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                <title type="main">Nelly</title>
                <title type="short">Nelly</title>
                <title type="idno">
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                </title>
                <author>
                    <name type="full">Eduardo Ladislao Holmberg</name>
                    <name type="short">Holmberg</name>
                    <idno type="viaf">64238553</idno>
                </author>
                <principal xml:id="uhk">Ulrike Henny-Krahmer</principal>
            </titleStmt>
      <extent>
        <measure unit="lines">1893</measure>
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                <publisher>
                    <ref target="http://cligs.hypotheses.org/">CLiGS</ref>
                </publisher>
                <availability status="free">
                    <licence target="https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/">CC BY-SA
                        4.0</licence>
                </availability>
                <date>2016</date>
                <idno type="cligs">nh0187</idno>
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            <sourceDesc>
                <bibl type="digital-source"> "Nelly." <seg rend="italic">Internet Archive</seg>,
                        <date when="2012">2012</date>, <ref target="https://archive.org/details/Nelly_620">https://archive.org/details/Nelly_620</ref>. </bibl>
                <bibl type="print-source">
                    <seg rend="italic">Nelly.</seg> Buenos Aires: Compañía Sud-Americana de Billetes
                    de Banco, <date when="1896">1896</date>. </bibl>
                <bibl type="edition-first"> "Nelly." <seg rend="italic">La Prensa.</seg>, <date when="1896">1896</date>.
                    <!--<date from="1896-01-27" to="1896-02-06">27 de enero
                        de 1896 a 6 de febrero de 1896</date>-->
                </bibl>
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            <p>The original image files have been processed with OCR. The software used was ABBYY
                Finereader 12 Professional, with Spanish as recognition language.</p>
            <p>Where applicable, the orthography has been modernized, typos have been corrected and
                gaps filled.</p>
        </encodingDesc>
        <profileDesc>
            <abstract>
                <p>
                    <quote>The scene of <seg rend="italic">Nelly</seg>, a novel of the supernatural
                        and the subconscious, is an old secluded house where a group of men are
                        spending a few days of leisure. A succession of mysterious happenings soon
                        takes place: the delirium of one of the vacationers who is so trasported by
                        his inner thoughts that he carries on a dialogue with his dead wife Nelly;
                        an old man's apparition that requests his grandson to examine some worn maps
                        and manuscripts; and a woman's anguished groans echoing through the
                        walls.</quote>
                    <bibl>Lichtblau, Myron (1959), The Argentine novel in the nineteenth century,
                        pp. 114-115. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine
                            Novel: an annotated bibliography.</seg> Lanham, Maryland, 1997, p.
                        483.</bibl>
                </p>
                <p>
                    <quote>El desarrollo es equilibrado, sigue un movimiento natural y logra por
                        ello envolver la atención del lector sin reducirla al simple objetivo de
                        descubrir el desenlace. El ambiente y los problemas se imponen a la intriga.
                        La atmósfera [...] se logra desde el primer instante, por la sola pintura
                        del caserón donde ha de comenzar el relato.</quote>
                    <bibl>Pagés Larraya, Antonio (ed.). "Estudio preliminar". <seg rend="italic">Cuentos fantásticos</seg>, p. 85. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine Novel: an annotated bibliography.</seg>
                        Lanham, Maryland, 1997, p. 482.</bibl>
                </p>
            </abstract>
            <textClass>
                <keywords scheme="keywords.xml">
                    <term type="author.continent">America</term>
                    <term type="author.country">Argentina</term>
                    <term type="author.gender">male</term>
                    <term type="text.language">Spanish</term>
                    <term type="text.form">prose</term>
                    <term type="text.genre.supergenre">narrative</term>
                    <term type="text.genre">novel</term>
                    <term type="text.subgenre.title"/>
                    <term type="text.subgenre" cligs:importance="3" resp="#uhk">fantastic</term>
                    <term type="text.narration.narrator">heterodiegetic</term>
                    <term type="text.setting.settlement.type"/>
                    <term type="text.characters.protagonist.gender"/>
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            <change when="2016-10-15" who="#uhk">Initial TEI version.</change>
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    </teiHeader>
    <text>
        <front>
            <div>
                <head>Nelly</head>
                <head>Novela escrita por el Dr. Eduardo L. Holmberg</head>
                <head>(Folletín de "La Prensa").</head>
                <p>Mañana tendremos la satisfacción de ofrecer a nuestros lectores el primer número
                    de la novela del Doctor Eduardo L. Holmberg, uno de los más originales
                    escritores de nuestra historia literaria, muchas veces enriquecida con obras
                    suyas, en las que el propósito trascendental se ha unido siempre a la forma
                    agradable, ligera, encantadora, que es patrimonio del autor, y en la cual se
                    advierte una vigorosa fusión de la noble raza de origen con la riquísima
                    naturaleza de nuestra salvaje América.</p>
                <p>Holmberg no es de aquellos que deban ser presentados con ceremonia, como uno de
                    esos nobles aparecidos de la noche a la mañana en la sociedad democrática, o
                    como genio ignorado, autor de maravillas inéditas: sus pergaminos literarios
                    están suscritos por las más autorizadas firmas, y ni se encierran en herméticos
                    tarros de lata, para salvarse de la descolorante acción del aire, cual si
                    dijéramos, de la destructora influencia del análisis.</p>
                <p>No tal; este escritor es de los qué ponen sus títulos de nobleza y sus placas
                    honoríficas a la disposición del pueblo, seno fecundo de donde salimos todos y a
                    donde todos volvemos al fin, por más arriba que nos lleve a veces el remolino de
                    la casualidad o de nuestra inconsciente fortuna. Tampoco hace comedia ni papel
                    para aumentar en importancia social sus méritos positivos, como los quilates de
                    fino que tiene una pieza de oro, que siempre de oro ha de ser donde quiera que
                    se encuentre. El vale porque vale; y descuidado, mal vestido, franco,
                    irreverente, supersticioso, sabio e infantil, en cualquiera balanza que se le
                    ponga pesa lo mismo.</p>
                <p>Pero terminemos estos prolegómenos, y digamos que <seg rend="italic">Nelly</seg>
                    es una de esas creaciones propias de Holmberg, con mucho mas espíritu novelesco
                    que de ordinario acostumbra, llena de un interés vivísimo que se apodera del
                    lector desde los primeros pasajes para llevarlo de emoción en emoción hasta el
                    último, al cual el lector llega deslumbrado, enceguecido por la riqueza del
                    elemento imaginativo, la variedad de los tipos y los cuadros, movidos muchas
                    veces por magia diabólica, aprendida en los misterios de Walpurgis, y por la
                    pericia con que el autor, hombre de toda ciencia, ha sabido aprovechar los
                    recursos artísticos de las novísimas ciencias psico-físicas, que en los
                    nebulosos tiempos de Raimundo Lulio habrían hecho creer en la presencia
                    substancial de Lucifer.</p>
                <p>Narración intensamente atractiva es esta, en la cual, gracias a la manera como
                    han sido combinados los lugares de la acción, nos encontramos, ya en plena
                    Europa, ya en plena Pampa argentina, y si se quiere, en pleno ideal, siguiendo
                    la peregrinación de un joven, sediento de conocer un secreto de ultratumba,
                    secreto de mujer que sólo allí será revelado, cuando estén de nuevo reunidos en
                    el último lecho nupcial....</p>
                <p>«Te lo diré al oído»,—que pudiera ser el titulo de la novela,— «te lo diré al
                    oído», fueron las últimas palabras de la dulce, amorosa y pálida Nelly» aquella
                    almita tenue, pero cálida y vibrante, que tenía la virtud de los verdaderos
                    amores, la de adivinar lo que su amado sentía lejos de ella, y más aún, de
                    sentir ella misma a distancia, y en espíritu y en verdad, los efectos reflejos
                    de las pasiones que a su adorado amigo asaltaban en pueblos y climas
                    remotos.</p>
                <p>Nelly — ¡ah, la dulce y melancólica criatura, hija de las nieblas
                    septentrionales!—se queda para siempre en la memoria, en ese Armamento infinito
                    de la fantasía, semejante a una visión soñada en sueño venturoso, alta, envuelta
                    en túnica blanca como las espumas de una ola, la ola de pasión casi mística que
                    la arrebata, y la lleva al sepulcro, y le da, todavía, más alta existencia real
                    en la vida de su esposo, de ese misterioso Edwin, inglés perfecto,
                    aristocrático, casi azul de puro noble, pero ligado a la vida por su naturaleza,
                    y a la muerte por su destino y por aquel secreto de Nelly que sólo «te lo diré
                    al oído....»</p>
                <p>Seguir mas allá sería develar los encantos que sólo al lector pertenecen: a él le
                    dejamos esa agradable tarea, seguros de que, al empezar la lectura de <seg rend="italic">Nelly</seg>, apenas podrá perdonarnos el que no se la demos
                    toda de una vez, para leérsela de un respiro</p>
                <p>El interés novelesco que despierta, las profundas emociones que procura, y los
                    goces intelectuales que encierra para los que tal prefieren en los libros, son
                    cosas que no debemos anticipar, porque son la sorpresa del obsequio.</p>
                <p>Entretanto, y pasando por sobre algunas reglas de modestia, pues se trata de la
                    obra de un querido colaborador de <seg rend="italic">La Prensa,</seg> el autor
                    de <seg rend="italic">Nelly</seg> reciba nuestras más sinceras felicitaciones
                    por este que será, sin duda, uno de sus mejores triunfos literarios, aunque en
                    él se vea que ha querido más bien hacer una narración interesante y novedosa,
                    que una obra de intensa y atildada literatura.</p>
                <p>Al público, el juicio definitivo.</p>
                <ab type="signed">J. V. G.</ab>
                <ab type="dateline">Buenos Aires, Enero 26 de 1896.</ab>
            </div>
            <div>
                <head>Dedicatoria</head>
                <ab type="address"><seg rend="italic">Sr. Profesor Baldmar F. Dobranich</seg>.</ab>
                <ab type="address">Distinguido amigo:</ab>
                <p>Cierta noche de Abril de 1895 leíamos en la casita rosada del Jardín Zoológico
                    los manuscritos de <seg rend="italic">La bolsa de huesos</seg>. La luz de la
                    luna llena inundaba el ambiente agitado de rato en rato por los bramidos de los
                    leones y leopardos enjaulados; y este conjunto, unido a la placidez de la noche
                    de Otoño, a lo semitétrico de la lectura y de la luz artificial que alumbraba
                    los manuscritos, produjo en usted, y un poco en mí, una sensación extraña que
                    suele experimentarse en los viajes, y a las mismas horas, al escuchar en los
                    mares el chasquido de los rizos en las velas, o en los bosques el rumor de los
                    árboles—un soplo de misterio que bien podría llamarse aura poética o de
                    inspiración, generatriz inmediata o lejana de ciertas creaciones, en las cuales,
                    por más que disfracemos las formas, queda siempre flotando nuestro propio
                    sentimiento.</p>
                <p>Qué grande facultad es la atención!</p>
                <p>Para ella todo es sugestivo, y cuanto más creemos emanciparnos de su influencia,
                    cuanto mayor es el esfuerzo que desarrollamos para sustraernos, en las
                    operaciones de la imaginación, a los encadenamientos de ideas que ella provoca
                    en una fantasía bien desenvuelta, tanto mayor es su actividad avasalladora; y
                    así, cuando hay dos inteligencias que guardan entre sí cierta armonía, no es
                    difícil que haya también analogía en la filiación de aquellas ideas, por más que
                    las inclinaciones de la instruc-cion y del carácter hayan sido aparentemente
                    diversas.</p>
                <p>Así podemos explicarnos que, después de aquella lectura, regresáramos a su casa
                    ocupándonos de temas que no tenían vinculación aparente con aquella, pero que,
                    en verdad, hoy podemos considerar como irradiaciones desprendidas de <seg rend="italic">La bolsa de huesos</seg>. Conversamos de viajes, de paisajes,
                    de lenguas orientales, de faquires, de serpientes, de música, de política
                    universal, y un poco de Islandia, de California, de Australia y de la Tierra del
                    Fuego—y, cuando llegamos a su casa, sin decir una palabra, tomó un cuaderno, lo
                    abrió sobre el atril del piano y consagró sus impresiones de conjunto
                    interpretando, como usted sabe hacerlo, esa sublime explosión de amor a la
                    Naturaleza, esa nota grandiosa de un alma llena de profundidades de misticismo
                    panteísta, la <seg rend="italic">Sinfonía pastoral</seg> de Beethoven... y no
                    tocó más.</p>
                <p>Las impresiones que usted había experimentado en el Jardín, y que yo casi no
                    advierto ahora por la fuerza de la costumbre, se sintetizaron quizá para usted
                    al ejecutar aquella obra del eximio maestro, y así, lo que para su espíritu
                    completaba una efeméride mental, para el mío era una nueva fuente de
                    insinuaciones que debían dispersarse en mi propio panorama interno. El canto del
                    Ruiseñor en la <seg rend="italic">Sinfonía</seg> no me había impresionado más
                    que los de los pastores, las danzas y el rumor de la lluvia y de los
                    arroyos.</p>
                <p>No sé por qué; pero mi síntesis, mi desahogo , mi efeméride mental, pedía el
                    canto del Chingólo, y con esa impresión me despedí. He oído cantar a la Patti y
                    también a la Calandria, a aquella en los esplendores del teatro y a ésta entre
                    las sombras de la selva, y para las dos cantatrices tengo el aplauso que les
                    dedican el entusiasmo y la educación universal; pero cuando, emocionado de
                    alguna manera, se desenvuelve en mí el sentimiento de la patria con todas las
                    proyecciones al pasado y al porvenir, niña gloriosa que nace coronada de
                    laureles entre los pliegues de azul y blanco, y mañana matrona soberana que
                    tenderá esos mimos colores sobre la multitud de millones de hombres amantes del
                    derecho, de la justicia, de la libertad y de la santa paz del trabajo; cuando
                    escucho todos esos rumores de la vida y de la civilización, confundidos en una
                    gran sinfonía intraducibie, oigo aquel canto que me parece un símbolo, «melodía
                    nocturna, como una evocación al porvenir y una promesa de bendición».</p>
                <p>No usted, pero alguien sí, preguntará cómo la contemplación de una espléndida
                    noche de Otoño en Buenos Ayres, y el bramido de leones enjaulados, podían
                    vincularse con la <seg rend="italic">Sinfonía pastoral </seg>de Beethoven. Pues
                    ahí está una de las maravillas de la trama cerebral.</p>
                <p>De la misma manera podría preguntarse por qué motivo, en aquella misma noche, y
                    al regresar a mi casa, me senté a escribir, y escribí hasta la mañana siguiente,
                    las páginas que, reunidas después de otras sesiones de pendolismo, se agrupan en
                    un todo que lleva el nombre de <seg rend="italic">Nelly</seg>.</p>
                <p>De esto hemos platicado más de una vez, y no hay para qué insistir.</p>
                <p>Pero, lo que he reservado para este momento, y se lo he reservado como una
                    sorpresa amistosa, que usted aceptará sin duda, es que mi obra, tal como es,
                        <seg rend="italic">se la dedico</seg>, más que como un acto de cortesía,
                    como expresión de aquel conjunto de circunstancias a que aludí al comenzar.</p>
                <p>Cierto día, el Dr. Adolfo Dávila, que conocía su existencia, se empeñó en
                    publicarla como folletín de <seg rend="italic">La Prensa, y</seg> el 26 de Enero
                    de este año, el Dr. Joaquín V. González, de la redacción del mismo diario, la
                    anunció a sus lectores por medio de un artículo que incluyo en este librito (y
                    que apenas ha retocado su autor después de autorizar la publicación aquí),
                    porque es también uno de los pergaminos de que él habla, y lo hago con cierta
                    vanidad infantil que debe parecerse mucho a la de llevar en el pecho
                    condecoraciones y medallas. Si alguien me acusa de inmodesto al estamparlo como
                    prólogo, recuerde o sepa que el éxito de <seg rend="italic">Nelly</seg> se
                    debió, más que a su propio mérito, a esos párrafos elegantes y entusiastas de
                    Joaquín González, y si ésto no le parece un motivo, dígaseme ¿ ganaron bien las
                    cruces todos los que las llevan? y en último caso ¿por qué no he de recordar a
                    nuestro compatriota el Coronel Rojas, cuando, al penetrar en un salón en que se
                    hallaba Bolívar, dijo éste al verle hacer un saludo seco: «¡Porteño para no ser
                    altanero!» y dando frente al Dictador el guerrero Argentino, se desprendió el
                    capote militar y mostrando sobre el pecho los premios de cien combates,
                    contestó: «¡Mi trabajo me cuesta!»?</p>
                <p>Sea lo que fuere, jamás he recibido felicitaciones más expresivas, más sinceras y
                    más altas que las que ha motivado <seg rend="italic">Nelly</seg> — ni tampoco he
                    escrito páginas más discutidas en el sentido de determinar si es una obra
                    sentimental o humorística.</p>
                <p>Y yo ¿qué sé de esas cosas?</p>
                <p>La única escuela literaria que puedo obedecer es la de la espontaneidad de mi
                    imaginación; mi única escuela científica es la de la verdad.</p>
                <p><seg rend="italic">Nelly</seg> flotaba.</p>
                <p>Cierto día, en 1893, la voluntad dijo: «escribe! y escribe como los demás; es
                    necesario someterse a los preceptos!» y di comienzo a <seg rend="italic">La casa
                        endiablada;</seg> pero los preceptos la hicieron dormir un año después del
                    2° capítulo, hasta que la espontaneidad triunfó y la terminé.</p>
                <p>Pero quedó algo, y a principios de 1895 escribí <seg rend="italic">La bolsa de
                        huesos</seg>.</p>
                <p>Pero también quedó algo.</p>
                <p><seg rend="italic">Nelly</seg> flotaba.</p>
                <p>Cómo se tradujo, cómo apareció y por qué causa determinante, usted lo sabe
                    ahora.</p>
                <p>Una observación, para terminar.</p>
                <p>Nada más grato que la crítica.</p>
                <p>Entre las numerosas personas que me han hablado de <seg rend="italic">Nelly,</seg> algunas me han dicho que es corta, que el final se
                    precipita.</p>
                <p>No comprendo esto.</p>
                <p>En los diálogos, creo que los personajes dicen todo lo que tienen que decir.
