabajar; tendremos dos cuartos aseaditos en una casita de ladrillo solos -y
                        chicos después que jugarán en el patio, llamándonos- porque yo necesito ser
                        bueno como tú -y tener donde reposar esta cabeza tan conturbada y loca hace
                        tiempo... Yo siento a veces un fuego devorador adentro, y cosas feroces que
                        me dan ganas de tirarme al charco por no matar a mi hermana... porque yo te
                        quiero... Y ¡ay del que se atreviera a rozarte el cabello o a tocarte el
                        vestido!... yo le revolvería el cuchillo en las entrañas... yo te quiero y
                        te juro respeto así»... y se arrodillaba en el suelo describiendo una cruz
                        con el índice y besándola. Él le decía estas cosas con la cabeza echada
                        hacia atrás con todos los espasmos de la pasión, temblando todo su cuerpo,
                        -hecha de sollozos y de tormentas la voz- como si ese amor se hubiera hecho
                        gigante por la savia enriquecida en el más fúnebre de los dolores humanos.
                        Ella, pobre alma solitaria, dobló su rostro pálido de emoción, como las
                        flores sus corolas si las agosta el estío; y arrugó poco a poco su cuerpo
                        delicado contra el pecho levantado y varonil de Genaro, como la sensitiva
                        que encoge en la noche calurosa y arruga sus hojas verdes. Él le dio un beso
                        en la frente -lleno de todas las castidades de su espíritu- en aquel gran
                        día del sol diáfano y tibio. Desde entonces la máquina solía callar poco a
                        poco, como si un pensamiento profundo fuera invadiendo la inteligencia de
                        María, hasta llenarla por completo y se levantaba a mirarse en el espejo de
                        marco de madera negra... y buscaba la amistad de su familia, la vieja y la
                        hermana que vivían trabajando, y se asomaba a la puerta y miraba la casa de
                        Carlos Méndez para ver si salía Genaro en el coche...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>El sábado, después del suceso trágico, ya de noche, Genaro pasaba rápido por
                        la puerta del conventillo. Ella, que estaba parada viendo los trabajadores
                        volver sudorosos, con el saco al hombro, se estremeció... porque vio brillar
                        sus ojos detrás del pliegue de un poncho que no le dejaba libre sino la
                        frente y extendió la mano para tomar el ramo de violetas que él le
                        alcanzaba.</p>
                    <p>-¿Y mamá? Preguntó Genaro con visible agitación.</p>
                    <p>-Está la puerta cerrada... no sé de ella.</p>
                    <p>-Es necesario que tú la veas, María.</p>
                    <p>-Ya hemos tentado; no quiere abrir a nadie... </p>
                    <p>-Es necesario... no ha comido en tres días, seguía rapidísimo Genaro, vela y
                        llévale de comer; y se daba vuelta a cada rato como si alguien lo
                        persiguiera...</p>
                    <p>-Vete pronto, Genaro; yo te juro que la veré mañana mismo... corres mucho
                        riesgo aquí...</p>
                    <p>-Sí, María, me voy... no quiero que me tomen, tengo algo importante que hacer
                        todavía en el mundo. Y desapareció en las sombras de la noche... y ella
                        volvió a su cuarto con una gran pena en el corazón...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-Aquí le traigo un regalo, mama Teresa, empezó María entrando en el cuarto,
                        enseñándole algo envuelto en un pañuelo de algodón.</p>
                    <p>-Gracias, mi pobre hija, contestó la vieja pálida y macilenta.</p>
                    <p>-Mire Vd., mamá: una gallina rica y gorda.</p>
                    <p>-Yo no tengo hambre de esas cosas; comeré si tú quieres y porque el buen Dios
                        manda que uno viva... Y para quien, al fin, siguió la vieja, como si hablara
                        consigo misma; yo me he quedado tan solita... mejor sería morir para que me
                        fuera pronto con ella. </p>
                    <p>-Viva para los que la quieren, para esta desgraciada que no tiene madre. Y se
                        arrojó impetuosa María entre sus brazos abiertos y le llenó de lágrimas los
                        cabellos blancos.</p>
                    <p>-Pobre vieja inservible, repetía Teresa, moviendo tristemente la cabeza, que
                        estás dando tanto trabajo y sacrificios a este ángel.</p>
                    <p>-¡No, mamita! Yo le voy a contar. Oiga Vd.: he trabajado dos horas más por
                        día en la máquina, contentísima porque sabía que le iba a poder traer este
                        regalo, alegre, cantando como los pájaros. Vea cómo se equivoca Vd. pensando
                        que yo hago sacrificios.</p>
                    <p>-Porque tú eres una santa, María, sollozaba la vieja.</p>
                    <p>-Así será... una santa de esas que hablan el día entero -feliz en esta gran
                        dicha... porque Vd. me permito que esté al lado suyo, y que me siente así en
                        el suelo y coloque mi cabeza en su regazo, mirándola- y mientras sus
                        palabras descendían como gotas de bálsamo fresco sobre su espíritu
                        atribulado, las violetas reflejaron sobre sus rostros diafanidades celestes,
                        llenas de moléculas de exquisita fragancia. Y así, con la cabeza en su
                        regazo, estiró los brazos para tocarle acariciadora la frente y la mejilla,
                        mientras la vieja con el torso inclinado dobló el rostro arrugado y la
                        cubrió de besos.</p>
                    <p>-Ahora, continuaba María, yo me quedo con Vd. a vivir: voy a venirme con la
                        máquina a trabajar a su lado y de noche la voy a acompañar para que recemos
                        el rosario por el alma de los que han muerto y de todos los que andan por el
                        mundo sufriendo.</p>
                    <p>Entonces hubo una mirada de Teresa, una brusca sacudida de su cuerpo, como si
                        esas últimas palabras hubieran evocado algún recuerdo de terror, María se
                        levantó y antes de salir fuera dijo: ahora que yo estoy resuelta a venirme,
                        Vd. se va a callar la boca, y me va a dejar hacer, como si yo fuese una
                        chica mal criada. Levantó el brasero: puso cilindros de trapos embadurnados
                        con sebo y arrimó un fósforo de palo y leñitas arriba y humo y llamas
                        sofocadas y después poco a poco el carbón en fragmentos chicos y humo otra
                        vez y chispas rojas crujiendo y saltando en todas direcciones y llamas y
                        brasas... Colocó sobre ella la olla de barro redonda y cuidó con la
                        espumadera el caldo y un momento después entró corriendo con un mantel
                        blanquísimo que extendió sobre la mesa y un pan largo y redondo. Por la
                        puerta del cuarto entraba el sol, -cuando la vieja se acercó a la mesa en
                        cuyo centro estaba la gran fuente de lata humeante y sabrosa, -y fue comida
                        triste, como sucede cuando faltan en la mesa las personas queridas...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Genaro empezó su noche vagabunda por las calles cercadas de cañas y pitas
                        chatas y flexibles de aguijón agudo y negro. Iba caminando por las hondas
                        soledades y pasaban a su lado despacio -como negros batallones en marcha
                        silenciosa- tramas oscuras y dilatadas de sina-sina, grupos de eucaliptus
                        con rigideces giganteas, y enormes ombús sombríos que destacaban asimismo en
                        la noche su mancha lóbrega. Su paso solamente en toda aquella zona -su paso
                        lento como de hombre que camina sin rumbo. Eran noches frías y sin vientos,
                        de esas que tienen más profundo y más tranquilo el cielo azul y más millones
                        de astros. Las familias se encierran temprano y los perros galopan ladrando
                        a lo largo del cerco en la hora en que todavía se ven en lontananza brillar
                        luces en las casas y llegan hasta los caminantes los resplandores del fogón
                        y los gemidos de alguna guitarra en los ranchos por allí escondidos. Genaro
                        seguía caminando. Dobló esquinas y penetrando por prados de alfalfa húmedos
                        de rocío -solo su alma- oía los ecos de sus pasos que se desvanecían lejos y
                        de nuevo despertaban sucesivamente. Su pasión y la lógica inquebrantable que
                        de ella brotaba le infundían extraordinario aliento. Su hermana había
                        escupido la memoria honrada del viejo y debió morir... y al otro que todavía
                        andaba por allí lo haría pedazos en el exterminio de sus odios. La noche
                        cada vez más alta y más helada rodaba con sus círculos negros alrededor de
                        su figura de sonámbulo. Tenía envidia Genaro de esas sombras donde había
                        tanta paz, porque pensaba que debía concluir pronto para descansar en la
                        muerte con todas las sinfonías estridentes que le rompían el corazón. «Cómo
                        son felices esos ricos que duermen allá pensaba; tienen casas tibias y
                        pueden cuidar a las hermanas. Todo el mundo se apresura a rendirles homenaje
                        y los hombres de la justicia hacen cosas terribles para complacerlos...
                        mientras nosotros que estamos tan solos y tenemos tanto frío, somos los
                        perros con collar de cuero que tiene puntas de tachuela adentro para que se
                        nos claven en el cogote, si tiramos de la cadena... Y de yapa los amigos
                        nuestros se ríen y cuchichean en secreto con aires de mofa, si acontecen
                        algunas de estas cosas desventuradas y dolorosas... nos raspan las heridas
                        esos bárbaros con papel de lija... En estos soliloquios Genaro se encontró
                        sin saber cómo otra vez cerca del conventillo y vio las casas elevar sus
                        siluetas umbrías en la penumbra movediza del farol de queroseno. Se detuvo a
                        escuchar... Todos dormían tranquilos, menos en la casa de Paloche, donde
                        había luz y se oían ruidos y palabras de éste que llegaban hasta la calle, y
                        una voz acompasada que declamaba versos. Genaro se acercó otra vez al
                        conventillo y volvió a entrar después en su noche vagabunda hasta la
                        madrugada en que todo el campo amanece cubierto de briznas de nieve. En la
                        helada de las noches tranquilas de fin de invierno que cubre las crestas de
                        los pastos, interrumpida a trechos por espacios oscuros y húmedos, que
                        blanquea de granos gruesos y endurece el camino crujiente y quebradizo y
                        escarcha los pies... A esa hora entraba Genaro -entre la bruma helada-
                        debajo de los escombros de una tapera solitaria, que tenía en el barrio
                        lúgubre leyenda y a la que nadie osaba acercarse. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VI -</head>
                    <head type="sub">El octavo canto</head>
                    <p>D. Manuel de Paloche había escrito su poema que estaba hecho de sonoros
                        endecasílabos, viviendo todo ese tiempo merced a los socorros del hijo que
                        trabajaba la chacra de la familia. Era un verdadero tratado sobre el masaje.
                        Estudiaba todos los sistemas aplicados, salpicando aquí y allá los cantos
                        con episodios deslumbradores para ensalzar la panacea. Al principio tropezó
                        con muchas dificultades... el verso, la rima, la dicción poética y se pasaba
                        las noches en blanco, con la cabeza entre las manos, arquitectando el
                        extraño edificio. D. Manuel se enflaqueció, transformándose en una larga y
                        enjuta figura de pómulos salientes y pera entrecana atormentado por ese
                        lecho de Procuste de la poesía épica. Hubiera deseado romper la valla, y
                        echarse sobre las octavas para dilaniarlas y escribir tranquilamente como le
                        dictaba el destornillado magín... Pero ese poema debía ser leído en la
                        Academia Literaria de entonces y él sabía que... ¡guay! Al que toque las
                        fórmulas consagradas por los siglos.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>D. Manuel vivió de poesía. Fue un sonámbulo de la rima y de la armonía
                        imitativa. En sus sesiones de masaje, mientras pasaba la mano sobre la piel
                        se quedaba de repente pensativo. Había cruzado por su imaginación una
                        estrofa, que no lo había satisfecho o veía pasar la imagen de algún hercúleo
                        masajista, curando todas las enfermedades y recibiendo el laurel del
                        triunfo, en medio del clamoreo de la muchedumbre... Entonces hacía visajes.
                        Abría los ojos desmesuradamente y levantaba el índice a la frente, mientras
                        el enfermo experimentaba el sagrado horror del milagro, hasta que D. Manuel
                        volvía a su faena otra vez con entusiasmo. Esos ensueños del paladín
                        esforzado de la panacea universal tenían sus inconvenientes; porque no era
                        lo mismo cepillar en prosa vil, que en medio de la canora resonancia épica y
                        algunas veces D. Manuel entre el caliente estro de sus octavas arrastraba
                        consigo la epidermis o concluía una fractura a medio hacerse. Pero qué
                        importaba. Eran esos los buenos tiempos de la fe sectaria en que la
                        sugestión había muerto al raciocinio y a la suspicacia. Algunas veces los
                        hombres de la ciudad veían su larga figura caminar ondulando, la nariz en
                        las nubes, los ojos perdidos en las órbitas, la boca entreabierta y se
                        hacían a un lado casi con terror. El gran meditabundo seguía la soñadora
                        peregrinación. Era un nuevo canto que agregaba al libro o la acariciadora
                        sensación de alguna milagrosa cura.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Así escribió su octavo canto. La escena maravillosa toca en él los límites de
                        lo sublime. Fue la narración de una áspera y gloriosa brega y describió los
                        cuartos oscuros en que empezó a elaborarse la nueva era y uno por uno los
                        que formaban la hercúlea falange primitiva. Eran gladiadores de gran pecho
                        levantado, exhibiendo en las conspiraciones de la noche el relieve enorme
                        del músculo. Eran palabras bravías y la ingenua y violenta pasión de los
                        catecúmenos, que resonaban en la sinfonía estremecedora de sus versos.
                        Aquellos iniciados de cuello de toro y piernas de coloso iban a seguir hasta
                        el sacrificio en la lucha. Era necesario hacer la revolución terapéutica. Lo
                        decían en sus coros formidables, y en el violento apretón de manos que hacía
                        crujir los huesos del carpo y sellaban el pacto solemne con la promesa
                        sombría del juramento. Apareció un diario. La autoridad torció las narices.
                        En él se escribía con grandes letras el violento propósito de guerra a los
                        medicamentos... La autoridad, agitada en su gordo asiento de canónigo husmeó
                        un rato la novedad y mandó destruir la máquina y revolver los tipos. Pero
                        los masajistas, agachando el cuerpo gigantesco, caminaron mucho tiempo para
                        recogerlos por el cuarto sin piso de la imprenta de aquí para allá, a
                        semejanza de una ciclópea evocación de la fauna prehistórica. No se
                        atrevieron a no dejarlos vivir. Entonces chisporrotearon las fraguas y se
                        levantaron con estampidos rítmicos las masas para caer sobre la superficie
                        purpurina de las piezas rotas, las caras sudorosas y negras alrededor del
                        yunque y resurgió la máquina derechita y se oía en la noche oscura el roce
                        suave de las ruedas. Ya no fue diario. Era un largo y angosto papel impreso.
                        La autoridad lo persiguió y publicó bandos, prohibiendo su lectura. Pero el
                        papel se multiplicó y penetraba en todas partes por medios arcanos y
                        astucias misteriosas, como si un ejército de gnomos lo deslizara sin ser
                        sentidos. Todos leían ese heraldo de la nueva era...</p>
                    <p>La falange masajista creció. Las asambleas ya no se hacían a puerta cerrada.
                        Había cierta insolente audacia revolucionaria en sus palabras y en sus
                        maneras y se veían por las calles grupos que tenían la procaz vociferación y
                        desplegaban su bandera al sol. La ciudad se estremeció porque los masajistas
                        ofrecían la vida que no tiene término y los enfermos trepidaron de placer en
                        sus camas y concitaban a los hermanos a cumplir la obra buena. Basta de
                        pociones disgustantes, que hacen doler el estómago y provocan gastritis.
                        Pronto se produjo en la ciudad un atronador susulto y giraron vertiginosas
                        las multitudes enmedio del estentóreo y dilatado fragor. Pasó sibilando la
                        amenaza y entre la ensordecedora gritería viéronse los antebrazos erguirse
                        temblando al cielo. ¡Malo! La autoridad abrió el ojo. Hizo un cuarto de
                        conversión y encarceló a los empasteladores de la imprenta; pero no bastaba.
                        Era necesario cerrar o destruir las farmacias porque allí estaba el mal y
                        esa era la síntesis de aquel gigantesco clamoreo popular. ¡Al fin no
                        pues!... La autoridad se preparó a resistir defendiendo las aguas minerales
                        digestivas... ¡Adiós agapas suculentas, melancólico y desazonado desideratum
                        de tantos años!... No era posible acceder porque la conspiración se hizo
                        diatriba en la prensa y asonada en las calles... Si se pudieran conciliar
                        estas cosas... Ofrecieron un ministerio... Los masajistas contestaron <seg rend="italic">nao</seg> y se prepararon a la pelea... La autoridad hizo
                        una media conversión hacia aquella exigencia y encontró en los estatutos del
                        estado un artículo aplicable...</p>
                    <p>Las farmacias se transformaron en fortalezas. Se cerraron las puertas con
                        grandes barras de hierro. Detrás se levantaron barricadas; un maremagnum
                        vertical de tarros, de espátulas y de morteros y el ojo agudo del tristel
                        asomando por todas partes el círculo oscuro. Había un violento olor de ácido
                        cianítrico. Era la siniestra arma de guerra que iban a esgrimir los dueños
                        pálidos.</p>
                    <p>La falange se acercaba, mientras las farmacias temblaban de terror. Había el
                        enfurecido rimbombo del exterminio en aquella marcha triunfal. Era un
                        innumerable pueblo feroz que despedazaba las puertas, hacía añicos el
                        cristal de los tarros y saltando y rugiendo de un lado a otro fracturaba las
                        porcelanas y las espátulas y el mármol de los morteros gigantescos. A guisa
                        de ciclópeos monteros levantaban, armados de hachas los brazos nervudos y
                        dividían los mostradores crujientes y hacían astillas las tablas
                        perpendiculares de los armazones y resonaba lejos y aterrador aquel barullo
                        caótico, mientras crepitaba el papel, rasgado de arriba abajo, cuyos
                        arambeles colgaban entre un nubarrón de polvo y saltaban, despedazados los
                        caireles brillantes de las lámparas a garrotazos. Había mil respiraciones
                        jadeantes y un sacudimiento en todas partes, como si se estuviese por
                        desgajar la vieja terapéutica, acosada por los violentos frenesíes de
                        aquellos atletas. ¡Qué montones de escombros! Matraces rotos, cajones
                        destrozados arrojando las yerbas secas y milagrosas, bordes filosos de
                        vidrios, grandes combas de bolsas acostadas de través y se sentía el
                        retintín de los frascos contra la pared y se veía pasar zumbando el gran
                        mechón de pelo del tricófero. Y rodaban en el torbellino los tarros de
                        condurango que cesaba para siempre de curar el cáncer y cuadros y espejos y
                        se quebraban las tinturas y saltaban los polvos fuera de sus recipientes y
                        caían sobre los espaldares de las sillas rotas y se depositaban en montones
                        aquí y allá mezclándose con los líquidos alcohólicos y cruzando las
                        emanaciones del éter y cal asefétida, mientras ioduro de potasio allí en el
                        suelo brutalmente se entretenía con tintura de belladona en promiscuidades
                        ilícitas. Los masajistas parecían presa de un inextinguible furor de
                        destrucción. Brincaban endemoniados de un lado a otro como flechas elásticas
                        tropezando en la intrincada trabazón de aquel escombro, irguiéndose a saltos
                        flexibles de felinos. Sus manos eran férreos arpones. El revoque caía en
                        fragmentos. Sus pasos coces gigantescas. Las damajuanas rodaban lejos con
                        tañidos anfóricos de larga y quejumbrosa lamentación hasta que pulverizadas,
                        sonaba la cáscara de mimbre urdido chac, chac con un rumor sordo y fofo. Ya
                        no había nada que despedazar. Los masajistas se miraron, enarbolando los
                        tristeles cargados de ácido cianítrico. Era el trofeo de la victoria.
                        Salieron a la calle la tez iracunda. Se mandó a la autoridad el ultimátum:
                        desaparición por <seg rend="italic">in aeternum</seg> de todas las drogas.
                        Esta abrió todos los ojos del opulento organismo. Hizo tres cuartos de
                        conversión hacia la secta irritada. Iba acatando la dura ley del éxito y
                        envió un parlamentario. Proponía tranzar... un <seg rend="italic">modus
                            vivendi...</seg> se estudiaría con gran tesón las virtudes de cada uno
                        de los medicamentos y se arrojaría a la calle lo inútil... Los masajistas
                        contestaron <seg rend="italic">nao</seg> y atropellaron adentro...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Empezó el incendio. Resopló brusca la llamarada del alcohol levantando
                        cacharros. Incineró a belladona en lo mejor de su faena, y carbonizó a
                        ioduro de potasio. Luego extendida en violenta carrera la zona ígnea trepó
                        los cajones, resbaló sobre el vidrio, quemó las bolsas y se deslizó con
                        apuros de violenta y devoradora culebra. Y humo en colosales columnas y
                        fuego y el torbellino de chispas azotadas al cielo y todos los ruidos y
                        todos los ardores cruzando el espacio caliente. Cincuenta hornazas rodeando
                        las falanges enloquecidas de clamoreos, cincuenta esplendores alrededor del
                        horizonte. Arremetidas del fuego buscando los brazos gigantescos de la
                        llamarada vecina y atronadores retumbamientos, sonoros poemas arrojados al
                        cielo, que narran brutales y funerarios convenios... ¡¡El fuego, el fuego!!
                        La muchedumbre erizada se azota a la calle volando las ropas, temblando los
                        miembros... La ciudad va a arder. Los iluminados levantan las greñas
                        fulmíneas de las teas en son de amenaza. La autoridad se asusta y completa
                        la conversión. Decreta.</p>
                    <p>Pueblo: Nos que en todo tiempo hemos valido más que vos, espontáneamente
                        mandamos:</p>
                    <p>1º Queda suprimida en materia de tratamientos la libertad de pensar.</p>
                    <p>2º Elévese el masaje a terapéutica oficial.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Desde entonces floreció la salud. Los enfermos abandonaron sus camas, los
                        miembros ágiles, los ojos brillantes. El estómago descansó y la alegría
                        entró en el espíritu de todos los hogares, arrojando lejos las bizarrías de
                        las dispepsias medicamentosas. Creció una generación atlética de
                        esculturales lineamientos, de majestuoso andar y brazo gigantesco que tenían
                        la pureza marmórea del color en la piel fina y tersa, las venas azuladas
                        debajo regurgitantes en su camino de líneas quebradas, sin las máculas que
                        las viejas sociedades llevan tan a menudo al sepulcro... Buscaron la vida
                        libre y abierta de los campos, el vital ozono que exacerba las metamorfosis
                        celulares, el trabajo moderado que ahonda en la tierra el espolón del arado
                        y vuelca el césped a un lado y otro. Transformaron el verde de la yerba
                        nativa en la zona negra y húmeda aplanados y pulverizados los surcos, llenos
                        de germinantes átomos dormidos. Esperan la semilla. La arrojan después a
                        manos llenas aquí y allá rodando en la dilatada superficie oscura desde el
                        alba y bebiendo como los pájaros el centelleo auroral, mientras más lejos
                        camina con lento paso el buey uñido, arrastrando el arado. Mira la tierra
                        con su grande ojo silencioso ese manso filósofo, que abre la entraña fecunda
                        de los campos a la luz que despierta el calor de la vida, al agua que
                        fertiliza, a la mente humana que aprende en aquel trabajo sosegado y tenaz
                        que las conquistas destinadas a ser eternas son las que fundan y se ganan un
                        palmo después de otro, surco tras surco. ¡Oh el sereno trabajador feliz que
                        pulveriza los prados, que se cubren de la mies dorada!... Porque después
                        esas generaciones se sentaron a sus mesas al lado de los hijos rubicundos en
                        la sombra que azota lejos la casa de ladrillos. Bebieron las aguas frescas
                        de los manantiales cristalinos, la leche gorda y rica salpicada aquí y allá
                        de ojos translúcidos y amarillentos, mientras a un costado chilla y crepita
                        la carne de fragantes emanaciones destilando la grasa gota a gota desde el
                        asador. Así tendidos al entrar la noche en sus camas duras tienen el sueño
                        hondísimo... Fue estirpe inmortal aquella, porque en la hornaza colosal de
                        los medicamentos se incineraron todas las enfermedades y eximio tratamiento
                        el masaje, que despertó la vida y mantuvo su eflorescencia en las ciudades,
                        que no tienen casi luz, ni ozono...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>D. Manuel de Paloche y otras alcurnias presentó su poema a la Academia de
                        letras. Esa vez por tan original acontecimiento pudo reunirse y lo declaró
                        abominable. Tomó actitudes de exorcista y pronunció el anatema... D. Manuel,
                        corrido como el día del examen, se retiró lleno de tristeza a su casa. Tal
                        vez aquel era un error suyo y el masaje no era la panacea... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VII -</head>
                    <head type="sub">Mano santa</head>
                    <p>D. Manuel de Paloche y otras alcurnias no contaba con la tontera humana.
                        Después del fracaso de su poema se retiró a su casa. Allí recibía a menudo
                        la visita del hijo que seguía en la chacra, por el cual tenía el padre el
                        más profundo desprecio... ¡Un Paloche, exclamaba el viejo, chacarero! ¡Qué
                        decrepitud! Yo quería que fuese médico, y me salió un degenerado. El día
                        entero en el trabajo brutal, andrajoso... con sus lechugas y su avaricia...
                        Fatalmente yo estoy destinado a la desgracia... No era cierto... Dos días
                        después de publicado el libro llegó un carruaje... Un tronco de oscuros de
                        gran jaez en sus guarniciones doradas, negro y brillante y extendido el gran
                        landó de cuatro asientos, el cochero rígido, embutido en la librea larga de
                        paño verde, los botones de plata, la cara lampiña. Descendió la señora, con
                        movimiento rápido y entró nerviosa en la casa de Paloche.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Aquí estoy señor, dijo con ansiedad. Felizmente... creían que no iba a
                        llegar. Me ha dado un ataque.</p>
                    <p>-¿Un ataque? Preguntó D. Manuel.</p>
                    <p>-Sí, y pronto cúreme, por favor señor.</p>
                    <p>-Pero, ¿qué le pasa señora?, dijo Paloche asustado.</p>
                    <p>-Me ahogo de repente. Un nudo en la garganta. Tengo palpitaciones, cúreme,
                        señor.</p>
                    <p>Paloche meditó un momento, se rascó una oreja y dijo con aire solemne:</p>
                    <p>-Primer grado de masaje. Siéntese y descubra el pecho.</p>
                    <p>La señora desabotonó rápida la bata, hizo sonar el corsé al desprender los
                        broches y exhaló fuera un olor caliente de carne. D. Manuel pasó suavemente
                        la mano sobre la garganta y la colocó después sobre el pecho. La mano se
                        hizo cada vez más pesada y ella sintió que la respiración era más fácil y
                        calmarse el dolor del corazón y se apoderó de toda su persona un delicioso y
                        profundo bienestar. </p>
                    <p>-Parece que Vd. estuviera curada, dijo D. Manuel, y para siempre.</p>
                    <p>-Sí doctor. Creo que sí. Estoy profundamente agradecida, contestó la señora
                        vistiéndose... Vea qué dicha haber leído su libro... Notable señor...
                        ¿Cuánto le debo a Vd.? Preguntó la señora, sacando la cartera.</p>
                    <p>-¡Oh! ¡Oh! Exclamó Paloche. Yo no cobro señora.</p>
                    <p>La señora se fue dejando dinero sobre una silla...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Al rato dos aldabonazos a la puerta. Una larga y flaca y macilenta figura de
                        dispéptica, acompañada de la madre, que se movía en el amplio contoneo de
                        opulentas formas.</p>
                    <p>-¿Qué tiene Vd.? Preguntó D. Manuel.</p>
                    <p>-Dolores en el estómago, señor. Atroces. No puedo comer ni dormir.</p>
                    <p>-Es un bizarro carácter, rugió la vieja. Insoportable. Con un geniazo de
                        todos los demonios.</p>
                    <p>-Porque estoy enferma y no me quieren creer.</p>
                    <p>-Es una revolucionaria, que no deja quieto a nadie; eso le hace mal. Y de
                        repente tiene unas carcajadas que dan miedo, cuando no le da por llorar y
                        llorar.</p>
                    <p>-Perdone Vd. señora, interrumpió Paloche. Haga que la niña se acueste en
                        aquel sofá.</p>
                    <p>La niña se acostó y don Manuel empezó a pasear sobre el estómago la mano con
                        lentos vaivenes. Poco a poco el peso de aquella fue aliviando el dolor y la
                        angustia de aquella niña que experimentó una profunda sensación de sueño.
                        Sus ojos fijos en los del curandero empezaron a cerrarse y de repente su
                        cabeza cayó hacia atrás con violencia. Estaba dormida. La vieja se persignó
                        y la rubicunda brillantez untuosa de sus mejillas empezó a desvanecerse.</p>
                    <p>D. Manuel despertó a la niña.</p>
                    <p>-Está Vd. mejor, afirmó D. Manuel.</p>
                    <p>-¡Oh sí! Dijo... pero tengo miedo que me repitan otra vez los ataques.</p>
                    <p>-Vuelva, contestó Paloche con aire solemne y la curaremos radicalmente.</p>
                    <p>-¡Oh! Eso será milagroso, replicó la señora; ya ha sido desahuciada.</p>
                    <p>-Todo cede a la nueva terapéutica, señora.</p>
                    <p>La vieja se fue sin pagar... ¡Oh delicioso y frecuente olvido!... </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Ya estaba esperando en el zaguán un diplomático, un bismarquiano de adusto
                        frontispicio y recia musculatura...</p>
                    <p>-Señor, dijo al entrar, felicito a Vd. por su libro.</p>
                    <p>-Gracias...</p>
                    <p>-Ruégole se sirva no interrumpirme.</p>
                    <p>-Está Vd. en su casa, dijo Paloche, haciendo una reverencia.</p>
                    <p>-Repítole que no me interrumpa...</p>
                    <p>-Este es un loco, pensó Paloche.</p>
                    <p>-¡Hem! Rugió el bismarquiano. Una crítica tengo que hacer a su libro... Vd.
                        no ha dedicado un capítulo a las afecciones crónicas articulares.</p>
                    <p>-Sí señor. Cómo no...</p>
                    <p>-Le digo a Vd. que se ha olvidado de citar a la diplomacia como causa común
                        de este padecimiento.</p>
                    <p>-No alcanzo el significado. Creo que sus palabras tienen tal sutileza de
                        intención, que se hacen ininteligibles.</p>
                    <p>-Al fin, señor Paloche, yo he venido a que Vd. me cure una artritis crónica y
                        me veo mal de mi grado obligado a darle a Vd. explicaciones... En verdad me
                        desvío de la línea recta sobre la cual he marchado siempre. Nada de giros
                        tortuosos, ni intrigas, ni astucias, ni perversas y largas maquinaciones; la
                        fuerza todo lo arregla... Y a pesar de esto, señor, antes se hacía vida de
                        gabinete, se cambiaba la faz del mundo con una nota... Se hacía con un golpe
                        de timbre una revolución en la política, como con su libro la va a hacer Vd.
                        en la terapéutica.</p>
                    <p>-En verdad no parece loco, pensó Paloche, inclinando la frente.</p>
                    <p>-Pero hoy no es así, señor, seguía el diplomático irritado... Desde que se ha
                        inventado el pueblo y los periódicos sugestionan las multitudes y todos
                        quieren ver y saber y modificar. De aquí derivan los tole-toles y las
                        algazaras de peligrosas consecuencias y aquí nos tiene Vd. corriendo el día
                        entero por todas partes, en la cámara, en los acuerdos, en los cuarteles, en
                        los campamentos, sin descansar, ni comer, ni dormir y empieza la enfermedad
                        y le duelen a Vd. las articulaciones y se transforma en un inválido,
                        arrojado a la cama por tres meses como yo sin estar curado todavía... Pero
                        puede darse por satisfecho. Ha hecho Vd. todo lo posible para salvar a su
                        país y ha tenido el consuelo de que el último médico le diga con sorna:
                        ensaye el masaje. </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>D. Manuel de Paloche curó al señor artrítico y poco a poco vio invadida su
                        casa por una muchedumbre de enfermos y pseudo-enfermos. Llenaban la sala,
                        los patios y la calle y se veía enfrente la larga fila de carruajes. El
                        barrio pupuló, vibrando estremecido por la inacabable romería. Fue el punto
                        de cita de los desahuciados y se llenó el ambiente de las melancolías de
                        todos los neurasténicos de la ciudad. Se armaban disputas y grescas y se
                        oían chillidos de mujeres que sostenían su derecho a entrar primero. Todos
                        querían atropellar a D. Manuel de Paloche y a veces entraban de a cuatro,
                        pretendiendo simultáneamente a grandes voces los beneficios de la panacea.
                        Este tranquilo y majestuoso, calmaba las impaciencias y propinaba a cada uno
                        su dosis de masaje. Sin recurrir a los embolismos misteriosos de la
                        nigromancia, nunca su nombre había adquirido en la ciudad cierta fama
                        tenebrosa, porque se narraban en todas partes los milagros de sus curaciones
                        y era de verse con qué sincera austeridad de convencido y con qué afán de
                        sectario ejercía D. Manuel la misión humanitaria. Alrededor se oyó el largo
                        y embarullado zumbido de cincuenta diálogos animados y se veían los grupos
                        gesticular, yendo de un lado a otros hombres y mujeres. Se apiñaba allí la
                        gente de tal manera a veces, que era necesario recurrir a recomendaciones o
                        a otras astucias, o sorpresas o estratagemas para llegar hasta él. Carlos
                        Méndez había entregado riéndose machas tarjetas. D. Manuel cuando las
                        recibía, hacía pasar adelante enseguida. Es mi amigo de la buena y de la
                        mala suerte, solía decir. No pasaría Vd. si me trajera carta de magnates o
                        de sabios.</p>
                    <p>Su renombre fue propagándose hasta invadir casa por casa. Al principio la
                        gente se sonreía. Aquello no podía ser sino una broma. Si en realidad fuera
                        el grande y maravilloso remedio, rara cosa que otros más sabios y más
                        estudiosos no lo hubieran descubierto. Pero después se acostumbraron a oír
                        su nombre y a escuchar sin protestas los milagros del nuevo Cristo. Surgió
                        la leyenda imaginativa y megálica por ciertas cosas de su pasado que muchos
                        conocían. Aquellas luces prendidas en sus cuartos hasta tarde, los
                        misteriosos paseos por la campaña, los ensayos de extractos de yerbas, que
                        tenían renegrido color y aspecto siniestro, como si colaboraran endriagos o
                        fantásticas y encapuchadas brujas; su examen y la envidia perra mordiendo el
                        talón de los profesores y las sonoras estrofas de la epopeya masagiana
                        roendo el corazón de los literatos liliputienses. No podía dudarse que era
                        un intelectual. El escepticismo frío y burlón se trocó en el raciocinio
                        tranquilo, que está por llegar a la fe. Esos caminadores amargos que tienen
                        la verde sangre biliosa para juzgar todos los acontecimientos, esos
                        desposeídos de todos los entusiasmos generosos y adoradores de la razón pura
                        sintieron conmovidos sus convencimientos cuando en sus propias casas la mano
                        santa de D. Manuel de Paloche había entregado la salud. Era alguno que
                        resurgía a la vida floresciente y a la alegría juvenil después de largos
                        años valetudinarios y eran amigos que llegaban asombrados a narrar algún
                        portento de las nuevas ideas terapéuticas. El entusiasmo se trocó en
                        frenesí, y fue como un vértigo giganteo el que se apoderó de toda la ciudad.