                    Cuando Nelly habla con Edwin, se expresa, supongo, con la corrección de una
                    señorita educada que no regala a los lectores treinta páginas de diálogo
                    amoroso, por temor de decir muchas tonterías, y me parece que en la conversación
                    que precede a la despedida de Edwin, el tema no se puede desarrollar más, so
                    pena de escribir un tratado de filosofía. La narración de Edwin corresponde a su
                    objeto. Si se extendiera más, dejaría de ser cortés y haría olvidar el asunto
                    principal. El interés que despiertan el Egipto y la India se debe más a los
                    temas que a lo que él dice, y, en todo caso, los historiadores y los geógrafos
                    los han tratado muy bien. Los «devaneos de turista» como algún excelente amigo
                    ha clasificado las aventuras de Edwin con la Almea y la Bayadera, se encuentran
                    bien tratados en el Kama-Sutra, en la Biblia y en otros libros análogos, cuya
                    lectura no es popular.</p>
                <p>El cuadro relativo a la muerte de la madre de Miguel y de Serafina es tal vez lo
                    más discreto de toda la obra, y, por último, lo que ocurre en Inglaterra y su
                    desenlace son la consecuencia de lo anterior.</p>
                <p>¿Más episodios? ¿Para qué?</p>
                <p>Que los personajes, particularmente Miguel y sus compañeros, no se diferencian
                    casi en su modo de hablar? Es natural. Individuos de la misma categoría social,
                    de la misma educación — iguales — ¿por qué motivo han de hacer morisquetas
                    propias o emplear términos distintos, si eso no tiene objeto?</p>
                <p>Dos hombres de mucho talento han hallado en <seg rend="italic">Nelly</seg> dos
                    tipos opuestos. Uno, Joaquín González, la llama «dulcísima y melancólica
                    criatura.... semejante a una visión soñada en sueño venturoso»; otro (que no
                    nombro, porque me lo ha dicho en carta) la considera «el tipo más perfecto de la
                    mujer <seg rend="italic">clavo</seg>»...</p>
                <p>¿Qué mucho, si un mismo lector, en un mismo libro, encuentra a veces dos
                    espíritus? A los quince años leí el <seg rend="italic">Quijote</seg>, y fue
                    tanto lo que me hizo reir a desternillarme, que me enfermé. A los veintitrés no
                    me hizo reír, pero me hizo pensar.</p>
                <p>¿Diré algo de los que afirman que <seg rend="italic">Nelly</seg> no tiene
                    desenlace, y que, después de un examen prolijo, resulta que no han leído los
                    últimos números?</p>
                <p><seg rend="italic">Nelly</seg> no es una obra doctrinaria. ¿Por qué?</p>
                <p>¿Para qué?</p>
                <p>¿Doctrinas? En la cátedra o en el libro de otro corte.</p>
                <p>¡Cómo! ¿Porque usted es un excelente filólogo y un profesor incomparable no ha de
                    poder tocar el piano, o leer a sus chiquilines un cuento de hadas?</p>
                <p>¿Seré tan desgraciado que por el hecho de haber profesado la doctrina de la
                    evolución y porque ahora lidio con rejas, paredes, plantas y animales en el
                    Jardín Zoológico no he de poder asistir a una representación del «Juan Moreira»
                    o de «La verbena de la paloma»?</p>
                <p>Cada cosa a su tiempo.</p>
                <p>En alguna otra ocasión le he de referir un cuento muy interesante de un Coronel
                    sordo que castigó a toda la banda de música; pero, como necesita un poco de
                    mímica, no puedo contárselo ahora.</p>
                <p>Antes de firmar, leo lo que precede y encuentro que comencé a escribir con cierta
                    gravedad y que ahora tengo tentaciones de penetrar de lleno en mis
                    espontaneidades.</p>
                <p>¡Preceptos! Para preceptos sirvo yo.</p>
                <p>Con mucho más por ahora, deseo que acepte a la «dulcísima y melancólica» <seg rend="italic">Nelly</seg> y el abrazo de que es portadora — tanto más cuanto
                    que hoy cumple un año y la pobrecita quiere dar los primeros pasos.</p>
                <ab type="signed">E. L. Holmberg.</ab>
                <ab type="dateline">Buenos Ayres, Abril 15/96.</ab>
            </div>
        </front>
        <body>
            <div>
                <head>I.</head>
                <head>Edwin.</head>
                <p>El caserón del viejo General parecía un cuartel,—y lo había sido en su
                    tiempo;—pero el andar de los años y el cambio de las cosas, habían transformado
                    las grandes cuadras en depósitos de herramientas y de lanas, en bodegas y en
                    graneros.</p>
                <p>Ningún recuerdo vivo palpitaba en sus ámbitos sombríos; ningún eco de relaciones
                    de guerra o de batalla descendía de los gruesos tirantes de palmera, de los que
                    colgaban, como ñecos o cendales, las telarañas empolvadas de cincuenta
                    generaciones.</p>
                <p>En las paredes, muchas veces blanqueadas, se habían borrado todas las marcas e
                    inscripciones, todos los símbolos de amor o de queja, y solamente alguna vez, en
                    el corredor, cuando la luz caía muy oblicua, y por depresión de la cal, se
                    señalaba algún corazón flechado, o un letrero enigmático, que esculpieran
                    artífices anónimos, y que sin duda dormían ya el último sueño en algún rincón
                    ignorado del vasto mundo.</p>
                <p>No tardó machas semanas el arquitecto en echar el plano sobre el papel, si es que
                    lo hubo.</p>
                <p>Planta cuadrada, con un inmenso patio de igual forma en el centro, y corredores
                    sostenidos por pilares de quebracho, hacia el patio y en el exterior. Techo de
                    tejas. El costado que miraba al Este ofrecía mayor número de aposentos, siendo
                    de altos los de la porción central, y en esta parte del edificio se adosaba, al
                    cuerpo elevado, un mirador con almenas.</p>
                <p>La propiedad era vastísima; pero toda ella atendida a la moderna, lo que habría
                    disgustado en extremo al viejo General, si se hubiera asomado por la reja de su
                    tumba de mármol, después de apartar, con los huesos del brazo, las coronas de
                    siemprevivas que casi cubrían su féretro.</p>
                <p>Los hijos respetaron el caserón, concediéndole solamente algunas manos de cal
                    para rejuvenecerlo, y quitaron a la Pampa su aspecto uniforme, salpicándola de
                    montes de duraznos, de eucaliptos, de sauces, de álamos y acacias, y los nietos,
                    mas tarde, adornaron la parte que quedaba del lado del Naciente con jardines y
                    parques, y aumentaron los cultivos mayores con viñedos.</p>
                <p>Algunas veces, la familia veraneaba allí, y entonces, a la animación de la vida
                    campestre reemplazaban el movimiento y alegría de los puebleros.</p>
                <p>El piano se dejaba oír con frecuencia; los caballos, los petizos, los carruajes,
                    iban y venían, mien-tras que las sombrillas y trajes vistosos daban la nota
                    brillante de color.</p>
                <p>Pero cuando Mayo llegaba, todo ésto se desvanecía; cerrábanse los armarios llenos
                    de sombreros de paja, de pantallas y de látigos; los colchones se doblaban sobre
                    las cujas y marquesas, y los caballetes, haciendo guardia en los aposentos, eran
                    ensillados con las monturas cubiertas por los mandiles; una funda de brin con
                    vivos rojos envolvía el piano, y millares de moscas condenadas daban comienzo a
                    sus bailes fantásticos entre los postigos cerrados y los vidrios.</p>
                <p>Entonces reinaba allí el silencio, y se animaba en cambio la casa solariega de la
                    ciudad.</p>
                <p>En las piezas altas, todo quedaba como antes, porque uno de los nietos, joven de
                    30 años, visitaba la estancia con frecuencia y aun se quedaba en ella semanas
                    enteras, atendido por el sirviente que le acompañaba siempre, mientras que la
                    encargada de ventilar las piezas, de cuando en cuando, era la mujer del
                    jardinero.</p>
                <p>Insigne cazador, surtía de perdices, de patos y de chorlos a la familia ausente;
                    dedicaba una hora, todas las tardes, al cuidado y limpieza de sus armas, y el
                    resto de su tiempo lo distribuía en la lectura o en paseos a caballo.</p>
                <p>Poco tenía que preocuparse de tas atenciones rurales, porque para eso estaba allí
                    el Administrador, en el que la familia tenía una fe ciega.</p>
                <p>Era muy raro que Miguel fuese solo a la estancia, porque casi siempre le
                    acompañaban uno o mas de sus amigos, los cuales, de un nivel social como el
                    suyo, gozaban allí de la mas completa libertad y podian entregarse a sus
                    respectivos gustos, sin que nadie les incomodara, de modo que, solos unas veces,
                    y en compañía otras, se dedicaban a la pesca, a la caza, a la música o a
                    lectura, según soplara el viento para cada uno.</p>
                <p>Por esto mismo nadie se fastidiaba, aunque Miguel y muchos de sus amigos eran
                    hombres de club, párias de la alegría serena y sacerdotes del <seg rend="italic">spleen</seg>.</p>
                <p>—«¿Porqué no me acompañas unos días en la estancia? me voy mañana»—me dijo en
                    cierta ocasión.</p>
                <p>—«¿En qué tren te vas?»</p>
                <p>—«En el primero.»</p>
                <p>—«Muy bien. Si me animo, tomaré contigo el primer tren.»</p>
                <p>— «Sale a las 7; no lo olvides.»</p>
                <p>—«A las 7 menos cuarto nos servirán el café en la estación.»</p>
                <p>Conocía el modo de ser de mi amigo, y no necesitaba hacerle preguntas. Por lo
                    demás, aquel viaje sería un descanso,— y no era poca la falta que me hacía.</p>
                <p>Cuando el primer tren se puso en marcha, Miguel y yo, en un departamento pequeño,
                    hablábamos de las maravillas que íbamos a realizar con nuestras escopetas.</p>
                <p>No estábamos solos, sin embargo. Tres jóvenes más se ocupaban de lo que les
                    parecía mas conveniente.</p>
                <p>Leía el mayor un diario de la mañana; el menor desarreglaba y arreglaba una
                    balija, y el tercero, con las piernas cruzadas y estiradas, daba apoyo a los
                    talones bajo el asiento de enfrente.</p>
                <p>Su pipa de madera contenía tabaco para diez leguas.</p>
                <p>Después de un cuarto de hora de conversación, Miguel se puso de pié y miró de
                    cierto modo.</p>
                <p>—«¿Parece que ustedes no se conocen?»—preguntó.</p>
                <p>—«Quizá de vista.»</p>
                <p>Mediaron las presentaciones. Al llegar al de la pipa, su formalidad alcanzó
                    límites diplomáticos:</p>
                <p>—«El señor Edwin Phantomton.»</p>
                <p>—«Caballero........»</p>
                <p>—«Señor........»</p>
                <p>Con el único antecedente de los nombres, era difícil hallar tema de conversación;
                    pero tratándose de un inglés, la tarea se facilitaba con esas mil trivialidades
                    que sirven de prólogo a expansiones mas íntimas y al desarrollo de temas mucho
                    mas serios.</p>
                <p>El señor Phantomton era rubio y delgado, usaba bigote caído, y en sus ojos vagaba
                    una niebla de misteriosa sugestión. Vestía correctamente, como todos los
                    ingleses acomodados, y conversaba con la franqueza de un hombre que dice lo que
                    piensa, lo cual no suele ser agradable para los que no piensan lo que dicen.</p>
                <p>Todos íbamos a la estancia de Miguel, en cuya compañía pasaríamos diez días.</p>
                <p>Después de unas tres horas de viaje, llegamos a la estación de parada. Dos
                    carruajes estaban esperándonos. En uno de ellos se colocaron las balijas, las
                    cajas y los perros, y en el segundo nos acomodamos nosotros.</p>
                <p>Estábamos a fines de Junio. El aire fresco, pero no frío; mas bien agradable y
                    siempre puro. El cielo sin mancha, aunque, a Poniente, una banda negra. Al
                    Sudeste nubarrones blancos.</p>
                <p>A las once llegamos a la estancia. El Administrador salió a recibirnos, y después
                    de los saludos, de estirar las piernas y un poco los brazos, Miguel nos invitó a
                    subir a los altos para arreglarnos, bajar y almorzar.</p>
                <p>La mesa estaba tendida y pronto la rodeamos.</p>
                <p>Cuando hubimos terminado, Miguel se levantó antes que los demás y dijo:</p>
                <p>—«Caballeros: desde ahora haga cada uno lo que mejor le agrade. Hay perdices y
                    mulitas en el campo. En la cocina siempre hay huevos y carne fresca; en aquel
                    armario, botellas y conservas; en la antesala está la biblioteca. Sr.
                    Phantomton, usted ya sabe lo que nosotros entendemos por ‘está usted en su
                    casa', cuando se dice a un amigo.»</p>
                <p>—«Oh! gracias. ¿Va usted a cazar?»</p>
                <p>—«Si usted quiere acompañarme, tendré el mayor gusto.»</p>
                <p>—«Yo lo tendré en acompañarlo, pero no en cazar; su señorita hermana no me ha
                    exigido que las perdices que debo mandarle sean muertas por mi; es lo mismo que
                    las mate usted.»</p>
                <p>—«¡Pero, hombre! y yo que había creído que usted era un excelente tirador!»</p>
                <p>—«Regular, regular; pero hoy no; <seg rend="italic">mañana</seg>, como dicen
                    ustedes los porteños.»</p>
                <p>—«¿Y qué más tiene mañana que hoy?»</p>
                <p>—«Presiento un cambio atmosférico, y, si he de decir la verdad, mis nervios no
                    prometen nada bueno.»</p>
                <p>—«Los nervios se le han de calmar con buenos churrascos y cimarrones.»</p>
                <p>—«¿Cimarrones? ¿qué es eso?»</p>
                <p>—«¡Cómo! Usted que habla ya nuestro idioma como nosotros ¿no sabe lo que es un
                    cimarrón?»</p>
                <p>—«Verdaderamente no.»</p>
                <p>—«Mate amargo.»</p>
                <p>—«Oh! mate! si ¿cómo no? Yo tomaré mate.»</p>
                <p>—«Bueno, cuando usted lo desee, no tiene más que hacer que pedirlo.»</p>
                <p>Un momento después, nos dispersábamos por el campo, como bandada de muchachos
                    alegres, y dábamos una batida formidable a las perdices, que caían atravesadas
                    por el plomo, como si ello hubiera sido su única ocupación.</p>
                <p>El Sr. Phantomton había elegido el parque. Lle-vaba un libro bajo el brazo, y la
                    pipa bien cargada.</p>
                <p>A las dos y media regresó al comedor. Tomó una copa de whisky con soda, y
                    continuó su paseo, su lectura y los cariños a su pipa.</p>
                <p>En uno de tantos zic-zags de cazadores, me encontré con Miguel.</p>
                <p>—«Compañero, yo me planto. Esto pesa ya mucho.»</p>
                <p>—«Yo también; regresaremos juntos entonces.»</p>
                <p>—«Dime, Miguel: mas o menos, yo conozco a esos dos jóvenes criollos que nos han
                    acompañado; sus familias son bien conocidas, y fácilmente nos entenderemos; pero
                    me harías un servicio si me dijeras quién es ese joven inglés que tiene un
                    apellido tan raro como su mirada.»</p>
                <p>—«¿Por qué raro?»</p>
                <p>—«¿Su apellido?»</p>
                <p>—«Sí.»</p>
                <p>—«Pero hombre! tú sabes inglés.»</p>
                <p>—«¡Es cierto! <seg rend="italic">Phantomton</seg>, el sitio o lugar del
                    fantasma!»</p>
                <p>—«Ya ves que es un apellido extraño.»</p>
                <p>—«Pero me suena como <seg rend="italic">Phantendon</seg>.»</p>
                <p>—«Pero es <seg rend="italic">Phantomton</seg>.»</p>
                <p>—«Así es! ¿Y la mirada?»</p>
                <p>—«No sé lo que le encuentro; pero tiene algo de melancolía agria; la expresión de
                    un hombre que lucha con la vida y con el dolor; pero que quiere vivir, y vivir
                    feliz. En sus ojos no hay un solo destello del suicida.»</p>
                <p>—«Me parece que si tu escopeta hubiese chingado como tus observaciones, no
                    tendrías una sola perdiz en el morral.»</p>
                <p>—«No te he dicho que haya hecho observaciones; se han hecho solas al conversar
                    con él; ni pretendo ser infalible, porque ésto se deja para el Papa.»</p>
                <p>—«¿Y si yo te dijera que ese inglés está enamorado?»</p>
                <p>—«Te diría que eso está de acuerdo con mi idea de que lucha con la vida y quiere
                    ser feliz.»</p>
                <p>—«Bueno, pues: Edwin, según dicen algunos, es el novio aceptado de mi hermana
                    Serafina. Mi madre lo estima mucho, y nosotros también. Es un caballero
                    perfecto, vinculado a la Legación Británica, y nos ha sido presentado por el
                    Ministro inglés.»</p>
                <p>—«Mira, Miguel: mi pregunta no es la de un simple curioso. Probablemente
                    permaneceremos aquí diez días, y nada te cuesta comprender que no es al Sr.
                    Phantomton a quien voy a preguntarle, para facilitar nuestras relaciones, de
                    dónde viene, quién es, y a dónde va.»</p>
                <p>—«Es porque no eres diplomático.»</p>
                <p>—«Y ¿para qué necesito serlo?»</p>
                <p>—«Para tener paciencia. El no me ha preguntado quién eres tú, porque sabe que tú
                    mismo se lo harás saber.»</p>
                <p>—«Es que él es un diplomático del Norte.»</p>
                <p>—«Y tú del Sur.»</p>
                <p>—«No faltaría más sino que ahora anduviéramos con etiquetas para dirigirnos una
                    pregunta.»</p>
                <p>—«Esa no es la cuestión.»—dijo Miguel, tapándose una parte del bigote con el
                    labio inferior, abriendo los ojos y balanceando la cabeza.—«¿Sabes? Si es cierto
                    que Edwin está de novio con Serafina, no se casará con ella mientras yo no sepa
                    qué motivos son los que comunican a sus ojos una expresión tan rara. ¿Has oído
                    ahora?»</p>
                <p>—«Supongo que no me guardarás resentimiento por la pregunta?»</p>
                <p>—«¡Lucidos estaríamos!»</p>
                <p>—«No; pero tratándose de una persona casi vinculada a tu familia........»</p>
                <p>—«Eso no importa. He querido dejar correrla broma sólo por ver si algo se te
                    ocurría; pero tengo la obligación de declararte que la mirada dé Edwin me ha
                    preocupado más de una vez. Yo quiero que mi hermana se case con un hombre como
                    todos los demás, y el que tiene semejante mirada no es como los demás.»</p>
                <p>Nuestros dos compatriotas que, de lejos, nos habían visto regresar, nos imitaron,
                    y un cuarto de hora después descargábamos los morrales. El señor Phantomton
                    llegó al poco rato.</p>
                <p>El sol se había ocultado ya, no sólo porque era hora, sino porque la banda negra
                    de Poniente ha-bía subido mucho sobre el horizonte. En la penumbra de Invierno
                    veíamos sacudirse los árboles del parque, y allá, en el Sudeste, se amontonaban,
                    elevándose, los nubarrones blancos. Las aves de corral buscaban refugio en los
                    corredores del patio, mugían los toros y vacas con voces siniestras, los
                    caballos se mostraban inquietos, los balidos de las ovejas encerradas eran más
                    lastimeros, y se podía observar que los perros, después de corretear con brío
                    inusitado, buscaban la proximidad de sus amos, mostrándoles algo insólito en la
                    noble mirada.</p>
                <p>Los relámpagos se desprendieron de los nimbos, y el cielo de la noche se incendió
                    con el incesante titilar de sus fulguraciones. Rodó el trueno en las alturas; y
                    un viento furioso precedió a uno de esos aguaceros que hacen época en la
                    provincia de Buenos Ayres.</p>
                <p>Después de la sopa caliente, Edwin inició la conversación.</p>
                <p>—«¿Qué dicen ustedes de esto, señores?»—preguntó.—«¿Qué tal los nervios?»</p>
                <p>—«Como barómetros.»</p>
                <p>—«¿Con qué era que se curaba eso, don Miguel?»</p>
                <p>—«Cimarrones.»</p>
                <p>—«¡Oh! si, con cimarrones. Pues vea usted: no he tomado ninguno y observo que
                    empiezan a calmarse; pero todavía falta alguna cosa.»</p>
                <p>Mientras comíamos, conversábamos, viéndonos obligados a alzar la voz para dominar
                    el estruendo de la gruesa artillería celeste. De pronto un ruido infernal se
                    agregó a los anteriores. Avanzaban los fusileros. Una descarga de granizo
                    incesante, implacable, cubrió los campos en pocos segundos, y su gran resplandor
                    se animaba bajo el azote del relámpago,</p>
                <p>—«Felizmente,»—observó Miguel, después de un rato,—«las sementeras no han brotado
                    aún. Hoy es..... 21, ¿no es verdad?»</p>
                <p>—«21, justamente.»</p>
                <p>— «Invierno lluvioso.»</p>
                <p>—«¿Hay observaciones regulares que permitan afirmarlo?»—preguntó Phantomton.</p>
                <p>—«No: pero la experiencia..... la tradición. A propósito ¿saben ustedes que hace
                    frío? ¿No les parece que sería muy bueno encender la chimenea?»</p>
                <p>—«¡Sublime!»</p>
                <p>—«¿Qué prefieren: leña fuerte o carbón?»</p>
                <p>—«La leña es mucho mas alegre,»—dijimos en coro.</p>
                <p>—«Pues trae leña, Nicolás, y bastante ¿eh? de olivo y de ñandubay,»—ordenó Miguel
                    a su criado.</p>
                <p>A los pocos minutos, las primeras lenguas de llama lamían los trozos de madera
                    que llenaban el hogar, saltaban las chispas, y estallaban, en frecuentes
                    crepitaciones, las humedades en ellos encerradas.</p>
                <p>Después del café, rodeamos la chimenea. Nicolás levantó la mesa, colocó en ella
                    una bandeja con licores y copas, y pidió órdenes.</p>
                <p>—«Vete a comer, y, cuando acabes, trae mas leña.»</p>
                <p>—«¿Sabes, Miguel, que se me ocurre una cosa?»— dijo uno de los compañeros.</p>
                <p>—«¿Cuál?»</p>
                <p>—«Que seria muy bueno que hicieras traer mucha más, y, si hay quebracho, mejor.
                    Tengo una idea.»</p>
                <p>—«¿Incendiar la casa?»</p>
                <p>—«Mejor que eso. Aunque no soy friolento, preferiría dormir aquí. Allá arriba no
                    hay chimenea.»</p>
                <p>—«¡Pero, hombre! tienes razón; no se me había ocurrido. ¿Has oído, Nicolás?»</p>
                <p>—«Sí, señor.»</p>
                <p>—«Bueno; ya sabes lo que hay que hacer.»</p>
            </div>
            <div>
                <head>II.</head>
                <head>Un gemido.</head>
                <p>—«En una noche como esta»—dijo Miguel— «hace cinco años, ocurrió aquí un
                    accidente singular. Nos hablamos venido a pasar unos días con mi padre, y
                    estábamos sentados en este comedor, cuando el reloj dio las once,—‘¿No te parece
                    que nos vayamos a acostar?’—‘Vamos.’—‘Mira, hay mucha leña ahí; podría saltar
                    una chispa, y es mejor apagar estas brasas; échales un poco de agua con la
                    jarra.’— Así lo hice. Una nube de vapor se levantó de los gruesos tizones que
                    chirriaron bajo el chorro, y nos fuimos a acostar, después de apagar las luces.
                    Iba yo delante para alumbrar con fósforos; llevaba la caja en una mano y una
                    cerilla encendida en la otra, cuando un trueno formidable, algún rayo que cayó
                    cerca, me hizo estremecer y soltar la caja, que cayó al piso bajo, pasando por
                    la baranda de la escalera. Me preparaba a bajar para buscarla, cuando oí a mi
                    padre que me decía:—‘No te preocupes, yo tengo aquí.'—En efecto, él hizo luz.
                    Cuando llegamos al saloncito, encendió la lámpara de kerosene, dejó la caja
                    sobre la carpeta, y nos sentamos junto a la mesa a comentar nuestras
                    impresiones. En eso estábamos, cuando se le ocurrió alguna consulta.—‘Mira'— me
                    dijo,—‘baja, y traeme de la biblioteca <seg rend="italic">Les méteores</seg> de
                    Rambosson. —Había llegado a la antesala, donde está el armario con los libros, y
                    ya llevaba la mano al que buscaba, cuando otro trueno, mas fuerte aún que el
                    anterior, me sacudió casi a punto de hacerme soltar el candelero. Al mismo
                    tiempo, un gato infame, que estaba sobre el armario, me saltó encima y me apagó
                    la vela. En eso oigo la voz de mi padre que gritaba: —‘¡Miguel! ¡Miguel! ¡ven
                    pronto!’—Corro entre las tinieblas, y, en la confusión, busco la escalera y no
                    la encuentro.—‘¡Miguel! ¡Miguel! ¡pronto!’ —gritaba mi padre. Busco, tanteo las
                    paredes, llego a una ventana y se me ocurre abrir un postigo. A la luz de un
                    relámpago, reconozco que estaba en el aposento que precede al de la escalera.
                    Llego a ésta, y apenas he trepado cinco escalones, siento pasos precipitados
                    hacia mí,—‘¿Quién va?’ —grito, y un formidable ‘¡<seg rend="italic">Ñau!</seg>’
                    se confundecon la voz de:—‘¡Fuego!’ En un momento estoy arriba, y me encuentro a
                    mi padre que procuraba extinguir un incendio con una almohada. Felizmente él
                    estaba ileso. Arranco la carpeta con todo lo que había encima, saco las cobijas
                    de nuestras camas, y consigo dominar el fuego.—‘Y ahora ¿qué
                    hacemos?’—‘¡Luz!—‘Sí, pero usted tiene los fósforos!’—'¿Qué quieres que yo los
                    tenga, muchacho, si han ardido como pólvora?’—‘Pues voy a buscar los que se me
                    cayeron.’—Bajo la escalera y empiezo a tantear por el suelo. Nada. Abro un
                    postigo, y, a) ver luz, se me avalanza el gato, me da un susto, atropella un
                    vidrio, lo rompe y se escapa. Después de media hora de tarea inútil, vuelta a
                    subir, y buscando entre los bolsillos de una levita que había en mi ropero,
                    encuentro un fósforo. Ahora el problema:—‘¿Qué se hace con este fósforo? ¿Ir a
                    buscar el candelero y prenderlo en la antesala, o bajar y encenderlo cerca de la
                    caja de fósforos?’—‘Esto’— dijo mi padre. Bajo, y calculando por donde habría
                    caido la caja, enciendo el fósforo, y una racha, engolfada por el vidrio roto,
                    me lo apaga.—‘Y ahora ¿qué hacemos?’—preguntaba desde arriba.—‘Y ¿qué
                    hacemos?’—le decía yo desde abajo.—‘Acostarnos al tanteo.’—‘Eso es muy bueno;
                    pero.....y.....las cobijas?’—‘¡Diantre, tienes razón: tomaremos las de tus
                    hermanas.’—'¿Y las llaves?’—‘¡Otra!’—‘Pero ¿cómo fue la cosa?’—‘Ese gato maldito
                    que entró corriendo, saltó por sobre la mesa, se llevó la lámpara por delante,
                    la volteó y la hizo pedazos sobre la carpeta; de aquí el fuego. Bien, hijo mío,
                    si no se te ocurre algo mejor que a mí, yo, por mi parte, me voy a acostar sin
                    cobijas.—‘Pues yo me quedo a buscar los fósforos.’—Haría media hora que buscaba,
                    tanteando el suelo, cuando oigo que mi padre se reía a carcajadas.—‘¡Miguel!
                    ¡Miguel! ya tengo luz!’— ‘¿Dónde?'—‘¡En poder de Nicolás, hombre de Dios!' —'Yo
                    creía que en <seg rend="italic">Los Meteoros</seg> de Rambosson,' —le contesté
                    con ironía, al ver que a ninguno de los dos se nos había ocurrido empezar por
                    ahí. Llamé a Nicolás, y todo se facilitó entonces. Era la una de la mañana.»</p>
                <p>Festejamos la narración, por la rapidez con que fue hecha, y Edwin, poniéndose de
                    pié, y acercándose a la mesa para servirse de una de las botellas, preguntó:</p>
                <p>—«¿Y la caja de fósforos?»</p>
                <p>— «Cien veces había estado a un centímetro de ella.»</p>
                <p>—«En una noche como esta»—dijo Roberto—«yo tuve que pasarme ocho horas con el
                    agua helada hasta la rodilla, en una inundación del Rio Negro de Patagonia, hace
                    algunos años. Todavía me hielo al recordarlo. Voy a probar un poco de whisky yo
                    también.»</p>
                <p>—«En una noche como esta»—dijo Alfredo— se me voló el techo de zinc del rancho
                    que había alzado y tomé el baño de lluvia fría más largo que se puede recetar
                    como ejemplo de mortificación.»</p>
                <p>Viendo que Edwin no decía nada después de algunos minutos de silencio, me pareció
                    que había llegado mi turno:</p>
                <p>—«En una noche como esta, en Tucuman, mis compañeros y yo, entre los bosques,
                    recibimos hospitalidad en una ramada, cuyo suelo, más levantado en el medio, a
                    lo largo, nos permitió colocar los recados con las cabeceras en esa parte mas
                    alta. Al otro día, al despertar, nos faltaba una pierna.»</p>
                <p>—«Y ¿qué se había hecho?»</p>
                <p>—«Estaba escondida bajo el agua.»</p>
                <p>—«¿Y no habían sentido?»</p>
                <p>—«¿Qué íbamos a sentir? ¡si era en Verano!»</p>
                <p>— «¡Pero eso es inverosímil!»</p>
                <p>—«¿Por qué? si las ropas, empapadas por el aguacero, estaban mas frías que el
                    baño.»</p>
                <p>—«¡Hem!»</p>
                <p>—«Los que han recorrido el Chaco cuentan cosas semejantes, y con frecuencia.»</p>
                <p>—«Lo que es por mi parte»—agregó Roberto— «justifico mi afirmación con el
                    testimonio del ejército del Rio Negro en 1879, Lean, si no, el librito de Prado,
                    al tratar de la inundación. Ciento ochenta y cinco horas estuvieron algunos
                    soldados con el agua helada hasta la rodilla.»</p>
                <p>—«Es cierto;»—dijo Miguel—«lo he leído, y lo he oído,»</p>
                <p>Edwin Phantomton había guardado silencio hasta entonces. Sentado cerca de la
                    chimenea, con la mirada fija en el fuego, y los dedos entrecruzados, apoyaba los
                    codos cerca de las rodillas.</p>
                <p>De pronto se incorporó.</p>
                <p>—«En una noche como esta,»—dijo—«me encontraba en la India.....»</p>
                <p>Su palabra fue bruscamente interrumpida.</p>
                <p>Un gemido profundo y doloroso pareció escaparse de un pecho de mujer.</p>
                <p>Al sentirlo, al experimentar a lo largo del espinazo un estremecimiento de frío,
                    saltamos como con resortes y nos pusimos de pié.</p>
                <p>—«¿Qué es eso?»—preguntamos en tono alto y vibrante.</p>
                <p>Edwin conservaba su misma actitud.</p>
                <p>—«Es un gato»—dijo Alfredo, procurando sonreír.</p>
                <p>—«Eso no es un gato»—dijimos los demás, menos Edwin,</p>
                <p>—«Ese quejido es de mujer,»—observó Miguel.</p>
                <p>—«Lo es»—repetimos.</p>
                <p>Con mano nerviosa, Miguel se apoderó del cor-don de una campanilla y tiró de
                    él.</p>
                <p>—«Todas las mujeres que hay aquí, son viejas,»—agregó—«y ese gemido es de mujer
                    joven,»</p>
                <p>Nicolás entró precipitadamente.</p>
                <p>—«¿Hay ahora alguna mujer joven en esta casa?»</p>
                <p>—«Ninguna, que yo sepa, señor.»</p>
                <p>—«Corre, y pregúntaselo al Administrador, y, si te dice que no, toca en el acto
                    la campana de alarma.»</p>
                <p>—«No es un gato»—dijo Edwin; y por cada una de sus mejillas pálidas corría una
                    gruesa lágrima.</p>
                <p>Un minuto después sonaba la campana, y se oían voces.—«¿Qué hay?»—«¿Qué
                    hay?«—«¿Quépasa?»</p>
                <p>—«El patrón los necesita?»—contestaba Nicolás a todos.</p>
                <p>Miguel abrió la puerta y salió al corredor.</p>
                <p>Numerosos peones venían de diversas partes.</p>
                <p>—«Acabamos de sentir un gemido de mujer joven,»—dijo Miguel,—«y es necesario que
                    ahora mismo recorran los alrededores para ver lo que hay. Nicolás, pon luz en
                    todos los cuartos, y abre los postigos de las ventanas.»</p>
                <p>Edwin estaba mudo.</p>
                <p>Revisamos todos los aposentos, altos y bajos.</p>
                <p>Nada.</p>
                <p>—«Yo voy a la torre»—dijo Roberto.</p>
                <p>—«Te acompaño,» —agregó Alfredo.</p>
                <p>Tomaron una vela y se encaminaron a la torre.</p>
                <p>En el aposento mas bajo se detuvieron y oímos luego sus pasos que continuaban la
                    ascensión.....</p>
                <p>Al cuarto de hora estaban otra vez en el comedor.</p>
                <p>No había nada.</p>
                <p>Después de hacer pesquisas en todo sentido, los peones regresaron.</p>
                <p>—«No hemos encontrado nada, patrón,»—dijeron.</p>
                <p>—«Pero esto no puede ser ilusión; lo hemos oído bien los cinco. Dígame, señor
                    Edwin, usted que es mas flemático que nosotros, y que no se ha movido ¿cree que
                    pueda ser ilusión?»</p>
                <p>Edwin estaba mudo, pálido, frío.</p>
                <p>Aquella realidad palpable era mas grave. Miguel corrió hácia un armario y sacó de
                    él un frasco de agua de Colonia, con la que empezó a frotarle las muñecas.</p>
                <p>—«¿Tienes eter?»—le pregunté.</p>
                <p>—«Sí, en ese mismo armario, tercera tabla, a la izquierda.»</p>
                <p>Se le aplicó a la nariz un pañuelo con éter, y Edwin volvió en sí.</p>
                <p>—«¿Se siente usted mal?»</p>
                <p>—«No, señor; gracias; esto ya pasó.»</p>
                <p>—«Pero ¿qué ha ocurrido?»</p>
                <p>—«Nada, nada; hoy no; por favor, no me pregunten más. Yo les advertí que mis
                    nervios no anunciaban nada bueno.»</p>
                <p>La cortesía mas elemental nos obligaba a guarda silencio.</p>
                <p>Nicolás, acompañado por uno de los peones, mocetón ágil y mañoso, colocó la mesa
                    a un lado, y trajo camas que distribuyó en el comedor. De las piezas altas bajó
                    colchones y ropas, y después de tendidas, y todo dispuesto, pidió órdenes.</p>
                <p>—«¿Qué toman ustedes por la mañana?»</p>
                <p>—«Té.»</p>
                <p>—«Café.»</p>
                <p>—«Mate.»</p>
                <p>—«Ya lo has oído. Echa unos trozos de quebracho en la chimenea, y acuéstate.»</p>
                <p>Eran las once y media.</p>
                <p>—«Dime, Miguel, ¿quién habita la torre?»—preguntó Alfredo.</p>
                <p>—«Nadie, ¿por qué me lo preguntas?»</p>
                <p>—«Al subir al segundo aposento, hemos visto, junto a una mesita de trabajo, un
                    anciano que examinaba planos y manuscritos.»</p>
                <p>—«¿Estás soñando?»</p>
                <p>—«Roberto lo ha visto también.»</p>
                <p>—«Sólo falta que les haya dicho: ‘Buenas noches'.»</p>
                <p>—«Y nos ha contestado el saludo,» —observó Roberto.</p>
                <p>—«Acompáñenme; yo también quiero verlo.»</p>
                <p>Miguel tomó el camino del mirador en compañía de sus dos amigos.</p>
                <p>—«¿Y?»—pregunté cuando bajaron.</p>
                <p>—«Ilusiones de estos. ¿Qué tipo tenía el anciano?»</p>
                <p>—«Un lindo tipo: frente despejada, nariz aguileña, bigote blanco y poblado,
                    cabellera de nieve, cejas abundantes y de pelos largos.»</p>
                <p>—«¿Ojos?»</p>
                <p>—«Oscuros.»</p>
                <p>—«¿Traje?»</p>
                <p>—«Militar.»</p>
                <p>—«¡Pero ese es el retrato de mi abuelo!»</p>
                <p>—«Nunca lo he visto,»—observó Roberto.</p>
                <p>—«Yo tampoco,»—agregó Alfredo.</p>
                <p>—«¿Cómo no? ¿Y no estuvieron en la sala, hace un rato, cuando el gemido?»</p>
                <p>—«No hemos estado en la sala.»</p>
                <p>—«Bueno: vamos allá.»</p>
                <p>Tomó Miguel la vela y se encaminó hacia la sala. Allí, en una de las paredes,
                    estaba suspendido un retrato al oleo del viejo General.</p>
                <p>—«¡Es idéntico!»—exclamaron a un tiempo los dos amigos.</p>
                <p>—«Si es así, no hablemos más de este asunto; mañana tendremos oportunidad de
                    hacerlo.»</p>
                <p>Nos acostamos, abrigándonos bien, y habríamos dormido si hubiésemos podido,</p>
                <p>Pero las voces lejanas de los animales, el rumor de las hojas, los ruidos del
                    viento al engolfarse en la chimenea, el azote de la lluvia en los techos,
                    formaban un gran coro misterioso, en el que parecíanos distinguir aquel lamento,
                    traducción incomprensible de un dolor infinito. El sueño, bálsamo tibio, tendía
                    sus grandes alas sobre nuestras cabezas, y cuando estaba a punto de envolvernos
                    y dominarnos, un nuevo rumor lo alejaba, como esas brisas desiguales que
                    levantan, de la superficie próxima, las grandes aves marinas.</p>
                <p>En la chimenea descendía el nivel de las brasas cubiertas de ceniza; un
                    resplandor cada vez más tenue anunciaba la próxima extinción, y la oscuridad
                    creciente borraba las formas indecisas de los cuerpos.</p>
                <p>De tarde en tarde oíase la voz del trueno nacido en la distancia, mientras el
                    viento y la lluvia, monótonos, fríos, iguales, acariciaban nuestros oídos con
                    sus tonos y nos filtraban un adormecimiento fugitivo.</p>
                <p>En medio de la lucha por conciliar el sueño, y la influencia extraordinaria que
                    ejercían en nuestro espíritu inquieto el eco del gemido y la aparición del
                    anciano en la torre, se extinguió la última brasa, y reinó en el aposento la mas
                    completa oscuridad, no interrumpida ni siquiera por el resplandor de los últimos
                    relámpagos.</p>
                <p>Calmó el viento, y paró el aguacero, que se transformó en llovizna, lo que se nos
                    ocurría como interpretación de un ruido de gotas que se sentían caer de una
                    manera rítmica.</p>
                <p>Una modorra creciente nos anunciaba el triunfo inmediato del sueño, y estábamos a
                    punto de dormirnos, cuando resonó la voz de Edwin, clara, lenta, solemne, y que
                    decía en inglés:</p>
                <p>—«En nombre de Dios, déjame en paz.»</p>
                <p>—«En nombre de Dios te lo be jurado,»—dijo en el mismo idioma una voz de mujer,
                    blanda, suave, argentina; pero firme y expresiva de una voluntad inflexible.</p>
                <p>Si solamente hubiéramos oído la voz de Edwin, habríamos pensado que soñaba, y le
                    hubiéramos despertado; pero aquella voz de mujer nos llevó a la situación
                    extrema de la sorpresa. Todos a un tiempo encendimos una cerilla y
                    preguntamos:</p>
                <p>—«¿Qué es eso?»</p>
                <p>Phantomton, sentado en la cama, con las manos cruzadas en el pecho y los ojos
                    abiertos por el espanto, resplandecía de palidez.</p>
                <p>—«¿Está usted soñando? ¿se siente usted mal?» —le preguntamos.</p>
                <p>—«No, señores: no estoy soñando. Me siento efectivamente mal; pero no se
                    incomoden ustedes, porque, para mí, no hay remedio. Después, después; hoy no. Si
                    ustedes me permiten, llevaré la cama a otro aposento, para no incomodarlos más,
                    porque yo debo dormir con luz.»</p>
                <p>—«¡Ni pensarlo! la luz no será una molestia.»</p>
                <p>—«Gracias.»</p>
                <p>Miguel se levantó, encendió una vela y la colocó sobre la mesa.</p>
                <p>Durante un cuarto de hora» conversamos de nimiedades» hicimos comentarios sobre
                    la tormenta, y propusimos diferentes medios para dormir, excluyendo, como era
                    natural, los recursos médicos, cuando éstos se manifiestan como píldoras ó
                    bebidas.</p>
                <p>—«Yo cuento»—dijo uno—«y generalmente, al llegar a doscientos, me quedo dormido.
                    Pero hoy he pasado de tres mil.»</p>
                <p>—«Yo rezo»—agregó otro—«y empiezo a roncar a medio rosario.»</p>
                <p>—«Pues yo»—dijo el tercero—«he hallado un libro que es un bálsamo. Jamás he ido
                    más allá de la primera página.»</p>
                <p>—«Feliz autor; y ¡cómo haces su elogio!»</p>
                <p>—«El inconveniente que ofrece, es que me quedo con la vela encendida, porque su
                    virulencia narcótica es de una energía tal, que me duermo sin transición: seco,
                    ¡zás! Bastante falta me ha hecho hoy; pero ¡qué idea! Tú lo tienes en la
                    biblioteca, Miguel; voy a traerlo.»</p>
                <p>—«Pues yo»—observó el cuarto—«me duermo cuando se me antoja, en cualquier
                    momento, y donde quiero. Pero es necesario que la voluntad sea firme y que nada
                    la distraiga,»</p>
                <p>—«Yo duermo bien siempre,»—dijo Edwin—«pero a condición de no estar a oscuras.