                        Le llenaron a Paloche de regalos. Un espléndido carruaje, flores, dinero y
                        su casa fue una magnificencia. Se hizo alrededor de él una falange de
                        fanáticos, que se hubieran hecho despedazar en cualquier parte y los
                        periódicos, que son según ellos el crisol, en que se elabora al rojo el
                        alcaloide de la opinión pública no se atrevieron a arrojar el ridículo sobre
                        el gran personaje. Los oradores altisonantes de la cámara citaban con
                        melodramática entonación las estrofas del poema. D. Manuel suscitó el terror
                        porque su obra de todos los días, alrededor de millones de enfermos en esa
                        órbita de su dominio que se dilataba cada vez más, podía producir un
                        cataclismo. Asomaba el hambre para muchos médicos. A pesar de que algunos de
                        estos se habían inficionado hasta el punto de ir a consultarlo, torcieron
                        contra él sus iras. Fue una campaña tenaz; pero en cada sala y en todos los
                        comedores donde se había iniciado no se escuchaban sino alabanzas, donde
                        moría la frase mordaz y la crítica burlona y acre. Era inútil; eso
                        significaba machacar en hierro frío. No era posible vencer. La conciencia
                        clara y tranquila del talento de D. Manuel y la certidumbre de los milagros
                        que se narraban estaban hechas y todo el mundo veía aquella mano enorme y
                        benéfica dilatar sobre la ciudad enferma la sombra protectora mientras la
                        autoridad se asustaba como en el octavo canto y veía surgir por todas partes
                        la escultural efigie de la falange masajista y sospechaba no sé qué
                        conspiraciones en la aglomeración rumorosa de todo aquel pueblo alrededor de
                        la casa de Paloche. Dentro de aquella metamorfosis radical de la terapéutica
                        podían muy bien haber germinado los átomos de la revolución política, planta
                        de exuberante y lujurioso retoño. Pero ellos también tuvieron la conciencia
                        pecaminosa porque inficionados de Palochismo, le habían consultado sus
                        achaques terciarios. Al fin se decidieron y D. Manuel fue llamado al consejo
                        de la higiene pública. Llegó seguido de una muchedumbre rabiosa y
                        tumultuaria con trágicas actitudes de vengadora de afrentas. La envidia
                        perra iba de nuevo a lastimar el ídolo, que era el gran padre de la ciudad y
                        el hermano de todos los hermanos. Paloche contestó recio las preguntas. Él
                        no era un mercader. Si su casa había resurgido y si había entrado en ella la
                        riqueza y la gloria, era por la suprema voluntad de aquel pueblo. ¡Y
                        cuidado! Porque sus frenesíes colectivos son de los que derriban en un
                        cuarto de hora la tradición rutinaria y burda. Si el masaje en la práctica
                        habla revelado ser la panacea universal, su concepción de aquel tratamiento
                        tenía el esplendor sublime de las adivinaciones geniales y tuvo en aquella
                        peroración de su defensa, irresistibles argumentos <seg rend="italic">ad
                            hominem</seg>. «Han debido empezar por no consultarme, si querían
                        pronunciar condena, decía Paloche. Sobre todo esta mano, que ustedes quieren
                        marchitar con un decreto, ha derramado la salud en vuestras familias, aunque
                        ustedes hayan tenido vergüenza de confesarlo». Absolvieron a D. Manuel
                        aplicándole el artículo que establece la libertad de las profesiones. El
                        clamoreo popular llegó al colmo. Le desataron a D. Manuel los caballos del
                        cupé y la muchedumbre se vistió de cuadrúpedo un largo trecho en honor de la
                        civilización. Fue una marcha triunfal. Sobre su cabeza la hilera de
                        almohadones en que apoyaban sus brazos las damas, acariciado el rostro por
                        el flamear de banderas y gallardetes agitados en la brisa, el pavimento
                        cubierto de flores, en medio de la bulla, empujado y detenido el coche por
                        la confusión, flagelando los tímpanos los hurras atronadores...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>La casa de Paloche se transformó. Fue arrancado el tupido yuyal de ortigas y
                        cicutas y desaparecieron los ladrillos reemplazados por el piso más moderno
                        de nítidas baldosas. Aquel brocal del pozo, alrededor del cual había en otro
                        tiempo, balde en mano, defendido el auto de fe de sus libros azuleaba en sus
                        elegantes chapitas de porcelana, marmóreo el círculo del borde y se pintaron
                        puertas y celosías y debajo del arboleda en el fondo muchas familias de
                        flores enriquecían el aire de perfumes.</p>
                    <p>Había cierta alegría de vida nueva en toda la casa, en ese olor de las
                        pinturas y en la magnificencia del papel artístico, recamado de paisajes con
                        que había vestido las paredes y en el brillo chispeante de los cristales
                        largos de las ventanas. Una estera nueva cubría los pisos, con su damero
                        rojo y pajizo de cuadros pequeños. Los viejos muebles habían desaparecido.
                        Se veían grandes sillones lucientes y áureos los espaldares y el asiento de
                        terciopelo; espejos de amplia luna y cuadros de hermosos panoramas en la
                        pared, mientras de los rincones derechitos miraban algunos bronces,
                        caprichosos, de pardo metal. Y en todas partes como sonrisas y cierto aire
                        jovial, festivo y juvenil, animado contraste, con las viejas paredes
                        pulverulentas y las tristezas de otros tiempos...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Iluminada estaba esa noche la casa de don Manuel. A las diez, cuando ya la
                        gente se iba retirando, entró Carlos Méndez a visitarlo. Paloche lo abrazó y
                        lo hizo sentar con grandes agasajos. </p>
                    <p>-Cuánto me alegro que Vd. haya venido, dijo Paloche con cierto temblor
                        nervioso. Vd. de quien he recibido en mi pobreza tantos beneficios, tiene
                        todos los derechos aquí en esta nueva vida y en esta casa rejuvenecida.</p>
                    <p>-La verdad es, murmuró Méndez, que esta transformación es admirable.</p>
                    <p>-¡Oh! Soy feliz, contestó D. Manuel, casi completamente feliz. Si no fuera
                        que en la vida siempre falta algo...</p>
                    <p>-¿Y qué? Preguntó Méndez.</p>
                    <p>-¡Oh! Mi querido amigo. Fíjese en esa pobre vieja que anda por la casa, así
                        como un fantasma.</p>
                    <p>-Es un mal irremediable.</p>
                    <p>-Y aquella otra, aquella pobre desgraciada, que está perdida, quién sabe
                        dónde... Y el otro, el chacarero con sus lechugas y su avaricia... ese Juan
                        que podía haber perpetuado nuestro apellido...</p>
                    <p>-Razón tenía Vd., señor Paloche, cuando decía que aun en medio del triunfo
                        está la grima que mata las alegrías.</p>
                    <p>-Ciertamente. Y yo lo confieso que este servicio que yo he hecho a la
                        humanidad, descubriendo la panacea universal, me deja perplejo y pensativo
                        muchas veces. </p>
                    <p>-Pero ¿por qué? Oh, ¿Vd. no cree que sea un triunfo?</p>
                    <p>-¿Y quién se atreve a dudarlo? Después de las maravillosas curaciones que ha
                        producido. Puedo asegurarle, doctor, que no hay enfermedad que resista. Yo
                        soy un fanático creyente de mi descubrimiento.</p>
                    <p>-De manera que Vd. debe estar satisfecho, señor Paloche, dijo Méndez
                        mirándolo con gran fijeza.</p>
                    <p>-A medias, D. Carlos. Yo hubiera deseado que hubiera marchado como las
                        conquistas duraderas marchan. Despacio. Un caso después de otro. A través de
                        la razón y del convencimiento. Nunca con estas explosiones y entusiasmos. No
                        me parece que esa sea la índole de los descubrimientos de nuestra
                        ciencia.</p>
                    <p>De manera que, dijo Méndez con tristeza, ¿Vd. cree que el masaje es la
                        panacea universal?</p>
                    <p>-¡Oh! ¡Oh! Contestó Paloche levantándose. ¿Cómo? ¿Por qué me pregunta Vd.
                        eso?</p>
                    <p>-Cálmese, señor Paloche. Antes Vd. creía haberla encontrado en sus extractos
                        y se apercibió después que no era.</p>
                    <p>-Es cierto.</p>
                    <p>-Y ahora no se explica porqué eso que Vd. llama su descubrimiento, ha
                        procedido y ganado la voluntad de todos con tanta violencia.</p>
                    <p>-Es verdad. Sería inexplicable eso, si no fuera yo un convencido con respecto
                        a su eficacia.</p>
                    <p>Bueno, contestó Méndez con lentitud. Yo le voy a dar la razón. Desde luego me
                        permitirá que no crea en el masaje tanto como Vd. El fanatismo de uno no
                        debe exaltarse hasta el punto de imponerlo a los demás.</p>
                    <p>-De acuerdo, dijo Paloche.</p>
                    <p>-La turbulencia, continuaba Méndez, suscitada por Vd. en estos días,
                        significa sencillamente un caso de sugestión.</p>
                    <p>-¿De sugestión? Pero cómo, señor.</p>
                    <p>-Escúcheme. Yo le voy a decir lo que he observado de la manera más clara que
                        me sea posible. Nosotros vivimos, D. Manuel, en el seno de la gran
                        histérica, en medio de esta ciudad, que se perturba colectivamente a veces.
                        Le repito que no es mi ánimo enseñar. Creo que no hay pedagogo que no sea
                        afectado. Eso repugna a mi sinceridad. Ni quiero modificar el proceder de
                        los demás, ni persuadir a nadie. Lamento mucho la suerte de esos que toman
                        en los libros de ciencia los casos clínicos para sus novelas para hacer
                        enseñanza y moral. Se me ocurre que son obras escritas a medias y al fin Vd.
                        no sabe a quién pertenecen, si al que las firma o a los que andan nadando
                        dentro de sus páginas y prestándole al autor las altas concepciones, que
                        derivan de la observación de años. Si no fuera porque al rato Vd. se
                        aperciba del engaño y está autorizado para decirle al escritor: está bueno,
                        mi señor, Vd. no es del oficio, sería el caso de declarar sacrílegas estas
                        intromisiones.</p>
                    <p>-Estoy de acuerdo con Vd., contestó Paloche. Sin duda quiere Vd. decir que
                        antes de disertar sobre patología mental es necesario hacer un curso regular
                        de estudios. ¿No es eso?</p>
                    <p>-Precisamente, contestó Méndez. Además yo no quiero aconsejar, ni morigerar.
                        Aparte mi creencia de que casi siempre es tiempo perdido, hay esta idea que
                        yo tengo y que es sangre y conciencia en mi ánimo. Me parece que debe
                        dejarse a cada uno la mayor suma de libertad así en sus actos, como en sus
                        manifestaciones intelectuales.</p>
                    <p>-Don Carlos, dijo Paloche, en esta casa Vd. puede hablar como mejor le
                        plazca. Su bondad con mi familia y su saber lo eximen de aclaraciones.</p>
                    <p>-Bueno. Yo le decía que vivimos en el seno de la gran histérica. Vea lo que
                        me da a mí la observación. He visto que esta libertad que yo deseo para mí y
                        para los demás con tanta vehemencia, existe solamente de una manera
                        relativa. La influencia del yo colectivo, el hecho de estar oyendo el día
                        entero el formidable estruendo de la ciudad enorme modifica la voluntad de
                        cada uno. Hasta los espíritus más serenos y más clarovidentes se dejan
                        arrebatar por la oleada poderosa. Y si Vd. se fija en las ciudades, todo
                        tiembla y se agita. Falta tiempo. Es necesario correr anhelantes y cada uno
                        tiene dentro de sí mismo empujes violentos cada cuarto de hora porque hay
                        muchos desaguisados que arreglar como diría Cervantes. Siempre la falta de
                        lógica. Se gasta más de lo que se tiene, se duerme mucho menos de lo que se
                        debe y se hacen suculentas comidas heliogabálicas que destrozan el estómago
                        y conturban el cerebro. Y después y sobre todo Vd. sabe bien por qué no se
                        duerme.</p>
                    <p>-¿Yo? Preguntó D. Manuel.</p>
                    <p>-Sí, Vd.</p>
                    <p>-No sé, no sé, repetía Paloche entusiasmado y confundido a la vez.</p>
                    <p>-Porque en cada casa hay un poema en treinta cantos que escribir, hay un
                        nombre que es necesario arrojar fuera de la oscuridad, hay alturas
                        escarpadas y escabrosas que trepar, hay riquezas ajenas que es necesario
                        conseguir y ultrapasar, hay glorias que andan por ahí y ser echan con su
                        recuerdo a través de los primeros mareos del sueño para darnos sobresaltos.
                        Y después está el amor que tortura la fantasía, el odio que raja las
                        alegrías y la avaricia que transforma al hombre en el escuálido cancerbero
                        huraño y desconfiado...</p>
                    <p>-De manera que, interrumpió bruscamente Paloche, hay muchos que pierden el
                        sueño como yo lo he perdido.</p>
                    <p>-Sí, muchos. Casi todos, en una forma o en otra, aunque sea en la borrachera
                        de la vanagloria porque, convénzase señor Paloche, allá en lo íntimo, donde
                        nos parece que nadie nos ve, cada uno se cree mejor que los demás...</p>
                    <p>-Pero ese será D. Carlos, el espíritu de algunos. Yo veo muchos hombres
                        caminar tranquilos y hasta satisfechos.</p>
                    <p>-No son tranquilos, contestó recio Méndez, ni resignados siquiera. Todos
                        marchan bajo algún golpe, que han recibido un cuarto de hora antes...</p>
                    <p>-Vd. sabe, dijo Paloche, todo lo que yo estimo su inteligencia; pero me
                        parece que Vd. exagera. ¿No estará Vd. en uno de sus días negros? </p>
                    <p>-¡Ojalá fuese así! Eso significa augurar un amanecer festivo para el día
                        siguiente.</p>
                    <p>-Y que lo tendrá estoy seguro y se olvidará de este cuadro tan sombrío que
                        acaba de hacer.</p>
                    <p>-Y que no he concluido, replicó Méndez. Me falta que decirle muchas cosas.
                        Desde luego siendo la que yo he descrito la vida de los individuos, la vida
                        colectiva es el orgasmo, los sentimientos son exacerbaciones y la
                        inteligencia es un mar irritado que se pervierte y no puede guardar
                        ecuanimidad.</p>
                    <p>Ahora bien, mi querido amigo, estos espasmos nerviosos son los que debilitan
                        la voluntad y la pierden y eso es colocarse en las mejores condiciones de
                        sugestión, y está la ciudad tan acostumbrada a vivir así que cuando por
                        casualidad sobrevienen días apacibles, en que podría recuperar sus fuerzas y
                        dar aliento a esa voluntad, que está tan dispuesta a entregar a cada rato,
                        se aburre, bosteza y levanta y estira los brazos rezongando... ¡Oh! No hay
                        novedades, le dicen con desaliento. ¡Qué lástima!</p>
                    <p>-Es cierto. Muy exacto, contestó Paloche, cuando no agregan la frase
                        sacramental: ¡qué pavos están los diarios!</p>
                    <p>-Y eso se produce porque tiene necesidad de vivir a saltos frenéticos, seguía
                        Méndez con calor, porque quiere que le sirvan todos los días su dosis de
                        hachís, para tener la cabeza llena de exhilarantes o turbulentas quimeras,
                        la hermosa sultana irritable... Ya veo, seguía Méndez, que la asociación de
                        ideas me ha llevado demasiado lejos.</p>
                    <p>-No tanto contestó Paloche, me parece que Vd. está siempre en la sugestión.
                        -Y ahora más que nunca.</p>
                    <p>-¿Cómo así? Preguntó Méndez con curiosidad.</p>
                    <p>-Sí mi doctor. Ha hablado Vd. de la prensa ¿no?</p>
                    <p>-Eso es y le prevengo que es la reina y es necesario no tocarla.</p>
                    <p>-¡Bah! Dijo Paloche mirándolo con extrañeza y caminando por la sala, ¡reina
                        nunca! Se equivoca D. Carlos, porque la palabra escrita, libro o periódico
                        es vasalla siempre...</p>
                    <p>-¿Cómo? ¿Cómo? Replicó Méndez.</p>
                    <p>-Cámara oscura, proseguía D. «Manuel, que va fijando imágenes y pasiones,
                        buenas y malas con fulmínea rapidez, que hace por sí bien poca cosa y
                        moriría como planta entristecida, el día que se olvidara de acoger los
                        clamoreos de afuera... Vigoroso reflector lleno de deslumbramientos y nada
                        más... Sugestionada casi siempre y dirigida por fuerzas que ella misma no
                        conoce, capaz de sintetizar y revelar en un momento dado los dolores y los
                        júbilos y los presagios y los presentimientos populares, ese anónimo
                        profundo y arcano, que cuando aparece escrito ya hace mucho tiempo que rueda
                        y desazona y martiriza las horas trabajadas de los que viven en los ranchos
                        y en las pequeñas casas sin revocar. Yo reclamo doctor para los proletarios,
                        para los parias que no saben escribir la prioridad en todos los grandes
                        acontecimientos humanos, metamorfosis, catástrofes y redenciones, que son al
                        principio instinto, después sensación, luego sentimiento, enseguida
                        ignorados martirios, al fin inteligencia y palabra escrita y por último
                        conquista. Por eso yo le decía que la palabra escrita presta homenaje y
                        refleja siempre lo que hace tiempo se piensa y siente y sufre en medio de la
                        oscura muchedumbre, que no se toma en cuenta.</p>
                    <p>-¿Qué es lo que está Vd. diciendo? Interrumpió Méndez asombrado de ese
                        original tipo de loco y de filósofo y procurando penetrar el involucro que
                        rodeaba las palabras de Paloche. ¿Qué paradojas son esas? Explíquese
                        Vd...</p>
                    <p>-Lo que estoy diciendo, replicó enseguida D. Manuel ¿qué importancia puede
                        tener? Yo soy un loco y vivo mártir de mis ideas terapéuticas ¿y estoy
                        convencido que la medicación puede reducirse a una sola para todas las
                        enfermedades? ¿Qué diría Vd. si yo le afirmara por ejemplo que las
                        revoluciones no se decretan, ni la religiosa, ni la política, ni la
                        literaria y que cuando aparecen escritas ya están hechas hace tiempo? ¿Dónde
                        cree Vd., que empiezan? ¿En las alturas acaso? Eso sería pensar que la
                        tiranía ama el esplendor y los coches de gala y los saraos de los grandes
                        salones. ¿Es lógico esto? ¿Es humano? ¿Es lo que se ve en la historia? Nunca
                        D. Carlos, nunca, seguía Paloche con vehemencia. La tiranía ama la sombra,
                        lo esquivo, lo siniestramente tenebroso y necesita eso para mantenerse...
                        por eso se ensaña en los barrios miserables, donde afrenta y escarnece y
                        ultraja y abofetea a su antojo... ¿Son las casas ricas las que se deshonran
                        primero? ¿Se derraman allí acaso las primeras lágrimas de rabia bajo el
                        garrote que apalea sin piedad? ¿Quiénes son los que matan los primeros
                        verdugos, los que empiezan la resistencia aislada sino esos pobres y oscuros
                        desheredados que sufren las primeras humillaciones y elaboran en los
                        secretos conciliábulos los gérmenes de la patria libre, que es un brutal
                        instinto nativo? ¿Dirá después de esto, don Carlos, que es una paradoja
                        afirmar que todas las revoluciones empiezan en las bajas capas sociales?</p>
                    <p>-No alcanzaba su concepto, contestó Méndez. Ahora veo que Vd. tiene
                        razón.</p>
                    <p>-Y más le diré. Cuando Vd. vea en cualquier momento llegar la revolución
                        hasta la palabra escrita afirme que la tiranía está en derrota y no se
                        equivocará; porque el ozono la asfixia y la luz la incinera... pero para
                        llegar hasta allí, ¡cuántos vejámenes! ¡Cuántos crímenes no revelados!
                        ¡Cuánta sórdida lascivia y cuánta maldad!</p>
                    <p>Y como de la política de todas las demás transformaciones. Supongo que Vd. no
                        me dirá D. Carlos que el cristianismo ha sido propagado por los senadores
                        romanos y que sus mártires han calzado coturno. Al contrario lo que yo he
                        visto es que casi siempre las altas clases se oponen y luchan con las
                        innovaciones, considerándolas peligrosas y malsanas, por qué tienen riquezas
                        o autoridad que conservar, lo que las hace suspicaces y desconfiadas tanto
                        más que la innovación es siempre iconoclasta y procede a veces con saltos
                        vertiginosos. Tiene por esto en la entraña sacudimientos comprimidos y
                        pavorosos, como sucede cuando se entrevee el peligro a lo lejos y no se
                        conoce su magnitud. ¡Y sabe Vd. lo que acontece cuando algún rico, o sabio o
                        príncipe o filosofo se pone atrevidamente a la cabeza de la muchedumbre en
                        marcha! Al principio no se dan cuenta; después se sorprenden del extraño
                        propósito y le miran con ojeriza y encono, como si hubieran sentido el dolor
                        acerbo de un miembro de su organismo desgarrado. Luego lo tildan de maníaco,
                        cuando no llueven sobre el clarovidente los epítetos de traidor o facineroso
                        y le hacen pagar con el suplicio o la ergástula la temeraria osadía.</p>
                    <p>-Historias viejas D. Manuel, interrumpió el médico. Los tiempos han cambiado
                        y la civilización abre a las nuevas ideas bondadosamente sus brazos.</p>
                    <p>-Será por eso, contestó Paloche con sorna y acrimonía que Vds. los
                        intelectuales y los ricos enfrente de la revolución social que está
                        contaminándoles el trono y carcomiendo los fundamentos de la sociedad
                        decrépita entran ahora a los tugurios miserables y les ponen piso de tabla y
                        cielo raso de yeso y llegan las damas con frazadas para él invierno y leche
                        para los niños acostados y famélicos en las cunas sucias y revueltas. Será
                        por eso pues que se ha decretado que los talleres tengan grandes ventanas y
                        se llenen de los esplendores del sol y se ha resuelto que los obreros tengan
                        músculos de acero y desaparezca la tisis y el cáncer que son producidos por
                        las congojas y las miserias que no tienen término y se le ha dicho a Dios:
                        hará Vd. en adelante que las minas estén a flor de tierra, que los arrozales
                        estén secos, que el carbón y las miasmas de las usinas no penetren en los
                        pulmones y no los enfermen, que los terrenos palúdicos sean vergeles y las
                        emanaciones mefíticas de las poblaciones hacinadas en los conventillos sean
                        tan poco nocivas y tan candorosas como el vaho perfumado que revienta de las
                        campañas ubérrimas a través del cielo diáfano.</p>
                    <p>Pero Sr. contestó el médico con gran tranquilidad, temiendo en D. Manuel
                        algún impulso, los intelectuales y los ricos ya se han apercibido de las
                        nuevas ideas.</p>
                    <p>-Ya lo sé, contestó Paloche con violencia. Pero, ¿para qué? ¿Para encauzarlas
                        acaso? ¿Para endulzar las pasiones enloquecidas? No señor, agregó levantando
                        la voz, no señor. ¿Sabe Vd. lo que están haciendo?</p>
                    <p>-Se han puesto enfrente de la revolución social para combatirla y para
                        anonadarla y la destrozan con el plomo y la ultrajan con el patíbulo cuando
                        salen a la calle sus espasmos, cuando las muchedumbres enloquecidas crean
                        esa protesta que se llama asonada y arrojan esa violencia que se llama
                        dinamita.</p>
                    <p>-Esas síntesis siniestras que Vd. está haciendo, dijo Méndez severamente,
                        implican graves acusaciones. ¿Serán entonces malvados los que tal hacen?</p>
                    <p>-Lejos de mi ánimo D. Carlos, contestó Paloche pensar esa insensatez.
                        Proceden así, porque no comprenden toda la filosofía de esos hechos, porque
                        se admiran de ver surgir innominados que tienen en el corazón las
                        tradiciones dolorosas de muchos siglos y porque lo que ellos piensan que son
                        crímenes pueden ser fatales necesidades de los tiempos y lógicos derivados
                        de la lucha y porque en una palabra como no son ellos los que hacen la
                        revolución no entienden al principio sus instintos ni sus sensaciones, ni
                        sus esperanzas porque después yo sé muy bien que más tarde los abanderados y
                        los más gigantescos luchadores serán los intelectuales.</p>
                    <p>-Me complazco mucho D. Manuel viéndolo hacer justicia a un gremio tan lleno
                        de austera nobleza.</p>
                    <p>-Por supuesto; pero... primero el pueblo, después el libro y por último
                        alguna gloriosa conquista. Y fíjese Vd. D. Carlos: aquí mismo alrededor
                        nuestro se está haciendo la transformación literaria. En estos suburbios y
                        en cada casa pobre se está operando una completa metamorfosis del idioma y
                        llenándose de ricos y exuberantes y pintorescos modismos, que han de
                        ensanchar su órbita, como los círculos concéntricos, hasta invadirlo todo.
                        ¿Es esta afirmación también una paradoja? ¿Ya no está nuestro idioma
                        elaborándose entre los pobres? ¿No le parece a Vd. que habrá que tener mucho
                        en cuenta esta tenebrosa y lenta y paulatina incubación para más tarde
                        cuando ya se haya hecho sangre y conciencia universal en nosotros? Ya ve Vd.
                        con cuánta razón yo le decía que la palabra escrita es muy a menudo
                        influenciada por el fragor de las elaboraciones exteriores...</p>
                    <p>-De todas maneras, interrumpió Méndez, estas excitaciones nerviosas, estas
                        sugestiones recíprocas traen a veces verdaderas y grandes desventuras... Eso
                        lo sabe Ud. muy bien.</p>
                    <p>Así yo he visto épocas muy sombrías en que ha entrado la pobreza en todos los
                        hogares y el desaliento transformarse en una tétrica desesperación y he oído
                        tiros de suicidas por ahí en las plazas, o en las afueras. Entonces caminan
                        aterrorizados todos, como si se tratara del caos. Miran a sus hijos
                        temblando. Tal vez no habrá pan para el día de mañana; y a sus mujeres, esas
                        espléndidas engalanadas de ayer, las ven ateridas de frío y de hambre
                        entregar sus joyas y desnudarse con profunda tristeza de sus trajes de raso.
                        ¿Y ellos? ¿Se imagina Vd. que contestan a la desgracia con el trabajo, con
                        el ahorro, con el sacrificio de los placeres y con la virtud en todas sus
                        formas? Se equivoca, si cree eso. Se sugestionan del espíritu
                        revolucionario, que no arregla nada, de la conspiración que no arregla nada
                        y del crimen, que mancha la sangre generosa derramada y carboniza la corona
                        de los mártires juveniles... porque yo los he visto a esos batallones
                        combatir con la espartana gallardía glorificando el error, el pecho abierto
                        por la metralla, denodados, salvajemente botados a la muerte y apocalípticos
                        de heroísmo.</p>
                    <p>Carlos Méndez se había levantado de su asiento, como para despedirse, pero
                        Paloche lo contuvo diciéndole:</p>
                    <p>-No, mi amigo, todavía no ha probado Vd., su proposición primitiva.</p>
                    <p>-¡Ah! Vd., no comprende todavía la razón de su fortuna actual porque a pesar
                        de sus cuarenta y cinco años ha vivido soñando y más que yo a quien se tilda
                        de visionario. Ha vivido entre los fantasmas imaginativos de la panacea
                        universal y no se ha apercibido del apasionamiento con que la ciudad acoge
                        las novedades, sin comprender tampoco lo exuberante de sus sensaciones...
                        Vd. no ha visto que su risa colectiva es la carcajada, que su valor es lo
                        temerario elevado a infinito, que sus sacrificios y sus resignaciones en la
                        desgracia tienen el heroísmo de los ascetas, que sus derrotas le producen
                        desalientos profundísimos y sus resurrecciones son algo así como el
                        prodigioso reventar del sol en sus incendios deslumbradores detrás del
                        nubarrón de la tormenta. ¿Y su alegría? Eso lo ha visto Vd. en las calles
                        pues, transformada en bullanguera algazara, en la bacanal, y en los
                        saturnales, mientras su ciencia es lo maravilloso y su verdad el milagro.
                        Ahora comprende Vd. D. Manuel como a esta histérica caballeresca que no
                        duerme, y tiembla estremecida en la exaltación de sus nervios puede el
                        anónimo sugestionarle, todas las pasiones generosas y todas las
                        depresiones... la gloria y el crimen. Bueno pues, eso es lo que ha sucedido
                        con su poema que tenía la ventaja de llevar la firma de un hombre, rodeado
                        de cierta aureola misteriosa de mago y de alquimista.</p>
                    <p>-No. Permítame, dijo Paloche poniéndose muy serio. Eso es negar la evidencia.
                        Yo le puedo presentar mil casos curados con mi maravilloso sistema
                        terapéutico. Inaceptables, doctor inaceptables sus conclusiones, repetía
                        paseando de un lado a otro...</p>
                    <p>-Lo emplazo, D. Manuel. Un mes, dos, no sé cuántos... pero esa ciudad se va a
                        ir alejando de su casa, hasta olvidarlo abandonado y solo... porque además
                        es variable y movediza y caprichosa.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Cuando Méndez salió, D. Manuel pensó en él con mucha lástima. Era un
                        inconvencible con talento pero lleno de ideas preconcebidas. Negar las
                        ventajas de su terapéutica volvía a repetirse a solas, era negar la
                        evidencia. Se sentó después en un amplio sillón de terciopelo y tuvo
                        entonces alegres alucinaciones.</p>
                    <p>Un carro triunfal, áureas las paredes laterales, festoneado de la hoja de
                        laurel, cincelados los bordes de eximias miniaturas, pulidas y artísticas
                        narradoras de todas sus glorias, el carro pequeño y bajo, arrastrado en el
                        ímpetu de la carrera por el corcel demoniaco de los valles Macedónicos en
                        medio de las estrofas hímnicas de Píndaro. Su nombre repetido entre el
                        dilatado aplauso, entre el aplauso fragoroso de las multitudes, que se
                        apoderaban frenéticos de sus triunfos para grabarlos en el Panteón de las
                        glorias nacionales en frase lapidaria. ¡Precursor y genio arrebatado al
                        empíreo! Su hija, la joven princesa, la diadema brillante salpicando de luz
                        la renegrida cabellera desde el solio real, cobijada bajo el dosel de
                        púrpura extendiendo su mano para arrojar dádivas sobre la turba arrodillada.
                        Y él... el rey bondadoso colocando la mano santa sobre la humanidad enferma,
                        gigantesco estremecedor de las moléculas moribundas, transformando la
                        sollozante cadencia de la elegía en los alaridos de la resurrección. Creador
                        de la panacea lo iban saludando esa noche todos los sabios envueltos en el
                        marmóreo paludamento inmortal. Eran los bienhechores del hombre, los
                        sacrificados de todos los siglos, esos melancólicos presentidores del
                        futuro, a quienes el presente hace pagar caro la genial audacia los que
                        arrojaban palmas en su camino. Se sentía D. Manuel, en medio de la
                        altisonante laudatoria, acometido de la cretificación. Su sangre se había
                        detenido, perdidos los rojos matices, invadida por alabastrinas
                        cristalizaciones. La masa de sus músculos inmóvil y petrificada y su piel
                        alba de mármol. Todo su cuerpo de titánica elevación enhiesto sobre el
                        mundo, la mano enorme extendida en actitud de bendecir entraban desde esa
                        noche en el templo magnificente de la eterna vida duradera a pesar de la
                        lima fatídica de los tiempos... </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- VIII -</head>
                    <head type="sub">Mater dolorosa!</head>
                    <p>El cuarto pobre de techo fugitivo tuvo durante un mes henchida su alma de las
                        notas ingenuas del cariño y sonó en su ambiente la máquina de coser que
                        movía con el pie María, la de los ojos negros y sonrisas primaverales en la
                        tez... Hablaban mucho tiempo, como si supieran que pronto iban a
                        separarse... La vieja, con esa sencillez de las narraciones sublimes de su
                        tiempo pasado, cuando encontró en el mundo a su hombre y cuando trabajando
                        noche y día le ayudaba a ganar el pan para los hijos... Hablaba de la hija,
                        su dulce compañera, muerta así de ese modo y de Genaro, a quien tanto
                        quería, porque tanto la hacía sufrir, porque Teresa sabía muy bien lo que
                        cuesta perder esos muchachos, que escriben con nuestra sangre, cada minuto
                        que pasa en las fibras del corazón la historia de las supremas y deliciosas
                        dulzuras. Había reticencias y lágrimas y silencios llenos del tiquitac de la
                        máquina en aquellos íntimos coloquios y cantos cuyas estrofas tenían los
                        giros juguetones de la alegría de los chicos... Era tu voz melodiosa ¡oh
                        María! Que traía consuelos de amor en sus arpegios para aquella pobrecita
                        alma desventurada... cuando tú misma no entrabas sin sentir en el páramo
                        melancólico de tus cariños, en medio de la muerta naturaleza, sin aguas
                        frescas y cristalinas que aplacaran la sed de tu espíritu agitado en la
                        esperanza que se iba perdiendo cada vez más. Entonces, sentada al lado de la
                        máquina, las ruedas giraban zumbando en el movimiento vertiginoso y la aguja
                        brillante se veía subir y bajar rápida rápida... mientras ella recogía hacia
                        su regazo la costura, comprimiéndola y haciéndola resbalar con su mano
                        derecha apoyada en la plataforma.</p>
                    <p>Era imposible: los átomos, del cuerpo envejecido de Teresa debían caer
                        marchitos. Su tez rojiza y tostada en el frío acre y en el sol que curte la
                        piel con matices de cobre viejo empezaron a tener palideces enfermizas y sus
                        ojos a reflejar las vaguedades de las miradas moribundas. Todo su cuerpo
                        lánguido y encorvado describía caminando apoyado sobre un bastón las
                        salutaciones con que los peregrinos fatigados se inclinan ante la tierra
                        prometida que va llegando... Se sentaba a veces afuera a tomar sol y solía
                        acariciar a los chicos, que corrían por el patio, mientras pasaban
                        saludándola con la gorra en la mano los obreros, que la veían morir. Había
                        adquirido poco a poco en toda su persona la aureola luminosa que dejan los
                        martirios prolongados, cuando se saturan de plegarias en la resignación de
                        todos los días y era una de esas viejas a quienes las madres suelen llevar
                        los hijos para que los bendigan.</p>
                    <p>Esa tarde, a pesar de la estación, estaba el cielo frío y ceniciento a
                        trechos en la aparente y solemne tranquilidad de la atmósfera. Se veían
                        pasar en lo alto nubes oscuras y largas y copos blancos y espesos detrás,
                        con franjas luminosas de caprichosa forma, que dejaban transparentar más
                        allá de la trama polícroma multitud de fragmentos azules en abigarrados
                        rasgos y zonas de cuyos bordes caían albos celajes en tenues diseminaciones.