                    Sano» fuerte y metódico, duermo a la hora debida; pero, si la luz se apaga,
                    horribles pesadillas me despiertan, y quedo mal por un tiempo variable.»</p>
                <p>Alfredo trajo de la biblioteca el libro indicado.</p>
                <p>¡Qué excelente soporífico!</p>
                <p>Alfredo había exagerado.</p>
                <p>Antes de terminar la mitad de la primera página, dormíamos como lirones.</p>
            </div>
            <div>
                <head>III.</head>
                <head>Las luces de la torre.</head>
                <p>Cuando despertamos al día siguiente, era tarde ya; más de las nueve</p>
                <p>Conocedor de las costumbres de su patrón, Nicolás no había querido despertarle,
                    ni tampoco a nosotros. Era lo mismo. El viento se había calmado; pero la lluvia
                    seguía, alternando los chaparrones con la llovizna. Salir a cazar, con tal
                    tiempo, parecía una locura, y optamos por permanecer en casa, dedicándonos a
                    nuestras tareas de predilección.</p>
                <p>El cielo cargado y oscuro tendía sobre los campos su lúgubre manto, y el
                    espíritu, sobrecogido por la melancolía del ambiente, parecía inclinarse más a
                    la meditación que a las emociones del paisaje y del ejercicio.</p>
                <p>Repasamos las armas, arreglamos el producto de la cacería de la víspera y nos
                    dedicamos a pasear por los corredores, a conversar, y a fumar. Cuando llegó la
                    hora del almuerzo, nos asemejábamos a un grupo de penitentes, pálidos, graves,
                    cariacontecidos. Por suerte, el ánimo se rehizo después del primer plato, y, al
                    terminar, prolongamos la sobremesa hasta las 2 de la tarde, cuando Miguel ordenó
                    que se encendiera la estufa, porque el frío, tolerable basta entonces, se volvía
                    crudo.</p>
                <p>Roberto, sentado cerca del fuego, dijo a Miguel:</p>
                <p>—«Me parece que anoche nos dejaste pendientes de una explicación, y se me ocurre
                    que no somos tímidos ni supersticiosos en suficiente grado como para que
                    guardemos silencio sobre lo que se relaciona con el anciano de la torre.»</p>
                <p>—«¿Han oído ustedes alguna vez que yo sea sonámbulo, o me han visto, en cualquier
                    ocasión, levantarme y proceder como tal?»</p>
                <p>—«Nunca,»—dijimos.</p>
                <p>—«Si lo fuera, mi familia me lo habría comunicado, o se me hubiese sometido a un
                    tratamiento, ¿no les parece?»</p>
                <p>—«Seguro.»</p>
                <p>—«Bien, pues; creo que no soy sonámbulo, y que lo que voy a referirles
                    corresponde a la pesadilla, al simple ensueño, a la alucinación en todo caso, y
                    de ningún modo al sonambulismo.»</p>
                <p>Estrechamos más el círculo para oir mejor.</p>
                <p>—«Más de una vez me ha sucedido recordar, al despertarme, que me había levantado
                    durante la noche, é ido a la torre, llevando en la mano una vela encendida, y
                    que, al llegar al aposento donde ustedes vieron o creyeron ver un anciano, me
                    sentaba junto a la mesita que hay allí, y que, un momento después, aparecía ese
                    anciano, retrato idéntico de mi abuelo, o espectro fiel mismo, tomaba asiento
                    frente a mí, con aire grave, é iniciaba largas conversaciones, de las que jamás
                    he podido conservar nada, con excepción de algo relativo a unos papeles que me
                    recomendaba examinar. La primera vez que esto me sucedió fue, más o menos,
                    —permítanme: dígame, Phantomton: ¿en qué época fue presentado usted en
                    casa?»</p>
                <p>—«Casualmente hará un año el 25.»</p>
                <p>—«Yo estaba entonces aquí, y regresé a la ciudad a principios de Julio; de modo
                    que debe haber sido allá por el 28 o el 29 de Junio. Bueno, esto no importa; el
                    hecho es que hará próximamente un año. Desde entonces, el fenómeno se ha
                    producido cinco veces, y he guardado hasta ahora el mayor secreto, pensando que
                    no debía distraer la atención de nadie con lo que consideraba un sueño. Pero, en
                    vista de lo que ustedes dos han observado anoche, debo romper el silencio,
                    señalando, cuando menos, la extraordinaria circunstancia de coincidir la
                    alucinación de ustedes con la mía.»</p>
                <p>—«Y ¿por qué llamas a eso una alucinación, Miguel?»—preguntó Alfredo.</p>
                <p>—«¿Por qué? porque hace veinte años que mi abuelo está enterrado en la
                    Recoleta.»</p>
                <p>—«Yo llamaría a eso una aparición.»</p>
                <p>—«Puedes darle el nombre que quieras; puedes creer en aparecidos; lo que es yo,
                    soy duro para aceptarlos.»</p>
                <p>—«Dime una cosa, Miguel,»—pregunté —«¿has subido alguna vez a la torre, llevando
                    luz?»</p>
                <p>—«Anoche, con Roberto y con Alfredo.»</p>
                <p>—«¿Y antes?»</p>
                <p>—«Nunca.»</p>
                <p>—«¿Has averiguado si alguna persona ha visto luz allí, estando tú en la
                    estancia?»</p>
                <p>—«Ni se me ha ocurrido tal cosa»</p>
                <p>—«En tu lugar, yo lo averiguaría.»</p>
                <p>—«No hay inconveniente.»</p>
                <p>Miguel tocó un timbre y apareció el criado.</p>
                <p>—«Díme, Nicolás ¿ has visto alguna vez, de noche, hallándome yo en la estancia,
                    luz en la torre?»</p>
                <p>—«Sí, señor; dos veces.»</p>
                <p>—«¿Como a qué hora?»</p>
                <p>—«Después de media noche.»</p>
                <p>—«¿Y qué has pensado?»</p>
                <p>—«Que era usted.»</p>
                <p>—«¿Y nada has oído?»</p>
                <p>—«Sí, señor; en esas dos ocasiones, otros habían visto lo mismo que yo, y, en
                    tres más, yo no lo había visto.»</p>
                <p>—«¿En tres más? ¿de modo que son cinco?»</p>
                <p>—«Sí, señor.»</p>
                <p>—«¿Y qué decían?»</p>
                <p>—«Los peones decían que el patrón andaba por la torre, sin duda porque no tenía
                    sueño.»</p>
                <p>Nos miramos y callamos.</p>
                <p>—«Puedes retirarte—ah! no, espera: es mejor que enciendas luces; esto se va
                    poniendo oscuro.»</p>
                <p>—«Bastante oscuro, sí,»—agregó Roberto.</p>
                <p>Cuando Nicolás se retiró, Miguel estaba pensativo.</p>
                <p>—«Pero entonces, si yo he estado en la torre, es porque soy sonámbulo.»</p>
                <p>—«Usted no es sonámbulo,»—dijo Edwin—«porque, si lo fuera, no recordaría lo que
                    le ha pasado.»</p>
                <p>—«Pero es que yo no recuerdo.»</p>
                <p>—«Usted recuerda, aunque haya olvidado las conversaciones; y no completamente,
                    porque dice que el espectro le ha habiado de papeles que debe examinar. ¿Lo ha
                    hecho usted?»</p>
                <p>—«¿Qué quiere usted que examine? esos papeles que hay en la torre no se pueden
                    examinar ni en un mes de tarea asidua Hay algunos que llevan fechas hasta del
                    siglo pasado.»</p>
                <p>—«Pues yo creo que usted debe examinarlos, aunque para ello tenga que emplear un
                    año. No sería usted el primero que recibiera avisos de esta clase.»</p>
                <p>—«¿De modo que usted me aconseja que me vuelva supersticioso?»</p>
                <p>—«¿Por qué dá usted a eso el nombre de superstición? ¿Le parece mejor guardar la
                    espina del sonambulismo? Yo creo en esas visiones y en esos avisos, y creo
                    firmemente.»—dijo Edwin, golpeándose la rodilla derecha con la palma de la
                    mano.</p>
                <p>—«¿Qué te parece?»—me preguntó Miguel.</p>
                <p>—«Que el señor tiene razón.»</p>
                <p>—«¿Es posible? ¿tú también?»</p>
                <p>—«¿Por qué no? ¿No soy de carne y hueso como los demás? ¿Piensas que no soy
                    sensible a las impresiones de lo inesperado, máxime cuando pertenece al mundo de
                    los misterios, y cuando ello toma formas espeluznantes como el gemido de anoche
                    y la aparición del anciano en la torre? ¿No te ha corrido un frío a lo largo del
                    espinazo cuando el sirviente dijo que habían visto cinco veces luz? ¿No has
                    estudiado Química, como cualquiera de nosotros? ¿No te acuerdas de lo que es un
                    fuego fatuo? ¿No lo has visto o repetido veinte veces en el laboratorio? Y, sin
                    embargo, cuando recorriendo el campo, de noche, te has cruzado con uno, ¿no has
                    sentido carne de gallina? ¿no se te han parado los pelos?»</p>
                <p>—«¿A dónde vas con esa série de preguntas que nada tienen que ver con el asunto
                    de los avisos?»</p>
                <p>—«Voy a desviar un poco el tema, porque no es propio de jóvenes alegres como
                    nosotros que seamos tan pertinaces en una conversación que mantiene nuestros
                    nervios tendidos como las cuerdas de un violín.»</p>
                <p>—«No digas eso: antes, por el contrario, dime ¿tienes algún motivo real que te
                    autorice a creer en los avisos de las apariciones o de las pesadillas?»</p>
                <p>—«Sí, y voy a referirles uno. Cierta noche, un</p>
                <p>Comandante soñó que compraba un número de lotería. Al despertar por la mañana, se
                    acordó que era el <seg rend="italic">22</seg> del mes; que ese día era el
                    cumpleaños de su novia, y que podía tentar la suerte. Llamó al asistente y le
                    ordenó fuese a una agencia próxima y le comprara el primer número entero que
                    encontrase. Cuando volvió, el Comandante quedó perplejo: era el 4963, el mismo
                    que él había soñado.— ‘¿Por qué has traído este número?’—‘Porque fue el primero
                    que me cayó a la mano, como usted me ordenó.'—‘Anda; si me saco la grande, no
                    has de afligirte mucho,'—El asistente salió, y el Comandante expresó su alegría
                    con movimientos infantiles:—‘¡4963!'—repetía sonriendo:—‘pero ¿qué es esto? 4 y
                    9,13, y 6,19, y 3, <seg rend="italic">22</seg>, y hoy cumple veintidós años
                    fulanita!—esto parece imposible!'—Guardó el billete, se vistió y salió a la
                    calle. Sin querer, se fijó en el número de su casa: 796, suma <seg rend="italic">22,</seg> A la tarde fue a comer con su novia, y, al mirar el número de la
                    puerta: 895, suma <seg rend="italic">22.</seg> Antes de comer, le dieron 22
                    mates, y había 22 personas en la mesa, y, después de los postres, refirió a
                    todos cuanto le había pasado, y todos celebraron la cantidad de coincidencias, y
                    él, bajo sobre, entregó a la novia el billete de lotería. El día <seg rend="italic">22</seg> del mes siguiente se casó.»</p>
                <p>—«Sí, pero.... y el billete?»</p>
                <p>—«Qué diablos! no tenía nada. La grande salió en el 18,544.»</p>
                <p>—«Suma 22,» —observó Edwin, suspirando, lo que ocasionó más risa que el
                    cuento.</p>
                <p>Miguel se mantuvo grave. En sus ojos leía la intención de tratarme de
                    impertinente, y yo tenía gana de decirlo a todos ellos, para provocar una riña y
                    abandonar así una conversación tan lúgubre. Mas no pude conseguirlo.</p>
                <p>—«Tu cuento»—dijo—«será tan gracioso como quieras; pero no tiene nada que ver con
                    nuestro tema. La verdad es que los avisos no me preocupan mucho; pero esas luces
                    en la torre, eso me parece mas serio.»</p>
                <p>—«Preocúpate, Miguel;»—dijo Roberto—«mientras el mal tiempo nos mantiene aquí
                    encerrados, te podremos ayudar a poner esos papeles en orden.»</p>
                <p>—«Ya lo están; lo que tendría que hacer sería leerlos.»</p>
                <p>—«La verdad es que hay lectura en ellos como para algunas semanas.»</p>
                <p>—«Díganme, ¿están ustedes seguros de haber visto al viejo General?»</p>
                <p>—«¿Por qué lo dudas?»—preguntó Alfredo.</p>
                <p>—«¿Piensas que hay en nosotros algún interés en engañarte?»—dijo Roberto.</p>
                <p>—«¡Es tan extraordinario todo estol Pero, ¿qué papeles examinaba?»</p>
                <p>—«Tenía un mapa de Inglaterra y un plano,» —respondió Roberto.</p>
                <p>—«Y el plano ¿de qué?»</p>
                <p>—«No sé. ¿Lo viste tú, Alfredo?</p>
                <p>—«Lo vi, pero no sé lo que era; tenía también junto a sí una carta escrita en
                    papel azulado.»</p>
                <p>Mientras Miguel conversaba con Alfredo y con Roberto, miré a Phantomton que
                    estaba de lado, me puse de pie, y me dirigí hacia la mesa.</p>
                <p>—«Señor Phantomton» —le dije— «¿quiere usted permitirme un momento?»</p>
                <p>—«¿Cómo no?»—y se levantó.</p>
                <p>—«¿Tomaría usted a mal que trazara su silueta en un papel?»</p>
                <p>—«¿Por qué motivo habría de tomarlo a mal?»</p>
                <p>—«Entonces tenga a bien sentarse aquí.»</p>
                <p>Colocando junto a la pared una silla de lado, Edwin se sentó, y después de
                    interceptar las luces, menos una, dibujé el perfil que se proyectaba en sombra
                    en la pared. Cuando hube terminado, le di las gracias, miró el contorno, y
                    volvió a ocupar su asiento junto a la chimenea.</p>
                <p>—«Miguel, hazme el servicio de venir un momento. Siéntate aquí; vas a ver una
                    cosa que llamará tu atención.»</p>
                <p>Sin decir una palabra, se sentó y tracé su perfil en otro papel. Cuando hube
                    terminado, dije a los demás, que observaban la operación:</p>
                <p>—«Ustedes han visto lo que acabo de hacer. En uno de estos papeles, he trazado el
                    perfil de Miguel y en el otro el del señor Phantomton.»</p>
                <p>—«Así es, en efecto.»</p>
                <p>—«¿Cuál de estos es Miguel y cuál el señor?»</p>
                <p>—«Pero ¡hombre! qué cosa tan particular!»—dijo Alfredo, que era el más dibujante
                    de todos,—«se confunden, como si el uno fuera la proyección del otro.*</p>
                <p>—«Es curioso, eh? Dos individuos de distinta raza, de diferente familia, nacidos
                    en países y climas tan diversos, y que tengan un perfil tan idéntico!»</p>
                <p>Alfredo superpuso las dos hojas de papel, e hizo coincidir las siluetas al
                    trasluz.</p>
                <p>Idénticas.</p>
                <p>—«Y sin embargo, no es posible confundirlos.»</p>
                <p>—«Bueno fuera: el uno es rubio, el otro tiene pelo negro; el uno es blanco
                    rosado, el otro casi trigueño; el primero tiene ojos azules, el segundo
                    pardos.»</p>
                <p>—«Las mismas gotas de agua son diferentes»— observó Roberto.</p>
                <p>Miguel quedó más pensativo que antes. Ni siquiera se movió cuando Nicolás entró a
                    tender la mesa, y guardó un silencio ofensivo.</p>
                <p>Al traer la sopera y colocarla en su sitio, Nicolás se acercó a él y le dijo:</p>
                <p>—«Señor, la comida está en la mesa.»</p>
                <p>—«Ah!»</p>
                <p>Se puso de pié y ocupó su asiento. Al desdoblar la servilleta, se sonrió, y
                    mirándonos con malicia, dijo:</p>
                <p>—«¡Yo supersticioso! Hoy brindaremos a la salud del viejo General. ¡Pero, hombre!
                    ¡qué casualidad! Mi abuelo hubiera cumplido años hoy, como la novia de tu
                    Comandante.»</p>
                <p>—«¡A la salud de la novia!»</p>
                <p>—«¡A la del General!»</p>
                <p>—«¡A la del Comandante!»</p>
                <p>—«¡A la del 18.544!»</p>
                <p>—*¡Vaya, hombre! al cabo parecen gente; a la salud de ustedes.»</p>
                <p>—«Gracias.»</p>
                <p>Por necesidad, o por cortesía, no hubo caras lúgubres durante la comida. Cada uno
                    ofreció su contingente de chiste, y hubo anécdotas y cuentos azules mirados al
                    través de un cristal amarillo.</p>
                <p>Pero volvió la sobremesa, y en su compañía las alusiones a los temas graves.
                    Hubiera sido preferible dedicarse a la música, al ajedrez, y áun al truco, juego
                    que, por parecerse tanto a la política de nuestra tierra, podría habernos
                    sugerido el deseo de ocuparnos do ella; precisamente para que los ánimos se
                    apasionaran y no se tocasen las escabrosidades de la superstición o sus
                    análogas</p>
                <p>Roberto arrojó una vez más entre nosotros la tea incendiaria, mirando a Edwin, ya
                    pensativo, y a quien lanzó a boca de jarro las siguientes palabras:</p>
                <p>—«Tengo, señor Phantomton, un gusto marcado por los temas horripilantes y me
                    interesan tanto más cuanto mayor es el sufrimiento que me causan.»</p>
                <p>—«Señor, yo no soy médico; pero se me ocurre que esos temas, a la larga, deben
                    causar mucho daño al sistema nervioso, si no es que ya está dañado cuando tal
                    gusto se desarrolla,»</p>
                <p>Roberto no quedó complacido con esta observación. Pensaba que la integridad
                    funcional de sus nervios era algo perfecto, y creyó que aquello envolvía una
                    insinuación maliciosa. Pero Edwin era tan correcto, tan cortés, que se sintió
                    desarmado. A pesar de todo, le pareció que debía defenderse.</p>
                <p>—«Yo no he hablado,,—dijo—«del horripilante vulgar, que espanta sin
                    espiritualidad; sino de aquel que revela las gracias de la fantasía y la subyuga
                    en los lectores, o en los oyentes, como en la noche la sombra de un bosque
                    cargado de perfumes y de rumores.»-</p>
                <p>—«¡Ah! usted habla del pavor de lo sublime.»</p>
                <p>—«Probablemente sí.»</p>
                <p>—«Oh, señor; usted seguramente ha buscado esas emociones en los libros, y no en
                    la realidad,»</p>
                <p>—«Es cierto: pero, para mí, el gemido de anoche es de esa categoría, y mayor su
                    interés por lo mismo que es tan misterioso.»</p>
                <p>—«Usted no encontrará jamás, en los libros, narraciones tan pavorosas como las
                    emociones de ciertas pesadillas, y puedo asegurarle que, en muchos casos, la
                    realidad se sobrepone a todo.»</p>
                <p>—«Habla usted de una manera tan categórica, que cualquiera creería que ha sido
                    víctima de algo real que se sobrepone a todo.»</p>
                <p>Edwin miró a Roberto de un modo extraño.</p>
                <p>Este continuó:</p>
                <p>—«Las voces que hemos oído anoche, la expresión de usted cuando pudimos verle, y
                    lo que usted nos dijo, son signos que revelan algo muy grave.»</p>
                <p>—«Oh! sí, muy grave!»</p>
                <p>—«¿Quiere usted hacernos depositarios de su secreto, si le inspiramos bastante
                    confianza?»</p>
                <p>—«Toda la confianza que usted se puede imaginar; pero abrigo la convicción de
                    que, el referir las realidades que me afectan, podría autorizar a cualquiera a
                    pensar que no procedo con toda urbanidad.»</p>
                <p>—«Si a usted no le es agradable referírnoslas,»— le dijimos—«cualquier
                    insistencia de parte nuestra sería una descortesía; pero, si lo que usted teme
                    es afectarnos, o sacudir nuestros nervios, abandone semejante preocupación.»</p>
                <p>—«Sí, debo hablar; debo hablar al fin, porque mi secreto me consume y aniquila.
                    Ustedes han sido tan bondadosos conmigo, que lamentaría afligirlos; pero, por
                    otra parte, no crean ustedes que estará mi narración privada de egoísmo ni de
                    graves consecuencias.»</p>
                <p>Ante aquellas declaraciones se duplicó nuestra curiosidad.</p>
            </div>
            <div>
                <head>IV.</head>
                <head>Nelly.</head>
                <p>—«Señores»—dijo Edwin con aire resuelto—«yo amo la vida, y tanto más cada vez,
                    cuanto mayores son mis sufrimientos* Con el mismo apego a ella, otros ya habrían
                    acabado con la suya,</p>
                <p>«No conocí a mi padre, y, siendo muy niño, perdí a mi madre. Me educaron con
                    severidad, y, cuando hube terminado mis estudios, viajé por Europa y me detuve
                    con predilección en Alemania, donde practiqué el idioma, que llegué a dominar,
                    lo que me permitió adquirir un conocimiento relativamente profundo de su
                    literatura extraordinaria. Goethe, Schiller, Hoffmann y Heine reinaron en mi
                    espíritu, y la imaginación serena del estudiante inglés penetró en los mundos
                    encantados de la fantasía germánica.</p>
                <p>«Volví a Inglaterra.</p>
                <p>«Me llamaba un afecto juvenil que no habían hecho palidecer los estudios ni los
                    viajes. A mi vuelta, Nelly me esperaba con los brazos abiertos, y en sus grandes
                    ojos leí su amor. Acababa de cumplir ella diez y ocho años, y pronto se formó
                    entre nosotros el nudo de un compromiso formal. Yo había saludado ya mis
                    veintitrés, y mi posición era desahogada. Pensé casarme. Pero una circunstancia
                    imprevista me obligó a suspender momentáneamente tales proyectos. Yo tenía un
                    protector des conocido, una persona que no he visto jamás, y cuyos consejos,
                    seguidos por inclinación y sin violencia, me llevaron siempre como de la mano
                    hasta obtener el éxito en todas mis empresas.</p>
                <p>«Por indicación suya entré en la carrera diplomática, cuyo acceso me fue
                    facilitado ccn buenas recomendaciones. Quince días después del ingreso, debí
                    partir con un Ministro a Constantinopla en calidad de agregado. Nelly lloró
                    mucho, y entonces tuve oportunidad de conocer que su sensibilidad era extrema.
                    Su índole telepática causaba asombro, y muchos médicos distinguidos se empeñaron
                    en que la familia les permitiera examinarla y someterla a prueba.</p>
                <p>«Por mi parte, no atribuía grande importancia a esa clase especial de
                    sensibilidad, y me bastaba que supiera comprenderme y expresarme su afecto con
                    una dulzura y una profundidad que más contribuían a idealizar mi pasión que a
                    vincularla con las realidades de la vida.</p>
                <p>«Paseando un dia con ella, nos sentamos junto a una roca en la playa
                    marina.—‘Tengo miedo del mar, Edwin'—me dijo con aire triste.—‘¿Miedo del mar? y
                    ¿por qué tienes miedo?'—No sé; en el mar hay abismos profundos, y, al pasar por
                    ellos, el corazón se endurece.’—‘¡Oh, Nelly mía,el corazón de tu Edwin no
                    cambiará jamás, porque ha de guardar, como un tesoro celeste, la imagen de su
                    adorada.'—‘Tú hablas del porvenir como si lo hubieras encadenado a tu destino.