                        Parecían bizarros fantasmas acostados sobre gigantescos lechos de nieve
                        llenos de sombras grises y tocas y colgajos de negros crespones caminando
                        apresurados, como enigmas en marcha, mientras en el poniente se percibían
                        más lejos que los cortinajes movedizos las reverberaciones de los
                        resplandores del sol. A esa hora sintió Teresa un dolor agudo en el pecho.
                        Sentada en su silla de paja del rincón, dobló su cabeza sobre el seno de la
                        muchacha que estaba a su lado de pie y movía su abanico de papel suavemente
                        delante de su rostro de arriba abajo...</p>
                    <p>-Siento una cosa aquí, dijo Teresa con voz débil y señaló el corazón, una
                        angustia como si me fuera a morir.</p>
                    <p>-No piense en eso, mamá, contestó María; ahora viene el doctor, que la quiere
                        tanto y la salvará...</p>
                    <p>-Qué buena eres... qué buenos son todos conmigo... cuánta gratitud tengo para
                        don Carlos, que ha venido tantas veces...</p>
                    <p>Ya no pudo continuar. Su respiración se hizo más frecuente y una sombra
                        violácea se extendió por su rostro. En el silencio interrumpido por aquel
                        aliento fatigado y por el crujir leve del abanico empezó a ponerse el aire
                        oscuro y más helado -la noche prematura del mal tiempo que da grima y
                        tristezas y sorprende a las casas sin luz... Se sintieron gotas gruesas que
                        hacían sonar el techo de zinc aquí y allá, y después un murmullo como
                        cuchicheo de notas metálicas que se chocaran arriba, y aquello fue
                        haciéndose cada vez más recio, hasta que se transformó en un bramido
                        prolongado, lleno de quejidos lastimeros, como resonancias extrañas que se
                        fueran encadenando sin interrupción y rodaran en remolino de arriba abajo. Y
                        se oía el chapoteo del agua que caía de los techos y el estruendo de los
                        borbotones que saltaban de los caños y se adivinaban los rumores impetuosos
                        de la marejada de la calle. De cuando en cuando estallaban truenos y
                        fulguraban relámpagos, iluminando aquel grupo divino de martirio -aquel
                        ángel de religión filial en la sonrisa temprana de sus quince años y la
                        anciana que dilataba sus pupilas ansiosas hacia la puerta, como si aquellas
                        miradas fueran llevando para sus hijos, que estaban tan lejos, las últimas
                        estrofas enamoradas de su alma...</p>
                    <p>Cuando Carlos Méndez entró destilando agua de sus ropas empapadas, habíase
                        poco a poco ido callando el fragor de la lluvia -y cuando pudo prender la
                        vela de sebo, de grueso pabilo y punta negra, se acercó al grupo, dejando el
                        sombrero sobre la cama. Tenía arrugado el ceño y aquella nube sombría que el
                        dolor de los demás había grabado sobre su frente de médico. Miró fijo, y
                        mucho a la enferma, hizo preguntas minuciosas, tocó la frente y las mejillas
                        de Teresa, sacó el reloj, y al contar las respiraciones y el pulso, su mano
                        izquierda temblaba, como si tuviera miedo. Acercó su oído al corazón... Allí
                        estuvo un gran rato solo, los ojos cerrados -con la víscera roja, que
                        palpitaba soplando en el cansancio de la carrera, como si quisiera huir del
                        pecho, para acostarse de una vez a dormir en el cielo, donde no van sino los
                        que han sufrido... Pensó Méndez entonces cuánto mar de congojas no habría
                        pasado a torrentes flagelando aquellas válvulas que ya tenían puntas y
                        bordes de granito y úlceras y desgarraduras de sus cuerdas. -No la
                        despiertes, María, dijo en voz baja; ¡ojalá este sueño tan tranquilo
                        concluya en la eternidad!... ¡Oh <seg rend="italic">mater misérrima</seg>!
                        Iba meditando Carlos al salir que has empezado tan temprano tú misma a
                        preparar la piedra de tu sepulcro ¡y ha llenado de fragmentos calcáreos tu
                        corazón hinchado y empedernido en la brega salvaje de la existencia! ¡Qué
                        notas quejumbrosas, qué arrullos de tórtolas enamoradas a quienes se les
                        arrebata el nido; qué odisea de hondos pesares vas cantando, desdichada
                        cítara de púrpura, al romperte! </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Oyó Méndez los pasos de un hombre por la vereda de su casa, de un hombre que
                        de repente se paraba a escuchar.</p>
                    <p>-¿Quién es? ¿Quién va? Dijo acercándose.</p>
                    <p>-Yo, señor, Genaro. Venía a saber si mamá estaba tan mal.</p>
                    <p>-Muy mal, contestó el médico.</p>
                    <p>-¿Ya no hay esperanzas?</p>
                    <p>-No hay.</p>
                    <p>-Muere del corazón, ¿no es cierto? Gritó Genaro.</p>
                    <p>-Sí. Muere del corazón.</p>
                    <p>-Ya lo sabía... a ella se lo ha roto la desgracia, pero a mí ¡ah, no, no!</p>
                    <p>-¿Qué estás murmurando, Genaro? ¿Por qué no te pierdes de aquí para
                        siempre?</p>
                    <p>-Parece que Vd. no me conociera, señor.</p>
                    <p>-Lo suficiente te conozco para temer por ti y por otros.</p>
                    <p>-Pero Vd. no sabe entonces: hace un mes que yo camino de noche por aquí...
                        porque yo tenía que cuidar el conventillo, donde está mamá y María,
                        ¿entiende Vd.?... y rondar estas casas, Vd. sabe que ese Enrique, ese
                        miserable anda por aquí siempre buscando mujeres... la otra noche le decía a
                        una que lo dejara entrar, y si no lo he muerto ha sido por mamá... porque no
                        le quería dar más disgustos a esa pobre vieja... pero ahora es otra
                        cosa...</p>
                    <p>-¿Qué dices, Genaro? Tú estás meditando un crimen para esta noche. Yo soy tu
                        patrón ahora más que nunca... te ordeno que te retires, y avanzó Méndez con
                        el brazo rígido y el índice lejos, fascinándolo con las vibraciones
                        profundas de su voz de metal.</p>
                    <p>-Discúlpeme, señor... si supiera todo el cariño que yo le tengo... y a todos
                        los suyos... la otra noche vi pasar a su niña que iba a casa de la abuela...
                        ¡qué linda estaba con su gorra de terciopelo azul apretadita contra la
                        mejilla! Yo salí de la zanja todo sucio de tierra: quería abrazarla y
                        decirle que yo la había llevado en mis brazos cuando era más chiquita, y que
                        en estas noches de frío yo la cuidaba, hasta tener miedo que estuviera
                        enferma si la oía llorar... yo le hubiera besado su vestidito de paño con
                        lágrimas... porque tiene una alma bendita de santa generosa y buena.</p>
                    <p>-¡Ojalá puedas ser feliz, Genaro! Vete, vete...</p>
                    <p>-Pero no pude, señor, porque me flaquearon las piernas y me puse a sollozar
                        con todo el pecho y con la cara revuelta en el polvo para que no se
                        asustara... Y a Vd., doctor, que la ha cuidado y ayudado a mamá... le pido
                        permiso... quiero besar su mano benéfica -y arrastrándose sobre las
                        rodillas, puso sus labios secos sobre el dorso de la mano de Carlos
                        Méndez... y le seguía diciendo: María va a quedar sola; dígale eso a la niña
                        Dolores y se retiró hacia el conventillo. Méndez que había levantado el
                        llamador de bronce, quedó así un momento, mirando aquella pasión dolorosa
                        que se perdía en la noche lóbrega.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>En el conventillo después de la lluvia, se vieron salir las gentes apuradas y
                        arrimarse al cuarto de Teresa. Iban llegando debajo de las gotas que caían
                        todavía de los techos aquí y allá, mientras el farol reflejaba su luz sucia
                        en los pequeños charcos del patio. En eso que se habían juntado frente a la
                        puerta, sintieron que alguien con resolución violenta los separaba,
                        abriéndose camino. Genaro entró, erguida la persona y fue como a caer de
                        bruces a los píes de la vieja cubriéndole de besos el ruedo del vestido
                        negro. Se levantó; la miró de arriba abajo, le tocó en medio de aquel terror
                        de silencio la cara, los brazos; todo el cuerpo -aquel cuerpo inerte que
                        dormía, temblando, como una grande ala abatida por la angustia. Genaro la
                        abrazó. La pobre enferma, con los ojos entreabiertos, se hamacaba aquí y
                        allá, suavemente mecida por las manos del hijo, dócil y resignada, como si
                        su corazón -en la penumbra que estaba por terminar en el cielo- sintiera las
                        ondulaciones de aquella cuna de amor y de muerte. Ni una sola palabra,
                        ningún ruido profano en la media luz, de aquel cuarto, ni las tiernas
                        endechas siquiera que se ciernen en los dormitorios, como doseles de
                        pasión... nada interrumpía el crujir cadencioso del abanico de papel, la
                        respiración cada vez más lenta de Teresa y el vaivén de aquellos brazos
                        ásperos que habían encontrado roces suavísimos, de terciopelo y ternuras
                        infantiles para la madre moribunda. Genaro rodeó su cuello y atrajo la
                        blanca cabeza. Entonces ¡Dios santo de las penas infinitas! Fueron lágrimas
                        y a raudales más lágrimas las que cayeron sobre las canas venerables, como
                        si se hubiera roto de repente el broche de oro, que tenía cerrada la copa de
                        su alma, y las ondas de amargura brotaron de los ojos fuera con los rayos
                        oscuros de sus pupilas de tristezas, por aquel camino de las miradas de
                        amor. Ni un sollozo, ni un grito, ni un espasmo en aquel supremo y lúgubre
                        silencio, porque no había inteligencia allí sino para sufrir -mientras
                        seguía cada vez más lento y apacible vagando todo su cuerpo en la ondulación
                        de aquella hamaca formada por lo brazos del hijo y ella había abandonado
                        sobre el pecho de Genaro su efigie de muerta, que temblaba con las
                        palpitaciones de aquel gran corazón dolorido.</p>
                    <p>Cuando Genaro salió afuera vio llegar el sacerdote que traía el Viático.
                        Entonces apuró sus amarguras, entrando en las tinieblas le su última noche.
                        Caminó por el barro de los pantanos, azotado el rostro por los hilos de agua
                        que el viento desprendía de las ramas, viendo inclinarse las copas de los
                        eucaliptus como cimeras altísimas de abundoso y negro plumaje. Escuchó los
                        tañidos lejanos del viento, las esquilas gemebundas con que este suele
                        perderse por los callejones de las quintas y los murmullos bulliciosos de
                        hojas, alambres y ramas, donde se fracturan y acentúan los sonidos que aquel
                        suscita en su correr por el espacio. Entonces ya el cielo se había cubierto
                        de estrellas y los riachos cenagosos de las zanjas iban descendiendo y
                        murmurando hacia los bañados, como si corrieran con ellos todos los ecos de
                        la lluvia a desvanecerse lejos en el gran mar de los horizontes azules. Sus
                        movimientos eran recios y su andar decidido, como quien había conquistado
                        después de aquella muerte el derecho a terminar. Seguía caminando envuelto
                        en el disco bravío de cóleras de su odio gigantesco y sacaba de repente el
                        puñal que dividía zumbando y chispeando aquella lobreguez funeraria. Se
                        sentía como si no tuviera articulaciones, como si marchara rígido en aquel
                        antro inconmensurable y bellaco de su existencia, a guisa de fantasma que
                        hubiera perdido en el camino todas sus carnes. Le parecía tener un agudo
                        madero que le atravesaba el cuerpo lleno de esquirlas desiguales que le
                        daban de repente en el pecho feroces cimbronazos, como si aquella su cruz de
                        martirio hiciera mover su espantable silueta, arrebatada en la furia loca de
                        sus ímpetus homicidas.</p>
                    <p>Tenía la piel arañada con aguijones de sina sina y las piernas destilando
                        gotas de sangre con pruritos y desazones de ortigales y abrojos... No
                        importa: esa noche vivió de la memoria de aquel Enrique lúbrico y era torva
                        su mirada en la amenaza, mientras taladraban su fantasía densos turbiones
                        con tropeles de espectros galopando, como visiones apocalípticas de
                        exterminio. Así, mientras en el conventillo rezaban el rosario las sencillas
                        gentes arrodilladas a uno y otro lado del cajón de pino sin cepillar, se vio
                        girar muchas veces alrededor de las casas su figura tétrica, que se detenía
                        con singular pertinacia, como si quisiera encontrar por allí el enemigo, en
                        cuyo recuerdo venía hundiendo la mano armada hacía tiempo. La aurora lo
                        sorprendió lejos de las poblaciones en esa mañana estival de octubre,
                        marchando entre los rayos de oro del sol hacia un punto solo, como fascinado
                        por alguna escena emocionante que se produjera muy lejos. Allí estaba él
                        entre aquellas sonrisas de la primavera que hacen pensar en las alegrías de
                        los átomos, que se despiertan para la evolución fecunda, en medio del gran
                        poema que se estaba escribiendo en honor de la vida que resurge de los
                        inviernos estériles y soñolientos.</p>
                    <p>«Allí estaba Genaro escribiendo él también en su camino con buril de acero
                        templado en el libro de las energías heladas e indomables la nenia
                        estridente y lúgubre de la tragedia, al lado de las primeras estrofas
                        divinales que el éter irradia en la naturaleza, la flor exhala y el ave
                        canta...» </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- IX -</head>
                    <head type="sub">Tragedia</head>
                    <p>Carlos Méndez, esa noche, cuando Genaro hubo desaparecido, se dirigió
                        bruscamente a la casa de Valverde. Este sentado en su estudio no movió un
                        músculo cuando lo vio llegar, como si lo hubiera estado esperando.</p>
                    <p>-Ha podido Vd. hacerse anunciar, dijo sin moverse de su asiento.</p>
                    <p>-Yo no hago eso cuando entro a casa de galeotes.</p>
                    <p>-Magnífico el exordio, contestó glacial el otro; espero el final de la
                        oración.</p>
                    <p>-El final no va a estar en mis palabras, sino en su deshonra y en su
                        muerte...</p>
                    <p>-Pero vamos a cuentas; ¿qué ha venido usted a hacer aquí?</p>
                    <p>-Yo interrogo, señor Valverde, contestó Méndez impetuoso. </p>
                    <p>-No en mi casa, señor...</p>
                    <p>-Esta no es casa, es una zahúrda y el rostro de Méndez había adquirido una
                        espantosa lobreguez... usted ha vivido siempre entre la ironía malvada,
                        llenando de sordos rencores y de amarguras la vida de los que han tenido
                        contacto con usted.</p>
                    <p>-Yo soy un observador, señor Méndez, no tengo prismas, ni cataratas como
                        usted...</p>
                    <p>-Pero ha violado sus juramentos, sirviéndose de su profesión para el crimen.
                        Ha visitado a Paloche llamado por ese desventurado para asistir a la señora
                        y lo ha deshonrado; no ha tenido respeto por la pobreza de espíritu y
                        manchado la ingenuidad.</p>
                    <p>-¿Y Vd. qué ha hecho mejor que yo? Dijo Enrique. Ha marchado de hocico,
                        buscando ramas y hojas secas para hacer el nido y procrear desventurados con
                        las alas rotas por la desgracia mohíno y rezongón en vez de erguirse sobre
                        ellas y caminar austero y solitario, sin mendigar puntos de apoyo. Puede ser
                        que estas cosas infernales que tengo adentro den las notas estridentes del
                        mal, pero yo me he parado en medio de la deshecha tormenta y amenazado al
                        cielo con el puño, concitándolo a que me fulminara; yo he tenido la soberbia
                        ruda, mientras Vd. ha vivido entre los deliquios de las indecisiones, se ha
                        dividido la frente azuzado por las cobardías del suicidio, y ha caído en las
                        degeneraciones del sentimentalismo híbrido.</p>
                    <p>-Oh si todo eso... porque yo soy un gran arrepentido, interrumpió Méndez,
                        alto su rostro lleno de esplendor varonil -y es mejor reconquistar la virtud
                        que traerla desde la niñez y porque yo la he subyugado así con la sangre de
                        mi cuerpo y en cualquier momento en que la deshonra quisiera llegar a batir
                        sus alas negras en la puerta de mi hogar que no tiene más mengua que haber
                        sido mencionado por Vd. en este momento yo sabría quitarme la vida veinte
                        veces antes... con esta pistola, ve Vd... ¡Eh! No tenga miedo porque yo voy
                        a tirarla sobre su escritorio para que se fracture el cráneo do un tiro -y
                        fue el arma rodando con sus dos cañones oscuros- porque yo quiero evitar un
                        nuevo crimen, seguía Méndez turbulenta la tez y temblándole ronca la
                        palabra... Genaro que era un corazón, lleno de todos los esplendores de la
                        alegría y que había hecho a su manera una sombría y profunda religión de la
                        memoria del padre, ha muerto a Santa de una puñalada...</p>
                    <p>-Ya lo sé ¿y qué me importa? Contestó Enrique con tono agrio... ¿Vd. cree que
                        yo puedo dejar de precipitarme dentro del ímpetu de la pasión que me
                        arrastra? Dígale Vd. al borracho que no beba y al jugador que ha derrumbado
                        su casa que no arrastre a la madre de las greñas desmayada a bofetadas por
                        el pavimento y no robe del cofre los últimos pesos mugrientos y dígale Vd.
                        al ateo que no mire de soslayo y no apuñalee cada cinco minutos la idea de
                        Dios...</p>
                    <p>-Pero Vd. ha transformado el pecho de Genaro en una cripta siniestra que va y
                        viene agitada por los huracanes de la venganza... cuidado con sus noches,
                        porque es posible que en la tiniebla esté girando la punta aguda de un
                        puñal.</p>
                    <p>-¿Qué me importa? Yo sigo mi camino y no le consiento a nadie el derecho de
                        detenerme.</p>
                    <p>-Sí, dijo Méndez, arrimándose los paños crispados al escritorio, yo voy a
                        pedirle cuenta de sus procederes... porque Vd. ha transformado su profesión
                        en un lodazal, donde vienen a hozar y a revolcarse los cerdos de todos los
                        chiqueros y porque los hermanos de una gran familia sienten también
                        salpicarse la frente del barro sucio de la ignominia de cualquiera de ellos.
                        Vd. ha podido enlodar su apellido, pero ha debido dejar en paz siquiera la
                        aureola luminosa de nobleza de su profesión.</p>
                    <p>-Hasta ahora, he escuchado su sermón -repuso Enrique con su tono glacial,
                        escandiendo una a una las palabras- pero ya va siendo demasiado largo; tenga
                        Vd. la bondad de retirarse...</p>
                    <p>-Es claro, -interrumpió Carlos -ya es de noche... Vd. necesita salir fuera, a
                        seducir alguna otra mujer, tenebroso como los murciélagos... pero ese
                        diploma suyo, que tiene las aseveraciones de la honra sin tacha y que lo
                        armó caballero, está mal en sus manos miserables... y lo arrancó de la pared
                        Méndez con violencia y tomándolo de los dos lados más cortos del rectángulo
                        sobre su rodilla derecha levantada lo hizo pedazos, saltando las astillas de
                        la madera y brillando a chispazos el vidrio hecho añicos, para desgarrar
                        enseguida el pergamino, cuyos arambeles deshilachados empezaron a volar por
                        la ventana. Luego se acercó Méndez más todavía -a una cuarta- con los ojos
                        revueltos en las sombras terribles del furor y dominando la fría
                        impasibilidad de Valverde le dijo a gritos, con palabras que saltaban a
                        trozos de su garganta: Esa pistola yo se la he traído... escuche, no baje
                        los ojos... </p>
                    <p>-Yo nunca he bajado los ojos, apóstol de cartón, contestó Valverde.</p>
                    <p>-Para que Vd. se suicide, seguía Méndez... porque Genaro es el hijo del
                        corazón de todas mis gratitudes y yo quiero salvarlo, y si por culpa suya lo
                        encajan en una mazmorra porque él lo va a destrozar a Vd. en lucha
                        hidalga... escuche, le repito, escuche...</p>
                    <p>Valverde se puso lívido. Parecía que durante esos rápidos minutos de la
                        escena violenta hubiera querido contener su enojo y mientras Carlos le
                        decía: «y si mi chiquita se enferma entonces yo voy a desclavar la caja que
                        guarde todas las turpitudes de su cuerpo y la voy a arrojar a los huecos
                        dentro de la líquida y verdosa podredumbre para que alimenten su desazonada
                        y fugitiva flacura los mastines que echan a puntapiés de las casas». Aquel
                        aferró la pistola, aplanándola sobre el pecho de Carlos... En ese momento se
                        oyeron las esquilas de la campana, que acompañaba al sacerdote, que traía el
                        Viático para Teresa. Este caminaba adelante envolviendo en la capa roja al
                        Santísimo y pasó cerca de la ventana iluminada del estudio de Enrique.
                        Rezaba con la cabeza agachada mientras detrás de él de dos en dos seguían
                        los pobres con el sombrero en la mano y las mujeres envuelta la cabeza en
                        sus negros rebozos. Todos marchaban en el lúgubre cortejo rezando en voz
                        alta y la cantinela llegaba hasta el cuarto como un largo rezongo lleno de
                        lamentos, mientras los faroles que cada uno llevaba se movían a un lado y
                        otro entre los tañidos de la campana que no cesaban, arrojando al piso de
                        tierra las oscilaciones de sus haces mortecinos. Poco a poco se fueron
                        alejando en la tiniebla las luces, que parecían al fin puntos luminosos y se
                        desvanecieron los murmullos de la plegaria en el hondo silencio del barrio
                        solitario. Los dos hombres siguieron mirándose todavía un rato... Méndez,
                        intrépido, Valverde satánico y frío, mudos los dos en medio de aquel
                        ambiente siniestramente sosegado y salvados tal vez del crimen por la
                        piadosa romería, hasta que Carlos sacudió sus hombros fieramente y a lento
                        paso se fue retirando hacia su casa. Valverde acarició la pistola,
                        levantándola, como para hacer fuego poseído de una terrible resolución, pero
                        enseguida la arrojó sobre el escritorio exclamando:</p>
                    <p>-¡Bah! Yo no soy un homicida.</p>
                    <p>¡Estos virtuosos! ¡Qué majaderos son!</p>
                    <p>Decrépitos aristarcos, siguió en su soliloquio pensando, se creen con el
                        derecho de ser apóstoles y sacerdotes... Más valdría se ocupasen de cuidar
                        la virtud en sus casas... Porque al fin el peligro no está en que los
                        extraños hagan mal, sino en que sin sentir se le llene a ellos la frente de
                        sustancia córnea... y ellas no se hacen esperar para hacerlo siquiera sea
                        virtualmente... Yo estoy seguro de lo que pienso, y ¿cuál de ellos no ha
                        corrido riesgo alguna vez?... Pueden encerrarlas y circuirlas en la zona
                        tenebrosa y sombría de los celos; pueden atarlas, vigilarlas o impedirles
                        que salgan... Si muchas no delinquen es porque falta ocasión o tienen
                        miedo... Pero... y el pensamiento, ¿quién lo aherroja cuando desata fuera
                        sus curiosidades pecaminosas?... Mucho cuidado, Dr. Méndez... ¿Se imagina
                        Vd. que mi diploma es peor que el suyo manchado de sangre cobarde y que en
                        esta bilis revuelta y agria de mi carácter quepa la afrenta?... Cuidado...
                        porque puede ser que yo le muerda el talón con mi púa venenosa... ¡Qué tipos
                        singulares! A cada vuelta de esquina le sale a Vd. un tata que quiere
                        imponer opinión y torcerlo en su camino... como si lo que ellos piensan
                        fuera lo mejor y la manera como ellos viven lo más perfecto... Así se
                        establecen las intolerancias y los crímenes sectarios, por esto, de que al
                        vecino no se le ha de dejar tranquilo nunca.</p>
                    <p>-¡Uf! Basta de filosofías...</p>
                    <p>Enrique escribió a dos amigos suyos esta breve esquela:</p>
                    <p>«Habiendo recibido grave ofensa del Dr. Carlos Méndez, se servirán pedirle
                        una amplia reparación por las armas».</p>
                    <p>Se batieron al día siguiente en ese valle plomizo del bañado de Flores... Fue
                        un brutal cuarto de hora. Zumbaba el aire dividido por los recios mandobles
                        y saltaban chispas en el choque de las espadas. Méndez impetuoso, Enrique
                        siniestro y frío. Arremetían, rechinando el hierro al resbalar sobre el del
                        adversario, y veíase girar y describir curvas y líneas quebradas, círculos y
                        espirales con inaudita violencia. Eran anhelantes respiraciones y gritos
                        roncos y sofocados los de aquellos cuerpos, que se azotaban el uno sobre el
                        otro y saltos atrás en la línea recta de la guardia, la mirada palpitante de
                        roja cólera. Méndez gigantesco, levantado su cuerpo, leonino en la generosa
                        embestida, echaba de arriba abajo la espada, brincando en su antebrazo la
                        robusta musculatura, el otro pequeño, arrugándose, lívido, astuto, acechando
                        con el espionaje homicida la abertura para llegarle al corazón. Con rabias
                        sordas, manifestadas en el brusco crisparse de la frente y en la tiniebla
                        que cruza el rostro de los combatientes. Con temerario desprecio, sin ceder
                        campo, llenos de altanera insolencia, parando y precipitándose a fondo, en
                        medio del retumbar de los hierros, entre los rayos de luz rápidos de los
                        cimbronazos de la punta. No se habían herido. Descansaron un momento.</p>
                    <p>Después otra vez recomenzó el duelo... Valverde al rato, en un rápido
                        desenganche, metió la punta de la espada en la muñeca de Carlos... Una venda
                        de sangre cayó sobre los ojos de éste. Fue como un huracán de furor...
                        Perdió la conciencia... Un espantoso salto de tigre. Sus dos manos habían
                        comprimido la garganta del adversario derribándolo con manchas de sangre en
                        su rostro. Cuando los padrinos los separaron, Carlos los miró atónito.
                        Levantaba en alto el puño escarlata de grumos cuajados, amenazador y mudo...
                        Valverde, con su risa sardónica de siempre, al alejarse en su coche decía a
                        los amigos:</p>
                    <p>-He derrotado al virtuoso y he puesto a la lógica fuera de combate, y sigan
                        creyendo después de esto en el derecho... ¡Bah! ¡Sonseras!</p>
                    <p>Al llegar la noche, se sintieron en el barrio venir de lejos, los pasos de
                        dos hombres que se acercaban cautelosos y ecos que se perdían y se repetían
                        como si caminaran por ambas aceras. Oyéronse dos tiros y los hombres se
                        fueron el uno contra el otro, frenéticos, con voces agrias y blasfemias y
                        amenazas de muerte. Llegaron bajo el farol de la esquina, donde se levantaba
                        la casa de Paloche y se tomaron de los brazos forcejeando en aquella
                        siniestra penumbra, mientras lejos, lejos estaba el barrio envuelto en un
                        negro manto de sombras. Tenían gritos estridentes y bufidos y se tambaleaban
                        lejos en la lucha gigantesca y volvían con formidables arremetidas y la
                        palabra: «¡puerco! ¡Puerco!» Estallaban por todas partes, como si fuera la
                        síntesis de todos los odios. Genaro en mangas de camisa y Enrique Valverde
                        seguían debajo del farol el combate bravío y se arremolinaban erguidos con
                        ojos feroces y secos estampidos de puñetazos, hasta que el cochero consiguió
                        derribar al adversario, oprimiéndole las rodillas sobre el pecho...</p>
                    <p>-Tú has deshonrado mi casa, le decía jadeante en la cara. Le has levantado el
                        vestido a mi hermana. Sos un canalla...</p>
                    <p>-¡Miserable! Gritaba Enrique, bregando por desasirse. </p>
                    <p>Tú lo has herido a D. Carlos y has hecho morir a mi madre.</p>
                    <p>¿Qué entiendes de eso? ¡Asesino!</p>
                    <p>Yo no entiendo, ¡no! ¡Yo no tengo corazón ni familia, yo no quiero a mi
                        madre! ¡Eso es lo que querés decir! Yo soy una bestia feroz y un perro
                        pulguiento, a quien has creído, castigar esta noche.</p>
                    <p>-Dejá levantarme, y verás, respondió Enrique, enloquecido de furor. No me
                        importa la vida...</p>
                    <p>-Y después nuestras hermanas, continuaba Genaro implacable, pobres criaturas
                        que viven en la miseria y tienen callos en las manos... esas son del primer
                        canalla con guantes, que se asoma a la puerta del conventillo.</p>
                    <p>Enrique arañaba la tierra y se retorcía como un titán con todas las palideces
                        y las palabras de la cólera.</p>
                    <p>-¡Cobarde! ¡Cobarde!</p>
                    <p>-Eso no... Me has querido matar, tirándome dos tiros y yo te he vencido...
                        Vos sí, que sos un bellaco y un vil... esperabas para entrar a mi casa que
                        yo estuviese sobre el coche del patrón, lejos de aquí y que la pobre vieja
                        fuera al mercado por la mañana... entonces te metías como un ladrón.</p>
                    <p>-No me importa la vida... gritaba Valverde, pero dejame un momento para
                        exterminarte y contigo a toda la virtud hipócrita.</p>
                    <p>-¡No! ¡No! Hace tiempo que te sigo... pero si yo estuviese abajo como estás
                        vos, ya te habría alcanzado esto para que acabaras de una vez... y sacó de
                        la cintura el puñal de mango de níquel bruñido... porque cuando me
                        arrastraba de noche espiando tus pasos, hecho todo entero un duende terrible
                        y dolorido, y me escondía en las zanjas y me rajaba las carnes, disparando a
                        través de las moras y de las ortigas, vos te sonreías aquí mismo, enamorando
                        mujeres... y venías ahora a una cita con alguna loca... y levantó Genaro y
                        bajó el puñal rápido, rápido, ¡puñaladas! ¡Puñaladas!... y el moribundo dio
                        sacudidas pronunciando palabras entrecortadas: «-¡Estás matando... a un...
                        muerto... animal!...» ¡y oyose un prolongado estertor de agonía y después el
                        eterno silencio!...</p>
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                    <p>Todos habían contemplado en la casa de Méndez la horrenda escena. Este con el
                        brazo en cabestrillo paseaba de un lado a otro del comedor con violencia. En
                        el dormitorio Dolores había acostado a la chiquita de los cuentos en medio
                        de las penumbras y le cantaba al oído en voz tan baja que era casi un
                        murmullo una tierna canción, llena de dulzura, con los labios cerca de la
                        frente de la niña y los ojos oscuros abiertos para mirarla dormirse. Esta
                        inquieta al principio con la mirada atónita, parecía tener miedo de esa
                        extraña sensación de ausencia de la vida que se iba apoderando de su cuerpo,
                        hasta que cerró los párpados, cuyos bordes dibujaron una negra curva y se
                        quedó inmóvil. En puntitas de pie llegó Dolores al cuarto de vestir, donde
                        Catalina Méndez rezaba, arrodillada sobre el reclinatorio. Repetían las dos,
                        al unisón la plegaria, como si fuera una letanía que se oyera de
                        lejos...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Dios del dolor! ¡Majestad de los cielos! ¡Magnificencia increada y anhelo
                        sobrehumano del espíritu! Perdona a los desventurados, que delinquen en
                        medio de las congojas... a las pobres pasiones martirizadas, que nutren sus
                        tormentos, con los átomos tenebrosos de la deshonra... a los que nacen con
                        los gérmenes del mal, siniestros desheredados desde las cunas, impotentes
                        luchadores contra su garra gigantesca, botados para siempre a la muerte
                        moral... ¡Perdónalos Señor! </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Porque tú has tenido en tu camino al Calvario sangre en los pies, heridos en
                        las esquirlas del sendero áspero y con la frente de luz has bendecido tus
                        llagas y santificado el sufrimiento... a los que sangre derraman en la
                        vida... ¡perdónalos Señor!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Porque caíste agobiado bajo la cruz, como el hombre en la existencia bajo
                        las vastas y hondas y melancólicas soledades del desaliento, ten piedad de
                        esos mártires intelectuales, que viven dentro de las torturas de las dudas
                        perennes, espíritus exquisitos, que anhelan con desordenado ímpetu la
                        tranquilidad y el sosiego de la fe, perdida para siempre!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Bendice la bohardilla, Señor, donde viven los pobres con los pies
                        escarchados y sea tu mano la caricia tibia que consuele y caliente el cuerpo
                        enflaquecido que tirita y no duerme... la bohardilla que abre la ventana
                        oscura y helada, tan cerca de los rayos benéficos de tu sol!...</p>
                    <p>Allí viven entristecidas y mustias, la efigie contraída, muchas almas
                        divinales, de esas que tú señalas en la frente con las estigmas de los
                        creadores, artistas que dilatan los horizontes humanos hacia las cosas
                        infinitas... ¡que no perezcan, esos gloriosos moribundos!... ¡tengan calor
                        de chimeneas y pan y esperanzas y besos y senos tibios y blandos de
                        madres!... porque ellos sienten más intensa y más profunda que los demás la
                        dolorosa intuición de la felicidad sobre la tierra... ¡que surjan al fin,
                        Señor! Fuera de la sombra despedazada, la cabeza nazarena coronada de
                        espinas, ebria de alegrías celestiales, porque como tú entregan la vida para
                        la redención del espíritu...</p>
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                    <p>¡Dios de bondad, azotado en tu camino por el escarnio de las muchedumbres,
                        resignado y sublime! ¡Extiende tus alas sobre el tugurio miserable, en cuyo
                        piso de tierra juegan los niños en medio del hambre y del andrajo! Cierne tu
                        divina persona sobre sus cabecitas inquietas y dilata en el ambiente lóbrego
                        y frío la mansedumbre infinita de tu pupila azul... Así vivirán dentro de tu
                        gloria y podrán continuar siendo niños a pesar de ser tan pobres y seguirán
                        mucho tiempo el tripudio inconsciente, sin que el dolor apesadumbre las
                        almitas precoces... </p>
                    <p>¡Oh Jesús! Porque tuviste tristezas hasta la muerte... cuando llegue la
                        miseria a nuestras casas y desaparezcan las joyas y los ricos muebles y
                        veamos salir con silenciosa consternación los recuerdos de la familia -esas
                        sollozantes idolatrías del corazón- a perderse para siempre entre las
                        baratijas de usureros mercenarios... ¡oh! ¡Entonces! ¡Si vuelven las
                        reminiscencias de las horas felices a golpear con sus alegres notas la
                        puerta de nuestros sucuchos, seamos tan fuertes y magnánimos como tu pasión!