                    ¿No me olvidarás nunca?’—‘Nunca.'—‘¿En ningún momento?’ ‘Jamás, y mi fidelidad
                    será un modelo; en nombre de Dios, te lo juro.'—‘En nombre de Dios, yo te lo
                    juro también.'</p>
                <p>«Nos pusimos de pie, y tomándola de la mano, la acaricié, y continuamos nuestro
                    paseo. En su rostro se borró toda huella de angustia, y sólo vi, desde entonces,
                    que se exteriorizaba en él una tranquilidad da espíritu digna de bañar la cara
                    de los ángeles pintados por Rafael.</p>
                <p>«Llegó el momento de la partida, y entonces comprendí lo dolorosa que sería para
                    Nelly nuestra separación, a juzgar por mí.</p>
                <p>«Pensé que sería mejor realizar nuestro enlace, y viajar juntos. Hablé con el
                    Ministro, y me aconsejó que desechara semejante idea.—‘Nuestra misión no es
                    larga;’—me dijo—‘pero debemos conservar toda nuestra libertad de acción, y una
                    mujer, en compañía nuestra, y en particular una niña tan delicada como la
                    señorita Nelly, sería un inconveniente grave.'—No insistí.—‘No insistas Edwin,'—
                    me dijo el padre de mi novia;—‘el Ministro no te ha comunicado cuál es la misión
                    que lleva, porque es secreta; pero seguramente ella está vinculada con asuntos
                    del Egipto.'</p>
                <p>«Partí. Y ¡cosa extraña! yo también tuve miedo del mar, lo que es indigno de un
                    hombre, y especialmente de un inglés. Aquellos abismos me perseguían. Soñaba, a
                    veces, que un monstruo verde surgía de su seno salado; que de sus ojos glaucos
                    se desprendía un reflejo frío de perlas, y que, al tocarme el corazón, lo
                    transformaba en peñasco y lo mordía En el rumor de las olas oíalos lamentos de
                    Nelly, y, a veces, me despertaba con los ojos húmedos de lágrimas.</p>
                <p>«Poco a poco, la alegría renació en mi corazón; pero habría preferido viajar por
                    el Continente, y no ir a Constantinopla penetrando en el Mediterráneo por el
                    Estrecho.</p>
                <p>«Nuestra permanencia en Constantinopla fue breve. Cierta mañana, al saludar al
                    Ministro, me dijo: —‘Hoy nos embarcamos; iremos a Alejandría’.— Desde entonces,
                    estuve al corriente de los sucesos, que poco pueden interesar a ustedes por
                    ahora. La idea del viaje a Egipto me llenó de ilusión, y, en vez de soñar con
                    abismos y monstruos, ya no pensé sino en viajar. Antes de penetrar en los
                    Dardanelos, había mirado con indiferencia las costas y el cielo de Grecia, y
                    aquellos campos del Asia Menor que en un tiempo fueron testigos de las hazañas
                    de Ulises y de Aquiles. ¡Iba a Egipto! ¡Qué cambio! La Iliada tuvo para mí un
                    sentido más sublime que antes, y, cuando nos detuvimos en Atenas, pensé que
                    renacían todas las glorias de sus hombres y to do el esplendor de sus dioses. Se
                    hubiera dicho que las montañas que veíamos a la distancia, y que nombrábamos,
                    estaban envueltas en aureolas olímpicas, y entonces comprendí cómo Byron había
                    podido ser subyugado por sus sentimientos poéticos hasta sacrificar la vida en
                    holocausto de la Grecia.</p>
                <p>«Llegamos a Egipto, y desembarcamos en Alejandría.</p>
                <p>«Todos mis estudios sobre aquel país misterioso, todo lo que de él había oído o
                    leído surgió en la memoria como si lo evocara el encanto.</p>
                <p>«Ustedes se encuentran en condiciones de apreciar mi situación, y podrán
                    imaginarse que nadie hubiera dicho sino que viajaba por vez primera. Saben
                    también todo lo que un joven estudioso y entusiasmado puede hallar en Egipto, ya
                    sea por las realidades que se conservan, ya por sus recuerdos. Me bañé, me
                    saturé de aquel aire pesado y ardiente, como una golondrina en el efluvio
                    primaveral; y a medida que la inteligencia se encantaba con el suelo, las
                    ruinas, los itinerarios de Cambises, de Alejandro, de Sesostris, con los Ibis,
                    los jeroglíficos, el Nilo y Moisés, las pirámides y el cielo puro.... la imagen
                    de Nelly se diluía en las transparencias de los sueños egipcios. En aquel clima,
                    en aquel medio, mi naturaleza juvenil me llamó al desorden, y sentí, con todo el
                    vigor de un asiático, que la sangre me bullía, y que un capricho extraordinario,
                    incomprensible, se apoderaba de mi razón. Vi una Almea, y me trastorné. Ustedes
                    han vivido, y saben lo que es un capricho. Conquista fácil, sólo conservo, en mi
                    espíritu, el dejo amargo de haberme vuelto loco. Aquella noche oí un gemido
                    profundo y doloroso, el alma toda de Nelly, que llegaba hasta mí, en la brisa
                    africana, como un reproche, y penetraba en mi conciencia, mordiéndome el corazón
                    perjuro.»</p>
                <p>Edwin guardó silencio por algunos instantes.</p>
                <p>Apoyando los codos en las rodillas, se apretó las sienes con arabas manos, cual
                    si estuviesen a punto de estallar por la tensión extrema de sus recuerdos de
                    dolor. Se puso de pié, y halló tanta sorpresa en los ojos atentos, y un mundo
                    tal de emociones contenidas por nuestros labios silenciosos, que se alejó de la
                    chimenea y empezó a pasearse por el comedor sin decir una palabra.</p>
                <p>¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a dirigirle una sola observación?</p>
                <p>— «Señores»—dijo de pronto—«ustedes me permitirán que tome un vaso de
                    cerveza.»</p>
                <p>Mudos, como habíamos permanecido hasta aquel momento, nos levantamos también, e
                    hicimos saltar algunos tapones, para ocupar luego las sillar en que habíamos
                    estado anteriormente sentados.</p>
                <p>Edwin continuó:</p>
                <p>—«Desde entonces, el Egipto ya no tuvo encantos para mí. En los sarcófagos y las
                    arenas, los papiros y las cigüeñas, en las momias, las palmeras y los
                    crepúsculos, ya no vi otra imagen que la de Nelly, dolorida y moribunda.</p>
                <p>«Poco tiempo después recibimos correspondencia. En la mía reconocí, en un sobre,
                    la letra de mi novia.—‘He sufrido mucho, Edwin. Mi vida ha estado en peligro,
                    sólo de pensar que, en tal día, a tal hora, te ha ocurrido una desgracia.
                    Vuelve'— agregaba—‘porque he tenido un ataque tan violento al corazón, que, si
                    se repite, me moriré lejos de tí. Escríbeme con más frecuencia, y dime que eres
                    feliz'.—Sí; Nelly había estado a punto de morir de dolor, porque sabía que yo lo
                    estaba de morir de arrepentimiento.—‘Querida mía'—le contesté—‘soy feliz, porque
                    pienso en tí. Si mis cartas no son más frecuentes, ello es debido a los
                    transportes. No te aflijas; pronto nos volveremos a ver.'—En otras cartas, de su
                    padre y del médico que la había asistido, me referían cuanto podía
                    interesarme.—‘Lo más particular'—decía el médico—‘fue un gemido tan extraño que
                    nos pareció de agonía. En el corazón no hay nada, y el funcionamiento de sus
                    nervios es tan delicado como toda ella. Debemos pensar que la ausencia de usted
                    es la causa del mal; pero, fuera de este ataque, goza de una salud tan perfecta,
                    hay tanta serenidad en su espíritu, su expresión de alegría juvenil es tan
                    franca y normal; habla de usted con tal cariño y confianza, que hemos convenido
                    en comunicárselo para que no abrigue temor alguno.'</p>
                <p>«Entonces pensé volver a mi país y pedir perdón a Nelly.</p>
                <p>«Era mejor, empero, que, entre nosotros, hubiera un secreto,</p>
                <p>«Pocos días después, el Ministro recibió orden de trasladarse a la India.</p>
                <p>«En esta ocasión, también, renació mi entusiasmo por los viajes, y, con tal
                    vigor, que Nelly pasó a ocupar un lugar secundario en mis visiones. Justifiqué a
                    Simbad el Marino, y adquirí algunos libros que me permitieran profundizar un
                    poco los conocimientos relativos al país maravilloso que iba a visitar.</p>
                <p>«Recorrimos el Canal de Suez, y quedé encantado al ver las aguas del Mar Rojo. En
                    la bruma de la distancia, se perfilaba la cumbre del Sinaí, y su imagen despertó
                    en nuestras almas un sentimiento de religioso respeto. No sé, señores, si
                    ustedes han viajado, ni qué han visto; pero es tan caprichosa la imaginación,
                    que se extasía menos en presencia de un cuadro encantador de la Naturaleza, que
                    en la de una comarca con miles de años de historia; y así la Arabia, con su
                    aridez y reflejos rosados, me dominaba más por ser la tierra del Exodo, la
                    tierra de Israel, la tierra de Mahoma, que los bosques deliciosos del Brasil, de
                    Misiones y del Chaco.</p>
                <p>«Penetramos en el Océano Indico, y, en las interminables horas de languidez
                    tropical, la fantasía volaba hacia el mundo de los faquires y yoguis, a la selva
                    con sus rugidos y sombras, a los templos de oro y de marfil, a los santuarios de
                    los brac-manes, y a las delicias misteriosas en que la inteligencia del Hombre,
                    bañada por los primeros resplandores de la Poesía, engendraba las auroras
                    frescas y puras de los Vedas y del Ramayana, ¡Oh, señores! discúlpenme ustedes
                    semejante lenguaje; estos recuerdos son los únicos bálsamos de mi vida
                    inconsolable Cuando se tiene el orgullo de ser hombre; cuando se puede sentir la
                    belleza de todas las literaturas; cuando se ha recorrido el mundo y contemplado
                    todos sus cuadros del presente y todas las escenas del pasado, la India subyuga.
                    La Ciencia no ha hecho de ella la cuna de la vida, porque la vida es universal;
                    pero la razón, el sentimiento y la historia, hacen de ella el protoplasma
                    fecundo y ardiente donde se engendra el pensamiento humano. ¡Pobre Nelly! ¡Qué
                    criatura tan infinitamente pequeña, dulce y delicada me parecía al proyectar su
                    imagen querida en el Himalaya o en Buda! La Grecia, con todas sus sonrisas, sus
                    poemas, sus vicios, sus virtudes, sus héroes y sus dioses, me hacia la impresión
                    de una jovenzuela coronada de ñores del campo que sonríe de lejos a la madre
                    colosal, envuelta por las nubes del humo surgido de altares que perfuman la
                    sangre de la civilización con canela, con sándalo, con pimienta y betiver, para
                    darle, con el calor, la inmortalidad fecunda. ¡Pobre Nelly! La India me aturdió,
                    y acosado por el ardor de su cielo y las brasas de sus perfumes, fui llevado
                    insensiblemente a la presencia de la Baya-dera. Ciego y loco, caí en sus redes
                    de muselina y tul de seda. En aquella noche de horror y misterio, entre los
                    rugidos de la selva y los cantos de los bracmanes, mis oídos aterrados oyeron
                    una vez más aquel gemido profundo y doloroso. ¡Nelly se moría!— ‘¡Maldita
                    existencia!’—exclamé en un arrebato de desesperación sin límites. Desde
                    entonces, la India fue un veneno para mí. Lasitudes continuas, melancolías
                    profundas, dolores difusos é ilocables, dé primieron mi organismo tan fuerte y
                    tan sano. Maldije a Valmiky y a su <seg rend="italic">Sakúntala,</seg> que me
                    pareció un engendro monstruoso; y la grandeza del Himalaya, y la majestad de las
                    selvas, se confundieron en un caos abominable. Todo aquel mundo maravilloso rodó
                    en un abismo negro de vergüenza y arrepentimiento, en el que las Bayaderas se
                    arrastraban por el lodo, enroscándome lascivas como serpientes ponzoñosas y
                    mordiéndome el corazón y la conciencia como el monstruo verde del Mediterráneo.
                    Pero esta vez surgió en mi alma, como una luz del cielo, la voluntad de
                    diamante, y, con ella, la imagen de Nelly, pura y radiosa, y más angelical que
                    aquellas serpientes del Ramayana.»</p>
                <p>Edwin guardo silencio una vez mas.</p>
                <p>Todo su cuerpo se estremeció con la rapidez de un sollozo, y volviendo a ponerse
                    de pie, movió los brazos con energía, como recordando actitudes de gimnasta, y
                    como si con tales movimientos hubiera querido conjurar algún torrente oculto de
                    lágrimas enclaustradas en su corazón.</p>
                <p>Tomó un cigarrillo, lo encendió, y anduvo paseándose por el comedor mientras lo
                    fumaba.</p>
                <p>Nosotros, inmóviles y callados, permanecíamos en nuestros asientos.</p>
                <p>Cuando Edwin acabó de fumar, bebió un trago de cerveza, y, colocando su copa
                    sobre el marco de la chimenea, continuó así:</p>
                <p>—«Pocos días después, regresábamos a Inglaterra. El Ministro, que me había
                    cobrado afecto, me preguntó varias veces lo que me pasaba.—‘El clima de la India
                    no me sienta,—le contestaba invariablemente.—‘Pues a mí me parece’—decía el
                    Ministro—'que usted haría bien en quedarse unos quince días o un mes en España
                    antes de entrar en Inglaterra’.—'¿Por qué, mylord?’—'Porque sus ojos han
                    adquirido una expresión tan rara, Que su novia no va a creer, cuando le vea, que
                    es su excelente amigo Edwin’.—'Oh! eso pasará’.—‘Así lo deseo’.</p>
                <p>«Al ñn volví a encontrarme en mi país.</p>
                <p>«Loco de aflicción, mi primer cuidado iué el de ir a ver a
                    Nelly.—‘¡Edwin!’—exclamó al verme, y corriendo hacia mí:—‘¡cuánto has tardado!
                    ¿Sabes? tuve otro ataque cuando estabas en la India, y los médicos me dejaron
                    casi por muerta. ¡Oh, Edwin, si supieras cuánto he sufrido! Ya nunca más, nunca
                    jamás te separarás de mí ¿no es cierto?’— ‘Nunca más, sino en la hora de la
                    muerte!’—'¡Oh no! ni así! Como yo he de morir antes que tú, mi alma volará
                    siempre a tu lado.'—'¡Oh, mi Nelly querida, no me aflijas más con tales
                    afirmaciones!’</p>
                <p>«Los médicos me repitieron lo mismo que uno de ellos me había declarado en la
                    carta que recibí en Egipto, asegurándome que otra carta semejante iba en viaje a
                    la India. No sabían de lo que se trataba. Para unos, era exceso de sensibilidad;
                    para otros, una afección nerviosa de origen moral; y, dos de ellos, me
                    espantaron con la expresión: <seg rend="italic">histerismo
                    telepático</seg>.—‘¿Es mortal eso?’—pregunté.—‘A la larga, y con persistencia de
                    causa, sí.’—‘Yo espero que jamás se volverá a repetir la causa.’—‘Si usted
                    vuelve a separarse de ella, se morirá.'—‘No volveré a separarme’.</p>
                <p>«Nelly estaba bien. Había renacido su alegría. Sus ojos, tan dulces y llenos de
                    ternura, irradiaban la felicidad en desbordamientos de relámpagos azules, y de
                    sus labios de granada brotaba la caricia en una Primavera de amores.</p>
                <p>«Como los médicos no se oponían, y hasta lo aconsejaron, celebróse la boda con
                    las ceremonias habituales, y un buen día, acompañados por mi suegro, atravesamos
                    el Canal y tomamos posesión del Continente, por algunos meses, enarbolando la
                    bandera de la felicidad.</p>
                <p>«Pero, señores; yo he estado hablando solo, y ustedes ni siquiera me han
                    interrumpido con una exclamación. A esta hora, ya deben estar aburridos»—dijo
                    Edwin.</p>
                <p>—«¡Imposible! imposible! Si usted no desea continuar por cansancio, tendremos
                    paciencia; pero si es por nosotros, ni se le ocurra.»</p>
                <p>—«Ustedes tienen una ventaja social que, para mí, es una virtud, y que casi no se
                    practica aquí cuando hay más de dos personas reunidas, y aun así: saben
                    conversar; pero, sobre todo, saben escuchar. ¿No les parece que sería bueno
                    tomar otra copa de cerveza?»</p>
                <p>—«Amén».</p>
            </div>
            <div>
                <head>V.</head>
                <head>Aparición.</head>
                <p>Edwin continuó:</p>
                <p>—«Un año después, Nelly era madre de una hermosa niña.</p>
                <p>«Más o menos, todos sabemos cuántos cariños y atenciones recibe un hijo, y me
                    permitirán ustedes que no me distraiga de mi fin principal, recordándoles lo que
                    hicimos con nuestra primogénita.</p>
                <p>«A medida que se desarrollaba, su tipo iba acentuándose, y llamando, por los
                    caracteres de su rostro, la atención de todos los que la veían. No era rubia y
                    de ojos azules como los padres; antes bien era algo trigueña, de pelo negro,
                    ojos cortados oblicuamente en almendra, y la carita larga y ovalada.</p>
                <p>«Aunque muy linda, y con expresiones del rostro materno, se hubiera dicho que
                    había resucitado, escapándose de un sarcófago, tan egipcia nos parecía.</p>
                <p>«Cuando ya tenía catorce meses, y que su boca se adornaba con la expresión de los
                    dientes, se enfermó de gravedad. El médico de la casa le prestó sus cuidados más
                    asiduos, pero el mal era profundo, incurable. Llegó un momento en que sentimos
                    convulsionarse todo nuestro organismo. Cuando su vida se extinguía en brazos del
                    doctor, Nelly se arrojó en los míos, y dejando desbordar su inmenso dolor en
                    lágrimas y gritos desgarradores, mi propia pena se centuplicó al oírla
                    exclamar:—‘Edwin! Edwin! se va mi Almea!’</p>
                <p>«Ustedes son demasiado perspicaces para que sea necesario pintarles la sorpresa y
                    hasta el espanto que aquellas palabras me causaron.</p>
                <p>«Ocho meses después, Nelly tuvo otra niña.</p>
                <p>«Su color era como el de su hermanita; pero los ojos mas lánguidos y rectos; la
                    boca mejor perfilada, y el cuerpo mas gracioso.</p>
                <p>«Mayores cuidados; mayores mimos,</p>
                <p>«A la edad de la otra, y en las mismas condiciones, murió.</p>
                <p>«—‘Edwin! Edwin! me abandona también mi Bayadera!'—exclamó Nelly convulsa en mis
                    brazos.</p>
                <p>«Yo no podía creer que nuestra desgracia viniera en castigo de mis culpas, porque
                    habría sido ofender a la Divinidad el sospechar, aun con el espíritu mas
                    piadoso, que la pena mayor fuese para Nelly. Desde entonces la alegría huyó de
                    mi hogar. Nunca volví a ver la sonrisa en los labios de mi compañera,</p>
                <p>«La llevé a Escocia, a Francia, a Suiza, a Italia.</p>
                <p>«Todo fue inútil.</p>
                <p>«Se distrajo un poco, más por la inteligencia que por el sentimiento, y si bien
                    las expresiones de su dolor se calmaron, el fondo era siempre el mismo.</p>
                <p>«Con el tiempo, volvió a recuperarlas fuerzas; el color de sus mejillas se
                    transparentó como en una porcelana, y ai sólo hubiera asomado en sus labios una
                    sonrisa artificiosa, ficticia, se habría podido reconocer a aquella Nelly de
                    antes, tan graciosa y tan jovial.</p>
                <p>«Dos años después, tuvo otro hijo; mas esta vez un varón. Los cuidados que la
                    madre le prodigaba eran perfectos; pero les faltaba un no sé qué de
                    espontaneidad y gracia, como si hubiera sido por cumplir dignamente su deber, y
                    nada más. Era un precioso niño. Discúlpeme, Miguel, la interrupción y el
                    recuerdo; pero el día que su hermana Serafina tenga un hijo, se parecerá al
                    mío.</p>
                <p>«De un año, hablaba ya, tenía todos los dientes y caminaba. Las señoras de
                    nuestra amistad decían que era un prodigio. Para Nelly, tal cosa no tenía
                    importancia.</p>
                <p>«Un hecho inesperado me obligó a emprender un viaje de quince días. Mi mujer
                    recibió la noticia sin asombrarse, y se despidió de mí con la naturalidad e
                    indiferencia que hubiera mostrado si le hubiese dicho: ‘Voy al club, hasta
                    luego...?</p>
                <p>«Cuando volví, Nelly estaba enferma.—‘¿Qué tienes, querida mía?’—le pregunté al
                    entrar en su aposento.</p>
                <p>«Mi pregunta recibió la misma respuesta que me habría dado una de las cortinas de
                    la cama. Me acerqué a ella. Una fiebre ardiente la devoraba.— ‘¡Edwin! Edwin! no
                    me abandones: mis hijas me lla-man.’—‘Estás delirando, Nelly ¿por qué te
                    afliges?’ — ‘Acércate a mí, Edwin; no te me separes.... espera un momento.....