                        Haya esperanzas y lejanas alboradas y plegarias y fe...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Bendice al pueblo, Señor! Que es todo sentimiento y marcha como extraviado a
                        través del tiempo. No tiene la culpa del crimen que comete, seducida su alma
                        ingenua por la perversidad, agachado el torso en el rudo trabajo de todos
                        los días. Es holocausto que ofrecemos en las horas de peligro y víctima
                        generosa que entrega su corazón en las batallas, y fresca primicia juvenil
                        que arrojamos a las fauces devoradoras de la guerra... ¡Bendícelo, Señor
                        porque no tiene goces, ni sol, ni lumbre en los días yertos! ¡Esos
                        sacrificados que se arrodillan más de una vez al lado de las cunas para
                        calentar con sus besos la frente moribunda de los hijos!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Que haya amor para todos! ¡Que sea ley y sentimiento universal el perdón!
                        ¡Que haya cobijas y pan y sombras en los días estivales y sean estas las
                        últimas amarguras de nuestra casa!... Que caminen los hombres para siempre
                        en procesión solemne el sendero del bien para que puedan entrar todos -una
                        generación después de otra- en las regiones maravillosas de la eterna
                        vida...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Delante de este crucifijo, donde estás clavado ¡oh Jesús! Con tu cuerpo de
                        mármol lánguido y abandonado a la muerte, la divina efigie inclinada hacia
                        la tierra, sea esta plegaria para tu memoria, ¡oh increada magnificencia!
                        Acuérdate de nosotros: dadnos aliento y vigor... Acuérdate de la sombría
                        congoja del corazón de Genaro... ¡Perdónalo Señor!...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Porque era tesoro de bondad como tú... y sobre la tierra tuvo su Gólgota,
                        sálvalo Señor y con él a todos los solitarios, a esos angelicales que
                        inician la vida sin puntos de apoyo, a los que no han sentido jamás sobre la
                        cuna el robusto aliento paterno...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Porque has levantado a Magdalena, arrodillada a tus pies, secándolos con su
                        larga cabellera de oro... porque irguió su frente redimida en el beso del
                        perdón, y marchó entre las divinas dulzuras del arrepentimiento hacia las
                        glorias del cielo... guarda a Genaro del abismo a que se precipita y
                        recógelo en tus brazos antes de morir, porque es tesoro de bondad...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Salve Jesús! Melancólico mártir, ¡doliente anacoreta de la noche tristísima
                        del monte Olivos! ¡Tú has rezado la plegaria para todos. Tú has perdonado
                        siempre! Eres amparo de los hogares que sufren y esperanza de resurrección
                        para las virtudes que mueren. ¡Porque perdonas eres Dios! Por tu crucifixión
                        eres Dios y porque contemplas con inagotable benevolencia los extravíos
                        humanos... </p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Las dos mujeres sintieron ruido detrás de ellas.</p>
                    <p>Carlos Méndez estaba parado en el umbral oyéndolas rezar. Sus ojos estaban
                        secos, su fisonomía turbulenta y hondo el surco de la frente. Había cierto
                        frío siniestro en toda su persona.</p>
                    <p>-Carlos, dijo la madre acercándose, es necesario sufrir con resignación. La
                        desventura lo ha querido así...</p>
                    <p>-No, mi madre. No es la desventura. Es la maldad humana que arroja de cuando
                        en cuando alguno de sus heraldos brutales sobre el corazón ingenuo. Es el
                        triunfo de los poseídos de las pasiones innobles... Eso es y nada más... Hay
                        hogares, madre, nítidos y albos como la pureza... místicos como los altares,
                        pero pasa uno de estos bichos babosos y deja el galón plateado, con que se
                        adornan después los cajones de muerto que salen por allí... Yo lo he visto
                        eso y tú más que yo...</p>
                    <p>La madre inclinó la cabeza, mientras Carlos hablaba con violencia...</p>
                    <p>-Mejor sería, madre, desaparecer, si es que hemos de ser iguales siempre...
                        Si las generaciones que nacen son mejores que las que se han ido, ¿por qué
                        el individuo, desnudo de la hipocresía social, ha de ser siempre un
                        contaminado?... Yo vuelvo a perder la esperanza, otra vez, porque las
                        infamias, que observo a cada rato me hielan el corazón. ¡Eh! No hay amigos,
                        no hay cariños, no hay deberes... Te dan la mano derecha y con la izquierda
                        te sacuden el zarpazo que amarga la vida. Muchos van a misa, se confiesan y
                        creen en Dios un cuarto de hora, y son los deshonestos y los ladrones del
                        resto del día... Tráeme tú, mi madre, un hombre que se alegre, que tengas
                        riqueza y paz y sosiego y gloria y que a pesar de todo te dé la mano para
                        ayudarte en tu camino de batallador y yo le diré entonces: bueno, ¡váyase!
                        Vd. es un anacrónico; ha caído Vd. a la vorágine de los intereses sórdidos.
                        ¡No se hunda en la sima hedionda! ¡No vaya a dejar en arambeles esa aureola
                        de la edad del oro, que le rodea la frente! ¿Dónde va a encontrar fuerzas
                        para retrotraer los tiempos? ¿Se imagina Vd. que todavía se puede ser
                        caballero?</p>
                    <p>Carlos, interrumpió Dolores tímidamente, tú te exaltas demasiado...</p>
                    <p>Quisiera no haber nacido yo... y no haber sido nunca lo que soy y no haber
                        hecho esta casa con el trabajo de mi cuerpo y con los dolores de mi
                        inteligencia, porque yo sé que los que vengan después van a derrochar el
                        tesoro y van a desbaratar su renombre... A cada paso, Dolores, hay familias
                        que olvidan a los padres y los deshonran.</p>
                    <p>-Has levantado la voz, hijo mío, dijo Catalina y la chiquita se ha
                        despertado.</p>
                    <p>Méndez se calló y en el silencio aquel se oía la voz de la niña, que hablaba,
                        como si estuviera soñando...</p>
                    <p>Papá es bueno, decía,... me compra muñecas... son las hijas de mi corazón y
                        yo las quiero.</p>
                    <p>El médico se estremeció...</p>
                    <p>La otra noche, seguía la niña con lentitud, me trajo un delantal azul con el
                        cuento de Pulgarito y él me lo contó, y me dijo dándome un beso: todos somos
                        hermanos y debemos protegernos, como hizo Pulgarito. Papá es bueno,
                        bueno...</p>
                    <p>Como atraído por la fascinación de aquella voz infantil se fue Carlos
                        acercando a la camita. La niña soñaba todavía: vamos en el coche... Papá en
                        el pescante, al lado mío... porque el pobre Genaro se ha ido lejos... muy
                        lejos.</p>
                    <p>El padre sintió una profunda ternura. Inclinó su cuerpo y besó la frente de
                        la chiquita. Ésta rodeó ya despertada un gran rato el cuello del padre y le
                        acariciaba las mejillas con sus besos... </p>
                    <p>En la casa dolorosa se mezclaron los murmullos de la tierna escena con los
                        cánticos en la capilla de San Carlos que llegaban hasta allí. Había largas
                        ondulaciones melodiosas del órgano y exquisitas notas que hablaban en
                        místico lenguaje la invitación a la plegaria mientras los seráficos ideales
                        de aquella música y los éxtasis paradisiacos poblaban el hogar entristecido
                        de melancólicas reminiscencias. Carlos inclinado sobre la cama de la
                        chiquita, pensaba en los que ya se habían ido para siempre de su casa y en
                        ese vacío inconsolable que cada uno iba dejando en ella, como si tuviera
                        miedo que esas personas queridas, que lo contemplaban en silencio, pudieran
                        algún día encaminarse por el lóbrego sendero en el viaje que no tiene
                        término. Si él llegara a quedar solo, ¡Dios Santo! Si las paredes se
                        cubrieran del verde manto de la yedra que trepara aferrando con sus barbas
                        los escombros y penetrara las largas grietas, invadiendo puertas y ventanas
                        hasta envolverla entera, entera en el tupido follaje, mientras la maleza
                        lujuriosa y polvorienta enmarañaba los senderos y todas aquellas músicas del
                        bosque se transformaban en graznidos feroces de aves carniceras, girando y
                        girando en lo alto en siniestros círculos... Él iba a ser entonces el
                        espectro de la urna abandonada. Se iba a sentar sobre el reclinatorio dentro
                        de la lóbrega sordomudez de aquel sepulcro para que poco a poco se secara su
                        cuerpo y morir tirado sobre las alfombras al pie de la cama de su chiquita
                        mirando la cripta de cristal transparente, donde yacía rígida y cenicienta
                        su adorada larva vestida de su largo traje de seda... ¡Oh blanda caricia de
                        su corazón vigoroso, amable compañerita de su vida errante de médico! ¡Cómo
                        lo acompañabas llena de gentileza en la cruzada de honor, oh angélica! ¡A
                        través de los contagios, donde él arrojaba intrépida el alma! ¡Qué recuerdos
                        de besos recibidos en las noches deliciosas de descanso, qué lejanas e
                        inenarrables armonías eran en ese momento los ecos de la voz suavísima de su
                        chiquita que era el candor ingenuo, la hada encantadora misionera de la
                        tierna paz del hogar bendito. ¡Adiós a su alegre casa de los anchos
                        corredores! ¡Por qué han muerto tan pronto tus sueños de gloria! ¡Dónde
                        están Carlos, las festivas imaginaciones de otros tiempos, los heroicos
                        propósitos del hercúleo luchador! Está moribundo el arrepentido de antaño.
                        Dios Santo. Por qué aquella vieja herida de la frente no desgarró el cerebro
                        con los agudos fragmentos para que él no viera ese sarcófago de su casa
                        donde estaba Dolores acostada en el suelo durmiendo el sueño de la muerte,
                        con su cabellera negra suelta y los ojos abiertos y vítreos y sin
                        elocuencia... ¡Eh! ¡No! ¡No! Él los va acompañar en el viaje tenebroso.
                        ¡Esperen fantasmas idolatrados!... hundido noche y día en las dolientes
                        quimeras de sus pensamientos... morir de hambre y de sed y de crucifixiones
                        gota a gota al lado de ellos sufriendo por todos y para todos...</p>
                    <p>-Todo este fúnebre soliloquio tuvo el médico inclinado sobre la cama de la
                        niña, dormida otra vez bajo su mirada abstraída y enigmática, hasta que
                        Catalina y Dolores se acercaron a él y lo estrechaban entre sus brazos...
                        mientras dos grandes lágrimas cristalinas se detuvieron un rato en el ángulo
                        del ojo sombrío y rodaron enseguida por sus mejillas, como si su pecho de
                        bronce se hubiera hecho pedazos en silencio.</p>
                </div>
                <div>
                    <head>- X -</head>
                    <head type="sub">Tristezas intelectuales del ingenioso hidalgo D. Manuel de
                        Paloche y otras alcurnias</head>
                    <head>
                        <seg rend="italic">La Homeopatía</seg>
                    </head>
                    <p>Dos meses después la casa de Paloche empezó a quedar sola... Se acabaron los
                        tuertos y los reojos y las yuntas soberbias y las cajas lucientes de los
                        carruajes, que frecuentaban el barrio.</p>
                    <p>La hora de la consulta se hizo interminable. Aquella algazara de antes
                        desapareció y el remolino de las gentes ansiosas de curarse... Detrás fue
                        llegando el silencio de siniestro augurio. De cuando en cuando algún
                        fanático.</p>
                    <p>Don Manuel pensó que toda la ciudad estaba sana, cuando llegó un día el
                        bismarquiano otra vez con su artritis a sacarlo de su error. ¡Qué escena
                        aquella!</p>
                    <p>-No doy explicaciones, empezó el diplomático.</p>
                    <p>-Pero señor, dijo Paloche, no me doy cuenta de lo sucedido.</p>
                    <p>-Le repito que no doy explicaciones.</p>
                    <p>-¿Cómo quiere Vd. que adivine?</p>
                    <p>-No me interrumpa. Adivinar le llama Vd. a esta cojera crónica, resultado de
                        sus manipulaciones; ¿a eso le llama Vd. adivinar? Su tratamiento es peor que
                        el soneto.</p>
                    <p>-¿Cuál? Dijo Paloche.</p>
                    <p>-No me interrumpa. Le digo a Vd. que la, enmienda es peor que el soneto. En
                        política no se repiten nunca las mismas situaciones enfermizas.</p>
                    <p>-Siento mucho, balbuceaba Paloche.</p>
                    <p>-Y agrega Vd. el cinismo todavía...</p>
                    <p>-Mire, señor, dijo D. Manuel irritado, si Vd. no modera su lenguaje... a Vd.
                        y a sus condecoraciones hago poner en la calle con un sirviente.</p>
                    <p>-Yo no cedo a la fuerza y le llamo a Vd. plagiario, queriendo poner en
                        práctica mi sistema... Me iré espontáneamente -y salió el bismarquiano
                        cojeando y saludando a cada paso el horizonte con una brusca inclinación del
                        torso.</p>
                    <p>-Con el demonio, te puedes ir, rugía Paloche.</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Enseguida apareció la opulenta y carnuda señora majestosa en el amplio
                        contoneo hiperbólico, acompañada de la hija, fugitiva en la línea recta de
                        extremada flacura.</p>
                    <p>-Vengo a pedirle cuenta de su proceder, dijo la vieja.</p>
                    <p>-¿De mi proceder?</p>
                    <p>-Porque mi hija se ha empeorado.</p>
                    <p>-¿Y a mí qué me cuenta Vd.?</p>
                    <p>-Sí, señor, porque con sus pases le ha metido Vd. el demonio en el
                        cuerpo.</p>
                    <p>-La felicito, señora. Es la primera vez que veo claramente realizada la
                        metempsícosis y por herencia directa.</p>
                    <p>-Insolente...</p>
                    <p>-Agresiva.</p>
                    <p>-Daré cuenta a quien corresponda.</p>
                    <p>-Dé Vd. cuenta al hijo del Sol si le parece.</p>
                    <p>-Mamá tiene razón, suspiró la joven con voz de flauta desafinada. </p>
                    <p>-¿Vd. también? Contestó muy incomodado Paloche.</p>
                    <p>-Sí. Antes yo era feliz y ahora paso mi vida melancólica.</p>
                    <p>-¡Ah! ¡Conque Vd. era feliz!... ¡romántica esfumatura, albo y saltante
                        cabritillo! Replicó D. Manuel con rabia y sorna.</p>
                    <p>-Dejemos, hija mía, a este mercader, dijo la del contoneo de marras.</p>
                    <p>-¡Oh! ¡Sí! Moduló la flauta entreabriendo apenas los labios.</p>
                    <p>-Conque mercader, rugía Paloche, paseando de un lado a otro por el estudio.
                        ¡Yo mercader! ¡Yo mercader! ¡Humanidad imbécil!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>¡Era desesperante! D. Manuel ya no tenía amigos. Todo aquel edificio
                        espléndido en su gloriosa ornamentación se había desplomado. A cada rato
                        encontraba clientes que le dirigían reproches. Se entristeció. El masaje no
                        era la panacea universal. Un error más en su vida. Ese principio del
                        intercambio celular a través del movimiento, esa esperada resurrección por
                        la sangre acelerada en su curso y por la sobreactividad orgánica artificial
                        era una grosera y vulgar mentira. Sucedía lo de siempre. Unos curaban y
                        otros morían y era necesario encontrar a pesar de todo el néctar de la vida
                        perenne. Su espíritu, iluminado hasta entonces en la fe austera tuvo las
                        profundas grimas de la desesperación. Se creyó un extraviado y por primera
                        vez dudó de su genio y se avergonzó do aquella efímera gloria de poco
                        tiempo. Caminaba por su casa las melancólicas horas con la inteligencia
                        entenebrada, como hombre que hubiera llegado al fin del sendero, detrás del
                        cual yaciera inerte o inmóvil el país de las sombras, llenas de estériles
                        silencios. Su misión había concluido y su pensamiento tan activo antes se
                        había transformado en una escuálida larva petrificada. Ya no era un hombre.
                        Se había hecho un enorme y vacío gigante, inconsciente romero de la
                        tiniebla, que se iba deteniendo poco a poco, incrustadas sus carnes de
                        fragmentos calcáreos. Ya no había para qué vivir. Él iba a tener al fin la
                        siniestra fijeza de an oscuro monolito solitario...</p>
                    <p>Así pasó algún tiempo ensimismado entre los ecos funerarios de aquel inmenso
                        derrumbe. Lo sorprendía a veces la noche sentado en el patio, como absorto
                        en la contemplación de la naturaleza. Su vista perdida en el azul profundo
                        vagaba de astro en astro, entre las chispas luminosas, como si quisiera
                        arrebatarles el secreto de su vida inextinguible. Tantos años que están allí
                        siempre, mientras las generaciones moribundas van pasando bajo la divina
                        bóveda tachonada a desvanecerse en la muerte. Ellos son los brillantes que
                        adornan y embellecen la cabellera negra de la emperatriz indolente y
                        soñadora y los cirios que salpican penumbras sobre los cementerios que van
                        superponiendo las edades. Así serenos y olímpicos conservan sus propiedades
                        seculares, mientras la carne se disgrega flagelada por el azote de las
                        pasiones, triturada en el vórtice de la existencia. Allí el esplendor,
                        ordenados en la majestad tranquila de las leyes de la gravitación, aquí
                        desde jóvenes el esfacelo con la piel que se arruga, la uña que palidece, el
                        ojo que pierde la sonrisa y se enturbia en la lucha y el cabello encanecido.
                        ¿Por qué tan larga la vida de aquellos silenciosos moradores de las alturas
                        y tan frágil y efímera la urdimbre humana? D. Manuel entraba otra vez sin
                        sentir en sus cavilaciones. El viejo soñador de la panacea universal se
                        erguía gigante sobre el escombro. Nuevas ideas y nuevos rumbos, asomaban a
                        su inteligencia. Tal vez ya algún predecesor glorioso habría encontrado el
                        fármaco para perpetuar la vida en la Naturaleza. Ese sería Dios y se
                        vestiría de las galas divinas el que descubriera lo mismo para el hombre.
                        Volvía entonces más violenta y más acongojada la brega intelectual a
                        conturbar su cabeza y en las horas contemplativas él veía caer las hojas de
                        la arboleda secas y amarillentas, y desprenderse, uno a uno los pétalos
                        arrugados y marchitos bajo el gris de otoño y alfombrar a montones la
                        extendida pradera. Sentía gotear la lluvia que ennegrece el humus y las
                        hojas y las corolas húmedas y blandas las veía hundirse poco a poco en el
                        grumo fecundo hasta desaparecer en la prodigiosa actividad de su vegetofagia
                        y sus átomos escondidos en las criptas estremecerse en los besos calientes
                        del sol primaveral y entregar otra vez con nuevos espasmos juveniles al
                        árbol la hoja y a la planta la flor... Luego con elementos similares se
                        operaba la resurrección en la Naturaleza. Hay medicamentos que producen
                        fenómenos que son idénticos a los síntomas de ciertas enfermedades. ¿Por qué
                        no ensayarlos? ¿No estaría en ese sistema terapéutico la panacea
                        universal?</p>
                    <p>Él había observado que muchos males sociales se curaban con los mismos males.
                        La revolución se extinguía a veces en sa propia hornaza; la corruptela se
                        ahogaba en sus mismos ciénagos, las malas escuelas del arte perecían en el
                        barroquismo engendrado por ellas y todas las monomanías colectivas las había
                        visto desaparecer en sus propios excesos. <seg rend="italic">Ergo</seg>...
                        era el caso pues... <seg rend="italic">similia</seg>, <seg rend="italic">similibus</seg>
                        <seg rend="italic">curantur</seg>...</p>
                    <p>Empezó su cabeza a fantasear con la homeopatía. El glóbulo blanco, pequeño y
                        redondo; los brillantes tubitos y la cartera chata y amplia empezaron a
                        bailar en su cabeza el cancán formidable y fue desde entonces el sabio
                        convencido de lo infinitamente diluido... Se tocó a zafarrancho en su casa,
                        se armaron aparatos y empezaron las destilaciones y las tinturas que
                        contenían las maravillosas quintaesencias. Compró libros otra vez y llegó
                        Hanneman y otros melancólicos soñadores de la panacea... Se hizo gran
                        silencio mucho tiempo y se pensó en la posible desaparición de don Manuel de
                        Paloche y otras alcurnias. Encerrado en su estudio, el gran solitario quería
                        justificar el nuevo sistema, ampliando sus elucubraciones filosóficas... De
                        todas maneras él encontraba que aquel era el tratamiento sensato. Se dispuso
                        a salir de aquel sabio recinto para aplicarlo y aliviar los males de la
                        humanidad, pero sus fuerzas se habían extenuado y toda su larga figura
                        adquirió la tétrica apariencia de un espectro... Sus manos estaban secas, el
                        rostro lívido y macilento, poblado de inculta y enredada barba. Debajo de
                        los pómulos había sombras en las órbitas excavadas y tambaleábase anhelante
                        para caminar, agarrado de los muebles y giraba a duras penas de tintura en
                        tintura, contemplando con agonía de enamorado los estantes de cedro en que
                        estaban dispuestos los glóbulos. La homeopatía era su delirio; iba tal vez a
                        ser su crucifixión. Como él suelen verse muchos, que pagan en la vida
                        tributos a las violentas quimeras del espíritu, impacientes que corren
                        fatigadas detrás de ellas, sin alcanzarlas nunca...</p>
                    <p>Esa mañana, cuando entró Carlos Méndez, seguido de Juan Paloche a visitarlo,
                        lo encontró sentado en un sillón. Tenía sobre sus rodillas un manuscrito. Su
                        título era: Panacea universal...</p>
                    <p>-Eureka don Carlos, dijo don Manuel incorporándose con gran trabajo.</p>
                    <p>-Papá, interrumpió Juan, he traído al doctor, porque tú estás enfermo.</p>
                    <p>-¿Yo? ¡Bah! He tomado acónito a la diez millonésima dilución. En veinticuatro
                        horas curado...</p>
                    <p>-Oiga don Manuel, contestó Méndez con pena,... El acónito no lo va a curar... </p>
                    <p>Paloche se sonrió con lástima...</p>
                    <p>-Es necesario, seguía Carlos, que Vd. salga de aquí, que respire aire puro y
                        que descanse su pobre cabeza... Vd. se está suicidando... Hace un mes que ni
                        come, ni duerme, ni vive y de esa manera y con poco vigor no se imponen las
                        innovaciones.</p>
                    <p>-¿Qué? Contestó Paloche con ímpetu. ¿Vd. cree que yo moriré antes que se
                        conozcan mis descubrimientos?</p>
                    <p>-Sí creo, si Vd. sigue metido aquí...</p>
                    <p>-Bueno: ¿qué me importa? Yo estoy escribiendo para que no perezcan estas
                        cosas mías... No me importa descansar después para siempre...</p>
                    <p>-Fíjese, señor Paloche, que yo no le aconsejo que deje sus placeres
                        intelectuales, dijo el médico.</p>
                    <p>-¿Y entonces?</p>
                    <p>-Podía Vd. cambiar de casa.</p>
                    <p>-¿Y dónde voy?</p>
                    <p>-A su chacra.</p>
                    <p>-¿Quiere Vd. mandarme a vivir entre las lechugas al lado de este Paloche
                        degenerado? Mírelo. Vea qué manos... negras, callosas y con mil rajaduras...
                        Observe el traje... lleno de remiendos... un indigno andrajo... No gasta un
                        peso este... Sabrá Vd... el día entero detrás de los bueyes... con el dorso
                        encorvado como un siervo... a la lluvia, al sol, con las botas llenas de
                        barro... No quiero irme con este porque ha manchado mis blasones...</p>
                    <p>Juan Paloche lo escuchaba con una estoica indiferencia. Pensaba en un dinero
                        que había escondido en los colchones de su casa...</p>
                    <p>Méndez convenció a don Manuel... En dos carruajes iban todos sus aparatos,
                        sus libros, sus glóbulos y detrás de la familia el cupé del médico que lo
                        acompañaba llevándolo a su lado... Carlos pagaba su deuda de gratitud. Por
                        las chacras solitarias de Monte Castro se fue perdiendo el
                        cortejo...................................................................................................
                    </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XI -</head>
                    <head type="sub">¡Abuela!</head>
                    <p>Reinaba a la sazón el estío con sus soles quemantes, el césped amarillento y
                        las corolas desvanecían bajo los rayos su color. Había cierto cansancio en
                        la naturaleza abrumada en la brasa cotidiana, un deseo de dormir largas
                        horas y un apuro en todas las cosas hacia las oscuridades de la noche llena
                        de brisas frescas. Muchas flores habían desaparecido del jardín, pendiente
                        del tallo de la planta, arrugadas y secas y debajo del gran toldo que unía
                        los dos corredores y sombreaba el patio estaban esparcidos los juguetes de
                        la chiquita de los cuentos. Más lejos, los perales opulentos en el prodigio
                        estival de la vegetación protegían el vergel, al lado de la curva de la
                        parra umbrosa, que escondía entre su follaje tupido los racimos
                        pulverulentos de la uva de oro. Cantos en la arboleda, infantiles juegos
                        bajo el corredor y oscuridades en los aposentos colgando de los marcos las
                        cortinas de paja coloreada hasta el suelo y de cuando en cuando alborotando
                        toda la casa el rodar del coche del médico...</p>
                    <p>Otras novedades acontecieron en la casa poco después. Catalina visitaba al
                        hijo más a menudo. Estaba mucho tiempo con Dolores y cosían triángulos y
                        mantillones. Ya un poco borrada la memoria de aquellos lúgubres
                        acontecimientos, Carlos se había vuelto en extremo afectuoso. Con Dolores,
                        sobre todo tenía dulzuras y gentilezas y jovialidades extrañas, como si
                        esperase alguna bienaventuranza futura. Salía a pasear con ella despacio por
                        el jardín para que no se fatigara y la hacía recogerse temprano y de noche
                        mucho más que antes llegaba a espiar su dormir. Acontecía muchas veces, que
                        sentados en silencio, se miraban sonriendo, como si a un tiempo hubieran
                        estado pensando en la misma misteriosa felicidad. Había en esos silencios,
                        íntimos y deliciosos deleites... Era como un torrente de alegría juvenil que
                        estuviera por desbordarse sobre la casa entristecida, trepidaciones de
                        esperanzas, secretos y disimulados terrores de alguna posible desventura. </p>
                    <p>La agitación crecía a medida que el tiempo iba pasando y se hacían más
                        violentos los temores de Méndez y más asiduos sus cuidados. Catalina era la
                        única que conservaba su serenidad de santa. Un día, sin saber por qué debajo
                        del corredor, se miraron un rato la madre y el hijo, y en el abrazo que
                        siguió después, hubieron elocuentes augurios. Llegó una cuna de negra y
                        luciente jacarandá, liviana y aérea, circuida la base a trechos de torneados
                        listones que formaban las paredes laterales, terminando en el grueso madero
                        que concluía la ovalada concha en su parte superior. Detrás como asomada
                        sobre la cabecera una enhiesta percha, extendiendo el cuello largo y
                        serpentino, la cabeza chata de víbora en la punta, que arrojaba lejos el
                        hocico. Al rato, cayeron sobre el cuello, anchos cortinajes de seda azul,
                        prendidos arriba con un gran moño, cuyos lazos caían hasta el suelo. La
                        pequeña almohada, descansaba sobre el colchón, cubierto por un tejido de
                        lana gruesa y blanquísima y encima la recamada colcha de brocato, alegre de
                        flores de lirio y verdes hojas de rosa. Con la cuna llegaron
                        estremecimientos de arcanas ternuras y corrieron por el dormitorio
                        invisibles y angelicales visiones mientras Catalina colocaba a lo largo
                        festones de margaritas y Méndez besaba temblando la frente de Dolores...</p>
                    <p>Esa mañana, Carlos paseaba agitado por el corredor. Corría casi, como si
                        tuviera necesidad de aturdirse. Se sentían lamentos. Entró al dormitorio,
                        abrazó a Dolores, acostada, mientras miraba al médico amigo, a quien había
                        confiado aquella vida preciosa, estrechando nervioso antes de irse, la mano
                        de la madre, que sonreía siempre, sentada a los pies de la cama. Salió
                        caminando por el jardín con cierta cosa violenta en el andar, indiferente a
                        todo aquel espectáculo, como si tuviera un aguijón que lo empujase como a un
                        autómata. Los lamentos aquellos que sonaban en sus oídos como un eco
                        doliente, así a la distancia, lo volvían en sí. Llamaba entonces al médico
                        para leerle en los ojos la sentencia, acosándolo a preguntas, y pidiéndole
                        el pronóstico de aquella hora emocionante. Volvía después a su
                        peregrinación. Tomaba un libro y no podía leer. Se sentaba a su mesa de
                        estudio para escribir, para tener alguna violenta concepción que le hiciera
                        olvidar la angustia, que le conturbaba el espíritu. Era inútil. No oía sino
                        aquellos quejidos que se dilataban en el patio con tímidas modulaciones.
                        Apuraba el tiempo y lo precipitaba dentro de su imaginación encontrándose
                        sin saber cómo otra vez al lado de Dolores a quien acariciaba con fuertes
                        palabras de consuelo. Sin embargo, su voz era trémula y su corazón latía
                        como si estuviera lastimado. Nuevas miradas a la madre y preguntas al
                        médico, y otra vez el peregrino de los corredores, azotado de un lado a otro
                        mientras alrededor la naturaleza cantaba el himno de la resurrección de la
                        luz, con las notas formidables de la ciudad que se arroja a la calle
                        frenética, con los sordinos arpegios de las hojas, en medio de la
                        bullanguera y estridente algazara de las bandadas que cruzaban sobre su
                        cabeza. Carlos no oía nada... solamente aquellos quejidos tan lastimeros que
                        no cesaban nunca. Al contrario, cada vez se hacían más frecuentes, como si
                        los oyera más cerca, y tuvieran más dolor, y le parecía sentir en el
                        aposento, como si la gente se moviera más allí... hasta que estalló un grito
                        agudísimo, que le trastornó la cabeza... Parecía angustia la revelación de
                        un espasmo de salvaje... y después cuchicheos, una exacerbación de todos los
                        ruidos, órdenes del médico, una cosa revuelta y agitada y el silencio... el
                        largo silencio de ella... Esperó el lamento aquel cuya tonada lúgubre
                        conocía y entró rápido al cuarto de vestir... Carlos no la oía. Una
                        sensación siniestra lo acometió... </p>
                    <p>Lo detuvo el médico, cuando se lanzaba Méndez al dormitorio.</p>
                    <p>-Calma, mi amigo, todo va bien... ¡Espérese! ¡No entre!</p>
                    <p>-¿Y ella? Preguntó ansioso Carlos.</p>
                    <p>-¡Admirablemente!</p>
                    <p>-¿Y él?</p>
                    <p>-Así, amigo, de grueso. Y el médico circunscribió con las dos manos abiertas
                        una gran circunferencia.</p>
                    <p>-¿Y? seguía Méndez, ¿y lo otro?</p>
                    <p>-¡Ah! Macho, compañero, machísimo.</p>
                    <p>-Gracias. Vea si seré tonto... Mire: estoy llorando...</p>
                    <p>Carlos se sintió desde ese momento más vigoroso. Le pareció tener la cabeza
                        más erguida y fuerte y en todo su cuerpo corrió una robusta sensación viril.