                    sólo un momento.... acércate más.... asi.... ¿oyes?.... la muerte ha penetrado
                    en mí, y está impaciente.... escucha.... yo te lo juré.... mi alma volará
                    siempre a tu lado........ Edwin! mi secreto va conmigo al sepulcro.... tengo
                    para tí un secreto.... en Egipto has visto muchos sarcófagos.... Cuando en una
                    noche negra y lúgubre como mi vida te acuestes junto al mío.... <seg rend="italic">te lo diré al oído</seg></p>
                <p>«—‘¿Qué es esto, Doctor?’ — pregunté, lleno de angustia, al médico que entraba en
                    aquel instante. </p>
                <p>«—‘Esto, señor, es una nueva desgracia.’</p>
                <p>«Con un gesto, arrancó de mi corazón toda esperanza.</p>
                <p>«Al acercarse a Nelly, estaba ella sin pulso. «Nelly había muerto.</p>
                <p>«Después de un momento de estupor, pedí al médico me explicara lo que había
                    ocurrido.</p>
                <p>«—‘En los años de práctica que llevo’—dijo —‘jamás me he encontrado en una
                    situación semejante. Estoy perplejo, indeciso; no sé lo que debo hacer. Se me
                    llamó a mediodía; me dijeron que la señora se había enfermado ayer; he recetado,
                    y tres horas después.... la encuentro muerta! Pero esto no es todo. Su hijo de
                    usted ha desaparecido!’</p>
                <p>«—‘Mi hijo!’</p>
                <p>«Esto fue un rugido.</p>
                <p>«Busqué a mi suegro. No estaba. ¡Oh! pero yo</p>
                <p>sabía dónde podría encontrarle. Cuando volvió, su rostro, habitualmente sereno,
                    tenía impresas las señales de la desesperación. Me arrojé en sus brazos y lo
                    comprendió todo. Inclinándose luego sobre su hija, le levantó la cabeza, la besó
                    en la frente y abrazándola en una expresión de dolor:</p>
                <p>«—‘Pobre Nelly.... hija de mi alma!’—exclamó.— ‘Edwin, nuestra situación es
                    horrible. Acabo de estar con el Jefe de Policía de Londres. En este momento
                    funcionan todos los telégrafos, y si tu hijo está vivo, lo encontrará el poder
                    de Inglaterra que lo busca.’»</p>
                <p>Edwin no pudo contenerse. Un sollozo convulsivo le arrancó gruesas lágrimas que
                    corrieron abundantes por sus mejillas y que sólo parecían interrumpir los
                    rumores de la noche y los estallidos de la leña.</p>
                <p>A los pocos minutos continuó.</p>
                <p>—«Si al penetrar en mi casa hubiera encontrado juntos el cadáver de mi mujer y el
                    de mi hijo, el dolor y la sorpresa habrían podido fulminarme con la muerte o con
                    la locura; quizá en presencia de una catástrofe semejante habría podido
                    resignarme, después de pagar el tributo de la aflicción y de las lágrimas; pero
                    recibir tales infortunios en dosis desiguales, mezclarse la negra realidad con
                    el misterio de la desaparición de mi hijo y el secreto de Nelly, ¡oh! señores!
                    esto era superior a lo que yo podía resistir.</p>
                <p>«Cuando tuve conciencia de que mis actos no eran los de un loco» y que reapareció
                    la reflexión serena, me encontré ante una multitud de enigmas, que se
                    sintetizaban todos en este:—‘¿Qué hago ahora?' Con mi suegro.... era inútil
                    hablar. Su aflicción y la mia eran hermanas. Se lo pasaba encerrado en su
                    gabinete, y ni siquiera iba al comedor a las horas de costumbre. Al fin resolví
                    acercarme a él, —‘¿Qué hago ahora?'—le pregunté.—‘Creo, hijo mío, que, no
                    habiéndote vuelto loco, debes continuar procediendo como cuerdo;'—dijo—‘es
                    necesario que vayas a visitar al Jefe de Policía y él te dirá la conducta que
                    debes observar.'</p>
                <p>Sin decir una palabra más, me retiré para cumplir su indicación.</p>
                <p>«El Jefe me recibió como recibe un caballero. En sus expresiones de condolencia
                    fue parco, pero profundo.—‘Señor',—me dijo, cuando le dirigí la pregunta—‘usted
                    se encuentra en una situación extraordinaria. Como pienso que usted viene a
                    pedirme consejo, se lo voy a dar: ¿Cree usted que sus investigaciones
                    personales, sin experiencia en la pesquisa, sin la serenidad del deber, porque
                    aún le ahoga su múltiple dolor, podrán tener más éxito que todo el poder de la
                    Gran Bretaña para encontrar a su hijo?’—‘No señor, jamás!'—le contesté.—‘¿Está
                    usted dispuesto a seguir al pié de la letra mis indicaciones?'—‘Sí,
                    señor*.—‘Bien, entonces, váyase usted inmediatamente de Inglaterra y viaje.
                    Vinculado al cuerpo diplomático como está, le será más fácil que a cualquier
                    otro el cambiar de país y de domicilio, haciéndomelo saber inmediatamente. Usted
                    ya sabe para qué. No se olvide de ésto, pero olvídese de su hijo, y piense que
                    ha muerto; pero piénselo con energía y con toda su voluntad, porque, si su
                    acción individual, inexperta y afligida, se entrecruza con la de nuestros
                    agentes, puede ocasionar quizá disturbios insuperables y producir un fracaso,
                    allí donde tal vez nos encontráramos en el camino del éxito'.—‘Señor'—le
                    observé—‘¿quiere usted concederme veinticuatro horas de meditación?'—‘Sí,
                    señor.'—‘Gracias; no las he pedido sino para comunicarle en cuántos días podré
                    dar cumplimiento a su consejo; porque he venido resuelto a aceptarlo, cualquiera
                    que él fuese'.—‘Oh! si es así, puede usted disponer del tiempo que quiera, con
                    tal que cumpla mis indicaciones'.</p>
                <p>«Saludé y me retiré. Inmediatamente después de llegar a casa, penetré en el
                    gabinete de mi suegro, a quien referí lo que acababa de suceder.</p>
                <p>«El viejo me escuchó con atención, y, cuando hube terminado, tocó un timbre. Vino
                    un criado.— ‘Averigüe usted inmediatamente cuándo sale un vapor para
                    Sud-América'.—‘Mañana, señor.'—‘Está bien; Edwin, arregla tus papeles y tus
                    balijas*.— ‘Pero.... usted queda solo!'.—‘Eso nada tiene que hacer'. - Dos horas
                    después, estaba listo.</p>
                <p>«Cuando llegó la noche, visité nuevamente a mi suegro. Él sabía que mis libros
                    estaban en orden y que no había necesidad de examinarlos,</p>
                <p>«Me despedí de él y pasé a mi dormitorio.</p>
                <p>«A media noche me acosté.</p>
                <p>«Una inquietud extraña se había apoderado de mí.</p>
                <p>«Procuré dormir.</p>
                <p>«Imposible.</p>
                <p>«Entonces apagué la luz.</p>
                <p>«Haría media hora que luchaba por conciliar el sueño, cuando sentí que en un lado
                    de la cama hacía frío. ¿Por qué? Volví a palpar, y el frío era mayor, y el aire
                    parecía mas denso. Creí que soñaba y me senté. Pero no estaba soñando. Palpé una
                    vez más y la mano encontró un obstáculo.</p>
                <p>«Presa del terror, quise gritar y no pude. A mi lado había un cuerpo humano,
                    frío, helado.... un cadáver.</p>
                <p>«En vez de levantarme o encender luz, conñé ai tacto la solución de aquel
                    misterio. Tenía el cuerpo una larga cabellera suave, y un vestido de seda.</p>
                <p>«—‘¡Nelly!'—rugí, más que grité.</p>
                <p>«—‘Te lo había prometido, Edwin, ¿por qué huyen de mi contacto tus manos
                    temblorosas?'</p>
                <p>«—‘¡Nelly! Nelly mía! en nombre de Dios!.... si tu alma irritada busca mi
                    alma.... espera....'</p>
                <p>«—‘No, Edwin, mi alma no está irritada; pero he llevado un secreto al sepulcro, y
                        <seg rend="italic">te lo diré al oído!'</seg></p>
                <p>« —‘¿Ahora?'</p>
                <p>«—‘No! en el sepulcro!'</p>
                <p>«En un movimiento involuntario toqué la caja de fósforos y prendí uno.</p>
                <p>«Nada.</p>
                <p>«¿Era posible que aquello fuese ilusión?</p>
                <p>«Me levanté, encendí una lámpara y volví a acostarme. No sé cómo, ni cuándo me
                    dormí.</p>
                <p>«Al día siguiente me embarqué, y, a los pocos días me encontré en el Brasil,
                    donde he permanecido algunos meses, entregado a la vida de los bosques, cazando
                    y coleccionando. Más tarde vine a Montevideo, y luego a Buenos Ayres, donde me
                    he establecido; pero ya he visitado las Misiones y el Chaco, y espero realizar
                    un viaje a las Provincias del Norte.</p>
                <p>«Este clima me agrada más que cualquier otro; el carácter de los habitantes no
                    encuentra rival, y las personas realmente educadas no tienen nada que envidiar a
                    la mejor aristocracia europea.</p>
                <p>«Mi vida es la de un autómata, suspendida de un solo hilo: la palabra final de la
                    Policía de Londres.</p>
                <p>«Soy cortés, a mi modo, sin esfuerzo, porque, para mi educación, el esfuerzo real
                    estaría en proceder como un guarango, según dicen ustedes.</p>
                <p>«Dos ilusiones solamente me sostienen, como padre y como inglés: encontrar a mi
                    hijo y pensar que, para un ciudadano de cualquier nación del mundo, no hay mayor
                    ideal político, ni mayor orgullo, que el de poder depositar toda su confianza en
                    su gobierno, con razón, con motivo y con criterio, como yo lo he hecho.</p>
                <p>«Mi posición social me ha permitido tener amigos como Don Miguel, y encontrar
                    personas como ustedes, cuyos actos benévolos y caballerescos han obligado mi
                    gratitud hasta el punto de confiarles el secreto de mi vida. Y ya que hemos
                    llegado a este terreno, revelaré también a ustedes que abrigo una simpatía de
                    reflejo: la señorita Serafina, hermana del señor, porque, cuando la veo, me
                    parece encontrar en ella algo de la cara de mi hijo. Algunas personas dicen que
                    le hago la corte; pero yo sostengo que cualquier hombre que afirme haberme oído
                    decirle una palabra ajena al lenguaje de la buena sociedad en rueda, es un mal
                    caballero.»</p>
                <p>Abrumados por las revelaciones de Phantomton, nos mantuvimos en silencio.</p>
                <p>Su mirada había cambiado, y en vez de aquella melancolía agria de la víspera, nos
                    pareció ver en ella una expresión de esperanza, serena y tranquila.</p>
                <p>Miguel permaneció mudo, y los únicos movimientos que hacía eran para revolver las
                    brasas ó encender un cigarrillo.</p>
                <p>Algo le preocupaba.</p>
                <p>Por nuestra parte dirigimos a Edwin un serie de preguntas.</p>
                <p>—«¿Cuántas veces ha sentido usted la presencia del cadáver?»</p>
                <p>—«Muchas. Basta para ello que me encuentre completamente a oscuras »</p>
                <p>—«¿Y no será algo esencialmente subjetivo?»</p>
                <p>—«¡Subjetivo! eso es muy vago. ¿Cómo quiere usted que yo lo sepa, si nunca lo ha
                    comprobado nadie?»</p>
                <p>—«¿Quiere usted que lo comprobemos?»</p>
                <p>—«Si!»</p>
                <p>—«Está bien: colocaremos su cama en medio de este aposento. Usted se acostará
                    ocupando la mitad del colchón y dejará libre la otra mitad; de este lado,
                    pondremos nuestras sillas; y, cuando su voz lo anuncie, aproximaremos las
                    manos.»</p>
                <p>Miguel se levantó y se acercó a nosotros,</p>
                <p>—« ¿Aceptas? »—le preguntamos.</p>
                <p>—«¿Porqué no? Con echar una jarra de agua en la chimenea y apagar las luces,
                    quedaremos perfectamente a oscuras. A propósito, yo propondría un agregado a la
                    comprobación. Tengo ahí termómetro de máxima y mínima; lo colocaremos en la
                    parte desocupada de la cama y veremos hasta donde llega la objetividad de la
                    fría aparición.»</p>
                <p>—«Muy bien ideado.»</p>
                <p>Inmediatamente preparamos todo. La cama se colocó donde se había convenido, y así
                    también las sillas, distribuyéndonos del modo siguiente: a la cabecera, Alfredo
                    para examinar el cabello y la cara; luego yo para las manos y el pulso;
                    enseguida Miguel para el vestido, y Roberto a los pies.</p>
                <p>Convinimos en guardar el más completo silencio.</p>
                <p>Miguel trajo el termómetro, el cual, algunos minutos después, señalaba la
                    temperatura del comedor, 23 grados, y lo colocó en la cama. Una jarra de agua
                    sirvió para extinguir el fuego de la chimenea; apagamos las lámparas, dejando
                    sólo una vela a nuestro alcance.</p>
                <p>Si en aquel momento hubiera reinado una temperatura de hierro fundente, no habría
                    sido bastante para calentarnos las espaldas.</p>
                <p>Edwin se acostó, y nosotros ocupamos nuestros respectivos asientos. Cada uno
                    estaba provisto de una caja de fósforos.</p>
                <p>Se apagó la vela.</p>
            </div>
            <div>
                <head>VI.</head>
                <head>La sombra del general.</head>
                <p>Haría diez minutos, o un siglo—esto no se puede determinar con precisión—que
                    estábamos a oscuras, cuando oímos el gemido.</p>
                <p>Se oyó el ruido de una caja de fósforos que cayó al suelo.</p>
                <p>Esperamos.</p>
                <p>—«¡Nelly! ¡Nelly! en nombre de Dios, déjame en paz!»—decía Edwin en inglés. Era
                    lo mismo, todos entendíamos este idioma.</p>
                <p>Cada uno de nosotros avanzó uña mano.</p>
                <p>—«¿Por qué te molesta mi proximidad? ¿Se ha convertido acaso en odio tu amor tan
                    profundo?»</p>
                <p>—«¡Nelly! si el poder de tu juramento es tan grande que no conoces las distancias
                    para encontrarte a mi lado, dime, entonces ¿dónde está nuestro hijo?»</p>
                <p>—«¿Tu hijo? <seg rend="italic">¡te lo diré al oído!</seg>»</p>
                <p>—«Pero, por favor, querida mía, ¿por qué no me lo confías ahora que estoy a tu
                    lado y que me aproximo a tu cuerpo frío?»</p>
                <p>—«No, jamás; sólo en el sepulcro.»</p>
                <p>Roberto encendió un fósforo y en seguida la vela.</p>
                <p>No había nada.</p>
                <p>Edwin estaba pálido; pero su secreto, confiado a corazones que le eran
                    simpáticos, había aligerado su terror.</p>
                <p>El termómetro de mínima señalaba 8 grados.</p>
                <p>—«Los pies estaban yertos, y con ambas manos, y a un tiempo, he comprimido
                    fuertemente la carne,»—dijo Roberto.</p>
                <p>—«Con la palma de la mano apoyada en la pierna, he experimentado el frío
                    cadavérico,»—observó Miguel.</p>
                <p>—«Con ambas manos»,—dije,—«he asegurado fuertemente una muñeca del antebrazo
                    izquierdo frío, y, al aparecer la luz, he encontrado que figuraban un anillo,
                    dentro del cual no había nada.»</p>
                <p>—«Yo he tocado la cara y la cabellera,»—dijo Alfredo.</p>
                <p>El objetivismo de la aparición se imponía.</p>
                <p>Ninguno de nosotros estaba preparado para explicar aquello, y aunque, en
                    conjunto, representáramos una suma respetable de lectura sobre acontecimientos
                    análogos, nos faltaba la fe que da cuerpo y vida a las grandes opiniones, tanto
                    más cuanto que siempre habíamos pensado de un modo adverso a las
                    materializaciones y a los aparecidos, atribuyéndolo todo a fascinación,
                    ilusiones o mistificación.</p>
                <p>Pero, en aquel instante, parecía supérfluo vacilar o discutir, y aun cuando Edwin
                    fuera victima de una obsesión y nosotros estuviéramos sugestionados o fascinados
                    por él, el hecho se habla producido con todas las condiciones de una realidad
                    palpable, aunque misteriosa, y que se imponía más aún por el descenso de 15
                    grados de temperatura en el termómetro de mínima.</p>
                <p>Si la vida, para algunos, es una ilusión también, si no es más que una quimera,
                    nuestros actos mentales podrán ser igualmente ilusorios: pero es evidente que
                    existe un encadenamiento lógico en las convicciones, por el cual se llega al
                    estado normal del sentido común; y así, aunque la materialización de Nelly
                    tuviera todos los caracteres de una monstruosidad, no lo es menos que, en tai
                    ocasión, los actos que habíamos realizado pertenecían por su forma al empirismo
                    mas simple y no podíamos negar que los resultados concordaban con el sentido
                    común, independientemente de la cosa en sí.</p>
                <p>—«Señor Phantomton»—le dijo uno de nosotros —«sea cual fuere la causa generatriz
                    de este fenómeno asombroso, fácil nos es comprender que su organización cerebral
                    es de primer orden, porque, si así no fuera, habría sucumbido ya bajo el peso de
                    una emoción que debe ir más allá de la resistencia normal de los hombres
                    fuertes.»</p>
                <p>—«Me parece exacto lo que usted dice; pero yo me explico hasta cierto punto esa
                    energía, por el desarrollo que ha alcanzado mi voluntad de vivir. Es tan grande,
                    que muchas de mis facultades antenórmente en ejercicio se han aminorado, y a
                    veces me asalta el pensamiento de que pudiera llegar un dia en que todo mi
                    cerebro no fuese apto sino para desarrollar o producir esa voluntad. Yo necesito
                    ver a mi hijo, y si algún día adquiero la convicción de que es imposible, estoy
                    seguro de que mi cerebro quedará a oscuras, al extinguirse esa luz invasora que
                    hoy lo ilumina todo.»</p>
                <p>—«La situación de usted es excepcional, por lo menos si se compara con la de los
                    demás hombres de la civilización de Occidente, para los cuales sus faltas son,
                    por lo común, atribuidas a una explosión de vitalidad y más bien sirven de
                    pretexto para ornamentar el panorama de la vida interior que para producir un
                    verdadero martirio de la conciencia, como si se tratara de alguno de esos
                    crímenes negros que envenenan el ánimo con el remordimiento. Me parece que usted
                    debe encontrarse en un estado psíquico análogo al de aquellos desventurados de
                    otros tiempos a quienes la Iglesia fulminaba con la excomunión mayor, y en una
                    época en que poderosos emperadores humillaban su cerviz ante la majestad
                    terrible de los Papas.»</p>
                <p>—«Al principio si; pero ahora ya no es tanto. Dije a usted anteriormente que mi
                    vida es la de un autómata, cuya cuerda es la ilusión de ver a mi hijo. Las
                    apariciones de Nelly me abruman, no tanto por el cadáver mismo, cuanto por lo
                    inexplicable del fenómeno, y en particular por Nelly. Todo el amor que un hombre
                    puede abrigar por una mujer, se anidó en mi alma, y se conserva hoy tan puro
                    como el primer día, estoy seguro de ello, aunque mis facultades se hayan
                    debilitado. No lo sé, pero vislumbro una catástrofe o algún sacudimiento
                    insoportable para el día en que encuentre a mi hijo, si es que todavía puedo
                    alcanzar esa dicha en mi existencia; porque entonces volveré a mi ser anterior y
                    podré apreciar en toda su magnitud la pérdida de Nelly.»</p>
                <p>—«Pero veamos,»—dijo Alfredo—«ámí me gustan las cosas en orden, a mi modo.