                        Sus espaldas eran más anchas, su andar más resuelto, más recia toda su
                        musculatura. Lo acometió un delicioso bienestar y una profunda tranquilidad
                        para su vida futura... Sin duda aquel gordo muchacho de piel roja y
                        satinada, cuyos vagidos sentía, era la columna que faltaba al monumento,
                        construido por su labor. Le pondría el nombre del padre para perpetuarlo en
                        los tiempos, como un derecho y un sublime privilegio de familia. Recién le
                        parecía que pagaba bien su deuda de gratitud cariñosa. </p>
                    <p>Tal vez fuera como el otro que ya se había ido, así alegre y bueno y cuyo
                        recuerdo vagaba todavía por la casa... Él quería verlo y se paseaba por el
                        cuarto de vestir, asomándose a cada rato a la puerta. La madre lo llamó al
                        fin. Entró y acarició a Dolores, arrimándose después con Catalina a los
                        vidrios. El niño estaba envuelto en un chal de franela festoneado cubierta
                        la cabeza con una gorrita de muselina. Entreabría los párpados, mientras la
                        abuela lo mecía en sus brazos. Lo miró un gran rato sonriendo, encontrando
                        reproducida su efigie en el pequeño rostro dormido. Se acordaba entonces de
                        aquellas palabras proféticas: «Dios es bueno y hace que las alegrías vuelvan
                        a las casas entristecidas y que haya de nuevo niños en las cunas y cánticos
                        de madres...» La vieja se transfiguró a sus ojos. Le pareció que una aureola
                        de estrellas rodeara su cabeza encanecida y que algo de la majestad celeste
                        fuera circundándola poco a poco. Era aquella gran madre de la leyenda, la
                        augusta consoladora de sus días atribulados, la mística poetisa, que creaba
                        en sus palabras para el hijo, las inmaculadas visiones de la familia, la
                        excelsa pintora de los comedores, de las rojas chimeneas atizadas por los
                        hijos para calentar los miembros del padre anciano, la sacerdotisa divina de
                        aquel templo, que acababa de recibir el nuevo Dios... Ella tenía razón
                        siempre, cuando decía que cada hijo traía consigo los gérmenes del
                        rejuvenecimiento, transfusiones de sangre fecunda que se hacen en medio del
                        regocijo del espíritu -esos gajos florecientes que sostienen el equilibrio y
                        la vida del tronco reseco con sus linfas juveniles. En cada casa hay una de
                        esas ancianas seráficas aquellos que de ella tuviesen queja razonable
                        levanten la mano para poderlos inscribir en el libro de la desventura...
                        porque la vida se alimenta también de los consejos venerables y esos
                        corazones que se agrandan en la vejez a fuerza de sentir son capaces de
                        romperse y morir siempre en los resignados sacrificios por el amor a los
                        hijos... ¡Benditas sean! Si están vivas y caminan por la vieja casa llena de
                        memorias, es necesario dejar en el umbral nuestros rencores, las iras sordas
                        y los enconos que acibaran la vida, para que sea angelical el beso de
                        nuestros labios, y si ya se han ido para siempre... que vivan en el corazón
                        de esos nietecitos a quienes aman, besan y mecen con tiernos cánticos en las
                        cunas... porque son abuelas, de esas que traen muñecas, con rubias
                        cabelleras, y se sientan con las nietas, en los liliputienses y alfombrados
                        cuartos, donde viven, duermen y se rompen los juguetes. Allí, al lado de la
                        chiquita, pasaba Catalina largas horas, disponiendo los diminutos comedores
                        y haciendo sentar a la mesa a las infantiles falanges, que encantan las
                        horas inquietas de los chicos. Allí narraba las leyendas, al lado del ramo
                        de rosas rojas, que se elevaba en el centro, desde el florero dorado de
                        porcelana, los maravillosos cuentos, que oyen los niños con el ojo atento,
                        pintado el asombro en el rostro, víctimas de las angustias, que padecen los
                        pequeños personajes heroicos. Porque ellas sostienen y acarician a los
                        nietos, como el gajo a la flor y al fruto... Así Catalina velaba con Carlos
                        el sueño de Dolores y mecía al niño en la cuna y lo paseaba con monótonos
                        cánticos por el cuarto de vestir palmeándolo...</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>-Tú estás mejor ahora, Carlos, le dijo la madre un día.</p>
                    <p>-Sí madre, más robusto y más llena mi vida.</p>
                    <p>-Para que tú veas que si hay dolores, estalla de repente auroras alegres.</p>
                    <p>-Pero mi madre, son tan pocas, replicó el médico... </p>
                    <p>-Eso dices porque has perdido la fe...</p>
                    <p>-¿Y he perdido la fe? Preguntó confundido el médico.</p>
                    <p>-Sí tú. Eres de los que no creen sino en sus propias fuerzas y de los que se
                        imaginan que todo lo han de resolver con su inteligencia y prescinden del
                        consejo de los demás y se olvidan que detrás de esa gran curva del horizonte
                        hay muchos más allá, que tienen la omnipotencia y la omnisciencia. Así
                        cuando en la vida hay razones para que resolvamos el problema con la
                        violencia de un crimen cualquiera contra nosotros o contra los demás, llega
                        el más allá divino, con la dulzura infinita y es el bálsamo que cicatriza
                        las heridas y el soplo vigoroso que templa el corazón desfalleciente.</p>
                    <p>-Madre, tú me hablas de Dios, dijo el médico.</p>
                    <p>-Sí Carlos, porque sentirlo y pensarlo significa tener en la voluntad para la
                        lucha un aguerrido ejército...</p>
                    <p>-Oh, eso es imposible. Ustedes nos hacen creyentes y después se olvida uno en
                        la vida de todo y lo que crece en nosotros y se agiganta son nuestras
                        pasiones, porque ya de aquel yo celestial de que tú me hablas, hemos perdido
                        el recuerdo. </p>
                    <p>-Sí, es cierto. Pero hay algo que es un dolor en el alma de muchos y que se
                        parece la fe...</p>
                    <p>-¿Qué? Mi madre preguntó con ímpetu al médico.</p>
                    <p>-Es el anhelo intenso hacia las ideas de un orden superior; es la necesidad
                        de salir del lodo, que nos acomete a cada rato; es el empuje intuitivo de
                        las inteligencias privilegiadas apurando la perfectibilidad, y el deseo de
                        ser mejores y que nos calienten siempre la vida las pasiones generosas y es
                        el arrepentimiento del mal que hacemos y es la desazón y la inquietud y la
                        vergüenza que acosan a los que viven en la deshonra...</p>
                    <p>-¡Oh mi vieja santa! Repetía el médico abrazándola. Eso yo tengo, eso es mío
                        y no lo quiero perder, quiero ser mejor. Tengo muchos defectos, y también sé
                        que a cada rato tengo que invocar para explicar muchas cosas una
                        inteligencia infinitamente superior... ¡Oh si todos esos dolores que acabas
                        de enumerar fueran la fe!</p>
                    <p>-¿Sabes tú por qué escribes? Preguntó la madre después de un rato de
                        silencio...</p>
                    <p>-Yo, dijo el médico, por muchas razones.</p>
                    <p>-No por esta sola razón. Tú no quieres morir. </p>
                    <p>-No te entiendo.</p>
                    <p>-Sí pues. Tú quieres que tus hijos y tus nietos se acuerden de ti y que todos
                        los que vengan después conserven la memoria de tus libros. Bueno, mi hijo,
                        tú quieres crear para tu nombre el más allá eterno e inmortal. ¡Oh! No te
                        quejes, si has conservado en el corazón el anhelo sobrehumano hacia alguna
                        cosa que no morirá nunca... Eso no es Fe todavía, pero ya no se parece a
                        esos espíritus desiertos y fríos, cuyas fibras demasiado exquisitas tal vez
                        ha roto la desventura para siempre -esos entristecidos que se acuestan,
                        languidecen y mueren en la indiferencia.</p>
                    <p>-¡Oh! Yo soy feliz, porque te tengo a mi lado, contestó Carlos; porque
                        Dolores y mis hijos están aquí alegrando mi casa y porque ha de ser posible
                        que viva mucho este último que ha nacido...</p>
                    <p>-Y porque crees en el bien, a pesar de ser tan caviloso y no eres como esos
                        siniestros pesimistas que confunden la tristeza con la atrabilis. ¡Estos sí
                        que son dignos de lástima! Pobres sistemáticos que cubren de lúgubre manto
                        todos los sentimientos, incapaces que se han contentado con estudiar una
                        parte de la humanidad, creyendo que sus deducciones corresponden a la
                        humanidad entera... Tú los ves Carlos, seguía la vieja animándose, para
                        ellos el hombre es un facineroso, tahúr y loco, la ciencia una mentira, el
                        arte una cosa vulgar hinchada de ridícula vanidad. ¡No hay nobles pasiones,
                        no hay sacrificios, ni virtud!</p>
                    <p>¡Estamos lo mismo que hace diez siglos! ¡No se ha creado nada, no se ha
                        conquistado nada y somos para ellos los esclavos del vicio y de la carne. ¿Y
                        la mujer? Adúltera y gata lujuriosa, zorra que extiende el hocico y husmea
                        siempre un marido. ¿Y el amor a los hijos? El instinto brutal de la fiera,
                        que gira vertiginosa alrededor de los cachorros para defenderlos...</p>
                    <p>-Es cierto, mi madre, y es difícil salvarse del precipicio, que abren esos
                        tétricos pensadores.</p>
                    <p>-Sí Carlos, para los que no se han preocupado de estudiar el mundo como es,
                        para los que no han visto, como yo, el cuartujo del conventillo donde se
                        cose de la mañana a la noche y donde la madre se arrodilla después a rezar
                        en medio de sus hijos, para los que no se han detenido una vez siquiera a
                        contemplar la heroica fortaleza de esos padres, que en la miseria sostienen
                        con el trabajo la honra y el renombre de la familia... Para estos es difícil
                        salvarse, porque esa tenebrosa literatura seduce y fascina, con la ponzoña
                        de sus paradojas oscuras... Esa no es la verdad. Hay más amor que odios y
                        más abnegaciones que cobardías y más virtud que vicios. Yo te lo juro
                        Carlos, por mis sesenta años de vida y la fortaleza y la paz del alma está
                        en creer en el bien y practicarlo, porque el bien es Dios...</p>
                    <p>-Perdón para ellos mi madre, interrumpió el médico, porque son enfermos.</p>
                    <p>-¿Enfermos? Preguntó la madre temblando.</p>
                    <p>-Es la tuberculosis que les mina la vida la que habla, y el cáncer que les
                        muerde y les roe las entrañas que tiene las negras palabras de la
                        misantropía y son las enfermedades nerviosas que los transforman en
                        hipocondriacos atrabiliarios.</p>
                    <p>-Sí, mi hijo, perdón para todos, como dice la plegaria, porque eso debe ser
                        ley y sentimiento universal... y en esos diálogos pasaban los dos la noche
                        velando el sueño de Dolores acudiendo a cada rato Catalina a mecer al niño,
                        mientras Carlos contemplaba su blanquísima cabeza en medio de la penumbra
                        del dormitorio, inclinada dentro de las cortinas de seda que protegían la
                        cuna. </p>
                </div>
                <div>
                    <head>- XII -</head>
                    <head type="sub">El libro extraño</head>
                    <p>Así Méndez revigorizado al lado de aquel hijo, en medio de las varoniles
                        palabras de la madre, sintió renacer prepotente la necesidad de escribir.
                        Aquella figura de Bohemio, que ya antes le había con vaporosas formas
                        calentado la imaginación empezó a adquirir contornos. Creó entonces un
                        símbolo entre cuyos sonoros acordes se sentía toda la épica magnificencia de
                        su país y las sensaciones colectivas de su pueblo. Pensaba que para escribir
                        esa sinfonía era necesario que el idioma tuviera las numerosas
                        prolongaciones del sonido de una orquesta colosal, con ímpetus de fugas y
                        lánguidos y soñolientos arpegios y solemnes compases guerreros de marchas
                        heroicas. Era necesario encontrar para el poema la forma que reflejara las
                        fulgurantes detonaciones de nuestras tormentas, y las oscuridades
                        amenazadoras del cielo fijo en su curva de luto y el zumbar de las lluvias
                        arreciantes en su camino un tramo después de otro a través del espacio.</p>
                    <p>Para que hubiera en sus versos la serena y olímpica majestad de nuestras
                        dilatadas naturalezas, reflejos de pampas, hundiendo lejos, el verde
                        interminable. Para que hubiera resonancias de pueblos nómadas en marcha,
                        almas bravías e inquietas y luminaria de fogones aquí y allá y trinos de
                        guitarras y moribundos tañidos de quenas, entristeciendo las soledades de la
                        campiña silente. Para que el torbellino de las aguas, rodando en los cauces
                        serpentinos hablaran a los vivientes el armonioso idioma de las tribus
                        errantes primitivas, estallando en las palabras el prodigio de la
                        florescencia tropical de las selvas inexploradas y hubiera en el poema
                        sombras de cordilleras, echadas a lo largo como gigantesco esqueleto
                        granítico. Y rabias de conquistadores y micidiales batallas. Y enorme
                        demolición de monumentos seculares. Y razas entregando sangre de mártires y
                        acostándose en el sepulcro. Y el dolor, sobreviviendo a la muerte a través
                        de los siglos... Y nietos escuchando, las lúgubres lamentaciones de tanto
                        exterminio, heroicos vengadores y legendarios guerreros victoriosos.</p>
                    <p>Porque Bohemio podía muy bien estar hecho con todos los ecos dolientes de las
                        muertas generaciones de América, iluminada su persona por el lustre de las
                        viejas civilizaciones enterradas con sus inmanes escombros; y ser el sombrío
                        Genio, orbe, intelectual divinizado para entregar al futuro a través del
                        tiempo las emanaciones creadoras de toda aquella arte virginal perdida.
                        Porque Bohemio era el presente, atleta gigantesco, enorme ánfora bróncea su
                        pecho, donde hierven todas las razas en pos de la maravillosa amalgama,
                        indolente señor enriquecido, peregrino de las fecundas e infinitas praderas,
                        trabajador acongojado de todas las horas, glorioso intuitivo de la grandeza
                        nacional venidera. Méndez veía en su imaginación multiplicarse aldeas y
                        ciudades, ser su país la cuna del espíritu nuevo, padre de las artes,
                        academia de todas las ciencias del universo, sublime árbitro de naciones. ¿Y
                        el espolón del arado abriendo la entraña fecunda y negra? Y el labrador
                        hablando el nuevo y exuberante idioma mirando moverse en la brisa el largo y
                        delgado tallo de la mies dorada. Y así por leguas el damero de cercos de
                        alambres... Y los juveniles corazones, apóstoles de la universidad ideal
                        escribiendo el libro del progreso humano: que no haya esclavos... el bien de
                        los pueblos está en la libertad... que no haya confines y sean dirimidos por
                        árbitros el choque de las pasiones y de los intereses... Que las armas
                        forjadas para destruir muchedumbres destruyan la guerra... y concluyan esas
                        familias encaramadas sobre los demás hace siglos... y sean los primeros, los
                        mejores, los más intelectuales y los más fuertes. Que sea suprema religión
                        el honor de la casa, la caridad por la patria y el fraternal amor de todos
                        los pueblos. ¡Que haya industrias y crezca el comercio y que las artes
                        sinteticen el espíritu nacional y creen el bien y que la grandeza de este
                        glorioso vagabundo de Bohemio reciba nuevas y perpetuas estratificaciones de
                        gloria!</p>
                    <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                    <p>Al lado de Bohemio, Eros paradisíaca, la vaga y alba figura... La escribió de
                        rodillas. Sus ojos tuvieron el color del diáfano éter sereno; y los bucles
                        de su cabellera rayos dorados, blandos y largos y abandonados flotando sobre
                        las espaldas. Con suavidades séricas y frescos perfumes primaverales y
                        tornasoles si se movían en la brisa y misteriosos murmullos. Formaban marco
                        deslumbrador a la efigie de óvalo purísimo y perfecto blanco y marmóreo,
                        moviéndose en su lento y gracioso caminar de diosa, asomando el zapatito con
                        hebillas de plata fuera de la falda de raso. Todo su alto cuerpo vestía el
                        traje de las novias y miraba todas las cosas como si breve fuera a ser su
                        paso sobre la tierra a guisa de corola virginal, destinada a acariciar un
                        momento la frente de aquel atleta para marchitarse... Como una armonía fugaz
                        que calmara su turbulento espíritu... y rayo de luz para su tenebroso
                        sendero y eco dulcísimo y angelical, repitiendo las frases de la paz y del
                        sosiego. ¡Divina hada moribunda entregará la vida resignada en el dolor de
                        aquella su única pasión y acompañarán su féretro los esplendores y las
                        sinfonías de la naturaleza, acostada su muerta persona sobre la cruz del
                        alazán de Bohemio en su caballeresca marcha triunfal! Con los gemidos
                        lastimeros de su arpa incinerada, durmiendo bajo el umbroso boscaje,
                        arrullado el eterno sueño por los festivales de las glorias inmortales... Y
                        mientras Bohemio, escultor, plasmaba su busto con la húmeda creta, clavado
                        el informe torso sobre el trípode, ella la humilde enamorada alegraba con
                        los cánticos su vivienda. A grandes golpes, saeteando luz su mirada, fue
                        haciendo surgir la comba levantada del pecho. Enseguida arrancó la masa con
                        violencia y modeló con la caricia de la palma el cuello redondo y fue
                        tomando relieve poco a poco la efigie y los grandes ojos pensativos
                        empezaron a mirarlo y los labios finos a sonreír y las líneas flexibles y
                        serpentinas de los rizos cayeron sobre el dorso. Bohemio animó con su alma
                        la inanimada arcilla, y después en las noches serenas cantaban el dúo de los
                        amores imperecederos.</p>
                    <div>
                        <head>Amores de dioses</head>
                        <p>-¡Yo te amo!... Tengo para ti mi valor, mi honor y mis armas.</p>
                        <p>-Yo los aromas del bosque y la luz de mis pupilas azules...</p>
                        <p>-Yo soy el espacio que entro y dilato los horizontes de tu encantadora
                            vivienda.</p>
                        <p>-Yo el gajo de laurel con que corono tu frente de poeta. </p>
                        <p>-Cuando tú rezas ¡oh Eros! En la noche profunda y las estrellas entran
                            por la ventana a besar tu toca azul, yo velo -armado- tu divina plegaria
                            en la puerta de tu estancia. Soy como el ángel de fuego, que ahuyenta la
                            pantera derrotada, que atropella la selva, bramando a lo lejos...</p>
                        <p>-Yo entro en tu cuarto antes que llegue el día y tú duermes tranquilo en
                            la penumbra: ¡sobre tu cabecera, de mármol del Pentélico una estatua de
                            Eros! Que te mira silenciosa. Yo tomo mi abanico de plumas de seda y
                            lleno tu rostro de caricias frescas. Los pájaros pían en voz baja, como
                            si se preguntaran si habían tenido reposo en la noche, y llaman a los
                            compañeros que se desperezan en la rama. El alba empuja adelante los
                            céfiros blandos que traen en su seno las vibraciones de las primeras
                            moléculas de luz. Hay sombras que se mueven y ondulan y huyen agitadas
                            más tarde y formas y colores y ritmos y besos y ruidos lejanos que se
                            acuestan y mueren en la soberbia fulgurante del sol.</p>
                        <p>-Yo canto y escribo para ti poemas ¡oh Eros! Veo la pasión desnuda, sin
                            vestiduras de carne, y no encuentro trajes de raso, ni abrigos de
                            terciopelo para las divinas semblanzas. </p>
                        <p>-No escribas; tu cantar es dolor; las estrofas que se ciernen las
                            arrebata el cierzo y las quema el sol.</p>
                        <p>-Son admirables ¡oh Eros!, las armonías de la luz, que salta, que
                            estalla, que trisca y se fractura en la roca y se encrespa en el mar.
                            ¡Quién me diera, oh Dios, arrojar mi cuerpo en el esplendor de los
                            astros y rodar en medio de sus rayos, mecido en el cielo infinito, y
                            gritar desde allá -ebrio y loco- los versos desesperados para el hombre
                            que muere en el vértigo eterno de las cosas!</p>
                        <p>-No escribas, las piedras del sepulcro del poeta son las estrofas que el
                            poeta canta y las creaciones que suenan en las cuerdas rígidas y
                            amarillas de la lira de bronce, son las piedras miliarias que van
                            señalando su camino hacia la muerte. Yo no quiero, porque tus cantares
                            tienen todas las imaginaciones sombrías del dolor.</p>
                        <p>-Escucha, Eros: la luz muere y esconde en la noche su brillo, los colores
                            se desvanecen, los pájaros callan, las ciudades duermen y las sombras
                            tranquilas y solemnes envuelven al universo. ¡Silencio! Deja que las
                            estrellas asomen y la vía láctea aparezca con sus cortinas de espumas
                            tenues. Detrás de esa diosa diáfana, echada a través del cielo como una
                            nereida dormida, todavía hay puntos y más puntos luminosos que
                            centellean, como detrás de todas las cosas están las nenias fúnebres que
                            preparan su epitafio...</p>
                        <p>-¡Oh Bohemio! Mi cuerpo está, como el alma, formado de exquisitas
                            filigranas; si tú persistes en el encono impío, tú no amas; eres
                            soberbio y malo conmigo, que soy la pálida criatura, tu pobre Eros, tu
                            dulce y delicada Eros, frágil y amable, que reza por ti arrodillada en
                            la noche y que morirá de dolor...</p>
                        <p>-¡Así tú arrojas oh Eros un crespón de tinieblas sobre mi espíritu para
                            que tengan allí su catre de muerte los ideales soñados en las
                            adoraciones pensativas, porque la tiniebla es callada y disgusta!. Es
                            cautelosa y tristemente sombría; se levanta en montones lóbregos y tiene
                            el aire esquivo y siniestro y la palabra pavorosa. Sus labios son
                            pálidos y desvaídos y sus cuchicheos no dan más rumor que el que produce
                            el roce silencioso de su manto oscuro sobre los objetos. ¡Mejor!... Si
                            tú mueres, yo vagaré como un loco desatado en el espacio, blasfemo, sin
                            brillo de luz intelectual en las pupilas.</p>
                        <p>-No, Bohemio; te equivocas; las sombras tienen sus estrofas tranquilas y
                            acariciadoras; protegen los amores de las aves en la espesura y dan
                            reposo y bienaventuranza al hombre que duerme acostado sobre la batalla
                            del día turbulento.</p>
                        <p>-Entonces, ¿por qué no quieres que yo cante? ¿Quieres impedir que el
                            torrente brame, ruja, bulla y espumee en la hondonada y reviente el
                            volumen de sus ondas contra los peñascos que tienen morros negros y
                            puñales y torsos que penden sobre el abismo?</p>
                        <p>-El torrente tala y anonada, Bohemio, en su furia las cosas. Yo amo los
                            ríos mansos y amplios que se extienden en semicírculo en el horizonte
                            sin límites y fertilizan los campos. Amo las líneas rígidas y negras que
                            se dibujan apenas en el cielo, allá abajo, en el ángulo tranquilo que
                            hace con el río, las líneas que avanzan y se alargan y se ensanchan por
                            las velas que aparecen desplegadas, las velas blancas que navegan e
                            inclinan a un costado los barcos... Amo el río inmenso que tiene
                            alegrías y gritos de criaturas que viven...</p>
                        <p>-Ese tu río, Eros, tiene cosas amenazadoras... yo lo he visto con
                            vaivenes formidables de oleajes revueltos arrojar sus aguas en el
                            abismo, arrancarlas de allí de cuajo y azotarlas contra el cielo gris en
                            enormes montañas movedizas. Los bajeles hundidos desaparecen y saltan
                            enseguida viboreando en vértigos de infierno sobre la cumbre salvaje,
                            mientras el vendaval con la persona pavorosa rechina bárbaro y frenético
                            los dientes, ruge, cruje, gira, gime, corre veloz, ¡ala!, ¡ala!, y se
                            estrella y se despedaza en el torbellino de terror de aquel baluarte
                            indomable... Me hablas tú de cosas angelicales, cuando veo al río que yo
                            adoro triunfar en la lucha bravía y disolver al huracán entre sus
                            aguas...</p>
                        <p>-Sí, porque después se acuesta a dormir largo a largo, jadeando como
                            gigante fatigado, y las ondas bajitas, mensajeras de la victoria,
                            vuelven a besar la playa y siguen apacibles yendo y viniendo... yendo y
                            viniendo... mansamente, y traen, para los que se aman, caricias blandas
                            de espumas que cuchichean y los ecos lejanos y gloriosos de las leyendas
                            del mar...</p>
                        <p>-¡No, Eros! Mejor es morir que romper la lira de bronce, mejor es
                            morir... Yo tengo los ojos secos y para mí han muerto las escenas
                            plañideras. Yo adoro al sol, que llena de llamaradas el mundo. Nada hay
                            más sublime que ese astro...</p>
                        <p>-Sí... Dios, que lo ha creado, y las aristas divinas que tienen todas las
                            cosas, y la luz no es buena tampoco sino cuando se difunde en el aire
                            diáfano en emanaciones fecundas y es el alma y el tripudio de la vida en
                            el universo...</p>
                        <p>-Oh, tu luz siempre... amo el denuesto y la blasfemia... tengo iras y
                            protestas... yo veo cada día que pasa tu piel más trasparente y tu
                            figura celestial esfumarse poco a poco como los ensueños...</p>
                        <p>-Así tú pones en la cruz mis últimos momentos, mientras tú, Eros, dulce y
                            melancólica, implora de ti himnos para la fe y para la vida... Deja por
                            esta pálida moribunda las cosas perversas y canta las trovas que alegran
                            y redimen y enternecen al corazón...</p>
                        <p>Bohemio, caído de rodillas; el cielo azul mirando; las manos altas y
                            abiertas y el ruedo del vestido de Eros levantado hasta sus labios. Su
                            cabeza soñadora y renegrida envuelta en la luz de aquella visión
                            paradisíaca... y poco a poco su palabra se desenvolvía en un canto
                            lentísimo y tenía la plácida música que consuela y fue como melodía
                            murmurada entre el susurro del viento y había lánguidos deliquios de la
                            pasión acendrada que está por llorar...</p>
                        <p>-Perdón, Eros, amor mío, porque yo adoro la angelical bondad de tu
                            espíritu, porque yo tengo pensamientos lóbregos y he ofendido tus castas
                            alegrías. ¿Qué quieres? Perdón, porque yo me olvido de ti a veces por
                            estas cosas salvajes que dominan mi inteligencia... Tú, mi dulce Eros,
                            mi más sublime dolor, santa de belleza y de martirio, palio lleno de
                            gracias que cobijas mi pobre cabeza de enfermo... ¿Por qué no vienen las
                            flores y rodean tu persona con sus perfumes?</p>
                        <p>-Y ¿por qué no entra la paz, Bohemio, y calma las agitaciones de tu
                            alma?...</p>
                        <p>-¿Por qué esta divina naturaleza no inclina la frente a tu paso y no
                            tiene penumbras el sol para acompañar tu camino?</p>
                        <p>-¿Por qué no te acuestas tranquilo oh poeta, en la plegaria, las místicas
                            armonías que llenan el corazón de júbilos infantiles?</p>
                        <p>-¡Oh Eros, Dios mío! Los pájaros vienen, vienen cantando y cuchicheando
                            las inmortales quimeras... ¡Yo te ofrezco mi lira resignada, la lira
                            soberbia que gime, solloza y llora! De sus cuerdas brotan los cantos
                            suavísimos que confortan al humilde... son tus dedos de alabastro que
                            arrancan la nota quejumbrosa... Los sauces tienen lágrimas que se
                            mezclan con las aguas cristalinas que corren y las tórtolas hacen nidos,
                            aman y tuban... ¡Oh! Ese hogar pequeño y redondo, tejido de ramas secas,
                            con alfombras de musgo, recogidas en el prado, qué poema de amor ingenuo
                            no canta en la sombra del sauce delicioso. Yo te pido perdón, pálida
                            Eros, santa de belleza y de martirio...</p>
                        <p>-¡Los hombres son buenos, Bohemio! Y aman y entran en los templos y se
                            arrodillan. Rezan debajo de las bóvedas curvas y pintadas de la puerta
                            al altar -las nubes de incienso que surgen y llenan el ambiente- los
                            santos y las vírgenes con vestiduras de cielo y diadema de pedrerías,
                            que miran desde sus nichos mientras rompen del órgano los salmos que
                            tienen los ecos doloridos de la muerta Jerusalem, sobre cuyas ruinas
                            brota la yedra y se extiende la maleza abigarrada.</p>
                        <p>Hablaban a la vez con las miradas hacia el cielo como si rezaran,
                            arrobados en el frenesí de la pasión. Era un dúo de gentilezas, de
                            adoraciones y de perdón; hablaban deprisa como si aquella primera nube
                            en su vida de amor les avisara que debían decirse pronto todas las
                            cosas: -ella de pie con su mano fina y blanca en la negra cabellera de
                            Bohemio y él arrodillado en la sombra de aquel cuerpo alto y
                            extraño.</p>
                        <p>¡Se reconciliaron y, ya la noche, sentados sobre el césped, se miraban!
                            La memoria venía con las notas alegres y los temblores de los primeros
                            encuentros. ¡Se miraban! El primer saludo -el pañuelo blanco de seda
                            flotando de la reja de barras negras y largas y la rosa roja y húmeda de
                            rocío reciente para sus cabellos de oro. El poema cantado con heroico
                            arrebato y las modulaciones del arpa corriendo por el jardín en la noche
                            tranquila -en el aire tranquilo y diáfano con rayos claros de luna- esa
                            ermitaña de seda blanca que va peregrinando y aleja y borra los astros.
                            Los ruidos iban y venían aquí y allá girando en círculos concéntricos
                            que morían allí alrededor de ellos -los ruidos de la noche solitaria.
                            Las hojas se despedían, dándose besos para dormir con quietos murmullos
                            y los pájaros, acurrucados sobre la rama, escondían sus cabecitas debajo
                            de las alas.</p>
                        <p>Rumores que no tienen palabras, aleteos de céfiros, crujidos de insectos
                            entre la yerba, sonidos lejanos y sordos, melodías de seres invisibles
                            que vienen y casi no se escuchan el tic-tac y el tic-tac profundo del
                            corazón muerto de amor en el embeleso supremo... y se miraban... Más
                            lejos el río inmenso y bueno con un reguero de chispas luminosas, como
                            si fueran un pueblo de almas brillantes que se movieran y ondularan
                            hacia la tierra y a un lado y otro lado los barcos oscuros, inmóviles,
                            sin vida entre las líneas confusas de sus jarcias, mientras las ondas
                            bajitas se aplanan rodando sobre la tosca parda para buscar reposo y
                            vuelven el ojo térreo y el paso fugitivo hacia las compañeras que llegan
                            y traen, para los que se aman, caricias de espumas y los ecos lejanos y
                            moribundos de las leyendas del mar...</p>
                        <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                        <p>De la mano caminaban, fascinados por millares de luces, que trepidaban en
                            la lontananza oscura. Iban hacia la ciudad y pasaban por calles
                            rectangulares, flanqueadas de cercos de pitas y moras y de higos de
                            tuna. Ranchos de adobe y techo de paja, las luciérnagas describiendo
                            parábolas de luz, los cuises corriendo en líneas negras y rápidas de
                            cerco a cerco y el ombú corpulento de copa redonda, con raíces gruesas
                            en combas atrevidas a flor de suelo. Espectador solitario, cobija al
                            caballo inmóvil, atado al palenque. Este recibe a los caminantes con
                            sonidos graves, sordos en seguidilla temblorosa -las mismas palabras
                            gratas con que ve en la noche aproximarse a su dueño y que pronuncia,
                            cuando le acaricia el pescuezo y le palmea el lomo, arrojando al suelo
                            cargas de pasto verde.</p>
                        <p>-Aquí viven, decía Bohemio, los sobrevivientes que los de allá van
                            arrojando hacia los campos... Tengan cuidado, porque conservan incólumes
                            las tradiciones nativas, escritas y guardadas en las huacas; hablan el
                            idioma futuro y crean el Verbo que arrojarán más tarde para la
                            civilización que los echa. Son genios que encuentran cantos que suenan
                            en la guitarra, en cuyo cavo seno se estremece toda la poesía
                            melancólica de los campos abiertos de las pampas. Cuando ya no tengan
                            idioma, y el artificio haya corrompido la estrofa, entregarán desde las
                            cordilleras poemas ricos de savia, con himnos majestuosos, como los
                            conos y las rotondas, en líneas quebradas en el horizonte, cubierto de
                            nieve.</p>
                        <p>-Tanta labor, murmuraba Eros, y tantas lágrimas derramadas, para que no
                            les quedara sino el derecho de retirarse cada vez a morir más lejos.</p>
                        <p>-No lamentes esa suerte, porque las tumbas abiertas en la pampa yerma
                            harán germinar más tarde las elegías, que los pueblos juveniles
                            escribirán sobre la losa funeraria de estas sociedades fenecidas.
                            Tendrán la dulce armonía y las palabras del idioma de nuestras tribus
                            primitivas y habrá en las escuelas historias de virginal poesía y
                            cantos, y poemas, que narren a los venideros la odisea lúgubre de las
                            generaciones envueltas en el ultraje de la conquista. Poco a poco
                            saldrán, río afuera, los vocablos de esta hermosa habla castellana,
                            madre de la imaginación sombría del Ingenioso Hidalgo -poeta inmortal
                            con extravíos de genio- reina que fue de un mundo. Vendrá la naturaleza
                            gigantesca de la comarca, con todos los esplendores y los sonidos de su
                            magnificencia y las ternuras y las cóleras soberbias, a llenar de giros
                            y modismos el lenguaje del espíritu nuevo, en estos pueblos. ¡Madre
                            augusta, tu señorío ha concluido en estas playas!... Sus hijos alguna
                            vez han manchado antaño la blanca vestimenta, y entristecido su rostro
                            pálido, y los nietos de los nietos acompañan, con religiosa piedad, sus
                            desmayos de moribunda con trinos y gorjeos de ruiseñores y llantos y
                            venganzas de vientos quichuas y guaraníes.</p>
                        <p>Muere la naturaleza y empiezan las vastas hondonadas de los hornos y
                            túmulos -en forma de pirámides truncadas- con troneras, donde se cuece y
                            tuesta y endurece el barro. Las primeras casas de dos piezas y cerco de
                            rojo ladrillo y puertas de pino de una sola hoja, aquí y allá sin orden,
                            entre áreas de tierra vacía, al lado de las calles cubiertas de un
                            colchón de polvo.</p>
                        <p>-Estos son, decía Bohemio, los más virtuosos: salen con el saco al hombro
                            en la madrugada, y trabajan de sol a sol, a construir la enorme ciudad
                            enorme. Las mujeres asean la casa y hacen la comida y lavan en bateas
                            ennegrecidas, flagelando la ropa retorcida contra sus bordes, mientras
                            el agua turbia y azulada de jabón flota, por el empuje del brazo
                            derecho, que se mueve y resbala rígido en rápidas sacudidas en la faena.