                    Empecemos por el principio: ¿tiene usted fe religiosa?»</p>
                <p>—«Yo no era ateo en otro tiempo.»</p>
                <p>—«¿Y ahora?»</p>
                <p>—«Ahora no lo sé; pero he aprendido a blasfemar.»</p>
                <p>—«Me he explicado mal»—observó Alfredo— «sírvase usted no tomar mi rectificación
                    en sentido ofensivo; pero el blasfemar no implica ateísmo. Un ateo es un
                    filósofo, y en Filosofía las blasfemias no demuestran nada.»</p>
                <p>—«Usted me disculpe, he empleado mal la palabra y la retiro. En verdad, estoy
                    convencido de que un creyente por intelectualidad, que lo es por la Filosofía o
                    por la Razón, como yo lo era, y no por sentimiento, sólo puede transformarse en
                    ateo empleando los mismos instrumentos mentales en que antes se fundaba su
                    creencia, y lo cierto es que, cuando yo aprendí a blasfemar, no aprendí a decir
                    las blasfemias, ni mi razón se encontraba en aptitud de dedicarse a los
                    problemas filosóficos, de modo que si aquel retorno a mi estado mental se
                    produjera, es probable que, con él, regresaran las convicciones.»</p>
                <p>—«Por eso le pregunté si tenía fe religiosa.»</p>
                <p>—«No, señor; porque mis ideas eran puramente filosóficas, y aunque tenía la de
                    Inteligencia infinita, me faltaba por completo la de Providencia flexible,
                    pareciéndome que mi Dios sabía lo que hacía y no necesitaba de mis
                    indicaciones.»</p>
                <p>— «El hecho es que usted no ha buscado consuelo, porque en conciencia no podía
                    hacerlo, en la oración o en la plegaria, ¿verdad?»</p>
                <p>—«Eso es.»</p>
                <p>—«En sus conminaciones, sin embargo, usted decía: 'En nombre de Dios,
                    Nelly....’»</p>
                <p>—«En efecto, Nelly tenía esa fe y para ella el conjuro no era vano.»</p>
                <p>—«Descartemos entonces ese recurso. ¿Ha acudido usted a los médicos en procura de
                    alivio?»</p>
                <p>—«No, porque las apariciones de Nelly no son una enfermedad mía.»</p>
                <p>—«Y esos anuncios de sus nervios, vinculados con el estado del tiempo?»</p>
                <p>—«Eso puede ser una propensión o una diátesis reumática; pero, como Nelly aparece
                    cuando me encuentro a oscuras, y en cualquier estado atmosférico, deduzco de
                    aquí que aquello nada tiene que ver.»</p>
                <p>—«Así parece, realmente Veamos ahora: usted ha visitado la India, ¿Conoce el
                    faquirismo?»</p>
                <p>—«He visto a los faquires en acción; pero nada más.»</p>
                <p>—«¿No ha acudido usted a sus recursos, haciéndolos consultar en la India, o
                    aprovechando la mediumnidad del algún occidental?»</p>
                <p>—«No lo he hecho, porque me ha faltado la fe.»</p>
                <p>—«Pues bien, señor: lo que ha sucedido esta noche no tiene nada de maravilloso
                    para un faquirista, aunque, para nosotros, sea estupendo. Admitamos, por un
                    momento, que, lo que a usted le sucede, y que hemos atestiguado, sea una
                    ilusión. Si lo es, ella es la causa de su martirio, y yo, en su lugar, acataría
                    la imposición del espectro, y aunque ese acto de encerrarse a oscuras en el
                    sepulcro y tenderse al lado del féretro, sea un absurdo para sus convicciones,
                    porque no es valor lo que le falta, yo obedecería la orden, y tal vez llegara a
                    encontrar el remedio al realizar una quimera lógica.»</p>
                <p>Edwin guardó silencio.</p>
                <p>—«Pero no es una ilusión» — agregó Alfredo — «sino una cosa que todos
                    consideramos un misterio. Desde el momento que su esposa, antes de morir le ha
                    dicho que guardaba un secreto, y que todos hemos oído sus palabras al ofrecerle
                    revelaciones sobre su hijo también, ¿por qué vacila usted? ¿por qué no tentar la
                    prueba, salga lo que salga?»</p>
                <p>—«Sí, señor; tiene usted razón. Estoy convencido de que ya lo habría hecho, si
                    hubiera gozado de la plenitud de mis facultades. Gracias, mil gracias. Por otra
                    parte, ¿no es un misterio también la desaparición de mi hijo? Don Miguel, hágame
                    el gusto de ordenar a su criado que avise me preparen un carruaje para el primer
                    tren. Me voy a Inglaterra en el vapor que salga mas pronto. Si mi tentativa
                    fracasa, consultaré allá al Profesor Crookes y probablemente me iré a la India
                    para entrar en relaciones, si es posible, no con los faquires, sino con los
                    yoguis.»</p>
                <p>Miguel llamó a Nicolás y después de darle la orden relativa al carruaje, le dijo
                    que encendiera de nuevo la estufa.</p>
                <p>Hecho esto, nos sirvió el té y entonces nos acostamos, dejando una lámpara
                    encendida, y cargada de manera que pudiese durar toda la noche.</p>
                <p>Alfredo se apoderó del soporífero libro de marras, y nos precipitó en el más
                    profundo sueño.</p>
                <p>Al día siguiente, muy temprano, al abrir los ojos, vimos a Edwin ya pronto para
                    marchar. Nos levantamos precipitadamente y le acompañamos hasta el carruaje. Su
                    despedida fue en extremo afectuosa.</p>
                <p>—«Señores»—nos dijo al poner el pié en el estribo—«después de desear a ustedes
                    toda felicidad, sólo espero que en el próximo Invierno podamos reanudar estas
                    reuniones, que yo he amargado tanto con la enunciación de mis penas.»</p>
                <p>El carruaje se puso en marcha.</p>
                <p>Durante todo el día anduvimos preocupados con los extraños sucesos de la víspera,
                    y a la noche, cuan* do el frío se dejó sentir, y rodeamos la chimenea, Miguel
                    inició la conversación sobre el mismo tema, diciendo:</p>
                <p>—«Edwin es un ejemplar curioso, y un modelo acabado de energía mental. Nunca me
                    he puesto a prueba, pero estoy seguro de que, en su lugar, yo me habría vuelto
                    loco. Si mañana me dijeran que es un ventrílocuo o un fascinador, y que todo ha
                    sido una farsa, tendría un gran placer, porque el solo pensamiento de que tales
                    penas se acumulan sobre un hombre de sus condiciones, me produce una aflicción
                    tal, como si me tocara una parte de su desgracia.»</p>
                <p>—«No lo dudo,»—dijo Roberto—«pero no es verosímil que oigas tales afirmaciones.
                    Edwin e ni más ni menos que como lo hemos oído.»</p>
                <p>—«Así es, y por lo mismo, ahora que creo conocerlo, se me presenta doblemente
                    simpático. De todas maneras, su caso es excepcional, y si yo hubiera de arrojar
                    una maldición sobre una cabeza, no encontraría ninguna mayor que la de desearle
                    semejantes calamidades. Pero dejemos esto por ahora y ocupemos nuestra atención
                    con asuntos menos lúgubres.</p>
                <p>Era tiempo.</p>
                <p>La conversación, hábilmente llevada, se alejó cada vez más del pavoroso
                    acontecimiento de la víspera, y saltamos, de tema en tema, como chingólos
                    alegres en las ramas. Episodios de viaje, crítica de arte, asuntos
                    mitológicos,... destilaron en amena procesión, y cuando llegó la media noche,
                    nos dispusimos a dormir.</p>
                <p>—«Bueno, compañeros: ustedes se acostarán tranquilamente y dormirán un sueño de
                    marmotas, sin sobresaltos, ni pesadillas. Lo que es yo, me voy a la torre.»</p>
                <p>—«Te acompañaremos, Miguel.»</p>
                <p>—«No; voy solo. Estoy preocupado con varios incidentes que han ocurrido desde
                    nuestra llegada y que parecen vincularse entre sí, como si se tratara de un solo
                    drama. Por otra parte, no tengo miedo y ¿de qué habría de tenerlo?»</p>
                <p>—«Una cosa es el miedo y otra el pavor.»</p>
                <p>—«Después de la escena de anoche, ningún pavor podrá doblarme. Hasta luego.»</p>
                <p>¿Para qué insistir? Quería ir solo, que hiciera su gusto.</p>
                <p>Miguel tomó una vela y se encaminó a la torre.</p>
                <p>Media hora después, oímos voces que partían de allí: la suya, y otra grave y
                    cascada. El diálogo duró más de una hora.</p>
                <p>Al penetrar en el segundo aposento. Miguel colocó el candelero en la mesita y
                    esperó. No tenía la seguridad de que el espectro apareciera; pero abrigaba sí la
                    esperanza de ello, confiando en el poder del conjuro, de la voluntad, de la
                    evocación. Incrédulo del día anterior, su transformación fue sincera, no en el
                    sentido de abandonar sus opiniones anteriores, sino de someterse a la fatalidad
                    de lo que consideraba hechos, cualquiera que fuese su naturaleza. En este
                    sentido, aprobaba el consejo de Alfredo a Edwin, y él también entraba por el aro
                    de las quimeras lógicas.</p>
                <p>Haría media hora que estaba esperando, cuando vio que la oscuridad relativa del
                    aposento se disipaba, y que un resplandor, limitado a las proporciones de un
                    cuerpo humano, se perfilaba junto a la silla colocada frente a él, y del otro
                    lado de la mesita.</p>
                <p>Poco a poco, la aparición se acentuaba, volviéndose opaca y asumiendo al último
                    los caracteres de un cuerpo real.</p>
                <p>Miguel se puso de pié y saludó a su abuelo, el viejo General.</p>
                <p>La impresión que recibió no fue pavorosa. Tenía algo del encanto de la piedad
                    filial. Extendió los brazos para acariciar al abuelo, y, como sucede con todas
                    las sombras, no encontró sino el vacío.</p>
                <p>—«Es inútil, querido hijo, que busques mi cuerpo entre las realidades palpables.
                    Soy la apariencia solamente; pero falta en mí la sustancia de los vivos. Ni es
                    necesario tampoco que te empeñes en demostrarme tu afecto: del mismo modo que
                    penetro en esta torre, puedo penetrar en tu cerebro, y, para las relaciones de
                    los espíritus, podría bastar el contacto mental, si todos los hombres tuvieran
                    la misma organización nerviosa.»</p>
                <p>—«Señor, si ello es así, usted ha podido leer en mí el respeto y el cariño.»</p>
                <p>—«Lo sé. y la serenidad de tu carácter me ha permitido llamarte.»</p>
                <p>—«¡Llamarme!»</p>
                <p>—«Si, yo te he llamado, y tú has venido cinco veces; pero no has venido despierto
                    como ahora. Tus amigos te han dicho la verdad. Cuando aparece una sombra de la
                    familia, eso es un <seg rend="italic">aviso</seg>. Mis comunicaciones anteriores
                    te han parecido sueños, y has olvidado cuanto te dije. Ahora estás despierto y
                    recordarás. Pero observo que tu pensamiento se distrae en graves reflexiones
                    sobre el misterio de mi aparición, y que se convulsionan con ello tus ideas de
                    filósofo positivista. Abandónalas. El tiempo y la meditación te sobrarán
                    después. Ocúpate por ahora de esta realidad y no la expliques. Los problemas de
                    ultratumba serán siempre problemas para la humanidad, por más que de ellos se
                    alejen los filósofos que te han servido de maestros.»</p>
                <p>El General dio algunos pasos hacia uno de los estantes llenos de legajos, y
                    apoderándose de uno de ellos, lo puso en la mesita y tomó asiento.</p>
                <p>—«Ocupa tu silla Miguel»—dijo, en tanto que desataba unas cintas.</p>
                <p>Sacó un mapa de Inglaterra, un plano, y una carta escrita en papel azulado.</p>
                <p>—«En 1800 y tantos, tu padre estuvo en Inglaterra, donde permaneció dos años.
                    Pocos meses antes de regresar, me escribió esta carta. Dentro de un momento vas
                    a leerla. Que no te asombre su contenido; que no se te ocurra un juicio severo.
                    Lo que en ella refiere no es una cosa sobrenatural; ni creo que tú, con más años
                    y experiencia que los que él tenia entonces, serás capaz de hacer
                    interpretaciones desfavorables. Lee:»</p>
                <p>—«‘Londres, a 25 de Septiembre de 1800 y tantos.</p>
                <p>«‘Mi querido padre:</p>
                <p>«‘Espero que al recibo de esta, gocen ustedes de su perfecta salud.... Siento
                    ahora que mi ánimo desfallece, y me falta la energía necesaria para comunicar a
                    usted algo que debería silenciar, por el respeto que le debo; mas se me ocurre
                    que agravaría mi situación guardando el secreto, y que sería mucho peor que
                    llegase a usted por otro conducto, en vez de comunicárselo yo mismo. De todos
                    modos, lo hecho no puede remediarse, y aunque su severidad se resienta, su
                    bondad paternal encontrará sin duda el lenitivo para el daño y para la pena. En
                    un pueblo, inmediato a esta capital, conocí a una joven inglesa, y entusiasmado
                    primero, apasionado después, y loco al fin, le di toda mi locura, mi pasión y mi
                    entusiasmo, que ella aceptó. Al solicitar su mano, se me opusieron dificultades
                    que al principio me parecieron insuperables y entonces el mundo desapareció para
                    nosotros.... El niño es hermoso, sano, y se parece tanto a usted, que muchas
                    veces le prodigo más cariños de hijo que de padre.... Una vez que reciba su
                    perdón y su consentimiento, la Iglesia atará con la bendición sacerdotal, lo que
                    Dios quiso atar con su bendición
                    divina’...............................................................................»</p>
                <p>—«¡Edwin!»—exclamó Miguel—«¡Edwin es mi hermano!»</p>
                <p>—«Ten calma y sigue.»</p>
                <p>—«.........'Le daré mi nombre y mi apellido, y el documento que deba acreditar su
                    estado civil, por el bautismo, no se escribirá en los libros parroquiales hasta
                    que usted lo autorice para una fórmula de completa legitimidad. Mientras tanto,
                    lleva un nombre supuesto: se llama Edwin Phantomton.’»</p>
                <p>— «No interrumpas tu lectura, Miguel, Ya sé lo que me quieres decir.»</p>
                <p>Miguel continuó.</p>
                <p>—«...En el adjunto mapa de Inglaterra, está señalado el pueblo en que ha nacido,
                    y, en el plano del pueblo, el sitio....’»</p>
                <p>—«Lo adivinaste, Miguel; Edwin es tu hermano mayor.»</p>
                <p>—«Y usted ¿qué hizo?»</p>
                <p>—«¿Qué querías que hiciera? Consentí y quedé ardiendo por conocer a mi primer
                    nieto. Al recibir mi carta, tu padre se casó y bautizó a su hijo, que, sin
                    embargo, ha conservado un nombre que no es el suyo.»</p>
                <p>—«Pero ¿lo sabe él?»</p>
                <p>—«No lo sabe, mas tú se lo dirás. En su fe de bautismo no fue necesario dejar
                    otra constancia relativa a su estado sinó que era hijo de legítimo
                    matrimonio*»</p>
                <p>—«Es necesario que Edwin conozca estos pormenores, porque sus derechos de
                    sucesión...»</p>
                <p>—«No te ocupes de esos derechos, pues en estos momentos su espíritu está
                    atribulado por ideas de orden superior. Cuando él te escriba, contéstale, y dile
                    una parte de lo que sabes, reservándote lo que no necesita saber. Indícale la
                    fecha de su nacimiento, el lugar en que nació, el día que lo bautizaron y hasta
                    el folio en que se encuentra su fe de bautismo, ratificada por la firma de tu
                    padre, y por los nombres de personas honorables. Cuando él busque la fe de
                    casamiento de sus padres, no la encontrará, porque estaba en una iglesia que se
                    quemó; pero sus padrinos viven, y ellos, que ya no recuerdan fechas, le darán
                    testimonio de la boda también. Tu prudencia es proverbial en la familia, y en
                    este caso delicado no la desmentirás.»</p>
                <p>—«Señor, yo estoy dispuesto a ejecutar lo que usted me ordena; pero ¿no le parece
                    que para un alma que tanto sufre, sería un bálsamo celeste el descubrir que
                    tiene hermanos, que tiene una familia, en cuyo seno encontraría un alivio a sus
                    desgracias?»</p>
                <p>—«No, Miguel; tu buen corazón, tus nobles sentimientos te inclinan en ese
                    sentido; pero tú no eres padre; tú no sabes lo que es buscar a un hijo.»</p>
                <p>—«Pero, ¿mi madre ignora todo esto?»</p>
                <p>—«Todo; tu padre le guardó el secreto, que sin duda le habría revelado antes de
                    morir; pero la enfermedad que acabó con su vida fue tan violenta, que no pudo
                    hablar. Observo ahora que vuelves a tus ideas, y deseas saber por qué soy yo y
                    no tu padre quien se te aparece. Abandona esos pensamientos. En presencia el uno
                    del otro, la ternura hubiera oscurecido estas claridades que ahora iluminan tu
                    espíritu. He terminado con Edwin a quien ya conoces. Ahora pasemos a otro
                    asunto. Ya sabes qué clase de afecto es el que Edwin profesa a tu hermana
                    Serafina: al verla, se acuerda de su hijo, lo que es muy natural, como que ella
                    es su hermana. Pero no le sucede a ella otro tanto, y antes de que su amor por
                    Edwin tome caracteres morales de incestuoso, es necesario que dediques todo tu
                    talento a convertirlo gradualmente en fraternal. Ella es discreta y su corazón
                    es como su nombre. Cuando reconozca en Edwin un hermano, haz que lea esta carta,
                    y cuando la haya leído, quémala. Tus otros hermanos tienen por el <seg rend="italic">inglés</seg> un afecto sincero, y ninguno de ellos mancharía
                    su pensamiento con exigencias testamentarias. Miguel, mi presencia se debe a la
                    situación de Serafina; sé fuerte como hasta ahora, y prepárate, con ánimo
                    sereno, a recibir, dentro de poco, un rudo golpe de la suerte.....»</p>
                <p>—«¡¿Qué cosa, señor?!»</p>
                <p>Pero la figura del General había desaparecido y sólo quedaban sobre la mesa los
                    documentos examinados.</p>
                <p>Lleno de piedad por la venerable sombra, los ojos de Miguel se anegaron de
                    lágrimas.</p>
                <p>Guardó los papeles en la carpeta, los puso en su sitio, y tomando el candelero,
                    bajó al comedor.</p>
                <p>Ninguno de nosotros dormía.</p>
                <p>— «¿Será indiscreto preguntarte lo que ha ocurrido, Miguel?»</p>
                <p>—«Una de las cosas más extraordinarias que ustedes pueden imaginarse. Son mis
                    amigos, y les debo una parte del misterio. Sin embargo, exijo de ustedes el más
                    profundo sigilo, hasta que se presente la oportunidad de revelar lo que voy a
                    decirles. ¡Esas siluetas que tú hiciste y que tanto me preocuparon! Hijo de un
                    matrimonio secreto, Edwin es mi hermano mayor.»</p>
            </div>
            <div>
                <head>VIII.</head>
                <head>En el sepulcro.</head>
                <p>Al día siguiente nos preparábamos para una cacería.</p>
                <p>El viento pampero de la noche había secado en parte los campos, y aunque se
                    habían formado muchas lagunas y huáicos a causa de los aguaceros, se podía
                    llevar a cabo una campaña contra las perdices que saludaban un sol hermoso de
                    Veranito de San Juan, diamante espléndido que rutilaba sobre el zafiro de un
                    cielo sin nubes.</p>
                <p>Cada uno de nosotros tomó por distinto rumbo, y no se oía más que el ruido de los
                    disparos, como si los unos fueran el eco inmediato de los otros.</p>
                <p>La topografía del campo nos permitía vernos a cada instante.</p>
                <p>Haría dos horas que cazábamos, cuando vimos un jinete que corría en dirección al
                    punto en que se encontraba Miguel, Vimos que echaba pié a tierra, y un momento
                    después montaba Miguel en el caballo del jinete y corría hacia nosotros.</p>
                <p>Sucesivamente nos comunicó a todos un telegrama recien llegado:—«Miguel: vente
                    pronto, mamá está muy grave con un ataque repentino—<seg rend="italic">Serafina.</seg>»</p>
                <p>—«Estaba anunciado; esta enfermedad es el ‘rudo golpe de la suerte' de que me
                    habló anoche el viejo General. Yo me voy ahora mismo, y ustedes pueden
                    quedarse.»</p>
                <p>—«Ni pensarlo. Nosotros hemos venido a pasar unos días contigo y la cacería no es
                    más que un pasatiempo secundario. Por otra parte, no será un placer estar aquí
                    quemando pólvora mientras sepamos que un accidente como el que se te anuncia te
                    aflige en la ciudad.»</p>
                <p>—«Pero es una locura; siendo esta permanencia en el campo no sólo una distracción
                    sino también un descanso.»</p>
                <p>—«No hay descanso que valga, y nos vamos contigo.»</p>
                <p>—«Pero yo me voy a caballo, y a todo escape, para alcanzar el tren de las 4.»</p>
                <p>—«Haz lo que quieras. Quedándonos de dueños de casa, ya sabremos lo que hay que
                    resolver.»</p>
                <p>—«Bueno, compañeros, hasta pronto.»</p>
                <p>—«Hasta luego.»</p>
                <p>Algunos minutos después, y antes de llegar a la casa, vimos a Miguel que, a todo
                    galope, se dirigía a la estación.</p>
                <p>Nosotros tomamos el tren de las 6; a las 9, estábamos en la ciudad.</p>
                <p>Arreglarnos y acudir a casa de Miguel fue todo uno.</p>
                <p>El caso era de una gravedad extrema, y aunque los médicos habían hecho uso de
                    todo su tacto para decir y no decir su Opinión, el pronóstico se imponía, como
                    se impuso la realidad al día siguiente.</p>
                <p>Llantos, gemidos, voces desgarradoras, luto, coronas, visitas, ceremonias
                    fúnebres y sociales, misas, tarjetas... y el silencio de los días siguientes
                    entrecortado por sollozos repentinos y que parecían inagotables.</p>
                <p>Poco a poco se derramó, en aquella casa también, el bálsamo del tiempo. Los
                    sollozos se alejaron cada vez más y por último reinó allí una conformidad muda,
                    interrumpida por suspiros que durarían siempre.</p>
                <p>Miguel procedió hábilmente en sus comunicaciones a Serafina, después de ofrecer a
                    su dolor el tributo que la Naturaleza reclama. Pensando que ningún sentimiento
                    podría superar en ella al que le causara la muerte de la madre, no quiso esperar
                    que los días amortiguaran su pena, y en uno de esos momentos de expansión
                    fraternal, y recordando la pérdida sufrida, refirió a la joven la escena de la
                    aparición de Nelly, con sus antecedentes, y lo que había sucedido en la
                    torre.</p>
                <p>Como su hermano lo había previsto, no produjo en ella una impresión muy honda,
                    por más que fuera grande su sorpresa; y asi, cuando, a fines de Julio, su
                    serenidad dominó al triste recuerdo, cuando fue penetrando ella en los dominios
                    de su estado normal, se ocupó de Edwin en más de una ocasión, hablando del
                    hermano ausente y expresando el deseo de volverle a ver.</p>
                <p>No había doblez en el alma de Serafina, y Miguel sintió con todo vigor la
                    seguridad de que, para ella, Edwin era su hermano, por el que ambos se
                    interesaban igualmente.</p>
                <p>El dia 25 de Julio, Miguel recibió de España, de Asturias, un telegrama: «<seg rend="italic">Miguel: Caria próxima</seg>.»</p>
                <p>Miguel corrió al aposento de Serafina.</p>
                <p>—«¿Sabes lo que significa esto?»</p>
                <p>—«No.»</p>
                <p>—«Edwin ha encontrado a su hijo.»</p>
                <p>—«¿Es posible?»</p>
                <p>—«Edwin se embarcó el mismo día que llegó de la estancia: pero antes de partir,
                    me dejó una carta de despedida en la que me decía, entre otras cosas: ‘Si
                    encuentro a mi hijo, le haré un telegrama anunciándoselo con las palabras: <seg rend="italic">'Carta próxima'»</seg></p>
                <p>Expresaron ellos su satisfacción con toda ingenuidad y se lanzaron por el mundo
                    de las conjeturas.</p>
                <p>¡Cuántas cosas decían aquellas dos palabras! ¡Cuántas escenas de terror habrían
                    precedido al éxito! De todos modos, la carta lo diría. Esta llegó a mediados de
                    Agosto. Decía así:</p>
                <p>«Miguel: No es necesario que proceda desordenadamente para referirle mis
                    aventuras, hasta alcanzar un éxito que ni en sueños vi mas rápido. Usted ya lo
                    conoce, Pero voy a tomar los hechos desde el primer momento.</p>
                <p>«Al llegar de la estancia, supe que en ese mismo dia salía un vapor inglés para
                    Europa. Arreglé precipitadamente mis asuntos y balijas, y me embarqué.</p>
                <p>«A los veintidós días estaba en Southampton, y a las pocas horas en Londres.
                    Inmediatamente fui a ver al médico de casa, y le referí todo lo que ustedes
                    oyeron. El buen Doctor estaba tan sorprendido, que empezó por creerme loco. Pero
                    no tardó en convencerse de que no lo estaba, y aceptó mi propósito de cumplir
                    con la voluntad de Nelly, como único medio de ensayo, para tantear la
                    suerte.—‘¡Oh!'—me dijo—'si no fuera tan grande su justa impaciencia, yo hubiera
                    deseado realizar también el experimento que hicieron sus amigos en la noche del
                        <seg rend="italic">22</seg> de Junio.'—Le invité a que me acompañara al
                    cementerio, y no pudo negarse a ello. Convinimos en que sería al día, o mas
                    bien, a la noche siguiente. Luego salí de Londres en un tren que, en media hora,
                    me llevó al pueblito que habitábamos y donde se encuentra mi suegro. El
                    excelente viejo me abrazó llorando.—‘Pobre Edwin,'—me dijo— ‘nada de nuevo; no
                    hay una sola noticia de nuestro hijito querido. El señor mi Dios me lo
                    perdonará; pero yo he perdido la fe que tenía en el poder de mi patria. La Reina
                    misma, impresionada de un modo extraordinario por la desaparición del niño, ha
                    escrito con su propia mano una carta que yo he visto en poder del Jefe de
                    Policía, en la que le recomienda la pesquisa de un modo especial. S. M. ha
                    llevado la benevolencia hasta el extremo de po-ner a disposición del Jefe £
                    50.000, de su lista civil, y más si fuera necesario. Yo le he ofrecido toda mi
                    fortuna; pero es inútil. Hace más de un año que el niño desapareció y no se
                    encuentra. Estoy loco, Edwin, loco y desesperado.’—‘Señor, yo llego de
                    Sud-América’—le dije—'y en aquel suelo lleno de vida y bajo aquel cielo lleno de
                    azul, he conquistado una nueva esperanza. Tengo la convicción de que vengo a
                    encontrar a mi hijo.'—‘Ojalá no sea una ilusión. Pero escucha, Edwin, tengo que
                    decirte algo muy extraordinario. Dime, antes de salir para Sud-América,
                    ¿revisaste los libros?’—‘No, señor; no era necesario, ni podía pensar en tal
                    cosa. Usted ha recibido nota de mis operaciones en aquel viaje de quince días
                    que precedió a la muerte de Nelly, porque yo se la mandé desde Buenos
                    Ayres.’—‘Bien, aquí está tu libro de <seg rend="italic">Caja.</seg> Díme ¿de
                    quién es esta letra?’—‘¡De Nelly!’—‘Esta fecha corresponde a tres días antes de
                    su muerte, y, como ves, la partida es bien clara: <seg rend="italic">Fecha
                        tal</seg>. <seg rend="italic">Pava mi uso particular</seg> £ 5.000. ¿Para
                    qué quería Nelly 5.000 £?’—'No lo sé, señor.’—‘Desde tres días antes de su
                    muerte, yo no vi más al niño, y ciiando pregunté por él, me dijeron que andaba
                    de paseo. Volví a preguntar, y estaba en casa de una parienta. Al día siguiente
                    Nelly, se enfermó. Lo demás tú lo sabes.’—‘Señor, esto es horrible!’
                    —‘Supongamos, hijo mío, que Nelly te hubiera hecho robar, o desaparecer a tu
                    hijo; ¿había entre ustedes algún motivo profundo para que tal cosa
                    sucediera?’—Quedé perplejo ante semejante pregunta. De pronto me puse de pié, y
                    en un arrebato insólito, le dije: —‘Señor, dentro de una semana me comprometo a
                    devolverle su nieto. Prepárese usted para esa emoción, como yo estoy preparado
                    para todo.’</p>
                <p>«Al otro día fui a visitar al Cura, excelente amigo de infancia y juventud,
                    modesto y amable Reverendo a quien pude apreciar y estimar en Oxford, Le puse en
                    el secreto de mi vida y me ofreció secundar mi plan, A la noche llegó el Doctor.
                    Le había avisado que esperaba en la Iglesia y acudió a ella.—‘¿Tiene influencia
                    la hora?’ preguntó.— ‘No sé; pero, si para ustedes no es inconveniente, yo
                    prefiero que sea lo mas pronto posible.'—‘Estas cosas'—dijo el Cura—‘son de otro
                    mundo, del mundo de las sombras; podemos esperar hasta media noche, lo que será
                    mejor.'—‘Hágase como ustedes lo deseen. Mi resolución es una, y no puedo salir
                    de ella.'</p>
                <p>«A media noche, fuimos al cementerio, situado junto a la iglesia, y abriendo el
                    sepulcro en que estaba el féretro de Nelly, penetré resueltamente allí.</p>
                <p>«Antes de morir, me había dicho:—‘cuando en una noche negra y lúgubre como mi
                    vida’—y así era la noche. Una vez dentro del sepulcro, sentí ese olor extraño de
                    humedades reconcentradas, con emanaciones amoniacales difusas, y algo fosfóreo y
                    soso, que se vuelve más desagradable cuanto más tenebroso es el recinto. Me
                    acosté junto a! féretro y esperé. Un momento después, oí el quejido lastimero, y
                    sentí que los olores desagradables se disimulaban y se perdían, dominados por un
                    perfume que me era bien conocido. Poco a poco me pareció que el féretro
                    desaparecía y que su lugar era ocupado por un aire tibio y suave, un aire que se
                    condensaba gradualmente y que al fin se materializó del todo. De pronto sentí
                    que un cuerpo estaba a mi lado, pero un cuerpo vivo, templado, cuyo corazón
                    latía, cuyos pulmones respiraban. Nelly, viva, me estrechaba entre sus brazos
                    cariñosos.—‘Al fin, Edwin, al fin has venido! ¡Cuanto te he esperado!’—Y sentí
                    sobre los labios un beso tibio y amoroso.—‘Has sido perjuro, Edwin; en Egipto me
                    olvidaste por una Alinea; en la India por una Bayadera. Lo que he sufrido sin
                    conocer la causa, no podrás saberlo nunca; pero alcanzarás de ello una idea
                    recordando tus íntimos pesares con motivo de la desaparición de nuestro hijo, y
                    también de mi muerte. Al morir nuestra segunda hija, tu espíritu se conturbó y
                    hablaste más de lo que era necesario. Entonces comprendí por qué había
                    experimentado tan hondos sufrimientos durante tu ausencia en Egipto y en la
                    India. Yo he robado a tu hijo; yo he querido hacerte sufrir también, para que
                    comprendieras lo que he padecido. Pero ahora te perdono, Edwin, porque tu dolor
                    ha llegado a su límite. Tres días antes de mi muerte lo puse en manos de una
                    persona que me era adicta, y a la cual entregué 5.000 £, para que el niño no
                    careciera de nada durante el tiempo que estarías sin cumplir mi pedido de
                    agonía. Pero yo sabía bien que vendrías. El Jefe de Policía ha ofrecido grandes
                    cantidades a la persona que le devolviera el niño, y no ha conseguido nada,
                    porque la verdadera fidelidad no se compra con ningún dinero, ni siquiera se
                    dobla ante el poder de una nación como la nuestra. Tu hijo está en España. Llena
                    de horror a causa de mi acción, sobrevino la enfermedad que me dio muerte. En el
                    armario que está en el dormitorio, hay, en la parte superior de adentro, un
                    secreto. Toca el boton y encontrarás todos los documentos. Adiós, Edwin, adiós
                    para siempre! Nunca volverás a sentirme a tu lado, porque viviré en tu corazón.
                    Adiós, Edwin, adiós para siempre!’</p>
                <p>«Cesaron las caricias, desvanecióse el cuerpo, y volví a sentir la realidad del
                    sepulcro, con su humedad fria y pesada.</p>
                <p>«Me incorporé, abrí la puerta y salí.</p>
                <p>«El Doctor y el Cura me esperaban impacientes. Al verlos, les di las gracias, y
                    nos retiramos del cementerio.</p>
                <p>«Corrí a casa, di con el secreto, y hallé los papeles. Inmediatamente vine a
                    España y me detuve en Asturias. Rápido como el torrente me dirigí al pueblito
                    que me había señalado Nelly en una carta, y, siguiendo sus indicaciones,
                    encontré a mi hijo, el cual, apenas me hubo visto, corrió a mis brazos gritando:
                    'Papá! papá!'—En la casa que habitaba, mi retrato estaba en todas partes, junto
                    con el de Nelly, y tal vez por eso me reconoció después de tanto tiempo. La
                    mujer que lo había cuidado era como una segunda madre de Nelly.</p>
                <p>Ya he podido dormir a oscuras, sin sobresaltos ni temores. Mi hijo no me abandona
                    un momento.</p>
                <p>«Parece que durante el tiempo de nuestra sepación no le hubieran enseñado otra
                    cosa que a acariciarme cuando me viese. Eso debe haber sido orden de la madre.
                    No le describiré mi situación al levantarlo en mis brazos cuando lo vi. Esto lo
                    dejo a su perspicacia.</p>
                <p>«Ahora ¿cómo han podido sustraerlo a la astucia de los pesquisantes? Aunque sus
                    facciones tienen mucho de Nelly, los ojos son pardos y tenía el pelo claro; se
                    lo han teñido de negro y le han pintado la cara con una tinta color de gitano.
                    Todo esto se borrará. Le escribo en viaje, y es probable que la carta esté
                    terminada cuando llegue a Londres.</p>
                <p>«Llevo dos preocupaciones: la impresión que causará a mi suegro la vista del
                    nieto y también lo que podrá decir el Jefe de Policía cuando se lo presente.
                    Esto es grave, porque yo le prometí no inmiscuirme en el asunto, y también por
                    no haber sido la Policía quien lo encontró.</p>
                <p>«¡En Asturias! ¡en un pueblo de montañeses! ¡Parece mentira!</p>
                <p>«Otra cosa: mi hijo ha olvidado el inglés, y habla el español, pero con un acento
                    extraño que no es de inglés ni de asturiano, como si tuviera una organización de
                    Argentino........</p>
                <p>«Ya estamos en Londres........</p>
                <p>«El viejo ha soportado la vista del niño y no ha muerto de emoción,</p>
                <p>«He cumplido la palabra que le di. Se lo he entregado antes del plazo.</p>
                <p>«Sin querer me he visto hoy en un espejo. Soy otro: bigote y cabellera parecen de
                    nieve.</p>
                <p>«A medida que se disuelve mi primera emoción del hallazgo, renace mi dolor y toma
                    cuerpo. Siempre Nelly me ha cumplido sus promesas. Ahora la siento en el
                        corazón.—<seg rend="italic">Edwin</seg>».</p>
                <p>Inmediatamente, Miguel nos avisó, nos leyó la carta, y dió comienzo a la suya
                    para Edwin.</p>
                <p>En ella le decía todo lo que se había convenido, agregando la noticia de su
                    propia desgracia de familia. Comunicábale, además, que sus hermanos todos le
                    esperaban ansiosamente para demostrarle su afecto, y le prometía, para cuando
                    volvieran a verse, una relación minuciosa de lo que había pasado en la torre,
                    donde adquirió la convicción de lo que afirmaba.</p>
                <p>Edwin se manifestó perplejo al leer la carta. Pero buscó su fe de bautismo, la
                    halló, y los testigos comprobaron todo.</p>
                <p>En su contestación a Miguel le decía:</p>
                <p>«Todo lo que rae has escrito es exacto, punto por punto, y pensaré en lo que debo
                    hacer.</p>
                <p>«Ahora rae explico muchas cosas; la identidad de nuestros perfiles, la semejanza
                    de mi hijo con Serafina, semejanza que cada día se marca más, y asi también su
                    acento al hablar el español, rasgo de atavismo como su cara. Nuestro padre
                    volvió a Buenos Ayres, quedando aquí mi madre, porque no habría podido soportar
                    el viaje. Un año después, él regresó, muriendo ella al poco tiempo y dejándome
                    al cuidado de personas de su confianza y una suma respetable de dinero para que
                    me atendiesen.</p>
                <p>«El, entonces, ha de haber sido ese protector oculto que nunca conocí, pero cuyas
                    cartas conservo. ¡Oh! Miguel, qué cosa extraordinaria! sí, yo he conocido a mi
                    padre; ahora lo recuerdo; yo he visto su retrato en tu casa, y por el retrato
                    reconozco a la persona afectuosa que encontré muchas veces en mi vida. Esto te
                    prueba cómo estaría mi cabeza durante el tiempo que permanecí en Buenos Ayres.
                    Te envío un retrato de mi hijo, y con él y para todos ustedes, cuanto en mi
                    corazón está disponible de cariño, y no ocupado por mi querida, inolvidable
                    Nelly.»</p>
            </div>
            <div>
                <head>IX.</head>
                <head>Serafina.</head>
                <p>Cuando llegó el Verano, Miguel y su familia se fueron a la estancia. Los menores
                    se entregaron a sus paseos y correrías habituales, desquitándose de las penurias
                    escolares de los meses transcurridos. Bebían a raudales el aire y el sol del
                    campo, y aunque sus rostros se tostaban a la intemperie, sus cuerpos almacenaban
                    salud para el año siguiente.</p>
                <p>Miguel llevó a la torre a Serafina, cierta mañana, y después de hacerle leer la
                    carta de su padre, como lo habla prometido al abuelo, la quemó.</p>
                <p>—«¿Sabes, Miguel, que me preocupa una cosa?»</p>
                <p>—«¿Cuál?»</p>
                <p>—«¿De qué modo se puede justificar, no ya con nosotros, sino con Edwin, la falta
                    de manifestaciones paternales de nuestro padre con su hijo en Inglaterra?»</p>
                <p>—«Tienes razón. Pero yo he encontrado una carta suya en la que lo explica por el
                    deseo de encaminar a Edwin dentro de una autonomía casi completa, y observando
                    paso a paso el desarrollo de su energía y de sus aptitudes».</p>
                <p>—«¿Y quedará Edwin satisfecho cuando la lea?»</p>
                <p>—«No lo sé; pero si ese protector de que nos habló le escribía, él conservaré las
                    cartas, que seguramente son de nuestro padre, y, al comparar el tipo de letra,
                    no tendrá más remedio que reconocerla, y aceptar que aquello podrá haber sido un
                    error, según su propio criterio, pero nunca podrá acusarle de indiferencia. ¿Qué
                    le ha faltado? ¿Las exterioridades del cariño paternal? Si los hijos devolvieran
                    a sus padres los besos que les dieron de chicos, no tendrían tiempo para ello.
                    Además, no olvides que nosotros somos Argentinos y que Edwin es inglés. En
                    materia de manifestaciones de cariño, nosotros somos la antítesis de los pueblos
                    del Norte. No creo que Edwin, después de hallar a su hijo, llorar a Nelly, y
                    recuperar seguramente sus facultades, quiera buscar en ultratumba nuevas causas
                    de disgusto».</p>
                <p>—«Cada día que pasa, me parece que todo esto es ilusión; que ustedes han sido
                    víctimas de algún hechizo y que están embrujados».</p>
                <p>—«Puedes afirmarlo con toda confianza, porque tu nada has visto: pero yo..... yo
                    que he puesto las manos en la masa, yo que he oído y temblado, y atestiguado
                    tanta maravilla, no puedo negar ahora lo que antes negaba, y dejando que mi vida
                    se deslice como antes, con las mismas creencias y dudas, colocaré todo eso en un
                    paréntesis colosal, por encima del cual saltaré cuando discuta sobre cualquier
                    tópico y haré de cuenta que ha sido un sueño. No pienses, por otra parte, que lo
                    que has oído se rechaza redondamente por todo el mundo. Hay miles, centenares de
                    miles de personas muy razonables en todos los actos de su vida, para quienes la
                    materialización de Nelly, la aparición del General, los gemidos y otros
                    fenómenos más espeluznantes aún, son la realización innegable de un mundo que no
                    conocemos, por haber seguido, en la evolución de nuestro progreso, rumbos que
                    nos han acercado al ideal de lo que llamamos civilización de Occidente; mientras
                    que los indios del Indostan y del Tibet, sin tantos cañones, ni logaritmos, ni
                    telescopios, ni telégrafos, han seguido otro rumbo que los aproxima a la vida
                    espiritual y que realizan en los misterios de sus pagodas y en sus cavernas mil
                    veces seculares. Pero dejemos esto, y hablemos de ti. ¿Te ha dicho algo
                    Roberto?»</p>
                <p>—«¿Por qué me lo preguntas?»—dijo Serafina, ruborizándose ligeramente.</p>
                <p>—«Siempre he notado que usaba contigo cortesías que no emplea con otras jóvenes
                    tan interesantes como tú».</p>
                <p>—«Es verdad. Hace tres años que me obsequia con tal finura, que, a la larga, no
                    tendré más remedio que atenderle. Después que se ha convencido de que Edwin es
                    mi hermano, sus atenciones han recrudecido, Pero volvamos al tema anterior. ¿Qué
                    opinas sobre esas situaciones maravillosas y de lo que se refiere a Nelly?»</p>
                <p>—«¿Qué opino? Que Dios te libre para siempre, mi querida hermana, de un <seg rend="italic">histerismo hasta ultratumba</seg>.»</p>
                <p>En una tarde calurosa de Diciembre, la familia tomaba el fresco a la sombra del
                    viejo caserón, cuando divisaron un carruaje que se acercaba al galope de los
                    caballos. Veíanse, amontonadas en el pescante, algunas cajas y balijas. Cuando
                    paró, se apearon un caballero de figura arrogante, con bigote y cabellera de
                    nieve, y un niño como de cuatro años.</p>
                <p>—«¡Edwin! hermano mío!»—vociferaban todos.</p>
                <p>—«¡Qué ricura de muchacho!»</p>
                <p>Y el padre y el hijo, confundidos en un solo abrazo, ahogaron su emoción entre el
                    bullicio y las lágrimas.</p>
                <p>—«Oh! yo puedo ser feliz todavía!»—pensaba Edwin, mientras un chingolito, posado
                    en la rama de un sauce, dejaba escapar su melodía nocturna, como una evocación
                    al porvenir y una promesa de bendición.</p>
            </div>
        </body>
        <back>
            <div>
                <ab type="dateline">B. A., IV. 15. 95.</ab>
                <ab type="trailer">FIN.</ab>
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        </back>
    </text>
</TEI>