                            Tienen hijos rubios y sonrosados, que corren y saltan: -la cara sucia y
                            jaspeada de líneas cenicientas, detrás de las cuales se mueve y agita la
                            sangre roja;- los brazos y los pies desnudos. Desafían la helada y se
                            mueven intrépidos en los rayos ardientes, -ángeles llenos de vigor, de
                            músculos robustos y con desazones salvajes de creadores de apellidos
                            históricos para el porvenir... A la noche se sienta la familia en el
                            comedor chico, al lado de la mesa de pino; el padre descansa; la madre
                            remienda la ropa y los niños hacen palotes y leen la cartilla... y al
                            rato ponen los antebrazos sobre la mesa y dejan caer los ojos cerrados y
                            la cabeza lánguida y adormecida... </p>
                        <p>-Cuántas veces, exclamaba Eros, los he visto, de la mano con los hijos,
                            entrar en la iglesia y arrodillarse, y he pensado en esa fría desventura
                            que es la pobreza -la pobreza resignada que tiene plegarias.</p>
                        <p>-Estos son, replicó Bohemio, los que van a arrojar más tarde, río afuera,
                            los apellidos enervados en la riqueza, satisfechos del renombre y de las
                            hazañas de los abuelos -vidas estériles, extraviadas en la holganza de
                            todas las perezas intelectuales y muertos al fin en el ciénago
                            oscuro...</p>
                        <p>Seguían caminando: las casas más cerca, más tupidas; las manzanas enteras
                            edificadas. Las casas altas y bajas, altas y bajas, lejos, lejos, en la
                            calle larga, recta e interminable, revocadas y pintadas de todos
                            colores. Líneas severas de arquitectura, como hechas deprisa, con toda
                            la parsimonia sólida y cómoda, sin zarandajas ni estropajos de oropeles
                            artísticos; chimeneas y una que otra cúpula de templo; árboles en fila a
                            veces, y en el medio el adoquín chato, resbaladizo, con matices
                            negruzcos y brillantes. La ciudad enorme, frenética de vida y de
                            movimiento, cruzada, atropellada y ensordecida por carruajes y carros y
                            bramidos de locomotoras, con columnas largas de humo negro y manso, y el
                            lento vaivén de sus palancas, el pecho negro, redondo y abierto, en
                            actitud de devorar el camino. En medio de todo ese caos de ruidos, por
                            las calles del damero interminable, líneas negras y apuradas, corriendo
                            por las veredas confundidas, entrando y saliendo en los grupos que
                            ralean y huyen y vuelven y se rehacen y gesticulan y sonríen y pasan
                            rápidos como soldados en marcha. Aquí y allá, voces y diálogos por todas
                            partes; gritos y protestas y conferencias sigilosas: -la ciudad, que en
                            ese momento dormía, plateada en una de las aceras e iluminada por la luz
                            tenue, difusa y débil de la luna que tiene manchas negras que se mueven
                            en su seno, como si fueran fantasmas que no pudieran conciliar el sueño
                            que da reposo. Caminaban despacio por la vereda de la sombra, como
                            sobrecogidos por el silencio de aquel descanso de las multitudes en sus
                            casas. Poco a poco fueron llegando a la gran plaza cuadrada -la pirámide
                            en el centro. En ese momento descendía el astro de la noche a ocultarse;
                            la oscuridad bajaba, y desvanecía los contornos netos de las cosas, y el
                            gas, más vivo, llenaba de vagas claridades mortecinas el recinto... Se
                            sentaron en las gradas de mármol de la Catedral: él tenía su sombrero de
                            copa en la mano y ella con el guante lila recogía sobre sus pies el
                            vestido, que caía en pliegues largos y abandonados. Cerca el uno del
                            otro, replegó en divina cabeza sobre el hombro de Bohemio. Miraban el
                            Cabildo a la derecha, enhiesto e iracundo todavía, en su elocuencia
                            secular de gritos y estremecimientos de pueblos; la casa de los virreyes
                            a la izquierda, y el templo, azotando lejos su cuadrado de sombras y
                            melodías calladas y cantinelas de letanías murmuradas por un coro
                            invisible de sacerdotes allí escondidos. En el fondo, el río negro,
                            bramando entre las toscas sus canciones eternas, y sobre sus cabezas
                            juveniles el cielo azul profundo, tachonado de estrellas fúlgidas y
                            maravillosas. Estaban solos y sin sollozos cayeron dos lágrimas de los
                            ojos de Eros: ¡alma exquisita que has encontrado la forma para saludar
                            tanta gloria! Decía cosas que parecían plegarias en frases patéticas y
                            enternecedoras -en voz baja- como si se contara a sí misma sus amores y
                            sus sueños...</p>
                        <p>-¡Oh mi patria, numen de mi inteligencia, cómo siento en el corazón toda
                            la intensa poesía de tus glorias muertas!... ¡Mis hermanos vagan por
                            allí, porque han enriquecido con su sangre tu pecho de mármol, y mis
                            padres, envueltos en la sombra confusa de sus larvas heroicas, todavía
                            caminan hacia las cumbres cubiertas de nieve secular!... ¡Oh sauces,
                            cielo y río, que yo amo y tenéis frescuras que mitigan la sed y el
                            calor, proteged las urnas que honran nuestra historia, vientos
                            impetuosos perfumados con las fragancias de los trebolares de la
                            pampa!... ¡Yo quisiera morir también para que mi espíritu acompañara
                            esas sombras adoradas!...</p>
                        <p>-No, Eros; tú no debes decir la funesta palabra, porque esos que tú ves
                            allí dormir a los cuatro vientos son los trabajadores prodigiosos. Están
                            encargados del porvenir y en el fondo de la fatiga y de la congoja
                            sublime está la esperanza y el empuje sobrehumano de la voluntad
                            colectiva hacia las cosas eternas. Los individuos pueden caer marchitos
                            en todos los derroches, dispersar los átomos de su cuerpo, concebir en
                            la demencia todos los anonadamientos del no ser, pero las síntesis no
                            mueren, porque sus monumentos están levantados sobre poemas de dolor y
                            de sacrificios. Hay muertos que velan desde sus sepulcros desolados la
                            marcha heroica del pueblo y recuerdos de indomable denuedo que lo
                            confortan en la hora triste de sus desmayos. Hay epopeyas que las
                            naciones cantan siempre en la aurora inmortal de su existencia que
                            tienen versos de granito y sonoridades de bronce. Esas no mueren, porque
                            el tiempo, ese viejo huraño y largo, de carnes enjutas y secas, las va
                            entregando a las generaciones sucesivas con su mano gigantesca...</p>
                        <p>-Sí, gritó Eros, con la vista extraviada en el espacio, como si viera a
                            su pueblo, cargado de todos los honores, el primero en la marcha
                            triunfal de las muchedumbres hacia el cielo. Sí, repitió, levantando los
                            brazos, porque Dios que sintetiza el alma del universo no muere y la
                            patria que yo amo es la hija predilecta de sus cariños y le ha robado el
                            corazón...</p>
                        <p>Arrodillados sobre las gradas de la Catedral en la infinita soledad de
                            aquella noche, se abrazaron, como si aquel fuera el último y moribundo
                            adiós. Tenían miedo de estar allí solos, en medio de la sombría
                            magnificencia de aquella plaza, al lado de las columnas amarillentas del
                            templo, altísimas en su enorme circunferencia. Les parecía sentir los
                            ruidos suaves con que suelen moverse las apariciones de las tinieblas,
                            magos con paludamentos de terciopelo negro hasta el suelo y multitud de
                            estrellas brillantes de plata y hadas fantásticas de blanco vestidas y
                            conos lilas en la cabeza. Se acercaban a ellos con negros crespones en
                            la cara y extendían los brazos para separarlos y tenían crujidos secos y
                            sordos castañeteos en sus movimientos rítmicos y felinos. Son los dioses
                            de la noche, que vagan siempre, y cuidan aquellas memorias inmaculadas,
                            y alejan el pie profano...</p>
                        <p>Eros, pálida y fría, y Bohemio sosteniendo su delgada cintura, sintieron
                            poco a poco alejarse los rumores del río y perderse las líneas de la
                            casa de los Virreyes y transformarse en una nube oscura la iglesia y el
                            rectángulo del Cabildo. Entraron en el claroscuro de las calles
                            interminables, entre las casas altas y bajas, altas y bajas, lejos,
                            lejos, y llegaron a las afueras entre la brisa perfumada y fresca...
                            Eros caminaba despacio, con su cuerpo doblado y su cabeza caída sobre el
                            hombro de Bohemio, cada vez más pesada... y fue haciendo más lentos y
                            cortos los pasos... hasta que se detuvo y se quedó dormida... Bohemio la
                            cargó suavemente, con la religión de amor, como se hace con los niños
                            que se adoran... y los brazos de Eros cayeron blandos y sin vida a lo
                            largo de su dorso, y sus cabellos de oro sueltos flotaban en mansas
                            ondulaciones, y su rostro pálido se movía en el andar de Bohemio, como
                            en una cuna apacible... mientras pasaban al lado de cercos de moras y de
                            higos de tunas y se oía ladridos lejanos de perros y los ecos armoniosos
                            y puros de las cántigas vascongadas. Llegó a la casa de Eros, y en el
                            comedor, sobre el sofá tapizado de crin negra, la acostó... en las
                            primeras claridades de la aurora, que entraban por las ventanas
                            abiertas, al lado de su arpa... Dormía la delicada criatura, frágil y
                            amable, con tanta paz angelical en toda su persona, y con tan dulce y
                            divino abandono que Bohemio se arrodilló, para velar su sueño en
                            silencio, y los pájaros llenaron de arrullos la celestial
                            vivienda...</p>
                    </div>
                    <div>
                        <head>
                            <seg rend="italic">Pallida Mors!...</seg>
                        </head>
                        <p>Despertó tarde en el silencio del sol del mediodía y miró. Bohemio, de
                            rodillas, había dejado caer su cabeza, las manos entrelazadas, colgando:
                            él también dormía, pero inquieto como si escuchara en su sueño voces de
                            zozobras lejanas. Se acercó sin hacer rumor y le besó el cabello. Era su
                            persona serena y blanca, la cara con luz en la mejilla, los rayos de oro
                            del sol en el cabello largo y lacio... Apoyada largo rato la mano en el
                            respaldo del sofá, contemplaba el corazón generoso e intrépido de
                            Bohemio y su imaginación sombría y enfermiza. Tuvo miedo de los desmayos
                            que agitan y deprimen los grandes espíritus, en la soledad tenebrosa del
                            alma atormentada en el desierto del mundo, para más tarde, cuando ella
                            ya no fuera sino un recuerdo doloroso de amor vagando por la casa. A esa
                            hora, la hora de la siesta, la calle arde y las casas se llenan de
                            oscuridades y de silencio; las cigarras cantan su atropellada y
                            barullera canción; los pájaros pían sin gorjeos debajo de las hojas, la
                            lagartija sale al camino moviendo aquí y allá su verde cabeza, mientras
                            las moscas se guarecen en los rincones y desde allí zumban e invitan al
                            reposo con los murmullos de sus alitas transparentes que se chocan...
                            Cerró Eros las ventanas y las celosías y, sentada al lado de su arpa,
                            movía la efigie celestial y triste y su mano fue deslizándose sobre las
                            cuerdas amarillas...</p>
                        <p>Sonaban las notas en las medias tintas de los cuartos tranquilos
                            llevando, en trinos, arpegios y rítmicas cadencias, aires de melancólica
                            dulzura, como si fueran cantando amores de pájaros, susurros de
                            plegarias y tristezas de los tiempos viejos. Había en la música
                            sonoridades heroicas y vagaban entre sus cuerdas figuras gloriosas,
                            llevando ramos de encina en triunfo; y diálogos ingenuos y deliciosos,
                            como si los dijeran esos niños que se sientan de noche en el cordón de
                            la vereda, atónitos en el espectáculo prodigioso de los astros...
                            Recordaba Eros de los padres muertos: los viejos guerreros, durmiendo en
                            el sepulcro, al lado de sus espadas de honor, y los días juveniles de
                            las madres, sentadas en su dormitorio, haciendo hilas de un trapo blanco
                            y poniéndolas como montoncitos de nieve sobre papel de seda. La veía
                            asomarse al balcón, a espiar los tañidos de los clarines de la calle, y
                            caminar por los cuartos, el oído atento para ver si llegaba... Las
                            madres les enseñaban a rezar y los hermanos, repetían todas las noches
                            la plegaria... Ave María, llena de gracia... ¡protege la vida de los que
                            van a morir por la patria, la vida de nuestro padre, y devuélvelo a
                            nosotros!... La casa está triste, porque falta el ángel que la defiende,
                            y aquí están, si es necesario, nuestras vidas, para ti, en holocausto...
                            Ave María, llena de gracia, el Señor es contigo... Tú que das a la
                            ratona una tapera derruida, con un zarzal de moras para cobijar sus
                            nidos, ofrece a nuestro padre un techo entre las nieves para que tenga
                            calor en su reposo... Piense que estamos buenos y le esperamos y todos
                            los días besamos su retrato... Tenga alegrías en el corazón, y
                            esperanzas, y si mueres ¡oh padre! Sombra bendecida, fantasma de
                            inconsolable amor, de rodillas temblarán tus hijos sobre el sepulcro y
                            seguirán tus huellas... Ave María, llena de gracia, bendita tú eres...
                            Después se apagaba poco a poco el sonido, como si cesaran los ruidos de
                            la casa y las madres acostaban los niños a dormir, y había roces leves
                            de frazadas que caían sobre sus cuerpos en las noches de invierno e
                            ímpetus de amor y abrazos y besos. Y ellas volvían después a sacar con
                            el índice y el pulgar las hilas finas y blancas para hacer montoncitos
                            sobre papel de seda, mientras la vela de sebo iluminaba débilmente el
                            dormitorio y la lechuza graznaba acurrucada en el techo la siniestra
                            profecía. En ciertos momentos la música adquiría un movimiento solemne;
                            ya no eran cuadros ni recuerdos, sino como pueblos de sacerdotes en
                            marcha que arrojaran los problemas del porvenir para la razón serena,
                            que tiene las intuiciones y las clarovidencias atrevidas para concluir
                            muriendo la melodía en un giro afectuoso de amor.</p>
                        <p>Allí, en esas últimas notas, estaba escrito el gran poema que iba a
                            terminar... Con los brazos caídos, como si quisiera completar todas
                            aquellas cosas indefinidas, Eros murmuraba: ¡Dios mío! ¿Por qué cuando
                            uno muere no muere solo y deja gérmenes letales que van bebiendo los que
                            están cerca en las angustias del dolor?... ¿por qué lloran cuando uno se
                            va, sí es tan lindo irse a vivir a una casa mejor?...</p>
                        <p>Él oyó las últimas palabras y, levantándose dijo:</p>
                        <p>-Yo he sido por ti redimido y quiero que vivas...</p>
                        <p>-Los redentores mueren siempre, contestó ella. Se adelantan a los
                            tiempos, crean el futuro y la muchedumbre vulgar extraña y acomete los
                            nuevos propósitos y los lapida.</p>
                        <p>-No importa: tú eres la belleza suprema, yo te siento inmortal en mi
                            corazón...</p>
                        <p>-No sabes: yo tengo el alma de la Eros griega: visito un momento el
                            espíritu del hombre en las horas juveniles y me voy para volver, como
                            las estaciones, y llenar otra vez el corazón de sus hijos de loa
                            esplendores de la pasión, y mientras haya criaturas desvanecidas en el
                            ensueño de amor delicioso y profundo -por los siglos- yo estaré.</p>
                        <p>-No: tú no morirás, dijo Bohemio con voz ronca.</p>
                        <p>-Y los hijos, continuaba ella dulce y fría, dejan siquiera morir en paz a
                            los que son como los ángeles, delicados y amables.</p>
                        <p>Esa voz ronca, ese nudo de la garganta, esa carraspera que arañaba el
                            pecho hondo de Bohemio, estalló... fueron las notas de las soledades
                            lúgubres del naufragio y los silencios de las cosas muertas después de
                            la batalla... estalló en sollozos, en sacudidas formidables, en ayes y
                            quejidos lastimeros y prolongados, que resonaban en el recinto con
                            tropeles de tempestad y redobles secos y sordos de cajas que marchan a
                            la funerala... Eran los gritos de la entereza varonil quebrada, sus
                            cóleras hechas pedazos y su soberbia... Ella iba a morir -aquel único y
                            espléndido amor, aquella divina Eros, que había inspirado todos sus
                            cantos y que llenó un momento su casa de anacoreta con todas las
                            eflorescencias y las esperanzas de la vida... Él volverá a su covacha
                            como un perro sarnoso que se queda solo y huye y se agrupa en el rincón,
                            hasta que ya no fuera sino una huesa, con un montón de trapos corroídos
                            y larvas quebradizas y redondas y negras, y millares de gusanos
                            muertos... Al fin el hacha de la leñadora siniestra, que tiene las
                            órbitas excavadas y blancas y el cráneo desnudo, iba a derribar la
                            encina vigorosa...</p>
                        <p>-Yo he sido cruel contigo, empezó Eros, yo no he debido decirte las cosas
                            que lastiman el espíritu...</p>
                        <p>Él movió la cabeza sin hablar y sin llorar.</p>
                        <p>-Tú eres bueno, has sostenido mi orfandad, has defendido mi inocencia y
                            mi candor. Yo te amo y me inclino en tu presencia, generoso caballero;
                            abre tus brazos, porque ya siento que el corazón se va en el último
                            desmayo...</p>
                        <p>Él movió la cabeza sin hablar y sin llorar.</p>
                        <p>-De todas maneras, yo no lo deseo... pero está escrito... mi cuerpo tiene
                            la urdimbre del cristal frágil y no resiste el ímpetu de la pasión; sus
                            fragmentos se van...</p>
                        <p>-Se van, murmuró Bohemio, con el ojo helado y resuelto...</p>
                        <p>-Yo quisiera morir aquí, sostenida mi cintura por tu brazo robusto,
                            teniendo mi cabellera por almohada, para que tú me cierres los
                            ojos...</p>
                        <p>-Puedes morir, yo te llevaré conmigo.</p>
                        <p>-Allí en la selva, al lado de los cedros, que han visto la inocencia de
                            mis juegos infantiles, de donde asomaba mi cabeza en la mañana para ver
                            tu casa.</p>
                        <p>-Puedes morir...</p>
                        <p>-Donde por primera vez contemplamos la misma estrella brillante y
                            nuestras almas se abrazaron en el éter sutil y tranquilo...</p>
                        <p>-Puedes morir, yo te llevaré conmigo...</p>
                        <p>-Al pie del cedro, cava mi sepulcro, Bohemio, debajo de esas violetas,
                            porque yo quiero que los pájaros acompañen mi sueño eterno con sus
                            cantos y las gotas de oro del sol rodeen como una guirnalda mi frente
                            pálida de muerta...</p>
                        <p>-Nunca, contestó él, la mano extendida y el dorso arriba, nunca. Mal de
                            tu grado, yo te llevaré lejos, cuando tu cuerpo ya no sea sino una
                            filigrana, atravesada sobre la cruz de mi caballo alazán, inclinado
                            adelante, a media rienda, muy lejos donde el sol deslumbrador se pone y
                            deja puntos negros en los ojos que se ven por todas partes...</p>
                        <p>-Yo tendré miedo de esa infinita y dilatada soledad de las pampas...
                            entiérrame aquí donde han muerto mis padres.</p>
                        <p>-¡No! ¡Eros! Allí también hay pájaros que caminan agachados entre la
                            lujuriosa vegetación rastrera y vuelan de mata en mata y águilas
                            soberbias en la altura y cóndores que se paran en la roca negra en el
                            horizonte a mirar... y pastizales llenos de perfumes, y jardines de
                            flores silvestres y bosques altísimos de paja y de cortaderas y
                            primaveras que hacen estallar el prodigio de la vida agreste en la
                            inmensa sábana verde, que termina en la línea neta del cielo azul que se
                            derrumba a pique... porque la casa de tus padres va a desaparecer
                            ardiendo, agregó Bohemio con ademán sombrío... Allá lejos hay extensos
                            cañadones donde crecen los juncales que tienen pájaros negros que se
                            columpian en la punta, donde hay penumbras apacibles, zonas tiernas de
                            pasto y deliciosas frescuras. De allí veremos asomarse en grupos los
                            guanacos que miran con ojos grandes y curiosos.</p>
                        <p>-Dios mío, interrumpió Eros, allí estaremos los dos entonces en el
                            silencio de aquella gran tristeza, en la calma imperturbable de los
                            campos yermos... ¡Si tú quieres así sea!...</p>
                        <p>Bohemio sintió una onda de ternura derramarse en lágrimas por sus
                            mejillas y, mirándola en los ojos, y sacudiendo la soberbia y renegrida
                            cabeza, habló las frases enternecedoras de todas las alegrías: dulce
                            piedad mía, gratitud de mi corazón, tú vienes y me acompañas lejos de
                            estos sitios de dolor...</p>
                        <p>-Yo soy tuya en la vida y en la muerte; háblame...</p>
                        <p>Cerca de la ventana abierta se abrazaron en el Sol moribundo, mientras
                            Eros le repite al oído: háblame, porque quiero oír tu voz hasta
                            morir.</p>
                        <p>-Allá lejos, susurraba Bohemio, hay sábanas que terminan en el horizonte,
                            blancas y gruesas de nieve en las madrugadas serenas de invierno, y
                            lagunas cristalinas, cruzadas por el lento nadar de los patos y aves de
                            todos colores que descansan en bandadas en las orillas, en la hora de la
                            siesta ardiente, mientras los teros, centinelas aviesos del desierto,
                            chillan, saltan levantando las alas y la naturaleza duerme como muerta
                            en la profunda quietud de los rayos de luz... Hay tardes en que el Sol
                            cae chisporroteando luz y colores de ópalo y la meditación divaga en
                            todos los fantaseos del recuerdo, viendo al glorioso vagabundo que se va
                            hundiendo detrás del confín de la pampa verde.</p>
                        <p>-¡Oh! ¡Los panoramas estupendos! Balbuceaba Eros, casi desmayada entre
                            sus brazos, cómo me alegro haber vivido... yo llevaré en mi corazón
                            estas estrofas... pronto, Bohemio, dime, dime todas las cosas. </p>
                        <p>-A esa hora se ven pasar en líneas oblicuas aves negras; la pampa se
                            estremece, el tigre sale bramando del pajonal con ecos funerarios y las
                            crestas de los pastos tiemblan en la suave ondulación de la brisa. Una
                            estrella que asoma y se va, otra y otra, aquí, allá, por todas partes,
                            como si fueran nimbos de luz que se hicieran pedazos en el espacio y la
                            sombra arriba, y más arriba extendiéndose en enormes círculos, señora
                            por fin de aquel mundo inconmensurable, clareado con penumbras de astros
                            lejanos en el cielo oscuro con raudo pasar de meteoros en surcos
                            luminosos y rápidos de arriba abajo... ¡Oh! Almas en pena, peregrinas de
                            la noche solitaria, que tendéis el vuelo, buscando caricias y amores,
                            ¡yo también busco para esta dulce piedad de mi alma un rincón delicioso
                            en la comarca!...</p>
                        <p>Hay en la noche fulgores rojos de incendio en el horizonte, chatos y
                            anchos, y llamaradas veloces en desenfrenada carrera, que traen en su
                            seno todos los rugidos del huracán que se acerca. Hay chasquidos y
                            choques de pajarracos ciclópeos que se atropellan en la humareda densa y
                            renegrida en remolinos despavoridos y tropeles y pataleos formidables de
                            animales que cruzan como espectros la lúgubre hoguera abierta. Hay
                            huidas de leones que se arrastran y sangran en la furia desesperada y
                            loca, y el bagual en el centro, dominando la escena de terror, síntesis
                            de todas las energías libres y salvajes, azotando en la hornaza el
                            cuerpo bellaco, el pescuezo entre las manos, las crines de luz al
                            viento, llenas de frenesíes en fuga, el ojo torvo abovedado y frío de
                            piedra. Ni un solo hombre en la pampa, y mientras en las gargantas de
                            las cordilleras suena el casco del potro del indio que se va, yo llego
                            al paso de mi caballo alazán con mi cariño en la cruz, para enterrarlo
                            en el limo de los juncales sombríos y frescos, en medio del espectáculo
                            de toda esta infinita grandeza superada solamente por la divina criatura
                            en la solemne y tranquila sublimidad de la muerte. ¡¡Así sea!!</p>
                        <p>Entonces entraron por la ventana a millares y cayeron las hojas secas y
                            amarillas y las flores desprendidas de sus gajos y Eros transfigurada,
                            sombrío fantasma -estática en el cielo y en el sol- cayó de sus brazos
                            para acostarse y morir sobre el sepulcro marchito. Bohemio la vistió con
                            su traje blanco de raso con festones de azahares y zapatitos con
                            hebillas de plata, envuelto el cuerpo rígido -largo a largo- en el tul
                            transparente de las novias. Dormía... Su almohada fueron las ondas
                            voluminosas de su cabellera rubia, y las hebras de oro del sol rodearon
                            como una diadema su frente pálida de muerta.</p>
                        <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                        <p>Así Eros ha muerto, como los pétalos de la rosa que tiene color de
                            esmalte y caen en la mañana sobre la tierra negra y húmeda, con puntos
                            cenicientos y marchitos y grietas a lo largo... ¡Oh! No busques sus
                            aromas, alegre peregrino, que pides a las flores deleites, color y
                            fragancia; ¡ya se han ido corriendo con la brisa lejos a dar vida y
                            esencia al seno de esmalte de otros pétalos! Así Eros ha muerto como la
                            paloma moribunda que ha caído con las alas extendidas al patio de su
                            nido de amores, la paloma que tiene ojos negros y tristes... ¡Oh niño!
                            Que has construido tu palomar de madera con cuatro pequeños cuartos y
                            entradas en semicírculo, no llores su muerte... ya se ha ido su alma
                            volando blanca como el armiño en busca de otros senos tibios... Así Eros
                            -como la onda de luz que da color al prado y se va, y los arpegios
                            armoniosos que suscitan los ecos gemebundos y se dispersan lejos hacia
                            el horizonte, así Eros iluminó un instante la casa de Bohemio y
                            trasmigró átomo por átomo hacia las estrellas. Pero ella vuelve siempre
                            porque es inmortal y entra en la última noche de la novia azorada con su
                            cuerpo alto y extraño de alabastro y coloca blondas y azahares al traje
                            blanco y largo de raso, abandonado sobre el sofá... Blanca mariposa
                            cansada temprano de volar en el prado, ha dejado su color sobre flores y
                            yerbas antes de acostar su cuerpo pálido y morir...</p>
                        <p>¡Niñas que tenéis veinte años, llenas de gentileza y que salís en la
                            primavera del sol porque estáis de novias, con sombreros de paja blanca,
                            de alas caídas y apretadas contra la mejilla por el barbijo de
                            terciopelo negro! Eros ha muerto, que es la síntesis sublime del mundo
                            de amor que ilumina vuestro semblante y el ensueño que agita a todas
                            horas el mar incierto y misterioso de la nueva vida que os espera. Eros
                            va cantando sobre la tierra, la ternura inefable de las llores secas y
                            de los relicarios regalados y guardados en los roperos, y repite todavía
                            con párrafos inmortales las modulaciones de la palabra, que tiembla de
                            amor... Han venido las niñas que yo he llamado con lágrimas en los ojos
                            y alegrías suavísimas y piadosas; se arrodillan sobre su sepulcro,
                            trayendo flores en homenaje... Le cuentan los martirios del alma
                            enamorada, hechos de recuerdos y de esperanzas y algunas, con el rostro
                            mustio, las torturas de la pasión no correspondida con las perspectivas
                            sombrías de la muerte... ¿Por qué habrá algunas veces urnas de pórfido
                            jaspeadas de puntos blancos, donde yacen las cenizas prematuras y por
                            qué terminan así en el lúgubre ritornelo del sepulcro los cariñosos
                            poemas?</p>
                        <p>Bohemio incendió la casa de Eros Paradisíaca. Viose en la noche fulgurar
                            dentro del comedor un hachón de fuego con brillazones amarillas que
                            arrojaba relámpagos a la calle y pasó volando. Al rato olor a humo como
                            el que traen lejanas quemazones y otra vez rápido el reguero de chispas
                            y llamas que iluminó las cuerdas del arpa y en la calle fueron
                            reventando chorros de fuego y zonas de tinieblas a medida que el hachón
                            iba corriendo a saltos, furioso, de cuarto en cuarto, llevado por él con
                            ojos terribles y alborotado y negro cabello. Enseguida salió corriendo
                            el enorme mechero de fuego echando atrás horizontales las greñas
                            amarillas y Bohemio con el rostro pavoroso atravesó en fuga la calle.
                            Llevaba el cuerpo muerto de Eros con su vestido blanco y largo de cola,
                            mientras la cabeza llena de esplendor se bamboleaba en la carrera y el
                            cabello barría adelante el suelo. Bohemio había hecho un arco con su
                            brazo izquierdo y la sostenía de la cintura mientras caían aquí y allá
                            llores de azahares que saltaban en el camino. Entró a su casa y otra vez
                            rompieron de las ventanas y puertas haces luminosos y rapidísimos y se
                            veían cuadros y estatuas y libros centellear en la luz y pasar...
                            tinieblas y fuego atrás, atrás hasta el fondo en que se alzaba todavía
                            la tea en la mano satánica de Bohemio, mientras una columna de humo
                            negro salía de cada mansión en globos densos y sucesivos, empinándose de
                            las chimeneas, azotándose afuera de la puerta y detrás de los vidrios,
                            entre los tupidos y oscuros cortinajes se veían las llamas rojizas
                            confundidas con las sombras revolverse en nubarrones de tormenta. Al
                            rato se dispersó el humo y el fuego dentro de las casas en lenguas
                            agitadas, víboras, penachos y conos serpeando, lamiendo, volando
                            incineraba cortinas y cuadros con llamaradas ligeras y acometía los
                            muebles que desaparecían castañeteando en la hoguera de infierno.
                            Crujían las puertas, rechinaban las ventanas y los vidrios hechos añicos
                            y había chirridos y retumbamientos de objetos que caían y ruidos de
                            fracturas colosales y desesperaciones de llamaradas atropellando
                            anhelantes el espacio abierto, y conglomerados de chispas desatadas de
                            la hornaza volando a todos los vientos con rabias satánicas de
                            destrucción y de muerte. Había torrentes de fuego con reverberaciones
                            prodigiosas reventando por todas las junturas y los agujeros de los
                            edificios, echando la deslumbrante luminaria hasta el horizonte rojizo y
                            en la enorme claridad difusa las casas y los árboles destacaban sus
                            figuras con contornos de estereotipia. Había de cuando en cuando
                            exasperaciones lúgubres del incendio, temblando la atmósfera en el
                            horror aquel y estampidos y sordos reboatos y las llamas presas de todas
                            las locuras del furor habían transformado las mansiones en dos orbes de
                            fuego... Y se vieron los techos levantarse y caer, levantarse y caer
                            como sacudidos por un ciclón lleno de alaridos y las paredes con anchas
                            grietas tenían todas las bruscas oscilaciones de un péndulo maldito,
                            hasta que se hizo un rimbombo fragoroso y prolongado y los techos se
                            derrumbaron sonando y saltando por el pavimento. El incendio achatado
                            huyó y se produjo en rededor una espantosa negrura de sepulcro. Una
                            humareda densa y acre se extendió en círculos en el ambiente y las
                            llamas poco a poco empezaron a filtrar culebreando a través del
                            escombro, un maremágnum de tirantes destrozados y chapas de zinc,
                            brotando cenizas, carbones y fuego. Eran las mismas lenguas, conos y
                            penachos, que reiniciaban el incendio, mientras las paredes
                            resquebrajadas con hundimientos y combas ennegrecidas sostenían
                            fragmentos de tirantes como muñones escarlatas y en medio de la zambra
                            salvaje de ruidos se oía de cuando en cuando el relinchar agudo del
                            alazán que se movía despacio hacia la pampa. Bohemio lo montaba, aperado
                            como en los grandes días, llevando el cadáver de Eros Paradisíaca
                            atravesado en la cruz y en las últimas luces del incendio fueron
                            desapareciendo poco a poco la línea blanca de su traje de raso, la
                            celestial efigie mirando al cielo y la onda voluminosa de su cabellera
                            rubia, que pasaba deslizándose en silencio, rozando los pastos.</p>
                        <p>Allá en el horizonte, Bohemio dio vuelta, levantando la mano, como si ese
                            fuera el dulcísimo y último adiós a ese nido desaparecido de sus idilios
                            de amor.</p>
                    </div>
                    <div>
                        <head>¡Epopeya!</head>
                        <p>Había pasado Bohemio a través de la planicie solitaria, mirando a lo
                            lejos alzarse con turbiones de tierra el tropel de los baguales y
                            levantarse manadas del avestruz zancudo y precipitarse huyendo las
                            gamas, y el cuerpo muerto de Eros Paradisíaca descansó más de una vez al
                            lado de las frescuras de la cristalina laguna. Ya se habían perdido los
                            matorrales del pastizal exuberante y las arenas desiertas y movedizas
                            aplanaban la superficie blanca y ardiente en las reverberaciones de los
                            rayos de luz. Entró en las auroras esplendentes y corrió debajo del
                            incendio del sol en la siesta reseca y las oscuridades de la noche
                            infinita de las Pampas acompañaban la tenebrosa silueta del alazán...
                            Llegó al fin a las selvas vírgenes de caldenes altísimos, que arrojan
                            sobre la verde alfombra las sombras eternas, y ocultan los amores de
                            familias innumerables de pájaros y resuenan en la lóbrega lontananza del
                            brutal epitalamio de los leones. Poco a poco los átomos del cuerpo
                            divino de Eros se fueron desvaneciendo y se hizo toda ella una
                            transparente filigrana de oro, donde los ruidos de las interminables
                            soledades y los murmullos del enmarañado boscaje, trepidante todo y
                            sombrío en el tripudio estival se trocaban en acordes y ritmos y
                            melodías prolongadas y lastimeras, que sonaban narrando la leyenda épica
                            de la lucha secular y bárbara... Estallaban alaridos salvajes y el
                            lejano rimbombo de los corceles en la furia de la carrera, sacudiendo
                            con saltos de terremoto la entraña de la tierra... Eran las invasiones,
                            era el rugido de la matanza que llevaba en su seno estrépitos de
                            incendio y bramidos de tormentas, de esas que desgajan y asolan la
                            naturaleza y la noche, volteando con todo el cielo negro y vertiginoso,
                            arrojada como tapa de sepulcro sobre los ranchos despavoridos y mujeres
                            en fuga, arrastradas de las greñas hasta la cruz del potro galopante
                            precipitadamente. Y brillar de lanzas con recios y rápidos chispazos
                            homicidas, mientras la llamarada cunde y abrasa las habitaciones
                            maltrechas y las moharras fulguran rojas de sangre y la verde campiña se
                            transforma en una abigarrada mezcla de yerbas arrancadas y negra
                            polvareda. Después redoblan las cajas, broncan los cañones, se parte el
                            aire de chasquidos y latigazos, el pst, pst, pst de la fusilería y más
                            lejos resuenan en el ambiente los relinchos y el mugir largo, angustioso
                            e interminable de la hacienda polícroma en marcha hacia la
                            cordillera...</p>
                        <p>-Cuántas veces, dijo Bohemio, esos mismos defendieron en lo más abrupto
                            de las gargantas la integridad del territorio, esos que han sembrado la
                            Pampa, trecho a trecho, de sus huesos blancos... ¿Quién ha tenido la
                            culpa de la desaparición horrenda de esa temeraria raza de bravos?</p>
                        <p>-Ustedes, contestó una voz detrás de él y vio Bohemio un indio de
                            gallarda persona y color cobrizo, que se arrastraba serpeando entre los
                            caldenes.</p>
                        <p>-¿Quién eres tú? ¿Qué haces? ¿Eres acaso el genio que guarda las
                            divinidades de la selva?</p>
                        <p>-Yo soy Pincencurá, rey moribundo de las Pampas, alma heroica e indomable
                            de todas las resistencias.</p>
                        <p>-¿Y esas cicatrices que te cruzan como líneas de nácar el rostro y el
                            pecho generoso?</p>
                        <p>-En los báratros de la montaña, repuso el indio, eran las batallas de
                            sangre para defender los pasos y cuidar vuestras casas y familias. Los
                            enemigos caían de los senderos a despedazarse en los conos agudos de las
                            rocas y las heridas que nos abrían en el combate, las endulzaba el rocío
                            de la noche y las secaba el sol de la tierra natal victoriosa. Pero
                            estas otras que tú ves aquí y que todavía destilan sangre, son las que
                            nos infieren los hermanos y esas no se cicatrizan nunca.</p>
                        <p>Del otro lado de las cordilleras están todavía las tribus, cuyos hijos
                            rodaron más de una vez en las derrotas de muerte y ellos saben que ya no
                            suena el casco del bridón, y no llega blandiendo la lanza de guerra el
                            indio argentino. Han podido, cristianos, distribuir a lo largo un pueblo
                            de guerreros, como baluarte heroico e invencible y prefirieron dejar un
                            reguero de muertos y no es así como se defienden y se hacen inmortales
                            las comarcas.</p>
                        <p>-Y las invasiones, gritó Bohemio, y el criminal depredar de ustedes y las
                            lágrimas del cautiverio hasta la muerte.</p>
                        <p>-No contesto eso, replicó el indio. Han debido enseñarnos, con el
                            ejemplo, que es arma cobarde la represalia... pero han sido lógicos: han
                            llevado a la conquista las mismas ideas de destrucción de hace cuatro
                            siglos, han pasado arrasando y sepultando todo bajo los escombros y la
                            yerba estropeada y hundida en el piso por el rodar de los cañones -esa
                            que después que pasan se irgue un poco para mirar el cielo y morir- ya
                            no ha resurgido en las praderas dilatadas, como no se han desplegado al
                            sol las maravillas de las civilizaciones fenecidas. Han podido educar:
                            darnos el corazón de hierro de vuestra raza y nosotros enriqueceros la
                            sangre con la pureza de los vientos de la montaña y la inteligencia de
                            los virginales cánticos de nuestro idioma incontaminado. Han preferido
                            matar, eso era más fácil... Así sea.</p>
                        <p>-Indio, interrumpió Bohemio, no te consintiera yo el sarcasmo para las
                            glorias inmaculadas de mi pueblo, a no ser tu miserable condición y la
                            reverencia por estos despojos piadosos.</p>
                        <p>-Ya lo sé: puedes continuar la obra de tus antepasados, porque yo soy el
                            vencido moribundo, continuó el indio, sacudiendo la melena rígida como
                            sus dardos... Pero cuando yo velaba armado y corría en la noche a través
                            de las crestas de las montañas en la salvaje y robusta libertad, no se
                            sentían, como ahora, voces y no había ronquidos extranjeros sonando en
                            nuestros valles.</p>
                        <p>-Tú insultas, Pincen, con lengua malvada y blasfema.</p>
                        <p>-No. Yo afirmo. Mientras ustedes viven en las ciudades y en los campos,
                            en los sordos temblores de la conspiración y desgarran la gloriosa
                            vestimenta de la gran patria, mientras se saturan de oro y de molicie,
                            ellos con el cuerpo estirado, aferrados de roca, en roca, van trepando
                            la altura y yo he oído ruido de cadenas largas que ellos llevan
                            corriendo, al hombro, inclinados adelante para medir nuestro territorio,
                            las mismas con que piensan mañana comprimir vuestras muñecas.</p>
                        <p>-Tú has visto eso, rugió Bohemio, levantando la daga brillante al cielo y
                            mesándose con la izquierda el renegrido cabello y la mirada torva.</p>
                        <p>-Yo lo afirmo. No se miente cuando la muerte extiende sus dedos largos de
                            hueso y nos araña el pecho hondo. He oído chirridos y chisporroteos de
                            fraguas y martilleos agudos y recios de esos que trastornan el cráneo,
                            preparando las armas de la guerra y agazapado como el cóndor detrás de
                            los picachos; he visto las hileras de los batallones renegridos,
                            entrando en el silencio esquivo de los desfiladeros.</p>
                        <p>-¿Tú has visto eso y no has muerto en la pelea, rey degenerado de las
                            pampas?</p>
                        <p>-Antes más de una vez, contestó el indio entristecido, cruces con ellos
                            hice y la lanza larga que les pasaba el pecho y levantados tan alto en
                            el feroz cimbronazo en la carrera, los aventaba en el vano sangriento de
                            los precipicios y los veía caer brincando con los borbotones del
                            torrente espumoso hasta el abismo, hechos pedazos en las breñas y
                            desprendidos sus miembros... Pero ahora... y le saltaba al indio la voz
                            sollozante dentro de la garganta: ¿cómo quieres que busque la pelea con
                            este mi cuerpo envejecido que lánguidamente arrastro y con este brazo
                            que ya tiene los adormecimientos de la muerte? Allí está mi lanza,
                            mírala... ¡la vieja lanza gloriosa del rey moribundo, compañera de las
                            hazañas temerarias! Está apoyada en la bifurcación de ese caldén secular
                            y echa hacia nosotros la punta aguda y oscura, como si esperase que otra
                            vez la agitara la mano del guerrero indomable. Ha perdido el brillo que
                            arrojaba chispazos en el combate y tiene el color de la herrumbre
                            rojiza, como si en la estupefacción del abandono reflejara todavía
                            destellos de sangre. ¡Pobre mi lanza! ¡Compañera intrépida de los
                            varoniles años, alma del indio nómada y libre! Tus hermanos de acá
                            arrojaron sobre tu renombre la sordomudez de los esclavos... ese es tu
                            galardón, ¡oh exterminio del extranjero que entraba violando la santidad
                            inmaculada del territorio! Has llegado cansada del ciclo de los
                            inmortales heroísmos y has buscado como tu dueño para desaparecer la
                            maraña salvaje de estos caldenes. Tu sepulcro y el mío están más
                            adentro, allá en el fondo más oscuro de la selva, donde las ramas de la
                            arboleda se trenzan con los zarzales y las enredaderas que surgen del
                            suelo, y donde no se oyen sino los zumbidos de las águilas en bandadas.
                            ¡A paso lento llevaré allí mi cuerpo para morir contigo, mi vieja lanza
                            de guerra! ¡Para que los leones acompañen con sus rugidos la marcha de
                            los átomos hacia la eternidad y no sientan nuestras larvas nunca, el
                            paso de huestes extranjeras!</p>
                        <p>Bohemio sintió adentro toda la sinfonía dolorosa de aquellas palabras y
                            se desplegaron ante sus ojos negros los cantos de la inmortal epopeya.
                            Pensó en aquella alma excelsa de filósofo y de profeta, herida en la
                            entraña de sus cariños por el hierro de los hermanos y lo vio toda su
                            vida: vagar así mismo por las estrechas y pedregosas calles, encorvado
                            aquí y allá por todas partes con garra y saltos de pantera y
                            fulminaciones de venganzas. Inclinó la frente, tendiendo al indio la
                            mano amiga y sintió que su respirar le sacudía la mejilla y vio en sus
                            pupilas dilatadas el reflejo tenebroso del boscaje sombrío.</p>
                        <p>-Si te he ofendido con la verdad -empezó lentamente el indio- estrechando
                            la mano delicada de Bohemio, sírvame de excusa el amor a la tierra
                            natal.</p>
                        <p>-Yo te ofrezco mi amistad, rey glorioso de las pampas, porque tu vida ha
                            sido una áspera y larga odisea. Así encuentres bálsamo que mitigue el
                            dolor de tus heridas.</p>
                        <p>-¡Uno solamente, cristiano!</p>
                        <p>Escucha esta última revelación. Yo me deslicé muchas veces en la noche
                            con resbalar de culebra entre los desfiladeros, irguiéndome por encima
                            de las rocas, y escondido en los valles rumorosos al lado del torrente y
                            los he visto correrse al norte con misterioso sigilo para hacer a tu
                            pueblo el cinturón de hierro.</p>
                        <p>-¿Qué es eso? Indio, dijo Bohemio dando un paso adelante.</p>
                        <p>-¿Tú no sabes entonces? Hay muchos que acechan hace tiempo la maravillosa
                            y enriquecida comarca.</p>
                        <p>-¿Otros todavía?</p>
                        <p>-Sí... y ellos han pactado vuestro exterminio en tenebrosos conciliábulos
                            y mandan para esos otros bayonetas y cañones.</p>
                        <p>Ese es el cinturón de hierro... y ya han descendido de la falda de la
                            montaña a nuestros valles y a la llanura, y apacentan rebaños hasta que
                            suene la hora propicia y los pastores se truequen en guerreros
                            feroces...</p>
                        <p>-¿Y dónde están? Rugió Bohemio.</p>
                        <p>-¡Al Sud! ¡Al Sud! Por donde entraban antes, indicó el indio y es
                            necesario que surjan fortalezas defendiendo esos pasos y se aglomeren
                            allí soldados y vituallas y se abran rápidos caminos... ¡y si tú
                            vuelves, cristiano! Lleva el adiós supremo del indio para aquel pueblo
                            grande por la nativa índole hidalga, incauto a veces en el prodigio de
                            sus generosos ímpetus. ¡Adiós a mis montañas, cuyo dilatado manto de
                            sombras cobija los amores y los nidos de los cóndores y a los torrentes
                            que bajan saturados de las fragancias de sus primaveras y a las pampas
                            bulliciosas en otros tiempos de las tolderías donde descansaban las
                            tribus heroicas!</p>
                        <p>Los dos se abrazaron en aquel silencio, mientras la filigrana de oro,
                            cubierta del ropaje de raso blanco, los miraba rígida sobre la maleza
                            rastrera.</p>
                        <p>Pincencurá levantó su vieja lanza de guerra y con el brazo derecho en
                            arco sostenía los pies calzados con zapatos con hebillas de plata,
                            mientras Bohemio había hecho con sus dos palmas un suavísimo almohadón,
                            que sostenía el dorso de la divina Eros, inclinada la cabeza a un lado y
                            la flotante y sedosa cabellera. Marcharon así un gran rato entre las
                            penumbras, debajo del palio acariciante formado por ramas y hojas en
                            tupidas enredaderas de largos festones y se oían los pasos repetidos por
                            los ecos de la selva y el chirriar de las águilas y el bramido lejano y
                            rumoroso de los leones. Llegaron al fresco juncal, en lo más hondo del
                            boscaje, debajo de la oscuridad cavernosa, producida por las enmarañadas
                            y tupidas copas de la arboleda opulenta y cavaron la huesa larga, sobre
                            la cual se inclinan los tallos verdes y flexibles, al lado de un hilo de
                            agua traslúcida, serpentina en su faja de plata y sonante el eterno y
                            delicioso murmurio. La dejaron poco a poco resbalar hasta el fondo al
                            lado de la lanza de guerra acostada en la huesa y del limo negro y
                            húmedo la cubrieron largo a largo... Y los nietos encontraron después
                            hecho de piedra el cadáver arrodillado del rey de las pampas, velando
                            aquella síntesis de los amores juveniles, todavía intacta y pura la
                            filigrana de oro en la dulce resignación de la muerte.</p>
                        <p>Salió de la selva Bohemio y fue llegando a los primeros contrafuertes,
                            allí donde el suelo áspero y sobresaltado se echa a lo lejos en
                            ondulaciones, que se esconden y se levantan cada vez más, hasta la
                            cumbre que ostenta su dorso blanco con su abollonada corona de cúmulos.
                            Pasó por los senderos hirsutos de rocas, al borde del hondo y siniestro
                            despeñadero, paso a paso, montado sobre su caballo alazán. Este marchaba
                            sentando con violencia el férreo casco, la cabeza erguida, y las crines
                            tostadas que temblaban hacia atrás en el vendaval de las cordilleras, y
                            resonaban en las lejanas hondonadas de los valles los relinchos
                            salvajes. A medida que iba ascendiendo, saltaban al sol nuevos picos y
                            conos y enormes bocas de cráteres extinguidos y fragmentos de
                            gigantescos monolitos, y más lejos la enorme sábana blanca de las nieves
                            eternas en curvas abiertas, en ángulos y en zonas dilatadas con
                            proyecciones de bordes y aristas pendientes atrevidas sobre el abismo, y
                            pirámides y montículos hasta el horizonte chato.</p>
                        <p>Empezó a distinguir largas humaredas, que se empinaban dispersando en la
                            punta el ceniciento plumero, y chimeneas, que surgían de cabañas, en
                            grupos de caseríos aquí y allá, cada vez más altos en la falda
                            inhospitalaria. Sentía tañidos agudos y acompasados de martillazos sobre
                            enormes yunques, y veía aparecer, de cuando en cuando líneas fulgurantes
                            de bayonetas y rodar estrepitoso y sordo el fuste negro y redondo de los
                            cañones. Sentía estampidos subterráneos que hacían ondular el piso, como
                            sacudidos por leviatanes escondidos, y fracturada la montaña en
                            insondables rajas, reventaba al cielo humo, polvos y peñascos. Y veía un
                            pueblo de gente enjuta y recia, acumulando piedra sobre piedra,
                            construir torreones y fortalezas en apurada tarea, oyendo el grito ronco
                            de los centinelas rodar hasta las últimas gargantas con los negros
                            crespones de la noche silenciosa.</p>
                        <p>Bohemio tuvo en el corazón todos los impulsos del odio torvo, y la imagen
                            del rey moribundo, terrible vagando por las laderas como inconsolable
                            fantasma, lo azotaba en las cavilaciones frías de las venganzas de
                            sangre. De repente el alazán dio un salto y dilató las narices sonantes
                            como alaridos y atropelló adelante, contorciendo todo su cuerpo como
                            azuzado por las visiones bellacas de la matanza, y media vara de sus
                            ijares magullados y humeantes de sangre, iban saltando con él rapidísimo
                            por las rocas en la tormenta de la carrera.</p>
                        <p>-¿Qué hacéis en esa comarca? Rugió Bohemio.</p>
                        <p>-¿Qué te importa? Marchamos con el siglo; somos los conquistadores:
                            estamos aquí por el derecho de la fuerza.</p>
                        <p>-Ya se acabó esa lógica; los territorios no se violan, porque son las
                            grandes tiendas donde se agrupan y se cobijan los hogares de loa pueblos
                            en marcha hacia la inmortalidad, y esta estirpe de bravos no se
                            conquista... y le partía el corazón de una puñalada al que estaba más
                            cerca, que se precipitó volteando con brincos de saltos mortales al
                            abismo. ¡A mí, seguía gritando Bohemio en el furor de la pelea, entre el
                            choque de las espadas y el retumbar de los tiros, a mí, bravos de mi
                            tierra! Gallardos enamorados juveniles, porque las castidades
                            celestiales do las espléndidas criaturas y las urnas cinerarias de
                            lágrimas y las glorias de antaño se defienden muriendo en las batallas
                            legendarias... y sangre que salpicaba a chorros, y el alazán abalanzado
                            sacudía a todo viento la cabeza demoníaca y los ojos de llamaradas,
                            despedazando con los hierros de la pezuña cráneos enemigos.</p>
                        <p>-Había rumores; golpes sordos que conmovían la tierra; brisas que traían
                            como tañidos y un barullo de voces confundidas como interminable zumbar
                            de ejércitos en marcha, y esquilas de clarines que saetaban a saltos los
                            desfiladeros, y grupos de notas como himnos de guerra que entraban
                            culebreando a poblar las soledades alpestres, y se sentía todo eso cada
                            vez más cercano y los vientos sacudían el ambiente con esas vibraciones,
                            que eran como los ecos de los temblores de los estampidos lejanos.
                            Bohemio seguía peleando y corriendo con el alazán por las rocas: tenía
                            amenazadora la frente y la hermosa efigie parecía pasión horrenda de
                            hazañas y de venganzas. Asoma una bandera y otra y por todas partes el
                            trapo desgarrado gloriosamente: el sol con los colores de las arenas de
                            oro del río inmenso, y la faja blanca en el centro, y los rectángulos
                            azules de líneas infinitas; sayal inmaculado con que los pueblos cubren
                            el cuerpo muerto de los héroes sin tacha. Ascienden los batallones como
                            líneas negras y atrevidas por la pedregosa cuesta, y más batallones
                            desembocan, aquí y allá, las bayonetas en alto detrás de las peñas, y
                            ruedan los cañones en la furiosa carrera a coronar las mesetas; y piafan
                            los corceles encabritándose y relinchando sujetos al freno. Hay humos y
                            estruendos, tac-tac taractac, y vomitar horroroso de las metrallas
                            volando; y resonancias inmanes atropellando el báratro y los
                            desfiladeros y las faldas de la montaña, con terremotos gigantescos, y
                            rebotar de balas saltando con parábolas de exterminio. La humareda densa
                            y acre sube lentamente en extensos escalones; y se ven orbes de fuego
                            escaparse de adentro, y los nubarrones de aire y humo flagelados por los
                            estampidos, se azotan hasta el cielo en las rumorosas prolongaciones del
                            sonido. Siguen los batallones arriba por la empinada ladera, fríos y
                            heroicos, paso a paso, en medio del ronco redoblar de los tambores,
                            cerrando los claros de los que caen con un balazo en el pecho y la
                            indomable pujanza de la pelea en la frente, y allá lejos, cada vez más
                            atrás, la humareda enemiga ralea y se dispersa en el horizonte oscuro de
                            la derrota. Llegaron a la altiplanicie que domina todas las cumbres, y
                            el alazán saltando, adelante siempre, y mugiendo con el pecho de sangre,
                            atropella desesperado en el vértigo supremo del heroísmo... y mil
                            jinetes bravíos y maravillosos se derrumban como avalancha de muerte
                            sobre cañones y cuadros, deshacen, y desbaratan, y entre las tiendas
                            enemigas, alineadas como para el reposo de un pueblo nómada en marcha,
                            caen en el polvo negro de la victoria caballos y caballeros. Los
                            dispersos en grupos... sables y fusiles rotos... banderas hechas jirones
                            y acostadas... sangre, bramidos y muertos... ¡Gloria y silencio en la
                            noche que cobija a los valerosos; túmulos y margaritas silvestres, y
                            plegarias y recuerdos!</p>
                        <p>Bohemio no durmió; había acumulado el rencor de todos los siglos
                            doloridos por el crimen nefando de la conquista. Era una síntesis
                            aterradora y toda la nativa nobleza de su corazón se había desvanecido
                            en las amargas cavilaciones de los propósitos feroces. </p>
                        <p>Aquel lóbrego cielo y aquellas cordilleras que dormían en el oscuro
                            silencio, le hacían pensar en las criptas funerarias que encierran las
                            cenizas de los mártires. ¡Qué monólogo sombrío aquél! La ley del amor y
                            del derecho había muerto: sobre ella estaba el hierro como detrás del
                            alma está la bestia. La humanidad aplaude la conquista y la consagra,
                            sin apercibirse que eso es el palmotear con las manos hundidas en los
                            charcos de sangre.</p>
                        <p>La familia y la caridad por la patria y la religión de los muertos son
                            devaneos de espíritus enfermizos, y el progreso sucesivo y el empuje
                            hacia todos los ideales que se diseñan lejos esplendorosos, son
                            cavilaciones de melancólicos pensadores. Lo que debe enaltecerse es la
                            fuerza del bruto. ¡Mucho cuidado con repetir el oprobio!... ¡porque los
                            nietos han fracturado más de una vez el cráneo a garrotazos y dispersado
                            a los cuatro vientos el cerebro despachurrado de los abuelos
                            conquistadores o los entregan evirados al escarnio del mundo! Esta
                            batalla señalaba, pues, en la historia, como colosal monumento miliario,
                            una etapa gloriosa. Era el areópago de pueblos que encontró su heraldo
                            armado en aquel ejército victorioso, cuyas tiendas, mansas de sueño se
                            levantaban en las faldas de la cordillera. ¡Todos los sudarios
                            salpicados con las lágrimas de las crucifixiones interminables de la
                            historia se habían extinguido en la hornaza de aquel combate y las
                            cadenas rotas de todos los oprimidos de la tierra, corrían fundidas por
                            el granítico crisol de las cordilleras! Esos héroes, acostados sobre la
                            dura mochila, que dormían el largo y profundo sueño do la gloria, sabían
                            que todos los desheredados que no tienen patria habían escrito como
                            ellos en la faja blanca de sus banderas el lema inmortal: es necesario
                            morir todos para que del hierro de nuestra sangre se modele alguna vez
                            la estatua del derecho más alta que las más elevadas cumbres, más fuerte
                            que la maldad y la soberbia humana. Así se ve la historia, que siembra
                            su camino de sepulcros de pueblos escalonados, y escribe los epitafios
                            de la gloria con sangre vieja y ennegrecida, brotada de las batallas
                            seculares, marchar a la conquista de todas las virtudes, y entre las
                            profundas meditaciones de su filosofía, fulgurar las clarovidencias de
                            la esperanza y la certidumbre de la victoria para los problemas futuros.
                            Y si el espíritu se atribula alguna vez, viendo a la humanidad
                            turbulenta volver atrás para buscar otra vez las sombras del pasado y el
                            seno de las tiranías añejas, no haya miedo, por que las verdades
                            redimidas por los sacrificios de muerte, la arrebatarán así mismo
                            adelante y caerán los despotismos anacrónicos, como caen los
                            liliputienses y tiemblan cuando pasa el genio y arrebata el gajo más
                            alto de la copa del laurel verde para ceñirse la frente...</p>
                        <p>Pero Bohemio era pueblo y aquellos serenos raciocinios no adormecieron
                            los salvajes instintos y no olvidó el ultraje de la conquista que ya
                            había terminado. Iba caminando entre las tiendas, llevando el alazán de
                            la rienda y a los enemigos que andaban dispersos, vagando en la
                            tiniebla, los perseguía iracundo y frío, convencido que era necesario y
                            dulce y ejercicio de obra buena y escarmiento por los siglos de los
                            siglos aquel exterminio. Y se veían por el aire negro cruzar cuerpos
                            muertos, arrojados por él en los precipicios y alcanzarse los unos
                            detrás de los otros en el hervor de las cataratas de los valles. Un rato
                            después torrentes de luz rojiza incendiaron las cordilleras. Bohemio
                            levantaba dos teas de mecheros fulmíneos, alto sobre el alazán, que
                            galopaba tacatac, tacatac, sonando como las cosas siniestras y pavorosas
                            de la noche. Empezaron las poblaciones enemigas a arder con
                            chisporroteos estridentes, y a iluminarse las gargantas hasta el fondo,
                            y los torrentes a reflejar los resplandores de la hornaza, y se veían
                            pasar por delante líneas negras y desesperadas huyendo, mientras suben y
                            acometen las alturas los nubarrones caliginosos de la humareda. Así se
                            vio por mucho tiempo seguir los incendios y las columnas de llamas como
                            los reboatos y el vértigo de las trombas del mar, rodaban con las
                            cenizas revueltas y desparramadas por los huracanes de la montaña, y
                            mientras hubo enemigo disparando por las quebradas, la daga de Bohemio
                            entraba despiadada entre las costillas y seguían las parábolas oscuras
                            de los cuerpos muertos hechos pedazos en las anfractuosidades de los
                            riscos.</p>
                        <p>A sus hogares volvieron los soldados laderos abajo, la primera vez en la
                            historia que un pueblo de vencedores se detiene sin herir el territorio
                            del vencido. Bohemio empezó a galopar de punta a punta por las cumbres
                            solitarias, sobre la nieve luciente y dura y vio después un pueblo de
                            trabajadores sembrar de viñedos las faldas, y cubrirse de extensas
                            praderas y tupidas arboledas, entre cuyos claroscuros se distinguían las
                            casas de piedra y se oían los cánticos del argentino idioma. El alazán
                            empezó a enflaquecerse y a tomar dimensiones ciclópeas larga sombra
                            extendiendo en la noche sobre la nieve cándida, y movía paso a paso
                            cansado en aquel viaje interminable de centinela gallardo, hasta que se
                            fue deteniendo y se murió, mientras Bohemio envejecido le acariciaba con
                            los ojos secos y tristes las crines largas. Parado en el cono más alto,
                            mirando al Oeste todavía el océano inmenso, las sales y las lluvias de
                            la cordillera infiltraron sus carnes solidificadas al fin en estatua
                            granítica y dice la leyenda que los guerreros gloriosos de antaño
                            desfilan en la callada noche, capitanes y soldados, presentando las
                            armas...</p>
                        <p>Bohemio se quedó solo. Tuvo las fruiciones del dolor silencioso y la
                            profunda melancolía del espíritu que se hunde en el recuerdo de los
                            cariños muertos... la divina Eros y el alazán bravío de la cruzada
                            memorable. Perdió la fe, extinguida en las cavilaciones de las hondas
                            soledades del alma, y asomó a su labio el sarcasmo, y cruzó su frente la
                            blasfemia amenazadora y sombría... Tuvo antojo de construir allí su
                            castillo él mismo, y arrojó a techos y paredes los colores de su paleta
                            trágica. Se refugió de esta manera otra vez en su pasión juvenil por el
                            arte y eso es pecado mortal. Dios castiga y hace a los artistas
                            desventurados... Pero estas cosas están escritas en las páginas que
                            siguen, y todo termina en el capítulo de los Cuentos, porque lo de
                            Bohemio y Eros Paradisíaca es síntesis, símbolo y cuento de amor y de
                            gloria -de esos que cruzan y calientan la fantasía del poeta en las
                            meditaciones creadoras y que se piensan al lado de las cunas de nuestros
                            hijos dormidos y se narran en los viejos comedores señoriales, que
                            tienen chimenea de mármol negro, espejo arriba y saben a humo...</p>
                    </div>
                    <div>
                        <head>Los Cuentos</head>
                        <p>En ese hogar que Méndez ha formado, vive y ama su chiquita. Tiene los
                            cabellos castaños, finos y lacios, los ojos negros y las mejillas
                            sonrosadas. Su mano es pequeña, delicada y perfecta; su brazo redondito
                            y mórbido, con la blancura nívea dei mármol. Es alta, así, un metro no
                            más, aunque parece erguirse, cuando vuela como un ángel, y llena las
                            habitaciones con su charla alegre y embarullada. Sale al sol con gorra
                            blanca de percal, de pliegues hechos a fuego, y su vestidito largo de
                            lana azul. Va, viene, corre, juega, se esconde detrás de las tinas
                            rojas, levantando después por encima de ellas y sonriendo su cabecita
                            deliciosa. Entra al jardín con paso rápido y corta los gajos de las
                            flores, y llama a los pájaros, que saltan de rama en rama. Conversa con
                            ellos y canta. Yo lo he visto. Canta en el metro argentino e inimitable
                            y ensaya los gorjeos con que ellos alaban y bendicen la vida libre de
                            los campos. Se sienta en el cordón del corredor y mira su vestido y sus
                            botitas negras con cierta coquetería precoz y estalla algunas veces en
                            gritos y risas desenfrenadas. Ha robado un prendedor de brillantes y
                            tiene en la muñeca una enorme pulsera. Entra en las habitaciones, se
                            acerca a todos los espejos y se contempla; se pone de canto, gira
                            alrededor de sí misma, como queriendo ver los pliegues blandos con que
                            cae su vestido casi hasta el suelo -ella que con el peine en la mano
                            pide a grito herido las aguas perfumadas que están sobre el lavatorio.
                            Por la mañana -al lado de la madre- limpia los muebles con un pañuelito
                            de seda y frota las manijas de níquel y se agacha con un plumerito de
                            plumas rojas a limpiar las patas de las sillas. ¡Allí mismo, sobre la
                            alfombra, están todos sus juguetes; el carrito azul en que lleva a
                            pasear a sus muñecas, la cuna en que las adormece y la sala donde las
                            recibe de visita! ¡Cómo habla con ellas y les hace las narraciones
                            amenas y encantadoras, cómo se enoja y las reta, para tomarlas después
                            en los brazos, acariciarles las mejillas y dulcemente mecerlas! ¡Algunas
                            veces hace cosas que lo hacen temblar! Lo mira fijo, y lo abraza al
                            padre del cuello fuerte, fuerte con las lágrimas en los ojos. Méndez
                            sobrecogido solía pensar entonces: ¡Si tendrá miedo esta chiquita que yo
                            me vaya a morir!...</p>
                        <p>Cuando se acuesta lo llama para conversar con ella.</p>
                        <p>-Yo quiero un cuento lindo esta noche</p>
                        <p>-Te voy a contar el del gatito negro con piel de terciopelo y ojos de
                            oro, que acurrucado sobre sus patas, resbala en silencio sobre las
                            baldosas, dando saltos cautelosos y deteniéndose a veces para acechar la
                            jaula.</p>
                        <p>-No, papá, porque el gato lastima con sangre las alas amarillas del
                            canario.</p>
                        <p>-Te voy a contar el cuento de la viejita que camina encorvada con paso
                            breve. Ella encontró en la calle un niño abandonado envuelto en telas
                            finísimas.</p>
                        <p>-¡No, papá! ¡Qué vejeces! Ya me lo constaste...</p>
                        <p>-O el de la araña que teje en el rincón su tela de filigrana cenicienta y
                            deja huecos redondos y sucios de tierra, donde vive con sus hijitos.</p>
                        <p>-No, tampoco, porque la araña es negra y asquerosa y tiene siempre una
                            mosca muerta en el hocico.</p>
                        <p>-Te voy a decir del ángel de la Guarda que está parado detrás de las
                            cunas con sus alas grandes abiertas para proteger el sueño de los
                            niños.</p>
                        <p>-No, porque ese ángel no habla. Cuando me despierto de noche y tengo
                            miedo, abro los ojos y veo tu persona encorvada sobre mi cama como un
                            techo cariñoso. Yo levanto mi mano chica y te toco la mejilla y la
                            barba, y tú, entonces, colocas la tuya sobre mi frente y me dices con
                            esa voz dulce que te tiembla: «¡duerma, mi chiquita querida, duerma!» ¡A
                            veces, cuando tú llegas tarde, papacito malo! Siento que te acercas en
                            puntitas de pie y me das un beso suavísimo en la boca. Entonces yo rezo
                            -como a la tarde con mamá- y pienso que los ángeles deben conversar
                            mucho y estar contentos, porque viven allá arriba, que es tan bonito, al
                            lado del Padre nuestro, que está en los cielos Todo Poderoso.</p>
                        <p>-Te diré de la sordomuda entonces, si tú quieres.</p>
                        <p>-Si, papá, porque ella me traía flores y muñecas y sentada conmigo en el
                            patio les cosía vestidos de seda.</p>
                        <p>-Entonces te acordarás, hija mía, que sus palabras eran gritos
                            estridentes y zumbidos de la garganta profunda, risas y espasmos de los
                            labios, lágrimas y saltos del corazón.</p>
                        <p>Ella velaba el sueño del padre, que tosía y rezaba en silencio con las
                            manos juntas y temblorosas hacia el techo. Una mañana, el padre
                            palideció; atrajo hacia su pecho la hermosa y rubia cabeza y cerró los
                            ojos para siempre. Ella apagó colérica las velas que ardían frente a la
                            virgen, rompió los ramos y desparpajó sobre aquel cuerpo violetas,
                            nardos y rosas. Se sentó en el zaguán y vio pasar el cajón grande y
                            negro y ya no se movió más, porque miraba la puerta de cedro de su casa,
                            la puerta grande de cedro con las dos hojas abiertas... Los ángeles del
                            Señor la vieron y la llamaron, y poco a poco, los átomos de su cuerpo se
                            divinizaron en el martirio y se fueron al cielo.</p>
                        <p>¡Pobrecita! Papá... yo siempre rezo por ella, que era tan buena...</p>
                        <p>-Buena y desventurada, dijo Méndez enternecido y besó a la hija. Hubo un
                            momento de silencio; el padre había colocado sus manos entre el cabello
                            castaño de la chiquita y miraba su hermosa efigie en aquel claroscuro
                            del dormitorio.</p>
                        <p>-Papá: ¿estás triste? Preguntó al rato la niña.</p>
                        <p>-¡Yo! No. ¡Qué esperanzas! ¿Por qué me dices eso? Contestó el médico,
                            sonriéndose.</p>
                        <p>-Porque ya no me cuentas nada y estás con la cara seria y mamá dice que
                            cuando te pones así es porque tienes alguna pena.</p>
                        <p>-Si te digo que estoy contentísimo contigo.</p>
                        <p>-¿Está enojado con su chiquita, papacito querido? ¡No quiere que yo le
                            cuente un cuento para que se ponga contento!</p>
                        <p>-¿Tú? ¿Y qué cuento?</p>
                        <p>-El de abuelito...</p>
                        <p>-¿Cómo no? Sí. ¿A ver? Preguntó el médico con curiosidad.</p>
                        <p>-Él me sentaba sobre sus rodillas y me lo enseñaba siempre. Yo lo aprendí
                            de memoria...</p>
                        <p>-Empiece, mi chiquita.</p>
                        <p>-Te narraré, papá, dijo con cierto énfasis la niña, las leyendas del
                            sentimiento caballaresco -esas que se cuentan en las noches de invierno,
                            en los viejos comedores señoriales, que tienen chimeneas de mármol
                            negro, espejo arriba y saben a humo... Flotan en el ambiente tibio los
                            fantasmas de antaño y cantan los poemas del honor heroico. Pasan los
                            unos detrás de los otros -y besan la frente, de los nietos- los abuelos,
                            con sus armaduras de hierro y oro, el yelmo bruñido y el penacho de
                            plumas de águila. Alta la visera, miran con ojo sonriente los muebles de
                            caoba maciza que muestran todavía -en su estupefacción secular de madera
                            muerta- la rica sangre añeja y generosa. Están sus retratos pintados,
                            las regias cacerías y su pasión por los cuadros de la naturaleza
                            viviente y el reloj grande de bronce con minutos y agujas de oro -alma
                            de la hora, testigo severo que va envolviendo poco a poco, en el
                            crac-crac de sus ruedas, la poesía inmaculada de los recuerdos llenos de
                            melancólica nobleza. El emblema de la familia -con castillos y espadas y
                            yelmos y leones, bordados en seda y oro, símbolos del indomable denuedo-
                            tiene como palio augusto las almas valerosas de los que fueron y protege
                            el hogar santo. El abuelo -una encima vigorosa- que llena toda la casa
                            con la majestad de su persona, cuenta a los nietos absortos las glorias
                            de la familia. Sentado en el amplio sofá de rojo terciopelo, evoca en
                            las noches de invierno, en los comedores señoriales, las leyendas del
                            honor sin tacha al lado de la chimenea de mármol negro. </p>
                        <p>El médico pensaba; ¡oh mi pobre comedor de roble, que tienes columnas
                            dóricas y el color de la hoja mustia y seca! ¡Quién sabe si después,
                            cuando yo entre en la noche -envuelto y largo en mi mortaja blanca- a
                            decirle a los nietos la historia de estas edades de genio y de labor,
                            quién sabe si te encontraré, oh mi pobre comedor de roble, que tienes
                            columnas dóricas y el color de la hoja mustia y seca! Ya la polilla ha
                            hecho agujeros redondos aquí y allá; cayendo en montoncitos los
                            fragmentos de tu cuerpo desmenuzado y amarillento.</p>
                        <p>-¡Sabe, papacito! Que no me acuerdo más, dijo la niña, interrumpiendo su
                            soliloquio.</p>
                        <p>-¿Y era largo el cuento?</p>
                        <p>-Sí. Abuelito lo empezaba a contar y después me abrazaba diciéndome:
                            estas cosas no entiende mi nietita querida y era cierto, pero asimismo
                            me gustaba mucho porque hablaba de una señora muy linda a quien llamaba
                            Eros Paradisíaca.</p>
                        <p>-Eros, interrumpió Carlos asombrado.</p>
                        <p>-Sí y de otro Señor... No me acuerdo.</p>
                        <p>-Bohemio, dijo el médico.</p>
                        <p>-Eso es, eso es contestó la niña y me decía que tú lo habías escrito...
                            Así que yo quiero que lo cuentes, papá.</p>
                        <p>-Tú tienes alma de niña y no comprenderás estas cosas como no has
                            comprendido las leyendas del sentimiento caballeresco.</p>
                        <p>-No importa, contámelo.</p>
                        <p>-Imposible.</p>
                        <p>-Entonces otro...</p>
                        <p>-El último...</p>
                        <p>-Como quieras, papá... Después veremos.</p>
                        <p>-¡Hola! ¡Qué son esas salvedades volcancito!</p>
                        <p>-Nada... Contá no más.</p>
                        <p>-Con un pacto.</p>
                        <p>-¿Cuál?</p>
                        <p>-Que ha de ser el último.</p>
                        <p>-Papá, interrumpió la niña, te has puesto serio y a mí me da
                            sentimiento.</p>
                        <p>-Bueno, todos los cuentos que quiera mi chiquita. Espérese. Yo he
                            conocido un señor elegante con labio grueso y rojo y frente pálida y
                            ojos abovedados y castaños.</p>
                        <p>-¿Será cuento alegre?</p>
                        <p>-No me interrumpa, dijo Méndez con seriedad cómica.</p>
                        <p>-¡Bueno, y qué más entonces!</p>
                        <p>-Caminaba con las manos en los bolsillos con cierta ondulación
                            felina.</p>
                        <p>-¿Qué es eso felina? Preguntó la chiquita con gran atención.</p>
                        <p>-Méndez le explicó con detalles y siguió contando:... y blando en su
                            torso como movido por un eterno ensueño.</p>
                        <p>-¿Qué es eso papá?</p>
                        <p>-Eso es que tú no me dejarás concluir el cuento.</p>
                        <p>-Bueno, seguí no más...</p>
                        <p>-Él tenía libros, siguió el médico y los quería mucho. Entiende mi
                            chiquita así.</p>
                        <p>-Sí, papá.</p>
                        <p>-Pero un día hubo desgracias en la familia y tuvo que venderlos y con
                            ellos se fue su corazón y su voluntad... como a ti si te quitaran las
                            muñecas.</p>
                        <p>-¿Te gustaría eso?</p>
                        <p>-¡No! ¡No! Al contrario; lloraría de pena.</p>
                        <p>-Ese día lloviznaba con esas gotas finas, lentas y aburridas y después
                            una garúa mansa y monótona con un cielo color ceniza y el aire
                            tristísimo igual a ese mal tiempo que no te deja salir al patio a jugar.
                            Él estaba sentado cerca de la biblioteca viéndolos salir y desde
                            entonces ya no escribió más... Pero los ángeles del señor lo vieron y en
                            el día del santo de su chiquita trajeron sus libros con cánticos de
                            gloria.</p>
                        <p>Lo encontraron a él sentado que esperaba al lado del escritorio mirando
                            al patio, con el puño cerrado que sostenía su mejilla derecha. </p>
                        <p>Sonrió y de sus ojos cayeron dos gruesas lágrimas, resbalando en
                            silencio... porque, entonces entraba su chiquita, pálida de marfil-
                            circunfusa de luz, de ojos grandes y negros que echaba hacia él, como en
                            éxtasis, brazos, corazón y efigie... Oh las sensitivas amables que
                            tiemblan sobrecogidas en el hogar que sufre...</p>
                        <p>¿Qué es eso último que has dicho? Interrumpió la niña.</p>
                        <p>Méndez aclaró todo con gran resignación y como quedara un rato en
                            silencio, le insinuó la chiquita:</p>
                        <p>-¿Y ahora? Papá.</p>
                        <p>-Yo no sé más cuentos.</p>
                        <p>-Pero yo sí.</p>
                        <p>-Tú... ¿A ver?</p>
                        <p>-Yo sé el cuento del gran anciano y lo conozco también. Lo he visto en la
                            escuela. Te acuerdas cómo era de alto y tenía grandes orejas y temblaba
                            cuando estaba parado y tú me dijestes un día viéndolo pasar:</p>
                        <p>Ese es el gran anciano y el más ilustre genio de nuestra historia.</p>
                        <p>-Méndez estremecido, abrazó a la chiquita diciéndole: Tú hablas de
                            Sarmiento.</p>
                        <p>-Sí, papá.</p>
                        <p>-¿Y qué cosa sabes de él? </p>
                        <p>Dicen que era un hombre muy intrépido y bravo... pero en la escuela un
                            día una niña le llevó un ramo de flores.</p>
                        <p>Era muy pobre y parecía enferma y tenía el vestido sucio... la maestra
                            quiso apartarla pero él la cargó y la sentó sobre sus rodillas y
                            conversó mucho rato con ella en medio del silencio de la clase...
                            Después lo vieron sacar toda la plata de su bolsillo y dársela a la
                            chiquita y cuando nos miró a todas, le brillaban los ojos, como si
                            tuviera lágrimas.</p>
                        <p>A ese hombre, mi hija, es necesario venerarlo y prepararle para después
                            su estatua de bronce, porque ha servido a su patria haciendo por ella
                            todo el bien.</p>
                        <p>-Pero se han de olvidar de él, papá...</p>
                        <p>-¿Qué dices? ¡Pícara!</p>
                        <p>-Como tú te olvidas de traerme los juguetes que me ofreces, cuando me
                            porto bien y hago lindas planas y no equivoco la lección.</p>
                        <p>¡Oh! Exclamó el médico... pero eso no es lo mismo... ¡Aquel es el gran
                            anciano y tú una pequeñuela deliciosa!</p>
                        <p>-Entonces me harás un favor.</p>
                        <p>-¿Cuál?</p>
                        <p>-Contame el cuento de la señorita Eros Paradisíaca. </p>
                        <p>-No, otro día. Ya es muy tarde y es hora de dormir.</p>
                        <p>-Entonces un regalo para mañana.</p>
                        <p>-Bueno.</p>
                        <p>-Una muñequita rubia, con rulos y ojos azules como ella.</p>
                        <p>Prometida, dijo el médico y le acariciaba las mejillas susurrándole al
                            oído: ¡duerma mi chiquita, duerma!</p>
                        <p>A esa hora se sienten en los dormitorios frotes que parecen venir de
                            lejos; son las ropas que caen y se arrugan sobre las sillas y el tac-tac
                            del botín sobre la alfombra y el cuerpo cae abandonado, hundido y largo
                            y la cara tiene reflejos tranquilos. Entra poco a poco el olvido con su
                            efigie desvanecida; la memoria se aturde, y va desapareciendo... La
                            veladora está a los pies de la cama y de la mariposa restallan luces que
                            se dispersan en el ambiente en místicos claroscuros. Hay ruidos leves y
                            mansos de respiraciones que se entrecortan en el aire tibio, como si
                            fueran los ecos de las edades viejas, que fueran a morir allí.</p>
                        <p>-Él miraba desde el sofá la cama grande y sombría con reflejos rojizos de
                            tuya y la colcha verde y plana de lampas de hojas vivas y frescas. En el
                            espacio que circunscriben las cortinas, que caen en graciosa curva y el
                            dosel con su sol de faya de pliegues oro muerto, suenan los cánticos
                            placenteros y celestiales que enternecen y las estrofas que van
                            significando que en ese hogar se ama, se espera y se trabaja. Al lado de
                            la cama, en el reclinatorio, se arrodilla en la noche la madre augusta
                            que reza por los que sufren... Carlos meditaba allí el cuento trágico
                            que había fascinado la mente de su chiquita y período tras período lo
                            iba hablando y escribiendo en el libro de la memoria...</p>
                        <milestone unit="section" rend="asterisks"/>
                        <p>Los astros estaban solos en sus días maravillosos, mirando la tierra que
                            tenía hombres de granito y muda la selva entre sus ramas rígidas.
                            Estallaban armonías allí con todos los gritos de las pasiones del mundo
                            y reapareció Eros, vaga y alba figura con los cabellos rubios y el traje
                            de raso blanco y largo con festones de azahares. Descendió lentamente
                            sobre la tierra con el ritmo suave con que rema el cisne blanco en la
                            altura y la piedra se irguió; abrió y movió los párpados como hacen las
                            estrellas en el azul quietecito de la noche y la selva sintió el brazo y
                            desplegó sus galas. Echó a andar: detrás de ella tuvieron canto las aves
                            y palabra el hombre y se extendió la pampa solitaria y verde. Eros creó
                            la sonrisa que tenía dientes blancos de nácar, la gracia ingenua y la
                            alegría bulliciosa. Llenó el hogar de candores y el Universo de luz y si
                            encontró la angustia alguna vez, la apartó con el ruedo de su vestido
                            blanco. Era la juventud rica de sangre y el alma de paradisíacos
                            deleites sin sombras en sus pupilas, sin abismos ni arrugas en su frente
                            nítida. Caminaba por el mundo recibiendo las salutaciones de las flores
                            y la reverencia del hombre -sin cariños de carne de esos que hacen
                            temblar el corazón y lastiman la inmaculada verecundia. Con la frente
                            alta -en la luz plena, pasa bosques y playas, cantando el himno glorioso
                            de la vida y el bosque contesta con gorjeos y el mar glauco refleja
                            estremecido su imagen en la planicie tranquila. Hay sinfonías y ruidos
                            monótonos de espumas que trae la ola mansa en su cresta, inclinando
                            adelante sus pupilas blancas. Conversa: encuentra los monosílabos
                            adorables de la naturaleza y repite el murmullo del bosque y los cantos
                            elocuentes del silencio del mar. Imita: es la joven poetisa que recoge
                            en el mundo las estrofas y las devuelve así... Canta lo que le oye
                            cantar a los pájaros y entra en la noche estéril solitaria del que
                            escribe y le entrega fragmentos de gloria...</p>
                        <p>Pero Bohemio viejo te mira, ¡oh Eros! Bohemio torvo y soberbio, que usa
                            coraza diamantina y es el señor de la comarca conquistada en lides
                            bravías. Las gentes huyen de él porque Bohemio crea, y eso es pecado
                            mortal. Dios lo castiga. Tuvo antojo de construir su castillo él mismo y
                            se le vio entonces perder las alegrías elegantes y juveniles. Trepaba
                            melancólico la cuesta escarpada deteniéndose a veces a pensar... ¡Y así
                            por años! Poco a poco se hizo en su frente un surco profundo y tuvo en
                            su corazón las desesperaciones varoniles que no tienen lágrimas. ¡Y así
                            por años! Despejó el camino aventando por las laderas los troncos añosos
                            y eligió la cumbre llena de nieblas de la roca bruta, de donde saltan
                            las piedras filosas en forma de conos y hachas y en el cierzo frío y en
                            la noche abrasadora, rodaban pico a pico los peñascos con inaudito
                            fragor, montaña abajo en las gargantas... Surgieron las paredes de
                            granito, los torreones, las ventanas ojivales y las almenas, y Bohemio
                            descontento siempre, sacudía su cabeza blanca y desgreñada. ¡Y así por
                            años! Antes era de aquellos que subían al caer la noche a las nubes el
                            perfil pálido, delicado y griego y la soberbia cabeza renegrida y
                            soñadora de Apolo... Eros, muerta, batió su alas de ángel celestial y
                            frío que cayeron en briznas de nieve a encanecer su cabello. Pasaba
                            inquieto, como quien tiene grima: iba y venía, giraba a través de los
                            corredores oscuros que resonaban aullando a lo lejos en el eco que se
                            pierde... Entraba en los cuartos lóbregos, que llenaba de penumbras, de
                            enigmas y de pueblos, arrojando a techos y paredes los colores de su
                            paleta trágica. A veces en la profunda noche, la luna grande y redonda,
                            ascendía por el horizonte envolviendo al castillo entre la bruma en la
                            gaza turbia de sus rayos. Bohemio cruzaba los brazos para descansar un
                            momento, miraba las escenas que él había pintado con adoraciones en las
                            pupilas y bajaba entonces su cabeza melancólica, honda en el pecho, como
                            si hubiera otro allí que le conversara... Son las aves negras que
                            graznan en el tórax y aletean chirriando las trovas sombrías. Se
                            acercaba a la ojiva, bañada en luz su frente de poeta para ver lejos...
                            Las brumas dormían calladitas flotando en los valles, que tienen
                            arroyuelos de plata, que serpean en silencio. Ni aire, ni bosques, ni
                            pájaros... todos dormían... menos él, que dilataba los ojos grandes y
                            fúnebres... A veces en los días grises, los aldeanos veían a Bohemio
                            saltar del torreón a la almena y a la ojiva con un hacha brillante en la
                            mano vigorosa. Iban los rumores extraños de risco en risco, de
                            resonancia en resonancia, llevando bramidos de tormenta y ruidos blandos
                            de alas grandes abatidas y tañidos lastimeros de campanas lejanas y
                            moribundas. ¡Era él, que pulía su obra en las horas violentas, Bohemio,
                            que iba tomando los contornos desvanecidos y fugitivos del espectro!</p>
                        <p>Una tarde Eros tenía veinte años y llegó peregrinando al pie de la
                            montaña. Una ánfora roja en la cabeza, sostenida por los brazos plegados
                            y desnudos hasta el codo, la cabellera rubia cayendo en bucles largos y
                            sedosos. Vestía un traje blanco de lanilla sencillo y corto, ceñida la
                            cintura con una faja de espumilla heliotropo y el pie de mármol en la
                            sandalia. Las gentes que la vieron, dieron voces de terror.</p>
                        <p>-No subas, Eros dulcísima, porque el espectro mata.</p>
                        <p>Ella, paso a paso, encorvada adelante, ganó la encarpada cumbre y miró...
                            Bohemio, aferrando como con garfios una cornisa; colgaba de su brazo
                            izquierdo lleno de robustos relieves. Sa cuerpo caía abandonado en el
                            espacio y con la derecha arrojaba nubes de anacarado polvo a chapiteles,
                            almenas y cornisas. Eros sintió aquella pena suprema y temblando
                            dijo:</p>
                        <p>-Aquí traigo ¡oh señor! En esta ánfora, aguas frescas y cristalinas que
                            dan vida porque tu frente arde: son las gotas del rocío que yo he
                            recogido en las hojas de la selva en la madrugada... bebe ¡oh señor!
                            Porque curan la congoja que atribula...</p>
                        <p>Miró hacia abajo aquel hombre, sacudió sus hombros y arreció en su
                            faena.</p>
                        <p>-Porque hay luz en el mundo, porque hay plegarias y horizontes infinitos,
                            bebe ¡oh ángel doloroso las aguas de la cristalina fuente!</p>
                        <p>-Tú no sabes esto, Eros, porque eres dulce y amable, rodeada de gentileza
                            tu celestial persona. Yo quiero dejar perfecta mi obra y tengo apuro,
                            porque siento que la muerte se acerca con sus curvas blancas de hueso.
                            Aman la luz los que viven de sus reflejos, yo soy hijo de la
                            tiniebla...</p>
                        <p>-Por Eros -la de los ojos azules y melancólicos- que fue tu muerto
                            cariño; por esta obra admirable, donde hay estrofas ciclópeas que tienen
                            las vibraciones arrebatadoras del himno. porque es tu martirio y tu
                            agonía; bebe, ¡oh ángel doloroso! ¡Las aguas de la cristalina
                            fuente!</p>
                        <p>Bajó de la altura Bohemio en silencio y cayó de rodillas sobre el
                            pedregal... Rezaba su última plegaria: «Tú eres Dios y genio, divino y
                            humano, síntesis. Yo lo afirmo porque soy el moribundo huraño. Los
                            hombros han disminuido tu increada magnificencia, encerrándote en los
                            templos de piedra y llenando tu divina figura con oropeles que no
                            satisfacen la necesidad absoluta de la forma ideal, mientras tus templos
                            están en el espacio abierto y son el cielo y el sol y el verde dilatado
                            y silencioso de los campos. ¡Para estos ya no hay reverencias, ni
                            lágrimas votivas! ¡Han herido tus oídos con las notas estridentes, que
                            rompen de tubos de lata -en fila- burdos y acuminados, cuando las
                            estrellas tienen carolas para acompañar tu camino y el aire
                            diafaneidades y las aves cantos armoniosos en medio de la naturaleza
                            fecunda! ¡Te han clavado en la cruz, haciendo de Ti un Dios liliputiense
                            porque tus amarguras no son de las que desgarran las carnes y es tu
                            crucifixión inmortal este mundo maravilloso que has creado y el Hombre
                            -corolario melancólico y sombrío de tu inteligencia infinita!</p>
                        <p>-¡Oh Eros! ¡Egregio espíritu que has venido a derramar aromas y cánticos
                            en la última hora del moribundo! Tú eres la juventud eterna la semblanza
                            inmaculada de mi patria eterna, y apareces cantando en la primavera de
                            todas las generaciones ¡oh divina síntesis del amor inmortal!... Si tú
                            vuelves... a los artistas, a los sabios y filósofos de mi tierra entrega
                            este oscuro pliego donde está escrita mi última voluntad...</p>
                        <p>Eros extendió sus palmas de alabastro y lo recibió de rodillas.</p>
                        <p>Entró la cabeza entonces Bohemio dentro de la ánfora toda entera, la
                            cabeza blanca y desgreñada, y sus carnes se fueron secando y su corazón
                            muriendo y todo su cuerpo se extendió rígido sobre aquel sepulcro de
                            piedra. La lluvia de rocío cayó por mucho tiempo en hebras cristalinas y
                            el cabello de Eros fue su abanico de plumas. ¡Las estrellas de la noche
                            profunda velan en silencio su gigantesca larva!... A su lado la lira de
                            bronce rota; las penumbras y los pueblos pintados en techos y paredes
                            salen por las ojivas a desvanecerse en la noche; los contornos de]
                            monumento quedan solos como un gigantesco y espectral centinela... Todo
                            es silencio... y ha desaparecido sin llantos estériles, porque estos
                            muertos tienen siempre los soliloquios duraderos del recuerdo cuando la
                            mente crea y la mano escribe. Todo es silencio... porque así se va el
                            Genio para siempre algunas veces y se lleva todas sus cosas... El dedo
                            cierre los labios... ¡Adiós! ¡Adiós! Y Eros canta lo que le oye cantar a
                            los pájaros y entra en la noche solitaria y estéril del que escribe y le
                            entrega esos fragmentos de gloria... Están con el alma en el ensueño y
                            la pluma en alto... Un escritorio, una espátula, papeles con margen y
                            borrones y un tintero grande con un bronce que los mira. Algún cuadro...
                            una naturaleza muerta, una ola inmensa y solitaria, un bajo relieve de
                            marfil desnudo y la casa de cedro rojo con las líneas majestosas de un
                            santuario y libros derechitos, como que tienen vida, y aman, y cantan,
                            besan, y sufren, y piensan y crean...</p>
                        <p>Están con el cigarrillo en la boca, redondo y corto... un hilo ceniciento
                            de humo que sube derecho, en espirales después, en olealas que se
                            extienden y se aplanan, se rompen, dejan claros, se desvanecen y se
                            esfuman abandonando aquí y allá una que otra hebra flotando...</p>
                        <p>Meditan: esperan las pasiones, los caracteres y las naturalezas y cuando
                            sufren la grima profunda y estéril, entra Eros y entrega a los
                            intelectuales el Testamento del mártir caballeresco. </p>
                    </div>
                    <div>
                        <head>Testamento de Bohemio</head>
                        <p>¡Porque es necesario que el espíritu nacional sea altivo siempre y
                            adornado de aristócrata cortesanía y para que sea eterna la vida de la
                            Patria, yo os concito a la libertad intelectual, jóvenes artistas,
                            sabios y filósofos!... ¡en el nombre del Padre que ha desatado en el
                            Universo el estrépito de la creación y del Hijo, que ha sintetizado en
                            la cruz los largos quejumbres de la vida humana! Para que las alas de
                            armiño del Espíritu Santo, que son el vínculo que une la tierra al
                            cielo, cobijen en todo tiempo cabezas soberbias y varoniles de vida
                            propia... ¡Tenéis confines, historia y leyendas de honor, por el
                            esfuerzo común y la sangre derramada habéis fundido para la patria el
                            monumento de bronce imperecedero, sois pueblo de verdad, es menester ser
                            intelectos, jóvenes artistas!</p>
                        <p>¡Que no haya modelo escrito, ni pintado, ni cincelado en mármol!... ¡Esa
                            es mi última voluntad!... porque el arte envejece, cuando los hombres le
                            arrebatan las adustas energías de la vida libre, para encerrarlo en los
                            burdos liminares de la imitación y de las escuelas. ¡Que sea licencioso
                            y loco antes que ser esclavo!... Allí está nuestra efigie nacional que
                            hierve en las dilatadas y lujuriantes naturalezas de la comarca
                            incomparable... en la tierra fecunda donde crecen los trebolares y se
                            dilatan los efluvios de la infinita pradera; donde late estremecido en
                            largas ondulaciones el corazón del Pampero y suena la horrísona melopea
                            de nuestros huracanes y las salvajes sinfonías de las Pampas abiertas y
                            los silbidos de las rachas, que se azotan dentro de las hondonadas para
                            buscar el alma de granito de la montaña... ¡debajo de la copa azul del
                            cielo que engasta los panoramas maravillosos en sus laderas zafíreas!
                            ¡Cómo lo besan, oh artistas! ¡Allá en el horizonte nuestros mares
                            incontaminados, que fracturan su toldo de esmeraldas en los puñales de
                            las rompientes, baluartes que detienen las moles lanzadas a la playa en
                            mortíferas ondas y silenciosas contempladoras de las aguas en calma
                            desmayadas a lo lejos!... ¡Oh los edenes estupendos de mi tierra natal y
                            las salvajes bellezas marinas y las pétreas combas de las cordilleras,
                            acumulo monstruoso de muertos leviatanes! ¡Ea! ¡Ea! ¡De rodillas!...
                            ¡Paso a los poetas que van a colocar la cítara de oro sobre las cumbres
                            más altas!... abierto el enorme ojo sombrío y clarovidente... Miran y
                            ven... escuchan y oyen... meditan y escriben. Son las melodías
                            virginales que rompen de las cuerdas de bronce y los colores que saltan
                            de la paleta al lienzo y las detonaciones de las mazas miguel-angélicas,
                            que debastan el mármol en la furia de la creación libérrima... ¡porque
                            la libertad intelectual ha salvado, oh artistas, de la muerte sempiterna
                            a muchas naciones! ¡Oh las viejas verdades siempre nuevas a través del
                            tiempo!...</p>
                        <p>Así Helenia moribunda acostó por mucho tiempo a la sombra del Partenón su
                            marmórea y perfecta persona de esclava y los hijos de siglo en siglo
                            recogían sus sollozos, leyendo la oda Pindárica, enamorados de aquellos
                            escombros, que recitaban todavía en su melancólico abandono los cantares
                            geniales de antaño... ¡mientras la larva divinal de Homero y los muertos
                            de Maratón y de Platea presentaban las armas! Abuelos airados, gloriosas
                            carroñas, que fecundaron la madre tierra, suscitando gigantesca de hora
                            en hora la embriaguez de los recuerdos, cuando en la noche de los
                            siervos comedores, los padres leían en voz alta, la mano temblorosa de
                            iras -¡las leyendas prometeanas!... ¡Oh redentos! ¡Entre las vibraciones
                            y los enconos del clarín de Righas, resonando las gargantas de los
                            despeñaderos Tesálicos del estertor de Botzaris y sacudiendo los ecos de
                            la patria libre adormecidos el alma zahareña de Nicetas! ¡Oh Helenia,
                            poetisa de la belleza suprema!... ¡Todavía se prosternan los siglos ante
                            esa inspiradora de la eximia forma!... y más lejos se abrazaba con ella
                            en la grima del cautiverio Italia, la efigie tristísima por seculares
                            dolores, arrullada la macilenta persona por el fragor de la onda
                            mediterránea. Resurgió al fin, manchando el sudario con sangre de
                            mártires... ¡porque sus hijos sintieron la nostalgia lastimera de las
                            síntesis artísticas de antaño y leyeron en voz alta los tercetos del
                            Gibelino, fiera alma bravía, enjuto sonámbulo, espectro caminador de
                            punta a punta y marcharon en legiones a redimir, muriendo el sepulcro de
                            sus grandes! Porque tuvieron indómito intelecto los padres, resurgieron
                            los hijos... mientras nosotros -el índice y el rostro dirigidos hacia
                            las civilizaciones extinguidas- volvíamos los primeros, en los campos de
                            batalla, por el honor de América...</p>
                        <p>¡Sacudamos el yugo, oh sabios! ¡Reventando la cinta de cuero reseco con
                            que se pretende atarnos! ¡Vosotros sois los modestos obreros de los
                            gabinetes, los silenciosos y pacientes investigadores de las fuerzas y
                            de las metamorfosis de la naturaleza! Despojados del exotismo que
                            humilla y contiene el vuelo de la inteligencia habéis encontrado en la
                            observación y en el experimento los primeros capítulos del libro de la
                            ciencia nacional. ¡El sendero está abierto... por él se han de
                            precipitar los atletas que glorifiquen el monumento empezado a
                            construir! ¡Observación y experimento... ese es el lema que ha de
                            inscribirse en las nuevas y juveniles banderas!... ¡Bienvenidos seáis,
                            oh sacerdotes, bajo las bóvedas de este gran laboratorio de la
                            libertad!... ¡porque si vuestras creaciones no son de las que
                            deslumbran, si ellas no tienen por corolario los estrépitos populares de
                            la apoteosis y si algunas veces os sorprende la muerte en vuestros
                            ignorados retiros... en cambio, hombres de la ciencia! ¡Habéis
                            encontrado las verdades inconcusas, y los inmortales beneficios, de que
                            está hecho el progreso humano!</p>
                        <p>Así, los filósofos, esos entristecidos huraños, esos sombríos
                            meditabundos, estudian la criatura, porque nuestra efigie bulle también
                            más que en ninguna parte en la emoción colectiva de las ciudades en
                            marcha y se compone de hombres y de naturalezas. Estudian el ímpetu de
                            la voluntad nacional y los graves problemas que agitan el pensamiento de
                            las muchedumbres, y escudriñan las razones de sus destinos inmortales.
                            ¡Este pueblo será grande! ¡Ese es el axioma! Tiene por cimientos el
                            recuerdo de las viejas civilizaciones; por pedestal las glorias eternas
                            de la maravillosa cruzada de la emancipación y es el alma bondadosa que
                            abre sus alas para cobijar y proteger a todos los desheredados de la
                            tierra... a los que han acumulado de generación en generación los
                            martirios de la pobreza... a los que viven sin ropas y mueren sin
                            sepulcros... rodealas sus camas dentro del lóbrego zaquizamí por los
                            cuerpos escuálidos de los hijos...</p>
                        <p>Porque yo siento dentro de mi inteligencia, las hondas congojas de
                            aquellas sociedades decrépitas... Las veo agitadas reunirse en el
                            silencio de la noche de las conspiraciones y en esas cabezas que han
                            perdido la fe en el bien, germinar las peligrosas utopías. Cuánto tiempo
                            hace que se sufre y se espera y se trabaja sin conseguir bienestar...
                            ¡para que no les quede a esos desventurados juveniles sino el derecho de
                            retirarse de los húmedos y oscuros talleres a morir! ¡Perdón para esos
                            enloquecidos de todas las desesperaciones seculares! ¿Qué queréis que
                            hagan, pues? ¿Que contesten la bofetada con lágrimas y los dolores y las
                            miserias interminables con resignación religiosa? ¡Almas solitarias!
                            ¡Esta comarca sintetiza el corazón de la virgen América, todos los
                            perdones y todas las esperanzas! ¡Bienvenidas seáis! ¡Porque su suelo es
                            fértil y rico, el cielo manso y el alma de sus hijos rebosante de
                            ideales generosos!...</p>
                        <p>¡El siglo está enfermo! ¡El alma se sobrecoge en la contemplación de los
                            espasmos del gran moribundo! ¡Vive todavía estremecido por anhelos
                            misteriosos que cruzan el orbe, mientras infinitos deseos del bien,
                            sacuden las sociedades batalladoras, que quieren arrojar a la nada
                            sempiterna los restos de la barbarie, que humilla la frente y amarga la
                            existencia y es la turba, la vil turba acongojada la que lleva enhiesta
                            la bandera del porvenir! Son ellos, los sacrificados de siempre, los que
                            se azotan a la calle dementes en la asonada a morir sobre el pavimento
                            brillante de las calles; son ellos los que dibujan y preceden en la <seg rend="italic">asociación</seg> la fraternidad de las sociedades
                            futuras y los que consagran con su sangre esas sublimes intuiciones
                            históricas del sentimiento... ¡Escribid, intelectuales! El siglo que
                            muere debe llevar en su marcha hacia lo infinito estas conquistas
                            indestructibles: la superioridad y la altivez del talento sobre la
                            erudición, que transforma al hombre en un espectro decapitado y lo
                            excelso de la filosofía, que deriva de la observación serena y profunda
                            sobre las escuelas sistemáticas y arrojar anatemas para los que han
                            contaminado la ingenuidad de la forma y se han olvidado del arte,
                            arrastrados por el artificio... ¡como si no fuera más fácil ser
                            espontáneos y abandonarse a las sinfonías que suenan en la inteligencia
                            y tirarse apasionados a la página, sin ambages, hechos pedazos, desnudos
                            y sangrientos, aunque sea necesario dejar las fibras del corazón en las
                            puntas de las breñas! ¿Qué importa que el pensamiento os seque las
                            carnes y os llene de martirios el cerebro? ¿Os imagináis acaso que se
                            redime al olvido sin exponerse a morir?</p>
                        <p>-Así haréis obra de caballeros esforzados y surgirán las personales
                            efigies, que han de proseguir por los siglos las glorias del arte y de
                            la ciencia y de la filosofía nacional... y cuando contempléis la
                            horrenda lucha del siglo entre la fuerza que mira al pasado y el
                            sentimiento que pide ideales a grito herido y cuando veáis la asonada
                            contra el motín y la desesperación ferozmente erguida delante de la boca
                            oscura del <seg rend="italic">krup</seg> de labio chato y levantado en
                            el villano desprecio... ¡oh, entonces... apurad el tiempo, artistas,
                            sabios y filósofos! ¡Puesto que sois vosotros los precursores del
                            espíritu humano! ¡Cada canto que salve una vida, cada descubrimiento que
                            ahorre hambre y sed y crucifixiones, cada problema resuelto con la
                            violencia del genio, que agregue algún ideal a la corona del siglo, que
                            tantos ha conquistado, tejerá alrededor de vuestras frentes, la hoja de
                            encina que pertenece a los fuertes!...</p>
                        <p>¡Apurad el tiempo, misioneros del porvenir! ¡Mientras este moribundo que
                            va a acostarse en su féretro, adora en las penumbras soñolientas de su
                            última hora la melancólica o inmaculada semblanza de la Patria íntegra y
                            eterna, y sierra contra el corazón los lacrimosos e infinitos cariños
                            por el Arte, bendice al martirio de los creadores y se arrodilla ante la
                            atlética falange en marcha de los precursores del espíritu humano!</p>
                    </div>
                </div>
            </div>
        </body>
        <back>
            <div>
                <ab type="trailer">FIN</ab>
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        </back>
    </text>
</TEI>
